CAPÍTULO 19.

Andrés Gonzáles miró la fachada del edificio de apartamentos de lujo donde recientemente se habían introducido Terrunce GrandChester y una mujer. La mujer era, después de todo, aquella estudiante de arquitectura que el niño Terry se había quedado mirando en una ocasión, la misma que él había hecho que fuera a una fiesta junto con su amiga para que presenciara el ridículo que haría Terry con la sangre llena de drogas. En ese momento no había sabido cuál de las dos era el objetivo de Terry, por eso había mandado la invitación para las dos, pero como la probabilidad era más alta para la estudiante de arquitectura, había hablado con sus compañeras de estudios para que la obligaran a asistir, sea como sea. Y ella había ido, según las preguntas que había hecho esa noche antes de darle a Terry la cerveza, ella había asistido, pero no se había enterado de nada. Al parecer, el tiro le había salido por la culata. La había encontrado hacía apenas unos días. La vio y la reconoció en aquella obra en la que actualmente estaba trabajando como un vil obrero. Ella era difícil de olvidar, por su cabello y su figura; era muy sexy, con curvas donde una mujer debía tenerlas, y con un trasero que sólo te hacía pensar en tenerlo delante de ti para empujar dentro. Ah, era preciosa. Si estaba allí en esa obra era porque hoy en día era una arquitecta, así que empezó a seguir sus pasos y encontró mucha información que despertó su curiosidad y su indignación a partes iguales. Ella salía con Terry y tenían un hijo, pero no vivían juntos. Era innegable que ese niño era hijo de Terry, pero entonces aquello no hacía sino suscitar más preguntas: ¿por qué, si tenían un hijo tan grande ya, no estaban casados, o por lo menos vivían juntos? No podía saber la edad del niño, no era bueno en eso de las edades de los críos. Podía tener tres o siete que a él le parecería igual. Pero más que importarle la vida sentimental de Terry, lo que sentía era indignación por ver cómo él seguía siendo el niño bonito exitoso e influyente que estaba escrito desde siempre que sería, pasando por encima de él, de Guillermo, y de todos los demás. Nada lo había detenido, ni siquiera aquella paliza, ni lo tóxico de las drogas que había puesto en aquella cerveza. Todos estos años había pensado pasar de él; de verdad, lo había intentado. Ignorarlo, dejarlo estar. La humillación de Richard, el odio que había hervido dentro de él todos estos años… Y lo había conseguido, después de todo, tenía cosas más graves por las que preocuparse. Había llegado a la ciudad hacía apenas un par de meses, sin poder contactar con sus viejos amigos para que lo ayudaran, sin poder usar su nombre o su título, terriblemente arruinado. Bajo el peligro incluso de morir de hambre, había tenido que aceptar el primer empleo que le habían ofrecido y por eso estaba como obrero de construcción. Él, que había estudiado arquitectura con el sueño de ser alguien algún día, había terminado aquí. Sabía dónde encontrar a Terry, era muy fácil, el edificio de la CBLR seguía prístino sobre la avenida, con su logo más brillante que nunca, con su entrada tan magnífica. No le habría sido difícil seguirlo si hubiese querido terminar lo que empezó hacía cinco años, pero no lo había hecho, y ahora ella había caído casi sobre sus brazos, como si fuera el mismo destino indicándole cuál debía ser su próximo objetivo. Él no estaría tranquilo mientras las cosas siguieran como estaban, la felicidad no llegaría jamás a él si no hacía algo. Él no había buscado a Terry, la chica lo había llevado a él, le había recordado su odio, le había traído otra vez a la mente lo supremamente injusta que era la existencia de su "amigo" de la universidad… Y, además, pensó, tenía que vengar a Guillermo. Su sangre clamaba venganza. Por culpa de Terry su amigo del alma estaba muerto, y él había tenido que vivir huyendo todos estos años, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Terry debía morir también.

Quince días pasaron, y en esos quince días, los White concretaron al fin la compra de una casa. Una casa mucho más grande, moderna, con jardín y patio trasero. Se habían decidido después de buscar y buscar; sin embargo, con sólo verla, Aurora supo que era la casa de sus sueños. Ahora sólo quedaba cambiarse a ella, y tener, por fin, comodidad.

—No es una casa que se recorra en tres segundos —bromeó Felipe en medio de la sala vacía, y Candy sonrió mirándolo de reojo. Candy había pedido permiso en el trabajo y tal vez porque era la nuera del jefe supremo, le concedieron también el lunes para que no fuera a trabajar muy cansada después de un trasteo. Así que aquí estaban, organizándolo todo para la pronta mudanza. Ella tomaba medidas de las paredes para luego hacer la proyección de la decoración. Sus padres le habían encargado eso. —Definitivamente, no —dijo ella contestando a la broma de Felipe—. Y te queda más cerca de la universidad.

