CAPÍTULO FINAL.
Terry entró a la mansión pasada la medianoche acompañado de su padre, que le dio una palmada en el hombro apretándoselo un poco en un gesto consolador. Él suspiró y subió las escaleras despacio, sintiéndose cansado, viejo, necesitando urgentemente ser abrazado por su mujer. La encontró dormida en su cama, obviamente acompañada de Santiago, que estaba extendido en todo el colchón dejando a Candy en un pequeño rincón. Sonrió y se acercó al niño para alzarlo y llevarlo a otra habitación, presintiendo que a este pequeño le iba a costar un poco dejar de visitar la cama de su madre por las noches. Candy se despertó al sentirlo, y se sentó en la cama preguntándole cómo había ido todo. Él se detuvo, y en la penumbra sólo pudo ver que la miraba sin girarse del todo con el niño en brazos.
—Déjame llevarlo primero a su cama —le dijo—. Ya te contaré—. Algo se removió en ella. Él parecía triste, o preocupado, no sabía bien. Tal vez las cosas no habían salido bien, tal vez saldría libre bajo fianza. Se quedó allí sentada en la cama y encendió la lámpara poniendo una luz tenue y preguntándose mil cosas, llenándose la cabeza de pensamientos cada vez más pesimistas.
Terry regresó a los pocos minutos y se sentó en el borde de la cama, ella se sentó a su lado y lo miró fijamente. Se giró a mirarla, así, en la penumbra, ella se veía hermosa. Sus ojos brillaman con una luz diferente, sin miedos, sin más odio. Le sonrió, y Candy se acercó otro poco a él y apoyó sus manos en el pecho masculino.
—¿Qué ha pasado? —él respiró profundo.
—Estará preso muchos años.
—Ah… Eso es… tranquilizador.
—Sí. Un poco.
—¿Estás triste? —él hizo una mueca.
—Los años de cárcel no se los darán por lo que nos hizo a nosotros —contestó Terry, quitándose la chaqueta que llevaba puesta con movimientos suaves.
—¿No? ¿Y entonces?
—¿Recuerdas que eran dos? ¿Guillermo y Andrés? —ella asintió. Terry empezó ahora a quitarse los zapatos—. Pues… la policía lo interrogó, usaron bastante presión. Gracias a los contactos de nuestros abogados, pudimos escuchar el interrogatorio… y Andrés confesó… que él mismo asesinó a Guillermo —Candy contuvo una exclamación. Terry miraba el suelo y extendió una mano poniéndola sobre una de sus piernas, acariciándola de manera distraída—. Lo contó todo. Dice que esa noche, después de que salieran de la fiesta, a Guillermo le empezó a remorder la conciencia. Le dijo que volvieran, que me sacaran de donde me habían metido. Que se habían pasado de la raya, pero Andrés no quería. Discutieron fuertemente, Guillermo lo acusó de loco y obsesionado. A pesar de que él había sido quien consiguiera las drogas que me dieron esa noche, no había planeado dármelas todas al mismo tiempo, y como no dejaba de fastidiarlo con el tema de confesar, de tratar de reparar el daño, Andrés simplemente perdió el control y lo mató—. Él la miró ahora, con una sonrisa que parecía más una mueca—. Perdió el control y mató a su mejor amigo.
—¡Es horrible!
—Sí… Que quiera matar a alguien a quien odia ya es malo, pero acabar con la vida del que consideras tu mejor amigo… eso debió enloquecerlo.
—¿Y la policía… sospechaba de él?
—Sí, pero no tenían nombres, sólo la descripción de un testigo que los vio juntos en un bar de mala muerte. Ahora lograron al fin cerrar ese caso, relacionarlo con el mío y el tuyo, y… cerrar capítulo—. Candy se apoyó en su hombro.
—Para la policía —dijo—. El caso está cerrado—. Terry la rodeó con su brazo y besó su cabello teniendo cuidado de no lastimarla.
—También nosotros pasaremos página. Nos olvidaremos de esto.
—Lo deseo con todo mi corazón —ella elevó su rostro y se miraron el uno al otro por mucho tiempo, hasta que ella sonrió y elevó su mano para acariciar su rostro, pasándolo por sus cejas, sus pestañas y su nariz.
