CAPÍTULO 18
Se despidieron con besos y abrazos, y subieron en el coche. Santiago iba parloteando sin parar, y Terry prefirió hablar con él que quedarse callado.
—Pablo tiene una bicicleta —informó Santiago—. Pero no la monta, no sabe. Mamá, va a cumplir cuatro años, como yo.
—Sí, ya casi te alcanza.
—No, porque yo voy a cumplir cinco años. Papá, en febrero cumplo cinco años.
—¿De verdad? Qué buena noticia.
—Mamá me dijo que cuando cumpliera cinco me haría una fiesta. ¿Verdad, mamá?
—Sí, hijo.
—El diecisiete de febrero. Papá, que no se te olvide.
—¿Quieres de regalo una bicicleta? —el niño miró a Candy de reojo.
—Es de mala educación pedir—. Terry se echó a reír.
—Ya te dije que a mí puedes pedirme lo que sea. Si quieres una bicicleta, o unos patines, dímelo.
—Quiero una bicicleta —sonrió Santiago—. Y unos patines también.
—Vaya, ya has perdido toda la vergüenza —sonrió Terry. Santiago volvió a mirar a Candy, pero ella seguía callada.
—Espero que lo hayas pasado bien —le dijo Terry inclinándose para darle un beso a Santiago. --Ya habían llegado al apartemento de Candy
—Sí, gracias. Tía Viviana me dijo que también podía volver cuando quisiera.
—Y es verdad. Sólo tienes que pedirlo y te llevaré. Claro, antes tienes que pedirle permiso a tu madre—. El niño volvió a mirarla, pero Candy miraba a otro lado. Santiago se metió en el edificio, como siempre hacía.
—Bien, nos vemos entonces —dijo Terry, y se dio la vuelta para entrar en el coche.
—Terry —lo llamó Candy, y él giró su cabeza ya con la mano en la manija de la puerta— Para mí ha sido muy difícil aceptar todo esto —siguió ella—. Siento que… tal vez jamás me recupere del todo. Parece que estoy rota por dentro, y no hay manera de repararme—. Él asintió, pero no se dio la vuelta para mirarla de frente.
—Tienes razón. Tal vez nunca nos recuperemos—. Él suspiró—. Tal vez estaba escrito que no funcionaría —dijo—. Ni en el pasado, ni ahora—. Abrió la puerta para entrar—. Parece que, a fin de cuentas, el amor no lo es todo en una relación—. Y con esas palabras se metió en el coche dejándola sola, lo puso en marcha y salió de allí.
Candy se quedó quieta en el mismo lugar mucho rato. Él le había dejado.
Candy se sentó en la cama sin poder dormir. Una a una todas las palabras de Terry venían a su mente, dando y dando vueltas en su cabeza. Las palabras que le dijera con respecto a Santiago y al posible bebé que había en su vientre se parecían mucho a las que le había dicho su madre cuando se supo que estaba embarazada. Sí, el bebé era hijo de ese hombre, pero también era suyo. Tan sólo por eso debió haberlo amado desde que supo que estaba en su vientre, había dicho ella. Dio unos pasos y corrió la cortina para mirar hacia fuera la noche oscura y solitaria. En esa época no lo había visto así. Ahora que podía analizarlo con cabeza fría, se dio cuenta de que en ese entonces estaba tan llena de rabia y dolor que no pensaba claramente, y aún hoy se venían a su mente los ecos de aquellos sentimientos. Había llorado cada noche, había ignorado las patadas del niño en su vientre como si simplemente no estuviese allí. Había cerrado su corazón a la ternura que inspiraba un bebé recién nacido, y se había endurecido de tal forma que un embarazo para ella no representaba la felicidad que debía, sino miedo, ira y tristeza. Miró hacia su hijo, que dormía con tranquilidad mirando hacia la pared. Consiguió despertar su sentimiento e instinto maternal por Santiago, y había sido un poco tarde, pero éste al fin llegó. Había momentos ahora en que se preguntaba cómo sería su vida sin él. Tal vez el sueldo le alcanzara un poco más, tal vez tuviera más libertad y tiempo libre, pero no era capaz de imaginarse esa vida sin un enorme hueco en el corazón, un hueco que ahora llenaba él. Amaba a su hijo, de eso no tenía duda, pero todavía había un poco de resentimiento por haber tenido que tenerlo en aquellas circunstancias. Había sido difícil. Pero eso ya pasó, dijo esa vocecita de siempre en su cabeza. Ya es pasado.
Se puso la mano en su vientre otra vez plano. Terry había dicho que no era posible que estuviese embarazada, que probablemente nunca sucedería, y otra vez un pinchazo de tristeza la atravesó. Ella rechazando al hijo que pensaba habían hecho, y él anhelándolo. ¿Si estuviese embarazada de verdad, asumiría ella de nuevo ese comportamiento? Ya no lo sabía. Tal vez, al saber que probablemente era otro milagro, fuera diferente. Intentaba justificar su comportamiento de ahora por lo que había sucedido en su pasado. Había sido grave, había sido horrible, pero ahora se enteraba de que más allá de su sufrimiento, había habido otra persona que también lo había pagado caro. Ella perdió bruscamente su virginidad y tuvo un bebé casi en contra de su voluntad, pero Terry había perdido la alegría de la vida, el brillo en sus ojos y la confianza en los amigos; la capacidad para volver a dibujar con detalle y la de hacer hijos otra vez. Haciendo cuentas, él había perdido más. ¿Debía compadecerse de él por eso? Compasión no es amor, se dijo, y estaba segura de que Terry tampoco lo aceptaría. Él quería amor, él quería su amor. Se volvió a acostar pensando en que a pesar de que tenía ese sentimiento en su corazón, estaba marchito como los petalos de una rosa que ha sido cortada y olvidada... Era un pobre amor dolorido y sin libertad, y sólo ella, y tal vez su mamá, sabía que estaba allí palpitando, pidiendo un poco de luz. Cerró los ojos sintiéndose triste. Ella le había dicho que no lo amaba, y eso seguro había sido lo que hizo que la dejara. Más que el haber dicho que odiaba la idea de estar embarazada, más que esas otras cosas horribles que se salieron de su boca como si quisiera castigarlo, el golpe certero había sido ese, sin duda. Tal vez la perdonara, tal vez mañana todo volviera a la normalidad.
Pero no volvió. Nada era normal. Cuando iba en el autobús camino a su trabajo, inconscientemente miró su teléfono. A esa hora él siempre le enviaba un saludo de buenos días. Pero hoy, nada.
