Hola todos ¿Cómo están? Espero que bien, y que continúen sanos y tranquilos en estos tiempos pandémicos que corren.
Les traigo el siguiente capítulo, ya estamos cerca del final. Como les mencionaba en capítulos anteriores esta historia hace referencia a otra historia, "El pequeño mundo de Don Camilo" donde el pueblo y mis OCs son basados. Me tomé la libertad de también agregar cierta caracteristica de dicha historia, pero que no sé por qué no se ha explotado en Hetalia. Espero me sepan comprender y perdonar si no es de su agrado. También harán aparición ciertos personajes que epero sean de su agrado, otra pequeña libertad que no necesariamente sea 100% pegada a la historia.
Sin nada más que añadir.
Hetalia no me pertenece.
Disfruten su lectura.
Cuando Veneziano llegó, los perros no ladraron ni le saltaron encima, aunque estaban contentos de verlo. De alguna forma los canes, entendieron el humor de su dueño y simplemente lo siguieron dándole toquecitos con la nariz en sus piernas y sus dedos, hasta que llegó a la puerta de la casa. Mariolino y Gina lo estaban esperando en la sala, puestos sus pijamas cubiertos con batas.
Al ver a los ancianos esperándolo como dos padres preocupados, no pudo evitarlo; Veneziano se abalanzó a Gina y la abrazó, ocultando su rostro para poder llorar en paz. Mariolino le dio unas palmaditas en la espalda.
—Hizo lo correcto—decía Mariolino.
—Ella lo entenderá a su tiempo— dijo Gina.
—Véalo de esta forma, su encuentro fue beneficioso para ambos.
Veneziano, cual niño pequeño se acurrucó en el regazo de Gina, y ella con la experiencia de los años supo consolarlo. Ironía del destino, él había vivido por cientos de años, y esta mujer apenas de 91 supo hacerlo sentir mejor en poco tiempo. Veneziano entendió que él no solía tener a nadie quien lo ayudara con estas cosas sentimentales; Hungría a pesar de ser mujer y más sensible, en teoría, no solía meterse en su vida personal, a veces él pensaba que ella se divertía a su costa. Cuando Sacro Imperio Romano se fue, ella no le dio mucho apoyo que se diga. Ni hablar de Austria o Romano. Al único que le iba a pedir consejo y solía estar con él en esos momentos era Francia. Otra ironía del destino, una de las personas que más daño le hacía, más cariño y paciencia le profesaba.
Después de llorar, se encerró en su habitación, mirando a la pared desde el piso frente a su cama, así pasó los días, su apetito había disminuido, mas no desaparecido, así que Gina supo calcular la poca porción en el plato de Veneziano, algo que a ella le parecía una completa aberración ver tan poca comida ser servida.
Veneziano permaneció encerrado hasta que llegó el domingo, o más bien dicho la noche del sábado a las 20h30 ya no soportaba estar en ese lugar. Salió del confinamiento en que se había metido, y salió a caminar; los ancianos no lo detuvieron, él podría regresar solo cuando se haya calmado, solo les preocupaba que, tal vez, pudiera meterse en problemas, hasta los perros lo dejaron irse solo. Y él lo agradecía.
Caminó sin pensar en nada, al inicio por los alrededores de la casa, luego sin percatarse salió a la carretera y caminó. A esa hora y en ese día no había nadie que pasara por ese lugar que pudiera hacerle daño. Continuó andando hasta llegar al pueblo, a esa hora cercana a la media noche, el pequeño club nocturno estaba vibrante de energía. Lo miró de reojo y de inmediato encaminó sus pasos hacia el lado contrario, no podía soportar que ahí la había conocido en circunstancias poco ortodoxas.
Llegó al parque y al ver a gente regresando a su casa después de disfrutar de la noche otoñal pensó que no valía la pena ir a meditar a ese punto, además que le recordaba a su primera cita con Beatrice. Giró su cabeza buscando un lugar donde pensar, hasta que bajando la cabeza desesperado vio la sombra de la iglesia engullendo la suya. Dio media vuelta y enfiló sus pasos hacia la casa de Dios. La puerta estaba abierta.
