CAPÍTULO 13.

Antonio White casi no había hablado durante el viaje a pesar de los intentos de Ellynor de poner conversación. Estuvo silencioso en el avión, y ahora en el taxi.

Era increíble, absolutamente increíble. La diferencia entre estas dos familias era enorme, pudo comprobar Antonio. Mientras los unos luchaban por sobrevivir día a día con duro trabajo, contando las monedas, angustiándose al abrir las cartas de cobro de los bancos, las facturas de los servicios y cuidando la ropa para que esta durara todo lo posible; estas personas de aquí vivían sin preocuparse en lo más mínimo por ese tipo de cosas. Cuando lo llamaron, le pidieron viajar con ellos en un jet privado. Se había negado, claro, pero cuando le hablaron de la practicidad de venirse en un vuelo que duraría muchas menos horas, que saldría en cuanto llegara al aeropuerto y que no haría escalas como sí lo haría el vuelo comercial, y, además, gratis, no pudo seguir negándose. Le urgía sacar a su hija de donde estaba, pues Terry GrandChester estaba con ella, y cada minuto que pasaba debía estar siendo horrible para ella. En las semanas pasadas le había preguntado a su hija cómo le estaban yendo las cosas, pero al parecer, no tenía demasiados encuentros con ese hombre, y ella incluso se había acostumbrado a tener que verlo, pero pasar todas estas horas con él y tener que tratarlo, sobre todo en un momento tan angustiante donde seguramente preferiría a alguien más confiable debía estar siendo una tortura para ella.

Llegaron al fin al hospital donde estaban internados y se bajó caminando con prisa hasta el interior, pero entonces se dio cuenta de que necesitaría un traductor. Por supuesto, los GrandChester hablaban portugués. Portugués no estaba en el pensum de los colegios, y no siempre era la primera opción en las universidades. Lo sabía porque Candy había preferido el inglés por encima del portugués cuando tuvo que elegir, pero estas personas igual lo hablaban. Sin embargo, tuvo que admitir que, a pesar de todas esas enormes diferencias, los GrandChester eran tal como él había escuchado decir de ellos.

Hace muchos años había conocido a otro maestro de obra que fue para él una especie de mecenas cuando él era un simple empleado y le dijo que pensaba hacer negocios con Richard , que era un hombre correcto y de buena reputación. En ese tiempo ni siquiera se había casado con Aurora, y la CBLR era sólo una constructora más que intentaba abrirse paso. A su amigo le había ido muy bien gracias a la inversión que había hecho, y Antonio deseó haber tenido un capital para usarlo en ese entonces, pero no había sido así. Miró a Ellynor GrandChester, que tomaba la mano de su esposo y la apretaba mientras él se presentaba en el mostrador de la recepción del hospital. No sólo le había ido bien en los negocios, al parecer, su matrimonio era estable. De todos modos, la desgracia había caído sobre ambas familias una noche hacían cinco años. Los hijos de ambos habían salido víctimas, pero mientras en Terry las heridas eran físicas, las de su hija iban mucho más allá, y quizá él nunca podría siquiera imaginarlas.

Los siguió de nuevo cuando les dijeron el número de las habitaciones en las que estaban. Antonio se encaminó de inmediato a la de su hija, pero al abrir la puerta, ésta estaba completamente vacía. ¿Dónde estaba esa muchacha?

—¿Candy? —llamó, pero nadie respondió. Tal vez esta no era la habitación, se dijo, y volvió a salir. Había visto dónde habían entrado los GrandChester y se encaminó allí.

Cuando entró, el cuadro que se encontró lo confundió sobremanera. Ellynor abrazaba a Candy pidiéndole perdón, no sabía por qué, pero ella sólo sonreía y le decía que todo estaba bien. Ella lucía unos simples pantalones y una blusa, llevaba una pantunfla, el cabello recogido en una trenza y una férula en el otro pie. Terry GrandChester estaba sentado en su cama y recibía el abrazo de su papá. Él tampoco llevaba un pijama de hospital, y se le veía de buen aspecto, a pesar de que, según lo que había escuchado, había perdido sangre en el accidente. Si no fuera por la férula en el pie de Candy, y la venda que asomaba por debajo de la camisa de Terry, habría dudado que saliesen heridos de ese accidente; se les veía más bien rozagantes, llenos de una extraña vitalidad. Candy al fin lo vio, y luego de exclamar llamándolo, caminó a él cojeando y extendiendo sus brazos para abrazarlo. Antonio la abrazó mirando fijamente a Terry y a los demás. ¿Qué sucedía aquí? ¿Qué eran estas sonrisas y esta confianza?

—¿Estás bien?

—Sí, papá. Qué bien que has venido, ¡no me lo esperaba! Cuando Terry me dijo que…

—¿Terry?

—Sí… —Candy se detuvo en sus explicaciones al comprender que su padre no se refería a la persona, sino al tono con que ella había dicho su nombre. Lo miró a los ojos y se mordió los labios— Yo… —dijo al cabo de unos segundos en los que se impuso el silencio— le debo la vida, papá. Él me salvó.

—Entonces, podemos considerar que ha saldado su deuda.

—Nunca, señor —dijo Terry antes de que Candy pudiera decir nada.

—¿Por qué estás tan cerca de mi hija? ¿Por qué toda esta confianza entre vosotros? ¿Por qué esta señora te abraza?

—Papá…

—No, Candy —la detuvo Terry—. Tu padre tiene todo el derecho de hacer las preguntas que necesita, y yo estoy en obligación de contestarlas.

—Señor White… —empezó a decir Richard, pero Antonio elevó una mano y él guardó silencio. Terry quiso abrir grandes los ojos de sorpresa, nadie mandaba callar a su padre, ¡nadie! Pero él fue humilde y se quedó callado.

—Papá, no empieces una pelea —le pidió Candy, aunque aquello parecía más una advertencia. Oh, vaya, se dijo Terry; Antonio callaba a Richard, pero Candy callaba a Antonio—. Terry me salvó la vida. De no ser por él… tú te habrías quedado sin hija. Y no sólo eso, también...

—Nos volvemos a Casa —la interrumpió Antonio—. Tu madre está angustiada y…

—No podemos, papá. Tenemos que esperar a que nos resuelvan el asunto de los documentos.

—Entonces…

—Vamos a mi habitación —dijo Candy exasperada tomándolo del brazo. Sabía lo terco que podía ponerse su padre y no era bueno tener esta conversación delante de más personas.

Terry quiso reír al ver a alguien tan pequeño dominar a un hombre hecho y derecho como lo era Antonio, pues él hizo caso y la siguió a la salida de su habitación.

—Candy, iré de compras en un momento —le dijo Ellynor—. ¿Te parece bien si te traigo algo de ropa? —Candt tuvo el impulso de mirar a su padre pidiendo su aprobación, pero apretó los dientes y dijo:

—Gracias, señora Ellnor. Soy talla Small en blusas y ocho en pantalones. No sé si aquí sea igual.

