NdA: Tercer capítulo y subiendo. Para las personas que releáis este cap, sí, ha cambiado bastante, pero si en algún momento queréis releer el antiguo puedo pasaros el PDF. Lo tengo guardadito en mi ordenador como recuerdo.

¡Muchas gracias por leer, comentar y votar! Me hacéis los días mucho más fáciles.


Haciéndole cosquillas al amanecer, Kuroo abre la puerta del piso.

Cuatro portales atrás, había dado un doble paso con vuelta incluida, los ojos cerrados y la mente aún metida en la bombona de música que retumbaba en la discoteca. La gente de clase es taaaaan guay. Le habían invitado a cinco chupitos: dos Tiburón, dos Semental y un San Jordi que le había quemado el esófago. Bailó con Joji hasta abajo e intercambio con Akiko un par de cervezas en la barra, mientras el techo se reblandecía, curvándose como una gota gigante, para luego retraerse y aplanarse en un mar oscuro perlado de redondos focos azules, violetas y verdes.

Tara e Isa lo acompañaron todo lo que pudieron, las pobres parecían preocupadas. Y en parte, muy en el fondo, entendía que él en su situación tampoco estaría seguro de dejar a un tío caminando en zigzag por su propia capacidad; vamos, que necesita parpadear un par de veces antes de enfocar los carteles de las calles, así de ciego iba.

Si embargo, ha llegado. Todo lo sano que ha estado en su historia y lo suficientemente a salvo como para no mirar atrás para comprar si alguien le ha seguido.

(Lo hace).

(No hay nadie).

Rueda la llave en el bombín hasta notar el traqueteo contra las yemas, impaciente por quitarse los mocasines marinos, la chaqueta sudada y frotarse el cuerpo en lugares que no sospechaba que podían ensuciarse.

Cuelga el bléiser del perchero y mete los zapatos en uno de los estantes, justo encima de sus AllStars que en algún punto de su existencia fueron blancas y que ahora se han tintado de tanta roña que le recuerda al pelo de Bokuto.

Caza el móvil de su bolsillo trasero, lo desbloquea y por unos segundo la pantalla a tope de luz le ciega.

—Me cagüen- —muerde la frase y la deja sangrar en su boca, esperando no despertar a nadie.

Joder, casi las cuatro.

A ver quién presta atención mañana en Fundamentos de Matemáticas. Abre el Line. Rebusca entre los grupos.

BROOOOODEMICORAZÓOOON

[Adjunta una imagen]

MIRA QUÉ TENGO AQUÍ ME HA RECORDADI A TIIIII

TE ECHO DE MENITOOOOS

Satisfecho con su misiva se sume en una absoluta oscuridad de nuevo. Bueno, no. Al entrar había estado algo despistado y no se había percatado de la aureola azulenca que ilumina parte del salón.

La felicidad llega antes que su nombre. O a la vez. Kenma. Siempre han ido de la mano.

Kenma. Kenmita. Kenmaaaa.

De puntillas y conteniendo el aliento, se acerca suavemente hasta su nuca, coronada por unos cascos inmenso cuyos laterales se alumbran de colores distintos si escucha música, persiguiendo las notas. A sabiendas de que no se asustará, los agarra de su curvatura y le susurra:

—Quisiera que fueras luz ultravioleta, para verte con más frecuencia.

Se le cae una risilla, a la espera de cualquier bordería típica de él, como "pues con el poco lumen por vatio que desprende quizás ni sabes donde estoy". Sin embargo lo mira tan serio y tan triste que el etanol se le desintegra de las venas y un dolor profundo le trepa la garganta.

—Para eso deberías estar aquí —medio sonríe, medias lunas violáceas bajo los ojos y el campeón Alistar sediento por matar al enemigo—. ¿No crees?

Lo peor es que no tiene forma de contradecirle. No quiere pisar en falso, romper aún más lo poco que queda de ellos.

Así que se endereza, después de darle un beso en la mejilla que ninguno de los dos es capaz de evitar y le murmura:

—Buenas noches, Kem.

En ese instante no lo nota, no puede. Todo su cuerpo se queda estancado en la imagen insomne de Kenma. Pero su móvil le vibra el culo, y en la pantalla se enciende, rezando:

Brokuto (4:02)

BROBRO, YO NO TENGO ZAPATOS QUE ME RECUENDEN A TI PERO TE ECHO MÁS DE MENOS QUE LA LUNA AL SOL Y LOS NIÑOS AL VERANO.

Si lo hubiera leído, posiblemente habría logrado arrancarle un poco la angustia. Sonsacarle una sonrisa o un amago. Cualquier cosa. Se habría sentido más querido y entendido, y sin duda no se habría metido en la cama con las mejillas mojadas.


[Life was stringing me along
Then you came and you cut me loose]


III. Lobo feroz

Hinata tiene un problema. De los gordos.

De esos que son como un chicle que inflas y sabes que en algún momento va a explotar y, posiblemente, se le quede pegado en toda la cara la sustancia viscosa. Pero no, no va a permitir, sólo necesita salir con cuidado de allí. Deslizar un pie fuera, luego el hombro, medio cuerpo y así hasta huir de la cárcel improvisada que ha ido creando Kageyama con su cuerpo al quedarse sopa encima de él durante la noche.

En el sofá. Que no es pequeño pero tampoco está hecho para dos tíos deportistas que demasiado por la noche.

Lleva media hora en la misma posición. Flotando en un limbo de duda. Por una parte le agrada la situación, para qué negarlo. Kageyama duerme con la boca entreabierta, muy poquito, apenas apreciable si no te encuentras lo suficientemente cerca como para verlo; a veces, las cejas le tiemblan, cabreadas con el sueño, o el motor turbulento de una moto que atraviesa la calle. En ocasiones una de sus manos busca a tientas algo que coger, puro hábito de dormir rodeado de almohadas, y le abraza por la cintura sin permiso ni perdón. ¿Qué el cuerpo de Hinata comprende todo esto como señales muy curiosas que levan anclas por el hemisferio sur? Bueno, es un precio bajo para pagar.

Por otra, si Kageyama se despierta y nota o ve cierta parte de su anatomía…

—Justicia divina, ¿eh? —susurra, admirando cómo la mejilla se hunde debajo de su dedo índice. Blanda, suave, mullida. Quién podría decirle que esos adjetivos encajan con Kageyama, bueno, con algo de él.

En un intento fallido de sacar una pierna, el otro chico se mueve contra él y enlaza sus piernas, deslizando su cuerpo hacia arriba. Cara con cara. Hechos un ocho.

—Hinata —murmura, los ojos cerrados y medio rostro hundido en el cojín del sofá–. Quita el mando de en medio, molesta.

Claro, el mando.

–Msí, sí, ya voy.

Pero no lo hace, hay una imposibilidad en su petición que se lo impide.

Mando. Quizá si le toca los botones adecuados también se enciende.

La noche anterior se habían zampado la sexta temporada de Juego de tronos enterita. De cabo a rabo. Discutiendo sobre que Arya debería buscar de una buena vez a su hermana Sansa y dejarse de venganzas estúpidas o que ojalá Danearys haya terminado con la población masculina porque la hija de las Islas del Hierro le pone ojitos y, francamente, sería un cambio de guion interesante.

