Inuyasha no me pertenece a mí, es de Rumiko Takahashi y estudio Sunrise.
Capítulo XXVI
Pasaron pocos días desde ese paseo inesperado que Inuyasha y Sesshomaru compartieron. Durante ese poco tiempo, su hermano lo había puesto al tanto del funcionamiento del territorio que gobernaba e Inuyasha tuvo que esforzarse para seguir todo sin perderse. Realmente era mucho. Las tierras de Sesshomaru eran sumamente extensas, tanto que requerían de vigilancia y tenía gente a su cargo que cumplía esa función. Jamás se imaginó a su hermano como uno esos señores que requieran de generales o daimyō, pero era lógico. Un gran imperio no puede ser custodiado por una sólo persona o al menos eso intentaba aprender.
Inuyasha no sabía de estrategia militar ni tenía mucha idea sobre estilos de combate, sólo lo que aprendió para sobrevivir y bien le había servido, pero ahora sospechaba que sus conocimientos no serían suficientes. No era el único que pensaba así desgraciadamente, Sesshomaru mencionó que debía instruirse de forma apropiada y sólo pudo imaginarse a sí mismo perdiendo tiempo en quién sabe qué cosas aburridas. Aún así, no profundizaron más ese asunto por el momento, pero Inuyasha inevitablemente se sentía nervioso al respecto. Sobre todo al pensar que a partir de ahora jugaría un rol mucho más participativo, debía conocer a esas personas que servían a su hermano y saber estar a la altura. Nunca se imaginó siendo parte de algún ejército o una lucha similar, por lo que le costaba saber cómo debía actuar.
A pesar de su desconcierto, un poco se alegraba de este cambio. Jamás pensó que Sesshomaru querría tenerlo tan cerca e involucrado en un asunto que era sumamente importante. Eso le generaba un goce que no era capaz de explicar y también un poco le confundía. Aceptar la forma en que las cosas estaban fluyendo era algo muy fuerte y salir de su asombro le era particularmente difícil. Dejar de pensar y permitir que todo siga ese curso que estaba tomando no era fácil.
La primera vez que vivió en ese palacio no la pasó bien, aunque fue poco tiempo, pero quizá fuese porque él no se sentía bien. Ahora, podía considerar esas paredes y la monstruosa estructura como un lugar agradable para poder vivir. Nunca necesitó de un techo para poder dormir, mantas o comida caliente; pero tener todo eso y más era grato.
En ese momento, Inuyasha tenía una tarea que cumplir. Caminó por los pasillos del palacio en dirección a los que eran sus aposentos y cuando abrió la puerta se encontró con Aya y Maya muy entretenidas con aquel perrito de cinco colas. Cuando entró a la habitación, las jóvenes lo saludaron y el animal levantó las orejas para observarlo con atención.
—Inuyasha —le llamó Aya—. Mire, ya se encuentra mucho mejor, ¿o no, pequeño?
La joven tocó al hōkō en el lomo y éste se mostró muy contento por sus caricias. Aquel cachorro curó sus heridas rápidamente y ya se encontraba en perfecto estado. Inuyasha se mostró conforme al verlo así.
—Se nota —comentó inclinándose un poco para ver al perro hasta que se sentó con las piernas cruzadas en el suelo—. Entonces ya es momento que vuelva a su casa.
—¿Volver? —dijeron ambas jóvenes al mismo tiempo visiblemente sorprendidas.
—Claro —Inuyasha se alzó de hombros sin inmutarse—. No es una mascota, tiene que volver a donde vive.
—¡Pero Inuyasha! —protestó Maya—. Él está solo y aún es un cachorro, necesita un hogar.
—Además no quiere irse —siguió la otra hermana y miró al pequeño yōkai—. ¿Verdad que no deseas irte, pequeño?
El animal blanco miró a la joven con la cabeza ladeada como si pensara sobre lo que dijo. Ambas le habían hecho una pequeña cuna de mantas donde se había quedado a dormir e Inuyasha lo dejó en su habitación porque acordó hacerse cargo de él, aunque de una forma implícita hizo esa promesa. El hōkō se alzó inesperadamente estirándose y se acercó a Inuyasha, colocando sus patas negras y pequeñas sobre la rodilla del hanyō.