—Ya veré —dijo Ellynor sonriendo. Candy se llevó a su padre y Ellynor miró a su hijo, que no le quitó los ojos de encima a Candy hasta que se hubo ido.

—Parece un hombre de carácter fuerte. —De alquien debío heredarlo ella —sonrió Richard. Ellynor agitó su cabeza y abrazó a su hijo.

—¿Estás bien? ¿Te sientes mejor?

—Estoy mucho mejor. —Cuando me enteré de lo del accidente me asusté mucho —confesó Ellynor—. Me puse a pensar: ¿y si por mi culpa les hubiese pasado algo? Salieron prácticamente ilesos, ¡pero fue casi por un milagro!

—No tienes que sentir culpa. Los accidentes pasan, no se necesita estar en otro país para que te ocurran—. Ellynor asintió y dio unos pasos hacia la puerta.

—Vuelvo en unos minutos —dijo—, procuraré no tardar.

—No iremos a ningún lado sin ti —le sonrió Terry y Ellynor suspiró sintiéndose más aliviada. Salió de la habitación dejando a su hijo a solas con su padre.

—¿Qué era todo ese ambiente bonito y romántico que encontramos cuando entramos? —Terry miró a su padre ceñudo.

—¿Qué ambiente? ¡Qué dices? —Richard sonrió con complicidad.

—¿Hubo algún avance? Por favor dime que algo bueno salió de todo esto—. Terry no lo pudo evitar y sonrió.

—Algo así.

—Vaya. Hacía tiempo no te veía esa sonrisa. ¿Hablasteis? —Terry respiró profundo, aunque el movimiento hizo que le doliera un poco la herida.

—No, la verdad no hemos hablado, pero… algo me hace pensar que mi perdón está cerca.

—Siempre y cuando su padre no le haga pensar en lo contrario.

—¿Su padre?

—Le hablará, tenlo por seguro, y le recordará todos los años en que lloró y te odió, y tal vez ella…

—Detente —le pidió, su sonrisa se había borrado ya.

—Es muy probable, Terry—. Sí, reconoció Terry, lo era. Tal vez la voz de la razón, que se encarnaba en su padre, le hiciera pensar que ella no tenía por qué perdonar a alguien que le había causado tanto daño en el pasado. Antonio la alejaría de él, y tuvo miedo. Había hecho un avance hoy, ella lo había besado, y si bien no eran novios, ni le habían dado permiso para volver a besarla, y mucho menos habían hablado de Santiago, sentía que iba por el camino correcto con ella, que tenía una oportunidad. Pero podía perderlo todo con un par de palabras de su padre.

—¿Qué está sucediendo? —Preguntó Antonio en cuanto estuvieron al interior de la habitación de Candy, aunque ya le habían dado el alta, pero necesitaba privacidad—. ¿Te hiciste amiga de ese hombre? ¿Ya olvidaste lo que te hizo? ¿Todo lo que lloraste? ¿Todo por lo que tuviste que pasar?

—Papá…

—¡No lo puedo creer! —Exclamó Antonio—. Estuve preocupado todo este tiempo pensando en que mi hija lo estaba pasando mal por tener que estar al lado de ese hombre al que odia. Lo odiabas, ¿lo has olvidado? Y me encuentro con que… ¿con qué me encuentro exactamente?

—Si me dejaras hablar…

—¡Habla, habla, por favor!

—Estoy enfrentando a mis demonios —dijo ella con voz un poco baja, pero Antonio la escuchó perfectamente. Sin embargo, preguntó:

—¿Qué?

—Los estoy enfrentando, tal como me lo aconsejaste—. Candy vio a su padre tragar saliva, y sus ojos se humedecieron. Era una llorona, se dijo, pero no pudo evitarlo, ya que desnudaría su corazón ante su padre—. Él… sembró en mí un miedo, un trauma, y no era demasiado consciente de él; he comprobado que… sólo él… puede… quitarme ese miedo.

—¿De qué hablas?

—Me dijiste que debía enfrentar mis demonios y vencerlos, ¿lo recuerdas?

—Sí, pero nunca me imaginé… Dios mío, Candy… ¿te estás enamorando de ese hombre?

— ¡ Quiero volver a ser una mujer normal !Claro ¡Volver a sentir!

—¿A sentir qué?

—Papá… confía en mí... Antonio se echó a reír.

—Estás yendo demasiado lejos con esto , me parece a mí que te estas congraciando con el enemigo.

—No es el enemigo, Terry… no es el enemigo—. Antonio dio unos pasos por la habitación rascándose la cabeza.

—Estás jugando con fuego. Toda esa atmósfera que me encontré… ¡esa familia te trata como si ya fueras su nuera!

—Soy la madre de su nieto.

—¡Exacto! ¿Y si sólo hay ese interés de por medio? —Candy se cruzó de brazos negando.

—Yo tengo la custodia. No le pueden hacer nada.

—¡Son poderosos! ¡Se libró de la cárcel! —Candy meneó la cabeza negando.

—Papá… las cosas no son así—. Él la miró arrugando su entrecejo—. Hubo algo que nunca le conté a la policía, ni… a nadie.

—¿Qué cosa?

—Terry… me conocía de antes… Estaba enamorado de mí.

—¿Qué? —exclamó él—. ¿De qué estás hablando?

—¡Me quería!

—¡Eso lo hace más peligroso aún!

—¡No! No es peligroso, ¡no para mí! ¡Salvó mi vida exponiendo la suya!

—¿Ahora es tu héroe?

—¡Papá, por favor! ¿Por qué no puedes entenderme? Tal como tú lo dices, yo fui la principal afectada, ¡yo fui la que fue violada! Si yo puedo perdonarlo, ¿por qué no puedes tú? Antonio hizo silencio por casi un minuto mirándola sorprendido, y luego, en un hilo de voz, preguntó:

—¿Lo perdonaste? —Candy rio un poco asustada de sus propias palabras. Se abrazó a sí misma frotándose los brazos.

—Él… todavía no lo sabe. Anhela mi perdón. Casi me lo ha suplicado. Tal como dijo su propia madre… yo podría incluso aprovecharme de él; podría pedirle lo que sea y me lo daría, porque me quiere y desea que lo perdone, lo necesita. He visto su dolor… después de conocer su lado de la historia, y de ver día a día cómo es… he comprendido muchas cosas, papá. No miente cuando me dice que me quiere.

—Entonces, porque te quiere… no tienes miedo de él—. Candy cerró sus ojos y recordó el momento del beso. Cualquier otra mujer habría sentido repulsión por su violador, como era natural, y ella debía estar loca, porque en vez, lo deseaba.

—No tengo miedo de él. Podría estar encerrada con él en una habitación por un mes… y no me haría nada. Lo sé.

