CAPÍTULO 14.
No quiero que seas lo que yo quiero; quiero que seas tú misma, mandona y gruñona—. Candy se echó a reír, y Terry se acercó otro paso.
—No soy mandona y gruñona.
—Bueno, a mí me gruñes, a Santiago lo mandas… yo creo que sí lo eres.
—Tengo mis motivos para gruñirte—. Terry ahora elevó una mano a ella y la puso sobre la piel de su cuello. Con su pulgar acarició el labio inferior de ella y los verdes ojos de Candy se clavaron en él.
—Quiero besarte —le dijo—. Estoy tan enamorado de ti que no pienso en otra cosa durante el día.
—No has sido muy productivo últimamente, entonces —bromeó ella.
—No, no lo he sido—. Él se inclinó a ella, despacio, saboreando el momento y temiendo que fuera todo lo que consiguiera.
—¿Cómo me conociste? —preguntó ella, y Terry cerró sus ojos, pero no se alejó.
—Tomamos el mismo curso optativo; Subjetividad urbana —él sonrió—. Una vez me senté a tu lado y me robaste mi borrador descaradamente.
—Yo no hice tal cosa —se defendió ella, sintiendo el tierno toque de Terry en su piel.
—Sí lo hiciste. Y yo me enamoré de ti—. Candy se echó a reír.
—Yo… no era tan bonita entonces… y sigo sin serlo. No…
—¿Estás diciendo que estoy enamorado de una mujer fea? —preguntó él, casi espantado.
—No, pero…
—Eres hermosa. ¿Quién ha dicho lo contrario? Eres hermosa, cautivadora, ingeniosa, interesante…
—Ya, ya, ya —lo detuvo ella poniendo sus manos en su pecho riendo.
—Lo repetiré hasta que me creas.
—Vale, vale, te creo.
—¿Ahora sí podré besarte? —la sonrisa de ella se borró poco a poco. Mierda, metí la pata, se dijo Terry.
—No me hagas daño —le pidió ella aún con sus manos en su pecho y con ojos tan cándidos que Terry no lo pudo resistir y la abrazó.
—Nunca, Candy. Nunca—. Ella se sorprendió un poco. No se esperaba esta reacción, y él apoyó sus manos en su espalda atrayéndola a su cuerpo. Le besó la oreja y el cabello y Candy cerró sus ojos—. Te amo —susurró él—. Te amo tanto. El corazón de Candy empezó a latir rápido. Los besos de Terry fueron buscando el camino a su boca y esta vez no pidió permiso y la besó. Candy no lo rechazó y aceptó sus labios sobre los suyos que a ratos eran insistentes y a ratos pasivos, como esperando que ella también lo besara. Elevó sus brazos a él rodeándole los hombros, pero entonces lo sintió tensarse.
—¡Oh, te he hecho daño!
—No importa.
—¿Que no importa? ¡Esa herida está reciente!
—Calla y sigue besándome —ella retiró un poco la cabeza para mirarlo, pero no pudo resistir la risa—. Ah, ahora te ríes. Mujer mala.
—Lo siento—. Él no lo pudo evitar y sonrió también. Le tomó la mano y siguió mostrándole la casa. La llevó a la biblioteca y allí le mostró libros que seguramente le interesarían y no se equivocó. Candy los abría, pasaba sus manos por las páginas y sonreía emocionada. Luego la llevó a otra sala, contándole cómo había jugado aquí con su hermana y habían sucedido tantos eventos familiares. Candy se detuvo a mirar las fotos. Terry aparecía en muchos de ellas, y una joven hermosa de cabellos castaños que seguramente era Viviana.
—¿Quién es este? —preguntó señalando el retrato de un bebé algo parecido a Santiago.
—Es Pablo, mi sobrino. Allí apenas tenía un año—. Candy volvió a mirarlo.
—Muéstrame tu habitación—. Terry se quedó boquiabierto durante tres segundos ante tan extraña y sorpresiva petición, pero se recompuso y asintió. Si hubiese podido, habría chocado los talones en un salto de la alegría. Subieron las escaleras y él la guio hasta una enorme habitación. Tenía el suelo de madera negra, y una cama estaba justo en el centro, no apoyada en ninguna pared. Había mesas de dibujo y tubos de planos. Sillones que se veían muy cómodos, un escritorio con un portátil apagado y un estante con libros que se veían muy leídos. Candy admiró el cortinaje, los tapetes, las lámparas, y caminó de un lado a otro admirando un reloj de mesa, y hasta una camiseta usada tirada de cualquier manera sobre una silla. Terry tuvo que sentarse al borde de la cama sin poderse creer que Candy estuviera aquí. En el pasado se la había imaginado muchas veces paseándose por este espacio, justo como estaba ahora, curioseando sus cosas y haciendo preguntas. Ella no fue tímida, e incluso entró a su baño. Cerró sus ojos y rezó: Dios, si esto es una trampa o una alucinación, por favor, mándame una señal. Pero no vino la señal, ella seguía por allí y por allí.
Candy abrió el armario de Terry y fue cuando vio una chaqueta de cuero oscura y se dio cuenta de lo que en realidad estaba buscando. Extendió la mano y tomó la que seguramente era el perfume de Terry y lo olfateó. Ninguna reacción adversa ahora, se dio cuenta, y sonrió. Estaba aquí, en medio de las cosas de este hombre, mirando cómo vivía, cómo dormía y comprendió que esta curiosidad no era de ahora. Tal vez sólo estaba respondiéndose las preguntas que se había hecho cuando estaba en la universidad y recibía las rosas dibujadas. Salió del cuarto de baño y caminó de nuevo al dormitorio. Terry estaba sentado en el borde de la cama con la cabeza gacha y la mano cerca del hombro herido. Caminó deprisa hacia él y se sentó a su lado.
—¿Te duele? —él abrió sus ojos.
—No tienes idea—. Los ojos de él eran chispeantes. No había dolor allí, pero tampoco supo qué otra cosa podía poner esta expresión en él.
—Te he hecho esforzarte, deberías estar descansando.