—¿Ya ve? —intervino Aya nuevamente—. Eso significa que quiere quedarse.
—¿En serio? —le murmuró su hermana, pero sólo recibió una señal para que guardara silencio. Claro que no tenía idea qué significaba eso, pero intuía que el animalito pedía que no lo echara.
Inuyasha, por su parte, no hizo nada. ¿Qué haría él con ese cachorro además? Recordaba que Kirara era muy fuerte y útil, pero no tenía idea si esa bestia blanca sería algo similar, más allá del parecido físico. Sin embargo, debía admitir que la idea era tentadora. Si el cachorro volaba y peleaba como lo hacía aquella nekomata sin duda sería algo muy bueno, pero ciertas dudas lo aquejaban.
El pequeño perro no esperó respuesta y se subió a su regazo para llegar a su rostro y lamerlo. Sin duda le expresaba cariño y sumisión para intentar convencerlo, y las chicas soltaron un suspiro enternecidas.
—¡Mire, ya lo eligió como su amo!
—¡Y se ven tan tiernos! ¡Deje que se quede!
Un gruñido hastiado salió de la garganta del hanyō antes de decir algo. Jamás tuvo una mascota, un subalterno o una bestia de carga como esa de dos cabezas que tenía su hermano; pero podía considerar en tener un camarada.
—Bien… —masculló y luego tomó al cachorro del pellejo para alzarlo a la altura de su cara—, pero más te vale obedecerme, sabandija.
El pequeño yōkai no se mostró ofendido por su forma de hablar, al contrario, ladró con entusiasmo. Tal vez fuese una señal sobre que él también aceptaba ese trato. Dejó al animal en el suelo mientras oía a ese par de fastidiosas festejar contentas, hasta que Aya interrumpió.
—Un momento —dijo—. Si va a quedarse necesita un nombre.
—Sabandija le va bien —mencionó Inuyasha despreocupado y las jóvenes se negaron.
—¡Inuyasha, ése no es un buen nombre!
—Si es así con un hōkō, ¿cómo será con sus hijos? —se preguntó Maya en voz alta, pero obviamente Inuyasha la escuchó y no le gustó para nada su comentario—. Ehm… Digo… ¿Qué tal Shiro? Ya que es todo blanco.
—No —negó su hermana—. Tiene manchas negras, no me parece bien —Aya pensó unos segundos hasta que otro nombre se le ocurrió—. ¿Qué tal Puchi?
—Así se llamaba un ratón que teníamos de mascota y sabes que eso no terminó bien —le recordó y su gemela asintió dándole la razón—. ¿Isamu? Significa guerrero y seguro lo será.
Ese nombre no sonaba mal en realidad, pero Aya negó con la cabeza sin estar conforme.
—Tiene que ser algo más —mencionó—, que tenga que ver con él —Tardó unos instantes más en pensar y un nombre se le vino a la mente—. ¡Raiden!
—¿Dios de la tempestad? —exclamó Maya el significado del nombre con algo de duda.
—Sí —asintió su hermana—. Se dice que los hōkō crean grandes tempestades y tormentas agitando sus colas, las cuales representan los elementos.
Al oír eso, ambas estuvieron de acuerdo y el perro ladró, como si también aprobara ese nombre. Inuyasha, quien se mantuvo alejado de toda esa elección, sólo suspiró cansado.
—Bien, si quieres llamarte Raiden hazlo —dijo dirigiéndose al pequeño yōkai—. Para mí seguirás siendo una sabandija. Ahora, vamos.
Ambas jóvenes se quejaron por esa imprudencia, pero su señor las ignoró y se alzó para retirarse del cuarto. El pequeño perro blanco se levantó para seguirlo.
—¿A dónde irá? —preguntó Aya antes que cruzara la puerta.
—Daremos un paseo —dijo simplemente antes de retirarse.
