CAPÍTULO 8.

Terry regresó a casa para alegría de su familia. Ellynor lo abrazó, pero de inmediato notó que él no estaba para nada contento.

—Le ofrecimos una indemnización —explicó Richard cuando se encontraron a solas; Terry había subido a su antigua habitación para darse una ducha.

—Y… ¿no lo aceptó?

—No. Nada. No quiere nada de él—. Ellynor tragó saliva intentando deshacer el nudo en su garganta.

—Antes le pedí a Terry que me dejara hablar con ella, pero ahora sí lo haré.

—Ellynor…

—Dame su dirección, por favor.

—¿Qué harás?

—Convencerla.

—Empeorarás las cosas.

—Richard, no soy tonta. Sé decir las cosas. Te prometo que seré cuidadosa. Soy mujer, tal vez a mí me escuche.

—No querrá escuchar a la madre de su…

—¡No lo digas! —lo interrumpió—. Mi hijo no es eso—. Richard respiró profundo.

—Hay algo que debes saber —Ellynor lo miró de hito en hito. ¿Todavía había más cosas que saber acerca de todo este horrible asunto?

—Ella… a consecuencia de lo que le sucedió… tuvo un hijo—. Ellynor abrió los ojos por la sorpresa. Abrió la boca para decir algo, pero de ella no salió ningún sonido—. Es una mujer que ha sufrido mucho… —siguió Richard— Estuve de principio a fin en la audiencia, leí con mis propios ojos su declaración ante la policía. El daño no fue sólo psicológico, ella… tuvo que dejar su carrera por ponerse a trabajar. Su familia está terriblemente endeudada, podrían perder incluso el pequeño apartamento en el que viven, y… su desarrollo como arquitecta se vio comprometido durante mucho tiempo debido a lo que sucedió.

—Un hijo… ¿ella tuvo un hijo de Terry?

—Ellynor, escúchame. Sólo estoy preparándote para lo que te vas a encontrar. Te estoy diciendo que tiene todos los motivos del mundo para estar molesta, para odiarnos.

—Pero ese niño… es mi nieto, Richard.

—Suponemos que en efecto es un niño… Ella no tenía intención de decírnoslo, así que no estamos seguros de su sexo siquiera, y no la puedo acusar por eso.

—Con mayor razón ella debe aceptar nuestra ayuda —Richard volvió a suspirar y miró de reojo a su mujer.

—Estás empeñada, ¿verdad?

—Sí. Y soy terca, lo sabes.

—Está bien. No creo que lo consigas, pero no tenemos nada que perder—. Ellynor vio a Richard coger el teléfono, y después de unos minutos y hablar con varias personas, apuntó algo en un papel y luego se lo pasó a Ellynor—. Ésta es su dirección.

—Gracias—. Él sonrió mirando a su mujer mientras subía a su habitación a buscar su bolso para salir. Fuera lo que fuera, ya no dependía de él. Tal vez Ellynot tuviese más suerte.

Felipe llegó a casa con el casco de la moto bajo el brazo. Después de la corta incapacidad que le habían dado por su accidente, había tenido que volver al trabajo como si nada, y aquí estaba, cansado en más de una manera. Ser un simple obrero en este país era el equivalente a ser un esclavo en la época medieval. El día que no trabajabas, simplemente no comías, porque tu sueldo escasamente alcanzaba para sobrevivir; y si además tenías deudas importantes, había ocasiones en que sentías que tu dinero no era nada frente a los gastos, y trabajar así desmotivaba.

—¡Hola, mamá! —exclamó en un saludo. Aurora se puso el dedo índice sobre los labios pidiéndole que hiciera silencio. Felipe miró su reloj. Eran el medio día, ¿por qué debía ser silencioso?

—¿Santi está en casa? ¿Está durmiendo?

—No es por Santi. Es Candy.