—¿Y por qué esa noche…? ¿Lo achacas todo a las drogas? —ella bajó el rostro y se miró los pies.

—Esa noche yo lo besé y lo abracé. Hice que… En cierta forma lo provoqué… — por el rabillo del ojo vio a su padre echar a andar otra vez por la habitación, como si no se lo pudiera creer, o simplemente le molestara—, sólo que… por estar bajo el efecto de las drogas… él no se dio cuenta de cuándo me detuve. No te voy a mentir. Fue horrible, me asusté, lloré, le supliqué y no tuve respuesta… pero… de no haber sido por eso, papá, de no haber tenido todo ese veneno en su sangre… ese habría sido el inicio de mi relación con el que hubiera sido mi esposo. El corazón de

Candy estaba agitado. Necesitaba la aprobación de su padre en este caso, necesitaba que le permitiera seguir trabajando en la CBLR, que no se opusiera, que le permitiera tomar el camino al que sus decisiones la conducirían.

Antonio respiró profundo. Era su culpa, en cierta forma. Él prácticamente había empujado a su hija para que entrara a trabajar con estas personas y, tal como le había dicho, para que enfrentara a sus demonios y los venciera. Sabía que había algo en su hija que la hacía infeliz, que le impedía relacionarse y desarrollar su vida sentimental, pero nunca se imaginó que ésta fuera la solución a eso.

Todo había ido demasiado lejos, su hija estaba tomando un camino que él no aprobaba del todo, pero no podía decir nada porque, así como ella decía, necesitaba enfrentar sus miedos y vencerlos. Pero era difícil, era difícil ver a su niña relacionarse con este sujeto, confiársela. No, no podría.

—¿Qué prueba tienes de que… no volverá a suceder?

—¿Volver a suceder? ¿Te refieres a… "eso"?

—Sí a eso. Al sexo. Qué te garantiza que no vuelva a… —Al ver a Candy reír se detuvo supremamente confundido.

—Papá… ¿no lo has entendido?

—No, creo que no.

—No pasará. Terry no hará nada que yo no quiera.

—¿Por qué estás tan segura? Acaso ya…

—No, no.

—¿Entonces?

—Sólo… lo sé. No sé de dónde nace esta seguridad, pero… lo sé, papá.

—¿Confías en tus instintos?

—Con respecto a él… sí—. Antonio tragó saliva y apretó sus labios haciendo un gesto de resignación.

—Yo… no quiero que salgas lastimada, te vi llorar, hija. Estuviste deprimida no por unos días, ni unos meses… estuviste deprimida por años—. Candy cerró sus ojos.

—Sí, papá, lo estuve. Estuve enfadada conmigo misma mucho tiempo. Me culpaba por haber sido tan ingenua, por haber confiado en un extraño que me hizo sentir con unos cuantos besos y unas bonitas palabras. Culpaba a Santiago de haber estancado mi vida, por haber tenido que dejar los estudios, por haberte endeudado más a ti… Todavía… todavía tengo barreras que superar, hay cosas que aún me asustan y que sé que me encontraré en el camino. Pero los iré superando poco a poco. Ahora por lo menos tengo esa fe—. Candy se acercó a su padre y apoyó las manos en sus antebrazos mirándolo a los ojos—. Y te necesito —le dijo—, te necesito para que equilibres un poco mis decisiones, para que me hagas escuchar la voz de la razón cuando sea necesario, para que… me ayudes con tu sabiduría.

—Mi sabiduría no está haciendo mucho efecto en ti ahora mismo —ella sonrió.

—Porque sabes que en muchas cosas tengo razón.

—Prácticamente has estado justificando a ese hombre y… —cuando vio que ella cerraba sus ojos le puso las manos en los hombros—. Ten por seguro que te advertiré del peligro todas las veces que sean necesarias, y esta vez sí que le arrancaré las pelotas con mis propias manos si te hace daño—. Candy sonrió y lo abrazó. Lo abrazó fuertemente durante un largo rato.

—Gracias, papá.

—Ahora vamos, vamos. Esa gente nos está esperando—. Candy no le dijo nada, pudo haberle pedido que dejara de llamarlos "esa gente", pero ya había conseguido demasiado hoy, mejor no presionar.

Candy respiró profundo y miró la puerta de la habitación de Terry. Se acercó a ella y entró con cuidado, encontrándolo sentado e intentando bajar.

—¿Qué haces? —le preguntó, y él alzó la mirada a ella.

—Ah, estás aquí. Iba a ir a…

—¡Tú no puedes ir a ningún lado! ¡No te han dado el alta!

—Probablemente me lo den ahora. Ya estoy bien.

—¡No estás bien! ¡A la cama! —Él la miró un poco sorprendido por su tono autoritario, pero le hizo caso—. Eso es.

—Mi madre nunca usó ese tono conmigo —refunfuñó él, y se pareció tanto a Santiago que Candy quiso echarse a reír.

—Tu madre te mimó demasiado.

—No es cierto.

—Recuéstate —ordenó ella y otra vez él hizo caso—. Eso es, buen chico.

—Te aprovechas—. Candy se acercó a su cama mirándolo con suficiencia, y él sonrió—. Estaba preocupado.

—¿Tú? ¿Por qué?

—Pensé que tu padre te convencería y… te irías con él hoy mismo sin mirar atrás.

—Ah, él tenía esa intención. No le gusta mucho que confraternice con el enemigo.

—No soy tu enemigo —ella lo miró elevando una ceja más riéndose de sí misma que de él; acababa de decirle a su padre que Terry no era el enemigo, pero frente a él se mantenía en esa postura de defensa y ataque… a pesar del beso de esta mañana. Terry respiró profundo—. ¿Sigues pensando que hacemos todo esto por Santiago?

—Puede ser, ¿no es así?

—¿Cuándo comprenderás que nunca te haría daño?

—Hay ciertos miedos que no son fáciles de ignorar—. Él movió su cabeza sin dejar de mirarla, extendió una mano y tomó la de ella. Candy no se lo impidió, pero cuando vio que él tiraba de ella y la ponía en su pecho se tensó un poco.

—¿Lo sientes? —preguntó él—. A mi corazón. ¿Lo sientes? —ella pudo sentirlo. Latía un poco acelerado a pesar de que estaba recostado—. Te pertenece completamente. Late por ti.

—Sabes decir las cosas más bonitas.

—No son sólo cosas bonitas, Candy. Es la verdad. Este pobre —dijo, poniendo su mano sobre la de ella haciendo que ésta se extendiera toda en el centro de su pecho— ha estado moribundo todos estos años. Ahora por fin ha vuelto a la vida. Y es por ti.

