CAPÍTULO 6.

Candy se asomó a través de la ventana de Felipe, que era la que daba hacia la calle, para mirar abajo y lo vio allí. Seguía en el suelo, sin moverse, y estuvo muy tentada de llamar a la policía.

—¿Qué haces, mami? —preguntó Santiago entrando a la habitación, y Candy se giró a mirarlo. Le tendió una mano y el niño acudió a ella. Sin pensarlo mucho, lo abrazó apretándolo fuertemente en su pecho—. ¿Estás enferma? —preguntó el niño cuando la escuchó sollozar. ¿Cómo podía decirle ella lo que en verdad sentía? Le besó la cabeza y le tomó el rostro, dándose cuenta de que todos esos rasgos de su hijo que ella no había logrado encontrar en su familia, venían del hombre que estaba allá abajo.

—Estoy bien, mi amor —le dijo—. Es sólo que te quiero.

—Yo también te quiero.

—Ah, qué bueno. Nunca olvides lo mucho que te amo.

—No se me olvida —sonrió Santiago como si no se explicara tanto amor de repente.

Terry no cayó en la cuenta de que algunas personas pasaban por la calle y se lo quedaban mirando con curiosidad. Estaba recostado en el coche y sentado en el suelo reteniendo las ganas de seguir gritando y negando la realidad. Pero negarlo no traería a Candy de vuelta, no lo llevaría atrás en el tiempo a cuando le entregó el dibujo de rosas y la vio mirarlo con una sonrisa, mientras en su propio corazón sonaban violines, tambores y redobles. No podría. Su cabeza ahora mismo era un remolino de pensamientos. Culpa, dolor, ira, incredulidad, y más dolor. No sabía cuál empezar a analizar primero porque tampoco tenía la fuerza, y mientras tanto seguía allí, en el suelo, mirando al vacío y con manos temblorosas. En su oído y sus retinas sólo aparecía Candy acusándolo. Monstruo, bestia cínica, violador. Se puso en pie y caminó hasta la puerta del coche abriéndola con mano temblorosa.

La noche era fría, y una fina llovizna empezó a caer, pero él no se percató de eso. Se sentó frente al volante. Restos y retazos de su conversación con ella llegaban en oleadas, y por fin, el arquitecto que había en él intentó ponerlas en orden y darles una forma a los sucesos. Él había ido a esa fiesta, según el testimonio de los asistentes que lo vieron. Bebió una lata de cerveza que Andrés o Guillermo le habían dado. En la lata había pastillas sintéticas de estimulantes, sedantes, alucinógenos. Entonces, tal vez vio a Candy y… No, no, no. No era capaz de llegar allí. Tenía la esperanza de que aún en el peor de sus momentos de alucinación, de embriaguez, de lo que sea, Candy habría sido su faro de luz en medio de la tormenta. ¿La había golpeado, la había maltratado? ¿La había amenazado con tal de conseguir su objetivo? ¿Él, con esas manos, esa boca y todo su cuerpo? Sintió náuseas, y se recostó en el asiento respirando agitadamente. "Me atacaste", había dicho ella. ¿La había atacado, golpeado, arrinconado, usando su fuerza para reducirla y abusar de ella? De su boca salió un sollozo de odio hacia sí mismo, y sin mirar atentamente a lo que hacía, metió la llave del coche y salió de allí. ¿Podría culpar de esto a Andrés y Guillermo también? Pisó el acelerador sintiendo que lloraba otra vez. ¿Cómo podía haber hecho algo así? ¿Lo excusaba el haber estado bajo el efecto de las drogas? No, porque el instinto de un hombre debía ser proteger a su mujer bajo cualquier circunstancia. Él en cambio, la había violado. Maldita bestia, se dijo entonces a sí mismo. Maldito monstruo. Si Candy lo odiaba por el resto de la eternidad, habría sido, de todos modos, la mitad del tiempo que él se odiaría a sí mismo.

Richard cortó su quinto intento de comunicarse con su hijo sintiéndose ya preocupado. Miró a Ellynor, que se hallaba sentada en uno de los muebles de la sala de espera. Viviana estaba en labor de parto, Roberto estaba en la sala con ella, acompañándola, y Terry no estaba aquí. Era extraño que no contestara su llamada. Después de lo sucedido hacía cinco años, muchas cosas habían cambiado en la vida de su hijo, muchas, y una de ellas era que jamás ignoraba una llamada de sus padres.

