CAPÍTULO 2.

Tres meses después, Candy fue al médico a hacerse los exámenes. Había retrasado bastante el momento, a pesar de los constantes recordatorios de Telma, temiendo los resultados. Y los resultados no se hicieron esperar. En su matriz había una infección bastante particular. Estaba embarazada.

—No —susurró Candy al escuchar la información de parte de la doctora.

—Lo siento mucho, Candy —dijo ella, mirándola con compasión.

—Pero… —los labios le temblaban, y no era capaz de articular palabras. Tuvo que respirar profundo varias veces—. Pero me tomé… la píldora. Me la tomé.

—Ni siquiera ese es un sistema cien por ciento efectivo.

—No, no —los ojos de Candy se llenaron de lágrimas inmediatamente.

—¿No advertiste el retraso? —ella sacudió su cabeza. Ni siquiera había recordado que la regla debía bajarle. Había olvidado todo, concentrándose en sus estudios para no pensar—. Yo… lo siento de veras —dijo la doctora—. Ahora, incluso es tarde para practicarte un aborto. Sería altamente arriesgado para ti… podrías morir —Candy levantó la cabeza mirando a la doctora Bajó de la camilla donde había estado sentada al darse cuenta de que, de todos modos, si se hubiera dado cuenta antes, ella no habría sido capaz de matar a esa… cosa que crecía dentro de ella. Las manos le temblaron violentamente, sentía que se iba a desmayar, y se agarró de la pared.

—¿Qué voy a hacer? —susurró. Había pensado en refundir en lo más oculto y oscuro de su subconsciente el episodio más terrible de su vida y seguir adelante con ella, pero, ciertamente, este nuevo acontecimiento cambiaba todos sus planes, los echaba por tierra.

—¿Qué le voy a decir a papá? —se preguntó. Emilia salió del consultorio, y Telma, que otra vez la había estado esperando afuera, se levantó del asiento donde la había estado esperando. Al ver su rostro pálido, prácticamente corrió a ella.

—Ay, no me digas. No me digas. Hay malas noticias —cuando ella no dijo nada, la tomó del brazo y la condujo a una de las sillas del pasillo—. Vamos, nena. Lucharemos. Tú eres fuerte, joven. Vamos a luchar juntas, yo no te dejaré sola.

—No… no estoy enferma de nada —dijo Candy, y Telma la miró confundida. Cuando Candy se echó a reír, combinando risa con lágrimas, se preocupó.

—¿Estás bien? —Candy asintió.

—Fuerte y saludable. En estado de dulce espera—. Telma se puso en pie y miró a Candy aterrada—. Estoy embarazada —dijo Candy en un asentimiento—. Embarazada de… ese…

—¡Ay, Dios, no!

—Tomé la pastilla… la tomé dos veces… y aun así…

—¿Qué te dicen los médicos? ¿Programaste la cita? —y en un susurro agregó—. El aborto es legal en este caso.

—No lo mataré, Telma.

— ¿Y qué vas a hacer con un niño a esta edad?, ¡qué vas a hacer!

—No… no lo sé.

—Además —insistió Telma, ahora con el rostro contraído de rabia—, estás estudiando, ¿crees que puedes estudiar y a la vez mantener a un crío? Los pañales, la leche, la ropa… ¡Tienes que abortar! —agregó entre dientes, como si más bien le provocara gritarlo. Candy vio que a su amiga le bajaron las lágrimas por las mejillas, y se las barrió con sus dedos.

—Acompáñame a decírselo a mi padre.

—No, Candy. Piénsalo…

—Tengo que decírselo. No podré… ocultárselo por mucho tiempo.

—Y cuando te pregunte cómo te quedaste embarazada y quién es el padre, ¿qué piensas decirle? ¿Quieres matarlo de la tristeza? — Candy clavó la mirada en la pared. Había cargado con el peso de su tragedia ella sola estos últimos meses. Lo que ella tenía más claro en la vida era que la familia estaba allí para apoyarte en los momentos más difíciles. Si su padre lo comprendería o no ella no lo sabía, pero lo cierto era que ya no podría llevar más tiempo esta carga ella sola.

Viviana se echó a reír, pero entonces, la expresión de Roberto su prometido cambió.

—¿Qué… qué pasó?

—Nada, es sólo que… —él se acercó más a Terry, pero sacudió su cabeza, como espantando una idea—. Creí ver…

—Llamemos al médico —dijo de inmediato Viviana, pulsando el botón de llamada.

—Pero tal vez me equivoqué.

—¿Qué viste?

—Movió los ojos.

—¿Qué? ¡Los tiene cerrados!

