Inuyasha no me pertenece a mí, es de Rumiko Takahashi y estudio Sunrise.
Capítulo XXXIV
—Mierda… —murmuró Inuyasha cuando sintió que una bola de comida le golpeó directo en el rostro. Sintió aquella pasta resbalar y no pudo evitar probar un poco. Puré de manzana, estaba bueno, pero no se supone que él lo debiese comer y mucho menos tenerlo en su cara. Unos sonidos, que él identificó como una pequeña risita, inundaron el ambiente—. Ah, ¿te parece muy gracioso, enana?
Tomó la cuchara del plato y le pasó un poco del puré en la mejilla, cosa que a la niña le encantó y se rió nuevamente, contagiándole un poco la sonrisa inevitablemente. Después de las primeras veces que su hija le ensució comiendo, ya no se molestaba. Era parte de comer ese mismo juego que ella hacía, aunque tuvieran que bañarse siempre luego de terminar.
Yuzu, como llamaban a la niña cariñosamente, ya tenía unos cuantos meses y era bastante activa. Aún no caminaba ni hacía más que unos cuantos sonidos, pero había crecido mucho.
Luego que nació, Inuyasha tuvo que aprender demasiado y rápido. Por más que hubiera infinidad de sirvientes para hacer todas esas cosas, él no quería eso. Agradecía toda la ayuda, pero su hija debía criarla él, aunque en ciertos momentos no tenía idea qué hacer. Ya se sentía un poco más tranquilo después de unos meses de práctica, pero al principio resultó un suplicio. Yuzu no comía demasiado y, la mayor parte del tiempo, se la pasaba durmiendo apenas nació. Eso era sencillo, lo complicado fue acostumbrarse vestirla, cambiarla cuando se ensuciaba, los baños y todo lo demás. Inuyasha quería aprender a hacer esas cosas, su madre las había hecho por él sin ningún tipo de ayuda, pero de todas formas sabía que no podía solo. De vez en cuando, le era inevitable delegar la responsabilidad cuando necesitaba descansar.
Cuando acabaron de comer, tomó a su hija para poder lavarle la cara y las manos. Su niña ya tenía algunos dientes y deseaba comer ella sola, aunque prefería usar las manos en lugar de los cubiertos. Él la dejaba hacerlo, pero la pequeña a veces se ponía salvaje. Luego de secarle la cara, Yuzu sacudió un poco su cabeza mientras movía sus orejas suavemente y eso le pareció encantador. Hacía poco tiempo que ella había comenzado a mover esas orejas idénticas a las suyas, pero aún le costaba.
Realmente no importó que fuese un hanyō, ni para Sesshomaru ni para nadie en el palacio. Todos los que la vieron se maravillaron con lo bonita que era y muchos discrepaban sobre a quién se parecía. Eso no le importaba, su niña era hermosa por sí misma y eso era suficiente. La tomó entre sus brazos y vio cómo ella estiraba sus manos con ganas de tomar parte de su cabello.
—Te dije que eso no —le recordó y ella lo miró con sus ojos grandes y dorados bien abiertos, como si se sorprendiera por ser descubierta en medio de su travesura—. ¿Qué carajo te traes con mi pelo? ¿Por qué no se lo tiras al idiota de tu padre?
Al decir eso, la pequeña sonrió muy contenta e Inuyasha rodó los ojos. Yuzu sabía de quién estaba hablando y no tenía idea por qué la sola mención de su hermano la hacía sonreír.
—Sí, el idiota de tu padre —reiteró y la niña rió una vez más. ¿Qué le causaba tanta gracia? Esa mocosa era demasiado extraña.
Una de las cosas que su hija había perdido al crecer, era su excesivo sueño. Ahora dormía de noche solamente y lograr que esa enana tome una siesta era una tarea titánica, e incluso muchas veces en la noche tampoco paraba de joder. Él veía que la mocosa se moría de sueño, bostezaba y sus ojos se cerraban, pero se negaba a dormir. Era una insoportable, igual que el idiota de su padre.