La batalla de los Bastardos se llevó una oleada de vítores al son de ¡Bwah! ¿Has visto eso Kageyama? Puedo sentir la sangre en la cara y otros ¿Qué dices, bobo? Ya te gustaría a ti ser parte del ejército de Meñique. Después se enzarzaron en una profunda discusión: ¿Meñique o Jon Snow? Porque pese a que el primero tiene hilos zurcidos por todas partes el segundo es estrellita, sin quererlo logra cosas y si le pasa algo, lo reviven, y contra esa clase de eventos es difícil competir. Total, que al final no llegaron a ningún puerto y la modorra les venció por completo al mundo de los sueños.

Quedándose sopa en el sillón.

Se fije en sus mejillas, una aplastada contra la almohada. La otra inflándose entre inhalaciones y exhalaciones leves, pilla aire por la nariz y lo suelta en un suspiro por los labios. Algo húmedos y demasiado lejos, para la opinión de Hinata.

El plan de captar alguna pista que los situara meramente en el mismo capítulo había naufragado conforme transcurría la cena. Es decir, vale, Kageyama a veces se ablanda más con él que con el resto que le rodea; le pone ojitos y cede a sus monerías. Pero de eso a gustarle hay un trecho muuuuuuy grande. Con tantas "u" que no puede contarlas.

Deja que su mano camine por el rugoso cojín que han usado de almohada, escala su curvatura y tienta el límite entre una arruga y el flequillo de su amigo, pegado a su frente le tapa las cejas y parte del ojo izquierdo. Le gustaría tener el valor de alzar los dedos, apartárselo y hundirlos ahí. Peinarle solo porque puede. Sin pedir permiso. No obstante, su respiración el acaricia el dorso y todos los miedos se le acumulan en el pecho.

Lo más fácil, en realidad, sería confesarle que lleva queriendo comer huevos con arroz desde hace una eternidad, si "huevos con arroz" fuera él y "una eternidad" dos años. Seguro que así lo entendería.

—¿Tú también quieres huevos con arroz, Tontoyama?

Había alejado tanto la cadera del cuerpo de su amigo que percibe el abismo del sofá a sus espaldas.

Harto de esperar se tira hacia atrás. Total, es parqué y el golpe es mucho mejor que la ínfima posibilidad de que Kageyama tuviese un tercer encuentro con la zona sur.

—¿Hinata?

Ve una mano tantear el sofá desde el suelo.

—Qué.

—Vuelve arriba, patoso —gruñe, con la voz opacada.

—Mejor no. —Esto es casi como besar a alguien borracho, y sinceramente no le hace sentir nada cómodo—. Son casi las cuatro, Boboyama, y tengo hambre. Me voy a comer el trozo de pizza que no te comiste anoche, flojo.

Como si le acabara de pinchar un enjambre entero de abejas, con el aguijón más grande del universo, se levanta y lo mira dispuesto a morderle la yugular.

—Ni se te ocurra —mastica las palabras, con la lengua pegajosa después de dormir demasiadas horas seguidas—. Es mía.

A Hinata no le da tiempo de levantarse cuando su amigo lo evita con los pies y camina casi trotando hasta la cocina, medio sonámbulo y ajeno al extraño movimiento que hace su amigo para quedar boca abajo.

Vuelve arriba, patoso.

Se golpea el suelo la frente. Varias veces. Por qué. Cuál es la estúpida razón por la que una frase tan corta, en la cual hay un adjetivo peyorativo en su contra, el eriza desde la nuca hasta los pies. Qué sentido tiene.

—Tonto.

—¿Has dicho algo?

Se asoma por la puerta de la cocina con la boca llena y el pelo hecho un desastre.

Un bonito desastre.

—¡Que eres tonto! ¡Eso es lo que he dicho! —grita, sentándose con las piernas cruzadas cuando la presión del pantalón ya es mínima. Mirando con rabia al trozo mordido de pizza.

Kageyama sonríe con sueño, de esa forma tan espeluznante que sólo él es capaz de hacer, y se jacta volviendo a morder un trozo de esa masa fría y acartonada.

—Y no hay más.

Jódete, resume su mirada y su postura relajada, apoyado en el marco y mirándolo como un rey.

—¿De verdad que no queda nada? —murmura Hinata, en medio de un mohín.

La va usar. La Mirada.

Lo sabe, lo intuye, lo huele con sólo apreciar cómo Hinata se levanta tranquilamente del suelo y camina hacia él a pasos cortos, casi saltando.

Kageyama todavía no ha aprendido un contrahechizo. Le es imposible. Hinata desprende su poder y no hay quien le diga que no a nada.

–No, no queda nada —traga en seco, con medio cacho la mano.

Es tan inicuo que su cerebro desconecte automáticamente cuando abre sus ojos de pestañas kilométricas, adornando una mirada lastimera, o cuando la boca se tuerce en una carantoña chiquitita mientras le tiembla la barbilla y frunce el ceño. Descontento, triste.

Cordero degollado con cara de lobo a la luz de la luna.

Jodido mimado.

—¿Y no me vas a dar ni siquiera un poquitín? Mira, aún te queda. —La mano está peligrosamente cerca de la comida, de su mano y, por ende, de él. No obstante, Hinata parece haberlo hecho caer en un mar de miel, lleno de trozos derretidos de chocolate y sirope de caramelo; dulce, empalagoso, diabético. Podría quedarse ahí parado como un pasmarote una eternidad hasta que esos ojos se diluyan en agua o desaparezcan con el sol—. ¿Me dejas que coja un mordisquito? Será chiquitito.

Chi-qui-ti-to. La palabra sale de sus labios casi cerrados, haciendo una "o" minúscula.

—Mmmmhhhh —rezonga, sin percatarse de que una mano pequeña ha rodeado sus dedos y ahora dirige la pizza hacia su boca.

Kageyama lo ve todo a cámara lenta, con una nube de vapor creciéndole en el pecho. Es como en las películas para adultos que una vez le puso Tanaka en su casa, cuando estaban estudiando para los finales, y las connotaciones sexuales eran más que vigentes por cada segundo que pasaba de ese vídeo amateur guardado en una carpeta bajo el nombre de Ajedrez. En aquel entonces, la secuencia de imágenes le hizo sentir incómodo. Apático. Desconocía cómo ver a dos personas haciéndolo podía ser estimulante .

Sin embargo, con Hinata… Observa, apretando la mandíbula, cómo lleva la última porción hasta sus dientes. Le roba todo el cacho y parte de su boca toca las yemas de Kageyama, dejando un rastro húmedo que en cualquier otra ocasión le daría todo el asco. Pero, a diferencia del vídeo y de todas las normas prescritas en su cerebro, lo que le hace sentir Hinata por dentro lo atrae. Magnetismo puro. Se separa de él y una parte de Kageyama lo busca, espera que se quede cerca.

