CAPÍTULO 5.

Todos se quedaron allí, confundidos por lo que había sucedido. Los gritos de Candy habían atraído la atención de los que transitaban o trabajaban fuera de los paneles de cristal y se habían detenido a mirar.

—¿Qué se les ha perdido, eh? —exclamó Adrián con ceño fruncido. Y cuando todos volvieron a ponerse en movimiento; se giró a mirar a Candy que yacía en el suelo.

Terry se arrodilló a su lado y no permitió que nadie se le acercara, sino que con extrema delicadeza la alzó en sus brazos.

—A dónde la llevas —preguntó Adrián con voz plana.

—Es obvio que a la enfermería.

—Ella te estaba gritando a ti, ¿no es así?

—Él le lanzó una dura mirada—. Si despierta y ve que tú la llevas, esto se pondrá peor—. Sin embargo, él no hizo amago de ponerla en sus brazos o dejarla allí, sólo se levantó con ella en brazos y salió de la oficina de Adrián—. Terry —lo llamó él—. ¿La conoces de antes? —él no contestó—. Está visto que ella sí te conoce a ti. ¿Qué le hiciste para que te tuviera tanto miedo? En este piso, sabía Terry, había una habitación de enfermería. Conocía muy bien todo el edificio, y rápidamente se encaminó al que quedaba en este lado.

Mientras la llevaba en brazos la miró. Ella estaba muy pálida, sus pestañas reposaban sobre sus mejillas y él sólo quiso inclinarse y besarla, pero se contuvo fuertemente y siguió avanzando. Ludy, la enfermera, se puso en acción inmediatamente al ver que Terry traía una mujer en brazos.

—¿Qué le ha sucedido? —le preguntó disponiendo de inmediato sus equipos.

—No lo sé —contestó Terry—. Sólo… —no supo qué decir. Cualquier explicación la haría quedar como una loca, y Candy no lo era. Había un poco de locura en su mirada cuando lo miró, pero no era capaz de decir aquello ante la enfermera. La dejó sobre la camilla con mucho cuidado mientras Ludy le buscaba el pulso.

—Entró en shock —contestó Adrián, que los había seguido, en su lugar. Terry lo miró y vio que Adrián lo miraba con muchas preguntas en sus ojos. Lo acusaba, al mismo tiempo. De verdad. ¿Por qué Candy había empezado a actuar así en cuanto lo vio? Ellos nunca habían hablado más que aquella vez de la goma de borrar, y mucho menos había tenido ocasión de hacerle algo por lo que ella pudiera gritar de esa manera. En sus ojos había habido tanto odio, pero a la vez, tanto miedo… Acercó su mano a ella y tomó un mechón de cabello que se salía de la camilla para tocarlo entre sus dedos y tuvo una extraña sensación. Era como la continuación de un sueño que no recordaba haber tenido. Cerró sus ojos respirando profundo. Este encuentro no se parecía en nada a lo que había imaginado. Hoy había venido dispuesto a todo, a derramar sobre ella todo su encanto, todo su ingenio para atraerla. No había alcanzado siquiera a dirigirle la palabra con normalidad. Se mordió los labios y volvió a mirarla. No importaba qué obstáculo tenía que saltar ahora, ya estaba aquí, la suerte ya estaba echada, y él lo daría todo por ella.

—No —susurró Candy despertando, y Terry se quedó allí, reacio a dejarla—. Por favor no —lloró ella aún con sus ojos cerrados—. No lo hagas.

—Terry —lo llamó Adrián, preocupado y poniéndose a su lado—. De verdad… —la enfermera le tomó el brazo a Candy para rodearlo con el tensiómetro, pero ella lo encogió hacia su pecho y abrió los ojos. Al ver a Terry, se sentó en la camilla de golpe, bajó de ella, pero al estar mareada tropezó con una silla.

—¡Candy! —la llamó Adrián, acercándose.