No sabía nada de esas bestias con varias colas, pero se sintió intrigado por eso que oyó sobre que causaban tempestades o algo así. ¿Sería poderoso ese enano? Le interesaba que se lo demostrara. El cachorro caminó a su lado sin perderlo o distraerse y eso le sorprendió. ¿En serio ahora era el amo de ese hōkō? Sin duda le costaría acostumbrarse. ¿Sesshomaru se molestaría porque haya decidido quedárselo? Bueno, ya estaba hecho. No creía que a su hermano le importara mucho, pero tal vez después se lo comentaría.
Salió del palacio con Raiden siguiéndolo y aprovechó que Sesshomaru estaba ocupado para dar un paseo. Tampoco planeaba alejarse mucho, sólo quería dar una vuelta por las tierras y comprobar si ese cachorro tenía alguna clase de fortaleza.
Después de alejarse lo suficiente, se volteó a ver a ese pequeño blanco y éste le miró con atención. Esa bestia tenía unos ojos rojos extrañamente amables. No parecía una criatura maligna, quizá porque se trataba de un cachorro. ¿Por qué será que andaba solo? Tal vez porque no había otros de su especie o su familia había muerto. Eso le provocó cierta identificación con el animal. Él también estuvo solo mucho tiempo, toda su vida en realidad.
—¿En serio haces eso que dijeron? —preguntó repentinamente, pero ese pequeño yōkai no le respondió con palabras y sólo lo miró con su cabeza ladeada—. ¿Haces algo o sólo eres así de pequeño siempre?
Al decir eso, el cachorro movió sus orejas y pareció comprender a qué se refería. Se apartó un poco de él y allí apreció cómo crecía cambiando a su forma verdadera. Por más que fuera aún muy joven de edad pudo distinguir una bestia de gran tamaño. Era mucho más grande que cualquier caballo e incluso que la misma Kirara y eso provocó que Inuyasha abriera los ojos sorprendido. El animal creció y con él lo hicieron sus garras, colmillos, y las cinco colas que se abrían como un abanico blanco con puntas negras. Repentinamente, tenía una mirada feroz frente a sus ojos y unos dientes grandes que parecían preparados para asesinar.
Aunque luciera temeroso, cuando ese perro se acercó a él sólo le lamió la cara con su enorme lengua e Inuyasha no reprimió su asco.
—¡Ahg, rayos! —se quejó mientras se limpiaba la baba—. ¿Así tratas a los enemigos que se te acercan? —espetó molesto, pero al instante se recompuso. Aún quería ver un poco más sobre ese animal—. Bien, a ver si te defiendes.
No pretendía usar su espada, con las manos sería más que suficiente. Inuyasha se apartó un poco y se puso en posición para atacarlo. El cachorro, por más que sabía que no debía dañar a su nuevo amo, igualó esa misma guardia. Inuyasha pasó un largo rato jugando con ese hōkō, probándolo en realidad. Sus movimientos eran algo lentos y torpes, pero tenía una fuerza bruta increíble. Incluso descubrió que el perro podía volar y eso fue más impresionante.
Ninguno de los dos usó toda su fuerza, pero sin duda fue divertido. Inuyasha solía entrenar con Kirara a veces, cuando nadie los veía, por lo que estar con ese perro le trajo buenos recuerdos. Pensó que tal vez podría entrenarlo y sería socio para el combate, aunque sabía que en realidad sería su amigo.
Raiden regresó a su pequeña forma después que acabaron aquel combate e Inuyasha se inclinó para acariciarle el lomo. El cachorro pareció conforme con ese gesto, tanto subió por su brazo para acomodársele en el hombro. Una pequeña sonrisa se le escapó al hanyō por ese gesto. Al parecer, la sabandija esa se había encariñado y, quizá, también él un poco.
Estuvo a punto de regresar al palacio, pero algo llamó su atención, un olor extraño. Tanto él como el hōkō permanecieron quietos y alerta. Raiden bajó de su hombro, dispuesto a pelear de ser necesario, pero Inuyasha no se preocupó. Sin duda conocía ese olor y podía distinguir persona acercándose a donde él estaba, pero no se trataba de ningún peligro. Todo lo contrario, era alguien que sólo le podía causar irritación o náuseas.