Llegó a las oficinas y no lo vio hasta media mañana, que salió con su padre y lo vio de pasada. No la saludó, a pesar de que la había visto. A medio día tampoco la buscó para ir a comer juntos, y se fue la tarde y tampoco se vieron.
Llegó la noche y Candy pasó, por primera vez desde que volviera a trabajar aquí, un día sin cruzar palabras con él. Y se sintió todo muy raro. Y el martes fue igual. Ya el miércoles tuvo que controlar sus ojos, gobernarlos para que se quedaran sobre su trabajo, fuera en una pantalla de ordenador o un plano. Cualquier cosa. Sus ojos siempre lo estaban buscando a él. ¿Era en serio?, quiso preguntar Candy ¿Me dejaste en serio? ¿No me amabas de verdad? El jueves se encontró con él en el ascensor. Ella lo saludó con un "buenos días", y por primera vez, él habló con ella.
—Esta noche iré a tu casa —dijo, y el corazón de Candy saltó emocionado, feliz, retumbando en su pecho. Él iría a su casa, hablarían, se reconciliarían y él volvería a decirle que la amaba. Después de todo, no podía estar sin ella, ¿no? Lo había dicho mil veces—. Quiero ver a Santiago —dijo él, y toda esa emoción se fue bajando. Santiago. Claro, Santiago.
—Ah… Sí. Pero… ya sabes que entre semana se acuesta temprano.
—Aunque sea una hora —dijo él sin sonreír—, quiero verlo.
—Vale. No hay problema—. Él salió del ascensor antes de que ella pudiera preguntarle si entonces se irían juntos. Si se iban en su coche, tal vez pudieran hablar, pero él no le dio ocasión de aclarar ese asunto, y ella se quedó con la pregunta en los labios. Cuando ya todos salían, ella tomó su bolso y miró hacia la oficina de Terry, pero él no estaba. Le preguntó a una de las secretarias, y ésta le contestó que él había salido a media tarde y no pensaba volver, lo que quería decir que esa conversación en su coche quedaba cancelada. Caminó al ascensor un poco cabizbaja. No te desanimes, se dijo. Lo verás en casa.
Entró al apartamento esperando encontrarse a Terry y a Santiago hablando, sonriendo o viendo la televisión, pero no había nadie.
—Buenas —saludó en voz baja.
—Terry vino y se llevó a Santiago —le informó Aurora mirándola con ojos algo preocupados—. Dijo que tú le habías dado permiso. Yo… no sé, ¿y si se lo lleva?
—Mamá, no se lo va a llevar.
—Tú y él estáis enfadados, ¿verdad? ¿Y si se lo lleva?
—Ya te lo he dicho, no se lo va a llevar—. Candy se sentó en la mesa del comedor quitándose los zapatos, pero allí no estaba Santiago para que le trajera las pantuflas. Ni Santiago, ni Terry. Apoyó su cabeza en su mano sintiéndose de repente muy vacía. ¿Qué estaba haciendo aquí? Viviendo aún en la casa de sus padres cuando había un hombre que le había mostrado una casa de ensueño, le proponía un hogar lleno de amor, un paraíso sólo para ella… Sus ojos se humedecieron, pero venció a las lágrimas poniéndose de pie y caminando a su habitación.
—La cena ya está lista —le dijo Aurora.
—No tengo hambre, mamá —contestó ella sin mirarla, y se metió en su habitación.
Terry y Santiago llegaron a eso de las nueve, y Santiago estaba bastante emocionado. Ella no salió de su cuarto para saludarlos; ya estaba en pijama, y, además, había llorado un poco y no quería que nadie la viera así. Santiago llegó sonriente y contándole que habían ido a jugar con un videojuegos y después habían comido pizza.
—Mmmm, te has divertido —comentó ella, pero Santiago la miró serio.
—¿Estás enfadada con él?
—¿Por qué lo dices, corazón? —el niño no respondió, y Candy suspiró—. No tiene nada que ver contigo, no te preocupes.
—Y la casa donde fuimos. ¿Ya no vamos a vivir ahí?
—¿Te gustaría vivir allí? —Santiago asintió agitando su cabeza.
El domingo por la mañana, Terry la llamó. Para hablar con Santiago, claro, y ella, molesta, se lo pasó. El niño recibió el teléfono y se fue a otro lado de la casa para hablar con él, pero Candy lo vio muy poco entusiasmado. Regresó ofreciéndole el teléfono.
—Quiere hablar contigo —dijo. Candy lo tomó, y vio a Santiago zapatear hasta llegar al sofá y mirar muy serio la televisión.
—Dime —pidió ella por el teléfono.
—¿Puedo llevarme a Santiago hoy todo el día? —Candy apretó los dientes.
—No —dijo de inmediato—, lo siento.
—Pero… quiero verlo.
—Yo también tengo derecho a pasar un poco de tiempo con mi hijo.
—Lo tienes toda la semana.
—No. Quiero pasar el domingo con él.
—Candy...
—¡Vaya, recordaste mi nombre!
—Candy, nuestras discusiones no tienen nada que ver con Santiago.
—No estoy metiendo a Santiago, sólo quiero tenerlo yo también un día.
—No nos peleemos más, seguro que te está escuchando—. Candy miró al niño, y efectivamente, Santiago había estado atento a la conversación—. Está bien —se resignó Terry—, tú ganas. Lo dejaré pasar.
—No tienes otra opción.
—Te recuerdo que si estamos peleados es por ti, no por mí.
—¿Qué quiere decir eso? ¡Fuiste tú quien me dejó! —exclamó ella.
—No, Candy, tú fuiste quien terminó la relación. No sientes nada por mí… no soy tan tonto como para seguir contigo si no hay nada en tu corazón hacia mí. Hasta el más enamorado de los hombres debe aprender a aceptar cuándo perdió una pelea.
—Hasta el más…
—Nos vemos mañana en las oficinas —cortó él—. Hasta entonces. Candy se quedó con su teléfono en la mano. "Hasta el más enamorado de los hombres", había dicho él. Todavía la quería, pero se había retirado por lo que ella había dicho. Tal como lo sospechaba. Pero ¿cómo se lo digo?, se preguntó. Practicar en un espejo no sería suficiente. Se puso en pie y llamó a Santiago. El niño la miró sin ganas.
—Vamos a salir por ahí.
— Sin embargo, regresaron sólo una hora después, y esa tarde, como nunca, Santiago tomó la siesta.