—No dejes que se me acerque —le pidió Candy poniéndose tras él, pegando la frente en su espalda—. No dejes que me haga nada.

—¿Qué podría hacerte? —preguntó Terry con voz dolida, pero ella empezó a llorar, más dolida aún.

—¿Lo conoces, Candy? —preguntó Adrián, sin moverse. Ella no dijo nada, ni movió la cabeza asintiendo o negando, y Adrián dejó salir el aire—. Déjala, Terry —le pidió.

—No puedo —contestó Terry con los ojos clavados en lo poco que podía ver de ella.

—¿Por qué no? Está visto que huye de ti.

—Pero yo… Candy…

—¡Vete! —gritó ella—. No digas mi nombre. ¡Te odio! Eres un monstruo, ¡un maldito monstruo! —ella no parecía tímida ahora, y mucho menos atemorizada. Se estaba enfrentando a Terry.

—Tal vez me confundes con otra persona, yo no…

—¡Eres tú, fuiste tú! ¡Tú! Tu cara, tu voz, tu asqueroso perfume; ¡eres tú! Vete, que tengo náuseas, y si me das oportunidad, te mataré. ¡Te juro que te mataré!

—¡Por qué! ¿Qué te hice para que me odiaras? ¿Por qué me odias?

—¡Desgraciado! ¿Cómo puedes preguntar algo así? ¡Te denunciaré a la policía! ¡Te meteré en la cárcel, porque por fin, por fin te encontré!

—¿Tienes un motivo para acusar a Terry de algo ante la policía? —preguntó Adrián con ceño un tanto confuso. Él conocía a Terry, no había nadie más correcto y civil. Puede que no fuera todo sonrisas y derroche de encanto, pero lo creía incapaz de dañar a alguien adrede. Pero la respuesta de Candy fue una risa socarrona.

—¿Que si tengo motivos? Sí. Tengo muchos. Muchos motivos—. Candy tenía el pecho agitado, pero dio unos pasos hacia Terry. Tragó saliva.

Era pequeña, le llegaba debajo del hombro y tenía que alzar la cabeza para mirarlo, pero no se amedentró—. Él… no tiene hermanos gemelos, ¿verdad? —preguntó.

—No —contestó Adrián, aún confundido.

—¿Cómo es el nombre de este tipo, Adrián?

—Terry GrandChester —Candy parpadeó, sorprendida.

—¿GrandChester?

—Sí. Es el hijo de Richard GradChester. El sumo jefe—. Ella pareció meditar en algo, y sonrió cerrando sus ojos.

—Claro, eso lo explica todo.

—Candy…

—¡Tienes prohibido decir mi nombre, maldito! —la enfermera se tapó la boca ahogando una exclamación. Candy había cogido unas tijeras y las empuñaba contra él, sin embargo, Terry parecía calmado, como si no le atemorizara la pequeña mujer que tenía el coraje de amenazarlo cuando antes se escondió tras otro para no verlo—. No me impresiona tu nombre, ni tu apellido. No me impresiona el poder que tengas. Lo sabía, tenía que ser alguien así, engreído, acostumbrado a tomar las cosas por la fuerza.

—¿Qué tomé de ti? —los ojos de ella se humedecieron, pero no contestó.

—Llama a tus abogados —fue lo que dijo—. Te espera una larga estancia en la cárcel—. Y dicho esto, Candy salió de la enfermería a paso rápido. Iba temblando, con la adrenalina a tope, tan rápido como podía ir e ignorando las miradas curiosas de algunos. Se acercó a su escritorio y cogió su bolso, y dentro buscó su teléfono. Ignoró los mensajes y correos y de inmediato llamó a Telma.

—Más te vale que sea algo importante, bruja. Voy de camino a una reunión —contestó ella.

—Encontré al monstruo, Telma —contestó Candy, y no pudo evitarlo, así que, sollozando, siguió—. Al hombre que me hizo eso, en la fiesta. Lo encontré.

—¿Qué? ¿Estás segura? —preguntó Telma deteniéndose bruscamente en su camino.

