CAPÍTULO 17

—¿Me quiere? —preguntó Santiago antes de que ella pudiese contestar, y Candy cerró sus ojos.

—Eso puedes saberlo tú. Tú mismo puedes sentir si te quiere o no—. Santiago se recostó al pecho de su madre jugueteando con su reloj de pulsera—. Si quieres —siguió ella—, mañana salimos con él y tú decides, ¿te parece?

—Él movió la cabeza, pero ella no pudo saber si era una respuesta afirmativa o negativa—. La otra vez que salimos nos divertimos bastante. Nos tomamos fotos y saliste muy guapo. Podemos repetirlo. El niño suspiró.

—Tengo sueño —dijo, y Candy se levantó con él. Santiago, por increíble que pareciera, estaba evadiendo el tema. Sólo tenía cuatro años, pero le estaba diciendo que no quería hablar. No debía ser fácil para él. Sí, sólo tenía cuatro años, pronto cinco, pero era un chico inteligente, sensible, y con los miedos de cualquier otro niño de perder de vista a su mamá. Lo abrazó con fuerza mientras se encaminaba a la habitación y lo besó repetidas veces en el cuello y el cabello mientras él permanecía colgado de ella con brazos y piernas. Tal vez no quería un papá, pero sí que lo necesitaba, todo niño necesitaba a su padre, y Santiago lo único que tenía que hacer era acostumbrarse a la idea. Lo acostó en su pequeña cama y él se dio la vuelta mirando a la pared y dándole la espalda. Sin amilanarse por su actitud, Candy lo arropó con su sábana, le puso entre los brazos su peluche favorito y volvió a besarlo. Sacó del bolso su teléfono y lo encendió para enviarle un mensaje a Terry.

"Santiago ya sabe que eres su padre"

Candy escribió, pero no pulsó el botón de enviar.

Él la llamaría de inmediato, sin importar la hora. Hasta era muy capaz de volverse y venir hasta aquí otra vez sólo para verlos. Pensar en eso le hizo sonreír, y después recordó las palabras de su madre; enamorarse del hombre que le había hecho daño, al que por años llamó bestia… era inconcebible, pero le había pasado. Él, poco a poco, había elaborado un perfume a su alrededor del que quedó adicta. Se desnudó y luego se cepilló los dientes pensando en todas las cosas que él había hecho en estas últimas semanas; le había dado más dinero del que inicialmente ella pensó cobrar en la indemnización, le había regalado el cuadro de un artista sólo porque había visto que a ella le gustaba. Había aceptado el ajuste de cuentas por parte de Felipe diciéndole, además que la amaba… y desde entonces no había dado tregua.

Todos los días había ido aportando un granito de arena tras otro hasta por fin formar una montaña, no sólo con una rosa, sino con su mirada, con sus actitudes, con la manera en que era consciente de ella, con sus palabras… Y tenía que pensar en la manera que tenía de besarla, se dijo sentándose al filo del colchón; la manera de adorarla mientras le hacía el amor.

Se recostó en la cama y apagó la luz de su lámpara. Mañana temprano lo llamaría y concertaría una cita con él. Tal vez estuviera ocupado, pero si ella iniciaba la conversación con el mensaje que ya estaba escrito, él cancelaría cualquier otro compromiso por verlos. Tener esa seguridad la hizo sonreír. Él era tan constante y confiable como una enorme roca, tal vez no era tan mala idea ponerse bajo su cuidado.

Lo primero que hizo Terry esa mañana al despertar fue mirar su teléfono. Ningún mensaje. Se sentó despacio en el colchón haciendo mentalmente la lista de las cosas que tenía que hacer hoy; a primera hora, encontrarse con Alfonso Linares, un conocido maestro de obras con el que iniciaría un proyecto, después, con Darío Cardozo, un agente de bienes raíces que casi se mea en los pantalones cuando lo llamó. Las dos citas eran importantes, así que se puso en pie sin más dilación y se introdujo en la ducha. Este apartamento era demasiado pequeño. Si pretendía convencer a Candy para que se viniera a vivir con él, debía buscar un espacio donde ella fuera capaz de imaginarse a sí misma y a su hijo felices, cómodos, tranquilos. Había vivido aquí estos últimos años y ahora no se explicaba muy bien por qué ese afán de disimular su dinero. La gente terminaba sabiéndolo de todos modos; al principio lo trataban con normalidad, pero luego las cosas cambiaban siempre. Le gustaba más el primer estado; podía confiar mejor en las personas que creían que era un arquitecto que se ganaba la vida con su trabajo, no que tenía asegurado el futuro por el trabajo de toda la vida de su padre. Pero era algo que no podía cambiar. No iba a quedarse en la ruina sólo para que lo trataran con normalidad, ahora tenía un hijo al que brindarle un futuro y una mujer a la que estaba conquistando. Si bien Candy no se dejaría llevar por los oropeles de su posición, estaba dispuesto a echar mano a las ventajas que eso mismo le pudiese ofrecer.

Aurora despertó en su cama bastante incómoda. Había algo metido entre sus costillas, algo cálido, blandito y de cabellos castaños rizados y alborotados.

—Santi, ¿qué haces aquí? —preguntó. El niño se movió y la miró. Él nunca se metía a la cama de los abuelos. Era más probable que se metiera en la de Candy, pero hoy había venido aquí.

—Buenos días, abuelita Aurora —dijo con su voz clara y los cabellos alborotados. Aurora sonrió.

—Buenos días, hijo. ¿Estás enfermo? —el niño negó bostezando. Se sentó en la cama mirando a Antonio, que había abierto los ojos y lo miraba en silencio.

—Buenos días, abuelito Antonio.

—Buenos días —le contestó él—. Madrugaste mucho.

—Ya no tengo sueño.

—Eso veo. ¿Quieres que vayamos al parque un rato?

—Mamá me dijo anoche que hoy saldríamos. Dice que quiere que vea a… Terry. Dice que él es mi papá—. Aurora miró a su esposo.

—Te lo dijo —murmuró Antonio.

—¿Es verdad? ¿Es mi papá?

—¿Crees que es mentira? Candy no te mentiría.

—Sí, pero… ¿papá no estaba en el cielo? ¿Pueden volver del cielo las personas?

—Terry estuvo en un viaje… pero eso puedes preguntárselo a él, ¿no? ¿No dices que irás a verlo?

—Santiago recostó su cabecita en la panza de Antonio sin responder. Aurora se sentó en la cama y lo miró.

—¿Tienes miedo? —El niño negó, pero no engañó a Aurora, que lo conoció desde el mismo instante en que salió del vientre de su hija—. No tienes que tener miedo. Es bueno tener un papá.

—¿Y el abuelito Antonio?