—¿No te contesta? —preguntó Ellynor.

—Iré a su casa —contestó Richard.

—No exageres. A lo mejor está con… Kelly. ¿Quién sabe? —Richard frunció el ceño. Dudaba que estuviera con Kelly, sobre todo por el incidente de hoy con la chica nueva, ¿Y si estaba con ella? No le había quedado duda de que en el pasado su hijo había estado enamorado de ella, y al parecer, aún ahora. Y no había nada más persistente en el mundo que un hombre enamorado, suspiró.

—No tardaré —dijo, y tomó su abrigo, se acercó a su mujer y le dio un beso.

Llegó pronto al edifico donde vivía Terry desde hacía dos años. Había sido uno diseñado por él, cada apartamento, y el pent-house. Su hijo habitaba uno bastante modesto en el piso diez. No había conseguido convencerlo de tomar el pent-house, y eso no se lo explicaba. Había acostumbrado a sus hijos a lo mejor, a las viviendas espaciosas, pero al parecer, Terry era feliz aquí. El conserje le confirmó que Terry había llegado hacía más de dos horas, solo, y Richard se encaminó al ascensor preguntándose por qué no cogía sus llamadas. Intentaron comunicarse con él a través del interfono, pero a este tampoco atendía.

—¿Está seguro de que en verdad mi hijo entró?

—Señor, lo llamé para entregarle su correspondencia, pero él no me escuchó, sólo entró—. Richard hizo una mueca y se encaminó al ascensor. Una vez arriba, llamó a la puerta, pero ésta se abrió por sí misma. Dentro todo estaba oscuro.

—¿Terry? —llamó. Buscó el interruptor de la luz en la pared, pero ésta no se encendió—. ¿Terry? —volvió a llamar, sintiéndose preocupado. Buscó en su teléfono la linterna y alumbró el camino. Entonces sí se preocupó. Los muebles estaban volcados, los cuadros torcidos y algunos caídos. Las figuras de cerámica, los cristales, las lámparas, todo estaba roto y en el suelo.

—¿Qué ha pasado aquí? —exclamó—. ¡Terry! —lo buscó en la habitación, y la luz de ésta sí se encendió. Lo encontró sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza enterrada entre las rodillas—. ¿Qué ha pasado? —corrió a él y lo tocó. No encontró signos de fiebre, ni nada anormal. Él respiraba, estaba vivo, al menos.

—¿Hijo? —lo llamó.

—Déjame, papá —le pidió Terry.

—¿Qué ha pasado? ¿Te peleaste con alguien? —Terry no contestó. Richard se sentó en el suelo a su lado, respirando profundo, sin saber qué hacer o qué decir. Algo verdaderamente terrible debió haber sucedido para que él se comportara así, para que hubiese entrado hecho una furia y atacado los muebles de la casa.

Ni Viviana ni Terry tenían por costumbre romper cosas cuando se enfadaban. Se preciaba de haber educado bien a sus hijos, ellos no hacían berrinches. Pero entonces, ¿por qué estaba todo así? Terry siguió en silencio, y Richard lo vio temblar.

—No me iré de aquí hasta que me digas qué sucede. Tu hermana está dando a luz, ¿sabes? Deberías estar allí, ¿no deseas conocer a tu sobrina? —Terry siguió guardando silencio, como si sólo hubiese escuchado hablar del tiempo—. No comprendo qué te pasa, y no podré ayudarte si no me dices qué es.

—No puedes ayudarme.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Lo sé. No puedes ayudarme—. Richard frunció el ceño sin dejar de mirarlo. Respiró profundo y preguntó:

—Hablaste con ella, ¿verdad? —lo vio ponerse tenso. Sí, esto tenía que ver con ella—. Vamos, ¿qué pudo salir tan mal? —preguntó con voz sonriente que pretendía ser tranquilizadora, pero al ver que él sólo se tensaba más, empezó a preocuparse—. Ella… dijo que te acusaría ante la policía. Terry, háblame de ello, por Dios. ¿Es tan malo? Terry al fin elevó la vista a su padre. Tenía los ojos rojos, anegados en lágrimas, y entre dientes dijo:

—Es peor. Es mucho peor de lo que podrías imaginar. Maldita sea, papá. Debí morir esa noche. Así, jamás habría pasado, jamás…

—No digas tonterías…

—Jamás le habría hecho tanto daño —siguió él—, y este sentimiento habría muerto puro, al menos para mí.

