CAPÍTULO 10.

—No es justo —sollozó Kelly. Él guardó silencio y Candy volteó sus ojos estando en su escondite. No tenía toda la información consigo, pero esta mujer estaba enamorada, y él, claro, le estaba rompiendo el corazón. Era raro que otra mujer dijera que amaba a este hombre, que siquiera lo encontrara aceptable. Seguro que no sabía lo que le había hecho a otra persona hacía cinco años. Tal vez si alguien tenía el buen corazón de decírselo, lo dejaría ir sin una sola lágrima.

—¿Estás mejor? —preguntó él pasados unos minutos. Candy apretó sus dientes. Tenía cosas que hacer, seguro que en la oficina ya se estaban preguntando dónde estaba, si había desertado de nuevo; sentía las piernas entumecidas, y ellos dos todavía hablando como si nada.

—Perdóname por… los malos ratos —dijo ella con voz nasal.

—No pasa nada.

—Esa mujer es afortunada… —se hizo el silencio, y luego la escuchó a ella sonreír—. Asegúrate de que lo sepa—. Luego de varios segundos sin que él volviera a decir nada, se escucharon unos pasos de gente saliendo de la cocina y la puerta cerrarse. No se escucharon más ruidos. Al fin, dijo Candy, pero contrario a lo que había deseado antes, se quedó allí unos segundos más analizando, sin poder evitarlo, lo que había sucedido.

Esta mujer había sido novia de Terry, y él la había dejado. Ella le rogaba que no lo hiciera, parecía que no le importaba que él estuviese enamorado de otra. Pestañeó al darse cuenta de que estaba humanizando otra vez a Terry y aunque ese juego de palabras parecía muy infantil, aceptar que él tenía sentimientos iba en contra de su costumbre, y era difícil. Al fin, se movió para salir de su escondite. Seguía con la jarra de café en las manos y ésta estaba caliente. Esconderse era agotador.

Pero la cocina no había sido desocupada, allí seguía Terry GrandChester, recostado a la encimera y totalmente quieto. ¿Qué se le había quedado aquí? ¡Mierda, la había pillado saliendo de su escondite! Él se sorprendió mucho al verla, y Candy se quedó allí, de rodillas en el suelo, mirando al techo molesta con Dios o con quien fuera que había concertado esta casualidad.

—¿Estuviste allí todo el tiempo? —preguntó él con ojos grandes. Candy dejó la jarra de café en el suelo y se puso en pie arreglándose la falda, que se había arrugado. Ya que la había visto, y no sólo eso, sino que se hacía obvio que había permanecido allí todo ese tiempo, no valía la pena disimular.

—Ah, sí —dijo como si tal cosa—. Escuché tus porquerías.

Terry no dejó de mirarla. Esto era una completa sorpresa. Miró el sitio donde ella había estado todo este rato. Era estrecho, pero al ser ella pequeña, seguro que cabía, aunque un poco incómoda. Todo con tal de no verse aquí con él. Había estado huyendo, y como Kelly se vino detrás de él, ella había tenido que escuchar toda la conversación. ¡Toda! Volvió a mirarla. Ella había tomado la jarra de café del suelo y la había apoyado de vuelta en su soporte en la cafetera. La miró de arriba abajo esperando que, como siempre, ella odiara compartir este espacio con él y saliera de la cocina, pero en vez, ella elevó la barbilla y lo miró como retándolo a que le dijera algo. No le diría nada, no quería. Estaba admirado. Hasta ahora, lo que él entendía de ella era que no podía respirar el mismo aire que él, que le temía y lo odiaba a partes iguales, pero ella no tenía una actitud de temor ahora, a pesar de que él prácticamente estaba bloqueando la única salida.

—Si hubiera sabido que estabas allí… —le dijo con voz pausada— no habrías tenido que escuchar mis… porquerías—. Ella se alzó de hombros y tomó una taza para servirse café.

