NOTA DE AUTORA: vaya, me suena raro poner eso, pero tenía que ponerlo y tampoco ha estado tan mal. Explico lo siguiente de forma muy breve, desde el no de junio hasta principios de julio tendré varios exámenes -unos seis en realidad- por lo que posiblemente no pueda tener una constancia vigente para subir los capítulos cada semana hasta que termine, sé que lo dije en el capítulo anterior, pero ahora lo confirmo, habrá más letargo entre las fechas hasta que termine, para que no se extrañen o huyan, ni piensen que he abandonado la historia, es sólo que la universidad me abduce como los extraterrestres a Oikawa.
Ahora sí, les dejo leer, espero que les guste y poder leer lo que opinan en los comentarios.
Por favor, aquellos solecitos que me comentaron en el capítulo anterior y que tienen user, les he contestado por privado, no sé si la cosa ha ido bien, así que me encantaría que me lo dijeran 3
Le duele la cabeza. Una tormenta de rayos y truenos que escarnecen las orejas y taponantaponanan el conducto vestibular del oído hasta dejarlo sordo. Preferiría estar debajo de una cascada, sintiendo el agua férrea mojándole el pelo, enfriándole las neuronas o la falta de ella puesto que tiene la terrible idea de que el alcohol barato de la noche anterior ha terminado por dejarlo tonto. O más de lo que ya es usualmente.
Resaca, tiene resaca.
El traqueteo del tren al coger una curva no ayuda nada, lleva todo el viaje yendo y viniendo del baño. Para vomitar, claro, aunque por último sólo es bilis, ilusiones y esperanzas. Debería ser de los borrachos que al levantarse no se acuerdan ni de la mitad de sus aventuras, podría haber sido protagonista de Resacón en las vegas y construir un edificio con forma de hada, ver una batalla epiquísima de orugas, salvar a una señora mayor de los precios altos y considerablemente estafadores de un veinticuatro horas que vende de todo pero que, posiblemente, sólo sea una estratagema para vender armas, o cocaína, o polvos flú*. Y despertarse en medio del Sahara con un camello lamiéndole el pelo. Sería mucho mejor que tener el estómago del revés, segregando odio y líquido pre-Te estás muriendo, y tener ganas de arrancarse el cráneo con tal de liberar un poco la presión constante que podría destruir camiones en un abrir y cerrar de ojos.
Él no es religioso, pero, Llévame ya, Dios, por favor.
—Lo mejor es seguir bebiendo, yo me he puesto un poco de ron en el café, para paliar las ganas que tengo de reventarme contra el suelo. Verás cómo se te pasa. —Aseveró Iñaqui esa mañana, tirado en el sofá, con la misma ropa de ayer, después de tirarle las llaves con los ojos cerrados en dirección contraria a la suya.
Claro que sí, mañana vuelvo a beber. Corriendo.
Agradecía a su madre por haberle llamado el día anterior recordándole unas tres mil veces que dejara hecha la maleta, ya que "Eres muy despistado, hijo, recuerda traerte los apuntes". Y, como siempre, había acabado haciéndole caso; porque otra cosa no, pero Hinata era un hijo ejemplar, de los que, si tienen que ir al supermercado cinco veces seguidas porque a alguien se le olvidó apuntar un cepillo de dientes extra en la lista, lo hace; si a su hermana pierde el material de trabajo para la escuela él se lo presta; si su padre necesita una ayudita en el garaje, él le da cinco, o seis manos si hace falta.
Aun así, todo pasa a un segundo plano cuando, con toda claridad, una sierra hurga en su cabeza y remueve el material gris como si fuera un coctel molotov. Y, para más inri, las pocas horas que había dormido habían sido enteramente recordando el penoso evento de fin de curso. Funesto, con mayúsculas, subrayado en rosa fosforito, gritado a voces, sentenciado por el juez más duro en la historia de América (allí se toman la justicia de forma más dramática y a Hinata le gustaba demasiado Ley y Orden como para no pensar en sus casos al hablar de código penal, leyes y decretos).
Pierdo demasiado tiempo en internet.
No fue del todo su culpa, deberían haberlo visto venir, por lo menos Ukai, que para eso era el entrenador, o quizás el profesor Takeda, siempre tan atento. No, nadie, absolutamente nadie, tuvo la dignidad de recordar lo mal que lo suele pasar Hinata cuando se espera demasiado de él -en aquel momento capitán y alumno de último año-, y sobre todo si se le exige hacer un discursito medianamente emotivo para el equipo delante de todos los padres y sonriendo de oreja a oreja.
Nervios de cristal. El mote del año.
De todas formas, logró autoconvencerse de que podía, de que llevaba ya una época sin que las manos se volvieran sudor frío en los partidos, por lo que dar una charlita amena era pan comido. Habían ganado las nacionales, por tercera vez y última, y, en vista de que tenía que estar a la altura, había hecho La lista, en aquel instante guardada en su traje negro y alquilado, donde ponía los pasos a seguir una vez dentro del recinto.
Visualizarme en medio de la sala, con un micrófono. Medir la distancia entre el centro y la salida de emergencia o el baño, solo por si las moscas. Refrescarme la nunca y, quizás, sacar las malas ideas por el desagüe limpio y caro. Salir y contar un par de anécdotas divertidas. Todo clarísimo, cristalino, el agua más pura del mundo.
PERO, pero. Olvidó lo más importante, el factor no-sorpresa que le haría tener ansias por quedarse en el baño hasta que la luna se fuera a dormir y el sol saliera por el horizonte. Kageyama Tobio en smoking. Kageyama Tobio en smoking. Rematadamente atractivo, endemoniadamente arrollador.
Joder. Joder. Está guapísimo. Guapo a rabiar.
Caminaba hacia él como quien no tiene ni la más mínima idea que los astros se han apuesto sonrojados por el modo en el que anda por el mundo, sacando suspiros y deshaciendo tensiones; Y le miraba, a él, quien llevaba un traje normalito, que tendría que devolver en dos días porque no podía pagarse uno de talla media, y mucho menos a medida. Con el pelo peinado hacia atrás, la corbata ajustada al cuello marcándole el mentón, la nuez, la tracción muscular. Todo hombros y pecho. Hinata consideró seriamente mandar la lista a España en correo exprés, sin traducir, para que los españoles entendieran que con él así no iba a poder ni pronunciar un tercio de palabra.
Para qué, con solo verle es más que suficiente. No quiero nada más.
Tres años conteniéndose para querer tirar por la borda el catering, las mesas, los invitados y los regalos de despedidas con tal de poder besarle a gusto y decirle lo ilícito que estaba en ese momento.
—¿Estás bien? Te veo demasiado pálido. —Había dicho, mientras comían entrecot, arroz con salsa especiada y setas silvestres. Con el tic-toc del reloj metido en la coronilla y el sudor helando la espalda. —Apenas has comido. Si no te gusta pide otra cosa, zoquete.
¿Es una proposición, Kageyama? Valevale, te pido a ti.
La mezcla peligrosa entre su excitación momentánea y la insipiente partida hacia el purgatorio era similar al sabor de la pasta quemada. La quiere porque tiene hambre, pero el sabor a cartón deshecho en la boca provoca nauseas desde la epiglotis. —Voy al baño.
Hinata, con una gorra protegiéndole de los rayos del sol y con el abrigo vaquero usando como manta, rememora sorprendido lo real que había sido el sueño mientras caminaba como un pato a través de la sala, buscando la entrada hasta los servicios.
Tiene que reconocer que el baño de las chicas huele bastante mejor.
Quizás fue la cara de medio muerto que llevaba esa noche, o la poca destreza que tuvo al intentar evitar a un camarero, o que en realidad sí que se había fijado un poquitín en él y lo conocía algo más que el resto del equipo; ya que cuando hundió la cara en el retrete y liberó lo que no había comido en lo que llevaban de evento, una mano le enfrío la frente como la mejor de las pomadas y otra apaciguó la tensión del cuello, con pequeñas caricias a la altura de la nuca.
Guapo y atento, ¿acaso hoy es mi último día?
—Mira que lo sabía, Hinata-idiota, ¿por qué no me lo dijiste? —Comenzó, la segunda vez que el pelirrojo cogía aire. Las rodillas sobre el suelo frío, la chaqueta arrugada en los codos. —Despreocúpate, capitán. Lo haré yo.
Capitán. No lo llama así nunca, ni cuando Tsukishima lo tose entre burlas o Yamaguchi le da credibilidad ante los de primero. No, el muy cabronazo tenía que nombrarle así hoy, con todas las de la ley, cuando acaba de potar el mundo entero por no dar un discursito.
No supo si besarlo o esperar a otro momento cuando la boca le supiese a dentífrico de menta. Había muchos factores positivos de tenerlo como vice capitán.
—No queremos que vomites encima de nuestros padres, ¿no? —Dijo, lavándose las manos.
—Cállate, Kageyama.
Shouyou tuvo muchos motivos por los que estar sonrojado el resto de la noche. La escena del baño, las ideas poco racionales que emergían de vez en cuando al observar a Tobio moverse y lo que conllevaba tener un cuerpo demasiado atlético que marcaba y desmarcaba las expectativas de cualquiera vistiendo un traje; disculparse con el equipo por no dar la perorata. Y, claro está, las palabras de su mejor amigo. Cuando se ofreció a sustituir su puesto de mártir pensó que haría la usual conversación amanerada y unidireccional agradeciendo todos esos años de convivencia honorífica, saludando a los familiares que habían contribuido en todo el camino.
Era lo típico, lo que querían escuchar y lo que su lista dibujaba al final del papel blanco.