—¿Vino a almorzar a casa? —Aurora apretó sus labios. Felipe no sabía nada de nada. Todo este tiempo había creído que su hermana seguía trabajando en la gran constructora en la que la habían contratado. Felipe se asomó a la habitación de Candy y la vio boca arriba sobre su cama, profundamente dormida, con la ropa de calle puesta. Aquello le extrañó. Tenía entendido que Candy almorzaba fuera, ya que le salía más rápido y económico.

—¿Estás enferma? —susurró, pero fue suficiente para que Candy despertara.

—Ah. Felipe —murmuró ella moviéndose—. Llegaste temprano.

—Tengo el resto de la tarde —sonrió Felipe—. ¿Quieres que te traiga algo? ¿Una pastilla?

—No. Estoy bien —él la miró un poco ceñudo.

—¿Y entonces?

—¿Entonces qué?

—Por qué estás aquí —Candy lo miró a los ojos. Respiró profundo.

—Yo… renuncié al trabajo—. Felipe la miró confundido.

—¿Renunciaste? ¿Por qué?

—Es… es difícil de explicar.

—Pero debes explicarme. Al menos a mí. ¿Te trataron mal? ¿No pagan lo que prometieron? ¿Viste cosas extrañas dentro?

—No, no, no —contestó ella—. No es eso.

—¿Entonces qué es?

—Felipe… Yo… no puedo seguir allí. No puedo.

—¿Por qué?

—¡Porque es incómodo! ¡No puedo permanecer cerca de esas personas! —Candy vio a Felipe tomar aire, como si estuviera comprendiendo al fin.

—Ya. ¿Te caen mal los dueños?

—Algo… algo así—. Él se echó a reír, pero fue una risa sin humor.

—Qué egoísta eres, Candy.

—¿Qué? —susurró ella extrañada. Su hermano nunca le había hablado así.

—Eres egoísta. Terriblemente egoísta. ¿Se te olvidó que dejé de estudiar porque todos los esfuerzos económicos de nuestra casa debían concentrarse en que tú te pudieras graduar? Dejé mi carrera, Candy, porque me prometiste que después me ayudarías.

—¡Y te ayudaré!

—¡Cómo! ¡Cuándo! Si renuncias porque no te caen bien los jefes… ¿debo seguir teniendo esperanzas? ¿Acaso aquí lo único que cuenta es lo que tú quieres y deseas?

—¡No es así!

—¿Y entonces cómo es? —Candy se puso en pie, pero Felipe abandonó la conversación dándole la espalda y saliendo de la habitación.

—Felipe… ¡compréndeme!

—¡No puedo comprenderte! No, porque en mi vida todo siempre se ha tratado de ti, de ti y de nadie más. Todo es porque Candy está estudiando, porque Candy necesita esto y Candy necesita lo otro. Y yo te apoyé y te ayudé. Aplacé mis sueños y mis necesidades porque confié en ti. Pero no hay futuro contigo, ¿verdad? Estás durmiendo cuando deberías estar trabajando, ¡trabajando! ¡Porque para eso te pagó papá la carrera en la universidad más cara del país! ¡Para eso se invirtieron todos los ahorros, los bienes, para eso se endeudó papá!

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Aurora llegando al pasillo donde se desarrollaba la discusión. Aurora vio lágrimas en los ojos de Candy, y a Felipe molesto, molesto como nunca lo había visto.

—Yo… no sabía que te sentías así —susurró Cabdy mirando a su hermano.

—Claro que no lo sabías, porque aquí lo que importa es lo que tú sientes.

—¡Felipe! —lo regañó Aurora.

—¿Te vas a poner de parte de ella, mamá? ¡Te ha defraudado! ¡A ti, a papá, a mí! Cuando metiste la pata y te quedaste embarazada, todos te apoyamos, porque eres tú, la niña de la casa, ¡pero ya estoy cansado, Candy! —Felipe tuvo que callarse, Aurora había levantado la mano contra él y le había dado una bofetada.

—¡Mamá, no! —exclamó Candy, pero era demasiado tarde. Felipe dio media vuelta y salió de la casa. Candy lo llamó un par de veces, y al tiempo que ella lo llamaba y Aurora lloraba, el interfono que comunicaba con el conserje del edificio empezó a sonar. Candy levantó el aparato y escuchó primero que su hijo venía en camino, y luego, que una señora llamada Ellynor GrandChester deseaba ser recibida.

