CAPÍTULO 9.
Telma y Candy entraron juntas a la sala y ya Terry estaba allí al lado de su padre y su abogado. Al verla, todos los hombres se pusieron en pie.
—Adelante —dijo Richard señalando las sillas libres.
—Creo que fui clara —dijo Candy—. Mi abogada les dijo que aceptaba negociar si la persona con la que tenía que tratar era Richard GrandChestet, no su hijo—. Terry la miró entonces. Tenía un rostro sereno, y no dijo nada
—. No estoy dispuesta a sentarme en la misma mesa que él, y mucho menos hablar.
—Eso es lamentable —contestó Terry—, porque quien te agredió en el pasado fui yo, no él, y el dinero que se usará para indemnizarte será el mío, no el de mi padre. Por tanto, me parece importante que sea yo quien esté aquí—. Richard miró a su hijo con mucha fascinación, y Candy no pudo disimular su sorpresa. Este hombre no era tonto, después de todo.
—Candy, esa era una petición sin fundamento —intervino Telma—, y lo sabes.
—No quiero hablar con él.
—Será por poco tiempo —aseguró Terry, acomodándose en su silla sin esperar a que las damas se sentasen primero. Richard estaba alucinando; su hijo nunca perdía los estribos, ni la educación. De hecho, era tan flemático que a veces se preguntaba si había algo en este mundo que lo alterara.
Candy apretó los dientes y se sentó en la silla que le ofrecía el abogado, al lado de Telma.
Telma empezó a hablar sin pérdida de tiempo. Presintiendo que los ánimos estaban demasiado volátiles, se dio prisa y presentó las diferentes sumas de dinero que ellas consideraron que Terry debía costear.
—Candy tuvo que cancelar un semestre y ese dinero no fue reembolsado, las deudas para pagar la carrera aumentaron su interés tres veces su porcentaje normal por el atraso en los pagos, y además de eso, tuvo que hacer materias y cursos adicionales debido a que su carrera se vio interrumpida por más de tres años—. Candy no dejaba de mirar a Terry, pero él sólo estudiaba la copia del documento que Telma le había pasado y lo leía con atención—. Además de eso, y a causa de lo sucedido, los padres de Candy perdieron una casa, que, si bien era pequeña, era la prenda de garantía por la hipoteca que se estaba pagando. Sumado, los gastos ascienden a cien mil dólares. Richard miró a su hijo con los dedos entrelazados, pero sin decir nada. Candy apretó los dientes. Seguro iban a decir que era demasiado dinero. Vio a Terry respirar profundo y tomar el papel con la punta de sus dedos. Iba a decir que no pagaría eso.
—Has olvidado la indemnización por daño psicológico que demanda el gobierno en este caso —dijo, y Telma abrió su boca, primero sorprendida, luego, buscando qué decir.
—Bueno…
—No quiero esa indemnización en especial —contestó Candy.
—Además de los gastos de educación de mi hijo que… Candy tuvo.
—¡No metas a Santiago en esto! —exclamó ella. Terry la miró, y no pudo evitar que su mirada se endulzara.
—Santiago. Se llama Santiago.
—Mierda. ¡No te metas con mi hijo!
—Pagaré sus gastos educativos desde aquí hasta que se gradúe de la universidad —siguió él, ignorándola—. Por supuesto, velaré porque la vivienda en la que vivan él y su madre sea cómoda y en un lugar decente, así que, si sumamos rápidamente, todo esto asciende a trescientos mil dólares.
—¡Por qué haces esto! —Gritó Candy poniéndose en pie—. ¿Tratas de comprarme con dinero?
—Ojalá existiese la más mínima posibilidad de conseguirlo, Candy, pero soy consciente de que no. Sólo estoy siendo justo.
—¿Justo tú? Estás tratando de lavar tu conciencia con dinero y…
—Candy, acéptalo —le dijo Telma poniéndole una mano en el hombro—. Piensa en Santi.
—Mi hijo me tiene a mí.
—¡Deja de ser tan terca, por Dios!