—Estoy descansando—. Se acercó a ella y volvió a atrapar sus labios en un beso. Candy se dejó besar. Incluso dejó que él pusiera su mano en su cintura y la atrajera a él. Se sentía muy bien, como si flotara. La sensación de sus besos sobre su piel, el sonido de su respiración, el deseo que se destilaba de sus dedos…
—Eres mi ángel —susurró él—, tan fuerte y guerrero… —ella abrió sus ojos. Eran exactamente las mismas palabras que él había dicho esa noche y se enderezó al escucharlas. Lo miró a los ojos sintiendo pánico—. ¿Candy? —la llamó él, pero Candy se puso de pie alejándose varios pasos. Cálmate, se dijo. Él no te hará eso de nuevo, no te herirá, lo prometió. Pero no era capaz de controlarse, le temblaban las manos.
—Candy… —la volvió a llamar él y ella le dio la espalda.
—Santiago… —dijo—. Santiago debe estar buscándome.
—Siento si te asusté, no quería…
—No, no me asustaste. Yo… ¿salimos? —Terry se puso en pie y caminó a la salida. Algo había sucedido, algo había salido mal. Tal vez no debió abordarla aquí, en una habitación a solas y sentados en su cama. Cuando quiso tomarle la mano, Candy prácticamente chilló alejándose.
—¿Candy? —la llamó él con dulzura, y ella empezó a llorar.
—Dijiste lo mismo esa noche —explicó ella—. Dijiste que era tu ángel fuerte y guerrero. Lo dijiste—. Él entonces lo comprendió. Sin querer, la había transportado a esa noche horrible—. Llevabas una chaqueta de cuero y ese mismo perfume. Dijiste que yo olía a rosas, que me amabas, y que te gustaba mi cabello tan largo… —Candy elevo sus ojos húmedos a él—. Y entonces pasó eso. Él cerró sus ojos sintiendo su pecho agitado.
—Lo siento.
—¿Qué sientes? ¿Lo que sucedió entonces o lo de ahora?
—Siento todo, todo lo que hice y te alejó de mí… lo siento.
—Pero esas palabras no consiguen que ese miedo se vaya. No lo consiguen.
—Ahora no —susurró él, y volvió a tender la mano a ella, echando atrás su cabello con suavidad—, pero con el tiempo, sí.
Ella no se resistió cuando él la atrajo a su cuerpo para abrazarla. Apoyó su cabeza en el amplio pecho de Terry y dejó que la arrullara y la consolara. Después de todo, estas lágrimas las había provocado él.
—Tengo una petición muy importante que hacerte, Candy—. Ella contuvo el aire. Él tenía un semblante muy serio, como de alguien que está considerando qué camino tomar en la vida, y el corazón se le aceleró sintiéndose nerviosa, deseando que lo que él pidiera ella se lo pudiera dar. Empuñó sus manos apretando en ella la tela de su falda.
—¿Q-Qué… qué es? —él la miró otra vez, y la luz que se filtraba por los ventanales de la sala hizo que sus ojos se vieran de un azul grisáceo. Cada pinta más oscura del fondo y las pestañas rizadas. Con razón aquella chica de la cocina no quería que le dejara; un hombre como él debía ser el trofeo de muchas interesadas.
—Tal vez no quieras hacerlo, pero entonces yo… tendré que insistirte un poco.
—Me estás poniendo nerviosa.
—Quiero… Quiero que me cuentes todo lo que pasó esa noche —dijo en voz baja, y después la miró un instante, para volver a mirar al frente—. Lo que pasó el veinte de mayo de dos mil nueve—. Candy miró a otro lado y cerró sus ojos con fuerza. Él guardó silencio unos instantes, pero ella no dijo nada más—. Tú lo recuerdas —insistió él—, lo tienes grabado en tu mente; cada palabra, cada cosa que hice y dije… tú lo sabes y lo odias… pero yo no, en mi mente no está esa información, y por muy horrible que sea, yo necesito conocerla.
—¿Por qué necesitarías saberlo?
—Porque no soporto que estés llevando esa carga tú sola.
—Podrías simplemente imaginártelo.
—Ese es el problema, Candy, que no me imagino a mí mismo haciendo algo así, pero es evidente que lo hice y por eso lo quiero saber.
—¿Estás diciendo que crees que he mentido después de todo?
—No, Candy. En cuanto me gritaste por primera vez yo comprendí que me odiabas, que no estabas fingiendo, que de verdad me veías como a un monstruo.
—¡Entonces no necesitas detalles! —él cerró sus ojos respirando profundo. Candy lo vio frotarse los ojos y pasarse las manos por el cabello.
—Allí arriba —dijo en voz baja y refiriéndose al beso que se habían dado en su habitación— te dije algo que a mi parecer era inofensivo, pero echó a perder el momento—. Candy tragó saliva—. Quiero saberlo para tomar mi parte en esa carga… aunque escucharlo de boca de otro y recordarlo en tu propia piel no es lo mismo; aun así, quiero intentarlo. Por alguna razón todo resultó en que tú, la parte más afectada lo recuerda y yo, el agresor, no. No quiero… No quiero que vuelva a ocurrir, no quiero volver a hacerte daño de ningún modo. Por el contrario, deseo… ir borrando poco a poco los malos recuerdos e ir construyendo unos nuevos y más felices—. Cuando la vio secarse una lágrima, él tomó suavemente su mano.
—Es vergonzoso… —susurró ella— me ha costado sacarlo de mis pesadillas, ¿por qué quieres no sólo que lo recuerde, sino que lo cuente con detalle?
—Porque no tengo otro mejor modo de enterarme de la verdad sino es a través de ti.
—No es bonito de contar, Terry—. Él apretó sus labios.
—Aunque no lo sea, Candy. Necesito saberlo.
—Revivir esa noche… es horrible. Además… ya lo hice frente al juez y tú estabas allí.
—No es lo mismo frente a un juez y varios extraños. Cuéntame, —ella lo miró otra vez a los ojos. Sintió la calidez de la mano que sostenía la suya y la miró. La mano de las cicatrices. Verla le ayudó, en cierta manera, a volver a verlo a él de otro modo. Respiró profundamente y asintió agitando su cabeza. De algún modo, lo que él decía era verdad. Más que necesitarlo, él lo debía saber; no era justo, tal como él había dicho, que ella sola estuviera llevando esta carga.