—¿Quién? —preguntó Candy, apretándose más el auricular a la oreja, pues Aurora seguía exclamando cosas a la puerta tras la cual se había ido Felipe.

— Ellynor GrandChester… —dijo el conserje. Se escuchó una voz femenina al otro lado, y luego al conserje decir: —la madre de Terry GrandChester—. Candy apretó los dientes. ¿Qué deseaba esa señora? ¿Justo en este momento?

—¡Mierda! —exclamó Candy alejando ahora el auricular. Elevó la mirada y vio que su madre que lloraba, ignoró al conserje y a la señora GrandChester y caminó a ella.

—¿Por qué se comporta así? —Reclamaba Aurora—. ¡Por qué es así! —Candy suspiró.

—Es lo que pasa por ocultarle la verdad. Yo sé que si Felipe se entera de lo que en verdad me pasó… comprenderá por qué no puedo trabajar en la empresa de ese hombre y su familia.

—¿Se lo vas a decir?

—Ya es un hombre hecho y derecho.

—Pero… —alguien llamó a la puerta, y Candy fue a abrirla. Detrás estaba Santiago con una sonrisa.

—¡Me gané una carita feliz! —dijo, y mostró el dorso de su mano, donde tenía la pegatina de una carita amarilla y sonriente.

—Ah, qué bien…

—¿Candy White? —en medio de toda la locura reinante en su casa, Candy había olvidado que alguien más había solicitado entrar a su casa, y miró a la mujer de pasados cincuenta años que sin embargo no vestía como una abuela sino con jeans, chaqueta de rayas blanco y negro, blusa color mostaza debajo y accesorios en carey, acercarse por el pasillo. Era una mujer preciosa, con el cabello rubio recogido en una coleta y maquillaje suave. La identificó por su sonrisa. Era la sonrisa de su hijo, Santiago, la madre de ese hombre.

—¿Qué hace aquí, señora? —la vio tomar aire y tragar saliva. Sus ojos estaban clavados en el niño que ahora la abrazaba y parloteaba acerca de su carita feliz, y que luego, muy campante, la ignoró para ir a mostrársela a su abuela Aurora, que al ver el niño secó sus lágrimas y recompuso su semblante.

—Quiero hablar contigo.

—Yo no tengo nada que hablar con usted.

—No te cierres, Candy —insistió Ellynor—. Es importante lo que tengo que decirte.

—¿No se ha enterado? —Dijo Candy elevando una ceja—. Ya han ganado el juicio, déjeme en paz.

—No podemos —y miró hacia la puerta, aunque desde su ángulo no podía ver lo que sucedía dentro, sí que podía escuchar la voz del niño hablar—. Sólo quiero que escuches algo que tengo que decirte, Candy. Por favor—. Candy miro a su hijo por un momento y trató de calmarse. Esta señora no podía hacer nada, y ella defendería a Santiago con uñas y dientes si era necesario.

—Está bien, hable.

—¿De veras quieres que toque ese tema aquí en el pasillo?

—No quiero que entre a mi casa.

—¿No hay… otro sitio donde podamos hablar? —Candy suspiró resignada.

—Vamos al parque que está aquí cerca—. Ellynor asintió, y Candy entró de nuevo para tomar su chaqueta y las llaves.

Candy la guio fuera del edificio y le señaló el camino hasta un parque donde de vez en cuando, y siempre que el clima lo permitiera, traía a Santiago a que quemase un poco de sus energías, explorara y jugara. Candy miró a la mujer a su lado. Era alta, y aparte de eso, usaba botines de tacón. Olía muy bien, y su piel se veía cuidada. Una señora rica.

—Estoy enterada de que rechazaste la indemnización que te ofreció mi familia —le dijo Ellynor, y Candy no comentó nada ante eso—. He venido para que lo reconsideres.

—No quiero su dinero.

—Lo sé.

