CAPÍTULO 15

Candy perdiendo momentáneamente el entusiasmo. Debió comprar ese vestido antes; pero entonces pensó en que si se retrasaba sería culpa de Terry por avisarle tarde de la fiesta. Que esperara, se dijo, y empezó a mirar un modelo tras otro. Como siempre, le fue complicado encontrar uno que le quedara bien sin tener que cortarlo o ajustarlo. Por fin, se decidió por uno azul cobalto corto hasta la rodilla y que iba algo suelto. Un escote con tirantes y que a ella le favorecía mucho, pues, según la vendedora, tenía bonitos hombros. Telma llegó llevando ya su vestido cuando se lo probaba y de inmediato lo aprobó.

—Ahora, el bolso y los zapatos—. Casi de carreras la llevó a una tienda especializada en marroquinería, y allí mismo adquirió todos los accesorios. La última parada fue al estilista. Candy miró el reloj. Eran las siete y treinta y apenas iban a empezar a peinarla. Tomó su teléfono y decidió llamar a Terry.

—¿Y? —le preguntó Telma, que había aprovechado para hacerse ella también la manicura.

—Me vendrá a buscar aquí.

—Qué bien. Entonces relájate—. Candy suspiró. Todo esto era raro, y a ratos la duda la invadía. Les había dicho a sus padres dónde estaría esta noche y con quién, y aunque seguían sin aprobarlo, por lo menos no le habían dicho nada para impedirle que fuera. Miró a Telma a través del espejo pensando en que, si salía herida, esta vez no podría echarle la culpa a nadie, y esta noche iba a ser decisiva. Terry le había dejado en claro que deseaba estar con ella de una manera íntima, y toda esta preparación la hacía entrar en un ambiente de expectativa. Se sentía como una novia que está preparándose para la noche de bodas. ¿Sería capaz? ¿Conseguiría relajarse y disfrutar? Cerró sus ojos y apretó los dientes sin poder contestarse a sí misma.

Cuando Terry llegó, tuvo que entrar y sentarse en los asientos mientras a Candy terminaban de maquillarla. Sonrió mirando todo el proceso y rechazó la bebida que le ofrecieron. Telma, que tenía unos rulos puestos, se le sentó al lado y lo miro fijamente sin decir nada. Terry la miró de reojo.

—La cuidaré bien, la trataré bien, y sé que, si algo le pasa, tú misma me matarás —dijo, casi adivinando sus pensamientos.

—Qué bien que lo tienes claro—. Él elevó sus cejas negando.

Unos minutos después, Candy estuvo lista. Terry sonrió orgulloso.

—Estás preciosa —le dijo, y Candy se sentía justo así, preciosa, con la confianza un poco más elevada ahora que llevaba ropa, zapatos y maquillaje caro. Lo que un poco de dinero podía hacer, pensó.

Telma se fue en su propio coche, pues había quedado con encontrarse a Adrián en la fiesta.

Al llegar, Candy notó que todos trataban con mucho respeto a Terry, considerándolo un arquitecto de excelente talla, y aunque algunos eran ya demasiado zalameros, otros parecían hacerlo sinceramente. Estuvieron allí ante el discurso de inauguración del nuevo proyecto. recibieron las copas de champán e hicieron el brindis. Saludaron a mucha gente y todos la miraban interesados en quién era ella, quiénes eran sus padres y por qué iba del brazo de Terry.

—Es algo incómodo decirles quién soy —murmuró Candy y sólo Terry la escuchó.

—¿Y qué importa lo que ellos acepten o no? No necesito la aprobación de ninguno de aquí para vivir mi vida.

—Bueno… algunos de estos son socios y clientes potenciales, ¿no?

—Claro que no—. Sonrió y le puso una mano en la espalda llevándola a un sitio con un particular diseño que quería mostrarle. Candy sintió la mano de Terry como un calor de mediodía subirle por la espina dorsal. Le dio un largo trago a su copa. Vieron en la distancia a Ellynor y a Richard GrandChester, y ambos la saludaron con bastante familiaridad, suscitando más murmullos entre los que se preguntaban quién era ella.

—¡Estás divina! —exclamó Ellynor al verla. Candy sonrió ampliamente.

—Usted sí que está divina—. Ellynor rechazó el cumplido haciendo un movimiento con su mano.

—Me alegra que hayas venido —le dijo Richard tomándole la mano con suavidad. Candy le sonrió.

—También me alegra estar aquí. Es… la primera vez que estoy en una fiesta de estas.

—Bueno, esperemos que no sea la última —dijo Ellynor muy enigmáticamente, y tomó el brazo de su marido yéndose sin más. Candy se giró y miró a Terry interrogante, él sólo encogió un hombro y volvió a guiarla por otros sitios del edificio.

—Terry —lo llamó la voz de una mujer y ambos se giraron. Él había estado enfrascado en la descripción de los moldajes usados aquí y allá, pero de repente se detuvo y se giró a quien le hablaba. Candy no la conocía, pero al parecer, Terry sí.

—Kelly —dijo él, y entonces Candy le dio otro trago a su copa. Había aparecido la exnovia.

—Pensé que por lo de tu accidente, no vendrías—. Candy tomó aire. Ella seguía enterada de las cosas que le ocurrían a Terry.

—Bueno, hice el esfuerzo. Te presento a mi… a… —Él la miró como pidiéndole auxilio. ¿Cómo debía presentarla? ¿Eran novios?

—Mi nombre es Candy —dijo ella extendiendo su mano a la alta, preciosa, y muy delgada Kelly. Tenía la piel latina y el cabello negro azabache y liso hasta la espalda. Llevaba un vestido rojo oscuro que hacía brillar su piel. Y ahora que se fijaba, sí que brillaba; tal vez se había aplicado de esas cremas que venían escarchadas—. Eres muy hermosa —dijo casi sin pensarlo, y Kelly pareció sorprendida.

—Ah… gracias… tú también…

—Candy, Kelly es hija de un importante empresario industrial del sector de la construcción. Importa maquinaria y ofrece también muchos otros servicios de los que nosotros hemos tenido que hacer uso en muchas ocasiones—. Kelly sonrió orgullosa de que Terry hablara así de ella.

—Bueno, hacemos lo que podemos. Íbamos a unir nuestros negocios, pero… no se pudo —Candy elevó ambas cejas.