Se cruzó de brazos mientras que en cuestión de segundos llegó aquel intruso envuelto en una cortina de tierra que al instante se disipó.
—Estás un poco lejos de tu casa, idiota —escupió con desprecio sus palabras, cosa que se vislumbró en su gesto cuando observó a ese tonto claramente.
—¿Cara de perro? —Koga se mostró sorprendido al verlo e Inuyasha rodó los ojos.
—¿Quién más voy a ser, lobo estúpido?
—¿A quién llamas estúpido, saco de pulgas? —mencionó molesto acercándose.
—No jodas, sarnoso de mierda, o te mataré como debí haberlo hecho la primera vez que te vi —Inuyasha apretó los dientes muy dispuesto a soltar un golpe en la cara de ese imbécil, pero se abstuvo cuando se dio cuenta que no entendía el motivo de su presencia—. ¿Y qué carajo haces aquí? Estas no son tus tierras.
—Eso no te incumbe, cara de perro —dijo Koga volteando el rostro, pero al instante en su rostro se formó una sonrisa presumida—. Pero… Estoy en una importante misión.
—¿Misión? —repitió sin entender—. ¿Qué misión? Es mentira.
—¿A quién llamas mentiroso, idiota?
—Al único lobo de mierda que veo por aquí.
Justo antes que Koga pudiera devolverle el insulto o comenzar una tonta pelea, un par de voces más los interrumpieron.
—¡Koga, espéranos!
Inuyasha conocía bien esas voces y allí vio a ese par de sujetos que seguían a todas partes a Koga, cansados y sin poder respirar prácticamente, junto con un par de lobos más. El hanyō arqueó una ceja y tuvo la sensación de ya haber vivido una escena similar en el pasado, pero jamás estuvo solo cuando Koga aparecía. De hecho, no se veían desde que se separon cuando el lobo apestoso perdió sus fragmentos y él se marchó con los demás a acabar con el desgraciado de Naraku. Vaya, parecía que había pasado un siglo desde entonces.
—¡Ah, pero si es Inuyasha! —mencionó uno de los acompañantes de Koga. ¿Ginta se llamaba? Sí, le sonaba que sí.
—Al final Naraku no lo derrotó —dijo el otro sujeto, pero Inuyasha le costó recordar su nombre. Eral algo con Ha. Ha… Ha… ¡Hakkaku! Sí, se acordaba de ése, pero le debería haber cortado la cabeza por su comentario.
—Claro que no, estúpidos —espetó el hanyō—. Como si ese desgraciado hubiera podido derrotarme.
—Sí, claro —Koga rodó los ojos en un gesto irónico—. Seguro que alguien más lo mató y te quieres llevar el crédito, saco de pulgas.
—¿Lo dice el lobo llorón que se fue con la cola entre las patas? —Inuyasha sonrió con sorna cuando vio el gesto enfadado en el rostro de ese idiota.
Técnicamente, Koga no se retiró porque quisiese, sino porque estaba muy herido y su fuerza ya no era suficiente sin los fragmentos para pelear contra ese pedazo de mierda de Naraku. Inuyasha, en el fondo, un poco lo extrañó en esa última batalla, pero ni aunque le cortaran las manos lo diría.
—Además —continuó el hanyō—, aún no me dijiste para qué mierda viniste.
—Ya te dije que es una misión muy importante.
—¿Misión? —repitió confundido Ginta mirando a su jefe—. Pero, Koga, ¿no veíamos a comprobar si los rumores sobre que el Señor de las Tierras del Oeste tenía un hanyō como compañero eran verdad?
—¿Y que íbamos a investigar si se trataba de Inuyasha porque su hermano es el Señor del Oeste? —acotó Hakkaku también muy desconcertado por las palabras que oyó.
