CAPÍTULO 12.

—¡Al fin! —Exclamó Luisa—. Ya sentía que se me aplastaban un poco las caderas —dijo, tocándose el trasero, y Candy se echó a reír al verla. Estaban frente a la cinta transportadora de equipaje, y en un extremo vio a Terry tomar su maleta. De aquí al hotel, se dijo mirando de nuevo la cinta esperando ver la suya. ¿Qué haría? ¿De verdad él esperaría pacientemente una respuesta?

—¿Listo todos? —preguntó Luisa, que, al parecer, se había autoproclamado líder del grupo.

—Falta mi maleta —dijo Candy con una sonrisa. Luisa le caía bien; a veces le recordaba a su madre, pues en ocasiones era mandona y regañaba, pero era buena persona y sus intenciones siempre eran buenas. Frunció el ceño cuando dejaron de aparecer maletas en la cinta transportadora y la suya no apareció. Buscó a Terry con la mirada, y él elevó las cejas con una pregunta.

—Mi maleta no está —dijo ella. Terry se puso en movimiento. Habló con el personal que trabajaba en el aeropuerto y ella se quedó allí esperando su maleta, pero ésta no apareció. Todo se le fue subiendo a la cabeza, la sangre, el miedo, el sentirse desnuda, desprotegida. ¡Toda su ropa estaba allí!

—Mierda —dijo Terry, y nada la asustó más que esa palabra.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Luisa acercándose.

—La maleta de Candy… no está.

—Cómo que no está. ¡Cómo que no está!

—¡No está!

—Pero las demás sí. ¿Seguro que la entregaste en el lugar adecuado?

—Claro que la entregué en el lugar adecuado. La entregué después de ti, ¿lo recuerdas?

—Hay que tener mala suerte —se rio Melisa, y Luisa la miró regañándola.

—Mis cosas, mis cosas —se angustió Candy—. ¿Qué voy a hacer ahora? No tengo ni siquiera un pijama para ponerme esta noche. ¿Qué voy a hacer?

—Candy —le pidió Terry—, cálmate.

—¿Que me calme? —exclamó ella— ¡Acabo de perder mi maleta, estoy en un país donde no se habla español y no tengo sino lo que traigo puesto!

—Son cosas materiales —le dijo él tomándola de los hombros y mirándola a los ojos—. Son cosas materiales —repitió—. Las cosas materiales se recuperan—. En Candy la niebla de la angustia se fue aclarando. Asintió aceptando esa verdad, en la maleta sólo iba ropa, zapatos, y objetos que podían comprarse de nuevo. Nada vital, nada irrecuperable. Elevó la mirada de nuevo y se dio cuenta de que Terry había asumido el mando.

—Ustedes, salgan de aquí; fuera les deben estar esperando los guías.

—No queremos dejar sola a Candy —dijo Luisa. —No estará sola. Yo la acompañaré a poner la denuncia de la pérdida de su equipaje. No pierdan más tiempo, deben estar muy cansados, así que vayan al hotel. Nos encontramos allí en cuanto solucionemos esto aquí.

—Vale, vale. Candy...

—Luisa se acercó a Candy y la abrazó—. No te preocupes. Si algo, te prestamos dinero para que te compres algo—. Candy sonrió, pues pudo recordar que ella no debía angustiarse por eso, ya que podía comprar ropa de nuevo.

—Gracias, Luisa.

—Nos vamos —dijo Melisa mirando a Terry, pero él tomó el brazo de Candy llevándola a una oficina para poner la denuncia—. Andan muy juntitos —se quejó Melisa, y Manuel hizo una mueca.

—Pues claro —dijo él—, alguien como él puede andar muy juntito con quien le dé la gana. —¿Por qué dices eso? —lo encaró Luisa.

—¿No es obvio? Es el hijo de Richard GrandChester; incluso Melisa se mea a goticas por él.

—¡No te metas conmigo!

—¡Silencio! —exclamó José, el mayor de todos, pero el que menos hablaba—. No traigais aquí vuestras frustraciones, no empieceis una pelea. ¡Estamos de vacaciones!

