Aprovechando que es semana santa aquí tienen el capítulo introductorio al inframundo espero les guste y el respectivo capítulo del mes
Aquí termina quien lee —dijo Laura cerrando el libro—
Yo –dijo la joven Hazel—
Laura se paró para dárselo en las manos
—La joven Hazel abrió el libro y empezó a leer— Capítulo 18: Annabeth, escuela de adiestramiento para perros
Adiestras también a dragones de bronce —pregunto Leo—
Porque preguntas eso mijo —pregunto Esperanza—
Supongo que saldrá en alguno de los libros —dijo sonriendo— aunque arreglando un poco a Festo podría parecer un perro
Estábamos en las sombras del bulevar Valencia, mirando el rótulo de letras doradas sobre mármol negro: «ESTUDIOS DE grabación EL otro barrio.» Debajo, en las puertas de cristal, se leía: «abogados no, vagabundos no, vivos no.»
Porque abogados no —pregunto Will—
Son bastante molestos —dijo Hesper— y al señor Hades le da dolores de cabeza y lo que menos quieres es que el señor Hades este enojado
Varios asintieron
Era casi medianoche, pero el recibidor estaba bien iluminado y lleno de gente. Tras el mostrador de seguridad había un guardia con gafas de sol, porra y aspecto de tío duro.
Porque tiene que ser duro —dijo Hades—
Me volví hacia mis amigos.
—Muy bien. ¿Recordáis el plan?
¿Qué plan? —preguntaron varios—
— ¿El plan? —Grover tragó saliva—. Sí. Me encanta el plan.
— ¿Qué pasa si el plan no funciona? —preguntó Annabeth.
—No pienses en negativo.
No es ser negativo pero hay que tene planes extras —dijo Aquiles—
—Vale —dijo—. Vamos a meternos en la tierra de los muertos y no tengo que pensar en negativo.
Punto para la hija de Athena —dijo Orión—
Saqué las perlas de mi bolsillo, las tres que la nereida me había dado en Santa Mónica. Si algo iba mal, no parecían de mucha ayuda.
En su momento te alegraras tenerlas —dijo Perséfone—
Annabeth me puso una mano en el hombro.
—Lo siento, Percy, los nervios me traicionan. Pero tienes razón, lo conseguiremos. Todo saldrá bien.
—Y le dio un codazo a Grover.
— ¡Oh, claro que sí! —Dijo él, asintiendo con la cabeza—. Hemos llegado hasta aquí. Encontraremos el rayo maestro y salvaremos a tu madre. Ningún problema.
Lo importante es no perder la esperanza —dijo Teseo—
Los miré y me sentí agradecido. Sólo unos minutos antes, por poco habían muerto en unas lujosas camas de agua, y ahora intentaban hacerse los valientes por mí, para infundirme ánimos.
Eso siempre sesos de alga —dijo Annabeth—
Me metí las perlas en el bolsillo.
—Vamos a repartir un poco de leña subterránea.
Entramos en la recepción de EOB.
Una música suave de ascensor salía de altavoces ocultos. La moqueta y las paredes eran gris acero. En las esquinas había cactos como manos esqueléticas. El mobiliario era de cuero negro, y todos los asientos estaban ocupados.
Porque alguien no se pone a trabajar —murmuro Hades—
Había gente sentada en los sofás, de pie, mirando por las ventanas o esperando el ascensor. Nadie se movía, ni hablaba ni hacía nada. Con el rabillo del ojo los veía a todos bien, pero si me centraba en alguno en particular, parecían transparentes. Veía a través de sus cuerpos.
Son almas sin cuerpo —dijo Hazel—
Porque hay tantos —pregunto Piper—
Porque alguien no los deja pasar a menos que le den el dinero suficiente y no puedo andar atrás de el —dijo Hades—
Y porque no usa protectores —pregunto el joven Nico—
Porque los protectores no tienen la autoridad suficiente para ordenarle cosas a Caronte —explico Hades— y poner un protector en el lugar de no funciona porque son medio distraídos y sería peor que Caronte además que su principal función es cuidar a su familia
El mostrador del guarda de seguridad era bastante alto, así que teníamos que mirarlo desde abajo.
Era un negro alto y elegante, de pelo teñido de rubio y cortado estilo militar. Llevaba gafas de sol de carey y un traje de seda italiana a juego con su pelo.