—Él será tu abuelo para siempre. Eso nunca cambiará. Ven aquí —Aurora lo abrazó y lo besó—. Ahora es un poco raro, pero te gustará, te irás acostumbrando. Lo normal es que los niños vivan con su papá y su mamá, y si ellos están juntos, muchísimo mejor.

—Pocos niños tienen esa bendición —murmuró Antonio, que se había sentado también y con el corazón un poco encogido, acariciando la delgada espalda de su nieto—, y es para estar feliz, no para estar preocupado.

—No estoy "procupado" —dijo él, y Antonio sonrió. Se acercó al niño y también le dio un beso.

—Vamos a desayunar —dijo Aurora saliendo de la cama—. ¿Qué quieres hoy? ¿Cereales? ¿Sándwich?

—Sándwich de jamón, pollo, queso y mermelada.

—Tú con tus inventos extraños.

—Y Coca-Cola.

—No te daré Coca-Cola para desayunar.

—Entonces café.

—Tampoco te daré café.

—Abuelita…

—Vamos a la cocina. Tal vez sea mejor copos de avena. Antonio los vio salir de la habitación sonriendo. Suspiró al darse cuenta de que Candy anoche había hablado con el niño. Había sido rápido, y tal vez era lo mejor. Era cierto que no estaba nada feliz de la relación con su hija y ese hombre, pero era el padre del niño; era el que había puesto el mundo de Candy patas arriba, y también era su responsabilidad volverlo a hacer estable, ahora con Santiago a bordo. Buscó su teléfono y salió de la cama. Tenía cosas que hacer hoy.

Candy miró ceñuda su teléfono cuando a media mañana aún no había recibido ningún mensaje de Terry. Había sido ella quien lo saludara con un "Buenos días" más temprano, y él sólo había contestado y vuelto al silencio. No le había vuelto a escribir para preguntarle dónde estaba o qué estaba haciendo. Por lo general era él quien iniciaba las conversaciones, quien todo el día quería saber qué hacía, cómo estaba. ¿Qué le pasaba hoy? Ayer todo había sido perfecto otra vez. Sexo, risas, comida, más sexo. Y amor, él, más que tener sexo, le hacía el amor. ¿Por qué hoy estaba tan callado?

—¿Ha desaparecido tu príncipe azul? —dijo Felipe sentándose a su lado en la mesa comedor con sus libros. Últimamente no se le veía sin ellos.

—¿Qué príncipe azul?

—Terry GrandChester.

—No ha desaparecido.

—¿Y por qué esa cara de amargura? —Candy le miró mal—. Entiende que los hombres tenemos mil ocupaciones, además de enviar rosas y esas tonterías.

—¿Vaya, te estás congraciando con él?

—Sólo quiero molestarte a ti —Candy sonrió.

—Es sólo que necesito decirle algo importante, pero al parecer está ocupado.

—Llámalo.

—Claro que no..

—¿Por qué no? No está mal visto que sean las mujeres las que tomen la iniciativa —Candy se sonrojó de inmediato. Eso le recordaba varias de las cosas que había hecho anoche. Ese tonto, ¿dónde estaba? Antes de que Felipe reparara en que se había sonrojado, se fue a su habitación teléfono en mano.

—¡Candy! —la saludó Terry al contestar su llamada.

—Ah… hola. Buenos días—. Terry sonrió de oreja a oreja.

—Buenos días —contestó a su saludo—. Justo iba a llamarte. ¿Puedo pasar por ti para que almorcemos juntos? Con Santiago, si te parece.

—¿Ibas a llamarme?

—En este mismo momento. Estuve un poco ocupado, y no pude hablar contigo antes. Es un poco precipitado, pero necesito que vengas conmigo.

—Ah, ya. Bueno… ni siquiera me he duchado, estoy sin hacer nada aquí en casa.

—Llego más o menos en treinta minutos, el tráfico está horroroso.

—¿Subirás?

—Es hora de enfrentar al gigante —bromeó Terry, refiriéndose a Antonio.

—Ya le he dicho todo a Santiago—. Eso lo hizo quedarse en silencio por un momento.

—¿Decirle qué, amor? —preguntó un poco cauteloso.

—Le dije a Santiago que tú eres su padre—. Ahora él abrió su boca incapaz de decirle nada y tuvo que buscar un espacio donde parar o se estrellaría si seguía conduciendo.

—¿De verdad? ¿Se lo has dicho?

—Anoche… tuve una conversación con papá, y… lo hice, sí.

—¿Y… cómo se lo tomó él? Me odia, ¿verdad? Dios…

—No sé si te odia, pero hoy está más apegado a los abuelos que nunca—. No le dijo que a ella poco le había hablado hoy, y que por eso estaba al borde de la depresión—. Quiero verte —dijo, cerrando sus ojos.

—En media hora, mi amor. Iré a por ti y a por mi hijo.

—Yo… De repente… es importante que estés a mi lado, que me hables, que me digas que me quieres.

—Te quiero. Quiero estar a tu lado.

—Terry…

—En media hora, mi amor. En media hora estaré allí—. Ella asintió y él cortó la llamada. Candy cerró sus ojos con fuerza, y extrañamente, no se sintió mal por haber dicho esas cosas que evidenciaban tanto su necesidad de él. Tal vez era porque en el pasado él no había tenido miedo de decirle cuánto la amaba y la necesitaba.

—¿Santiago? —lo llamó—. Vamos a ducharnos, hijo. Tenemos que salir—. El niño la miró serio, pero hizo caso y fue hasta ella—. Hoy te pondré tu ropa más nueva. Y tus zapatos favoritos, ¿qué te parece?

—¿Iremos con Terry?

—Es tu padre. Te lo dije anoche. Y sí, iremos con él.

—Me duele la barriga.

—Ahora, estoy segura que con un helado de tres pisos de todos los sabores, se te quitará.

—No he almorzado —dijo él mientras Candy le sacaba el pijama que aún llevaba puesto y lo conducía al baño.

—Pues almorzaremos primero—. Santiago no volvió a poner peros y se introdujo en el baño junto a Candy, que lo ayudó a bañarse y luego a vestirse. Cuando el niño estuvo listo, se metió en la ducha ella, lavándose el cabello, lo que tomó más rato del que esperó, así que cuando llegó Terry, ella seguía en la habitación eligiendo qué se pondría. Santiago vio a Terry entrar y quedarse de pie en la estrecha sala. Él lo miró por un momento antes de sonreírle.

—Hola, Santi —el niño no contestó, sólo asintió dando una leve cabezadita.

—Adelante —lo invitó Aurora señalando los sofás—. Siéntate.

—Gracias, Aurora.

—¿Te apetece tomar algo? —le preguntó Aurora.

—No, gracias…

—Candy aún no está lista —le informó—. Santiago, ¿le harías compañía a Terry mientras Candy sale? —Santiago asintió y Terry caminó hasta los sofás para sentarse, Santiago lo hizo en el sillón del abuelo Antonio.