—Tampoco me puedo creer que puedan lavar su conciencia con dinero. A esta le damos unos pocos millones y se está quieta. ¿Eso han pensado? —Ellynor movió su cabeza asintiendo, más como si esta reacción fuese la que había esperado.

—Tienes toda la razón para estar molesta y ofendida.

—Y sería muy canalla de parte suya si me quitaran esa razón —dijo Candy deteniéndose frente a los juegos infantiles. La inercia la había traído aquí, pues era el sitio favorito de su hijo. Ellynor la observó por un momento. Candy era la mujer más guapa, tenía rasgos delicados y una cabellera preciosa. Tenía curvas donde debían estar y era más bajita que ella. Dudaba que alcanzara el metro sesenta siquiera. Pero tenía carácter, no temía decir las cosas tal como eran y mucho menos se intimidaba ante otra persona sólo porque era de otro estatus social. Richard ya le había dicho que era la misma chica que él había entrevistado aquella vez y que le había impresionado. Era extraño, era casi místico, pero esta mujer aquí casi había embobado a los hombres de su familia y ella quería saber por qué, qué de especial tenía, por qué parecía como si Candy debiera estar en su familia de una manera u otra. Candy se sintió observada y la miró de reojo. Escuchó la sonrisa de Ellynor.

—Mi hijo… no lo ha pasado fácil tampoco, ¿sabes?

—Nunca peor que yo.

—Escúchame —pidió suavemente—. Terry… No he hablado con él desde esta mañana que llegó a casa con la noticia de que, después de todo, no iría a la cárcel. Pensé que estaría al menos un poco contento, aliviado, pero no ha sido así para nada. Se encerró en su habitación y…

—No me interesa eso, señora —Ellynor respiró profundo. Esta chica era difícil. Sacudió su cabeza y abrió su bolso.

Candy la miró con recelo, pero ella sólo sacó una agenda, la abrió y de ella sacó varias hojas dobladas y se las pasó. Candy las recibió mirando aún a Ellynor.

—Míralas—. Candy bajó la mirada al fin a las hojas, y las desdobló. Un peso cayó directo de su corazón a su estómago al verlo. Eran las rosas. Las rosas de su admirador. Los ojos se le humedecieron.

—¿Qué… qué es esto? ¿Por qué las tiene usted? —Las reconoces, ¿verdad?

—¡Son mis rosas!

—No lo son—. Candy, confundida, volvió a mirar las rosas. En una hoja había siete, en la otra ocho, y el número iba aumentando hasta llegar a diez. ¡Eran diez dibujos! ¡Diez hojas de rosas! Todas tenían escrito: para Dulce Candy. La lágrima que había bailado en su ojo cayó por su mejilla al fin. Pero había una quinta hoja. Era ella, un dibujo de ella. Estaba de perfil y su actitud era como si aspirara el perfume del aire. Se veía tan feliz en ese dibujo…

—¿Soy yo?

—¿No me vas a preguntar por qué tengo yo estos dibujos?

—Candy la miró al fin.

—¿Por qué las tiene? —Ellynor sonrió.

—Porque cuando mi hijo estuvo en el hospital, en coma, a punto de morir, Viviana, su hermana, entró a su habitación. Nos hacía sentirnos más cerca de él cuando entrábamos allí, y ella los descubrió. Terry las había dibujado para ti.

—No. No es posible.

—Suponemos que te las quería enviar a ti, pero bueno, al ver tu reacción, asumo que ya te había enviado varias antes—. Ellynor no quitaba la mirada de encima a Candy, que se veía agitada, sorprendida, confundida—. Le preguntamos una vez quién eras tú —siguió con una sonrisa triste—. No quiso decirlo. Nunca nos habló de ti. Era como si le doliera algo cuando escuchaba tu nombre. A la mente de Candy vinieron de vuelta las imágenes y la conversación que sostuvo con él esa noche. Él estaba sorprendido de verla allí, al tiempo que feliz, lo que indicaba que no era la primera vez que la veía. Ella no había sido su víctima de manera fortuita, no era sólo porque la había encontrado allí, como si pudiera haberle sucedido a cualquier otra mujer que se atravesara en su camino esa noche. Le había sucedido a ella porque había estado enamorado. Terry era el mismo admirador de las rosas. Se secó las lágrimas. Ellynor había matado su última esperanza de que no fuera él. Telma se lo había sugerido, pero ella se había negado a creerlo porque quería mantener puro ese sentimiento. Pero había sido corrompido, terriblemente.