—Segura. Muy segura.

—¿Quién es? —Al escuchar su risa un tanto enloquecida, Telma empezó a preocuparse—. Nena, ¿quién es?

—El hijo de mi jefe. El hijo de Ruchard GrandChester .

—Mierda.

—Dime que aun así podemos meterlo en la cárcel.

—Podemos —contestó Telma—. Claro que podemos.

Terry siguió mirando la puerta por donde había salido Candy, allí, clavado en su sitio. Ella había sonado muy segura de sí misma cuando lo miraba fijamente, lo acusaba y lo amenazaba. Lo amenazaba no sólo con esas tijeras, sino con meterlo a la cárcel, y en su rostro había quedado patente la intención de herirlo de verdad si tan sólo pestañeaba. ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando con ella? ¿Por qué ese odio en sus ojos? ¿Por qué la cárcel?

—¿Qué le hiciste, Terry? —escuchó la voz de Adrián, y él salió poco a poco de ese trance en el que había entrado.

—¿Qué?

—Te pregunté qué le hiciste. Amenaza con meterte a la cárcel.

—Yo… no lo sé.

—¿No lo sabes? ¿Crees que el odio que derramó aquí, ante ti, fue fingido? —Terry siguió meneando su cabeza. No. Ese odio no había sido fingido, había sido puro, verdadero, y eso lo estaba matando. Miró a Adrián fijamente a los ojos, y éste parpadeó un poco al verlo así.

—Nunca le hice daño —dijo Terry—. Cómo podría hacerle daño, cuando yo… —se quedó en silencio.

Adrián tomó aire antes de preguntar:

—¿Ella… te gusta? —el pecho de Terry se agitó. ¿Gustarle? Esa palabra era tan plana…

—No era así como imaginaba nuestro encuentro —sonrió, pero era una sonrisa llena de dolor—. Sabía que no sería sencillo, pero jamás imaginé… Ella… debe estar confundiéndome. Yo jamás le quitaría nada. Por el contrario… Adrián se acercó a él y respiró profundo.

—¿Crees que deberías esperar a ver con qué te acusa?

—¿Y qué puedo hacer? —Adrián se cruzó de brazos.

—La verdad, no lo sé. Parece que; con sólo acercarte a ella activas a la fiera que lleva dentro—. Terry caminó por el interior de la enfermería dando pasos inseguros. Ludy ya no estaba; al parecer, Adrián la había mandado fuera sin que él se diera cuenta. Adrián respiró profundo y se acercó a la puerta.

—Intentaré hablar con ella, a ver qué información puedo sacar —Terry no dijo nada, sólo siguió mirando a ninguna parte—. Cálmate. Tal vez sólo sea algo… sin importancia. Un malentendido que pueda solucionarse.

—Tal vez, tal vez —susurró Terry, y Adrián salió al fin de la enfermería dejándolo solo.

Terry quedó allí, rodeado aún de los gritos de Candy, de su odio, de sus acusaciones. Todavía no tenía claro de qué lo acusaba, pero no cabía duda de que era algo grave, y no sin importancia como había dicho Adrián. La empresa se había enfrentado una que otra vez a acusaciones, nunca había sufrido ningún escándalo grave, pero sí había habido clientes inconformes, pleitos por alguna cosa. No sabía si tal vez se debía a eso. Tal vez su familia, o su empresa, había dañado a la de Candy por alguna razón. No, lo dudaba, lo dudaba seriamente. No sólo porque su padre no cometía tales actos, ni ninguno de los directivos, o él, sino porque el odio de Candy no venía de algo comercial o empresarial. Su odio era personal. Y ella no había sabido su nombre o su apellido antes de odiarlo. Lo odiaba antes de saber quién era. "Tu cara, tu voz, tu asqueroso perfume", había dicho ella. Salió de la enfermería y caminó hacia la oficina de Adrián, pero ella ya no estaba por allí. Fue a los cubículos donde estaban los ayudantes y pasantes, pero no estaba ahí tampoco.