—Debería decir muchas cosas que seguramente nuestro capitán hubiera dicho con una sonrisa si no se sintiera indispuesto. —Empezó, sin carraspeos nerviosos, ni dientes blancos. Fijando la vista en él. —Posiblemente les habría agradecido sobre ese apoyo ilimitado tan especial que tienen los padres y los hermanos para con nosotros, de la fidelidad tan primara que nos hemos tenido a pesar de que a la mayoría los conocimos este año, y las ganas paupérrimas que hay de despedirnos después de tres años ganando un título que ahora cedemos a los más jóvenes con toda la responsabilidad del mundo sobre sus hombros para aguantar ese lema que reza la pancarta doblada en el trastero del gimnasio. —Altanero, confiado, labios ladinos. —Todas esas cosas que Hinata Shouyou, vuestro capitán, se ha sacado viendo las películas de High School Musical y que en realidad solo nos representa la mitad del tiempo gastado en esta etapa tan caótica y desbordante. —Hinata recuerda el momento exacto en el que el flequillo cae más hacia un lado que hacia atrás y cómo la mano deshace la tensión del nudo en la garganta, mientras desabrocha el primer botón negro de la camisa.
Me da igual que se esté burlando de mí, quiero ver esto todo los días del año. Y que me mire así cada segundo de su vida.
—Cuando nos conocimos, Hinata pensó que me llamaban Rey por ser el mejor jugando a voleibol. Se equivocó, porque es más tonto que un alcornoque. —Risas flojas, carraspeos de fondo. —Era egoísta, exigente, intolerante. Podía lanzar, colocar, recibir yo solo si me lo proponía. Sabía que solo conseguiría mejores resultados que con alguien incompetente a mi lado. Nuestro capitán fue el incompetente que no sabía recibir bien, ni hacer saques adecuados, que me enseñó lo que era un equipo, fue quien luchó con garras y diente para tirar todos y cada uno de los muros que me rodeaban para llevarme con el resto del equipo. Uno de verdad, con sus pérdidas y sus descoordinaciones. —De fondo se oyó "Oye, capitán, eso no nos lo habías contado". —Un equipo sin entrenador, ni As, ni libero que acabó por formarse tarde. —Hinata se sintió pequeño aquella vez, como pulgarcito rodeado de un mundo para gigantes, ante ojos que cuentan secretos y recuerdos desgajados. —Que nos llevó a perder, a reconstruirnos y a volverme hacer cambiar, porque ese cabezota de ahí. —Apuntó, sin vergüenza, el muy cabrón. Como si no tuviera ya suficiente. — Quiso abrir los ojos en nuestros saques rápidos, quería ver el otro lado.
Con retintín, burlesco.
—Estuvimos días sin hablarnos, él aprendiendo cosas con otras personas y yo devanándome los sesos por saber los motivos exactos por los que debía cambiar mi forma de jugar, y todo por un inútil sin experiencia en el juego. —Hinata recuerda ahora algo perdido en sus memorias. Una sonrisa suave y luminiscente que en aquella sala llena de personas lo hizo sentir cálido y arropado. —Solemos competir constantemente, pero debo reconocer que en las cosas importantes él siempre me gana, sino ¿por qué sería yo el segundo capitán?
—Pues porque das miedo, majestad. —Trilló Tsukishima, a un lado de la mesa, riéndose de los dos. Comodísimo en su asiento, pies estirados y espalda reclinada. —Acabarías haciendo que los de primero se fueran nada más entrar por la puerta.
—Aún no te he visto huir a ti y tienes menos aguante que ellos. —Recibe Kageyama, sin despejar un segundo la mirada de la suya. —Esto es una burda forma de decirles que, sean quienes sean, no sois nada estando solos. Recibir ayuda no es de débiles, aprender a pedir perdón no es de idiotas. Y que, como yo, espero que acaben encontrando su hogar.
Espera, qué.
El tren para y Hinata no manda el mensaje que prometió a su madre, caminando por los huecos que la gente deja. Mochila llena a sus espaldas, cabeza hecha amasijo de memorias pintadas con acuarelas, desdibujadas por el tiempo y la lluvia. La sangre enfría el cuerpo y deteriora el dolor de cabeza. No hay náuseas ni remolinos en la boca del estómago mientras sus pies pisan el asfalto oscuro de Miyagi. Solo piensa. Piensa que varios meses atrás Kageyama, en medio de todas las personas que le importan, fue el primero en insinuar algo, en llamarle hogar, y él no se había dado ni cuenta.
El viernes debía ser su día de descanso, de esos en los que sólo tiene que tirarte en el sofá, comer una ensalada con mucho pollo adobado, hecho a fuego lento y sin pizca de grasa. Era la idea que tuvo la noche anterior antes de irse a dormir, después de limpiar el piso, recoger las cosas que se llevaría para dos días insípidos; antes de que un Hinata borracho lo llamara gritando y balbuceando historias con purpurina pegada a la piel, dejándolo en vilo hasta las cinco de la mañana. Precisamente porque era el día de no hacer jodidamente nada, se olvidó de la redacción de cinco páginas a mano sobre El Derecho Arcaico y su forma tan taxativa de realizar los acuerdos, el profesor había remarcado "De puño y letra o sino irá a la basura".
Sisisi, como es tan cómodo. Hijodeputa.
Entre la media hora que tardó en copiar un trabajito medianamente aceptable que un compañero de clase le había dado a Arata el año pasado -él está en segundo de carrera- y lo que atendió en clase, pudo sacar algo aceptable, más o menos. Encima, el entrenamiento se alargó como una persiana debido al mal comportamiento que habían tenido unos cuantos de primero, no Kageyama, claro, él estaba demasiado centrado en comprender como Yuu llega de punta a punta sin apenas moverse de su sitio o la fuerza descomunal que tenía últimamente el capitán, Akio, al mandar la pelota sin mucho esfuerzo desde la parte trasera. La incipiente idea del comienzo de las nacionales estaba enfebreciendo los motores del equipo y a él también.
Quería dar el mil por mil, estaba deseando probarse un poco en La Ligas de Mayores.
El trayecto tardío desde Tokyo hasta Miyagi se le hace eterno mientras escucha todas las anécdotas de sus padres que se ha perdido estando fuera sólo un par de meses -un mes y medio en realidad-. Su madre exagera, chocando la mano contra el volante de cuero negro, sobre cómo su marido se ha dedicado a llevarla al golf en vez de hacer caminatas nocturnas a la luz de la luna.
Por favor mamá, no quiero escuchar sobre ello.
Que le gustan más, dice. Kageyama está a tres chasquidos de decirle que lleva escuchándole hablar sobre ello cada una de las semanas cuando llama preocupadísima por no recibir un mensaje raro que ni es llamada ni es SMS -porque no entiende que el WhatsApp tiene nombre y dueño- y acaba contándole todo el día con pelos y señales.
Ha perdido horas de vida, lo siente en las canas nacientes e invisibles de su alma, oyéndole quejarse sobre los vecinos, "Es que hacen mucho ruido los viernes, Tobi, vas conmigo hoy cuando estés en casa", pero como es su madre y una parte de él -muy, muy, en el fondo- la quiere, ha decidido entretenerse por primera vez en su vida con el móvil.
-¡Mañana nos vemos, chicos! ¿Han avisado a Yachi-chan y Shimizu? [Nishinoya] [22:35]
-Shimizu está en Francia estudiando, idiota, ¿Cuántas veces tendré que decírtelo? Me partes el corazón al tener que recordarlo [Tanaka] [22:35]
-Tengo entendido que Yachi tuvo que quedarse en la uni. [Yamaguchi] [22:36]
-¡Oye, tío, el insulto te lo metes por el culo! [Nishinoya] [22:36]
-Esto de no tener mánager, ni ir a la universidad, ni conocer chicas guapas me está matando. [Tanaka] [22:356]
-¡En el equipo de Daichi y Suga está Kaome, yo la conocí! Sólo diré: PRE-CI-O-SA. [Nishinoya] [22:36]
-Ni que no hubiesen chicas en todos partes. [Tsukkishima] [22:36]
Abre la ventanilla del coche, más aburrido que una ostra. Esa mañana no tuvo fotografía, ni buenos días, ni vídeos que le secaban la boca por la tarde, nada de nada. No es que se lo fuera a echar en cara, para qué, tampoco es que fuese exactamente una rutina -aunque lo era- ni mucho menos fuese imprescindible -posiblemente le daban aliento de cada día-, pero le fastidiaba pensar que toda esa ausencia de contacto era por la conversación de ayer.
-TIO, TIO, TIO, mira este cosplay de Yato*. Pienso comprármelo. [Yuu] [22:37]
-[Link] [Yuu] [22:37]
Yuu lleva parte de la tarde abordándole con unas promociones extrañas y sumamente baratas en Ebay, él no piensa comprar ni un lápiz, tiene toda la pinta que en cuanto le diera a Enviar acabaría sin dinero en su cuenta.
-¿Mañana a las ocho entonces? [Sugawara] [22:45]
-Mejor a las y media. [Daichi-capitán] [22:45]
-¿Vuelven a hablarse por aquí? NOYA, TE DIJE QUE ESTÁN PELEADOS. [Tanaka] [22:45]
-La OTP, tío, la OTP. [Nishinoya] [22:45]
-Chicos… Cada uno está en su casa ahora, no monten un escándalo. [Daichi-capitán] [22:45]
-Es verdad. [Tanaka] [22:46]
-¿Piensan llevar yukata? Yo no tengo, pero quizás pueda pedir uno a alguien. ¡No me hagan hacer el ridículo! [Tanaka] [22:50]
-Yo tampoco, vayamos con la camiseta hawaiana que nos regaló tu hermana el año pasado. [Nishinoya] [22:50]
-Hará un frío de tres pares de narices. [Tanaka] [22:50]
-Yo paso, suficiente hago con ir. [Tsukkishima] [22:55]
-Tsukki. [Yamaguchi] [22:55]
-Yo llevaré, es la tradición. [Ennoshita-san] [23:01]
-Y yo, está algo desfasado, pero es cómodo. [Sugawara] [23:01]
-¿Ponerte una camiseta con estilo japonés no cuenta? No, seguro que no. [Asashi] [23:05]
Kageyama está apunto de contestarle que prefiere vestirse con los tacones de su madre a llevar esa ropa con el frío que está haciendo para sólo estar a finales de octubre, cuando Hinata le habla. Un mensaje, luego otros dos más, el móvil tintinea en su mano.