—Ella es terca, y difícil —sonrió Terry mirándola a los ojos—. No acepta nada de nadie.
—De ti jamás aceptaré nada —él apoyó sus manos en la mesa inclinándose hacia ella, y su perfume consiguió alcanzarla.
—Sé justa contigo misma, entonces —dijo. Candy no pudo evitarlo y cayó sentada en la silla. Su corazón estaba enloquecido. Miedo, sentía miedo, pero no miedo de él, de su voz ni su perfume, miedo de sí misma porque se vio a sí misma en aquella arboleda besándolo, abrazándolo y rindiéndose hasta caer en su red.
—¿Estás bien? —le preguntó Telma, pero ella asintió rápidamente. Terry se volvió a sentar también, y no notó que Richard lo estaba mirando sonriente.
—Yo tengo una última propuesta —dijo, y todos se giraron a mirarlo. Hasta ahora, él había permanecido en silencio y al margen de todo, como un simple espectador—. Candy puede seguir trabajando con nosotros—. Escuchó la risa de Candy, pero era una risa sin humor, y Richard la ignoró—. Te prometeré que no tendrás que trabajar cerca de mi hijo mientras así lo desees. La empresa es tan grande que podrían pasar toda la vida aquí sin verse—. Terry miró a su padre ceñudo. ¿Qué trataba de conseguir con eso? Candy se negaría, era tan obvio que ni él mismo había soñado con algo así—. Eres una excelente arquitecta, Candy —dijo Richard con voz suave y mirándola a los ojos—. Con nosotros puedes crecer e ir tan alto como desees. Te ofreceré las mejores condiciones de trabajo…
—Si soy tan buena arquitecta, encontraré trabajo en algún otro lugar.
—Bueno, tal vez —concedió Richard—; hay más constructoras en el país. Sólo recuerda que entraste aquí más por un golpe de suerte.
—No me quite el crédito, señor.
—No te lo estoy quitando, muchacha, pero si encontrar un empleo como éste fuera tan fácil como chasquear los dedos, no habría tanto arquitecto alli afuera conduciendo taxis o detrás de un mostrador.
—Ella ya tendrá la vida solucionada con todo lo que Terry acaba de cederle —aportó el abogado, reconociendo la intención de su cliente y metiendo baza—. Podría simplemente dedicarse al hogar de aquí hasta que muera. No necesitará trabajar.
—¡Candy no es así! —exclamó Telma, y no se perdió el asentimiento que hizo Terry ante su afirmación. Miró a Candy, pero ella sólo estaba mirando a Richard, que la miraba un tanto retador. Por alguna extraña razón que a Candy le daba miedo siquiera analizar, este hombre la quería cerca. Miró a Terry, pero él sólo la miraba esperando su respuesta, parecía que la propuesta de su padre también lo había tomado por sorpresa. No pudo evitar recordar las palabras de Ellynor. Las mejores condiciones de trabajo, había dicho ella; una eterna deuda con ella que jamás podrían saldar. Si recibía el dinero, pagaría todas las deudas de su padre, compraría un nuevo apartamento, o mejor, una casa, y podrían vivir más ampliamente, más cómodamente, y el estudio de su hijo estaría garantizado desde la primaria hasta la universidad. Sacudió su cabeza negando. El dinero no tenía tanto problema, si lo recibía, dejaría de existir cualquier vínculo entre ella y él y ambas familias, pero lo del empleo…
—No tienes que decidirlo ahora —dijo Richard antes de que ella abriera la boca para rechazarlo—Entonces, sólo queda firmar los acuerdos —dijo, y los tres hombres de la mesa asintieron al tiempo. El abogado sacó sus documentos con sus copias y las repartió para que las estudiase. Telma, con mucha calma, se recostó en el cómodo sillón en el que estaba para leerlo concienzudamente. No creía que conviniera llevarlo para estudiarlo en otro lugar, Candy estaba que explotaba y en cualquier momento podría cambiar de opinión echando a perder lo que habían conseguido hasta ahora, aunque dudaba que estos hombres fueran a dar su brazo a torcer fácilmente. Se estaba exponiendo mucho al mantenerla en la misma sala que este hombre, pero Terry estaba teniendo una actitud tranquila, no la miraba siquiera, tenía sus brazos sobre su regazo y casi ni se movía. Parecía no querer llamar demasiado la atención de ella, como si sólo procurara que ella lo aceptara cerca, que se acostumbrara a su presencia. Esto era extraño. Como abogada, no imaginó que una situación como esta se presentase. Terry le parecía más extraño aún. La manera como antes había mirado a Candy despertaba en ella mucha curiosidad, muchas sospechas. Volvió los ojos al documento tratando de concentrarse. Había venido aquí como abogada, no como amiga, así que debía cumplir su función.
