Hola todos! ¿Cómo están? Espero que bien en estos tiempo pandémicos.
Como se habrán dado cuenta por el título es un capítulo centrado en Romano. Ya era hora de que pusiera al otro lado de la moneda. ¿no creen?
No los molesto más.
Hetalia no me pertenece.
Disfruten su lectura.
El trabajo de una nación es bastante abrumador. Estados Unidos, Rusia, Canadá, China, Japón y demás naciones lidian con la cantidad de trabajo usando métodos desarrollados con el tiempo, como dar prioridad a los asuntos internacionales o a las nuevas reformas de la constitución de cada uno; y al igual que los humanos comunes y corrientes cuentan con pequeños beneficios como: días libres, descansos, vacaciones y bonos como el excelente plan dental del cual Estados Unidos está orgulloso, lo cual no es nada comparado con la salud gratis de varios países, entre ellos Canadá.
Pero dejando esto de lado, la carga laboral de las naciones consumiría la salud emocional de una sola persona en un par de días. Las naciones obviamente están "diseñadas" para soportar esa carga inmensa de trabajo, pero en este caso... Romano no lo estaba haciendo muy bien.
Romano no ha trabajado en asuntos burocráticos y diplomáticos desde el siglo XVII, en el cual era casi independiente de la dinastía de Haus Hasburg. Cuando fue obligado a unificarse existió cierta tensión entre ambos hermanos, el norte y el sur siempre habían sido diferentes en todos los sentidos. Y ahora esa diferencia se notaba, más aun cuando las habilidades manuales de Veneziano volvieron hacer de las suyas en el diseño y fabricación de maquinaria, entre ellas de esos famosos automóviles que estaban creando una gran sensación por aquellas épocas. De la misma forma el romanticismo en las artes había dejado un amplio rango para que Veneziano se diera a conocer. La gran cantidad de fábricas y desarrollo industrial en el norte, era un gran progreso para su empobrecida nación; pero... Romano sentía que su situación en lugar de mejorar, empeoraba. La agricultura que practicaba Romano, si era primordial para alimentar a la nación no brindaba grandes remuneraciones económicas. A la primera oportunidad que tuvo Romano se fue de casa y vivió con Estados Unidos una temporada, Veneziano se hizo cargo de todo. Romano jamás dio explicaciones de por qué ni tampoco se disculpó después cuando regresó. Ahora lo estaba pagando.
Algunos lo podrían llamar justicia divina, karma o solo una vuelta de tuerca. Romano estaba al borde del colapso, las interacciones internacionales habían cambiado bastante de lo que el recordaba, el comercio no era tan fácil ahora con todos los impuestos y registros para ingresar a su territorio y de la misma forma para salir. Los primero días, en primavera, logró entender ciertas cosas de las movidas de exportaciones e importaciones con la ayuda de España. Pero lamentablemente una nación también tiene que equilibrar su vida con respecto a las opiniones políticas, y en el ministerio no había la colaboración esperada, que esta ley es retrograda, que la otra es opresora, que tal cual es corrupto, que fulana se metió con tal organización, etc., etc.
Para cuando inició el verano el papeleo se acumulaba de manera infinita, lo correspondiente a su territorio lo despachaba sin problemas y en pocos minutos, pero con respecto a manejar el territorio de su hermano menor era bastante complicado. Hasta entender los problemas y darles solución tardaba tardes enteras. España estaba con él ayudándolo pero él tampoco podía entender los problemas de un territorio que no era el suyo. Francia tampoco podía ayudar por dos sencillas razones: poco conocía de lo que hacía Veneziano y la segunda él estaba en aprietos más grandes en el momento.
El estrés acumulándose cada vez más en Romano era una angustiosa bomba de tiempo. No obstante los domingos eran sagrados, no hacía nada y esperaba la llamada de su hermano menor; como recordarán fue en el verano que Veneziano estaba distraído con Beatriz. Las consecuencias no se hicieron esperar.
Fue precisamente esa última semana del verano que Romano ya no daba con su vida. Y su superior estaba preocupándose. El Primer Ministro Italiano, se había acostumbrado a la forma de trabajar de los dos representantes de su nación, sin embargo este contratiempo lo hacía ver como un terrible inútil porque sus decisiones no eran llevadas al cabo con la eficiencia del caso. Además de que el mal humor de la parte sur se iba incrementando más. Le habían llegado numerosos rumores de los malos tratos de Romano hacia varios miembros del personal, siendo las mujeres las primeras víctimas, y vio con malos ojos una cosa, realmente angustiante. Sabía de buena fuente que ambas representaciones eran bebedores sociales, y no presentaban amenaza alguna en ningún aspecto. Pero el estrés del trabajo habían impulsado a Romano a calmarse con "dosis pequeñas" de vino, y las quejas no se hacían esperar. Y por eso mismo el dirigente de Italia estaba ganando valor para hablar de estos temas con esa persona tan querida y problemática a la vez.
