NdAsupermegaimpotante: No sé cómo, ni por qué pero de alguna forma el capítulo siete ha estado siendo el ocho durante un tiempo y gracias a cierta personita (Ley-83) que me ha mandado un privado he podido darme cuenta del error, así que, por favor SIEMPRE que ven algo extraño díganmelo porque soy hipertorpe y puedo darle a borrar la historia un día sin querer. Así que os doy las gracias a todos los que se tomen su tiempo en leerme, en escribirme y en decirme mis errores también.


NdA: ¡Hola caracolas! ¿Qué tal han estado? Ha pasado tanto tiempo que puedo contar las motas de polvo en mi portátil, siento muchísimo este mes y medio (o más, no he contado exactamente los días) sin dar noticias. Salí de exámenes y quise desconectar con mi familia y amigos porque los llevaba sin ver muchos meses y la añoranza se acumula en el estómago (y yo soy como Hinata, que después todo acaba en el baño y nope, mejor no que lo paso mal). La semana que viene tengo tres exámenes pero después estaré libre y espero poder subir capítulos con más asiduidad.

No me enrollo mucho más, lo prometo.

he subido un fic explicando el DaiSuga, cortito y ameno y quizás a alguno le guste. Pásense, lean y coméntenme si quieren.

Al final del capítulo hay una nota importante, más bien sorpresa, sobre el fic pero no puedo decíroslo aquí.

A ver, mis capítulos están variando entre 30 y 40 páginas, y no sé si a alguien puede llegar a resultarle pesado o difícil de leer con tanta extensión, así que les propongo que me digan en los comentarios si prefieren menos cantidad (la calidad seguirá siendo la misma, para bien o para mal)

¿Les guste que deje nota aclarativa sobre ciertas referencias o prefieren buscarlo por vuestra cuenta? Esta vez os lo dejo antes que quizás así les guste más.

Especial cariño a Yuuki/Lena que hace poco fue su cumpleaños y es de las primeras personas que me apoyó en esta historia.

Muchas gracias a MeryNaii que lleva siendo mi beta desde hace unos capítulos y tiene que soportar mis dedazos aunque nos echamos unas risas con mis salidas mentales.


IMPORTANTE:

En este capítulo se habla del juego UNO, (PARA QUIEN HAYA JUGADO NI LEA) aunque no tiene verdadera importancia les dejaré caer por aquí que es un juego de cartas donde los concursantes tienen que descartarse y cuando sólo te queda una cara gritar "uno". La baraja está compuesta por diferentes tipos, pero para no liarles les diré que las importantes son: +2 (haces que la persona tenga que coger dos cartas de un montoncito adicional y es acumulable), +4(lo mismo pero cuatro), cambio de sentido (si se está jugando en el sentido del reloj pues se cambia y sería al revés, nada del otro mundo, cambio de color (hay cartas de diferentes colores y se juega con el mismo hasta que coinciden una carta del mismo número o se saca ésta y tú decides cual prefieres). Aun así, les digo, no tiene demasiada importancia en la trama.

Greemberg: es un compañero de Kageyama y Yuu de clases, aunque, en realidad lo he sacado de Teen Wolf. Un chico al cual todos les tienen manía pero nunca se le ha visto la cara ni tampoco escuchado hablar.

Hestia: diosa de la comida, la casa, el hogar.

Pingolín: desnudo.

Mandrágora: una especia afrodisiaca.

Mr. Wonderful: una marca española de objetos del hogar, decorativos, papelería, etc. Que suele tener frases cuquis y dibujos aniñados.

Kyodai: nombre coloquial que se le da a la Universidad de Kyoto (en la que está Hinata, porque hay más)


VII.

Kageyama llega a su piso acariciando la media noche, Tokyo está sumergido en el silencio roto propio de las grandes ciudades. Las marchas errantes de unos zapatos rebotan contra la vereda mientras el traqueteo de un coche propaga humo allá por donde pasa; el murmullo vago de conversaciones tardías y risas burbujeantes se filtran por la ventana. Los ladridos macilentos de un perro tres calles más allá nadan entre los pasos de peatón.

Su padre ha tenido la decencia de no preguntar sobre la forma tan errática en la que ha estado abriendo y cerrando la cremallera oxidada de la mochila durante el viaje. Una que huele a rayos y centellas y pide a gritos ser enjabonada (y todo el contenido en su interior, también) desde que abra la puerta del apartamento.

En cambio, no lo hace, abandona a un lado de la entrada los aullidos imaginarios del uniforme sudado, junto a unos zapatos mal desabrochados y a la arrugada sudadera.

Que te peten Hinata, que te peten, pero bien.

Rio Kageyama es un nazi de las despedidas cuando quiere (a su madre, en cambio, le va más demostrar amor a base de apretones o dentelladas cariñosas). Estuvo todo un mes recordándole el beso que nunca llegó cuando se fue por primera vez a la sub-19. Le ha hecho retroceder una manzana entera –mandándole mensajes hasta que el móvil colapsa– sólo para darle un abrazo antes de irse al partido y decir con voz ronca "venga, campeón, tú puedes con ellos". Incluso, a veces, tiene que inclinar la cara para que estampe la boca en su mejilla aun cuando está hecho una mierda por las contracturas y las agujetas, ya que su padre es demasiado vago y si está tirado en el sofá viendo La Fórmula 1 no hay quien lo mueva un milímetro.

Sin embargo, aquella vez.

—Here comes the sun —había cantado con la onda roja del atardecer subrayando el parabrisas del coche, la sonrisa le alegraba el bigote—. Here comes the sun… turururú.

No es bueno en inglés, todo hay que decirlo, pero esta canción en concreto se la sabe hasta los últimos acordes, lleva escuchándola toda la vida. Dice que habla de esperanzas y de ganas de avanzar y que puede sacarte una sonrisa con la voz de George Harrison ondulándose desde un radio cassette lleno de arañazos, el nombre del grupo escrito con permanente en una pegatina blanca.

A lo mejor necesita eso: nuevas expectativas y mandar todo a la mierda.

La camiseta cae sobre el brazo del sillón, a sus pies el pantalón se desploma seguido de los calzoncillos. Todo a la vez. Le da igual si el vecino, que ha pillado con los morros pegados al cristal un par de veces, le vea en pingolín. Arrastra la planta de los pies por el parqué, tratando de ignorar cómo el TOC rodea con su látigo de ansiedad el cuello y las muñecas, y disfruta del frío que se abre paso desde los talones, que pasa por los tobillos, afloja sus rodillas y dilatan los músculos hipertensos de la espalda.

Ducha, comida, cama. Buen plan.

La cascada lo hunde en un mar frío lleno de cicatrizante. Aún siente el pulso arañándole la piel.

Empuja el jabón por todo el cuerpo, hasta que le pican los ojos. Así, quizás, se quite las caricias hechas en un sofá a oscuras o, tal vez, el mordisco que aún le hormiguea en el hombro. Porque no lo soporta, el haberse dejado llevar como un niño chico por Narnia demasiado ciego como para ver que el césped sigue lleno de cristal frío; que siente el pecho y el estómago en carne viva como si alguien hubiese estado amontonado gasolina y ahora la cerilla encendida empezara a hacer estragos por cada músculo que lo rodea. Puede que, de esta manera, se limpie la mirada de Hinata. Suplicante desde el espejo del coche.

Caramelo y miel bañados en vapor.

No se permite pensar en nada mientras pone los Simpsons de fondo y come un par de yogures de fresa a punto de caducar con cereales muesli y frutas del bosque congeladas. Sirope de chocolate también. Es ese capítulo en el que Bart hace playback en un grupo de música y es "el terror de las nenas", aunque en realidad las canciones tienen mensajes subliminales y Ralph acaba sin su séquito de chicas suspirantes. Lo ha visto en tantas ocasiones que ya no sabe cuántas van. Le sigue de cerca una maratón de CSI: Miami; siempre ha pensado que tiene poco rigor científico y un par de los integrantes de la grupa deberían estar metidos en la cárcel por hackear datos públicos. Pero, era eso o reverse por enésima vez Doraemon el Gato Cósmico y la nueva versión lo tira un poco para atrás.

A ver, ¿quieres que te lo pinte?

Lo escucha en el baño mientras se lava los dientes con sangre y pasta de menta y eucalipto. No es como si fuese a pensar que su cerebro era lo suficientemente listo para erradicar la sonrisa hecha un mohín y el absurdo símil con The Big Bang Theory sobre su relación y la posibilidad absurda de que ambos están enamorados y simplemente tienen miedo a decírselo en la cara. Que va, tenía más claro que el agua que no iba a poder echar una cabezada en toda la noche con la insinuación llenando sus huesos vacíos.

Aun así, lo intenta.

La textura de las sábanas y la colcha le abastecen de modorra. Enreda las telas debajo de los tobillos y amuralla la zona como si fuese un bunker y necesitara protección, incluso de sí mismo. No sabe cuántas veces cuenta los puntos blancos que aparecen tras los parpados al dejar caer el velo, los ojos le tiran desde la sien.

Podría pasar de problemas y simplemente mandarle un mensaje mañana, o esperar que Hinata lo haga. Decir que fue un mal día, que sacó las cosas de contexto, que el corazón le pita en los oídos si vuelve a verlo con la cara rota. Aunque sea tu puta culpa. Uno de los dos debe ser el adulto y dejar correr las aguas turbias hasta que salga cristalina. Puede que esté bien y Kageyama aquí comiéndose la chaveta como los locos. Se lo imagina tan tranquilo junto con sus compañeros de piso, quizás incluso puede que hicieran alguna de esas recetas españolas que le llenan la boca de palabras dulces cuando habla. Es un cabeza de chorlito, así que sí, posiblemente ahora esté babeando la almohada con el poster de Linking Park pegado a chicle contra la pared.

Aquí no hay víctimas ni culpables porque después de todo cada uno siente lo que quiere por dentro y Kageyama está al corriente de que podría no haberse dejado llenar de algodón de azúcar ni ositos de gominola ni caricias así o asá. Que esa vez que le chupó los dedos y el estómago se convirtió en piedra fue el primer indicio para pararle los pies al zoquete que tiene por mejor amigo. O los cariñitos en el cine. En. El. Cine. Ni que fueran adolescentes hormonados, ni estuviesen dopados con mandrágora como para necesitar tirarse los trastos con Ushijiwaka cantando de fondo un anuncio de Oreos a su lado.

Aunque le había gustado y mucho. Cambiar la dinámica más allá de sus peleas y elocuencias holísticas del voleibol. Ser algo más que una simbiosis entre especies distantes para beneficiarse a lo largo de su vida. El recuerdo de caminar a su lado con las mejillas rojas y los dedos entrelazados para que el calor se quede entre ellos iba a costarle en cuerpo y alma arrancárselo de cuajo.

La peor parte no es el hecho de saber que ha salido con más gente. Que va. Eso podía llegar a entenderlo ya que, después de todo, es Hinata. El tío que hace amigos al ir al baño minutos antes de un partido aún con el vómito a punto de hacerlo desmayar. El tío que arrastró a una chica por medio pueblo para que fuese la manager del Karasuno. El tío que ha logrado que un chiquillo apático como Kenma se emocione jugando al vóley. Claro que iba a llamar la atención, y salir por ahí, y conocer chicas, y al parecer también chicos.

Lo que le jode hasta las costillas enterradas en el esternón es el haber sido ninguneado como amigo.

Qué te costaba contarme las cosas, mendrugo.

Saca el brazo de su madriguera y tantea el suelo hasta capturar el móvil. La sensación fría le eriza la coronilla y el brillo alto hace que le duelan las pupilas. Pone la contraseña y abre el WhatsApp, tiene varios mensajes del grupo de clase –que pasa de leer olímpicamente como de costumbre– y otro par del Consultorio Gay (Yuu lo ha cambiado para abreviar). Entra en la conversación que no han tocado unos días Hinata y él, con la ansiedad aleteando en los pulmones, y mira su última conexión.