¡Candy! —la llamó Adrián el lunes por la mañana separándose del grupo en el que estaban Terry y Richard hablando. Ella se detuvo en su camino hacia su cubículo y vio que Adrián se acercaba a paso rápido mientras Terry seguía hablando con los otros—. Te estaba buscando —le dijo Adrián—. Iniciaremos un recorrido por las obras. Te necesito.
—Ah… bueno.
—Espero hayas traído los zapatos adecuados.
—Sí, siempre.
—Bien, salimos en media hora—. Adrián se alejó y Candy miró en dirección a Terry, pero él se alejaba también con su padre hacia las oficinas. Ni siquiera la había saludado. Otra vez. Se sentó en su silla desganada. Ayer le había bajado la regla. Se había retrasado cuatro días. No estaba embarazada, tal como dijo él. Debía estar tranquila. Pero no lo estaba. Sentía un peso sobre sus hombros y una culpa terrible, y lo peor, como siempre había sido él quien la buscara a ella, siempre él iniciando la conversación, sonsacándola, siempre atrayéndola… ella no sabía cómo hacer para disculparse. Quería disculparse, quería pedir perdón. Pero era una analfabeta en esto de las relaciones, y tenía que reconocer que lo había herido de verdad, lo que lo hacía todavía más difícil. Además, lo que le había dicho, que no podría tener más hijos en el futuro, no había dejado de darle vueltas en la cabeza todos estos días. Había pensado que sólo las mujeres se entristecían cuando sabían que por alguna razón no podrían tener hijos. Hasta ahora no veía que a los hombres también les afectaba. Antes de media hora Adrián empezó a acosarla para que salieran pronto. Ella cogió su bolso y salió con él mirando a todos lados, deseando volver a ver a Terry, pero él no estaba por allí. Tenía que ser valiente y buscarlo ella, no podía dejar seguir pasando el tiempo, la discusión no le había sentado nada bien, ver a su hijo triste porque sabía que se estaban peleando también la tenía angustiada. Debía hacer algo y no encontraba la oportunidad. Se iría a las obras y no sabía a qué horas volvería… Pero si se quedaba, seguro que tampoco sería capaz de buscarlo, porque tenía miedo. Para amar se necesita ser valiente, concluyó, y se dio cuenta de que todo este tiempo ella había sido una auténtica cobarde. Debía arreglarlo. Tal vez era cierto; ambos estaban echados a perder, estaban rotos por dentro, tenían muchas heridas internas, miedos, traumas… pero la idea era que entre los dos se curaran esas heridas, desaparecieran esos miedos, no que el uno le aumentara las cargas al otro, tal como estaba pasando. ¡Pero, cómo, cómo, cómo!
Llegaron a la obra y Candy decidió desplazar en el fondo de su alma esos temores y preocupaciones. Estaba aquí y era lo que amaba. Oh, su carrera, la que había sido, por años y años, la primera en su lista de prioridades. Pero de repente esto ya no era tan emocionante, y revisó lo que tenía que revisar, verificó lo que tenía que verificar, y aportó lo que tenía que aportar sin pizca de emoción. Los pensamientos relegados en el fondo de su alma tenían ojos zafiros, y éstos saltaban a cada momento distrayéndola, retorciendo su corazón, acusándola. Iba a enloquecer. Extrañaba conversar con él de todo. Que comprendiera las cosas que le decía sin tener que dar muchas explicaciones, que la hiciera reír, que le tomara la mano al caminar. Y sus besos, diablos, añoraba que la besara, que con una mano la atrajera tomándola de la cintura mientras le sonreía con esos labios tan hermosos y se inclinara...
—Toma —le dijo Adrián, interrumpiendo sus pensamientos, pasándole un sándwich de cordero y un zumo de botella. Ella lo cogió algo confundida—. No tenemos tiempo para almorzar —explicó él—. Yo invito.
—Es lo menos que puedes hacer —refunfuñó ella, y Adrián sonrió. Caminaron por el piso bajo del edificio en construcción, esquivando las vigas desnudas y pilas de bloques, arena y gravilla. Adrián había estado hablando con el jefe de obra y un ingeniero analizando los planos y el progreso de la construcción. Estimando el tiempo que les llevaría tenerlo listo y quejándose de los retrasos e imprevistos. Recordó que a varias de sus compañeras de estudio les molestaba tener que venir a sitios como este, pues se les ensuciaba la ropa y se les echaba a perder los zapatos. Pero a ella le encantaba. No ponía peros cuando había que venir, y por eso Adrián siempre la buscaba.
—Tengo que cuidar bien de ti —siguió él mirándola con una sonrisa de medio lado—. Terry me advirtió que, si por mi culpa pasabas hambre, me mataría—. Ella alzó su cabeza para mirarlo tan rápido que casi le duele el cuello.
—¿Él te dijo eso?
—Obviamente, quién va a ser. Parece una gata parida contigo—. Candy sintió un aire fresco llenar su alma y reemplazar el ambiente enrarecido que se había establecido en su corazón. Él estaba enfadado, triste o herido, o todo al mismo tiempo, pero en su corazón aún no había terminado con ella. ¡Había esperanza! Su teléfono sonó en ese momento y Candy caminó a un lado de la obra para contestarlo. Era un rincón algo solitario, pero entonces vio allí a un obrero, que la miró como si hubiese visto un fantasma y Candy se fue a otro lado a contestar su llamada.
—¿Mamá?
—Candy, creo que vas a tener que pedir permiso en tu trabajo e ir por Santiago al colegio —le dijo Aurora.
—¿Ha pasado algo con el transporte?
—Sí. Me llamaron para decir que hoy no podrán traerlo a casa—. Candy frunció el ceño. Hasta hoy, eso no había pasado—. Yo estoy con tu padre mirando unas casas —explicó Aurora— y se nos fue el tiempo. Estamos muy lejos, no llegaremos a tiempo.
—Ay, yo también estoy muy lejos.
—No puede ser. Llama a Felipe entonces…
—Felipe está en clase.
—¿Y ahora qué? Si salgo de aquí, no importa si cojo un taxi, el niño tendrá que esperar más de una hora solo en el colegio.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Candy, pero luego respiró profundo—. No… no te preocupes, llamaré a Terry.
—Eso, hazlo. Lo dejo en tus manos—. Aurora cortó la llamada y Candy miró su teléfono buscando el número de Terry, que le contestó casi de inmediato la llamada.
—¿Va todo bien? —preguntó él, y ella no pudo evitar sonreír.
—Todo está bien —contestó Candy—. Te llamo… para pedirte un favor.
—¿Santiago?
—Candy se mordió los labios preguntándose como había hecho él para adivinarlo.
