NdA: He tenido que hacer una series de cambio en una escena en concreto, porque se prestaba confusión, aun no hay cambios mayores ni preocupantes.

¡Hola, caracolas! ¿Todo bien? Yo aún sigo atascada entre apuntes y estrés y ganas de matarme así que seguiré algo desaparecidilla hasta el 11 de este mes, que es cuando hago mi último examen y seré un elfo libre.

El capítulo ha sido bateado por mi amiga Mery, que se ha tomado las molestias de corregirme el borrador en sucio (muy sucio) y aun así, decirme que le ha gustado el capítulo. Es un solete.

Espero que el capítulo aunque largo les guste, decidí engordarlo todo lo posible para compensar ese tiempo en el limbo que me he pegado por los exámenes y, también, porque quería ir explicando muchas cosas. Después de todo esto es una historia lenta, como las que nos pasa todos los días, he introducido tantos personajes que me ha dado miedo pifiarla en sus personalidades, así que les pido porfaplis que se quejen si lo he hecho mal, y si les ha gustado que me comenten cómo mejorar y todo, soy toda oídos, después de todo aún estoy medio empezando y quiero evolucionar con ustedes. Además de que saber qué les ha gustado siempre me da un vuelco al corazón.

Finalmente quería informarles, modo spam, que estoy en dos concursos que tendrán relevancia con dos parejas de este fic (me abstendré de decir cual hasta que se publiquen) y que hilarán muchos cabos que aquí se dejan en el aire pero que, posiblemente, en un futuro tengan su relevancia. Así que, cuando los publique daré un poco la tabarra por aquí, por si se animan.


VI.

El festival Tsukimi -o como todos conocen: Observación a la Luna- consistía básicamente en mirar los cráteres y vislumbrar la figura de un conejo. Sí, un conejo. Haciendo concretamente mochi* o, según los chinos, el elixir de la vida -en internet no hay encuestas, pero tiene pensado hacer una (totalmente pseudocientífica) para saber qué fuman o beben durante el mes para ver algo semejante-. Los japoneses se han hecho expertos en crear pequeñas creencias alrededor de cualquier cosa, por ejemplo, las estaciones no sólo se separaban por primavera, verano, otoño e invierno, sino que, además, crean subcategorías por cosechas, el inicio del sonido de las cigarras, el nacimiento de determinadas mariposas, el crecimiento de la luna, el solsticio de verano. Demasiadas actividades que apuntar en un calendario con solo 365 recuadros en blanco. Seguramente en el día restante que hay en el año bisiesto veneran la forma curvilínea del helado. Estamos hablando de un país que disfruta del día de la fertilidad creando pollas de madera gigantes, y carrozas que reparten condón.

Es hasta preocupante que se haya parado a pensar el por qué hay un día que venera la natalidad, con florituras en forma de penes, y repartan condones.

Por qué.

Para qué.

Y es precisamente porque tienen una cantidad indecente de fiestas para aunarse en el abrazo del equipo que Kageyama no comprende del todo bien, después de tres años teniendo la rutina, que les gusta tanto una fiestecilla de pueblo tan cutre. Decorado con conejos, grandes o pequeños, -la palabra ha comenzado a sonar mal después de leer múltiples artículos en Google sobre Tsukimi- e innumerables puestos con sobres de té -a él no le gustan demasiado, tomar agua caliente le producen arcadas durante una semana entera-. Que si ramas representativas de la cosecha anual. Que si pasta de arroz para regalar. Cutre es quedarse corto cuando no tienen un lago al que ir y pedir deseos a la luna, y ponen como remedio unos pozos la mar de bonitos, con kanjis pintados en dorados y cuerdas rojas truncadas alrededor de la madera, para inclinarse y rezar al reflejo aspiraciones olvidadas, como las monedas en las fuentes.

La urbe vestida con telas pesadas y lazos coloridos, con zapatos incómodos que resuenan en el piso de piedra, les saluda nada más cruzar el Torii, un arco rojo y negro. La mano de Hinata sigue enfriando la suya, llevándose el calor corporal cual dementor* en El prisionero de Azkabán y alterando los nervios que terminan en las yemas de los dedos como si la magia fluyera por sus venas y de un momento a otro fuera a salir por cada poro de la piel por falta de algún tipo de incontinencia. A Kageyama le encantaría saber cómo quebrar la sonrisa simpática que lleva implantada en los genes, o hacer que desvíe la mirada sorprendida que bifurca la masa de personas entre saltos hacia él. Estaría muy bien ponerle algo nervioso y romper el sosiego que lo envuelve como la bruma a las mañanas.

O desanudar sus tripas. Cualquiera de las opciones vale.

—¡Ahí están! —Grita, chiribitas en los ojos, destrozando la cadena hecha de manos que había creado un grupito de chicos y chicas para pasar entre la multitud y no separarse al tirar de los dos. —Perdón, perdón.

—Ya te vale, memo, ¿no podrías haber esperado un poco? —Pierde un latido cuando dejan de tocarse. —¿Y ahora a dónde vas?

—A saludar. —Escucha que grita.

A saludar. Claro. Las personas normales dicen "¡Oh! ¿Qué tal has estado?" o "cuanto tiempo, ese corte de pelo te sienta bien" e incluso a veces "esa chaqueta es nueva ¿no?", otras veces un simple "Ey" como haría nada más llegar al lado de Tsukishima y trata con poco éxito de no chocarse con los niños que corretean. Esto no es un patio de recreo. Pero no. Tenía que hacer esa bienvenida tan ridícula que habían comenzado Tanaka, Nishinoya en segundo curso cuando terminaron, "Será algo especial y único, apúntate Tontoyama" y "Mola mogollón"; aún tenía en mente la cara de horror de Yamaguchi al negarse en rotundo. Como individuo cuerdo y con dos dedos de frente.

Tres gritos de euforia se escucharon por encima de la fiesta. Palmas sincronizadas. Bailecito totalmente innecesario seguido de un meneo de culos. Tanaka semi-desnudo (la camisa floral que segundos atrás llevaba perfectamente abrochada ahora era usada como las aspas de un helicóptero mientras seguían con el saludo). Abrazo a tres. Risas histéricas.

—Tan anormales como de costumbre. —La voz desganada del rubio lo despierta del espectáculo infantil. Están creando una rotonda humana por la que los demás rodean tratando de no salir heridos entre tanto movimiento errático.

Dos chicas se han parado a sacar fotos.

Tanaka y Nishinoya tratan de ligar con ellas.

Huyen.

—Por primera vez pensamos igual. —Rezonga Kageyama, de brazos cruzados. Le da rabia admitir que está incluso más alto que la última vez; quizás piensa seguir creciendo hasta ser un poste de luz. —Hola, Yamaguchi.

—Les estoy grabando, ¿quieres salir tú también, Kageyama? Yachi me ha dicho que les envíen un poco de la dinámica. Mi internet está fallando por la cobertura, así que he pensado que un vídeo podría ser suficiente. —Móvil en mano y tres capas de ropa para no pasar frío. El constipado lo lleva pegado a la dermis, como la voz cogida por la flema.

Y aunque la reverencia llega a lo dedos de los pies y el saludo sale más seco de lo que pretendía -Yachi le cae bien, siempre cerraba el gimnasio junto a Hinata y él. Además de darles clases particulares la mayoría de veranos-, la breve posibilidad de pillar un resfriado hace que quiera correr en dirección contraria.

Mejor me alejo tres pasos de ti.

—Ni se te ocurra grabarme a mí o te rompo el móvil.

—Tú estás fuera de la visión global de cualquiera, Tsukki, y además te ve casi a diario.

Observa con diversión la mueca del más alto mientras sus cascos vuelven a coronarlo, siempre ha sido un piltrafa ante las réplicas de Yamaguchi. Es casi congénito sentir la braza que se prende y caliente el pecho mientras lo colma de azúcar al ver como todo está igual que siempre. Cada encuentro en verano después de las recuperaciones no se ha mitigado, ni quedado en la nada después de que el grupo se diluyera por diferentes universidades. Si le preguntaran no diría nada. Pero les ha echado de menos. A todos.

—Lo he visto. —Deja caer una vez que Yamaguchi es arrastrado por la jarana del trío.

—El qué.

Hinata está jugando al caballito mientras Tanaka relincha -o trata de imitar el sonido de un animal sacado del mismísimo infierno- motivado por el senpai tan complaciente que le ha salido al pelirrojo nada más verles. Noya también se apunta a ser domador de caballos (personas) y la espalda del recién reportero es lo único que tiene para atenerse.

—Qué va a ser, su majestad, han venido cogiditos de la mano, a mí no me vengas con chorradas. —Pica Tsukishima, echando un vistazo a la lista de música de su iPhone. Major Lazer reza la pantalla. —¿Por fin has dado el paso de convertir al tonto en tu reina o aún están con las sutilezas del casamiento? No pienso ser la dama de honor. Ni hacer de casamentera.

—Que te calles. —Las palabras enredadas entre los dientes. —No sé de qué hablas.

Claroclaro. —Ríe, más interesado en subir el volumen que en la conversación. —Cuando quieras hablar, no me llames. O mejor, llámame, cuéntame cómo fue todo y luego vete a pedir consejos a otro, posiblemente Sugawara sea más atento que yo. —Las gafas brillan con el reflejo de los farolillos rojos. —Pero, lo sé, a mí no me engañas.

—Qué vas a saber tú. Vete a freír espárragos.

Tsukishima a veces hace eso. Eso de tirarle pullitas sobre la pareja-nopareja que son. Al principio sólo rondaba los temas obvios, su poca destreza para socializar y el renombre tan obsoleto de "rey" y "su majestad"; pero, con el paso de los años, parecía haber conseguido experiencia en el juego de Como tocar los cojones hoy a Kageyama Tobio. Nivel 100, todos los galardones y récords bajo la axila. En primera instancia no le molestaba demasiado las referencias absurdas sobre la pareja monárquica que hacían los dos, total, qué más daba sí sólo era su mejor amigo, como si había rumores de que eran siameses y comían del mismo plato. Lo jodido fue en tercer año, cuando la fiebre de Hinata tiene unos ojos bonitos, ¿por qué no puedo parar de mirarle en los vestuarios?, ¿qué hago pensando en qué tipo de comida le gusta al melón?, o cuando comparaba el susurro del viento con los sonidos que hacía al dormir entre colchonetas los campamentos de verano. Él mismo se autocastigaba por simplón al estar pensando en las musarañas en vez de como ganar las siguientes Nacionales.

Quizás ni siquiera sabía de los sentimientos que tenía por el pelirrojo. Quizás sí y era un visionario (ya que llevaba con la cantinela desde segundo año).

Para más inri, a Hinata esas burlas en concreto le resbalaban sobre la piel, untada en aceite, cuando le apodaban reina lo aceptaba con orgullo, una insignia más como buen boys scout.

—Ey, Kageyama, ¿te estás dejando crecer el pelo? No te queda mal, pero a mí no me superas. Estoy pensando en teñírmelo de azul eléctrico. Está guay, ¿no? —Jadea Tanaka con Hinata a cuestas, señalándose la cresta que adornaba la cabeza.

No sé yo. Ya extraña la calva brillante y rasurada cuya textura de erizo era irracionalmente agradable -lo había comprobado en verano, mientras dormía boca abajo sobre la colchoneta. Hinata y él se aventuraron a acariciar la perola durante unos breves segundos. Patitiesos en el suelo, comprobando el roce picajoso en la palma de la mano-. De todos modos, algo no cuadraba del todo bien en ese peinado a lo punk ochentero.

—No lo hago aposta, en cuanto pueda me lo cortaré. Me da calor en las orejas.

Te queda bien. —Ameniza Shouyou con perorata, mirando el móvil. —Al parecer Asahi ha puesto en un mensaje que están por aquí. No encontraban aparcamiento cerca. —Se interrumpe a sí mismo. —Y, normal, ¿Por qué no vienen caminando? Todos los años se llena el parking. Les he dicho que estamos delante del puesto de bolitas de pulpo. Llegarán en breve.

—¿No piensas bajarte? —Aduce Kageyama, mirando las piernas que se balancean a los costados de Tanaka.

Hinata se encoge de hombros entretenido, usando la coronilla de su caballo como mesa, escribiendo mensajes a-saber-quién con una velocidad envidiable.

—Deberían empezar a salir de una vez tío. Daichi y Suga, digo, no me los imagino en un trío a ellos tres. Asahi es demasiado pasota. Y simplemente no pegan juntos. La cosa es que han estado montón de raros desde aquel día en casa de Ryu. Cuando sin querer —Hace un amago de comillas con el dedo índice y corazón. —Dejé caer el tema de la nueva norma sobre el matrimonio gay en Tokyo. —Sacude la pernera después de descolgarse de Yamaguchi, quien aún murmuraba cosas sobre lo complicado que es hacer un directo en Facebook y la mala cobertura que hay en el pueblo. —Me da que han querido quedar hoy para decírnoslo.

—Si se divorcian me pido ir con Suga, es más hogareño y hace unas galletas con chispas de chocolate que te mueres. —Tanaka es un libro abierto que babea y se estremece ante la idea.

—¿No sabes siquiera si están o no saliendo y ya deciden en qué bando se pondrán? Aunque creo que todos nos iríamos con Suga. —Confirma Yamaguchi.

—Lo digo para que luego no me digan nada. Tampoco podemos dejar solo al capitán. —Tanaka se rasca la frente, mientras traza dibujos con la punta del zapato en la tierra. Entre pedilón y arrepentido.

—¿Todos se van a ir con Suga? Mierda, yo también quería. Daichi da miedo cuando se enfada —Nishinoya reprime un escalofrío, buscando con la mirada entre la multitud. —Pero es nuestro capitán. Propongo que hagamos un sorteo, con números, quien le salga par se va con papi y quien salga impar con mami.

Tsukkishima transforma la cara en un rictus, los ojos girasoles mirando entre el reflejo de las gafas. Nunca había estado más en desacuerdo que con esos apodos tan poco originales sobre los antiguos líderes del Karasuno y su espontánea paternidad.

Los mayores del grupo no se hacen de rogar y, contra todo pronóstico, vienen cogidos de la mano, hablándose al oído y sonriendo como si guardasen el secreto de la felicidad mientras el más alto de los tres huía del confeti multicolor para llegar a ellos todo lo rápido y educado que puede pretender una persona que camina junto a sus amigos. Le revuelve el pelo a Nishinoya y suelta un "Ey, ¿qué tal? Todo bien, ¿no?" incómodo como ninguno.

—NO. PUEDE. SER.

Sin respiración.

—SI LO ES TÍO.

A grito pelado.

Hinata está en el suelo desviando las pupilas entre cómo Tanaka -éste tiró al pelirrojo de la emoción- y Noya, quienes se pellizcan mutuamente los brazos y se tiran del pelo, y el duplo que se acercaba por la derecha.

Riendo como un par de chiflados que acaban de encontrar un cofre lleno de oro.

—Puedo morir en paz. —Arrulla el líbero, desinflado en su sitio.

—¿De qué hablan? ¿Se les ha frito la última neurona? —La situación es tan absurda que hasta Tsukishima apaga la música.