—Ah, se iban a casar por conveniencia—. La sonrisa de Kelly perdió un poco su luminosidad.

—Bueno…

—Míralos, aquí están, te lo dije —dijo de pronto la voz de Adrián interrumpiendo la respuesta de Kelly. Telma entró tras él—. Hola, Kelly —saludó Adrián con una sonrisa inocente—. Qué hermosa estás hoy.

—Hola, Adrián. Gracias.

—Te presento a mi novia —dijo él señalando a Telma y Candy volvió a elevar una ceja. Vaya, a ella sí que la habían presentado como a la novia. Vio a Telma extender la mano y apretar la de Kelly. Telma también estaba hermosa, con su cabello rizado muy controlado en unos hermosos bucles, un vestido color marfil un poco escotado y largo.

—Ha sido un placer saludaros —se despidió Kelly bastante abruptamente, como si no soportara estar más tiempo aquí, y acto seguido se retiró.

—¿Te he salvado? —le preguntó Adrián en un susurro a Terry, que hizo una mueca.

—Creo que más bien le has salvado a ella.

—Vaya, ¿así está la cosa? —Terry sonrió mirando a Adrián.

—¿Entonces has venido a rescatarme pensando que estaba en problemas?

—No lo sé. Siempre me pareció que Kelly era un poco rara, y no me la quiero imaginar en el papel de exnovia que no se resigna. Yo nunca he podido manejar estas situaciones, así que quise echarte un cable.

—Pues, gracias. ¿Y de verdad Telma es tu novia? ¿O lo inventaste como un recurso de última hora? —Adrián elevó una ceja como reprochándole que pensara así.

—Nada de eso —dijo—. De verdad estoy saliendo con ella—. Terry lo miró ceñudo.

—¿Estás saliendo con ella de verdad?

—Sí, de verdad. ¿Por qué? —Terry miró a Telma, que conversaba también en voz baja con Candy. Adrián con la abogada de Candy. Le preocupaba un poco las conversaciones de almohada que pudieran tener, no por sí mismo, sino por ella. Quería preservar su dignidad, ante todo, y que Adrián se enterara de su pasado con él la mortificaría mucho.

—No —dijo en voz baja—, por nada.

—¿Tienes algo malo que decirme de ella?

—¿De quién?

—De Telma, claro. ¿De quién si no?

—Nada malo. Es una excelente abogada.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué lo sabes?

—Porque Candy me lo ha dicho.

—¿Te estaba molestando? —le preguntó Telma a Candy, que miraba su copa vacía como preguntándose quién se había tomado su champán.

—¿Quién?

—La mujer que estaba aquí cuando entramos. Adrián me dijo que es la exnovia de Terry, y al parecer le costó mucho dejar la relación. No os estaba molestando, ¿verdad?

—No —contestó secamente—. Todo está perfecto, pero gracias por venir—. Telma se quedó en silencio y Candy elevó la mirada a su amiga—. ¿Qué pasa?

—¿Tú estás bien? —ella asintió—. Di la verdad, Candy—. Candy suspiró.

—Sólo estoy un poco asustada.

—¿De qué?

—Bueno… —se acercó a Telma, y en el oído le susurró—. Tal vez esta noche me acueste con Terry —Telma se retiró un poco sólo para mirarla con los ojos como platos.

—¿No lo habéis hecho aún?

—¡Claro que no! Yo no soy Flash, como tú—. Telma se echó a reír.

—¿Y estás nerviosa por eso?

—Sí, la verdad es que sí.

—No tienes por qué.

—¿Olvidas lo que pasó hace cinco años?

—¿Temes que la historia se repita? —Candy no contestó, sólo miró a otro lado en silencio—.Candy, si tan sólo por tu cabeza pasa la idea de que él es capaz de volverte a hacer eso, que vuelvas a pasar por eso estando él consciente, en sus cinco sentidos, mátalo. En la justicia eso se llama defensa propia—. Candy se echó a reír.

—Exageras, como siempre.

—¡Es verdad! —Candy se giró a mirar a Terry, que hablaba con Adrián en voz baja y sonreía.

—No. No creo que sea capaz.

—Entonces, relájate, déjate llevar —Candy suspiró.

—Ni siquiera sé a qué te refieres con eso.

—Candy, si él te gusta, si lo deseas, no tendrás mucho en qué pensar. El cuerpo sabe lo que quiere—. Candy la miró bastante confundida, pero no pudo preguntarle nada, pues Adrián y Terry se les acercaron proponiéndoles ir hacia el salón donde se desarrollaba la fiesta.

Candy tomó otra copa de un camarero que pasaba, y Terry la miró un poco preocupado.

—¿Está todo bien? —le preguntó. Candy lo miró fijamente. Él tenía labios rosados, el cabello castaño y los ojos zafiros o azul y esmeralda. Era alto, de espaldas anchas, y el traje que traía hoy, aunque sin corbata, como solía ir, le sentaba genial. Quería besarlo aquí y ahora. Se dio cuenta de que, por lo general, ella quería besarlo. No tenía problemas con poner la mano en su cuello para hacerle bajar y besarlo. Estaba segura, además, de que él no se negaría. Era el ir más allá de un beso lo que la aterraba. ¿Y si otra vez se quedaba fría y quieta como un pez debajo de él, mientras él hacía lo que tenía que hacer?

Tal vez necesitaba un poco de alcohol en su sistema para adormecer un poco su conciencia. Todo el mundo decía que el licor era un estimulante bastante efectivo.

Terry la vio beber de la copa de champán como si fuera agua y detuvo su copa.

—¿Hay algo que te esté molestando? —ella lo miró ceñuda por quitarle la copa.

—Devuélveme mi copa.

—No estás acostumbrada al alcohol. Esto se te puede subir a la cabeza, sobre todo porque no hemos comido nada. Ven—. Le tomó la mano conduciéndola al buffet, pero entonces unos periodistas lo acapararon haciéndole preguntas y lo tuvieron ocupado un buen rato.