—Por debajo de los párpados. Vi que los movió. —¿Estás seguro?

—No… sí… Diablos, llama al médico.

—¡Ya lo llamé! —una enfermera apareció, y a trompicones le contaron lo que había sucedido. La enfermera llamó entonces al médico, y éste lo inspeccionó. La pupila se escondía ante la luz, un poco erráticamente, pero había movimiento.

—¿Se va a recuperar? —preguntó Viviana una y otra vez, con el teléfono en la mano dispuesta a llamar a su madre en cuanto el médico diera la respuesta. Éste revisó a Terry de pies a cabeza y suspiró.

—Está evolucionando. Tiene mejores reflejos, pero…

—Pero, ¿qué? Eso es bueno, ¿no?

—Sí, pero no asegura nada.

—A usted no le asegura nada. A mí me dice que mi hermano va a despertar.

—Señorita… ha estado tres meses en coma. Puede haber… secuelas, consecuencias.

—No. Mi hermano es fuerte. Él se recuperará completamente —y sin ganas de escuchar más al médico, Viviana salió para llamar a su madre.

Candy llevaba en sus manos la carpeta donde escondían las copias de los resultados médicos, la historia clínica, el denuncio ante la policía y todas las pruebas necesarias en caso de que sus padres no le creyeran. Aunque Candy estaba segura de que sí le creerían.

—¿Es algo malo? —preguntó su padre, y movió la boca sintiéndola reseca. Antes de que lo pidiera, su esposa le puso en la mano un vaso con agua. Él lo bebió hasta el fondo.

—Pues… me temo que sí.

—¿Qué es?

—Yo… —Candy miró a Telma, pero no encontraría este tipo de apoyo en ella.

—Yo… estoy embarazada—. Aurora hizo una exclamación, y se cubrió la boca sus manos.

—¿Qué? —preguntó Antonio casi en un bramido.

—Estoy… estoy embarazada. Lo… siento—. Su padre se echó a reír, y Candy lo miró. En los ojos de él estaba la esperanza de que esto fuera una broma, una mentira—. Estoy de… tres meses—. Antonio se puso en pie, y Candy cerró sus ojos esperando la bofetada, pero ésta no llegó.

—Es mentira —fue turno de Telma hacer algo.

—Es verdad, Don Antonio —dijo—. Tengo… tengo todos los resultados médicos aquí.

—¿Por qué? Tú… quieres ser profesional. Estás estudiando. ¿Por qué… queadarte embarazada?

—No fue a propósito, papá.

—Pero sabes bien cómo se hacen los niños. ¡No harías algo tan irresponsable cuando te he visto quemarte los ojos estudiando!

—Candy no resistió más el llanto. Antonio, sintiéndose perdido en medio de su propia casa, miró alrededor. Aurora también estaba llorando.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Candy levantó el rostro a él—. ¿Estás muy enamorada del chico? ¿Te vas a ir a vivir con él, o algo como eso? ¿Quién es, de todos modos? ¿Por qué no está aquí para dar la cara? ¿Se fugó? ¿Es eso por lo que lloras?

—No… no sé quién es —dijo ella al fin. Y ahora sí, vio furia asomarse en los ojos de su padre.

—¡¿Qué?!

—Candy... —intervino Telma cuando vio que su amiga no era capaz de hablar—. Candy fue… víctima de…

—¡No, No! —exclamó Antonio, intentando evitar que la información que estaban a punto de darle llegara al fin. —…abuso… —completó Telma, y ahora Antonio rugió. Telma vio a Aurora correr a su hija y abrazarla. Lloraron juntas un buen rato, y Antonio se paseó por el salón, golpeó objetos y se tiró de los cabellos en clara muestra de rabia y frustración. Dejó la carpeta sobre la mesa del café viendo que era verdad lo que Candy había dicho; no era necesario darles pruebas de nada, la palabra de Candy había bastado. Respiró profundo. Con unos padres así, ella no debía temer el tener que levantar sola a un niño; ellos estarían allí para apoyarla, porque la mala suerte no había caído solo sobre Candy, sino sobre toda la familia, y era juntos como debían afrontarlo. Telma sonrió cerrando sus ojos. En medio de toda su desgracia, Candy era afortunada al tenerlos, y salió de la casa dejando a la familia a solas para expresar su duelo.

—¿Cómo que te hicieron ir? —preguntó Antonio.

—Una compañera me quitó un libro, y me dijo que sólo si iba a la fiesta me lo devolvería. Fui y lo reclamé, y cuando salía… —Candy cerró sus ojos. Tal vez ese tipo era el que había instigado todo para que fuera, para tenerla donde quería. Pero en el fondo de su conciencia, debajo de toda su rabia y su dolor, encontraba que todo se contradecía. La manera como él la abordó, la manera como la habían hecho ir. Las rosas… ¿Era ese hombre el de las rosas? ¿De verdad?