—¿Es que no lo ven? Se están cogiendo de las manos. —Ríe Nishinoya, aun dándose de codazos con Tanaka. Remarcando la obviedad.

Y vienen abrazados. —La admiración supura en forma de palabras. Ojos cristalizados por lágrimas de cocodrilos.

Tenían toda la razón del mundo. Caminaban con pies sincronizados, como si llevaran mucho tiempo yendo al ritmo del otro. Miradas furtivas, sonrojo caliente en las mejillas, juego de manos y Daichi, que nos están mirando. Kageyama no sabe por qué, pero tiene la sensación de que todo está en su lugar al verlos juntos, incluso mucho más que aquellas veces que vio al antiguo capitán sonreír de oreja a oreja al recibir un abrazo de Michimiya cada vez que ganaba un partido y estaban todos animando -es una chica con la que no cruzó más que un par de saludos y le caía medianamente bien ya que el voleibol le apasionaba-, mucho más que el chico tan tímido que les presentó Suga tras terminar el primer año de universidad, algo retraído y que no sabía lo que era una volea pero que siempre compraba bollos rellenos de carnes para todos. Incluso se aventuraba a decir que era políticamente correcto. Socialmente esperado. Pero, joder, toda la situación le ponía los pelos de punta, ¿se conocían desde hace cuánto? ¿Casi una década? ¿Habían necesitado tanto tiempo para darse cuenta que querían estar juntos? O peor aún, ¿Eso es lo que tendría que esperar para tomar partido con Hinata? ¿Siquiera tenía algún partido que jugar? ¿Qué se vieran en manos de otros para dar el paso? Porque quizás Daichi y Sugawara debían vivir todas las experiencias previas con otras personas para darse cuenta que se necesitaban mutuamente, pero quizás ellos no. Quizás, como en el voleibol, se necesitaban primero entre ellos y luego a los demás.

Tiene razones suficientes para pensar que Hinata siente algo por él después del mes que le estaba dando.

—Chicos, paren de una vez. —Dice Asahi, rascándose la nuca. El pelo largo recogido en una coleta alta. —Les ha costado horrores dar el paso y contároslo, pero como acaban de decírselo a sus familias y todo ha ido medianamente bien decidieron ser lo más naturales posibles.

Claro, porque el argumento de que quizás no haya retoños naturales podía poner una familia patas arriba. Lo entendía perfectamente. Era un tema que aún prefería dejar guardado en el armario hasta encontrar las ganas y el valor de decírselo a sus padres.

No es que sea gay, si lo fuera me irían otros chicos. Pero no es el caso. Hasta hace un año y medio pensé que sólo me iba el vóley, pero quizás esté un poco obsesionado con Hinata. Nada más.

La coña semanal de su equipo y el título que apuntaba a maneras y Les voy a meter de hostias cuando los tenga delante enel grupo de WhatsApp le asalta ante la ocurrencia de hablar sobre qué le gusta y qué no. La Hinatasexualidad y sus dificultades (el consultorio gay). No podían estarse quitecitos, no, debían volver a poner ese nombre -lo había tratado de cambiar cinco veces- y una foto de un unicornio cagando arcoíris. La culpa la tenían Yuu y Arata -o él, por confiar en ellos-, que se habían tomado la justicia por su mano y las leyes de cupido como entretenimiento personal, ¿que dentro de dos meses hay exámenes? Qué más da, si preferían divagar y divertirse buscando qué tipo de gel venía mejor para la dilatación anal.

—Mira, bro, en el caso de que todo salga bien entre Hinata y tú no queremos que acabes con el culo como la bandera de Japón. —Había dicho Yuu, con el portátil calentándole las rodillas. Arata asentía cual títere en la conversación.

No sabía que le molestaba más, la suposición de que él querría que le dieran por culo. Que dieran por hecho que él se dejaría dar por culo. O que acabase mirando las cremas con olor a naranja e inducción a tacto caliente.

Me cago en todo lo cagable.

Debería bloquearlos de las redes sociales y de su vida. No hacen más que liársela. El resto pasaba un poco más del tema -gracias a Dios o a quien tenga que ponerle un templo-, o se reían de los amagos de Ushijima por encontrarle una lógica al nombre del grupo, "¿Es un tipo de código?"

Madre del amor hermoso, mátame ya.

—Espera, que me lo apunto en una hoja de lechuga. —Señala Tsukishima, tedio en persona.

Tanaka y Nishinoya no aguantan ni tres segundos en saltar sobre la pareja y noquearlos a preguntas, sin siquiera saludar.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —Comienza Noya acortando el espacio personal de los mayores.

—Supongamos que hay una par de camisetas en cargadas a juego con "Sugar" y "Daddy", ¿pasaría algo si en la próxima salida grupal la llevamos puesta?—Insinúa Tanaka.

—Las vamos a usar de todas formas, ¿Quién es el que da? —Nishinoya ríe al ver la cara de estupor que pone Suga nada más preguntar.

—Daichi, yo confío en que usarás condón, no queremos sobrinos tan jóvenes. —Inquiere Tanaka, todo solemnidad, con la mano en el pecho.

—¿Cómo fue la declaración? —Se apunta Hinata al interrogatorio.

La noticia ha cargado las pilas en el ambiente y llenado el tarro de las burlas como para molestar un año entero.

—¿Quieren que los mate a la vez o por separado? —La voz grave y de ultratumba que usa Daichi parece efectiva.

—Daichi. No sé de qué te quejas, eras el primero que temía una reacción negativa. —Expone Sugawara sonriendo. El único que al final ha ido vestido con un yukata, azul marino. —Esto es mucho mejor que la cara de horror que mi padre puso al saber que tengo novio y decir "¿ahora también me voy a tener que preocupar por los chicos contigo?"

—No puedo creer que le ocultaras un año entero tu relación con Kenjiro. —Reclama el antiguo capitán, relajando la expresión.

—No era el adecuado.

Oooow

La exclamación no viene de ningún integrante del grupo. Sino del móvil de Yamaguchi, quien había logrado abrir el Skype y estaba mostrando toda la escena a Yachi.


Ennoshita llega media hora más en tarde, junto a su novia y un par de colegas que nadie conoce pero que no tardan en mimetizarse con el grupo. Hablan de lo que se espera hablar en esos casos. Cómo han ido las clases -aunque todo queda un poco en el aire cuando Tsukishima comienza a departir sobre la submatriz singular cuyos elementos principales que pasan por encima de su diagonal da cero-, si los exámenes son muy complicados en los últimos cursos -Sugawara sobresale en las primeras prácticas de Educación infantil pero Diachi está comenzando a pensar que ver tanto protozoo en las salidas de campo lo harán pasarse a ser carnívoro-, las expectativas nuevas -Tanaka y Nishinoya aprovechan para alardear del ciclo superior que están haciendo sobre cocina, de lo divertido que es y lo bien que se complementa con los equipos de vóley además del trabajo-, si hay profesores que les obligan a comprar los libros porque sí-Yamaguchi se ha dejado la mitad del dinero mensual en apuntes incluso antes de comenzar a marcar los exámenes en el calendario.

Del pan de cada día.

—Me alegra mucho escuchar que te esté yendo tan bien en la universidad, si te soy sincero pensé que harías lo mismo que estos dos. Cuando comentaste qué harías el examen de ingreso fue toda una sorpresa. — Admite Suga, acariciando al pelirrojo en la cabeza a modo de premio, señalando con la mirada al dúo que juega a las cartas tirados en el suelo -uno boca bajo y otro con las piernas cruzadas-. —Se te daría bien impartir clases a niños, tienen la misma energía que tú.

¡A que sí! Es lo que había pensado. —Exclama Hinata, con emoción y los ojos brillantes. —Bueno, ya saben, cuando no esté jugando al voleibol. He escuchado que hay un par de cursos complementarios.

—Yo creo que sería la forma más efectiva de cansarte. —Comenta Tsukishima metiéndose la tercera bola de pulpo con sésamo en la boca. —Y, ¿no eras tú el que decía que iba a crecer tres palmos en la universidad? Creo que has menguado dos.

—Y dale, ¡Estoy midiendo 1,72! No es mi culpa que tú te hayas hartado a Petit Suisse* y dentro de poco no quepas por la puerta. —Berrea. Muerde una manzana de caramelo, dejando restos brillantes en la comisura de los labios.

—Unos centímetros menos y no habrías sido titular.

—¿Quieres pelea? Te machaco en tres segundos.

—Detrás de Yamaguchi no me vas a rozar el pelo, esmirriado.

Se han recorrido todos los puestos del recinto, probando cada muestra gratis que ponían en palitos u ofrecían con una sonrisa y bandeja en mano. Se han comprado una media de cinco cajas de comida en cada sitio que los olores abrían el apetito, para probar. Y colgando del cuello lleva una máscara de plástico de zorro que le dará a su hermana mañana antes de irse a Kyoto; tiene una colección paradójica de todos los tipos habidos y por haber, posiblemente se ha gastado una paga mensual sólo en las más baratas, entre ellas hay una en concreto que le perturba: totalmente roja y con un solo ojo negro.

—¿Tienen cinco años? Podríamos tener la fiesta en paz. —Riñe Daichi, concentrado en un ramen humeante. Asahi asiente a su lado con en el kebab en la boca.

—Ha empezado él. —Señala Hinata con la manzana roja y brillante.

—Empezaste tú al nacer.

Resuena en el oído el Turn down for what que canta Noya al ganarle la partida a Tanaka. Demasiado tiempo desperdiciado en Youtube, derrochando horas de sueño entre vídeos de gatitos saltando espantados por un pepino y gente haciéndose pasar por yihadistas asustando al populacho con mochilas vacías o recibiendo un par de zapes de algún envalentonado que se atreve a correr detrás del tío disfrazado.

—Quedan diez minutos para los fuegos artificiales. —Tanaka lleva una cuenta regresiva desde hace una hora, haciendo brillar en la oscuridad las manecillas de un reloj negro con luz verde chillón. "¿Han visto mi nuevo reloj? Me costó una mierda en internet, pero ¿a qué es bonito?"

—Pues a mí me parece de lo más normalito. —Replica Ennoshita, haciendo de abrigo humano para su novia. —Creo que lo vi en una tienda de baratijas.

Tanaka prefiere morderse la lengua y seguir con las cartas.

—¿Están emocionados por el encuentro de mañana? Tenemos que ganar, siempre perdemos contra ellos. Que se note esas tres nacionales ganadas en la cancha chicos. —Insiste Noya, palmeándose el pecho colmado de orgullo. —No te irás a poner de su parte ahora que están en el mismo equipo, eh, chaquetero.

El césped bajo los pies está húmedo y enfría la poca carne expuesta a esas alturas de octubre. Optaron por alejarse un poco de la multitud nada más pillar la comida, para no perder hueco entre la maleza y la oscuridad y observar medianamente bien las formas sinuosas que pintarían el cielo sin pisarse los pies entre la multitud.

—¿Me estás tomando el pelo? Tengo unas ganas terribles de jugar contra Kuroo, y probar si puedo sobrepasar su bloqueo. Es una pasada. —Prorrumpe Hinata al aire.

Moviéndose en la tierra, rueda hasta chocar contra el cuerpo de Kageyama, quien no ha parado de mirar el móvil desde que se terminó el helado de leche. Casi con el invierno mordiéndole la nuca. —¿Qué te pasa, Ido-yama? No sabía que el móvil y tú se llevaran tan bien.

—Deja de conjugar mi apellido como si fuera lo más normal del mundo, imbécil. —Los dedos pasan páginas de Google sin tino y decide abrir Facebook.

—Es que es lo más normal del mundo, Obvio-yama.

Hinata.

—La soledad te sienta realmente mal. Mejor me quedo a tu lado a ver si así te vuelve el color a la cara.

Shouyou recarga la barbilla en el hombro de Kageyama y el pecho en su espalda, para ver mejor la pantalla con el brillo subido al máximo, tanto que puede deslumbrar a un coche en pleno día. La tela del abrigo impermeable está yerta. Sus dedos vuelven a encontrarse. No aguanta no tocarle, sobre todo porque para un finde que puede estar con él y comprobar cómo se porta y deja de portarse ante sus repentinos acercamientos no piensa contenerse ni un poquito. Suficiente está haciendo para tragarse las palabras que se le enrollan en la punta de la lengua y que parecen polvos pica-pica* bombardeándole las mejillas internas.

—Qué haces.

Tú qué crees, Kageyama.

—Nada. Cotilleo eso de que sigas tantas páginas de animes shojo en Facebook. ¿Algo que contar? Qué será lo próximo, ¿hentai? O quizás te va más el yaoi. ¿El yuri? No te veo viendo gore. Te recuerdo que prácticamente vomitaste viendo Amanecer parte uno al ver el parto.

—Podrías morirte un rato, ¿sabías? Por ahí delante tienes un risco donde tirarte. —Tobio se muerde el labio al notar que la voz ha salido tres octavas más agudas de lo normal cuando la otra mano de Hinata lo ha abrazado por la espalda y se ancla alrededor del cuello. El cerebro se ha vuelto independiente del cuerpo y vuela entre nubes. —Nadie te echaría de menos.

—No sabes mentir. —Ríe, cerca del oído. El aliento lamiéndole la carne que desciende por el mentón.

Sé mentir muy bien. Cada vez que estoy a tu lado me construyo y me vuelvo a reconstruir. Cambio la máscara y me la pinto de gris para que no veas las tonalidades que toma mi cuerpo cuando estás a un metro de distancias. Te miento cuando sonríes y no te beso. Te miento cuando mi pecho se vuelve un enjambre de abejas y las ignoro por culpa de tus abrazos.

A Hinata le da igual que el equipo entero les vea abrazados debajo de un árbol susurrándose poemas sin rima. Le importan tres pepinos en vinagre que si se gira un centímetro sus bocas se estamparían con más de cinco pares de ojos sobre ellos. Le trae al fresco que por su culpa el estado permanente de sus rodillas se asemeje al de un flan. Parece que se siente en su salsa como para ligar incluso rodeados de todos sus amigos.

Como si le gustara demasiado como para contenerse.

Hinata Shouyou está tirándole los trastos. Constantemente. Y lo peor es que, aunque le encanta esa nueva proximidad, puede llegar a sacarle de sus casillas el último tornillo que le queda, porque no sabe cómo reaccionar.

Las pestañas iluminadas por la luz del móvil, miles de sombras anaranjadas que se rizan y enmarca unos ojos que oscilan entre el marrón almendrado y la miel más pura. Kageyama saborea la curva diminuta que distancia la nariz entre el labio superior y sucede el inferior, algo cuarteados por el frío, llenos de capas de piel más pálida pero manchadas del caramelo rojo de la manzana. ¿La lengua sabría ácida o dulce?

—Me han dado la nota de un trabajo y lo he suspendido. —Traga saliva cuando sus mejillas se rozan y el corazón bombea algodón de azúcar a cada una de las células que componen el corazón. Hinata le da me gusta y me encanta a un par de post de Oikawa e Iwaizumi en donde parecen estar de acampada en algún lago y han pescado un pez del tamaño de su brazo. —Yuu me ha mandado un mensaje pasándome la lista.