Bien, vale, tranquilo.
Obviamente él sabe que está conectado, porque su cerebro acaba de volverse un libro escrito por disléxicos y las palabras tropiezan entre sí dejándole sin la capacidad de salir de la aplicación a tiempo. Ha visto un Lo siento en la ventana emergente y el corazón parece haber sido exprimido como las naranjas por las mañanas, ácidas y llenas de vitamina C. Teme terriblemente que esa disculpa se refiera a las declaraciones que lo gente de calle dice ser verdadera en boca de un borracho o un niño, pero que los adultos y los sobrios desmienten como posesos al ser descubierto. El miedo enfría la punta de los dedos mientras escucha a su madre tararear Bon Jovi de fondo; no sabe si abrir o no la conversación y echarle huevos al asunto después de estar todo el día evitando mirar el móvil, pero colocando con prisas y sin respiración la contraseña, sólo por si acaso el aparatejo ha decidido no funcionar y las notificaciones se han trabado en el proceso.
Venga, ni que fuera el puñetero fin del mundo.
Quién sabe, quizás sí, quizás sea el punto y final a todas las esperanzas que se alojan en su pecho y que han comenzado a tejer jerséis a juego.
-Lo siento, Tonto-yama, aquí tienes la foto. Que sé que la has echado en falta. [Hinata]
-[Imagen] [23:05]
-O a mí. Tú dirás. [Hinata] [23:05]
Cabrón.
La foto es la cosa más bonita que Kageyama ha visto en todo el día. Dos cabezas anaranjadas, cuatro mejillas pintadas de chocolate, posiblemente con Nutella -porque sabe que le encanta y su hermana es adicta a las avellanas-, dos bocas llenas de dientes blancos y achocolatadas. Miradas color almendra, dulces, que quitan peso a la vida y hacen flotar donde la gravedad empuja hacia el suelo y no hacia el cielo.
Tú dirás, dice. Te he echado de menos a ti, idiota. Lo peor es que lo sabes y te estás haciendo a la idea que me tienes comiendo de la mano, pero no me jodas, Hinata, no-me-jodas.
Tiene que toser unas cinco veces para salvar esa risita floja que su cuerpo ha decidido liberar con fuerzas y sin consentimiento mientras lee los mensajes y la sangre se convierte en golosina caliente, explosiva, espesa. Porque está feliz, y su madre le echa miradas que ni el bicho más raro del universo, E.T, o un payaso de feria ha recibido en su vida. Mira por la ventana la noche oscura y el bosquejo verde y perenne de fondo, con olor a fresco, húmedo y a casa, para que no le vea el color en las mejillas ni el calor tan curioso que ha terminado por dominarle la piel.
-No voy a beber más en mi vida, llevo todo el día con dolor de cabeza. Y VOMITOS, sabes cómo odio vomitar. [Hinata] [23:05]
-Y no me vengas con esas de que "A nadie le gusta vomitar". Mimimi, a mi AUN MENOS QUE AL RESTO DEL UNIVERSO. Los extraterrestres se regocijan en su propio vómito en comparación conmigo. [Hinata] [23:05]
-¿Mañana comes en casa? Natsu quiere verte, está de pesadita con que su hermanito Tobio lleva desaparecido una temporada. A MI LLEVA SIN VERME LO MISMO Y SÓLO ME HA DADO UN ABRAZO. [Hinata] [23:06]
-Te odio. [Hinata] [23:06]
-Mi madre hará pizza, al parecer últimamente le ha dado por la comida occidental y la semana pasada hizo tacos. Yo no me quejo, mientras sea casero. [Hinata] [23:06]
-¿Piensas dejarme hablando sólo todo el rato? [Hinata] [23:09]
-KA-GE-YA-MA [Hinata] [23:10]
-LO-SER [Hinata] [23:10]
-I-D-I-O-T-A [Hinata] [23:10]
Vale, bien, se está pasando cinco pueblos.
-Estaba dejando que escribieras toda esa parrafada, ya que tiendes a mandar los mensajes en código morse. Aprende a escribir, tontaina. Sí, iré. Dile a Natsu que yo también la he echado de menos. [23:10]
Procura que no se le note demasiado la sonrisilla que le baila en los labios cuando caminan por el garaje, lleno de trastos viejos que a su padre le gusta coleccionar en vez de tirarlos o reciclarlos como una persona normal, y su madre le insiste tres veces sobre que mañana deberían comprar un par de sillas para el jardín, "El otoño está bonito, trae a Hinata y juguemos al Dominó. Pero que se traiga un abrigo, siempre anda estornudando cuando el frío aprieta". La idea no es mala del todo, Shouyou es mejor recibido en la casa que Kageyama, a su padre le gusta ver partidos de futbol con él ya que a ambos le gusta un tal Messi, y su madre tiene la terrible tendencia de achucharlo y de decirle que cada vez está más guapo tirándole de las mejillas. Incluso se llaman por los nombres de pilas.
-¿Has llegado bien? [23:37]
La pregunta vuela y llega en doble tick azul. Es un invento endemoniado saber cuándo la otra persona lee lo que envías, un engaña bobos. Obsesivo. Lleven hablando media hora sobre su hermana, "Está comenzando a peinarse demasiado, y a usar vestiditos con florecitas, espero que no sea porque tiene un noviete en la escuela", y le sabe raro que Hinata no haya soltado ninguna burrada, de esas que hacen que su corazón crezca dos tallas más en el pecho.
-¡Sí, claro! Seis horas de tren para este plebeyo de aquí. [Hinata] [23:37]
-A ti te fue a buscar tu madre, suertudo. [Hinata] [23:37]
-Te dejo, me voy a dormir. No puedo con mi vida, siento que he perdido media existencia. [Hinata][23:37]
-La próxima vez que se me pase la absurda idea de tomar una gota de alcohol ven a buscarme y pégame hasta que recuerde el dolor de cabeza que aún me está -achicharrando la frente. [Hinata] [23:38]
-O mejor, contrólame, sométeme como hacen los jedis en Star Wars, así no tendrías que tomar un tren de dos horas. O sí, no recuerdo el radio que abarca usar La fuerza. [Hinata] [23:38]
La cama se hunde bajo su peso, hecha, con olor a suavizante de frutos del bosque que tanto le gusta a su padre.
-Si te sometiera, Hinata, quizás no te guste lo que te haría hacer. [23:39]
Mierda, joder, por qué. Cuándo he llegado a esto.
Suelta el amarre sin mirar que el bote está demasiad cerca de la orilla. Lo deja escapar como un globo llevado por el viento, o lleno de agua en medio de una guerra infantil. Con la garganta cerrada y el aire atascado en la no entiende en qué momento pensó que escribirle ese mensaje era una buena idea. No entiende qué le ha puesto su madre en la sopa para haberle dado una embolia cerebral que hace que diga tanta chorrada.
-SI LO HICIERAS, Tonto-yama, te dejaría hacer lo que quisieras. [Hinata] [23:39]
Sin pudor, ni premeditación. Ufano. Sencillo. Jocoso.
Shouyou no tarda ni diez segundos en contestar mientras Tobio necesita caminar por ocho mundos más y encontrar La fuerza, el ki, la Kripotonita que tienen los seres de otros planetas para poder seguirle el rollo sin pensar en lo tontos que están siendo los dos y en lo mal que puede acabar todo el jueguito de lanzarse pullitas a diestro y siniestro a ver quién de los dos aguanta hasta el último round o si, por el contrario, acabarán en un empate beneficioso y el premio será bajarse de la montaña rusa con ganas de vomitar pero cogidos de la mano.
Lo que quisieras.
La idea desnuda sus pensamientos mientras apoya la cabeza en la almohada fría.
Quizás, si tuviera pleno conocimiento de todo lo que le ronda a Hinata por la cabeza, si no corriera una pisca de duda sobre su relación en el sistema circulatorio, lo besaría nada más verlo. Puede que no supiera el procedimiento oficial, pero se ha imaginado las suficientes veces haciéndolo que está prácticamente seguro que será pan comido. Deslizar los labios por otros más cálidos, y que la lengua no sea más que un instrumento sencillo de manejar que acaricia con pericia los dientes con sabor a pasta de menta, y relamerse en el aliento del otro y perderse en sus suspiros. Si lo que quieras, significa contarle las pecas tan ínfimas que tenía en la nariz o si significa que puede morderle el lunar de la oreja. Entonces haría lo que le da la real gana, con el estómago convertido en un nido de abejas, que zumban y gritan necesitadas de la miel en la piel del otro.
Hinata se ha metido en su vida como lo hace el sol cada mañana por el resquicio de la ventana, dando pasos agigantados y robándole espacio personal sin pedir permiso, cambiándole la forma de ver la vida, el voleibol, las amistad, seguramente sin pararse a pensar un instante en lo difícil que será la vida una vez se aburra de él y empiece a conocer gente nueva más de su estilo, más vivaracha, con la que pueda medirse en acciones.
Lo tiene debajo de la piel, profuso en sus músculos, como las agujetas que siempre vuelven después de un entrenamiento demasiado intenso; todo en él es así, brillante y vivo, es o deja de ser. Pero ahora parece haberse hartado de estar como en su casa y quiere poner a su nombre el contrato, siendo demasiado claro, insinuando que quiere y no quiere; sugiriéndole que le está dando la ventaja, que tome las decisiones mientras sigue tirándole migas de pan por un sendero recién sedimentado. A él, quien teme que se rompa si lo toca a pesar de haberlo visto saltar cuatro metros y recorrer una cancha kilométrica en menos de lo que cantan un gallo.
