CAPÍTULO 16.

"XXX"

Antonio miró su reloj. Las siete de la tarde. No había vuelto a llamar a Candy para preguntarle dónde estaba, pues no tenía sentido ya que ella misma le había dado esa respuesta, pero lo cierto era que estaba preocupado, pues aún no había regresado. Miró hacia el salón y vio a Santiago que resolvía un problema de matemáticas sentado en la mesa comedor mientras Felipe resolvía alguna otra cosa de anatomía, sentado al lado del niño; y Aurora resolvía cosas culinarias en la cocina… y él sólo se enredaba más y más. No comprendía por qué ella le había pedido anoche que confiara en ella. ¡No podía confiarle su hija a ese hombre, no tan rápido! Candy se estaba precipitando al tomar decisiones y temía más por el niño que por ella misma. Si ese hombre era otra vez un fracaso, esta vez habría más daño colateral que antes. Sin embargo, no podía hacer más que esperar, pero si Candy entraba por esa puerta llorando o preocupada, no dudaría cantarle las cuarenta. Y también a él. Iría a buscarlo a su trabajo y le haría pagar esta vez con su vida. Se rascó su cabeza llena de canas recordando lo que ella le había dicho en Brasil, que antes de lo sucedido, ellos se habían besado. Al parecer, antes de todo el infierno, ella había vivido una especie de momento romántico con él. Nunca se lo dijo hasta ahora. Se lo guardó todo este tiempo; lo decía a estas alturas tal vez para que no lo odiase tanto, pero no le era posible. Debía ser peor así, ¿no?, y definitivamente imaginarse a su hija en tal situación no lo ayudaba mucho a pensar con cabeza fría.

La cerradura de la puerta principal hizo ruido al ser introducida una llave y Antonio se preparó para lo que fuera que se fuese a encontrar.

Entró una Candy con una sonrisa de oreja a oreja, con los ojos más luminosos que jamás hubiese visto, la piel reluciente y un aura de felicidad que jamás le vio. Y detrás de ella, Terry GrandChester.

—Buenas… noches —dijo Candy mirando a su padre y borrando su sonrisa, o más bien, conteniéndola.

—¡Mamá! —exclamó Santiago y corrió a ella para abrazarla. Ella lo alzó y lo besó.

—¡Mi hijo hermoso! —dijo acunándolo—. Perdona que llegue a esta hora.

Antonio se puso en pie y la miró apretando un poco su mandíbula.

—Y bien tarde que llegas —dijo.

—Buenas noches, señor —saludó Terry, pero Antonio lo ignoró.

—¡Llevas más de veinticuatro horas fuera de casa, jovencita! ¡Santiago ha estado aquí, preguntando por ti!

—¿Dónde estabas? —preguntó el niño.

—Tuve que salir… a resolver unos asuntos —eso último lo dijo mirando a su padre. Cuando Santiago vio a Terry, le sonrió.

—Hola — le dijo. Terry extendió una mano hacia su hijo y le tocó el cabello, aunque de lejos se notaba que lo que quería era abrazarlo también.

Al salón llegó Aurora, y Felipe dejó a un lado los libros para observar la escena. Estos dos tenían cara de haberlo estado haciendo por unas veinticuatro horas seguidas; por lo menos, tenían ese aspecto satisfecho que sólo da el buen sexo, y no pudo evitar hacer una mueca, pues era tan obvio que, si él se había dado cuenta, sus padres también. Candy estaba en problemas.

—Santi, imagínate he encontrado ese helado que querías el otro día y que se había acabado—. Santiago se iluminó como un árbol de navidad.

—¿De verdad?

—¿Vamos a comerlo? —Terry miró a Felipe y le sonrió como diciendo "gracias"

—¿Te traigo uno, mamá? —preguntó el niño, quien siempre se acordaba de ella y compartía cualquier cosa que comiese.

—Sí, mi amor. Tráeme uno—. Felipe tomó a Santiago de la mano y salieron del apartamento dejando a los adultos en el salón. Aurora los miraba en silencio con un vaso de cristal en la mano, pero no dijo nada. Miraba a Candy lucir tan radiante, aunque tan desgreñada con el vestido de anoche y el cabello recogido de cualquier manera. ¿Cómo podía una mujer lucir así?

—¿Estás bien, Candy? —la mirada que ella le lanzó fue una respuesta en sí. Y Aurora no preguntó más.

—¡Tuviste a tu madre preocupada todo el día!

—Lo siento, mamá, pero no estuve en peligro en ningún momento.

—Tengo que presentar mis disculpas —dijo Terry. Pero…

—¡No eres ya una niña, Candy! —Volvió a exclamar Antonio ignorando nuevamente a Terry—. ¡No puedes irte sin importarte nada!

—Lo siento, papá —dijo Candy, contrita.

—No volverá a pasar —dijo Terry, intentando hablar otra vez —Teníamos muchas cosas que aclarar y…

—¡No me interesa qué cosas más tenían que hacer! —dijo Antonio elevando la palma de su mano.

—Pero necesito decírtelo —dijo Candy dando un paso hacia él, tomando su mano y bajándosela suavemente—. Sé que desde hace mucho tiempo no haces sino preocuparte por mí, ¡te he dado tantos problemas! ¡Pero ahora estoy bien! —Ella miró a Terry de reojo, y apretó sus labios—. Todo está bien. Antonio miró al fin a Terry, que los miraba atentamente. Sintiendo en esa mirada mil preguntas, Terry tomó aire. Si dijera que no estaba nada nervioso sería un auténtico mentiroso, pero tendría que disimularlo y por el contrario parecer muy seguro.

