Nda: Good day, ice-cream cone! :D Sigo con la reedición y las escenas extras, por pura curiosidad, ¿qué opináis de las notas de autor? A mí me gusta leerlas, pero sé que otras personas prefieren lanzarse a la piscina sin ponerse protector.

Espero que os esté gustando la historia, muchas gracias siempre por el apoyo, que es inmenso y no me lo merezco ;w;


Atrapa el filo de la uña del pulgar con los dientes, distribuyendo la mirada entre la lona amplia del cine y su móvil, que había escondido estratégicamente en el hueco de sus muslos para no molestar cada vez que le daba por revisar los mensajes. La muerde. Un buen rato. Una vez nota que está a punto de partirla, pasa a la cutícula que siempre se le despegaba a finales de julio, cuando los exámenes le amenazaban de muerte.

Por qué no me llaman, la angustia y la ansiedad eclosionan y se redunda fuera de la boca del estómago. Ni siquiera la visión de un conejo diminuto, algodonoso y enfurruñado, cargado de toda la maldad del inframundo, convocando a su séquito de animales le levanta el ánimo. La videovisita fue bien. Nos hicimos bromas e hicimos posibles planes que haríamos si viviéramos juntos. Había ido bien. Dijeron que le avisarían entre hoy y mañana, y teniendo en cuenta de que en Japón rondan las once y media de la noche (frente a las tres de la tarde canaria) preferirán postergar y avisar a primera hora quién será el último compañero que entre en el piso.

—Para Iñaqui —su hermana le sacude la mano, cuchicheando. Sus mechones, cada cual más rizado que el anterior, igual de oscuro que una cascada de chocolate, le coronan el rostro—. Te van a escoger, no seas bobo.

Habían decidido ir al cine, pero en verano salen pocas películas interesantes, así que escogieron Mascotas. Al menos se caracterizaba por tener un humor entrañable.

—Es que…

—Te estás perdiendo la película —saca de su bolso una bolsa de gominolas, la abre, y se la tiende— y yo no he pagado siete euros por cada entrada para que mi hermano mayor moquee por un piso.

—¡Es que era un gran piso! —Alguien, dos filas más abajo, les chista. Algo descubierto, se encoge en el asiento, pilla un regaliz rebañado en azúcar y (antes de morderlo) se le acerca—. Los chicos tenían un buen rollo, me cayeron bien y creo que yo a ellos por igual, ¿crees que solo fingieron simpatía?

Su hermana, Gara, se encuentra en ese punto medio entre tomarle el pelo y consolarle. La conoce tan bien que podría hacer una enciclopedia solo de sus expresiones. Fascículo número uno: Gestos faciales y cómo interpretarlos. Primer consejo, si frunce las cejas tu única opción es correr. Al final, suelta un sonoro suspiro, guarda las gominolas en su mochila negro y apoya la cabeza en el hombro de Iñaqui.

Las pieles lanudas de varios perros corriendo proyectan un faro arenoso de luz sobre su cara, deja que le vea esa nariz, parecida a la de Iñaqui y a la de su padre, aunque en ella resulta bonita—no como en la suya que le ensombrece todo. De pequeño creí que era una especie de maldición, como si de generación en generación hubiera estado buscando a la persona adecuada en la que crecer.

—Yo lo hago todo el tiempo contigo y al final siempre te elijo por encima del resto —le da un beso en el pómulo para luego recolocarse. Energizada—. Ahora déjame ver la película, pesado.

Desconoce si lo que le ha dicho es algo bueno o malo, la escudriña terminándose el regaliz, posiblemente viniendo de Gara la solución al problema sea ambos. Por las dudas, le pellizca la piel del brazo interno, donde es más fina y blanda y duele, dejando una marca.

Ay.

—Te lo merecías.

—Cómo que me lo merecía, ya verás-

La vibración del móvil le estremece la ingle, y no para bien. Se le sube las tripas al gaznate y el corazón se le tira de cabeza. ¿Serán ellos? Lo pilla a las prisas y del empellón casi lo tira al suelo. Una y otra vez. Malabarismos a dos manos con un solo objeto, espectacular, para cuando lo agarra se da cuenta de que su hermana lo analiza con una estudiada expresión de desprecio. El ensortijo humorísticos de sus labios teñido de violeta augura un próximo surtido de bromas que le va a durar, por lo menos, hasta 2020.

Con el brillo al mínimo, se reza en la pantalla un número inmenso.

Son ellos. Como habían hablado por Skype y se habían dejado los contactos después todavía no los había agregado. Son ellos. Sin duda alguna. Eso, o una empresa extraña, pero esta vez no se va a arriesgar a que le timen.

—Me voy fuera —se levanta impulsado por un resorte—. Deséame suerteeee.

Gara le hace un ademán con la mano mientras se echa a la boca un puño de palomitas embalsamadas en caramelo grana, para luego levantarle el pulgar en una intentona de darle ánimos.

Serpentea la pilastra de pies que obstaculizan el pasillo oscuro hasta la escalinata, la cual baja de tres en tres apretando el móvil en el pecho. Empuja la pesada puerta batiente por la barra que sale de su centro y los redondos y diminutos focos que simulan un mar de estrellas en el techo del cine le ciegan durante unos segundos.

Tantea el móvil, reajustando la vista. Coge todo el aire que puede, hasta que se le insuflan de oxígeno y el pecho se le estremece.

Porfavorqueseaunsí.

Responde a la llamada.

Porfavorqueseaunsí. Un sí.

Cierra los párpados.

—¡TÚ SÍ QUE VALES! —resuena a través del auricular. En un español rarísimo. Tres voces policromes, cada una en distintas octavas.

Tan alto que revisa si ha puesto el altavoz sin querer.

¿Le acaban de llamar de un concurso de talentos?

—¿Hola? —tantea alguien en japonés, quien sin la superposición, Iñaqui considera que es Hinata—. ¿No era así? Kuroo, creo que no nos ha entendido.

—Brokuto me pasó el link —le contesta, algo más lejano que el primero—. Además, lo hemos comprobado en Google Translate.

—Y ambos son una fuente de confianza —resuma un tercero. Si no recuerda mal le gusta que le digan Kenma—. ¿Habéis comprobado que es ese su número?

—No jodas que no es este.

Kuroo.

—Lo revisé cinco veces. Cinco —repite Hinata—. ¿Hola? ¿Hay alguien?

Es raro. Le encanta el sarcasmo y se ríe por todo, pero no es usual notar que un sentimiento tan bueno y cálido le desborda y se le pega a los ojos. Estos chicos han practicado para decirme una frase en español, di algo pedazo de tonto.

—S-sí, perdona —chapurrea, pasándose la palma por la cara. Apartándose el flequillo de la frente. Iñaqui sonríe, como si los tuviera delante. Deseando estar ahí para abrazarlos—. Perdona es que estaba un poco… —(conmocionado)—. Sorprendido, supongo, sí. ¿Vuestra entrada triunfal quiere decir que ya puedo agregaros como "compi" uno, dos y tres?