—¿Espera que esto me ablande? ¿Cree que pensar que él me quería antes de… de eso, hará que me sienta mejor?

—No, Candy. Serías muy tonta si así fuera. Yo sólo quiero que pienses un poco en… él. ¿Cómo crees que se sintió cuando se enteró de lo que le había hecho a la mujer que amaba? —bramó, se contestó Candy a sí misma. Él había gritado con dolor, pero no dijo nada de eso a la mujer que ahora tenía delante, que era su madre y que seguramente lo defendería a capa y espada—. No es que queramos compensarte con dinero, no podremos, jamás podremos. Pero antes de negarte siquiera a sentarte a negociar con él, piensa en tu familia, piensa en… en tu hijo. ¿Ese pequeño… merece pagar las consecuencias?

—Saque a Santiago de todo esto.

—No podemos, Candy. Él ahora es el centro de todo. Además… tienes derecho a sentirte indignada, pero no dejes que tu rabia nuble tu visión. Sé más astuta, Candy. No te imaginas todo lo que podrías obtener si te lo propusieses.

—¿Obtener qué? —Ellynor sonrió y le señaló las hojas con las rosas.

—Ya has comprobado que mi hijo estaba enamorado de ti, al menos, cuando ambos estaban en la universidad. Le ha hecho daño a la mujer que amaba, lo que te ubica a ti en un sitio muy ventajoso. Estará eternamente en deuda contigo, ¡hará y te dará lo que le pidas! —Candy la miró elevando una ceja. ¿De verdad esta mujer le estaba sugiriendo que se aprovechase de la situación y de su hijo?

—Además —siguió —, le has dado un nieto a mi marido que llevará su sangre y el apellido GrandChester si se lo permites. Si siguieras en la empresa, no sólo ganarás un excelente sueldo, sino que tus condiciones de trabajo mejorarían considerablemente. Mi hijo no es un santo y eso tú lo sabes mejor que nadie, pero déjale demostrar al menos la clase de persona que es. Déjale intentar compensarte, cubrirte con sus disculpas—. Candy la miró fijamente, respirando un poco agitada. Dio unos pasos alejándose de ella. Sus palabras habían calado. Era verdad. Todo lo que ella decía era verdad. Se giró de nuevo y la miró, ella parecía muy serena y muy segura de todo. —Intentarán quitarme a mi hijo.

—Tu hijo es importante —le dijo Ellynor moviendo la cabeza afirmativamente—, pero es alguien de quien apenas nos enteramos que existe… Mi hijo es más real. Terry es real —susurró Ellynor—, su tristeza es más real aún. Ha sido duro verlo convertirse en el hombre que es, y cada día que pasa es peor, y con tu aparición… con tu acusación… ¡mi hijo se está muriendo en vida! —. Candy esquivó su mirada—. Ahora, lo importante para mí es que él pueda volver a ser la persona que era antes de toda esta tragedia, y sé que… también tú deseas seguir adelante, completar los propósitos y sueños por los que seguramente estabas luchando cuando… esto te sucedió. Permítenos ayudarte a corregir el camino, a retomarlo. No se puede devolver el tiempo, y no podemos devolverte las cosas inmateriales que perdiste por culpa de… la mala suerte, el destino, o lo que sea que fuera que los puso a ambos allí y en tan malas circunstancias. Al menos por tu familia… déjanos compensarte—. Candy pensó en su hermano, tan molesto y frustrado como estaba. En las deudas millonarias de su padre, en las suyas propias. En las necesidades de Santiago, que aumentaban a medida que él crecía. Respiró profundo. ¿Debía, entonces, recibir el dinero de estas personas? Agitó su cabeza negando. Al verlo, Ellynor se apresuró a añadir: —Piensa en que puedes quitarte de encima gran parte de las preocupaciones que ahora te agobian a ti y a tus padres. Y si tienes hermanos, piensa en que tal vez, en vez de ser una carga, te conviertas en la persona que sacó cosas buenas de las cosas malas que le sucedieron para ayudar. Piensa en ti misma, la vida te ha tratado mal. Deja que la vida se reivindique contigo—. Candy la miró y tragó saliva. Eso era tan cierto…