—Amo a Candy —fue lo primero que dijo, y Candy sonrió. Esa frase parecía ser su grito de guerra—. Mi deseo sólo es hacerla feliz. Sé que tengo muy malas referencias, que el pasado me acusa terriblemente, pero por eso mismo, cada día que pase sólo intentaré una y otra vez cubrir con mi amor y mi atención todo el dolor que le causé. Pondré mi vida en ello, señor. Se lo juro. Algo muy parecido a un sollozo o a un suspiro se escuchó y Candy se giró a mirar a su madre, que observaba a Terry con los ojos abiertos, los mismos ojos que ponía cuando leia sus telenovelas románticas. Antonio también la miró, pero él estaba ceñudo.

—No puedo confiar en ti —dijo mirando a Terry—. No puedo.

—Me gustaría poder cambiar eso.

—No puedes. Violaste a mi hija—. Terry tragó saliva y bajó su mirada. Por más que dijera mil frases bonitas, por más que escribiera un libro con ellas… siempre estaría esa horrible verdad por delante.

—Eso sólo lo sé yo —dijo Candy—. Y yo, que viví en mis propias carnes ese hecho, te estoy pidiendo que me des un voto de confianza. A mí y a… a Terry.

—¿Se lo merece?

—No sé si se lo merece —sonrió Candy—, pero está luchando por merecerlo —se acercó más a su padre y susurró:

—¿Y no dijiste tú que en otra época él habría estado obligado a casarse? Él la miró algo sorprendido y estuvo allí, en silencio, sin decir nada.

—Si juras que harás feliz a mi hija… yo no tengo problema en que seáis novios —dijo Aurora con voz suave.

Terry la miró casi con adoración.

—¡Gracias, señora! —dijo.

—Llámame Aurora.

—Gracias, Aurora.

—Él no se atreverá a fallar —le dijo Aurora a su esposo, y Antonio se halló a sí mismo sin aliados. Sacudió su cabeza negando, pasándose las manos por la cara.

—Hablaremos de esto cuando estemos a solas.

—Papá…

—No, no —él entró en su habitación dejándolos solos. Candy se quedó allí, de pie, mirando la puerta cerrada. ¿Qué iba a hacer ahora?

—La confianza no es algo que se consiga sólo por pedirla, Candy —dijo él en un susurro—. Yo tendré que pelearme la de tu padre, pero lo conseguiré, no te preocupes.

—Para mí es muy importante su opinión.

—Lo sé—. Él se acercó y le besó la frente con suavidad. Y al momento entraron Felipe y Santiago con una bolsa y varios helados dentro. El niño los repartió muy feliz.

—Pero este no es el helado que él había pedido, ¿verdad? —preguntó Candy mirando a Felipe.

—Él insistió en que trajéramos estos más baratos. Dijo que quería traerle uno a cada uno.

--Te gusta? —le preguntó Santiago a Terry, éste le dio una mordida a su helado y sonrió.

—Muy bueno, gracias. Un día de estos te invitaré yo.

—¿De verdad? ¿Me llevarás otra vez a tu casa? —Terry miró a Candy por el rabillo del ojo.

—Claro, si tu mamá te da permiso.

—Mamá… —rogó Santiago.

—Iremos mañana que es domingo—. El niño lo celebró saltando, y Terry la miró con una sonrisa.

—Pasó algo malo, ¿verdad? —dijo Felipe acercándose a su padre con el abrigo en las manos y poniéndoselo en los hombros a Antonio, que se asomaba al balcón de la pequeña habitación y miraba la noche fría. Al escuchar a su hijo hizo una mueca meneando la cabeza.

—Candy se comporta… de forma rara, ¡como si hubiese olvidado todo por lo que tuvo que pasar!

—Tal vez es eso, que lo está intentando.

—¿Cómo puede hacer algo así?

—Entonces, ¿deberá vivir toda la vida sufriendo por eso?

—¡No me refiero a eso! Estoy feliz de que olvide, ¡pero no al lado de ese… hombre…!

—Tampoco me gusta la idea—dijo Felipe recostándose en la baranda y cruzándose de brazos—. Y no porque él no me guste, sino por ser quien es.

—¿Él te cae bien? —Felipe sonrió.

—No puedo decir que me cae bien o mal. Le hizo daño a mi hermana.

—¡Exacto!

—Pero si ella misma está dispuesta a pasar eso por alto…

—¿También nosotros deberíamos?

—¿Y si de casualidad es verdad y él es el único que la puede hacer feliz? Ya ves cómo le brillaban los ojos cuando llegó.

—Es terrible.

—Con Armando nunca la vi así.

—Pero hay cientos de miles de hombres allí afuera que quizá la puedan hacer feliz. No ese cretino.

—Sí, tal vez.

—No lo aceptaré, jamás lo aceptaré.

—Entonces ya sabes lo que pasará, ¿verdad? —Antonio giró su cabeza suavemente para mirar a su hijo interrogante—. Él la enamorará, conseguirá que se una a él… y Candy se irá, y como tú lo odias a él, ella ya no podrá volver a esta casa ni para navidad, o cumpleaños… y dejaremos de verla a ella y a Santiago—. Antonio tragó saliva. No había pensado en eso. Pero, de todos modos, tener que ceder sólo porque no quería perder a su nieto…

—Es difícil —dijo, completando en voz alta sus pensamientos. Felipe suspiró audiblemente.

—Yo pienso darle una, tan sólo una oportunidad a ese hombre. Si sólo se atreve a borrar por un segundo la sonrisa de mi hermana, iré y lo acribillaré, lo mataré lentamente. Candy no está sola, y ahora él está localizado, completamente rodeado. Ya sé dónde está su trabajo, y seguro que no me será muy difícil conseguir dónde viven él y su familia. Antonio sonrió. Aquello era muy cierto, y al fin se relajó un poco.