—Bueno, bueno, no te pases —advierte Kuroo, pegándose el micrófono a la boca—. Primero invítame a una copa, ¿no crees?

La felicidad le muerde el estómago, hace que le brote una carcajada. Dos.

Tres.

—Como si quieres una botella entera, tío, estoy contentísimo de que me hayáis escogido.


[A rhapsody for you and me
And every melody is timeless]


II. Dedos

Los viernes por la mañana no tiene clase. Hay ocasiones en las que se debe presentar en alguna tutoría o reunirse con compañeros de clase para terminar un trabajo, pero (por suerte) ese día en el calendario no tiene nada que hacer salvo ir a entrenar a las cinco.

¿En qué momento quedarse unas horas de más en la cama se había convertido en un lujo? Disfrutar de las mantas que lo arropan como un bebé. Se encuentra en la posición exacta, perfecta, justa para seguir durmiendo y dejarse morir hasta que llegue el hambre, porque si se mueve un milímetro sabe que el frío entrará por algún recoveco de su guarida y la modorra que lo acompaña se irá tan rápido como un cohete hacia el espacio.

En vez de cerrar los ojos y hundir la mejilla en la almohada caliente, decide mirar el móvil.

A Kageyama nunca le ha gustado demasiado la tecnología.

Reformulando, a la tecnología nunca le ha gustado Kageyama. Con sus "la contraseña es incorrecta", "hay un par de actualizaciones" y pantallazos en azul. Los móviles son la hipérbole a todas esas pequeñas lecciones que fueron aprendiendo sus compañeros de clases de manera autodidacta como buena parte de la generación Z y que él decidió perderse (a posta) para meter la nariz en un manual de ejercicios musculares o alguna revista de voleibol. Son, como poco, ruidosos y si te atreves a ponerlo en silencio siempre hay alguien que se queja por no prestarle la debida atención. Como si fuera a el culo de mundo. Conecta a la gente y a él le pone un poco violento. Por eso lo usa al mínimo.

O al mínimo y un poquito más.

Desde que está en la universidad ha tomado la costumbre —una muy mala que él mismo reprueba y quiere corregir— de leer, escuchar y contestar los mensajes de Hinata, casi de forma exclusiva. Hay ocasiones en las que se toma su tiempo para revisar hasta la última letra de cada palabra que su amigo le ha escrito, incluso esos iconos brillantes, sonrientes y absurdos le han comenzado a hacer gracia.

Pérdida total de la voluntad, se llama.

Casi todas las mañanas se le presenta el mismo panorama: una foto de su mejor amigo acompañada por una curva en los labios y su pelo hecho un bonito desastre. Eso es lo malo de las redes sociales, te dejan ver y oír a la persona que te gusta pero no tocarla, y a veces puede ser un problema. Como el que le dejó entre las piernas ayer Hinata después de ese ataque tan gratuito. ¿Desde cuándo se mandan fotos así? ¿Eso es el rollo que van a tener ahora? ¿Selfis desnudas matinales? Porque Kageyama no tiene corazón suficiente para una segunda ronda.

Quiere pensar que el factor sorpresa fue el detonante aunque no sea verdad. Porque otra cosa parecida le volvería a dejar el estómago del revés y nunca había considerado que esa sensación pudiera ser agradable y cá caso es que abrió la conversación como cualquier día. Una imagen bonita que agrupar junto al resto y que secretamente había titulado con un naranja y san se acabó. Pero no. La vida no es tan fácil. Espera que algo coja forma y ritmo para darte una sorpresa y desequilibrarte. O eso sintió él al desplegar la segunda foto que le había mandado Hinata esa mañana. Vértigo puro. Como cuando estás al borde de un acantilado y las vistas son imponentes y por un segundo te daría igual caerte y destrozarte junto a esa belleza.

"Iñaqui me ha reñido por tardar demasiado en vestirme", rezaba justo debajo.

Estás de coña, ¿no?

La imagen en sí tampoco es para tanto, si lo piensa fríamente, el problema es que ayer pensaba con la tetera el fuego.

El foco principal se la llevaba la taza que él mismo le había regalado dos años atrás en su cumpleaños, una tontería que le compró cuando fue con su madre al centro comercial. Ese año se habían visto fin de semana sí y fin de semana también toda la saga de Harry Potter así que en cuanto la vio tuvo que pillarla. Y Hinata, que no hace nada a medias, convirtió la matutina imagen en su marca personal, saludándole entre sonrisas dormidas con olor a sueño, cargando en una mano ese vaso grande lleno de leche con Nesquik de cerámica con el logotipo de Hogwarts.

Hinata ha usado confusión y foto salvaje. El ataque ha sido muy efectivo.

Durante unos segundos las gotas de lluvia que sonaban de fondo se transformaron en un ruido hueco, lento y lejano. Su respiración se atragantó en la garganta, a la espera de que sus neuronas reaccionaran y dijeran si volver a entrar hasta los pulmones o tratar de salir al exterior. El corazón, loco como el de un niño, bailaba al compás de la sangre que regaba su cuerpo, fría, caliente.

La mano nívea y pequeña de Hinata cubría con delicadeza el mango de la taza; sus dedos, delgados y largos, abrazaban el aza. Ésta no estaba entre los labios a medio sonreír como de costumbre. Para qué. Descansaba encima de su estómago, humeando vapor, calentando la piel. Por qué. Si hubiese estado dentro de la ducha el agua fría le hubiese sorprendido más que la sensación congelada que acababa de recorrerle el cuerpo, aún dentro del abrigo de la cama. Vislumbró la barbilla, cortada por la foto, y bajó con suavidad la mirada por la nuez pequeña y poco apreciable de su amigo. Delineó las venas de su cuello, un poco marcadas y que se perdían en las clavículas. Un rayo corrió río arriba hasta su pecho; una punzada de dolor y placer, todo junto. Le dolían las mejillas del calor cuando acarició en su imaginación el pecho tenso y fibroso. Los abdominales dibujados en acuarela.

(Hay que aclarar brevemente que su complexión, su cuerpo nervudo, pequeño y pecoso. Bonito, en resumidas cuentas, no es una novedad para Kageyama. A convivido con él en los vestuarios y las noches de pijamas pero enviar algo así le hizo sentir distinto. Descubierto y agradecido y descolocado).

Expandió la imagen porque, vamos a ver, él no es tan tonto ni tan inocente cómo para apagar el móvil ipso facto. Le faltaba el aire, ignoraba cuál era su nombre, no tenía más objetivos en la vida que hundirse en esa fotografía... Ahí, justo en la parte de abajo, el pelo incipiente, pelirrojo y rizado de su ombligo hacía un camino en dirección sur, terminando el recorrido en la piel débil que se volvía algo más rosada, ésa que debería estar cubierta por unos calzoncillos —o, yo que sé, cualquier cosa, porque, mierda, le iba a dar un paro cardiaco y aún soy muy joven—. Las líneas de sus caderas deberían ser delito grave, porque estaba a punto de sufrir una conmoción perdiéndose en la ropa interior. Insinuando un camino tortuoso que a él le encantaría recorrer.