Kelly llegó antes de la hora al restaurante y se sentó en una de las mesas sintiéndose bastante molesta. Estaba en un laberinto con este hombre, un laberinto lleno de callejones sin salida, pero ah, era el hombre más interesante con el que había estado. No podía ser ciega, no podía negarse que él no estaba enamorado, pero ¿qué importaba? El amor no era importante para casarse, y ella lo quería como su marido, había invertido ya bastante tiempo en él, y esperaba que hoy viniera con el anillo de compromiso para formalizar por fin esto. Ella necesitaba casarse, irse de casa de sus padres, tener la suya propia, los hijos de Terry y poder continuar al fin con su vida. Él había estado ausente más de una semana. No la había llamado, y cuando le preguntó a Ellynor qué sucedía, le dijo la mentira esa del viaje. No se lo creía. Si Terry pensaba que podía portarse así cuando se casaran, ella tendría que dejarle muy claro hoy que no sería así. Pero debía ser astuta. Si era demasiado dura, él lo tomaría como el pie para dejarla, si es que tenía esa intención y por eso debía ser cuidadosa. Respiró profundo. Otra vez callejones sin salidas con este hombre.

—Hola —saludó él cuando llegó mirando su reloj—. Llegaste temprano—. Kelly se encogió de hombros quitándole importancia. Él estaba guapísimo, con una simple chaqueta de paño negro de cuello alto y doble botonadura que fue desabrochando para sentarse. Además, tenía un cuerpo que a ella le encantaba. No demasiado musculoso, pero tampoco flácido; en su punto, y ella ya había tenido el privilegio de verlo desnudo. Había tardado, y ella había tenido que jugar un poco sucio para meterse al fin en su cama, pero lo había conseguido. Si hubiese sido un poco más mala, se habría quedado embarazada esa noche, pero, ante todo, una mujer debía guardar su imagen ante la sociedad. Debía ser la dama que se suponía sus padres habían criado.

—Estás muy guapo —él la miró un poco sorprendido. Era como si nunca nadie le echara piropos, y eso era… lindo.

—Ah… gracias. Tú… también estás guapa—. En el momento un mesero uniformado le dejó las cartas, y Terry pidió de inmediato dos copas de vino. Abrió la carta deseando pedir rápido y salir de esta noche lo más pronto posible. Odiaba estas situaciones. Para completar, su mente no estaba del todo aquí. Una parte estaba en la audiencia, su hijo , en los días de cárcel que tuvo que soportar, en el llanto de su madre… y la otra parte estaba con Candy, enterándose de que él era el de las rosas.

—Me alegré mucho cuando me llamaste para citarme aquí —dijo Kelly luego de varios minutos en silencio—. Sigo molesta por haber desaparecido, no creas que lo tendrás fácil esta noche—. Él sonrió de medio lado. Ah, era tan guapo. —Kelly…

—Me debes una explicación y lo sabes —él asintió.

—Lo siento.

—Oh, bueno. Has empezado por la disculpa. Está bien… —El mesero llegó con las copas de vino, y Terry hizo de inmediato su pedido. Kelly sintió su prisa y lo miró arrugando levemente su frente. Bueno, tal vez él tenía afán de reconciliarse para luego llevársela a la cama. Si era eso, ella colaboraría, pensó sonriente, y también hizo su pedido.

—Excelente elección —alabó el mesero y se fue llevándose las cartas con los menús. Kelly vio a Terry darle un trago a su copa.

—Estás un poco… delgado —dijo ella analizándolo.