—¿Te quedarás a cenar? —le preguntó Aurora a Terry, que seguía encantado sentado en el sofá al lado de Candy y escuchando a Santiago hablar y hablar. Cenar aquí, con los White, con su hijo… Aquello era demasiado bello para ser cierto. Estuvo a punto de decir que sí, pero entonces recordó a Antonio, que seguramente estaba esperando a que él se fuera para poder salir de la habitación.

—Me encantaría, Aurora, pero no puedo —contestó, y Candy lo miró extrañada.

—¿Te vas?

—Bueno… tal vez otro día. Me guardaré esta invitación para otra ocasión.

—¿Tienes algo que hacer? —volvió a preguntar Candy, sin poderse creer que los estuviera rechazando.

—Sí… lo siento—. Ella elevó una ceja de manera despectiva, y él se mordió los labios.

—¿Vienes mañana? —le preguntó Santiago, y Terry le sonrió.

—Sí, te vendré a buscar a ti y a tu madre. Iremos a pasear—. Ahora miró a Candy, que seguía seria—. ¿A las nueve está bien?

—¿De la mañana? ¿Tan temprano?

—¿Bueno, a las diez…?

—¿A dónde iremos? —preguntó Santiago entusiasmado.

—Por allí —contestó Terry—, a hacer muchas cosas.

—¡Yo quiero ir! —y a él le encantaría llevarlos, pensó Terry sin poderse contener más y abrazando a su hijo.

—Mañana despiértate muy temprano, ¿vale?

—¡Sí!

—No le digas eso. Es capaz de estar en pie a las cinco de la mañana.

—Parece que eres muy enérgico—. Y, casualmente, Santiago estaba saltando de anticipación y entusiasmo. Terry sonrió pasándole una mano por el cabello. Eso debió heredarlo de Candy, él había sido más bien un chico serio.

—Es una lástima que te vayas —dijo Aurora, que había estado observando el cuadro en silencio—. Incluso había hecho más comida para ti.

—Ah… qué mal me sabe, Aurora.

—No importa. Otro día será. ¡Candy, acompáñalo a la salida! —Candy hizo caso, y Santiago le tomó la mano sin que nadie lo invitara para despedirse él también. Terry sonrió y salió del apartamento, pero al llegar al ascensor, se detuvo.

—No tienes que acompañarme abajo.

—Vale—. Él elevó una ceja.

—¿Estás molesta por algo?

—No. Sólo no entiendo por qué no te quedas.

—Tu padre me odia, Candy. Déjame darle un respiro, al menos por hoy.

—¿Lo haces por él?

—Quiero la paz.

—Va a ser difícil, ya te lo había dicho—. Él se acercó a ella y le besó los labios, tomándola por sorpresa. Ella tardó un segundo en reaccionar, después del cual se alejó de él y miró a su hijo, que los miraba completamente sorprendido.

—¡Terry! —Lo regañó ella.

—Tenía muchas ganas —se explicó él.

—¿Eres el novio de mi mamá? —preguntó Santiago sonando un poco aturdido. Terry se agachó frente a él y lo miró con expresión seria. Para Santiago, este era un tema importante, así que no podía ir con bromas o evadir el tema.

—Si tú me das permiso —le dijo—. Quiero mucho a tu mamá. Te quiero mucho a ti…

—Santiago no tiene edad para decidir algo así —lo atajó Candy, presintiendo hacia dónde quería llegar Terry.

—Pero comprende lo que es un novio, y tal vez lo desapruebe. Si te caigo mal —dijo mirando al niño—, sólo tienes que decírmelo.

—No sé si me caes mal —contestó Santiago.

—¿Lo ves? ¡No puedes preguntarle esas cosas! —dijo Candy, sonando angustiada. Terry no quitó su mirada de encima a Santiago. Le preocupaba que Candy estuviera nerviosa, pero ahora su centro era el niño.

—¿Puedes darme unos pocos días para que te decidas? —Santiago lo miró muy serio. No sabía qué pensar; el otro novio de su mamá no le había gustado, la acaparaba todo el tiempo y hacía que no la viera. Tal vez éste también fuera igual—. Tienes todo el derecho a decidir que no te gusto ni poquito —siguió Terry—, pero dame unos días, salimos, paseamos… y luego me das una respuesta, ¿qué te parece? —el niño ladeó su cabeza estudiando su propuesta. El otro novio nunca le dijo algo así.

—¿Seguro que no te llevarás lejos a mamá?

—Si me llevo a tu mamá, ¿no te gustaría venir con nosotros también?

—¡Sí!

—Hecho.

—¡Terry!

—¿Qué? Estoy jugando limpio—. Ella sonrió al fin, y él se elevó lo suficiente para darle otro beso, esta vez ella le tomó el cuello de la camisa y le devolvió el beso—. ¿Mañana a las diez?

—A las nueve.

—Nos vemos mañana entonces —le dio un último beso, también a Santiago, y por fin se internó en el ascensor. Candy quedó allí, mirando las puertas metálicas y sonriendo un poco tonta.

—Entremos —pidió el niño, y Candy suspiró esperando que su padre no siguiera enfurruñado.

Antonio parecía de mejor humor, pensó Candy. Estaba sentado a la mesa y comía tranquilamente. Al ver a su nieto, le palmeó la silla a su lado, para que el niño se sentara allí, y él corrió para hacer caso.

Candy caminó hacia su habitación, seguía con el vestido de anoche, y rápidamente se dio una ducha y se puso algo amplio y de algodón. Cuando volvió al salón, ya sólo faltaba ella por comer, pero los demás seguían allí sentados.