—¿De qué hablas?

—¿Cómo pude? —dijo él entre dientes y moviéndose hasta ponerse en pie—. ¿Cómo fui capaz? ¡Yo la amaba! Yo daba la vida por ella, ¡la daba de verdad! Estaba tan enamorado que dibujar rosas era el mejor modo de pasar mi tiempo libre. Pensar en ella, imaginar lo que hablaríamos cuando al fin me pudiera acercar. Descubrir si al sonreír de verdad sus ojos se iluminaban. ¿Cómo sería… cómo sería besarla? Eso me preguntaba. Dios, cómo pude.

Richard sólo pudo arrugar su frente y ponerse en pie para seguirlo con la mirada mientras él caminaba de un lado a otro.

—Se suponía que mi amor la arroparía —siguió Terry con voz rota y dolida—, la confortaría, sería su refugio. Se supone que yo sería para ella un alivio, un escondite, no que le causaría la peor pesadilla. Yo deseaba ser su… apoyo, el amor de su vida… y me convertí en… el monstruo de sus pesadillas.

—Vas a tener que explicarme eso —preguntó Richard, confundido—. ¿Por qué serías tú el monstruo de las pesadillas de Candy? Terry se apoyó en un mueble de su habitación dándole a él la espalda y miró al suelo.

—Porque… porque esa noche, la noche de la fiesta… yo… —se le quebró la voz, y tuvo que controlar la respiración. De todos modos, su voz fue sólo un susurro cuando dijo: —yo abusé de ella, papá.

—¿Qué? —exclamó Richard.

—Tiene pruebas —siguió Terry, y Richard sólo pudo ver su espalda temblorosa—. Tiene mi ADN.

—No, no. Espera. No entiendo una mierda. Tú eres incapaz de hacer algo así. ¡Lo eres! —él se giró para mirar a su padre y sonrió.

—No soy tan incapaz, si de hecho lo hice.

—¡No! ¡No! Me niego a creerlo—. Terry volvió a darle la espalda a su padre—. Espera —volvió a decir Richard, tratando de razonar y poner en orden sus ideas—. ¿Hablas de la noche esa en que te drogaron? —pasaron varios segundos hasta que Terry asintió—. No recuerdas nada de lo que pasó en todas esas horas. ¡Esto podría ser una patraña! —Terry respiró profundo apretando fuertemente en sus manos el mueble en el que se apoyaba. Una patraña. Ojalá lo fuera.

—Candy me denunció ante la policía, papá.

—¡Ah, Dios!

—Dice que tiene las de ganar. Dice que tiene pruebas contundentes. Está segura de que me pudriré en la cárcel.

—¡A lo mejor fue otra persona! ¿Quién sabe? ¿No podría ser ella aprovechada? Tal vez está intentando sacar dinero de lo que te sucedió —Terry se echó a reír. No, no era así. Ya antes había establecido que el odio de Candy no podía ser fingido, era verdadero, mortal, visceral. Ahora comprendía por qué, pero comprenderlo sólo hacía que le doliera más.

—Lo siento, papá —dijo Terry en un susurro—. Te he causado tantos problemas.

—No digas eso. Dios, Terry, ¿estás asumiendo que eres culpable antes siquiera de analizar la situación?

—Ya he analizado la situación —contestó Terry con voz un poco más tranquila.

—Entonces… ¿lo recuerdas?

—No.

—Pues para mí, todo es una mentira.

—En cualquier momento llegará la policía…

—¡No irás a la cárcel, maldita sea! ¡Un hijo mío no pondrá un pie en un lugar de esos! —Richard tomó su teléfono.