Sí, tan bajo ha caído como para cerciorarse de que, al igual que Kageyama, está un poco hecho mierda y no se ha conectado en toda la noche. Aunque, mirándolo así, también podría no mirar el móvil precisamente porque pasa un pepino del tema.

Espera con impaciencia a que cargue la hora de conexión echándole un vistazo a las últimas palabras. El nombre de Hinata-idiota (así, como si el insulto fuera un sufijo) se desliza hacia arriba y: últ. vez ayer a las 16:30. No debería de sentirse así de bien al ver que algo le ha mellado su conversación.

La foto se expande por su móvil cuando presiona con el dedo el circulo que en marca su perfil. Podría buscar entre el álbum de fotos esa misma imagen ya que Hinata siempre tiene que mandarle todas las malditas fotos que se saca, podría crear un álbum con su pelo llameante y sus sonrisas perladas.

Ésta en especial le gusta, si la fotocopiara y enmarcara estaba seguro de que sentiría cómo se le comprime el corazón al verla, quizás precisamente porque no es una selfi forzada ni una de pie en pose molona para salir bien. Se la han hecho a conciencia mientras reía bebiendo una bebida isotónica (esa misma que tomaban juntos entre los descansos y que a Hinata le gusta de limón y a Kageyama de naranja), con el pelo estirado hacia la nuca del sudor y las cejas apuntando al sol; una sonrisa de oreja a oreja que lo convierte en plastilina y burbujas por dentro.

Y, entonces, el miedo cae como veneno en agua, se pega a los órganos, a los pulmones, a la garganta. Un planteamiento tan simple como "dos más dos": ¿Y si ahora nada vuelve a ser lo mismo? Siente vértigo al tragar y teclea un Hola huidizo. Lo borra. No es hasta que el sol filtra sus rayos por las persianas beige que deja el móvil único testigo de un millón de saludos, iconos que le han parecido graciosos y que no ha usado en su vida y memes descargados de Facebook en una página que el muy capullo de Nishinoya dio me gusta en verano, pero que, como no estaban mal, prefirió dejarlo para momento de penas como este.

No manda ni uno.

Al final acaba desistiendo la idea de dormir.

Se mete el móvil en el bolsillo del pijama por si acaso no escucha el tintineo desde el salón, o el baño. Hinata suele levantarse con el tiempo justo para tomarse la leche con Nesquik mientras que Kageyama siempre cumple a rajatabla un cronograma estructurado al milímetro. No entiende de dónde saca los minutos para tomarse una foto e ingeniárselas en quedar bien y llegar a su hora.

Recoge la ropa tirada, el tazón con surcos rosados y migajas de cereal, la toalla desdoblada en el suelo. Lava la loza con un jabón especial que no estropea las manos. Desayuna tres tostadas untadas en mantequilla con zumo de naranja. Vuelve a limpiar. Ordena los libros y bolígrafos (que no falte el subrayador verde o podría entrar en colapso cogiendo apuntes). Se calza sus Converses negras después de vestirse y haber puesto la ropa de muda y el uniforme en la mochila. El reloj marca las siete y media pasada.

Por qué cojones no has dicho nada, zopenco. Dónde está ahora tu imagen de mierda y tu saludo y el tazón y los monigotes que no hay quien los entienda.

Le tiembla el pulso cuando la música de fábrica clama por el salón.

—¿Se puede saber por qué has tardado tanto?

—¡Vaya! —Yuu silba a través de la línea— No sabía que me hubieses echado taaanto de menos, un fin de semana de vuelta al hogar y parece que el cariño de la family te vuelve medianamente amistoso —la risotada alegre resuena en sus oídos—, voy a tener que ir contigo la próxima vez para traerme un poco de esa medicina, tío, quizás y todo a finales de noviembre me estés pidiendo un abrazo de buenas noches. O un beso, yo me dejo.

El desasosiego lo vuelve inútil.

—No, yo, pensé… ¡Para de reírte, gilipollas!

—Esa boca, Kags —reprende aún con jolgorio— ¿has besado a Hinata con esa boca sucia? Espero que te la hayas limpiado primero.

Las pirañas le devoran el estómago. Y duele.

—De qué hablas, Yuu.

—¿Después de todo un mes de indirectas me vas a decir que no hicieron nada? No me digas que voy a tener que devolver el tanga que te he comprado para tu cumpleaños.

—No quiero un tanga, anormal.

—Te quedaría bien, tienes buen culo —apremia Yuu. Se escucha una puerta cerrarse y el traqueteo de unas llaves de fondo —. Además, éste en concreto te iba a quedar bien, yo te lo voy a dar de todos modos. Venga, cuenta un poco el salseo, bro, me has tenido a dos velas todo el finde —pasos que bajan escaleras y repican contra el suelo—. Por cierto, te paso a buscar.

—Por un lado, como me des una prenda de ropa más pequeña que tu mano pienso romperte los dientes uno a uno. Y por otro, no tengo nada que contar… —se interrumpe a sí mismo— ¿cómo que me vienes a buscar? ¿Me vas a llevar al caballito? No, gracias.

—Eres un impertinente. Mira, escucha el sonido de nuestra libertad, Kags —es como un chispazo de fondo. Dos notas disonantes, una más aguda que la otra—. A que suena bien, ¿eh? Con esto vamos a correr aventuras hasta el infinito y más allá.

Kageyama acaricia la superficie rugosa y mullida del sillón, sentado, pensando en lo incómodo que es tener que sostener el móvil a la altura del oído y si alguien había pensado en encontrar otro método más factible que dejarse la muñeca mientras hablan –el manos libres no cuenta porque cualquiera puede escucharles y los auriculares terminan por dañar el tímpano–.

—Te has comprado un coche.

La afirmación suena como el peor de los insultos, más cerca de una acusación que de confirmar algo en voz alta.

Bueno —empieza Yuu—, más bien me lo han comprado mis padres. Ya sabes que ellos no escatiman en lo que compran. Es un Mazda, amplio, cinco puertas. No te hago más spoilers para que te sorprendas un poco al verlo.

—Como si supiera de coches.

—Bájate en cinco minutos, gruñón. Ya me invitarás a algo por el paseo en la merienda, que Arata ya me está esperando.

—Un bocadillo de atún y millo y estamos a mano.

—Tú si que sabes cómo conquistar el corazón de un hombre.

El pitido camina desde el teléfono hasta lo más profundo de su cerebro, de la misma forma que el nombre de Hinata teje telarañas en su pecho.


La mañana del día después –el anterior pasará a la historia como El que no debe ser nombrado o Cuando el ojo de Sauron se abrió y puso su mira en Frodo– no es mejor que el mediodía. Ni tampoco parte de la tarde con un entrenamiento vikingo a sus espaldas. La noche ya es harina de otro costal, huele a orégano, tomate frito, cebolla asada y queso fundido. Y eso, eso, puede ayudar a cualquiera a mejorar un día comatoso. Iñaqui había insistido en pedir cuatro pizzas en La Buena Masa por el grupo de WhatsApp que tienen para urgencias y cuentas y quejas sobre su casera loca de atar. Y algún que otro vídeo estúpido en el que una niña se tira toda la bebida encima.

—¿Te lo puedes creer? —grita Kuroo, totalmente iracundo— pásame una de esas y dos de la de verduras —el pelo revuelto y laxo le tapa un ojo como el parche del pirata Garfio— ¿Tú que harías, tío? Porque se ha montado la de Dios en clase y quieren denunciar.

—¿Ves éste de aquí? Me ha costado conseguirlo, pero creo que ha valido la pena —La punta de los ojos de Kenma detonan en estrellas al hablar. Alarga la mano sobre la mesa y le expone la Nintendo (no la Switch, esa ha pasado a la historia, al parecer) 3DS que tiene el brillo hasta los topes—. Lo ves, ¿no? Parece un signo de exclamación, es un shiny suuuuper raro —Hinata se inclina sobre la mesa para ver con detenimiento al Pokémon—. La cosa es que primero tuve que capturar todas las demás formas diferentes de los Unown —pilla un poco de agua y le extiende el vaso a Iñaqui para que le ponga más—, y eso no es nada fácil, creo que he tardado dos días enteros sólo en ello —sus dedos teclean y Hinata podría suicidarse ahora mismo entre tanto nombre raro. La primera generación. Quizás la segunda. No me pidan más—, porque había que resolver todos los rompecabezas de todas las salas en las Ruinas Alfas y después atrapar a todo el alfabeto… ¿crees que es fácil? —La mirada de Kenma dice que no, así que él niega como un poseso con la cabeza, de hombro a hombro— Bien, porque no lo es. Los cabroneshijosdeputa aparecen en una ratio de 3,8% —engulle más agua— y sólo después de todo esto se desbloquean unas áreas específicas y puedes capturarlos ahí.

Hinata se imagina a su amigo vestido a lo militar, lleno de marcas de guerra y sangre en las manos, con las ojeras pronunciadas por el cansancio y el pelo recogido en una coleta.

—¡Eres un héroe, Kenma! —premia, con una sonrisa recorriéndole la cara.

Kenma, ya vacío de emoción y vuelta a su capucha de timidez asiente con sonrojo mientras deja en una de las sillas restantes la consola.

—Yo creo que deberían hacer una colecta de firmas, ¿tus colegas del equipo lo saben? Métanlos también, que eso da igual —sigue Iñaqui ya con sus trozos seleccionados en un plato—, tengan en cuenta que no pueden denunciar por las buenas —Kenma y Hinata pegan la oreja mientras llenan los suyos de pizza—. Primero el delegado debe presentar el alegato al profesor que hace de tutor, a ser posible inténtenlo metérselo en el bolsillo. Aunque vamos, esa tía debería estar de patitas en la calle a la de ya —resopla indignado—. Luego, si todo va bien, se llevará al decano el asunto y comenzarán a hacerle inspecciones a esa tipa de tres al cuarto —apunta a Kuroo con el borde de la masa mordisqueado—. Si ha salido en la tele diciendo esas estupideces no creo que se corte ni un pelo en clase.

El silencio lo llenan con "Joder, está buenísima" y "deberíamos hacer esto todos los días" seguidos de "me caso con ella, lo siento Kenma" respondido con "seré su amante, entonces".

—Kuro, ¿estaban hablando de la profesora que llamó aberración a una pareja de gays? —inquiere Kenma, lamiéndose los labios.

—Sí

—¿La que me contaste que insultó a un chico musulmán?

—Efectivamente.

—Pues vaya.

Hinata contempla la conversación en un segundo plano, mirando como la pelota de ping-pong rebota en ambos tableros. Le gustaría saber que opina Kageyama de todo esto. Quizás, como él, piense que las personas son eso personas y daba igual lo que les guste, como fuesen por fuera.

—Ya lo hemos hablado, pero a esa mujer le faltan un par de tornillos en la cabeza —añade Iñaqui después de mandar un audio en español.

Kuroo se inclina en su sitio y asiente con la boca llena.

—Te iré diciendo como van las cosas.

—Pásame la de millo —apunta Hinata. Puede con un par de rebanadas más.

—No entendiendo como te puede gustar con millo y poner pegas si tiene piña — Iñaqui muerde la pizza llena de rodajas de fruta y salsa que se le escurre por la comisura de los labios. Las gafas cuadradas y de montura fina se le resbalan por la punta de la nariz—, ambas cosas son dulces, ¿sabes?

La mesa está aún repleta de comida que posiblemente acabará en tápers para el desayuno o el almuerzo. Vasos a medio llenar y servilletas más arrugadas y sucias que limpias en su paquete. Las ventanas suelen estar abiertas de par en par, pero desde hace unas semanas el frío nocturno es tan insoportable que las cierran nada más dar las siete de la tarde.

