CAPÍTULO VI
Las circunstancias
La inteligencia, es un don maravilloso que nos es otorgado. Heredada en una gran parte, pero cultivada gracias a la educación, las buenas amistades y el contexto social, esta dádiva es muy discutida en cuanto su origen. ¿Qué tan inteligente es un niño de escasos recursos, comparado con alguien instruido con los mejores profesores del país? ¿Es tan siquiera justa esta comparación?
Severus Snape había sido un niño pobre, sin ningún maestro que le instruyera, más que su madre en los primeros años de su vida. Eileen, aún conservaba un poco de vivacidad en la primavera de su hijo, y logró transmitirle lo mejor de ella. Los buenos modales, muchas de sus expresiones y las reglas de una familia noble; aunque él era mestizo, su madre siempre lo llamaba su príncipe. A los cuatro años había aprendido a leer, y a los seis, a escribir. Su gran curiosidad y sed de conocimiento compensaban su falta de instrucción, y él se convirtió en su propio mentor. La ambición era su segundo nombre y la aspiración su apellido. Su madre sabía de la existencia del colegio Hogwarts; de hecho, hasta le confesó que ella había estudiado allí en los primeros años de su fundación. Ser considerado desheredado para la sociedad en la que vivía no le impediría ser más inteligente y astuto que los jóvenes supuestamente bien cultivados de la alcurnia. Y tampoco le impediría impresionar a su mejor amiga. Él se convertiría en cualquier cosa que ella necesitara, y le daría hasta lo imaginable. Trazaba en su mente muchos planes aún a su corta edad.
Cuando llegó el día, se esforzó al máximo por lograr que el cumpleaños de Lily fuese dulce y tranquilo. Y así fue. Sev y ella se la pasaron comiendo tarta de melaza que preparó la señora Evans con motivo especial del décimo aniversario de su hija menor. La tiara que el niño le estuvo preparando, fue perfeccionada y decorada, puesto que Sev utilizó toda su creatividad logrando aplicar una mezcla de harina, miel y aceite al adorno que funcionó como barniz y le dio un aspecto brillante. Lily estuvo encantada con su "corona", o así la estuvo llamando durante ese final del invierno y toda la primavera. Este ornamento que acompañaba sus cabellos rojos le daba un aspecto sublime y etéreo y hacía que Sev divagara la mayor parte del tiempo en imaginar tocar esa melena que prometía ser muy suave. Si él era un príncipe en su imaginación, ella no sólo era la princesa de su mundo, ella era su reina.
–¿Escuchaste lo que dije? –la mano de Lily en su hombro lo sacó de su ensoñación. Ella había estado hablando pero, gracias a los hermosos que se veían los rayos de sol otoñal en su rostro, él había perdido el hilo de la conversación; cosa que no le pasaba seguido, sólo en su presencia
–Sobre…
–¿Ajá…?
–Sobre… eh…
–¡Severus!
–Lo siento, señorita Evans, ¿podría repetirlo por favor? –dijo él con una sumisión exagerada, apelando a la compasión de su amiga. Siempre funcionaba.
–¡Ay! Detesto que hagas eso. Hablas como uno de esos caballeros pomposos.
–¿De verdad te molesta? –preguntó él con inocente galantería.
–¡Basta ya! –replicó sonrojándose–. Me refiero a que hoy le llegó una especie de carta a mis padres. Ya estamos a finales de octubre, y ellos estaban un poco preocupados por no saber si Hogwarts existía o no.
–Te aseguré que es real –la mirada de Severus se ensombreció ante el asomo de la duda en las palabras de su mejor amiga.
–Y te creo– repuso ella inmediatamente–. Pero mis padres se enfrentan diariamente a las agrias críticas de Petunia y…
–Y los comentarios de la gente de sociedad son más creíbles que los de un pobre niño del campo… –exclamó él con ironía.
–¡Severus! Déjame terminar, por favor –los ojos verdes casi expulsaron chispas. Sev se apaciguó–. Mis padres te creen. Y ahora con más razón. Les ha llegado una carta del Marqués Dumbledore… bueno, en realidad, es una especie de volante –el pelinegro no se mostró sorprendido, sólo asintió.