—No estás sola, hija —dijo Aurora una tarde que llegaron de la estación de policía sin muchos ánimos, pues otra vez habían vuelto sin conseguir nada—. Nos tienes a nosotros—. Candy la miró desalentada, pasaban los días y las semanas, todo se iba haciendo más difícil.

—No nos lo ibas a decir, ¿verdad? —Reclamó Antonio—. De no ser por… la consecuencia, no nos lo habrías dicho—. Candy movió la cabeza negando.

—No quería cargaros con esta tristeza.

—Y te la habrías tragado tú sola —suspiró—. ¿Qué piensas hacer con el niño? — Candy sintió un pinchazo en su vientre. ¿Qué iba a hacer? Se encaminó a las escaleras y con los dientes apretados dijo:

—No lo sé. Ya es tarde para abortarlo—. Al escuchar la exclamación de Aurora, se detuvo en sus pasos y la miró—. Mamá… no quiero detener mi vida. Sólo tengo diecinueve años. ¿De verdad es justo que cargue con esto?

—Pero es tu hijo.

— ¡Y de ese hombre!

—Pero es tuyo. Está aquí —dijo Aurora acercándose y poniendo la mano sobre el vientre de Candy, y ella la arrebató alejándola y siguió avanzando hacia las escaleras.

—Tal vez lo dé en adopción. Muchas familias no pueden tener bebés y los desean de verdad. Yo no.

— ¿Dejarás que unos extraños críen a tu hijo? No sabes qué valores le inculcarán.

—Todavía es muy pronto para decidir eso —dijo Antonio con voz grave—. Si decides conservarlo, te prometo que no le faltará nada—. Candy miró a su padre, y los ojos se le llenaron de nuevo de lágrimas.

—Eres mi hija. Ese niño es mi nieto.

—¡Y de ese hombre! —repitió ella, como si no se explicara cómo podían no entenderlo.

—Pero eso no importa, ¿verdad? A ti sí te conozco. Sé quién eres tú. No quiero sobre tu vida la sombra de la incertidumbre, sé que el resto de tu vida te preguntarás qué fue de ese bebé que entregaste, y cuando tengas tus otros hijos, los mirarás y te preguntarás si tienen algún parecido con él—. Anto£nio respiró profundo y caminó hacia su hija alcanzándola en las escaleras, y echó atrás su cabello levantando su cara para que lo mirara—. Piénsalo. Piénsalo detenidamente. Nosotros te apoyaremos—. Ella asintió, y se dejó abrazar por su padre, sintiendo cómo al fin el enorme peso que había llevado sobre los hombros, se aliviaba un poco.

Después de que Roberto, el prometido de Viviana, viera a Terry mover los ojos, pasó una semana antes de que pudiera abrirlos completamente.

—¿Puedes escucharme? —le preguntó el médico poniendo ante su pupila una molesta linterna de luz blanca. Él sólo cerró sus ojos, pero encontró que no tenía fuerzas ni para hacerlo bien. Intentó mover su cuerpo, pero del cuello para abajo todo se sentía como un enorme bulto pesado y molesto que no respondía a sus requerimientos. Agotado, volvió a caer en la inconciencia. Pasó una semana más hasta que pudo permanecer despierto por unos minutos.

—Terry, despierta —le pidió Viviana en una ocasión que estuvo allí para verlo abrir los ojos. Terry la buscó con la mirada frunciendo el ceño—. Sabes quién soy, ¿verdad? —preguntó ella en un tono aprensivo.

—Vivi —contestó él, y esa sola palabra la hizo llorar de alegría. Ella le apretó una de sus manos.

—Estoy tan feliz. Mamá estará tan feliz. Aunque se pondrá furiosa porque no estuvo aquí cuando despertaste…

—Las rosas —dijo él cerrando de nuevo sus ojos—. Los espinos.

—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Qué quieres decir? ¿Terry? —pero él dormía.

Viviana lo estudió preocupada. ¿Hablaba de sus dibujos? Ciertamente, en ellos había rosas y espinos, pero ¿por qué era lo primero que le preocupaba cuando abría los ojos y por fin hablaba?

Unos días después, Ellynor al fin pudo verlo despierto. Lo abrazó y lloró sobre él, esta vez de alivio.

—Estaba tan preocupada —le dijo—. Tan angustiada.

—Estoy bien —dijo Terry tranquilizándola.

—No, aún no estás bien. Los médicos dijeron tantas cosas; ¡que no despertarías! Fue tan horrible.