—La piña da todo el asco del mundo, déjame — Hinata hinca el diente a un trozo lleno de atún y cebolla con pepitas doradas esparcidas como el queso a lo largo de la masa. Las piernas cruzadas en la silla, enfundado en un pijama de Winnie the Pooh. —Además, a Kenma no le gustan los refrescos y nadie le dice nada —medita cogiendo otro cacho que tiene chorizo y pica. Un murmullo vago se escucha de fondo: "eso es porque la garganta me duele después".

—Ojalá te parta un rayo por tentar a Hestia.

—Hestiqué

—Hestia… Mira, no pienso tomarme las molestias de explicarte un poco de cultura griega, enano. Búscalo en Google —Iñaqui bebe a morro de la Coca Cola—. Tienes tanto que aprender.

Una chispa de furia refulge en los ojos de Hinata.

—¿Quieres pelea?

El pecho se le infla como un globo rozando la mesa del comedor. Dos pares de ojos gatunos observan en silencio.

—Mequetrefe, ¿piensas que tú, con ese cuerpo en miniatura, me puedes dar una paliza a mí? —mastica una porción grande con la sonrisa trenzándole las mejillas. Se coloca las gafas hasta el puente entre ceja y ceja—. Termínate tu pizza si no quieres que además de dejarte K.O. me la zampe enterita.

A Hinata se le activan sensores de emergencia por todo el cuerpo y se cierne sobre el tapete, casi abrazando el trozo que descansa en el plato de plástico.

—¡DEJAME EN PAZ, JOPÉ! —hace un puchero en dirección a sus otros dos amigos, con un pedazo lánguido en la mano— podrían ayudarme un poquitín por aquí, ¿no? Kenmaaaaaa.

—Iñaqui —señala, perezoso, como si le costara despegar los labios para hablar—, deja al niño tranquilo.

Las orejas, vecinas del pelo naranja, apuntan contentas al norte.

—¿Ves? Él sí que me quiere, no como… —recapacita durante unos segundos para luego empequeñecer los ojos hasta el mínimo. Gira la cabeza tan rápido que se marea— ¿Cómo que niño? ¡Nos llevamos sólo un año!

Iñaqui le mira con una ceja levantada casi gritando con toda la cara "¿tú te has visto?" pero Kuroo, quien se había mantenido al margen llevándose trozo tras trozo a la boca mientras acariciaba la nuca de su ahora no-tan-amigo, levanta el culo de la silla como si hubiese visto al mismísimo Grinch sonriendo vestido de Papá Noel.

—Nos hemos olvidado de tu cumpleaños —abatido en su miseria vuelve a desplomarse vacío en la silla. Se pasa los dedos por la cara con desesperación—. Me he olvidado de tu cumple, Ken. Nunca me olvido de tu cumpleaños, ¿qué será lo siguiente? —acaricia las mejillas blancas de Kenma, los ojos llorosos hacen que le brille la mirada, quien sigue a su bola terminando de comerse un fragmento de salchichón— ¿El aniversario de Friends?

—Fue en septiembre.

—¡¿QUÉ?!

—Tampoco quería celebrarlo —bebe un poco de agua y sonríe, tranquilo— y dudo mucho que Chandler se sienta mal porque un año no veas todos los capítulos en los que la pifia.

—Esperen —empieza Iñaqui— deberíamos hacerla.

Hinata dirige los ojos a la boca llena de migajas de su compañero sin prestar verdadera atención a lo que dice, algo parecido a "es una buena ocasión para hacer una fiesta" y "esta semana tienen el primer partido, ¿no? Pues la que viene". Ha estado tan en su mundo, perdido que si Kageyama esto y lo otro, si podrían avanzar, si querer que todo salga bien que ni siquiera meditó lo que avanzaba a paso de liebre a su alrededor.

Hay algo pastoso y caliente y denso que le revuelve las tripas al mirar a Kenma tan normal como siempre, restándole importancias a un año más que se le suma a su pelo bicolor.

Debería haber estado más atento a las cosas, como que falta lejía y el microondas no está calentando del todo bien si se pone al máximo. O que tiene que empezar un trabajo de Competencia Motriz con Megumi y no le habla desde la última vez que quedaron porque, claro, la cita había sido un completo desastre. Y de eso ya hacía más de un mes. O que hace once días fue el cumpleaños de uno de sus mejores amigos. O que Kageyama tarde o temprano se enteraría de todo y quizás no le gustara ni un pelo.

—Eh, colega, estás en Babia —La voz de Kuroo, bronca y contundente, lo despierta en un amago de susto. Casi infarto—. Qué, ¿va a venir Kageyama?, por cierto, y ¿tu móvil?

La sangre camina espesa por sus venas. El pulso le va a mil.

—No lo sé. Hoy no he hablado con él —no es una mentira— quizás después, más tarde, le hable por Skype, el móvil murió esta mañana al intentar hacer una foto —una verdad a medias, la pantalla era todo líneas ínfimas y blancas. En cambio, el Skype seguiría en OFF hasta encontrar fuerzas para abrirlo. La expresión desolada y sus palabras estaban demasiado frescas en su pecho como para enfrentarlo todavía—, pero seguro que sí, ¿para cuándo?

Le tiemblan los dedos al doblar una servilleta y se lo lleva a los labios manchados de tomate.

—Shouyou —llama Kenma, recogiendo con papel las migajas en una pequeña montaña— ¿te pasa algo?

—Sí, ayer viniste zombi en el coche —intercede Kuroo, agrupando los platos blancos y plásticos uno encima del otro—, sabes que la paliza nos la llevamos nosotros, ¿no?

—Ya, sí, sí —Inspira. Expira. Algo se marchita a la altura del pecho cuando fuerza la sonrisa y le pasa los vasos a Iñaqui, quien ha empezado a colocarlos en fila india—, no, no. Estoy tan lleno que no puedo con mi vida, he comido demasiado rápido. Creo que después de recoger me iré inmediatamente a dormir. Esta noche paso de Expediente X.

El más grande de los cuatro mira a los otros dos con entendimiento y Hinata sabe que no va a poder aguantar mucho más sin decirles lo que ha pasado y le está pasando.

—Bueno, ¿Cuándo te vas a pillar otro? —el cristal de los vasos resuena cuando Iñaqui los coge, cada uno con un dedo de la mano, y se levanta caminando a la cocina en penumbra. Nadie comprende ese afán suyo de andar por el piso descalzo y sin encender una condenada luz y no chocarse con las esquinas de los muebles— No puedes estar por ahí sin forma de comunicarte. Conozco un sitio que los venden de segunda mano a tres manzanas de la facultad de Economía, podría llevarte el miércoles que salgo antes si quieres, lo único es que tendrás que esperar estos días sin móvil.

—No sabía que podías preocuparte tanto por mí —dice Hinata con retintín, brazos cruzados, aún sin levantarse de la silla.

—No te hagas el sueco —una cabeza se asoma desde el marco y guiña un ojo— ya sabes que sin ti tendría que rascarme más el bolsillo pagando tu habitación y va a ser que no, que quiero estar por Navidad en España cogiendo sol en mi isla.

—Mola un montón eso de que haga calor todos los días del año —exagera Hinata, haciendo aspavientos con los brazos.

Una vez en la habitación, la casa inmersa en el ronroneo producido por el motor de los coches y el viento filoso ondulándose entre ramas desnudas mientras se oculta entre sábanas y dos mantas que parecen hechas con los restos de cuerpos de ositos de peluche: la risa y el aguante y las ganas de aparentar que todo está bien envejecen. Lleva aguantando el oxígeno todo el día en el estómago, como si respirar se hubiera convertido una tarea imposible de realizar.

Es difícil de describir qué se siente, pero si lo describiera diría que es parecido a un remolino lleno de todo lo olvidado, deshojado, roído en el mundo; de las cosas tristes que nadie quiere recordar, buscando huecos y abriéndose paso por todo su cuerpo.

La garganta le quema cada vez que el vómito trepa producto de los nervios.

Sobrelleva el sollozo, el no quiero perderte.

El he sido un idiota y no sé que hacer ni como remendar el agujero que yo mismo he abierto en mi corazón.

Ha estado aguantándose todo el día para darle espacio y no comprarse el primer móvil que encuentra en cada tienda que ve por el rabillo del ojo para poder llamar a Kageyama. Deberían darle un premio por no caer en la tentación de coger el tren de turno hacia Tokyo y mirarle a la cara de nuevo, incluso si esta tiene la expresión más terrorífica que ha visto jamás. No, se tiene que quedar en casita ya que el miércoles hay examen y el viernes partido y ahora todo suena muy diminuto en comparación al huracán que lo rodea.

Insignificante. Para él. El voleibol. Es que suena a chiste incluso dentro de su cabeza.

Debería estar pensando que en menos de cuatro días estaría enfrentándose a los gemelos chúpenme-un-dedo-del-pie-Miya y las ganas de hacer que muerda el polvo la universidad Kobe, la pelota y de paso el pavimento también. Debería, ese es el quid de la cuestión. Hinata no para de escuchar cómo una mosca le pulula en la nuca, recordándole cómo debería haberle gritado las cuarentas aclarando el asunto. En cómo cambiaría su tono facial con sólo escuchar el "te quiero" titilando de su boca, porque una cosa es que se gusten y tonteen y caminen de la mano y otra muy distinta es comentarle a alguien que lleva tres años enamorado de él. Puede imaginar su cara de incredulidad y a una semilla de ego germinándole en el pecho. Segurísimo que pondría la sonrisa. Esa a medio hacer que siempre pone cuando está emocionado por conseguir que el saque vaya más directo que de costumbre, o cuando el pase ha sido perfecto, cuando aprende algo nuevo. Le bailotea toda lo boca y los ojos tienen chiribitas y toda la cara le brilla.

Ha pasado lo peor que podía pasarme.

Se traga el abismo y se muerde la boca, ya mañana será otro día.


Los días pasan como las hojas en otoño. De verdes a naranjas y de naranjas a marrón. Marrón mierda. Y apesta, todo apesta.

Lleva un buen rato tratando de seguir el ritmo al oompa loompa que tiene por profesor de Derecho Civil mientras éste se dedica a recitar un monólogo que dista de lo que pone su libro y los pantallazos arrojados contra una lona blanca desde el proyector. Las letras en negro y el fondo azul cielo dictaminan los límites en el derecho subjetivo y la relación jurídica.

Dame un respiro, ¿no? Ni que tuviera un brazo biónico ni cinco ojos, capullo.

—Tío… tiotiotiotio —susurra Yuu, codeándole en las costillas— mira esto, podríamos ir aquí un día. Sería la re-polla.

Tiene Instagram abierto, con la foto de una discoteca amplia y llena de luces violáceas surcando una sala atestada de personas, copa en mano y la sonrisa marcada en los carrillos. Kageyama ve por el rabillo del ojo que le da un corazón a la imagen mientras él abrevia palabras para sintetizar lo que escucha y tener unos apuntes meramente aceptables a finales de noviembre. Debería comprarse una grabadora, así se quitaría un poco de estrés y peso sobre el espinazo al estar encorvado modo gárgola tomando apuntes.

Por la mejilla colindante a la mesa verde pistacho cae una gota de sudor al notar que se le ha pasado anotar tres posibles preguntas para el examen.

—Bro, ¿y aquí? —esta vez palmea su hombro. Tres veces. Siente el calor de sus dedos hundidos en el hueso del hombro— Se ve más de tu estilo, muy chill out, unas cervecitas, algo para picar. ¿Aceitunas? No, que va, me habías dicho que no te gustaban.

Y, esta vez, Kageyama pasa tres kilos de mirar lo que sea que le está mostrando.

No se ha conectado al móvil, el muy hijo de su madre.