Lo ve chuparse los dedos, contento de su triunfo, limpiándose los resto de la harina con la lengua. Sin apartar los ojos de los suyos. Qué haces. Porque la verdad, del uno al diez, ¿cuánto de normal es lo que acaba de ocurrir entre dos amigos? A disgusto, las orejas se le calienta, de arriba abajo, le rodea el cuello y se le mete la rojez en la camiseta.

Yo es que lo mato.

—Ka… Kageyama. Ka-Ka-Kageyama, ¡no me pegues! —suplica, dando tres pasos hacia atrás y mirando en todas las direcciones.

—Qué.

Acorta un paso en su dirección y huye, como un cobarde. Empieza a hacer una muralla con los cojines.

—¡Estás poniendo esa cara! —Qué cara, de qué mierdas hablas. Aquí el único que pone caritas eres tú—. ¡Vas a matarme por quitarte el último trozo de pizza! No pensé que sería tan fácil engañarte, Ilusoyama.

Llega al sofá, donde Hinata ha hecho un fuerte entre la manta y las almohadas y lo mira sonriendo, tapándose la boca como un niño chico.

—¿Cómo me has llamado?

—I-LU-SO-YA-MA —canta, sacando un poco la cabeza para mirarlo mejor tras la muralla.

—¿Quieres que te mate aquí mismo? Créeme tengo mucha imaginación, puedo pensar múltiples formas de tortura, empezando por las cosquillas. —Coge un almohadón y lo tira—. Luego podría, quizás, hacerte comer brócoli hasta que te entren arcadas. —Cae otro cojín verde oliva al suelo—. Es más, podría ponerle mostaza, como te gusta tanto.

Sólo queda la manta algodonosa a rededor del chico, quien parece E.T. el extraterrestre, temblando ante la idea de comerse esa infame verdura.

—¡No me hagas comer eso, Kageyama! Te compraré algún dulce luego, ¿Sí?, ¿Sí? —ruega, llorando y haciendo su mejor puchero—. Sólo era una broma.

Broma mis cojones. Te voy a romper las costillas por burlarte de mí tan temprano.

—¿Me puedes explicar qué ha sido eso?

Desconoce si es una buena idea preguntar. Puede que no, pero lo tira como si fuera un globo lleno de agua, esperando que reviente contra el suelo.—¿El qué? —De todas las expresiones que Hinata podría haber adoptado una inocente es la que colma el vaso—. ¿Quitarte la pizza? Vamos, no quedaba nada. Solo ha sido algo así de pequeño. —Saca las manos de la manta y hace un gesto entre los dedos—. ¡Venga, no me pegues!

No debería ser tan blando, ni sentir que la molestia hecha nudo en su estómago se libera con total destreza ante la débil súplica de su amigo. El muy capullo le sonríe como diciendo Lo sé, ya te tengo ganado, no sigas por ahí y mira el móvil contestando algún mensaje de su tan larga lista de contactos.

—¡Ey! —Un cojín había rebotado justo en su cara—. ¿A qué viene eso?

No, a que vienes tú, capullo.

—Vístete, vamos al cine.

—¡¿Al cine?! —brinca Hinata, contento, dejando en el olvido el asunto de la almohada, de la pizza y cualquier otra idea extraña que pudo volar entre sus pensamientos—. ¿Qué vamos a ver?

Kageyama prefiere ignorar la segunda pregunta y gritarle Vístete de una puñetera vez mientras se mete en el baño. Necesita urgentemente darse una ducha, de agua que venga del polo Norte.


La idea de jugar al voleibol ronda sus cabezas un par de veces.

Ambos lo saben y también lo necesitan. Llevan más de un mes sin jugar juntos después de estar tres años quedando día sí y día también durante cuatro horas para practicar lanzamientos, remates, saques y bloqueos; no es natural en ellos estar desconectados por un tiempo tan largo y mucho más sin saber cómo se mueve el otro después de esas semanas de ausencia.

Los obsesivos del voleibol, la pareja rara.

Es extraño, porque ninguno lo comenta, pese a notarlo en el otro. Esa ansiedad cosquillosa que se les mete dentro de la piel, capa por capa, y que usualmente no desaparece hasta finalizar los partidos.

—Kageyama.

—Qué.

—Mañana, antes de que me vaya, ¿jugaremos? —comenta, mirándole de reojo entre la multitud de la calle.

A lo que él contesta golpeándole el hombro con el suyo:

—Tú que crees.

No hablan mucho más hasta llegar al centro comercial. Unas cinco calles por encima de su piso. Esta vez Hinata no tiene la valentía de tomarle de la mano sin volver a mentirle diciéndole que tiene frío —cuando lleva un abrigo largo—, pero sí caminan muy juntos, porque hay gente alrededor y ambos tienden a perderse con una facilidad pasmosa.

—¡Buah! Es enorme. ¡Qué genial! —abre los brazos, queriendo abarcar parte del local—. Me encanta —comenta, jugando de un lado a otro, mirando cada tienda que los rodea y deseando entrar a comprarse cada objeto brillante que encuentre. Como ese libro naranja con letras doradas de Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

—¿Qué tienes, dos años?

Kageyama lo agarra por el gorro de su gabardina en cuanto se da cuenta de que está mirando una tienda de chuches.

—Se llama juventud, Kageyama —le indica, sabiondo—, algo que tú perdiste al nacer.

—No culpes a los demás por tu síndrome de Peter Pan.

Las cejas naranjas se tocan entre sí, mientras infla las mejillas hasta que duelen.

—Déjame en paz —dice sin soltar el aire.

La boca de piñón.

Kageyama está dispuesto a continuar las burlas cuando una palmada lo deja seco de oxígeno.—Pero qué tenemos aquí —Yū, (porque definitivamente es él), lo agarra del cuello y le coge de los mofletes con una mano—, si es mi Cara de Culo favorito. —En una intentona por zafarse, Kageyama le propina un punta pie—. Oye, relajadito, eh. Tengamos la fiesta en paz. —Levanta sus alargadas manos con una expresión dubitativa y cuando comprueba que está a salvo se gira a Hinata—. Hola, señorito, he ido hablar mucho de ti. Aunque nuestro hombre habla poco, contigo hace una excepción, ¿sabes? Por cierto, soy Yū.

Yū es la persona más rubia que ha conocido jamás en su vida, después de Yachi y sin contar a Lev, que nació con el pelo cano. Incluso más. Alto como un poste de luz, se cierne sobre él y le da un abrazo amistoso. Por instinto se lo devuelve, algo intrigado por preguntarle sobre qué dice Kageyama sobre él cuando no está delante. Y por qué.

El susodicho se remueve en el sitio, estudiando el escaparate de una librería con repentino interés.

—Vaya, ahora viéndote de cerca —mueve la mano entre su cabeza llena de rastas y la anaranjada de Hinata, creando una regla de medida inexistente— ¿Cuánto mides? ¿Y eres bloqueador central? Interesante.

Hinata yergue los hombros, orgulloso.

—Puedo saltar —le informa, sacando pecho—. Mucho.

—Me gustaría verlo —le alienta sin ninguna malicia—. A ver si nos echamos un partidillo o algo. Yo soy libero. Supongo que Kags no se ha molestado en hablarte de mí, aunque soy muy presumible.