A Hinata le da igual todo mientras Kageyama asume que la patada en el estómago que siente cada vez que lo ve va durar el resto de su jodida vida.
-Mañana a la una en casa. [Hinata] [23:45]
Siempre exigiendo. Y yo, como buen gilipollas que soy, te traería el último penique del planeta si hiciera falta.
-Si quiero, ¿no? Capullo. A lo mejor me paso a la tres, cuando ya tengas todo hecho. [23:45]
-Vete a dormir. ¿No estabas cansado? [23:45]
-Para molestarte unos minutos más no. Te gustaban las nubes, ¿no? Las golosinas. [Hinata] [23:45]
-Porque mañana pienso comprar. [Hinata] [23:46]
-A lo mejor te apetece una. [Hinata] [23:46]
O mil. O cien mil. De tu boca.
-Cómpranos una bolsa para Natsu y para mí, no queremos tus gérmenes. Sobre todo, lo digo por ella, lo mío ya es incurable, pero tu hermana aún puede salvarse de la tontitis aguda que sufres. [23:46]
-No seas mentiroso, Tonto-yama, estoy segurísimo que adoras mis gérmenes. [Hinata] [23:47]
Y todo lo demás, pedazo de imbécil. Para de una vez. Kageyama se lo imagina tumbado entre mantas y cojines, con Natsu abrazándole de manos y pies, mientras sonríe en la oscuridad de una habitación decorada con posters y figuritas que ha ido comprando y consiguiendo a lo largo de toda su vida. Todo ojos acaramelados, posiblemente aguados por el sueño. Toda calcinación de sentimientos.
-Voy a ir tirando el móvil a la basura antes de que la OMS* me envíe un mensaje para meterme en cuarentena. [23:47]
-Que simpático eres. [Hinata] [23:47]
-Muérete de una vez, mañana no dejaré que comas nada. Haré que te quede famélico, tontitis-yama [Hinata] [23:47]
Las sábanas saben a extraño cuando cierra los ojos y se acurruca en la cama. Una individual, no como la que hay en Tokyo que es de dos plazas y puede rodar a gusto de un lado a otro; con muelles que chirrían de viejo y posters deportivos pegados con chicle y cinta adhesiva en las paredes caqui; se muerde el Buenas noches cuando deja el móvil en el suelo, después de poner la alarma.
Están los dos ahí, parados como pasmarotes en la entrada de la casa de Hinata. Un cuadro repleto de césped, tierra y hojas secas que llenan la casa de tonos otoñales y hogareños, un mar amarillo, naranja y marrón con el viento de fondo silbando entre las ramas desnudas. Llevan sin decir una palabra desde el "Hey" y "Qué puntual".
Kageyama piensa, después de diez minutos condenados al olvido, que podría haberle dicho algo sobre que la puntualidad la tiene tatuada en la piel, o que hay un gen en su ADN que sintetiza los segundos, categorizando el tiempo en su mente de una forma mucho más concreta de lo que la mente abstracta y obtusa de Shouyou puede llegar a entender. Podría decirlo ahora, en vez mirar el pasillo que sisea detrás de la espalda de su amigo, tatami, paredes corredizas, muebles decorados con fotos familiares y figuritas de papel y barro; pero es que tampoco es de los que se autoinvitan a pasar y se sientan delante de la tele después de coger un refresco frío de la nevera. No es de esos y no va a empezar a serlo.
Lleva un pendiente en forma de espiral, se ha fijado porque Hinata no para de rascarse detrás de la oreja o de despeinarse aún más el pelo, y a él le han entran ganas de decirle Para de una vez, capullo y hundir la yema de los dedo con el fin de desenredar los rizos. Tanta tontería, tanta valentía supina para que luego se quede como un capullo haciendo guardia en la puerta sin mediar una conversación normal. Kageyema está enfadado consigo mismo porque, joder, se están comportando como gilipollas, desde cuándo las conversaciones por mensajitos han pasado a ser más fáciles que el cara a cara. Para ellos nunca. Ni que le pagaran un millón de yenes. Siempre se han tirado de los pelos hasta acabar en el suelo y conciliar el problema; aunque claro, como no hablan de lo que tienen que hablar, tampoco hay nada que resolver.
Mira, mejor olvidemos el tema.
—¡Hermanito! —La voz aguda y riada de colores alegres de Natsu aparece para romper la burbuja incómoda que lleva gestándose desde que tocó el timbre. —Tenemos que hacer las pizzas, Shou, ¿Dónde está Tobi…? ¡Toooobi!
La más pequeña de la familia es un conjunto de monería, azúcar concentrada y adrenalina pura. Si Hinata siempre parece haberse colocado un poco antes de salir de casa, su hermana producía cocaína en sangre.
Tobi. Como a los perros.
Kageyama no piensa quitarle la ilusión a una niña, que lo llame como quiera. Porque es una jodida niña. Pero el nombre siempre le ha sentado a modo de trozo de mierda envuelta en su puerta, y, peor aún, le fastidia la sonrisilla -que ahora está haciendo- de Hinata, las mejillas tirantes, los ojos llenos de burla, una mano tapando la boca lobuna. Cabrón. Lleva con esa guasa desde segundo año cuando Natsu comenzó con el apodo y que, para el regodeo de su mejor amigo quien tiene doble chiste al día, su madre también usa.
—Estás más guapo, Tobi, te queda bien el pelo largo —Dice, peinándole el pelo. Parece que es de genes pelirrojos, o más bien de los Hinata, saltar encima de la gente. Natsu había recorrido el espacio que los separaba para abrazarle por el cuello. —A que sí, hermanito.
—Sí, sí. Tobi está guapísimo.
Hay una única forma en la que quiere escuchar su nombre de los labios de Hinata. UNA. Y suelta precisamente la variante como si fuera lo más normal del mundo sin atragantarse cuando no ha sido capaz ni de hacerle pasar a su casa ni de formar una frase coherente desde que llegó.
Llevas todo el puto rato ahí parado sin mirarme a los ojos y ahora con dos cojones paladeas mi nombre en tu boca. Cabrón, Gryffindor* mis cojones, tú hiciste trampas en es teste de Pottermore*.
—Hermanito, tenemos que hacer las pizzas, mamá dijo que llegaría tarde.
Primera noticia. Los ojos azules miran la cara de taimado que ha puesto su amigo. Los tres, solos y él de niñera. Sí, porque acabaría cuidando de los dos. Madre mía, no. La última vez había sido un completo desastre, de los grandes, de esos que terminan en un pequeño incendio y "no pasa nada, Bakeyama, sólo es ropa, ya te comprarás más".
No, no, NO y no.
El dúo dinámico juntos y en solitario, sin la vigilia familiar, era la peor idea que pudo ocurrírsele al mundo. A Batman le caería bien el Joker si conociera las barbaridades que cometen esos dos cuando no hay nadie en casa y luego lo limpian o simplemente echan a la basura las evidencias de sus maldades. A su lado el niño de Solo en casa está de tranquis. Aún recuerda perfectamente aquella vez que los padres de Hinata cumplían 25 años juntos y lo habían invitado a él para una cena formal, pero ellos debían salir un poquito antes, así que dejaron a Natsu preparada para simplemente ir cuando fuese la hora. A los dos mendrugos se les había ocurrido la magnífica idea de jugar al escondite. Inocente decían. Por toda la casa, incluso en el desván que está hecho una pocilga y el polvo se acumula en bolas y posiblemente tenga vida, "nos dará tiempo, Kageyama, ¿qué va a pasar? Nada, es super divertido". Dos horas buscando a la niña, que estaba escondida dentro de un armario, con el vestido amarillo vuelto marrón y la cara sucia.
La madre que los parió. Es que tenía clarísimo que había sido una estratagema para liarla de nuevo y que él acabará hasta el cuello con su mierda, los conocía demasiado bien. Cómo no lo vio venir es un misterio que le enfría la cervical. Y, lo peor, es que su amigo lo había hecho fenomenal, de lujo, esperando como un zoquete a que su hermana -esa que acabaría propiciando el desastre- llegara con la sonrisa más brillante que el sol para soltar la bomba nuclear.
—Hinata. —Todas las ganas que podía haber tenido de besarlo la noche anterior se esfumaron como el humo de una pipa. Aún con Natsu en brazos.
—No te preocupes, Kags, mis padres llegarán a tiempo para quedar con los demás. —La sonrisa pintada en los labios se extiende de lado a lado, dientes blancos y relucientes con sabor a engaño. —¡Vamos a cocinar!
Y lo dice todo pancho el muy capullo, entrando en la casa, relajado hasta la fibra más ínfima de su cuerpo. No estaba nervioso por verle, no, estaba esperando el momento oportuno para colársela.
—Hinata, no pienso jugar a Las escondidas. —Determina, siguiéndole los pasos aún con Natsu a cuestas. —Ni tampoco vamos a jugar a prender petardos, ni señales de humo, olvídalo a la de ya.
—No, Tobi, no. —Sentencia la pequeña, haciéndole aspavientos y golpeándole en el hombro, señalando el suelo para bajar del vehículo personal. —Ya quedó claro que soy la reina jugando al escondite, me aburrí mucho la última vez. Mejor al Pilla-pilla, o a Lava, ya sabes, eso de saltar en todos lados menos en el suelo.
Mejor no. Acabarían rompiendo un mueble o la televisión o ese jarrón que tanto le gusta a la madre de Hinata y él no quiere vérselas con los Harumi y Shiro. Sobre todo, con este último, que ya una vez les hizo limpiar la casa de arriba abajo como castigo.