—Sí. Se trata del niño. No hay quien lo recoja en el colegio hoy y…
—Yo iré. Dame la dirección.
—¿De verdad? Te lo agradezco mucho. Es que los del transporte llamaron para decir que no podrían trarelo, mis padres están lejos, yo también…
—No importa, Candy. Dame la dirección y yo voy por él—.
Candy se la dio sintiéndose un poco rara. En parte estaba feliz porque él había aceptado sacarla de este apuro de inmediato, y por el otro, él estaba siendo un poco cortante. Cortó la llamada y miró su sándwich sintiéndose sin hambre. En dos horas volvería a llamarlo, y aunque tuviera que obligarse, le pediría verse con él a solas para hablar. Tenían que hacerlo, como fuera.
Terry llegó a la escuela y de inmediato una profesora con uniforme y aspecto cansado lo hizo pasar.
—Usted es el padre, ¿verdad? —le preguntó, y Terry asintió mirando los pasillos llenos de dibujos y carteles, pero por allí no estaba Santiago.
—Sí, soy yo. ¿Dónde está?
—Necesito hablar con usted antes de que lo traigan.
—¿Pasó algo? —preguntó él algo aprensivo. La profesora se mordió los labios.
—Hoy Santiago presentó un comportamiento algo agresivo hacia uno de sus compañeros.
—¿Santiago? ¿Mi Santiago?
—Sí, señor. Le… le pegó a otro niño.
—No, no. Debe haber un error.
—No lo hay. Yo lo vi hacerlo. Fue sin provocación; Santiago le pegó—. Terry miró boquiabierto a la profesora, pero se repuso y se masajeó los ojos.
—Vale… hablaré con él de esto.
—Se lo pido. Este comportamiento es inaceptable en un niño de cuatro años, y de cualquier edad, realmente. Es la primera vez que se presenta, y no sabemos qué circunstancias especiales está viviendo en casa, pero no se puede repetir.
—Sí, sí. Discúlpelo, no pasará otra vez—. La profesora asintió y se alejó para buscar al niño. Santiago apareció entonces arrastrando su cartera y con la cabeza gacha. No levantó la vista para mirar a Terry; en otra ocasión se hubiese emocionado por ser él quien lo fuera a buscar, pero no era así—. ¿Estás listo? —Le preguntó Terry—. ¿Nos vamos? —el niño asintió con un movimiento de la cabeza y fue tras él Terry le abrió la puerta de atrás del coche y el niño entró, dejó que le abrochara el cinturón y permaneció en silencio. Terry lo miró apretando sus labios. Quería abrazarlo, darle un beso que lo consolara, preguntarle qué había pasado, pero había obrado mal y abrazarlo y besarlo podía traducirse de manera equivocada. No podía ni debía pensar que a él no le importaba que fuera agresivo, o que se lo pasaría por alto. Terry se sentó frente al volante y acomodó el espejo retrovisor de manera que pudiera verlo.
—Tienes algo que contarme —le dijo, pero Santiago permaneció en silencio—. La profesora dice que te vio pegarle a un compañero, Santiago. ¿Eso es verdad? —el niño no dijo nada, sólo miró por la ventanilla. Terry respiró profundamente y encendió el coche para salir de allí. Terry condujo mucho rato, pensando y pensando. Hoy más que nunca recordó a sus padres. ¿Cómo actuaban ellos cuando debía ser amonestado o castigado? Debía, primero, llevarlo a un sitio neutral, donde pudieran hablar. No podía ser un lugar que él considerara premio, como la casa de sus padres, un lugar de juegos, o una heladería. No podía ser en su casa, pues allí estarían los abuelos, entrometiéndose sin querer, e interrumpiendo la conversación. Decidió llevarlo a su propio apartamento.
Santiago miró todo en alrededor cuando entró en la que era la casa de su papá y dejó la cartera llena de libros en el suelo.
—Siéntate donde quieras —le dijo Terry, pero el niño permaneció de pie.
--Seguro que tienes hambre, pediré el almuerzo. Mientras, cuéntame qué fue eso que hizo que le pegaras a un compañero de clase—. Santiago siguió sin hablar. Terco, se dijo
Terry. Igual que su madre. Llamó a un restaurante pidiendo algo para él y para Santiago, y al terminar, se sentó frente al niño en silencio también. Se cruzó de brazos y esperó.
—¡Yo no quería! —exclamó el niño, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Entonces la mano se levantó sola y le pegó.
—No lo volveré a hacer.
—¿Por qué estás tan enfadado, Santiago?
—Él me llamó tonto.
—No, uno no le pega a una persona por algo así. A mí me decían de todo, se metían conmigo porque era más inteligente que los demás, y no les pegaba por eso. Yo creo —siguió Terry apoyando sus brazos en sus rodillas y mirando al niño entrecerrando sus ojos— que estás molesto por otra cosa. Seguro que ya antes te han puesto apodos y no te importó. ¿Estás enfadado con alguien más, Santiago? —el niño meneó la cabeza negando—. ¿Estás enfadado con tus abuelos?
—No.
—¿Con tu tío Felipe?
—No.
—¿Con tu mamá y conmigo? —el niño se quedó callado—. ¿Por qué estás enfadado con nosotros?
—No estoy enfadado.
—¿Es porque estamos peleados? —el niño lo miró al fin.
—¿Por qué estáis peleados? —Santiago se secó las lágrimas—. No quiero que estéis peleados. Prefiero que se den besos—. Terry sonrió triste, sintiendo su corazón estrujado por las lágrimas de su hijo.
—Ven aquí —le dijo, y lo atrajo con un brazo y lo estrechó en su pecho. Lo abrazó mucho rato, y sintió al niño llorar, desahogando al fin sus miedos e inseguridades. Le besó los cabellos cerrando sus ojos, diciéndole que todo estaría bien, que no se preocupara, y Santiago se quedó allí por un largo rato, en el regazo de su padre, llorando en su pecho como sólo un niño podía hacerlo.
—¿Está todo bien? —le preguntó Candy a Terry por teléfono; lo había llamado justo a las dos horas para saber cómo le había ido con el niño. Tal vez ya estaban en casa, aunque lo dudaba. Sabía lo que se preocupaba Terryvpor su hijo, seguramente lo había llevado a almorzar por allí y ahora paseaban o jugaban en algún lado.
—Sí —contestó él—. Más o menos.
— Más o menos? Terry… ¿le pasó algo al niño?
—El niño está bien, no te preocupes —le dijo él—. Tal vez su compañero no lo esté tanto.