—Ha sido una semana difícil.

—Cómo te envidio. Eres capaz de perder peso en una semana y se te nota—. Terry la miró de reojo y no hizo ningún comentario—. Eres un novio tan guapo, después de todo.

—Kelly… dijo él exasperado

—¿Ya has ido a ver a tu hermana? —preguntó ella extendiendo una mano para coger la de él, pero él rehuyó al toque fingiendo buscar algo en el bolsillo de su camisa.

—No he tenido tiempo.

—No seas así. Hasta yo fui a ver a tu sobrina. Perla. ¡Es preciosa! —Terry sonrió.

—Me imagino—. Mierda, pensó él. No sabía cómo retomar la conversación, no sabía cómo volver a encaminar las cosas hacia la dirección que había tomado antes. La interrupción del mesero había retrasado todo. Se pasó la mano por los cabellos pensando en que al menos debía esperar a la cena para dejarla decentemente. De otro modo, ¿por qué la había citado a comer? Había sido un error. Tal vez debió llevarla a otro sitio, uno donde no tuvieran que estar el uno frente al otro comportándose como una pareja normal hasta que él diera el batacazo.

—Estás muy raro —dijo Kelly en tono acusatorio. Terry hizo una mueca.

—Lo siento. Estoy… en una encrucijada.

—¿Cosas de negocios?

—No. Cosas personales.

—¿Tengo que ver con esas cosas? —preguntó ella con una sonrisa. Terry asintió lentamente. Me pedirá matrimonio, se dijo Kelly sonriendo. ¡Al fin!

—A cualquier cosa, diré que sí —Terry alzó la mirada a ella.

—No lo creo.

—Todo lo que tenga que ver contigo, sí, sí, sí.

—¿Incluso dejarlo? —la sonrisa de Kelly se borró abruptamente.

—¿Qué? —él la miró en silencio, no dijo nada más, y Kelly palideció. Aun en su rostro moreno pudo verse que había perdido el color—. ¿Qué? —volvió a preguntar.

—Tenemos que…

—¿Estás hablando en serio?

—Me temo que sí.

—No, no. Tú no me vas a dejar. ¿Qué estás pensando?

—Estoy pensando justo eso… —Kelly se puso en pie. —Pudiste esperar al menos hasta el postre para decir que tenías intención de terminar.

—Kelly…

—No hemos terminado, en lo que a mí respecta, no.

—No puedes continuar una relación sola. En lo que a mí respecta, Kelly, sí que terminamos.

—¡No! —exclamó ella entre dientes, odiando llamar la atención de los demás comensales, que al verla de pie giraron sus cabezas a mirarla. Terry tuvo que tomarle la mano y hacerla sentarse otra vez. Kelly tenía los ojos cerrados.

—Sé consciente de que esto no está funcionando. Yo no estoy enamorado de ti.

—Pero eso a mí no me importa. No tenemos que estar locamente enamorados para que funcione. Sólo con la voluntad…

—Sólo con la voluntad no es suficiente.

—No quiero terminar contigo. ¡Yo te quiero!

—Terry hizo una mueca y tragó saliva. Había esperado que esto fuera más fácil, pero no había sido así.

—Lo siento, Kelly.

—¿Por qué? ¿Qué hice mal?

—No se trata de ti…

—¿Vas a salir con eso? El típico: no eres tú, soy yo. ¿De veras, Terry? —Él asintió. Era verdad, no era por ella, era por él.

—Están sucediendo muchas cosas en mi vida y no quiero arrastrarte en ello.

—¿Y si quiero ser arrastrada? Si me convierto en tu esposa, será así. ¿Espantarás a todas las mujeres siempre que estén sucediendo cosas en tu vida? —ella tenía un punto, admitió él.

—El problema es que esas cosas… tienen que ver con otra mujer —ella ahogó una exclamación y se recostó en la silla en la que estaba poniendo un poco de distancia entre ella y él.

—¿Me has sido infiel? —él negó meneando la cabeza.

—No.