—¡Cállense, idiotas! —gritó muy molesto Koga y los otros dos se achicaron en su lugar de miedo—. ¡Yo jamás dije algo así! —Se defendió ofendido—. Además, qué mierda me importa a mí lo que haga este idiota.
—Eso me pregunto yo —interrumpió Inuyasha y el lobo pegó un respingo, como si acabase de enterarse que él seguía allí—. ¿Qué carajo les importa a ustedes lo que hago?
—Nada, cara de perro —contestó Koga al instante—, pero sí me importa qué le haya pasado a Kagome —dijo repentinamente llamando la atención del hanyō—. Te recuerdo que yo la dejé a tu cuidado y si le has roto el corazón para ir a encamarte con el infeliz de tu hermano te mataré.
Ninguna palabra salió de la boca de Inuyasha cuando oyó eso. Cierto, Koga no sabía lo que ocurrió después de derrotar a Naraku y obviamente no sabía qué le pasó a él para terminar así. Era normal que ese idiota con cerebro de mosquito no entendiera nada, pero explicarlo tampoco sería fácil.
—Kagome… —comenzó Inuyasha bajando la cabeza—. Ella no…
—¡Maldito! —vociferó el lobo lleno de rabia y lo tomó de la ropa para acercarlo a él de forma amenazante—. Si dejaste que muriera yo…
—¡Claro que no, idiota de mierda! —contestó Inuyasha a los gritos a ver si la información entraba en esa dura cabeza—. ¡Ella está bien, pero regresó a su mundo!
Al oír esas palabras, Koga se mostró sorprendido e Inuyasha lo empujó lejos de él.
—La… ¿La dejaste ir? —preguntó incrédulo—. ¿Con todo lo que jodiste la dejaste ir?
—No seas imbécil —interrumpió Inuyasha—. La perla de Shikon se destruyó y ella tuvo que volver a su mundo porque… porque no era de esta época, no porque nosotros quisiéramos eso.
Fue difícil decir esas palabras, pero eran ciertas. Aún recordaba cómo se había separado de una forma dolorosa y luego la conexión a través del pozo simplemente desapareció. Inuyasha había estado tan triste por eso, pero ahora se daba cuenta que hacía un largo tiempo que ese suceso no retornaba a su cabeza. Es más, la última vez que estuvo en la aldea no visitó el pozo, aunque tampoco estuvo una larga temporada, pero olvidó hacerlo.
¿Por qué acababa de darse cuenta de ese detalle? ¿En qué pensó tanto como para distraerse de ese suceso que marcó su vida irremediablemente? Sabía en qué pensó y en todo lo que ocurrió, pero recién ahora notaba que fueron cosas tan intensas que lo hicieron dejar a un lado, aunque sea un poco, todo ese dolor.
—Vaya… No tenía idea —mencionó Koga intentando procesar las palabras que oyó—. ¿Y buscaste consuelo abriéndole las piernas a tu hermano y dejando que te volviera su hembra?
—¡Ahora sí te mato, lobo de mierda!
Alcanzaron sólo a darse un par de golpes pequeños porque los subalternos de Koga se entrometieron y ellos debieron conformarse con dejar su riña de lado, al menos por un rato. Los lobos se sentaron dispuestos a escuchar todos los sucesos que se habían perdido y no se marcharían hasta oírlo todo. Inuyasha se resignó a tener que contar toda esa larga historia, pero trató de hacerla lo más corta posible. Raiden se acomodó en su regazo para dormir mientras pensaba en todo eso que vivió.
Habló sobre cómo fue la pelea con Naraku, cómo se desarrolló y acabó, para luego terminar hablando sobre el regreso de Kagome a su época y lo que pasó después de eso. Contó sobre que Miroku y Sango se habían casado, tenían hijos, vivían en la aldea y Shippo entrenaba duro para volverse más fuerte. No creyó que hubieran más acontecimientos importantes. Todos vivían bastante bien en realidad.
—Jm, con que así pasó —asintió Koga pensativo luego de oír la historia—. ¿Y no piensas contar cómo te volviste esposa de Sesshomaru?