—Sólo estoy sorprendida porque, definitivamente, hay mujeres tontas en el mundo, y esa pobre es una—. Él sonrió. Estaba haciendo una lista mental de las cosas que Candy estaba haciendo y no haciendo ahora. No había echado a correr, y había iniciado un tema de conversación por sí misma, aunque todo era para menospreciarlo a él—. ¿No tienes nada que decir? —preguntó ella sin mirarlo. Cuando él guardó silencio, ella al fin giró sus ojos a él, aunque no su cuerpo.

—Nada —contestó él—, sólo que hoy estás hermosa—.

—Mierda. Cállate—. Él sonrió asintiendo, y salió de la cocina con prisa, como si de repente ella se fuera a quitar un zapato y lanzárselo. Candy se miró a sí misma para recordar qué se había puesto, y cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se reprendió a sí misma. Él no tenía derecho a hacerle piropos de ningún tipo. No había modo en que ella se lo permitiera. Estúpido. Se puso los dedos en las mejillas sintiéndolas calientes. Primer día y ya había tenido tal encuentro con él. Esto no era para nada lo que se había imaginado al principio. Terry regresó a su oficina con una enorme sonrisa. Se le iba a rajar la cara de lo grande que era, pero diablos, estaba feliz.

—¿Qué te traes? —le preguntó Adrián al tropezárselo.

—¿Eh? —preguntó Terry, pues no había escuchado la pregunta.

—Arreglaste las cosas con Kelly —supuso Adrián, señalando el lugar a donde varios habían visto que se había internado con ella. Pero al mirar hacia la cocina, Adrián sólo vio que Candy salía con una taza de café en las manos. Miró a Terry y su sonrisa atando cabos.

—Con quien arreglaste las cosas fue con ésta.

—¿De qué hablas? —Arreglaste las cosas con Candy —repitió Adrián—. Ella te odiaba, dijo que te metería a la cárcel—. Se acercó más a él en tono confidente—. ¿Significa esto que descubriste qué era lo que la tenía tan molesta? —la sonrisa de Terry se fue borrando poco a poco. Miró a Adrián. No podría contarle lo que realmente había sucedido con ella, y era comprensible que sintiera curiosidad; él había presenciado el momento en que ella lo había gritado. Adrián suspiró dramáticamente al notar cómo Terry se retraía y armaba sus defensas. No confiaba en él ni para decirle que simplemente Candy le gustaba, y que tal vez las cosas iban por buen camino. ¿Por qué dudaba tanto para contarle algo tan sencillo? No era de vida o muerte, pasaba todo el tiempo.

—Vale, guárdate tus secretos —le dijo palmeándole la espalda—. No sé ni para qué insisto.

Terry lo vio alejarse sintiéndose un poco apenado. Adrián era una buena persona, hasta el momento había visto que, si bien era un poco ruidoso y bromista, era confiable. A pesar de que muchos le habían preguntado por qué Candy había enloquecido esa vez, Adrián los había mantenido al margen criticándolos por preguntar cosas que no eran de su incumbencia. ¿Pero qué podía hacer? No sólo la situación con Candy era grave, demasiado íntima, sino… él hacía tiempo no confiaba en nadie que no fuera su familia. Una vez hace tiempo, dos personas que él consideró amigos intentaron matarlo y casi la destruyen a ella, con eso había aprendido que lo mejor era guardarse las cosas, por muy inocentes que parecieran.

— ¿Sigues preocupada? —Ya sabes que no estoy de acuerdo con que Candy haya vuelto a ese trabajo —dijo, y encendió la licuadora preparando algo para la cena—.Teniendo tal vez que seguir órdenes de ese hombre al que odia… ¡y con toda razón!

—Aury —dijo Antonio usando el diminutivo del nombre de su esposa—. Es una especie de… terapia —Aurora agitó su cabeza negando y bajó el vaso de la licuadora para vaciar su contenido en una jarra.