Tiene algo de buen gusto —dijo Afrodita—
También lucía una rosa negra en la solapa bajo una tarjeta de identificación. Intenté leer su nombre.
— ¿Se llama Quirón? —dije, confundido.
Él se inclinó hacia delante desde el otro lado del mostrador. En sus gafas sólo vi mi reflejo, pero su sonrisa era dulce y fría, como la de una pitón justo antes de comerte.
—Mira qué preciosidad de muchacho tenemos aquí. —Tenía un acento extraño, británico quizá, pero también como si el inglés no fuera su lengua materna—.
Porque es griego —dijo Hades—
Dime, ¿te parezco un centauro?
No —dijo Nico—
—N-no.
—Señor —añadió con suavidad.
—Señor —repetí.
Agarró su tarjeta de identificación con dos dedos y pasó otro bajo las letras.
— ¿Sabes leer esto, chaval? Pone C-a-r-o-n-t-e. Repite conmigo: Ca-ron-te.
—Caronte.
— ¡Impresionante! Ahora di: señor Caronte.
—Señor Caronte.
Es mi imaginación o está más insoportable —dijo Teseo—
—Muy bien. —Volvió a sentarse—. Detesto que me confundan con ese viejo jamelgo de Quirón.
-Que es jameleo —pregunto el joven Percy—
Es un caballo flaco y de apariencia desgarbada por tener las patas poco proporcionadas con el resto del cuerpo —explico Icaros—
Y bien, ¿en qué puedo ayudaros, pequeños muertecitos?
La pregunta me golpeó en el estómago como un puño. Miré a Annabeth, vacilante.
—Queremos ir al inframundo —intervino ella.
Mala respuesta —dijo Teseo—
Caronte emitió un silbido de asombro.
—Vaya, niña, eres toda una novedad.
— ¿Sí? —repuso ella.
—Directa y al grano. Nada de gritos. Nada de «tiene que haber un error, señor Caronte». —Se nos quedó mirando—. ¿Y cómo habéis muerto, pues?
Le solté un codazo a Grover.
—Bueno… —respondió él—. Esto… ahogados… en la bañera.
Hermes se tapó la cara con las manos exasperado
— ¿Los tres?
Asentimos.
—Menuda bañera. —Caronte parecía impresionado—. Supongo que no tendréis monedas para el viaje. Veréis, cuando se trata de adultos puedo cargarlo a una tarjeta de crédito, o añadir el precio del ferry a la factura del cable. Pero los niños… Vaya, es que nunca os morís preparados. Supongo que tendréis que esperar aquí sentados unos cuantos siglos.
Eso no es justo —dijeron varios—
En 15 días tendré una cordial charla con Caronte —dijo Hades—
¿Porque 15 días? —Pregunto Thalía—
Porque no puedo tocar el inframundo hasta después de pasar por la Atlántida y por el olimpo —dijo Hades— y eso será hasta dentro de 15 días y si la reina del drama o el sirenito durante su estancia en el inframundo quieren hacer algo yo no tengo problema
—No, si tenemos monedas. —Puse tres dracmas de oro en el mostrador, parte de lo encontrado en el despacho de Crusty.
Al menos verlo sirvió de algo —dijo Teseo—
—Bueno, bueno… —Caronte se humedeció los labios—. Dracmas de verdad, de oro auténtico. Hace mucho que no veo una de éstas… —Sus dedos acariciaron codiciosos las monedas.
Hades gruño molesto
Entonces Caronte me miró fijamente y su frialdad pareció atravesarme el pecho.
Ya se dio cuenta que son semidioses —dijo Nico—
—A ver —dijo—. No has podido leer mi nombre correctamente. ¿Eres disléxico, chaval?
—No —mentí—. Soy un muerto.
Yo tengo una duda —dijo Nico— después de muerto seguiremos teniendo dislexia
Y TDHA también —dijo Hades— a menos que reencarnen
Caronte se inclinó hacia delante y olisqueó.
—No eres ningún muerto. Debería haberme dado cuenta. Eres un diosecillo.
De hecho un semidiós —dijo Percy—
—Tenemos que llegar al inframundo —insistí.
Caronte soltó un profundo rugido.
Todo el mundo en la sala de espera se levantó y empezó a pasearse con nerviosismo, a encender cigarrillos, mesarse el pelo o consultar los relojes.
—Marchaos mientras podáis —nos dijo Caronte—. Me quedaré las monedas y olvidaré que os he visto.