—¿Entonces, te irás con él también mañana? —Candy miró a Santiago. Él debió de habérselo contado.

—Sí. Nos llevará por ahí.

—Mmmm —murmuró Antonio. Candy cruzaba los dedos para que su padre no hiciera algún comentario que desanimara a Santiago—. Terry tiene mucho dinero —le dijo al niño en tono confidente—. A él puedes pedirle los juguetes que quieras, los helados que quieras, todo lo que quieras.

—¡Papá!

—¿Qué?

—¿Por qué le dices eso al niño?

—Tiene la esperanza de que Santiago se porte mal mañana y te deje —contestó Felipe riendo.

—¡No lo hará! —y casi dice: "es su hijo". Luego cayó en cuenta de que no le había dicho nada a Santiago. Pero… ¿no era demasiado pronto para él?

—¿De verdad puedo pedirle lo que quiera, mamá?

—Claro que no. Es de muy mala educación pedir y pedir—. Santiago hizo una mueca de decepción.

A la mañana siguiente Candy miró a Santiago.

-¿Estás nervioso? —el niño negó agitando su cabeza. Candy suspiró—. Todo va a estar bien —le dijo—. Antes te gustaba Terry—. Santiago siguió en silencio. Tal vez no era capaz de expresar sus miedos con palabras, y Candy le apretó la manita y se inclinó un poco para besársela—. Tú no debes preocuparte, eres mi príncipe azul. No te dejaré por nadie. Eso lo hizo sonreír al fin.

El ascensor se abrió y Candy se encontró de frente con Terry, que le sonrió, pero su mirada se desvió de inmediato a Santiago.

—Hola —los saludó—. ¿Qué tal estás, campeón?

—Bien —contestó él sin soltar la mano de Candy. Luego lo vio acercarse a su mamá y darle otro beso en la boca. Los adultos a veces eran asquerosos, comiendo cosas con sabor desagradable y tocando la boca de otro.

—Estuve pensando todo este tiempo dónde ir —siguió Terry, pero no se hizo al lado de Candy, sino al lado del niño, y le tomó la mano—. Como es temprano, y seguro que acabas de desayunar… —Santiago tardó en captar que lo decían por él.

—Sí, mamá me dio huevos, chocolate y pan.

—Eso sí es un desayuno criollo. En fin, como te venía diciendo, vamos a unos juegos en Happy City, ¿te parece?

—¡Me encanta Happy City!

—Genial. Después comemos algo—. Él miró a Candy como para que aprobara el itinerario.

—Pero no podemos dejar que Santiago coma dulces antes del almuerzo… ni después.

—Sólo por hoy. Un poquito.

—Sí, mamá. Un poquito—. Candy los miró a ambos. Ver que hacían exactamente la misma expresión de ruego, adelantando el labio inferior y elevando las cejas como perrito abandonado casi hace que se echara a reír.

—Vale, vale —cedió—, pero sólo un poco. Este señor de aquí se pone terrible cuando come mucho azúcar.

—Ya tendrá dónde quemar esas energías —sonrió Terry. Le abrió a Santiago la puerta de atrás para que el niño subiera, y después le abrochó el cinturón.

—¿Tu coche es nuevo? —preguntó el niño cuando Terry y Candy se hubieron sentado.

—No —contestó él.

—Huele a nuevo. ¿Es verdad que tienes mucho dinero?

—¡Santiago! —lo regañó Candy. Temeroso de haber cometido algún grave error, la miró en silencio, pero Terry sólo se echó a reír.

—Tengo dinero, porque trabajo mucho. Cuando tú seas grande, también trabajarás mucho y ganarás tu dinero.

—Entonces puedo…

—Santiago… —volvió a detenerlo Candy.

—Déjalo que hable —le pidió Terry.

—Es sólo que… no quiero que te mire de manera especial por… ya sabes. No quiero que se vuelva interesado.

—Míralo, es un niño. ¿Qué pueden importarle esas cosas? En lo máximo que podría pensar es en juguetes nuevos.

—Yo no te pediré juguetes nuevos —prometió Santiago, y Candy se cubrió los ojos con una mano. Terry no lo pudo evitar y se echó a reír—. Mamá dijo que es de mala educación pedir y pedir.

—Y lo es. Pero a mí puedes pedirme lo que necesites, ¿vale?

—¿De verdad?

—Pero no abuses, Santiago —el niño puso expresión seria. Pocas veces su mamá lo llamaba por el nombre completo, sólo cuando quería regañarlo por algo muy malo que había hecho, y hoy lo había hecho tres veces seguidas.

—Está bien —dijo con voz grave.

—Lo has asustado —le recriminó Terry a Candy, pero ella no dijo nada. Terry miró al niño por el retrovisor y lo halló mirando muy callado por la ventanilla.

Llegaron a un centro comercial y Terry los encaminó a los juegos de Happy City. Santiago por fin se fue entusiasmando un poco, sobre todo cuando vio que Terry llevaba la tarjeta. Al primer sitio al que se acercó fue al saltarín, o al brinca-brinca, como lo llamó él cuando pidió permiso para subirse. Terry le quitó los zapatos y lo alzó por la cintura para que entrara al sitio rodeado de una malla, y el niño, sin pérdida de tiempo, empezó a saltar. Candy no se sorprendió nada cuando vio que Terry sacaba su teléfono y le hacía un video, sonrió agitando su cabeza y los observó. Se parecian bastante, el niño tenía rasgos de ella, como la forma de sus ojos, pero la nariz, mentón y pelo, ojos los había heredado de los GrandChester. Del brinca-brinca pasaron al trenecito, y luego a un inflable con obstáculos.