—No fue cualquier cosa lo que le hizo, Antonio. Fue una violación, ¡una violación! —Exclamó en voz baja—. La vida de mi hija estuvo patas arriba mucho tiempo por culpa de ese hombre, y tener que trabajar para él ahora…

—Aurora se detuvo, y Antonio elevó la vista a ella, y de inmediato miró a su espalda, pues hacia allí miraba ella con ojos como platos. Felipe estaba de pie, con el casco de la moto bajo un brazo y mirándolos sumamente espantado.

—¿De qué hablas, mamá? —preguntó. Antonio se puso en pie y se ubicó en medio de Aurora y su hijo, como si así pudiese ocultar una verdad que había sido escondida desde hacía mucho tiempo.

—Felipe… llegaste temprano.

—¿Qué pasó con Candy? ¿Qué es eso de la… —lo interrumpió el sonido que Aurora hizo poniéndose el índice sobre los labios y mirando en dirección a Santiago, que seguía entretenido con su libro y la televisión al tiempo— violación? —Concluyó Felipe en un susurro, pero le salió más como si la palabra fuera veneno—. Explícate. Antonio miró a Aurora tragando saliva. Cerró los ojos rindiéndose, y dándole la palabra a Antonio, pero éste se hallaba en un apuro.

—Pasó hace…

—¿Pasó? ¿Es verdad? ¿Mi hermana? —Antonio asintió—. ¡No puede ser! ¡Cuándo!

—Hace ya cinco años —Felipe dio un paso atrás sintiendo que lo acababan de golpear en pleno abdomen y sacado todo el aire.

—¿Y ahora… me entero? —Candy no quiso decírtelo. Eras un niño, sólo tenías quince años… —¡Pero podía entenderlo! ¡Dios mío!

—Ella sintió vergüenza. Luego todo se complicó y…

—¿Se complicó? —Felipe miró a su madre, que se secaba una lágrima.

—Sí, ella tuvo que dejar la universidad… ¿lo recuerdas? —Felipe abrió su boca como si fuera a decir algo, pero entonces giró su cabeza a Santiago comprendiendo todo al fin. Su hermoso sobrino, al que amaba con locura, era el fruto de una violación a su hermana. Los pasados cinco años habían sido difíciles para ella, primero, teniendo que aceptar el embarazo, luego al niño, luego, volver a luchar para hacerse profesional aun por encima de las mil dificultades, luego…

—No me dijisteis nada —masculló—. ¡No me dijisteis nada! —¡Baja la voz! —le reclamó Antonio, pero Santiago había escuchado su voz y corrió a él para saludarlo como siempre hacía. —¡Tío! —gritó. Se chocó contra su pierna, pero Felipe sólo lo miró deseando gritar—. Tío, ¿qué es un sinónimo? Felipe movió la mano lentamente, y antes de que pudiera hacer cualquier cosa, Antonio alzó a su nieto en brazos.

—Hijo —le dijo— ve a mirar la tele.

—Pero me dijiste que cuando llegara tío Felipe le podía jugar con él—. Antonio suspiró.

—Vamos a buscar un libro. Felipe se quedó con su madre mirándola mientras ella batía algo en la encimera de la cocina a la vez que lloraba en silencio.

—Santi es hijo de ese hombre.

—¡Y de Candy! —Exclamó Aurora, volviendo a defender al niño como aquella vez hace cinco años, cuando se enteró de que su hija estaba embarazada—. Es mi nieto, es tu sobrino—. Felipe se quedó en silencio, como digiriendo varias ideas a la vez, cayendo en cuenta de mil cosas. —Acabas de decir que… está trabajando… ¿con él? Con su… con el hombre que le…

—Fue decisión de ella —dijo Aurora meneando la cabeza—. No estoy de acuerdo, pero ya sabes cómo es cuando se le mete una idea en la cabeza.

—La CBLR Company —dijo Felipe dando la media vuelta.

—¿A dónde vas? —Al trabajo de Candy. A sacarla de allí.