Terry lo escuchó hablar con Vivas, el abogado de la compañía y la familia, uno muy duro de pelar y que los había ayudado antes en lo concerniente a esa noche maldita. Terry se sentó de nuevo en el suelo al pie de la cama sintiéndose cansado, cansado en todos los modos en que un hombre podía estarlo. Richard dio vueltas mientras hablaba, y Terry se mantuvo en silencio. Cerró sus ojos sin poder evitar que otra lágrima rodara por su cara. No había ni un solo pensamiento que le hiciera a sí mismo eximirse de semejante culpa. No había ningún soplo de consuelo en nada de lo que su padre le dijera. Si el abogado iba a pelear, si conseguía librarlo de la prisión, nada conseguiría lavar su corazón. Fuera a donde fuera, la culpa lo perseguiría, el saber que había destruido lo más hermoso que jamás hubo en su vida lo carcomería por siempre. Ese sería su castigo más cruel.

Richard tuvo que ver, con mucha impotencia, cómo la policía llegaba para llevarse a su hijo.

En concesión a que no era un ciudadano cualquiera, le permitieron vestirse con ropa abrigada y botas. Iría a un sitio frío y hostil. Terry se quitó el reloj y todas las prendas de valor y los dejó en manos de su padre, que seguía discutiendo con la policía tratando de impedir que se lo llevaran, al tiempo que le gritaba a su abogado que moviera el culo para que esto no sucediera. Fue inútil, y la policía se llevó a Terry con las manos atadas al frente con unas esposas. Todo un delincuente. El conserje del edificio vio pasmado toda la escena. Algunos vecinos que estaban por allí se dieron cuenta, y los que lo conocían, sólo pudieron llevarse las manos a la boca. Nunca hubieran imaginado que eran vecinos de un delincuente.

Terry iba en silencio. Entró a la parte trasera del coche patrulla y lo único que le dolió en el momento fue mirar a su padre. En la vida, no había hecho más que preocupar a sus padres.

—Ya se lo han llevado —le dijo Telma a Candy entrando en su habitación y cerrando la puerta. Candy se movió en la cama y tomó en brazos a Santiago, que se había dormido en su regazo mientras le leía un cuento, para llevarlo a su cama. Pesaba, pero consiguió acostarlo.

—Qué bien —susurró ella sin mirarla.

—A pesar de que es el hijo de un hombre rico y todo eso, la policía actuó rápido. Es increíble. Yo creí que nos pondrían trabas, que pedirían más pruebas… pero como teníamos todos los papeles… Habrá que hacer una prueba de ADN con Santiago… —Candy la miró al fin.

—No quiero a ese hombre cerca de mi hijo.

—No tiene que estar cerca para hacer la prueba. Los médicos certificaron plenamente que Santi es producto de… eso, así que él será nuestra mejor arma para terminar de hundirlo—. Candy arrugó su entrecejo al escuchar eso. No le gustaba cómo sonaba.

—Todo lo que quiero es que ese hombre pague.

—Y pagará —dijo Telma, sentándose en la cama de Candy—. ¿Estás bien? —ella negó.

—Él… estuvo aquí hace un rato.

—¿Qué? ¿Estuvo aquí? ¿Llamaste a la policía?

—No.

—¿A qué vino?

—Quería… quería hablar conmigo.

—¿De qué? ¿A convencerte de que no lo denuncies? ¡Demasiado tarde!

—No, no vino a eso… Parece que… él no recuerda lo que pasó.

—¡Qué estupidez! ¿Va a usar eso como defensa? ¡Muy idiota! Que no lo recuerde no indica que no lo hizo, si es que es verdad y no lo recuerda. ¿Cómo podría un hombre olvidar algo así? —Telma miró a Candy, que, con movimientos lentos, como si estuviera muy cansada, se sentaba a su lado en la cama—. ¿Estás bien? Pobrecita. Tener que verlo y hablar con él debió ser horrible para ti—. Candy se encogió de hombros.

—Fue horrible, sí. Pero tengo la sensación de que fue más horrible para él —Telma se alejó un poco para ver mejor a su amiga.

—¿Estás simpatizando con él?

—¡Claro que no!

—Muy bien. No me asustes, porque lo hundiremos, y si tú vacilas una sola vez, estamos perdidas.

—No vacilaré. Haré que ese hombre pague.

—¿Ya se lo has dicho a tus padres? —Candy asintió—. Lo saben papá y mamá. Felipe… nunca le dije nada, no tiene sentido contárselo ahora—. Telma suspiró.

—¿Y qué harás con tu trabajo?

—Eso es lo que me duele, pero tengo que dejarlo.

—Ya encontrarás en otro lado.

—No será tan fácil, pero no te preocupes, Telma. No me rendiré.