Candy vio cómo Terry hablaba con otro de los trabajadores del aeropuerto en un perfecto portugués explicándole la situación. Tuvo que tramitar documentos, poner su firma y mil cosas más, y le prometieron que tal vez en un mes le tenían respuesta.

—¿En un mes?

—Es lo que sucede cuando se te pierde el equipaje en un vuelo internacional.

—¿Y ellos se quedan así tan frescos?

—Te pagarán una indemnización por la pérdida y los daños.

—Parece que voy a vivir de indemnización en indemnización—. Terry sonrió. Al menos su humor había vuelto—. ¿Qué voy a hacer ahora? —Ir de compras —sugirió él, y ella lo miró fijamente.

—Sí, parece que no hay de otra—. Terry miró su reloj.

—Si nos vamos ya, tendremos tiempo suficiente para que compres lo que necesitas antes de que cierren las tiendas—. Candy asintió y lo siguió. Él arrastraba su maleta, bastante más pequeña que la suya, y entonces se preguntó en que momento permitió que él tomara el control de la situación. Había estado asustada, se justificó. Y él lo había hecho bien, aunque no había recuperado sus cosas. Salieron del aeropuerto, y Terry volvió a hablarle en portugués a lo que luego identificó era un taxista; el coche que conducía no era amarillo, sino plateado con líneas amarillas y verdes. Cuando estuvieron dentro, le hizo una mueca.

—¿Debo suponer que los niños ricos conocen todos los idiomas? —él arrugó su entrecejo.

—¿Conocer todos los idiomas? A duras penas hablo inglés y portugués.

—¿Por qué hablas portugués? —él se mordió el labio superior, como si dudara en darle la respuesta, y ella no se perdió ese movimiento.

—Porque estudié dos años aquí—. De la boca de Candy salió un sonido que parecía ser el inicio de una protesta, pero se quedó callada y él la miró—. Estudié dos años en Sao Paulo.

—¡Cómo es posible! Y yo teniendo compasión por ti porque tal vez te estaba arruinando la oportunidad de conocer Brasil. ¡Qué ridícula debí sonar!

—Ridícula no —sonrió él—. Linda.

—Sí, claro.

—Tuviste compasión por mí, y por eso estoy aquí.

—Me traicionó el subconsciente —se defendió ella, pero él no dejó de mirarla sonriente. Llegaron a un centro comercial, y de inmediato Candy tuvo que admirar la estructura de su construcción. Parecía ser una edificación circular incrustada en una cuadrada muy normal. Precioso.

Terry caminó con confianza por los pasillos y le señalaba los escaparates preguntándole si le gustaba alguno.

—¿De verdad vas a acompañarme de compras?—Terrysuspiró.

—Tengo una madre y una hermana mayor; sé lo que es ir de compras con mujeres, no te preocupes—. Candy sonrió.

—¿Te torturaban mucho?

—Aún lo hacen —ella rio caminando entre las prendas colgadas de una tienda. Miró un vestido blanco corto con un tejido a crochet en el cuello. Se lo plegó en el brazo y luego caminó hacia otro de un tono violeta.

—Te gustan los vestidos… y las faldas —observó él. Candy asintió—. Pocas veces te he visto usar pantalón.

—Soy bajita —explicó ella—. Siento que los pantalones me hacen más chiquita—. Él elevó una ceja no muy de acuerdo, pero no dijo nada más. No era su intención influir en sus gustos, tal vez no tomara bien su consejo en ese tipo de cosas—. Además —siguió ella levantando una blusa negra de tela vaporosa—, es muy difícil encontrar jeans que me queden. Siempre tengo que cortarle los bajos, y es un problema, porque cambia el diseño, y no te quedan iguales.

—A ti te quedan geniales —ella se giró a mirarlo, pero él parecía no esperar una contestación a su comentario.

—Ah… gracias—. Salieron de la tienda con un par de bolsas, y cuando entraron a una de ropa íntima, Terry prefirió quedarse fuera. No quería ciertas imágenes en su cabeza; ya fantaseaba demasiado con ella sin tener que conocer qué tipo de ropa interior prefería. Se pasó la mano por el cabello y el cuello masajeándose. Era un milagro poder andar con ella en un centro comercial, hablar casi normalmente, ¡ir de compras! Debía ser cuidadoso, aunque eso lo matara. Ella salió con más bolsas y una sonrisa que él adoró. Y fueron entonces a comprar calzado.