No creo que sea tan fácil deshacerse de Percy —dijo Thalía—
—Hizo ademán de guardárselas, pero yo se las arrebaté.
—Sin servicio no hay propina. —Intenté parecer más valiente de lo que me sentía.
Muy bien —dijo Orión—
Caronte volvió a gruñir, esta vez un sonido profundo que helaba la sangre. Los espíritus de los muertos empezaron a aporrear las puertas del ascensor.
Será una charla más cordial de lo que creía —dijo Hades—
—Es una pena —suspiré—. Teníamos más que ofrecer.
Le enseñé la bolsa llena con las cosas de Crusty. Saqué un puñado de dracmas y dejé que las monedas se escurrieran entre mis dedos.
No voy a negar que sacaste esa facilidad de soborno de Laura —Jim—
El gruñido de Caronte se convirtió en una especie de ronroneo de león.
— ¿Crees que puedes comprarme, criatura de los dioses? Oye… sólo por curiosidad, ¿cuánto tienes ahí?
Es demasiado fácil manipularlo —dijo Hades—
—Mucho —contesté—. Apuesto a que Hades no le paga lo suficiente por un trabajo tan duro.
Y ahora me va a estar molestando con eso —se quejó Hades—
—Uf, si te contara… Pasar el día cuidando de estos espíritus no es nada agradable, te lo aseguro. Siempre están con «por favor, no dejes que muera», o «por favor, déjame cruzar gratis». Estoy harto.
Si no te parece bien podría cambiar tu trabajo —dijo Hades
Hace tres mil años que no me aumentan el sueldo. ¿Y te parece que los trajes como éste salen baratos?
Existe la imitación —dijo Nico—
—Se merece algo mejor —coincidí—. Un poco de aprecio. Respeto. Buena paga.
A cada palabra, apilaba otra moneda de oro en el mostrador.
Caronte le echó un vistazo a su chaqueta de seda italiana, como si se imaginara vestido con algo mejor.
Voy a hacer que se vista con harapos —murmuro Hades—
—Debo decir, chaval, que lo que dices tiene algo de sentido. Sólo un poco, ¿eh?
Apilé unas monedas más.
—Yo podría mencionarle a Hades que usted necesita un aumento de sueldo…
Ni se te ocurra —gruño Hades—
Suspiró.
—De acuerdo. El barco está casi lleno, pero intentaré meteros con calzador, ¿vale? —Se puso en pie, recogió las monedas y dijo—: Seguidme.
Se abrió paso entre la multitud de espíritus a la espera, que intentaron colgarse de nosotros mientras susurraban con voces lastimeras.
Caronte los apartaba de su camino murmurando: «Largo de aquí, gorrones.»
No serían gorrones si alguien los dejara pasar y se ahorra problemas —murmuro Hades— y también a los protectores y guardianes
Nos escoltó hasta el ascensor, que ya estaba lleno de almas de muerto, cada una con una tarjeta de embarque verde.
Caronte agarró a dos espíritus que intentaban meterse con nosotros y los devolvió a la recepción.
—Vale. Escuchad: que a nadie se le ocurra pasarse de listo en mi ausencia —anunció a la sala de espera
—. Y si alguno vuelve a tocar el dial de mi micrófono, me aseguraré de que paséis aquí mil años más.
Hades ya estaba exasperado por la actitud de Caronte
¿Entendido?
Cerró las puertas. Metió una tarjeta magnética en una ranura del ascensor y empezamos a descender.
— ¿Qué les pasa a los espíritus que esperan? —preguntó Annabeth.
—Nada —repuso Caronte.
— ¿Durante cuánto tiempo?
—Para siempre, o hasta que me siento generoso.
—Vaya —dijo Annabeth—. Eso no parece… justo.
Caronte arqueó una ceja.
— ¿Quién ha dicho que la muerte sea justa, niña?
La muerte tendría que ser justa —dijo Nico—
Espera a que llegue tu turno. Yendo a dónde vas, morirás pronto.
Creo se equivocó —dijo Thalía—
—Saldremos vivos —respondí.
—Ja.
De repente sentí un mareo. No bajábamos, sino que íbamos hacia delante. El aire se tornó neblinoso.
Los espíritus que nos rodeaban empezaron a cambiar de forma. Sus prendas modernas se desvanecieron y se convirtieron en hábitos grises con capucha.