—Te cortaré la lengua si vuelves a decir algo así, lobo sarnoso —amenazó con muchas ganas de cumplir eso que dijo, pero intentó controlarse. Pensó en la pregunta que le hizo ese tonto y un gesto de fastidio se formó en su rostro—. Sólo fue que… congeniamos y se dio.
—¿Se dio? —El jefe de los lobos arqueó una ceja—. ¿Esa es tu excusa?
—¿Y qué mierda esperas que te diga, imbécil?
—Quizá cómo, después de joder tanto con una mujer, acabaste como la hembra de la relación.
—Estás buscando que te mate definitivamente —Ya no soportaba más esa irritación que el tonto le causaba. Estuvo a punto de levantarse a golpearlo, pero Ginta llamó su atención con otra pregunta, aunque tal vez sólo buscaba distraerlo de empezar otra pelea.
—Inuyasha —dijo—, ¿significa que eres beta?
Esa pregunta le dejó estático en su lugar y los nervios le picaron. Sabía que era algo obvio, pero aún no se acostumbraba a la idea o la palabra en sí.
—¡Ja! —rió Koga—. Siempre supe que tenías más cara de perra que otra cosa.
—Cierra la boca, sarnoso de mierda.
—Sí, disculpe usted, Señora del Oeste —se burló un poco más e Inuyasha estuvo tentando de partirlo al medio con Tessaiga, pero al instante Koga continuó hablando—. Aunque no entiendo cómo acabaste así, pensé que te odiabas con tu hermano.
—Ehm… Sesshomaru es raro —masculló sin saber cómo explicarlo—. Yo tampoco lo… quería, pero ya no es tan… malo.
Sin duda le costó horrores decir esas palabras. No sabía cómo describir eso que tenía con su hermano ni tampoco era capaz de contar las cosas que vivieron para acabar así. Sin embargo, Koga no le preguntó nada, sólo se volvió a reír a carcajadas e Inuyasha le miró de mala manera.
—¿Ahora de qué te ríes, lobo apestoso?
—De nada —contestó alzándose de hombros—. Sólo que creí que estarías enamorado de Kagome hasta que murieras, pero veo que el olor a perro te atrajo más.
Hubiera golpeado a ese imbécil por lo que dijo, pero permaneció pensativo por sus palabras. ¿Él estuvo enamorado de Kagome? Sí, Inuyasha sabía que sin duda la amó, pero ¿y ahora?
Nunca tuvo dudas que el amor entre él y Sesshomaru era algo imposible. Los yōkai no sentían algo similar, aunque él, que era un hanyō, sí lo sintió. Sin embargo, imaginar a Sesshomaru con esa clase de sentimientos era extraño. De todas formas, ¿qué sentía Inuyasha por su hermano a estas alturas? ¿Respeto? ¿Aprecio? ¿Amor?
En el pasado, estaba seguro de haber sentido amor por Kikyo. Ella le dio cariño, afecto, confianza; todas esas cosas que no recibía desde que su madre murió y seguramente habría podido tener algo muy bello si llegaba a darse. Sin duda, después, estuvo enamorado de Kagome, quien le regaló el mismo afecto que conoció con su vida pasada, pero aquella chica era joven y adolescente, recordaba esa relación que compartían algo caótica y furiosa, pero sin duda había un inmenso cariño. ¿Qué podría haber tenido con ella? Algo bello también, quizá. Ahora debía pensar, ¿qué tenía con Sesshomaru? ¿Qué es lo que sentía con él? A pesar de todo el dolor del pasado, el maltrato que recibió por parte de su hermano y las incontables veces en que se quisieron matar; hoy Inuyasha sabía que eso no importaba.
Era una locura, pero eso en realidad no le importaba. Por más que haya estado dolido e incrédulo por tanto tiempo, hoy ya tenía otras cosas rondando por su cabeza. Sesshomaru ya le había dicho que no le importaba que fuese un hanyō o todo lo que habían vivido. Su hermano había demostrado que le interesaba tenerlo a su lado, como su compañero y, al querer compartir combates con él, Inuyasha entendía que era porque le tenía confianza. ¿En qué clase de fantasía podría imaginarse algo así? No tenía idea, pero era lo que en verdad pasó.