Candy tenía los nervios de punta. Estaba a punto de hacer un show aquí y volver a ponerse a gritar y arrojar cosas; estaba perdiendo los nervios. No podía mirar a Terry. Se puso en pie de repente y miró la salida. Se sentía mareada y vomitaría si no cambiaba de ambiente, así que, al visualizar la primera puerta, se encaminó a ella.
—¿Candy? —la llamó Telma.
—Sólo necesito aire —dijo ella, y desapareció. Todos volvieron a su sitio y Telma inició un diálogo con el abogado Vivas acerca del documento. Todo parecía tranquilo hasta que el mismo Terry se puso en pie y fue hacia la puerta por la que se había ido Candy, Telma se levantó con la intención de seguirlo.
—No tiene por qué preocuparse —dijo Richard con voz serena atajándola—. Esa puerta conduce a mi despacho.
—Pero ellos…
—Estamos aquí, si ella se viera en apuros, no dudará en gritar y usted la escuchará.
—No quiero que esté a solas con él.
—Mi hijo no será tan tonto como para atacarla estando usted tan cerca. Permítales hablar, si es que consiguen hacerlo. No hay dos personas en el mundo que lo necesiten más. Telma miró fijamente a Richard. Un extraño entendimiento se instaló en la sala, como si todos supiesen algo de lo que no se podía hablar en voz alta. Se sentó poco a poco y miró de nuevo hacia la puerta.
Candy la odiaría por dejarla sola con él, pero tal vez era cierto y eso ayudaba en algo. Terry había tenido un comportamiento demasiado inusual desde el mismo inicio de este proceso. Ella lo había notado, pero no estaba nada segura y por eso no podía ponerlo en palabras. Terry entró al despacho de su padre y encontró a Candy mirando por el ventanal, cruzada de brazos y secándose lágrimas de las mejillas. Al verlo, ella abrió su boca para decir algo, tal vez gritar, e incluso dio un paso atrás para echar a correr.
—No tengas miedo —le pidió él elevando sus manos y enseñándole las palmas, como mostrándole que no iba armado, ni tenía intención de causarle daño. Ella guardó silencio, y lo miró fijamente por espacio de dos minutos, como vigilándolo, tal como se vigila una serpiente. Él tuvo que obligarse a sí mismo a relajarse. Metió las manos en los bolsillos y miró por la ventana, aunque estaba más lejos de ella. Pasaron largos minutos en silencio, hasta que ella consideró que él no la atacaría allí, tal vez porque no era tan tonto, y su cuerpo se fue relajando. Incluso volvió a fijar su mirada en la ventana y lo que se podía ver de la ciudad desde ella. Él dio unos pasos acercándose al ventanal y ella volvió a mirarlo de reojo. Estaba a una distancia prudencial, pero no lo perdió de vista.
—Me disculpo si… te sentiste atacada alli dentro —dijo él sin mirarla. Candy elevó su mirada a él.
—¿No era eso lo que pretendías? —él movió su cabeza negando.
—No, Candy —dijo. Volvió el silencio, y sólo se escuchó la respiración de ambos. Candy volvió a mirarlo. Ahora que estaba aquí, una pregunta vino a su mente, pero no quería hacerla y escuchar una respuesta que ella odiaría.
—¿De verdad… eres el de las rosas? —él tensó su cuerpo al oír la pregunta, se movió para mirarla de frente y notó que ella estaba más sorprendida que él. Era como si no hubiese querido hacerla, pero de todos modos ésta había salido. Sonrió.