Cuando su hija estuvo a punto de dormirse entre sus brazos, sus pequeñas orejas blancas se movieron y ella alzó la cabeza. ¡No, mierda! ¡Justo que lo estaba por lograr! ¿Por qué tenía que venir ahora ese estúpido a distraerla? Miró a Sesshomaru con un inmenso odio por su irrupción, pero su hermano ni se inmutó mientras se acercaba. Para colmo, la mocosa maldita empezó a removerse entre sus brazos para que la soltara.
—¿Tienes algunos problemas? —preguntó Sesshomaru con una ceja arqueada viendo la escena de Inuyasha luchando con la niña para que no se le escapara.
—Cállate, es sólo… ¡Ah, bueno! —espetó molesto y finalmente se la entregó a su hermano—. Quiere ir con el idiota de su padre.
Sesshomaru no se negó a recibirla. Tomó a su pequeña hija y ésta pareció muy feliz porque le abrazara. Inuyasha observó cómo Yuzu se acomodaba entre los brazos de su hermano y poco a poco fue cerrando los ojos. ¡Maldito Sesshomaru! ¿Cómo mierda hacía eso tan fácil? Con todo el trabajo que a él le costaba lograr que la mocosa deje de joder y se duerma.
Desde que ella nació, parecía tener un aprecio especial por Sesshomaru, pero Inuyasha podía suponer por qué era. Su hermano siempre había estado allí mientras ella crecía dentro de él, dándoles esa sensación de tranquilidad y protección. Cuando la niña se reencontraba con él, con su energía, inevitablemente se sentía bien. Debía admitir que ella lo quería al idiota de su padre, pero Inuyasha tenía la sensación que ese cariño era recíproco. La forma en que su hermano miraba a esa criatura durmiendo en sus brazos se lo decía.
No dijo nada durante un rato, como si temiera que la mocosa fuera a despertarse si hacía algún ruido de más, pero ya se encontraba bien dormida. Sesshomaru la dejó en la pequeña cuna que estaba en el cuarto para que descansara más cómoda. En las noches, Inuyasha a veces dejaba a la niña durmiendo con ellos. La pequeña tenía su propio lugar, pero de vez en cuando se despertaba llorando en las noches al encontrarse sola y no se detenía hasta que la dejaban dormir entremedio de ambos. Era una niña algo caprichosa en algunas circunstancias, pero a veces prefería cumplirle los deseos a que le rompiera los oídos con sus gritos.
Por más que se quejara, Inuyasha se sentía extraño al tener a su hija lejos de él. Había llevado en su interior a esa bebé durante varios meses y un poco de inquietud le daba cuando alguien más la tomaba. Debía controlar esos instintos vergonzosos y posesivos, porque sabía que nadie allí le haría daño a su pequeña, aunque con Sesshomaru eso no le pasaba. Tenía la certeza, tal vez, que su hermano la cuidaría casi tan bien como él, casi.
Con un paso muy silencioso, se acercó hasta donde estaba Sesshomaru y vio a su hija dormir tranquilamente. Bueno, al menos no jodería por un rato.
—Es igual de pesada que tú —dijo Inuyasha a su hermano sin querer alzar la voz.
—He oído que en el palacio comentan que es igual a ti.
—Eso es por las orejas, pero le heredaste las mismas ganas de fastidiarme.
Sus palabras no eran en serio y Sesshomaru lo sabía, pero no mencionó nada. Inuyasha se estaba esforzando mucho cuidando de su pequeña hija, tal como haría una buena madre, pero su hermanito lo estrangularía si decía eso y prefería evitar altercados frente a su niña. Aunque Sesshomaru no entendía por qué eso le molestaba tanto a Inuyasha, ¿no era el rol que estaba cumpliendo? El hanyō tal vez no era del todo consciente de su comportamiento, muchas cosas eran involuntarias, pero seguramente en el fondo también sabía que se encargaba de las típicas cosas que haría una madre.
Un escalofrío recorrió la columna de Inuyasha cuando sintió que Sesshomaru le acariciaba la espalda. Sin querer, apretó los dientes mientras volteaba el rostro para verlo. ¿Hace cuánto que Sesshomaru no lo tocaba de esa forma? Sabía que mucho, tanto que cualquier roce insignificante le generaba pequeñas sacudidas. La bebé los distrajo mucho de ese tipo de placeres, pero había ciertas cosas que Inuyasha no quería pensar y una de ellas era en la época de apareamiento.