—¡No hagas eso, no te metas en problemas!

—Escuché lo que dijiste. Ese hombre la violó, la dejó embarazada. ¿Y ahora ella tiene que trabajar para él? ¡Dios mío! ¡Y yo le reclamé que porque había dejado el trabajo! ¿Por qué no me lo dijisteis?

—¡Felipe! —lo llamó Aurora, pero no pudo retenerlo. Lo llamó en el pasillo, pero Felipe era rápido.

—¿Se ha ido? —le preguntó Antonio a su lado.

—Va a cometer una locura.

—Será mejor que llamemos a Candy para advertírselo—. Aurora asintió y dejó que Antonio la tomara por los hombros guiándola de vuelta al apartamento. Buscó rápido en su teléfono el número de su hija para decirle que en camino iba su hermano hecho una furia dispuesto a matar a Terry GrandChester. Pero entonces el teléfono de Candy sonaba apagado.

Felipe se bajó de su motocicleta, que debía devolver mañana a la empresa en la que trabajaba como mensajero, y buscó algo en su teléfono. Su madre había dicho que Candy estaba trabajando para él. Para él, no con él, así que tal vez ese hombre era uno de los jefes. O quizás el dueño. En la página de internet dedicada a la constructora encontró el nombre. ¿Sería él? Diablos, podía ser cualquiera, podía ser alguien más y podía no estar aquí ahora. Pero entonces se detuvo en sus pensamientos. Terry . Ese nombre le sonaba de algo. Buscó en su billetera una tarjeta que una vez un hombre le dio después de accidentarse con él en una avenida. Esa vez apenas si había mirado la tarjeta, pero había leído el nombre y lo recordaba. La tarjeta era muy sencilla, y el logo de la empresa no llevaba sus colores, sino un simple bajorelieve. Detrás de ella, el hombre que lo había arrollado había escrito su número personal y llamó.

—¿Diga? —saludó el hombre al otro lado de la línea. —¿Terry? —preguntó Felipe. Su ira ya iba más o menos controlada, así que pudo hablar con cierta normalidad.

—Sí, con él habla. ¿Con quién tengo el gusto?

—Soy Felipe White. No sé si tal vez me recuerde. Una vez usted se pasó el semáforo y…

—Ah, ya lo recuerdo —dijo la voz sonriente de Terry—. Creí que ya no llamarías.

—Estoy en el edificio de su empresa. Me gustaría…

—Claro, claro. Me tomas un poco de salida, pero no importa. Ya te hago pasar. Preséntate con la recepcionista, ella te guiará—. Felipe miró el teléfono después de colgar. No podía ser Terry; tenía que ser alguna otra persona.

Entró a la oficina, de paredes blancas y mesas de dibujo dispuestas a un lado, muebles y cuadros muy alusivos al oficio. ¿Qué estaba haciendo aquí?, se preguntó. Estaba interrumpiendo a un hombre en su trabajo; había venido para dar una paliza al violador de su hermana, pero ni siquiera sabía quién era y no tenía modo de saberlo ahora mismo, a menos que le preguntara a su hermana, y esa conversación sería bien complicaba.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Terry mirándolo un poco preocupado, e incluso se acercó unos pasos.

—Vine aquí porque… Dios, no vine a pedirte un empleo —le dijo riendo sin mucho humor y sintiéndose un poco avergonzado—. Vine por… Quería golpear a un sujeto.

—Vaya. ¿Debo salir corriendo? —bromeó Terry.

—No, tú no tienes de qué preocuparte. Es porque… acabo de enterarme de algo muy malo, y en este lugar trabaja el responsable.

—Si te puedo ayudar…

—No, no… estaría metiendo en problemas a mi hermana.

—¿Tienes una hermana aquí? —preguntó Terry, y al ver que él asentía, supo quién era. Candy y Felipe se parecían mucho físicamente. Tal vez en la manera de torcer los labios al hacer una mueca se parecían… y tal vez en la forma de mirar… Sí, se parecían.