—Está bien, pero… ahora no. Están tus padres, Santi…
—Claro. ¿Podemos salir mañana?
—Estás convaleciente.
—Puedo salir. No puedo conducir, pero entonces le pediré a un chofer que me lleve.
—Me vas a hacer hablar, ¿verdad? —rio ella entre lágrimas. Terry acercó la mano que tenía en la suya y la besó con suavidad.
—Perdóname. De verdad, perdóname… por hacerte pasar de nuevo por eso. Pero siento que es necesario a varios niveles—. Candy suspiró aclarando su mente, sintiendo que el peso se iba poco a poco de su pecho y el nudo en su garganta se desataba. Lo miró otra vez y asintió.
—Lo haré… pero… vas a verme llorar y chillar mucho, y puede que al final vuelva a odiarte—. Él sólo sonrió levemente sin dejar de mirarla. Podía ser que al final lo odiara, sí, pero ella había traído a Santiago aquí, lo cual mostraba una gran voluntad de perdón. Tal vez estaba arriesgando demasiado, pero lo necesitaba saber.
—Si me odias otra vez mientras me lo cuentas —dijo—, haré, con mis cuidados y mi amor, que lo olvides, y esta vez, definitivamente.
—Pareces muy seguro
. —Tú eres mi todo, Candy. Tú y mi hijo. No me puedo andar con vacilaciones cuando se trata de ti; la apuesta es alta, pero no puedo hacer otra cosa. Se trata de lo que más amo—. Candy elevó una de las comisuras de su boca en una sonrisa.
—Me amas.
—Mucho, mucho—. Ella se volvió a recostar en el respaldo del sillón y miró las molduras del techo pensando en ello, en el amor que este hombre decía sentir por ella. Era un amor que, había comprendido, le había causado daño en el pasado. ¿Pero era bueno seguirle cerrando la puerta? Él deseaba una oportunidad para demostrarle que en verdad la amaba. ¿Qué perdía con concederle su deseo?
—Entonces, mañana —confirmó ella y lo miró. Él sonrió sintiéndose orgulloso de ella. Sabía que le estaba costando. Cada paso al frente para ella era como pisar espinas. Sigue avanzando, quiso decirle… al final hay rosas para ti.
Candy volvió a casa en uno de los coches de la familia. Terry y Richard la acompañaron y subió con ellos hasta el mismo ascensor. Santiago había resistido despierto, pero iba prácticamente colgado de su mano. Había jugado, comido y vuelto a jugar. Y eso que en la casa de los GrandChester no había más niños; si se llegaba a juntar con Pablo, el hijo de la hermana de Terry, no quería ni imaginárselo. Terry, al despedirse, se había inclinado a ella y besado sus labios. Nerviosa, Candy había mirado primero a su hijo, pero este estaba más dormido que despierto, y luego a Richard, pero de repente el extintor del pasillo se volvió la cosa más interesante de mirar para él.
—Vendré por ti mañana —le dijo, y ella asintió y no pudo evitar sonreír. Estaba marcando su territorio aquí en el lugar donde ella vivía, y en cierta forma eso le gustó. Él se inclinó a Santiago y le besó la cabeza, dio la media vuelta y al fin se fue. Candy se internó en el ascensor y suspiró.
—¿Cuándo volvemos, mamá? —preguntó Santiago con voz perezosa.
—No lo sé. Tal vez pronto. ¿Te ha gustado ir? —Santiago movió la cabeza asintiendo y bostezó. —Quiero volver a la casa del árbol. La señora Ellynor dijo que podía volver, que era mía.
La señora Ellynor, se repitió Candy. Se le haría extraño escuchar que su hijo le dijera abuela a alguien que no era Aurora.
—Llegas tarde —le dijo Antonio al verla entrar. Ella no se excusó ni dio explicaciones, sólo tomó a su hijo y lo metió al baño para lavarlo y cepillarle los dientes antes de que se durmiera de pie.
Cuando lo tuvo en pijama y en su cama abrazando a Totoro como siempre, salió de nuevo al salón. Su padre estaba esperando explicaciones.
—Lo llevé a casa de los GrandChester —le dijo sentándose a su lado mientras él veía las noticias de la noche. Giró su cabeza lentamente a ella.
—¿Y? ¿Ya Santiago lo sabe?
—No. No se lo he dicho. Voy… despacio en esto.
—Yo no veo lo despacio que vas. Me parece que, por el contrario, vas muy deprisa—. Candy sonrió. Terry lo veía muy diferente. No voy ni demasiado lento ni demasiado a prisa, quiso decir. Voy a mi ritmo.
—Estoy siendo precavida, papá. Voy con cuidado.
—¿Crees que llegarás a confiar en él? ¿En todo los sentidos? —Candy hizo una mueca y miró a otro lado, pero no podía hacer otra cosa más que escuchar las quejas de su padre—. ¿Crees que soportarás la intimidad con él? —Ahora se sonrojó. ¿Su padre hablándole de esos temas? ¡Ya bastante vergonzoso era hacerlo con Aurora!
—Papá…
—Bueno, eso lo sabrás tú —dijo él volviéndose a girar a mirar sus noticias—. No soy mujer, después de todo. ¿Qué podría saber yo?
—Eres un viejo cascarrabias que sabe mucho y me cuida.
—Al menos lo tienes en cuenta —Candy se echó a reír, y después de darle un beso se encaminó a su habitación a prepararse para dormir. Pero no pudo dormir. Su mente eligió ese momento para rememorar aquella noche. Cada palabra, había pedido él que le contara, cada cosa que hizo y dijo. No sería difícil, pues ella no había podido olvidar, no del todo. A ratos su mente entraba en una dulce anestesia y conseguía ignorarlo, pero otras no.
Al día siguiente fue a trabajar de nuevo. Sus compañeros, y sobre todo los que habían ido a Brasil con ella, la saludaron bastante efusivamente. Excepto Melisa, pero ella no importaba. Tal vez ella se mostrara efusiva sólo cuando Terry volviera de su propia incapacidad médica. Y el día se le hizo eterno.