Tienen que estar presentable para el juicio —dijo Perséfone—
El suelo del ascensor empezó a bambolearse. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, el traje de Caronte se había convertido en un largo hábito negro, y tampoco llevaba las gafas de carey. Donde tendría que haber habido ojos sólo había cuencas vacías; como las de Ares pero totalmente oscuras, llenas de noche, muerte y desesperación.
Esa es su verdadera apariencia —dijo Hades—
Advirtió que lo miraba y preguntó:
— ¿Qué pasa?
—No, nada —conseguí decir.
Pensé que estaba sonriendo, pero no era eso. La carne de su rostro se estaba volviendo transparente, y podía verle el cráneo.
Aunque es un poco perturbadora —dijo Will—
El suelo seguía bamboleándose.
—Me parece que me estoy mareando —dijo Grover.
Y no era el único —dijo Percy—
Cuando volví a cerrar los ojos, el ascensor ya no era un ascensor. Estábamos encima de una barcaza de madera. Caronte empujaba una pértiga a través de un río oscuro y aceitoso en el que flotaban huesos, peces muertos y otras cosas más extrañas: muñecas de plástico, claveles aplastados, diplomas de bordes dorados empapados.
Cuando yo me bañe no estaba tan contaminado —dijo Aquiles—
—El río Estige —murmuró Annabeth—. Está tan…
—Contaminado —la ayudó Caronte—. Durante miles de años, vosotros los humanos habéis ido tirando de todo mientras lo cruzabais: esperanzas, sueños, deseos que jamás se hicieron realidad.
Eso es horrible —dijeron varios—
Gestión de residuos irresponsable, si vamos a eso.
La niebla se enroscó sobre la mugrienta agua. Por encima de nosotros, casi perdido en la penumbra, había un techo de estalactitas. Más adelante, la otra orilla brillaba con una luz verdosa, del color del veneno.
El pánico se apoderó de mi garganta. ¿Qué estaba haciendo allí? Toda aquella gente alrededor… estaba muerta.
Noo enserio —dijo Nico con claro sarcasmo— que esperabas en el inframundo
Annabeth me agarró de la mano.
Percy beso la mejilla de Annabeth
En circunstancias normales, me habría dado vergüenza, pero entendía cómo se sentía. Quería asegurarse de que alguien más estaba vivo en el barco.
Me descubrí murmurando una oración, aunque no estaba muy seguro de a quién se la rezaba. Allí abajo, sólo un dios importaba, y era el mismo al que había ido a enfrentarme.
Podrías rezarle a Deméter para que moleste a Hades —dijo Poseidón—
No les des ideas —dijo Hades—
La orilla del inframundo apareció ante nuestra vista. Unos cien metros de rocas escarpadas y arena volcánica negra llegaban hasta la base de un elevado muro de piedra, que se extendía a cada lado hasta donde se perdía la vista. Llegó un sonido de alguna parte cercana, en la penumbra verde, y reverberó en las rocas: el gruñido de un animal de gran tamaño.
Cerbero es solo un cachorro aún le falta crecer —explico Hades a lo que varios se estremecieron—
—El viejo Tres Caras está hambriento —comentó Caronte. Su sonrisa se volvió esquelética a la luz verde—. Mala suerte, diosecillos.
La quilla de la barcaza se posó sobre la arena negra. Los muertos empezaron a desembarcar. Una mujer llevaba a una niña pequeña de la mano. Un anciano y una anciana cojeaban agarrados del brazo. Un chico, no mayor que yo, arrastraba los pies en su hábito gris.
Eso debió haber sido horrible —dijeron varios—
Eso demuestra que la muerte no tiene distinciones nadie se salva —dijo Hades—
Usted comento que a los niños menores de 3 años se vuelven protectores —pregunto el joven Nico— que pasa con los niños
Normalmente los niños no hacen las cosas por maldad así que aproximadamente hasta los 10 años son mandados a los campos Elíseos con solo revisar un poco su mente —explico Hades— pero hay excepciones y algunos si son juzgados y reciben un castigo y los que deciden quedarse a cuidar a sus familias toman el nombre de Querubines
Y porque no al revez los menores de 3 años son llamados querubines y los mayores son llamados protectores —pregunto Nico—
Porque los menores de 3 años son más inocentes y eso hace que sean más fuertes —dijo Hades—
—Te desearía suerte, chaval —dijo Caronte—, pero es que ahí abajo no hay ninguna. Pero oye, no te olvides de comentar lo de mi aumento.