Hacía más o menos unas cuatro lunas que tuvo a su bebé y era absolutamente consciente que acabaría teniendo otro si se dejaba tocar por el sádico de su hermano durante el celo. Inuyasha realmente quería a Yuzu, era una niña bellísima, pero no deseaba pasar por todo eso del embarazo y parto. No de nuevo, había tenido suficiente y hacía muy poco que podía sentirse de nuevo libre para andar. Cargar con otro hijo, teniendo a su niña aún siendo una bebita, sería un caos además. Apenas podía soportarla a ella, no quería imaginarse teniendo otro. Sin embargo, no tenían idea qué rayos podría hacer para evitarlo. Sesshomaru era muy consciente de la situación y, sin haber mencionado nada, había estado pensando mucho al respecto.
En ese instante, Inuyasha tuvo ganas de recibir un beso de ese imbécil. Lo deseó con muchas ganas, sobre todo porque hace mucho que no obtenía uno, pero una de las sirvientas entró justo en ese momento.
—¡Oh, disculpen señores! —mencionó Aya muy avergonzada—. No creí que estaban… Ya me voy.
—Aguarda —dijo Sesshomaru interrumpiendo la escapada de la joven—. Quédate aquí y cuídala —ordenó refiriéndose a la bebé y después miró a Inuyasha—. Ven conmigo un momento.
—¿Qué? —inquirió el hanyō sin entenderlo—. ¿Para qué? ¿A dónde?
Cuando hizo todas esas preguntas, sintió de nuevo el escalofrío que le daba al tener que dejar a su hija e intentó controlarlo. Mierda, al final sí era una condenada madre posesiva, qué espanto.
—No se preocupe, señor Inuyasha —mencionó la joven criada—. Cuidaré muy bien de la princesa hasta que regrese.
Confiaba en Aya, sabía que ella era honesta y cuidaría bien de su pequeña, pero esa incomodidad no lo abandonaba. Supuso que, con el tiempo, iría relajándose más con el cuidado de Yuzu. Aún era una bebé y todo lo relacionado a ella era muy nuevo, así que Inuyasha no acababa de acostumbrarse a la forma en que su vida había cambiado.
Suspiró con resignación mientras abandonaba el cuarto y seguía a su hermano. No tenía idea qué quería Sesshomaru, pero más le valía que fuera algo importante. De todas formas, si sólo era para pasar tiempo juntos no le molestaría mucho. No recordaba la última vez que estuvo solo con ese tonto y, un poco, lo extrañaba. Sin embargo, no era para eso.
Ambos entraron en uno de los salones y allí había alguien que los esperaba. Inuyasha conocía bien a ese anciano, era el abuelo de la médica que lo atendió a él y a su hija. ¿Qué demonios quería ese viejo aquí?
—Joven Inuyasha —dijo Satoru con amabilidad e hizo una pequeña reverencia con la cabeza como saludo—. Es bueno verlo bien, ¿cómo se encuentra la princesa?
—Está bien —contestó sentándose frente al viejo y Sesshomaru lo hizo a su lado—. Come, llora, ensucia, jode; tan molesta como su padre.
Satoru rió sin poder evitarlo al oír esa declaración. Ese muchacho sin duda tenía unas formas muy particulares.
—Eso es muy bueno —asintió gustoso de oír aquellas noticias—. Sin duda se convertirá en una espléndida joven.
—Supongo —Inuyasha se alzó de hombros sin darle mucha importancia, más que nada porque aún su hija era muy pequeña y faltaba para que creciese—. ¿Vino a verla, anciano?
Satoru negó con la cabeza y no se molestó por la forma en que le habló. Era bastante comprensivo, y los modos peculiares de ese muchacho no lo ofendían en lo absoluto.
—Otro es el motivo de mi visita —dijo—. El señor Sesshomaru me ha comentado sobre la preocupación que genera la época de apareamiento y los problemas que los acontecen a la hora de ignorar los efectos del celo.
Al oír eso, el rostro de Inuyasha se puso rojo y abrió la boca impresionado. ¿Que Sesshomaru le había dicho qué? Miró a su hermano con furia y con ganas de matarlo. ¿Cómo carajo se abría a hablar de algo así? Encima el desgraciado ni se había inmutado. Tuvo muchas ganas de arrancarle la cabeza, pero la risa del viejo lo interrumpió nuevamente.
