CAPÍTULO V

Un regalo

Los momentos que pasamos divirtiéndonos, son los que guardamos en cajitas especiales etiquetadas con el mayor cuidado en nuestra memoria, muy cerca de nuestro alcance y fáciles de abrir, para poder rescatarlos en los períodos de angustia. Sucede también que, por el contrario, las horas tristes son encajonadas con fiereza en un baúl roto y oxidado en lo más profundo de nuestro ser, con más de siete candados para no volvernos a encontrar con ellas jamás.

En el caso de Sev, los recuerdos que encajonaba con hostilidad en su interior, eran los referentes a su familia. Las discusiones diarias de sus padres, los reclamos sobre absolutamente cada detalle del comportamiento de él o de su madre: qué si la sopa estaba fría, que el licor estaba escondido, que la casa era un desorden, y lo peor, que ese niño que decía que era su hijo, no se parecía a él. ¡Pues qué bueno que no se parecía! Sev no estaba tan feliz de tener la nariz torcida, la piel pálida y el rostro cetrino de su madre, pero los prefería mil veces que parecerse a ese hombre que les hacía cada minuto de su vida imposible. Tobías Snape había sido un hombre sumamente atractivo en su juventud: de gran estatura, de facciones suaves y pómulos altos, su complexión era fuerte y vigorosa, y sus cabellos caoba enmarcaban unos ojos marrones muy brillantes… y, aun así, le causaba regocijo el no parecerse en nada a él. Aquel seductor cascarón guardaba una podredumbre nauseabunda. Un ser vil, déspota y con un horrible carácter al que le molestaba absolutamente todo excepto él. ¿Qué sensaciones exactas había experimentado su madre al ser tratada de una manera tan soez? ¡Qué gran desilusión debió haber sentido al descubrir la cruel realidad detrás del velo de la galantería! Que ese hombre tan gallardo que parecía poder amarla, al final se volvió de piedra. Su madre no soportó esa verdad y se volvió un ser muerto en vida. Esos acontecimientos, ese pilar que fue su infancia estaba repleto de memorias que él buscaba enterrar.

Por el contrario, las poquísimas veces que acudía a almorzar con los Evans eran momentos extraños, pero memorables, a pesar de las miradas de reproche de Petunia. Compartían lo poco que tenían con él, y le permitían pasar sus horas con Lily; eso último era lo más importante. Su vida podía carecer de todo, menos de su compañía. Era su mejor amiga, su compañera, su aliada, y a quien no le molestaba mostrar sus secretos. Ella no lo juzgaba. Ella era inteligente, dulce y valiente. Ella era lo más bonito que Sev tenía.

Lily siempre estaba con él. Por eso, casi un año después de haberla conocido, unos días antes del día nueve del mes de enero, le pareció muy extraño que ella le dijera que iba a faltar a sus reuniones diarias. Se excusó con el pretexto de una gripe. La noticia le resultó más fría que esa mañana, aunque la nieve cubría los campos de lavanda; el niño solitario no tuvo más remedio que refugiarse en el granero cercano casi abandonado en invierno (a excepción de los animales que ahí yacían) y que había descubierto junto con Lily en sus expediciones.

Las vacas mugían entre ellas, como preguntándose qué hacía un niño en medio de aquel lugar, con más equipaje que un par de libros en el bolsillo. Los pensamientos de Sev estaban llenos de abatimiento, porque tenía muy presente la promesa que le había hecho Lily hacía un año: que ella pasaría su cumpleaños junto a él. Al ver que las posibilidades de que ese sueño se hiciera realidad, habían decrecido estrepitosamente hasta parecer casi inexistentes, se hizo un ovillo en la oscuridad. Reprimió con todas sus fuerzas las lágrimas que amenazaban por explotar en una lluvia debajo de sus ojos negros, hundiéndose bajo esa gran desesperanza.