Kageyama está demasiado confundido como para devolver el ataque.

Llegó tarde a clases, la razón no fue apta para menores de edad.

Había ignorado con fervor los mensajes de Yū y también los de cualquier grupo en el que estuviera metido. Todo le daba igual mientras su corazón arañaba el pecho, como un gato maullando por más comida, y su mano se perdía entre las sábanas calientes y rozaba la piel húmeda, dura y erguida. Una y otra vez, con prisas, con necesidad. Lleno de un burbujeo extraño en la boca del estómago. Sin reprimir ese ronco sonido que brotaba de la garganta cuando sus dedos apretaban un poco más al observar esa maldita imagen.

Mierda, Hinata.

Y, ahora, está ahí. Demasiado avergonzado como para repetir el escenario anterior. Con la boca llena de saliva ante el delicioso recuerdo bien guardado en una carpeta de su móvil. Quería más, pero tampoco entendía a qué venía esa imagen por parte de Hinata. Seguramente su inútil y estúpida mente le habría llevado a pensar "Mira, Kageyama, estoy tan en forma como tú, jódete" o algo parecido a "¡Es una forma muy efectiva de calentarte cuando tienes frío, Whoa!". Quizás la mejor opción sería no abrir el chat, pero claro, tenía que hacerlo, sino no sabría los avances de tortuga que estaba teniendo el muy zopenco desde Kyoto a Tokyo. Y abrir un mensaje con esa clase de contenido delante de su equipo no es una opción.

Tira de la tirita lo más rápido que pudo, para que no duela.

Será gilipollas.

Siguiendo la línea del día anterior, Hinata parece haberse aburrido de sacarse la misma foto en la misma posición. Para su buena (o mala) suerte la imagen está decorada únicamente por un bollo relleno de chocolate —mordido, eso sí— con una carita dibujada en azúcar glas y la taza justo a su lado. Justo unos milímetros más abajo ponía "Hola, te regalo uno por tus pensamientos más oscuros".

No me jodas Hinata ni siquiera sale tu cara en ella.

El universo confabula contra él. Hinata se burla de él. Como si de alguna forma pudiese adivinar sus problemáticos sentimientos y le hubiese tendido una trampa. Hinchándole el pecho de esperanzas para luego desinflarlas de un balazo.

—Es que soy gilipollas...

Sentirse tonto es quedarse corto. Estúpido quizás. Pequeño para su metro noventa, también. ¿Ganas de pegarse un cabezazo contra la mesa? Muchísimas.

-x-

—Bro, ¿crees entonces que el pequeño y tú puedan venir? Mira que ya he comprado las entradas, y sabes que soy un pobre con dinero. — Yū traza círculos entre los apuntes de Comunicación y recursos para juristas—. Como no vengas tendrás que comprarme una semana la merienda y obligar a Ushi que sonría.

Que idea más horrible. Es como mirarme a un espejo en secundaria.

Wakatoshi Ushijima, le gana en yardas y velocidad por ser el hombre más estoico y serio del universo, incluso cuando de vez en cuando viene Tendō, (una farola de alto, todo brazos y expresión sádica), se mostraba apacible y seco.

Estan buen jugador que podría estar en un equipo de la V. 1, que de hecho seguramente lo fichen pronto y su equipo es el mejor de la prefractura.

Pero hay algo que le mosquea. Un hueco profuso y arraigado que se acentúa cada vez que pasa el balón. Como si le faltara algo.

Alguien.

—Créeme, prefiero ver cien veces esa película de tres al cuarto que estar detrás de ese hombre para acabar logrando que me eche mal de ojos. —Mira con desánimo cómo el profesor cambia de diapositiva y a él, nuevamente, sólo le da tiempo a copiar la mitad—. Y cállate de una buena vez que llevas toda la hora con la misma perorata y ya te he dicho que sí, mil veces. Una vez más y acabas fuera de la clase con un ojo morado.

Su amigo silba, muy bajito, aguantando la risa.

—Hoy tienes un humor de perros, peor del habitual. —Sin más, pasa un brazo por su respaldo, sus rastas rubias le rozan un hombro cuando mira sus apuntes—. ¿Luego me los dejas?

—Será un millón de yenes.

—Mejor me prostituyo, tío, ni que estuvieran tan bien. ¿Has visto tu letra? —critica, liberando a Kageyama del abrazo para buscar su Samsung en el bolsillo interno de la chaqueta—. Al parecer, sólo vendrá Arata, los demás se han rajado.

Con prisas, mirando al profesor y sudando frío porque ya han adelantado tres diapositivas y él no es capaz de llevar su ritmo, saca el subrayador azul claro —el de las emergencias— y comienza a destacar todo lo que ve en el libro.

—Estoy harto de hacer planes para que luego me dejen colgado, dude. Me aburre que no tengan ningún tipo de compromiso, ¿a ti no? —Kageyama ve por el rabillo del ojo que Yū entra en Instagram, da me gusta a un par de imágenes y luego dirige su atención a Tumblr—. Aunque, claro, tú eres un obseso del orden y de la puntualidad, por lo menos me habrías dicho desde un principio si no fueras a venir.

Ahí va otra vez, es que lo mato.

—¿No? —insiste como un niño que espera que su madre le diga que llegarán en cinco minutos por quinta vez, aunque sabe de buena mano que aún queda más de una hora de trayecto.

—Yū —le sisea Kageyama entre dientes, cansado de que el profesor vaya al ritmo que le sale del culo y no preste atención a las dudas de la mitad de la clase; enfadado con su letra que cada vez es más deforme y, posiblemente, no entienda ni tres pepinos cuando tenga que traducirla el fin de semana; asqueado de que su único compañero sea el ser más pesado de la tierra y pueda competir con el osmio—, prepara tu cartera, porque, a no ser que quieras que te pegue aquí mismo, me comprarás hoy todo lo que quiera en la cafetería.

Yū se imaginaba sus verdaderos pensamientos, los podía escuchar bailando en sus oídos. "Por gilipollas y pesado" asique cierra la boca antes de que un "No es justo, bro, sólo quería animarte" saliera de ella incrementando sus ansias de matar.

—Esto es todo por hoy, pueden irse —cierra el profesor cinco minutos después, con la voz ronca de hablar más alto de lo normal, guardando las cosas en una maleta marrón que perfectamente podría haber salido del bolso de Mary Poppins—. ¡Ah! Y no olviden hacer el test online esta noche, tienen de ocho a doce de la noche para completarlo.

Y, de paso, cómetelo con papas y Kétchup.

—¡Venga ya, tío! ¿Has escuchado eso? —gruñe Yū al son del resto de los alumnos. Si se hubieran preparado la canción habría sido menos bonito—. Yo quería salir esta noche y, no sé, tomar unas copas. Y tú tienes que ir a buscar a tu amigo, ¿no? Espero que te dé tiempo.

—Cállate, lo sé.