Candy se quedó rezagada un momento. Había estado un poco alelada mirando a padre e hijo reír y jugar, o saludarse cada vez que Santiago pasaba cerca en el trenecito, pero estaba comprendiendo que la salida era más para Santiago que para ella. Él adoraba a su hijo, de eso no había duda, y le estaba enviando un muy sutil mensaje con esta salida: quería involucrarse en su vida. De alguna manera. Otra vez la duda la asaltó. ¿Y si hacía todo esto más por el niño que por ella? A ella la quería, sí, pero tal vez amaba más al niño por ser su hijo, porque sus padres también lo querían. No podía olvidar que, después de todo, Santiago era el primer nieto que llevaría el apellido GrandChester, pues los hijos de Viviana llevarían el de su padre. ¿Y si la querían a ella sólo por eso?

Las semanas se fueron pasando poco a poco, día a día. Ambos estaban hasta arriba de trabajo, en varias ocasiones pasaron la tarde o la mañana entera sin que se vieran el uno al otro, y fue en esos momentos en que los salvó el maravilloso invento del teléfono inteligente. Una noche de viernes, Terry salió un poco tarde de su oficina. Sabía que Candy estaba por aquí; debía estarlo, pues ella siempre se despedía de alguna manera antes de irse. La encontró en una de las salas de estudio frente a una mesa de dibujo analizando unos planos, y sin pensarlo mucho, se le acercó. Ella supo que era él desde antes de verlo. Era increíble, pero ya identificaba sus pasos. Se giró y le sonrió. Estaba guapísimo, con una camisa blanca con el cuello abierto y encima un suéter rojo vino que dejaba al descubierto sus antebrazos. Ya lo había visto esta mañana, pero ahora, por alguna razón extraña, lo encontraba más atractivo.

—Te estaba esperando —le dijo. Él buscó una silla y se sentó a su lado, le dio un beso fugaz, y se concentró en el plano que ella tenía delante. —¿Algún proyecto? —ella negó haciendo una mueca.

—Mis intentos de ser una gran arquitecta. Llevo trabajando en estos planos mucho tiempo.

—Déjame ver —él tomó el pliego de papel y lo analizó. candy lo miró extrañada. ¿Olía mal? ¿Tenía mal aliento? Él no había insistido en besarla. Casi toda la semana le había estado insinuando volver a meterse juntos en una cama, por teléfono o en persona, y hoy ella prácticamente se estaba poniendo en bandeja de plata y él nada de nada.

—Mmmm —murmuró él mirando el papel—. ¿Le has enseñado esto a alguien antes?

—Sólo a ti.

—Gracias. Es bueno—. Ella sonrió.

—No lo dices porque soy yo, ¿verdad?

—Si algo aprendí de mi padre, y es no dejarme llevar por las relaciones al considerar el valor de un arquitecto, o cualquier profesional. Tú eres buena.

—Gracias. Alguna crítica tendrás.

—Termínalo y lo criticaré —Candy rio ahora más abiertamente y Terry la besó. Oh, por fin, dijo Candt, y le rodeó los hombros. Acto seguido se levantó de su silla y se sentó en el regazo de Terry para seguir besándolo.

Él, un poco sorprendido, la miró fijamente. No tiene ganas, se dijo Candy enderezando su espalda y poniéndose de pie. Ya no quiere.

—Hey, ¿a dónde vas? —preguntó él cuando la vio coger su bolso y su abrigo.

—Ya… es tarde.

—Sí, un poco. Pero dijiste que me estabas esperando, ¿no? ¿Cambiaste de opinión? —ella lo miró deteniéndose en sus movimientos. ¿Qué quería decir eso? ¿Irían a algún lado? ¿Él quería o no quería? Diablos, ¿cómo una mujer le decía a un hombre que quería sexo sin quedar como una facilona, o peor, como una fulana? Terry se puso de pie y se acercó a ella metiendo sus manos en sus bolsillos.

—¿Pasa algo, Candy? —ella negó mirando el suelo. Tenía un montón de palabras atrapadas justo detrás de sus dientes, pugnando por salir a borbotones, pero se mordió los labios y las retuvo allí—. ¿Te encuentras bien?

—Estoy perfecta.

—Vale. Ahora estás enfadada y no sé por qué—. Ella elevó su mirada a él.

—No estoy enfadada.

—Hace sólo unos segundos me has besado de la manera más sexy y ahora te comportas como si… me odiaras.

—No te odio, Terry—. Él se quedó en silencio notando que el pecho de Candy estaba agitado— Yo, de hecho… —él hizo un movimiento con su cabeza animándola a seguir cuando ella se quedó en silencio. Candy cerró sus ojos. No, no.

No diría esas cosas que se le venían a la mente.

—Candy —la llamó él—. Candy… —él le tomó el mentón con dos dedos y le hizo levantar la cabeza. Pero esos dos dedos no se quedaron allí, el pulgar se paseó por la piel de su garganta muy suavemente y el índice se ubicó en la parte de atrás de su oreja.

Candy se estremeció.

—Dios… —susurró, y le tomó la camisa arrugándola en un puño, pero él no la besó—. ¡Eres muy malo! —exclamó ella abriendo los ojos. Ahora Terry estaba sorprendido.

—¿Qué?

—Haces… esas cosas y luego te quedas allí… Envías señales confusas ¡y yo no sé qué quieres!

—¿Tú no sabes qué quiero yo? —dijo él moviendo sus índices señalándola a ella y a sí mismo, supremamente confundido.

—Haces las cosas y… ¡luego no haces nada! ¡Y me tengo que ir a la casa pensando en tantas cosas, imaginando tantas cosas!