A cada momento su mente volaba al pasado concentrándose no sólo en esa noche, sino en el año de pesadilla que le siguió. Y no era para menos; hoy tendría que contarle precisamente a ese hombre, y en primera persona, lo que le había hecho, lo que le había sucedido. Cuando lo vio llegar en el asiento trasero de su propio coche, ya por la noche y en la entrada del edificio de la CBLR pensó: No es lo que me hicieron, es lo que nos hicieron. Y con ese pensamiento en mente, entró en el coche y se sentó a su lado.
—Oh, por Dios —dijo Melisa al ver que Candy entraba al automóvil de Terry —. Yo lo sabía, que esos dos se traían algo—. Miró alrededor, pero nadie le estaba prestando atención. Qué mala suerte. Ella era más bonita que Candy, ¿qué le veía a ella ese tonto?
—Hola —saludó Candy sentándose al lado de Terry. No le extrañó nada cuando él se acercó a ella para besarla, pero esta vez él sólo tocó sus mejillas. Tal vez estaba un poco nervioso por lo que ella le contara.
—¿Quieres comer algo antes?
—Sí, estoy hambrienta. Comí poco en el desayuno y casi dejé pasar la hora del almuerzo.
—No vuelvas a hacer eso —dijo él con tono un poco severo y Candy no pudo evitar sorprenderse.
—Sólo me he saltado una comida.
—No lo hagas. Aunque no tengas hambre, come algo—. Candy no pudo evitar sonreír.
—Vale, no lo haré —y lo miró de reojo, pero él ahora parecía mortificado.
—Perdona, no debería hacerte un reclamo así—. Candy se encogió de hombros sin decir nada, y él no pudo ver que ella sonreía.
Le indicó a su chofer la dirección de un restaurante y el coche arrancó. Cuando llevaban ya unos minutos en silencio, él le tomó la mano entre las suyas, pero no dijo nada. Candy suspiró, este hombre era muy diferente a Armando, pensó, pero se dio cuenta de que lejos de molestarle, le agradaba.
Llegaron al restaurante y pidieron algo. Terry sólo pidió una bebida natural, ya que por los medicamentos no debía consumir nada de alcohol, le preguntó por el niño, por su día de trabajo después de la baja médica, por todo, y ella respondió a sus preguntas. Se estaban haciendo amigos, pensó. Podía hablar con él de estas cosas triviales y sentirse cómoda.
Él, a su vez, le contó lo mucho que se aburría en casa y que Ellynor no permitía que le llevaran trabajo para tener algo que hacer; se estaba tomando la recuperación de su hijo muy en serio y él quería salir volando ya a su apartamento y recuperar su intimidad e independencia.
—¿Iremos a algún lado? —preguntó ella.
—Eso quería preguntarte. ¿Dónde… dónde te sentirías más cómoda?
—Cualquier sitio, por bonito que sea, será igual. Lo que hablaré no será agradable, así que no importa dónde sea—. Él movió su cabeza asintiendo.
—Eso pensé.
—¿No has pensado en tu apartamento, por casualidad? — la cara de sorpresa de él le reveló que en verdad no lo había hecho.
—Mi… apartamento… yo… —Candy se dio cuenta de que aquello era una buena idea. No quería que nadie la viera por si acaso se echaba a llorar recordando sus miserias. Bastante tenía con revelárselas a Terry.
—Vamos a tu apartamento —reafirmó.
—¿Estás segura?
—¿Puedo confiar en ti?
—Claro que sí, Candy.
—Entonces vamos—. Él asintió y llamó al camarero pidiendo la cuenta. Después se pusieron de pie y se encaminaron al coche.
—Tu apartamento es pequeño—. Él hizo una mueca sonriendo.
—Sí.
—¿Por qué? Quiero decir… pensé que… te darías caprichos. —él la miró en silencio sentándose en el sillón dispuesto al frente como esperando que ella completara sus ideas.
—Sí, es verdad—. Ella guardó silencio por un momento y él suspiró—. Fue mi elección, este apartamento en especial, en este piso, en este edificio. Lo elegí así.
—Entonces hay una razón y eres consciente de ello.
—Al principio no lo era demasiado, pero ahora sí—. Ella seguía esperando, y Terry hizo una mueca negando—. En el pasado, se me notaba demasiado quién era; tal como tú dices, un heredero, alguien con dinero. Creí que estaba bien, mis padres me enseñaron a ser comedido, pero también a estar orgulloso de quien soy, de mi familia y de lo que tengo. Así que estando en la universidad me vieron llegar en coches caros, llevando ropa cara, y mis compañeros fueron a hacer los trabajos de grupo en la mansión de mis padres… Pero no me di cuenta de que con eso me estaba haciendo daño…
—¿Qué daño podía hacerte algo así?
—Ayudé a desarrollar la envidia en dos personas: Andrés y Guillermo—. Candy recordaba esos nombres, aunque ahora no lograba ubicarlos con exactitud—. Fueron las personas que me drogaron esa noche —siguió él. Candy bajó la mirada. Sin querer, habían entrado en materia, pero en vez de empezar ella con las revelaciones, lo había hecho él. Lo miró de nuevo y él con esa mirada comprendió que ella deseaba saber su parte de la historia. Era lo justo, pensó, y siguió hablando.
—Eran mis compañeros más cercanos. Desde el inicio de la carrera estuvieron cerca. Al principio creí ingenuamente que todo se debía a la verdadera amistad, pero conforme fueron pasando los semestres me di cuenta de que no eran tan desinteresados como yo pensaba. Lo noté un poco tarde; ellos hacían que yo pagara sus cuentas en la cafetería, terminaba siempre llevando los materiales más caros cuando había que hacer alguna maqueta en grupo. Yo… creía en su amistad. Fue mi padre quien me advirtió de que no eran como parecían, e intenté alejarme. Pero no fue fácil; ellos eran las únicas personas con las que me había relacionado. Candy se recostó en el sofá mirándolo, estudiándolo. Terry siguió.