—Oh, no se preocupe —continuó—. No hay de qué avergonzarse. Llevo muchos años en el campo de la medicina y les aseguro que no es el primer caso así que me topo.
Aquello llamó bastante la atención del hanyō. Después mataría a su tonto hermano, ahora quería que el viejo siguiera hablando.
—¿A qué se refiere? —indagó.
—Bueno, verá… —Satoru meditó un momento antes de comenzar a explicar—. Esto suele ocurrir con demonios que son de su misma clase, beta. No siempre, pero es más frecuente. Poseen una alta fertilidad, por lo que es mucho más probable que conciba una cría en sus encuentros, como ya ha notado.
Inuyasha permaneció pensativo un momento y luego asintió, mostrando que comprendía. Al parecer, si no había entendido mal, sus posibilidades de tener hijos eran muy fuertes y eso le preocupaba. No quería tener otro, al menos no por ahora, pero evitar al idiota junto a él durante el celo era una tarea imposible.
—Normalmente —siguió el anciano— este tipo de cosas son fáciles de resolver cuando el alfa consigue otros compañeros y sacia sus instintos en otro lugar.
Cuando oyó eso, apretó las manos y sus ojos observaron de una forma asesina al viejo. ¿Qué clase de solución de mierda era esa? Ni loco accedería.
—Lo mataré si lo hace —mencionó con una voz sombría. Sabía que hablaban sus celos en ese instante, pero si la solución al problema era dejar que Sesshomaru se revuelque con cuanta puta quiera prefería llenarse de hijos.
—Tampoco es algo que desee —intervino Sesshomaru al ver la furia que se apoderó de su hermanito en ese instante.
—Te cortaré los dos brazos si llegas a tocar a alguna puta —advirtió Inuyasha mirándolo muy molesto y lo peor era que, por más que Sesshomaru no lo expresara, tenía la sensación que el desgraciado estaba disfrutando verlo así.
—Joven Inuyasha —habló Satoru nuevamente llamando su atención—. No se preocupe, sólo fue un comentario. El señor Sesshomaru me habló para que yo buscara otra forma.
Olvidó un poco su enojo cuando oyó eso. Más le valía que existiese otro camino o ya estaba a punto de enloquecer. Sesshomaru no le pondría un dedo encima a nadie que no fuera él y tampoco deseaba andar pariendo un millón de crías.
—¿Y qué hay que hacer? —preguntó Inuyasha porque si el viejo estaba ahí, suponía que era porque había encontrado una respuesta.
El anciano no dijo nada, sólo sacó una pequeña cajita que había traído consigo y la puso frente a él para mostrarla a ambos. La intriga creció de sobremanera, más aún cuando abrió la caja.
—Esto —dijo Satoru— es la solución.
El silencio se mantuvo por un largo rato. Tanto Sesshomaru como Inuyasha no sabía qué decir, aunque tampoco tenían idea qué estaban viendo como para decir algo. ¿Qué demonios era eso? ¿Alguna clase de bolsa pequeña y larga? ¿Cómo algo así les podría ayudar?
—Viejo —habló Inuyasha—. ¿Bromeas? ¿Qué carajo es esto? Parece que lo sacaste de la basura.
—Todo lo contrario, joven Inuyasha —contestó—. Este artículo fue hecho especialmente para ustedes —explicó, provocando más intriga en ellos dos—. Cumple la función de una funda protectora. Con esto, durante el celo, podrán consumar el acto sin preocupaciones. El señor Sesshomaru lo usará para que no haya posibilidades que su secreción le invade y así se evitará la concepción.
Mientras oía eso, Inuyasha sentía que se quedaba sin aire y era capaz de desmayarse. ¿Qué mierda acababa de oír? ¿Que Sesshomaru debía usarlo y eso evitaría que tuvieran hijos? Ah, rayos, con razón tenía esa forma alargada. Ya le parecía extraño. Por alguna razón, le desagradó mucho la idea. Sin embargo, debía aceptarlo si eso ayudaba a que pudieran evitar tener hijos todo el tiempo o que Sesshomaru se buscara una puta durante esas épocas.
—¿Es realmente efectivo? —indagó Sesshomaru mirando con detenimiento aquel artículo y el viejo asintió.