—¿Está todo bien? —le preguntó Terry sin quitarle la vista de encima. Santiago volvió a asentir—. ¿En el cole también? —El niño repitió su respuesta—. ¿Estás enfermo?

—No.

—Ah. Pensé que sí. Como estás tan callado.

—No estoy enfermo.

—Entonces… ¿estás enfadado? ¿Conmigo, por casualidad? —Santiago ladeó su cabeza analizando la respuesta a esa pregunta.

—¿Es verdad que eres mi papá? —le preguntó, y Terry sonrió. No podía ser de otro modo con él. Era tan directo como su madre.

—Sí —contestó Terry—, lo soy.

—¿Y dónde estabas? —siguió el niño—. ¿Por qué has tardado tanto en venir? —Terry comprendió de inmediato la razón de su pregunta, y tomó aire. Tenía que decirle algo que se acercara mucho a la verdad, era demasiado pequeño para comprender las cosas, pero tenía sus preguntas y merecía respuestas.

—¿Recuerdas que te conté que tuve un accidente y por eso tengo cicatrices en las manos? —El niño las miró, allí estaban las cicatrices. Agitó su cabeza asintiendo—. Pues por eso no pude venir antes. Estuve en un hospital mucho tiempo, y luego viajé a otro país.

—¿No me querías? —Terry sonrió con tristeza.

—Sí te quería. Te amaba, pero no te encontraba… ni a ti… ni a tu mamá.

—¿Te perdiste?

—Sí. Estuve perdido mucho tiempo. Pero ya te encontré, a ti y a Candy, y los amo.

—¿Vendrás a vivir aquí? —Terry elevó sus ceja—. La abuelita Aurora dice que los niños deben vivir con su mamá y su papá.

—Sí, eso es verdad.

—Entonces vendrás a vivir aquí, ¿no?

—Ya veremos qué hacemos—. La puerta se abrió y por ella entró Antonio con varios paquetes y bolsas de compras. Al verlo hablar con el niño hizo una expresión de desagrado, pero no dijo nada. Terry se encaminó a él para ayudarlo, y también Felipe, pero él dejó todo sobre la mesa y miró a Terry.

—Has venido.

—Sólo quería saludar a… mi hijo—. Se miraron a los ojos fijamente. Antonio elevó una ceja cuando el joven no apartó la mirada, sino que se la sostuvo.

—Parece que tienes el mismo carácter de tu padre —Terry quedó un poco confundido, pues no comprendió si aquello era bueno o malo. Todo dependía de cómo veía él a su padre, si bien o mal.

—Sólo intento asumir el papel que me dio la vida en su familia, señor White; asumir mis responsabilidades.

—Mmmm, sí. Responsabilidades. Tienes muchas—. Terry miró a Felipe que sonreía mirando a su padre, y parecía concentrado en la conversación de él y Antonio.

—Lo sé —contestó.

—¿Terry? —llamó Candy asomándose a el salón. Terry vio que iba envuelta en una toalla y tenía aún el cabello húmedo—. No tardo —dijo, y volvió a meterse. Antonio hizo una mueca. Era evidente que a esta muchacha no la avergonzaba que la vieran en paños menores, y miró un poco ceñudo a Terry.

—¿Te los vas a llevar? —él sonrió.

—Sólo durante la tarde.

—¿Qué estás planeando?

—¿Qué me exigiría usted que hiciera…? aparte de largarme y morirme, claro —Antonio no lo pudo evitar y sonrió.

—No te pases de listo —le dijo, y tomó de nuevo las bolsas de sus compras y se fue a la cocina, donde había estado Aurora atareada, pero con una oreja en el salón escuchando la conversación. Varios minutos después salió Candy. Lucía un corto vestido azul oscuro con pequeños estampados blancos. Le llegaba por encima de la rodilla,. El cabello trensado de medio lado y un toque de maquillaje en el rostro. Se acercó a él y se puso en puntillas para besarlo.

—¿Hablaste con mi padre? —le preguntó en un susurro.

—Creo que hemos establecido una tregua.

—¿Y hablaste con… Santi? —Terry asintió apretando sus labios.

—Pero debo ganármelo también.

—Te lo ganarás —dijo ella posando sus manos en los brazos de él y sonriendo. Terry también sonrió, pero porque se veía hermosa con esa luz en su mirada y esa sonrisa. Qué tentación el volver a besarla, pero debía medirse. Sentía los ojos de Antonio en la espalda, y los de Felipe en la nuca.

—¿Nos vamos? —propuso, y Candy le extendió la mano a su hijo.

—Papá, mamá —dijo Candy despidiéndose—. Volveremos un poco tarde—. Al escucharla, los dos asintieron sin decir nada. Terry elevó su mano despidiéndose también, y los tres salieron del apartamento.

—Una bonita familia feliz —murmuró Felipe, y Antonio y Aurora volvieron a ocuparse en sus cosas tratando de ignorar el nudo que se les había formado en la garganta.

Terry condujo casi media hora hasta pasar por un portón muy grande.

—¿Vinimos a visitar a tu hermana, o algo?

—No, iremos mañana, ¿no?

—Ah… ¿Entonces?

—Quiero que veas un lugar —sonrió él mirándola fugazmente.

Candy observó atentamente el sitio. Las casas eran apartadas unas de otras y había amplias zonas verdes. Un anciano paseaba un perro y enseguida el interés de Santiago se despertó.

—Mi mamá no me deja tener perro —dijo—. Ni siquiera un gato.

—¿No le dejas? —preguntó Terry mirando a Candy con una ceja elevada.

—¿Has visto el tamaño de mi apartamento?

—Pero ya es hora de que cambies de casa, ¿no crees?

—Sí, ya mi padre vio algunas casas.

—Yo quiero proponerte una que tal vez te guste—. Ella lo miró de reojo, pero él no agregó nada más, sino que avanzó hasta detenerse en una casa de grande blanca y cristal. Candy quedó un poco boquiabierta al verla, y en cuanto el coche se detuvo, bajó. Terry le abrió la puerta a Santiago, que saltó al suelo mirando el jardín, era amplio y de suelo irregular, con pequeñas dunas que parecían hechas de algún algodón verde. De inmediato, el niño corrió a la duna más cercana para tocarla con sus propias manos.

—Santiago, no te vayas a ensuciar la ropa —le advirtió Candy, él la miró sonriendo.

—Es césped.

—Sí.

—Parece algodón. Qué bonito—. Terry miró a Candy con una sonrisa y ella tuvo que contener la tentación de ir y besarlo. Pero, ¿por qué contenerla?, se dijo, así que fue hasta él y le rodeó los hombros, se alzó y le dio un beso. Los interrumpió un hombre que carraspeó llamando su atención, así que ambos giraron sus cabezas.