El camino hasta la cafetería es el mismo de siempre, pasillos concurridos de personas que hablan entre sí y no prestan la más mínima atención por si están (o no) obstruyendo el paso. A Kageyama se le nota a la legua que hoy no es su mejor día, incluso un par de chicas se apartan al ver que quiere pasar por la puerta del comedor. Le molesta todo, incluso el brillo tenue del sol que entra por el ventanal y reflecta destellos en las mesas del comedor.

—Kags, ¿se puede saber qué te pasa? —masculla Yū con la boca llena de pan, atún y millo.–. Entiendo que estés molesto por la mierda de examen que nos ha puesto El picapinos. Yo aún estoy flipando, en realidad. —Traga a bocajarro de su botella—. Pero estás más enfadado que aquella vez que te tiré sin querer el balón a la cara y, luego, me pegaste.

—Cuatro veces.

—¿Qué?

—Me tiraste la pelota a la cara cuatro veces, comemierda. —Le lanza un trozo de papel usado a su plato vacío y dirige la atención a la solitaria manzana que descansa en la bandeja naranja. Hoy no tiene ni una pizca de hambre—. Y no me pasa nada. He dormido mal.

Yū deja de comer, poniendo el bocadillo que siempre pide encima de la mesa.

—A mí no me engañas, carapedo, fueron dos y yo acabé sin poder agacharme una semana. —Levanta las manos en son de paz al ver la advertencia silenciosa en su cara. Nadie quiere salir herido hoy—. Pero puedes contármelo cuando quieras, ¿vale?

¿Contarte el qué exactamente? ¿Que estoy enamorado hasta las trancas de mi mejor amigo? O, ¿que me he tocado varias veces mirando como un acosador la imagen que él mismo me ha mandado? Porque ninguna de las dos tiene puto sentido.

Encima. Encima. Encima le había mandado esa fotito hoy, con recochineo.

Para más inri, lo vería esa misma noche, con su pelo recién cortado que le queda al dedillo y esa sonrisa de infarto que podría desmayar hasta una estatua.

—¿Has visto la nueva actualización de Line? No me gusta nada —recrimina Yū a voz de pronto—. ¿A qué viene eso de las historias? Para eso ya está Snapchat, aunque bueno —titubea, desmigajando el pan—, esa no está de moda, olvídalo. Pero también está Instagram Story o Facebook. De verdad que no lo comprendo, Kags.

—¿Sabes que estoy de mal humor y comienzas a hablarme de semejante estupidez?

—Es la mejor forma de invocarte cuando estás sumergido en ese mundo oscuro, lleno de fango pestilente que es tu cabeza. —Se abraza a sí mismo, como si la idea le produjera escalofríos—. No tenía más remedio que rescatarte.

Muy a su pesar Kageyama suelta una risa ahogada, un rescate no le vendría nada mal.


Armario superior derecho, no. Armario superior izquierdo, tampoco. Estantería alargada y llena de cachivaches del anterior dueño, sin rastro. Huecos entre los cojines del sofá, vacíos salvo por un par de yenes.

–No está —comenta Hinata con la voz ahogada, sintiendo una ingravidez entraña en el cuerpo.

–¿El qué? —pregunta por quinta vez Kenma, sentado en la mesa del comedor. El brillo del ordenador le ilumina las mejillas.

—No está —vuelve a decir, mirando debajo de la mesa—. ¿Has mirado en tu mochila? No lo encuentro y quizás te lo he dejado en algún momento cuando volvíamos de clase.

—¿El qué?

—Si estás buscando tu dignidad creo que la perdiste hace bastante tiempo —se ríe Iñaqui, asomándose por el marco de la cocina.

Hinata, que hasta entonces había estado demasiado absorto buscando el cargador de su portátil por todos lados, sale de su ensueño y mira de mala gana a su compañero de piso.

—Busco el cargador, idiota. ¿Quieres pelea? —Iñaqui le saca una cabeza y media pero su altura jamás ha sido un aliciente para perder el talante.

—Si tuvieras tiempo te dejaría KO en el suelo, pero creo que vas a llegar tarde así que mejor continúa buscando en tu habitación —le apremia, cercando su espacio vital. Iñaqui se permite removerle los pelos (que acaba de peinar, muchas gracias) y de sonreírle como los zorros antes de hacer una trastada—. Ya sabes, la dignidad.

Se han acostumbrado a esos piques.

A veces empieza Hinata, otras veces Iñaqui, por lo que no hay pena ni culpas. Se puede decir que para ellos es sinónimo de llevarse bien y, aunque le cueste reconocerlo, a Hinata le gusta ese rifirrafe eterno.

—No, me voy a hacer pis encima. ¡Fueraaaaa! —Siente los dedos de Iñaqui en su costados y si fuese una masa de pizza ya estaría más que mezclada y preparada para hornear. A-yu-da. La cosquilla le abrasan los pulmones a cada carcajada que suelta, una tras otras y vuelta a empezar. Hinata no logra escabullirse del ataque ni soltando sus mejores patadas—. Sabes que no las soporto, ¡me tiraré un pedo!

Inmediatamente, asustado por la amenaza, Iñaqui lo libera de su tortura.

—Dios me libre de oler eso.

Y se va.

—Siempre están igual —dice Kenma para luego añadir en voz baja—: No, la torre, no. Mecaogoen- ¿Es que no saben hacer nada?

Le cuesta recuperarse de un ataque tan bajo. Cosquillas, ni siquiera tienen un sinónimo digno de su maldad. Son como el catnip para los gatos, quienes pierden toda la voluntad sobre su cuerpo cazando ratones imaginarios. Jesús, natural que los chinos las usasen como tortura. Para Hinata observar que alguien tiene la mera intención de ponerle un dedo encima es como apretar el botón de alarma. A veces, incluso, se reía antes de tiempo. Concretamente, cuando pasa, Hinata se convierte en un cúmulo de frases sin sentido: No, ahí no. Porfavor, porfavor, porfavor. Voy a morir. No puedo respirar. Para luego pasar a la fase de advertencia: Tengo ganas de hacer pis. Si no tienes cuidado se me caerá un pedo. No aguanto más.

A ver quién es el valiente de no creerle.

—No es mi culpa que sea un capullo —se queja Hinata, aún tirado en el suelo y con el estómago engarrotado por la tensión.

—¿No tenías prisa? Creo que te lo dejaste debajo de tu cama. —Se miran y el único sonido de la sala es el dedo de Kenma acribillando el ratón—. El cargador, Shōyō.

—Jo, Kenma, ¿qué hora es?

Mientras corre hacia su habitación y termina de meter todo a bocajarro en la mochila escucha un leve "Las y media".

Llegará tarde. Fijo que llegará tarde.

—El móvil, el móvil, el móvil —repite oteando su habitación

—Te lo dejaste en el salón, Shou. —La voz baja y apagada de Kenma hace que se pare en seco. Una parte de él no quiere dejarlo sólo el fin de semana. Kuroo y él habían tenido una discusión preocupante esa mañana—. No, ni se te ocurra volver a decirlo.

—¿El qué? —Hinata se las apaña para fingir inocencia cuando ambos se conocen lo suficiente para oler la falsedad a cincuenta metros.