—Sí, súper cerca. Es genial. Candy sonrió para sí sintiéndose satisfecha. Si Terry se hubiese limitado a darle el dinero que ella había pedido al principio aquella vez, este sueño no estaría realizándose. Definitivamente, si la vida te da limones, se dijo, hazte una limonada. Felipe movió dos latas de pintura blanca de primera calidad hacia donde estaba Candy, y empezó a encintar la pared con mucho cuidado. Él también había faltado a clases hoy. Había pasado la época de exámenes y ahora estaba un poco más libre, así que les pasó una carta a sus profesores y éstos le habían concedido las horas de la mañana para hacer lo que necesitase. Mañana sábado no tendría clase, y el domingo podría terminar con el trabajo aquí. Después de todo, todavía estaba en los primeros semestres y aún no se hacía demasiado agobiante el estudio. Había sabido desde siempre que medicina sería difícil, y antes lo fue. Se dio cuenta de que había una enorme diferencia cuando estudiabas porque te tocaba, y porque te placía. Entendía más ahora, tenía que esforzarse menos en memorizar, y las calificaciones le estaban saliendo más altas que la vez pasada. También se debía, tal vez, a que ahora en casa había menos carga. Candy ya no parecía una zombi deprimida, un fantasma ambulante, sino que sonreía y era feliz, y Antonio percibía su felicidad, al igual que Aurora, y aunque aún no parecían muy de acuerdo con su relación con Terry, habían aprendido a aceptar que era inevitable, que un día se la llevaría a ella y a Santiago y formarían su propio hogar. Todo en casa estaba en su lugar, por fin, y eso se reflejaba hasta en él. Candy el otro día le preguntó si le gustaba alguien y él sólo había sonreído. Estaba tan ocupado ahora mismo que no había tenido tiempo para pensar en eso. Sí había una niña que le llamaba un poco la atención, pero el amor no era su prioridad ahora. Tal vez después, cuando él mismo fuera independiente en todos los aspectos, se decidiera por alguien. En ese momento llegó Terry. Entró tranquilamente por la puerta principal, que habían dejado abierta, y la desocupada sala se llenó instantáneamente del olor de la comida que traía en unas bolsas de papel. Candy enseguida sonrió ampliamente y corrió a él para darle un beso.

—¿No habéis empezado? —preguntó él mirando las paredes vacías.

—Te estábamos esperando a ti —dijo Felipe—. O más bien, a la comida que traerías.

—Ya ves, soy indispensable —bromeó Terry, y Felipe sólo agitó su cabeza negando. Él miró sonriente a Candy; su cuñado nunca bromeaba con él, ni hacía comentarios así. Tal vez las cosas empezaban a suavizarse un poco.

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó a ella en voz baja.

—¿Tú, ensuciándote tus aristocráticas manos?

—No, mis manos son tan aristocráticas que no lo hago. Hago la oferta sólo porque quiero conquistarte —ella sonrió, y Terry no desaprovechó la oportunidad de volver a besar sus labios, además, Felipe no los estaba mirando.

—En lo que me puedes ayudar —dijo ella separándose un poco y señalándole la pared— es midiendo la pared de arriba abajo.

—Claro, con ese metro y medio que tienes, no eres capaz.

—¿Te estás metiendo conmigo? —preguntó ella entrecerrando sus ojos, y él sonrió esquivo. Tomó la cinta métrica sin decir nada más y le ayudó con las partes altas que ella no alcanzaba. Después de eso, Candy lo vio quitarse la camisa y el reloj y quedarse en una camisilla de tirantes que llevaba abajo. Incluso se quitó los zapatos y ayudó a Felipe con la pintura blanca, los rodillos y todos los materiales. Mientras, Candy dibujaba líneas en la pared donde pronto estarían los estantes para las fotografías familiares de su madre, que eran bastantes y había tenido que guardar en una triste y lúgubre caja todos estos años. Ahora por fin podría exhibirlas y estaría feliz. Los muebles deberían ser comprados nuevos. Habían tenido que deshacerse de gran parte de ellos cuando se pasaron a aquel pequeño apartamento, y no sólo estaban viejos y deslucían con la nueva casa, sino que querían esta vez darse el gusto de tener todo nuevo. Absolutamente todo.

Comieron, charlaron, rieron, y luego volvieron al trabajo. Candy terminó sus estantes y Felipe y Terry adelantaron bastante con la pintura. Mañana volverían aquí a seguir pintando, pero ya era poco lo que faltaba. Hacia el anochecer, Terry le propuso a Felipe llevarlo en el coche junto con Candy y Santiago. El joven no se negó, y compartió el asiento de atrás con su sobrino. Cuando llegaron al edificio en el que aún vivían, Felipe se despidió con un simple movimiento de cabeza, y Terry cubrió de besos a su hijo, del que no quería desprenderse.

—¡Corre, sube al ascensor con tu tío! —lo apuró Candy, para quedarse un rato a solas con Terry, que no tardó en rodearle la cintura y besarle sonriente en cuanto el niño se hubo ido.

—Mañana no tienes que venir —le dijo ella—. Seguro que tienes cosas que hacer.

—Sí, mirar por la ventana mientras el tiempo pasa.

—Pero es que…

—Eres la primera novia que no se aprovecha de su novio para que le pinte la casa donde vivirá —Candy se echó a reír—. Vamos, aprovéchate de mí —le susurró él en el cuello.