—¿Entonces? —ella lo miró a los ojos, unos ojos verdes, claros, suaves, llenos de pestañas rizadas y enmarcados por unas cejas un poco arqueadas, largas y pobladas. Él era esa clase de hijos que conseguía que sus padres se parecieran entre sí, pues había heredados rasgos de uno y de otro. La sonrisa y color de ojos, su piel de su madre; el cabello, las pestañas, los pómulos y barbilla de su padre. En conjunto, Richar y Ellynor eran guapos, y todo eso se había condensado en su hijo, que además siempre había tenido un carácter dócil y palabras amables—. Me estás dejando para irte con ella, ¿verdad? —él sonrió. No pudo evitarlo. Lo que proponía Kelly no estaba ni a años luz de la verdad.

—Es mucho más complicado que eso—. Kelly meneó su cabeza negando y elevó una mano a su rostro cubriendo sus ojos como si estuviera llorando—. Lo siento, Kelly —ella bajó la mano de inmediato, y Terry se sorprendió al ver sus ojos secos. Kelly se enderezó en su silla y respiró profundamente. El mesero llegó al fin con los platos y ella tomó los cubiertos disponiéndose a comer como si nada hubiera sucedido, como si el hombre que estuviera enfrente no acabara de terminar su relación con ella. Las mujeres a veces dan miedo, pensó Terry sin dejar de mirarla. Esperaba otra reacción; hasta hacía unos segundos, había esperado lágrimas, indignación o furia, no ésta indiferencia que resultaba tan extraña. ¿Había entendido ella?

—No hemos terminado —dijo Kelly cuando hubo terminado su plato—. Si tienes a otra, déjala a ella—. Mierda. Kelly estaba loca, concluyó Terry .

—Hemos terminado. Mi familia ya lo sabe, tu familia lo sabrá pronto también.

—No se lo diré yo.

—No hay problema para mí. Lo diré yo entonces. —No hemos terminado.

—Kelly, no te aferres.

—No me estoy aferrando. Hasta ahora, no me has dado una razón que yo pueda aceptar.

—Estás loca —dijo él, ya sintiéndose molesto. Llamó al mesero para pedir la cuenta y Kelly se apresuró para terminar su plato. Cuando Terry pagó, ella tomó su bolso, se puso en pie y le tomó el brazo dispuesta a salir a su lado. Terry lo soportó hasta que estuvieron afuera, pero ya en la calle se zafó de ella.

—¿Qué pasa por tu mente?

—Yo te quiero. Estoy luchando por ti.

—No lo hagas. No ganarás nada. ¿Y es esa la manera de luchar? ¿Siempre has sido así de rara o sólo son los rechazos los que alteran tu cordura?

—No toleraré que me ofendas.

—¡Te estoy dejando! Lo hice de buena manera allá dentro, te di mis razones, una poderosa razón: no siento nada por ti, ¡nunca lo he sentido! Acepté salir contigo porque papá me lo pidió, porque pareció buena idea en el momento, porque… ¡mierda, porque no tenía nada que hacer en el momento! —Kelly elevó la mano a él y le abofeteó la mejilla.

—¡No me ofendas!

—¡Acepta que no hay nada en común entre los dos! —Masculló Terry sobándose la mejilla—. Maldita sea, no te conviertas en una carga para mí, ¡ya tengo demasiadas!

—¿Esa mujer es una de esas cargas? —Terry la miró. Kelly tenía los ojos humedecidos, pareciendo más humana. Al fin.

—Ella es.

—¿Quién es? ¿Es… más bonita? ¿Tiene más dinero? —Terry dejó salir el aire.

—Ella es… todo lo que siempre he querido para mí.

—¿Por qué ella y no yo? —él sonrió.

—Porque la vida es el capricho de una niña malcriada, por eso. ¿Yo qué sé? —Kelly agitó su cabeza negando y se dio la media vuelta alejándose. Terry quedó allí solo, sintiendo el frío de la noche, preguntándose si esa retirada significaba que ella al fin lo había entendido o si se convertiría luego en un nuevo dolor de cabeza.

Continuará...