—Estoy bien —volvió a decir él, y esta vez sonrió. Ellynor lo miró fijamente, y verlo sonreír así la hizo sonreír también. Le tomó la mano buena a su hijo y él la apretó suavemente. Poco a poco había ido recuperando el dominio de sus extremidades y todo lo demás. No era recomendable aún que se levantara, pero pronto lo haría.

—Sabes por qué estás aquí, ¿verdad? —le preguntó Ellynor, y él parpadeó confundido.

—¿Un...accidente? —Ellynor sacudió su cabeza.

—¿No lo recuerdas?

—¿No fue eso?

—No, hijo. Tú… ¿De verdad no recuerdas qué pasó esa noche? —él siguió mirándola confundido.

Cuando por fin los médicos dieron el permiso para que los detectives de la policía lo interrogaran y así pudiera dar su versión de la historia, éstos quedaron más confundidos que antes. Terry no recordaba nada. Los últimos recuerdos que tenía eran haberse despedido de su hermana y su madre y haber cogido el coche para ir a una fiesta de graduación. Pero no recordaba haber llegado allí, ni qué había bebido, ni con quién había hablado.

—Estuviste todos estos meses en coma por abuso con las drogas —dijo el detective escuetamente, y Terry lo miró con ojos grandes de sorpresa—. Una mezcla letal; estimulantes, alucinógenos, calmantes. Todo revuelto la misma noche, y tal vez al mismo tiempo.

—Nunca he consumido drogas.

—Eso es lo que dices, pero en esa fiesta tal vez pudiste acceder a ellas.

—Nunca me he sentido tentado. He vivido perfectamente sin ellas toda mi vida, ¿por qué empezar esa noche y de esa manera? —el agente suspiró.

—¿Tal vez te sentiste emocionado? El ambiente, el fin de la etapa como estudiante…

—No. No me habría emocionado a tal punto. Y mi etapa como estudiante no ha acabado, yo… —de repente se sintió muy cansado. ¿Por qué lo creían un drogadicto?

—Nunca he probado esas cosas —insistió—, ni conozco a nadie que las consuma.

—¿Y qué hay de Andrés Gonzáles y Guillermo Campos? —Terry movió la cabeza para mirarlos de nuevo.

—Son mis compañeros.

—¿Ellos consumen drogas? —Terry guardó silencio por unos segundos. ¿Qué tenían que ver ellos en todo esto?

—No lo sé… No lo creo.

—Las personas que te vieron en la fiesta aseguran que estuviste con ellos al principio de la fiesta, pero luego tú desapareciste. Que le hablaran de cosas que supuestamente él había hecho o le habían sucedido sin que pudiera recordarlo era extraño. Quiso imaginarlo. Imaginar la fiesta, a Andrés y Guillermo allí, pero imaginarlo no era recordarlo. Tampoco era capaz de imaginar a esos dos dándole drogas, ni a él mismo aceptándolas.

—Si ellos tenían drogas consigo, no sabría decirlo, no recuerdo nada. Lo último que recuerdo es ir en el coche hacia la finca, tal como les dije. Yo… de lo único que estoy seguro es que, si me la hubiesen ofrecido, yo la habría rechazado—. Uno de los detectives miró al otro y suspiró.

—Entonces sólo nos queda pensar que te la pusieron, sin que tú te dieras cuenta, en la bebida que tomaste esa noche. Si es así, ellos podrían pagar una multa. ¿Sabes dónde podríamos encontrarlos?

—No sé dónde viven.

—Claro.

—Pero no creo que hicieran algo así —dijo Terry, bastante desconcertado—. Ellos no son así. Son fiesteros y algo locos, pero no me habrían hecho daño. Son amigos.

—¿Ni siquiera por venganza?

—¿Venganza? ¡Nunca les hice nada!

—Tú no. Pero tu padre tal vez los humilló un poco al rechazarlos en su empresa. Ellos habían solicitado entrar a trabajar en la compañía de tu padre, ¿no?

—Sí, pero yo hablé con ellos después de eso. No parecían molestos. Incluso…

—¿Incluso qué? —preguntó el hombre de la policía.

Terry se quedó callado al recordar que Andrés se había ofrecido a ayudarlo a conquistar a Candy. No había sido de un modo agradable, pero eso le había indicado a él que no habían quedado rencores entre ellos por lo sucedido.

—Tuvimos una conversación normal después—siguió Terry—. Ellos no parecían molestos, lo tomaron con mucha madurez a pesar de que tal vez estaban decepcionados.

—Bueno, tal vez sí, tal vez no. Lo cierto es que ambos están desaparecidos.