—¿Te pasa algo, más?
—¿A mí? No, nada.
—Por lo general, tú no pierdes el tiempo para meterme mano, y estás siendo desagradablemente conservador.
—Estás herida, no quiero…
—Mis labios están muy bien para besar… —murmuró ella con voz y labios seductores— y besarse quita el dolor, y tú no me quieres dar mi medicina —él se echó a reír—. Ven, besémonos —dijo ella abrazándolo, y paseando sus manos por sus costados y su espalda y buscando su boca.
—Estás un poco loca.
—Sí, sí, sí. Y qué. Con un hombre como tú, debo ser tonta si me mantengo cuerda —él sonrió un poco admirado porque ella estuviera soltando piropos uno tras otro. Se inclinó para besarla, pero de inmediato la imagen aquella, que lo había perseguido en sueños llegó para interrumpir su beso. Candy lo miró ahora con un poco de enfado.
Al verla así, Terry se pasó la mano por los cabellos, pero cuando ella no dijo nada, se preocupó realmente.
—Lo recordé todo —le dijo de pronto, deseando que esto se arreglara. Sabía que, al hablar otra vez de este tema, Candy reviviría sus recuerdos y volvería a sentirse mal, pero quería compartírselo, quería que lo supiera. Lo estaba matando.
—Todo qué —contestó ella un poco seca.
—Lo que pasó… en esa fiesta—. Ahora ella lo miró un poco impresionada. Terry se paseó por la bonita habitación y Candy vio que parecía no saber qué hacer con sus manos, pues por un momento las metía en el bolsillo, luego se cruzaba de brazos y ya tenía el cabello un poco alborotado de tanto tocárselo.
—Cuando Andrés… disparó… —siguió él— yo me eché sobre ti con miedo de que te alcanzara la bala. Supongo que… estar en esa posición, en un lugar tan parecido… consiguió que a mi mente volviera la información. Recuerdo cómo fue todo, recuerdo… —dijo él mirándola con ojos preocupados—, cada cosa que dije, que hice… la fuerza que usé… el daño que te hice—. Él no le quitó los ojos de encima, y vio que Candy cerraba sus ojos—. Lo siento —dijo Terry, sintiéndose otra vez angustiado—. Lo siento tanto, Candy—. Ella volvió a mirarlo, ahora con una extraña expresión. Se puso en pie y caminó a él despacio, mirándolo de hito en hito.
—¿Qué sientes? ¿El haberlo recordado?
—No… lo que te hice. Una parte de mí era consciente, intenté detenerme, intenté parar, pero la otra parte, la que veía todo como una ensoñación, la que te veía a ti como a una ninfa hermosa de un bosque, simplemente pensaba que era lo que correspondía hacer, marcarte como mi mujer para siempre, y lo siento tanto, Candy. Por favor, perdóname.
—¿Me estás pidiendo perdón por lo que pasó esa noche?
—Sé que no merezco… —ella lo calló poniendo un dedo sobre sus labios, y él la miró expectante.
—No vuelvas a pedirme perdón.
—Pero yo…
—Yo ya te perdoné. Hace mucho tiempo te perdoné. El que tú lo recuerdes ahora, no cambia nada, no hace que yo lo reviva o lo recuerde con rencor.
—Candy…
—Supuse que esto algún día pasaría, me imaginé que con los años algo haría que lo recordaras, y ya estaba preparada para esto. No fue tu culpa, Terry. El destino nos puso allí a los dos. El camino ha sido largo y bastante difícil, pero ya estamos aquí, y además… —añadió ella acercándose más a él, paseando sus manos por los brazos de él— me has dado tantas rosas, que éstas están vivas. No hay espinas por las que debamos sentirnos mal, mi amor, ya no—. Él la abrazó con fuerza, besándola, apretándola, incluso terminó alzándola. Candy sonrió.
En los siguientes días, las noches de Candy estuvieron muy ocupadas. Si no estaba con Terry en su apartamento, estaba en casa de sus suegros, o en la de su cuñada, o planeando su boda.
Ellyonor, tal como lo auguró Terry, quería una súper fiesta, por todo lo alto. Ella tuvo que insistirle en que quería algo privado.