—Buenos días —se presentó el hombre, calvo y de bigote, pero con voz clara y sonrisa amplia—. Mi nombre es Darío. Quisiera mostrarles la casa, así que, por favor, sigan.

—¡Un agente inmobiliario, eh! —sonrió Candy.

Terry tomó su mano y miró a Santiago. El niño corrió a ellos con un poco de césped en las manos, como si aún no se pudiera creer que no fuera algodón. Entraron en la casa, que estaba vacía, y Candy pudo ver una mansión como la de los padres de Terry, era amplia y hermosa. Tenía varias salas con diferentes ambientes, una cocina al estilo Inglés, grande, y un enorme jardín.

—Aquí Santiago puede correr ¿sabes? —Dijo él señalando el patio—. Y podría tener un perro, sería muy feliz.

—Quién, ¿Santiago o el perro? —Terry se echó a reír.

—Los dos, supongo.

—La casa tiene cuatro habitaciones —dijo Darío Cardozo, conduciéndolos a la segunda planta de la casa—. Dos de ellas tienen su baño propio, y las otras dos comparten un tercero… —Darío siguió hablando de los detalles de la casa, y Candy se adelantó unos pasos para abrir puertas, armarios y ventanas. Santiago se había quedado abajo, corría por el jardín y cuando vio que ella lo observaba desde la ventana, agitó su manita a ella. Candy le sonrió devolviéndole el saludo.

—¿Qué opinas? —le preguntó Terry a Candy, y ella miró alrededor de la habitación principal. Tenía un cuarto exclusivamente para el armario, otro para el baño, que tenía bañera doble, ducha y dos lavamanos con un amplio espejo. Entraba mucha luz y cabría perfectamente una cama enorme. Tal vez podía pintar una de las paredes con un color vivo para darle un toque alegre, y una planta en la esquina le daría también un poco de alegría…

—Me gusta —dijo al fin, y Terry le hizo una mirada al señor Cardozo que éste entendió y los dejó a solas en la habitación.

—¿Puedes imaginarte vivir aquí? —le preguntó Terry poniendo su mano en su cintura y haciéndola girar a él. Ella sonrió.

—Sí, también a mis padres les encantará—. Él hizo una mueca.

—No es para ellos.

—Ah, ¿no?

—Es para ti, y para Santiago.

—¿Quieres que viva sola aquí en esta enorme casa?

—¿Sola? ¡Claro que no! —Candy elevó sus cejas—. Vivirías conmigo, claro está.

—¡Ah… esto es una encerrona! —él sonrió para nada avergonzado. Volvió a tomarle la cintura y le besó el cabello.

—Bueno, imagínatelo por un momento, por favor. Dormiría a tu lado todas las noches, y por supuesto, pasaríamos juntos las mañanas. Yo le haría el desayuno a Santiago antes de que se vaya al colegio, porque tú tardas demasiado con tu cabello —ella rio—. Y puedes invitar a tus padres a pasar las tardes aquí, a cenar de vez en cuando, y yo a los míos, claro.

—Claro.

—No quiero presionarte, pero… ¿te gustaría? —Candy volvió a reír.

—No, claro que no me presionas. Me traes a una casa que está en alquiler, incluso haces venir al agente para que me la enseñe, pero no me presionas.

—Me muero por estar contigo —susurró él acercándola más a su cuerpo—. De hecho… lo que quiero es que nos casemos; sueño con la posibilidad de tener más hijos contigo, ¿por qué no?, y formar una familia. Hacerte el amor sin pensar en el reloj, o en que Santiago duerme solo, o en qué pensarán tus padres. Darte todo lo que te haga feliz, mimarte y…

—¿Deseas casarte? —lo interrumpió ella y él se detuvo en su ensoñación para mirarla fijamente y muy serio.

—Candy, cuando te conocí en la universidad me dije: si algún día me caso, será con alguien como ella.

—¿De verdad? —¡Incluso empecé a echar cuentas! —exclamó él—. Pensaba: ella está empezando la carrera, si logro conquistarla, y eso tal vez me tome un año, conseguiré que sea mi novia. Unos meses después, y cuando sepa que está totalmente enamorada de mí, le pediré matrimonio, y sé que dirá que sí. La boda será entonces cuando ella lo diga, y seguro que me pedirá que espere a graduarse, y yo esperaré, claro, y mientras, yo habré hecho mi especialización, y nos habremos hecho un poco más mayores y maduros…

—Qué chico tan responsable.

—También pensé en el sueldo que ganaría para entonces. Mi fideicomiso expiraba a los veinticinco, así que para entonces ya habría superado la edad y ganaría el dinero por las ganancias de las acciones en la empresa. No pasarías necesidad a mi lado.

—¿Pensaste en todo eso?

—Estaba enamorado, soñaba bastante—. Ella miró al suelo. Tal como había pensado, pudo haber sido hermoso. Pero ahora también lo estaba siendo, pensó, y volvió a mirarlo.

—Las cosas salieron muy diferentes.

—Pero podemos empezar, empezar al fin—. Las manos de él se pasearon por su delgada espalda, y Terry se inclinó para besar la punta de su nariz.

—¿Y cuánto tiempo tengo para pensarlo? —Emmm… ¿cinco minutos? —Candy se echó a reír. Se escuchó la voz de Santiago que los llamaba, y Candy se separó de Terry para atenderlo. Santiago tenía un enorme sapo entre las manos, y Candy dio un paso atrás impresionada.

—¡No toques eso con las manos! —Exclamó ella, pero Santiago miró al animal en sus manos con pesar—… ¿no te da asco?

—¿Por qué le iba a dar asco? —dijo Terry agachándose frente al niño y mirándolo con una sonrisa. Se había embarrado un poco la cara con tierra, pero se veía radiante, las mejillas sonrosadas y agitado de correr.

—¿Me lo puedo quedar? —preguntó, y al tiempo, Candy y Terry contestaron:

—¡No!

—¡Claro! —Santiago miró de uno a otro y Candy miró a Terry enviándole un silencioso mensaje.

Terry se acercó a ella, le dio un beso en la sien y en el oído le susurró:

—Déjamelo a mí.

—Terry…

—¿No confías en mí? —le preguntó, y se alejó para hablar de nuevo con Santiago.

—Vamos al jardín, ¿vale? —El niño miró al pobre sapo en sus manos con un muy mal presentimiento, pero hizo caso. Cuando llegaron de vuelta al jardín, Terry le preguntó dónde lo había encontrado.

—Allí —dijo el niño, señalando una hondonada donde las lluvias habían formado un pequeño charco. Terry caminó hacia allí y el niño lo siguió aún con el sapo en las manos.

—Esta es la casa del sapo —dijo Terry—. ¿Ya le has puesto nombre? —Santiago ladeó su cabeza pensativo. No había pensado en eso.

—Kriki —dijo, y Terry sonrió. Se agachó frente a él y le sonrió.

—Kriki. Excelente nombre.