—¿Qué?

—Tu padre los denunció. Tenemos la ocasión y el motivo, pero no los tenemos a ellos para preguntarles. Teníamos la esperanza de que tal vez tú supieras algo.

—¿Desaparecidos? —volvió a preguntar Terry, sorprendido. Que ellos desaparecieran era casi una confesión. Sin embargo, la policía había presionado intentando sacarle alguna verdad. Si él no había consumido esas drogas por voluntad propia, entonces sólo podía haber sido a través del engaño, y esto era un delito. No fue casual ni fortuito, todo había sido adrede.

Los hombres le mostraron entonces fotografías de sí mismo luego de lo sucedido, cosa que lo impactó bastante. Los ojos hinchados y amoratados, las costillas rotas, la mano izquierda casi destrozada, ¡la mano con la que escribía y dibujaba! Sólo alguien que lo hubiera visto y se enterara de que era zurdo podía atacar esa mano y no la derecha si su propósito era lesionarlo para siempre. Después de darle el veneno que casi lo mata, habían intentado completar el trabajo a golpes, y lo habían tirado por un deslizadero. Los agentes se guardaron de mostrarle esas fotografías en particular, y las del rescate de su cuerpo. Uno de los perros de aquel lugar que casualmente había sido desatado ese día, pues era bastante violento, era el que lo había hallado. El viviente de la hacienda reportó el incidente y toda una flota de paramédicos y rescatistas se hizo presente. Afortunadamente, esos dos días no había llovido, pero las bajas temperaturas pudieron haberlo matado también. Algunos se habían preguntado cómo había podido sobrevivir, y encontraron que Terry, aun inconsciente, había vomitado todo lo que tenía en su estómago. Lo había salvado el que estuviera boca abajo, o se habría ahogado en su propio vómito. También, el expulsar parte de lo que había consumido había bajado el nivel de droga en su cuerpo, pero al ser tantas y tan peligrosas entre sí, lo habían mantenido entre la vida y la muerte tres largos meses. Tal vez este chico estaba destinado para grandes cosas, habían pensado los médicos. O simplemente tenía las siete vidas del gato.

Los hombres le contaron a Terry a grandes rasgos y sin detalles el hallazgo, cómo los paramédicos lo habían dado por muerto apenas ver el lugar en el que había estado a la intemperie por casi cuarenta y ocho horas, pero ya que sus tejidos no mostraban descomposición, asumieron que estaba vivo.

Vivo de milagro, se dijo mirándose la mano izquierda. Había habido saña, ira, odio hacia él. ¿Andrés? ¿Guillermo? ¿Ellos? ¿Por qué? ¿Qué les había hecho? Pero entonces, ¿por qué huir?

—Nunca les hice nada —dijo con un poco de dolor, sintiéndose traicionado, herido más allá de lo físico—. Creí que eran amigos. Levantó de nuevo su mano izquierda girándola y analizándola. Ahora sentía afán de probarla, hacerle su propio reconocimiento, aunque los médicos decían que físicamente estaba en perfecto estado. ¿Y si no podía volver a dibujar una rosa más? ¡Dios, las rosas! ¡Candy llevaba cuatro meses sin recibir una!

—¿Te sientes mejor? —le preguntó su madre entrando a su habitación. Ella sabía que los detectives habían estado aquí más temprano y lo habían interrogado, y también, que lo habían informado tal vez de una manera muy cruda acerca de lo que le había pasado. Terry la miró y suspiró.

—Sí.

—Mientes fatal —dijo Viviana, que había entrado tras su madre trayendo frutas en un cesto.

—Estoy bien —insistió él—. Iré mejorando.

—Claro que sí. Pero me refería a… ¿Tú crees que esos dos chicos…? ya sabes… Terry bajó la mirada. ¿Tan mal los había juzgado? No podía dejar de pensar en que había confiado y casi que considerado amigos a dos personas que podían convertirse de un momento a otro en asesinos. Casi lo habían matado. Casi lo dañan irreparablemente, y él, tonto, incluso los había llevado a su casa, e intentado introducir en su familia.

Poco a poco, todas las conexiones de su cerebro habían vuelto a la normalidad. Su capacidad cognitiva no había disminuido, ni había lagunas en su memoria, excepto por la de esa noche. Todos sus reflejos estaban bien. Hablaba y se expresaba con normalidad. Había ido aumentando de peso recuperando poco a poco el anterior, pues casi había quedado en los huesos, pálido y flácido como una gelatina. Pero debía permanecer aquí unos días más, y sus padres no habían puesto objeción.