—¡Se casa mi hijo! —Exclamó Ellynor—. Es la única vez que lo veré de novio, quiero que sea memorable.
—Para hacerlo memorable no se necesitan seiscientas personas —dijo Candy, rotunda. Ellynor tuvo que ceder, Candy era más terca que ella. De todos modos, insistió en anunciar el compromiso en los diarios, y así se hizo, aunque la fotografía fue un poco pequeña en la página de Sociedad. En la foto, Candy y Terry se abrazaban y sonreían ampliamente. La describían a ella como una talentosa, arquitecta, y a él como el heredero de la CBLR Company.
—¿Te dije que Santiago me llamó desde tu teléfono hoy? —le preguntó Terry a Candy, saliendo de un restaurante y tomados de la mano. Ella lo miró confundida.
—No.
—Quiere que lo llevemos en el viaje de luna de miel —sonrió él mientras se encaminaban a la zona del estacionamiento.
—Ah, ¿sí? —rio Candy. Él le abrió la puerta del coche y ella iba a entrar, pero entonces vio a una mujer y se detuvo en su movimiento.
Terry se giró para ver qué había llamado su atención y allí vio a Kelly.
—Hey —la saludó él—. Hola.
—Hola, Terry. Podemos… ¿podemos hablar un momento? —Terry miró a Candy haciendo una mueca.
—Claro. ¿Cenabas también aquí? —preguntó él señalando el restaurante—. No te vi dentro.
—No, vine porque supe que estabas aquí.
—¿Cómo lo supiste? —ella sacudió su cabeza esquivando la pregunta y Candy cerró la puerta que antes había estado abierta para ella y dio unos pasos hacia la mujer.
—¿Podemos hablar a solas? —preguntó Kelly.
—No, no puede —contestó Candy en su lugar. Kelly la ignoró y miró a Terry, como si la respuesta de ella no valiera, pero él se encogió de hombros, tomando las palabras de ella como suyas.
—Es importante —insistió Kelly.
—¿Qué quieres? —preguntó Candy ya sintiéndose molesta—. ¿Crees que harás que cambie su decisión de casarse conmigo para volver contigo? No pasará.
—¿Por qué estás tan segura?
—No hay nada que nos separé —contestó Candy.
—Eso es muy presuntuoso de tu parte.
—No estoy siendo presuntuosa, sólo constato un hecho. Busca alguien que te ame, sin que allá un contrato beneficioso en medio.
—No quiero.
—Tu problema —Candy tomó a Terry de la mano para alejarse de allí, pero Kelly entonces lo tomó por la otra. La diferencia estuvo en que Terry se zafó de ella casi como si le hubiese fastidiado su toque.
—¿Vas a obsesionarte, Kelly?
—¡Sólo te quiero!
—No. Estás obsesionada. ¿Quieres que ponga una demanda contra ti? A tu familia no le caerá nada bien.
—¡No harías tal cosa!
—Confías demasiado en la bondad de la gente, pero si tú llegases a amenazar en lo más mínimo a mi familia, créeme que lo haré. No dañes la larga relación comercial que ha tenido mi empresa con la de tus padres.
—Ni siquiera porque…
—Vamos, Kelly. No estás embarazada —dijo Terry, y Candy contuvo una exclamación—, ni tampoco me amas Déjame ir—. Kelly hincó por un momento sus uñas en el brazo de Terry, y él soportó estoico el dolor.
—Eres… el mejor novio que jamás he tenido —dijo Kelly, con sus ojos llenos de lágrimas—. Desde siempre… los hombres me tratan como si… Pero tú…
—Lo siento, Kelly.
—No, no, no… No quiero perderte—. Candy iba a decir algo, pero entonces él la detuvo poniendo su mano en su hombro, haciendo un poco de presión.
—Encontrarás a alguien… que te valore, que te ame tal como eres. Dirás: todos dicen lo mismo, pero aprende de mí. Yo una vez creí que lo había perdido todo, pero hoy soy feliz, no me falta nada, Kelly. Seguro que tú lograrás lo mismo para ti, pero para ello, toma las decisiones correctas hoy—. Ella aflojó su agarre al fin, y lo fue soltando poco a poco.