—Yo sé que no. En todo caso, ahí estaré yo para impedirte que lo hagas—. Candy sonrió, pero de pronto una lágrima bajó por su mejilla—. No llores.

—Es sólo que… he tenido que revivir ese momento. Verlo, hablar con ese hombre… me sentí de nuevo allí, en ese lugar. Sentí de nuevo el miedo, la impotencia… —Telma pasó su brazo por los hombros de su amiga.

—Enfréntalo. Es la única manera que conseguirás para vencer ese miedo. Enfréntalo y véncelo. Imagina que él es una cucaracha, y que tú usas unas botas de suela muy dura —Candy no pudo evitarlo y se echó a reír.

—Sí, es una buena imagen.

Terry escuchó el ruido metálico de la reja al cerrarse en su espalda, pero ni eso lo conmovió. Desde hacía un rato, todos sus sentidos y emociones estaban adormecidos. No podía sentir nada, ni siquiera podía sentir temor de estar aquí en un espacio tan reducido, maloliente, donde había otras dos personas que lo miraron con un particular interés en su chaqueta y sus zapatos. En

—Mira —dijo uno de los hombres—. Un niño bonito —el otro se echó a reír entre dientes. Sin prestarles atención, Terry caminó hacia una de las paredes, y dejándose caer poco a poco, se sentó en el suelo.

—¿Qué hiciste, preciosura? —preguntó uno de los hombres acercándose a él.

—Pero, ¿qué podría hacer alguien como él? —dijo el otro—. ¡Los ricos no hacen nada malo! ¿Robar? No lo necesitan, ¡ellos tienen todo! ¿Matar? ¡Para qué! ¡Eso ensuciaría sus manos! —se rieron a coro y Terry no pestañeó siquiera, como si no los escuchara.

—Como sea, estás aquí y eso te pone en el mismo nivel que nosotros. Me gusta tu chaqueta.

Terry recordó que Viviana le había contado que lo habían encontrado sin su reloj ni la hermosa chaqueta de cuero que había llevado a la fiesta esa vez. Tal vez ellos mismos, Andrés y Guillermo, le habían quitado todo lo de valor, incluso el poco efectivo que había llevado consigo. Le habían quitado todo, pensó. Incluso su dignidad. Elevó la mirada al par de hombres que lo miraban con expectativa, casi deseando que el niño bonito les diera pelea. Pero Terry sólo se movió para quitarse la chaqueta y tirarla al suelo. A continuación, se quitó también los zapatos y quedó en calcetines.

—Coged todo —dijo—. No me importa. Uno de ellos, sin perder el tiempo, cogió la chaqueta, y el otro los zapatos. Empezaron a discutir por las prendas e incluso a pelearse. El guarda tuvo que venir y golpear los barrotes de la reja con su porra y callarlos. Terry volvió a meter la cabeza entre las rodillas, en silencio y sin hacer un solo sonido.

— ¡Mi hijo jamás haría algo así! ¡No sería capaz! No es un santo, pero sí que estoy segura de que jamás lastimaría a una mujer. Y menos de esa manera. ¡Por Dios!

—Eso lo sabemos tú y yo. Pero incluso él duda. —Estaba bajo el efecto de esas drogas —dijo Ellynor caminando de un lado a otro en la sala de su casa. Ya había nacido Perla, la hija de Viviana y Roberto, y habían vuelto a casa para descansar, lo cual se había hecho imposible con la actual cadena de acontecimientos—. ¡Dios mío! Mi hijo en una celda Richard, tenemos que hacer algo.

—Ya llamé a Vivas. Lo puse al tanto de todo y ya está trabajando en este asunto.

—¿Podemos ir a verlo? —Richard meneó la cabeza.

—Creo que tendremos que esperar hasta mañana.

—¡Hasta mañana!

—Bueno, hasta dentro de unas horas —dijo, mirando su reloj. Respiró profundo y cerró sus ojos—. Saldremos de esta —prometió. Mi hijo es inocente, lo sé. Ellynor caminó a él y lo abrazó.