—¿De verdad me lo puedo quedar?

—Claro, es tuyo.

—Pero mamá dijo que no.

—Bueno, es que ella está preocupada por Kriki.

—No lo creo.

—Sí, lo está. Ella piensa que Kriki va a estar alejado de su charco si te lo llevas a tu casa. Va a echar mucho de menos este bonito lugar—. Santiago miró el amplio jardín en silencio—. ¿Tú no te sentirías un poco triste si te llevaran de tu casa a otro lugar extraño? —el niño volvió a mirarlo.

—Pero lo cuidaré, y le daré mucha agua y moscas.

—Estoy seguro de que lo harás —Santiago sujetó el sapo de una forma que parecía que lo fuera a destripar—. De todos modos —se apresuró Terry—, es como arrancar una de esas flores sólo porque a tu mamá le gustan. ¿Qué le pasaría a la flor si la arrancas?

—Se muere. —Sí, se marchitará. No importa cuánto la cuides y la quieras, se morirá porque no está en su casa, donde es feliz —Santiago miró el sapo, y dando unos pasos, lo soltó de vuelta al charco. Cuando el sapo se escondió de nuevo entre los arbustos, huyendo de su carcelero, a Santiago le tembló la barbilla.

—Kriki sigue siendo tuyo —le dijo Terry poniéndole una mano en el hombro, como si en vez de acompañar a un niño a soltar un sapo, estuviera dándole el pésame a un amigo por la pérdida de un familiar querido.

—Pero ya no está conmigo.

—Claro que sí, y ahora, seguro que Kriki te quiere más, pues no lo has alejado de su hogar. Tal vez tenga hijitos que se alegrarán de que no se fue para siempre—. Santiago volvió a mirarlo, y Terry quedó completamente sorprendido cuando el niño se echó en sus brazos y lo abrazó con fuerza. Terry no perdió tiempo y lo alzó poniéndose en pie, apoyando su mano en los cabellos castaños y rizados del niño y besando su frente, sintiendo que su corazón saltaba en su pecho de una emoción nunca antes experimentada. Toda la ternura, todo el amor que jamás alcanzó a imaginar que era capaz de sentir estaba palpitando ahora en su pecho. Cerró sus ojos y abrazó al niño con fuerza. Su hijo. Cuando lo sintió sollozar, sonrió.

—No te sientas mal por Kriki —dijo, pero tenía la voz un poco afectada por todo el cúmulo de emociones que lo embargaban—. Él debe estar muy feliz.

—No lloro por Kriki.

—¿Entonces?

—Si yo me voy de la casa de los abuelitos… ¿enfermaré también? —Terry lo separó suavemente y lo miró a los ojos con atención.

—Yo desearía que no —le contestó—. Tal vez al principio te sientas raro, pero las personas no somos como los sapos o las flores. Resistimos más.

—Yo quiero a mi mamá, pero también quiero a abuelita Aurora y a abuelito Antonio.

—Y ellos nunca van a dejar de quererte a ti. Los verás muy seguido.

—¿Tú me quieres? —a Terry los ojos le picaron por las lágrimas contenidas.

—Te amo con todo mi corazón—. Santiago se quedó en silencio como analizando esas palabras, como calibrando su veracidad, y al cabo de unos segundos, volvió a abrazar a Terry. —Gracias… —se quedó como si fuera a agregar algo más, pero no lo hizo.

—De nada —dijo Terry, pero entonces dejó de escuchar lo que Santiago dijo, pues lo había tapado con su voz—. ¿Qué? —Preguntó con el corazón en un puño— ¿Qué dijiste?

—Papá —respondió Santiago—. Eres mi papá, ¿no? Te puedo llamar papá—. Ahora sí, Terry no pudo evitar que los ojos se le aguaran.

—Oh, sí. Llámame papá. Eres mi hijo. Llámame papá.

Candy bajó a la cocina mientras escuchaba a Darío que le seguía explicando cosas acerca de la casa. Era una cocina preciosa, con encimera en mármol negro y gabinetes blancos. Desde el ventanal vio a Terry y a Santiago abrazados y quedó paralizada en el lugar. Darío siguió hablando, pero ella ya no escuchaba nada. ¿Qué había pasado?

—Disculpe —le dijo al hombre, y salió de la casa hacia el jardín. Cuando llegó a ellos, Santiago ya se había bajado y corría libre y salvaje hacia el otro extremo del jardín.

—¡Mamá! Voy a buscar un saltamontes —dijo, y siguió derecho en su carrera. Candy miró a Terry, pero él no la miraba a ella, sino que tenía la vista fija en el charco donde antes había estado el sapo que atrapara Santiago.

—¿Ha pasado algo? —él negó meneando su cabeza, y Candy tuvo que ponerse delante de él. Lo encontró con los ojos cerrados y la mandíbula apretada— ¿Te dijo algo desagradable? —indagó ella, y él sonrió al fin manteniendo sus ojos cerrados.

—No, no.

—¿Entonces…?

—Me… me llamó papá—. Candy abrió grandes los ojos de sorpresa. Terry abrió los suyos, y hoy más que nunca se vieron tan brillantes como dos zafiros cristalinos—. Me llamó papá —repitió.

Candy lo abrazó con fuerza, y se estuvieron allí, el uno en brazos del otro largo rato. Felicitándose, alegrándose, compartiendo las satisfacciones y los sueños hechos realidad.

—Mi hijo es un chico fácil —bromeó Candy volviendo con Terry a la casa, tomados de la mano y sonrientes.

—Claro que no. ¿Por qué dices eso?

—Un par de palabras bonitas y cayó rendido. Será presa de las chicas malas. Ya tengo miedo.

—No hables así de mi hijo —dijo él con voz seria, y Candy se echó a reír.

—Me gusta la casa —comentó ella admirando la fachada.

—Eso me alegra.

—Y sí que podría imaginarme a Santiago aquí. En las pocas horas que lleva en este sitio ya es feliz. Pero… —él la miró en silencio. Sabía que iba a haber un pero—. Esto es demasiado rápido, Terry.

—¿Me estás pidiendo tiempo?

—Unos meses.

—Es demasiado… Llevo tanto tiempo amándote…

—Y yo llevo tan poco no odiándote… —Terry se quedó en silencio, sintiendo sus palabras como un balde de agua fría—. Todavía te estoy conociendo, todavía… sigo tomando decisiones que son tan, tan importantes, que a veces me da miedo.

—Pero no tienes que… —ella le puso el índice sobre los labios con delicadeza, callándolo.

—Sé que deseas poner en marcha la vida que soñaste. Creo que me amas, ¡te creo! Pero necesito… necesito tiempo… al menos, para acostumbrarme a la idea—. Terry bajó la mirada. Pasaron largos segundos en silencio y Candy lo vio tragar saliva y sintió su corazón arrugarse un poco, pero no cedió.