No te creo tan demente como para decírselo —dijo Jason—
Contó nuestras monedas de oro en su bolsa y volvió a agarrar la pértiga. Entonó algo que parecía una canción de Barry Manilow mientras conducía la barcaza vacía de vuelta al otro lado.
Seguimos a los espíritus por el gastado camino.
No estoy muy seguro de qué esperaba encontrar: puertas nacaradas, una reja negra enorme o algo así.
La verdad es que la entrada a aquel mundo subterráneo parecía un cruce entre la seguridad del aeropuerto y la autopista de Nueva Jersey.
Enserio —preguntaron varios—
Había tres entradas distintas bajo un enorme arco negro en el que se leía: «está entrando en erebo.»
Cada entrada tenía un detector de metales con cámaras de seguridad encima. Detrás había cabinas de aduanas ocupadas por fantasmas vestidos de negro como Caronte.
Una seguridad muy estricta —dijo Malcolm—
Es para que sea un juicio justo —dijo Hades—
El rugido del animal hambriento se oía muy alto, pero no vi de dónde procedía. El perro de tres cabezas, Cerbero, que supuestamente guardaba la puerta del Hades, no estaba por ninguna parte.
Le gusta esconderse —dijo Hades—
Los muertos hacían tres filas, dos señaladas como «EN SERVICIO», y otra en la que ponía: «MUERTE RÁPIDA.» La fila de muerte rápida se movía velozmente.
Por eso es muerte rápida —dijo Nico—
Las otras dos iban como tortugas.
— ¿Qué te parece? —le pregunté a Annabeth.
—La cola rápida debe de ir directamente a los Campos de Asfódelos —dijo—. No quieren arriesgarse al juicio del tribunal, porque podrían salir mal parados.
Son inteligentes —dijo Perséfone—
— ¿Hay un tribunal para los muertos?
Por supuesto —dijo Hades— es para no mandar a almas inocentes a los campos de Asfódelos o por el contrario a almas malas a los campos Elíseos
—Sí. Tres jueces. Se turnan los puestos. El rey Minos
Nico gruño
Thomas Jefferson, Shakespeare; gente de esa clase. A veces estudian una vida y deciden que esa persona merece una recompensa especial: los Campos Elíseos. En otras ocasiones deciden que merecen un castigo. Pero la mayoría… en fin, sencillamente vivieron, son historia. Ya sabes, nada especial, ni bueno ni malo. Así que van a parar a los Campos de Asfódelos.
— ¿A hacer qué?
—Imagínate estar en un campo de trigo de Kansas para siempre —contestó Grover.
—Qué agobio —respondí.
Ni te lo imaginas —murmuro Hazel siendo abrazada por Frank—
—Tampoco es para tanto —murmuró Grover—. Mira. —Un par de fantasmas con hábitos negros habían apartado a un espíritu y lo empujaban hacia el mostrador de seguridad.
Algo habrá hecho —dijo Perséfone—
El rostro del difunto me resultaba vagamente familiar—. Es el predicador de la tele, ¿te acuerdas?
—Anda, sí. —Ya me acordaba. Lo había visto en la televisión un par de veces, en el dormitorio de la academia Yancy. Era un telepredicador pelmazo que había recaudado millones de dólares para orfanatos y después lo habían sorprendido gastándose el dinero en cosas como una mansión con grifos de oro y un minigolf de interior. Durante una persecución policial su Lamborghini se había despeñado por un acantilado.
Se lo merece —dijo Will—
Yo no creo eso —dijo Nico— de haber vivido más tiempo podría haber arreglado un poco las cosas ya que dejo que los realmente necesitados se ilusionaran para que al final no recibiera un castigo en vida
—Castigo especial de Hades —supuso Grover—. La gente mala, mala de verdad, recibe una atención personal en cuanto llegan.
Y con los pedófilos y violadores son todavía peores —dijo Hades haciendo que Gabe se estremeciera y Jim le diera un puñetazo—
Las Fur… Las Benévolas prepararán una tortura eterna para él.