Candy lo miró estirado en la cama y paseó sus ojos por todo su cuerpo, tan largo, tan grande en comparación a ella. Se sintió nerviosa, un poco intimidada. Tal como le había dicho a su padre, había barreras que debía superar, pero debía ir poco a poco. Terry entrelazó sus dedos con los de Candy dejándolos posados sobre su pecho.

—Duerme un poco —le pidió ella—. No has descansado nada en todo el día.

—Sólo si me prometes que no te irás.

—No tengo a dónde ir.

—No debería, pero me alegra—. Candy sonrió negando.

—Eres como Santiago… o tal vez debería decir que Santiago es tal como tú.

—No puedo decir nada, apenas si lo conozco—. Ella entrecerró sus ojos mirándolo, pero él cerró los suyos esquivándola—. Sin embargo, es mi hijo —dijo—. Algo de mí debe tener.

—Tiene mucho de ti —sonrió Candy—. También es zurdo—. El abrió sus ojos ahora, pestañeó un poco y la miró—. No conseguí que tomara el lápiz con la derecha—. Terry sonrió y cerró sus ojos otra vez, pero aquello lo había emocionado, lo sabía porque tenía su mano abierta justo sobre su corazón y lo había sentido saltar. Sin embargo, no le estaba pidiendo un encuentro con él, no le estaba rogando que le dejara verlo y eso la confundía.

Fue un fin de semana raro, pensó Candy subiendo por fin al jet privado que los GrandChester. Un fin de semana raro, pero no del todo malo. Había perdido su maleta, se había accidentado y visto un coche explotar a pocos metros, había besado a Terry… y luego había podido conocer al fin la ciudad, una ciudad mágica. Sonrió cuando se dio cuenta de que había metido el beso en el conjunto de las tragedias de este viaje. No se atrevía aún a ponerlo entre las cosas buenas. Llevaba muchos recuerdos consigo. Los GrandChester habían insistido en llevarla de paseo por toda la ciudad en coche. No había podido caminar entre los jardines y las amplias calles, pero al menos había visto con sus propios ojos las bellezas arquitectónicas que le daban a esta ciudad una personalidad casi mágica, al menos a sus ojos. Hasta Antonio había disfrutado del paseo, y con él se había tomado innumerables fotografías. Había aceptado un poco a regañadientes, pero luego el entusiasmo de su hija se le había contagiado y terminó por sonreír, bromear y alegrarse con la experiencia. Había ido bien. Se sentó en el asiento que le indicaba la auxiliar de vuelo mirando todo en alrededor. Era bonito, todo blanco y con sillones ultra cómodos. También era la primera vez que subía a uno de éstos. Miró a Terry acomodarse en su asiento y tratando de disimular el dolor. Si bien las pastillas que tomaba eran suficientes para mitigar la molestia, había estado en movimiento todo el día, siendo que el doctor había recomendado absoluto reposo; sin embargo, ninguno sugirió que Terry tomara ese descanso aquí, que no viajara. Giró la cabeza para mirar a su padre, que tal vez la estaría censurando por estar contemplándolo, pero él estaba bastante absorto mirando el interior del avión. Sonrió al reconocer que él también había tenido un viaje de ensueño sin siquiera haber participado en un fraudulento sorteo. La vida era extraña a veces, pero no todas las veces, mala.

—¡Mamá! —gritó Santiago al verla atravesar la puerta y Candy lo alzó y lo besó. Antonio entró con la pequeña maleta que contenía la poca ropa de los dos, pero se detuvo al ver la expresión de Aurora.

—¿Pasa algo? —le preguntó. Candy miró a su madre, recibió su beso y su abrazo, pero no logró comprender por qué parecía incómoda.

—Esta mañana llegó eso para ti —señaló con el brazo hacia un rincón de la estrecha sala de estar, y Candy vio un enorme cuadrado forrado en papel de embalaje. Con Santiago en sus brazos, que no se quiso bajar a pesar de que Aurora se lo pidiera, Candy se acercó al extraño objeto.

—¿Qué es? —preguntó.

—No sé, no lo he destapado.

—¿Llegó esta mañana?

—Sí. Me pareció raro, pero no había manera de devolverlo; no tiene remitente—. Candy dejó en el suelo a Santiago y se acercó poco a poco intuyendo quién había enviado esto. Había recibido diez envíos de rosas de Terry y todavía no se había enterado de cuál sería el final de este asedio; no creía ni por un segundo que Terry dejaría esto inconcluso. Cuando llegaron las diez rosas no había tenido ninguna duda de que al volver se encontraría con alguna sorpresa, y muy seguramente la tenía ante los ojos. Extendió la mano y rompió el papel por un extremo. En cuanto éste se rasgó, Candy pudo ver de qué se trataba. No tuvo que destaparlo todo para comprender, y se llevó los dedos a los labios cubriendo una exclamación. Era el cuadro, el hermoso cuadro de la mujer entre las rosas con una lágrima rodando por su mejilla y una gota de sangre en la yema de uno de sus dedos. Terry lo había comprado para ella. ¿Pero cómo?, se preguntó terminando de quitar el papel. ¿Cómo pudo enterarse de que el cuadro le había gustado? Hizo memoria tratando de recordar aquel evento en que lo había visto. Había ido con Telma, y aún no lo había reconocido a él. Dudaba mucho que Telma hubiese ido contándole que a ella le había gustado un cuadro en particular, no se la imaginaba siquiera haciéndole esta confidencia a Terry, y, además, ella no había hecho mucho ruido al respecto, apenas lo había mencionado. La pintura le había encantado, pero eso sólo lo había sabido ella. ¿Por qué Terry lo había comprado para ella? Cuando todo el cuadro estuvo descubierto, se lo quedó mirando tal como la primera vez, causando en ella las mismas sensaciones. Estuvo allí por mucho tiempo contemplándolo, admirando el detalle de las rosas, el trazo del pintor.

—Lo envía él, ¿verdad? —preguntó Antonio situándose a su lado, y Candy tuvo que recordar que no estaba sola, sus padres estaban aquí haciéndose muchas preguntas también.

—No… no lo sé.

—Lo sabes. Lo envió él.

—Papá…

—No, no te diré nada… me iré a mi habitación, estoy cansado—. Aurora la miró por un segundo antes de ir tras su marido. Sintió la manito de Santiago meterse en la suya, y la apretó con suavidad.

—¿Qué es, mamá? —preguntó el niño, aunque lo tenía delante y podía mirarlo perfectamente.

—Es… una pintura. Para colgarla en la pared—. Sólo que en su casa no había una sola pared donde cupiese, pensó, y el mobiliario de la casa no le haría justicia.

Caminó con Santiago hasta la mesa, donde estaba su bolso, y se sentó en una silla buscando un pequeño papel donde Terry había escrito el número telefónico de su casa con la esperanza de que ella lo llamara. El teléfono timbró un par de veces y contestó un hombre.

—Casa de la familia GrandChester, ¿en qué puedo servirle? —saludó.