Candy tomó otra copa de champán y se la bebió mientras miraba a Terry tomarse fotografías una tras otra; con sus padres, con el equipo de trabajo, con los propietarios del edificio… Sonrió mientras lo analizaba a la distancia. Estaba buenísimo. A través de su ropa se podía adivinar que tenía piernas bonitas, y un buen trasero. No entendía por qué algunas personas le quitaban importancia al trasero de los hombres; las mujeres también tenemos derecho a llenarnos las manos con algo voluptuoso, pensó con una sonrisa maliciosa, y Terry sí que era voluptuoso. ¿Cómo sería desnudo? Se abanicó con las manos sintiéndose acalorada. Tenía la boca seca, pero bueno, en su mano tenía una copa de fría, de espumoso y delicioso champán.

Terry regresó a Candy con una sonrisa un poco avergonzada.

—Te he dejado sola —dijo en tono de disculpa.

—He disfrutado mirándote a distancia —sonrió ella, y él elevó las cejas.

—Vaya. ¿De verdad?

—¿Vas al gimnasio?

—Un par de días a la semana.

—¿Nada más? Pero si estás buenísimo—. Él la miró con sus ojos abiertos de sorpresa.

—Candy… ¿estás bien?

—¿Qué tal si fueras todos los días? ¿En qué partes del cuerpo un hombre puede desarrollar músculos… además de los obvios? —Ahora Terry estaba francamente escandalizado, pero no pudo evitar reír. Candy estaba ebria.

—Te llevaré a tu casa.

—Nooo —se quejó ella hincando los pies en el suelo cuando él quiso llevarla del brazo—. La noche es joven, hagamos una locura.

—Tú ya cometiste la de hoy.

—Me dijiste que me deseas. ¿Ya cambiaste de opinión? —Terry elevó una ceja.

—No, no he cambiado de opinión.

—Entonces, llévame a tu apartamento —le dijo al oído—. Hagamos el amor—. Terry se retiró un poco y la miró pasmado. En ese estado, no podría llevarla a su casa. Si devolvía a Candy ebria la primera vez que había salido con él, Antonio lo odiaría más de lo que ya lo odiaba, y ahora estaba en la lucha por ganarse a los suegros; eran parte esencial si quería que Candy fuera feliz con él. ¿Qué iba a hacer con ella ahora?, pensó deseando reír; ella lo miraba con sus labios estirados en un beso.

—Está bien —susurró besando fugazmente sus labios—. Te llevaré a mi apartamento.

—Yupiiii —rio ella, y Terry rio meneando su cabeza. Iba a ser una noche bastante interesante.

Terry tomó a Candy con mucho cuidado del brazo y salió con ella caminando despacio del salón. No quería que la vieran trastabillar, o algo peor. Sin embargo, cuando llegó al parquing, la sintió aferrarse a su brazo.

El viaje fue corto, y Terry la condujo al ascensor y ella entonces lo abrazó.

—Entonces, guapito —dijo ella paseando sus manos por su espalda—. ¿Empezamos?

—Candy, estamos en el ascensor—. Ella miró alrededor.

—¿Nunca lo has hecho en un ascensor?

—No—. Contestó él mirándola ceñudo—. ¿Y tú?

—Yo sí que menos. ¡Hagámoslo aquí!

—El ascensor tiene cámara de seguridad.

—¡Nos harán un video! —Exclamó ella con los ojos iluminados—. ¡Lo subirán a internet! ¡Seremos famosos!

—No quiero ser famoso por eso.

—Aguafiestas. Ven, dame un besito—. La puerta del ascensor se abrió y Terry se vio apurado para sacarla al mismo tiempo que se dejaba besar. Ella estaba colgada de él, y tuvo que andar con cuidado para no caerse—. Necesito ser más alta —dijo ella a modo de queja—. ¿Por qué diablos soy tan chiquita? En el colegio siempre era la primera de la fila. Cuando cumplí quince años, creían que tenía once. ¡Qué injusto!

—Chiquita estás bien —dijo él, y por fin entraron al apartamento. Nada más entrar, Candy empezó a quitarle la ropa.

—Candy —la llamó él tratando de quitarse sus manos de encima, pero ella debía tener ocho, o doce. Estaban por todos lados, sobándolo, desnudándolo, apretándolo—. Diablos —masculló él cuando ella le tocó la entrepierna y tuvo que tomarle ambas manos. Ella se reía con malicia, tal vez creyendo que él había entrado en el juego—. ¿Cuántas copas de champán has bebido? —ella se miró los dedos contando.

—Estuviste haciéndote fotos casi media hora —dijo ella con la voz de alguien que siente la lengua muy pesada—. ¿Cuántas copas se pueden beber en media hora?

—Bastantes —dijo él, y Candy volvió a reír. Lo abrazó por el cuello besándolo, restregándose contra él. El cuerpo de Terry era duro, y ella sentía cierta urgencia en cierta zona que necesitaba atención inmediata.

—Terry… —masculló ella y mordió su oreja. Estar aquí era agradable, demasiado agradable,

Cuando sintió que él la alzaba a su cintura y la ponía contra la pared, quiso gritar: !hurra!. Oh, sí. Esto al fin había empezado. Tendría sexo con Terry, ella no tendría miedo, ni se quedaría fría y quieta como siempre, por el contrario, podía decirse que lo estaba seduciendo con mucho éxito, y según como iban las cosas ahora mismo, sería espectacular.

Sintió sus manos desabrocharle el vestido y sacárselo por la cabeza. Dijo una palabrota al ver sus senos dentro del sostén y ella sonrió orgullosa. Sin embargo, de repente todo se puso helado y no pudo evitar gritar; gritó y gritó en su oreja hasta que el primer impacto pasó, y su mente empezó a aclararse, como a salir de una extraña nebulosa de la que no sabía cuándo ni cómo había entrado. Se aferró a Terry con mucha más fuerza y casi lo estrangula. Luego sintió un líquido chorrear por todo su cuerpo. ¡Era agua! ¡Agua helada! ¡Y estaban en la maldita ducha! Lo miró interrogante.

—Qué… Por qué…

—Lo siento —dijo él—. No haremos esto así—. Ella elevó sus cejas y Terry tuvo que bajarla de su cintura. A pesar del agua helada, ella estaba semidesnuda delante de él.

—¿No quieres… hacerlo?