—No pasa nada, es un trabajo. Ni que fuera la primera vez que suspendes. Deberías pedir hora con el profesor, quizás puedas rascar un par de décimas. —Kageyama se da cuenta que cada una de las tensiones que tiran y alegran la expresión de su amigo se relajan. La mirada derretida en oro y la sonrisa a medio hacer. —Pero hoy deja el móvil, las preocupaciones, las ganas de matar a alguien y disfruta un poco, no todos los fines de semana los ves. Mucho menos juntos.

Y mucho menos a ti. Siempre tengo poco de ti, verte cada dos semanas o tres no es suficiente para mi bienestar mental.

Qué coño, Hinata. —Bufa, una vez que mira las notificaciones que empiezan a llover y hacen vibrar el teléfono. —¿Acabas de escribir "que lo pasen chachi"? ¿A Oikawa? Y encima en una foto donde Oikawa está besando en la mejilla a Iwaizumi, imbécil. LE HA DADO ME GUSTA A MI COMENTARIO —Lívido con los ojos fijos en el móvil. —¿Quién a tu edad dice la palabra chachi? Eres un hortera. Te voy a matar en cuanto te pille.

El golpe acierta en la nuca.

—¡Oye, no te pases! ¡Tú no me has dicho nada! Déjame en paz, jopé. YA NO TE LLEVAS TAN MAL CON EL GRAN REY. —Grita, nervioso, cuando Kageyama intenta deslizar las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta.

Los pies le llegan a la coronilla una vez empezada la pendencia, que si un agarre por aquí, que si una patada por allá. Corre sorteando los bultos que conforman sus amigos bañados en una endeble luz azulenca, espectral, intentando (sin mucho éxito) no pisar a nadie en la búsqueda de refugio.

No va a permitir que vea la imagen que decora el fondo de su pantalla.

—Dame tu móvil. —Amenaza, procurando endurecer las facciones para que no le note el matiz abrasado en las mejillas.

—No, para qué. No pienso dártelo. Olvídalo.

Si tiene que cundir el pánico, que cunda.

—Voy a mandarles una solicitud de amistad a los hermanos Miya desde tu móvil. Comentando las ganas que tienes de volver a verles en la próxima concentración.

—¡No, no lo vas a hacer! —Se guarda el móvil en los calzoncillos, helando la piel unos breves segundos cuando la brisa fría lame la piel de la espalda y el material metálico le toca la nalga. A ver si se atreve a meter mano. —Y ahora qué, no tienes huevos.

La frase Mete Líos. La de "si no lo haces eres un nenaza". En la que se puede perder todos y cada uno de los valores propios, la virilidad masculina, los pelos en el pecho que apenas salen en tres direcciones.

Kageyama atrapa los galones que cuelgan de la capucha y hace que camine dos pasos hasta reducir la distancia mínima que estipula la zona de confort en letra pequeñita, escuchando de fondo un "Diez segundos y comienzan los fuegos chicos" y "Te voy a romper el reloj como vuelvas a deslumbrarme con eso". Kageyama espera que Hinata sepa a la perfección que no va a deslizar la mano dentro de su ropa interior en medio de todo el equipo, ¿no? Por mucho que quisiera y posiblemente se entusiasmara luego en su casa repasando y estudiando la forma que podría tener esa parte en concreto de su mejor amigo.

Estamos siendo muy absurdos ahora mismo.

—Te encanta tocarme los cojones, Hinata-idiota.

Las chiribitas silban en el cielo.

Me encantaría tocártelos más seguidos. —Murmura, risueño. Las luces artificiales bañándole la curva de las mejillas, el color arándano espejo del espectáculo nocturno.

Shouyou ha pensado mucho, ha meditado y discernido con una determinación férrea que Kageyama tiende a enfadarse y gruñir un par de balbuceos malsonantes, a ronquear un poquito la voz para hacerse el machito y que nadie lo vea doblegarse y poner caras que el Grinch envidiaría por Navidad, pero nunca lo rechaza. Le da unos cuantos zapes cuando ha hecho demasiadas trastadas como para reventarle la vena de la tolerancia –no puede faltar la violencia física, que parece implantada en cada una de las células que conforman su cuerpo-, pero, al final, se deja hacer como goma entre los dientes. Y eso está bien. Bastante bien.

Los fuegos dejan mudos y sordos al público, volviendo invisible las estrellas y la luna.

Sería encantador poner de puntillas los pies y terminar la distancia que los separa. Delinearle con la lengua los labios y embeberse de su saliva -por un instante se le enrolla en el estómago la duda de a qué sabrá esa noche. Quizás a ramen, con pollo y huevo. Quizás al trozo de algodón de azúcar que le ofreció Nishinoya. Quizás a leche del helado. A lo mejor tiene la lengua fría-. Morderle la nariz algo roja por el fresco otoñal. Hacer que las orejas echen humo de timidez y escucharle gritar "¿Acaso eres idiota?".

Se pregunta si la tiesura en los hombros cuando se tocan es porque no encaja en su amistad y está pisando terreno turbio, o quizás porque todo es demasiado nuevo y aún no sabe qué cara poner cuando la sangre lleva el pulso donde la piel es fina y tirita, como las hojas al viento; si dar el paso o mejor quedarse en la zona de confort.

Quizás es que le gusta. De verdad. Con tonos solícitos en un sofá sin prestar atención a la película que han puesto y que han tardado un siglo en elegir.

Ojalá que sea eso, ojalá que tenga tantas ganas de besarme como yo a él.

Kageyama suelta los cordones de la chaqueta como si estuvieran a 100 grados y las yemas tuvieran quemaduras, cuando Yamaguchi casi tropieza con ellos grabando los fuegos artificiales.

—Tienen forma de palmera, ¿ves? Deberías venir la próxima vez, Yachi. —Medio grita entre los estallidos. Nadie lo ha comentado, pero flota en el aire la cuestión de si están o no juntos.

—¿No eras tú el que estaba deseando ver los fuegos de este año porque iban a tirar uno con forma de dragón? —Resopla.

Las manos en los bolsillos. Dientes apretados. Voz ronca. Continente de algo que nadie debe saber. Hinata guarda la interrogación para más tarde, cuando estén solos y pueda molestarle sin que los demás se enteren.

¡Es verdad! Todo es tu culpa por querer quitarme el móvil. Seguro que ya me lo he perdido. —La boca en un mohín.

—¿Quieres que te quite el móvil de verdad?

Abre los ojos de par en par, negando con la cabeza.

—Pues cállate.

Cállame tú.

—¿Pueden cerrar el pico de una vez? Gracias —Refunfuña Tsukishima, sentado a menos de un metro de distancia de ellos. —Si se van a dar el lote o a hacer una escenita podrían apartarse un poco, no quiero vomitar gominolas un mes. Sois tan homos.

El calor sube sin tocar la puerta desde el estómago, pasando por el pecho recorriendo los pulmones, bordeando la garganta, haciendo hueco en las mejillas. Donde se queda a tomar el té. Rojos hasta la punta de la nariz. Hinata está apuntito de preguntarle quién se cree él como para meterse en algo que ni le va ni le viene. Cuando no estaban haciendo nada. Absolutamente nada. Pero ve por el rabillo del ojo a Kageyama y se queda sin aliento. Sin ganas de respirar.

Se deja llenar de una oleada mediterránea, cálida, al observar cómo se rasca la nariz con los nudillos blancos por el frío, mirando los puntos en el cielo que se florecen e iluminan durante unos breves segundos para luego sumirlos en la oscuridad hasta que de nuevo se oye el chisporroteo en la lejanía. Con los labios curvos, bailando en un intento vago de aguantar la risa. Sonrojado. ¿Cuántas veces en su vida lo ha visto así? No sabía que podías ser tan tierno. Y le encanta, porque sólo él es capaz de ponerlo de esa forma. A Kageyama. Así que en vez de comenzar una batalla con Tsukisima, ronquea un poco la voz, le da un par de codazos sin mirar del todo a los ojos y señala un hueco en la tierra donde relajar los nervios y plantar las insinuaciones.

Que crezcan y florezcan en algo mejor.


— No puedo dormir. Es que aún no me lo creo. No puedo respirar. ¿Qué hago? Y si estando en Kyoto me quedo sin él. No puedo ni tengo dinero para comprar otro. Kageyama.

—Hay demasiados no en ese monólogo, pesado. Llevas así más de dos horas, escucho una queja más y te pongo un tapón en la boca.

Te voy a meter yo algo por donde yo me sé.

—Cállate, es todo tú culpa.

—A mí no me vendes la moto. ¿Alguien te apuntó con una pistola en la cabeza para escarrancharte como un niño en el césped y prácticamente tirarte sin pensar que tenías el móvil en el culo?

—Esto no hubiera pasado si desde un principio tú no me hubieses estado persiguiendo. Tus puños no son precisamente de algodón, ¿sabes?, acabo con cardenales que se van en un mes.

—Se me olvidaba lo fino y sensible que eras. —La risa se ahoga en la mano que le toca el brazo izquierdo a través de las sábanas frías y húmedas de estar todo el día tendidas con la ventana abierta de par en par. —Eh, pero qué haces. Ni se te ocurra.

—¿No piensas hacerme hueco después de que por tu culpa la pantalla de mi móvil se rompiera en dos? Sabes que esa colchoneta es tan fina que puedo notar el suelo.

Discuten a susurros, sin luz, sólo con la sombra de la luna que se cuela por el resquicio de la ventana semiabierta. Un colchón en el suelo, mantas decoradas con pelotas de voleibol. Las tres de la mañana consumiendo las horas de sueño.

—¿De verdad que no me vas a dejar dormir contigo? Te necesito, Kageyama. —Hinata es todo puchero, labios temblorosos y ojos de cordero degollado. —Estoy triste.

No ha tardado ni media hora desde que llegaron a su casa en exigirle que no entrara al baño mientras se cambiaba (como si no lo hubiese visto en bolas todos los días que compone la semana cuando estaban en secundaria), "¿para qué quieres mirar, perver-yama?", pidiéndole que le dejara la almohada grande y no la fina, "sino mañana me dolerá el cuello y vete tú a saltar tres metros con tortícolis", en tomarse leche fría con Nesquik manchando la encimera de granito por las prisas y casi propiciando un desastre con la cuchara, "ya lo limpio yo, vete tú a preparar la cama" el bigote de leche mojándole los labios; y ahora, por si fuera poco y no le hubiese dado la noche y parte de la madrugada quejándose de que tendría que sustituir la "R" por la "L" como los chinos y la "E" por el "3", trata de colarse en su cama. Lo peor, es que Kageyama paladea la derrota con sabor a Te jodes, pongo mi cara de ángel y la voz de miel y te dejo tan tonto que no sabes contar ni hasta tres mezclarse con la saliva cuando traga; y no le importa, no quiere, ni aspira, ni busca un subterfugio del tsunami que es Hinata cuando arrasa con agua y sal lo que encuentra a su paso.

—Te jodes, imbécil. Me importa una mierda que no te guste el otro colchón —Hiatos en palabras agudas. —Mañana tenemos el partido y quiero, más que sea, poder dormir siete horas. Y si puede ser sin acabar con una contractura en el hombro por tus aspavientos sonámbulos.

—KA-GE-YA-MA —La manta arrugada en los dedos del pelirrojo, destapándolo y dejando que el frío se cuele. —Vaaaaamos, no seas cruel, hasta tú mismo dices que soy pequeñito. No ocuparé nada, trataré de no moverme.

—Mides 1,70.

—1,72.

—Lo que quiero decir. —Remarca, dándole la espalda para que la incipiente erección que crece contra el chándal de algodón, de sólo pensar en hacerle repetir una y otra vez lo mucho que podría llegar a necesitarlo si se lo propusiera, no le rozara. —Es que eso de que eres pequeño es relativo.

Los muelles chirrían cuando sus rodillas tocan el colchón y termina de destaparlo por completo.

—¿Ah, sí? —Inquiere, tocado la tela marrón que recubre el hombro y lo que daría por tocarte la espalda, la curva del medio, las cosquillas en el pecho. —Entonces no soy un enano, ni mequetrefe, ni todos los motes que Tsukishima y tú. Y todo el universo se empeña en ningunearme constantemente.

—Eres bajito para mí, te saco veinte centímetros. —Kageyama cuenta cada rugosidad que ve en la pared, pensando en que quizás, cuando vuelva de Tokyo, debería ayudar a su padre a pintar las humedades del techo. Recuenta las facturas del mes y los gastos que ha tenido y tendrá por pagar; en las arrugas de su abuela, la verruga tan extraña que le nace en el segundo pliegue del cuello al sentir cómo el colchón sube y baja mientras su mejor amigo se acurruca a su lado, deslizando los pies cerca de sus gemelos, chocando la cadera con el culo y los hombros con la espalda.

Quiero unas vacaciones de mis hormonas.

—Me has roto el móvil, lo suyo es que me compres uno. Pero como soy un ser celestial y benevolente, sólo te pediré que me dejes dormir a tu lado. —Deberían darle un premio por resistir la tentación de acariciarle los hoyuelos que se le forman en la parte baja de la espalda, justo por encima de unos calzoncillos azul oscuro. —Así que dame las gracias.

—Memo celestial.

—Qué.

—Por lo menos tápanos.

Hinata no le responde, pero enseguida los tapa hasta el cuello con la manta de peluche, una que, aunque se ha lavado cien mil veces, siempre conserva ese toque a zumo de naranja que Kageyama tiró una tarde jugando al Outlas (el pelirrojo había gritado tan alto y fuerte al ver al gordo, nombre apodado por el mismo dada su aspecto rechoncho, que fue imposible no pegar un brinco junto a él). Y aunque deberían dormirse de inmediato el silencio se pega a las cuerdas vocales como los nervios descienden hasta los dedos de los pies, necesita romper esos hilos invisibles que cuelgan entre ellos. Normalmente uno de los dos cae rendido viendo la película de turno, o se queda sopa mientras el otro se lava los dientes, no hay necesidad de crear una conversación hasta que Morfeo llame a la puerta.

—Oye. —Susurra Hinata.

—Duérmete de una jodida vez.

—No puedo. Además…

—Te voy a hacer que cuentes ovejas a golpes, capullo. —Interrumpe Kageyama.

—…quería pedirte un favor.

Lo malo de vivir en el pueblo es que de vez en cuando se escuchan los coches, los pasos que resuenan a través de calles desoladas en la madrugada, las peleas de gatos callejeros. Shouyou se ha ido acostumbrando al desorden que propicia vivir en una ciudad, no obstante, no hay nada como el susurro de las hojas o el canto de un grillo que decora las noches a las afuera de Miyagi.

—Qué quieres. —No es una pregunta, no del todo.

—Verás, te conté que Kenma y Kuroo están saliendo, ¿no? —Ve como su amigo mueve la espalda y se hace hueco contra la pared.

Siempre tienes los pies fríos.

—Sí, hiciste un gran revuelo sobre el tema. Créeme, no es nada agradable que me cuentes cada una de las veces que se han besado delante de ti. —Resopla. —Por si te habías olvidado, son tres.

—Cuatro, la última vez fue en el baño (se dejaron la puerta abierta).

Shouyou sonríe al escuchar una queja ronca "como si me importara" y "lo apuntaré en mi libreta de Me importa un pepino". Se dedica a acariciar con los dedos de los pies el talón endurecido del colocador.