Kags.

El apodo se le ancla en el tímpano. Jamás se le había ocurrido abreviarlo, y de pronto no puede dejar de pensar en lo bien que suena.

—No le he hablado de ti porque no ha hecho falta nombrarte, pesado del monte —responde Kageyama haciendo a un lado a Hinata y golpeándole a Yū en la frente—. ¿Y Arata?

—Por ahí, arrastrando a Ushijima a mirar peluches. Al parecer le gustan —contesta con desanimo—. Yo quiero pillar algo de comida algo, tíos, me muero de hambre. ¿Mcdonald´s?

Por una parte ha dicho comida, lo cual siempre se alza en el número uno de sus prioridades, pero por otra ha nombrado a Ushijima recorriéndose pasillos para elegir un animal hecho de felpa y algodón.

—¿Has invitado a Ushijima?

Parece que la noticia también es nueva para Kageyama.

—¿Japón va a venir?

La idea suena alienígena. Cine y Ushijima Wakatoshi en la misma frase es como ir a tomarte na copa con un profesor de secundaria.

—Lo conoces del instituto, ¿no, Hinata? —Yū se cierne sobre él, reposa parte de su pecho en su espalda—. Un pelotazo suyo es imposible de olvidar —se ríe e imita un escalofrío como si notara el golpe por todo el cuerpo— Ojalá Kags fuera tan compacto como tú, tienes la altura perfecta para abrazarte y dormirse sobre ti en clase

Kageyama lo intuía. Presentía que Hinata cogería el nexo que él a construido con sus compañeros y lo rediseñaría a su gusto. Lo empastaría, continuándoles las bromas. Decoraría el paseo, adornando las anécdotas que Yū solo a escuchado en su versión más corta. Limaría asperezas y se dejaría querer, como solo los seres extrovertidos y con don de gente son capaces de lograr.

Los sigue a unos pasos de distancia, mientras ellos intercalan opiniones sobre el último vídeo de un youtuber, Kageyama esgrima en su interior con una sensación incómoda. No le pone nombre del todo, y sin embargo sabe cual es su foco de origen.

Es un quiero, pero no puedo. Un "no sé cómo hacerlo" macerado en Me da miedo.

Por un instante, Hinata tuerce el gesto, de perfil. La galaxia de pecas y lunares acurrucadas en su nariz se ha ido expandiendo hasta los pómulos a medida que crecía y ahora no hay puntos de piel en los que Kageyama no espere encontrarse un lunar canelo. Lo pilla infraganti. Observándolo. Cuelga de sus carrillos una sonrisa que sabe que es solo para él.

Se la dedica como los cantantes escriben canciones para una sola persona.

A veces lo envidia. Una cucharada de celos, nada más. Y eso le molesta. Le irrita sentir que en su interior habita un sentimiento tan viscoso y feo. En la mayoría de las ocasiones lo entierra sin dificultad, recordándose que está en su mano cambiar y no en el resto. Que requiere confiar más en si mismo y darse la oportunidad de que las cosas pasen, fallando si es necesario.

Pero le cuesta horrores. Ser abierto y pulir sus capacidades sociales, esas que Hinata desprende sin esforzarse, como si fuera una parte más de su anatomía. Kageyama lo compara con el voleibol: puedes querer alcanzar a cualquier jugador Pasito a pasito. Por tus propios métodos. Aprendiendo. Extrapolando el conocimiento a lo que realmente él puede hacer.

No hay atajos.

Con sus hándicaps es lo mismo.

—¡Kageyama! —Hinata tira de su manga, trayéndolo de vuelta—. ¡Mira, es Japón!

Efectivamente, ahí, frente a un largo y acristalado escaparate atestado de chucherías la sombra alta de Ushijima se cierne sobre los regalices de medio metro. A su lado, Arata y sus delgadas rastas tintadas de azul, enclaustrado en un armario ochentero, les saluda con la mano.

—Deberías cambiarte la camiseta —le recomienda Yū, postrándose sobre él con una expresión burlona una vez Hinata levanta el vuelo—. Ya sabes —le toca el dorso y sacude unos piscos invisibles—, con toda esta baba…

—Que te calles —se lo quita de encima, el calor arañándole el cuello—, un día te vas a llevar una paliza y posiblemente te la daré yo.

—No pasa nada, bobo —el muy capullo le sonríe, ladino, a sabiendas de que la conversación no ha hecho nada más que empezar—. Si quieres hablar del tema, estoy aquí para servirte. Un empujoncito por aquí —lo ejemplifica, dándole un codazo—. Algunos piropos por allá, seré tu compinche.

A Yū se le ve ilusionado, como si le hubiera caído un cupón para un buffet canjeable durante un año.

—Qué bonito —exclama con voz acongojada, soñador, abrazándolo de nuevo. Le restriega los carrillos—, "el ogro se enamoró de la princesa" —imita a Lord Farquaad—. ¿Qué les pasa a los de vuestra especie con los pelirrojos? ¿Va en vuestro ADN o…?

—En esta historia entonces tú quién eres… ¿Asno? —trata de enterrar la vergüenza bajo un par de capas de ironía.

—¿Tu fiel escudero? ¿El mejor consejero de amorrrr que podrás tener jamás? —le sopla al oído— ¿Quién te lleve hacia la cumbre del placer?

Madre mía. Un fogonazo de incomodidad le quema la nuca. Inmediatamente busca a los demás, por si están demasiado cerca.

Una cosa es que Yū lo haya pillado, va a repetirse hasta la saciedad pero puede soportarlo. Para lo que no está preparado es que su mejor amigos entere así que tiene sentimientos por él. Vamos, directamente no está en sus planes que eso ocurra.

Con alivio, divisa el grupo a unos diez metros de ellos. Capta de Arata un "saque cruzado" mientras Hinata flexiona el abrazo para luego arremeter contra el aire, como si pretendiera estampar la pelota contra el suelo, y Kageyama nota que se le descuelgan de los goznes un par de preocupaciones.

—Más bien me refería al alivio cómico.

Lejos de ofenderse, Yū se recoloca los tirante negro enganchados de la pretina del pantalón.

—¿Sabes qué? No me importa. —Detiene su minuciosa tarea y lo observa a través de una selva de pestañas casi traslúcidas—. Somos los favoritos del público.


En la sala de cine podrían caber dos casas como la suya, la de Miyagi, no la de Kyoto, y posiblemente el piso de Kageyama también.

Se trata de un cine pre-mium.

Las estiradas filas de sillones reclinables ataviados en cuero han sido separadas por pasillos de un metro, a diferencia del de su pueblo, en el que debes superar una serie de obstáculos para ir al baño o encontrar tu puesto. Levantamiento de pies. Camina por donde puedas. Si enciendes la luz del móvil pierdes. Ver una película en la gran pantalla puede ser toda una yincana. No obstante, ahí, en una habitación donde hay demasiado espacio por persona, cada sitio tiene su propia mesilla personal en la que desplegar las golosinas, la cartera y la bebida, casi le entran ganas de mudarse.

¿Lo limpiaran entre sesión y sesión?