—¿Más?

—Sí—. Ella no dejó de reír mientras él le besaba el cuello y seguía diciendo cosas absurdas pero tiernas.

—Más bien, te encargo a Santiago. Seguro que se aburrirá en la casa vacía viéndonos trabajar, no será justo para él. —Se lo encasquetamos a mi padre y madre y asunto resuelto.

—Qué malo eres.

—¡Es ideal! Ellos felices, Santiago feliz, nosotros libres—. Ella lo miró poniéndose un poco seria. —Tal vez debamos solucionar de una vez un par de cosas —él la miró atento. Cuando Candy lo tomó de la mano para guiarlo al interior del edificio, Terry elevó las cejas. La conversación sería más larga, o si no, ella no estaría huyendo del frío de afuera—. Lo he… lo he pensado seriamente —dijo ella cuando estuvieron dentro—. Tú no me has insistido, pero imagino que aún esperas una respuesta—. Él frunció levemente el ceño de manera interrogante—. Sobre lo de vivir juntos—. Ahora él la miró un poco sorprendido.

—¿Aceptas? —Candy sonrió de medio lado.

—Es más… práctico.

—Pero aceptas.

—Sí… supongo que sí—. Él la iba a abrazar, feliz, pero entonces la vacilación que sintió en su voz lo detuvo. Ella hizo una mueca—. Preferiría irme a vivir contigo siendo la señora GrandChester—. Él abrió su boca incapaz de articular palabras, y Candy se acercó a él—. ¿Por qué mejor no me propones matrimonio?

—¡Enseguida! —Exclamó él saliendo de su aturdimiento—. No tengo un anillo aquí —siguió, palpándose los bolsillos, como si tener un anillo de compromiso encima fuera algo normal. Candy sonrió—. ¿Quieres casarte conmigo? —preguntó él mirándola fijamente a los ojos.

—Sí, quiero.

—¡Nos casaremos entonces! —dijo él abrazándola—. ¿Cuándo? ¡No lo tardes mucho, por favor!

—Pronto.

—¿Un mes?

—No tan pronto.

—No quiero una fiesta muy grande —dijo él volviéndola a mirar—. Si tardamos, mamá se encargará de que sea todo un jolgorio. Algo pequeño.

—¿Algo pequeño y de prisa? ¿Cómo si estuviera embarazada?

—¿Qué importa lo que digan los demás? —ella volvió a reír.

—Está bien.

—Y después de que nos casemos —dijo él, y ahora cerró sus ojos, le tomó la mano a Candy—. Por favor, permíteme darle mi apellido a Santiago—. Ella elevó sus cejas. Cuando él abrió los ojos, la vio con la sombra de una sonrisa en su mirada, y su corazón se aceleró.

—Es lo correcto; y más que tu derecho, es tu obligación—. Él volvió a abrazarla con fuerza, y esta vez la alzó. Candy no pudo evitar lanzar un chillido de emoción. El conserje del edificio los miraba un poco ceñudo, pero no les importó.

—Se lo contaré a mis padres. Dios, se van a emocionar. ¡Candy, gracias! De verdad, yo… soñé con esto, pero ver que se realizará es… maravilloso, de verdad—. Ella puso una mano en su mejilla sintiendo su aspereza, y sonrió.

—Es el final feliz que nos merecemos. No hay por qué esperar…

—No, no hay por qué.

—Además, quiero tenerte disponible para mí siempre, — él la besó despacio y profundo, fuerte y suave, con renuencia a desprenderse de ella.

Ella se despidió al fin y se internó en el ascensor. Terry salió y caminó a su coche sonriendo solo, feliz, sin poderse creer que al fin le estaba sucediendo algo tan bueno. Miró al cielo y elevó una oración para dar lass gracias. Gracias, le dijo a Dios. Gracias, gracias, gracias.

El domingo por la mañana llamó a Candy, que estaría de nuevo en la casa nueva terminando el amoblado. Él se había ofrecido a ayudarla, pero le habían encargado ocuparse de Santiago. Pensaba llevar al niño con sus padres y volver con ella, no entendía por qué Candy prefería dejarlo fuera de esto. Tal vez no quería que tuviera mucho roce con sus padres, pero él era de la opinión de que, por el contrario, necesitarían ese roce para que las asperezas se fueran limando. Ella aún no les había dicho a sus padres que se casarían. Ya Ellynor y Richard estaban enterados, incluso Viviana, pero ella no se lo había dicho a su familia.

En cierta forma, la comprendía, pero a la vez, quería que ella lo gritara a los cuatro vientos, tal como había hecho él… bueno, casi. Fue por Santiago y lo llevó a casa de sus padres, que estuvieron encantados de tener al niño con ellos durante ese día, y entonces recibió una llamada un tanto inquietante. El conserje de su antiguo edificio le pedía ir al apartamento para hacer una revisión.

—¿Revisión de qué? —preguntó Terry.

—Alguien forzó la puerta de su apartamento —dijo el conserje—. Tenemos el video de seguridad.

—¿Qué? —un frío recorrió la espalda de Terry.