—Está bien —dijo él al final—. No tengo otra opción, ¿verdad? —su sonrisa era más bien triste, y lo vio respirar profundo y alejarse de ella unos pasos. Quiso ir tras él, llamarlo, pero decidió mantenerse firme en su decisión.

Terry llamó a Santiago, que salió de algún recoveco entre el jardín. Candy lo vio hablar con Darío Cardozo, estrechar su mano y encaminarse al coche. Ya se iban. Hora de volver a la vida real. El fantasear e hilvanar sueños se había acabado, al menos por hoy. Sintió el corazón oprimido, pero no podía hacer nada más. Terry le estaba pidiendo demasiado, ella no se sentía preparada para vivir con él. El sexo estaba bien, y sería mucho más cómodo para ambos si no tenían que salir corriendo después de cada encuentro, pero en la comodidad no siempre estaba la felicidad, y ella prefería dar un paso cada vez. Subieron de nuevo al coche de Terry, y él los llevó a un restaurante para comer. Candy no dijo nada durante un buen rato, sólo escuchó a Santiago y a Terry hablar sin parar acerca de todo. Ya antes se habían llevado bien, así que no era de extrañar que retomaran esa amistad. Qué bueno que Santiago todavía fuera un niño con el corazón puro y dispuesto.

—Te llevo de vuelta a tu casa, ¿o quieres ir a otro sitio? —Candy lo miró inexpresiva. Él no parecía triste ahora, ni molesto, ni nada. Al parecer, su charla con Santiago lo había ayudado a sentirse mejor. No a ella, ella se sentía fatal.

—No. Quiero ir a casa. Me siento cansada.

—Yo no —dijo Santiago—. No quiero ir a casa.

—¿No tienes deberes que hacer?

—Ya los hice ayer.

—Pero mamá está cansada —dijo Terry con voz conciliadora.

—Por favor… —Terry miró a Candy esperando que, como siempre, regañara al niño y zanjara la cuestión, pero ella suspiró y dijo: —Si quieres pasar la tarde con… tu papá, adelante—. Después lo miró a él y en voz baja añadió: —Pero te agradecería que me llevaras a casa.

—Claro.

—¿Me puedo quedar?

—Sí—. El niño celebró haciendo una exclamación, y Terry miró a Candy de reojo, que se recostaba en el asiento y se masajeaba los ojos.

—¿Te encuentras bien?

—Sólo estoy cansada.

—Claro, ha sido un día largo—. Ella ladeó su cabeza para mirarlo, pero Terry se puso a hablar con Santiago de lo que harían a continuación. Se sintió un poco ignorada, pero ¿qué podía hacer? Tal vez su hijo merecía protagonismo. Y luego se dio cuenta de que sentía celos de su propio hijo. Terry bajó con ella a la entrada del edificio y la acompañó al lobby. Frente al ascensor, Terry le dio un beso y ella se quedó allí unos segundos más.

Telma la había llamado para invitarla a salir, pero era verdad que le había empezado a dar dolor de cabeza, así que su amiga decidió venir, preparar comida entre las dos como solían hacer, y luego encerrarse en la habitación para hablar. Primero habían hecho una disección de su relación con Adrián, la cual parecía ir sobre ruedas, y luego habían empezado las preguntas acerca de Terry, hasta que Candy se había visto acorralada y, tal como dijera Telma, entre sonrojos y vergüenzas admitió que se había acostado con él.

—Te estás protegiendo, ¿verdad? —preguntó Telma, y Candy escuchó su voz como desde el fondo de una cueva.

—¿Eh? —preguntó.

—Que si te estás protegiendo. No querrás volver a quedarte embarazada. Candy sintió que toda su piel se quedaba fría de repente. No. No se habían protegido. ¡Ni una vez! Y ya había perdido la cuenta de las veces en que hubo sexo, y él se corrió dentro de ella, y… ¡Mierda, se podía haber quedado embarazada!

—¿Candy? —preguntó Telma.

—Claro que sí —mintió.

—Ah, bueno. De todos modos, Terry no es un niño, debe saber cómo hacer las cosas.

—Sí, sí—. Casi inconscientemente tomó el teléfono y buscó el número de Terry. Quería preguntarle si él sí había tomado alguna precaución. Ella no, mierda. Para nada. ¿Por qué había olvidado las precauciones? Dios, Dios, rezó cerrando los ojos, ignorando lo que Telma decía. Por favor, no permitas que otra vez esté embarazada. No puedo volver a pasar por esto, detener mi vida otra vez por un embarazo. Por favor, no.

Terry observó a su hijo jugar en el jardín con Pablo, su recién descubierto primo. De inmediato se llevaron bien y Pablo le mostró todos sus juguetes, con los que Santiago quedó encantado, y Viviana los hizo ir al jardín para que jugasen allí y disfrutasen un poco del sol. Ahora estaban concentrados en un lego de casi mil piezas, coches de carreras no más grandes que sus manos, y pistas donde sufrían aparatosos accidentes. Sonrió pensando en su propia niñez, también tuvo primos con los que jugó mucho, pero su hermana fue la que más lo sonsacó, aún en su adolescencia.

Miró a Candy que estaba a su lado observando la hermosa casa de su hermana. Seguro la estaba analizando más como arquitecta que como posible habitante, y sonrió también. Roberto, el esposo de Viviana, estaba allí y sostenía a Perla, la recién nacida.

Candy estaba un poco distante hoy, pensó. Le había dado un beso sobre los labios cuando fue a recogerla a su casa junto al niño, y notó que apenas lo había mirado. Hubiese deseado preguntarle si algo le ocurría, pero delante del niño no lo hizo, y ahora tendría que esperar a estar de nuevo a solas para hablar en privado. Tal vez seguía un poco sorprendida por su propuesta de ayer. Por otro lado, Candy no se estaba comportando como esperó con Perla. Había pensado que se entusiasmaría y le haría preguntas a Viviana, que la alzaría y mimaría un poco. Había visto a las mujeres derretirse por Pablo en el pasado, y Perla era tan preciosa que no era normal que alguien pasara de ella, pero Candy apenas había mirado a la niña. Tuvo que recordar que tal vez su propia experiencia en todo lo referente a la maternidad las cosas no habían sido agradables para ella. Y luego cayó en cuenta de que Candy había admitido no haberle dado el pecho a Santiago. Se puso en pie cuando sintió otra vez ese peso en el corazón. Habían sido muchos años donde Candy acumulara su odio hacia él, lo pensara, lo perfeccionara. No podía pretender con unas pocas semanas bonitas y llenas de frases de amor borrarlas para siempre, pero en ocasiones se desesperaba, pensando en que la lucha estaba siendo más dura de lo que podía comprender. Caminó hacia Roberto y le pidió a la nena para alzarla, y él no tuvo reparo en cedérsela. Perla era hermosa, con el cabello oscuro de Roberto y los ojos azules de los GrandChester. Aunque podía ser que se les oscurecieran, todavía estaba muy pequeña.