—Olvidé una toalla de baño —se quejó Candy cuando iban en el taxi camino al hotel.

—En el hotel tendrás una —le dijo Terry, y eso la tranquilizó. Él giró su cabeza para mirarla, encontrando que ella lo observaba.

—¿Pasa algo? —Candy agitó su cabeza negando.

—Yo sólo…

—No pudo completar su frase. En el momento, el taxista gritó, se escuchó un chirrido de llantas, y luego todo fue vueltas y vueltas. Candy intentó abrazarse a Terry, pero en un momento, perdió la conciencia. Cuando abrió los ojos no pudo ver nada. Todo estaba oscuro. Y después se dio cuenta de que estaba cabeza abajo en el coche. Movió su mano para tocarse la cabeza, que le dolía y goteaba un líquido caliente que debía ser sangre, y trató de recordar lo que había sucedido. Venían muy tranquilos por la carretera, en algún lugar de la ciudad, pues no tenía ni idea de por dónde iban, y de repente, el caos. Vio al taxista en el asiento del conductor, también cabeza abajo, pero a él lo retenía el cinturón de seguridad. ¿Estaría muerto? Sintió miedo.

—¿Terry? —llamó, pero él no contestó. Extendió su mano, pero no lo sintió en el asiento de al lado. El pánico empezó a invadirla. Quiso moverse para salir, pero su pie izquierdo estaba atrapado, y al intentar moverlo, le dolió horrores—. ¡Terry! —llamó. De nuevo, el silencio. ¿Le habría pasado algo también a él?

—Por favor… —susurró, sintiendo que casi no podía hablar, que le temblaban las manos, que la garganta se le cerraba—. ¡Ayuda! ¡Terry! —gritó.

Terry despertó entonces. Abrió los ojos y ante él vio un cielo oscuro y con unas cuantas estrellas. ¿Qué hacía aquí? Y de repente, recordó. ¡Candy! La llamó a voces, y ella contestó llamándolo también.

—Ayúdame —le pidió—. ¡No puedo salir! —él se levantó con dificultad. Cojeando, llegó hasta el coche y se dio cuenta de dos horribles verdades: el taxista estaba muerto, y el coche estaba soltando gasolina. El motor echaba chispas; que explotara era cuestión de segundos.

—Va a explotar —dijo Candy—. Huele a gasolina, ¡el coche va a explotar!

—Calma —pidió Terry—. Te ayudaré a salir.

—¡Va a explotar, te digo que va a explotar! —Terry sintió un coche detenerse al ver el accidente. Estaban fuera de la carretera, el taxi había sido detenido por un árbol y yacía con las llantas arriba; el suelo se empapaba en gasolina y había chispas. Cuando la persona se bajó del coche, Terry tuvo que gritarle que se alejara, y el hombre no perdió el tiempo.—Candy —le dijo él mirándola. Tal vez iban a morir aquí, tal vez fuera la última vez que la viera, tal vez esto había sido todo lo que la vida había deparado para ellos.

—Deberías irte —le dijo ella entre lágrimas—. Esto va a estallar. Él no dijo nada. Hizo fuerza y sacó la puerta, que estaba bastante abollada, y metió las manos sintiendo el pie de Candy atrapado entre los asientos delanteros. Ella se quejó, tal vez estaba fracturado.

—Te va a doler un poco, ten paciencia—. Candy vio cómo tiró con fuerza del asiento, y en cuanto cedió, ella sacó su pie descalzo. Terry la sacó lo más rápido que pudo, la alzó en brazos al darse cuenta de que no podría andar por sí misma y corrió con ella, aunque él también iba cojeando. Sólo pudieron correr unos pocos metros. El estallido los envió lejos. Terry cayó sobre ella y Candy fue transportada de inmediato cinco años atrás. El peso muerto de su cuerpo, la impotencia, el gritar sin conseguir respuesta alguna. Pero él se quejó. Algo lo había lastimado, y Candy por fin dejó de gritar.