Lo sabe porque todas las noches al llegar al piso, más agujetas que humano, deja que un "Hola" vuele seco desde su teclado hasta la pantalla –probando suerte a pesar de que la última conexión sigue estancada en el domingo–, pero siempre se queda en el primer tick y a Kageyama ya le está resultando penosa la columna cimentada con una sola palabra día tras día. Si no es porque Kuroo ha subido uno de esos vídeos –como se llame– instantáneos a Facebook, en el que Hinata sale de refilón huyendo de otro compañero (que vete tú a saber quién es ese rubiales) siguiéndolo de cerca con una toalla como látigo, hubiese continuado preocupadísimo por su inexistencia vital. No era ni medio normal que no se conectara ni a Facebook, ni a Twitter para criticar el nuevo capítulo de relleno de Naruto.

Una cosa es ignorarme y otra muy diferente desaparecer del mundo entero sin dar señales de vida, cacho de imbécil.

¿Es que no piensa en su salud mental? Al parecer no, le da exactamente igual que se pasee como un perro con la rabia por los pasillos de su facultad gruñendo y enseñando los dientes al menor atisbo de simpatía extranjera. El chocolate negro del noventa y cinco por ciento a su lado es caramelo bañado en algodón de azúcar.

Serás subnormal, tonto del bote, que sólo piensas en ti.

Para colmo e inri y "me-cago-en-ti", por culpa de la ansiedad que le carcomía la columna día y noche, ahora dejaba el ordenador encendido y el Skype abierto. Inclusive ha comenzado a dormir con el móvil en sonido. Y se está obsesionado de mala manera con los timbres de su edificio cuando tocan la puerta de algún vecino que colinda con el suyo propio; ya que quizás, quizás sea el muy mendrugo equivocándose al presionar uno de los 65 botones que hay en portería.

Lo que me haces hacer pedazo de imbécil.

Encima estaba bien, guapísimo en realidad. Un bizcocho con patas al que hincar el diente.

En el vídeo la risa le bañaba en sudor el cuello y la nuca. Las mejillas arreboladas como sarantontones y el pelo en punta –seguramente por esa manía de rascarse el cuero cabelludo cuando le pica del sudor. Algo que, normalmente, lo único que causaba en Kageyama eran estragos y ganas de enterrar los dedos entre sus mechones teñidos por el sol y saciarle el reconcomio. Saciarle en general–. La camiseta húmeda se le pegaba al pecho, cincelado de curvas y recodos que él desconoce pero que no le importaría investigar a conciencia y, si no había quejas en respuesta, besaría un mes y toda la vida. Justo donde el corazón traspasa la carne, para que le viva en los labios cada latido. Podría lamerle el abdomen y la espalda como hacía la tela en un abrazo fresco y transparente; o beberse el brillo salado de sus muslos. Ya podría ser más recatado, ¿no? Un poquitín solo, para que al resto de la humanidad no le diese un paro cardiaco cada vez que saltaba de aquí para allá hondeando el uniforme deportivo como una bandera que clamaba libertinaje.

¿Paz? ¿Qué es la paz?

Media hora del martes tirada a la basura mientras repasaba la liga del calzoncillo –negro, con una pretina gris. Y, madre mía del amor hermoso, podría verlo sólo con eso y sentir cómo el suelo se le derrumba bajo los pies– que saludaba centímetros más arriba que el pantalón verde chillón, además de (por supuesto) intentar descifrar qué es lo que farfulla entre gritito y aspavientos al huir. Algo parecido a "me pido la ducha del fondo".

Tan tranquilo.

¿Por qué cojones tiene que cerciorarse de decir en dónde piensa bañarse? ¿Qué era? ¿Un canto de sirena para atraer a todos sus súbditos como el polen a las abejas? Es que, ya no aguanta un segundo más de tanta tontería, lo mataba en vida si pudiera y, luego, Kageyama volvería a resucitarlo para encontrar otra forma mucho más ocurrente de tortura con tal de que sintiera una mínima parte del infierno que se abre paso desde la boca de su estómago hasta la punta de su lengua corroyendo en celos y rabia la última gota de cordura que le quedaba.

Cuando te pille, cuando te pille…

—Dude —escucha a la lejanía, con un muro lejano. Kageyama ve rojo y borroso—. Tío —algo le golpea en las costillas, un dedo, quizás, un lápiz, también—. Kags —remata con una palmada en la cara.

Ahora qué.

—Como vuelvas a hacer eso te llevas la tuya y la de todos tus hermanos.

—No tengo.

—Estaba siendo considerado para no nombrarte la de hostias que pienso darte si no me dices a que viene el golpe que me has dado.

AH —recuerda sonriente, abriendo los ojos de par en par—. Es que estabas empezando a dar el cante murmurando cosas sin sentido. Hasta Greenberg ha mirado hacia nosotros un par de veces y no me mola nada —dice, abrazándose el cuerpo, como si algo frío y viscoso le recorriera la espalda. Las rastas se le desparraman por los hombros en un manto de arena rubia mientras lo rodea con un brazo—. Entre tú y yo, no sé que tiene ese tío, pero lo detesto. Es odiable en todos los sentidos, quizás sea su expresión que me da tirria o que es muy feo, el cabrón, pero no puedo ni verle.

El buen humor reverbera sus ojos, se le expande la hilaridad en el pecho y los labios maduran hasta sus pómulos en una sonrisa. No sabe cómo será su amigo de abogado, pero tiene una labia de mucho cuidado, incluso un troll de las cavernas podría empatizar con él.

—Ni que tú fueras el modelo del año —contesta, moviendo los hombros—. Quítate, que me das calor —Aunque, si era del todo sincero, había algo extraño en ese chico que tampoco le gustaba ni un pelo.

Alguien los manda a callar, tres filas más abajo, y la sangre se convierte en hielo al ver la mirada filosa del profesor.

—Y, bueno, ¿me vas a contar por qué estás así? —empieza Yuu, diez minutos después. No se aguanta los pensamientos dentro, necesita sacarlo o siente que algo le va a picar el estómago y darle alergia.

—No, pesado. Ya nos han mandado a callar y quiero aprobar este examen, ¿vale?

—Vale, vale —asevera, haciendo un mohín. Reposa el codo en la espalda de la silla y mira con una intensidad vaga la tiza moverse a través del amplio pizarrón oscuro. Escribe dos palabras y el casi japonés medio americano pesado de los cojones, alias Yuu, vuelve a estar sobre Kageyama—. Venga, porfis, anda, venga-venga-venga-venga.

Dios, de verdad —deja caer el bolígrafo y lo mira con los ojos entornados—. Hoy no me vas a dejar en paz, ¿no?

—No, lo siento, ese no es el trato de nuestra amistad. Junto al artículo que estipula el comprarme bocadillos infinitamente hay otro en letra minúscula que dice claramente que debes mantenerme informado de todo lo que te pase en la vida —una idea le cruza la mirada y sonríe, socarrón—. Bueno, menos las cosas pervertidas, eso sólo lo quiero conocer a medias.

Cómo que a medias.

—Así que, recoge, nos vamos para la cafetería.

—No pienso irme en mitad de una clase.

—Y yo no pienso verte un día más sacando las garras porque un tío te roce el brazo de camino a los entrenamientos o si a la chica de la cafetería le da por sonreírnos de pura casualidad —Kageyama observa que ha empezado a recoger sus cosas—. O me lo cuentas… —le tira la chaqueta— O me lo cuentas, tú verás.

Si los ojos pudieran rodar más en sus cuencas posiblemente habría visto más de una vena circular rabia por todo el cuerpo, hinchadas y encendidas. Con hemoglobina bañada en ansiedad.

—Espero que encuentres los apuntes en algún lado y me los des, aunque tengas que prostituirte un año para pagarlos.

Su maleta está preparada y la de Yuu cuelga sobre su hombro.

—Pero me pagas el sándwich, que hoy lo quiero doble y con jamón serrano.

Un golpe asesta en la nuca rubia cubierta de rastas mientras trastabillan entre las piernas de sus compañeros.

-x

Al parecer iba en serio lo de sentarse a contar sus penas como dos borrachos en el bar pero sin alcohol y sin olor a pis por todos lados. Y, al parecer, sí que hay un Código de los Colegas que Yuu siempre lleva encima –no sabe dónde, será en un sentido figurado– por si alguno se le sube a la chepa diciéndole que no tiene la razón respecto al tema de lo que a la amistad se refiere. Nope. Tiene un jodido libro oficial con un sinfín de normas que deben cumplir los amigos para con los suyos.

—Código de Colegas, este código son una serie de normas que establecen el respeto y el apoyo que deben tener los colegas en distintas situaciones —comienza, muy recto en su silla y totalmente serio. No hay una pizca de humor en su cara de Kent surfista—. Es un código que hay que cumplir para no decepcionar a los verdaderos amigos y así no perder su amistad.

Genial

Toma la pajita blanca entre sus dientes y la mueve con la boca planteándose cuanto tiempo tardará en darse cuenta de que lo importa una mierda lo que digan unas hojas impresas.

—Artículo treinta y ocho: un colega no puede llevar una toalla alrededor de la cabeza al salir del baño después de una ducha —recita, pasando página.

—Espera —Kageyama levanta la mano, intrigado—, pero a ver, tú tienes el pelo largo.

—Si, ¿y qué?

—¿Cómo te secas entonces?

—Con secador.

Ah, vale. Y un secador es más apropiado que una toalla.

Se muerde la burla y asiente con solemnidad para que continúe mordiendo un bocata de queso, tomate y un intento de ensalada de col.

—Artículo setenta y siete: un colega no debe llorar nunca sólo —dictamina, levantando la vista—. Aquí quería llegar yo.

—Yo no estoy llorando.

No estoy llorando, nunca lloro. No lo necesito, quiere decir, ¡Estoy bien! Se muere por gritarlo pero una parte de él lo frena, porque quizás está más en lo cierto de lo que le gustaría. Cuando Yuu tiene toda la razón del mundo para pensar que no se encuentra en plenas facultades después de gruñirle a la entrenadora ayer después de dar un par de vueltas corriendo. Incluso su madre, que la tiene tan lejos y tan distante como a Hinata, lo ha notado, y ha tratado sin mucho éxito de sonsacarle información con preguntas tan generales que ni el mejor detective de todos los tiempos podría enseñarla a interrogar.

—Puedes contármelo, Kags.

Y esa es la gota que colma su vaso.

—Vale —dice, casi sin aire en el cuerpo.


Es jueves y quedaron hace más de una hora en el Mür Café, un escondrijo que le robó el corazón nada más pisar Kyoto.

Lo primero que uno aprecia de esa madriguera son los sillones chester tapizados en un bonito tono naranja rust –de esto Hinata sabe mucho, dado que, una tarde aburrida, comenzó a plantearse seriamente si su pelo era naranja como el amanecer o si podía compararse con la rugosa piel de la fruta. Al final no fue ni lo uno, ni lo otro: se acercaba más al cuerpo lanudo de los tigres, de ahí el nombre tan ocurrente que se le pone en la paleta de colores (por si se lo preguntan es tiger, de nada)–, poseen hoyuelos por todas partes, moteado en los brazos, en el lomo y donde Hinata suele reposar los pies si los camareros no le echan mal de ojo. Más allá, hay una gran chimenea, en el caso de que el frío apriete fuera, que se enciende para que caliente las paredes de ladrillo arena; está situada no muy lejos de la pequeña barra americana hecha por palets en la cual reposa una alta cafetera plateada y las tartas del día, resguardadas en cúpulas de cristal con mantelitos florales a sus pies. Además de unos comodísimos sofás, un manto de mesas de diferentes tamaños y formas se extienden por la salita, sobre ellas hay siempre pizarras del tamaño de la mano junto a diferentes tizas, para apuntar el pedido y si cuadra una frase motivadora, como "No se trata de dónde estés sino a dónde quieres llegar" al más puro estilo Mr. Wonderful, mejor que mejor. Aunque él prefiere sustituirlas por balones de dudosa redondez.