El resultado de la prueba de ADN, que había dado positivo. Bajo estas luces, todo se complicaba para Terry GrandChester, y Telma sonreía al sentir que podía saborear la victoria. Nada podría salvar a este hombre de la cárcel. Lamentablemente, lo máximo que podían darle de cárcel serían tres años, ya que las pruebas mostraban que no había habido agresión, violencia ni degradación. Candy no era una menor de trece años, ni tenía ninguna discapacidad. De hecho, todo estaba al filo de quedar como si sólo hubiese sido un encuentro sexual rudo consentido. Si de casualidad Terry contraatacaba diciendo que ella había consentido el encuentro, estarían en problemas, pues Candy no tenía cómo demostrar lo contrario y sería la palabra del uno contra la del otro.

Telma se encontró con Vivas, el abogado que estaba defendiendo a Terry. Fue preparada para escuchar la propuesta de una negociación, incluso estaba segura de que le propondrían recibir para ella y para Candy una fuerte cantidad de dinero para acallar el asunto, pero se sorprendió mucho cuando lo que escuchó fue que Terry se declararía culpable. Eso dejó a Telma un poco desubicada.

—No he podido convencerlo de lo contrario —dijo el abogado—. Así que es probable que ustedes ganen el caso—. Telma miró al hombre, que parecía más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, y entrecerró los ojos con desconfianza.

—¿Está tratando de ganarse mi simpatía? — Vivas suspiró.

—No. Si es verdad lo del abuso…

—¡Es verdad! —interrumpió Telma casi con un grito. —…tienen toda la razón para estar molestas, y no habrá nada en el mundo que apacigüe su sed de venganza.

—¿Sed de venganza? —volvió a exclamar Telma—. Imagínese que tiene una hija…

—La tengo.

—Y que en una fiesta un malnacido abusa de ella y por eso arruina su vida. ¿Llamaría a eso que siente sed de venganza? Yo lo llamaría más bien justicia.

—Sea lo que sea —siguió el hombre con un suspiro—, hagamos las cosas con transparencia. Es un asunto horrible, la dignidad de dos personas está en juego.

—¿Entonces lo que me pide es que no incluyamos a los medios de comunicación en el proceso?

—Exacto. Contra más discretamente se lleve todo, mejor para los dos—. Telma consideró la propuesta. Candy tampoco quería llegar al escándalo, algo que incluso ella le había propuesto. No podía obrar sin su consentimiento, pero si a mitad de camino las cosas se llegaban a torcer, estaba segura de hacer que Candy cambiara de opinión.

—No incluiré a los medios si se hace justicia.

—Me parece a mí que está usando el término "justicia" un poco a su conveniencia. Cualquier cosa puede pasar antes del fallo del juez.

—No me importará el fallo del juez si éste es justo—. Dándose cuenta de que no llegaría a ninguna parte discutiendo con ella, Vivas se puso en pie respirando profundo.

—Entonces tendré que conformarme con eso.

—Eso parece.

—Bien —el abogado le extendió a Telma su mano, como si estuvieran sellando un trato, y ella, sin vacilar, la estrechó. Era típico de los hombres, sobre todos los que llevaban años en esta carrera, creer que una chica joven como ella se intimidaría ante su experiencia y recorrido. Telma no se dejaría amedrentar por nada, era a su amiga a quien estaba defendiendo esta vez. Ella incluso había desviado la orientación de su carrera con tal de poder litigar en favor de ella y hundir al maldito que le había hecho daño.

—He conseguido una audiencia —le dijo Vivas a Terry, que salió a recibirlo en una pequeña sala donde había sólo una mesa metálica con su par de sillas a juego. Los guardas habían conseguido devolverle su par de botas, pero seguía sin el abrigo. No se había afeitado, y ya se le notaba en su barba áspera. Pero peor que su aspecto, era su mirada. Terry parecía derrotado antes siquiera de iniciar la pelea.

—Una audiencia —repitió Terry con voz áspera—. ¿Eso es bueno?

—En tu caso, es mejor que nada. Candy White presentó la prueba de ADN y es positiva. Eso te ubica a ti en el lugar de los hechos y… en ella—. Terry le dirigió una mirada casi asesina. No le había gustado ni un poco que se expresara de ella así.

—Soy culpable. Eso ya lo sabía.

—Pero hay circunstancias atenuantes —siguió Vivas, a pesar de la mirada que había recibido—. Tú estabas bajo los efectos de esas drogas… y ella podría estar mintiendo.

—¿Mintiendo? ¿La prueba de ADN no es muestra suficiente?