—Espera, espera, espera —la detuvo tomándola de los hombros, pues ella había empezado a darle en el pecho con sus puños—. Nena, no tengo idea de qué me hablas. ¿Qué cosas? ¿Qué está mal? ¿Qué hice mal?

—¿De verdad los hombres sois tan tontos?

—Supongo que sí, porque estamos peleando y no tengo ni puñetera idea de por qué.

—¡No estoy borracha como para decírtelo! —Ahora él quedó boquiabierto, y Candy se maldijo a sí misma. Lo había dicho sin decirlo. Cuando ella intentó escapar, no le fue muy difícil atraparla. Candy pidió que la soltara, pero él la retuvo allí entre sus brazos, mientras ella, encogida, le daba la espalda.

—¿Qué quieres, Candy? —le preguntó.

—Déjame ir.

—Tú has iniciado esta conversación. No te dejaré ir hasta que lo digas todo—. Reteniéndola con un brazo, Terry retiró el cabello de su nuca y le besó la piel. Candy soltó un gemido que le puso los pelos de punta. Ella le apretó el brazo con que la retenía, su respiración estaba agitada, y ya no parecía querer huir de él, por el contrario, su cuerpo buscaba su contacto. Su cuerpo hablaba, de hecho, gritaba, pero su boca permanecía en silencio.

—Sólo dímelo —le pidió él—. Dime lo que deseas, Candy—. Ella agitó su cabeza negando. Ahora él metió su lengua en su oreja y Candy se arqueó contra él—. Me deseas, dilo.

—No—. Sin contemplaciones, él metió su mano debajo de su falda y la fue subiendo poco a poco. Lejos de luchar contra él, ella sólo se quedó allí, sintiéndolo invadir el interior de su ropa, y luego, de su cuerpo.

—Estás mojada, mujer, y te atreves a decir "No"—. Candy agitó su cabeza negando tercamente, pero los dedos de él empezaron a moverse. La movió hasta ponerla contra una pared, olvidando que las demás eran de cristal. Afortunadamente, ya no quedaba casi nadie en el edificio.

—No, Terry —dijo ella casi en una súplica—. Podrían vernos.

—Dime que me deseas, dime que quieres que te haga el amor, y te llevaré a un sitio privado a terminar esto—. Ella apretó los dientes—. Qué terca eres —se quejó él, e introdujo dos de sus dedos en su cuerpo, masajeándola, y Candy no pudo evitar elevar un poco su cadera para darle más acceso. No pudo pensar que luego estaría muerta de vergüenza, en que, a pesar de permanecer en silencio, era más que evidente la verdad. No pudo pensar en nada; esos dos dedos lo eran todo en este momento. Pero Terry se retiró de ella, y Candy quedó tan vacía que quiso llorar. Él le acomodó de nuevo la falda y la ropa interior, pero no la tocó como antes. Ella se giró recostando su espalda en la pared, ya que no era capaz de sostenerse a sí misma y lo miró a los ojos, suplicante. Todo su cuerpo estaba en tensión, preparádose para lo que sabía que vendría. Toda la semana ella había estado añorándolo, añorando su cuerpo, sus manos, todo. Recordando lo que había sido esa primera vez, las sensaciones, la textura de su piel, el roce de las estrellas con sus manos. Apoyó la cabeza en la pared. Él había conseguido tener poder sobre ella y le daba miedo, mucho miedo. Poco a poco él estaba ganando terreno vírgen en ella, terrenos que ningún otro jamás alcanzó a ver siquiera, y no estaba segura de querer otorgarle tanto poder, tanto dominio. En el pasado, un pasado que ninguno de los dos podía borrar, ella había caído presa de este encanto, y diablos, le daba miedo. Esta relación no estaba siendo ningún camino de rosas. Por el contrario, los pétalos se hacían marchitos y las espinas aún la lastimaban de vez en cuando. Los miedos alzaban su horrenda cabeza y le susurraban, atemorizándola, haciéndola vacilar. Pero ahora, en este preciso momento, le dolía el cuerpo, la piel le estaba ardiendo, y las lágrimas empezaron a salir.

—No me hagas esto —sollozó—. Por favor.

—Candy, mi amor… —dijo él acercándose de nuevo a ella, pero sin llegar a tocarla. Tu dolor es mi infierno, quiso decir él, pero no dijo nada, no hizo nada. Sólo permaneció allí, con la respiración agitada, muriéndose por ella. Pero él tenía que ganar esta vez. Ella tenía que ceder.

—Terry… —susurró ella.

—Dímelo, mi amor. Pídeme lo que quieras.

—No me hagas daño.

—¡Oh, Dios! —murmuró él abrazándola al fin.

—No me hagas daño —repitió ella. ¿Cómo podría él hacerle entender que preferiría morir antes que causarle ningún mal? ¿Cómo explicarle que estaba tan unido a ella que era capaz de sentir, sufrir su dolor? ¿Cómo podía borrar el pasado al fin? Él plantó un beso en la comisura de sus labios, luego fue moviendo los suyos hasta besarla plenamente. Candy se dejó besar, lamer, abrazar. La temperatura de su cuerpo aumentó hasta sentirse enfebrecida y volvió a rodearle los hombros con sus brazos. Sus miedos eran intermitentes, notó. Cuando él la besaba así, ellos parecían huir, o apagarse. Bésame siempre entonces, le pidió desde su corazón. No dejes de adorarme. Terry se alejó de ella y le tomó la mano conduciéndola a la salida del estudio. Después, sin detenerse, la introdujo en el ascensor, y una vez allí, volvió a besarla. Otra vez no le importaron las cámaras de seguridad, y ella también las olvidó. Pero la puerta del ascensor se abrió y tuvieron que detenerse.