—Le pedimos que venga y dé parte a las autoridades, también que revise que todo está en orden.

—¿Esa persona entró?

—Sí, señor.

—¿Y qué se supone que hacían los vigilantes en ese momento? —el hombre se quedó en silencio, y dándose cuenta de que insultando al hombre no conseguiría nada, Terry cogió su coche y fue de inmediato al lugar.

Entró acompañado del hombre de seguridad, encendió la luz y enseguida tuvo que cubrirse la nariz. Olía a orina, a heces y a cualquier otra porquería. Estaba esparcida por los muebles, las paredes, la cocina.

—¿Qué es esto? —preguntó Terry con el rostro cubierto por su antebrazo. Empezó a sentir náuseas. Salió de allí y el vigilante cogió su radio notificando la situación. Terry tuvo que caminar a las escaleras y tomar un poco de aire. ¿Por qué habían hecho esto? ¿Quién lo odiaba tanto? La respuesta llegó casi de inmediato a su mente. Andrés y Guillermo. Habían vuelto y le estaban dejando un claro mensaje. La policía llegó minutos después, revisaron el lugar y determinaron que no se había producido robo; de todos modos, no había nada personal allí, pues hacía poco tiempo que se había ido a vivir al ático. Terry llamó a Richard de inmediato para contarle lo sucedido.

—¿Crees que sea él?

—¿Quién más podría ser, papá?

—¿Viste el video de seguridad?

—Aún no. —Debes fijarte muy bien, tal vez puedas reconocerlo, y nosotros haremos inmediatamente la denuncia—. Terry asintió cerrando sus ojos—. Debes avisar a Candy —siguió Richard.

—No quiero asustarla.

—Pero ella tiene que saberlo, debe estar sobre aviso. ¿Crees que ellos no le harán nada? —Terry apretó sus dientes.

—Son capaces de todo.

—Entonces díselo. También… hay que proteger a Santiago, y a todos los miembros de su familia. —Si saben dónde vivo, saben dónde vive ella…

—Con mayor razón; no podemos perder el tiempo—. Terry asintió y después de cortar la llamada, buscó el número de Candy, pero el teléfono de ella estaba apagado. No tenía el número de Felipe o Antonio, y entró en desesperación. ¿Por qué justo ahora ella tenía el teléfono apagado? ¡Hacía sólo unos minutos habían hablado! Esto era un asunto delicado, de vida o muerte, ¡tenía que contactarla lo más rápido posible! Se metió en su coche y salió de la zona al máximo de la velocidad permitida. Felipe lo vio llegar y saltar del coche en cuanto éste se detuvo y sonrió. Qué insistente era. Hacía unos minutos Candy había dicho que hoy no vendría él a ayudar, pues se haría cargo de Santiago, pero por lo visto no resistía un día sin ella y aquí estaba.

—Pensé que no vendrías —saludó Felipe con una sonrisa. La actitud de él le pareció extraña, pues en vez de contestarle, entró a la casa y miró en todas direcciones. Estaban Aurora y Antonio moviendo y colocando muebles, pero no vio a Candy.

—¿Dónde…?

—Salió —contestó Aurora antes de que terminara la pregunta—. Necesitábamos unas gasas y desinfectante y fue…

—¿Ella? ¿Por qué ella? —Reclamó Terry, y luego miró a Felipe—. ¿Por qué no fuiste tú? —él le señaló el pie, donde una uña se veía morada… no había uña.

—Me cayó encima un mueble. La gasa y el desinfectante son para mí

. —¡Mierda! —Exclamó Terry, y caminó a la salida, pero de repente se detuvo—. Su teléfono… —Felipe se lo señaló, estaba conectado a la corriente eléctrica—. ¿Hacia dónde fue? —Antonio lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

—¡Hacia dónde fue Candy! —Antonio señaló, y lo vio ir corriendo, dejando el coche.

—Algo está sucediendo —dijo, sin mirar a nadie en particular.

—Algo… como qué —preguntó Aurora, y Antonio no contestó, sino que fue detrás de Terry.

Terry avanzó a paso rápido, pero no veía rastro de Candy. Las casas por aquí eran un poco separadas unas de otras, con jardines. Llegó hasta la droguería donde Candy debió ir por la gasa y el desinfectante, pero ellos no la habían visto, Candy nunca llegó al sitio. Terry salió de la droguería sintiendo un poco de desesperación. Vio a una mujer pasar y se acercó para preguntarle, pero ella no había visto a nadie como Candy pasar.

—Dime qué está sucediendo —oyó decir a Antonio, y Terry se giró a mirarlo. Cerró sus ojos con fuerza, pero, sin perder tiempo, echó a andar buscando a Candy—. Terry, dime. Qué está pasando.

—Esos hombres… —contestó —. Los que intentaron matarme hace años… Han vuelto.

—¿Qué?

—¡Han vuelto! —exclamó Terry, y su voz salió tan teñida de miedo, que un frío recorrió a Antonio, dejándolo paralizado.

—¿Crees que son capaces de hacerle daño a Candy?

—Ellos harían daño a quien fuera con tal de herirme a mí.