Alguien como Terry, pensó, eso era lo que ella deseaba. Pero precisamente él le estaba diciendo esas palabras. Suspiró y lo miró a los ojos, pestañeando para que no viera sus ojos humedecidos. Era humillante tener que aceptar su derrota justo frente a esta mujer que se lo había arrebatado de sus brazos, pero al parecer, seguir insistiendo sólo conseguiría que él la odiara. No podría vivir con el odio de Terry a cuestas.
—¿Me lo prometes? — ¿qué cosa? Se preguntó Terry, y luego cayó en cuenta de que ella se refería a lo que él acababa de decir.
—Hay justicia en el mundo. Para bien… o para mal—. Ella asintió aceptando esa realidad, miró fugazmente a Candy y dio la media vuelta alejándose. Cuando estuvo a una distancia en que ya no pudo oírlos, Candy hizo girar a Terry para que la mirara.
—Sabías que ella venía a montarte un show de que estaba embarazada. ¿Cómo es eso?
—Creo que leí su mente.
—Terry…
—¿Qué quieres que te diga? Lo intuí.
—¿Es posible que lo esté?
—Candy, ¿si no te he dejado embarazada a ti, que le damos al tema como a un violín prestado… le voy a dejar a ella, que sólo fue una vez? —Candy entrecerró sus ojos.
—¿Violín prestado? —él sonrió. Ella había dejado de preocuparse del tema de Kelly por eso.
—Así dice el dicho; "como a un violín prestado"—. Candy se echó a reír.
—¿Así hemos estado?
—Hay otro que dice: como a caballo relagado...
—Ella soltó ahora la carcajada. Caminaron de vuelta al coche y se introdujeron en él. Siguieron hablando y riendo hasta que entraron al apartamento, y aunque Candy no paraba de reír por los dichos de Terry, éste encontró la manera de desviar su atención hacia otros temas más entretenidos. Cuando entraron a la habitación, ella se quedó de pie en la entrada, con la boca abierta bastante sorprendida.
—Era lo que te faltaba hacer —sonrió ella señalando la enorme cama bañada en pétalos de rosa.
—Ya. Después de todo —dijo él estirando un poco sus labios—, soy bastante predecible y cliché.
—Ven aquí, mi hermoso cliché —rio ella atrayéndolo en un abrazo—. No dejes de hacer jamás estas cosas hermosas. Te amo.
—Ahora todo cobra sentido —respondió él, y se dejó besar. La alzó en sus brazos y la puso sobre el colchón. Candy sonreía mirándolo desde abajo, fascinada por la dulzura de este hombre, por la manera que tenía de amarla. Nunca se cansaría de él, nunca tendría suficiente de él. Los pétalos de rosa terminaron todos arrugados y por el suelo, o pegados a alguna parte de la anatomía de ambos, que, extasiados y felices, siguieron arrullándose y besándose aun cuando ya no les quedaban energías para continuar.
La boda se realizó como lo había sugerido Candy; pequeña, pocos invitados, poco ruido. Santiago había sido quien llevase los anillos, y el juez no alargó mucho la ceremonia, sino que los declaró marido y mujer tan pronto como ellos pronunciaron los votos. Esto era más un requisito legal; Candy hacía mucho que ya sentía que era la mujer de Terry. Todo se desarrolló con normalidad, Ellynor estuvo casi en todas partes a la vez supervisando que las cosas salieran bien, y, por el contrario, Aurora sólo observaba y sonreía con los demás invitados. Viviana le presentó a su bebé y Aurora la tomó en sus brazos sonriendo emocionada.
—¡Qué bonita es! —exclamó—. ¡Ah… yo quiero una nieta! Ojalá que Candy decida encargarla pronto—. No vio la mirada que Viviana le lanzaba a su marido. Estaba visto que los padres de Candy no sabían que su hermano ya no podía engendrar más bebés. Prefirieron guardar silencio y sólo sonrieron haciendo eco del deseo de Aurora.
¿Por qué oscurecer los sueños de esta mujer en el día de la boda de su hija? Convencer a Santiago de que si ellos viajaban sin él no era porque no querían llevarlo, sino porque era lo que hacían los novios después de la boda, fue más complicado. La mitad del tiempo lo pasaría en casa de su abuela Aurora, y la otra mitad, en la de su abuela Ellynor. Fue sólo una semana, pero se le hizo eterno.