La carta en cuestión, era sólo un panfleto publicitario de la escuela. No llevaba dedicatoria ni remitente, pero llegó al buzón de la familia Evans. Al preguntar Petunia a sus amigas de sociedad, resultó que en realidad sí conocían la escuela; sólo que nunca se lo habían mencionado al estar poco emocionadas con abrir un libro. Se decía que era un colegio prestigioso pero sin pretensiones. Allí asistían los jóvenes más ricos del país… que estuvieran dispuestos a convivir con plebeyos. Era la clase privilegiada quien aportaba los recursos para el conocimiento de los hijos del pueblo. Pero no sería cualquier joven el que podría asistir. Se requería pasar una prueba especial frente a los cuatro principales benefactores del colegio: Salazar Slytherin, Rowena Ravenclaw, Godric Gryffindor y Helga Hufflepuff. Cada uno de ellos buscaba atributos diferentes en sus protegidos. La idea de formar un colegio, el más reconocido del reino, había sido del Conde Gryffindor: consideraba que niños y jóvenes con valor, fuerza y osadía, sin dejar de lado la caballerosidad, debían ser educados en su escuela, no importando en realidad su clase social. Por su parte, la Vizcondesa de Ravenclaw, premiaría a aquellos poseedores de la creatividad, inteligencia y erudición con acceso a una escuela que permitiría incrementar esas cualidades con el conocimiento que ella personalmente se encargaría de incluir en el plan de estudios para sus alumnos; si eran plebeyos o de sangre pura le daba igual, con tal de que poseyeran una gran uso de la razón en ellos. La Baronesa de Hufflepuff, por su parte consideraba que todo aquel con buen ánimo, lealtad, paciencia y, lo principal, un fuerte sentido de la justicia, sería merecedor de su protección; y, precisamente gracias a ese apego a la justicia, aceptaría a todos los que le pidieran de corazón un lugar en la escuela incluyendo a los niños de grandes familias, así como también los más humildes hijos de plebeyos. Todos estos pensamientos contrastaban con las ideas del Duque de Slytherin, quien ponderaba la ambición, determinación y, principalmente, la astucia, como las cualidades ideales de sus favorecidos. Él estaba terminantemente decidido a aceptar simplemente gente de la nobleza, los conocidos sangre pura. Consideraba que el acceso al conocimiento debería ser el adorno principal de los hijos de familias distinguidas.
¿En dónde entrarían Lily y Severus? La primera, era una plebeya sin duda alguna. Ninguna persona de su familia había sido distinguida por el rey o siquiera por alguien de la corte. La renta de los Evans no ascendía a más de cincuenta libras al año (gracias a los terrenos de la familia de la madre de Lily), ya que el puesto de su padre se mantenía del diezmo sobre las hierbas y los cerdos. Había una gran diferencia entre el clero de una iglesia en Londres, y las ganancias de un rector de un pueblo pobre. Aquellos que se encontraban en las ciudades grandes y la corte, eran a quienes hasta el mismo Rey se complacía en escucharles y derrochaba en ellos donaciones en nombramientos, monedas grandes y hasta en terrenos; por lo tanto, los clérigos encargados no padecían las penurias de un rector de pueblo pequeño, el cual debía sobrevivir con lo poco que llegaba a sus manos, y a veces, trabajar un poco más. Los eclesiásticos de los pueblos pequeños y no tan esplendorosos del reino, no llegaban a ser considerados gentleman; su estatus en sociedad era como el de cualquier plebeyo, por tanto no podían aspirar a pretender la mano de las jóvenes de noble alcurnia. Por supuesto que la situación era muy diferente a los párrocos de Ciudades Grandes, que hasta formaban parte de la Cámara de los Lores y rivalizaban por su esplendor y su riqueza, eclipsando incluso a los más opulentos Barones temporales. Sin embargo, al señor Evans las cosas terrenales no le importaban demasiado. Los estamentos sociales, el rango y frases como aquellas no le eran de gran interés, y trataba de separar su trabajo en el clero de sus responsabilidades en el hogar. El honor familiar era otro asunto, puesto que, como decía el abuelo de la madre de Lily, más valía casarse con un jornalero leal, que con un rico borracho. Por ello, la pequeña pelirroja había crecido libre de prejuicios sobre las personas, valorando las cualidades, más bien que los títulos nobiliarios.