Las sillas parecen haber sido sacadas de la basura, barnizadas y pintadas al gusto del dueño y, más tardes, dispuestas a los lados de cada tablero sin ningún orden ni paridad. Es fácil encontrar el rinconcito en el que se amontonan gajos de libros y cojines, colindantes a una estufa de mica blanca. Es un café minúsculo con muchos detalles, como esas velas que bañan el lugar de luz cálida o plantas naturales sobre las mesas, o quizás ese techo alto con vigas de maderas. O los balcones que conducen a un parque perenne y frondoso; en verano, al parecer, se abrían de par en par y en el descansillo de la acera se ponían butacas y mesillas plegables. A Hinata le encanta todo, porque se siente en casa y, a la vez, es como si estuviese en otro país, quizás en Inglaterra con su hora del té y los brunchs tardíos.

—Vamos, Megumi, coopera un poco —se oye quejar cuando, por quinta vez, le da a Enter y se copia lo que no debe copiarse.

—Tengo que irme en una hora y yo ya he hecho mi parte —dice la chica, mirándose las uñas pintadas de azul eléctrico—, no es mi culpa que seas un memo mental.

¡Oye!

—Aún estoy tratando de convencerme que el profesor Tetsun ha tomado la decisión correcta en recomendarte como entrenador del equipo infantil —escucha que dice, con retintín.

Hinata sólo es capaz de ver fórmulas, filas y columnas repletas de números.

—Megumi, porfa, no entiendo qué te he hecho para que estés así.

Sabe que ha dicho una barbaridad como una casa nada más el cuco vuela fuera del nido, pero no es hasta que el miedo recorre su cuerpo en un rayo frío bajo el destello de la rabia que le dedica su compañera de clase en una sola mirada, que comienza a arrepentirse enormemente de haber salido con ella semanas atrás.

—¿Que NO? —grita, la voz de Piolín. Tan aguda que podría romper de un momento a otro la copa que antes tenía tres bolas de helado, dos de chocolate y una de menta con tropezones de galleta— ¿Me estás jodiendo?

Hinata señala un no con la cabeza, mudo y apocado. Con los dedos de los pies chiquititos.

—Es que, tienes que estar de coña, hombre —la silla chirría al girarse hacia él. Un paso en falso y no habrá más pelirrojo japonés, y de esos seguro que hay pocos. Hinata no lo ha comprobado, pero está casi seguro de que son una especie en extinción—. De verdad, ¿tú cómo puedes andar así por la vida, tío? Es que no me lo explico. O sea, no te vale dejarme con el calentón después de pegarte toda la maldita cita hablando de tu mejor amigo. Que vale, muy bien, estaba más que avisada sobre tus cuasi sentimientos por él pero eso no es a lo que íbamos, pichafloja —Joder—, la idea era quedar para echar una cana al aire y chaqueta y manta. PERO NO, tenías que ponerte sentimental y largarte en medio de la faena —unos grandes y negros ojos le asedian en medio de la cafetería. Los clientes de las mesas contiguas a la suya han comenzado a interesarse por la conversación en vez de mirar sus platos bañados en azúcar y colesterol. No les quitan la mirada de encima. Hinata, en cambio, siente cómo sus tripas se trenzan a la altura de la nuez— y, además, ignorarme como los búhos a la mañana hasta ayer por un trabajo que es para hoy. ¿Tú quién te piensas que soy? Muy simpático e inocente y sonrisita de ensueño pero luego a la mínima te vas con el rabo entre las piernas y ENCIMA —señala la pantalla que tiene el Excel abierto y un par de gráficas sin color entre los recuadros—¿te atreves a pedirme, cuando sabes que he hecho lo más difícil, que te ayude a colocar un par de variables en unos cuadros de mierda? Tú alucinas, tío.

Podría descoyuntarse el cuello y le dolería menos.

—Yo, bueno… Megumi, de verdad —Cuando inhala, el aire le raspa la garganta. Le araña el pecho—. De verdad, no quería ofenderte. Era la primera vez, la primera vez en general, ¿sabes? Y me dio pavor que no fuese con la persona adecuada, lo siento.

Con la persona que quiero.

—Sabes que el sexo, es sexo, ¿no? Deja de comerte el coco por ello—remarca la chica, cruzándose de brazos. Una ceja oscura se alza con anticipación—. Aun así, me hace sentir mucho mejor saber que yo no tengo nada que ver con tu disfunción eréctil, ¿y bien? Por lo menos dime qué te tiene con esa cara de perro abandonado.

Parecía que las aguas se habían calmado un poco, eso, o quizás las lágrimas que casi se bebe al hablar la habían convencido de que el asunto era serio.

Megumi Kiyoka toca en una banda de música, si no lleva la guitarra a cuestas tararea canciones al ritmo de su pie izquierdo, nunca del derecho porque dice que le da mala suerte. La había conocido en la fila de reprografía del mismo modo que uno entabla conversación en la cola del paro: para arrullar las penas sobre un tema en concreto, esa vez, era la falta de seriedad y rapidez en cuanto a fotocopias por minuto se refiere; así que, habían acabado haciendo piña junto a tres más para que aceleraran el ritmo a los muy pisahuevos. Es un amasijo de cosas que a Hinata le impresionan. Tan bajita como su barbilla pero indignada con los tacones, suele llevar dos coletas rizadas bañadas en mechas fucsias, pocas veces le faltan palabrotas en la boca y suele gustarle oírse a sí misma. Si es alto, mejor. Al lado de su revuelo musical, Hinata se considera sólo una bombilla de 5 vatios, por primera vez él no llama la atención. En lo poco que la conoce, puede decir que tiene una obsesión insana por escribir todo con verde, que le flipa el café vienés con una cantidad indecente de crema batida, y colecciona chapas de cervezas a pesar de que siempre pide la misma.

Hoy por hoy, Hinata no sabe exactamente qué lo impulsó a pedirle salir, quizás es porque estar junto a ella era tan divertido como estar con un amigo de toda la vida. Y sentirse en casa en una ciudad lejana es un arma de doble filo, sobre todo si el chico que te gusta está a kilómetros de distancia y con el que acabas de salir te ha escorado a la friendzone sin darle media noche de oportunidades. Si lo piensa claramente, la cita hubiera sido tan desastrosa como la segunda, sobre todo porque se perdía buscando en las mejillas del otro el recuerdo de Kageyama, la voz tres octavas más grave que le ponía los pelos de punta, sus peleas sin rumbos que acaban en sonrisas cómplices.

—Vale, pero el trabajo —duda unos segundos mirando con cierta histeria el logaritmo neperiano que prima en la barra—, no nos va a dar tiempo.

Megumi, ni corta ni perezosa, le arrebata de su hueco el portátil y se lo pone en el regazo, vestido por unos pantalones rotos negros y deshilachados.

—Tú habla y yo termino esto —Hinata puede ver el reflejo de las letras proyectadas hasta las gafas sin montura, redondas y diminutas que se le escurren hasta la punta de la nariz—, nos vendrá bien si no quieres que te corte los huevos la próxima vez que nos veamos. Y si quieres que volvamos a nuestra cómoda y aburrida amistad, también.

A lo mejor es la amenaza explícita que le ha hecho. Quizás es que no es nadie cercano que puede contar sus idiosincrasias por ahí. Tal vez sea la botella repleta de gaseosa que han agitado demasiado y va a reventar en cualquier momento. Pero, un minuto después de reorganizar sus recuerdos y coger una servilleta de esas que no secan nada porque son tan finas como las hojas de una Biblia y tienes que usar unas diez para limpiarte los morros, comienza a vomitarlo a borbotones.

De principio a fin. Y es como si soltara todo el aire que ha estado bullendo su estómago a fuego lento.

Y se lo cuenta, no se deja nada en el tintero, a una chica con la que tuvo la cita más penosa de su existencia. Que ha visto sin traje y sin sujetador y también tres sillas más abajo en sus clases viendo en Youtube desafíos de Si te ríes pierdes. Y, asimismo, que le ha dado el rapapolvo del siglo. Quizás sea eso, que a Hinata le ha aparecido la imagen mental de su hermana en una esquinita sonriendo como los zorros entre los arbustos mientras su madre grita a los cuatro vientos "qué es eso de andar descalzo llenando de barro el pasillo", y su padre asintiendo en silencio al mismo tiempo que lee el periódico del día. Es lo que piensa cuando entre anécdota y recuerdo comenta "soy tonto, lo sé" y escucha "eso no lo dudes" en respuesta, para seguir tecleando palabras y moviendo el cursor con el dedo índice y soltando "mm", "ajá", "esto es peor que una telenovela rosa" de vez en cuando. Hacen un breve parón para mediar el correo que le mandarán a la profesora junto a los archivos adjuntos y revisados concienzudamente. Para cuando llega al final, Megumi ha comenzado a hacerse trenzas al estilo Miércoles Addams –incluso lo mira de esa forma escalofriante e inquisitiva tan rara que tenía la niña–, dejando el ordenador aparcado y con la llave echada.

—Qué quieres que te diga, si me estás diciendo la verdad de forma objetiva, creo que sois el par de idiotas menos reconocido del universo —admite sin una pizca de tacto.

—Kageyama no…

Shhh — le chista, levantando el dedo índice—, te gusta de verdad, ¿no? Y hablo en el sentido más ñoño de la palabra, casi te salen arcoíris por la boca cada vez que dices algo de ese tío —habla como si oliera algo que huele mal, arrugando la nariz—. Le quieres, lo suficiente como para andar medio fantasma a todas horas y bajar de peso en menos de cinco días. Ni se te ocurra rechistar, caraculo —se adelanta ella al ver la tirantez que lo embarga nada más nombrar esos kilos de menos—, puede que tú hayas pasado de mi como de la peste, pero generalmente me caes muy bien, ¿sabes? No me gustaría verte famélico la semana que viene en medio del course navette, no podríamos competir a gusto.

Hinata se muerde la cara interna de su mejilla para no sonreír, asintiendo cada dos frases para darle a entender que la escucha. Con cada una de sus células. Él tampoco quiere perder contra ella, de todos modos.

—Está claro que, ¿Kageyama? —La duda hace que Megumi chasquee la lengua, enfadada consigo misma—, sí, bueno… Que él y tú os ponéis histéricos mutuamente y por alguna razón que no me cabe en la cabeza eso os encanta. Llevan demasiado tiempo con la dinámica toma y daca y, ya ves, eso no está funcionando —suspira con ruido, como sacando la frustración de dentro—. Mira, no sois unos niños, estás coladito hasta los huesos por tu mejor amigo pero pones demasiado empeño en lamentarte porque te "odie" cuando sólo se ha cabreado.

—Tú no le viste la cara.

—Te la estoy viendo a ti. Y, sinceramente, si sois tan buenos amigos como me has contado, estará igual o más destrozado que tú.

—Estoy comiendo —Hinata siente la necesidad de decirlo a pesar de que las palabras se le arrastran por la lengua—. Sólo que no a las horas que debería y de vez en cuando vomito. De los nervios, yo que sé —se encoge de hombros, muy interesado en su pantalón color caqui—, me suele pasar usualmente cuando tengo un partido importante.

—Enfermo de amor, ¿eh? —medio dice, medio bufa en una risa irónica— Por favor, ¿podrías ser más cliché? Tienes la cara rara y me he comido un helado del tamaño de un atún y tú ni lo has mirado, a mí no me engañas.

—¿Eso es todo lo que tienes qué decir? —replica, con el ceño fruncido y los brazos cruzados— Pensé que querías ayudarme.