Candy lo vio conducirla hasta la salida del edificio, hasta su coche, por la carretera. Sonrió al notar que a pesar del paso de los minutos ninguno de los dos había reconsiderado la idea de dejarlo pasar, por el contrario, en cada semáforo se volvían a besar, él volvía a decir cosas hermosas, y otra vez los bocinazos los obligaban a avanzar. Candy se echó a reír cuando al fin entraron al apartamento de Terry, y él encendió la luz para mirarla. ¿Cuánto tiempo había pasado? Varios minutos, se contestó a sí misma, y aún ella lo deseaba.

Terry la alzó subiéndola a su cintura y volvieron a besarse, pero ella volvió a reír.

—¿Qué pasa? —preguntó él sacándole los zapatos mientras caminaba con ella hasta su habitación. La dejó con suavidad sobre el colchón y se ubicó encima de ella.

—Que me siento… rara.

—¿Rara por qué? —insistió él desabrochando los botones delanteros de su blusa. Cuando tuvo su torso al descubierto, se inclinó a ella para besarle la piel. Candy cerró sus ojos sintiendo la aspereza de su lengua rozar su clavícula, el hueco de su cuello, la piel de sus senos—. ¿Rara por qué? —volvió a preguntar él. Ella abrió sus ojos confundida.

—¿Qué? —preguntó, y Terry sonrió. Había perdido el hilo de la conversación. Perfecto. Puso su mano sobre su rodilla y la fue subiendo por el muslo para bajarle las medias de seda. Ya que poco usaba pantalones, Candy protegía sus piernas del frío con medias negras, y le sentaban genial. Desnudó sus piernas y besó la piel, ella lo miraba a cada movimiento con esa sonrisa en sus labios.

—Tienes las piernas bonitas —le dijo.

—Gracias.

—Y tobillos bonitos —dijo, besándolos. Candy cerró sus ojos cuando él no se detuvo allí, sino que siguió besándola al interior de las rodillas, de sus muslos, y cuando llegó a su entrepierna ella lo detuvo tomándole la cabeza.

—¿Qué haces?

—Besarte.

—Pero…

—Te besaré ahí, Candy.

—¡No! ¿Por qué?

—Porque quiero… me apetece mucho —ella tenía su boca abierta sorprendida y confusa. Él lo había dicho como si le apetecieran unos bombones.

Terry movió su cabeza para besar sus manos, pidiéndole que lo dejara seguir. El sólo imaginárselo ya estaba causando estragos en ella. ¿Debería dejar que lo hiciera? Él le sacó la blusa y la falda, que tenía completamente subida a la cintura, le besó el vientre, ahí había albergado a su hijo, dándole la vida aun cuando había tenido el derecho legal de matarlo, y fue bajando. La lamió suavemente por encima de las bragas, pero después las sacó para tocarla directamente y tirar de su piel. Candy lanzó un sollozo en parte de incredulidad. Había oído de esto, pero nunca lo había practicado… o nunca se lo habían practicado. Metió los dedos entre los cabellos de Terry y lo sintió pasear su lengua por todos sus rincones pensando en que tenía que ser él el primero, era como si las llaves para abrir el deseo en su cuerpo le pertenecieran a él. Y fue el último pensamiento coherente que tuvo en mucho rato. No se dio cuenta de que abría más sus muslos para darle espacio, cabida; que gemía, que arqueaba su espalda con cada llamarada de placer. La boca de Terry y su zona más íntima estaban haciendo una excelente pareja ahora mismo, su lengua se movía tan rápido y profundo que todo vestigio de vergüenza se fue dejando sólo las sensaciones, y éstas también se sucedían rápido y fuerte, hasta que su cuerpo pareció estallar en miles de trocitos luminosos y calientes. Sin embargo, allí no acabó todo, y lo sintió entrar en su cuerpo tan suavemente que cuando fue consciente, ya estaba todo dentro. Lo rodeó como un puño y abrazó su cintura con sus piernas, sin dejar ni un solo milímetro de él fuera. Él besó su cuello, su oreja, sus labios. Inició un suave movimiento a la vez que le decía lo hermosa que era, lo mucho que la amaba, todo el tiempo que había deseado tenerla así. Besó sus pestañas y sus cejas, y sus embates se fueron acelerando poco a poco. Estaba jugando con ella, manteniéndola en vilo sobre el abismo, alargando el momento. Ella no quería alargar el momento, ella quería otro orgasmo con Terry.

--Te deseo —le dijo—. Te deseo mucho. Por favor, no me hagas esperar. Candy comprendió algo acerca de los hombres, y en especial de Terry. No era él quien ejercía el dominio sobre ella. Aquí, ella tenía tanto poder como él. Se corrieron juntos esta vez, y aun después de saciados, no cesaron los mimos y los besos. La noche era joven, y había mucho por explorar y descubrir.

Candy llegó a casa y ya iban a ser las once. Terry la había dejado abajo y ella abrió la puerta entrando casi de puntillas. No había nadie en el salón, las luces estaban apagadas, y se quitó los zapatos para ir hasta su habitación sin hacer ruido.

—No es necesario que te congeles los pies —dijo la voz de su padre desde la oscuridad, y Candy se llevó la mano al pecho asustada.

—¡Papá!

—¿Qué estás haciendo, Candy?

—Lo siento, no quería hacer ruido y…

—Me refiero a qué estás haciendo con tu vida. Y con la vida de tu hijo—. Candy vio la figura de su padre emerger de entre las sombras. Antonio se acercó al interruptor de la luz para encenderla y se vieron el uno frente al otro—. Ahora estás viviendo este romance y te sientes muy bien al lado de él… ¿has pensado en Santiago?

