Capítulo II

Una flor

En muy seguidas ocasiones, después de un primer encuentro maravilloso con sólo conjeturas como presentaciones, nos damos cuenta que la belleza inmediata no resulta ser lo más transcendental. Las cualidades que creímos haber visto en aquel encanto, eso que nos pareció tan atractivo, se vuelve nimio cuando descubrimos sus opiniones exactas sobre temas de los cuales opinamos precisamente lo contrario.

Eso es lo que esperaba Severus. Que aquel destello muy brillante de interés que había surgido en su corazón, se extinguiese fugazmente de forma similar a como había aparecido.

Pero no fue así. Sev no logró encontrar algo que desentonara con la belleza de la niña pelirroja. Era tan hermosa como una flor. Se llamaba Señorita Evans; o al menos así había escuchado que la nombraban. Nuestro protagonista se empeñó durante varias semanas hasta que obtuvo esa información. Al parecer era su vecina, pero al vivir él separado el pueblo por los campos de lavanda, nunca la había visto. La señorita Evans no mostraba la afectación que denominaba a la mayoría de las niñas con constante contacto con la sociedad; parecía que ella disfrutaba de corazón que el viento despeinara su aparente suave melena, que la tierra entrara en contacto con sus manos o su rostro, o que sus carcajadas sonaran lo suficientemente alto para que se escuchara a varios metros de distancia… Pero, a pesar de todo, la femineidad no era ajena a la pelirroja. Sus movimientos eran gráciles, al igual que su risa del tono del canto de los pajarillos. Y la forma en que sus ojos buscaban siempre el cielo, o se perdían en el horizonte, buscando aventuras por venir. Aun así, todos esos comportamientos eran reprendidos por la niña de cabellos dorados que siempre estaba junto a ella; un ser que, desde la distancia, se podría llamar lleno de envidia.

De esta forma, los patrones de estudio que Sev había desarrollado a lo largo de su infancia y los esquemas que había comenzado con la reciente visita del Marqués Dumbledore, fueron radicalmente modificados. Su lugar secreto en la pradera había sido descubierto, y él tuvo que acomodarse algunos metros más alejado, en un gran roble que fue el único testigo de sus andanzas. Aquel roble era viejo y con muchas ramas, las cuales le servían de escondite e incluso lograba acomodarse para dormitar. Cuando lograba escuchar voces y risas, trepaba torpemente hasta una parte suficientemente alta del árbol en cuestión, y es allí donde alcazaba a observar y estudiar el comportamiento de la señorita Evans y sus acompañantes. Casi la absoluta mayoría de las veces, la niña rubia y regañona es quien la escoltaba; parecía ser mayor; su nombre de pila, Petunia. Un par de ocasiones también logró divisar a una hermosa señora, vestida de forma más sencilla que el par de niñas, y a pesar de eso, no se lograba disimular su belleza. Se preguntó si sería su nana, o un pariente de la pelirroja.

A lo largo de varios meses lo único que logró hacer el pequeño Sev fue prestar atención y mirar durante largas horas, ideando en su imaginación las diversas formas en las cuales podría acercarse a la dueña de los cabellos cobrizos (y, aunque no quisiera, a Petunia; un daño colateral), de forma sutil y amigable. Sin embargo, después de conjeturar cada circunstancia en su cabeza y dándose cuenta que no obtendría ni siquiera un resultado favorable en ninguno de los episodios hipotéticos, se dio por vencido. Fue en ese preciso momento, que se supo plenamente consciente de su condición desfavorable. Él era pobre, y eso se le notaba en cada remiendo de su ropa vieja; pero también era feo, y eso no se lo iba a poder quitar nunca. Ojalá tuviera las habilidades sociales de los jóvenes caballeros, eso al menos lo convertiría en alguien agradable en una conversación, pero lo cierto era que ni siquiera lograba articular correctamente una frase completa debido a su extrema timidez.

Entonces, sin previo aviso, una mañana de primavera, escuchó su nombre.

—¡Lily!

Había estado dormitando después de terminar de leer un libro sobre las clases sociales del Reino, y ese nombre lo despertó de su letargo.

—Tune, déjame buscar por aquí también —el tono dulce de su voz atrajo a Sev finalmente a la realidad. Estaba muy cerca. Escuchaba hasta el sonido de su vestido azul contra la hierba.

—No sé lo que estás buscando, pero te advierto que, si sigues entrando tan fácilmente a la maleza, lo que vas a encontrar va a ser una buena mordida por algún animal.

—No seas aguafiestas, Tune. Te he dicho que escuché algo por aquí, parecía un ronquido.

—Pues yo no te voy a acompañar. Primero me dices que quieres aprender a escribir, y ahora te pones a buscar animales fantásticos.

Lily se paró en seco, y se volteó ofendida hacia su aparentemente hermana mayor.

—Escribir es algo que todos por igual deberíamos de saber, Tune. No sé por qué sigues tan disgustada. A mi papá le agradó la idea.