—Quería sentirme mejor, que es distinto —le recuerda, más transparente que el agua. A Hinata no sabe si le gusta que no sea una quedabien o sentarse a esperar que le dé el golpe de gracia en cualquier momento—. A ver, qué quieres que te diga, la has cagado un poquitín. Pero puedes mirarlo por el lado bueno, está claro que no reaccionó así sólo porque su mejor amigo le ocultara que es bisexual y ha salido un par de vez por ahí a tomar algo.

—¿Tú crees?

—¿Tú no? ¿Estás hecho de leche condensada? Sólo hace falta que te mee encima para marcar su territorio y gritar que eres suyo —Megumi lo mira de reojo a través de la pantalla del móvil— ¿Qué es lo que te ha hecho gracia? ¿Lo de orinarte encima o lo de dejarte una marca de permanencia?

Sin darse cuenta, comienza a ser consciente de su propia sonrisa, del dolor en las mejillas, de la oleada cálida que se expande rápida hasta las cejas y le eriza la piel de la cara.

—No seas asquerosa.

Ella lo mira como diciendo "contigo nunca se sabe, prefiero callarme la boca que ya hoy hemos tenido fandango", senda sonrisa pintada en los mofletes.

—Quiero hablar con él.

—Pues hazlo.

—Tengo miedo —admite con congojo.

Un camarero pasa corriendo a su lado y coge la copa fría que antes mojaba la mesa.

—Todo el mundo tiene miedos, aún más si hay una pequeña posibilidad de cambio, pero piensa una cosa. La única importante, en realidad. Deberías darte cuenta de que si sigues así acabarás jodiendo de verdad a la persona que quieres, no hay más. La sinceridad es lo primero —tiene los ojos derretidos en cariño, relajados, como sus palabras—. Si tienes miedo a volar, salta con miedo, Hinata. O eso pone en la pizarra —comenta Megumi, como quien no quiere la cosa, guiñando a la mesa de al lado donde la frase reza desde el tablero—. Puede que suene duro, pero dudo que vayan a estar peor de lo que ahora mismo están: evadiéndose mutuamente, aclarando nada —dice, a la par que le aprieta su mano. Fría y cálida, como ella misma—. O lo haces, o no lo hagas, pero creo que quedarse con la duda del "y si" es mil veces peor que el "por lo menos".

Las farolas del exterior han comenzado a encenderse de un amarillo pálido, una a una, a medida que el sol se acostaba en las telas del horizonte, entre los edificios y las nubes. Los clientes que se sentaron en las sillas a primera hora son diferentes a los que ahora piden trozos de tartas y batidos de fresa. El aroma a cacao le inunda el pecho seguido de un dolor agrio, un placer agudo, que podría hacerle llorar si no estuviese convencido, por primera vez en toda la semana, de que hay una solución clara al problema.


La primera vez que Hinata pisa la tienda el jueves después de entrenar, no hace más que mirar cada recodo que esconde esa diminuta habitación. Porque es especialmente pequeña, quizás tan grande como dos cuartos individuales juntos, podrían caber cinco personas caminando sin dificultad, siete pisándose los pies, y diez aguantando la respiración. Es un bazar repleto de cachivaches electrónicos, no hay esquina limpia de objetos –ni de polvo en realidad–, sin orden ni desorden. Del techo caían, colgado de una barra metálica oxidada, tamagochis tan antiguos como su fecha de nacimiento, en el mostrador (que era de cristal pero una capa de suciedad grasienta lo cubría) habían relojes y cadenas que parecían laqueados en oro y plata.

—¿Estás seguro de que es un buen sitio?

No quería sonar prejuicioso, pero, para una vez que se iba a gastar su dinero –suyo, ahorrado, sufrido– y le iba a doler como si perdiera un brazo y no lo fuese a recuperar en toda su vida, quería que fuese bueno, ni le estafaran.

—Que sí, pesado —Iñaqui no para de mirar un drone en miniatura, en fonda de cohete.

Hay un hombre enorme, más ancho que alto, atendiendo a una pareja apunto de comprarse una tostadora. Hinata se pregunta si habrá también algún robot.

—Te veo mejor —admite Iñaqui, dándole un codazo en el brazo y guiñándole el ojo. Entran un paso más en la tienda y por fin puede ver la estantería del fondo, uno lleno de videojuegos y películas—. Hoy no has vomitado.

A Hinata no le sorprende que lo sepa, después de todo comparten baño y él no es precisamente silencioso cuando se despierta en medio de la noche para borrar a base de arcadas las pesadillas.

—Ayer hice el examen por fin y, además, terminé el trabajo —se encoge de hombros, muy entretenido con unos gorros repletos de luces que parpadean epilépticos—. Supongo que era tensión acumulada.

—Entonces, estarás preparado para el partido de mañana, ¿no? —comenta, rascándose una barba morena y espesa que se ha ido dejando durante todo el mes—. Llevaré la cámara cargada para grabarles en todo momento, y palomitas.

Y no insiste más en el tema.

—Que no falten las palomitas, ¿no?

—Que no falten —asiente, distraído.

De pronto, la mirada de Iñaqui se ilumina. Se le abren los ojos de par en par y podrían estar lanzando estrellas o chiribitas, pero brillan. La sonrisa da vida a sus mejillas. Y, cuando se mueve lo hace como lo haría un cometa cerca de la órbita de la Tierra, como si una cuerda invisible lo atrajera hasta la chica que acaba de salir de una puerta trasera.

Es guapa, sin embargo, Hinata intuye que lo que más le gusta de la chica es la cara de felicidad que tiñe la cara de Iñaqui nada más verla. Le pican las manos de no tener un móvil con el que sacarle una foto y plasmar la cara de lelo que se le queda nada más besarla.

Piensa burlarse un mes de esto, aún sin pruebas.


De repente, así como si todas las constelaciones del universo se alinearan y el sol volviese a brillar con la misma fuerza desde el Big Bang, observa cómo todos los ticks, antes solitarios y en columnas comienzan a tener un hermano gemelo y, en breves segundos, se tiñen de azul. Kageyama llega a plantearse si es posible aguantar más la respiración o si su cuerpo se tornará ceniza en algún momento de la noche si sus pulmones siguen succionando el oxígeno de esa forma, como lo haría un ciego a su bastón. O un moribundo a un pedazo de bocadillo. O los parásitos a la piel de su anfitrión. Todo vale.

Mierda-mierda-mierda.

Está en línea, después de lo que a Kageyama le han parecido eones navegando entre otras galaxias, Hinata está conectado. Y no ha pasado de largo su amago, "te echo de menos y no sé que hacer para enmendarlo", por entablar una conversación.

El bolígrafo negro que tiene en la mano derecha mancha el dobladillo del pantalón vaquero, y da igual. Le importan tres pimientos fritos y cuatro CocaColas que mañana deba comprar ese detergente tan raro que cuesta un ojo de la cara que su madre pilla de vez en cuando en el supermercado para eliminar la tinta azul que usa su padre. Es un dibujante novicio con la pluma y acaba siempre desparramándola sobre la camiseta de turno. A ver, que tampoco debería estar preocupado ni mucho menos, el indignado aquí es Kageyama y no Hinata, por supuesto que debería contestarle y mandarle bombones en forma de pelota de vóley, también. Sobre todo, después de ignorarlo olímpicamente.

Estoy convencido de que eres lo suficiente irritante como para no salir de mi vida incluso cuando ya no estás en ella. Y eso me está matando por dentro, porque tu fantasma me persigue a todos lados y soy incapaz de exorcizarme si esa es la única manera de volver verte.

Hace lo que todo el mundo haría en su lugar: salvar esa pizca de orgullo que aún le recorre el cuerpo cerrando la conversación y con ello la aplicación entera. Ya era lo suficientemente patético con el asunto, gracias.

Aun así, su cuerpo independiente y bobo y enamorado siente cómo el pulso le corta la respiración cuando la ventana auxiliar del WhatsApp ilumina parte de la pantalla, reclamando su atención.

—Dude, estás moviendo toda la mesa —indica Yuu, reparando su ataque cardiaco con otro susto—. ¿Se puede saber qué te pasa?

Al primer mensaje, le siguen otros cinco.

—Sí, Kags, a este paso causarás otro terremoto y créeme, dudo que tu pisito situado a un gigante de distancia del suelo resista uno de magnitud 8 —secunda Arata, regaliz verde entre los labios y trazando espirales en sus apuntes.

Las rodillas de gelatina y el estómago huracán.

—Creo que está nervioso —tercia Ushijima que tiene la nariz metida en las hojas de una enciclopedia del tamaño de Rusia—, ¿voy preparando una tilita?

Sí, gracias por la obviedad, de verdad, premio al Genio del Año. Ojalá y te regalen un tapón para la boca, lo que me faltaba por oír esta noche. Métete la tila de lavanda que te has traído por donde yo me sé. Y espero que no te guste.

La salita de estar, usualmente decorada por una mesilla negra que no llega a las rodillas salvo si mides menos de metro veinte, un sillón recostado en la pared y un armario donde descansa la televisión de más de cinco palmos de ancho ahora son reemplazados por una mesa de madera (normalmente ubicada en la cocina y que compró con la ayuda de sus padres en Ikea bajo el maleficio de Bjurta) y cuatro sillas almidonadas por planos cojines color crema. El sofá había quedado desterrado contra el ventanal para estar a gusto y poder mover los pies de vez en cuando si las letras se volvían tinta de calamar y el sudor les escarchaba la piel. Dos botellas de vodka, cristal transparente y etiqueta roja, descansaban sobre los almohadones mientras que la bolsa llena de golosinas se había convertido, a medida que pasaba la tarde, en una pirámide de azúcar sobre el tablero. Kageyama no está nada a favor de alcoholizarse en plena época de clases, ni en ninguna época general. La idea de ser abstemio de por vida la llevaba tatuada en la piel, sobre todo cuando su vena hipocondríaca parecía irrigar al cerebro lo malo, negativo, nefasto y contraproducente que era embeberse hasta no recordar su propio nombre.

Mas ahí estaba, a un par de temas del coma etílico.

La cosa había sido muy simple: Yuu quería salir de fiesta, Arata también. Sorprendentemente Ushijima estaba de buenas y "a mí me da igual, mañana es sábado". Así que él había quedado como el muermo del grupo al decir que no más de diez veces.

—Pues nos la cogemos en tu piso —había sentenciado Arata entre toallas y vapor, después del entrenamiento. Se había teñido el pelo de lila y aún le resultaba raro mirarlo directamente a la cara sin perderse en esos hilachos de fantasía.

—Nosotros pondremos la bebida, evidentemente —contribuyó Yuu, caminando hasta el espejo para retocarse las cejas. Porque el muy niño pijo no le bastaba con tardar una eternidad en arreglarse los rulos trenzados en espigas, ni desdoblar y volver a doblar la camiseta para que quede especialmente arrugada, sino que además sacaba las pinzas y se pegaba al espejo dejando un rastro de aliento en él mientras tiraba de minúsculos pelos rubios.

—Yo llevaré regaliz —remarcó Ushijima antes de salir por la puerta.

Y, a eso, nadie levantó una queja.

Pero, aquí viene el más grande de todos los peros, Kageyama ha comenzado a sentir una seria empatía por los alcohólicos que gastan sus penas en brandy, coñac o algo muy turbio que lo llevan a la luna sin billete de vuelta. Necesitaba desconectar un segundo de esa sensación apabullante y enredada que le besaba la piel al ver un día más tachado en su calendario sin saber de Hinata o acabaría por volverse loco.

No obstante, ahora está justo ahí, haciendo lo que Hinata sabe hacer a la perfección: poner su mundo del revés y, si puede, llevárselo al suyo propio. A Kageyama le cuesta seis tranquilizantes y una manzanilla de hierbabuena abrir sus mensajes, esquivando las miradas inquisitivas de Yuu y Arata –Ushijima seguía muy metido en… algo– que no sólo le echaban a él sino también entre ellos.