—He sabido de muchas culturas y pueblos lejanos donde estos métodos son más frecuentes —contó Satoru—. Perfeccioné este para ustedes en base a mis investigaciones. Su eficacia es completamente absoluta.
Eso pareció convencer a su hermano, pero Inuyasha seguía estando desconfiado. ¿Por qué mierda tenía que pasar por esto? Malditos instintos de mierda. Sin estar muy seguro, acercó una de sus manos para tocar esa cosa y la textura gomosa le generó repulsión.
—¿De qué está hecho? —preguntó confundido el hanyō.
—De vísceras de un dragón de agua —contestó sin problemas el anciano—. Sus intestinos son absolutamente resistentes, pero no pierden su estructura similar a la piel. Por lo que nada se traspasará y no resultará incómodo a la hora del coito.
A pesar de las explicaciones lógicas, Inuyasha sintió una arcada en el fondo de su garganta, la cual contuvo con éxito. ¡Qué asco! ¿Cómo podría dejar que le meta esa mierda dentro? Apretó los dientes sin querer imaginarse el momento donde deberían usarlo, pero era necesario. Si el viejo tenía razón y después del apareamiento no tenían ninguna cría, le creería. Por más que esa basura luciera espantosa, no deseaba tener más hijos por el momento.
—Bien… —masculló apretando los dientes, sin estar muy seguro.
—No se preocupen —aseguró Satoru—. Esto les permitirá elegir el momento donde deseen tener otro cachorro y no deberán privarse de sus deseos o tener que optar por algo con lo que no están de acuerdo.
En eso, el anciano estaba en lo cierto. Les sacaba un gran peso de encima poder pasar el celo sin tener la preocupación de las crías. Yuzu aún era muy pequeña e Inuyasha no quería pasar por el dulce proceso de tener un hijo nuevamente. Sin embargo, no descartaba la posibilidad de tener uno más adelante. Su familia recién estaba comenzando y podrían tener otro cachorro seguramente, pero eso sería cuando lo decidieran. Aún no se sentía listo para pasar por eso una vez más, pero tal vez más adelante. Quizá, para ese momento, su hija sea un poco más grande y no demande tanta atención como ahora. Inuyasha no se imaginaba teniendo otro hijo por lo pronto, pero, de forma inconsciente, sospechaba que su niña no sería la única que tendrían.
Luego que el viejo se fuera y les dejara ese presente, ninguno de los dos mencionó nada. Ni siquiera tenía ganas de ver esa cosa o pensar más en el apareamiento. Después, llegado el momento, vería qué hacer. Caminaron por los pasillos en silencio, pero Inuyasha no podía evitar sentirse algo turbado por lo que hablaron.
—¿Crees que funcione? —indagó queriendo saber qué pensaba su hermano. Él fue quien buscó esa solución. ¿Será porque no quería optar por lo de otros compañeros? Suponía que sí.
—Tendremos que intentarlo —contestó Sesshomaru llevando esa caja en una de sus manos, dispuesto a guardarla en algún lugar seguro hasta que fuera el momento indicado.
Un suspiro se le escapó al hanyō al oírlo, más que nada porque estaba de acuerdo con él. No quedaba de otra más que esperar y ver qué ocurría.
—Más vale que esa basura sirva o el viejo se las verá conmigo —bromeó con una pequeña sonrisa, aunque no era del todo mentira lo que decía. Si esa cosa no cumplía su función, hablaría muy seriamente con ese anciano.
Cuando estuvieron cerca de la habitación, Inuyasha oyó claramente el llanto de su hija y eso le hizo fruncir el ceño. Apuró el paso de forma automática y abrió la puerta, encontrándose con Aya meciendo a la niña sin lograr que se calmara.
—Inuyasha —dijo la joven acercándose a él con la bebé en brazos—. No sé qué le ocurre a la princesa. Estaba durmiendo tranquila y comenzó a llorar apenas se despertó.
Una sonrisa se le escapó al hanyō al entender qué pasaba. Esa mocosa malcriada era insufrible, pero sin duda la quería.
—No es nada —contestó mientras tomaba a su hija para abrazarla—. Esta enana llorona se queja por cualquier cosa.