—Vas a ir. Vas divertirte. Y yo voy a estar bien. —Kenma se levanta, le acerca el móvil, con una sonrisa pequeña—. No soy un crío.

—Llámame, ¿vale? Y escríbeme para cualquier cosa, de verdad que puedo llegar en un santiamén —alienta, metiéndose en el bolsillo su móvil, para luego añadir—: bueno, en dos horas y media. Incluso podemos hacer Skype. —Se muerde la mejilla interna para contener ese burbujeo de ansiedad—. Por favor, avísame de cualquier cosa, dudo que a Kageyama le moleste.

Kenma le empuja en un golpe levísimo por el hombro.

—Anda, cállate un rato o no habrá pases en el próximo partido.

Mierda, vale, sí, me callo.

—No te pierdas por el camino, enano —advierte Iñaqui saliendo de la cocina con un gran bol repleto de palomitas. Se sienta en el sillón y los analiza mientras come, el olor a mantequilla anega la casa—. Dicen que en Tokyo hay mucha gente y con lo bajito que eres tienes muchas probabilidades de perderte. Deberías ir vestido de naranja, así por lo menos sería fácil reconocer a una zanahoria andante.

Antes de salir le enseña el dedo corazón.


El trayecto entre Kyoto y Tokyo es tedioso. Da vueltas por su vagón, algo temeroso de dejar la mochila atrás o de que le quitaran el sitio. Durante la primera hora se pregunta qué hace recorriendo tantos kilómetros cuando podría estar en una cancha mejorando su saque o viendo Lie in april, porque se ha enganchado como los críos a las chuches en Halloween. Teme que en algún momento se le vaya a partir el corazón en dos al pasar de capítulo.

Aunque quiere verlo. Nota los nervios escurridizos caminar por sus venas. A Kageyama y su piso y su nuevo mundo.

Agradecerá con besos y abrazos a su madre por haberle ayudado a sacar el JR Pass en cuanto la vea dentro de un par de semanas. Los bonos anuales son el bien y, la beca parcial que recibea le ayuda en parte a pagar sus gastos. Y es que de solo pensar en la idea de estar yendo y viniendo en autobús le revuelve las tripas.

Menos mal, había cogido el Nomozoki, dos horas y quince minutos que comparada con las cinco en bus suenan a gloria bendita.

—Dentro de cinco minutos será la siguiente parada, sentimos muchos las molestias y agradecemos que hayan viajado con nosotros —anuncia una voz metálica por todo el establecimiento.

Ayer se había sentido muy valiente al mandar la foto antes de irse a clase. Había sido un desparpajo de agallas absurdo. Total, no es como si me fuera a ver así por primera vez. No es como si fuera a surtir algún efecto en Kageyama. Y, definitivamente, no es el ingrediente que faltaba por añadir para resolver su poción amorosa, pero estaba cansado y quería mover ficha, funcionara o no.

Si iba a suponer el inicio de un cambio, valía la pena.

El caso es que podría salir mal, nunca se ha planteado qué le gustaba a Kageyama.

¿Chicos? ¿Chicas? ¿Chiques? ¿Todo? ¿Nada?

En secundaria, su parte más celosa y oscura se había sentido aliviada al ver que mostraba cero interés en ese aspecto de la vida. A diferencia de Tanaka y Noya que se pasaron la mitad de su tercero haciendo algún que otro comentario jocoso sobre alguna porno que habían visto, o las apreciaciones que hacía Yamaguchi sobre Yachi, cuando ella no estaba delante porque ese día llevaba el pelo recogido, Kageyama era una tumba. Un libro bajo llave. Y si le preguntaban encogía los hombros totalmente desinteresado. Hubo momentos en su último año en los que Hinata consideró haber notado que lo trataba distinto, no sabría explicarlo, Kageyama lo miraba más, con un cariz suave y podría haber hecho algo si no hubiera estado ocupado con las clases, las nacionales y la presentación a las universidades.

Sin embargo, después de estar un mes intentando de todo corazón alejarlo de su cabeza, ha tomado la decisión de ir de cabeza. Bueno, no. Que lo espanta. Tantear el terreno a ver si está fértil encaja más en sus planes.

Sin embargo, tontear con Tobio Kageyama puede ser un deporte de alto riesgo.

Hinata no se considera un entendido en el tema, sabe de sobra que algún encanto tiene y conoce medidas para ablandar a Kageyama, no obstante su amigo puede llegar a ser muy lento. .

Y que pasara lo que tenga que pasar.

Sólo un poco, tantear si el paracaídas está intacto, si la profundidad es la suficiente para plegar la tela, si el terreno es llano.

—Señor, ya hemos llegado, tiene que dejar el compartimento.

Una mujer con los labios pintados de carmín rojo y uniforme azul marino lo mira, sonriendo y desprendiendo una paciencia infinita

Señor.

Hinata se levanta, sonrojado hasta las trancas, y se disculpa tantas veces como puede.

La estación de tren es incluso más grande que la de Kyoto y está llena de personas que circulan en todas las direcciones. Le recuerda a una concentración de peces que no saben a dónde ir y se chocan buscando su vertiente.

Hay una pareja de ancianos que camina lentamente, cuidándose los pasos el uno del otro, para no tropezarse, llegan a un escalón y la mujer le agarra de la rebeca gris ratón al notar que su pareja se resbalaba. Hinata los persigue, un poquito, van en la misma dirección y la escena le resulta entrañable hasta que ella se aferra con fuerza al brazo izquierdo de él, gritando: "Quiero un helado de chocolate, Kenta", tan alto que podría partirle el tímpano "No te escucho, mujer, ¿qué quieres un estampado?", le responde, riéndose y apoyándose en un bastón de madera. Le recuerda a la pareja de UP, esa película de Disney Pixar que conmovió a más adultos que niños.

Voy a llegar tarde.

Ya llego tarde.

Saca de la chaqueta el móvil, esperando que Kageyama no esté en medio de todo ese mar de voces, olores y empujones, y mira los mensajes sin leer.

Tontoyama (21:15)

¿Aún no has llegado? Para qué me dices que vas a llegar a las nueve si luego me dejas esperando media hora.

Cuando vayas a salir sube las escaleras y sal. No pienso meterme en ese calefactor humano.

Hinata, pienso matarte cuando te vea. Tengo prisas, ¿sabes?

Y al momento le llega otro más:

Tontoyama (21:34)

Deja de mirar el móvil y ven de una vez, tontolaba.

Será capullo, ni que fuera su culpa el retraso del tren.

Sube las escaleras de dos en dos, que aún son una odisea para la pareja de Up, les saluda con una sonrisa, aunque para ellos no es más que un chico con aspecto rebelde y respira aire fresco en cuanto saca la cabeza de la boca del metro.

Bueno, de aire fresco nada, sólo un poco menos condensado de lo que estaba allí abajo. Tokyo no es precisamente la mejor ciudad en lo que medioambiente se refiere, incluso habían puesto medidas para el uso de coches cuando subía el nivel de contaminación por metro cuadrado. Así que no, el aire es mucho más denso que Miyagi, y no huele a ese frescor perenne que desprende el bosque, ni tampoco a rocío y mucho menos a flores silvestres. Tokyo llena sus pulmones con perfumes sofisticados, especias raras. Huele a gasolina, a pavimento recién cimentado, a grafiti pintado y a cappuccino expreso.