—El caso es que no puedes decírselo a nadie. Y sí, ¿con quién voy a hablar del tema? —Hace su mejor imitación, aunque Tobio se niega a pensar que suena como el enano gruñón de Blanca nieves. —Me da igual, tú no digas nada y punto. Al parecer no lo han tenido muy fácil por parte de sus padres (¿te lo puedes creer?), no lo tengo claro, pero está el hecho de que Kuroo quiso esperar a Kenma dos años. —Se gira en su sitio y contempla cómo la respiración del colocador mueve cada parte de su cuerpo, es como contemplar el vaivén de las olas que se rizan en la arena y la manchan de espuma para luego recogerse y volver a las profundidades del mar. Hinata percibe una oportunidad de hablar del tema, de sacar un poco los dientes en busca de intenciones. —¿Tú esperarías por alguien tanto tiempo? Incluso aunque fuese por algo tan superficial como lo de Kenma, que no sabía ni quería hacer nada.

El más alto es consciente de todo, desde la tensión que rige su espalda, hasta el tacto suave de la almohada en su mejilla. Nota el aliento que araña la nuca, una pluma de tacto fino que tortura la carne mientras el pelirrojo se dedicaba a trazar dibujos sin sentido en la camiseta.

—¿Qué clase de pregunta es esa, idiota? —Refuta, con el estómago en la garganta. —Si me importa sí, ¿no es obvio, tontaina?

—Pensé que no te iba el romanticismo, Bakeyama. Aunque, que te gustara tanto Forest Gump debería haber sido la primera pista. La vida es una caja de bombones, ¿no? Nunca sabes lo que te va a tocar, aunque eso no es del todo cierto. —Hinata pone la boca de piñón, aguantando la risa. —En la caja está escrito claramente que son bombones.

Le pica en el costado.

Oye.

Pincha en las costillas.

—¿Me estás ignorando?

Pinza la piel del antebrazo con el índice y el pulgar.

—¿Quieres morir esta noche? Se están rifando un par de hostias, y en la ruleta sólo hay un comodín, déjame que te destape el mantel, es dormir en el colchón del suelo.

Hinata grita como lo haría un guerrero en mitad de la guerra y se lanza a por una ronda de cosquillas, el mejor ataque que tiene a mano en ese momento. Son un lío de piernas, manos y tela demasiado calurosa. Kageyama no sabe cuántas veces en la vida se ha reído sin medir la voz, olvidándose olímpicamente de que sus padres dormitan con un solo baño de por medio y que (posiblemente) los tapones que su madre utiliza para no escuchar los ronquidos de su padre no son los suficientemente buenos; desconoce los instantes en los que ha perdido el aliento y sus pulmones han colapsado de la risa, descontrolando la voz en medio de una lucha por deshacerse de unos dedos cálidos, esos que se mueven con astucia debajo de las axilas y en los costados; pero es tan llano, gratificante y refrescante como un helado en verano, que dilata las venas y hace que la sangre corra a una presión vertiginosa, con la adrenalina en la sien y las mejillas vueltas amapolas.

—Ahora sí te ríes, ¿eh? Claaaro, como he hecho un chiste de película favorita del mundo mundial pasas de mí y lo ignoras, pero aquí, señor de las cavernas. —El pelirrojo pilla la piel delgada y expuesta de la clavícula. —Está tu botón de la risa. No, no, no, como te muevas un solo centímetro te neutralizo con mis dedos.

—Qué vas a hacer tú, zoquete.

Dicho y hecho. Para su mala suerte Hinata tiene energía para regalar incluso cuando el reloj marcan las cuatro de la mañana y agradece enormemente que la bandera que antes ondeaba al norte vuelva a apuntar hacia el sur, sobre todo si, de repente, su mejor amigo solventa que para seguir con el asalto es mejor apostar por las alturas y se sienta en su regazo, riendo como un niño al lado del oído, con la lengua mojándole los labios y el pelo hecho jirones.

Así no se puede.

—¿Qué pasa, Kags? ¿Te rindes? —Insiste, muy entretenido en descruzar los brazos que protegen estratégicamente las zonas de peligro. —Admite que el chiste no era tan malo y te dejaré en paz.

—Espero que nunca tengas que recurrir a la comedia porque eres horrible y yo no pienso dar de comer a un vagabundo maloliente que encima no podría servirme ni como entretenimiento personal.

Kageyama respira aire y plomo y tierra y sangre cuando el pelirrojo decide que la mejor opción del mundo es arrastrar las rodillas por la cama haciendo que cierta parte roce otra no-tan-blanda -porque, oye, tener a Hinata encima, tocándole por todos lados, contento entre nubes de azúcar no era para menos. Y su cuerpo de bobo tiene poco ante tanto estímulo adecuado- desmenuzando el buenrollismo que tenían hasta el momento, para volver a dejarlo en una tensión propia de los curas cristianos que se fustigan si dicen una palabra malsonante y que viven encerrados en el Vaticano sin ver la luz del sol.

El estómago se le bonina en un dolor placentero, la sangre circulando espesa hasta la ingle.

Vale, bien, hasta aquí.

Coge el timón del barco y cambia de ruta, tirando a Shouyou sobre el colchón que aún permanecía en el suelo -el chico muy entretenido picoteando como un pájaro carpintero en busca de unas cosquillas que simplemente se habían volatilizado en una explosión incandescente- sin medir la fuerza ni decir ni pío. A ver si así aprendía un poco a discernir sobre la distancia mínima que deben tener dos personas en un espacio tan pequeñito.

—¡Oye! ¿Se puede saber qué te pasa?

—Déjame dormir de una puñetera vez, si tienes ganas de parranda ponte a jugar tú solo, yo quiero dormir.

Borde.

—Pesado de los cojones.

—A Iñaqui no le molesta que le haga cosquillas.

Lo que me faltaba por oír esta noche.

—Dale las felicidades de mi parte. Ahora, déjame dormir.

La luz de los faros de un coche al pasar ilumina momentáneamente la habitación, sólo los segundos justo que sirven para vislumbrar la repisa llena de premios infantiles, un par de fotos familiares, innumerables libros -algunos llenos de polvo- de voleibol, las tres medallas doradas que habían ganado jugando codo con codo hasta que la piel se quedaba pegajosa por el sudor y los músculos se reducían a papilla. Es el flash de una cámara que capta, a través de unos ojos pincelados por tonos marrones, la postura de Tobio: el brazo máscara de la cara, tapado hasta la cintura, los labios entreabiertos soltando bocanadas de un aliento entrecortado.

—Kageyama. —Se muerde el interior de la mejilla, con el pecho hundido en un lago de algodón y las orejas de la temperatura del sol.

—Qué.

¿Te has puesto duro?

—Buenas noches.


La tarde es calurosa para ser 28 de octubre. Sí, tarde. Las sábanas, la saliva y la erección nocturna -de esto prefiere no hablar, porque fue toda una odisea no paliar las ganas de enrojecer la piel tensa hasta volverse blanda y suave, sobre todo teniendo a un metro de distancia al causante del problema dormido como un tronco- lo habían dejado pegado al mundo de los sueños hasta casi las dos; despertó de chiripa, al escuchar la risa estridente de Hinata bailando desde el salón, quien hablaba con su padre de un tal Neymar y su alta tendencia al teatro (no supo que hablaban de futbol hasta que el cuerpo alineó los engranajes adecuados que necesitaba para volver a caminar). Al parecer el renacuajo con una bomba nuclear por cuerpo, se había despertado medianamente temprano y no sólo había ido y vuelto de su casa para recoger la maleta y despedirse de su familia, sino que, además, había ayudado a su madre a hacer el almuerzo.

—Aún estoy esperando que me den los papeles de adopción, Yuna. —Propone Hinata, dándole vueltas a un arroz amarillo que olía a pollo, perejil y refrito.

—¿Dónde hay que firmar? —Truena entre risas el padre de la familia sacando un par de platos de la repisa. —Por lo menos tendría con quien hablar de futbol como Dios manda.

—Vaya, gracias, papá. Me siento muy querido en estos momentos. —Se sienta en un taburete de mimbre que había hecho su madre dos primaveras atrás cuando le dio la crisis de los cuarenta, Aún soy joven, hijo, mira puedo aprender cosas nuevas.

—Tu padre sólo ha entendido quien es el macho alfa de los dos, no pasa nada. —Hinata le guiña un ojo y él levanta el dedo corazón como saludo mañanero (o tardío, según se mire)

Yuna Kageyama, como buena madre y experta en riñas, aprieta con ahínco y mimo las mejillas blancas de su hijo hasta que quedan rosas. Lleva un vestido dibujado con flores por todas partes, en tonos pasteles y con un lazo perfectamente unido en su espalda, no comparte casi ningún rasgo con Kageyama, salvo ese curioso tono azulado, entre noche de primavera estrellada y salsa de arándanos; éste se parece más a su padre, que es todo altura y hombros, ropa más bien holgada y monocromático, con el pelo bien repeinado hacia atrás, tan negro como las alas de un cuervo.

—Te parecerá bonito levantarte tan tarde teniendo un invitado en casa, ¿Verdad? —Riñe, quitándole manchas invisibles de la cara y peinando el pelo hecho un nido de pájaros. —Debería cortarte el pelo antes de que te vayas, no sé cómo ves con este flequillo. Ayuda a tu padre a poner los cubiertos, anda.

—¿Queda leche? —Abre el primer cajón que hay junto al horno. Necesita un poco de lactosa para empezar bien el día. Saca cuatro tenedores (su padre es de lo más occidental desde que en una de sus viajes a Itala por trabajo le enseñaron lo fácil que era comer sin palillos) y una cuchara sopera. —¿Puedes dejar de comerte la miga? Hay un hoyo en el pan. Es desagradable, papá. Y tú, no fomentes ese hábito.

Hinata se mete en la boca una bola de harina mojada en la sopa y la mastica con las mejillas llenas, distraído, dándole vueltas al arroz humeante. Está en su punto.

—No le hagas caso, Rio. Lo llevo haciendo toda la vida, tú hijo se ha levantado con el pie izquierdo y lo paga contigo. —Tiende, con una espátula de madera, un poco de salsa hacia su padre, quien dice -algo así- mientras rumia "joder, mujer, qué bueno está. Te has superado" para luego colocar un par de vasos encima del mantel de flores, "pero quema como un demonio" y "córtenme un limón que a esto le falta aliño".

Los días que Shouyou estaba en su casa no pasaba nada inusual, se podría decir que eran días normales con algo de maltrato paterno filial hacia Tobio; a lo sumo, el chico de pelo anaranjado sólo alentaba que el ambiente se volviera más hogareño y dinámico, más de lo que normalmente suele ser teniendo dos padres sacados de Disneyland. Qué si "vamos a jugar al Dominó o al Parchis", o mejor, "¿por qué no me cuentas un poquito de cómo te va la vida, hijo? ¿Alguna chica por ahí de la que quieras hablar?", una vez llegó a casa y los encontró preparando una maratón (con gominolas, pastelitos y palomitas suficientes para reventar a un ejército famélico) de las películas más tristes de la historia, porque, según ellos, tenían que estrechar lazos y Kageyama no lloraba lo suficiente. ¿Qué padre en el mundo quiere que su hijo se eche a llorar con nueve años al ver cómo un perro espera a su dueño -cabe decir que estaba muerto- estación tras estación? No unos corrientes, claro.

—¿Se puede saber por qué no me has despertado, zoquete?

—Te veías muy a gusto dormido, no como yo, creo que se me ha pinzado un tendón a la altura de las lumbares. —Apaga el fuego y quita el caldero de la placa, no lo tapa hasta haber olfateado el aroma que se entremezclan en el aire. —Prueba.

—Una queja más y comes con la marca de mis dedos en la cara. —Huele a cebolla frita, perejil fresco, pimiento asado; hay un toque a tomillo que le humedece la boca, casi puede paladear la comida sin haber probado bocado. —¿Qué te han dicho por lo del móvil?

—Que ahorre para cambiarle la pantalla. —Reconoce, moviendo los hombros de arriba abajo con desinterés. —¿No vas a decirme nada más?

Kageyama lo mira de hito a hito, un palmo más abajo, con el delantal rojo que tiene una casita bordada a mano en amarillo que él mismo había hecho años atrás por el día de la madre; está usando una de las tantas miradas que ha desarrollado como técnica milenaria para engatusarle, esta vez es la de Quiero mi premio, como cuando la pelota explota al otro lado de la cancha y la euforia burbujea en el estómago, esa que está acompañada de un dulce mohín aniñado, con los mofletes inflados como globos de aires y las cejas juntas esperando una aprobación. Siente una mano invisible que le retuerce las entrañas y exprime las palabras, las cuela sin filtro ni decisión.

—Aún no lo he probado.

—Da igual.

—Huele bien.

—¿Sí? —Chiribitas en los ojos. Y canta: —Ya lo sabía.

Eres un embaucador de poca monta.

—¡Quiero comer hoy! Dejen la tertulia para más tarde. —Grita su padre de fondo, sentado a la mesa buscando en el canal de turno alguna película medianamente aceptable, aunque acabará dejando Big Bang Theory como de costumbre ante los innumerables canales que han decidido que la buena televisión se basa en el cotilleo.

—Llévalo tú, tengo que lavarme las manos. —Tiene restos de colorante amarillo en la punta de las uñas y, de momento, prefiere no ser un Simpson.

Hinata tapa la olla, extendiéndole una cantidad desmesurada de arroz que bien podría alimentar parte a África y parte de Europa Sur.

—Gracias. —Le da una palmadita -OJO, al dato- en el culo.

El golpe no duele, para nada, pero entra en el cuerpo de Tobio como si fuera una bala capaz de neutralizar cada una de las neuronas que compone su cerebro y dejarlo muerto, recorriendo la sangre con noradrenalina, activando los sensores de peligro. Cuenta los segundos en los que su corazón no bombea sangre, ni palpita en el pecho; los alveolos que componen los pulmones se vuelven majaretas y comienzan a crear dióxido de carbono en vez de oxígeno. Su campanilla baila la macarena en la garganta, impaciente por cantarle las cuarenta o, quizás, decirle que haga eso las veces que quiera. Lo mira, con el cuerpo a medio camino entre la cocina y el salón aun sujetando las manillas incandescentes del caldero -es meritorio que no haya acabado en el suelo, deberían darle un premio-, girando la cara tan rápido que las vértebras se quejan, débiles amigas de sus impulsos nerviosos.

La yema de los dedos tarda una eternidad en irse del pantalón, de la curva que se forma a la perfección en la parte baja de la espalda, en el que comienza los muslos y, ahora sabe, aprecia, tantea de buena mano (por no decir la suya), que está lo suficientemente dura como para pellizcar y morder hasta poner la piel roja, encarnecida, débil. Algo frío y viscoso se desliza por su espalda al dirigir su atención a las arrugas que dibuja el ceño fruncido a Kageyama, quien si fuera un dibujo animado tendría los ojos fuera de sus cuencas.