—No, no lo soy —dijo, y ella lo miró—. Lo era. Ya no. Candy apretó sus dientes. Era la respuesta correcta. Ahora sólo quería saber por qué. Él volvió a mirarla. Sus ojos tan iluminados por la luz que entraba por la ventana, y tan llenos de… de algo que hacía que por mucha luz que hubiese, estuviesen apagados.
—Él se murió —siguió Terry con una sonrisa triste—. No existe tal hombre de las rosas.
Candy respiró profundo.
—Tampoco existe la chica a la que se las enviaba —dijo ella con voz amarga—. Tú la mataste—. Él asintió sonriendo, pero de repente de él fluyó tanto dolor, tanta tristeza, que se inundó el lugar. Candy sintió que llegaba hasta ella y la arrasaba.
Durante años pensó en otras alternativas, darle una patada en las pelotas y salir corriendo de allí, morderlo y arrancarle una tira de piel del cuello, o el labio, o darle un cabezazo. Pero sólo le quedaba la verdad: ella lo había besado, se había dejado abrazar y se había ubicado a sí misma en el centro de la trampa. Y había disfrutado de todo el proceso; eso la hacía sentirse peor. Sí, había sido un horror. Todos estos cinco años pasados habían sido horribles. Tenía miedo a la intimidad, y con Armando no había sentido nada de nada. No se había fijado en otro hombre y no tenía deseos de volver a hacerlo. Su familia casi se había hundido en deudas y todo había ido mal. Pero este hombre de aquí no lo había pasado muy bien, también. Ni su familia. Cuando vio las fotos en esa audiencia, sintió náuseas. ¡Cuánto dolor debió sentir su madre al ver a su hijo en ese estado! Volvió a mirarlo. Él tenía de nuevo los ojos abiertos y miraba al frente como si hubiese olvidado que ella seguía allí. Respiró profundamente y caminó de vuelta hacia la puerta dándole a él la espalda, cosa que no había hecho ni una sola vez desde que lo volviera a ver. Abrió la puerta y se sentó en el mismo lugar que antes en la mesa de juntas. Telma la miró con una pregunta silenciosa, pero ella sólo movió la cabeza dándole a entender que estaba bien. Minutos después volvió Terry, más apagado que antes, más silencioso. Sin embargo, entre ambos había ocurrido un cambio, y Richard contuvo una sonrisa. Lo que seguía era mover muy cuidadosamente cada ficha de este tablero de ajedrez. La reina debía ser conquistada. Había mucho en juego.
Al salir de los edificios de la Holding Company, Telma se ofreció a llevar a Candy en su coche, uno que había comprado hacía poc, pero Candy se negó.
—Quiero caminar.
—¿Caminar? Estás loca, ¿verdad? —ella se encogió de hombros.
—Sólo un poco —dijo. Telma volvió a mirarla como si de repente un tercer ojo se le hubiera formado en la frente, pero Candy sólo le dio la espalda y se encaminó a la calle. Iba pensando, pensando. Tenía mucho en qué pensar ahora.
—Me ofrecieron… seguir trabajando para ellos—. Candy elevó la mirada a su padre, y se encontró con que él se la devolvía escrutadoramente.
—¿Estás pensando hacerlo?
—¿Entonces… estás de acuerdo con que acepte todo? —Antonio suspiró y miró lejos, los demás comensales hacían ruido y reían en voz alta. Era el ambiente normal de muchos lugares.
—Lo que te preocupa es quedar como alguien que se aprovechó de su desgracia para salir adelante. Yo creo que eso no tiene nada de malo. Es hacer lo que dice exactamente ese refrán: si la vida te da limones, haz una limonada—. Candy sonrió.
—¿Y entonces… también estás de acuerdo con que siga trabajando allí? —tanteó ella. Vio a su padre darle otro trago a su bebida.
—Nadie te puede decir qué es lo que debes hacer, Candy. Si yo te dijera: acepta, y por hacerlo tú vives un infierno, me odiarás. Pero si te digo que no, puede que estés dejando pasar una gran oportunidad.