Pero, a pesar de no oler a casa, como muchos sitios de Kyoto, sí que atrae la mirada.

Es imposible dejar que los ojos se posen más de dos segundos en algo, sería el mayor error que cualquiera cometiera si pisara ese sitio y no se detuviera a apreciar ese circo estático que está lleno de vida. Muy al contrario de Kageyama, a Hinata le encantan las grandes multitudes. Los peinados raros, la ropa estrafalaria, los puestos de comida rápida atendidas por sonrisas amables. A él le gusta ese chico que pasea a tres perros diferentes, con correas atadas a la cintura y escucha música en unos cascos amarillo fosforito; adora esa tiendecita que se vería a mil millas por culpa de sus carteles luminiscentes, o ese edificio que parece un titán a punto de romper la tierra en dos.

Alucinaaante.

—¡Ey, Hinata, idiota! —A buen amigo, buen abrigo, decían—. ¿Se puede saber qué haces ahí parado babeando? Llevo esperándote cuarenta minutos, tonto del culo, por lo menos no te quedes hecho estatua obstaculizando el paso.

Le grita como si tuviera toda la razón del mundo. Con una entereza que le hace aterrizar de lleno entre la muchedumbre. Sin inmutarse porque varias personas se hayan girado para mirarlo como si examinaran a alguien que ha perdido plena lucidez. Se acerca a zancadas monumentales, con las cejas fruncidas y los ojos echando chispas, y a Hinata no le importa su mal humor, o el ceño fruncido o si se lleva el capón de su vida porque es él, y lo tiene delante y la última vez que se vieron en persona tuvo que morderse las lágrimas para no despedirse triste.

Le da igual porque lo tiene cerca y cada poro de su piel se abre como una flor para recibirlo, con los nervios supurando calor y la garganta llena de un nudo agradable.

Después de tres años de convivencia matutina y un año compartiendo la capitanía, verlo enfadado, con la nariz echando humo y la boca sucia, no le da miedo.

Bueno, quizás un poco sí.

Probablemente si Suga o Tanaka estuviesen por allí se escondería en el refugio de sus espaldas, buscando una protección bastante necesaria, ya que Kageyama no suele contenerse en su uso de la fuerza bruta y, a veces, las caras que pone pueden llegar a dar pesadillas. Pero ese día no toca amedrentarse por una miradita algo amenazante, hoy necesita que toda su valentía de Gryffindor salga a flote y no le haga retroceder varios pasos al verle.

¿Por qué tiene que estar tan guapo incluso cuando quiere matarme?

Sus pies se anclan al suelo encontrando tierra firme y prepara los escudos para recibir a la bestia. Las personas normales se saludan con un apretón de mano, un asentimiento, un Hola, ¿qué tal has estado? En otros países se saludan con un abrazo o, incluso, con un beso, o dos, o tres. Hinata se apunta mentalmente volver a preguntarle a Iñaqui en qué país se daban cuatro. Pero ellos nunca han sido normales, todo lo contrario, siempre apodados como el dúo de raritos, una conjunción explosiva que dio mejores frutos de lo que esperaban; así que, como extraños, pero no ajenos, se saludan de la mejor forma que saben.

Kageyama le aprieta la cabeza con una mano, casi a golpes, revolviéndole el pelo que sorprendentemente no lleva gomina, ni espuma, ni ningún producto extraño para que dé esa sensación electrizante de siempre. Hinata se queja, riéndose, mirando de soslayo ese lunar tan curioso que tiene su amigo en la curva de la mandíbula, ahí, muy cerca de la oreja derecha; por unos instantes agradece ser más bajito que él y poder apreciar con lujos y detalles cosas que estando a la altura de sus ojos no vería.

—¡Para! ¡Jopé! Me haces daño.

—De alguna forma tengo que compensar el tiempo que he perdido esperándote.

—¿Y tú recompensa es pegarme? Tienes un grave problema.

Silencio. Grillos imaginarios. Miradas incomodas.

Usar su cabreo momentáneo había sido bastante efectivo, durante sesenta segundos, ahora que la impaciencia se ha volatizado Kageyama no sabe qué hacer o decir. Le sonríe, el muy socarrón, con dientes blancos y hoyuelos de niño bueno, como si supiese que el enfado no era más que una fachada pintada a las carreras y ahora tuviese que volver a reconstruirla.

No me jodas.

—Tienes el pelo más largo —inquiere Hinata, ajustándose la mochila en la espalda. Es prácticamente de su tamaño.

—Y tú más corto, aunque eso ya lo habíamos comentado.

—Sí, es verdad. Me dijiste que no te gustaba.

—Yo no dije eso. —Los nervios suben por la espalda y le acarician la nuca—. Sólo comentaba que un corte no iba a arreglarte la cara.

Aunque mejor no me hagas caso.

—Lo que viene a ser lo mismo —se queja Hinata—. En fin, ¿por dónde?

—Por donde qué.

Hinata le sonríe, inclinando la cabeza a un lado y acercándose a él. El espacio personal no es más que una idea abstracta que algunos usan, no es más que una invención barata de psicólogos de tres al cuarto. Es en lo único que piensa cuando asoma la cara muy cerca de la suya, le roza con su respiración y le increpa sobre dónde está su piso y él sólo es capaz de escuchar un zumbido de fondo.

—A tu piso, tonto, ¿a dónde va ser?

—Mhhm —asiente, prestando atención al pendiente plateado que brilla en su oreja. Con el corte actual puede apreciar a la perfección la curva de su oído, no como antes que los rizos tapaban todo, enroscándose como una enredadera y tan sólo dejando entrever el pequeño lóbulo.

Lo bien que le queda y lo fácil que sería inclinarse para morder justo donde está el arete, y lamerlo.


—¿Qué tal este primer mes? —pregunta tras pasar el tercer puesto de carcasas de móviles.

—Bien, lo normal. Clases, prácticas, vuelta a empezar.

Giran a la izquierda, justo donde hay una tienda de souvenirs en la esquina. Quizás deba comprar algo para Natsu y su madre, también quería llevarse un recuerdo él, aunque volvería a visitar a Kageyama, ¿no?

Está incluso más alto, si eso es posible, porque a lo largo de tercero ya había crecido unos diez centímetros y rebasa por poco el metro noventa. Como su madre es la que le solía retocar el pelo cada mes ahora lo lleva más revuelto, pero le queda endemoniadamente bien, más desenfadado y adulto. Y aunque el friolero es Hinata, en esa ocasión Kageyama se había decantado por una sudadera algodonosa azul marina y unos vaqueros largos.

Hinata hace un mohín, inflando las mejillas, y tira de su manga. A unos centímetros del codo.

—No seas aburrido, Kageyama, cuéntame algo interesante. Por Line eres un sieso. .

—Sabes perfectamente bien que detesto estar pegado al móvil tanto como Oikawa odia a Ushijima.