—¿Por qué? Por qué te odian tanto. ¿Qué les hiciste?

—¡No les hice nada! Sólo no soportaron que yo lo tuviera todo, familia, dinero, comodidades y etc., y ellos no. Dios, Candy, ¡dónde estás! —miró a su alrededory trató de controlarse, enfriar un poco su cabeza. Conocía a Andrés y a Guillermo, había aprendido a conocer cómo funcionaba más o menos sus mentes, y ellos sabían que a través del engaño podían conseguir cualquier cosa, o casi cualquier cosa. Habían conseguido que él confiara en ellos, aunque en la época él no había sido más que un niño ingenuo. Candy no los conocía, no reconocería sus rostros si se le presentaban con engaños y subterfugios. Ellos lo sabían y por eso habían atacado por allí, su punto más débil. Una arboleda, que quedaba cerca del camino que él había recorrido para venir aquí llamó su atención ahora, y sin darle explicaciones a Antonio, corrió allí. Llegó sin aliento, y empezó a llamar a Candy con todas sus fuerzas. La encontró en el suelo, con las muñecas atadas y un golpe en la cabeza. La alzó y la abrazó contra su pecho. Tal como había sospechado, ellos la habían traído a un lugar oculto.

—Candy —susurró él llamándola—. Candy, mi amor. ¿Estás bien? —ella no despertaba, y el hilo de sangre que brotaba de su herida manchó su camisa. Terry la revisó tocándole las extremidades. Tal vez habían sido unos brutos y la habían golpeado en otros sitios, pero no encontró evidencia de más golpes. Con el corazón martilleando en el pecho, decidió incluso a revisar su ropa interior, pero ella seguía intacta y en su lugar.

—Estarás bien —dijo entre dientes y desatándole las manos—. Te juro que estarás bien, mi amor. Haré que paguen por esto—. La alzó en sus brazos, pero entonces una de sus pesadillas más horribles se materializó en ese mismo instante. Frente a él estaba Andrés González y le apuntaba con un arma, que parecía ser muy real, y muy cargada.

—Esto es increíble —sonrió Andrés apuntándole a Terry en el centro del pecho. Él empezó a moverse poco a poco. Si seguía con Candy en los brazos y él disparaba, podía darle a ella, así que muy despacio empezó a bajarla hasta poder apoyarla en el suelo—. ¡Esto es increíble! —volvió a decir Andrés entre risas. Terry lo miró fijamente, aunque estaba un poco a contraluz. Andrés no parecía el mismo. De hecho, tuvo que mirarlo fijamente tratando de reconciliar esta imagen con la del joven estudiante guapo y alegre que una vez fue. Estaba demasiado delgado, moreno por el sol, como si llevase mucho tiempo a la intemperie, sus dientes estaban manchados, como si no hubiese parado de fumar en los últimos años, y tenía un tatuaje en el cuello que nunca le había visto. Además de eso, olía bastante mal, como si llevara varios días sin bañarse. Recordó entonces que este mismo sujeto dejó su apartamento hecho un asco, así que probablemente era eso lo que había estado haciendo y por eso olía así.

—¡Estás… estás igualito! —Volvió a exclamar Andrés señalándolo con el arma—. ¡Igual de "niño bonito" que antes! ¡No es justo! —Terry guardó silencio, no porque no tuviera nada que decirle, sino por el miedo de que cualquier cosa que saliera de su boca lo hiciera alterarse y disparar—. ¡No te pasó nada! ¡Sobreviviste! —eso le hizo fruncir el ceño. ¿Por qué parecía sorprendido? ¿Acaso no había sabido nada de él en todo este tiempo? ¿Dónde había estado?

—Andrés… —dijo en voz baja, pero él dio unos pasos rascándose la cabeza, que tenía muchos menos cabellos que antes y se veía engrasado y sucio.

—Guillermo está muerto, ¿sabes? —dijo, y Terry sintió que su voz se había quebrado al decirlo—. Está muerto y es tu culpa.

—No lo creo.

—¡Es tu culpa, tu culpa! —los ojos de Andrés se humedecieron—. ¡Cambió tanto! ¡Ya no era… Guillermo! ¡Mi mejor amigo! Me estaba volviendo loco con su culpa, diciendo que confesáramos, ¡pensando que tal vez te habíamos matado! Pero mírate aquí, toda su culpa fue para nada, porque sigues vivito y coleando. ¡No me lo puedo creer!

—Casi me matas, Andrés…

—No, no. ¡Yo te veo muy perfecto!

—Sobreviví, pero casi me matas de verdad. Me hiciste más daño del que puedo llegar a contar—. Andrés lo miró fijamente, y lejos de encontrar un resquicio de culpa o arrepentimiento, Terry sólo encontró en él cierta satisfacción. No se arrepentía de lo que habían hecho, por el contrario, parecía que de verdad hubiese deseado que todo hubiese acabado fatalmente. No había esperanza para él. Apretó los labios pensando en que, si la policía lo cogía ahora y lo llevaban a la cárcel, él saldría libre en unos cuantos años… o hasta meses, si se conseguía un buen abogado, después de todo, sólo le había dado una paliza y droga sin su consentimiento. Podría decir que no hubo intenciones de matarlo, y con eso conseguiría una rebaja considerable. Ahora, lo único que había hecho era meterse en su apartamento y pegar a una mujer… Aunque para él era grave, muy grave, las leyes eran parejas y al no encontrar nada de peso, él saldría libre, y él y su familia estarían otra vez expuestos. Apretó sus dientes mirándolo con rencor, pero Andrés seguía sonriendo.