—¿Una oportunidad laboral?
—No, una oportunidad de matar a tus propios demonios—. Ella lo miró confundida—. Eres mi hija, mi única niña. Mi deber es velar por ti, pero velar por ti implica que… tenga que soltar tu bici para que puedas aprender a ir por ti misma —Candy sonrió recordando aquello. Había sido su padre quien le enseñaba y había sido exactamente así—. Tu relación con Armando no funcionó… y yo… en cierta forma sabía que eso sucedería.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque tienes a tus demonios vivos dentro de ti. No los has enfrentado y matado—. Candy rio un poco asustada por las palabras de su padre y lo que eso podía significar. Sus demonios estaban vivos. Su padre tenía razón. Tragó saliva al darse cuenta de aquello. Enfrentar a sus demonios. ¿Qué debía hacer?
—No tengas miedo —le dijo Antonio extendiendo una mano y poniéndola en el hombro de su hija—. Puedes sólo probar. Si es demasiado insoportable, seguiremos buscando. Hemos pasado cosas peores juntos.
Terry tenía a su equipo de trabajo alrededor de una mesa mirando un conjunto de planos. Había estado fuera más de una semana, y habían sido ellos quienes tomaran las riendas del proyecto en su ausencia. Habían hecho un buen trabajo, en especial Laura Gallego, la joven arquitecta que ahora explicaba los cambios que había realizado y las nuevas ideas. Él no tenía su mente aquí al cien por cien. Había traído café, y sostenía la taza en su mano mientras miraba fijamente a cada uno de los que estaban aquí; sabía de lo que hablaban, entendía los cambios, las nuevas ideas… pero no se sentía mínimamente emocionado, como le había sucedido en el pasado con cada proyecto. Anoche no había dormido nada, pero eso no le había impedido levantarse temprano, meterse al gimnasio y luego venir a trabajar como todos los días. No había recibido llamadas de Kelly, lo que lo aliviaba un poco, tal vez ella había comprendido al fin que lo mejor era terminar y ya no se aferraba. Tampoco había recibido llamadas de su abogado donde le dijeran algo de Candy. —
¿Le… parece bien así? —dijo Laura Gallego mirándolo a los ojos cuando terminó de hacer su exposición. Él había estado de pie, recostado a su escritorio, en mangas de camisa, sin corbata, pues no era muy amante de ellas, y mirando los planos con ojos un poco perdidos. Al escucharla parpadeó y se enderezó.
—Sí. Sí. Todo se ve impecable—. Ella sonrió—. Han hecho un gran trabajo, felicidades.
—Por eso nos pagan —dijo Frank Jiménez, el otro del equipo, encogiéndose de hombros. Terry los miró a ambos. No estando él aquí, debieron haber trabajado más de lo normal. Tenían un límite de tiempo con estos planos, y gracias a ellos no estaba atrasado. Su padre siempre le reprochaba que prefiriera quedarse en el grupo creativo y no se decidiera a tomar las riendas en el grupo administrativo. Al fin de cuentas, algún día presidiría y debía ir conociendo el funcionamiento desde otro ángulo. Tal vez era tiempo de empezar en ello. Los números y las cuentas no tenían nada de apasionante para él, pero últimamente diseñar tampoco lo tenía. Y de repente, vio a Candy pasar. Todo su cuerpo entró en tensión. Gracias a que la estructura interna del edificio era en su mayoría acristalada se podía ver desde cualquier oficina, excepto la del presidente, lo que sucedía afuera. La gente que pasaba, los que holgazaneaban, los que trabajaban duro. Y esa que iba al lado de su padre hacia el ascensor era sin duda Candy. ¡Había venido a hablar con su padre! ¿Había aceptado trabajar aquí?
—Denme un minuto —les dijo a Laura y a Frank y salió de la oficina. No llegó a tiempo, para cuando llegó a ellos, ya Candy se había internado en el ascensor y bajaba. Richard se giró a mirarlo con una sonrisa en el rostro.