—Seguro que te mueres por conocer toda la casa —dijo Roberto mirando a Candy con una sonrisa.

—La verdad, sí —admitió ella.

—Pues ven. Mientras Viviana se ocupa de la cocina, te llevaré a dar un paseo. Seguro que Terry no tiene problema en quedarse nos minutos con Perla.

—Estoy más que bien acompañado.

—Lo sabía —Candy sonrió y se puso de pie siguiendo a Roberto. Terry borró su sonrisa al quedarse solo. Miró la espalda de Candy, que se alejaba sintiéndose preocupado, sabiendo que algo pasaba, pero sin manera de imaginarse el qué.

—Fue construida especialmente para nosotros —le dijo Roberto a Candy, que miraba los estantes de libros en una biblioteca que aún no se llenaba.

—¿De verdad? —Preguntó con una sonrisa—. Pues es muy bonita.

—Gracias. Le di mis ideas a Richard, y él la construyó.

—Pues tienes madera de arquitecto —Roberto se echó a reír.

—No, para nada. Lo mío es hacer dinero, soy muy soso—. Candy respiró profundo tomando en sus manos un libro cualquiera y pasando su mano por la portada—. En aquella época —siguió Roberto—, Terry todavía era estudiante—. Candy lo miró ahora—. ¿Has visto fotografías de esa época? —ella negó meneando la cabeza, y Roberto buscó un álbum de fotografías. Lo abrió sobre una mesa, y

Candy notó que era enorme, lleno hasta el final de fotografías. Sintiendo curiosidad, se acercó.

—Es de Viviana. Casi se peleó con Ellynor por haberse adueñado de él. Prometieron compartirlo.

—¿Las fotografías no debería tenerlas la madre?

—No conoces a Viviana. Además de que adora a su hermano, es bastante terca. Mira —él le señaló una foto, y vio a Terry de más o menos tres años de edad. Se impresionó al ver que tenía la misma cara de Santiago.

—Qué guapo.

—Míralo aquí —le señaló ahora una foto donde debía tener más o menos diez años, y Richard lo tenía alzado por un brazo y una pierna, y él colgaba casi tocando el suelo con una risotada. . Roberto fue pasando las fotografías. Tenía fotos en otros países y lugares del mundo siempre con sus padres o su hermana. Siempre riendo, haciéndole burla a Viviana con sus dedos sin que ella se diera cuenta, durmiendo a pierna suelta en un mueble con algún perro, feliz con su toga y birrete de la universidad, orgulloso de haberse graduado como arquitecto… Y de repente, las fotos cambiaron. Una cena familiar, y él estaba serio. Un cumpleaños, y Terry parecía, más bien, querer salir corriendo de allí. Su mirada era diferente, distante, aburrida. Una foto, donde al parecer todos hacían un brindis, le llamó la atención. Él miraba su copa y en su boca había un rictus amargo. Mientras los demás alzaban la copa y sonreían, él la miraba como si en la suya hubiese veneno, y se lo hubiese puesto su mejor amigo. Alzó la mirada de la foto para mirar a Roberto, y éste la estudiaba atentamente.

Candy pestañeó un poco y sacudió su cabeza.

—Siempre ha sido guapo —dijo.

—Sí. No se le puede quitar, y si le preguntas a Viviana…

—Seguro que opina que es lo más de lo más.

—Se llevan cuatro años de diferencia, y muchas veces se han peleado a gritos.

—Terry no parece el tipo de persona que se pelee a gritos.

—No el Terry que conoces ahora. De adolescente fue bastante temperamental…

—Por qué dices "el Terry que conozco ahora" —lo interrumpió ella.

—Porque eso que le hicieron hace cinco años lo cambió —contestó Roberto cerrando el álbum y guardándolo—. Lo cambió totalmente. Hasta ahora que empezamos a ver una sombra de lo que él fue—. Candy sonrió con un poco de desdén.

—Ya veo. Me trajiste aquí y me enseñaste ese álbum para que me compadeciera de él. Eso no es necesario; ya estamos saliendo.

—No, no pienses así…

—Los GrandChester deben estar tranquilos. Ya le estoy dando una oportunidad a Terry, ya… ¡ya tenemos una relación! Y aunque la relación no siguiera adelante, Santiago ya está vinculado con vosotros. Sabe que él es su padre, sabe que Ellynor y Richard son sus abuelos. Aunque Terry y yo cortáramos… —se detuvo cuando vio a Terry en la puerta, muy serio, con Perla en brazos, que se movía como si algo la molestara, y Candy quedó allí, casi petrificada en el suelo. Roberto se acercó a Terry y tomó a la niña de sus brazos, saliendo de la biblioteca y dejándolos solos. Terry miró a Candy por un largo minuto en silencio, mientras ella dio un paso atrás y miró en alrededor los libros, los muebles… cualquier cosa, menos a él.

—¿Debo… debo estar preparado? ¿Vas a dejarme? —preguntó él con voz suave. Candy apretó sus dientes.

—No lo sé. Cualquier cosa puede pasar—. Terry pestañeó y frunció el ceño.

—No. Cuando me preguntan por mi relación contigo, yo sonrío y digo: seguiremos adelante, estaremos bien. Nunca, menciono la mínima posibilidad de dejarte. Lo que tengo contigo es algo sagrado para mí, no juego con eso. De hecho… me da hasta miedo sólo de pensarlo.

—Somos muy diferentes, ya ves. Yo no doy por sentadas las cosas.

—No, ni yo, pero soy positivo. Porque te amo.

—¡Pero yo no! —exclamó ella—. No siento lo mismo por ti. Tu familia… me aturde mostrándome fotos de ti, mostrándome que también fuiste una víctima…

—Les diré que no lo hagan —dijo él con la garganta un poco apretada.

—No es sólo eso. ¡Estoy cansada!

—¿De qué, Candy? —ella guardó silencio, y él avanzó un paso hacia ella—. ¿Estás cansada de mí? —preguntó, pero ella no contestó—. ¿Estás cansada de qué?

—¡De todo! —Contestó ella al fin—. De este… miedo constante, de esta sensación de que no controlo mi destino. Me siento acechada por ti…

—Yo no te acecho. Siempre he ido de frente y con la verdad como bandera.

—¡No! ¡Estás intentando atarme a ti como sea! Con la casa, ¡con Santiago!

—Candy…

—¡Me siento como si hubiese llegado aquí a la fuerza, arrastrada por un poder que no conozco, que me controla y odio eso!