—¿Qué compañero?
—Un niño tonto que le dijo tonto a mi hijo. Y Santi le puso la mano encima.
—¿Qué? ¿Le pegó?
—Exactamente.
—¡No puede ser! Santiago nunca haría eso, ¡debes ser mentira!
—La profesora misma lo vio, no hay error.
—Mi hijo no es así.
—Lo sé, Candy —le dijo él—. Pero lo hizo. Me lo acaba de admitir.
—Hablaré con él.
—Ya lo hice yo, no te preocupes.
—No, no. Me va a oír.
—Candy, no es necesario, ya me ocupé del asunto.
—No puedo permitir que esto vuelva a suceder. No quiero un niño abusador, ¡no quiero que se convierta en eso!
—No me estás escuchando —se quejó Terry—. Ya me ocupé del asunto. Te lo explicaré bien depués, ¿vale?
—¿Después?
—Si no quieres…
—No, no… Sí. Hablemos.
—Vale. Por lo pronto… me tomé la tarde para pasarla con Santiago.
—Lo estás premiando.
—Créeme que no. Necesitaba, más que un castigo, alguien que lo escuchara.
—Él está bien, ¿verdad?
—Terry suspiró.
—Estará bien. No te preocupes, lo llevaré pronto a casa.
—¿Podríamos… salir los tres después? Para hablar…
—¿Entre semana? No te gusta acostarte tarde... —Candy sonrió.
—No me importará en esta ocasión —eso dejó pensativo a Terry, pero sin desear hacerse muchas ilusiones, ignoró el comentario.
—Está bien, te esperaré en casa de tus padres esta noche.
—Gracias—. El cortó la llamada sin añadir nada más, y Candy besó su teléfono deseando que fuera Terey. Miró alrededor otra vez y buscó a Adrián para continuar con su trabajo.
Llegó temprano a casa, pues Adrián la había traído en su coche desde las obras que habían ido a visitar, y tal como lo deseaba, se encontró a Terry junto a Santiago en el salón, hablando y jugando. Aurora los miraba desde el comedor, donde estaba sentada mirando unas revistas.
—Buenas —saludó Candy al llegar, y Santiago se puso en pie al verla, miró nervioso a Terry, y ante una señal de éste, se acercó a Candy a paso lento.
—Perdóname, mamá —le dijo—. Yo no lo volveré a hacer—. Candy sonrió con el corazón arrugado.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Comprendes que no hay nada en este mundo que justifique la violencia, ¿verdad? Pase lo que pase, tú no tienes por qué pegarle a nadie, sea grande o pequeño, niña o niño, una persona o un animalito.
—Lo sé. Lo siento. ¿Me perdonas?
—Está bien —le dijo Candy al fin, abrazándolo—. Te perdono, mañana te disculparás también con ese niño—. Candy miró a Terry, que estaba sentado en el suelo, con una mano apoyada en la rodilla y observando la escena—. Estabais jugando —observó ella. Entre los dos estaban los juguetes de Santiago, y el peluche de Totoro sentado como si fuera parte de la reunión.
—Pero ya íbamos a recoger todo —dijo Terry—. ¿Cenamos fuera? —Candy miró a su madre, que le abrió los ojos animándola a que aceptara.
—Ah… Claro, sí.
—Entonces vamos.
—Deja y… me cambio de ropa.
—Así estás bien.
—No, no lo estoy. Estuve en la obra, debo estar llena de tierra, y también… —se detuvo, pues no podía explicarle que estando en pleno período menstrual una mujer debía ser más meticulosa que de costumbre. No tardo—. Candy corrió a su habitación y se quitó la ropa, luego al baño para darse una ducha rápida. . Santiago lo miró con una sonrisa, y él extendió la mano para tirarle de un moflete.
Candy salió más de media hora después luciendo pantalones jeans oscuros y una blusa negra sin mangas. Se puso encima una chaqueta también de jeans y Terry observó que se había puesto poco maquillaje. No te ilusiones, se reprendió. Ella dijo muy claro que no te quiere, no se vistió así para ti. Santiago tomó su abrigo y se lo puso muy entusiasmado, y se despidió de su abuela con un beso antes de salir por la puerta acompañado de sus padres.
Se veían guapos, decidió Aurora. Hacían una bonita familia. Cada día Terry demostraba que era de confianza, aunque ella misma no dejaba a veces de sentir un poco de duda, pero era más porque él era un hombre con dinero y muchos contactos que le permitía conseguir casi cualquier cosa, sobre todo con el niño. Sin embargo, aun habiendo tenido oportunidades, Santiago seguía aquí. Al parecer, él quería el lote completo, no se conformaría sólo con una parte de lo que era su familia. Ojalá que los miedos e inseguridades de su hija también se fueran disipando y no lo echara a perder.
—Quiero comer pollo frito —dijo Santiago subiéndose a la silla—. Mamá, quiero pollo frito.
—Esta bien, amor.
—¿Seguro que te lo comerás todo? —le preguntó Terry al niño, y Santiago asintió.
—¡Tengo hambre!
—Vale, te pediré una porción, pero no dejes nada en el plato. ¿Quieres que pida algo para ti, Candy? —ella lo miró ya sin sonreír; él se estaba comportando algo distante. La había invitado a comer con el niño, pero no parecía tener un ánimo conciliatorio. Le dictó su pedido y él se alejó hacia uno de los restaurantes. Para la ocasión, habían decidido ir a la plaza de restaurantes de un centro comercial, que estaba algo solitario por ser lunes. Allí, habían tenido ocasión de pedir cada uno lo que quisiera, pero se habían adherido al antojo de Santiago y los tres pidieron pollo frito. Mientras esperaban su plato, Santiago, como siempre, acaparó la conversación contando cosas del colegio, haciendo preguntas acerca de lo que lo rodeaba y riendo.
Candy los miraba sonriendo. Santiago estaba muy diferente esta noche de lo que había sido toda la semana, hablaba, sonreía fácilmente, y parecía entusiasmado con todo. Les cogía la mano a ambos y a veces se colgaba y tenían que sostenerlo en el aire porque no le daba la gana de apoyar los pies en el suelo. Estaba feliz, era indudable. Hacia las nueve de la noche ya estaba cansado y durmiéndose de pie. Había sido un día largo para él, así que decidieron volver a casa. Nada más Terry le abrochó el cinturón en el asiento de atrás, se quedó dormido.
—Lo ha pasado muy bien —dijo Candy—. Muchas gracias por ocuparte de él hoy.