Candy y Terry fueron a Brasil. Esta vez sí pasearon por todos los sitios que en la ocasión anterior no pudieron, e incluso más, pues lograron pasar un par de días en Río de Janeiro, con sus bellas playas, que no estuvieron tan congestionadas como se imaginaron. Regresaron bronceados y felices, con regalos para el niño, que en cuanto los vio atravesar la puerta de la casa de sus abuelos corrió a ellos para colgárseles encima sin intención de soltarlos por lo menos en un año.
Sin embargo, con el tiempo tuvo que comprender que su madre no se iría jamás a ningún sitio. Ella seguía allí, firme y constante como una roca. Y ahora incluso más, porque estaba su papá. Además, llevaba el apellido de él, GrandChester. Ya no era Santiago White, ahora era Santiago GrandChester.
El día que le pidió que por favor no entrara a la escuela con él porque ya era un niño grande,
Candy comprendió que su hijo se había crecido, se estaba haciendo independiente, y le dolió un poco. Pero era lo que hacían los hijos, ¿no? Crecer, independizarse. Quería otro bebé. La idea empezó a fraguarse en su mente poco a poco. Reconoció que quería tener otro. Perla ya daba pasos, y Telma le había anunciado que tendría un bebé y fue cuando se dio cuenta de que vivir la maternidad desde el principio y con ilusión hacía que todo fuera diferente.
Su percepción acerca de los cambios en el cuerpo de una mujer, de las miradas de todos alrededor, de las preguntas, de los comentarios… todo era distinto si estabas embarazada, pero también casada, y ella lo estaba. Quería tener otro bebé de Terry. Pero él no le había hablado más del tema. Había dicho una vez que, con un tratamiento de fertilidad, o fecundación in vitro se podría, y aunque conocía que esos tratamientos eran costosos, sabía que a él no le importaría, y, por el contrario, mostraría de inmediato su apoyo.
Había pasado un año desde que se casaron, la vida sexual de ambos era tan activa como al principio. Se habían ido adaptando muy bien el uno al otro… se conocían las manías, los gustos, lo que le molestaba al otro… Sólo había sido un año, y había sido increíble. Tal vez debía esperar otro poco para proponerle ir por un bebé. Cuando Santiago cumplió siete años, Candy se metió al baño a llorar. Su hijo ya era muy grande, no era justo. ¿Por qué no lo había disfrutado más cuando era un bebé? ¿Por qué no lo arrulló, por qué no le dio el pecho?
—¡Candy! —Llamó Terry al otro lado de la puerta—. ¿Te encuentras bien? —ella contestó meneando la cabeza, pero luego se dio cuenta de que no había manera de que él se enterara de que ella había dicho que no y lo dijo en voz alta. Terry abrió la puerta y entró, encontrándola sentada sobre la tapa de la taza y llorando con pañuelos en las manos.
—¿Qué pasa, mi amor? —ella lo abrazó y lloró más. ¿Cómo podía siquiera decirle que se arrepentía de no haber disfrutado a su hijo cuando estaba en su vientre y luego recién nacido? ¡No era capaz!
—Vamos, Candy. Cuéntame.
Terry la tomó en brazos y la sacó del baño. Afuera se desarrollaba una fiesta. El abuelo Richard estaba disfrazado de payaso, pero nadie lo sabía, y cuando decía nadie, se refería sólo a Santiago. Se escuchaban las risas y los gritos de los chicos.
—No te pierdas la fiesta —dijo ella sin mirar a Terry—. Estará preguntando por ti—. Él no dijo nada, dando a entender que no le importaba algo como eso. Candy respiró profundo varias veces.
—Estoy… estoy siendo la mujer más egoísta sobre la tierra ahora mismo —empezó a decir ella— No valoré algo tan hermoso que tuve una vez… y ahora lo estoy añorando.
—¿Qué es?
—Mi… mi bebé —los ojos se le volvieron a humedecer—. No disfruté a mi bebé, y ahora él está creciendo. Terry… pronto será un hombrecito, y yo…
—¿Quieres tener otro bebé?