Más allá de todo el dolor, hoy era capaz de percibir que había algo más que sólo rencor viejo. Sesshomaru le daba tranquilidad, por más que le pareciese imposible. Esa unión que tenían ya había traspasado el simple apareamiento o enlace yōkai convencional, porque no era nada usual lo que tenían. Con ese idiota cara de piedra, Inuyasha sentía una calidez que no recordaba haber experimentado jamás, algo que rayaba lo confortable, abrigaba y le provocaban deseos que nunca creyó tener. Antes de Sesshomaru, Inuyasha nunca consideró formar una familia y ahora… era algo recurrente en su cabeza. Los deseos carnales que vivió, el nivel de entrega y compromiso que acabó aceptando; todo eso se debía a una cosa: Estar en ese lugar era justo lo que quería.
La última vez que estuvieron juntos, que se aparearon en esa cueva durante la luna nueva, Inuyasha lo pensó. Que lo que quería era justamente estar ahí junto a Sesshomaru, que era a él a quien quería.
Su corazón latió al pensar en eso y darse cuenta cuán metido estaba en todo aquel embrollo, pero eso debía haberlo notado hace mucho. ¿Qué más pruebas necesitaba? Si cuando estuvieron separados sintió una inquietud que por poco le desesperaba y cuando se encontraron casi se deshizo en sus brazos con su forma humana, en su momento más vulnerable. Él también le había dado mucha confianza a su hermano y, ahora, podía decir que no se arrepentía. Inuyasha ya no tenía dudas, mucho menos al pensar en los momentos que tenían juntos actualmente y el cariño que ocasionalmente se expresaban.
Mierda, sí que estaba hasta el cuello con ese desgraciado. ¿Cómo permitió que pasara? Como le dijo al lobo sarnoso, simplemente se dio.
Luego de un rato, se levantaron para marcharse. Ya había tardado demasiado y no quería que la peste de ese lobo se le contagiara.
—Seguramente nos veamos más seguido —comentó Koga, pero Inuyasha arqueó una ceja sin entender—. Soy el líder de la Tribu de los Lobos, así que seguramente nos crucemos, Señora del Oeste.
—Si te llego a ver será sólo para cortarte la cabeza —advirtió, pero no estaba jugando para nada, aunque el lobo se rió por sus palabras.
—Oye... —continuó hablando Koga, pero esta vez con un tono ligeramente más condescendiente—. Ahora que Naraku ya no está ni Kagome y nos veremos más seguido… Podríamos llevarnos mejor.
Aquella propuesta le sacó una carcajada a Inuyasha. ¿Ese imbécil le estaba proponiendo ser amigos? ¡Ja! Como si alguna vez pudieran dejar de pelear.
—¿Ahora quieres ser mi amigo? —preguntó sin creerlo—. Sólo lo dices porque sabes que nunca me vencerás, sarnoso.
—Cállate, aliento de perro —espetó molesto y se cruzó de brazos con una mirada arrogante—. Aunque seguro tener un amigo tan formidable te haría quedar opacado.
—Ya quisieras, idiota —rodó los ojos el hanyō dándose la vuelta, dispuesto a marcharse—. Lárgate de una vez, no quiero que me contagies la rabia.
Agitó una mano al decir eso y comenzó a retirarse con su pequeño hōkō. Oyó que los lobos se despedían e Inuyasha se marchó con una sonrisa pequeña en el rostro. Por más que se insultaran y vivieran peleando, podría considerar una amistad con ese imbécil. Después de todo, no había nada por lo que pelear ya. Sólo se insultaban por costumbre. Ni idea cuándo lo volvería a ver, pero seguramente sería pronto.
Notas: Un poco tarde, pero al fin llegué a subir el capítulo. Se me hace gracioso y espero que les haya gustado. Muchas gracias por los comentarios y el apoyo.
Nos vemos el miércoles.