—Pero al final conseguiste a la chica —dijo señalando a Candy, que seguía inconsciente. Terry la miró. Ahora, era mejor que ella siguiera ignorante de lo que sucedía aquí. No quería que viera a uno de los hombres que les habían hecho daño, mejor que quedara fuera de todo esto. Entonces, vio a Antonio acercarse tras la espalda de Andrés, a paso lento, como un gato; sin hacer el menor ruido. Su corazón empezó a latir furiosamente. Si Antonio intervenía podría haber muchos desenlaces para ese escenario que se desarrollaba. Podía ser que los salvara a ambos, podía ser que fuera peor y aumentara el número de perjudicados. Intentó ganar tiempo, hacerlo hablar, distraerlo.

—Estuve en coma cuatro meses… —dijo. Tal vez si le decía que había estado al borde de la muerte, satisfacía un poco su sed de sangre—. Y perdí… la capacidad de dibujar con detalle… Tú y Guillermo… casi me destrozan la mano.

—No, no, no. No metas a Guillermo en eso. El que te golpeó fui yo —dijo Andrés bajando el arma—. Él sólo se quedó allí, mirando cómo yo acababa contigo. Consiguió la droga, pero te la di yo. ¡Debías haber muerto, joder!

—¿Qué drogas eran? —preguntó Terry, aunque sabía parte de la respuesta; los médicos habían encontrado muchas, peligrosas y mortales según la dosis.

—Ah… todas las que Guillo pudo encontrar por ahí. Tenía un contacto, y ya ves—. Andrés sonrió como enorgulleciéndose de su hazaña—. Te la pusimos en la cerveza. Él te la dio.

—Yo… no recuerdo lo que sucedió esa noche—. Andrés se encogió de hombros, como si no le molestase contarle lo que pasó.

—Tú te querías ir —dijo—. No estabas cómodo, porque claro, el niño bonito estaba acostumbrado a otro tipo de fiestas y ambientes. ¿O no? —sonrió—. Pero te la tomaste y… ¡boom! Fue… —soltó la risa, una risa desagradable, burlona, y Terry volvió a apretar los dientes. Él se reía de lo que había sido su desgracia—. Pero saliste y te nos perdiste un buen rato. Te encontramos fuera, ¡con los pantalones bajados! —siguió riendo, y Antonio aprovechó para acercarse otro par de pasos.

—¿Y por qué… estaba Candy allí? —preguntó Terry. Andrés la miró poniéndose serio. No se dio cuenta de que Terry prácticamente la cubría con su cuerpo, y que había ido acercándose a él. Dio un paso atrás, sintiéndose un poco perdido por la pregunta.

—Ah, sí, la chica estaba allí. Convencí a unas niñas para que hicieran que fuera. No sé cómo lo hicieron. Y según lo que me dijeron, ella fue. Pero fue tiempo perdido, no conseguimos nada con eso.

—¿Y qué… querían conseguir?

—¡Que te viera borracho y drogado! —Exclamó Andrés—. Haciendo el ridículo, meándote o vomitándote —soltó una estridente carcajada, y Terey vio por el rabillo del ojo que Antonio había tomado algo del suelo y lo levantaba. Una piedra.

—No debiste meterla en esto —dijo Terry, pues Antonio había hecho un poco de ruido con sus pies, y quiso volver a llamar la atención sobre sí mismo. Funcionó; Andrés volvió a apuntarle con el arma.

—Y tu padre no debió insultarnos como lo hizo.

—¿Sólo por eso? ¿No aguantaste un rechazo?

—Nos llamó holgazanes y… ya no recuerdo qué más, pero no fue justo. Íbamos por un trabajo, no tenía necesidad de humillarnos así.

—Y a cambio de una humillación, casi matas a una persona.

—¡Te odiaba! ¡Te odiaba y te odio!

—Pero yo creía que erais mis amigos, tú y Guillermo.

—No me vengas con esa tontería, tú no nos considerabas amigos. Si hubiese sido así, me habrías ayudado con el trabajo, ¡sólo era decirle a tu padre que nos contratara! Si tan sólo hubieses ayudado a uno de los dos, a Guillermo, o a mí, pero no. ¡No hiciste una mierda! ¡Guillermo también te odiaba! —exclamó— así que lo planeamos; vengarnos, queríamos vengarnos. ¡Sólo iba a ser una pequeña venganza!

—¡Pero casi me matas! Y de paso, seguro que también arruinaste tu vida y la de Guillermo.

—¡Cállate! —gritó Andrés, tomando el arma con las dos manos.

—¿O me vas a decir que tu vida fue mejor después de eso?

—¿Qué mierda te importa a ti lo que fue mi vida?