—¡Sí! Quiero tenerlo. Ojalá pudiera volver a meter a Santiago en mi vientre, ¡lo haría! ¡Devolvería así el tiempo! —él extendió la mano a ella y echó atrás sus cabellos.
—Entonces… ¿quieres que vayamos al médico?
—¿Podemos?
—Claro que sí.
—¿Mañana mismo? —Terry se echó a reír.
—Vale. Mañana mismo.
—Oh, Dios. Te amo. Me tienes malcriada.
—Es porque casi siempre quieres las mismas cosas que yo.
—Como qué.
—Ser feliz. Todo lo que aporte a ese propósito, Candy, es sí, y sí—. Ella se alejó un poco sólo para mirarlo a los ojos, y no pudo resistirse a besarlo.
Los médicos les explicaron a ambos el procedimiento a seguir; primero, ella debería tomar unos medicamentos que aumentarían la producción de sus óvulos, luego los retirarían de su cuerpo y lo inseminarían en una cámara especial. Cuando la fecundación se produjera, ubicarían el embrión en su útero. Había riesgos, vio Candy. Leyendo, se enteró de que podía nacer prematuro, incluso enfermo. Y encima, el tratamiento valía una fortuna. A Terry parecía no importarle ese último asunto, pero a ella le empezaron a entrar dudas. Vivir la maternidad sería maravilloso, pero no sería justo si estaba arriesgando a su bebé a que naciera con problemas, o que ni siquiera naciera vivo. Para ella, que era joven, las probabilidades eran sólo de un cuarenta por ciento. Se llenó de testimonios de personas que presentaban a sus bebés luego de una Fecundación in vitro. Ellos parecían felices luego de haber pasado la prueba. ¿Y ella… podría? Al lado de Terry, se recordó a sí misma, claro que sí. Cuando se llenó de esa seguridad, decidió ir al fin con el médico. Decidieron hacerlo sin decirles a sus respectivos padres. Sólo Telma lo sabía, y ella le guardaría el secreto. Cuando se preparó la primera vez para que le hicieran la revisión, su amiga entró con ella. Telma ya tenía su panza un poco grande, y sonreía de verla tan interesada en su proceso de gestación.
—Nunca imaginé que te vería así —dijo Telma viéndola ponerse de nuevo su ropa.
Le habían hecho ecografías y demás para saber cómo estaba su útero y sus ovarios, calculando el tiempo adecuado para empezar a tomar los medicamentos con que daría inicio a su tratamiento.
—¿Verme cómo?
—Deseando un bebé—. Candy hizo una mueca. —No, ni yo, pero el día llegó, ya ves—. Telma volvió a reír, y la ayudó abrochándole el único botón que tenía su vestido en la espalda.
—Todo saldrá bien —le dijo con voz suave.
—Eso espero. Terry invertirá una fortuna en esto, no quiero echarlo a perder. Llegó a la empresa y lo primero que hizo fue ir a la oficina de su esposo para contarle todo lo que había hecho en la consulta. Él la miraba sonriente, pues por fin parecía entusiasmada.
El teléfono de ella sonó. Cuando vio que se trataba del médico que llevaría con ella el proceso, sonrió.
—Mira, qué rápidos. A lo mejor ya tienen los resultados—. Se pegó el teléfono a la oreja y contestó.
—Candy, te tengo noticias —dijo el médico con tono algo sombrío, y Candy sintió que algo muy pesado caía en su estómago—. No podemos hacerte el tratamiento.
—¿No? ¿Por qué? —Terry estuvo a su lado de inmediato, y ella puso entonces el altavoz, incapaz de escuchar aquello sola.
—No eres una paciente con la que podamos trabajar. Verás… Es demasiado arriesgado.
—Qué significa "arriesgado" —inquirió Terry.
—Ah, el padre —sonrió el médico—. Qué bueno que estás allí. Pero mira, es verdad. No podemos hacerle el tratamiento a Candy, pues ella… ya está embarazada—. Los dos se miraron fijamente. Candy sostenía el teléfono, y cuando él vio que la mano le temblaba, lo tomó en la suya—. Como comprenderán —siguió el médico—, todo debe cancelarse. Me alegro por ustedes. Un bebé concebido naturalmente es mucho mejor que… —el hombre siguió hablando, pero ya ni Candy ni Terry lo escuchaban, pues estaban muy ocupados abrazándose, felicitándose, besándose.