Y yo en persona elijo los castigos —dijo Hades—
Ahí ya no entendí —dijo Icaros— no se supone que usted pone los castigos
Los castigos para el mayor crimen que los mortales cometen es el que se castiga y la gran mayoría ya están predeterminados pero para la Pedofilia y violación son diferentes para cada mortal —explico Hades a lo que Gabe trago saliva y Jim azoto su cabeza contra el suelo haciendo que le sangrara la nariz y boca—
Pensar en las Furias me hizo estremecer. De pronto caí en la cuenta de que en aquel momento me hallaba en su territorio.
Y apenas te das cuenta —dijo Thalía—
La buena de la señora Dodds estaría relamiéndose de la emoción.
Si me la imagino —dijo Nico—
—Pero si es predicador y cree en un infierno diferente… —objeté.
No solo depende de la creencia también depende de la ascendencia que vengan y pueden tener una ascendencia muy antigua —explico Hades— también involucra el lugar de muerte
Grover se encogió de hombros.
— ¿Quién dice que esté viendo este lugar como lo vemos tú y yo? Los humanos ven lo que quieren ver. Sois muy cabezotas… quiero decir, persistentes.
Como no tienes idea —dijo Perséfone—
Nos acercamos a las puertas. Los alaridos se oían tan alto que hacían vibrar el suelo bajo mis pies, aunque seguía sin localizar el lugar del que procedían.
Son el eco de los campos de castigo —dijo Hades—
Entonces, a unos quince metros delante, la niebla verde resplandeció. Justo donde el camino se separaba en tres había un enorme monstruo envuelto en sombras. No lo había visto antes porque era semitransparente, como los muertos. Si estaba quieto se confundía con cualquier cosa que tuviera detrás. Sólo los ojos y los dientes parecían sólidos. Y estaba mirándome.
Lo más seguro es que si estaba viéndote —dijo Nico—
Casi se me desencajó la mandíbula. Lo único que se me ocurrió decir fue:
—Es un rottweiler.
Un rottweiler con 3 cabezas —dijo Nico—
Siempre me había imaginado a Cerbero como un enorme mastín negro.
Esa creo que es más la apariencia de los perros del infierno —dijo Nico—
Bianca y María vieron preocupadas a Nico como sabia tanto del inframundo
Pero evidentemente era un rottweiler de pura raza, salvo por el pequeño detalle de que también era el doble de grande que un mamut, casi del todo invisible, y tenía tres cabezas.
Por ese pequeño detalle pasa desapercibido y ves un perro cualquiera—dijo Nico—
Los muertos caminaban directamente hacia él: no tenían miedo. Las filas en servicio se apartaban de él cada una a un lado. Los espíritus camino de muerte rápida pasaban justo entre sus patas delanteras y bajo su estómago, cosa que hacían sin necesidad de agacharse.
—Ya lo veo mejor —murmuré—. ¿Por qué pasa eso?
—Creo… —Annabeth se humedeció los labios—. Me temo que es porque nos encontramos más cerca de estar muertos.
Eso es realmente tranquilizador —dijo Poseidón—
La cabeza central del perro se alargó hacia nosotros. Olisqueó el aire y gruñó.
—Huele a los vivos —dije.
De que me sirve tener un perro guardián si no detecta a los ilegales —dijo Hades—
—Pero no pasa nada —contestó Grover, temblando a mi lado—. Porque tenemos un plan.
Algo no me gusta —dijo Frank
—Ya —musitó Annabeth—. Eso, un plan.
Nos acercamos al monstruo. La cabeza del medio nos gruñó y luego ladró con tanta fuerza que me hizo parpadear.
Eso y el aliento que se cargaba —dijo Percy—
— ¿Lo entiendes? —le pregunté a Grover.
Los sátiros entienden a todos los animales ya sean mitológicos o mortales —dijo Deméter—
—Sí lo entiendo, sí. Vaya si lo entiendo.
— ¿Qué dice?
—No creo que los humanos tengan una palabra que lo exprese exactamente.
Cerbero es un poco mal hablado —dijo Nico—
Saqué un palo de mi mochila: el poste que había arrancado de la cama de Crusty modelo safari. Lo sostuve en alto, intentando canalizar hacia Cerbero pensamientos perrunos felices: anuncios de exquisiteces para perro, huesos de juguete, piensos apetitosos. Traté de sonreír, como si no estuviera a punto de morir.
Pa' pensamientos felices —dijo Nico—
—Ey, grandullón —lo llamé—. Seguro que no juegan mucho contigo.
No puedo no tengo tiempo —dijo Hades—
— ¡ GRRRRRRRRR!