—¿Qué haces? —Masculla Kageyama, con el estómago hecho un lazo y la carne siendo besada por alas de una mariposa. Necesita algo de sentido en su vida, alguien que se siente delante de él y le explique con lujo de detalles quién ha decidido convertir su día a día en una comedia romántica barata. Procura no mirar con demasiada intensidad la mano que segundos atrás teía encima, aunque observar cómo Hinata se retuerce de la vergüenza, rojo como un tomate, rascándose la nuca y humedeciendo con la lengua los labios en un tic nervioso tampoco era del todo recomendable. Ni sano. Ni nomotético.

No. Lo. Sé. ¿Vale? Fue sin querer. —Muerde el labio inferior cuarteado por el frío, pillín de una jugarreta, dando dos pasos hacia atrás. —No te enfades, porfavorporfavor.

—¿Cómo pegas alguien en el culo sin querer? —Le gustaría decirle cuan "enfadado" está, no obstante (para su mala suerte, no la del pelirrojo) esa palabra reduce a lo paradójico el amasijo de sentimientos que se le atascan en las cuerdas vocales.

—Simplemente estaba ahí, en mi trayectoria. Quería darte en el hombro.

Puede que lleve un buen rato mirándote el culo por culpa de ese pantaloncito tan corto que llevas y me haya distraído.

—Teniendo en cuenta lo alto que soy, la distancia entre mi hombro y mi pompis es bastante grande.

—¿Pompis?

—¿Estás cambiando de tema?

—Fue un error de cálculos, ¿vale? —No aguanta un segundo más en contener la carcajada. —Has dicho pompis.

—Me gusta más decirlo así, ¿pasa algo?

—Podrías llamarlo trasero, posaderas. CU-LO. Algo que no suene a niño de parvulario. —Ahoga la risa tras la palma de la mano, jocoso, con la fría encimera tocándole la espalda, dejando tierra de por medio entre los dos solo por si a Kageyama se le cruzan los cables y decide que la mejor forma de terminar la conversación era pegándole. —Pompis.

—¿Quieres que yo también te dé en el trasero y te cierre la boca?

Cuando quieras y donde quieras.

—Vuelve a decir la frase, pero esta vez con la palabra pompis, seguro que suena más erótico.

—Anda y que te den, gilipollas. —Las manos le sudan y no precisamente por el arroz caliente, sino por las ganas de darle de hostias hasta que la sonrisilla que le baila en los labios y forma hoyuelos de niño bueno desaparezcan.

—¿Por el pompis?

Será cabronazo.


Se vistieron con el uniforme antiguo del Karasuno -el que hace unos meses sudaban en las canchas nacionales-, se enzarzaron en una guerra de agua y jabón, además un poquitín de pasta de dientes y toallas usadas cual látigos en el antiguo oeste; Kageyama discutió con su madre sobre la falta preocupante de leche en la casa, "para un día que vengo, mamá, ya podrías pensar un poco en tu hijo". No fue hasta que se alejaron unas cinco calles de la casa que comenzaron a comentar una escena muy concreta entre Rajes Koothrappali y Howard Wolowitz, The Big Bang Theory. En la que, accidentalmente, Howard se automedicaba con estrógenos -bueno, no exactamente, más bien se ponía una crema con hormonas- y eso le producía ser mucho más sensible ante ciertos estímulos externos, dolores de pechos, antojos, mal humor; y, efectivamente, como Rajes siempre ha sido un personaje algo menos masculino que el resto, se entera del asunto y acaban los dos tocándose los pechos. Palpándose.

A Hinata nunca le ha importado demasiado el contacto, pero no ve muy normal que estén tan tranquilos, con la mano apretando el pectoral del otro y comprobando que tan bien colocada está la cosa (sin camiseta, cabe decir). Así que, como ninguno de los dos quiere volver a abordar el tema de la cachetada trasera, se enfrascan en una discusión sobre que tan gay son los dos y cómo es posible que Howard haya terminado con Bernabet cuando, claramente, sólo les falta besarse para finiquitar el asunto.

¿Nunca les ha pasado que todo se reduce a un cúmulo de información mal estructurada de las cosas que uno aprende en la televisión? O en twitter mediante post absurdos sobre Cómo ser feminazi en diez cómodos pasos: 1. El hombre es inferior, 2. La mejor forma de comunicarse es gritando, 3… O quizás en Facebook donde se comunican mediante memes muy imaginativos y videos de caídas que acaban siendo un confeti musical. Si hasta hay reacciones a los comentarios. Parece que, a veces, la vida se estrecha entre lo que uno ve, lee, escucha y lo que suelta por la boca sin pasar un filtro mínimo meramente democrático entre lo que está bien decir y lo que no. Contar hasta cien, como mínimo, para analizar las palabras adecuadas que le pican en la lengua.

Eso es lo que piensa Hinata un milisegundo después de hablar.

—Quizás nunca te lo hayas planteado, pero creo que nosotros somos como ellos dos.

Pues bien, el antiguo colocador central del Karasuno da por sentado que dentro de su cabeza hay dos personas completamente distintas: la que habla y la que piensa. Pegándose de puños a ver quién tiene el sartén cogido por el mango.

—¿Le echaste demasiada azúcar al yogur? ¿o es que estaba cortado? —Kageyama queda marchito, parece una flor deshojada en pleno otoño. La cara compungida, mirando al cruce que se bifurca a menos de dos metros, como si un olor pestilente estuviese diciéndole a gritos que no pasaran por allí.

El pelirrojo medita un par de segundos, mientras esquiva a una señora con el carrito de la compra e inevitablemente -la acera la han construido a juicio para que pasen de uno en uno- termina codo con codo con su mejor amigo, quien parece apunto de vomitar después de haber sido hechizado por un Tragababosas mal realizado*.

—¿Qué parte de la frase que he dicho no entiendes? ¿El que no te lo hayas planteado? —Se interrumpe Hinata. —Bueno, vale, eso te lo puedo tolerar, no todos tienen una mente privilegiada como la mía. O, quizás, ¿Qué somos como ellos?

Ahora es cuando alguien entra en escena, rompe mi discursito y me salva de la verborrea.

Hinata.

Kageyama pasa de blanco a morado en cuestión de un segundo.

—Si es lo segundo, déjame que te explique. —Prosigue su mini-yo interno, llamémosle Kamikaze. Uno apunto de estrellarse con el avión, las bombas y todo el armamento balístico que ha encontrado en la base militar. Mayday*. —Está bastante clara la dualidad "yo soy cariñoso contigo y tú me haces bullying en respuesta".

—Claro, tú eres un angelito caído del cielo los 365 días al año.

Hasta que rebasan el paso de peatón, con el semáforo en rojo y en una carrera algo tonta para que un Seat Leon verde pistacho no les aplastara después de tocar la pita, no continúan con la conversación.

—A ver, que me estoy dando a entender con el pompis. —La maleta está llena a mansalva*, tanto que en cualquier momento podría desparramarse en una lluvia de mudas limpias con olor a lavanda, de ese suavizante que su padre lleva comprando toda la vida y deja el material tan suave como el culo de un bebé. Baila en su espalda cuando trata -sin mucho éxito- de sacarse la capucha del abrigo. —El caso es que, como Raje y Wolowitz, desde que nos conocimos hemos estado con un tira y afloja bastante palpable. Por no decir obvio. Nos llevamos de rechupete incluso a pesar de nuestras riñas diarias, pero eso nunca nos ha impedido seguir siendo amigos.

Amigos. —La voz ocre de Kageyama cruza como un rayo de arriba abajo al pelirrojo, volviéndolo arena y plasma. —No entiendo a dónde quieres llegar con esta conversación.

Créeme, yo tampoco. Realmente querría callarme, pero siento que si no hablo ni digo esto que llevo arrullando en el pecho mi corazón acabará partiéndome en dos en tu busca. A tu lado, donde debe estar.

—Precisamente, hemos estado hablando todo el rato sobre que ellos dos no tienen ni idea de lo que sienten entre sí. —La mejilla interior del labio duele de tenerla presa entre los dientes. —No sé si lo pillas.

Esto es mucho peor que la sensación vomitiva antes de un partido. Peor que recibir un saque del Gran Rey. Insoportablemente peor que hacer un bloqueo a Japón.

—¿Lo que está queriendo expresar la cabecita de chorlito que parece haber entrado en cortocircuito y tienes aún (sorprendentemente) sobre los hombros, es que por una serie te planteas que podemos sentir algo el uno por el otro?

No exactamente. Sólo quería decirte de una forma sutil que llevo enamorado de ti lo suficiente como para que mi cuerpo cree un alter ego que grita estupideces como las de ahora.

—Porque, por esa regla de tres, nuestros padres pueden tener un parásito dentro y comer humanos*. Si seguimos ese camino quizás realmente a ti no te haya llegado la carta de Hogwarts y ya no puedas conocer a Harry Potter.

No sabe qué le molesta más, si la desfachatez y la guasa con la que se está tomando todo, o que él mismo no encuentre la forma adecuada para encauzar el tema.

—Mira, mejor dejémoslo aquí. Está claro que se te ha subido a la cabeza una idea divertida y diferente, y como tú te apuntas a lo primero que sea un poco fuera de lo convencional has dicho "si cuela, cuela", ¿no?

—¿Tan raro se te hace concebir que nos gustemos?

—Hinata, para de una maldita vez con el temita de las narices.

La puerta del instituto se abre ante ellos con las hojas que han ido cayendo paulatinamente desde verano barridas en una esquina. Un paisaje verde, marrón y naranja.

—¿Tan jodido sería que yo sintiera algo por ti? ¿o tú por mí? ¿Te parecería inaudito que después de tres años juntos, de convivencia diaria, de horas sin dormir analizando al otro para mejorar juntos y terminar tirados en el patio de tu casa muertos del cansancio no hayamos cruzado la línea?

Dios, dame paciencia porque si me das fuerza lo mato aquí, ahora mismo, mientras necesito agarrarme al palo más cercano para no desmayarme del mareo que me está dando. La broma de mal gusto se la voy a meter por donde yo me sé.

—Hinata —Kageyama está tan hastiado de la conversación que podría golpearse la cabeza con el poste de luz más cercano, el que ha visto al doblar la esquina, por ejemplo. Los labios hechos una estría. —Podríamos estar hablando sobre alguna que otra jugada para poder ganar de una buena vez al Nekoma en un encuentro extraoficial y tú te pones a hablar de una gilipollez como una casa. Dejémoslo para después, llegamos tarde.

—Después me voy a Kyoto y tú a Tokyo, ¿en qué momento quieres hablar? Me hubiese gustado haber sacado el tema en otro momento, quizás anoche. Quizás hoy en la cocina.

Tobio se pasa los nudillos por la frente, blancos, apretados, tirantes. Qué me estás contando Hinata, de qué chorradas estás hablando ahora.

—Vale, lo entiendo. Es como aquella vez que vimos La Maldición y estuviste un mes con miedo de dormir sólo. Pero en esta ocasión estás aburrido de tu vida en la universidad después de todo un mes saliendo por ahí. Quieres meter algo de crema al pastel, me parece perfecto. Pero no lo hagas conmigo, soy tu mejor amigo. —Trato de ser tu jodido mejor amigo y no decirte lo que siento cuando me miras con ojitos ni me mandas fotos que quitan el hipo. —Uno con el que sí, peleas, sí, te reconcilias y sí, vives un montón de cosas. Y eso no quiere decir que seamos almas gemelas, ni que nos gustemos, por una estúpida teoría que tenemos de un par de personajes.

—A ver, ¿quieres que te lo pinte? —Shouyou está indignado. Para empezar, él no ha hablado en ningún momento sobre ser la media naranja de nadie, y, para seguir, Kageyama está exagerando un poco el cariz de los acontecimientos que pasaron el verano pasado cuando vio esa película en concreto. Fueron dos semanas sin pegar ojo, nada más. —¿Quieres que te haga un espectáculo de mímica?, ¿o mejor de marionetas? Te acabo de decir claramente que lo de la serie de las narices es una excusa.

Quién se cree Kageyama para decir, retorcer y manipular sus palabras como le da la gana. Menospreciar su vago intento de confesar lo poco que tiene claro en la vida y escorarlo hacia la demencia como si fuera de locos que se gustasen. Mira que había leído en un artículo hacía ya bastante tiempo que sólo el 30% de la población es homosexual y eso reducía muchísimos las posibilidades, sin embargo, podría dignarse a ser algo más transparente respecto al asunto en cuestión. Es cierto, que Hinata no tiene canciones de amor bajo el brazo para recitarlas como Pablo Alborán, ni es Shakespeare ni crea una obra maestra llena de confesiones sensibleras cada vez que va al baño, mas no quiere decir que sea un gato con sarna como para ignorar las cartas sobre la mesa o quitarse el polvo de los hombros cual obrero después de una jornada lectiva.

A Kageyama le falta jugar más al Tetrix para que las piezas encajen adecuadamente en su cabeza. Interiorizar la musiquita en bucle hasta diseccionar el constructo "excusa" en su contexto.

—Bien. —Dice. No sabe cómo, pero logra hablar. Bien, bien.

Vale, sí, perfecto.

Y todo tiembla y se mueve y deja de tener sentido que los pies deban estar afianzados a la tierra por la gravedad, cuando volar es más sano y dimitir a respirar es natural y como se supone que somos polvo de estrellas deberían estar flotando por el universo tocando los anillos de algún planeta y, y, y... Si cada una de las partículas de su cuerpo se convirtieran en burbujas efervescentes de una bebida gaseosa, o, mejor aún, si se tornaran en pompas de jabón sobre una bañera. Brillantes, frágiles. Flotando en el agua llena de sales de baño, explotarían un millar de gotas contentas, sin ningún rumbo en concreto -como su corazón- para luego caer, precipitarse, hundirse en la ingravidez de la espuma caliente que rebosa la tina caliente. Como sus mejillas, como el pecho que arde, como la garganta que escuece.

Con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja por parte del ex-número 10, Kageyama se deja llenar por una sensación entre dolorosa y dulce a la altura del estómago.

—¡¿Se puede saber qué coño hacen ahí parados como pasmarotes?! MUE-VAN-SE. —El grito de Tanaka es un estruendo en el gorjeo del viento —Llevamos esperándoles quince minutos, el partido va a comenzar, mequetrefes.


Joder, esto es malo, tiene el cuerpo a la temperatura del Polo Norte. Ni siquiera hay una pizca de adrenalina circulándole por las venas. ¿Cómo puede estar el muy idiota fresco como una lechuga? Pegando saltos de aquí para allá y saludando a los demás, siendo un sol de persona con el equipo contrario (que sí, vale, dos de ellos son sus compañeros de piso pero se supone que van a la Batalla del Basurero, que se lo tome un poquito más en serio, joder), los ojos abiertos de par en par, siguiendo el balón como los alcohólicos al whisky. Él también recibe un par de "hola" y guantazos en la espalda al entrar, claro, y los de vuelve como puede, aún en Babia por la charla-monólogo-discusión que acaban de tener con el frío congelándole las mejillas.

Que quizás se gustan. Ha dicho.

Que quizás llevan todo el tiempo sintiendo algo por el otro y no lo saben. Con dos cojones.

Que si quiere que se lo explique con marionetas. Hijo de puta.

No le hace falta un maldito croquis para entender la situación. No es el tonto del pueblo. Ni que tuviera que buscar el bosón de Higgs. Tócate los huevos.