La acomodó entre sus brazos y la pequeña no tardó mucho en calmarse. Sollozó un poco y frotó su rostro contra las ropas de Inuyasha, oliéndolo, como si lo reconociera de esa forma. Allí, ella dejó de llorar. Ya se había acostumbrado a verla hacer eso. Yuzu lo reconocía con verlo, pero también por su olor. Ella era un hanyō, pero incluso ahora, que era una bebé, sus sentidos estaban muy desarrollados.
Sesshomaru entró detrás de él y la sirvienta los dejó solos. En ese momento no era necesaria y sabía que ellos podrían llamarla si la requerían. Algo indudable, es que ellos hacían un bello cuadro junto con esa niña adorable.
Por más que su hermano llegara, Inuyasha se mantuvo mirando a su hija, quien finalmente volvió a quedarse tranquila entre sus brazos. Sesshomaru se paró a su lado, como si inspeccionase que todo se encontrara en orden. No pasaba nada, sólo que Yuzu aún era muy pequeña y estar lejos de sus padres, de ese calor que le garantizaba seguridad y protección, la alteraba.
—Parece que te extrañaba —comentó Sesshomaru viendo cómo su hija escondía el rostro en la ropa de su hermano pequeño.
—Es una enana malcriada —dijo y chasqueó lengua, restándole importancia al asunto, pero no lo pensaba realmente. Ella sólo aún dependía mucho de los dos.
Cuando Inuyasha quitó la vista de su hija, se encontró con los ojos de su hermano mirándolo fijamente. Ese momento le trajó una pequeña reminiscencia de la situación en la que estaban antes de ser interrumpidos. Apretó los labios con la sensación que Sesshomaru estaba pensando algo parecido a él y lo supo cuando lentamente lo vio acercarse. Mierda, cómo extrañaba besar a ese desgraciado. Su boca lo regalaba un vigor que nada más podía proporcionárselo. Inuyasha sostuvo a la bebé mientras se dejaba besar. Cerró los ojos y abrió la boca para recibir la lengua de su hermano.
¿Sería muy difícil dejar que la bebé duerma en la cuna mientras ellos se besaban un poco más? Quizá podría aprovechar un poco el tiempo, al menos antes de tener que usar esa cosa extraña en el celo.
La idea le pareció exquisita, pero un fuerte dolor en su cabeza le obligó a separarse de su hermano. Por lo visto, su hija ya no quería dormir y, al verse ignorada, aprovechó para tirar de su cabello nuevamente.
—¡Te dije que no! —espetó mientras le arrebataba el mechón blanco de sus pequeñas manos—. Juega con el pelo del idiota de tu padre.
La niña rió cuando dijo eso y Sesshomaru lo miró con una ceja arqueada. Sabía que a él no le gustaba que le hable así a la niña, pero no podía evitarlo, más cuando se molestaba. Un bufido salió de los labios del hanyō sabiendo que deberían esperar para lo que sea que quisieran hacer, pero lo bueno era que tenían tiempo.
Notas: Las vivencias con la nena están muy basadas en mi propia experiencia con niños, más que nada con una sobrina que tengo y cuidé desde que era muy bebé. Así que me acuerdo mucho de ella cuando releo.
Quizá fue raro lo del preservativo/condón, pero tiene una anécdota interesante que quiero compartirles. Desde que tengo 12 años mi papá siempre me dijo que tenía que cuidarme a la hora de las relaciones sexuales y le agradezco su preocupación, aunque yo a esa edad sólo quería faltar al colegio para quedarme a ver la televisión. Ambos compartimos un gusto particular por la historia y, en una de nuestras conversaciones hace algunos años, él me dijo que los vikingos usaban intestinos de cerdo o de cabra como condenes para tener sexo y no embarazar a las mujeres (quienes eran mujeres que violaban y no sus esposas por lo general). Entonces, al recordar eso, se me hizo interesante incoroporar algo así, más que nada porque no lo he visto en otro fanfic que utilicen este método anticonceptivo y porque, como me dijo un amigo cuando le comenté la idea, "es muy de la época".
Espero que les haya gustado. Muchas gracias por sus buenos deseos y felicitaciones por mi cumpleaños. Nunca tuve tantos saludos en mi vida creo. Gracias por eso.
Hasta el miércoles!