La velas era lo único que iluminaba el lugar, los santos pintados y esculpidos lo miraban curiosos desde sus marcos y altares. Encaminó sus pasos hacia el altar mayor, se santiguó al llegar y se sentó en la primera banca, y colocó su cabeza entre sus manos. Recordó los comentarios de superstición de antaño, como cuando le decían que las almas estaban inquietas en las iglesias y en paz en los cementerios contrario al conocimiento popular.
— ¿qué te trae por aquí? —Preguntó alguien pero Veneziano no tenía ánimo de alzar la vista y responder—. ¿Deseas hablar de tus problemas conmigo? Soy bueno escuchando.
—Se lo agradezco de verdad, pero no creo que deba abrumarlo con mis problemas—contestó Veneziano liberando su cabeza de sus manos pero no alzándola por completo.
—No me abrumas, puedes contármelo que no le diré a nadie.
— ¿Está seguro de querer...? —Veneziano alzó la vista pero no encontró a nadie a su alrededor—. ¿...escuchar? ¿Hay alguien ahí?
—Por supuesto, Veneziano—dijo la voz de algún lado—. Siempre lo he hecho. ¿Quieres comenzar?
— ¿cómo sabe mi nombre?
—Te conozco, a ti, a tu hermano, a tu abuelo (por cierto debes decirle que deje de amordazar a mi padre para venir a verte).
Veneziano le costó encontrar la fuente de aquella voz, giró varias veces y lo único que veía era el arte sacro de la estructura, pero luego de la nada alzó la vista hacia el altar, la voz que escuchaba venía desde el gran crucifijo que adornaba una de las esquinas del altar. Aunque la figura era la típica imagen de Jesucristo clavado en la cruz con un rostro de pena y a la vez de paz, emanaba una energía bastante jovial y tranquilizadora. Por un momento creyó estar loco. Sin embargo no le pareció extraño que el crucifijo le hablara, el anterior sacerdote, solía decirle que solía entablar excelentes conversaciones con él.
Cayendo en ese sueño esquizofrénico, decidió continuar.
—Mi Señor—dijo él con respeto al crucifijo—usted ya lo sabe.
—Quisiera que me lo dijeras en tus palabras.
—Terminé con mi novia.
—Lo sé, pero debo recordarte que fue por una buena causa, y lo que has hecho es algo muy noble anteponer sus sueños a los tuyos.
—Es difícil, señor, yo la quería mucho.
— ¿querías? O ¿amabas? Sabes que son dos cosas diferentes.
—Si soy honesto con usted—respondió Veneziano lanzando un suspiro—, solo la quería. Y es que ella vino en el momento justo en que yo ya estaba empezando a olvidar lo que es sentirse amado.
—Pero Veneziano, tu siempre has sido amado—respondió el crucifijo en tono de regaño.
— ¿Por quién? —Respondió altanero, y poniéndose en pie—. Usted sabe a la perfección lo que me hicieron, usted seguramente los vio. Estuvo con ellos cuando destrozaron todo, usted escuchó cada palabra denigrante que me han dicho, usted estuvo...
—Sí, Veneziano—interrumpió la imagen—. Yo he estado en todo los escenarios que estas mencionando.
— ¿Lo ve? —dijo el extendiendo los brazos en señal de afirmación—. Ahora dígame, en estas circunstancias ¿soy amado?
—Sí lo eres, Veneziano.
—Señor, no me está entendiendo.
—No Veneziano, el que no entiende eres tú.
—Yo estoy entendiendo a la perfección, señor, me costó mucho en entenderlo. Ellos no me amaban, porque tengo demasiados defectos y eso me hace bastante inservible.
—Te recuerdo que el único ser perfecto en esta existencia es mi padre.
— ¿qué hay de usted?
—Yo también tuve muchos defectos, y los sigo teniendo, fui humano después de todo. Errar es humano; pero eso no impidió que yo fuera amado por mis discípulos y demás gente.
—Señor, yo no soy humano.
— ¿Quién dice que no lo eres?
—Mi biología: tengo como 1000 años, y parezco de 20, no muero...
—... lloras, ríes, amas, odias. Eso mi querido amigo es ser humano.
—Es verdad soy un llorón, me rio de todo, amo sin mesura, y...
—No es más hombre el que no llora, sino el que libera sus sentimientos—Veneziano no pudo responder a eso—. Los tiempos cambian, los humanos también, las naciones también. Todo evoluciona. Tú has cambiado bastante desde que eras un pequeño.
—Cambié para mal, señor.