—Es Candy —dijo Terry.

—Sí, ella —sonrió Felipe un poco fugazmente—. Si se entera de que estoy aquí…

—Terry tragó saliva. Si Felipe era el hermano de Candy, entonces aquel niño que él vio en el hospital era su hijo. ¡Santiago! No pudo pensar en otra cosa. No pensó en eso horrible que él venía a reclamar, no pensó en nada más. Había visto a su hijo antes, sabía cómo era. Su madre tenía razón; inteligente, alto, vivaracho…

Miró a Felipe y encontró que el muchacho miraba alrededor como si buscara algo. Felipe había venido aquí a reclamar algo, recordó. Pero tal vez había venido a mala hora, pues ya todos se habían ido.

Candy iba saliendo un poco tarde. Miró su teléfono para llamar a su madre y avisarle, pero entonces vio que estaba apagado. Regresó para conectarlo, aunque fueran unos minutos, no le gustaba estar incomunicada, y además necesitaba hacer unas llamadas antes de llegar a casa, así que volvió a su cubículo. En cuanto el teléfono encendió, vio las llamadas perdidas de su madre. Cinco. Asustada, llamó de vuelta.

—¿Mamá? —La saludó en cuanto Aurora contestó—. ¿Qué pasa? ¿El niño está bien? Papá, Felipe, ¿están bien?

—Santi está bien, todo está bien.

—¿Entonces?

—Es Felipe; se fue a tu trabajo. Se fue a buscar problemas.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que hacer aquí?

—¡Se… se enteró! —exclamó Aurora—. ¡Sabe lo que te pasó hace cinco años! ¡Sabe todo!

—¿Pero… cómo se enteró? —escuchó a su madre sollozar, y entonces se imaginó la situación. Su madre era la que menos quería que Felipe se enterara—. Lo buscaré. ¿Hace mucho que salió?

—Ya debe estar allí.

—¡Ay, Dios! —Detenlo, Candy. ¡Que no cometa una locura! —Candy asintió tranquilizándola y cortó la llamada. Miró entonces alrededor. Las oficinas ya estaban vacías… menos la de Terry.

—Dijiste que no viniste aquí a pedirme empleo. Pero para eso me llamaste, ¿no?

—Te necesitaba para entrar al edificio.

—Vaya, suena como si necesitaras cometer un homicidio.

—Más o menos —contestó Felipe bajando la cabeza. A su mente vino la imagen de su hermana en la época en que estaba embarazada. La sentía llorar por las noches, y él en ese tiempo sólo pensó en que el estúpido novio que la había dejado embarazada le estaba causando todo este daño y ese dolor y se hizo la promesa de buscarlo algún día y hacerle pagar

—. Pero sólo sé que el tipo en cuestión trabaja aquí —siguió—, y que es un jefe de mi hermana… Ella trabaja para él, es todo lo que sé.

—La CBLR tiene un personal administrativo bastante amplio.

—Lo sé —dijo Felipe entre dientes—. Y si le pregunto a ella… no me dirá el nombre. Temerá precisamente eso, que lo mate—. La expresión de Terry fue cambiando poco a poco cuando comprendió qué estaba sucediendo con Felipe. Acababa de enterarse de lo sucedido con su hermana hacía cinco años. Si tenía veinte años, entonces en aquella época no era más que un adolescente. Seguro la familia le había ocultado tan terrible verdad: que su hermana había sido víctima de una violación. Y era comprensible, pero ahora él se había enterado y tenía seguramente muchas ganas de romperle la cara al sujeto que le había hecho tanto daño a su querida hermana.

—¿Qué hizo esa persona? —preguntó, tanteando el terreno. Felipe sólo cerró sus ojos con fuerza y negó meneando la cabeza.

—Es demasiado… No puedo ni…

—¿Cómo te enteraste?