—Romano, tenemos que hablar—dijo el Primer Ministro entrando a la oficina de la parte sur y fingiendo no sorprenderse del descomunal desorden en el lugar.
—Si es por ese registro lo terminaré hoy por la tarde—respondió Romano saliendo de tras de una montaña de papeles acumulados en el escritorio, con unas horribles ojeras.
—No, no es por eso. Aunque agradezco que le des prioridad a ese asunto. Pero quería hablarte de otra cosa.
— ¿De qué se trata?
— ¿podemos sentarnos? —El hombre señaló el pequeño sillón de la oficina de Romano.
Con dificultad, Romano salió de la cueva de trabajo pendiente y se dirigió a ese cómodo y apetecible sofá que desde hace unas horas le dedicaba miradas pícaras para que fuera a tomar una merecida siesta. Negando todos esos pensamientos, se puso serio y se sentó. El Primer Ministro a su lado derecho respiró profundo.
—Me llegaron varias quejas Romano—comenzó el hombre sin siquiera esperar.
La sorpresa de Romano era evidente— ¿sobre qué? Si es por el desastre, no lo es, ya les dije a los encargados de la limpieza que no me tocaran nada o perdería todo mi avance.
—Entiendo que era necesario, pero la forma en que lo hiciste fue un poco dura.
— ¿Dura? —Se preguntó Romano— He hablado siempre así.
—Lo sé, pero me temo que la demás gente no está acostumbrada a ser tratada de esa forma.
—Mi secretaria no tiene problemas.
—Yo no estaría tan seguro mi querido amigo—dijo el hombre con cara de no saber si continuar con ese tema o cambiarlo, finalmente se decidió—, también debo hablarte de otras quejas, sobre el vino que bebes en horario de oficina.
Romano intentó decir alguna escusa que lo justificara pero lamentablemente no se le ocurrió nada que no lo hiciera parecer un alcohólico empedernido, su jefe continuó.
—Las muchachas en la oficina temen que te descontroles, y les hagas algo. Me han comentado que has llegado en pésimo estado varios días.
—Puedo explicar eso...
—Tu actitud está afectando a los demás, y no solo en el trabajo.
—Esa es mi forma de ser...
—Además que tú trabajo no está a la altura.
— ¿Qué quiere decir? —dijo Romano empezando a molestarse.
—Llevas meses de retraso en asuntos sencillos.
—Hago todo lo que puedo ¿estamos? Intento ser lo más objetivo y rápido posible pero si no entiendo el problema no puedo solucionarlo, y mucho menos si no es de mi territorio.
—Veneziano resolvía todo en días, una vez lo hizo en horas, e incluso asuntos relacionados a tu territorio.
Ese comentario lo hizo enfadar—. Primero que nada debes saber una cosa muy importante, YO NO SOY VENEZIANO—gritó—. Segundo, me llamo Italia ROMANO, oíste bien, ROMANO. —El Primer Ministro se asustó y retrocedió por instinto—. Y tercero, si te recuerdo bien luego por eso Veneziano y yo discutíamos después porque él jamás consideró la situación de mi territorio y algunas cosas no salían como él lo preveía.
—Pero sí eran acertadas en la mayoría de los casos.
— ¿Qué insinúas?
—Romano, creo que ha sido un terrible error dejar que tu hermano se fuera en un año sabático con tanto trabajo aquí. Tus esfuerzos no son suficientes.
— ¿Qué?
El hombre continuó sin prestar atención que acababa de soltar un terrible insulto. —Lo necesitamos aquí para YA. Ve y tráelo, si es necesario llévate el ejército entero.
—No pienso traer a mi hermano de vuelta.
— ¡ES UNA ORDEN!
—Y ME IMPORTA UN REVERENDO PEPINO ESA ORDEN—gritó Romano levantándose del sofá y agarrando a su jefe por el cuello, y levantándolo del sofá—. Mi hermano tiene el reverendo derecho de estar solo por el tiempo que se le dé la tremenda gana ¿oyó? Es su salud emocional de la que estamos hablando.
—Y una mierda la salud emocional de un ser inmortal, la nación está en caos por su ausencia.
— ¿Y QUÉ SOY YO? ¿ESTOY PINTADO ACASO? —Volvió a gritarle Romano a su jefe—. Tienes dos representaciones, mierda. Puedo hacerme cargo, y si no te has dado cuenta LO ESTOY HACIENDO.
—Pues no estás haciendo un buen trabajo.
Romano ya no aguantó más, y tomó su mano derecha, la empuñó, la hizo para atrás y justo cuando el Primer Ministro cerraba los ojos para recibir el golpe, la puerta se abrió de súbito.