—Es mi hijo, Candy. Ocuparme de él es un deber, no tienes que agradecerme nada—. Ella lo miró fijamente por unos minutos. Lo echaba de menos. Ya no le sonreía, ya no la miraba con miel en los ojos, ya no era igual. Necesitaba recuperarlo, era urgente.
—Os llevaré a casa, tú también madrugas mañana —siguió él poniendo la mano en la palanca de cambios del coche y Candy puso la suya encima de la de él deteniéndolo.
—No, no nos lleves aún.
—Santiago está dormido.
—Quiero hablar contigo—. Terry la miró fijamente.
—¿De qué, Candy?
—De… —ella inspiró hondamente y soltó: —de nosotros.
—De nosotros —repitió él sin mucho entusiasmo.
—Hablemos —pidió ella—. Por favor.
—Vale. Está bien. ¿A dónde vamos, entonces?
—Llévanos a tu apartamento—. Él ahora quedó un poco pasmado. Se acercó a ella y la olfateó. Candy lo miró confundida.
—No has bebido licor…
—Eso, lejos de molestarla, la hizo reír.
—Claro que no.
—Entonces, ¿por qué estás diciendo esas cosas?
—Porque… Dios… yo…
—Si nuestra conversación se va a desarrollar así, se nos va a ir la noche entera —dijo él metiendo al fin el cambio y saliendo de la zona del parquing—. Está bien, vamos a mi apartamento, con Santiago dormido no podremos quedarnos en otro sitio; ir a tu casa también queda descartado—. Ella se mordió los labios, ya que él estaba tomando su propuesta de ir a su apartamento más como la última opción, pero no se desanimó. Hicieron gran parte del camino en silencio, y cuando hablaron, fue acerca de Santiago. Él le contó lo que había hablado con el niño, la razón que le había dado para pegarle al chico.
—Ya me había contado que ese niño lo molesta —dijo Candy—. Creo que también tendré que hablar con la profesora al respecto.
—No, acuérdate que Santiago alzó la mano él primero. No puedes, además de agredir a alguien, decir que fue culpa de él. Santiago tiene que aprender a manejar los problemas de manera diferente. Ya si el niño sigue molestando y Santiago guarda la compostura como lo venía haciendo, intervenimos—. Candy lo miró con una sonrisa, y él, al sentirla en silencio, se giró a mirarla. Ella sonrió.
—Eres muy sensato —dijo. Él la miró de reojo varias veces, volviendo sus ojos a la carretera, mirándola a ella, a la carretera, a ella otra vez. Candy volvió a reír.
—¿Te burlas de mí? —preguntó él.
—Claro que no.
—Sí, te burlas—. Él desaceleró y entró al fin en su edificio, tomó a Santiago en brazos, que era un peso muerto, y se lo echó al hombro.
Candy casi suspira al verlos así. Al entrar al apartamento, Terry acostó a Santiago en su cama, y volvió al salón para ofrecerle una bebida, ella aceptó tomar una copa de vino.
Terry estaba nervioso. ¿Por qué ella se estaba comportando así? ¿Por qué no era esquiva, por qué tan dócil? Tal vez quería retomar las cosas donde las dejaron, pero a él no le bastaba con eso ya, quería mucho más. De todos modos, decidió ir con tiento.
—Hoy estuve con Adrián en las obras —le contó ella sentándose en las butacas de la cocina. Él, que estaba al otro lado de la encimera, dejó su copa de vino apenas empezada a un lado—. Me dijo que… que le habías dicho que, si me hacía pasar hambre, lo matarías.
—Mmmm —admitió él sin sonreír—. Nadie sabe que lo dejamos, así que no quise ponerlo sobre aviso.
—Ah, ya. Terry… —Candy se cruzó de brazos, apoyándolos sobre a encimera y sin levantar la mirada—. Yo… ¿Hay… alguna posibilidad de que… lo…? —cuando ella se quedó callada, Terry se echó a reír y se acercó a ella.
—¿Qué es eso que te cuesta tanto decir? Estás aquí, tenemos a Santiago dormido en la habitación, seguro que nada nos interrumpirá, y tú no eres capaz de sacar eso que tienes dentro. ¿Es tan malo?
—No, no es malo.
—Ya—. Él salió de la cocina y se quitó el abrigo quedando en mangas de camisa. A Candy se le hizo agua la boca al ver sus movimientos mientras se arremangaba y desabrochaba unos cuantos botones para estar más cómodo. Cuando vio que se sentaba en el sofá, casi corrió a sentarse al lado de él.
—Es que no quiero seguir peleada contigo —dijo al fin—. No quiero más… esta distancia—. Él la miró fijamente—. No soy buena expresando mis sentimientos. Dios, me cuesta… pero yo… yo no te odio—. Él suspiró.
—Buen comienzo.
—No, no… espera… Terry… no me lo estás poniendo fácil.
—Oh, lo siento. En cambio, para mí… siempre fue un lecho de rosas.
—¿Así que eso haces? ¿Ponérmelo difícil a propósito para que… sepa lo que tú sentiste?
—Yo siempre fui claro respecto a mis sentimientos, Candy. Te los declaré siempre, no importa cuánto me gritaras que me odiabas, siempre te los dije por el simple hecho de que no los podía mantener dentro.
—A mí me pasa lo contario —dijo ella bajando los ojos—. Están allí… dentro, pero… están encadenados, no pueden salir, no es fácil sacarlos.
—¿De qué hablas?
—De mis sentimientos —ella alzó la mirada, y la de él estaba clavada en ella.
—¿Qué sentimientos, Candy? —Ella abrió la boca para decir algo, pero no salió nada—. ¿Qué sentimientos, Candy? —repitió él, y Candy cerró sus ojos con fuerza, como si fuese a llorar, como si le estuviera doliendo algo muy dentro. Cuando lo sintió más cerca aún, el contacto de su nariz con su mejilla, acariciándola levemente, pidiéndole que lo dijera, que lo dijera… Candy abrió al fin sus ojos.
—Yo te quiero —él se retiró un poco bruscamente para mirarla. Sin embargo, los ojos de Candy parecían un poco perdidos, como si no se pudiese creer que lo hubiese dicho en voz alta. Tenía la respiración agitada, y los ojos se le estaban humedeciendo. No te arrepientas de decirlo, quiso decirle. No menosprecies lo que para mí ha sido lo más hermoso que he escuchado jamás, y antes de que ella abriera la boca para desdecirse, o borrarlo con alguna otra frase, la besó. Selló el caudal que seguramente se venía con un beso y Candy no lo rechazó. ¡Ah, la extrañaba, la extrañaba tanto! Quiso decirle cuánto la amaba, cuánto la había echado de menos, pero esperó, y dejó de besarla para mirarla otra vez. Ella al fin lo miró a los ojos.