Que pague el pato otro.
Antes de que Hinata cruce la puerta de la cocina, justo después de que Natsu corriera a su habitación "Quiero que veas mi dibujo, ha quedado requeteguay", Kageyama recorre en zancadas largas la distancia que los separa. Puede que antes no tuviese las ganas ni la fuerza para mirarlo de cerca, pero lleva sin verlo dos semanas que han sido más difíciles de sobrellevar que el primer mes.
Vas a volverme loco. Y no sé si quiero que lo hagas.
Lo sabe nada más mirarlo a los ojos, observando cómo algo se enrolla y se deshace en sus pupilas cuando se encuentran en medio del marco, un pie a la derecha y otro a la izquierda, uno en el mundo de los sueños y el otro en la realidad; le encantaría por lo menos abrazarlo, en vez de esa tontería de agarre en la nuca que se le ha ocurrido con tal de tocarle un poco de piel. Lo sabe por cómo se expanden los párpados, y lo mira cómo se contempla a las estrellas, con devoción y lejanía, esperando poder alcanzarlas algún día, pero a sabiendas de que están demasiado lejos y es demasiado caro y complicado construir un cohete que le ayude a tocar el fantasma estelar. Lo sabe. Que podría besarlo en la casa vacía, con su hermana buscando retratos infantiles a unos metros de distancia. Sin más y sin menos. Sabe que no pasaría nada. La tierra seguiría girando en la misma dirección, las mareas seguirían subiendo cuando la luna se inclina por las noches, seguirían siendo ellos dos. Y sería gratificante. Y todo se reduciría a polvo microscópico menos sus labios, su piel, la saliva en la lengua y la nariz acariciando su mejilla.
Y aunque a Kageyama le da igual el romanticismo, porque no entiende ni quiere entender nada sobre él, pues le viene al fresco las serenatas de fondo o si las flores perfuman el ambiente, y le es lo mismo si falta velas en la mesa, o todas esas características típicas y ñoñas que ha ensañado Hollywood sobre citas. Quizás a Shouyou sí le importe, quizás -como él- no ha dado el primer beso y quiere que sea en un hotel cinco estrellas o viendo el atardecer después de un picnic. No lo sabe, pero se muere por preguntárselo. Desea con toda su alma investigar si ha besado a alguien y si es así, quiere también conocer cómo se sintió y quitarle el sabor a extraño y ajeno de la boca, con frenesí y premura.
¿Sabes cuantas veces te has deslizado por mi mente y has terminando en mi corazón?
—Ni se te ocurra liarla. —La voz hueca, deformada, lejana. La mano vaga y acaricia unos instantes más la piel tensa del cuello, el borde de la camiseta blanca que lleva puesta, el pelo rasurado en la coronilla. Dos dedos que se cuelan a hurtadillas y rozan el inicio de su espalda.
—¿No quieres liarla conmigo, Tobi? —El apodo es una mera distracción mientras apoya el peso en su palma y se deja acariciar, como si llevara una eternidad esperando ese momento tan sencillo y aislado. Y a pesar de que sus palabras suenan a despotismo ilustrado, y que el tono en que lo ha dicho es confiado y demandante, verlo agazapado con una expresión tímida pintada en la cara y las curvas rojas de las mejillas por la vergüenza hace que se sienta grande. Y fuerte. Y dominante.
—Hablo enserio. —Recita. Rodilla con rodilla.
—Yo también. Que no dé miedo cuando hablo no quiere decir nada, Kags. —Hinata le mira a los ojos. A la boca. Entre pestañas. Los labios crecen en su sonrisa cuando sus dedos se pierden en el centro de la nuca y, con las uñas cortadas, roza la piel que se estremece. —¿Sabes?
Qué. Qué, joder. Qué. Dime lo que quieras.
La respiración superficial, innecesaria. La saliva es casi inexistente cuando trata de tragar y escucha como todo el cuerpo se ha vuelto mecánico, chirriante, desacelerado; menos su corazón, qué va, ese va a un ritmo que ni una estrella fugaz iguala. Bombardeando latidos en la sien, destrozándole el pecho, abriéndose paso con mano fría, helada, por todo el estómago hasta parar ahí. Donde pica y escuece y reza a dioses que no tienen vida.
—Al final no había nubes de gominola y compré Poky de chocolate negro. Te gustan, ¿no?
Bien, vale, perfecto. Y a mí qué.
—Qué.
—Sí. —Asiente, con todo el cuerpo. Separándose de él. —Pokys, Despistado-yama, palitos de galletas bañados en chocolate.
No, no, qué haces. No me lo puedo creer.
Kageyama decide que necesita un respiro de esa familia en el momento que Natsu se le tira al cuello gritando y zarandeando un papel a escasos centímetros de su cara, "Mira, mira, Tobi, te he dibujado a ti también. Quizás debería ponerte más pelo, ¿no?", mientras Hinata se escabulle y comienza a sacar un arsenal de ingredientes para hacer pizza. Debería ser ilegal en cinco países la forma tan descarada en que lo mira mientras él trata de concentrarse en esos trazos tan coloridos de un dibujo infantil. Incluso había puesto el número nueve en el pecho.
—Shou ya lo ha visto, pero dice que te he dibujado mejor a ti. —Continua, colgada y cómoda de su espalda.
Ha vuelto a hacerlo, a liársela.
Y él ahora necesita un parón para que la sangre se oxigene un poco y circule cuesta arriba. Hasta la cabeza. A la cabeza adecuada, mejor dicho, porque la erección que le roza la cremallera del pantalón no ayuda demasiado. Siempre había sido complicado mantener la calma y verlo caminar, respirar, vivir; pero ahora es toda una odisea autocontrolarse cuando de repente Hinata tiene el mando de su vida. Encendiendo y apagando el televisor, cambiando de canal, subiendo el volumen. Quiere decirle a gritos que está siendo un hijodeputa, mandando indirectas y dejándose tocar y mintiéndole en la cara para hacerlo rabiar.
Eres un cabrón. Y yo gilipollas.
La cocina está hecha un completo desastre. Llevan más de media hora cortando todos los ingredientes que necesitan y amasando lo que será una pizza si logran extender la masa sin que se rompa de una vez por todas.
Natsu sentada en la encimera cantando Con valor de Mulán. Hinata picando con esmero la cebolla, que escuece y hace llorar hasta la roca más dura de la placa oceánica.
—Lloriquear es para enclenques, Hinata. —Ríe entre dientes Kageyama, mientras el rodillo tuerce la harina contra una tabla de madera. Que se vuelve a romper. —A esto le falta algo, no soy capaz de dejarla como en las fotos. Le he echado más agua, más sal, he puesto harina en todas partes, no le estoy dando demasiada fuerza. Te digo que tu madre se ha equivocado.
—Llirir is piri inclinquis, Hiniti —Repite, dejando aún lado el cuchillo y el herbáceo a medio cortar. Imita a la perfección al armador, con el pelo aplastado por los dedos y agravando la voz todo lo que puede. —Yo he cortado todo esto, mientras tú sigues mirando cómo extender una masa de pizza, ¿cómo sobrevives en Tokio?
Tiene las manos llenas de harina, la camiseta naranja espolvoreada hasta la cintura -de alguna forma la mesa hace de protección para el resto- una mejilla brillante del aceite que ha estado echando de más a la mezcla blanquecina que parece medio muerta, rota después de una pelea. El pelo despeinado y más claro que negro. Shouyou es incapaz de controlar el aleteo suave que siente en la garganta, haciéndole cosquillas hasta el ombligo.
Adorable.
—Estoy a dieta la mayor parte de la semana, cortar lechuga o guisar pollo no es complicado. —Reconoce, después de quitarle a Natsu de las manos una espátula quien seguía el estribillo "Con valor, seré más raudo que un río bravo" y quería hacer ritmo con algo más que las palmas y los pies. Motivada por todas las canciones Disneys que habían puesto desde el principio. —Hazlo tú, listillo, cortar verduras es lo más sencillo del mundo.
—¡Ah, no! Yo ya estoy terminado, no te hagas ahora el tonto, simplemente estírala como puedas. No hace falta que sea redonda, ¿verdad, Natsu? —La niña ríe, muy metida en la música y la letra, esta vez sonando de fondo Tarzan. Asiente con los ojos cerrados. —Termina de una vez, anda, pesado.
Ha picado de todo un poco, de lo que sabe que les gusta a sus padres para dejárselo en papel de aluminio y no tengan que llegar cansados de poner flores de las tumbas a sus abuelos y ponerse a cocinar, también chorizo en cuadros y mucho atún, algo de zanahoria, pimiento de tres colores -amarillo, verde y rojo- que cultivan en la huerta y, por supuesto, cebolla. Puede que fuese un coñazo hacerla cuadritos, pero al horno sabía de rechupete. Y piña, dulce, blanda, en almíbar.
Arruga la nariz cuando el olor dulzón se le mete en la laringe y baja hasta la boca del estómago. Kageyama es de esa sub especie que adora el dulce mezclado con el salado, que mezcla en un sándwich Nutella con salami y lo calienta al sartén, y se lo come como si fuera lo más rico del universo. Hinata siente que algo viscoso y húmedo le sube por la espalda al recordar la textura fibrosa y por capas que tiene la piña cuando se calienta al horno y se mezcla con el queso.
Qué asco, joder.
—Recuerda partir la masa en tres trozos, o dos uno más grande que otro. —Comenta Hinata desde el portátil, poniendo a Green Day de fondo.
—¿Por qué?
—No pienso comer piña en mi pizza. Y a Natsu no le gusta ni sola.
—Ahora sí me gusta, hermanito. —Dice, con una cuchara en la mano, esperando su momento para extender con maestría la salsa de tomate y espolvorear el orégano.