Vamos a ver, siendo realistas, aunque su corazón se esté vistiendo de rojo, con flecos blancos y haya comenzado a practicar un flamenco al son de Rocío Jurado*, aun si el confeti brillante flota por sus pulmones impidiéndole respirar con regularidad, aun así, el lado izquierdo de su cerebro -el racional, el dictador, el No deberías antes de irte de fiesta y olvidar el trabajo- exige que pare el carro, la montaña rusa y el avión que ya tienen el depósito de gasolina a tope, llenito de esperanzas para un viaje por el mundo entero sin suministros de comida, famélico de vivencias. Que ponga los indicadores y el freno de mano, a la de ya.

Hinata funciona con el cerebro de un niño, lo ha visto crecer (unos diez centímetros para ser exactos), puede contar con lujos de detalles los motivos por los que no debería ilusionarse, ni en un millón de años. Estuvo ahí cuando le dio la perreta de ponerse zarcillos con aguja y limón para desinfectar la herida, sin anestesia local ni nadie que revisara el sangrado, ni una maquina adecuada para perforar la piel una tarde en la que deberían haber estado estudiando inglés; ha leído el miedo en sus ojos que se diluye en furia cada vez que lo trataban de pequeño e insignificante en los partidos, para luego deshacerse en migajas detrás de las cámaras, preocupado hasta las trancas y barrancas que componen la lógica que de su cordura, por haberse pasado tres pueblos al gritarle las cuarentas al pesado de turno. Así mil y una vez.

Apuesta tres dedos de su mano izquierda porque sólo es un período de transición entre la nostalgia y la independencia de irse lejos de todo y de todos que se le pasará en un par de semanas, como cuando quiso tatuarse la hoja simbólica de Naruto en el antebrazo para luego cancelar la cita lloriqueando de miedo por si le dolía.

Me va a doler a mí en cuerpo y alma cuando te des cuenta.

¿Qué le hace pensar que quiere escucharle decir lo que siente y deja de sentir? Si quisiera la opinión de alguien se lo preguntaría a la cara. No necesita que otra persona reafirme en voz alta, casi a gritos, lo que en carnes está marcado a fuego y tinta invisible para los demás mundanos; vamos a ver, lleva pillando las indirectas todo el mes. Vuelve y repite: no es un memo. De lo contrario no se habría dejado medio llevar de la mano por esa predisposición tan cariñosa que decora últimamente su amistad. Es como un perro sediento de cariño, siempre buscando el contacto físico. Manitas por aquí, cosquillas por allá, aún le pican los dedos de aquel trozo de pizza robado con los labios, reduzco tu espacio personal a cero, te pego en el culo delante de tus padres, ahora te toco el muslo cuando me da la gana, incluso con mi hermana dormida a centímetros de nosotros, me da igual si estoy rompiendo a martillazos el techo cristalino y frágil que nos cubre de la lluvia, porque llevo un mes con ganas de ti y ni tú mismo me vas a decir que no.

Y a él que le jodan. Su tranquilidad, las horas de sueño, los lapsus mentales en clase, la falta de hambre. Al imbécil se la suda lo más grande mientras el mensajero entregue la carta a tiempo.

Con razón ha estado tan insistente mandándole fotos enseñando carne, o mejillas con olor a sueños, o fantasías con sabor a Hinata. Es insufrible estar empalmado la mayoría del tiempo, con ganas de hacerle ver el porqué lo echa de la cama cuando llora en su oído "te necesito" a las tantas de la noche y hace presión en el botón adecuado. Un día de estos acabará por comerle la boca o partirle los dientes, o las dos, a la vez. Y borrarle la sonrisa amplia y reluciente hecha de dulce de leche. Dejarlo con la mente en blanco.

—¿Preparado? —Le golpea el hombro, flexionando las rodillas hasta que dejan de crujir.

Es la cancha de siempre, con el mismo suelo antideslizante descrito por huellas de zapatos, roces de las rodilleras al caer, líneas más amarillas que blancas, algo cascareadas.

Preparado para qué.

—Cómo que para qué, Tontoyama. —Sus ojos almendrados lo escudriñan como a los locos. A los dementes que no entienden de voleibol, atiborrados de pasión, de horas en una pista con olor a sudor. Ni siquiera se había dado cuenta que lo dijo en voz alta. —Para ganar.

Ganar.

Funciona como un estimulante muscular, electroshock ante la falta de medicina en el sistema inmune. Hace caminar correctamente las pulsaciones por el cuerpo llevando la sangre camino arriba irrigando todo el cuerpo, despierta los nervios a flor de piel, los pelos en punta. Lo prepara para la guerra, como buen compañero de trincheras que es, tan leal y guapo e idiota que se le enrosca el estómago abarrotado de palomitas en erupción. Sin miedo en la voz ni segundas en las palabras.

Cállate. —Levanta el puño y lo extendie. —Ya lo sé.

Hinata se lo choca sin titubear.

La red se alza en su magnificencia, tensa y a tres metros y medio desde el pavimento marrón. Seis pares de ojos sonríen a través de la tela calada, pendientes del más fino movimiento de los cuervos, como si llevaran un siglo asechándoles desde las sombras, esperando el momento adecuado para saltar sobre ellos.

Kageyama cuadra los hombros y tensa hasta el último músculo que lo sostiene, puede que haya estado más allá que aquí, pero ha podido comprobar la tensión tirante en el apretón amistoso entre los capitanes. Suwamura con la mejor sonrisa amplia que se le puede dar al enemigo, Kuroo ladino envuelto en su usual vestimenta de sarcasmo. No hay regresión a la media ni tiempos de esperas, aún quemaba en los talones la derrota meses atrás.

—Eh, estoy midiendo 2 metros, pequeñajo, ¿Cuánto mides tú ya? ¿unos treinta centímetros? Cada vez te veo más enano. —Se jacta Lev apoyando los dedos largos y pálidos sobre las cuerdas blancas.

Gigante, titán, mastodonte, Slenderman*. Cualquiera vale para tachar a ese tío de rasgos extranjeros y extremidades serpentinas encorvado como una gárgola en busca de pelea sin siquiera comenzar el primer set. Mala idea, con el paso de los años Hinata cada vez tolera menos los chistes sobre su altura. Lo mira por el rabillo del ojo, ahí está, el muy idiota tiene la barbilla erguida con el orgullo propio de reyes y una mirada que roza el delirio.

—Oye. —Kageyama le asesta un par de palmadas en la nuca educidos de unos cuantos apretones, es posible que su concentración sólo sirva para asemejarlo a un psicópata, no obstante, no hay quien lo saque de su abstracción sin golpes de por medio. Es peor que un toro enjaulado en una cárcel roja sin saber a dónde mirar sin partirse la crisma tratando de derribar los barrotes. —Suficientes distracciones hemos tenido hoy como para que te piques por una bobería, estamos a lo que estamos, ¿no? —Arrastra las uñas por el pelo corto y naranja, le pica en piel. —Hinata.

—Si, vale, entendido.

Kenma, con el pelo recogido en una coleta baja y el uniforme escarlata remangado a la altura de la cintura, llama al ruso con desgana, entre gruñido y aburrimiento, para reunirse con el resto del equipo escarlata. Saludándolo a los dos con un ánimo similar al de los perezosos.

Los entrenadores están a lo suyo riéndose sentados en una tertulia amena, total, como para ellos solo era un encuentro más ni se lo tomaban enserio. De vez en cuando les gritan un par de consejos obvios y beben de los botellines que el profesor Takeda ha traído para todos, aunque el entrenador del Nekoma saca una petaca metálica del bolsillo delantero de vez en cuando.

—¿Crees que sea sake? —Dice Hinata una vez se aúnan junto al resto. —Podría ser cerveza.

—¿Y a ti qué? ¿No tuviste suficiente con la cogorza que te cogiste la última vez?

Se encoge de hombros, el muy capullo, aun mirando por encima de sus hombros al banco lateral izquierdo de la pista.

—Ey, que te concentres de una jodida vez, pesado. —gruñe Kageyama, pisándole con el pie.

—Eres cruel, Bakeyama. Me va a doler un mes.

—A mí me da que es vodka. Seguro que le va lo fuerte. —comenta Noya, estirando a su lado. —Ustedes porque no estaban la vez que salimos por Tokyo a escondidas, ¿se acuerdan? —Mira con intención a Tanaka, quien está recibiendo pases de Suga, y al manojo de bolas que es Asahi. —Estaba borrachísimo, pero nuestro profe y Ukai también le dan al drinking*. Los tres pedísimos en un bar.

—¿Y cómo es que estaban ahí? ¿Eh? —comienza a decir Daichi detrás de los tres. El silbido de su respiración cala hasta los huesos. —¿Cómo es eso de que se fueron por ahí cuando debían estar durmiendo? Que yo me entere.

Por primera vez en el día Kageyama agradece no ser el foco de atención de la bronca.

—Asahi, ¿tú también? —musita el vice capitán entre iracundo y divertido quitándole una pelota de las manos para pasársela al pelo punky de Tanaka que aún trataba -sin ningún éxito- de rehuir la mirada recriminatoria de Daichi, acompañado por un Ennoshita negando con la cabeza a su lado.

El aludido resiste la tentación de dar media vuelta por donde ha venido de coger balones y esconderse por algún recodo del gimnasio. —No es para tanto, Suga.

—Así que, ¿te emborrachaste? —insinúa Yamaguchi empujando la espalda a Tsukishima, medio desparramado en el suelo. —Vaya, ¿y qué se siente? La única vez que bebí algo con alcohol fue una cerveza. Me sentó de pena y me supo a rayos.

Shouyou piensa unos segundos acompañado de un largo Hmmmm mientras se coloca las rodilleras. —Pues, no sé. Creo que es una pasada, tampoco bebí tanto, pero puede que al ser mi primera vez-

—El virgen en… ¡Yamaguchi! —Tsukki se retuerce en el suelo, con parte de la pierna de su amigo de la infancia haciendo presión a la altura de las costillas.

El chico bañado de pecas en la nariz sonríe triunfante al pelirrojo y hace un amago con la mano para que continúe.

Pues eso, que como fue mi primera vez creo que me sentó bastante peor de lo que debería. —Se anuda con tres lazos los cordones del pie izquierdo para luego metérselos dentro del zapato. —Sabe fatal, eso sí. Bueno, con zumo de pera y piña está increíble. O con CocaCola. Y recuerdo bastante bien ver como todos los demás se movía suuuuper lentos. —Amarra los del pie derecho. —Iba más rápido que los demás.

—Si, tu estupidez iba a tres mil por hora. Solo decías chorradas, una tras otra. Listillo.

—No, listo tú.

—Vale. —Una mueca feliz se abre paso en las mejillas.

En ocasiones le ocurre, querer insultar acabando en halagos, como si su cerebro quisiera sacar a la luz lo buena gente que es incluso estando enfadado. Tenía toda la intención del mundo ser distante el resto del partido, para pensar medianamente bien lo que era protocolario en estos casos y tener plena lucidez sobre la pelota. Pero es imposible poner tierra de por medio cuando Hinata no para de hacer monerías a su alrededor (calentando a menos de un metro de distancia, por ejemplo, donde de refilón pudo ver la pretina negra de los calzoncillos, por ejemplo), la exigua fuerza de voluntad lo abandona aliado del muy patoso. Es el culpable de que no tenga ganas de otra cosa más que de chascarle los mofletes encendido del calor, en la curva trasera que traza la camiseta y revela el inicio de su espalda, en la piel nívea y sensible a la altura del revés de los codos, donde fluyen venas aguamarinas.

Me había olvidado de lo jodido que es jugar contigo y quererte al mismo tiempo.

—Lo he vuelto a hacer, ¿verdad? —Frustrado se tira de los pelos anaranjados destrozándose los rizos que se le forman en la frente. —Deja de sonreír que das pavor, Mierdiyama. Te voy a buscar un cursillo en internet para aprender a no parecer el payaso de IT cada vez que te pones un poco contento.

Kageyama le levanta el dedo corazón en venganza, una muy pequeña y totalmente innecesaria pues Hinata se encarga de que el insulto suene a flojo chocándose un poco con él nada más ser llamados por Daichi diciéndole "que no, Tontoyama, me encanta cuando sonríes", pero tiene un orgullo que mantener (bueno, parte de él aún sigue en pie), así que le roza las costillas con los nudillos usando la fuerza de un pétalo de rosa, contestándole "a ver si te mueres de una vez por todas".

Normalmente suelen estar bastante tranquilos escuchando las palabras del capitán como si fuera un tantra que más tarde deberían recitar a la puesta de sol; sin embargo, esta vez hablan a gritos y varios "que es mi turno, pelmazo", ilustrando mediante movimientos exagerados el partido anterior y comenta lo que no deben reiterar si quieren pararle los pies a Yamamoto y a su remate cruje huesos. Dedos de una misma mano sincronizándose para tocar una sonata de Mozart. Que si así, que si asá. Incluso Hinata chiva, mirando a sus espaldas como si fuera un secreto nacional, un par de estrategias para romper la muralla negra y gris que conforman Kuroo y Lev.

Todos más excitados que de costumbre, por las expectativas y las ansias de ver el marcador a su favor. Los labios bailándoles en la cara, fuerzas renovantes picando la planta de los pies.

Segundos después de ser avisados por el árbitro, estando en el abrazo del coro -una noche oscura iluminada por luciérnagas naranjas- puede entender con tranquilidad la unidad intrínseca y paralela en la que no necesitan discursos para hallar el tesoro prometido, sólo raíces bien enredadas, robustas, aseguradas a tierras, húmedas y frescas, supervivientes de tifones atiborrados de agua nieve. No si la mirada del capitán esparce seguridad poro a poro mientras las puntas de la sonrisa cantan victoria y está rodeado de su gente. Kageyama mira una vez más al chico que lleva dándole quebraderos desde el minuto cero que lo conoció y Hinata le corresponde con un mohín lleno de ganas, los ojos lacerados en fuego y llamas que lamen la avellana y el chocolate fundido a final del tazón. Lo siente. Que todo y todos se relajan. Colmado de una impresión refrigerante trepando desde el estómago, desgastando cualquier nervio, pasando de largo por el pecho para llevarse los nudos de la garganta.

Unidos en un mar de brazos cruzados en las espaldas, aúllan a la luna festivos por la adrenalina y Hinata le pasa el brazo por el hombro como puede, de puntillas, para reír en su oído "recuerda, si yo estoy aquí, tú eres invencible, Kags".

Y todo va como la seda.

La moneda da vueltas en el aire y cae sobre la palma de la mano del árbitro. Cruz. Saca el Karasuno.

—¡Buen saque! —Truena Daichi desde un lateral.

—¡A por todas, estrella! —Grita Nishinoya fuera de la cancha, dando saltos para entrar a la mínima de cambio y devolvérselas con la furia de cien gigantes.

Hinata escucha el golpe a sus espaldas, el silbido que cruza el salón de una punta a otra, observa con detallismo el balanceo errático de la red rozada por la pelota. El Nekoma no lo ve venir y puede que sea el primer punto del primer set, pero el equipo estalla en vitoreo, puños al aire y saltos durante unos milisegundos.