—¿Y si todo fue consentido? Tal vez ella dijo que sí a un encuentro contigo, y ahora está intentando aprovecharse… —se interrumpió ante el golpe que Terry dio a la mesa.

—No hagas eso —susurró Terry.

—Estoy tratando de salvarte.

—No lo hagas con suposiciones como esa. Métete en la cabeza que soy culpable. Lo hice. Me odio por ello, pero lo hice. Ella no está mintiendo, no está fingiendo que me odia y no está buscando mi dinero, sólo quiere hacerme pagar.

—¡Pero tal vez no tengas que pagar! Estando bajo los efectos de las drogas un hombre puede…

—Si este caso te queda grande, entonces ve y busca a otro que sí quiera representarme ante el juez. Yo no apoyaré tus mentiras—. Vivas cerró sus ojos negando, e incluso sonrió.

—No estoy intentando defenderte con mentiras, pero sé un poco justo contigo mismo, Terry, y acepta la ayuda. Tú no recuerdas nada…

—Pero ella sí.

—Pero es una mujer molesta, dolida y herida en su dignidad. Tal vez lo está viendo todo bajo la luz del odio y la vergüenza. Tal vez lo que necesite sea otro cristal, otro punto de vista—. Terry frunció el ceño. Por fin su abogado estaba hablando en un idioma que él entendía. Ciertamente, Candy estaba dolida y herida en su dignidad. Y con toda razón.

—Ella ya habló.

—Sí, pero no lo ha dicho todo. El juez debe escuchar todos los detalles. Tú dices que ella no miente, pues bien, las personas que dicen la verdad no temen dar detalles.

—No cuando los detalles son degradantes para su persona.

—Si ella de verdad quiere justicia, no le importará exponerse un poco. Si hay una sola mentira en su testimonio lo sabremos, pero si ella dice la verdad, llegaremos al fondo de la cuestión. Terry apretó sus dientes, reconociendo que el abogado tenía razón al menos en eso. Odiaba tener que poner a Candy contra las cuerdas sólo para encontrar un poco de paz para sí mismo, pero también él tenía curiosidad de saber todo. Y más que curiosidad, se dijo, era su derecho. Él había estado allí, pero no sabía nada de lo que había sucedido. Tal vez algún día su cerebro expulsara de su rincón más oscuro el terrible episodio, pero hasta entonces, dependía de la palabra de la mujer que más lo odiaba en el mundo.

—¿Una audiencia? —preguntó Candy mirando a Telma con ojos grandes—. ¿Dices una de esas audiencias en donde toca subir al estrado, con un juez y todo eso? —Telma hizo una mueca.

—No pude impedirlo, lo siento.

—¿Pero acaso no llevamos pruebas suficientes para meterlo definitivamente en la cárcel?

—Ya te dije yo que no sería fácil pelear contra esta gente adinerada, tienen contactos hasta donde no te lo puedes imaginar. Sin embargo, no creo que cambie mucho las cosas. Él es culpable. Incluso se declaró culpable—.

Candy abrió grandes los ojos, sorprendida.

—¿Se declaró culpable? —Telma asintió con un mero ruido—. Pero… ¿no decía que no recordaba nada?

—No sé qué trama con eso, pero lo hizo—. Candy miró a otro lado tragando saliva. Recordó el momento en que lo acusó frente al edificio donde vivía, la manera como él había reaccionado cuando se lo dijo. Su grito aún rugía en sus oídos. ¿Qué había sido? ¿Qué significaba semejante alarido? Sintió su corazón acelerado, latiendo furiosamente en su pecho.

—Siento mucho que tengas que pasar por todo esto —siguió diciendo Telma—. Te harán preguntas incómodas, y me temo que también tendrás que revivir una y otra vez el momento, porque ellos querrán detalles. Pero tú sólo di la verdad. No tienes nada que temer—. Candy asintió, pero entonces su corazón decidió salir de su pecho a golpes. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Ni que estuviera obrando mal, se dijo. Ni que estuviera siendo injusta. Él había sido el malo; ella, la víctima.