Candy elevó una ceja. Debía ser una broma. ¿Quién hoy en día contestaba el teléfono de esa manera?

—Ah… Hola, gracias… Necesito a Terry.

—El joven señor en este momento se encuentra reposando en su habitación…

—Dígale que soy Candy White—. Hubo un silencio, pero imaginó que simplemente el acartonado hombre que le había contestado estaba pidiendo la autorización del señorito de la casa.

—¿Candy? —se escuchó la voz de Terry.

—¿Tienes a alguien sacado de un libro en tu casa? —Terry se echó a reír.

—Sí. Justo así. Si lo vieras, te darías cuenta de qué tan sacado de un libro parece.

—¿Quién es? —preguntó con curiosidad.

—El mayordomo.

—Ay, caramba. Tienes mayordomo.

—Vino con la casa. A mamá le divierte tener uno. Ella está así de loca.

—De remate.

—Me has llamado —sonrió él, y luego guardó silencio como esperando que ella dijera el motivo de su llamada.

—Tú ya sabes por qué te llamo.

—No puedo ni imaginarme qué razón tendrías.

—Ay una razón de casi dos metros cuadrados aquí en mi salón ocupando espacio y restándole oxígeno a mi hijo.

—Ah, llamaste para decir gracias —Cabdy volteó sus ojos.

—Mamá, ¿con quién hablas? —preguntó Santiago, que se había sentado en su regazo. Parecía una garrapata pegado a ella, pero a Candy simplemente no le molestaba.

—Con tu… —se detuvo al darse cuenta de lo que estuvo a punto de decir, y también a Terry pareció detenérsele el corazón—. Con alguien, dame un minuto, por favor. Terry tragó saliva, y hubo un silencio muy diciente entre los dos, ella parecía agitada.

—No puedo tener ese cuadro —le dijo Candy al fin—. Mi casa es pequeña… no cabe.

—Pero quiero que lo tengas, es tuyo.

—No hay una sola pared donde pueda colgarlo, tendría que meterlo detrás de un armario y… es demasiado bello, no es justo. Además… tú no tienes por qué hacerme este tipo de regalos.

—Candy…

—De todas formas, ¿por qué… cómo supiste…?

—¿Que te gustaba? —completó él, y la sintió suspirar—. Te vi esa noche en la galería de arte, el día de la exposición. Volvía a verte después de tanto tiempo y tuve que controlarme para no ir a ti y abrazarte. Pero dado que la última vez te vi con un hombre y besarte con él, esta vez fui cauteloso.

—¿De qué hablas? —Terry sonrió.

—Son tantas cosas de las que no hemos hablado, Candy… Yo… te vi esa noche en la galería, pero poco antes también te había visto en un restaurante con el que seguramente era tu novio.

—Armando —susurró Candy.

—Pero la noche de la exposición decidí investigar sobre ti, y me di cuenta de que trabajabas para mi padre, así que decidí esperar hasta el día siguiente para presentarme ante ti en la empresa; iba con toda la intención de parecer un príncipe o algo peor —rio él—. Incluso ideé un plan bastante tonto para conocerte, caerte bien y ganarme tu corazón. Pero bueno… tú reaccionaste como si hubieras visto al mismo diablo, y entonces… Pero ya había comprado el cuadro para ti, en ese momento sólo pensé en crear la situación o el momento adecuado para regalártelo. Fue tuyo desde esa noche porque vi que te gustó, vi que te emocionó. No sé si por las rosas, o porque te sentías identificada con la mujer en medio de ellas, pero no pude evitarlo, tal vez fue un arrebato, así que simplemente lo compré… ¿Candy?

Ella se había quedado callada, y ahora parpadeó y respiró profundo. Se le había formado un nudo en la garganta, pero habló.

—¿Por qué, Terry? —él sonrió, como si la misma pregunta se la hubiese hecho él.

—Me pregunto lo mismo todos los días, cada vez que pienso en ti… y pienso en ti a cada momento. He sobrevivido todos estos años sin ti, Candy, sin saber de ti, sin verte. Pero ha sido horrible. Sobrevivir no es lo mismo que vivir… y yo quiero estar vivo. Te quiero.

—No puedo…

—¿Aceptar el cuadro? Claro que puedes—. Candy sonrió.

Él había desviado el tema muy audazmente.

—Me dolerá mucho tener que ocultarlo, de verdad. Si conocieras mi casa sabrías que lo que digo no es una excusa.

—Pero no conozco tu casa…

—Otra vez haces eso —lo censuró ella, era como si le estuviera diciendo: sólo invítame y solucionemos eso.

—Estoy en pie de guerra —reconoció él—. Estoy peleando por ti, con todo lo que tengo. Y no dudes que usaré toda mi fuerza para atraerte a mí—. Candy cerró sus ojos sintiendo su corazón latir fuertemente. Santiago se movió y ella lo miró. Tenían tantas cosas que resolver… Esto apenas era el inicio de todo, pensó. Y estaba asustada, asustada de sí misma, de sus reacciones. Cuando Santiago le sonrió, tomó al fin una decisión. Respiró profundo y miró al cuarto donde seguramente estaban sus padres conversando de lo que había sido el viaje. No sabía si lo que estaba haciendo era un terrible error, no sabía si funcionaría, si se lastimaría, o lastimaría a la gente en derredor. Cerró sus ojos y abrazó a su hijo. Entonces, lucha por mí, quiso decir Candy. Lucha por nosotros, porque no soy sólo yo quien está aquí, expuesta y asustada.

—Candy… —volvió a llamarla él al sentirla en silencio.

—Estoy… estoy tan… Dios…

—No tengas miedo —le pidió Terry—. Por favor, no tengas miedo. No tengas miedo de mí, nunca te haría daño. Confía en mi amor, confía en que te amo de verdad. Te quiero a ti, quiero todo lo que tengas para darme… aunque por ahora sólo sean pétalos marchitos, Candy.

Ella sonrió con tristeza, y entonces Santiago se hizo escuchar de nuevo.

—¿Estás triste, mami?

—No, mi amor —le contestó ella.

—¿Pero tienes ganas de llorar?

—Candy sonrió.

—Un poquito —admitió.

Terry escuchó la voz de su hijo y cerró sus ojos sintiendo que el anhelo lo debilitaba. Estaba famélico de esto, quería a su mujer y a su hijo aquí, con él. Quería quitar de un manotazo todos los miedos de Candy, quería ver a su hijo a los ojos, abrazarlo y besarlo, pero tuvo que aceptar que las cosas no podían ser así de rápidas. Tendría que ir derribando muros y obstáculos uno a uno. La sintió respirar profundo y se preparó, lo que ella diría ahora era decisivo.

—Me quedaré… me quedaré con el cuadro —dijo ella—. De todas formas, dentro de poco compraré una casa, y nos iremos de aquí.