Nuestro protagonista, en cambio, procedía de una familia noble reconocida en todo el reino por parte de su progenitora, la antigua Lady Eileen, hija del tercer Conde de CholmonPrince, décimo séptimo Lord en la línea sucesoria al trono de Inglaterra. Si la joven e ingenua Eileen no se hubiera fugado con el hijo del comerciante de telas que frecuentaba la casa Prince, el gran Conde hubiese obtenido el título de Marqués (un rango por encima de su ya honorable título) y gobernado desde Houghton Hall el Condado de Chester; pero esa oportunidad le fue arrebatada y entregada en bandeja de plata al hermano menor de la familia, causando la ira del Conde Prince y desterrando a su única heredera en el más hondo pozo del olvido. Eileen, por tanto, había perdido sus bienes, su reputación, e incluso, su propio derecho de sangre; y su heredero, el pequeño Severus Snape, ni siquiera tenía la más mínima esperanza de atraer de regreso algún día la mirada de su abuelo materno. Severus, en resumen, tenía la sangre de un príncipe, pero no el título correspondiente para reclamar su posición. La antigua Lady Eileen había estudiado también en Hogwarts, para sorpresa de su pequeño hijo, que lo supo a sus diez años, y había conservado todos sus libros utilizados, que eran los que Severus había estado leyendo desde niño. A él, en cambio, lo habían educado las dos caras de Inglaterra del siglo XVIII: su madre le enseñó las costumbres de las nobles familias, los rangos, los matrimonios ventajosos y las formas de conservar una renta. Pero también le enseñó a odiar la pobreza de cuerpo y mente del que era espejo Tobías Snape. Eileen le inculcó claramente a su hijo, que la educación sería la clave para salir adelante, pero que, además debería de rodearse de personas con conexiones favorables. Sin embargo, no por ello debía despreciar a quien no cumpliera esas características. Esas dos filosofías en su interior, luchaban constantemente, y él estaba inclinado a la balanza de la nobleza. Su cerebro de niño detestaba la pobreza y los vicios que él consideraba innatos a la condición. Pero su alma también estaba ligada con la de Lily Evans, una jovencita de sangre plebeya y sin pretensiones de grandeza.
Así, ambos niños tenían grandes esperanzas en que esa carta llegara y les abriera el camino a la enseñanza, por dos motivaciones: el deseo sincero de aprender sin prejuicios hacia su sexo femenino, por parte de Lily; y la ambición de llegar a ser nuevamente reconocido como sangre pura, por parte de Severus.
El día del cumpleaños del pelinegro, después de haber pasado todo el día con Lily y haber comido una deliciosa tarta de limón, llegó a su casucha junto con el alba. Le pareció extraño encontrar a su madre en la salita de estar, al parecer, esperándole.
–Ha llegado –dijo la aún joven Eileen Snape a su único hijo.
–¿Quién ha llegado, madre?
–Tu carta de Hogwarts.
La sucesión de acontecimientos a partir de ese momento en especial, fue entonces una mancha borrosa en el tiempo. Como la familia de Lily no tenpia Las instrucciones de la carta incluían un gran paquete con tres túnicas sencillas de trabajo (negras), un sombrero negro para uso diario, un par de guantes protectores de piel, una capa de invierno (negra, con broches plateados), una camisa de vestir blanca, uno chaleco (gris) y pantalones de vestir (negros). Lo único que necesitaban era costurarle una etiqueta con su nombre. Los libros serían proporcionados por los jefes de la casa para la que salieran seleccionados, en el caso de que no tuvieran los recursos para adquirirlos.
N/A: ¡Hola! Lamento mucho no haber podido subir este capítulo el pasado domingo, pero ya ven, al igual que el nombre de este capítulo, las circunstancias se complicaron para mi. xD De hecho, justo ahora estoy divagando. Los amo, mis lectores. Gracias por leer esta historia. Deséenme éxitos e inspiración.