—No te quiero perder —dijo ella, y Terry estuvo a punto de jurarle que eso nunca pasaría. Ah, tonto, hazte rogar un poco, se dijo—. Estos días sin ti fueron… tan… vacíos. No me di cuenta de cuánto…
—Me querías —eso la hizo sonreír. Ya que a ella aún le costaba decirlo, él la ayudaba muy libremente.
—Pero sigo firme en que debemos ir despacio—. Él hizo un movimiento con sus cejas y se volvió a alejar—. No, no, escúchame. No te pongas en esa actitud.
—No tengo ninguna actitud.
—Está bien, como sea, por ahora, escúchame. Te odiaba, te aborrecía —él hizo una mueca. Ella estaba volviendo sobre ese tema otra vez, pero tal como ella le había pedido, tenía que escucharla hasta el final. Comunicación; la clave del éxito en las relaciones, y ellos tenían mucho qué hablar, aunque gran parte no le fuera a gustar ni cinco—. Tenía tu cara en mi mente y era para lanzarle juramentos de muerte. No sabes cuánto te odié. Fuiste amable al principio esa vez, me enamoraste con tus rosas, sí, y con las palabras tan bonitas que dijiste… y eso me hizo sentirme peor, enojada conmigo misma porque confié en ti. Por eso, quererte es como traicionarme a mí misma. Es una lucha increíble la que he tenido que pelear para por fin decirte esto. ¿Me comprendes? —él la miraba fijamente. Tragó saliva y asintió.
—Más o menos.
—No quiero que te rindas conmigo —pidió ella tomando su mano y acariciando el dorso con su pulgar—. No te rindas conmigo, te lo ruego.
—Candy… —murmuró él abrazándola, y Candy lo rodeó con fuerza.
—Ese día sólo estaba asustada. Muy asustada. Vivir juntos… es demasiado pronto. Quisiera hacerlo, quisiera arrancar de mí todos mis miedos e inseguridades, pero no es tan fácil como decir: quiero y puedo. Tal vez se necesite un proceso, si será largo, no lo sé; si será lento, tampoco. Por eso te pido que no te rindas conmigo. No quiero a nadie más que a ti—. Él, ante esas palabras, la alzó sobre su regazo y la abrazó con más fuerza, paseando su mano por todas partes.
—Está bien, lo siento.
—Te precipitaste al llevarme a esa casa, reconócelo. Dijiste que tendrías paciencia, pero a las pocas semanas ya me estabas presionando para irme a vivir contigo. Y luego… el miedo de haber quedado embarazada… Terry, no somos una pareja normal. A otros quizás les funcione que al mes ya se estén declarando amor eterno y yéndose a vivir lejos y juntos… nosotros tenemos un pasado en común que debemos primero aceptar, sanar, y luego… sobre esas cicatrices… construir—. Él asintió, aunque tenía el rostro escondido entre el cabello de ella y su garganta—. Si vamos despacio —prometió ella—estoy segura de que iremos mucho más lejos que si aceleramos.
—Lo entiendo —susurró él.
—Perdóname —lloró Candy—. Te dije cosas horribles. Te dije que odiaba estar embarazada. Es sólo que… mi experiencia fue tan… no soy capaz de verlo aún como algo hermoso, como debería ser. Pero no me dejes, Terry…
—Candy…
—Por favor —ella tenía el rostro enterrado en su espalda, lo apretaba con fuerza, y Terry se quedó un rato allí en silencio, casi disfrutando un poco el momento. Incluso sonrió—. Si de verdad hubiese habido un hijo tuyo en mí… estoy segura de que…
—No mientas, Candy —la acusó él.
—¡No estoy mintiendo!
—Te cuesta tan sólo imaginártelo.
—Pero me habría acostumbrado a la idea. Ahora sé lo que es estar sin ti. Habría hecho algo, por favor… —él no pudo evitarlo y se echó a reír en silencio. Ella sintió el movimiento de su abdomen, y lo interpretó otra vez de manera errónea. Creyó que estaba llorando. Algo se arrugó dentro de ella, y lo giró para mirarlo a los ojos, pero entonces lo vio riendo. Confundida, dio un paso atrás.
—Está bien —dijo él al fin—. Está bien. No te preocupes por eso.
—Pero tú…
—Sí, me dolió muchísimo que aun sin estar segura, rechazaras a nuestro bebé… que no existe, de todos modos —él se fue poniendo más serio, y elevó su mano hasta tocar su rostro y acariciarlo suavemente—. Me dolió más por ti, porque me di cuenta de que tus miedos y traumas son mucho más profundos de lo que me imaginé… pero no estoy enfadado contigo por eso. Ya no.
Te vendrás con nosotros cuando nos mudemos? —Candy miró a su madre interrogante.
—¿Qué quieres decir?
Tu padre quiere que nos mudemos cuanto antes. Creo que habrá que cambiar de escuela a Santi.
—¿Está muy lejos?
—Sí, un poco. Otra vez nos cambiaremos de lugar… —dijo ella, y casi pareció una queja. Candy miró a su madre fijamente, que tenía la barbilla apoyada en su mano y miraba lejos.
—Mañana iremos a verla, ¿te parece?
—Candy negó sacudiendo su cabeza.
—Tendrá que ser después. De hecho… quería pedirte… Terry me pidió que saliera con él el fin de semana…
—Me vas a pedir que cuide de Santiago, ¿eh? —Candy se mordió los labios—. A Santi no le gustará que lo dejen fuera esta vez.
—No creo que le importe. Le hemos dedicado tiempo esta semana.
—Los niños son una esponja; absorben y absorben. Mientras más atención le des, más atención querrá.
—Entonces, ¿qué me aconsejas?
—Qué importa, escápate—. Candy sonrió—. Cuando vivas con Terry —dijo poniéndose en pie— no habrá necesidad de escapar —Aurora escapó antes de que Candy pudiese hacer un comentario, y en el momento llegó Felipe cargado de libros y con hambre, y Aurora se dedicó a atender a su hijo menor.
—¿Qué haces? —le preguntó Candy a Terry entrando a su oficina. Él se giró a mirarla y sus ojos se demoraron un poco en su escote, que estaba un poco revelador, pero de inmediato volvió sus ojos sobre la mesa de dibujo, donde habían estado posados antes.