—Asegúrate de que tenga una sala amplia donde quepa.

—Sí —sonrió ella—. Gracias… por el cuadro—. Él no dijo nada, y Candy apretó el teléfono en su mano—. Yo… Dios, no sé cómo… —Estaba balbuceando, se dio cuenta Candy. Tal vez lo mejor era cortar sin que él se diera cuenta de lo nerviosa que estaba, de lo insegura, de lo asustada. Pero sólo el saber que al otro lado él también estaba nervioso la mantuvo allí—. Tal vez debamos hablar cara a cara…

—Estoy de acuerdo —dijo él.

—Entonces…

—En cuanto me recupere iré por ti —propuso él. —No. No.

—Candy…

—Dame la dirección de tu casa —él se sorprendió sobremanera, pero no dijo nada—. Iré en cuanto pueda

. —Está bien—. Candy apuntó en el mismo papel donde estaba el teléfono, la dirección de la casa de los GrandChester. Cortó la llamada y le sonrió a su hijo, que se había distraído con los objetos del interior de su bolso. Iría y se metería justo en la cueva del oso. Ya no había vuelta atrás, y tal vez sus padres la censuraran por esto; pero no tenía opción, había huido todo lo que había podido… y el destino finalmente la había atrapado.

Terry estaba sentado en un sillón que muy amablemente el servicio le había llevado al jardín para que aprovechara un poco el sol. Tenía un libro de estudio abandonado a un lado y miraba a la distancia. Hacía tres días que Candy le había dicho que iría a verlo en su casa. Ella había tenido una corta incapacidad laboral debido al accidente y ésta expiraría hoy. ¿Por qué no había venido a verlo? Suspiró recostándose suavemente en el respaldo del sofá. Estaba practicando la paciencia, pero hoy en especial le estaba costando. Se sentía aburrido, solo, un poquito abandonado. Y eso que no tenían una relación; no tenía ningún derecho a extrañarle, ni nada de nada. Adrián había venido a verlo. Los que habían viajado a Brasil con ellos le habían mandado sus saludos y uno de ellos, o ellas, incluso le había mandado flores. Todos sus conocidos de una manera u otra le habían hecho saber que deseaban que se recuperase o cualquier cosa, excepto. Candy. Pero bueno, ¿qué podía esperar? Era sólo que esa llamada lo había hecho subirse en una nube.

—Señor —lo llamó Edgar, el mayordomo. Terry se giró suavemente para mirarlo, pero entonces se quedó allí, paralizado. Unos ojos azules miraban todo alrededor con mucha curiosidad, y tenía su pequeña mano en la de su madre, que lo miraba a él apretando sus labios. Se puso en pie lentamente. Era la imagen más hermosa que había visto jamás, Candy con su hijo en su casa. ¡Lo había traído! ¡Lo había traído! Su corazón estalló como un torpedo, pero luego fue como fuegos artificiales, y sólo atinó a quedarse allí mirándolos sin poder articular palabras.

—Hola —dijo ella y sonrió un poco tímida. Terry caminó despacio hacia ella, como si la imagen de repente se fuera a desaparecer—. Yo… imaginé que te gustaría verlo y… Ah, el cuerpo le dolía del esfuerzo que estaba haciendo para no saltar a ella y estrujarla en un abrazo, besarla y… Miró de nuevo al niño, que ahora lo miraba con sus enormes ojos azules con rayos verdes. Se agachó suavemente hasta ponerse a su altura y lo miró largamente.

—Hola —saludó Terry, con el corazón latiéndole fuertemente en el hueco de su garganta. Era su hijo, y al fin estaba frente a él mirándolo cara a cara.

—Hola —contestó el niño.

—¿Te… te acuerdas de mí? —Santiago lo miró entrecerrando sus ojos—. Nos conocimos una vez en un hospital… cuando tu tío Felipe se cayó de la moto.

—Ah, sí —sonrió Santiago—. El señor que estaba allí… la abuela te regañó—. Candy miró a Terry elevando una ceja. Conque su madre también había tratado con Terry, ¿eh?

—Sí, ya sabía yo que recordarías eso. Mi nombre es Terry —dijo, extendiéndole su mano al niño. Santiago sonrió tímido, pero le dio la mano y dejó que se la estrecharan.

—¿Qué te pasó?

—¿Por qué?

—Tienes una venda.

—Ah… un accidente.

—¿Te salió mucha sangre?

—Santi, no hagas esas preguntas.

—Sí me salió mucha sangre —respondió Terry sin mirar a Candy—. Pero ya estoy bien.

—¿Te llevaron al médico?

—Sí. Me llevaron, y me cosieron —Santiago hizo un gesto como si aquello fuera muy grave— Y tú, ¿cómo estás?

—Bien —fue la llana respuesta del niño.

—¿Cómo te va en el cole? ¿Sigues siendo un niño inteligente? —el pequeño contestó moviendo afirmativamente su cabeza, y Terry sólo sonrió. Extendió un poco su mano y la puso sobre su cabello, un poco rizado y castaño más claro. Así era él de pequeño, tenía fotos donde se veía justo así. Qué hermoso era su hijo. Se puso en pie y miró por fin al rostro de Candy. ¿Qué podía decirle? ¿Gracias por darme un hijo? No era posible, ella lo había tenido tal vez en contra de sí misma. Era una historia que no conocía, y que tal vez le dolería escuchar, pero su historia, la historia de ambos, estaba entretejida con muchos momentos que habían sido tristes, pero que tenía la fe de convertir en felices con el tiempo, si tan sólo ella le daba la oportunidad. Y que trajera el niño aquí indicaba que ella se la estaba dando, no estaba dando pasitos hacía él, para ella esto era un enorme salto, y no podía menos que sentirse agradecido y bendecido. ¡Dios, cuánto la amaba! Por valiente, por fuerte. Por ser simplemente ella. Estaba tan emocionado y feliz que, seguro que no conseguía disimularlo, aunque lo intentaba. Candy le había hecho un regalo demasiado bello hoy, y él que minutos antes se había sentido abandonado por ella. Ella no le había dicho al niño quién era él, que era su padre, y lo comprendía; con esto Candy estaba enviando un claro mensaje y él lo aceptaba. Si quería ser parte de la vida de Santiago tendría que luchar también por él y ganárselo. La miró por un momento a los ojos aceptando su dictamen. No podía oponerse, no había opciones al respecto. Iría al ritmo que ella indicara, hasta que confiara, hasta que se acostumbrara por fin a ser amada por él. Tendría que adaptarse a ella.

—Gracias —dijo él por fin. Candy agitó su cabeza negando.

—Perdona por haberte hecho esperar, pero… estuve pensando mucho.

—Me imagino que sí. No te preocupes. He sido paciente—. Eso la hizo reír. Miró alrededor.

—Tienes una bonita casa.