Que-puta-pasada.

—¡Otro más! —Berrean al unísono.

El segundo saque va más holgazán y demasiado bajo asique la pelota es presa del rival.

—¡La tengo! —Golpea Yaku desde atrás, liberando la pelota hacia Kenma.

Y comienza el juego.

Normalmente Kageyama no lo reconocería, pero como colocador quita el hambre y las ganas de comer. Puede que su físico siga siendo tan poco atlético y estático como de costumbre, pero ha desarrollado una lectura espacial envidiable a la de un submarino; parece mejorar con cada encuentra y guardar en su memoria SD cada gesto y movimiento que realizan a lo largo del juego. El cerebro del equipo, acechando. Sin lugar a dudas el Nekoma estaría totalmente perdido sin él.

Además, Hinata lo ha motivado a cambiar y arriesgarse. Hay que tener cuidado con él y sus dejadas, no le gusta ni un pelo el juego mental que se trae susurrando apoyo moral y previendo cada paso que dan sin siquiera mirarlos a la cara. Tanta consola y videojuego y me aburro de la vida le sobran para pensar como joderles la pavana durante horas y horas.

Lev hace de señuelo a cinco metros desde el suelo cuando Kenma decide que Yamamoto es la mejor opción para aniquilar ese punto de más que reza en el marcador.

—¡A la de tres! —Una. Dos. Tres.

Puede que Tsukishima le cayese como el culo al principio y que ahora a veces le entrasen ganas de retorcerle la nariz hasta partirle en dos el tabique. Pero en esos momentos de lucidez, cuando la pelota está en juego y la cara de un punta receptor con pinta de pandillero les ataca como si no hubiese un mañana, en esos momentos agradece sus casi dos metros de altura y el coco que ha desarrollado para analizar estrategias a la velocidad de la luz.

Mira la tensión del brazo segundos antes de rematar en sus narices, el arco semicircular que esboza en aire buscando la pelota que vuela hacia él. Perfecta, comedida. Pueden pararlo, no son unos blandengues. Hinata ha saltado tan alto como Kageyama y Tsukki y, aunque ciertamente no tiene tanto brazo, sabe recibir golpes fuertes. Incluso con la cara. No va a dejarlo pasar.

Ni a él. Ni a nadie. La contractura en el hombro de la última vez piensa cobrárselas bloqueando cada uno de sus remates. Y, por si las moscas, ha visto de reojo a Nishinoya a sus espaldas, con la sonrisa implantada en la cara, gritando Ven a por mí, ven a por mí.

Por unos instantes, Hinata ve el tic nervioso en los ojos que buscan su derecha, el hueco pequeñito que se bifurca entre él y la red. Te he pillado. Se ha matado a entrenar con Kuroo los bloqueos por algo, así que, como buen aprendiz del hombre más astuto que conoce la faz de la Tierra cuenta un Misisipi y medio antes de retorcer la mano en el aire y sitiar su dirección.

El balón rebota contra el pecho del rival. En la red del lado contrario. En el suelo. Sus ojos se encuentran con los de Lev, retorciéndose desde el otro lateral.

Este bajito de aquí piensa hacerte morder el polvo a ti también, capullo.

—¡Hinataaaaaaaa! —Ruge Noya, triunfante.

La pelota se ha ido rodando sobre la madera, casi huyendo del segundo round de gritos y aplausos que asola el gimnasio por parte de los cuervos. Se deja mimar por los abrazos de oso que le da Tanaka y Noya como si fuera el último punto del partido, las palmadas en la espalda del capitán saben a dulce de leche, silba y grita "venga, que esto sólo es el principio, chicos", para luego volver a sus posiciones.

Saca Yamaguchi.

—Kageyama. ¿Lo he hecho bien?

El silbato pita a través de la cancha en un grito de auxilio. Tsukkishima anima desde fuera.

—Has hecho tu trabajo, memo. —Ve los labios hechos buñuelos y los mofletes pez globo. No te soporto. —Si eres capaz de hacerlo así todo el partido te compro lo que quieras al salir.

—¿Incluso chocolate? —Chiribitas en los ojos. —Luego no vale arrepentirse, Yama-yama.

El mundo entero, si quieres.

La pelota planea sobre ellos ondeando en círculos. Cae en picado los suficientemente rápido para que a Kai se le escape a un paso de distancia; tres puntos seguidos, comienza a pensar que les ha caído en gracia a algún santo.

—¡Otra más, Yamaguchi!

En esta ocasión el Nekoma grazna con desaprobación, han entendido que con la lanza del equipo es mejor no tomárselo a broma, Kuroo se encarga de dar el primer toque que sale pitando de una explanada a otra, despedida como un cohete.

Ganan el primer set y pierden el segundo por tres puntos de nada que le arañan la espalda, porque podrían haber ganado ya pero el Látigo cepa que tiene Lev por mano les ha estado dando el coñazo toda la maldita segunda ronda y no hay quien lo pare. Ni Flash vería el soplo que acaricia la yema de los dedos y despiden la pelota a fuego rápido. Tanaka y Noya no paran de comentar en los lapsus de tiempo alguna que otra táctica algo chabacana que han estado practicando, pero, sin lugar a dudas, el buen saber de Suga y la paciencia de Daichi son los que canalizan la histeria colectiva al comenzar el tercer set.

Los saques de Kageyama asustan al miedo avasallando al enemigo a base de fuerza y precisión. No sabe cuánto tiempo llevará practicándolo, ni la de horas y parches musculares se habrá puesto él solito después de echar días rodando la pelota en cielo, ni tampoco la de veces que el agua fría fue el único bálsamo para la piel encarnecida. Quizás sea la motivación por esos bloqueos que les ha estado rompiendo los ataques rápidos o porque escapa de la lógica y la humanidad y lo racional la forma en la que interioriza el voleibol bajo la piel, pero cuando Hinata es testigo de su quinto punto consecutivo desplomando a los rivales es incapaz de contenerse y abrazarlo, con las piernas y los brazos. Como un koala al bambú.

—¡Increíble! ¡Eres increíble! —Ríe, mientras el resto del equipo los zarandean.

Quiere decírselo todos los días del año, si hace falta puede ladrar lo asombroso que es cada minuto del mes, susurrándole lo mucho que le quiere y que si este año La Selección no le llama es porque están ciegos y no han visto lo que él puede rememorar con los ojos cerrados. El orgullo acurrucado en el esternón es el que lo mueve, títere de sus sentimientos, cuando muerde el hombro sin tapujos ni miramientos, importándole tres pepinos en vinagre el "oye" débil y sonrojado que murmura con voz ahogada y los dedos de las manos hundidos en el hueco de sus rodillas. Frías como un helado en verano.

—No pierdas la buena racha ahora, majestad. —Comenta Tsukishima secándose el sudor de la frente con la camiseta ya encharcada de tanto correr y saltar.

El sexto no se le suma al gajo de puntos que les han arrancado a dentelladas al Nekoma, pero sabe a gloria ver la poca parsimonia que tiene el equipo y lo desesperado que está Kenma por conseguir que los demás vuelvan a centrarse en lo que tienen delante.

—¡Venga chicos! Que esto no está perdido, joder. —sonríe Lev desde la red, en cuclillas, con los ojos vueltos una espada de doble filo.

Le había dolido esa finta tan endeble del pelirrojo, minutos atrás.

El último set resulta ser titánico. No hay por dónde cogerlo. Si hacen un ataque sincronizado y Tanaka revienta el balón rozándole el pelo a Fukunaga -un chico con el que jamás ha cruzado palabras y cuyas cejas tienen menos de dos centímetros de distancia, cosa que no ve normal y en ocasiones le da TOC si lo mira detenidamente a la cara, queriendo dibujarle el resto de la curva a bolígrafo negro-, Yamamoto se las ingenia para despistar a Daichi e igualar la balanza implosionando de un manotazo la bola donde menos te lo esperas. Kuroo bloquea dos ataques rápidos y ellos ganan puntos de vida cuando Suga entra por un corto lapsus de tiempo.

Duce.

Dos más.

Noya huele desde atrás la chamusquina que lleva cocinando Kenma hace un buen rato y logra elevar la pelota con la pierna izquierda, después de una carrerilla fuera de la pista que le ha costado el último aliento. Nariz pegada a la pared. Es el héroe de la cancha.

—¡Va alta! —el grito interrumpe los jadeos faltos de oxígeno, pero aún con la batería de energía al máximo.

Venga, joder, un poco más.

Daichi recibe pasándosela lo mejor que puede a Kageyama, al ver las señales de cambio por el rabillo del ojo. Van a intentar otro sincronizado, esta vez para Asahi que corre hacia los demás mientras Noya vuelve a la espera de su turno.

Punto de partido.

Uno más y ganan.

No les quedan descansos ni cambios que hacer, los que están se quedan y los de fuera que animen, no hay vuelta de hoja.

—¡Cuidado con el número tres!

El saque lo capitanea Tanaka, nervioso por ser el dictador de la última jugada. A él se le da bien rematar, estar a pie de cañón, no en los cuidados médicos.

La bofetada silencia la cancha y la recorre, seguidos de la ovación general enzarzada por Ennoshita quien apenas ha podido entrar dos veces. Seis pares de ojos siguen la trayectoria oblicua que traza la esfera azul y amarilla. La victoria se les escurre de las manos, con el pecho lleno de confeti a punto de montar la fiesta, cuando Yaku rueda por el suelo acariciando el parqué, manos extendidas.

La pelota se eleva.

—¡BOLA LIBRE! —El grito viene de Kai, quien protegía como un perro guardían la otra esquina.

El tira y afloja dura un siglo de tensión y opresión entre rivales. Ninguno de los dos flaquea un dedo de distancia en la defensa. Mucho menos en los ataques. El Karasuno entero berrea ante la imponente parada de Tsukishima, Lev se queja una vez los pies tocan el suelo.

La pelota está en su bando, tienen una oportunidad.

Podemos hacerlo ahora.

Kageyama observa la pelota surcar el techo hacia él. Tiene que decidirse ya, o un ataque rápido o dejar que Tanaka intente aboyarle la mano a base de fuerza bruta a la gran muralla china que se alza justo delante de ellos. Aprieta la mandíbula. La respuesta le sabe a sangre en la lengua cuando humedece los labios con la punta.

Si fallamos ahora romperemos la atmosfera del momento.

Ve por el rabillo del ojo los pies de Hinata galopar hacia la red, desatado como un potro en medio de la hierba verde y perenne impaciente por recorrer mundo y dejar impresa su huella en él, ondeando la ropa en forma bandera. La de la victoria. Sus manos esperan a que el balón impacte en los dedos, el estómago echo un revuelto de adrenalina.

Estoy aquí.

El tiempo se escarcha en un mar helado. Deja de escuchar su respiración, el traqueteo de los pies, los bramidos de apoyo, no hay sonido que permanezca a su alrededor desde que cruza la mirada con Hinata. Cada una de las capas que componen su cuerpo se contraen en el abismo al que le lleva de la mano; habla sin pronunciar palabras, y Kageyama es capaz de entenderle a través de la tensión en sus hombros, la mano extendida hacia una pelota que sólo él puede llegar, en los ojos almendrados agudizados por la emoción.

Flexiona los brazos para recibir la pelota, un movimiento automático y sistemático que lleva practicando y perfeccionando durante años, acariciándola en un arrullo rápido. Vuela la distancia que los separa.

El balón se acerca… y se detiene.

Sale despedida entre el bloqueo, llega al suelo y quiebra todo a su paso, como un meteorito abandonado en el espacio atraído por la gravedad del planeta Tierra. El silencio roto. Rebota un poco tonta por la madera, protagonista de las exclamaciones iracundas del escaso público. El silbato del árbitro dictamina el punto y final del partido. El veinticinco dibujado en el marcador.

Se miran como pasmarotes sin saber que decir, ni hacer, ni nada. Y todo detona en un júbilo de abrazos, risas, choques para terminar tumbados en el suelo, camisetas sudadas lloviendo por los laterales -Tanaka no pierde una oportunidad de airear abdominales-. Los que estaban fuera de la cancha también se apunta a la jarana grupal, alagando cada punto bien sacado e hilado que han estado luchando por sacar durante más de una hora.

—¡Qué buena! ¡Cómo mola! —Chilla Noya chocando los cinco al primero que encuentra a un costado. Suga le responde con la sonrisa de mil soles.

Han ganado.

El pelirrojo ríe, risueño y con las mejillas pinceladas de tonos rosados por el cansancio, medio abrazado al colocador por la cintura. Suspira en su oído, demasiado feliz como para contenerse de si está bien o no, o es raro e inusual que necesite en sangre y hueso sentirle la piel fría por el sudor bajo sus dedos y cantarle lo bien que lo ha hecho, que lo ha echado de menos en tantos sentidos que podría deshacerse en la nada en una hora cuando esté camino a Kyoto dentro del coche de Kuroo. Para su sorpresa Kageyama apoya la cabeza en su hombro susurrándole chorradas como "siempre haces lo mismo, pedilón" y "ya podrías avisar en vez de tirarte en plancha, que esto no es una piscina infantil", el aliento mimándole la clavícula.

Te besaría ahora mismo.

—Hinata. —El aludido levanta la cara del abrazo, cogiendo fuerzas de algún lado para volver a caminar, y mira la sonrisa débil de su compañero de piso. —Buen partido. Dice Kuro que nos vemos a la salida, ya se ha ido a duchar y antes de irse quiere comer algo o morirá conduciendo tantas horas seguidas.

Por un instante los ojos de Shouyou se encuentran con los de Kenma. Le viene la imagen de un gato al sol, moviendo la cola lentamente, perezoso, apoyado sobre sus patas delanteras.

—¡Oh, sí! Gracias. —Siente el calor quemarle la curva de los mofletes al notar dos dedos tocándole la poca piel descubierta de la espalda, justo a la altura del elástico del pantalón. —Me ducho y salgo. Cualquier cosa mándenme un mensaje. Como premio no fregaré un mes los platos.

—Dudo que Iñaqui esté de acuerdo. —Escucha a lo lejos, camino hacia los vestuarios.

Mañana iba ser un zombi en clase de Anatomía.


El olor a jabón y desodorante trenza por los azulejos blancos, ahumados por el vapor del agua caliente hervida en el manto donde subducen las placas tectónicas y se vuelven tierra desleída. Poco más y se calcina la piel cuando abre por primera vez la llave. Hay toallas y ropa desperdigada por los bancos de maderas, zapatos entremezclados sin el par adecuado; en los espejos borrosos del rocío han hecho un par de dibujos inadecuados y grotescos y totalmente deformes sobre penes con alas. Alguien, un poco más original, ha apostado por la frase "La cámara de los secretos ha sido abierta. Enemigos del heredero, temed.", Kageyama se jugaría el brazo bueno entero a que fue Hinata después de que todos se metieran en las duchas y él se quedara estratégicamente hablando con Inouka (quien llegó a mitad del partido y se quedó en el banquillo a animar).

Como era domingo y no había ni un alma vagando por el instituto, los del Nekoma tomaron el baño de las chicas como conquista, propio de piratas sedientos de venganza por el resquemor de la reciente pérdida.