—Unos... unos planos—. Candy se acercó a la mesa y miró. Era el dibujo de la fachada de una casa con tejado a dos aguas, doble garaje y un jardín inmenso.
—¡Qué bonita!
—Gracias. —¿Es tu próximo proyecto?
—Más bien es un proyecto viejo —sonrió él y empezó a enrollar el papel—. Lo estoy retomando.
—¿Por qué? ¿lo rechazaron?
—Sí, la persona finalmente eligió otro diseño.
—Ah, vaya. Qué desperdicio.
—Lo mismo dije yo. Lo estoy modernizando un poco. Ahora que soy un arquitecto más reconocido, tal vez lo venda.
—Seguro que lo harás —dijo ella con una sonrisa, y Terry, incapaz de resistirse mucho tiempo más, se inclinó a ella y la besó. Ella respondió a su beso y le rodeó los hombros con sus brazos. A pesar de llevar todo un día trabajando, su aroma era agradable, femenino, atrayente. O era que llevaba ya semanas sin ella.
—Dime que ya puedo llevarte a mi cama y hacerte el amor una y otra vez —Candy se echó a reír.
—¿Dónde quedó el romanticismo?
—Llevo semanas sin ti, el romanticismo está un poco adormecido ahora mismo.
—¿Adormecido? Esa palabra suena extraña —dijo ella sobándose un poco contra él. Terry gimió.
—Qué mala eres —Candy volvió a reír—. ¿Hablaste con tu madre de Santi? —Candy asintió—. ¿Dijo que sí?
—Tal como te dije.
—Emmm, habría sido bueno que esta vez dijera que no. Mamá habría estado encantada de tenerlo con ella un fin de semana.
—Y habría vuelto un poco malcriado—. Terry se echó a reír.
—No me malcrió a mí.
—Pero por alguna razón, ella está obsesionada con Santiago. Esta semana lo llamó casi a diario.
—Lo adora.
—Lo sé—. Él guardó el plano junto con los demás que se hallaban en su oficina y le tomó la mano para salir del edificio. Cuando estuvo afuera y mientras caminaba a su coche, él se detuvo y miró a los lados. Candy lo miró interrogante.
—¿Pasa algo? —le preguntó. Lo vio pasarse la mano por la nuca, pero luego le sonrió y retomó el camino al Mercedes Benz.
—Nada, nada. ¿Sabes? —Dijo en voz un poco alta, y Candy no pudo evitar pensar en que estaba actuando raro—. He pensado cambiar de apartamento.
—Ya era hora —rio ella. Entró a su coche y se puso el cinturón de seguridad.
—Sí, lo sé —dijo él encendiendo el motor, y otra vez echó una mirada alrededor—. Es estrecho, indigno de mí —Candy volvió a reír.
—¿Y a dónde te pasarás?
—Si quieres, te lo enseño.
—¿Ya lo tienes visto?
—Bueno, Él entró a un edificio de apartamentos de lujo. Le dieron la bienvenida como si lo conocieran y caminó con ella de la mano hacia los ascensores. Candy miraba todo un poco alelada. Siendo arquitecta sabía que toda esta construcción era fina, con los últimos estándares de calidad, y muy lujoso.
—¿Es aquí? —preguntó.
—¿Te gusta?
—Es precioso.
—¿Quieres probar lo amplia qué es la cama?
—Seguro que cabemos en todas las posiciones.
—Ah, te sorprenderías
—Ella volvió a reír encantada sintiendo el beso de él en su cuello. La llevó paso a paso hasta hacerla caer sobre la cama, y en un segundo estuvo sobre ella.
Candy empezó a desabrocharle la camisa. Metió las manos por sus costados sintiendo su piel cálida y suave, tan elástica. Siguió paseando sus manos por la piel de su espalda sintiendo un estremecimiento recorrer la suya—. Te amo, Candy —siguió él metiendo su mano debajo de su falda y apretando con algo de fuerza su muslo. Ella lo miró a los ojos—. Te amo —repitió él—. Estoy seguro de que te amaré toda mi vida—. Ella sonrió mordiéndose los labios. Los ojos le picaron por la humedad que se había formado en ellos. No hagas esperar al amor, dijo la vocecita. Cerró sus ojos y suspiró.
—Yo… yo también te amo —dijo al fin, y Terry se quedó completamente quieto al escucharla— Es algo que… ya sabía, porque se notaba desde los puntos más lejanos de mi corazón, desde todos los rincones. Tú lo dudabas, pero ya yo lo sabía—. Se mordió los labios, sintiéndose un poco sonrojada. Nunca se imaginó que pudiera decir palabras así, pero había empezado, y estas no parecían detenerse—. Me vuelves loca con tu aroma y tu voz, pero este enloquecimiento es dulce, me hace feliz. Mi alma sonríe sin que rían mis labios; la luz de tu amor por fin alcanzó mi corazón…
—Oh, Dios —dijo él cuando ella se detuvo—. Oh, Dios… —repitió, y escondió su rostro en el hueco de su cuello, y Candy lo sintió temblar. Lo abrazó con fuerza con brazos y piernas, besó su cuello, sacó levemente la lengua y la pasó por su oreja. Lo escuchó gemir, y Candy fue consciente de que entre sus brazos tenía a un hombre que, por fin, estaba rozando con sus dedos el cielo. Se alzó sobre ella y la besó profundamente, besándola más allá de sus labios, de la profundidad de su boca. Parecía que él quisiera rozar su alma, tocarla y enlazarse con ella. Candy no lo evitó, y cerró sus ojos ante el mundo, centrándose en este beso, en este hombre y en este amor. Sintió su mano desnudarla, pero no fue muy consciente de ello, y que él entrara en su cuerpo fue tan natural y tan adecuado, que parecía que desde el principio de los tiempos ellos habían estado así, unidos. Sus almas habían estado siempre unidas, y por azares de la vida, éstas se habían separado hacía ya mucho tiempo. Alguien lloró, alguien gimió. Candy no supo cuál de los dos fue. Debió ser ella, porque se acercaba a la plenitud de su felicidad, con él dentro, con ella rodeándole. Tal como debió ser desde los albores de la humanidad. Cuando juntos llegaron al orgasmo, y volvieron de ese mundo que era sólo para los dos, él se desnudó, y luego la desnudó a ella para dedicarse a mimarla y a regalarse con las curvas del cuerpo de su mujer. Era como si, luego de un largo período muriendo de sed, al fin pudiese beber directamente de un manantial de agua viva.
Continuará...
Qué cree, si ya llemos al final en el siguiente Capítulo.
Feliz Sabado. JillValentine.