—Eso es porque él no parece saber que las señoritas no necesitan saber más que cuidar un hogar.

—Tune, eso es tonto. Yo quiero leer, yo quiero saber escribir, el mundo es más que sólo bailes y…

—¡No sabes nada! Eres sólo una niña.

—¡Tú también, no eres tan mayor que yo!

—Mamá te lo prohibió. La escuché.

—Tune, los libros son lo mejor, papá me enseñó uno de sus libros hace unas semanas, tenía muchas ilustraciones bonitas.

—¿Ilustraciones de qué? —Petunia miró alrededor, debatiéndose entre la curiosidad y la desaprobación. Cuando Lily sacó un pequeño librito de su bolsillo, la rubia explotó—. ¡Basta!

—Pero si no te hace nada —aseguró Lily, y abrió el libro en una página con una hermosa ilustración de un ave de colores.

—Eso no está bien —protestó Petunia, pero había desviado la mirada para ver cómo el color de las plumas cambiaba con la luz del sol. Sin embargo, continuó con el tono desdeñoso—. ¿De verdad te gusta tanto leer? Es tan aburrido.

Sev no pudo soportar que le gritaran a la pelirroja, a Lily, y se bajó rápidamente del roble.

—Está muy claro, ¿no?

Fue demasiado tarde. ¿Qué ropa llevaba puesta esa mañana? Unos pantalones demasiado cortos, un blusón de su madre y un abrigo largo de su padre. Por supuesto, nada combinaba. No se sorprendió cuando Petunia dio un grito y corrió de vuelta hacia el claro. Sin embargo, Lily, a pesar de también haberse sobresaltado, se quedó en donde estaba. A Sev se le subieron los colores. Lamentó con cada fibra de su ser el aspecto que llevaba.

—¿Qué es lo que está muy claro? —preguntó ella con marcada curiosidad, sin haber perdido el hilo de la conversación que el chico pelinegro y pálido acababa de comenzar.

¡Le había dirigido la mirada, incluso la palabra! Sev no podía con la emoción. Miró a lo lejos a Petunia, y luego, bajando la voz, casi le susurró a Lily:

—Sé lo que puedes llegar a ser.

—¿Qué quieres decir?

—Puedes llegar a ser como un hombre.

Ofendida, Lily le espetó:

—¿Te parece bonito decirle eso a una chica? —recogió sus faldones y se fue corriendo a reunirse con su hermana al claro.

—¡No! No te vayas… —gritó desesperado. Se ruborizó aún más, y el color le tiñó también las orejas y el cuello. Sin embargo, se armó de valor y caminó hacia ellas. Ambas le concedían miradas de recelo y desaprobación. Cuando se acercó lo suficiente para que le escucharan, volvió a hablar—. Me refiero a que puedes leer. Igual que lo hacen los hombres. El conocimiento… debería… debe ser para todos. Yo sé leer. Mi madre también sabe leer y escribir. Sabe incluso más cosas que mi padre… Y hay una escuela a que podemos ir…

La risa de Petunia fue como un balde de agua fría que le regresó a la realidad.

—¡Para todos! ¡Sí claro! —chilló; había recuperado la compostura después del susto que le había dado el niño con su repentina aparición—. Yo te conozco, eres el hijo de Snape. Viven en la casucha esa alado del campo de lavanda, su madre es una hilandera —le dijo con saña a Lily—. ¿Por qué nos espías?

—N-no las espiaba —protestó incómodo y acalorado. Su pelo sucio brilló con la luz del sol—. Además, a ti no tengo por qué espiarte —añadió con desprecio—. tú eres como ellos, sólo sabes juzgar a la gente.

Petunia no entendió la palabra juzgar, pero captó el tono desdeñoso con el que Sev lo dijo.

—¡Vámonos de aquí, Lily!

Su hermana pequeña la obedeció mansamente, y, después de haberle mirado con desconfianza, algo en ella cambió en el último segundo, tornando su mirada en un gesto de reconocimiento y curiosidad.

Sev se quedó petrificado. Las vio alejarse y permaneció sin moverse durante mucho tiempo. Todo había salido mal; incluso peor de lo que había imaginado. Detestaba completamente a Petunia Evans.

A la mañana siguiente, el niño de nuestra historia volvió al claro, triste y desolado, pensando que estaría por fin vacío después del estrepitoso encuentro con Lily; y por eso, al encontrarla allí, de pie, mirando hacia su dirección, casi se tropieza y cae.

—Hola, Snape. Me gustaría que me siguieras contando sobre esa escuela.

Severus no pudo contener una sonrisa, la primera sonrisa sincera que salía de su corazón desde hacía mucho tiempo.


¡Hola! Gracias nuevamente por leer hasta el final. Este capítulo está basado en el primer encuentro de Lily y Severus.

Gracias a mi lectora WidowSlayer por su review. Fue mi principal motivación para tener listo el capítulo el día de hoy.

Espero leerles la siguiente semana. Deséenme mucha inspiración.