—¡Es verdad! Ahora juegas con Japón, ¿qué tal?

La mano, que hasta entonces se había quedado anclada a los faldones de la manga, se posa en el antebrazo y se agarra. Una tropa los embiste contracorriente al pasar cerca de un cine, zigzagueando entre la multitud sin separarse.

—Perfecto, no tengo quejas.

Le da un cabezazo en el hombro.

—¿Sí? Yo también estoy perfectamente bien, ¿sabes? Kenma es muy considerado conmigo cuando jugamos. Me la levanta siempre que quiero.

Me la levanta siempre que quiero.

—Me alegro por ti. —Tiene ganas de separarse de él, porque su mano ha bajado un poco y está casi a la altura de su muñeca, haciéndole cosquillas en la piel y entre las costillas—. Luego no te quejes si, cuando juguemos, yo no te la paso como quieres.

Pues sí, debería haberse distanciado de él cuando tuvo oportunidad, porque ahora tiene la mano metida en el bolsillo del pantalón, junto a la de él, y sus dedos se tocan.

—¿En serio vamos a jugar? ¿De verdad de la buena?

—O de la mala, porque quizás ahora haya cambiado de opinión. ¡Y deja de saltar, zopenco! Me vas a llevar contigo y acabaremos cayendo.

Hinata fija la vista un momento sus manos y le observa con esa mirada que pone siempre que va a pedir algo, como que sigan practicando después de tres horas y aún siente la energía bulliendo a fuego lento en su carne, necesitado de otra ronda más; o esas veces en las que alza la nariz en su dirección y tiene esa mirada de "He hecho algo mal, pero me vas a perdonar porque soy adorable". Y, mierda, lo es.

—¿Te molesta? —inquiere, sin tapujos ni sonrojos absurdos.

Como si ellos se cogieran las manos todos los días.

—¿Qué si me molesta? —Para nada, estoy a punto de besarte sólo por haber sido tú el que ha entrelazado los dedos—. No, sólo digo que vamos a caer si vas como un saltamontes de aquí para allá.

—Tengo frío —informa, a modo de disculpa—. El abrigo está en la mochila y me da pereza sacarlo.

—He dicho que está bien.

—¿Sí? ¡Genial! —Salta, haciendo tropezar a Kageyama—. ¡Ups!

Hinata.

—Vale, vale, ya no lo vuelvo a hacer. —Lo empuja un poco, remolón—. Compremos algo para cenar, también tengo hambre.

—¿Siempre has sido así de quejica?


Pillan dos pizzas, una con champiñones y jamón, otra sólo con pepperoni, un par de zumos y un Kitkat para compartir. A Hinata se le ha antojado chocolate y era lo único que tenían.

Llegan corriendo, con varias bolsas a cuestas, y esperando que el queso esté lo suficientemente sólido como para que la comida no acabe siendo una masa incomible. Tan sólo tiene una hora para hacer el test de los cojones, por culpa de Hinata por tener hambre, del dependiente incompetente y la cantidad inhumana de personas que había en ese sitio.

—¡Woaaaah! Me encanta —grita el chico nada más entrar, sin fijarse en la ansiedad que está consumiendo a Kageyama por segundo, ni lo rápido que se descalza los zapatos, los coloca y desaparece hacia el salón—. Tienes parqué, iré descalzo todo el finde, que lo sepas.

Lo sé, tonto, ahora cállate. Por favor, ni siquiera recuerdo qué tema tengo que abrir.

—Mientras yo hago esto, Hinata, vete comiendo tú, a mí no me importa o poniendo las cosas en el horno para que no se enfríen. No tienes por qué esperarme, de verdad —La voz suena amortiguada por las paredes mientras Hinata aún está en el recibidor, analizando con detalle lo nuevo que se ve todo.

Se quita las deportivas sin agacharse y las coloca en el mismo roperillo que había usado Kageyama unos segundos atrás.

El suelo es tan cómodo como se ve, algo frío pero suave. A diferencia de su piso, cuyo suelo está compuesto por baldosas dándole un aspecto más rural, éste tiene toda la pinta de haber sido reformado hace poco.

Sobrio, eso sí, no exsuda pomposidad por ninguna de sus esquinas. Los colores que predominan son el blanco, en las paredes, el marrón, en los muebles, y tonos azules y verdes en las imágenes que cuelgan de sus tachas. Paisajes holandeses. Playas etéreas. No es que Hinata sea un experto, realmente le da un poco igual -aunque prefiere las casas tradicionales japonesas-, pero él pondría algo más personal: como caricaturas, o figuras de algún anime que le gusta, ese poster tan chulo que Yachi hizo para promocionar al Karasuno y todavía conserva en su habitación de Miyagi, y su larga colección de tomos de Naruto.

—Con permiso —advierte, escuchando un "Si, si y Joder, ¿esto lo hemos dado en clase? Maldito Yū que se pega todas las clases contando mierdas" mientras lleva las cosas a la cocina, que está justo al lado del salón. En realidad, no es muy grande, pero para una persona resulta cómodo.

Resiste la tentación de chascar un trozo de su pizza y abre el horno, haciendo Tetris para que las dos encajen sin rebosarse por los lados. Guarda los zumos en la nevera, que está bastante vacía salvo por un par de verduras, carne, y muchos batidos de leche.

En cuanto todo está en su sitio y se asoma al pasillo encuentra dos puertas más aledañas al salón. El baño, supone, y su cuarto. Le tienta curiosear un poco, da un par de paso, mordiéndose el labio inferior. ¿Tendrá alguna foto de ellos? Con Tsukki y Yamaguchi, o de sus padres. ¿Ordenará por colores su ropa aquí también? Sin embargo, Hinata se da cuenta de que si fuera al revés le haría ilusión enseñárselo él, así que se detiene en seco y da media vuelta. Total, iban a dormir ahí en unas horas.

Recorre la poca distancia entre la cocina y el salón, y se tira sobre un Kageyama enfaenado

—Me quedan tres cuartos de hora y no tengo ni idea de qué hacer para contestar a más de la mitad de las preguntas, lo siento, pero ponte la tele o algo.

Asiente sin rechistar.

No pretende presionarlo, Hinata había tenido suerte ese fin de semana. Muchos de sus profesores habían seleccionado las fechas de entrega para noviembre y diciembre así que no sentía el agobio que estaba asolando a Kageyama. Además, para él es un poco peor. Le dan manías cuando se estresa, son muy pequeñas pero a lo largo de los años ha aprendido que puede llegar a ser preocupante si no sabe gestionarlo bien.

Además, le ha dejado cogerle de la mano todo el trayecto. Al menos ahora sabe que con él no le molestan esa clase de gestos. Sonríe, subiendo las piernas al sillón. Saca el móvil, acostando los pies detrás del pequeño espacio que ha dejado su amigo en el sofá, rozando su espalda y el pantalón. Posa la cabeza en el brazo del sofá y digiere la idea de que esa hubiese sido su vida si hubiera ido a la misma universidad que Kageyama.