—Vino a decirme que acepta trabajar de nuevo aquí —dijo él sin que le hubiesen preguntado. Terry abrió grandes los ojos por la sorpresa.
—¿De… de verdad?
—Empezará mañana mismo —siguió Richard sin borrar su sonrisa y caminando hacia su despacho—. Sólo puso una condición —Terry dejó salir el aire y lo siguió. Seguramente era que no quería bajo ningún concepto estar en ninguna situación en la que le tocara tratar con él—. Quiere participar en todo tipo de proyectos —siguió Richard—, desde los más pequeños y sencillos, hasta los más complejos. Quiere participación en reuniones y eventos, en otras palabras… quiere conocer a fondo el funcionamiento de la empresa.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Sólo tengo dos respuestas; o ella quiere saber cómo funcionamos para luego destruirnos…
—Candy no es así —interrumpió Terry, pero Richard continuó.
—O quiere aprender, para luego ella… ser la competencia —eso tenía más sentido para Terry, e incluso asintió estando de acuerdo.
—Sí, eso es más probable… Vaya, jamás imaginé que aceptaría.
—Entonces debes agradecerme el que se me haya ocurrido la idea—. Terry asintió, sonriendo por primera vez en mucho rato—. Así que —suspiró Richard llegando a su despacho— volveremos a tener a Candy por aquí.
—Gracias, papá.
—No he hecho nada, sólo he seguido mi instinto.
—¿Tu instinto? ¿Qué te decía tu instinto? —Terry sonrió evasivo
. —Es sólo una corazonada, si lo digo en voz alta, tal vez lo eche a perder—. Él entró a su despacho, y Terry quedó ante la puerta con las manos en la cintura y una sonrisa idiota en la cara. Pasados unos segundos, se dio la media vuelta y entró a su propia oficina. Laura y Frank lo vieron de mucho mejor ánimo y actitud, se miraron el uno al otro en una pregunta, pero no supieron a qué adjudicarle este cambio. De cualquier forma, el Terry entusiasta era mucho mejor que el meditabundo.
Por la mañana, se sentía como el primer día de clase en la universidad. Ese día había estado bastante inseguro de cómo vestirse o peinarse, y había sido nefasto, llevó un suéter de lana y jeans creyendo que así iba sencillo y casual, pero los demás habían ido con pintas que parecían ser sacadas de la pasarela en Nueva York. Él parecía un pueblerino en medio de todos. El primer día es determinante, reconoció entonces, y hoy era el primer día… El primer día de un nuevo comienzo en su vida. Ajustó el cuello de su americana, por encima llevaba un sencillo suéter de cuello en V, jeans negros, sus favoritos, y mocasines azul oscuro. Para entrar en esta batalla, mejor ir cómodo. Pero también quería verse bien, no sabía siquiera si Candy elevaría su mirada a él; aun así, se esmeró en verse pulcro, limpio… bien. Respiró profundo. No podía evitarlo, todavía estaba enamorado de esa mujer, pensó mientras se abrochaba el reloj, tomaba su billetera y teléfono. Seguía pensando en ella, seguía deseando estar guapo ante ella, y a pesar de que era consciente de su odio, de que ella lo aborrecía, y que además no podía quitarle razón, seguía deseando acercársele, y que ella no lo rechazara.
Candy miró la encimera de la cocina sintiéndose miedosa, saber que a pocos metros podía estar ese hombre, y que podía tropezárselo en cualquier momento. En cualquier momento. Como, por ejemplo, justo ahora. Cuando vio que se acercaba, y que no podría salir por la puerta sin que la viera, hizo lo más loco: se ocultó en un espacio que quedaba entre la encimera y una puerta y se acurrucó allí. Esto era de locos, rayando en el patetismo, pero no quería verlo. Menos a solas y en el primer día de trabajo. Lo sintió entrar y abrir una de las puertas del mueble de cocina.