—No lo sé —le contestó a su madre al fin—. No sé si de verdad lo hicieron, aunque, según los policías, todo apunta a que sí. Si lo hicieron, tampoco entiendo por qué—. Ellynor miró a Viviana y suspiró. Terry parecía triste, y tenía toda la razón. Lo habían traicionado terriblemente.

Candy canceló el semestre; no iba a ir a clases estando embarazada. No sabía aún qué haría cuando el bebé naciera, pero fuera lo que fuera, no quería la mirada de sus compañeros sobre ella, ni sus críticas, que no se merecía. Si hubiese hecho este hijo con amor, no se habría avergonzado de mostrar su vientre crecido, pero no era así, y la vergüenza la estaba matando. Aplazó todos sus planes y se dedicó a estudiar por su cuenta, a mejorar por su cuenta. Fue a los controles prenatales con regularidad acompañada de su madre o de Telma. Cuando le dijeron que era un niño, se sintió bastante decepcionada. Si hubiese sido una niña, ella tal vez habría sentido un poco de amor y deseo de ampararla, pero era un varón. Los varones no estaban en su lista de favoritos ahora mismo.

Algunos de los vecinos se asombraron un poco ante el acontecimiento, y fue cuando Antonio decidió vender la casa y comprar un apartamento en otro lado de la ciudad. No soportaba que juzgaran a su hija, y el perjudicado fue Felipe el hermano de Candy, que tuvo que cambiar de amigos y compañeros de colegio. Sin embargo, el adolescente lo asumió con bastante madurez. Había visto la tristeza en los ojos de su hermana, le preocupaba que no volviera a ser la misma, y si trasladándose a otro lado de la ciudad ella iba a estar mejor, no iba a poner problemas con eso.

—¿Eso es seguro? —le preguntó Richard a su hijo al verlo intentar levantarse de su cama. Él le extendió su mano, y Richard no dudó en ayudarlo.

—Sólo quiero ir al baño —dijo—. No quiero que venga una enfermera sólo porque necesito… ya sabes, echar una meada—. Terry se echó a reír.

—Vale, te entiendo.

—No has venido mucho —le reclamó Terry—. Sé que has estado ocupado, pero esperaba que vinieras más a menudo.

—Lo siento —se disculpó Richard. Terry se giró a mirarlo, pero su padre parecía de verdad abatido.

—¿Qué pasa?

—Es sólo que la culpa me carcome. Yo fui el responsable de todo esto—. Terry se apoyó en la pared y miró a su padre.

—Si estás buscando culpables, apúntame. Yo fui quien confió en ellos, en primer lugar.

—Pero si yo no los hubiese tratado como los traté esa vez…

—No, no pienses eso. No creo que los hayas insultado, y si lo hiciste, por un insulto tú no vas y matas al hijo de esa persona, y eso fue lo que ellos intentaron…

—Si algo te pasara… si de esto hubiese alguna consecuencia… hijo…

—Yo estaré bien. De alguna manera, la vida me dio otra oportunidad. Tal vez para que tú no tuvieras que cargar con esta culpa—. Richard sonrió, y Terry vio que tenía los ojos humedecidos—. Tú fuiste más listo que yo al advertir que no eran buenas personas. Debí hacer caso de tu intuición y alejarme de ellos, pero fui tonto, ingenuo, y creí que no había personas tan malas en la tierra. He pagado la consecuencia de ello.

—Hay gente mala, pero también, hay gente muy buena. No pierdas la fe en la humanidad —Terry sólo sonrió de medio lado, y entró en el baño. No era que hubiese perdido la fe en la humanidad, había perdido la fe en su propia capacidad de juzgar a la gente. Ya se había equivocado terriblemente, y quién sabe si conocería algún día todas las consecuencias de esto.

Volvió a la universidad casi ocho meses después de lo sucedido. Al entrar al campus y caminar por los lugares donde solían estar los estudiantes de su facultad, no vio a nadie que le pareciera conocido. Claro, todos sus conocidos ya se habían graduado. Candy ya debía estar en su tercer año, pensó mirando la carpeta donde traía una hoja con rosas dibujadas. ¿Se habría olvidado de ellas? ¿Las habría tirado a la basura? ¿O estaría preguntándose qué había sido del misterioso pintor de rosas?

—Disculpa —dijo, llamando a una joven que, según lo que recordaba, estaba en el mismo curso de Candy. Era rubia y de cabello muy largo, decolorado en diferentes tonos—. Eres de tercer año, ¿verdad? —ella había pensado ignorarlo, pero luego de echarle un segundo vistazo decidió que sería muy tonta si lo hacía. El chico no sólo era muy guapo, sino que también rezumaba dinero con esa ropa y ese reloj.