—Cálmate —le pidió Telma a Candy, pasándole un pañuelo de papel. Ambas estaban sentadas ante una pequeña mesa redonda de un café que a esa hora estaba muy solo. Se habían puesto de acuerdo para verse allí y discutir el paso a seguir.

Candy tomó el pañuelo y se limpió las lágrimas. Respiraba profundamente intentando calmarse. Era extraña la mezcla de odio y miedo, pero al final, había podido más el odio. Todavía no se había podido creer que lo amenazara con unas tijeras. Él no se había defendido, aunque tampoco había hecho nada por intimidarla. Sólo se había quedado allí, mirándola como un idiota

—. ¿Entonces dice que no sabe qué motivo tienes para denunciarlo? —Candy asintió—. Hay que ver si es cínico. Ya lo enterraremos. Llamé a una amiga y nos hemos puesto de acuerdo—. Telma cogió las carpetas que tenía sobre la mesa. Todo este tiempo, Candy había guardado muy bien estos papeles, eran las copias de la denuncia a la policía, los exámenes médicos y todas las pruebas que había podido reunir después de su tragedia con la esperanza de algún día hallar al culpable y hacerlo pagar.

—¿No te dijo nada tu madre por llegar temprano?

—No estaba —contestó Candy con voz nasal—. Salió con Santiago—. Los ojos de Candy se humedecieron de nuevo al pensar en su hijo, el hijo que había tenido de ese hombre. Ahora entendía por qué sus ojos eran así, por qué su estatura, por qué Richard GrandChester se le había parecido a alguien muy querido. Claro, era el abuelo de su hijo.

—No te angusties. El que debe estar temblando ahora es él. No tiene escapatoria. Si de casualidad intenta usar su poder para evadir las consecuencias, ah, lo llevaremos a la vergüenza pública con un escándalo.

—Tendrías que llevarme también a mí a dicho escándalo.

—No, tú no te preocupes. Rico o no, ese hombre la pagará. Una vez me juré que lo hundiría en la cárcel o tendría que dejar la carrera de leyes; no pienso dejar mi trabajo, así que, tranquila—. Candy asintió.

Terry no pudo trabajar tranquilo el resto del día. No pudo concentrarse en nada. Él había pensado que este sería un día muy feliz, pero, todo lo contrario; estaba siendo una pesadilla.

—Escuché que hubo un escándalo aquí esta mañana —dijo Richard entrando a su oficina, encontrándolo frente a una mesa de dibujo con un plano dispuesto y un lápiz en la mano, pero sin hacer nada, realmente—. Y estuviste justo en medio —siguió él tomando una silla para sentarse—. ¿Quieres contarme qué pasó?

—Terry bajó la mirada y permaneció en silencio

—. ¿Te peleaste con alguno de los arquitectos?

—Terry lo miró al fin. Él nunca se peleaba con los arquitectos. Tenía su equipo de trabajo como cualquier otro, y tal vez no era su mejor amigo, ni el más simpático, ni los invitaba a una cerveza de vez en cuando como sí hacía Adrián para mejorar lo que él llamaba "ambiente de trabajo", pero tampoco se llevaba mal con ninguno. Apostaba que su padre sabía más detalles de los que dejaba entrever.

—¿Qué te han dicho?

—Que una mujer se volvió loca y empezó a gritarte algo. ¿Hiciste algo para provocarla? —Terry respiró profundamente. Ella decía tener motivos, pero él los desconocía por completo. ¿Qué podía decirle a su padre?

—No lo sé —dijo lanzando el lápiz en la mesa y dando vueltas por el estudio, que era amplio, de paredes y muebles blancos, con un cielo raso y suelo en madera oscura—. No sé si le hice algo o no, pero lo cierto es que me odia.

—¿Quién era ella?

—Candy —contestó Terry—. Candy White —Richard frunció el ceño.