—¡Habremos perdido la batalla! —Gritó Yamamoto, entre lágrimas y la barbilla mirando a las estrellas con el pecho lleno de un orgullo inflado. —Pero no la guerra.

A Kageyama se le hace raro estar sentado en una esquina observando cómo los demás terminan de dorar el desastre. Lo dice por el trío dorado (Tanaka, Nishinoya y Hinata) que no han parado de tirar espuma de afeitar y perfumar en colonia lo que pillan a su paso mientras corretean de aquí para allá desatendiendo las riñas del capitán. Quien lleva perdido en las duchas más de media hora y sólo saca la cabeza para gritarles las cuarentas.

Curiosamente Suga lleva fuera de combate el mismo tiempo. Pero él no piensa decir ni mu.

—Tsukki, mi padre nos viene a buscar en diez minutos. —recalca Yamaguchi abrochándose unos pantalones caqui floreados en hojas tropicales. Sorprendentemente es tan o más organizado que él, doblado su ropa y la de Tsukishima (sí, porque aunque lleva media hora cruzado de piernas y brazos escuchando música a toda pastilla no puede echarle una mano a su amigo).

El aludido asiente con los cascos puestos. Mirándolo entre párpados caídos y el cansancio implantado como mueca permanente.

—Eh, eh, ¡EH! Joder, que eso duele.

La voz de Hinata refulge llamando su atención. Al parecer a la pelea húmeda y espumosa le había seguido una contienda de saltos, puños, patadas y gritos a lo más puro estilo ninja; la ley de Murphy es bastante clara cuando dictamina Si algo pinta mal, saldrá mal. Pues eso, los muy becerros se habían puesto a tirarse de todos lados, incluido lo que cuelga y escarnece si se roza con el más endeble de los hilos, así que cuando los ojos avellana batidos en lágrimas se cruzan con los suyos y le tiembla el labio inferior en busca de mimo y consuelo, y siente la pulsión irrefrenable de reducir el espacio que los separa para secarle las mejillas hasta contarle los lunares en la nariz. Entonces. Entonces, quiere que alguien tenga la decencia de cogerle por los tobillos, hacerle que descienda de la ingravidez que le asalta el estómago para poder dejar de comportarse como una persona ñoña y cursi y que supura insulina por la piel. Joder, que la culpa la tiene por imbécil.

—No voy a poder tener hijos, mi madre pondrá velitas en tu contra toda la vida. —Hinata camina, haciéndose el desvalido. Desliza los pies descalzos por el suelo marrón, sacándole la lengua a Tanaka y apoyándose en el muro de granito que está repleto de potingues, hojillas de afeitar, papel higiénico hecho bolitas.

—Aún tiene a tu hermana para ser abuela, creo que me salvo. —Comenta, peinándose los pelos en una cresta de gallo. Tres kilos de laca y gomina después está casi perfecta para ser usada como sierra.

—Lo malo es que la chica esa, Megumi ¿no?, bueno de la que me hablaste. Quizás si esté algo decepcionada. —Noya, aburrido de la vida, toca en la puerta del fondo con perorata, en una de las duchas. —Oye, dejad de hacer manitas de una vez.

¿Chica?

—¿Chica? —Tanaka gira en redondo con los ojos abiertos como platos, aún en calzoncillos. —¿No me pediste consejo para salir con un tío? Ese de segundo, ¿es que te van las dos cosas?

Espera. Esperaesperaespera.

—No, a ver —Hinata lo mira de reojo. Como si no quisiera mirarlo. Como si supiera lo que está guardando dentro y pudiera explotar en un santiamén. Muerto de vergüenza. —No fue nada, sólo quedamos a tomar algo.

—Pero si estabas super ilusionado con la chica esa, que tocaba la batería en un grupo rock-punk.

—No me jodas que saliste con los dos a la vez.

Paren el carro de una vez. Tengo que bajarme a vomitar. A respirar. A contar el número de hormigas que baja por ese agujero en un parterre llevan con devoción las migajas del pan. Cualquier cosa vale.

—Que. No. Quedamos como amigos.

Quedamos como amigos.

Así que sí, había tenido una cita. O sea. Dos, con personas de genero distinto, que no se conocía entre ellas, o sí, puede que sí. ¿A la vez? ¿antes y después? ¿cómo? Quizás ahora también le ponga caras de cordero degollado a otros hasta conseguir que el corazón se le derritieran en azúcar glas. Quizás les sonría de Oeste a Este esparciendo semillas que germinan en mares de amapolas rojas, tiñendo la vida de colores a otros. Puede ser que no solo juegue a ser tonto, porque de bobo no tiene ni un pelo, y al inocente para que el estómago rechiste en ayuno de besos. No quiere ni pensar que -porque si lo hace, si se plantea por un milisegundo que se ha comportado y hecho y dicho y repartido sus momentos con otros, posiblemente la carne se le caiga a tiras del dolor insoportable que siente bajo la piel- desliza los dedos de los pies siempre tibios y suaves por los talones de alguien más, ni busca postura divertidamente apabullantes que licuan la sangre en cloro para mandarle una foto a la primera persona de turno que tiene en su larga lista de contactos.

No.

¿Y qué era él en todo eso? ¿Uno más al que decir "quedamos como amigos"? Porque ya lo eran, no hacía falta coquetear, ni ponerse cariñoso si luego iba a acabar aburriéndose como los niños con su comida favorita. Debería haberle cortado el rollo desde el primer momento, cuando el cabrón le mandó esa fotito de mierda, enseñándole el pecho como un pavo real extiende las plumas de su cola en un abanico hipnótico pincelado de azules y verdes.

El aire sabe agua oxigenada, una chispa y podrían apodarle La antorcha humana.

La picadura que arde y escuece y fastidia no es precisamente ser el tercer plato. O el cuarto. O el quinto. Aunque también. Después de todos no tienen un contrato ni un preacuerdo de exclusividad en el que se estipulan las bases de fidelidad, partiendo por el hecho de que no han hablado de nada hasta hoy. No. Lo que le ralla el alma es enterarse ahora, sin más, con la adrenalina aún en el cuerpo haciendo que la sangre circule más rápido por las venas, de que ha salido con más gente. Que camina por las dos aceras a su gusto. Que la chica con la que ha salido toca la batería. Que quizás ese fue el motivo por el que prefería dejar para después las llamadas por Skype.

Una llama incandescente lame las paredes del estómago, arrasando la piel interna y enclenque, incinerando las costillas. La bilis sube como el mejor napalm destructor de civilizaciones por el pecho hundido en un dolor agudo y amargo hasta la garganta. No puede mirarlo a la cara, a sus ojos chocolate con leche, pero ahí está, sin apartar la vista. Masoquista. El aire entra a trompicones por la boca y se desliza a cuenta gotas en la lengua sin llegar del todo sano a los pulmones, donde hierve y se condensa en lágrimas.

Las manos acarician el pantalón vaquero azul, trata de concentrarse en la sensación rugosa de la tela, en el suelo resbaladizo debajo de sus zapatillas deportivas. Tiene que salir de allí. A la de ya.

—¿Te vas ya?

Por un instante se siente en el ojo de huracán. Anestesiado y sordo. Mientras todo a su alrededor pierde sentido y cae y se rompe y la casa en la que ha vivido se hace añicos con las fotos de su infancia impresas en álbumes de cuero negro.

Da un paso hacia la puerta.

—Mi padre está afuera esperando. —Mentira. Mentira, mentira, mentira.

La pierna izquierda se le mueve mecánica cuando Daichi abre la puerta del baño sonriendo de oreja a oreja. Seguido de un Suga bañado en tomate.

—¿Su majestad está cansado? —Los pelos rubios le caen, ladinos, cuando gira un poco la cabeza para mirarlo entre sus gafas.

Quiere maldecirlo en tres idiomas y golpearlo en cinco artes de la lucha diferentes. Quizás así el potaje caliente que siente a la altura del hipo lo dejaría en paz de una vez.

—Que te calles. —No ha escuchado a Ennoshita al entrar, así que termina por tropezarse. Él, que en su puta vida ha sido torpe. Pero nunca en su jodida existencia había querido arrancarse el pecho de cuajo como en ese preciso momento.

Da tres pasos más con un leve "adiós" bañado en ahogo. Se siente Cristobal Colón cuando llegó a América, maravillado por todo lo nuevo y refrescante y ajeno y variopinto pero extranjero de sus creencias, de las personas indígenas que le hablan en un idioma enrevesado, de las frutas venenosas y soltero de ideas. Recorre los pasillos abandonado de su cuerpo, inherente de las pisadas que da o deja de dar, ni si quiera comprende cómo ha llegado a la puerta de la entrada cuando una mano le toca el hombro y lo estremece.

De pies a cabeza.

Querría preguntarle muchas cosas una vez gira y lo observa. Querría gritarle insinuaciones y echarle en cara todo lo que se le está amontonando al principio del estómago. Querría propinarle un puñetazo y que él se la devolviera, las manos se le dan mejor que las palabras. Mas la incertidumbre se pega a los huesos cuando lo ve pequeño, los brazos en jarra extendiéndole la maleta, convirtiendo el miedo en humo.

—Bakeyama, ¿crees que esas son formas de irte? —Tuerce el gesto en una mueca y sonríe, tirándole la mochila.

No. No vayas por ahí. No hagas como si todo hubiese sido mi puñetera imaginación.

—Hemos ganado un partido no perdido la guerra. —Dice, acariciándole con los nudillos en un golpe flojísimo el hombro. —Recuerda avisarme cuando llegues al piso, y pregúntale a Yuu de una vez por las fechas de los partidos. Tú eres demasiado despistado.

Debería haberlo besado aquella mañana contra el marco de la puerta, por lo menos el recuerdo del beso habría bailado durante décadas en sus recuerdos y no el momento incómodo que flota entre los dos. Debería besarlo ahora, meterle la lengua y darle la mejor comida de boca que ha tenido jamás; quitarle el sabor ajeno que le está volviendo loco de sólo pensarlo y saciarse un poquito de su sabor. Saber a que sabe. Hundir los dedos en su pelo amanecer y ahuecar la cintura en el brazo, comprobar si se amoldan también como ha soñado todas las noches de su vida desde que el Te quiero caló hasta la médula espinal. Tocarle los dientes con los suyos, arrastrando el filo por la carne roja y húmeda de sus labios.

Pero no lo va hacer, ni ahora ni en un millón de años.

—¿No te están esperando? —Medita, cruzándose el bulto repleto de ropa sudadas, toallas y geles escogidos con cuidado porque a Kageyama no le gustan los olores fuertes y se le irrita la piel a la mínima de cambio. Hinata no lo había escuchado así en la vida. —Mi padre llegará en breve y no quiero hacerla esperar.

No importa la de veces que Shouyou trata de convencerse que está enfadado porque hoy no ha jugado al cien por cien, da igual la de veces que se repita que está hablando de voleibol. Da igual. El estómago se le cierra y le duele y arden las entrañas al comprender que sí, que la había cagado hasta mundos insospechados.

Tobio camina fuera del portón, cuyas puertas han sido pintadas de un bonito granate.

—Kageyama, yo…

Le corta al vuelo la conversación. Con los ojos furibundos, rojos.

—No lo hagas, ¿vale? —Lo enfrenta. A Hinata se le corta la sangre cuando le ve la cara, con las mejillas teñidas por amapolas, húmedas. — Tengo suficiente con mi cacao mental como para que tu vengas y lo empeores. Por lo que veo se te da de fábula jugar a que todo marcha perfecto, en la universidad, conociendo gente nueva, desapareciendo un mes. ¿Qué te has pensando? "Kageyama es una ameba social, vamos a practicar con él un poco, total, le dará igual. Así iré de sobrado por la vida con otros"

—Por favor, déjame contarte —Alega con el oxígeno atascado. —De verdad, yo, no sé que digo, pero estás malinterpretando las cosas. Estoy seguro de que mañana te reirás si me dejas explicártelo.

Hay algo que se ondula en los ojos noche sin estrellas de Kageyama, la duda, la esperanza, el tal vez bañado en un punzante no puedo, como si dar el brazo a torcer fuese lo más doloroso que podría hacer en la vida. Hinata siente la opresión romperle el pecho.

—Nos vemos.

Hinata tiene que recordarse unas mil veces que para ellos los enfados son como las estaciones, pasajeras, cambiantes y llenas de matices. Que acaban, y vienen otras, pero siempre estarán ahí, siendo parte de los dos. Inmortaliza en su mente el instante exacto en el que Kageyama se va, a cámara lenta, sin música de fondo ni la opción Volver al capítulo anterior en el menú de la película.


Palabras que quizás suenan a chino:

*Mochi: pastel de arroz

*Dementor: seres mágicos que roban el alma con beso y son, más o menos, como las parcas de Harry Potter (Corrección hecha por una querida lectora, gracias Garlia)

*Petit Suisse: marca de un postre que se comía mucho en mi infancia y decía que si comías mucho creías (a mí no me gustaba y me quedé pequeña, ¿correlación?

*Polvos pica-pica: bolsitas con polvos multifrutas que explotan en la boca

*Tragababosas: Hechizo de Harry Potter en el que, literalmente, empiezas a escupir babosas.

*Mayday: Frase que se dice para pedir auxilio.

*Mansalva: a montones

*Comer humanos: Referencia al anime Parasyte

*Rocío Jurado: cantautora española

*Slederman: personaje de videojuegos de terror (busquen imágenes y horrorícense conmigo)

*Dar al drinking: en España a veces nos gusta conjugar palabras (como hay pocas en el español, nótese la ironía) con algunas en inglés, se refiere a beber.

Reviews:

Guess: Me encanta! Me marean un poco las divagaciones que tienen a veces jajajajaja sabe aquellos me encanta y más que te encante mi nick (Harry Potter y el 12 por los tributos jajajaja hace años ya de eso jeje. Espero el siguiente con muchisisisisismasanas ganas y espero que te vayan bien los exámenes, yo estoy igual y leer vuestras magníficas historias se agradece mucho. Pd: dime que sí va a haber un poquito al menos de la OTP! Me ha encantado ese trozo jajajaj un beso!

Te pongo el comentario porque si me lees quiero que sepas que te contesté y que me hizo una enorme ilusión leerlo, aunque me supongo que sé quién eres, Torposoplo12, por favor deja de ser anónima. Siento que te mareen un poco las divagaciones, soy así en mi día a día pero con tartamudeos, todo un circo. Los exámenes han sido variopintos y aún me quedan unos cuantos pero el 11 termino y estoy deseando tener un par de semanas de relax y para escribir, SOBRETODO tirarme a la bartola. Ha habido de la OTP, ¿qué piensas? Espero tu opinión sobre el capítulo 3 Y que te hayan ido genial los exámenes.

I'm Kira Kurosawa: qué decirte si ya lo sabes todo y siempre estás ahí comentándome y siéndome un sol y llevándome por el mal camino haciendo finales tristes. TODO ES TU CULPA PERO CON AMOR. Kageyama un día va a entrar en colapso por culpa de Hinata y sus manos inquietas.


No duden en agregarme a Facebook en el que comparto cosas de esta historia y otras además de perder un poco la cabeza, pero soy simpática y no muero: Jane Smith (con un mini dibujado de mi por Jeannette cuyo arte está increíble)