—Dios, sabes que sí, pero si pasa algo entre los dos estando tú ebria… ¿cuando vuelvas a tus sentidos, no pensarás que he vuelto a aprovecharme de ti? ¿Que otra vez no pude controlar mis instintos? —Candy se lo quedó mirando sin decir nada, mientras el agua seguía bajando por su cuerpo corriendo su maquillaje y dañando su bonito peinado. Empezó a temblar, y Terry la sacó de la ducha con cuidado y la envolvió en una toalla de baño. Ella se quedó allí, abrazándose a sí misma, quieta y en silencio mientras él se ubicaba a su espalda para desvestirse también casi a la velocidad del rayo. Cuando volvió a ubicarse frente a ella, estaba seco y vestía un pantalón a cuadros; nada arriba. Él tenía el abdomen plano, y seguro que, si lo tocaba, sería duro y se marcaban sus músculos. Y ella de verdad había estado a punto de cometer una locura. ¿En qué había estado pensando para beber de esa manera? ¿Por qué narices había pensado que emborracharse era la mejor forma? Había estado a punto de echarlo a perder todo. ¡Todo! Todo el esfuerzo de él, toda la lucha de ella, pues, tal como él había dicho, seguro que habría encontrado la manera de culparlo a él por haber accedido y haberse aprovechado de la situación. Esto le decía que, de algún modo, ella seguía queriendo huir de la verdad, de estar con él en sus cinco sentidos. Quería mantener un pie fuera de la relación que él le pedía sólo para echar a correr cuando las cosas la asustaran. No lo pudo evitar y se echó a llorar.

—Oh, no llores —le pidió él secando sus lágrimas—. No quiero que llores—. Candy no se detuvo, y Terry la abrazó consolándola y arrullándola. El agua helada también lo había ayudado a él, los había salvado a ambos, pensó. Por un momento, estuvo a punto de ceder; cuando le sacó el vestido para meterla a la ducha y vio sus senos tan disponibles para sus manos y su boca, tuvo que morderse la lengua con fuerza para que el dolor lo ayudara a centrarse un poco. Suspiró y cerró sus ojos. Necesitaba a Candy, la deseaba, pero ni el sexo mismo conseguiría que él arruinara su relación con ella.Candy se alejó de él.

—Quiero darme una ducha —dijo sin mirarlo, y Terru tuvo que tomarle la barbilla levantándole la cara. Ella lo miró al fin.

—Te amo, Candy —le dijo—. No lo olvides.

—¿A pesar de que… me he portado como una tonta? —él sonrió.

—Una tonta muy divertida—. Candy apretó sus ojos al recordar la cantidad de locuras que había hecho. ¡Había hablado descaradamente de sexo en el ascensor, del video en internet, se había sobado contra él como si en ello le fuera la vida! Quería abrir un agujerito en el suelo y esconderse allí. Terry le besó la frente y con voz risueña dijo:

—No te mortifiques. Date una ducha; yo prepararé algo de comer—. Ella asintió y esperó a que él se fuera para hacer caso. Se duchó con el agua templada y usó el champú de Terry. Se le había mojado el cabello, así que era mejor lavarlo. Su ropa interior también estaba mojada, así que no sabía qué se pondría ahora. Los boxers de Terry, tal vez. Sonrió al pensarlo. Rato después, se puso de nuevo la bata de baño y se acercó a la cama de Terry, una cama doble con sábanas en blanco y negro, muy bonita. Se sentó en el borde del colchón con el cabello envuelto en una toalla y llamó a su casa. Antonio contestó.

—Papá… me quedaré a dormir fuera —dijo. Escuchó el suspiro de su padre, seguro que se estaba imaginando qué iba a hacer ella.

—Hija…

—Estoy bien. Estaré bien. Están cuidando de mí. Llegaré mañana a primera hora, no te preocupes.

—Candy… —volvió a hablar Antonio, pero otra vez Candy lo interrumpió.

—Papá, confía en mí. Estoy en buenas manos.

—No estoy seguro.

—Es por eso que te pido que confíes en mí. Dale un beso a Santiago por mí—. Cortó la llamada y se quedó allí, mirando el teléfono de Terry en su mano y volvió a suspirar. No quería irse a casa, aunque tampoco quería quedarse aquí. No se sentía bien, tenía náuseas y su ropa era un desastre. Pero enfrentar a sus padres en este estado estaba fuera de cuestión. Se recostó a la almohada de Terry y sonrió al sentir un dejo de su aroma aquí. Eran sus sábanas, era su cama. En cuestión de segundos, se quedó dormida. Terry. entró a la habitación para preguntarle si prefería el café amargo o dulce, pero la encontró dormida sobre su almohada.

Candy despertó con un concierto de tambores en su punto más álgido dentro de su cabeza. Resonaba por todas partes, y tan sólo abrir los párpados fue un esfuerzo. Sin embargo, y despacio, muy despacio, consiguió sentarse en el borde del colchón. Miró alrededor. ¿Dónde estaba? Esta habitación no le era conocida. Se llevó la mano a la cabeza, donde dolía como el infierno, e intentó ponerse en pie. Ubicó la salida y se encaminó a ella, pero cada paso era como un estremecimiento a su pobre cerebro. Se quejó cuando no pudo seguir, y se recostó en algo. El marco de la puerta.

—Ah, ya te has despertado —dijo alguien. Ella abrió sus ojos, pero había demasiada luz aquí. Ese alguien se acercó a ella y le pasó un dedo suavemente por el rostro, pero ella se volvió a quejar como si en vez de acariciarle la estuviese atravesando con un estilete.

—Lo sabía —dijo—. Tienes resaca.

—¿Re…saca?

—El comúnmente llamado "Resacón". Puro y duro. Ven, come algo y se te pasará.

—No quiero.

—Ah, pero debes comer—. Él le tomó los brazos como si fuese alguna ancianita de noventa años y la llevó a una mesa del comedor. Candy pestañeó mirando el plato de sopa que tenía delante y luego volvió sus ojos al que se lo había servido. Terry. De inmediato, se miró a sí misma. Estaba en albornoz, y ésta iba un poco abierta mostrando gran parte de sus encantos. Los cerró sintiéndose demasiado avergonzada. Estaba siendo una mañana de perros.

—Come un poco. Ya se te pasará.

—Me emborraché —dijo, como si se sorprendiera de sí misma.