—Mmm, sí. ¿Te puedo ayudar en algo? —Terry sonrió.

—Sí. Yo… Bueno, estoy buscando a una estudiante llamada Candy. Es algo de la universidad…

—Candy dejó la carrera —dijo la mujer volteando los ojos. Qué popular era Candy.

—¿Dejó la carrera? —dijo asombrado, y hasta había palidecido. Su semblante cambió con la noticia.

—Sí. Se casó. Se fue de la ciudad, incluso.

—¿Se casó?

—Pues sí. ¿Para qué la necesitabas? ¿Te puedo ayudar yo? —Terry sacudió su cabeza negando, y dando las gracias, se alejó de ella a paso lento. Unos metros más adelante, la rubia volvió a alcanzarlo—. Yo no era muy amiga de Candy —dijo, pero él no dio muestras de que la estuviera escuchando—. Se veía muy apática a eso de relacionarse con los compañeros e ir de fiestas, pero parece que alguien llegó y la enamoró. Mira, si incluso dejó la carrera—. Terry la miró al fin, pero parecía molesto, y eso la frenó.

Él apresuró el paso y la dejó atrás. Entró a la officina de la facultad, y buscó a una de las Asistentes. Una de ellas le sonrió, y él no perdió el tiempo en sentarse frente a ella. Se estaba revelando demasiado. Cualquiera podría decirle a ella que la estaba buscando, que estaba preguntando por ella, pero ya no le importaba.

—Quería saber de una de las estudiantes de tercer año… o que debería estar en tercer año.

—¿Tienes el nombre? —Candy. Candy. White—.

La mujer no necesitó teclear nada ni buscar, sólo lo miró apretando sus labios.

—Ella dejó la carrera.

—¿Qué? ¿Entonces es verdad? ¿Se casó? —la secretaria miró a otro lado.

—Eso no lo sé. Ella vino un día, habló con los directores y todo quedó suspendido—. Terry se puso en pie sintiendo algo muy ácido bajando por su estómago y quemarlo por dentro. Ella se había ido, y no tenía manera de comprobar si era verdad o no que se había casado.

—Muchas gracias… —quiso agregar el nombre de la secretaria, pero se le había borrado de la memoria justo en ese instante.

—No hay problema. Quizá vuelva. Ella estaba muy enamorada de su carrera —él asintió. Él lo sabía. Candy no habría dejado sus estudios por nada. Salió de las officinas en el pasillo se detuvo Miró en derredor. Desde donde estaba, se podía observar gran parte del campus, los senderos, los edificios de las otras facultades. ¿Dónde podría estar ella? ¿Cómo volverla a encontrar? No creía haber conseguido quedar grabado en su mente para siempre con unas simples rosas. No había podido hacer algo más. Había perdido su oportunidad con el amor.

—Míralo Candy. Es tan guapo —dijo Aurora sosteniendo en sus brazos a Santiago White. Así había decidido Antonio nombrar a su nieto. Santiago era el nombre de su propio abuelo, y le parecía muy apropiado que así se llamara su nieto.

Candy no se giró a mirarlo. Estaba acostada de lado mirando hacia la pared. El parto había sido un poco largo. Los médicos habían esperado a que dilatara lo suficiente, pero habían tenido que estimular el proceso. Más de veinte horas en labor la habían dejado agotada, era bastante justo que ella ahora descansara, ¿no?

—Candy, ¿no lo vas a mirar? —ella no respondió. Debió haber hecho el papeleo para entregarlo en adopción, pensó, así su madre no se habría encariñado con él al tenerlo tanto tiempo a disposición. Escuchó el suspiro de su madre, y la vio ponerse delante con el bulto de frazadas y sabanitas que mantenían a Santiago abrigado.

—Los médicos dicen que está muy bien de peso. En unas horas podremos irnos a casa—. Candy siguió en silencio. Cerró los ojos pretendiendo quedarse dormida, y Aurora se resignó.

Candy no le había dado el pecho al nacer, no lo había alzado en sus brazos ni una vez, ni siquiera lo había mirado fijamente para saber cómo era. Sólo lo había parido, expulsándolo de su cuerpo para luego desentenderse de él. Y el pequeño Santiago era precioso, con sus cabellos rubios como una pelusa que le cubría toda la coronilla, y mejillas sonrosadas. No había llorado mucho, y mantenía sus puñitos apretados y los ojos cerrados.

Telma llegó saludando y haciendo un poco de ruido. También ignoró al bebé, y centró toda su atención en Candy. Molesta con ambas, Aurora les miró mal y salió de la habitación con el niño.

—La abuela sí te quiere —le dijo al niño—. Y pronto tu madre también te querrá.