— ¡ROMANO NO!
Ambos sujetos regresaron a ver, y vieron al representante del Vaticano en la puerta. De inmediato, Romano soltó a su jefe, literalmente tirándolo de vuelta al sofá. El hombre se golpeó la cabeza por el impacto. Romano se dirigió al otro lado de la habitación tomó su chaqueta, sus llaves y se fue.
—Te veo en casa—susurró la Santa Sede cuando Romano pasó por su lado, y se dirigió a ayudar al Primer Ministro.
Ahí estaba Romano en la Basílica de San Pedro, sentado frente al altar, esperando. No fue la mejor decisión pero tenía que hacerse respetar de alguna manera. Obviamente a Vaticano no le gustó y esperaba su represalia, y luego se puso a pensar; en primer lugar, ¿qué demonios hacía Vaticano en su oficina en ese momento? ¿Quién lo llamó?
— ¡Romano! —dijo la Santa sede detrás de él, parando su tren de pensamientos.
— ¡Vaticano! —respondió Romano con el mismo tono de voz empleado, para que supiera que no estaba para juegos tontos.
— ¿cómo se te ocurre golpear a tu jefe? —dijo Vaticano sin siquiera inmutarse, lo único que hizo fue modular su voz por estar dentro de la Basílica.
—Francia decapitó al suyo y no le dijiste nada—Romano habló en tono suave pero no calmado—. Además ni lo toqué.
—No puedes comparar una barbarie como fue la revolución francesa con lo que hiciste tú el día de hoy.
—No puedes culparme de algo que casi hago.
—Dios bendito llegué para evitarlo.
—A todo esto ¿qué hacías allá? Yo no te he llamado para nada.
—Que grosería. Su Santidad me pidió hablar contigo con respecto a las celebraciones navideñas que se nos avecinan.
—Iniciamos septiembre ayer, aún hay tiempo.
—Los fieles no esperan. Y me temó que ahora tendrán que hacerlo ya que tu superior te ha relegado de tu puesto por unos días.
— ¿Quieres decir que el bastardo ese me suspendió de mis funciones? —Dijo en tono burlón— ¿y qué piensa hacer? ¿Falsificar mi firma?
—Romano, tomate esto enserio. Ninguna nación ha sido suspendida de sus funciones así. ¿Quién sabe lo que te puede pasar?
—Nada, Vaticano. No puede pasar nada. Veneziano no está, así que eso no hará mella en nada.
—Tu jefe, intentará contactarlo...
—Ya le dije que no puede hacerlo, y si lo intenta no logrará nada. Vene no vendrá antes de lo acordado.
—Maldito el día en que se fue, que poco considerado.
— ¿Qué estás diciendo Vaticano?
—Veneziano es un desconsiderado contigo, debió haber hecho como siempre hace, callarse, y seguir trabajando. ¿Cómo se atreve a irse y dejarte todo a ti?
—Odio decirte esto Vaticano, pero por personas como tú mi hermano se fue. Y me dejó esta oportunidad de hacerme valer.
—No mi querido hermanito, lo hizo para que tu jefe se arrodillara ante él y le rogara volver. El volverá y te quitará tu autoridad.
—Veneziano no es así. No lo haría—Lo último lo dijo susurrando intentando convencerse.
—Si quieres creer eso, no te lo impediré. Ahora vete a casa que tengo que preparar la misa de la tarde. Nos veremos el domingo como siempre y ven temprano para que te puedas confesar.
—Sí, sí.
Romano, subió a su auto y condujo hacia su casa. Mientras conducía le pareció que la luz le era demasiado brillante para ver, pensó que tal vez podría ser algún reflejo causado por la estación. Se puso sus gafas y continúo manejando por la ciudad. Cuando llegó a su casa apagó el motor de su auto, quedándose sentado por unos minutos en su puesto, de la nada le vino un pequeño dolor en la boca de su estómago, respiró varias veces; justo cuando iba a salir sintió que el auto se movía, pisó el freno por inercia, sabiendo que todo estaba apagado, revisó la palanca de cambios y el freno de mano, todo estaba en su correcta posición.
Finalmente salió del auto, metió su mano en el bolsillo, abrió la puerta y de inmediato cerró. Se apoyó en la puerta, sintió como si todo el peso del mundo le fuera puesto en sus hombros, el dolor de estómago se incrementó, y la luz de las ventanas era demasiado brillante a pesar de aun tener sus gafas puestas. Sacándose la chaqueta y dirigiéndose a la cocina, bloqueando con sus brazos la incesante luz de las ventanas, y alejándose lo más posible de ella casi rozando la pared, no vio la escoba apoyada a escasos centímetros tropezó con ella. Cayó al suelo, las gafas se rompieron de inmediato y los cristales le lastimaron el rostro, el dolor se expandía cada vez más por todo su cuerpo. Intentó en vano y con pesar descubrió que no podía moverse. Se le vinieron las palabras de Vaticano.