No puede ser.
Da la vuelta en redondo y observa, con los ojos tan abiertos como la lente de un telescopio, cómo Kageyama coge en volandas a su hermana y dice "Esta es mi chica", dándole vueltas en el aire y haciéndola reír. Niña con suerte. No hay cosa que más le fastidie en el mundo que esos dos aliados en su contra, felices en el mundo de Yupi y piña y sin paladar.
—¡Pues córtame un trozo para mí aparte! No quiero que ni una gota de su jugo toque mi masa. —Reprime las ganas que tiene de levantar el corazón cuando y mandarlos a la mierda cuando comienzan a hablar entre ellos a susurros, Natsu sentada sobre el brazo de Kageyama, abrazándole por el cuello. Colegas, hermanos de barro -o de piña-.
—¿Estás enfadado hermanito?
Venga ya.
Por unos instantes mira por el rabillo del ojo a quien consideraba su amigo, su mejor amigo. No es la primera vez que pasa, que unen fuerzas y luchan contra él como hacen los justicieros americanos, pero Shouyou no está siendo malo simplemente no le gusta una fruta en concreto y no quiere encontrarse trozos de algo que le producen arcadas incluso con el mero olor.
La primera fue porque querían ir al cine y debían elegir entre Frozen o Monstruos University, y como a Tobio le da grima ponerse a ver princesas cantando y a su hermana al parecer ya le habían contado el final, decidieron -a pesar de sus múltiples protestas- que irían a ver el spin off de Monstruos S. A. Bien, vale, ellos habían acertado de pleno, habían marcado cinco goles en su contra y lo habían derrotado en la Copa Mundial, admitía absolutamente que fue una terrible derrota porque dos meses después -cuando se acordó- le echó un vistazo con Izumi y Koiji una tarde que pudieron cuadrar para verse. Desastre total, para Koiji, que era fan acérrimo de Brave, fue una pata en el trasero que la considerara la película más "feminista" de todo Disney.
No obstante, a pesar de que el pelirrojo se jactaba de su personalidad bonachona y agradable, lo que lo hacía cambiar de opinión no eran las razones de peso que parecían tener el par Aliados contra el Mal. Para nada. Era exactamente lo que estaban haciendo ahora lo que le propiciara una subida de azúcar y de noradrenalina ablandándole el corazón y convirtiendo en discoteca su cuerpo. Reducido a un monigote de dibujo animado, todo humo y sonrojo, supurando hormonas faltas de sintetizar.
Movimientos exactos, casi ensayados, repetidos a consciencia. Máscaras dulces, sonrisas de portada. Un cuadro perfecto para fotografiar y en marcar. La niña pelirroja volvía todo lo que tocaba en algo más blando, subrayado de arcoíris, relleno de gollería; si Kageyama normalmente era un contorno rígido y fruncido, al lado de Natsu parecía un ogro relajado en su ciénaga. Sin quitarle lo guapo, claro. Era el poder de los superhéroes, del dúo maravilla, desanudar el corazón de Hinata con una imagen bonita.
Esto podría considerarse fanservice.
—Bien, vale, pero dejen un hueco sin esa asquerosa fruta. —Comentó sin prestarle mucha atención a sus comentarios, "Te lo dije" y "Eres el mejor, Tobi", porque muy a su pesar de lo único que tiene ganas es de sacarles una foto manchados por la harina.
Llevan un buen rato hablando de chorradas, de si Tsukishima habrá encontrado novia o si más bien Yamaguchi habrá tenido que consolarlas por culpa de su personalidad borde; comentando lo extraño que se les hace que Tanaka no estudie en alguna universidad y se haya puesto a trabajar de cocinero con los padres de Noya. Se pisan conversaciones mientras controlan a Natsu, quien no para de echarle demasiado queso o atún a la pizza, "es que me gusta mucho, sino les gusta se lo quitan".
Lo raro viene un poco más tarde cuando el horno está en su punto y Kageyama comenta "¿La meto ya?" Fueron los cinco segundos más largos de la historia para los dos, donde la Tierra dejó de girar y la sangre se convirtió en helado derretido. Me metes el qué. Si no fuera porque la más pequeña del grupo quitaba hierro al asunto, señalando a la masa ya rellena y extendida en una bandeja de metal e insistiendo que tenía el hambre de cinco titanes, la cosa podría haberse puesto peliaguda. "¿Pero está lo suficiente caliente como para meterla?" Esa vez había sido Hinata, divertido dentro de su sonrojo, quien dejó caer la pregunta viendo como su amigo trataba de colocar la bandeja con unas manoplas estampadas en flores azules y blancas sin mucho éxito.
—Claro que sí, hermanito, puedo sentir el aire que quema desde aquí. —La felicidad se vive en la ignorancia. Sin lugar a dudas. — ¿Me dejas tu ordenador, hermanito?
—No me borres nada, pequeñaja.
Escucha el click del horno cuando, por fin, la bandeja se queda en el sitio y observa con una lentitud pasmosa los movimientos de Kageyama. La forma tan curiosa que tiene de estirar las rodillas y la espalda nada más desdoblarse y cerrar la tapa del horno. Los huesos crujen reacios a moverse. Saborea cómo se le marca el tríceps con sólo sacudirse los restos de polvo blanco en la camiseta. Del amago que hace por peinarse el pelo negro o quitarse los restos que le molestan en la cara. Y todos con la misma expresión, entre enfadada e incómoda, igual que aquellas veces que le alaba entre piropos lo bien que está jugando en algún partido o entrenamiento.
No es como si estuviesen solos, Natsu está sentada a unos metros de ellos viendo Bob Esponja en inglés -ha tomado la costumbre desde muy pequeña para aprender rápido el idioma y no ser tan zoquete como su hermano-, pero en el momento que las miradas conectan en medio de una cocina algo sucia por las pipas del pimiento, las cáscaras de cebolla, la masa restante, los cubiertos sin limpiar, las servilletas arrugadas; todo desaparece, como una oleada de ilusión que desdibuja la realidad y penetra en su mente, llevándolo a un mundo vacío y suspendido en el aire sin suelo ni objeto al que agarrarse cuando el vértigo asola el estómago y desnutre la respiración. Hinata se siente seco por dentro, hueco, salvo por el sonido sordo de los latidos en el pecho que caminan al ritmo de las castañuelas españolas en una canción.
—Estás graciosillo hoy. ¿Practicando para cuándo te encuentres con Tsukishima? —Increpa, apoyado en la mesa de madera que tiene ya demasiadas marcas. Por culpa de poner calderos calientes encima, de sartenes con aceite hirviendo, de los cigarros que antes fumaba su padre.
Es que me acabo de dar cuenta que me llamaste "hogar" y no sé si es un poco tarde para preguntarte a qué te referías, porque quizás estoy sacando las cosas de quicio.
—Yo siempre lo soy, no sé de qué te quejas. Monologuista personal, compra uno y llévatelo a casa. —Impertérrito. Era mejor centrarse en el desastre que tenía delante y que pedía a gritos ser limpiando, en vez de en la punta de zapato que acaba de rozarle el tobillo. —Me han puesto un diez en aspectos metodológicos de la actividad físico-deportiva, en el primer parcial, claro.
El resto de la comida cae en una bolsa mientras pasa un paño humedecido con agua y jabón.
Un diez. Ni en mis mejores sueños. Aún estoy flipando.
—¿Me estás vacilando?
—Claro que no, Bakeyama, te puedo enseñar el correo con las notas. —El agua está fría mientras lava la tabla de madera y el cuchillo de verduras que podría degollar a un pollo con el simple roce.
Nunca hablaron demasiado sobre el futuro, por lo menos no fuera del voleibol. En el instituto siempre comentaban lo divertido que sería llegar a jugar en la Selección Japonesa, ir a las Olimpiadas, y ganar todo lo que se propusieran. Mejorar los saques de Hinata y que Kageyama se dejara de elitismos sobre a quien sí y a quien no mandar la pelota, mejorar hasta el punto de caer rendidos todos los días después del entrenamiento y no querer otra cosa que levantarse para saludar al balón y la cancha.
Tenían ese sueño en común.
No esperaba que al entrar en Educación Física se sentiría tan a gusto aprendiendo términos sobre la distrofia muscular o lo importante que era revisar cada vela antes de salir al mar. En dos meses había comprendido que había más cosas por las que apasionarse y darlo todo, en las que podía perderse y estar horas desconectado del mundo exterior sin agobiarse mirando el móvil o las prisas que tienen algunos por comer o limpiar montándose la excusa de que primero se debe ordenar cada rincón de la habitación para poder estudiar tranquilo los temas correspondientes al miércoles siguiente. A Hinata no le pasa eso, sólo tiene que sentar el culo en la silla, conseguir un par de paquetes de papas, o pipas, o golosinas y leer, entender, dibujar un par de conceptos hasta sentirse contento con lo que había aprendido en el día.
Iñaqui había comentado una noche, cuando lo vio embobado delante de la pantalla del ordenador mirando apuntes de Anatomía Humana, que tenía suerte por sentir una pasión tan innata, que a él le costó dos años cogerle el tranquillo a su carrera, además de estar a punto de abandonarla dos veces, hasta llegar a cuarto y amar asignaturas salteadas.
Una parte de Hinata teme estar perdiendo el Norte, como si le estuviese poniendo los cuernos al voleibol o, incluso, a los sueños en conjuntos que tiene con su mejor amigo.
Cierra la llave del agua, después de haber quitado los ciscos que quedaban en la boca del desagüe, limpiado a consciencia el muro.