La audiencia se llevó a cabo el lunes a primera hora. Candy entró a la sala muy nerviosa. Debía mostrarse molesta, ofendida contra el mundo, pues ella era la víctima, pero no le era posible. Se sentía fría, sudorosa, como si estuviera haciendo algo malo, otra vez, y no se explicaba por qué. El lugar era muy sencillo. No estaban sus paredes forradas en paneles de madera, ni había cuadros colgados en las paredes, sólo una especie de tarima sobre la que estaba el sitio en el que seguramente se sentaría el juez, tres mesas que lo rodeaban, y unas banquetas detrás, pero ahora todo estaba vacío. Sólo una mujer estaba sentada a un lado del podio y tomaba nota de algo a la vez que revisaba unos papeles.

—Este es nuestro lugar —le dijo Telma señalándole una de las mesas con sus sillas dispuestas. Miró las otras mesas, suponiendo que ante ellas se sentaría el hombre que le había arruinado la vida y ella tendría que mirarlo casi de frente. Pocos segundos después de que ella se sentara, entró Terry con su abogado, y tras él, su padre.

—No me gusta esto —susurró Cabdy, y miró de reojo a Terry, que miraba sus manos. No lo recordaba así. En sus recuerdos él era muy diferente. Más alto, más grande, más… feo. Parpadeó mirando hacia otro lado. Tenía que ser objetiva, debía serlo si quería ganar este caso y enviarlo a la cárcel. Si bien tenía todo el derecho de juzgarlo todo lo horriblemente que quisiera, las leyes no funcionaban así. Sólo porque ella así lo quería, a este hombre no podrían meterle treinta años de cárcel. De hecho, Telma le había dicho que, si conseguían tan sólo tres años de cárcel, debían darse por bien servidas. Volvió a mirarlo, pero él la miraba ahora, y rápidamente, ella esquivó su mirada. La mujer que estaba en el podio y tomaba notas habló al fin. Se presentó a sí misma y presentó a los concurrentes dando sus nombres y función en la audiencia, y luego presentó al juez, un hombre bastante joven. Ella esperó que fuera algún abuelito de cabellos o peluca blanca. Cuando al fin llegó el turno de hablar, Telma tomó la palabra. Se expresaba bien, pensó Candy, firme y segura, sin llegar a sonar demasiado agresiva o demandante. Telma presentó ante el juez todas las pruebas que acusaban a Terry, las pruebas médicas, la antigua demanda que había impuesto, y las consecuencias que esto había traído sobre su vida. No mencionó a Santiago, y Candy esperaba de todo corazón que no fuese necesario.

—Por parte de mi apoderada y mía —finalizó Telma—, no vemos consecuente esta audiencia. Terry GrandChester es culpable, se ha declarado a sí mismo culpable, estas pruebas lo demuestran. Él debe comparecer ante la ley y pagar su deuda ante la sociedad. Es todo lo que tengo que decir, señor juez.

Candy miró al abogado defensor, que parecía poco impresionado por todo lo que había dicho Telma, y se puso en pie muy tranquilamente cuando se le dio la palabra.

—No estamos aquí para demostrar la inocencia de Terry GrandChester. Tal como la apoderada de la demandante lo ha dicho, parece que todas las pruebas apuntan a que Terry estuvo en el sitio y el lugar del que se le acusa. Hemos solicitado esta audiencia porque hay circunstancias… atenuantes.

—¿Atenuantes? —preguntó Candy en voz baja, y Telma elevó su mano para pedirle que no dijera nada.

—Y para ello, solicito que Candy White pase al estrado y rinda declaratoria.

—Lo sabía —masculló Telma, y se puso en pie objetando;

Candy no tenía por qué pasar por esto.

—Ella es la única testigo —insistió Vivas—. Si bien es la víctima, es la única persona a la que le podemos preguntar qué y cómo sucedió.

—Señor Juez —objetó Telma—. Si la parte demandada desea conocer el testimonio de mi defendida, ella rindió una muy clara declaración cinco años atrás tan sólo unas horas después del hecho.

—Señor Juez —objetó a su vez Vivas—, las preguntas que deseo hacerle a la señorita White son sencillas y ayudarán a aclarar el suceso. No van orientadas a degradarla en ningún sentido, sólo deseo hacer unas cuantas preguntas y que mi cliente escuche sus respuestas, ya que, como dice en su propia declaración, él no recuerda lo sucedido —Candy miró a Terry con el pecho agitado, pero contrario a todo lo que deseara, el juez le pidió que se pusiera en pie y caminara al estrado.

Continuará...