—Quieta —le pidió él.

—Qué… —No te muevas. Candy miró hacia el coche, las llamas habían disminuido, la gente corría hacia ellos, y entonces sintió otra vez ese líquido caliente y viscoso sobre ella. Más sangre. Pero provenía de Terry. Candy elevó sus manos tocándolo, y él volvió a quejarse. Algo estaba enterrado en su hombro, algo metálico. ¿Había estado allí todo el tiempo o lo había recibido él en vez de ella en el momento de la explosión?

—¿Estás bien? —preguntó él—. ¿Estás herida? —de los ojos de Candy salieron lágrimas y movió su cabeza negando. Él la había estado protegiendo con su cuerpo y ella no había hecho más que gritar muerta de miedo.

—Lo siento —dijo ella—. Lo siento—. Terry sonrió.

—No seas tonta. Lo importante es que… estás bien. Mierda.

—No te desmayes —le pidió ella, pero fue demasiado tarde. Terry cayó sobre ella con todo su peso, pero esta vez ella no tuvo miedo. Era extraño, otra vez estaba mirando la luna, con lágrimas corriendo por sus sienes, atrapada entre Terry y el suelo, asustada… pero ahora quería proteger la vida del hombre que estaba encima de ella.

—Ayuda —gritó, aunque sin mucha fuerza. Puso una mano sobre la cabeza de Terry acariciando sus cabellos, tratando de transmitirle que todo estaría bien—. ¡Ayuda! —gritó otra vez, y alguien corrió a ellos por fin.

Candy abrió sus ojos y se encontró en una cama de hospital. Levantó su mano para cubrirse los ojos de la luz que entraba por la ventana y todas las imágenes de lo sucedido la noche anterior invadieron su mente. El accidente, la explosión, la sangre de Terry.

Se levantó poco a poco y se dio cuenta entonces de que no tenía ropa para vestirse, sólo la bata de hospital que tenía puesta. Ni unas pantuflas, o un abrigo; no tenía sostén puesto, así que sus senos estaban libres y salvajes y muy notorios a través de la delgada bata. Había una férula en su pie izquierdo, así que bajó con cuidado. Probó a andar unos pasos, y le dolía un poco al afirmarlo, pero no era nada insoportable. Salió de la habitación cojeando y miró a ambos lados del pasillo. Algunas enfermeras caminaban a un lado y a otro, pero ninguna le prestó mucha atención. Anduvo con cuidado, despacio, apoyándose en la pared de vez en cuando y mirando a través del vidrio de las puertas de las otras habitaciones, y entonces encontró la de Terry.

Él estaba sentado en su camilla, desnudo de cintura para arriba, con una venda en el hombro y el pecho mientras un médico lo auscultaba, pero estaba bien, al parecer. El alivio le hizo cerrar los ojos y dejar salir el aire. Una enfermera abrió la puerta y dijo algo que ella no entendió, pero entonces el doctor y Terry se giraron a mirarla. Candy se cruzó de brazos sobre el pecho. El doctor sonrió y entendió por el movimiento de sus manos que la invitaba a entrar. Candy miró a Terry analizando sus heridas, pero aparte de un rasguño en su mejilla derecha, y la venda en el pecho no había nada más. Se acercó poco a poco hasta quedar frente a él y Terry la miró a los ojos.

El doctor salió y se quedaron solos. Candy pestañeó al sentir que iba a llorar. Anoche él había perdido la conciencia, tenía algo metálico enterrado en el hombro y perdía sangre, por lo que creyó que su condición sería crítica, pero él estaba bien; había una bolsa de suero ya casi vacía colgada en una asta y que se conectaba al interior de su codo derecho, pero parecía estar bien.

—¿Te sientes bien? —preguntó él con voz suave—. ¿No deberías estar descansando?

—Estaba… preocupada.

—No te preocupes. Todo está bien. Esta mañana estuvieron aquí Luisa y los demás.