—Bueno, el champán estaba frío, delicioso y burbujeante, muy suave al paladar… y tú tal vez te bebiste unas diez copas.

—¿Tantas?

—Además —siguió él—, no comiste nada, así que el alcohol se te subió muy rápido a la cabeza. A la mente de Candy vinieron todas las imágenes de la noche anterior. Ella pidiéndole hacer el amor, sacando la cabeza por la ventanilla del coche cantando, besándolo en el ascensor y…

—Quiero morir —dijo apoyando su frente en las palmas de sus manos. Terry se sentó a su lado sonriendo, y lo vio agitar un poco su plato de sopa con la cuchara.

—Vamos, come un poquito —ella abrió la boca y recibió el bocado que él le ofrecía. Cuando hubo comido unas tres cucharadas, sintió la mente mucho más clara y tomó ella misma la cuchara para comer. Lo miró de reojo. Sentía vergüenza, de esa vergüenza que no te da muy a menudo. Él había tenido que lidiarla borracha, y ahora también la lidiaba con resaca.

—¿Ya te sientes mejor? —ella asintió con la mirada baja—. Perfecto.

—¿Lo… lo hiciste tú? —preguntó ella señalando la sopa.

—¿Qué crees? —esa no era una respuesta en sí, y ella lo miró ceñuda.

—¿Sabes cocinar?

—Por supuesto. En la puerta de mi refrigerador tengo una lista de teléfonos de restaurantes que te harían chuparte los dedos—. Ella sonrió.

—Ya. Sería demasiado maravilloso que también supieses cocinar—. Él hizo una mueca.

—Papá y mamá nos ofrecieron a mi hermana y a mí un curso de comida o polo acuático. Viviana eligió el polo, y obviamente me fui con ella.

—Hubieses elegido cocina.

—Sí, el polo no me sirve para hacer los desayunos—. Ella volvió a mirarlo sonriente. Terry la miró fijamente y en silencio.

Cuando ella terminó de desayunar, le puso delante unos analgésicos y Candy se los tomó sin hacer preguntas siquiera. Se estuvo allí en la silla un rato largo, y de repente se dio cuenta de algo que le hizo cerrar sus ojos queriendo desaparecer.

Terry tenía un chupetón en el cuello, y se lo había hecho ella anoche. Ahora sintió un poco de náuseas, y tuvo que quedarse muy quieta para no devolver el desayuno.

—Quédate todo lo que necesites hasta que te recuperes, ¿o prefieres que te lleve a tu casa? —le dijo él.

—No quiero ir a casa así. Papá me matará.

—No lo hará. No eres una adolescente.

—No lo conoces. Y como sabe que estoy contigo…

—¿Por qué lo sabe?

—Porque anoche lo llamé y se lo dije.

—Bueno —dijo él con la sonrisa un poco desdibujada—, en algún momento tendrá que empezar a acostumbrarse a verme contigo, ¿no? —Ella lo miró apoyando su cabeza en la palma de su mano y el codo en la mesa.

—Le va a costar un poquito.

—Yo creo que tú piensas que es mucho más que un poquito.

—Habrá que tener paciencia. ¿Puedo seguir durmiendo en tu cama? —él sonrió.

—Puedes dormir allí siempre que quieras.

—¿Es eso una invitación?

—Es una muy sutil.

—Ah, no me lo recuerdes. Debí parecer una fulana anoche —él sonrió con todos sus dientes y Candy, casi por inercia puso sus dedos en el lado donde tenía el chupetón. Él la miró fijamente—. No me di cuenta de a qué horas te hice eso.

—Oh, yo sí lo recuerdo.

—Mierda. Soy un asco. Casi te violo yo anoche —él elevó ambas cejas sorprendido. Por primera vez ella bromeaba acerca de ese tema—. Afortunadamente, no eres un debilucho.

—Oh, me vi en seria desventaja por momentos —sonrió él.

—Como cuándo. —Como cuando te quitaste el vestido—.

Candy rio quedamente. En el momento se escuchó el sonido de un teléfono sonando y Candy lo reconoció como el suyo. ¿Dónde diablos estaba su pequeña cartera? Terry le pasó un pequeño sobre plateado cubierto en pedrería y ella lo abrió. Era su padre el que llamaba, y fue bastante difícil explicarle dónde, cómo y con quién estaba. Otra vez él hizo entender que no estaba para nada de acuerdo, pero de igual modo, no podía hacer nada para evitar que las cosas ocurrieran tal como estaba sucediendo. Candy se puso de pie encaminándose a la habitación pensando en su hijo. Santiago debía estar preguntando por ella, pero por una vez él tendría que esperar.

Un rato después, apareció Candy en el salón luciendo ropa de Terry. Una simple camiseta le llegaba casi a las rodillas, y él no pudo evitar burlarse un poco, pero cuando se dio cuenta de que ella iba sin sostén debajo, se quedó callado y de inmediato miró a otro lado.

Candy sonrió disimuladamente y se sentó a su lado en el sofá de la pequeña sala mientras él buscaba en la tele una película. Habían acordado que ella pasaría aquí la tarde y luego él la llevaría a casa después de ver una película, pero Terry ya había previsto que sería una auténtica tortura. Dio inicio a la película, pero tal como lo imaginó, no se estaba concentrando nada.

—¿Quieres… comer algo? Palomitas de maíz, o lo que quieras.

—¿Tienes palomitas de maíz?

—No, pero hay un supermercado cerca.

—No salgas —dijo ella recostando su cabeza en su hombro.

Terry miró fijamente a la pantalla del televisor—. Esa película es mala —masculló ella, y

Terry sonrió.

—Sí. Pésima.

—Miremos otra —él movió su cabeza para mirarla, y de repente ya no pudo contenerse y se acercó para besarla. Candy respondió a su beso y puso una de sus manos en su mejilla sintiendo su aspereza. Cuando sintió la mano de Terry en su muslo lo miró, pero él no se detuvo, y guio su mano hasta arriba tocando sus nalgas con toda la palma de su mano.

—Candy… —dijo con voz ronca. Ella se estuvo allí, quieta y en silencio, con el corazón galopando en su pecho y analizando todo lo rápido que podía la situación. Si empezaban ahora, seguro que ya no habría una excusa para detenerse, concluyó. Candy se movió hasta ponerse a horcajadas sobre él, y Terry cerró sus ojos gimiendo quedamente. Lo sintió duro a través de las capas de tela y empuñó sus manos. Terry apoyó las suyas en su espalda y ella lo miró fijamente.