Hinata está al corriente más o menos de lo que va la película, Kuroo la fue a ver dos semanas atrás y, al parecer, salió llorando como un bebé por lo bonita que era. Además, después de un par de bromas por parte de Iñaqui en las que la burla general era lo sentimental que podía llegar a ser su otro compañero de piso, le dejó añadir que tenía una animación que rozaba el realismo.

—Japón, ¿a ti te van esta clase de películas? —pregunta mientras sube y baja el reposabrazos.

—¿Qué clase?

—Románticas.

—Mmm… supongo que me da igual —asiente, sin mucho interés, observando a la pantalla ennegrecida.

Ushijima no parece haber cambiado nada en todos esos años. Habla poco, pero presta atención con suma dedicación.

Más fuerte y ancho que antes, si es posible.

Aunque no le guste, ha revisado alguna revista en la que sale él, fijándose en sus estadísticas. Nivelándose. El brazo de Japón es un mote que impone. Llamativo. Ilustrativo. Presiona el botón interno de su brazo y sube lentamente el cojín inferior para que le eleve las piernas, maravillado de poder acostarse en el cine. Sabe que está mal compararse. Que no le sirve de absolutamente nada; partiendo de que su cuerpo nunca podrá ser el de Ushijima. Se estudia sus piernas, que pese a estar ocultas bajo unos vaqueros rotos las conoce bien, sabe que ineludiblemente son más fuertes que las de alguien de su edad y estatura, membrudas tras colmarlas a un duro entrenamiento. Sin embargo, existe ese resquemor, en el doble fondo de su mente, recordándole que no son ni la mitad de grandes que las del chico que se sienta a su izquierda.

Basta, Shōyō. Zamarrea el pensamiento, esperando que la sensación de inferioridad languidezca si no le presta atención.

Al lado de Japón, Arata y Yū intercambian paquetes de Doritos, nubes de azúcar y botellines de refresco con sabor a sandía y limón. Le han caído bien, más que bien; se ven confiables y, aunque no quiere admitirlo, han desamarrado en Hinata una preocupación que llevaba al cuello desde principio de curso: que Kags estuviera demasiado solo.

Le resulta un poco triste no acompañarle todo lo que antes le permitía el instituto, pero le alegra aún más que haya sido capaz de romper un poquito el cascarón. Se atrae las piernas al pecho, apoya la sien en sus rodillas y lo observa, alejando la sensación incómoda que le ha dejado al medirse con alguien más que consigo mismo.

A medida que lo conocía, aprendió a disfrutarle en silencio, porque cuando cree que no está bajo el foco de nadie, desnudo y sencillo, Kageyama se permite ser más expresivo. Y es el secreto de Hinata, seguramente haya más personas que se han fijado ese detalle, pero le gusta pensar que el Kageyama de esos instantes es su alhaja personal. Algo que solo ocurre si lo mira él, como en los sueños que solo se materializa aquello que mira.

Está rebuscando algo en el móvil, con la mordedura de una sonrisa en los labios, que le tiembla por algún chiste interno, y es preciosa y pequeña y a Hinata le gustaría atraparla. El remolino de un mechón se le cae sobre el ojo, lo empuja con un resoplido para quitárselo, en vez de soltar su Iphone y peinarse.

La cotidianidad hecha hombre en un chico que acostumbra a mostrar la mitad de lo que es.

—¿Qué lees? —pregunta, sacándolo de su embrujo. Contra su hombro, Kageyama se endereza de nuevo y le enseña el móvil—. Ahh, el grupo.

—Tú lo leíste ayer, ¿no? Me resulta raro que Nishinoya se mosquee con Asahi-san.

Hinata le pide con un ademán su botella de zumo de uvas.

Ya —rasga la correa del tapón y bebe un poco—. Tampoco creo que les dure demasiado, es una tontería, solo dijo que Tanaka y Saeko se parecen.

—Sinceramente tampoco comprendo el problema de eso.

Hinata le da la razón con un "mmmhummm" super largo, señalándole la bolsa de papel en la que había guardado las chuches.

—El caso es que Noya adora a Tanaka —especifica con tres fresas de goma en la coba—. Ya lo sabes, y a Tanaka no le ha sentado bien el comentario.

—Pero… ¿por qué? —Kageyama coge dos botones negros de regaliz rojo, el ceño fruncido y la nariz alta—. ¿Le molesta tener la cara de su hermana o que su hermana tenga su cara? Que igualmente me sigue pareciendo un comentario... no sé —medita un poco, rastreando el azúcar que se le ha acumulado contra el paladar—, ¿básico? Qué más da una cosa u otra, lo importante es que te guste, ¿no?

—Vaya, Smartyama al rescate, ¿te ha dado tiempo a cavilar todo eso en medio segundo? — lo pica.

Algo revolotea en su expresión, frustración y otro cosa que no llega a captar entre sus facciones.

—No es eso. —Se talla los nudillos para luego desenvolver la frase—: es que eso de tener cara de chico o de chica suena fatal, porque eso supondría que hay solo un tipo de cuerpo para cada uno, ¿no? —Busca en sus ojos disconformidad, como si Hinata pudiera estar en desacuerdo—. Tú qué opinas.

Las luces comienzan a bajar de tono, poco a poco, hasta que la pantalla se enciende y la lona proyecta ráfagas inconstantes de anuncios sobre la nariz de su amigo. Jamás han hablado de temas parecidos. Ni siquiera han tenido la típica confesión a media noche, acurrucados tras un entrenamiento, en la que se dicen qué le gustan o qué no. Sin embargo, jamás ha dudado que estarían en la misma sintonía. Se echa un chicle de melón a la boca, inclinándose para susurrarle un "opino igual que tú". Quizás sea la cercanía, o ese espacio ínfimo que los separa en una habitación a oscuras; puede que sea simplemente porque es Kageyama, pero el aliento muere en sus labios y Hinata podría caerse sobre él y no arrepentirse.

Entonces se aleja.

—Una vez pensé, bueno —carraspea, Hinata juraría que tiene la mejillas rojas pero la falta de claridad le oculta la verdad— que tenías piernas de chica, en primero.

Se le ocurre una maldad, por el bien de la ciencia.

—¿Por qué? —su susurro lo tapa la canción de CocaCola.

—No te escucho —le avisa Kageyama y su única respuesta es un gesto con los dedos para que se incline de nuevo.

Quería evitar a toda costa a el contacto de su voz contra su oído, porque está en el cine y le provoca turbulencias en la Sección Prohibida.

—¿Por qué? —repite, los labios prácticamente sobre su lóbulo y él casi sale despedido de su sitio en un respingón.

Se le paraliza el sistema de respiración. No es más que un roce. Un aleteo. Y sin embargo es suficiente para dejarlo del revés. La sangre se le espesa y cae por su propio, se le acumulan las alarmas en el pecho.

No le puedo decir que comparaba sus piernas con las de las chicas porque hasta entonces creía que lo normal era eso, que te gustaran las chicas, y estaba tan poco enterado del tema que me engañaba cada vez que me fijaba en sus piernas.