—¿Cómo ocurrió? —preguntó él.
—Los milagros existen —sonrió ella tomando el rostro masculino en sus manos.
—¿Estoy curado, tal vez? ¿Puede ser el primero de varios? ¿O es sólo un caso especial?
—Dijiste que la probabilidad era baja —sonrió ella—. No nula.
—Lo dijeron los médicos esa vez.
—Pues tuvieron razón, no era nula. ¡Dios, estoy tan feliz! —él volvió a abrazarla, y alzándola, la llevó hasta su escritorio para seguir con la tarea de besarla.
Pero la puerta de su oficina se abrió, y allí estaba Richard mirándolos con el ceño fruncido.
—Chicos… sus ventanas son de cristal—. Terry y Candy miraron afuera. Efectivamente, habían llamado un poco la atención del personal, que simuló estar muy ocupado en lo suyo—. ¿Qué les ha hecho perder la moderación?
—¡Candy está embarazada!
—¡Estoy embarazada! —dijeron los dos al tiempo. Richard se sumó a la celebración, y esa noche, Ellynor, Viviana y los demás se sumaron también. Santiago estuvo muy feliz por la idea de tener un hermanito. Él quería que fuera otro niño con el que jugar.
Los deseos de Santiago se cumplieron, nació otro niño. Pero dos años después, vino una nena, del mismo modo que los dos primeros: por sorpresa. Para entones, Terry estaba tomando una especialización en administración. Era el único que podría suceder a su padre cuando éste se retirara, y se había resignado a que su mano izquierda jamás volvería a ser la misma. Sin embargo, no se atrevió a lanzar ni una sola queja contra el cielo; ya estaba teniendo más de lo que jamás soñó. Le había seguido la pista a Andrés González en la cárcel con la ayuda de sus contactos, y no pasó mucho tiempo hasta que le dieron la noticia de que, en una pelea dentro de la cárcel, él había fallecido. El arma con la que lo habían atacado le había provocado una infección contra la que su cuerpo no pudo luchar, y hasta allí llegó su vida. Terry no se alegró por eso, por el contrario, sintió tristeza de ver cómo la luz de dos vidas había llegado tan abruptamente a su fin. Sin embargo, la vida continuaba para él y su familia, y pronto les fue inevitable, así que se cambiaron a una casa grande, y al verla por primera vez, Candy la reconoció como aquel proyecto que había visto en planos en el estudio de su esposo. Terry reconoció que fue una casa que diseñó cuando acababa de graduarse, poco antes de lo sucedido en aquella fiesta. Había pensado en proponerle vivir allí, pero nunca pudo hacerlo. Hasta ahora, pero ahora también fue perfecto. Aquel cuadro que él le compró en una exposición de arte al fin estaba en un lugar que le hacía justicia; en el centro de la sala principal. Muchas veces Candy se sentaba en aquella sala mirando el cuadro recordando tantos momentos con cierta melancolía, pero, poco a poco, las rosas, petalos y los espinas se hicieron otra parte de su vida. Ella intentó plantar un rosal en el jardín, pero ser madre de tres hijos inquietos, ser arquitecta y ama de casa a la vez ya le quitaba bastante tiempo, así que le dejó la tarea a un jardinero cuando vio que las pobres rosas se marchitarían. Eran un recordatorio, pensó. Las rosas son hermosas y duraderas, pero hay que cuidarlas con esmero. Ella suponía que lo estaba haciendo bien. Con Terry, todavía buscaban espacios solitarios para robarse besos. Todavía, cualquier día de la semana y sin motivo aparente, llegaban a la casa o a la oficina unas cuantas rosas para Ella.
Fin*
Gracias... por terminar otra historia ficticia. No habrá epílogo. Creo que todo quedo bien al final.Muchas gracias nuevamente. Nos leemos pronto. Y besos Y abrazos a los lectores de siempre y a los nuevos que nos acompañaron. JillValentine.