—Nunca te haré daño —dijo él con voz queda—. Nunca.

—Lo sé.

—Pero dudas.

—No de ti.

—¿Entonces? —Candy cerró sus ojos. Aquello debajo de ella palpitaba, lo podía sentir, y todo él estaba vibrando en tensión. Él empezó a mover las manos por su espalda como apremiándola a aceptarlo o rechazarlo. Pero hazlo pronto, parecía decir.

—Yo… no soporto que… estén encima de mí —dijo. Él se quedó quieto y la miró con seriedad—. El psicólogo que me atendió después de lo que sucedió, dijo que tal vez yo desarrollara cierta aversión por el sexo, y descubrí que tal vez sí puedo estar en intimidad con alguien, pero no lo disfruto porque… simplemente no soporto que estén encima de mí. Soportar el peso… tener que… abrir tanto mis piernas. Oh, Dios, esto es vergonzoso —dijo ella bajándose de él.

Terry estaba frío ahora. Toda la sangre se había concentrado en otro lugar. Sus pies, tal vez. Candy tragó saliva mirando a otro lado. Le avergonzaba tener que hablar de esta manera, pero tenía que hacerlo, y, sobre todo, con él.

—No puedo hacer nada en esa situación —siguió—. Me quedo allí, quieta y fría… esperando que todo acabe. Lo siento—. Él extendió su mano a ella.

—No tienes que disculparte, Candy.

—Lo intenté con Armando —dijo ella con una mueca que parecía una sonrisa—, pero fue nefasto. Él dijo que yo no me encendía, que era como… como madera mojada en una hoguera —él frunció el ceño molesto. Quería tener a ese tal Armando en frente sólo para darle un puñetazo—. También dijo que el ser madre soltera me restaba puntos, o algo así… y es el único con el que lo he intentado. No tengo mucha confianza para… Dios, por eso anoche me embriagué. Y ya ves que ebria sí que fui activa.

—Candy, hay mil posiciones más para hacer el amor. Hay todo un abanico de posibilidades —ella lo miró atenta—. Tal vez en tu caso debas ir despacio, pero… no es un caso perdido—. Él se acercó y depositó un beso muy suave y muy cálido en su cuello. Candy se sintió erizarse de inmediato, incluso se estremeció—. ¿Ves? —dijo él con una sonrisa orgullosa —Tu cuerpo reacciona muy normalmente ante las caricias y el estímulo.

—Pero tú… eres grande… más que Armando—. Él elevó una ceja.

—Eso todavía no lo sabes.

—¿Qué? —preguntó ella confundida—. Claro que lo sé. Son diferentes a simple vista —él se echó a reír.

—Eres madre, pero eres inocente en muchos aspectos.

—Seguro que te mueres por corromperme.

—No tienes idea.

—¿Tienes mucha experiencia? —él negó evasivo.

—Como la de cualquier otro a mi edad, supongo.

—Con Kelly…

—No hagas preguntas si odiarás las respuestas—. Esa era una respuesta en sí, pensó ella, y suspiró. Miró de nuevo la pantalla del televisor, que permanecía totalmente ignorada, y cerró sus ojos cuando él volvió a besar su cuello. Tal vez había descubierto que ese era un sitio especialmente sensible. Qué leches, se dijo. Si alguien tiene que soportar las consecuencias de lo que pasó esa vez, es Terry, y fue cayendo poco a poco en el sofá mientras él seguía besando su cuello.

Terry esó la piel de su garganta, la línea de sus clavículas, y miró su piel tan blanca y dejó un reguero de besos hasta llegar al valle de sus senos. Sin embargo, la sintió quieta y buscó de nuevo sus ojos. Ella los tenía cerrados con fuerza, como intentando concentrarse. Disfrutaba de los besos en el cuello y el pecho, pero en este momento no estaba siendo así. Candy lo sintió retirarse y abrió los ojos.

—¿Qué pasa? —preguntó con la voz llena de miedo. Si él se alejaba ahora, si lo dejaban todo aquí, se le haría difícil después volver a intentarlo; pero claro, ella otra vez se había quedado rígida.

Lo miró arrugando un poco su frente deseando poder pedirle que por favor continuara, no importaba qué. Pero no era posible, ese había sido su error en el pasado. Terry la tomó de la cintura y fácilmente la acomodó de nuevo encima de él. Ella lo miró desde arriba y pestañeó confundida cuando vio su sonrisa.

—Ésta es una buena posición —dijo metiendo la mano debajo de la enorme camiseta que llevaba puesta—. Podemos vernos la cara, eres tú quien ejerce el control… y yo tengo libre acceso a éstas—. Candy gimió cuando sintió uno de sus senos ser apresados suavemente por la mano de Terry. Él lo amasaba con delicadeza, y ella no pudo evitar poner su mano encima de la de él, que se movió para volver a besarla en el cuello—. ¿Te gusta? —ella no pudo contestar, estaba ida sintiendo la cálida mano de él en su pecho, y cómo a su cuerpo le empezaba a subir la temperatura. Luego sintió la otra mano de él en su cadera, entrando por sus bragas y tocando también su trasero.

—Me gusta —dijo ella en un susurro. Sintió que él respiraba un poco ásperamente, y cuando se movió, pudo sentir en su entrepierna la fuerza y la dureza de su cuerpo. Candy soltó un auténtico y muy erótico gemido.

—Dios… ¿Es… normal? —él sonrió.

—No. Es sublime. Te amo, Candy. Te deseo—. La mano abandonó su trasero y le tomó la cara para bajarla hasta su boca y besarla. Fue un beso al principio suave, gentil; luego pasó a ser caliente, urgido, muy sensual.

Candy le rodeó los hombros con sus brazos hincándose en el sofá con las rodillas y arqueó su cuerpo restregándose contra él.