Se recuesta en la silla y esconde el móvil detrás del Código de Procedimiento Penal antes de poner la contraseña. Las mariposas comienzan a revolotearle el estómago. Respira hondo. El esternón se le hunde como el Titanic, lento y sin poder volver atrás. Mira el icono verde con un teléfono en blanco. Pincha en él.

Sólo queda el capitán a bordo del barco, y no se siente valiente ni orgulloso de ser el último.

Abre la conversación con los ojos más cerrados que abiertos, como cuando ves una película de terror y la adrenalina puede con el miedo.

Y tiras de la tirita justo en la parte del susto.

¡Tengo móvil nuevo! [22:03]

Por fiiiiiiiiiiiiiiiiiiin [22:03]

Siento no habértelo dicho :( [22:04]

Mira mejor te llamo, ¿VALE? [22:04]

En diez minutos o así, tengo que salir fuera [22:04]

Estate atento, porfaplis. [22:04]

Porfaplis

Le iba a llamar. Llamar, lo que se dice llamar. Con todas las de la ley: conectar vía satélite dos móviles que llevan las ondas de su voz y las comunica a otra persona.

Y, claro, llamar por teléfono implica hablar.

Hablar. Escuchar su voz. Tener la charla.

No sé si estoy preparado para tenerla. No sé siquiera si estoy preparado para beber chupitos cómo quieres que esté preparado para hablar contigo, idiota, que es como tirarte desde un avión sin paracaídas. Dios, Hinata.

Sondea las posibilidades de levantarse de la mesa y no decir nada. Escurrirse silenciosamente hasta el cuarto de baño y encerrarse hasta que su móvil comience a vibrar en el bolsillo, o en la mano. Posiblemente en la mano. Pero Arata lo mira cada dos párrafos mientras Yuu parece estarlo tomando como modelo artístico, así que va a tener que levantarse a la de ya antes de levantar más sospechas.

—Voyalbaño —habla tan rápido que sólo se entiende a sí mismo porque ha estado repitiéndose esa frase unas diez veces antes de decirla en voz alta. Carraspea, de pie y con los tobillos de gelatina—. Voy al baño.

—Vale

—Después te sigo dibujando. No logro captar la belleza intrínseca de tu malhumor aparente.

Ushijima ni siquiera se inmuta. Y a Kageyama le parece todo demasiado fácil.

—Quizás tarde un poco —insiste, por si acaso. Necesita asegurarse de que no van a darle el coñazo cuando esté derritiéndose sentado sobre el retrete, suficiente humillación para una noche.

Ushijima, que hasta entonces sólo había levantado la mirada para beber agua y estirar la espalda, suspira y lo premia con un pulgar contento. Hacia arriba, como a los niños.

Este tío es gilipollas.

—¡No quiero saber tu itinerario caguil, dude! —ríe Arata, merendándose dos ladrillos de regaliz repletos de azúcar.

—Saca una foto y mándamela, quiero ver si estás haciendo caca con regularidad —anima Yuu, para luego observarlo con asco— pero ponle algo al baño luego, no me seas guarro.

—Váyanse a comer mierda un rato.

Arrastra los pies enfundados en unas babuchas grises por el suelo de madera. Está entrando en el pasillo cuando escucha:

—Si es la tuya me la zampo en un santiamén.

Se abstiene a pensar cuál de los dos idiotas ha dicho esa barbaridad.

No tiene ni idea de cómo llegó a su baño, lleno de azulejos blancos y pulcros como los chorros del oro, ni en qué momento cerró el pestillo que a veces se traba y debe intentar colocarlo unas cuatro para que se quede en su sitio, esta vez parece ser colaborador encerrándolo dentro de una seguridad insubstancial (si esto fuera una película de terror, probablemente la chica pensaría que está sana y salva dentro de cuatro paredes con una ventana del tamaño de una cabeza a mil pies del suelo aunque, de toda la vida, los fantasmas atraviesan paredes). No recuerda haberse mojado la cara ni mucho menos la nuca; no obstante, ahí están, húmedas y frías. Reconfortantes hasta el último hueco lleno de neurastenia. Incluso había puesto una toalla en la tapa del váter antes de sentarse.

Deberían darle una distinción a su subconsciente.

Tampoco puede discernir los minutos que ha pasado observando con sumo detenimiento los números digitales de su móvil, sin atreverse a mirar a otro lado que no sea una pantalla iluminada por el rostro feliz y redondo y lleno de una sonrisa brillante que lo hunden en una intranquila pasividad, pero no deben ser muchos ya que no hay ninguna llamada perdida como mensaje adicional.

Medita en lo que podrían haber estado haciendo, como hablar por Skype sobre su partido que fue hace dos horas; no ha podido evitar cotillearleel Facebook a todos los de la Kyodai para cerciorarse de que le iba bien. Aunque, claro que le iba a ir bien. Le tenía que ir bien porque había sido el mejor capitán que había tenido el Karasuno, porque era el compañero más fiel y dedicado que cualquier otra persona querría tener. Porque se lo merecía y punto.

El móvil le vibra en la mano, por todo el cuerpo. Esa fracción de segundos en el que ve la pantalla encenderse, el nombre de Hinata tintinear, su propio dedo deslizarse sobre el "aceptar", la respiración que se siente pesada a la par que coloca el móvil tan cerca de su oreja que podría fundirse con su piel. Todo lo vive a cámara lenta, con los latidos de única banda sonora y el dolor en el pecho que nace justo en el corazón como una aguja incrustada en la piel. Y los ojos viendo borroso.

Coge aire sin notar que entra. Se quita las pantuflas porque los dedos de los pies arden en fiebre. Busca las palabras adecuadas, rascándose la barbilla.

—¡Kageyama!

—¿Hinata?

Es una tontería pensar que Hinata le ha hablado casi a la vez porque a lo mejor también esta consumido por los nervios.

Kageyama dice: Hola

Hinata responde: Hola

Kageyama replica: Hola

Hinata insiste: Hola

Así, dos veces más. Puede que esté siendo el ser más idiota del universo, pero da igual porque su voz suena a todas las cosas buenas del mundo, extraordinaria y resplandeciente. Es como un día de verano. Escucharle es el sol sobre la piel, caliente e impalpable que cala hasta los huesos. Kageyama no era consciente del hambre que tenía de escucharlo hasta que le ha oído decir su apellido, abriéndole un boquete en el estómago tan amplio que podría partirlo en dos.

Lo trata de imaginar, en un cuarto lleno de cosas inútiles, figuritas tontas, apuntes arrugados aunque suyos a fin de cuentas, que nunca ha visto oficialmente pero que ha ojeado en videollamadas, esas en las que se proyecta allí dentro. Junto a él, hablando a tres suspiros de trayecto y no a un abismo de camino. Fijo que huele a él por todos partes, a manzana verde con canela, anís y esencia de vainilla, todo hervido en agua con cáscara de naranja. A césped en primavera y a girasol. Acostado en una cama que le colgarían los pies, llena de mantas; posiblemente sonriendo, porque si Hinata no sonríe el mundo entero no valdría la pena, dejaría de ser brillante, dejaría de sentirse pletórico.

—Hinata —empieza, porque necesita saber. Saber si está bien o si lo ha estado, si cree que aprobará el examen del miércoles que él mismo apuntó en un pequeño calendario que tiene en su escritorio, si ha estado durmiendo bien o si, como él, tiene pesadillas en los que ambos son protagonistas y un cometa los separa eternamente. Saber… en fin, sobre él.

—No, nononono. Espera, realmente no te llamaba para hablar —El corazón le araña el pecho y luego se lo abre de par en par—. Es decir, claro que quiero hablar… esto es muy difícil. Lo tengo todo en mi cabeza, alto y claro, pero te escucho y creo que podría quedarme hueco por dentro. —No respira de nuevo hasta que lo escucha coger aire. Casi puede verlo con el pecho tres tallas más grande de retener el oxígeno— ¡Guah! A-ver, creo, no sé. Agg… Empezaré por lo que yo crea y si no me entiendes me lo dices, ¿vale?

Kageyama asiente dos veces repasando el marco de la puerta, barnizada y de un marrón tan oscuro como las avellanas, hasta que se da cuenta que no lo tiene delante y susurra un sí, bronco y lacónico.

La piel eléctrica, una masa de cables desnudos.

—Hoy fue mi primer partido, ¿sabes? Me he doblado un tobillo nada más empezar. ¡No ha sido nada! De verdad de la buena que no ha sido nada, pero me han sacado los primero quince minutos —quiere preguntarle si aún le duele, obligarle a que se eche pomada antes de dormir, que se masajee la zona de derecha a izquierda y no al revés como siempre hace todo. Sin embargo, sigue mudo—. Aunque, he conseguido el punto de gracia y eso debería animar a cualquiera… ¡Es decir! Kageyama, ¡Ha sido mi primer partido en la universidad! Con los grandes, y créeme cuando te digo que son tan altos y más anchos que Tsukishima. Incluso algunos igual de irritantes... Bueno, el caso es que debería sentirme contento, igual que cuando ganamos las nacionales la primera vez, o cada vez que ganábamos simplemente, o un GUAH similar a cuándo hacíamos todos juntos prácticas con otros equipos, ¿tú me entiendes no? En vez de ello me he sentido tan vacío que no me notaba los huesos. Me tocaba y estaban ahí, pero a la vez no —se le atasca la voz en la garganta y Kageyama querría ver sus ojos para comprobar que está bien, que está entero y no roto como suena. Como lo escucha. Cogería el primer taxi o vuelo con tal de rodearle entre sus brazos y decirle que él tampoco se nota nada por dentro—. me falta el aire todo el tiempo y… Dios, no se me quita de la cabeza tu cara, Kageyama, como si tu héroe se hubiese convertido en el villano de la película después de masacrar a una ciudad entera llena de inocentes y no hubiera vuelta atrás. Es que no te viste y, y, y… me encantaría decirte todo esto en persona pero no tengo fuerzas para mirarte a los ojos y volver a ver cómo me miras así. Vacío. Tengo muchas cosas que contarte, pero, en serio, nada es tan importante como nosotros. Y, no solo eso, no es solo un nosotros. Eres tú, quizás no lo entiendas, pero lo vales, ¿Entiendes? Eres genial y maravilloso y no quiero que pienses lo contrario.

—Hinata —Es todo latidos sordos y vista borrosa.

Para, para, no hace falta que sigas. No te mereces esto, ¿Me oyes? No te merezco.

—Y, el caso, es que a pesar de que he estado intentado hacer algo bueno por los dos siendo un cobarde —continua, y él no puede ver más allá de los puntos de luz que dejan las lámparas después de mirarlas fijamente por un buen rato. Los ojos cerrados con tanta fuerza que le duelen los párpados y le punzan la sien— sin cruzar las dos horas de tren para verte y saber que estás bien. A pesar de ello. Ya no puedo más. No lo aguanto. No soporto no mandarte un "buenos días" acompañado de una imagen. No soporto no saber de ti cuando llegas de clase. No soporto no verte molesto cuando te cambio de nombre y me dices "Hinata idiota". No soporto no poder darte ánimos cuando tienes algo que hacer. No soporto no criticar contigo las series. No… —la risa se le corta, y sabe que está llorando. Kageyama lleva sin llorar mucho tiempo, sin embargo esa noche podría— Y eso son un montón de "no".

—¿Por qué? —La pregunta brota sola, como las malas hiervas en un terreno seco, sin saliva en la boca y con el corazón aun bombeando miedos y demonios que todo el mundo querría ocultar, pero que Hinata los has ido desenterrando a dentelladas bajo su piel.

—Porque es mejor cuando estás —dice, simple. Deja que el mantel resbale por los cubiertos sin pensar que, quizás, se rompa la vajilla nueva—. Todo es mejor cuando tú estás, Kageyama.