—Escuché a mis padres hablar —contestó Felipe sin notar que aquella pregunta era un poco comprometida—. Pensaban ocultármelo para siempre. ¡Diablos, no soy un niño!

—Pero en esa época sí.

—¡Sí, pero igual! La escuché tantas veces llorar que… —Felipe se detuvo en seco y miró a Terry fijamente. ¿De qué estaba hablando él? ¿Por qué esas preguntas? Acaso…

—Tú lo sabes—. Terry asintió— ¿Ella te lo contó? —Terry sonrió con tristeza. De hecho, sí, había sido ella quien se lo contara. Volvió a asentir—. Debe confiar mucho en ti.

—Por el contrario —dijo respirando profundo, dispuesto a todo, resignado a todo— ella me odia. Felipe abrió un poco sus ojos negándose a comprender lo que se podía resumir de esas palabras. Tenía que atar cabos, tenía que recapitular todo lo que habían hablado. Lo miró de nuevo, pero Terry tenía los ojos clavados en él, no como quien estudia a un posible enemigo, sino como quien se está entregando a su verdugo.

—Fuiste tú —susurró Felipe, dejando salir el aire en esas dos palabras. Él no dijo nada, sólo se quedó callado y bajó la mirada. No necesitaba saber más.

Candy corrió tan rápido como pudo, pero era ya tarde. Encontró a Terry en el suelo, con sangre manando de su boca, y a Felipe dispuesto a seguir pegándole.

—¡Detente! —le gritó Candy agarrándolo fuerte del brazo, pero no tuvo la fuerza suficiente y se vio arrastrada en el impuso que Felipe había tomado para golpear a Terry—. ¡Basta! —gritó Candy en todo el oído de Felipe, y éste al fin la miró.

—¡Fue él! —exclamó—. ¡Fue él, fue él!

—¡No le pegues!

—¿Por qué no? —gritó Felipe—. ¡Se lo merece! ¡Se merece que lo mate! —en el momento, un hombre de seguridad entró y vio el alboroto. Se apresuró a atrapar a Felipe, pero entonces se escuchó la voz de Terry.

—¡No le hagas nada! —gritó—. ¡Suéltalo!

—Pero señor…

—Deja en paz al muchacho, ya me las arreglo solo —estaba golpeado, un ojo empezaba a ponérsele morado y le salía sangre de la comisura del labio. No parecía que se las estuviera arreglando.

Candy miró a su hermano. No tenía ni un rasguño, ni un solo golpe de defensa.

—¡Por qué te estás dejando pegar! —le reclamó Candy a Terry. Éste sólo sonrió, aunque lo que se vio fue una mueca. Miró de nuevo al vigilante y le hizo señas para que saliera. El hombre no dejó de mirarlos, pero ante una nueva señal de Terry, se resignó y dio la vuelta.

—Candy —dijo Terry con dificultad—. Tú sabes mejor que yo que me merezco estos golpes.

—¿Y por eso… por eso…?

—Sí, por eso. Él es tu hermano. Todos estos días he esperado que alguien de tu casa diera conmigo… al fin vino él—. Candy se acercó a él, y sin remordimiento alguno, ni pensarlo mucho, le asestó una patada en la entrepierna. Terry se dobló de dolor poniéndose ambas manos en el sitio. Incluso Felipe tragó saliva al verlo.

—Si era eso lo que querías, haberlo dicho antes —le dijo Candy —, yo con mucho gusto te habría dado el golpe que tanto querías. Felipe la miró asombrado. El golpe había sido fuerte, más fuerte que todos los que él le había dado con los puños. Sin embargo, había un poco de verdad en lo que este hombre había dicho. No se había defendido ni una vez, tampoco había elevado las manos para protegerse. ¿De verdad estaba creyendo que se redimiría con unos pocos golpes?

—Él debe pagar —dijo Felipe.

—Ya te lo dije —le contestó Candy con la voz agitada—. La justicia lo declaró no culpable.

—¿No culpable? ¿Qué es eso?