—Y así llegamos al final de la carrera. Ellos empezaron tal vez a notar que yo había tomado cierta distancia y se preocuparon. Su afán era trabajar en la CBLR nada más graduarse, pero no era tan sencillo. Mi padre elige personalmente a cada arquitecto que entra, y ellos no le habían gustado ni poquito desde el principio. Sin embargo, decidió entrevistarlos—.
Terry miró a Candy. Ella no necesitaba una copa, pero él sí. Lástima que no podía beber ahora por los medicamentos que estaba tomando. Se acomodó mejor en el sillón y empezó a pasarse la yema del pulgar por la barba, que había sido afeitada esta mañana y ya se oscurecía un poco.
—El señor Richard los rechazó —intuyó Candy. Conociéndolo como lo conocía ahora, aquello era fácil de deducir. Terry asintió moviendo lentamente su cabeza.
—Y tal vez lo hizo un poco duramente —dijo en voz baja—. Ellos se portaron como si no pasara nada la siguiente vez que los vi, pero insistieron con más ahínco en que fuera a la fiesta de ese compañero.
—Óscar —dijo Candy. Recordaba perfectamente el nombre. Terry volvió a asentir mirándola a los ojos.
—Yo no había sido invitado, no me había relacionado mucho con él, pero me dejé convencer. No vi el peligro.
—Pero, ¿cómo podrías haberlo visto? ¿Quién podría imaginar que dos jóvenes universitarios serían capaces de tal cosa? El ser humano es… tan complejo—. Él bajó la mirada.
—Según los médicos, pude haber muerto esa noche. Sobreviví por una serie de casualidades, por ejemplo, cuando me lanzaron ladera abajo, caí boca abajo; no llovió ese par de días que estuve a la intemperie, vomité y expulsé algo de lo que tenía en el estómago… y tal vez haya que sumarle un milagro—. Candy lo vio tocarse con la yema de un dedo la cicatriz en el dorso de su mano izquierda—. Pero la última imagen recuerdo es ir en el coche. Por eso, cuando desperté, pensé que tal vez había sufrido un accidente. Fue duro para mí cuando la policía me interrogó como si yo fuese alguien adicto a las drogas, acostumbrado a consumir y a esas fiestas. Tardé en aceptar que mis dos amigos me habían hecho eso, que habían intentado matarme, y por si sobrevivía, acabar con toda posibilidad de que pudiese ser un arquitecto de verdad, o lo que fuera. Pero la evidencia estaba allí; los demás asistentes a esa fiesta nos habían visto juntos, hablando al inicio de la fiesta, yo con una cerveza en la mano; y luego ellos simplemente desaparecieron como si temieran ser encarcelados, como si supieran que, de sobrevivir, yo podría contarlo todo y entonces ellos estarían hundidos. Me odiaban, me odiaban desde lo profundo sólo porque yo tenía dinero y ellos no. Odiaban a mis padres porque eran amorosos y preocupados por mí. Incluso llegaron a codiciar a mi hermana—. Terry se pasó la mano por la cara y se puso en pie un poco enérgico—. Todos estos años no hice otra cosa sino pensar: si yo hubiese hecho las cosas de manera diferente, si hubiese conseguido ver, aunque fuera un poco de su maldad… Ahora lo recuerdo y era hasta un poco patético, ¿pero tengo yo la culpa, Candy?
—No eras patético. Es la vida ideal de todo joven —dijo ella recordando que en su caso había sido bastante diferente. Ella había luchado, sus padres se habían endeudado, le había sido difícil desde el principio hasta el final.
—Cuando salí del hospital, casi ocho meses después —siguió él—, fui a buscarte—. Ella elevó la mirada hacia él—. Pregunté por ti a una de tus compañeras y me dijo que tú habías dejado la carrera.
—La dejé —confirmó ella.
—Y que te habías casado —ahora ella elevó una ceja.
—¿Por qué diría algo así?
—No tengo la menor idea—. Candy sonrió. Ella sí. Algunas mujeres a veces eran así, tachaban la imagen de una de sus congéneres sólo para resaltar delante de lo que consideraban un macho aceptable, para opacar su luz—. No lo creí —siguió él—. Yo te había escuchado rechazar a un chico diciéndole que no tenías pensado tener un novio, que sería una distracción innecesaria cuando tu prioridad ahora era tu carrera.
—¿Tú escuchaste eso? —Terry sonrió de una manera que Candy sintió acelerarse su corazón en su pecho.
—Yo había pensado declararme esa noche, decirte que me gustabas; pero como comprenderás, al escuchar eso tuve que pensármelo mejor.
—Y fue cuando ideaste lo de… las rosas.
—Tenía que conquistarte, como fuera.
—¿No te desanimó eso que dije?
—Por el contrario, creo que esa noche terminé de enamorarme —siguió él con su sonrisa cautivadora; ella estaba cautivada, con sus palabras, con su sonrisa—. Pensé: es una chica con los pies bien puestos en la tierra. A papá le gustará, y a mamá… le encantará, se verá identificada. Por eso decidí luchar por ti. Valías la pena, valías cada centímetro de ti. Así que… cuando te veía, yo, como un tonto, suspiraba bebiéndome tu perfume. Pasaba horas dibujando esas rosas, o dibujándote a ti—. Aquello era verdad, pensó Candy, ella había visto los dibujos. Los ojos de Candy se habían humedecido, y pestañeó tratando de controlar las lágrimas.
Pudo haber sido increíble, pensó. Un hombre tan enamorado consiguiendo conquistar a una mujer; una mujer que nunca había sido objeto de la lucha de nadie, por el contrario, agobiada por sus propias luchas, cayendo rendida ante tan encantador asedio. Pudo haber sido hermoso. Lo sintió sentarse a su lado en el sofá y acercarse a ella.