Cerró sus ojos, necesitaba pensar en que iba hacer, pero su mente no estaba colaborando, estaba en un espacio negro. Escuchó un ruido demasiado estridente, forzando su vista a abrirse le vino la imagen de todo a su alrededor borroso y en dos colores. Sacando fuerzas de donde no tenía, porque se sentía bastante entumido, estiró su brazo y golpeó lo que él creía que era la fuente del ruido. Nada, el tintineo seguía insistiendo, parecía el teléfono. Bajando su brazo, e intentando hacer que el otro se moviera logró ponerse de rodillas, los brazos le temblaban. Quiso avanzar un poco hacia el sillón más cercano, pero su brazo se dobló al primer intento de avance haciendo que volviera a caer. El ruido había parado y ahora sentía un pequeño zumbido en su pecho. Se dio la vuelta como pudo y de su bolsillo sacó su teléfono, el protector estaba algo roto y la pantalla se había golpeado, puntos negros estaban en el fondo de la misma. Pero no importaba, aplastó como pudo la pantalla para contestar.
— ¿pronto? —dijo con voz ronca
— ¡Romano!
Esa voz era inconfundible, pensó Romano— ¿España?
— ¿Dónde estás? La misa ya empezó.
— ¿Qué misa?
—La misa dominical.
— ¿Pero que hoy no es lunes?
—Dios mío, no te encuentras bien ¿qué ocurrió?
—No lo sé, no tengo idea que me pasa.
— ¿dónde estás?
—En casa, no puedo moverme.
—Tranquilo, voy para allá.
España colgaba su celular, y cedía su puesto a la primera persona que pasaba por ahí. Salió contra esa marea de gente por la galería principal. Salió corriendo atravesando la plaza de San Pedro, su mejillas de tomates había dicho que creía que era lunes, y que no podía moverse. España empezó a imaginárselo tirado en el suelo, esquelético, sin poder moverse durante siete días. Tan concentrado estaba en salvar a su pequeño que no pensó en tomar un taxi, así que cogió el primer autobús que vio.
Romano reunió un poco de fuerzas, se movió hacia el sillón más cercano y sujetándose de este logró levantarse del suelo, sus piernas parecían gelatina. Se dejó caer en el mullido asiento, y se concentró en meter aire a sus pulmones, esa pequeña acción le había quitado energía, demasiada. Empezó a sentir mucho frío, y se acurrucó lo más posible para guardar el calor. Y cuando sus ojos estaban a punto de cerrarse sonó el teléfono. Lo cogió con poco entusiasmo.
— ¿pronto? —su voz parecía cada vez más rasposa y dolorida.
— ¿Fratello?
— ¡Vene! — dijo Romano esbozando una sonrisa en su rostro, la primera en meses—. Me alegra oírte.
—Sin embargo no puedo decir lo mismo, te oyes terrible. ¿Qué pasó? —dijo Veneziano escuchando esa horrible y ronca voz, y la respiración entrecortada de Romano.
—No es nada, solo me suspendieron.
— ¿te sus...? ¿Cómo que te suspendieron?
—Nuest...
La voz de Romano se iba apagando, cada vez que hablaba le dolía la garganta. Su visión se estaba nublando, y le costaba concentrarse.
— ¿Nuestro jefe? ¿Él te hizo esto?
—S-Sí.
—Romano, no te preocupes se arreglará, voy a...
— No tienes... que hacer... nada...—Romano respiraba entre cada palabra, era muy doloroso.
— ¿cómo no voy hacer nada? ... — pero Veneziano dejó de escuchar la respiración de su hermano del otro lado de la línea y lo único que escuchó fue un ruido sordo de que algo se cayó—. ¿Fratello? ¿Estás ahí? ¡¿FRATELLO?!
No hubo ninguna respuesta ¿y cómo haberla? Romano se había desmayado tirando el teléfono en el proceso, quedando colgado del brazo del sillón. Al menos así lo encontró España cuando llegó.
Veneziano colgó el teléfono sin esperar alguna otra respuesta. Gina y Mariolino lo vieron preocupados.
— ¿Lo llevamos a la estación del tren Feliciano? —preguntó Gina.
— ¡Uy! Eso no se va a poder—dijo el dueño del local.
— ¿Por qué? —dijo Mariolino con enojo.
—Un deslave en la montaña, ha llovido bastante en esa zona. Lo empezarán a arreglar desde mañana.
—No es posible.
—Mariolino, las llaves.
¿Les gustó? Espero que sí.
Como siempre si tienen críticas, sugerencias, comenterios, pueden escribirmelas en los reviews que yo estaré siempre dispuesta a contestar sus dudas.
Nos vemos en dos semanas!