— ¿por qué lo dices?
—Soy el nieto del Imperio Romano, señor, él tenía bajo su control la mitad de Europa, incluyendo las islas británicas. Y luego estoy yo. No heredé nada de mi abuelo.
—Eso es mentira—dijo otra voz a su izquierda.
De pronto la estancia se iluminó más, como si las escasas velas hubieran sido alimentadas con una especie de combustible que iluminaba todo el recinto llevándolo a un esplendor nunca antes visto por el hombre. Veneziano, admirado por el cambio de aura en el lugar, regresó a ver y vio a la persona que lo unificó con Romano, sentado en la banca del otro extremo de la iglesia, su forma de sentarse era exactamente la misma que en vida, es por eso que por un segundo, la nación, dudo de su salud mental.
— ¡Garibaldi! Pero tu...
—Has estado muy necio estos días—respondió levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia él—. El rencor a veces nos hace pensar cosas que el corazón no considera correctas.
—No entiendo.
—Y yo tampoco te entiendo a ti ahora. ¿Qué es eso de "no heredé nada de mi abuelo"? Esas son puras tonterías.
—Pero, Garibaldi es verdad, no sé si supiste pero hubo unas terribles guerras y yo no actué como debería.
—Mira Veneziano, yo no estuve ahí y no tengo que opinar de eso, yo vengo porque conocí a un joven que le hizo frente a su opresor de siglos, lo venció en lo que ahora dice que es "malo haciendo" y no descansó hasta vivir con su hermano mayor. Y para mí eso fue suficiente prueba que eres bastante valiente.
—Garibaldi, te agradezco el comentario—dijo Veneziano dándole la espalda—pero eso no cambia el hecho que mi inventiva terminó hace tiempo.
—Tonterías, y más pamplinas—dijo otra voz totalmente distinta, está vez detrás de él.
Y apoyadas en el espaldar de la banca en la que estaba sentado hasta hace poco, estaban tres figuras muy conocidas, queridas y admiradas por él.
—Veneziano, nunca creí oírte decir algo así—expresó, Dante Alighieri, con un gesto de desaprobación— ¿tú sin inventiva? Entonces el 8vo círculo del infierno ¿qué es? ¿Un paseo en el campo?
—Dante...
—Estoy de acuerdo con él—dijo Leonardo rascándose su larga barba—. Y los diseños de las máquinas que desarrollamos juntos son basura ahora.
—No, no quise decir eso Leo...
—A mí me preocupa que te creas poca cosa—dijo Nicolás Maquiavelo parándose y dirigiéndose a él—. Te das cuenta que controlaste el comercio de uno de los mares más importantes de toda la civilización, y con ello contribuiste al desarrollo tanto bélico como político. Y más que nada, fuiste uno de los pocos que jamás se ha corrompido, incluso llegaste a cumplir mi sueño.
—Pero yo...
—Concuerdo con el signore Maquiavelo—Habló otra voz, la cual Veneziano reconoció de inmediato.
— ¡Cosimo di Medici!
—Veneziano, todos aquí estamos preocupados por ti—dijo dulcemente como un padre habla a su hijo—. Deja ir ese rencor que te carcome. Tu nunca has sido así, por más terribles que hayan sido las cosas has salido victorioso a tu modo.
—Entiendo que antes era bastante competente, pero ahora soy un fracaso.
—No eres un fracaso, y tú lo sabes.
—Pero los demás lo piensan así.
—Y eso que nos importa—dijo una pequeña vocecita aguda en el altar.
Veneziano se vio así mismo, con su traje blanco y boina del mismo color. Sonriendo como solía hacerlo.
—Me importa porque no he alcanzado las expectativas que teníamos. Creímos que íbamos a crecer y ser muy parecidos al abuelo, todo el mundo lo pensaba así. Y ahora mírame soy un competo desastre—dijo Veneziano liberándose y encaminando sus pasos al altar mayor para encararse a sí mismo, subiendo lentamente los escalones que lo separaban del pequeño.
—Yo nunca quise ser como el abuelo.
— ¿qué? Estas hablando tonterías.
—UH-HU
—Si lo haces.
—No es cierto.
—Que sí.
—Nop.
—Entonces dime ¿qué era lo que queríamos hacer? —dijo él dándole la espalda y empezando a regresar.