—Te amaba tanto —dijo él con voz suave—. Era demasiado joven, pero ya sabía que te amaba. Mi corazón me lo gritaba día y noche. Te amaba, te deseaba, quería llevarte a mi casa para que conocieras a mis padres y mi a hermana; quería fascinarte, darte regalos, quería escuchar tu risa, tu llanto, tus quejas. Quería todo de ti… Por eso sufrí tanto esa noche. No podía creerlo, no quería creerlo... ¿Cómo pude yo dañar algo tan… puro? Era como haber contaminado el agua que pensaba beberme, ¿cómo pude? Una lágrima rodó por las mejillas de Candy. Él seguía atormentado haciéndose esas preguntas, se dio cuenta. Suspiró.
—Esa noche me llamaste por mi nombre —dijo, y Terry se quedó en silencio. Ella había empezado su parte de repente y sintió deseos de gritar para no escucharlo, pero para eso estaba ella aquí—. Me llamaste y yo… me quedé allí un poco asombrada. Hasta el momento sólo había reconocido a una compañera, pero ella estaba bien entonada con la fiesta. Había decidido irme, pero perdí de vista a Telma, que había ido conmigo. Y entré a esa arboleda y tú entraste después y me llamaste.
—¿No tuviste miedo? ¡Debiste echar a correr! —Ella rio.
—¡No! ¡No sentí miedo! Por el contrario, te vi allí y… sentí curiosidad. Dijiste: "estás hermosa", y "hueles a rosas", y "Te amo". Con eso me dejaste allí. Con eso… perdí. Algo me dijo que tal vez tú eras el de las rosas, pero no me escuchaste cuando te lo pregunté, porque no me respondiste. Cogiste mi cabello y me dijiste que era tu ángel, que me habías amado desde que me viste —Candy miró a Terry, que la miraba con sorpresa, miedo, temor, todo mezclado. Se secó las lágrimas con el antebrazo, tal como hacía Santiago, y siguió.
—Luego, me besaste. Como te digo, no sentí temor. Si eras el de las rosas, yo estaba cayendo rendida a nte ti. Y fue un beso… —Cerró sus ojos y elevó su rostro al techo— nunca me habían besado así. Yo… bajé todas mis defensas y te abracé. Abrió sus ojos y apretó los labios. A Terry se le contrajo el estómago intuyendo lo que seguía.
—Empecé a asustarme ya muy tarde. Tú no dejabas de besarme y estabas entrando en terrenos que nunca nadie pisó antes. Te pedí que pararas, pero no me escuchaste. Te dije… Te dije que no me convertiría en tu mujer sólo por unos besos y unas palabras bonitas. Pero decir eso fue un error. Ahora comprendo que eso fue un error. Si hubieses estado en tus cabales, te habrías detenido, o eso quiero pensar.
—Me habría detenido, Candy.
—Pero decir la palabra "mujer" te hizo empezar a comportarte de otra forma: más agresivo, más posesivo… como si tuvieras el derecho a..—. Terry cerró sus ojos con fuerza bajando la cabeza—. Me puse a llorar. ¿Cómo algo que había empezado tan dulce se había vuelto así?
—Lo siento, Candy —susurró él.
—Te golpeé. Estaba asustada, pero tú cogiste mis manos y… las pusiste por encima de mi cabeza—. Detente, quiso decir él, pero para esto la había traído aquí. Para esto habían venido y esto era lo que él había pedido escuchar—. Te supliqué. Y Dios, dolió. Dolió mucho.
—Lo siento —volvió a susurrar él otra vez, pero su voz ahora estaba rota.
—Estaba en el suelo, allí, debajo de ti rogándole a Dios ayuda, que alguien viniera y me salvara; esto no podía estar pasándome a mí, ¡a mí! Y por otro lado… ¿cómo pude ser tan estúpida?, ¿cómo me dejé envolver de esa manera?, debí haber intuido que eras alguien malo desde el principio, pero no, había caído en una trampa, y me sentí tan idiota, tan falta de valor.
—No, no —lloró él extendiendo su mano a la de ella, pero sin atreverse a tocarla.
—Me sentí traicionada —dijo ella con un sollozo—. Pasé de rozar las estrellas a quedar sumergida en el mismo infierno.
—Oh, Dios…
—Y al final, todo se detuvo —siguió ella con su relato—. El dolor, la esperanza, todo. Te quedaste allí, sin conocimiento, atrapándome con tu peso, ahogándome, y tuve que arrastrarme para escapar—. Candy vio la lágrima que caía del rostro de él y respiró profundamente tratando de calmar su llanto, pero simplemente no fue capaz. Se cubrió el rostro con ambas manos y siguió llorando; lloraba como una niña, agitándose toda, hipando de vez en cuando, quedándose sin aire y sin fuerza. Pero cuando sintió los brazos de él rodearla y atraerla a su pecho se alarmó un poco. Detuvo momentáneamente su llanto sólo para escuchar el de él, que era más silencioso, pero no menos sentido. Candy puso sus manos en su espalda rodeándolo, apoyó la cabeza en su pecho enterrando su rostro en los pliegues de su camiseta, sintiendo ahora su aroma, sintiendo cómo, poco a poco, el aroma dulzón de las flores nocturnas desaparecía de su conciencia. Así se quedaron mucho rato, llorando el uno en brazos del otro, sacando los últimos gusanos de sus heridas, dejándolas expuestas al aire, por si decidían cicatrizar al fin. Pasó lo que parecieron ser horas. Candy se había calmado, pero seguía con su cara en su pecho. Él la había acomodado en su regazo, casi sin que ella se diera cuenta, y ahora abrió los ojos y le pareció lo más natural del mundo estar allí, casi sobre él, rodeada por sus brazos, con unas manos inquietas que acariciaban la piel de su brazo.
—Cuéntame más —le pidió él—. Fuiste a la policía y pusiste la denuncia…
—Sí —contestó ella, aunque no había sido una pregunta.
—¿Cómo es que te quedaste embarazada? Según sé, es lo primero que hacen: tomar medidas contra eso.
—Yo fui dos días después —dijo ella—. Estuve en shock todo ese tiempo. Telma fue la que se dio cuenta de que algo no andaba bien y me hizo hablar. Me llevó al médico, y sí, tomaron medidas, pero ya habían pasado muchas horas desde el momento. Las posibilidades habían aumentado y dio positivo.