—Conque ella. ¿La conoces de antes? —Terry se recostó en una pared y se cruzó de brazos, Richard lo miró atentamente.

—Sí.

—Cuéntame.

—Pero nunca traté con ella. Es decir… yo la conocía, pero ella a mí no.

—Está visto que sí. Si te acusa de algo, es que te conoce.

—No entiendo de qué. Dejé de verla después del accidente. Hasta hace poco, que la vi de nuevo en un restaurante, y luego anoche, en la exposición de arte; pero en ninguna de las dos ocasiones cruzamos palabras.

—Entonces la conociste en la universidad antes de eso, ¿eh? Mmm —Terry miró a su padre.

—¿Qué estás pensando?

—Ella te gustaba—. Eso no era una pregunta, sino la afirmación de un hecho, y Terry sonrió meneando su cabeza y mirando a través del ventanal de su oficina.

—¿Cómo es que todos llegáis tan fácilmente a esa conclusión?

—Por la forma en que pronuncias su nombre, tal vez.

—¿Qué?

—Estás afectado por todo esto, ¿no?

—Claro que sí. Amenazó con meterme a la cárcel, acusarme de algo ante la policía.

—¿De verdad no tienes idea de qué pueda tener contra ti?

—Papá, ¿crees que, si lo supiera, no estaría haciendo algo ya? —Richard se encogió de hombros—. No tengo idea. Nunca le hice nada. Si acaso la saludé en el pasado, no creo que haya sido algo que ella pudiera recordar con tanto odio. Nunca hice ni planeé nada que pudiera hacerle daño a ella, o a su familia. ¿Por qué, si, por el contrario, era una mujer que me…? Dios, ¿qué tiene contra mí?

—Entonces, tal vez está usándote para algo.

—No, ella no es capaz de eso.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque su odio era mortal, visceral, papá —contestó Terry con voz algo quebrada—. No hay actriz que pueda poner tanto veneno en una amenaza. No es posible. Me habría matado si tan sólo hubiese pestañeado. Te lo juro. Yo… nunca me sentí así.

—Entonces, tal vez de verdad debas llamar a tu abogado—. Terry cerró los ojos con fuerza. No dijo ni contestó nada a las palabras de su padre.

En cuanto Richard salió de la oficina, Terry volvió a la de Mayra.

—Tú otra vez, ¿eh? —le preguntó ella con una sonrisa.

—Necesito la dirección de Candy.

—Imagino que hablas de la dirección de su residencia.

—Mayra, sabes a lo que me refiero.

—¿Necesito recordarte que eso es información confidencial?

—¿Tengo que jurarte por mi madre que no es para nada malo?

—Podrían despedirme si…

—¡No te despedirá nadie! ¡Por favor, Mayra!

—Vale, vale. Tengo tu palabra —Mayra tecleó algo en su ordenador y acto seguido, escribió en un papel—. Ten —dijo ella, pasándoselo. Sin pérdida de tiempo, Terry lo tomó y lo guardó.

—Gracias —le dijo cuando salía. Mayra se mordió los labios un tanto preocupada. El estoico hijo del jefe estaba mostrando demasiado interés en una simple empleada. ¿Qué estaba ocurriendo entre esos dos?

Candy llegó al edificio donde desde hacía cinco años residía con su familia sintiéndose mortalmente cansada. Había sido un día muy difícil. Después de salir del edificio de la empresa, había ido directamente con Telma, y había estado con ella ultimando detalles hasta hacía poco. Ya estaba oscureciendo, y se moría por darse una ducha y tirarse en la cama hasta mañana. No quería saber nada del mundo de alrededor. Muy pronto, tal vez hoy mismo, la policía iría a buscar a Terry GrandChester. Después de dar todos los detalles y pruebas, Telma le había garantizado que no sería una simple citación para un interrogatorio, sino una detención inmediata. Ellas tenían todas las de ganar.