—¿Estuvieron aquí? ¿A qué horas? ¿Por qué no los vi?

—Porque estabas dormida. Dormiste mucho —ella miró en su muñeca, pero no estaba su reloj, ni había otro en ningún sitio de la habitación—. Es mediodía —sonrió él. Candy se sonrojó un poco. Era dormilona, pero se suponía que debía estar más alerta, después de todo, ella había salido prácticamente ilesa—. Les avisaron a mis padres —siguió él—. Están de camino aquí.

—¿De verdad?

—Ellos se encargaron de decirle a los tuyos…

—Deben estar muy preocupados.

—Y tu padre también viene.

—¿Qué?

—Pero tu madre no, ella no tenía el pasaporte al día.

—No lo tiene, de hecho.

—Mandé traer un teléfono para que pudieras comunicarte con ella en cuanto despertaras—, él se movió cuidadosamente hacia la mesita, donde había un teléfono. Lo tomó y se lo ofreció—. Toma. Llama a tu casa. Tranquiliza a tu madre… Ella lo recibió, y después de escuchar las indicaciónes de Terry de cómo marcar, llamó a su casa. Aurora cogió la llamada, que al oír la voz de su hija lloró emocionada.

—Estoy bien, mamá —dijo Candy con voz quebrada—. Estoy bien.

—¿No te pasó nada? Esos señores me dijeron que no era nada grave, pero yo hasta no saber de tu propia boca cómo estabas, no me iba a sentir tranquila.

—Me lastimé un poco el pie —le informó ella—, y me duele un poco la cabeza, pero no me sucedió nada.

—¿Y cómo fue, hija? ¿Cómo es que tuviste un accidente?

—Supongo que se juntó toda mi mala suerte —sonrió Candy—. Primero perdí mi equipaje, y luego ese accidente—. Candy suspiró mirando a Terry—. Parece que Brasil no me quiere.

—¿Y… con quién estás? —Aurora bajó la voz, como si Terry pudiese escucharla— Estás con ese hombre, ¿verdad?.

—Sí —contestó Candy—. Íbamos juntos cuando ocurrió el accidente.

—Ah… Debes estar asustada, allí en ese hospital y con ese hombre—. Candy arrugó un poco su frente. Era normal que su madre pensara así, pero por un pequeño instante incluso le molestó que se refirieran a él de esa manera, aunque había sido su propia madre. Miró de reojo a Terry, que se sacaba la aguja del suero y se masajeaba suavemente el hombro herido—. Pero ya va tu padre para allí a cuidarte mientras te recuperas. Ah, aquí está Santiago —le dijo Aurora—, está insistiéndome para que lo ponga al teléfono —y de inmediato se escuchó la voz del niño.

—¿Mami?

—Hola, mi amor—. Esta vez Candy no lo pudo evitar y lloró de verdad. Había estado tan cerca de perderlo. Sabía que si algo le pasaba a ella sus padres cuidarían muy bien de su hijo, pero no quería eso para él, ya carecía de un padre; perder a su madre también habría sido supremamente injusto. Y esa noche, la última noche que lo vio, Dios, él había estado un poco enfurruñado porque no quería que ella se fuera, y ella simplemente le había dado un beso antes de irse. ¡Por poco se pierden el uno al otro! Terry la vio secarse las lágrimas y respirar profundo repetidas veces.

—¿Cómo estás? —Preguntó Santiago—. La abuela estaba llorando esta mañana, pero tú estás bien, ¿verdad?

—Sí, mi cielo, estoy bien. Tu mamá está bien.

—¿Cuándo vas a venir?

—No lo sé —dijo mirando a Terry, que seguro se imaginaba con quién hablaba—. Supongo que ya mañana estaré en casa otra vez. Me quiero ir a casa.

—Yo también quiero que te vengas. Me he portado bien.

—Ah, ¿de veras?

—Sí. Si quieres le preguntas a la abuela.

—Es que eres un príncipe. Te quiero, mi amor.

—Yo también te quiero—. Santiago le devolvió el teléfono a Aurora, que preguntó:

—Te devuelves de inmediato, ¿verdad?