—Es de mis padres —ella elevó una ceja, confundida.

—¿No vives aquí?

—No. Vivo en un apartamento bastante lejos. Estoy aquí por mi convalecencia.

—Ah… —los ricos hacen las cosas de otra manera, pensó, y puso su mano sobre el hombro de su hijo, que seguía mirando todo bastante absorto.

—Mamá, ¿estamos en otro país? —preguntó Santiago, y Terry sonrió divertido.

—No estamos en otro país.

—No veo más casas.

—Es porque el jardín es muy grande.

—Ah… —murmuró Santiago aceptando esa verdad, y Terry volvió a mirar a Candy.

—Es muy preguntón.

—Ya veo. —Además, es la primera vez que viene a un sitio así. Está acostumbrado a casas pequeñas con jardines normales.

—No te preocupes, no tienes que explicarlo—. Candy sonrió.

—Pensé que por aquí estaría Ellynor.

—Sí está. No tardará en venir aquí y darse cuenta de que lo has traído—. La mirada de Terry decía muchas cosas, pensó Candy con una sonrisa. Estaba feliz, estaba saltando por dentro, deseaba hacer muchas cosas que no podría.

—¿Desea tomar algo? —preguntó Edgar cuando vio que los dos se habían quedado en silencio, mirándose y saltándose las normas de cortesía, pues ella seguía de pie, y también el niño.

—Santiago tiene sed —dijo Candt como saliendo de un embrujo en el que había estado perdida—. Un zumo estará bien para él.

—¿Y para usted?

—Nada, gracias.

Edgar se fue dejándolos solos, y Candy abrió su boca en una sonrisa. Miró a Terry y con tono divertido preguntó:

—¿Es el mayordomo?

—El mismo.

—Nunca había visto uno—. Él le devolvió la sonrisa. Todo su cuerpo picaba por abrazarla, por encerrarla eternamente entre sus brazos. Sentía que la estaba amando hoy más que nunca, pero entonces pensó que este nivel de amor que hoy sentía por ella sería pronto superado. ¡Tenían tantas cosas que vivir, y por las que reír!

Apretó su puño secretamente al sentir que eso lo emocionaba tanto. Calma, calma, se dijo. Tendrás que irte acostumbrando a esto, a la felicidad. Pero hacía tanto tiempo que no era feliz que estas sensaciones lo estaban abrumando.

Candy lo miró y le sonrió, y él extendió su mano y tomó la de ella apretándola suavemente, luego la subió a sus labios para besarla delicadamente. Ella lo vio cerrar sus ojos y sonrió internamente. Este suplicio por el que ambos hemos tenido que pasar acabará pronto, quiso decirle, pero no fue capaz. Quizá algún día llegara el momento en que ella pudiera exteriorizar sus sentimientos.

—¿Quién era, Edgar? —preguntó Ellynor al ver al mayordomo volver del jardín.

—Ah, una joven llamada Candy, señora.

—¿Candy? ¿Candy ha venido? —Edgar movió la cabeza en un asentimiento, y Ellynor dio varios pasos encaminándose al jardín para ir a verlo, pero de pronto se detuvo—. No. Mejor los dejo solos…

—Se giró y miró de nuevo a Edgar—. No puedo creer que haya venido. ¿Seguro que era Candy? —Candy White.

—Es ella —sonrió Ellynor, emocionada por su hijo. Edgar siguió andando hacia la cocina—. ¿Vas a prepararle alguna bebida?

—No para ella, para el niño—. Eso dejó a Ellynor paralizada, con los ojos abiertos por la sorpresa y mirando fijamente a Edgar.

—¿Qué dijiste?

—Que la bebida es para el niño que vino con ella. —¿Vino con el niño? ¿Trajo a Santiago? ¡Oh, Dios mío! —pareció olvidar por completo la intención de dejarlos a solas y casi que corrió hacia la salida que daba al jardín. Allí los vio, Terry sostenía la mano de Candy y se la besaba, y pegado a ella había un niño, el mismo que había visto esa vez en el edificio de Candy y que no había podido mirar fijamente sino por unos pocos segundos.

—¡Lo trajiste! —dijo caminando hacia ellos. Candy se giró a mirarla y también Santiago—. Ay, Dios. ¡Ay, Dios! ¡Qué sorpresa tan… hermosa!

—Buenas tardes, señora Ellynor—. Antes de que ella pudiera decir algo más, Ellynor la abrazó, fue un apretón corto, pues toda la atención de ella estaba concentrada en Santiago.

—Hola, mi amor —le dijo, y Santiago la miró un poco extrañado.

—Saluda a la señora Ellynor, hijo —le pidió Candy.

—Hola, señora... —Cuando vio que el niño no había retenido su nombre, Ellynor miró a Candy como suplicándole que por favor le enseñara a su hijo a llamarla abuela, o mamá, o tía, o como fuera. Quería establecer ya lazos con él.

—Ellynor —le repitió Candy, y ella pestañeó sintiéndose un poco decepcionada, pero sin perder el ánimo, puso su mano en el pequeño rostro de Santiago y sonrió.

—Eres guapísimo. ¿Te lo han dicho antes? —el niño sonrió sin asentir o negar—. Dios mío, eres tan bello, tan bello, tan bello.

—Calma, mamá. Lo vas a asustar.

—Pero, ¿es que no lo estás viendo?

—Lo estoy viendo.

—Ay, Candy, no sabes cuánto he deseado este momento. Estoy tan…

—¿Esta casa es suya? —preguntó Santiago.

—Sí, es mía. ¿Te gusta?

—¿Cuántas casas tiene dentro? —Ellynor pestañeó al escuchar la pregunta, y sintió a Candy disimular la risa.

—Es una sola casa, hijo —Aquello debió ser incomprensible para Santiago, pues tiró del brazo de su madre para susurrar algo en su oído.

—¡Entonces aquí deben vivir como cien personas!

—No, sólo ellos —le contestó Candy en el mismo susurro, pero Terry y Ellynor podían escuchar claramente.

—Mi casa es tu casa desde ahora —le dijo Terry acercándose un paso a ellos—. Podrás venir aquí siempre que quieras… si tu mamá te da permiso—. Los ojos de Santiago se iluminaron, y miraron de inmediato a su madre como pidiendo desde ya permiso para venir.

—Ya hablaremos de eso —dijo ella. Santiago asintió, sin insistir, y volvió a mirar al jardín.

—¿Ahí juegas a fútbol? —le preguntó a Terry.

—No es para jugar fútbol —contestó él—, pero Pablo, que tiene más o menos tu edad, lo usa para eso.

—¿Quieres ir a jugar? —preguntó Ellynor.

—¿Ahora?

—Claro. Entre esos árboles que ves allí hay una casita. Una casa en el árbol, ¿la quieres ver?