El día nueve, justo el día que cumplía los diez años, se levantó con el alba de su camastro viejo sin ninguna expectativa. Apiló sus pocos, pero muy variados libros debajo de las sábanas, otros pocos los acomodó en su minúsculo baúl, y procedió a vestirse. Se puso unos calzoncillos de lino y el mismo jubón que Lily le había ayudado a atarse una vez y, como había mucho frío, se colocó también el único abrigo de grueso paño que tenía, heredado por su padre. Cuando ya estaba vestido, tomó su libro favorito, el de herbolaria ancestral que pertenecía a su madre, y lo metió en el bolsillo remendado. Seleccionó también un cobertor de lana del armario antiguo, tomó un poco de sopa de la cocina y el último pedazo de pescado de la cena de la noche anterior, se ató las cintas de los zapatos y salió al bosque. Su madre ya estaba levantada, pero no hizo ningún comentario sobre el día cuando lo vio partir. Como la nieve cubría cada superficie, llegó al granero con los pantaloncillos anegados hasta las rodillas. Se quitó los zapatos y la parte posterior de su ropa, se enrolló con el grueso cobertor en una esquina. Aprovechó una rendija que hacía pasar un tímido rayo de luz, abrió su libro de hierbas y se puso a leer. Se permitió a sí mismo agradecer un año más de vida, aunque no disfrutara mucho de ella en familia, sí lo hacía en soledad. Se deseó un feliz día y zanjó el asunto. Suficiente de pensar en él. Los caminos de su mente cambiaron y se concentró en la tarea que tenía entre manos: estaba planeando hacer un pequeño regalo a Lily. Su cumpleaños se aproximaba también y si ella no se recuperaba pronto de su gripe, la iría a visitar, tragándose todo su temor a la socialización, ya que, aunque se sentía relativamente cómodo en la casa de su amiga, eso era sólo si ella estaba presente. Rebuscó en su interior sobre las cosas que ella más amaba para darse una idea de lo que le gustaría recibir de regalo (una costumbre de la cual no había sido partidario por voluntad propia, pero lo haría por Lily). Pensó y pensó hasta que recordó dos cosas que lo llevaron a decidirse: el cuadro de la pintura de su madre, con esa tiara ornamental… y las gamas. A Lily le gustaban mucho las astas de los ciervos, pero lamentaba que no se desarrollaran en las hembras; le parecía injusto que sólo los machos llevasen esa preciosa corona. Unió ambos conceptos en su mente, y con sus torpes manos dio forma a una pequeña tiara de espigas secas de lavanda que encontró en el bolsillo de su abrigo, sin embargo, eran muy pocas, así que tuvo que completarla con un poco de paja y unas cuantas florecillas color blanco que se asomaban sobre el manto de la nieve. Si mal no recordaba, se llamaban Galanthus nivalis, coloquialmente llamadas campanillas de invierno. El resultado fue relativamente bueno, pero no quiso opinar mucho al respecto, puesto que su concepción de arte, era en realidad limitado.

No se dio cuenta en qué momento se quedó dormido entre la gruesa sábana y sobre una gran cantidad de paja, pero cuando abrió los ojos, le sorprendió encontrar una lámpara encendida, y unos hermosos ojos verdes observándolo con una extraña mirada.

–¡Lily! –exclamó él incorporándose.

–Shhh, calla, que los animales se asustarán –como respuesta, una de las ovejas baló, despertando a sus compañeras.

–¿Q-qué haces aquí? –exclamó cubriéndose con el cobertor, azorado por encontrarse tan vulnerable, ya que no llevaba los pantaloncillos.

–Oye, eso ha sido rudo, Severus –respondió ella, tomando la vela que yacía en el suelo para alumbrarle el rostro.

–L-lo siento, Lily… –él buscó con la mirada la tiara de espigas que había hecho y la ocultó discretamente debajo–. R-realmente me sorprendiste –estaba tan nervioso que tartamudeaba. Ella ignoró ese desliz, como siempre haciendo gracia de su innata discreción, y extendió las manos.

–Dios te ha dado un año más de vida Sev. Te he traído un regalo –depositó en las palmas vacilantes de su amigo, una cajita sencillamente adornada con tela dorada y un listón–. Tómalo.

Él obedeció, aunque sin palabras, debido a su emoción, estuvo largo rato mirando ese obsequio. El primer regalo que había recibido en sus diez años de vida. Una lágrima traicionera cruzó su pálido semblante, pero él la secó inmediatamente para que Lily no lo viera. Se dio la vuelta.

–Estoy… muy agradecido, Lily.

–Vamos, ábrelo.

Él obedeció, y encontró, muy sorprendido, un hermoso cuaderno hecho a mano. Una pequeña dedicatoria se leía en la página principal. Decía: Con mucho cariño para mi mejor amigo Severus Snape. Escribe aquí tus pensamientos y experimentos. Tuya, Lily. Las lágrimas buscaban derramarse nuevamente sobre sus mejillas, pero él las contuvo valientemente.

–Estoy… conmovido y sumamente agradecido, Lily. Es el mejor regalo que he podido recibir en toda mi… existencia.

–Oh, Sev, es apenas el primer regalo que te doy. Vienen muchos más. Tendrás una vida larga y feliz –le consoló ella, tomando con confianza su mano–. Mira, concéntrate en el regalo. Esa fue la razón por la que tuve que desaparecer estos días. Pasé muchas horas cosiendo este librito, mi padre me ayudó a…

Él sólo pudo mirarla y asentir. No terminó de escuchar todo lo que dijo, ya que se perdió en sus pensamientos, mirando sus hermosos ojos verdes. Estaba exultante de felicidad, pero a la vez aterrado. No le confesó en ese momento el miedo que sentía al desconocer su futuro. ¿Qué sería de él, pobre y sin recursos, con más educación que varios libros de herbolaria y la promesa de una educación en Hogwarts? ¿Cuán difícil serían esos años venideros? No lo sabía; pero, mientras tuviera a Lily a su lado, lucharía contra cualquier persona, ser o circunstancia que se interpusiera en su camino. Haría cualquier cosa para obtener el poder de proteger a Lily Evans.


N/A: ¡Gracias por leer hasta aquí! Al final no tuve tanto tiempo como creí para escribir, pero me he prometido a mi misma no abandonar esta historia por nada del mundo. ¡Deséenme inspiración! Sigamos observando lo que sucede con Sev y Lily... Bien pude haber puesto un lemmon aquí, pero aún son sólo unos niños. Dejemos que crezcan un poco más. Pero la idea me vino de pronto... en fin, nos vemos pronto.