El trailer de una película de terror da sus redobles para cerrar el telón con un fondo negro de letras rojas. Qué le puedo decir. Trata de reconectar con su cerebro. Desempolvar alguna idea. Mentirle.

Cualquier cosa menos hundirse un segundo más en su mirada a punto de caramelo o se desborda.

–I-ma-gi-na, dar una oreo, al lobo feroz seráelcuentoigual. —El sonido no sale de los altavoces, sino de la voz grave y ronca de Ushijima que canta, moviendo el pie derecho al ritmo de la canción—. Soplará y soplará, o de los cerditos colegas se hará. Imaginadarunaoreo.

La situación es tan rara y cómica que a Hinata se le escapa la risa floja, una carcajada limpia, en medio de un cine lleno a reventar.

—No sabía que te gustara tanto las oreos, Ushiwaka. —Arata lo mira con creciente admiración, pasándole unas galletas con crema doble de chocolate—. Toma, te las has ganado.

Acepta. Coge tres.


Llevan media hora de película, ni más ni menos. Lo sabe porque ha mirado el reloj de Yū un par de veces y porque tiene los números de un fluorescente verde y se podrían ver en Francia.

Treinta minutos en los cuales Hinata lo ha torturado pidiéndole que levante el posa brazos para que le deje más hueco; remolonea, recostándose sobre él y pidiéndole que acaricie el antebrazo, la franja de piel que en todo el mundo suele ser más clara y fina , (Venga, anda, sólo será un ratito), hecho una mueca adorable que ha perfeccionado dese que lo conoce.

Será capullo. Comodón.

Lo peor es que cede. Se derrite y le baila el agua.

En una de estas, cuando vuelve a buscar hueco entre sus piernas y el sillón, se le acerca, le hace señas como si quisiera contarle el mayor secreto del mundo y le habla en murmullos.

—¿Tú lo harías?

—¿El qué?

—Pues tocarte los pechos —obvia, señalando a la pantalla.

—No lo sé. ¿Supongo?

Hinata ha sacado el paquete de palomitas saladas, pesca un par de racimos, se chupa la sal de las yemas para luego maridarlo con unos ositos de goma.

—A mí me picaría la curiosidad. Creo. Aunque también lo haría si estuviera en el cuerpo de otro chico.

—Me da un poco igual tener uno que otro, pero supongo que sí, si hablamos de investigar ya es diferente.

—¿Y si fuéramos tú y yo? —la ocurrencia le enciende la mirada, como si fuera la idea del siglo. Mala, considera Kageyama, esa sonrisilla solo augura la peor de las premisas—. ¿También me investigarías?

No es más que una posibilidad inocente. Tres palabras. Un adverbio de modo. Un pronombre personal. Un verbo que denota probabilidad. El potencial de acción para algo que no existe. Imposible, Hinata atrapa entre los labios un ladrillo rojo, la capa de azúcar deja un rastro en su boca mientras lo estudia inquisitivamente, "imagínate que yo estoy dentro de tu cuerpo y tú en el mío. Yo te tocaría, a ver cómo se siente, ¿y tú?".

Los latidos se le juntan, tropezando uno detrás de otro para luego saltar a su piel en una oleada caliente y rojiza. Detiene los trazos automáticos que había estado dibujando desde su muñeca hasta la oquedad del codo de su amigo, y suelta el brazo como si quemara.

Oye —se atreve a quejarse, una sombra se le escurre por la nariz y tapa la mitad de sus lunares—. No me ignores, tú.

No me hagas esas preguntas, tú.

—Calla, déjate de bobadas. —Evita que sus ojos se encuentran, alcanzando su botella a medio vaciar de excusa. Pega el morro a la boquilla y da dos largos tragos de manzana—. Nos estamos perdiendo la película.

—Me la guardo para luego —chismorrea Hinata segundos antes de ensimismarse con la escena.

A caballo entre una amenaza y un recordatorio.

El halo de una galaxia estremece el cielo encima de los protagonistas y, después de meses deseando tocarse, se ven siendo ellos mismos. Por primera vez.


—Pues a mí me ha molado, visualmente es una pasada, ¿no? —simula que le tira la pelota a Arata, pero no, porque Yū ve algo en su expresión que le frunce la mirada—. Como te atrevas a protestar sobre algo te juro y te perjuro que te descalabro.

Le apunta con el dedo índice, delatador, deshaciendo el camino a lo largo de la alfombra cárdena y acolchada que guía al público entre las salas, el recibidor y las escaleras mecánicas, cuyo inicio y final no es más que el resto de las tiendas.

—Pero si no he dicho nada, pelmazo —Arata levanta las palmas en son de paz—. Soy algo quisquilloso, y puede —(Yū levanta una ceja erizada y rubia)—, puede que prefiera los finales cerrados. Soy un romántico de los clásicos. No puedes culparme por esperar al menos un besito —emula sonidos húmedos frunciendo la boca—, pero me ha encantado. Está bien hecha.

—Venga, ya —le pega en toda la espalda y, del impulso, Arata casi se tambalea subiéndose por la escalinata—, si hasta Ushi ha llorado un poco, que yo lo he visto y eso que le cuesta sonreír en las fotos del equipo.

Ni un paso a distancia de ellos, el afectado se cruza de brazos. Del codo izquierdo cuelga una bolsa con las golosinas restantes.

—No es como si tuviera algo de malo.

Bueeeeeeeno —alarga tanto la e que casi aterrizan en la primera planta—, no quería decir eso.

La fotografía le resulta un poco bizarra.

Si a Kageyama le hubieran propuesto, un año atrás, que acabaría compartiendo planes con el estoico capitán del Shiratorizawa, que además tendrían la confianza suficiente como para soltar una lágrima frente a él, probablemente habría soltado algún comentario hiriente al mensajero.

Mira de reojo a Hinata, él sí que había llorado a mares después del bombazo final. No había parado desde los últimos veinte minutos.

—Ey. —Sus costados se rozan, dejando que los demás los adelantes—. ¿Estás bien?

Le habla bajito, como los secretos que se cuentan los niños esperando pasar desapercibidos.

—Sí, sí —apremia, restregándose el contorno de los ojos. Fuerza la risa, algo rota y húmeda por las lágrimas que todavía le mojan las mejillas de fresa— No sé qué me ha pasado. Encima acaba bien, qué tontería. —Una nebulosa de sentimientos se le acumula alrededor de sus orbes, le aclaran a dentelladas el caramelo—. Pero fue ver el accidente y recordar la historia del hilo rojo y pensado, en fin, da igual.

En vez de levantar los nudillos y acariciarle el contorno de su rostro, Kageyama hace lo único que sería normal entre ellos.

—¿Qué pensabas?

En ti.

En nosotros y en lo que hubiera pasado si no nos hubiéramos conocido. En si algo o alguien nos hubiese juntado con el tiempo y hubiéramos aprendido a crecer por separado, pero no a vivir sin el otro. Me he puesto triste porque no soy capaz de imaginármelo, ni tampoco quiero obligarme a hacerlo porque me duele horrores recrear una vida en la que no existes. De repente me da miedo pensar en un universo donde no podré verte sonreír una vez más, aunque sea de esa forma tan extraña y original que tienes de hacerlo.