—Buen perro —contesté débilmente.
Después de ese gruñido quien no va a tener miedo —dijo Percy—
Moví el palo. Su cabeza central siguió el movimiento y las otras dos concentraron sus ojos en mí, olvidando a los espíritus. Toda su atención se hallaba puesta en mí. No estaba muy seguro de que fuera algo bueno.
—¡Agárralo! —Lancé el palo a la oscuridad, un buen lanzamiento. Oí el chapoteo en el río Estige. Cerbero me dedicó una mirada furibunda, no demasiado impresionado. Tenía unos ojos temibles y fríos.
Pudo haber funcionado pero Cerbero es de gustos especiales —dijo Hades—
Bien por el plan.
Cerbero emitió un nuevo tipo de gruñido, más profundo, multiplicado por tres.
—Esto… —musitó Grover—. ¿Percy?
—¿Sí?
—Creo que te interesará saberlo.
—¿El qué?
—Cerbero dice que tenemos diez segundos para rezar al dios de nuestra elección. Después de eso… bueno… el pobre tiene hambre.
—¡Esperad! —dijo Annabeth, y empezó a hurgar en su bolsa.
«Oh-oh», pensé.
—Cinco segundos —informó Grover—. ¿Corremos ya?
Yo diría que si —dijo Thalía—
Annabeth sacó una pelota de goma roja del tamaño de un pomelo. En ella ponía: «waterland, Denver, co.» Antes de que pudiera detenerla, levantó la pelota y se encaminó directamente hacia Cerbero.
—¿Ves la pelotita? —le gritó—. ¿Quieres la pelotita, Cerbero? ¡Siéntate!
Cerbero parecía tan impresionado como nosotros.
Inclinó de lado las tres cabezas. Se le dilataron las seis narinas.
—¡Siéntate! —volvió a ordenarle Annabeth.
Estaba convencido de que en cualquier momento se convertiría en la galleta de perro más grande del mundo.
Cuanta confianza sesos de alga —dijo Annabeth—
En cambio, Cerbero se relamió los tres pares de labios, desplazó el peso a los cuartos traseros y se sentó, aplastando al instante una docena de espíritus que pasaban debajo de él en la fila de muerte rápida.
Algunos hicieron una mueca de dolor
Los espíritus emitieron silbidos amortiguados, como una rueda pinchada.
—¡Perrito bueno! —dijo Annabeth, y le tiró la pelota.
Él la cazó al vuelo con las fauces del medio. Apenas era lo bastante grande para mordisquearla siquiera, y las otras dos cabezas empezaron a lanzar mordiscos hacia el centro, intentando hacerse con el nuevo juguete.
—¡Suéltala! —le ordenó Annabeth.
Las cabezas de Cerbero dejaron de enredar y se quedaron mirándola. Tenía la pelota enganchada entre dos dientes, como un trocito de chicle. Profirió un lamento alto y horripilante y dejó caer la pelota, ahora toda llena de babas y mordida casi por la mitad, a los pies de Annabeth.
Eres realmente buena con los perros de 3 cabezas —dijo Will divertido—
—Muy bien. —Recogió la bola, haciendo caso omiso de las babas del monstruo. Luego se volvió hacia nosotros y dijo—: Id ahora. La fila de muerte rápida es la más rápida.
Por algo es rápida —dijo Nico—
—Pero… —dije.
—¡Ahora! —ordenó, con el mismo tono que usaba para el perro.
No es que haya mucha diferencia —dijo Thalía—
Algunos rieron
Grover y yo avanzamos poco a poco y con cautela.
Cerbero empezó a gruñir.
—¡Quieto! —Ordenó Annabeth al monstruo—. ¡Si quieres la pelotita, quieto!
Cerbero gañó, pero permaneció inmóvil.
Necesito hacer algo para poder jugar con Cerbero —pensó Hades—
—¿Qué pasará contigo? —le pregunté a Annabeth cuando cruzamos a su lado.
—Sé lo que estoy haciendo, Percy —murmuró—. Por lo menos, estoy bastante segura…
Eso es muy tranquilizador —dijo Icaros—
Grover y yo pasamos entre las patas del monstruo.
«Por favor, Annabeth —recé en silencio—. No le pidas que vuelva a sentarse.»
Conseguimos cruzar. Cerbero no daba menos miedo visto por detrás.