—Lo hizo, pero… no fue su culpa.

—¿Qué? —Preguntó Felipe riendo con sarcasmo—. No me jodas.

—No te jodo —le contestó Candy—. Él… estaba drogado hasta las cejas esa noche. Incluso… no lo recuerda.

—¿Que no lo recuerda?

—¡No lo recuerda! —Repitió —. Esa noche… no existe en su mente, y para completar… tal vez los sujetos que lo drogaron, luego lo golpearon hasta casi matarlo. Estuvo cuatro meses en coma. Tengo los expedientes, toda la documentación de los médicos, la policía, defensa civil… Lo hallaron dos días después en un deslizadero, casi muerto… . No era consciente de lo que hacía.

—¿Es posible algo así?

—Los médicos afirman que sí.

—¿Y ya? ¿Todo se quedará así? —Candy miró a Terry, que ya al menos podía respirar.

—Él… me ofreció una indemnización.

—¿Dinero? —Candy asintió.

—Dinero para mí y para Santi.

—Santiago… Dios… —Candy lo miró entonces—. Él lo vio esa vez. La vez del accidente.

—¿Qué?

—¿Recuerdas el accidente? —ella asintió moviendo su cabeza—. Fue él. Terry quien pagó… todos los gastos de hospital. Mamá llevó a Santiago, y él lo conoció—. Candy miró a Terry, que le devolvía la mirada.

—¿El… destino? —preguntó él con voz temblorosa. Candy quiso ir y pegarle de nuevo, pero tuvo que admitir, al menos ante sí misma, que en esto él no tenía responsabilidad. ¿El destino?, se preguntó ella misma. Con un poco de dificultad, Terry se puso en pie. Tenía la esperanza de que sus partes privadas volvieran a ser funcionales algún día. Candy pegaba duro. —Renuncia —le pidió Felipe—. Por favor, renuncia y vete de aquí.

—No puedo.

—¿Por qué no? Si es por mí… no importa. Yo esperaré. No puedo someterte a esta tortura.

—No me iré, Felipe. Ya lo hablé con papá.

—¿Por qué? ¡Dime por qué! —reclamó cuando se quedó en silencio. Ella miraba a Terry fijamente, que se había sentado en uno de los muebles y no dejaba de mirarlos.

—Porque… tengo mucho que hacer aquí.

—No te entiendo.

—Perdóname, pero en esto tienes que confiar en mí. Tengo que… poner todo en orden primero, y además… necesito ganar experiencia y éste es el mejor lugar.

—¿Cómo soportarás ver a este hombre día tras día?

—Terry suspiró. Seguían hablando de él como si no estuviera presente.

—Si sirve de algo —dijo—, yo no le haré daño a tu hermana, Felipe. Nunca más. Tienes mi palabra.

—Tu palabra me vale una mierda—. Candy puso un brazo delante de él advirtiéndole que no volviera a pegarle. Felipe se contuvo. —Amo a tu hermana —dijo Terry, y eso dejó a ambos hermanos como estatuas, con caras de asombro épico—. Sí. Estoy enamorado de ella. Me casaría para resarcirla, pero sé que ella me odia…

—¡¿Cómo te atreves?! —exclamó Candy con voz rota y ojos llorosos. Felipe la miró más sorprendido aún.

—Ya en esa época te amaba, Candy.

—¡Pero tú ensuciaste eso! ¡Lo arruinaste!

—Y me odiaré cada día de mi vida por ello. Mientras me odies, no habrá razón de vivir para mí.

—¡No me hables de nada! —gritó ella—. ¡No te atrevas a hablarme de amor! ¡Lo que yo viví…!

—Fue un infierno, lo sé.

—¡Ni te alcanzas a imaginarlo!