Entra en el grupo de Los chupiguays y comienza a leer los últimos diez mensajes que tiene, porque pasa olímpicamente de pasarse media hora mirando toda una conversación de un día.

Noya (20:30)

Quiero que la próxima vez te cortes el pelo si tienes huevos.

Tanaka-san (20:30)

¡Eso, tío, eso! Tan corto como el mío.

Noya (20:31)

Y además, nos compres un helado a cada uno, por chulo.

Suga-senpai (20:32)

Chicos, se están pasando con Asashi. No ha sido para tanto.

Noya (20:32)

¿Qué no ha sido para tanto? Venga, bah, ponte de su parte. Como sois todo adultos responsables.

Suga-senpai (20:32)

Yo no he dicho eso, no estoy de parte de nadie. Sólo creo que se han sacado las cosas de contexto.

Tanaka (20:32)

Buah, buah, buah…

Ennoshita (20:33)

¿Qué ha pasado?

Noya (20:33)

Que el subnormal de Asashi se burló de Tanaka y su hermana, eso es lo que ha pasado.

Asahi (20:33)

No me he burlado, Noya. No saques las cosas de contexto, solo dije que, bueno, tienen la misma cara.

Daichi-cap (20:34)

Siguen siendo unos niños, ¿van a comportarse así cada vez que haya un comentario estúpido? Cállense ya.

La risa de Hinata llega a los oídos de Kageyama como las primeras notas de un solo de guitarra, haciéndole que algo hierva en el pecho.

Caliente, denso.

Burbujas.

Tsukki (23:03)

El problema es que a Tanaka-senpai le han herido en su orgullo "masculino"

Yamaguchi (23:03)

¡Tsukki! No seas metefuego

Tanaka-san (23:03)

¡CUANDO TE PILLE PEDAZO DE MIERDA TE COMERAS LA PELOTA!

DEJA DE ESCRIBIR O TE JURO QUE VOY HASTA TU CASA. TENGO COCHE.

Tsukki (23:04)

Tanaka-san, sé que en ocasiones las mayúsculas emulan los grito y que muchas personas, sobre todo los hombres cis-hetero, hacen uso de ese recurso para sentirse más válidos pero déjame decirte que tus amenazas me dan tanto miedo como Bob Esponja enfadado.

Un dedo del pie juega con el dobladillo de la camiseta Kageyama, rozando la piel del inicio de su espalda mientras se ríe, a carcajada limpia, haciendo que el sofá tiemble. Por Dios, Hinata, así no puedo. Siempre le ha llamado la atención lo pequeños que son sus pies. Aunque, claro, casi mide veinte centímetros menos que él.

Daichi-san (23:04)

Están pesaditos hoy, ¿eh? Cállense de una vez ¿Vais a estar dando la lata dentro de dos semanas? Porque yo no pienso hacer de niñera.

Suga-senpai (23:05)

No empieces tú también Daichi.

Daichi-cap (23:05)

Pero es que es verdad.

Suga-senpai (23:05)

Daichi

Daichi-cap (23:05)

Ok.

Tanaka-san (23:06)

No entiendo para qué hablan por aquí si viven en el mismo apartamento, ¿falta de comunicación?

¡Mi OTP NO!

Suga-senpai (23:06)

Otra vez con eso

Kageyama ya tiene las orejas rojas, porque está hasta las narices de no saber qué es lo que piensa su amigo al acariciarle cuando le da la gana, o por qué se ríe como un crío, o por qué el profesor ha puesto preguntas que ni Google puede inventarse una solución.

Suga-senpai (23:06)

Bueno chicos, a dormir. Os vigilo.

Cuando Hinata ve que su amigo se estira y cierra con un golpe el deja el móvil a un lado, aun rozando la tela azul de su sudadera.

—¿Y bien? ¿Qué tal?

La sonrisa es de mil quilates.

—Más o menos, he sacado 70 puntos de 100.

Por tu culpa, claro, y porque el profesor podría irse un poco al carajo con tantas preguntitas abstractas y sin sentido.

—¡Felicidades, Smartyama! —De un salto se sienta—. Hueles a uvas.

—Me bañé antes de ir a recogerte.

—¿No habías dicho que no?

—Cambié de opinión. —Se levanta del sofá, un cosquille absurdo en las mejillas. Si tu mejor amigo (por el que sientes demasiadas coas) te mira desde una distancia poco prudencial: huye. Es malo —. Voy a calentar las pizzas.

—¿No será que querías oler bien para mí, Smellyama?

Te voy a matar.

—Y también me puse perfume en tu honor, no te jode. Vete buscando algo en la tele, no esperes que vea algún anime a esta hora tengo el cerebro frito.

Podría no pensar en ello. Debería no estar pensando en ello. Después de todo es Hinata Shōyō, ese chico que hasta los 15 años recibía la pelota con la cara y aún hoy, a veces, se deja dar con gusto con tal de no dejarla caer. Pero es que no es una sola cosa, cómo esas caricias extrañas en el sofá, ni el abrazo justo antes de escarrancharse como un rey —porque es cariñoso y, bueno, puede entenderlo—; no es solo es, sino también el mes casi en blanco en el que apenas se han visto las caras, la fotito endemoniada que lo ponía en un aprieto importante cada vez que la veía o ese ¿Me echas de menos?

Me la levanta siempre que quiero

Va a lograr que algo dentro de él explote, o le salga una úlcera, o le dé una embolia. O todo junto.

—¡Se está echando Juego de tronos! —grita, a todo pulmón, dándole un susto de muerte y volviéndole a la realidad.

—¡No grites, Hinata, idiota!

—Tú también estás gritando, Tontoyama

—Pues pon lo que te dé la maldita gana, cabeza hueca. Y no te cargues el sillón saltando en él, recuerda que no es mío.

Mientras saca las dos pizzas, cortadas y colocadas estratégicamente para que cupieran juntas, escucha un "Bájame tú" burlón desde la sala, y a él le entran unas ganas tremendas de ir ahí y romperle el cuello, o besárselo, porque sus neuronas están muy confundidas.


Reviews adorabilísimas:

Ichiroron: ¡Hola, señorito! Muchas gracias por leer y comentar, por favor siempre que quieras di lo que opinas yo trataré de contestarte. Siento mucho que te pueda a llegar a molestar la jerga española, normalmente no escribo así, pero en este fanfic quería probar algo nuevo. Me alegro un montón que te esté gustando la dinámica y espero que me digas qué te ha parecido este.

Rockie Liz: ¡Hola cucurucho! Gracias por comentar, has sido mi primer comentario y eso siempre da un mini-infarto cuando lo ves. Me alegro de que te encante, espero que a partir de ahora te sigan gustando este par de tontos por igual, es una historia muy Fluff, cómica y, aunque tendrá su drama, tira más para lo cotidiano y un final feliz. Es un camino de rosas con alguna que otra espina. Trataré de subir uno por semana. Espero verte comentar en otro momentos también.


¿Una review por las neuronas de Kageyama?

Podéis encontrarme en Facebook bajo M Jane Smith, a veces cuento cosas de mi vida pero sobre todo hablo del KageHina 3