Terry apretó los dientes disfrutándolo inmensamente. Tal como imaginó, estar con Candy estaba siendo extremadamente placentero. Tomó con sus manos el borde de la camiseta que ella se había puesto y se la sacó, dejando al fin los senos al descubierto. Ella lo miró un poco tímida, pero Terry no le dio tiempo a ruborizarse por eso, de inmediato se sumergió en ellos besándolos, lamiéndolos, chupándolos con hambre. Verlo allí, paseando su lengua por su pezón fue un poco raro para Candy, pero la sensación sólo duró un par de segundos, de inmediato las sensaciones la invadieron. La lengua de él era áspera, y succionaba con sus ojos cerrados, mientras el otro seno era apretado en su palma sin llegar a hacerle daño. Algo empezó a moverse dentro de su ser, y se sintiócaliente.

Otra vez su cuerpo se onduló, pero esta vez no paró. Ah, qué bien, qué delicioso, pensó echando la cabeza atrás. Terry dejó por un momento el seno al que se dedicaba para prestarle la misma atención al otro. Elevó su mirada a ella y sus ojos se conectaron por un segundo.

Sin poder evitarlo, ella metió su mano entre los dos y la metió al interior de sus pantalones. De repente quería tocarlo, quería sentirlo, y él, un poco sorprendido de su audacia, gimió cuando estuvo en su mano. Estaba duro, largo, surcado de venas que podían sentirse al tacto, y al mismo tiempo, era tan suave. Lo apretó y buscó su boca para besarlo. Terry la rodeó con fuerza pegándola a él, gimiendo dentro de su beso, entrelazando su lengua con la de ella y deseando, al mismo tiempo, alargar este instante por toda la eternidad. Sin embargo, el tiempo pasaba, era inexorable. Fuera la ciudad se agitaba buscando presurosa la puesta del sol para disfrutar de los placeres de la noche, y aquí dentro, ellos dos disfrutaban el uno del otro, de esto que era como una revelación, un triunfo. Terry elevó un poco a Candy para sacarle las bragas, y Candy reaccionó un poco sorprendida, pero él se dio prisa y la tuvo al fin completamente desnuda sobre él. Le cubrió el pubis con su mano y lo dejó allí quieto por largos segundos. ¿Qué vas a hacer?, quiso preguntar Candy, pero simplemente no encontró las palabras, o el idioma, para formularla. Uno de los dedos de él empezó a moverse suavemente, y joder, qué bien se sentía. Abrió sus muslos en una invitación, pero él se quedó allí, moviendo el dedo arriba y abajo, hasta que entró suavemente en su interior.

—Ahh… —gimió Candy, haciendo fuerza contra él, empapándolo con su humedad, pegando su mejilla a la mejilla de él—.

Terry…

—¿Qué deseas, mi amor?

—No… no lo sé. Por favor.

—Sí lo sabes.

—No seas malo —le rogó, y onduló su cadera consiguiendo un roce que le robó otro gemido. z Terry introdujo otro dedo y Candy se mordió los labios.

—¿Qué… qué me haces?

—Le estoy haciendo el amor a tu cuerpo, Candy —susurró él—. Te estoy adorando—. Ella agitó su cabeza negando, y entonces cayó en cuenta de que ella todavía lo tenía en su mano. Ah, esto era un juego de dos. Lo apretó fuertemente y tiró un poco de él. Terry soltó una palabrota entre dientes y ella sonrió, pero entonces él se vengó tocando con su pulgar en forma circular su clítoris. Debía ser eso, porque vio estrellas y gritó. Había leído por allí que ese botoncito te subía al cielo si era bien tratado.

Terry no se detuvo, y siguió moviendo sus dedos, y Candy empezó a hervir. Se quedó completamente quieta cuando sintió que un líquido quemante bajaba por su cuerpo y todas las sensaciones estallaban por toda su piel. Encogió los deditos de sus pies y se envaró en lo que fue su primer orgasmo. Cuando volvió a la conciencia, pues sintió haberla perdido momentáneamente, estaba sudorosa, caliente, y deseando otro de éstos. En su mano tenía la herramienta para conseguirlo, se dijo, y lo guio hasta la entrada de su cuerpo. Él seguía besándola, lamiéndola, chupándola, y cuando se sintió allí, en ese sitio en especial, se quedó quieto. Tenía que ser ella quien lo hiciera, se dijo. Tenía que ser su decisión. En el pasado, su sexo había sido un arma que le hiciera mucho daño, y había esperado hasta que ella considerara que no era una amenaza, que era placer. Ella humedeció su punta con los mismos fluidos de su cuerpo y poco a poco fue entrando. Lo sintió grueso y romo contra su piel más delicada y suave. Por un momento tuvo la sensación de que era demasiado grande, demasiado ancho. ¡No cabría! Terry dejó caer su cabeza en el respaldo del sofá y gimió. Ella estaba estrecha, muy estrecha, y se detuvo por un momento.

—¿Algo va mal? —él meneó la cabeza y abrió sus ojos para mirarla. En el rostro de Candy había una sombra de miedo.

—Todo está bien, cariño —susurró él.

—Pero… por qué…

—Llevas mucho tiempo sin… estar con un hombre. Es normal.

—¿Seguro? —Seguro.

—¿Qué debo hacer? —los ojos de ella se habían humedecido, y Terry sólo quería tomarla y enterrarse en ella con fuerza una y otra vez hasta estar en lo más profundo. No, no, no, se dijo. Despacio, más despacio.

—Bésame —le pidió. Candy hizo caso como si en los besos se hallara el secreto del placer.

Terry la rodeó completamente con sus brazos—. Ah… eres tan hermosa —dijo entre beso y beso—. Tan condenadamente… sexy… —eso la hizo detenerse y se separó de él para mirarlo. Él le sostuvo la mirada como esperando que se atreviera a contradecirlo—. Eres hermosa —siguió él con ambas manos en su trasero, amasando sus nalgas y creando un ritmo que ella no dudó en seguir. En esta posición era ella quien controlaba la situación tal como él había dicho, y ella decidía cuan lejos llegar, pero la sangre estaba zumbando en sus orejas, el corazón queriendo salirse de su pecho, su cuerpo ardiendo; no se quería detener. Abrió más sus muslos, y de un solo movimiento, se empaló en él. Ambos lanzaron un gemido profundo y se quedaron quietos por un momento.