—¿Qué se hizo de la jarra? —escuchó que preguntaba. Candy abrió grandes los ojos al darse cuenta de que la jarra caliente de café estaba en sus manos. Mierda. Lo sintió trastear buscando algo en las puertas y gabinetes, y Candy se quedó todo lo quieta posible para que no sintiera siquiera su respiración. Él cerraba las puertas y cajones con algo de fuerza, como si estuviera molesto, pero esperó pacientemente a que se fuera. Pero no se fue, por el contrario, alguien más entró.
—No puede ser. ¿Me seguiste hasta aquí? —dijo él, y Candy frunció el ceño. ¿A quién le hablaba así?
—Dejaste nuestra conversación a la mitad —dijo la voz de una mujer. No la reconoció, pero tampoco conocía la voz de todas las mujeres de esta empresa. ¿Estaban acosando a Terry? Eso era de risa.
—Dios, Kelly. No quedó a la mitad —siguió él un poco enfadado—. Está terminada. ¡TERMINADA!, ¡igual que nuestra relación! —Candy quiso voltear los ojos. Estaba en medio de una riña de novios. Brillante.
Por otro lado, era extraño saber que este monstruo tenía novias, y que éstas lo buscaban. Los novios se tenían que decir cosas bonitas y hasta besarse… y definitivamente…
—Te dije que para mí no habíamos terminado.
—Dios mío… —farfulló él.
—Te quiero, Terry —insistió la mujer. Hubo un tenso silencio, interrumpido luego por un:
—¿Qué?
—Te quiero —repitió ella, y parecía ser el tipo de cosas que el otro no quería o no esperaba que se dijeran. Es decir, ésta era una relación sin "te quieros".
—Pero Kelly… Yo te dije…
—Ya sé lo que me dijiste. Me dijiste que no sentías nada por mí… pero… Yo sí te quiero a ti. Estoy dispuesta a…
—No, no. Para ya. ¡Por favor, Kelly, detente! —Candy quiso asomarse. ¿Qué estaba haciendo la tal Kelly que él parecía en un apuro?
—¡Estoy dispuesta a luchar por ti! —exclamó ella—. Te amo. Nunca había conocido a alguien tan… dulce como tú—. Candy abrió grandes los ojos al oír aquello.
—Dios mío, nadie me hizo sentir así, ¿qué tiene de malo que quiera luchar por ti? Y lo que me dices sólo me hace pensar: Dios, si aun sin estar enamorado me hace sentirme así, ¿qué sentiría si me amara?
—Kelly, no quiero ser duro contigo, pero… Ya te lo dije, lo nuestro no funcionó porque no siento nada por ti. ¡No puedes forzar ese tipo de cosas!
—De eso no puedes estar seguro. Ahora dices que amas a esa otra mujer, pero… las cosas pueden cambiar con el tiempo… —Al oír eso, Candy elevó su cabeza. ¿Qué otra mujer?, se preguntó.
—No cambiarán con el tiempo, Kelly.
—¿Dónde está ella ahora, eh? ¿Sabe que la quieres? ¿Trabaja aquí? —preguntó ella, y la última pregunta la hizo como si apenas se le ocurriera la idea y eso la aterrara. Él quedó en silencio, y Candy no tuvo modo de saber si movía la cabeza asintiendo o negando.
—Kelly, no te hagas esto. Yo… incluso ya he hablado con tu padre —lo escuchó suspirar—. Nunca hubo un compromiso formal, sólo salimos para… satisfacer los deseos de nuestros padres que querían probar si podían unir dependencias.
— ¿Es decir que para ti sólo fueron cosas de negocios? ¿Lo que fue más hermoso para mí… para ti no tuvo importancia?
—No, Kelly, pero… Las cosas… simplemente no pueden ser. Por favor, compréndelo. No quiero que te empeñes y salgas herida, porque te digo que nada va a cambiar.
—No me importa…
—Pero a mí sí me importa. Terminemos esto aquí, no nos hagamos daño. No, no llores —susurró él y Candy quiso salir de allí para no tener que seguir escuchando esto, pero ella misma se había metido en este asunto, ahora tenía que aguantarse. Por otro lado, era incómodo hasta el extremo encontrar que una mujer podía llorar por él, incluso rogarle que la amara.
Continuará...