—Traer la paz—Veneziano se paró de inmediato y regresó a ver a su versión infantil—. ¿Lo recuerdas? Tú y yo sabemos cómo y por qué el abuelo murió.
—Lo había olvidado, pero el resto...
—Nos debe importar un comino lo que piense el resto, a la final ellos pueden ser incluso peores que nosotros, y nosotros no los criticamos ¿verdad?
—No.
—Ahora deja ir ese rencor, que no nos está haciendo bien.
—No puedo.
— ¿por qué? —Preguntó su versión pequeña saltando del altar y tomándole la mano—. Nunca hemos sido rencorosos.
—Ya no quiero ser la inútil Italia. Yo quiero... que me respeten.
—Pero si no los perdonas no será el respeto que queremos.
— ¿Entonces qué debo hacer?
—Perdonarte a ti mismo, y al resto—dijo otra voz infantil, suave pero firme.
Veneziano alzó la vista al altar, y detrás de él estaba Sacro Imperio Romano sin sombrero, apoyado sobre la superficie, en una mano descansaba su rostro el cual le estaba sonriendo, cariñoso, con sus hermosos ojos azules. Los demás entes desaparecieron en el acto, ni siquiera el crucifijo habló. El fantasma de su amado se encaminó hacia él, Veneziano sentía que sus piernas eran de metal, fijadas a la escalinata con cemento, y para colmo le costaba respirar, y su corazón parecía quererle escaparse de su pecho e ir directo hacia Sacro Imperio.
Sacro Imperio, estaba más alto de lo que él recordaba, pero no lo suficiente para alcanzarlo así que el rubio se detuvo en el escalón que le permitía verlo a los ojos. Le tocó la mejilla barbuda, su mano estaba cálida. El niño rio con la sensación de picazón en su mano.
—Vene...me parte de tristeza verte así.
—Yo...
—Entendemos lo que quieres, pero para lograrlo debes respetarte y amarte a ti mismo, y ya logrado eso podrás exigirlo a los demás.
— ¿cómo hago eso?
—Esa chica... —dijo Sacro Imperio con un poco de celos en su voz—, ya te dio unos cuantos consejos. El resto es de tu parte.
— ¿crees que pueda hacer todo eso?
—Sí. Y pongo a Dios de testigo que todo irá para bien—Veneziano asintió, bajando la vista—. ¿Me prometes que lo harás?
—Sí.
Y para cuando Veneziano volvió alzar la vista estaba solo en la estancia, rodeado de oscuridad. Retrocedió en sus pasos y se sentó. Una mano le tocó el hombro. Veneziano ya no tan sorprendido alzó la vista y vio al sacerdote mirándole con una sonrisa conciliadora.
— ¿Todo bien?
—Eso creo.
—El camino del perdón es muy largo, pero se debe comenzar dando pequeños pasos.
—Padre, yo...
—No tienes que decir nada, los regaños de nuestro señor son muy duros a veces.
— ¿usted ha...?
—Don Camilo no fue el único que entabló amistad con nuestro señor—dijo mientras le daba unas palmaditas— ¿qué vas hacer ahora?
—Quisiera confesarme.
—Ven conmigo.
— ¿ahora? Padre esto irá de largo y usted tiene que dar misa.
—Estoy acostumbrado. Los feligreses aquí se confiesan al morir, son muchos años que recorrer.
Veneziano se confesó de todo lo que consideraba que era una carga, si eran pecados o no, él lo tenía sin cuidado. Hacía mucho tiempo que no se confesaba, si recordaba bien la última vez fue en el 45 después de recibir su castigo por participar en el peor conflicto bélico de la historia; considerando que siendo bastante devoto era muy poco apegado a la iglesia por su pequeño pasado conflictivo con la representación del Vaticano. No obstante el sacerdote, lo escuchó con paciencia, comprendiéndolo y dándole consejos bastante claros. Lo absolvió y le mandó una penitencia, larga y bastante inusual, Veneziano la cumpliría después de la misa.
Mariolino y Gina le dieron un abrazo al verlo en la iglesia. Escucharon la palabra de Dios y en cuanto terminó, Veneziano fue a cumplir su penitencia, al menos la primera parte. Se dirigió al primer teléfono y se dispuso a llamar a Romano.
¿Les gustó? Espero que sí, sobre todo las referencias. Como me encanta poner estas referencias.
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