Sin embargo, fue difícil para Santiago ganarse el amor de su madre. Los psicólogos les habían dicho a Aurora y Antonio que esto podría presentarse. Candy dormía muy poco, tenía problemas de concentración. En un momento estaba con la mirada perdida y al otro se echaba a llorar. Estaba deprimida, esta tristeza le estaba durando mucho tiempo, y nada le levantaba el ánimo. Durante los meses en que a Santiago le dio fiebre por los dientes o por algún resfriado, fue Aurora quien se trasnochó con él. Cuando empezó a gatear merodeando por toda la casa, fue ella quien cuidó que no se accidentara. La primera palabra de Santiago también la escuchó su abuela y no su madre, lo mismo sucedió con sus primeros pasos.

Candy estaba trabajando en una pequeña oficina como secretaria, se iba temprano por la mañana, y llegaba muy tarde por la noche. Nunca veía a su hijo. El corazón de Candy era duro de conquistar.

—Debes retomar la carrera —le dijo Antonio una noche en que estaban todos sentados a la mesa.

Candy levantó la cabeza de su plato. A un lado estaba Felipe su hermano, que miró a su padre en silencio, y al otro, Aurora, con el niño sentado en una silla a su lado, aunque más que sentado, estaba de rodillas con tal de alcanzar la mesa. Antonio respiró profundo—. ¿O no tenías la intención de continuarla? —siguió su padre.

Candy sintió en su rostro la mirada de toda su familia. Ellos estaban esperando una respuesta.

—No… no hay dinero.

—Esa es una muy mala excusa. Antes tampoco hubo dinero.

—Pero ahora… hay una boca más —y al decirlo, ni siquiera miró a Santiago, que comía espaguetis con las manos, incapaz de ensartarlos en el tenedor.

—Santiago ya no usa pañales —lo defendió Aurora—, y no toma biberón. Come casi lo mismo que nosotros. Lo soportaremos.

—¡Pero seguro que Felipe también quiere ir a la universidad!

—Felipe la miró y sonrió.

—No te preocupes por mí. Trabajaré y estudiaré.

—Eso no es justo.

—No seas tonta —dijo su hermano sacudiendo su cabeza—. Hagamos esto: tú te haces arquitecta, y luego me ayudas a terminar mi carrera.

—¡Pero me tomará mucho tiempo!

—¡Basta de excusas, Candy! —Bramó su padre dando un golpe en la mesa, que asustó a Santiago. El niño se lo quedó mirando con sus ojos muy abiertos un poco asustado, y Aurora le susurró algo en el oído para tranquilizarlo. El niño volvió a sus espaguetis cuando Antonio respiró profundo calmándose.

—Ve a la facultad, pide que te vuelvan a… inscribir, o lo que sea que haya que hacer—. Candy miró su plato apretando los dientes—. No renuncies a los sueños que tenías de niña. Te lo prohíbo, Candy.

Después de la cena Candy sé hubo marchado a su habitación y se tumbó en la cama mientras pensaba en lo que había pasado unos últimos minutos. Las palabras de su padre le hicieron tomar una decisión.

Había habido un enorme bache en el camino, pero era hora de superarlo.

De repente el enorme bache abrió la puerta de su habitación y caminó dando pasitos inseguros hasta llegar a su cama. Desde el pasillo entraba la luz y Candy pudo ver a Santiago levantar su carita y mirarla. Pronto cumpliría los dos años. Era alto para su edad, su cabello fue agarrando un color castaño y abundante, y la piel muy blanca. Santiago le sonrió en silencio ladeando su cabecita, coqueteándole como siempre hacía, y esta vez, algo se arrugó en su corazón.

—Mamá va a volver a la universidad —le dijo al niño, y él elevó sus cejas como si le hubiese comprendido perfectamente. Pero era listo; su madre nunca le hablaba, y ahora lo estaba haciendo, así que no desaprovechó la oportunidad y se subió a la cama para estar más cerca de ella. Caminó hasta quedar a su lado, y la miró fijamente.

—Mi mamá es muy bonita —dijo, y Candy se admiró un poco al escucharlo. ¿Ya hablaba tan claro su hijo?

—¿Sí? —le contestó sonriendo—. ¿Y quién es tu mamá? —Santiago se echó a reír.

—Tú. Tonta.

—¿Le estás diciendo tonta a tu madre? —el niño simplemente se echó a reír, mostrando sus dientecitos y los hoyuelos de sus mejillas. Candy entonces se abalanzó sobre él atacándolo a cosquillas, y las risas y los gritos emocionados del niño se escucharon por fuera de la habitación.

Continuará...