—¡Mírate! —Exclamó Terry, dando unos pasos hacia él, y a pesar de que era Andrés quien sostenía el arma, era él quien retrocedía—. Llevas la miseria pintada en tu cara, ahora no eres más que un perdedor. ¿No pensasteis en que después la policía os estaría buscando por lo que hicisteis? ¡Me tirateis montaña abajo! ¡Os hubierais convertido en unos asesinos!

—¡No me importa! —Gritó Andrés—. ¡Aún ahora, te mereces morir!

—¡No! —gritó Terry, él había dejado de apuntarlo a él para dispararle a Candy, y en un microsegundo ocurrió todo. Se escuchó la explosión del cañón, gritos, y el eco del disparo resonar en la distancia. Junto con todo aquello, vino una extraña consciencia.

Terry se vio a sí mismo vestido con una chaqueta de cuero color miel, entrando a una arboleda, mirando a Candy que se movía como si buscara a alguien. Tan hermosa, tan… Esa imagen lo sacudió. Era lo que había sucedido hacía cinco años en aquella fiesta. Todo vino a su mente, una palabra tras otras, él tomándole con fuerza las manos, sometiéndola en el suelo, haciéndole daño.

—¡No! —gritó con fuerza.

Escuchó que alguien le hablaba, pero no era capaz siquiera de abrir los ojos. Lo había sabido por labios de Candy, ella le había contado lo que había pasado entre los dos, pero una cosa era escucharlo, y otra muy diferente recordarlo. Cuánto daño, cuánto dolor. La había visto hermosa, como un hada o una ninfa del bosque. Había malinterpretado cada una de sus palabras. La había besado y ella se había dejado besar, pero cuando le puso el freno, él no lo hizo, sumergido en un extraño mundo de fantasía. A falta de información, ahora tenía demasiada. Era capaz de ver lo que había visto su mente drogada y alterada, y lo que el Terry consciente había intentado impedir desde el fondo de su alma. "Así no", había dicho ese Terry despierto, pero que estaba siendo dominado por el otro, el que gobernaba su cuerpo. "Espinas no, dale rosas". Por eso estaba esa imagen en su sueño cuando ella le reclamaba que en vez de rosas, lo que él le había dado eran espinas. Y sí, Dios, había tenido toda la razón. Si Candy hubiese decidido odiarlo eternamente habría estado en todo su derecho… Pero no había sido así, y hoy la amaba más que nunca por eso. Abrió sus ojos y se vio el rostro tranquilo de Candy, que yacía otra vez en el suelo de una arboleda, pero ahora ella estaba herida en la cabeza, y eso lo ayudó a ubicarse un poco. Aquello ya había pasado, ella ya lo había perdonado. Qué buena, qué buena era Candy por haberlo perdonado, él no lo habría conseguido, perdonar a quien le hizo tanto daño. Con razón tenía sus dudas, con razón su odio y su rencor. Le puso las manos en las mejillas y se acercó para besarlas, pero entonces sintió la mano de alguien que lo sacudía.

—¿Le ha pasado algo a Candy?

—¿Qué?

—Candy, ¿le ha pasado algo? ¡Contesta, hombre! ¿Le ha pasado algo a mi hija? ¿Por qué Antonio estaba aquí?, se preguntó Terry, y entonces volvió al presente y a la realidad. Andrés, el causante de todo, o uno de los causantes, había intentado hacerles daño otra vez. Pestañeó alejándose un poco, y lo primero que hizo fue revisar a Candy, que seguía con sus ojos cerrados. No había heridas en su cuerpo, y pudo respirar tranquilo.

Después levantó la vista, y lo que vio lo dejó un poco pasmado. Andrés yacía en el suelo con una herida en la cabeza y el arma a pocos centímetros de su mano, y Antonio se elevaba sobre él con la piedra que había usado para golpearlo. Él también estaba bien. Cerró sus ojos deseando llorar de alivio, y, sin fuerzas, se dejó caer en el suelo al lado de Candy.

Antonio miró a su hija y a Terry tomar aire hondamente, como si estuviera teniendo dificultades para respirar.

—¿Ella está bien? —preguntó Antonio.

—Lo estará.

—Hay que llamar a la policía—. Terry asintió. Intentó ponerse de pie, pero se encontró débil como si de verdad lo hubiesen herido. Antonio cogió la cuerda con que antes habían atado las manos de Candy para atar las de Andrés, luego, como si con eso no tuviera suficiente, les quitó los cordones a los zapatos de Andrés y con ellos ató también sus pies—. Le pegué fuerte —dijo—, pero no tardará en despertar. Candy empezó a removerse, y Terry se puso en acción por fin. La movió con cuidado y la sentó apoyándola en su regazo

—Todo está bien —le susurró él arrullándola en su pecho.