Candy apoyó sus manos en los hombros y el pecho de Terry y empezó a moverse. Eso grueso y que en un momento ella creyó no poder contener, estaba dentro de su cuerpo y entraba y salía conforme ella se movía. Y ella empezó a moverse y a moverse. Su cabello cayó sobre los dos y a pegarse en su piel cubierta del sudor que este delicioso ejercicio le estaba provocando. Lo sentía dentro, muy dentro, tocar sus paredes en un tiempo adormecidas, tocar el fondo de su cuerpo, llegando hasta el mismo final. Era fantástico; era, tal como él lo había dicho, sublime. A su mente llegó una imagen de sí mismo en aquella arboleda, llorando debajo de él, sintiendo dolor al ser desflorada tan bruscamente. Abrió sus ojos y lo miró, Terry tenía sus ojos ahora oscurecidos fijos en ella, los labios entreabiertos dejando salir el aire cada vez que ella se movía. Ahora estaba encima de él, no le dolía, y tenía el control. Se separó de él y se puso en pie, y él prácticamente echó a llorar tras ella. Se puso en pie también y la atrapó entre sus brazos cuando ella daba la espalda.

—Qué… —empezó a preguntar él, pero ella no estaba huyendo, estaba jugando. Sintió su risa y él volvió a besarla en el cuello y la nuca, a poner sus manos sobre sus senos y su entrepierna, deseando volver. Ella movió su trasero y se restregó contra él.

Terry no quería jugar, tenía prisa. Vamos, mujer, quiso decir. Me estoy muriendo por ti. Juntos cayeron al suelo suavemente, pero ella no quiso girarse, así que Terry esta vez no pidió permiso y volvió a penetrarla desde atrás. Candy apoyó sus manos en el suelo y lo sintió entrar con fuerza. Esto se estaba poniendo serio, dijo, pero no hizo nada para impedirlo. Terry le puso las manos en la cintura, de rodillas tras ella, y empezó a bombear en su cuerpo. Al principio suavemente, pero pareció perder el control rápidamente y empezó a moverse cada vez más rápido. Ella cerró sus ojos. Así parecía llegar más profundamente a su interior, o tal vez sólo era que así parecía, no estaba segura. Lo sintió gemir suavemente mientras sus cuerpos se chocaban sin parar. Candy apretó los dientes. Antes, ni siquiera se había imaginado a sí misma en esta posición, ni en esta situación. Él dijo su nombre una y otra vez, dijo que la amaba una y otra vez… tal como esa vez en la arboleda. Y otra vez, ella se separó de él para echarse en el piso boca abajo. Él la miró desconcertado. ¡Lo había interrumpido otra vez! Pero ella sonreía traviesa.

—¡Me vas a matar, Candy!

—¿De veras? —él se echó encima de ella sin pérdida de tiempo, puso su mano en su entrepierna y la movió hasta tener acceso otra vez a su entrada. Le mordisqueó los hombros, moviendo sus dedos dentro de ella suavemente, pasó la lengua por detrás de la oreja y la sintió gemir. Necesitaba que perdiera el control. Ella estaba húmeda y caliente, de eso no tenía duda, pero todavía estaba consciente y él lo que necesitaba era que perdiera la cordura al menos por un rato.

Entró de nuevo en su cuerpo a la vez que metía la lengua en el caracol de su oreja. Candy gimió apretando el interior de su cuerpo. Tenía la mejilla contra la moqueta, y Terry la aplastó un poco contra el suelo entrando más duramente en su cuerpo.

—Oh, Dios —gimió ella. Esto no es nada, quiso decir él, y le cerró los muslos al tiempo que la penetraba con fuerza. Candy volvió a ver lucecitas como cuando estaba borracha. Una vez, otra vez; esto se repetía. Él pasaba su mano por su espalda, apretaba uno de sus senos, la lamía, la besaba sin dejar de moverse en su interior. Terry se estiró encima de ella cuan largo era, lo que le impidió a Candy volver a separarse de él, pero ya no le interesaba hacerlo, quería llegar otra vez al cielo y rozar las estrellas, y el cuerpo de Terry, encima de ella y a su espalda, con el sonido de su voz y su respiración, el tacto de su piel, y oh, ese maravilloso instrumento de placer en el interior de su cuerpo, la ayudaron a llegar hasta el final. De su boca salió un sonido que pareció un quejido, y esta vez no la asaltaron imágenes del pasado, ni olores, ni ningún otro recuerdo. Estaba aquí y ahora con un hombre que se había ganado un espacio en su corazón. ¿Un espacio?, dijo la vocecita más loca dentro de ella, no paras de pensar en él. Era verdad. Terry había ocupado sus pensamientos desde esa vez que se habían reunido para acordar la cantidad de dinero con que la indemnizaría. En ese entonces, cuando hablaron a solas en esa oficina se había preguntado por su dolor, y casi lo había palpado. Ahora estaba palpando su deseo por ella, que era fuerte, duro, grande, pleno. La fuerza de su orgasmo la inundó como una ola y Candy lloró con un quejido casi lastimero pero que iba cargado con todo lo que había guardado todo este tiempo. De alguna manera, ella se había enamorado de Terry. Este conocimiento resonaba en ella como una lejana campana. Lo amas, decía, lo amas. Si no lo amaras, no sentirías esto, no sentirías que eres capaz de abrazar el universo y contenerlo en tu cuerpo. Apretó duro los dientes y gritó. Toda su piel fue sintiendo las oleadas de locura y placer que provenían del cuerpo de

Terry, apretó el interior de su cuerpo apresándolo, vibrando, liberándose al fin. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que él la miraba lleno de un sentimiento que pudo reconocer al fin.

—Te amo —dijo él, y acto seguido salió de su cuerpo y la giró, abrió sus muslos y volvió a penetrarla. Él seguía duro.

—¿Terey?

—Oh, Dios, te amo —él estaba enloquecido ahora, se dio cuenta ella. Ido, en ese mundo donde hasta hacía unos segundos había estado ella, y le pareció tan tierno y tan hermoso que no cayó en cuenta de que él otra vez estaba encima, ejerciendo el control. Terry se movió a un ritmo rápido y constante, y tan sólo unos minutos después lo sintió correrse. Apretaba sus nalgas y se corría dentro de ella, gemía y se volvía a correr. Candy lo rodeó con brazos y piernas mientras él se enterraba en ella y dejaba salir todo su deseo, y toda la paciencia y la espera acababan al fin.

Continuará...