—No lo sé. Supongo que sí. Sólo debo… arreglar algunas cosas. Perdí mis documentos en el accidente y… en fin. Lo que quiero es estar ya en mi casa.

—Debiste estar muy asustada. Pobrecita mi niña. Tú que ibas a pasear y eso.

—Pero estoy bien. Estoy bien.

—Eso me deja tranquila. Llamaré a tu hermano, que no ha tenido paz y espera mi llamada.

—Vale. Te quiero, mamá.

—Yo te quiero también. Cuídate, tómate tus medicamentos.

—Sí, sí—. Aurora suspiró. Se despidió por última vez y cortó la llamada.

Candy le devolvió el teléfono a Terry, que después de recibirlo, extendió su mano a ella para secarle las lágrimas. Ella no se lo impidió, ni él se detuvo a último momento, sino que, como si fuera lo más natural del mundo, barrió con su pulgar la humedad de su mejilla.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó con voz suave. Ella asintió agitando su cabeza.

—Mi padre viene. Increíble. Será la primera vez que salga del país también.

—Estaba un poco reacio a venir con mis padres, pero ellos pudieron convencerlo. ¿Hablaste con Santiago?

—Sí—. Él sonrió—. Gracias por… por cuidar de mí —susurró ella—. Si no hubieses estado a mi lado anoche… yo tal vez…

—No digas eso. Ya pasó, no pensemos en lo que pudo haber ocurrido.

—Me salvaste —insistió ella. Terry rio y negó agitando su cabeza.

—Me salvé a mí mismo —dijo, y ella lo miró confundida—. Si algo te hubiese pasado, yo habría enloquecido, así que en ese momento actué muerto de miedo; me aterraba perderte—. Candy no dejó de mirarlo fijamente, pero no dijo nada, no habría sabido qué decir si acaso abría la boca. Recordaba el momento muy bien. Él pudo haber echado a correr, pero prefirió quedarse allí intentando salvarla aun cuando eso habría significado que él perdiera la vida también. Había cosas con las que no era posible fingir, pensó Candy, y esta era una de esas. El instinto de conservación era fuerte en el ser humano, pero al parecer, en Terry ese instinto había sido echado un lado por el de protección, y la había protegido y salvado.

Terry apretó sus labios y respiró profundo.

—Tengo unos cuantos amigos aquí —dijo—. Están acelerando el proceso para poder volver , ya que perdimos los documentos.

—Qué bien.

—Mis padres vienen en un jet privado, así que les tomará menos tiempo llegar aquí. Te piden que por favor aceptes irte de vuelta con nosotros, para que no tengas que sufrir de nuevo las diez horas de viaje o más que te toquen.

—¿Tú… estás bien? Anoche… Dios… anoche estabas sangrando y… perdiste la conciencia…

—Estoy bien —dijo él echando hacia atrás los cabellos de Candy, que estaban sueltos, y también aprovechando que tal vez ella seguía en shock para tocarla todo lo que le fuera posible—. Un pedazo de metal se incrustó en el músculo de mi hombro —dijo, señalándolo con un movimiento de cabeza—. Pero fue removido. Cicatrizará y sólo quedará una pequeña señal.

—Perdiste sangre.

—Anoche mismo me hicieron una transfusión. Me recuperaré —ella bajó al fin la mirada de sus ojos y lo miró. Las vendas no cubrían del todo su pecho, y ella pudo ver que tenía cicatrices. Una en la clavícula izquierda, otra en el antebrazo y luego la mano. Tenía una larga línea en su costado y la mano de ella fue allí y lo tocó. Sintió la respiración de él y lo miró; Terry tenía sus ojos cerrados.

—¿Son… de esa vez? —Él asintió con un leve movimiento de su cabeza—. ¿Tienes más? —Él sonrió.

—Me hicieron treinta y cuatro puntos en diferentes lugares del cuerpo —contestó él—. Siete aquí —señaló él el dorso de su mano izquierda—, seis acá —le mostró él el antebrazo—, cinco aquí —dijo, indicando su clavícula—, ocho en las costillas, tres aquí —ahora él levantó la cabeza para que ella le viera la cicatriz que tenía en la línea de la mandíbula—. Y cinco en la cabeza —él elevó su mano y se tocó el sitio—. Algunas heridas no fue necesario coserlas —sonrió.