Pero entonces, a unos pocos metros de la entrada de su edificio, él apareció de la nada. La había estado esperando al interior de su coche y ahora estaba aquí, a unos pocos metros de ella. Oh, Dios mío. ¡Le iba a atacar de nuevo! Miró alrededor, y no la tranquilizó mucho saber que en la esquina había una cámara de circuito cerrado de televisión perteneciente al edificio donde vivía.

—Candy —dijo él acercándose unos pasos. Al ver que ella retrocedía, se detuvo. Candy palpó en su bolso buscando algo que le sirviera como arma. Aparte del pequeño paraguas que siempre llevaba consigo, no había nada más, así que lo sacó y lo empuñó como si fuera una navaja. Él la miró desconcertado.

—Vine a que hablemos. No te haré nada, te lo juro.

—Eso no lo sé. Eres una bestia; podrías, de un momento a otro, comportarte como tal.

—¡No! Yo jamás te haría daño —ella se echó a reír con una risa socarrona, y no le quitó la mirada de encima ni un momento.

—Si empiezo a gritar, el hombre de seguridad del edificio vendrá aquí de inmediato. Lo sabes.

—No te voy a hacer daño. Sólo quiero saber qué sucede. ¿Por qué me odias?

—¿Te parece poco lo que me hiciste?

—¿Qué te hice?

—¿Y vas a hacer como que no recuerdas nada? ¿Qué tipo de bestia cínica eres?

—Te juro por mi vida que no sé de qué me hablas. Te lo juro, Candy.

—¡No digas mi nombre! —Gritó ella entre dientes—. Odio que digas mi nombre. Odio mi nombre en tu boca. ¡Odio que me mires así! —Terry tragó saliva y elevó sus manos mostrándole a ella sus palmas. Cerró sus ojos y respiró profundamente.

—Dime por qué. Por favor.

—¿Por qué? ¿Lo olvidaste? ¿Tan ebrio estabas?

—¿Qué?

—Cómo envidio tú… tranquilidad. Ya habría querido yo todos estos años haberlo olvidado. Pero no. Me persigue, me agobia en sueños. ¡Ha arruinado mi vida, y es tu culpa! —Él guardó silencio, consciente de que cada vez que decía algo ella se alteraba más—. La policía te capturará, tal vez esta misma noche. Tal vez ya te estén buscando —él la miró interrogante—. A ti —rio ella—, un niño rico. Tarde o temprano todos pagamos lo que hacemos—. Él abrió su boca para decir algo, pero entonces la vio acercarse a él con la misma sonrisa en el rostro y apuntándole con su paraguas—. ¿Sabes lo que les hacen a los violadores en la cárcel?

Terry abrió grandes sus ojos. ¿Violador?

—¿De qué… de qué estás hablando?

—Ah, ¿empiezas a asustarte? —ella agitó su cabeza y se puso ambas manos en la cintura, sonriendo como si no se lo pudiera creer. Ahora ya no parecía asustada, estaba sacando valentía de su propia amenaza—. Vale, te seguiré el rollo. Sólo ten en cuenta que eso de allí es una cámara de seguridad —señaló ella, pero él no se giró—. No me puedes hacer nada. En fin… —lo miró de nuevo, y a causa de la escasa luz no pudo ver que él temblaba, tan tenso como estaba.

—Dime, Can… —se interrumpió al ver que estuvo a punto de decir de nuevo su nombre.

—En esa fiesta… La dichosa fiesta de graduación —Terry dio un paso atrás.

¿Qué sabía ella de esa fiesta? La fiesta donde él casi fue asesinado—. El claro de la arboleda que estaba a un lado de la finca—. Él ahora no estaba respirando siquiera. A su mente vino la imagen de su sueño. Un bosque encantado, ella en medio—. Estaba buscando a mi amiga, porque la había perdido de vista —la voz de ella estaba quebrada ahora, y la vio secarse una lágrima—. Te acercaste y… me atacaste —una lágrima corrió por su mejilla, y Terry sintió que no sólo había dejado de respirar, también su corazón había dejado de latir— Me atacaste —repitió ella mirándolo con sumo rencor, pero también llena de dolor—. Me violaste.