—Ey, si no quieres decírmelo está bien. —Un dedo, el meñique, roza con timidez el suyo—. Pero estoy aquí.

—Lo sé —sonríe, hecho terciopelo.

Por unos instantes, en los que el mundo parece no tener tiempo, y que las voces del centro comercial huyen en todas direcciones menos en la suya, sus manos se entrelazan. Mientras caminan y hablan a una distancia prudencial del trío alegre, comentan lo mucho que se parece el pueblo de la película a Miyagi y el hambre que le había dado esos dulces que la protagonista parecía zamparse de tres en tres.

Con catorce años, Kageyama le devastó las esperanzas. Y con quince fue su primer compañero. Le hizo falta rascar durante mucho tiempo esa coraza para descubrir que la gran mayoría de veces dirige mal las palabras y de su boca acaban pareciendo insultos. No obstante, una vez agrietas la superficie, se puede vislumbra algo muy distinto. Como una planta, que tarda en crecer y le hace falta mucho cuidado para que lo haga de forma sana, Kageyama ha ido puliendo sus asperezas con mucho cuidado.

El corazón de un niño dirigiendo el esqueleto de un adulto.


—¿Qué harán ahora, bros? —interroga Arata, tras despedir a Ushijima en los aparcamientos. Tiene un examen en dos días y no puede tomarse la libertad de estar toda la tarde vagueando como ellos, palabras textuales, vagueando—. Son sólo las ocho. He comido hasta reventar ahí dentro, pero podríamos, no sé, echarnos una partida al billar.

—Yo me apunto y estos dos —indica, aproximándose a ellos con un riso en la estampa—, también se vienen. ¡Haremos equipos! Yo me pido a Hinata.

Al final, juegan cinco partidas.

Terminan tres a dos, a favor del dúo de Hinata y Yū

—La próxima vez que vengas juega un partido con nosotros, pequeñajo. Estoy deseando pararte en acción.

Yuu le revuelve los rizos, mientras se despiden en un cruce gigantes de cuatro pasos de peatón.

—Eso, Kags, la próxima vez les avisamos a todos —se despide Arata— No te lo guardes para ti solito.

Y le guiña un ojo, metiéndose un chupachups entre los dientes.

Una patada dolía menos.

Dan tres pasos, luego otros cinco. Pasan por una gasolinera donde dos Toyota, un Prius y un Land Cruiser, parecen a punto de salir de una competición. No es hasta que tuercen la segunda esquina, y pasan por una tienda muy extraña, decorada con disfraces de Halloween e instrumentos de Tarot, que uno de los dos se traga el silencio.

—Aquí todos te dicen Kags.

—No es por libre elección, créeme.

La luna ha engordado hasta rozar las doce, enmudeciendo el titileo constante de unas estrellas que en Tokio parecen veladas por una capa densa y gris.

—Suena bien, parece más un nombre que un apellido, ¿te importaría si te llamara así? —inquiere, recolocándose los guantes negros que su madre le tejió el año pasado y que ya está empezando a deshilacharse alrededor del pulgar—. Kags.

Claro y varias octava más arriba que el resto de persona que le han tuteado así. Cristalino y tan dulce que le pone la piel de gallina. Del resto era un mote. De Hinata suena importante. Profundo. Como una flecha que se le ancla en el centro del pecho.

—Como quieras —no tiene fuerzas para negarse—. Me da igual.

Hinata está apunto de preguntarle algo más, cuando nota la piel de su cuello más roja de lo normal, justo ahí, donde ahora se rasca con las uñas bien cortadas y los dedos normalmente vendados y no puede evitarlo, la esperanza se le arremolina en el estómago. La primera pista en todo el fin de semana. Pequeña y casi imprevisible, pero que existe; si alarga la mano, la carne bajo sus yemas estaría caliente. Hay algo.

Hayalgohayalgo. Hay. Algo.


Ha vivido toda su adolescencia zampándose películas americanas, sembrando unas claras expectativas de lo que ocurriría al entrar en la universidad, (en las cual la aventura más light empieza una noche cualquiera al volver a casa y un grupo de compañeros se enganchan de su brazo y lo invitan a una poción misteriosa), así que no le cuesta creerse que, visitando la ciudad que nunca duerme, sea el coctel de dos gaseosas y un Monster Khaos escuchando de fondo cómo Rappel le echa las cartas del Tarot a una mujer francesa lo que le deje medio sopa en el sofá de su mejor amigo.

Entonces, no se hablan? ¿Nada de nada?

Kenma, no me dejes en visto otra vez.

Esto es serio.

Hinata aún teme que Kenma le esté ocultado algo verdaderamente malo, y se encierre como aquella vez que perdió al Mario Car y prácticamente no comió en dos días hasta pasárselo todo honores.

Kenma (02:15)

No tengo ganas de hablarle, sería discutir por discutir.

Arrastra la planta del pie por el asiento del sillón, notando la rugosidad del forro calentarse bajo el trazo. Han estado en ese tira y afloja desde que se mudaron, y Hinata no llega a captar el motivo real. Falta de comunicación, claramente.

Qué cenaste?

Kageyama se mueve frente a él, la espalda apoyada en el brazo redondo del sofá, leyendo un artículo sobre la Constitución de la Paz. Su boca articula el texto sin evocar las palabras en voz altas, forma las "o" pequeña y redonda y Hinata se queda anclado ahí, en el contorno de sus labios.

Kenma (02:16)

Cereales con leche.

Bueno, eso es mejor que nada.

Creo que me quedan barritas de chocolate negro en la despensa, llévatelas a clase.

Y si te da pereza cocinar. Dile a Iñaqui que te haga esa ensaladilla… rusa? tan buena que siempre le sale

Te comiste tres platos.

Sus dedos se contraen alrededor de la cordillera que forma el tobillo de Kageyama, sonriendo al notar cómo se tensa y vuelve a relajarse poco a poco. Es como atreverse a rascarle detrás de las orejas a un león, las orbes cerúleas rebasan el horizonte del libro, mordiendo el límite en una silenciosa advertencia a la que Hinata prefiere omitir.

Repite la jugada, esta vez subiendo su empeine por la curva de su talón.

Kageyama cierra el tomo de un mazazo, hastiado y algo sonrojado.

—¿Todavía no se te ha pasado el efecto de la taurina?

A modo de: ¿quieres quedarte quitecito?

—Hace rato —se encoge de hombros, irguiéndose un poco. Plegado como un papel—. Me ha entrado sueño, la verdad, a estas hora de la noche tú eres lo más entretenido que tengo a mano y ya es decir.

Lanza el anzuelo.

—Siento no ser un programa de televisión para menores de ocho años —pica y se ríe un poco de su propia broma. Los labios entreabiertos y los párpados bajos.

Preferiría que fuera menos guapo, dos o tres gramos menos.

—Porque tu contenido es tan simple que no alcanza el nivel de parvulario.

Y empieza el declive.