—Claro que sí, papá.

—No, yo pienso que no. ¿Le vas a decir que él es su padre? —Candy tragó saliva—. No confías en él lo suficiente como para eso, ¿verdad?

—No es eso.

—No confías en ti misma entonces. Estás dispuesta a exponerte a ti misma al peligro, pero no al niño. ¿No te dice eso algo? —Candy se mordió los labios guardando silencio—. Ese pequeño casi se echó a llorar porque no estabas. Dijo: "es lo mismo, otra vez no está aquí". ¿Crees que si llega a detestar a ese hombre cambiará de opinión fácilmente sólo porque ahora es su padre? ¡Piensa en él, Candy! —Candy siguió callada. Su padre tenía tanta razón que los ojos le picaron por las lágrimas de vergüenza.

—Yo sólo…

—Estás viviendo el momento, sí. En el fondo, ni siquiera te lo reprocho, pero no eres tú sola, Candy. Tienes bajo tu cuidado, el destino de otra persona y es tu hijo. Tu hijo. ¿O es que otra vez quieres desentenderte de él?

—¡Claro que no!

—¿Qué pasa? —preguntó Aurora llegando a la sala. Al ver las lágrimas de Candy caminó a ella

—. ¿Te pasó algo? ¿Te hizo algo?

—No, sólo que le estoy dando un trago amargo de la realidad, que pareció olvidarla por un momento.

—Antonio… —le reprochó Aurora.

—Alguien tiene que hacerlo. Creyendo haber conquistado el cielo, Candy podría caer de nuevo en el infierno. Tiene que ser consciente y responsable. Si decides irte de casa algún día, no te detendré, es el orden de la vida, pero créeme que entonces estaré preocupado por mi nieto, pues su madre prefiere irse durante horas sin nisiquiera llamar para preguntar si ya ha comido o si está bien—. Antonio dio la media vuelta y se internó en su habitación. Candy movió una silla del comedor que estaba más a mano y se dejó caer en ella dejando que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas. Aurora se sentó a su lado y la observó en silencio.

—¿Estás enamorada? —Le preguntó al cabo de un largo rato, y Candy cerró sus ojos—. Lo quieres —concluyó Aurora—. Lo quieres, pero crees que eso es malo y no lo admites. Enamorarte del hombre que te… hizo eso. Sí, es raro.

—Mamá…

—¿Te ha pedido que te cases con él? —volvió a preguntar Aurora y Candy levantó al fin la mirada.

—No—. Aurora hizo una mueca de decepción—. Me pidió que me fuera a vivir con él… —y luego corrigió:

—Que nos fuéramos a vivir con él.

—Tú y Santi. Pero… ¿por qué no matrimonio?

—Porque sabe que yo no aceptaré —rio Candy.

—¿Es decir, que él no sabe que lo quieres? ¿No se lo has dicho?

—Tal como acabas de decir —contestó Candy secando sus lágrimas—, no es fácil, mamá.

—Pero tampoco es fácil para Santiago. Mientras tú estés entre dos aguas, él estará en el limbo, así que por él vas a tener que tomar rápido una decisión: o te alejas de ese hombre, o de verdad te comprometes.

—Lo sé, lo sé… Pero…

—Es un bebé… un nene pequeño. Te ama con locura, siempre lo ha hecho.

—No tienes que decirme eso.

—Cuando aprendió a andar, hacia el primer lugar al que se dirigió fue hacia ti…

—¡Mamá, por favor!

—No lo hagas sufrir más.

—¡No es mi intención! —exclamó entre dientes, intentando no elevar demasiado la voz, pero entonces una puerta se volvió a abrir y la carita de Santiago asomó.

—Llegaste, mami —él caminó hacia ella y Candy lo alzó en su regazo.

—Lo siento, te desperté.

—Estabas con él, ¿verdad?

—Aurora se puso en pie respirando profundo y enviándole un claro mensaje. Debía tomar pronto una decisión. Cuando se quedó a solas con su hijo en el salón, Candy lo abrazó y le besó la frente.

—¿El ruido te ha despertado? —Santiago asintió frotándose los ojos y bostezando.

Candy lo acercó a su pecho abrazándolo con fuerza.

—Te quiero, mi amor—. El niño sonrió sin contestar—. Sabes… tengo algo importante que decirte. Santiago… —él la miró fijamente con carita seria. Ella tomó aire. ¿Cómo hacer esto? Nunca había estado en una situación tan complicada—. ¿Recuerdas lo que una vez te conté de tu padre?

—El niño miró hacia el techo. Luego meneó la cabeza negando—. ¿Ya se te ha olvidado?

—Era muy chiquitín —eso la hizo reír de nuevo.

—Todavía eres chiquitín. Bueno, es que tu padre… está aquí—. Santiago la miró primero a ella, y luego alrededor del salón—. No… no me refiero a aquí ahora… quiero decir… que Terry… él es tu papá. Tu papá de verdad. Santiago se quedó en silencio por mucho tiempo, y Candy empezó a acariciar su cabello sintiéndose agitada. No, no había sido la manera adecuada de decirlo, ni el momento del día, ni el ambiente. No lo había preparado lo suficiente.

—¿Él es mi papá?

—Sí —sonrió ella. Ya no podía recoger sus palabras, no podía retractarse. Diablos, debió pensarlo mejor.

—¿Por qué? —la peor pregunta de todas. ¿Cómo que por qué?, quiso preguntar ella.

—Porque… Pues porque…

—¿Me quiere? —preguntó Santiago antes de que ella pudiese contestar, y Candy cerró sus ojos.

Continuará...

Hola queridos y queridas lectores. No me olvidó. Eh... Saludos. JillValentine