—Aun así —insistió él—, cuando los médicos saben que el embarazo es por… violación, practican el aborto—. Candy apretó los dientes. Estaba visto que él quería saberlo todo absolutamente.
—Después de ir al médico, yo volví a la universidad y a las clases como si nada, intentando borrar ese episodio de mi vida. Estaba luchando con todas mis fuerzas para olvidarlo, para salir adelante a pesar de todo… y no fui al médico en la fecha señalada… dejé pasar tres meses, más o menos. Ya para entonces, era arriesgado, y yo ya no fui capaz… no fui capaz de matarlo—. Él volvió a apretarla en sus brazos—. Se lo tuve que contar a mis padres… Lloraron mucho —sollozó ella de nuevo—. No se lo podían creer, pero lejos de juzgarme, decidieron apoyarme, decidieron quedarse con el niño también. "Es nuestro nieto", dijeron, y Santiago vino al mundo.
—Les estaré eternamente agradecido —susurró él.
—Pero no todo fue tan… así. Odié todo el embarazo porque tuve que dejar de estudiar; me avergonzaba que me vieran así, y en el barrio empezaron los comentarios, así que papá tuvo que vender la casa. Luego nació él, y seguí odiándolo; ¡era el culpable de mis desgracias, era el fruto de eso que me había pasado y no quería ni verlo! Empecé a trabajar, y mamá se hizo cargo de él, y yo usé la falta de dinero como excusa para alejarme. Estuvo sin mamá casi dos años.
—Pero volviste a él —dijo Terry—. He visto cómo lo tratas, cómo lo miras. Eres una madre cariñosa.
—Trato de compensar todo el amor que no le di cuando estaba en mi vientre. Ni siquiera lo amamanté —dijo, y volvió a llorar. Terry pasaba sus manos por su espalda, masajeándola.
—Yo no te culpo —dijo él—. Nadie podría culparte. Estabas sufriendo, intentando sobrevivir. La camiseta de él estaba empapada ya por sus lágrimas. Elevó su cabeza hacia él y lo miró a los ojos. Nunca se había imaginado una escena entre los dos como la que se desarrollaba justo ahora. De hecho, nunca se había imaginado nada con él, y, sin embargo, estaba aquí.
—Desearía tanto poder volver el tiempo atrás…
—¿Qué cambiarías? —ella meditó la respuesta, pero él se adelantó—. No hay nada que podamos hacer, a menos que alguien nos mande un aviso de lo que nos sucedió, no había modo en que ninguno de los dos sospechara siquiera lo que iba a pasar.
—Pero habría sido tan diferente—. Él la miró ahora con expresión grave.
—Aún puede ser diferente —dijo—. Aún quiero… hacer todas las cosas que quise en el pasado. Aún te amo.
—Pero yo… tal vez estoy echada a perder.
—Asumiré esa responsabilidad —ella se enderezó y lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—No importa cómo estén tu alma y tu corazón después de eso; aun así, yo los quiero.
—Tuve un novio —dijo ella—. Yo… No funcionó.
—Porque no te amaba como te amo yo.
—Tengo miedo.
—No temas —le pidió él tomando su rostro en su mano—. No temas —se acercó a ella poco a poco y le besó la mejilla—. Haré que olvides todo, te amaré tanto y tan fuerte que ya no podrás estar otra vez triste por esto—. Candy cerró sus ojos interiorizando esa promesa, aceptándola, y él tomó sus labios en un beso. Fue tan suave y delicado como el toque de sus manos en su espalda—. Te amaré cada día —susurró—, cada mañana, cada noche. Todos los días de mi vida te amaré. Candy suspiró como una niña pequeña y volvió a apoyar su cabeza en su pecho.
—Está bien —dijo—. Ámame. Creo que puedo acostumbrarme a ello—. Terry sonrió y volvió a apretarla entre sus brazos, encerrándola en un tierno capullo y deseando fundirla con su propio cuerpo. Ella estaba aceptando al fin su amor, y miró al techo elevando una oración de gracias a Dios. Sentía como si, al final de una cruenta batalla, hubiese conquistado al fin la bandera anhelada.
Candy se sintió tan cómoda, tan acogida, tan cálida en esos fuertes brazos que olvidó la hora, olvidó sus obligaciones, olvidó todo. Estaba allí, casi sobre Terry, en el sofá, y él paseaba sus manos por su espalda y sus brazos consolándola con ternura, con manos cálidas que cumplían muy bien con la tarea de reconfortarla. No podía creerlo, estaba justo en el lugar donde todo había empezado: los brazos de Terry. Bajó la mirada para mirarlos. Eran fuertes, duros, no pudo resistir la tentación de pasar su mano por encima de ellos. Elevó su cabeza sonriendo para mirarlo, quizá para hacerle una broma, pero se detuvo nomás verlo; los ojos de él chispeaban. Se quedó sin habla. Empezaba a reconocer esta mirada, era una mirada que Armando nunca tuvo, una expresión que nunca le vio. Y también alcanzó a sentirlo; estaba sentada sobre él, y él estaba… duro. Se levantó de su regazo y dio unos pasos alejándose.
—Tal vez debería irme—. Terry hubiese querido retenerla allí otro rato. Tal vez debía engatusarla hasta sacarle la ropa. Se moría por verla desnuda, se moría por hacerle el amor. Qué cojones, se moría por estar dentro de ella, sintiéndola en lo más profundo, viéndola retorcerse de placer. Mierda, imaginar eso justo ahora no era adecuado.
—Te llevaré a tu casa —dijo con voz grave y poniéndose en pie también.
—No es necesario, tomaré un taxi.
—No huyas de mí sólo porque estoy excitado, Candy —le pidió él con mirada penetrante, y Candy se puso roja al instante. Jamás esperó que él le hablara de esto tan escuetamente y se quedó absolutamente sin palabras—. Estoy así todo el tiempo —añadió él encogiendo su hombro sano—. Te deseo la mayor parte del día.
—Pero… pero…
—No tienes que decir nada. A pesar de lo que dice tu experiencia conmigo… sé controlarme, sé aceptar negativas. Sin embargo, tengo la esperanza de que algún día te sentirás preparada y yo esperaré.