—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó ella. —Nada, mi amor, nada. Todo está bien—. Antonio miró la escena; su hija siendo abrazada, protegida y consolada por Terry, y sintió como si un enorme peso se le cayera de encima. Él, todo el tiempo, la había protegido con su cuerpo, y sin hablar, ni hacer un solo movimiento, le había dado las señales para que actuara a tiempo. Había hecho hablar a este loco maniático, distrayéndolo de lo que sucedía detrás de él, y así habían tenido la ocasión perfecta para librarse de este malnacido, el que les había hecho daño a él y a Candy. Era justo que precisamente él le diera este golpe en la cabeza, pues por fin sentía que estaba vengando del dolor de su hija. Sintió la tentación de pegarle hasta matarlo, pero entonces tuvo que contenerse; en la cárcel le iría mucho peor. Candy se sentía mareada, la cabeza le dolía muchísimo, pero poco a poco su mente se fue aclarando, y al recordar lo que le había sucedido, miró a Terry. ¿Qué hacía el aquí? ¿Cómo había llegado acá?

—¡Terry! —exclamó—. Alguien… alguien me ha golpeado.

—Lo sé —dijo él, alzándola en sus brazos.

—No me di cuenta, sólo sentí el golpe…

—Ya pasó todo.

—No le vi la cara… —él echó a andar fuera de la arboleda, y Candy se dio cuenta de que también allí estaba su padre… a pie de un indigente tirado en el suelo.

—¿Quién es él?

—Andrés González —le contestó Terry —. Candy volvió a mirarlo. En su mente, se había formado otra imagen de él, alguien más grande e imponente, pero no parecía ser más que un pobre diablo que aguantaba hambre desde hacía semanas. Recostó su cabeza en el hombro de Terry, sintiendo que le palpitaba con fuerza, y agradeció el no tener que andar, pues incluso le estaban dando náuseas ahora.

Se aferró a él sintiendo su perfume tranquilizarla y no pudo menos que respirar profundo. No importaba qué había sucedido, o qué había estado a punto de suceder, su padre y su futuro marido habían cuidado de ella.

La policía no tardó en hacer presencia, y entonces los vecinos alrededor acudieron para curiosear, algunos incluso hicieron fotografías y videos del momento en que capturaban a Andrés, que bastante aturdido caminaba esposado entre dos policías que lo sostenían a cada lado para que no escapase.

Terry insistió en llevar a Candy a un centro médico, donde le hicieron una revisión, y después de una sutura la enviaron a casa, pero su casa ahora mismo estaba un poco caótica por la mudanza, y sin pérdida de tiempo, Terry la llevó a la mansión con sus padres, junto con Santiago, Antonio, Aurora y Felipe, que se quedaron mirando la mansión un poco alelados. Santiago, al ver a su madre herida, se preocupó mirándola con ojos muy abiertos.

—Estoy bien, mi amor —le dijo ella atrayéndolo a ella para abrazarlo.

—¿Qué te ha pasado?

—Me caí y me golpeé en la cabeza.

—¿Te has roto? —Candy sonrió asintiendo.

—Tomen asiento, por favor —dijo Ellynor, ejerciendo como anfitriona de sus consuegros. Richard estaba en la comisaría de policía, mientras Terry iba de camino allí. Había sido él quien trajera a la familia de Candy, pero en cuanto los dejó en la mansión, se había vuelto. Tenía una denuncia que poner—. Perdonen la espera, pero Terry me acaba de avisar y…

—No te preocupes, Ellynor… —le sonrió Candy—. Somos nosotros los que irrumpimos en tu casa.

—Yo… creo que al menos nosotros sí debemos dormir en nuestra casa…

—Está hecha un desastre —dijo Antonio interrumpiendo a su esposa, tomando una de sus manos para que lo mirara y no insistiera—. Tendríamos que ir a un hotel, y si los padres de

Terry nos ofrecen su casa, ¿por qué no aceptar su hospitalidad? —Aurora lo miró sorprendida. Había pensado que él sería el primero en negarse.

—Pienso igual —dijo Felipe sentándose en un sofá al lado de Candy—. Aunque yo deberé irme cuando amanezca. Tengo clase.

—Ah, tomo nota —sonrió Ellynor—. ¿Qué desayunas antes de irte?

—A Felipe se le iluminaron los ojos, pero entonces Aurora enderezó su espalda y lo miró severa.

—Nada, nada. No te preocupes.

—No es molestia. Si te apetece algo, puedes ir a la cocina con libertad.

—Gracias—. La mirada de pena que Felipe le dirigió a Aurora casi hace reír a Candy, pero prefirió guardar la compostura.

—Tal vez deba contratar a alguien para que después te haga las curas —dijo Ellynor mirándola.

—No será necesario. Yo misma lo haré—. Ellynor la miró apretándose los labios.

—Estoy tan feliz de que estés bien… —Candy sonrió. Ya no pensaba que todo esto que hacían por ella era a causa del niño. Ahora de verdad creía que la apreciaban, que era parte de esta familia. Suspiró apoyándose en el respaldo del sofá, sintiendo el peso de su hijo que se recostaba en ella con la necesidad de sentirla cerca, y ella extendió la mano a los rizos de su hijo para ponerlos en su lugar, tarea infinita, pues eran rebeldes.

Continuará...

Sorry. No pude terminarla en este capítulo, ") en el otro Vale... besos y mis más sinceros agradecimientos a todos los lectores. JillValentine