—¡Sí! —Santiago elevó su carita a Candy pidiéndole permiso. Ella miró primero a Terry, que la miraba con serenidad, sin presionarla, sin pedirle nada más. Luego pasó su mirada a Ellynor y respiró profundo; ella sí que suplicaba, quería estar con su nieto. Le soltó la mano al niño. Lo había traído expresamente para que conociera y se divirtiera. Para que se fuera familiarizando con estas personas. Intuía que algún día tendría que decirles quiénes eran, pero era mejor que él escuchara esa noticia y la aceptara con agrado y no con preguntas, ya que así sucedería si antes no los presentaba siquiera.

—Ve —le dijo a Santiago—. Sé bueno, obedece a las órdenes que Ellynor te dé, ¿vale?

—Sí, señora—. Acto seguido, Santiago le dio la mano a Ellynor, la cual no disimuló su emoción recibiéndola y sonriéndole.

Terry se los quedó mirando hasta que se perdieron tras los árboles del jardín.

—Yo… no le he dicho nada, aún —dijo ella cuando quedaron a solas, pero él no se giró a mirarla, seguía con la mirada puesta en el camino por el que se había ido el niño—. Preferiría… esperar.

—No hay problema. Yo también esperaré—. Su voz sonó un poco extraña, y Candy dio un paso a él para mirarle el rostro. Él tenía los ojos cerrados.

—¿Te sientes bien? — él rio.

—¿Que si me siento bien? Candy, yo… —ahora sí la miró. Sus ojos azules y verdosos estaban brillantes— Gracias.

—Ya dijiste eso.

—No importa… Quiero decir… son tantas cosas que agradecerte, pero… Candy—. Ella sonrió. Él estaba en un apuro, no sabía qué o cómo decirlo. Estaba emocionado y se le notaba. Sintió el apretón en su mano y se dio cuenta de que desde que la tomara para besársela él no se la había soltado.

—¿Vamos? —pidió él.

—¿A… a dónde?

—Hacia el jardín, para que tú también conozcas la casa en el árbol.

—¿De verdad hay una? —preguntó ella con una sonrisa y echando a andar a su lado. Terry miró la mano de ella en la suya y sonrió.

—Sí, es un poco vieja. Mi padre la mandó construir cuando Viviana y yo éramos niños…

Ellynor tomó el teléfono y le mandó un mensaje de texto a Richard. "Candy trajo a casa al niño", decía. "¡Ven ya a verlo!". No pasó mucho tiempo hasta que recibió uno de vuelta. "¿Al niño? Quieres decir, ¿Santiago, el hijo de Terry?". Ellynor sonrió. Era obvio que tampoco él se lo podía creer. "Ese mismo", le contestó ella, y le tomó una foto mientras jugaba en el interior de la casa para que lo viera con sus propios ojos.

Ellynor se bajó de los escalones y caminó hacía Candy. Sentía interrumpirlos, pero tal vez también debía darle espacio a Santiago para que se sintiera cómodo.

—Está en el colegio, ¿verdad? —le preguntó a Candy.

—En preescolar —contestó ella con una sonrisa. —¿No se meten con él por la estatura? —le preguntó Ellynor, y Terry se pasó la mano por la nuca sonriendo.

—Lo hacían conmigo —explicó sonriendo—. Siempre era el más alto.

—Hasta ahora, no —respondió Candy—. Es muy inteligente, fue el primero de su grupo en aprender a leer.

—Claro que sí, no esperaba menos —dijo Ellynor muy orgullosa—. ¿Y si le muestras a Candy la casa, Terry? Ella es arquitecta, sabrá apreciar el diseño—.

Terry la miró esperando encontrar un poco de aprensión por dejar a su hijo solo por aquí, pero ella ya estaba admirando de lejos la mansión.

—¿Vamos? —le dijo, y ella asintió tomando la delantera. Quería coger de nuevo su mano para andar así, pero se contuvo. La verdad, no sabía qué terreno estaba pisando con ella ahora mismo. Temía asustarla, temía equivocarse. Necesitaba una seguridad, aunque fuera una muy pequeña, pero tampoco sabía si convenía pedirla. ¿En qué términos estaba con ella? ¿Tenían algún tipo de relación?

—Es simplemente hermosa —dijo Candy mirando la fachada de la mansión.

—La diseñó mi padre hace mucho tiempo.

—Pero él no es arquitecto.

—No, y, sin embargo, lo hizo. Yo debía ser muy pequeño, porque no recuerdo otra casa antes de esta—. Candy suspiró. Entraron en la casa y Candy observó, más que los cuadros y el resto del mobiliario, las molduras y la distribución de los espacios.

—Nosotros tuvimos que vender la casa en la que nos criamos mi hermano y yo — Terry apretó los labios.

—¿Por las deudas? —Candy negó.

—Por las habladurías. Yo sólo tenía diecinueve años y estaba embarazada; los que se enteraron hablaban de mí y a veces ni siquiera se molestaban en esperar que yo diera la espalda. A pesar de los casos de embarazos en adolescentes, la gente todavía se escandaliza—. Candy lo miró a los ojos, y él la observaba atentamente, escuchando su historia—. Si me hubiese quedado embarazada por gusto, no me habría molestado que hablaran, pero no había sido así y yo siempre terminaba un poco alterada. Papá no lo soportó y decidió vender la casa. Al final… ese dinero se volvió billetes en el bolsillo y se gastaron.

—Una tragedia tras otra —comentó él en voz baja, y la guio hacia la biblioteca.

—Sucedieron muchas cosas… —dijo ella deteniéndose— pero tuve conmigo a mis padres y a mi hermano… En cierta forma, fui bendecida; sin ellos, quién sabe qué habría hecho—. Él asintió cabizbajo. En su momento, él también había pensado así.

—Déjame resarcirte —le dijo—. Déjame…

—¿Curarme?

—Al menos intentarlo.

—Tengo heridas donde ni siquiera yo me atrevo a mirar —sonrió ella con tristeza.

—Entonces —Terry dio un paso a ella—, déjame llegar a todos tus rincones, no importa cuán oscuros estén—. Candy lo miró a los ojos durante mucho tiempo.

—Tal vez yo no sea capaz de… ser lo que tú quieres.

—No quiero que seas lo que yo quiero; quiero que seas tú misma, mandona y gruñona—. Candy se echó a reír, y Terry se acercó otro paso.

—No soy mandona y gruñona.

—Bueno, a mí me gruñes, a Santiago lo mandas… yo creo que sí lo eres.

—Tengo mis motivos para gruñirte—. Terry ahora elevó una mano a ella y la puso sobre la piel de su cuello. Con su pulgar acarició el labio inferior de ella y los verdes ojos de Candy se clavaron en él.

—Quiero besarte —le dijo—. Estoy tan enamorado de ti que no pienso en otra cosa durante el día.

Continuará...

Feliz domingo. JillValentine