Primero se analizan, como dos gatos erizados minutos antes de una pelea callejera. El pecho de Kags se infla a través de la tela casi a la vez que la suya y en cuanto deja sobre la mesa el gurruño de leyes Hinata se tira sobre él antes de que sea demasiado tarde.

Había echado de menos esto. Ellos un poco primitivos. La pullita colgando de la punta de la lengua y la guerra de guerrillas quemándose entre cosquillas.

—Los costados es una zona infranqueable —jadea Hinata ante la intentona de su amigo de correr los dedos por sus costillas como si fuera un piano—. ¡Eres un tramposo!

—En el amor y en la guerra todo se vale, ¿no?

Hechos un ocho, la gravedad descuelga el flequillo de Kageyama, prácticamente encima suya. Si se elonga un poco, si estira un centímetro el cuello, tocaría su nariz y averiguaría a qué saben sus besos.

—¿Y esto que es? —decide preguntar Hinata, arrancándose de cuajo la imagen mental. Porque no es el momento. Un movimiento en falso y tres escenarios más de ellos tocándose lo pondría en una situación muy curiosa. Y no está preparado para hablar de ello—. ¿Amor o guerra?

Lo pilla desprevenido. Nota cómo se le congela la sangre de súbito. Le deja tiritando.

—Qu-qué —empieza a sudar—. No-no, no sé, qu-é.

Una sonrisa felina se retuerce en la máscara del chico. Se derrumba. Deja relucir sus propósitos medio segundo antes de rodearle las piernas a la altura de la cadera y tirarles al suelo. El golpe no duele pero los de abajo deben de haber notado el sonido hueco como si un elefante saltar sobre su techo.

Sentado sobre su estómago, Hinata levanta el puño invicto.

—Eres tan simple, Tontoyama. No sabía que pudiera ponerte tan nervioso.

A tiempos desesperados medidas desesperadas.

Kageyama le agarra los muslos, para que no se caiga y se sienta dejándolo ahorcajadas sobre él. Puede que no sea su mejor jugada porque ahora la brecha entre los dos es prácticamente inexistente y no tiene hueco donde esconder sus sentimientos. Probablemente haya sido el movimiento más tonto, pero Hinata jadea, sorprendido y borra la diversión de su cara de un plumazo, sustituyéndola de otra cosa.

Un amasijo de sorpresa y miedo y algo mucho más líquido que le enrojece las mejillas.

—Ahora quién se ha puesto nervioso, eh.

Para toda respuesta le suela una risilla, empujándole el hombro. Flojo y blando.

—Tú cara es peor que la mía.

Puede ser. Pero ha valido la pena.

Acaban en una ataque de risa muy tonto. Sin saber muy bien que decir o hacer, se levantan entre los dos y si Hinata le mira los labios, Kageyama finge no percibirlo.


Quince minutos después, rozando las tres de la madrugada. Hinata ha reorganizado la maleta, colocando sobre la gaveta amaderada del baño la ropa que se va a poner y dejando hueco para el pijama, y Kageyama ha acabado su ritual dental. Cepillo, hilo y enjuague bucal.

—Kageyama.

Hay una pregunta que le ha estado rondando desde siempre, pero ahora le arde bajo los músculos. Como si quisiera salir. Está tan sedado por el sueño que ni siquiera se plantea lo que supone.

Aunque alguien debería pararme.

—Qué —medio contesta, ahuecando las almohadas de su larga cama—. ¿Hinata?

Antes de retenerla, la granada cae por su propio peso. Sin hebilla. Aparece el vértigo y el dolor de estómago. Huele la pólvora en el ambiente.

¿Sería muy raro que te diera un beso?


¿Una review por este cliffhanger?

Si te apetece hablar de Chicle, Haikyuu o en realidad, cualquier cosa, agrégame a Facebook (M Jane Smith), estaré encantada de aceptarte y compartir impresiones ;3;


Reviews molonchis:

Rockie Liz: me alegro de estar dejándote con ganas de más y que esperes mis actualizaciones, fuiste mi primer comentario y siempre estarás en mi corazón de hojalata. Espero no haberte decepcionado mucho en este capítulo. Muchísimas gracias por comentar, por leer, eres un sol.

Mo Brown: a ti ya te contesté, pero como dije copiaré mi contestación como lo propio. Sabes que ya te adoro 3 ¡Hola Mo Brown! Con migrañas pero saliendo de ellas /o/ ¿Tú qué tal? Muchisisisisimas gracias por este pedazo de comentario, y dedicarle su tiempo a escribirlo ^—^ Directamente te hablé por aquí, aunque también subiré la contestación en el siguiente capítulo (es una manía). Primero, a lo primero, sí, conozco Confeti Rosa y he conocido a Janet Cab en persona, somos de la misma isla. Ciertamente si se parece, porque gracias a ella entendí que una historia cotidiana puede ser increíblemente interesante y, también, fue que me decidí a cambiar un poco mi forma de escribir, bueno no del todo, sino a atreverme y soltar un par de tacos, hablar de cosas más europeas, tirar del humor sarcástico (tengo dos historias más—en otra plataforma— y si alguna vez tienes la oportunidad de echarles un vistazo comprobarás que todo es mucho más neutral, tirando al drama y aquí quiero conseguir justo lo contrario) así que es natural que te recuerden un poco, no obstante no quiero dar a entender que voy a copiarla ni mucho menos, admiro demasiado cómo escribe como para ensuciar así su trabajo. Digamos que ella ahora mismo es la escritora que a mi me gustaría ser (con mis particularidades claro). Aunque es un Kagehina también será un HinaKage, cuando entré en este mundillo (hace relativamente poco, desde enero) no entendía que eso era por las posiciones seme/uke, así que espero que te lleves algunas sorpresas por esa parte.
Mi idea principal es mostrar lo que pasa cuando vas creciendo y te equivocas y te enamoras, cuán importantes son los amigos, que fácil es no ver lo que le pasa al otro por la cabeza. Es decir, lo que te puede pasar a ti o a mi, es más muchas de las anécdotas son plagio de mi vida real, de momentos que me pasan con mis compañeros de piso, o de amigos que están un poco locos; siempre tratando, por supuesto, que no se salgan demasiado de los personajes que son.
Me he extendido como una persiana, madre mía willy, perdón por el textaco pero eres tan simpática/o (no quiero caer en el error) y me has cebado a dulces en tu comentario que te mereces el triple sólo por ello :3 Me encantaría seguir en contacto, por supuesto, y me encantaría volver a leerte entre los comentarios de Chicle de Naranja o privado, como quieras. En facebook soy MJane Smith, aunque en mi portada pone CallmeJane, así que si quieres agregarme estaré atenta a ver si te veo entre las solicitudes 3 Un besazo enorme desde las islas Canarias que espero que te lleguen allí donde estés, hasta pronto O.O :3

Guest: no sé quién serás, pero mil gracias por comentar, tampoco sé por qué ya no me aparece tu comentario, en el caso de que lo borraras o sea un error del sistema, por favor, no seas tímido/a, me encanta leer lo que piensan. El Daisuga es vida, amor, paz y familia, y habrá cosillas de ellos dos con el tiempo créeme ^_^ Espero que el capítulo te haya gustado, gracias también por leer.