Otra parte de Hinata sabe que Kageyama no está contento con lo que está haciendo, por cómo habla sobre Derecho, por la forma en la que se toma las clases, la manera tan descuidada que tiene de hacer los trabajos. En resumidas cuentas, porque le presta atención y su mundo siempre ha sido el vóley, como para él, y teme que quizás le venga grande estudiar una carrera que consume mucho tiempo de lo que le gusta.
—Eh, felicidades, ¿no? —Susurra, rozándole la nariz con los nudillos, robándole la punta de la nariz. —Lo dices como si fuera algo malo, idiota.
Y tira de la nariz.
—Kageyama, duele.
Aprieta más.
—¡Que duele, capullo! —Grita, tratando de apartarse de él.
—Es que últimamente no paras de decir y hacer tonterías, es un escarmiento. —Suelta la nariz atrapando el mentón en su mano. Los dedos clavados en las mejillas, sus caras a cuatro quejidos de distancia.
—Kags —Dice con la boca de pez. Tratando de imitar la postura de Tobio, agarrando la piel algo sucia por los restos de haría en la cara. De puntillas.
—Hinata. —Masculla, en morritos. Shouyou es un bruto y sus manos son más pequeñas así que ha usado las dos para conseguir el mismo resultado que él.
Así no puede ser su primer beso, haciendo el tonto en medio de la cocina y con una niña de 6 años a unos metros de distancia.
—Que sepas que estás muy cómico. Así no das nada de miedo. —Trata de pisarle con un pie. —Deberías operarte la cara, seguro que comenzarías a ligar más.
—¿Se van a besar? —Bueno, a un metro de distancia. Miran por el rabillo del ojo, sin cambiar de postura, cómo Natsu les observa con tranquilidad, ojos marrones en su magnificencia, sonrisa abierta y mofletes pintados de rosa. —Porque huele ha quemado.
El sillón vuelve a vibrar como un terremoto. Seísmos de risa. Un sonido que entra como balas al pecho de Kageyama, balas de calmante muscular y laxante emocional.
Lo grabaría para escucharlo cada vez que me llamen. O como despertador.
—No lo puedo creer, de verdad. —Continua, entre hipos y cojines, con los pies sobre el brazo del sofá y la cabeza en las piernas del antiguo vice capitán. —Todo el rato controlándonos para que no hagamos trastadas y justo te despistas en mirar a los grados que pones la pizza. Realmente eres un desastre. —Ríe, con los ojos llenos de lágrimas. —Parecías a punto de tener un paro cardiaco.
Tobio prefiere dejar correr la burla que carga el humor alegre de Shouyou sólo porque está demasiado tierno acostado encima de él.
Al final sólo se comieron unos sándwiches mixto, de jamón y queso, y vegetal, con atún, millo y mayonesa. Nada demasiado elaborado que pudiera quemarse y acabar carbonizado como un meteorito; descanse en paz, pizza. Viendo de fondo un par de capítulos de Naruto, la primera temporada, no Shippuen, ya que a Hinata siempre le entraba la paranoia con que pudieron hacer un mejor final. Natsu cabeceaba entre capítulos, comentando lo guapo que se ve Sasuke y "Si pudiera le cortaba la lengua a Orochimaru, ¿cómo puede tenerla tan largo? Buaj, da repelús".
El pelirrojo, bajo la excusa endeble de "estoy lleno, préstame tus piernas, quiero dormir" se había pegado la tarde haciendo caminar sus mejillas por los muslos de Kageyama, o la nariz en el dobladillo de la camiseta, o jugando a pincharle el estómago y Te veo mejor que antes. Mirando el móvil y enseñándole conversaciones absurdas que tenía con sus compañeros de pisos, fotos que se había hecho en bares cercanos a la universidad. Con chicos, con chicas. Personas que él no conoce y que forman parte de su día a día.
—Hazme cosquillas, Kags. —Implora, de perfil, sonriendo a la luna. Con un brazo alrededor de su hermana -quien duerme tranquila, hecha ovillo en el hueco restante del sofá- y con la otra mano sobre su rodilla, trazando círculos en la forma del hueso, diciendo "¿ves esto de aquí? Es la rótula, justo debajo hay una lámina que protege el roce de los huesos", desliza el dedo por el cuádriceps, "este es el tendón que te ayuda a parar en seco cuando corres, y por aquí", palpa la carne a través de la tela vaquera, "está el músculo recto anterior".
Él no entiende ni la mitad de lo que escucha, su cabeza da vueltas como un búho, siente a la perfección cómo las neuronas bailan la macarena y asiente, con los dientes apretados y la lengua humedecida por la saliva. Tiene sed de muchas cosas. Ciego de sensaciones febriles en el estómago. Cuando un dedo se hunde en la cara interna del muslo y esboza una línea hasta la costura del pantalón todo el cuerpo queda en tensión, como un cable que lleva mil voltios de potencia. Tampoco quiere comprender por qué su mejor amigo está tocándole cerca de la concentración indebida de hormonas -y la inminente erección, la segunda en el día- hablando sobre el músculo soratorio y el músculo recto interno.
Como sigas por ahí sí que vas a tocar algo recto. Y duro.
—Si te estás quitecito, y callado, te haré lo que quieras. Me estoy quedando sopa con tanta biología —Por unos instantes el corazón se le sube a la lengua al comprobar que la palma de la mano de Hinata tarda de más en irse de su pierna, de liberar la tensión de la piel y de dejarlo respirar.
—Vale, mi padre me mandó antes un mensaje diciendo que estarán en media hora, quizás debamos ir vistiéndonos. Tienes ropa aquí de otras veces. —Gira sobre sí mismo, mirándole boca arriba, y sonríe como un niño. —Pero antes, cosquillas, ¿sí? Cinco minutos. O diez. Pero háblame de vez en cuando o me quedaré sopa*. —Kageyema se deja hacer cuando nota cómo la mano de Hinata busca la suya, las lleva unidas a su pelo y roza la oreja aún con los dedos entrelazados.
O para siempre. Dedicaría mi vida a tu sonrisa.
Epifanía. Existir y dejar de estar. Un bucle fugaz y deshecho en el que las células de su cuerpo se vuelven burbujas, calentando la piel, abrasando el estómago, las mejillas, los tobillos, mientras un río helado lo recorre por dentro. Dos mitades de una misma moneda. Así es como se siente Tobio. Con los suspiros enroscados en el pecho, acurrucando el abrazo de sus manos todo el tiempo que puede, tatuándose en la piel ese instante tan perecedero. Como todos los demás. Como los que vendrán más adelante.
—También puedes quedarte así. —Musita, con los ojos cerrados y la sonrisa pegada a las mejillas. La luz de la televisión, entre azul y blanca, se desliza por la nariz de Hinata, hace brillar las pestañas naranjas y rizadas, acaricia los labios algo secos y rotos por el frío.
—Cómo. —Las palabras se le enmarañan en las cuerdas vocales cuando desliza las manos hasta los labios, y le besa la palma. Todo mimo y golosina.
—Así. —El aliento lame la débil y fina piel de la yema de los dedos como hormigas caminando. —Creo que me gusta más que las cosquillas.
Y a mí me gustas más que respirar.
Kageyama probaría a decirle muchas de cosas. Como que sus labios son más suaves de lo que pensaba y que ese es el primer beso que le da en toda su vida. Que lo repita una vez más, aunque verlo medio dormido entre sus piernas, arrullando sus manos con la sonrisa floja también le calienta el corazón. Le gustaría narrarle la de veces que ha querido hacer lo mismo, y lo sencillo que convierte él un gesto tan íntimo. Quiere preguntarle si puede también besarle, en el pendiente que brilla un poco ante el reflejo de la televisión, o si mejor le come la boca de una vez. Que le encanta todo esto de ir despacio y no decir nada y que entiende que quizás es el miedo lo que le hace callar, pero que a él también le han entrado las dudas y no sabe si en realidad solo está jugando a las casitas hasta encontrar un nuevo pasatiempo memorable.
Que le quiere, claro, como los deseos a la primera estrella que brilla en el cielo.
—¿Vamos a hablar de vóley? —Inquiere, a tres calles de la fiesta, la música se escucha desde hace quince minutos. Caminando entre niños que ríen y corretean, parejas vestidas con yukatas a juego y sonrojos inocentes, a favor de la corriente. —Pensé que habíamos dicho de no hablar sobre nada que contenga una red y una pelota hasta el domingo.
—Hablar un poco de ello no matará a nadie, Kags.
Es verdad. Seguramente no hablar sobre ello sí que acabaría dándole ganas de tirarse por un barranco; por el peñasco más alto que encuentre.
Últimamente siempre que comienzan a hablar sobre jugar juntos, o jugadas que terminan en saltos kilométricos y triquiñuelas evasivas en la cancha, acaban discutiendo; tirándose de los dientes porque "Kageyama, estás volviendo a pensar sólo en ti mismo, qué es eso de no pasársela a Japón, tiene más potencia que tú. Y, ¿cómo que salto peor que antes? Qué sabrás tú sino me ves", o más bien, "¿Prefieres cómo te la pasa Kenma? ¿de verdad? ¿me estás comparando con un colocador de segunda? Mira, prefiero dejarlo aquí" Había sido a raíz de los vídeos que Hinata mandaba a Kageyama, era totalmente natural que comentaran algún que otro truquillo que habían aprendido de los nuevos equipos, no obstante, siempre acaban increpando al otro con nimiedades. Tonterías de cuarta, sin mucha carga emocional para otra persona, pero que para el dúo raro eran la gota que colmaba el vaso.