—No…

—Incluso… —siguió ella— es posible que esté otra vez embarazada, ¿te das cuenta? —Él alzó su mirada a ella, con los ojos grandes de sorpresa—. ¡Es muy posible! —siguió Candy, y Terry vio que sus ojos se humedecían—. Yo… no tomé precauciones. Como… terminé mi relación con Armando, y de mala manera, no volví a tomar la píldora, y en ninguna ocasión que estuve contigo tomé precauciones. ¡Y tú tampoco! ¡Tienes más experiencia que yo, y tampoco hiciste nada! ¡No quiero estar embarazada! ¡No otra vez! ¡No lo quería tampoco la primera vez! ¡No quiero volver a pasar por ese infierno! Terry ahora estaba inexpresivo, ni siquiera pestañeaba, y la vio secarse las lágrimas y sollozar.

—Mi vida se estancó durante años por el embarazo de Santiago —siguió Candy, y Terry tomó nota de que ella decía "el embarazo", no "mi embarazo"—. Todo se detuvo, todo se echó a perder. Mi carrera, mis planes. Más que la violación en sí, fue eso lo que destruyó mi vida. Tener que mostrar una barriga que odiaba, tener que decirle a todo el mundo: sí, estoy embarazada, pero no conozco al padre. Es una vergüenza, pero es que soy una víctima. Y luego… Dios, tener que verlo, darle el pecho… ¡no fui capaz! ¡Y no quiero volver a pasar por eso! Estoy avanzando por fin, mi carrera por fin está por buen camino. Quiero ser una arquitecta, maldita sea, ¡no una esposa y madre de tres o cuatro hijos! ¡De niña no jugué con muñecas, sino con legos armando edificios! ¡Estaba intentando retomarlo, y otra vez apareciste tú! ¿Es que no puede la vida, por una vez, hacer caso de mis deseos? ¿Son demasiado mezquinos, acaso? —ella se detuvo al fin, y Terry no dijo nada que diera respuesta a sus preguntas. Después de un largo rato en silencio, por fin tomó aire y habló.

—No es posible que estés embarazada —dijo al fin, y ella volvió a mirarlo. Lo vio sonreír, pero fue una sonrisa rara, pues no se dibujó ni en sus labios ni en sus ojos—. Después de lo que pasó, Candy, mi cuerpo se afectó de maneras que no te imaginas. Digamos que… las posibilidades de que yo vuelva a dejar embarazada a una mujer son muy, muy bajas… —Candy palideció y lo miró en silencio—. Sólo podré tener otro hijo si mi mujer decide practicarse la fecundación in vitro, pues si se lo dejamos al azar o al destino… puede que nunca suceda. Cuando te dije que mi sueño era casarme contigo y que tuviéramos más hijos… estaba soñando. Tenía la intención de decírtelo más adelante, porque era tu derecho antes de que tomaras cualquier decisión, y tal vez, me dije yo en mis fantasías, tal vez ella acepte hacerse la dichosa fecundación… Como ves, si no es con la ayuda de la ciencia, no hay modo en que algo así pase, así que no te preocupes por eso. No creo que estés embarazada. Y… si has notado el elevado interés de mi familia en Santiago, es porque saben que probablemente sea el único hijo que tenga jamás. Candy bajó la mirada sintiéndose fatal, y un dolor lacerante empezó a carcomer su corazón y su alma.

—Por otro lado… —siguió Terry— Ya sé que te hice daño en el pasado. He intentado repararlo, he tratado de… cubrir con mi amor el sufrimiento que te causé. No he encontrado aún el modo de explicarte bien, el modo en que no tengas dudas nunca jamás de que no fue mi culpa, de que no sé qué nos puso a los dos allí, en ese momento, y en ese lugar. No sé qué pasaba por mi mente cuando te sometí de esa manera—. Candy lo miró ahora apretando sus dientes, y vio que una lágrima bajaba por la mejilla de Terry, pero él la limpió casi inmediatamente—. Pero tenía la esperanza de que al menos por mi hijo sintieras otra cosa, porque es tuyo también. Si en tu vientre hubiera otra criatura mía, también sería tuya, ¿no? —Él tomó aire, y Candy vio que tenía sus hombros caídos—. Tenía la esperanza de que ya no miraras más hacia el pasado, que pudieses ver el futuro con optimismo. Que… Sonará pretencioso, tal vez… pero tenía la esperanza de que me hubieses perdonado. Cuando me besaste, allí en Brasil, pensé que al menos habías borrado de ti el asco que me tenías, lo di por hecho, la verdad… Y mi principal deseo, en lo que me he empeñado desde que te volví a encontrar, ha sido que supieras, que tuvieras seguro… que todo lo que te pasará de ahora en adelante, ya no tendría por qué ser un infierno, porque yo estaría allí para ti, apoyándote en todo. Si estuvieras embarazada, no pasarías por eso sola; si fuera cierto que tienes otro hijo mío en tu vientre, yo… —sacudió su cabeza interrumpiéndose—. Pero no es cierto. No tengas miedo—. Él se dio media vuelta y salió de la biblioteca. Candy quedó allí, con sus puños tan apretados que casi se hacía daño en las palmas con las uñas. Se miró los pies por lo que pareció ser una hora, y nadie vino en su rescate, nadie vino a decirle que se podía devolver el tiempo, que él no tenía un corazón susceptible a las heridas, como cualquier otro ser humano en el mundo. Con la garganta dolorida por el nudo que se había formado allí, volvió a la sala de estar. Encontró a Viviana sonriendo y hablando con Terry y los niños, que habían vuelto del jardín, pues ya oscurecía. Terry no la miró, y Viviana se puso en pie caminando hacia ella con una sonrisa.

—He pedido la cena —sonrió ella, y Candy elevó la cabeza para mirarla, pues era alta, hermosa, tan sofisticada…

—Por favor quédate.

—No creo que sea posible —dijo Terry con la voz un poco hueca—. Santiago debe acostarse temprano.

—¡Pero tengo muchas cosas que hablar con mi cuñada! —Exclamó Viviana—. Muchas historias donde tú pasas vergüenza —Terry sonrió, pero no dijo nada. Viviana miró a Candy, pero ella tampoco respondió, parecía un poco perdida ahora mismo. Hizo una mueca comprendiendo que no conseguiría que se quedaran. Miró a su esposo, y éste hizo un movimiento con su cabeza que le pedía que no insistiera, y entonces se preocupó. ¿Había problemas? Dejó salir el aire y puso una mano en el hombro de Candy.

—Vale, como queráis. Pero por favor, vuelve. Créeme que quisiera poder hablar contigo de muchas cosas. Al fin tengo una hermana—. Candy asintió y tragó saliva tratando de desatar el nudo de su garganta. Vio a Terry ponerse en pie y llamar a Santiago, que no dudó en protestar, pues se estaba muy contento jugando con su primo. Miró a Cabdy esperando que ella diera la última palabra, pero ella no dijo nada y Santiago tuvo que acogerse a la orden de Terry. Al parecer, él también mandaba.

Continuará...