—Debió dolerte mucho—. Él se hubiera querido encoger de hombros y quitarle importancia, pero no pudo y sólo hizo una mueca.

—La mayor parte de esas heridas sanaron mientras yo estaba en coma. Pero la mano… —él la levantó ahora— cuatro cirugías, y no volvió a ser la misma

—Candy hizo un gesto que lo hizo mirarla. Ella lo miraba llena de compasión, sabía lo que eso significaba para él—. No —contestó él a su silenciosa pregunta—. No volví a dibujar rosas, ni nada…

—¿Y no han atrapado a las personas que te hicieron eso? —Terry la miró deseando corregirla. "Que nos hicieron eso", quiso decir, pero ese todavía era un terreno sensible. Dejó salir el aire y negó. Ella dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo como si no se pudiera creer tanta ineptitud, y él entonces se dio cuenta de que bajo la bata que ella traía no había nada. Tragó saliva.

Candy seguía mirando su torso desnudo, y su mirada pasó de observar las cicatrices a posarse en su pecho, dándose cuenta de que los vellitos de sus pectorales eran rubios y finos, y sus tetillas eran rosadas. Elevó la mirada a él, y él la miraba a ella. Terry tragó saliva y ella se quedó mirando su nuez de adán subir y bajar. Y luego su mirada no subió más allá de sus labios. Vaya, estaban tan cerca… En esos labios ella una vez había conocido el cielo, pero él había estado bajo el efecto de las drogas, no era él mismo entonces. ¿Qué pasaría si…?

—Candy… —susurró él, y aquello parecía la mezcla de una advertencia y un ruego. No te acerques demasiado, decía la advertencia, pues te besaré; y, acércate, decía el ruego, acércate más. Se acercó a él, más, hasta que sus labios tocaron los de él.

Terry se quedó totalmente quieto, con sus ojos cerrados, sintiendo los labios de ella sobre los suyos que lo tocaban con timidez. No hizo nada, no dijo nada. Podía ser que lo siguiente fuera verla a ella huyendo, o peor, llorando y acusándolo por algo. Pero no fue así, por el contrario, Candy volvió a besarlo, esta vez con más seguridad. Bueno, él le había dado tiempo para huir. La atrapó en sus labios, demorándose en ellos; abrió sus ojos y la vio con los suyos cerrados, sus pestañas reposando sobre sus mejillas y los labios entreabiertos esperando más. Oh, sí, más.

Terry volvió a besarla, y, además, con su brazo izquierdo, que ahora estaba sano, la acercó a su cuerpo. Saboreó sus labios con delicadeza, succionando primero el inferior, paseando su lengua por él, introduciéndola poco a poco. Ella gimió al sentirlo, y Terry quiso gritar de alegría. Estaba besando a su mujer al fin, porque Candy era suya, así lo había sentido siempre, y cuando sintió las pequeñas manos de ella subir a su rostro, pensó que lo rechazaría, que lo enviaría lejos, pero, por el contrario, ella lo acercó más. Era un milagro. No sabía qué lo había causado, si tal vez el haber visto sus cicatrices había ayudado, o el shock del accidente que aún perduraba en ella. Tal vez luego le odiaría, pero qué importaba si por ahora podía por fin besarla. El beso se fue transformando hasta que se hizo exigente, fuerte; furioso, incluso. Él enredó su lengua con la de ella, exploró sus rincones, la succionó, la mordisqueó. Ella sabía a brisa y a rosas. Tenía los labios más suaves que jamás había besado, la lengua más inquieta, y la besó y la besó, y fue cuando ella se aflojó en sus brazos que al fin se detuvo.

Ella retiró su cabeza y lo miró. Aquí viene, se dijo él. El reclamo, las lágrimas, el arrepentimiento. Saldría corriendo de aquí y él tendría que dejarla ir, al menos por el momento, pues debía ser difícil para ella besar al hombre que en el pasado le había destruido la vida. Pero pasaron los segundos y ella no dijo ni hizo nada. Terry la miró a los ojos. ¿Qué estaba pasando?