Y, claro. Ahora tenían la idea metida bajo la piel, como un virus que se extiende y rompe el ADN celular, lo desmiembra, lo cambia y lo malogra, de que cuando vayan a jugar juntos contra el Nekoma va a ser un completo desastre. Quizás ya no se entienden como antes, aunque están medio deshidratados por sentir la corriente fría y efervescente del mar, la espuma, al realizar uno de sus movimientos rápidos. Compenetrados. Eclesiásticos. Se les ha borrado las heridas o las marcas de todos esos años practicando hasta las cinco de la mañana pases entre conversaciones absurdas sobre "¿Tú qué piensas del escarabajo pelotero? Aquí hay un montón, posiblemente hemos pisado un par y ahora sus hijos no tengan padre, o madre" y "Cállate, concéntrate de una vez, cada vez me la lanzas más a la izquierda. Además, todos saben que en Japón el escarabajo más común es el Hércules Colombiano, gilipollas", y han pasado a restringir toda tertulia deportiva que no sea sobre posibles heridas que los deje lesionados o cómo va la Premundial este año en Chipre.
—No me hago responsable si acabamos discutiendo.
—Solo te he preguntado por tu primer partido, capullo. —Le da con el dedo índice en la nariz, saltando a su paso, acortando las distancias —Quizás pueda ir a verte.
—¿Para qué?
Más seco que el pan de los pescadores. Leer entre líneas para ti es otro idioma.
—¿No te gustaría que fuera?
No es que no quiera, pero hay una segunda capa bajo la pregunta, algo más que los dos conocen, pero no dicen. Una declaración de intenciones implícita. Y a Kageyama le encanta pensar en la idea intrínseca que supone Hinata yendo y viniendo hasta el fin del mundo con tal de verlo jugar. O simplemente verlo. Casi lo puede escuchar desde las gradas gritar e incluso saltar en el sitio por no poder recibir sus lanzamientos. Se le hace el estómago batidora, revolviéndole las entrañas.
—Solo te preguntaba el porqué.
—El para qué. —Corrige, hombro con hombro. Nudillos que se tocan.
—¿Quieres morir, tonto del culo? —La amenaza sale por costumbre, con voz ronca y grave, desde algún hueco que han dejado el resto de órganos para apiñar el mal humor y los insultos en una cajita llamada Por si me tocas los cojones y usarla en contra de las obviedades que suelen decir personas como Shouyou, gente con corazón y pájaros de papel en la cabeza. —El para qué.
También hay otro problema del que no dicen ni pío, que disimulan bajo frases llenas de halagos y flores hacia sus equipos.
No han jugado ni un solo partido oficial y sienten que se necesitan en la pista, que alguien les ha amputado un miembro del cuerpo y a veces les hace cosquilla la zona cercenada. Un miembro fantasma que se diluye entre el gentío de las gradas, el silbato del árbitro, las voces paralelas de los compañeros. A Kageyama le falta miradas cómplices sin necesidad de señas preparadas y empolladas minutos antes de un partido, ni palabras claves que otorguen homogeneidad momentánea, añora ese grito que sobresale entre cualquier sonido, como una bomba que ensordece todo a su alrededor, Kageyama, casi como un gentilicio; no podría gustarle más su apellido que en ese instante tan primario cuando, sin meditar, sus manos buscan una corriente que lleva a la de Hinata, y choca, y clava el golpe.
A Hinata le gusta cómo juega Kenma, es tranquilo, conciso, recaba cada detalle diminuto e indiferente hasta conocer el conjunto. Tiende a equilibrar la balanza, sin dejarse intimidar porque Kuroo lo atosigue en los entrenamientos o porque Shinichi, el As y capitán, grite con rabia cuando no recibe el balón. Es cuestión de estrategia, y, vamos a ver, Kageyama también cavila, repasa y saborea las jugadas antes de hacerlas. Una vez le contó cada uno de los detalles que se le pasan por la cabeza en el instante que la pelota cae en su lado de la cancha; media hora de explicación al dedillo sobre lo que estadísticamente puede pasar si el colocador se mueve en un sentido u otro, de lo fácil que se le hace reconocer el movimiento grupal según qué sonido y el tablero mental que tiene en la cabeza, como el ajedrez que Iñaqui le está enseñando a jugar los domingos por la noche.
Pero Kageyama es codicioso, siempre busca más, alzar las alas y salir volando. Tiene hambruna de orgullo ajeno, sed de victoria y reconocimiento. Y eso a Hinata lo fascina hasta recovecos insospechados, lo motiva a querer tantas cosas como él, a brillar a su lado porque sabe que chocarle los cincos justo después de marcar un punto a su favor, nada más dejar ir el balón de su mano a una fuerza voraz, es indecible. Los vasos sanguíneos se contraen, cada poro de su piel se abre y respira, el sistema nervioso levanta anclas y nada en un mar festivo, lleno de estrellas y de peces que brillan en la oscuridad. Epinefrina pura.
—Porque soy tu mejor amigo, y si no voy yo, no irá nadie más. —Los dedos se encuentran, primero el índice, el corazón; rozan la piel del otro, se entrelazan a dos calles del templo. —¿Quién te acompañó a hacer el examen de ingreso y esperó tres horas fuera, muerto del aburrimiento?
—Te quedaste dormido. —Traga saliva. La carne del estómago quema, se contrae, un dolor placentero que querría sentir todos los días. —La gente te miraba raro por estar dormido contra un árbol a la salida del recinto, imbécil.
Deberíamos hablar, ahora, que me estás cogiendo de la mano y puedo retenerte si huyes.
—Pero fui, ¿no? No te quejes. —La sonrisa de Hinata crece cinco centímetros cuando nota el bolsillo de Kageyama y cómo arropa sus manos del frío. —¿Crees que habrán llegado ya?
¿Crees que les parecería raro si nos ven cogidos de la mano? ¿Pensarían que es por el clima o nos tacharían nuevamente como dúo de raros? ¿Me soltarás la mano, Kageyama?
—No me importaría que vayas. —Dice, a voz de pronto. El cuerpo se queda pequeño, como si lo que le hace persona estuviera creciendo y le tirara de los músculos y la dermis. —A mis partidos, digo, te diré la fecha cuando sepa algo.
—¿De verdad? —Hinata es un sol en la noche, que brilla y encandila como los farolillos que ve de fondo pendidos de un hilo, hechos de celofán con colores variopintos, colgados entre los puestecitos de madera. Huele a carne asada, a fritanga, a algodón de azúcar. El pelirrojo se frota la nariz roja y oculta un poco la sonrisa de tres mil quilates. —Estaré ahí.
Kageyama se tragaría el vaho que suelta por la boca cuando habla.
Palabras interesantes a tener en cuenta:
Polvos flu: unos polvos que se usan en el mundo de Harry Potter como medio de transporte gritando o diciendo de forma clara -no como Harry en la segunda peli/libro- el sitio al que quiere ir. En resumidas cuentas, una red mágica de transporte.
Pottermore: página oficial de Harry Potter en la que J.K. Rowgling publica datos y anexos del mundo mágico además de tener unos test divertidos para saber de qué casa eres, qué varita tendrías y muchísimas más cosas.
Gryffindor: casa conocida por valientes.
OMS: Organización Mundial de la Salud.
Quedarse sopa: dormirse
Yato: dios y personaje en un anime llamado, Noragami.
REVIEWS: he decidido, como persona medianamente lista y sin nada de experiencia en FF que a los que tengan user les contesto por privado y a los que no por aquí con el mismo amor, porque a todos los adoro por tomarse su tiempo y hablarme. Anímense siempre que quieran a darme la opinión o las ideas o lo que quieran sobre los capítulos.
ChealseaJackson: Hola, andaluza, te saludo desde Canarias. No te me mueras por favor, compartamos una bebida fresca y hablemos. No he podido meter en este capítulo de eurovisión pero lo haré en el siguiente en cuanto pueda, créeme, a mi también me ha hecho gracia. El flirteo es lo más bonito que hay y sobre todo con personas tan inocentes y tontas como nuestro par; Kageyama tiene el plus de que no sabe mostrar lo que siente y por eso tarda tanto en reaccionar y medir lo que puede o no decir. Iñaqui es un cúmulo de mi, mis amigos, la gente que conozco y, en resumidas cuentas, lo más español que he podido hacerlo. Kuroo y kenma viven en su mundo hasta con ellos mismo salvo cuando le rompen la rutina y eso es precisamente lo que les ha pasado. Qué decirte, muchacha, que espero que te haya gustado este capítulo un tanto cotidiano y día a día, en vez de saltos enormes en el tiempo, un capítulo tranquilito para lo que se les viene encima a este par en los siguientes y porque me apetecía mostrar algo normal entre ellos. Para que vean un poco cómo va la cosa. Gracias por comentar, eres un sol enorme, espero verte en otro momento por aquí y responderte. Un abrazo enoooorme.
Valentina: a nuestro querido Kageyama la cautela la tiene cincelada en los huesos, créeme, el pobre quiere correr y dejar sin aliento a Hinata pero la cosa está complicada porque el pobre tiene muchos miedos encima. Pero irá mejorando, créeme, ya en este capítulo debes haberlo visto. Muchas gracias por comentar, que siempre una se alegra de tener caras conocidas por los comentarios y diciendo lo que opinan, y cuídate mucho.
I´m Kira Kurosawa: Señorita, qué decirte, pues que Hinata tiene mucha labia, pero a la vez puede que el temor al cambio le esté dejando un poco seco por dentro y por eso sólo tantea el terreno, y de paso molesta a Kageyama. Tendremos más celos KuroKenma en un futuro, será divertido cuando Bokuto entre en escena.
Mo Bro: a ti ya te conteste, y hablamos del tema. Pero bueno, el KuroKen tendrá su explicación más adelante cuando la historia avance más en todos los personajes. Me alegro que te esté gustando la fluidez que va tomando la historia y espero que este capítulo no te haya sonado a chino. Me encanta leer tus comentario, eres un sol.
He tenido que hacer unos arreglillos porque subir un capítulo pensando en cosas de clase me llevan a cometer dedazos al escribir. Así que, agradezcan a Mery por batear este capítulo.