—No —dijo él, y fue más como un susurro impregnado de incredulidad, un ruego y la débil esperanza de que esto fuera una simple pesadilla.

—Yo no te hice nada nunca…

—No, no…

—Pero tú me atacaste. Allí, entre los árboles.

—Candy, no… —él había retrocedido hasta chocar con su propio coche, que estaba detrás. Al verlo así, Candy frunció el ceño. Él estaba temblando, parecía tener dificultades para respirar.

—Tengo las evidencias médicas —dijo ella con voz un poco más segura—. Tengo incluso tu ADN—. Él meneaba la cabeza, y le escuchó lo que pareció ser un sollozo—. He tenido que esperar todos estos años, pero al fin te encontré. Por eso, Terry GradChester, te pudrirás en la cárcel. Te pudrirás allí. Él elevó ambas manos y las apoyó en su frente haciendo presión sobre ella.

—No es cierto. Estás mintiendo.

—¡Cómo quisiera que todo fuera una mentira! —Gritó ella a voz en cuello—. ¡Cada noche de mi vida después de eso, no sabes lo que he llorado y lo que he deseado nunca haber ido a ese lugar! ¡Pero desear retroceder el tiempo no sirve de nada, sobre todo cuando te toca seguir viviendo con las consecuencias! ¡Te odio, te odio, TE ODIO!!!

—No, por favor…

—Ah, ¿ahora me suplicas a mí? ¿No recuerdas todo lo que yo te supliqué a ti? ¡¡Te rogué!! —volvió a gritar ella—. Viéndome vencida por tu fuerza, te rogué, pensando en que tal vez tenías corazón. No tienes. Fue inútil. ¿Por qué me hiciste eso, siendo que yo no te había hecho nada a ti? Por qué, dime—. Él dobló su cintura y rugió. Su grito irrumpió en la noche y Candy retrocedió un paso mirándolo un poco sorprendida. Él cayó de rodillas en el suelo, mirando el suelo y cubriéndose el rostro con las manos; se estaba comportando como si apenas se estuviera enterando. Y no sólo eso, como si la noticia lo estuviera devastando. Respiró profundo y se secó las lágrimas, recobrando un poco la compostura.

—Es inútil que pidas perdón, si eso pensabas hacer —dijo ella avanzando hacia su edificio. Se detuvo un momento y lo miró allí, doblado y llorando—. Es tu turno de sufrir ahora. Tal vez hay justicia en el mundo, después de todo. Lárgate, o llamaré a la policía ahorrándoles el tener que buscarte. Candy siguió su camino hasta el edificio, y una vez allí corrió al ascensor, como si estuviera escondiéndose de una grave amenaza que la perseguía.

Terry se quedó allí, arrodillado en el suelo y con la espalda doblada. Tenía la respiración agitada, y de su boca y su garganta no paraban de salir sollozos. Esto era una pesadilla. ¡Era una pesadilla, era una pesadilla! No era cierto.

Él jamás, jamás le habría hecho algo así. ¡Jamás! Él en sus cinco sentidos no, pensó. Pero alguien que está drogado con mil pastillas a la vez, tanto que estuvo a punto de morir, sí. La imagen de su sueño donde ella estaba en medio de una arboleda vino otra vez. Rosas no, Espinas. Esa noche, él le había dado las más ponzoñosas espinas.

Ahora lo entendía todo. Él lo había hecho, aunque ahora no lo recordaba, aunque ahora ni siquiera quería verlo.

—No—. Volvió a llorar—. No, Candy, no. No. No. Volvió a mirar al edificio deseando llamarla para que viniera y le dijera que todo había sido mentira, pero ya ella no estaba por allí. Por favor, ven aquí, quiso decir; por favor, no me dejes en este infierno.

Continuará...