—Terry…
—Deseo a la mujer que amo —siguió él metiendo sus manos en sus bolsillos—, mi cuerpo reacciona honestamente ante ti. No puedes reprocharme eso—. Terry dio unos pasos y caminó de vuelta a su habitación. Candy se quedó allí en su sitio, clavados los pies en el suelo sintiendo su corazón bombear sangre alocadamente. Sexo, la palabra le producía cierta reserva, pensar en el acto en sí la sacudía. Con Armando siempre había estado asustada, y nunca sintió nada agradable. Todas las veces estuvo allí, bajo él, esperando a que todo acabara mientras su cuerpo tenía que soportar la invasión. Y todo se lo debía a esa mala experiencia; pensar en ello la ponía mala, le quitaba el aire. Terry volvió de su habitación llevando un abrigo de lana fino y hablaba por teléfono con alguien pidiendo un taxi, pero al verla así se le acercó, cortó la llamada y guardó su teléfono.
—Dios, no debí decirte algo así —murmuró poniendo sus manos sobre los delgados hombros.
—No, no —dijo ella alejándose—. Eres un hombre, después de todo. Es normal que los hombres lancen sus… tiritos.
—Yo no lanzo"tiritos". No lanzo propuestas al azar a ver si alguna cuela. Sólo he hecho una declaración… Pero… tal vez fue demasiado pronto para ti—. Él caminó al mueble y tomó el bolso de ella y su abrigo. Le cogió la mano para salir con ella y Candy se dejó conducir hasta el ascensor. Pestañeó como despertando de un trance y lo miró. Él parecía mortificado, tal vez pensando que era el hombre con menos derecho a pedirle algo del tema intimidad, pero contrario a lo que pensó en un principio, era mejor que él fuera honesto y hablara siempre con la verdad, que dejara claras las cosas. Eso le daba seguridad, sabía qué terreno pisaba con él. Respiró profundo y extendió la mano a él para tomar su abrigo y luego su bolso.
—No estoy molesta —dijo—. Sólo estoy… sorprendida.
—Tuviste un novio —masculló él, como si odiara tener que hablar de ello—. En cierta forma pensé… que no te escandalizarías.
—No es que esté escandalizada. Y con Armando… esa es otra historia.
—Quiero que me la cuentes también.
—¿Me contarás la tuya con la ex novia de la cocina? —él hizo una mueca.
—Se llama Kelly. —Sí, ella. Kelly. La que no quería que le dejaras. Casi te rogó—. Él frunció el ceño.
—No rogó. Sólo… quería salvar la relació es todo.
—Debiste ser un novio muy especial.
—Lo normal —contestó él.
—Sí, claro, lo normal. ¿Qué fue lo que le hiciste? ¿Le dijiste tantas cosas bonitas como letras hay en un libro? Debía estar supremamente enamorada de ti. Tienes encanto y habilidad; la pobre casi pierde su dignidad.
—Exageras —sonrió él, un poco extrañado de que ella hablara así.
—Estuve allí, ¿recuerdas? Escuché todo.
—Mmmm.
—Mmmm ¿qué? —Terry mordió el interior de su mejilla disimulando una sonrisa.
—Estás celosa de Kelly.
—Claro que no. ¿De esa pobre? Jamás.
—No tienes nada que temer. Nunca le dije las cosas que te he dicho a ti. Yo sólo te amo a ti; no hay espacio para nadie más en mi vida. Además… estoy seguro de que, si te fuera infiel, me la cortarías.
—No tengas la menor duda—. Él no pudo evitar reír. Eso era casi como si ella admitiera que tenían una relación estable y con derechos de exclusividad. La tomó por la cintura deseando besarla, pero entonces el ascensor se abrió. Afuera les esperaba el taxi.
Entraron juntos y él no soltó su mano en todo el viaje.
—Me gustaría invitarte a Santiago y a ti a comer algo el domingo—. Ella se giró a mirarlo.
—Está bien.
—Y también… Viviana me llamó hoy; te pide, te ruega que por favor lleves al niño también a su casa. Claro, que esa es tu decisión, si decides esperar…
—No hay por qué esperar. Antes de que acabe el mes, lo llevaré—. Él la miró sonriendo.
—Está bien. ¿Paso por ti mañana?
—¿Mañana?
—Quiero llevarte a la fiesta de inauguración…
—Ah… sí —dijo ella antes de que él terminara—. Dios, no tengo un vestido adecuado para eso.
—Puedes pedir permiso para salir, aunque sea una hora antes.
—¿Se puede?
—Claro que sí.
—Bueno, lo haré—. Él la miró sonriendo—. ¿Qué? —preguntó ella al ver su sonrisa. Él sólo agitó su cabeza negando.
—Entonces, ¿a las ocho está bien?
—Sí, a las ocho.
—Vale —él levantó su mano para besarla.
—Pareces muy satisfecho contigo mismo.
—Lo estoy. Se están cumpliendo las cosas que tanto soñé hacer contigo.
—¿Qué cosas? —Cosas tan sencillas como caminar contigo de la mano, besarte… y también tener citas y llevarte a fiestas.
—Yo en cambio… nunca me imaginé nada de esto.
—No importa. Ya empezarás a soñar con cosas para hacer conmigo.
—¿Estarás dispuesto a hacerlas todas?
—Siempre y cuando no atenten contra mi integridad… —ella se echó a reír. Candy se estiró hacia él y besó sus labios mientras aún reía. Terry no podía creérselo, ¡ella lo estaba buscando a él!, y cerró sus ojos recibiendo su regalo. Succionó suavemente sus labios, pasándoles la lengua despacio, despacio, y Candy se quedó allí, como atrapada en un lazo, encantada por la manera que tenía este hombre de besar. Y luego cayó en cuenta de que iban en un taxi y tal vez los estaban mirando por el retrovisor.
—Compórtate —le susurró entre dientes, olvidando muy convenientemente que había sido ella quien iniciara el beso.
Continuará...
FELIZ INICIO DE SEMANA. Gracias por sus comentarios.
JillValentine.