Es algo que no quiero recordar —dijo Percy—
Tengo una duda —dijo Leo— quien limpia los regalos de Cerbero—
Hay un castigo —dijo Hades— los mortales que trataron mal a los animales son los encargados de limpiar el área de Cerbero así como de bañarlo y atender sus principales necesidades así que posiblemente los del camión terminaran ahí
— ¡Perrito bueno! —le dijo Annabeth.
Agarró la pelota roja machacada, y probablemente llegó a la misma conclusión que yo: si recompensaba a Cerbero, no le quedaría nada para hacer otro jueguecito. Aun así, se la lanzó y la boca izquierda del monstruo la atrapó al vuelo, pero fue atacada al instante por la del medio mientras la derecha gañía en señal de protesta.
Pobre cabeza —dijo Nico—
Así distraído el monstruo, Annabeth pasó con presteza bajo su vientre y se unió a nosotros en el detector de metales.
Algunos suspiraron aliviados
—¿Cómo has hecho eso? —le pregunté alucinado.
—Escuela de adiestramiento para perros —respondió sin aliento, y me sorprendió verla hacer un puchero—. Cuando era pequeña, en casa de mi padre teníamos un doberman…
Un gran perro —murmuro Annabeth—
—Eso ahora no importa —interrumpió Grover, tirándome de la camisa—. ¡Vamos!
Nos disponíamos a adelantar la fila a todo gas cuando Cerbero gimió lastimeramente por las tres bocas.
Pobre cerbero —dijo Nico—
Annabeth se detuvo y se volvió para mirar al perro, que se había girado hacia nosotros. Cerbero jadeaba expectante, con la pelotita roja hecha pedazos en un charco de baba a sus pies.
—Perrito bueno —le dijo Annabeth con voz de pena.
Las cabezas del monstruo se ladearon, como preocupado por ella.
—Pronto te traeré otra pelota —le prometió Annabeth—. ¿Te gustaría?
Podríamos llevarle una de la señorita O'Leary —dijo Percy a lo que Annabeth asintió—
El monstruo aulló. No necesité entender su idioma para saber que Cerbero se quedaría esperando la pelota.
—Perro bueno. Vendré a verte pronto. Te… te lo prometo. —Annabeth se volvió hacia nosotros—.
Y sigue esperando —dijo Nico—
Vamos.
Grover y yo cruzamos el detector de metales, que de inmediato accionó la alarma y un dispositivo de luces rojas.
Que esperaban de un detector de metales —dijo Hades— y de magia
« ¡Posesiones no autorizadas! ¡Detectada magia!»
Cerbero empezó a ladrar.
A buena hora —dijo Perséfone—
Nos lanzamos a través de la puerta de muerte rápida, que disparó aún más alarmas, y corrimos hacia el inframundo.
Yo digo que se escondan —dijo Perseo—
Unos minutos después estábamos ocultos, jadeantes, en el tronco podrido de un enorme árbol negro, mientras los fantasmas de seguridad pasaban frente a nosotros y pedían refuerzos a las Furias.
—Bueno, Percy —murmuró Grover—, ¿qué hemos aprendido hoy?
—¿Que los perros de tres cabezas prefieren las pelotas rojas de goma a los palos?
Otros son felices con una simple botella —dijo el joven Nico—
—No —contestó Grover—. Hemos aprendido que tus planes son perros, ¡perros de verdad!
Mal chiste —dijo Hermes—
Yo no estaba tan seguro. Creía que Annabeth y yo habíamos tenido una buena idea. Incluso en ese mundo subterráneo, todos, incluidos los monstruos, necesitaban un poco de atención de vez en cuando.
Sobre todo siendo un cachorro —dijo Hades—
Pensé en ello mientras esperaba a que los demonios pasaran. Fingí no darme cuenta de que Annabeth se enjugaba una lágrima de la mejilla mientras escuchaba el lastimero aullido de Cerbero en la distancia,
Ambas Annabeth se sonrojaron al sentir la mirada de varios
Que echaba de menos a su nueva amiga.
Aquí termina —dijo la joven Hazel cerrando el libro—
Yo leo —dijo Nico haciendo que mediante sombras apareciera en sus piernas—
Ya falta poco para el final de este libro si mal no me equivoco faltan 4 capítulos a menos que haga uno extra pero eso ya lo veré y la tortura de Gabe
Nos leemos en un mes se despido por ahora ACUARIO NO JUNE4311