—Pero créeme cuando te digo… que lo que yo tenía para ti era el paraíso. El paraíso mismo, porque te amaba—. Las lágrimas corrieron por las mejillas de Candy, y salió de la oficina de Terry corriendo. Felipe se quedó allí tres segundos, los tres segundos que tardó su shock. Le echó una mirada a Terry, que se mordía los labios y cerraba sus ojos con fuerza,

—¿De verdad te casarías con ella? —Terry sonrió. —Los hombres podemos soñar, ¿no es así?

—¿Por qué se empeña en seguir trabajando allí? —Terry meneó la cabeza negando.

—Eso no lo sé—. Felipe entrecerró sus ojos.

—No la estás acosando, ¿verdad?

—Terry sonrió.

—Si lo hiciera, ella saldría corriendo. Lo viste.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué decirle que la quieres, si sabes que te odia?

—Porque lo tenía atragantado. Tenía que decirlo.

—¿Es verdad entonces que sigues enamorado?

—Dios, sí.

—¿Entonces crees que ella podrá olvidar cinco años horribles, llenos de todo lo que conlleva una violación? ¿Esperas que no sólo ella, sino que también la familia lo olviden y te acepten? ¿Te imaginas a ti mismo algún día diciéndole a Santiago cómo es que eres su padre? —Terry tragó saliva.

—Nunca dije que sería fácil.

—¿Eres consciente, siquiera? ¡Si ella decide odiarte toda su vida, estará en todo su derecho!

—¿Has sentido cómo se te muere el alma día a día porque eso que más anhelas está no sólo fuera de tu alcance, sino también destruido? —dijo Terry—. ¿Te has imaginado alguna vez lo que puede doler saber que, con tus manos, con tus propias manos destruiste lo que tenía más alto valor, más alta estima para ti? ¿Tú mismo? ¿Has deseado morirte sólo para no ver a la mujer que amas llorar porque eres tú quien le provoca esas lágrimas? Mi mera existencia es un trauma para ella. ¿Pero qué debo hacer entonces, irme a un rincón y llorar cuando lo que mi alma y mi cuerpo hacen es hervir cada vez que la veo? Dios, no, no puedes siquiera imaginarte cómo han sido mis noches estas dos últimas semanas desde que supe la verdad. ¿Infierno en vida? Eso es un juego de niños. He quedado vacío. Vacío y muerto.

—Te lo mereces —dijo Felipe poniéndose en la puerta—. O tal vez no, yo que sé. Pero existe algo que se llama causa y consecuencia.

—Yo nunca lo hubiera hecho —dijo Terry elevando la mirada a él—. En mis cinco sentidos, nunca…

—Pero lo hiciste, y tal vez ella no lo pueda olvidar jamás. Y por eso, tal vez Candy no quiera saber cómo eres tú en tus cinco sentidos, pues lo único que puede hacer es recordar cómo eres tú drogado—. Terry cerró sus ojos sintiendo esas palabras como aguijones en su alma—. No tengo mucha experiencia con mujeres, pero hay algo que sé… Saben guardar rencor, pueden aprender a odiar, y Candy lleva cinco años en esa carrera—. Terry asintió admitiéndolo. Felipe tomó el casco de la moto y volvió a mirarlo—. Yo venía dispuesto a matarte —dijo—, pero parece que ya eres hombre muerto. Ya tienes tu castigo—.

Y con esas palabras lo dejó.

Terry se quedó allí, con sus dientes apretados y un nudo en la garganta. Cuando cerró sus ojos, una lágrima rodó por su mejilla, y la secó mirándola en la yema de su dedo como si fuera un bicho. Se echó a reír, y metió la cabeza entre sus brazos. Según lo que decía Felipe, estaba hundido en este infierno, no habría salida jamás. ¿Debía resignarse? ¿Debía seguir luchando? Volvió a levantar la cabeza. Se puso en pie y salió de su oficina. Así no diera fruto, así el corazón de Candy fuera un vasto desierto, así todo alrededor estuviera en su contra no podría parar de intentarlo.

Era como un robot programado: amar a Candy, luchar por Candy. Patético, pero era su realidad.

Continuará...