—Sabía… sabía… que sería así —dijo ella al fin, con sus labios hinchados y sonrosados por su beso. Ella se pasó la lengua por ellos, como si deseara los vestigios que del beso habían quedado en ellos, y Terry volvió a besarla. La metió entre sus piernas y la pegó a su cuerpo, besándola tan profundamente hasta sentir que el uno respiraba a través del otro, que ya no sabían quién besaba a quién, que todo alrededor desaparecía, que se hacía el silencio tal vez en reverencia al par de almas que podían al fin sentirse la una a la otra en este beso.

Terry se sintió a sí mismo tocado, bendecido por un ángel; era reacio a dejarla, y por eso la besaba, y la besaba más. ¡Cuánto tiempo esperando esto, cuánto tiempo deseándolo! No era justo que sólo durara unos minutos, había instantes que debían ser eternos, y este era uno de esos. Debía poder besar a Candy hasta la eternidad, no había mejor lugar en el mundo que aquí y ahora. Amaba con locura a esta mujer. Metió las manos entre sus cabellos, y cuando ella alejó un poco su boca, él siguió besando su mejilla, su mandíbula, su oreja. Metió la lengua en ella y la sintió gemir, y todo él reaccionó a ese sonido. Debía tener cuidado; si acaso iba más allá de lo que ella le estaba permitiendo, este pequeño paraíso desaparecería más rápido de lo que él tardaría en decir "perdón".

Candy tenía sus ojos cerrados. Deseaba las manos de Terry por todo su cuerpo. No había deseado algo así antes. Había estado varias veces con Armando, había sido besada antes, en el colegio, pero nunca deseó ser tocada más allá de los labios… Y ahora se le estaban ocurriendo un montón de locuras, locuras tal vez obscenas, locuras que la estaban avergonzando un poco de sólo pensarlas. Pero oh, Dios. Lo quería en todas partes. Quería esa maravillosa boca en todas las puntas y rincones de su cuerpo, quería que la lamiera, que la acariciara, que la besara. Se sentía caliente, hirviendo; se sentía liviana como una pluma y al mismo tiempo, pesada como una roca. Cerró sus ojos con fuerza al comprender que todo ello se reducía a una impúdica verdad: deseaba a Terry, y era más que obvio que él la deseaba a ella. Lo había besado siendo consciente de lo que vendría después, de lo que ese beso significaría después para él, que era la respuesta que él más deseó, pero la que menos esperó.

Él se detuvo un poco a regañadientes, enterró su frente en el hueco de su cuello como suplicando por algo, inhalando fuertemente el olor de su cuerpo, deseando ir más lejos de lo que ahora sus heridas y su propia cautela le permitían.

Cuando se alejó un poco y pudo mirarla, Candy encontró sus ojos humedecidos. Ella levantó una mano y tocó su mejilla.

—No estás jugando conmigo, ¿verdad? —preguntó él, y Candy negó, aunque no pudo evitar sonreír—. Dios, Dios… morí en ese accidente y ahora estoy soñando, ¿no es así? —ella tomó aire y se alejó un poco, sin embargo, con su dedo recorrió las cicatrices del dorso de su mano.

—¿A qué horas llegan tus padres? —él pestañeó. ¿Qué significaba esto? Él no quería hablar de esto ahora, no quería que cambiara el tema. Quería, además de seguir besándola, saber lo que a ciencia cierta este beso significaba. Pero él debía morderse la lengua, porque no era nada conveniente presionarla justo ahora. Lo había besado, ¡y de qué manera!, pero otra vez estaba tomando distancia, aunque el roce de su dedo en su mano indicaba que era una distancia prudencial, que se retiraba, pero no del todo. Terry tomó aire y aflojó un poco el agarre en el que la había tenido encerrada. Aaah, dolía desprenderse de ella, pero además de todo, él tenía una herida reciente y tampoco habría podido ir más lejos. Aunque ella era tan pequeña que seguro que podía alzarla con sólo un brazo.

Continuará...