De pronto, todo vuelve a la normalidad. El cuerpo entero suspira, se despresuriza lentamente, poco a poco, como un avión al aterrizar que afloja el agarre en las ruedas y desciende unos centímetros. Agotado después de un largo viaje.

Los dedos le trepidan por toda la cara cuando se los pasa en un gesto desesperado –y por un momento no sabe si es la mano o el cuerpo entero el que tiembla–, cincelando cada forma que encuentran, la nariz, el arco de las cejas, los pómulos fríos. No sabe si es porque posiblemente tenga un soplo de aire en el corazón para toda la vida y no le importe tener que estar yendo asiduamente a revisiones médicas o porque le duele la carne de no tenerlo delante y tocarlo y sentirlo maravilloso contra él y decirle cuanto le quiere y lo ha querido desde que sus ojos viajaron más allá de la red. Que ha sido un muerto en vida esos cinco días que han parecido siglos. Y, madre mía, es Hinata diciéndole cosas que jamás creería escuchar de su boca refiriéndose a él.

—No lo vuelvas a hacer —se escucha hablar, por fin. El corazón de colibrí—, si se te ocurre que un "nos vemos" es un "no quiero saber de ti" pienso darte de hostias hasta que no recuerdes ni tú nombre, ¿Vale? No desaparezcas, no me hagas buscarte por todos lados. No me hagas echarte de menos porque soy capaz de recorrerme todo el país para amarrarte al tren más cercano y pasearte por los carriles hasta que me prometas que no volverás a hacerlo.

—Si lo dices así no hay quien te diga que no, Tontoyama.

Hinata.

—Vale, sí. .

Se aprieta la rodilla entre los dedos, se talla el hueso de la rótula con las yemas fría de los nervios. El corazón en un puño.

Sabe que es una tontería. Las promesas se hacen en una mesa redonda y suelen ser cosas de caballeros medievales que de universitarios siendo adultos por primera vez, aun así, esa diminuta afirmación suena mayor y antigua y mejor.

Por lo visto la realidad tiene que golpéale la puerta –literalmente– bajo el grito opacado de Yuu y Arata berreando que si no sale en cinco minutos la tirarían abajo y buscarían un embudo para empezar bien la noche. A lo mejor debería decirles que él ya ha empezado la noche maravillosamente.

—¿Están tocando la puerta? ¿Qué ha pasado con el timbre?

—Es la del baño… Los chicos han querido estudiar, salvando las distancias que para ellos terminar de estudiar es colmarse a alcohol después de aprenderse un par de párrafos.

La risa de Hinata le silba en el oído, alegre, y Kageyama nota cómo se le doblan las rodillas aun estando sentado y un huracán le crece en el estómago.

—¡Qué guay! Jolin, te tengo una envidia, yo estoy reventadísimo así que me iré a dormir ya. Podemos hablar mañana. O, bueno, cuando quieras —susurra Hinata, sobrecogido.

—En realidad, se quedan a dormir —se muerde el labio nada más decirlo. Alcanza una de las pantuflas estirándose de una forma muy ridícula con tal de no levantarse, todavía no, está seguro de lo que va a ver en el espejo y eso sólo lo haría sentirse muy consciente de sí mismo.

Un "en serio, ¿Qué estás haciendo ahí?" resuena a través de la madera.

—Vete, anda. O pensarán que te han abducido los extraterrestres.

—Que se jodan un rato.

—Yo no me voy a quejar —ríe. Y a Kagayema le encanta que se ría y mucho más si el motivo es porque quiere seguir hablando con él—. Pero a ver, ¿por qué no te has ido a tu cuarto?

—Y, ¿qué crees que pensarían que estoy haciendo en el cuarto? ¿a solas? ¿encerrado? Eres memo o qué.

—¡Y tú un borde de mierda! Sólo preguntaba, subnoryama —No lo ve, pero apuesta sus zapatillas favoritas a que tiene las mejillas tan infladas como los globos en una fiesta de cumpleaños. Luego murmura bajito—. Aunque creo que en el baño viene a ser lo mismo, la verdad.

Kageyama entiende que hay dos peleles rondándole el baño igual que unos cuervos vuelan en círculos sobre la carne fresca hasta tener la oportunidad de lanzarse en picado y hundir el pico como buenos carroñeros que son. Van a hacer lo mismo con él. Van a sacarle el jugo de la conversación hasta que se quede sin sangre para luego sustituirla por alcohol.

Kags —llama a media voz, quizás porque no es normal en él quedarse callado cuando lo insultan, pero qué quieres que haga, qué quieres que haga si me acabas de llenar el cuerpo de algodón de azúcar y ahora no tengo fuerzas para colgarte— mañana hablamos, ¿sí? En realidad, me estoy quedando sopa. Llevo un buen rato con los ojos cerrados porque si los abro me pican un montón.

—Vale.

—Quiero seguir hablando contigo—se apresura a decir y Kageyama escucha la cama moverse, a los muelles cantar— pero tú estás en el baño, y ellos están ahí para estar contigo. Y yo me muero de sueño. Blanco y en botella.

—Leche —responde, obvio—. Espero no morir esta noche.

—Deberíamos hacerlo.

El corazón le dispara balas de adrenalina.

—Qué —la voz le sale agria y aguda.

—Beber juntos algún día, idiota, tiene que ser divertido —ríe en susurros— ¿qué pensabas?

—No es mi culpa que te expliques como el culo, subnormal. Mira, no, ya eres hiperactivo cuando estás en tu estado natural, borracho debes ser una bola de TDAH. Si no fuera por el partido me estarías gritando al oído como de costumbre —agarra la otra pantufla y se la enfunda en el pie. Escucha a Ushijima habla con los otros dos detrás de la puerta y espera de todo corazón que no lo vayan a usar como mole para abrirla. Porque podría—. Mañana. Tarde. Skype.

—Vale, Señor Código Morse, buenas noches.

Un segundo antes de cortar y sin darle tiempo a respuesta –Kageyama es así, necesitaba cerrar él la conversación o, posiblemente, le daría una aneurisma de tantas emociones juntas– le exige que se ponga crema, de derecha a izquierda, por muy zombi que se encuentre.

Mientras se guarda el móvil en el bolsillo delantero del vaquero y levanta el culo de la toalla, procura actuar con la mayor naturalidad posible. El pomo está ahí, a dos pasos y medio, y detrás de esa barrera marrón aguardan sus compañeros de equipo confabulando para saber qué cojones lleva haciendo en el baño más de media hora. Se restriega la cara con agua lo más congelada posible, procurando no mirarse al espejo rectangular que le llega a la frente porque es demasiado alto para la población japonesa y porque sabe lo que va a ver y aún no está para nada preparado para ello –a pesar de que le duelen las mejillas de tanto sonreír. Sí, sonreír. Incluso teme no volver jamás a su estado original, uno en el que está cómodo y nadie lo juzga–. Maquillar las ganas irrefrenables de saltar muy alto y gritar más fuerte hasta que se le desbarate el nudo en la garganta que lleva allí tanto tiempo que ya era parte de su cuerpo. Pero es inevitable. Cortar la corriente caliente de sangre que sube como un cohete y le riega el cerebro lleno de palabras –esas que guardará de por vida entre lo que le hace de carne y hueso y lo que le hace persona– para luego bajar la sangre en picado hasta los pies, hasta la punta de los dedos, haciéndolo sobrehumano.

No puede evitar sentirse pletórico, porque nunca ha sido lo mejor para nadie ni siquiera se ha planteado que es suficiente para otra persona. En su cabeza sólo es el chico que debe controlarse, que debe encajar como puede, a duras penas, con sus estallidos de mal humor que producen miradas condescendientes o huidas despavoridas en dirección contraria. Por favor, si hasta su propio equipo lo había dejado solo en una cancha en medio de un partido, ¿quién en su sano juicio querría tenerlo cerca? Pero había llegado Hinata, le había quitado de un manotazo la corona, la capa, el bastón y el trono. Lo había manchado de barro con sus peleas, colocándole un balón entre sus manos y, ya está, eso es lo único que importa. Kageyama era una rosa llena de espinas y Hinata le había puesto protectores para que no hiciera sangrar a quien quisiera tocarlo; seguramente le había arreglado la vida y no tiene ni idea de cómo.

Hace que todo sea más sencillo. Fácil. Y para una vez que las cosas se complican Kageyama la ha cagado monumentalmente cerrándose, sin preguntar y dándole la espalda como buen asocial intempestivo que es. Sin embargo, Hinata –como siempre– se las ha ingeniado para cepillarle las dudas de la piel, darle la certeza de que sí sirve, de que es mejor, que no solo es suficiente para él, sino que es suficiente. A secas.

Para cuando abre la puerta, la reacción popular son risas, palmadas en los hombros y una preocupante cara estupefacta por parte de Ushijima. Arata no para de secarse las lágrimas de corrillo mientras berrea junto a Yuu pegándose a sí mismo en los muslos, pataleando su maravilloso parqué, tambaleándose el uno al otro mientras le señalan a él como un mono de circo.

Pero a ver.

—Sois gilipollas o qué pasa.

—Es que… Es que —comienza Arata secándose, nuevamente, unas lágrimas que no han caído a sus gafas pero que, igualmente, parecen estar molestándolo como para continuar la conversación—, tú cara, tío. Tienes la sonrisa más terrible del universo.

—Es la misma de siempre, he ido al cuarto de baño no a un cirujano plástico —se oye decir con toda la entereza que le queda, notando como se le calienta el cuello y las orejas.

Yo los mato.

—Vamos, bro, no te rías de él. Acaba de hablar con su amorcito —boquea Yuu— es natural que sonría como si le hubiese tocado la lotería.

—¿Lo sabían? —mira al dúo dinámico con los ojos como plato— ¿LO SABÍAN?

Los mato y seguro que le hago un favor al mundo y todo.

—Me alegro de que hayas podido arreglar las cosas con Hinata Shouyou, no has estado haciendo un buen trabajo como colocador últimamente y me estaba empezando a preocupar—Kageyama no sabe si partirle la cara, gritarle o echarlo de su casa. Para lo grande que es se mueve como una condenada serpiente en su hábitat, se le había acercado silenciosamente y le había hablado (mano en el hombro) con tanta solemnidad que podría morderle el gaznate.

Posiblemente había sido su cara de incredulidad, o que Ushijima nunca dice frases tan largas. O ambas. Pero hubo una nueva horda de carcajadas que llenó el piso y Kageyama no pudo evitar contagiarse de la situación.

—Venga, colega. Ya nos devolverás el favor en otro momento —dice Yuu, las mejillas arreboladas. Le pasa un brazo por el hombro y él se deja hacer—. Oye, incluso estás guapo así, ¿puedo sacarte una foto?

—No tientes a tu suerte.

Esta vez, no le aparta el brazo, ni siquiera cuando Arata se apunta a la cadena humana y él queda en medio de un calor soporífero.

—Bueno, esto hay que celebrarlo, ¿no? Mira tú, qué bien que tengamos dos hermosas esperándonos en el sofá para dejarlas secas —insinúa Arata, que huele a chuches por todos lados—. Ushiwaka, ¿vas sirviendo tú los vasos? Nosotros aún tenemos que sonsacarle todo al señorito.

Kageyama quiere golpear algo, con mucha, mucha fuerza. Y a la vez abrazar a un montón de cachorritos de perro. También piensa en los muelles de la cama de Hinata y en cómo sonarían si los dos estuviesen encima.


Los hechos que pasan a continuación están muy difusos en la mente de Kageyama, puede que ni siquiera estén en el orden adecuado y, posiblemente, no tengan ninguna validez.


El juego es un compendio de reglas estúpidas y fáciles de llevar, lo complejo son las normas extras que han querido ponerle ellos para avivar la noche y que el alcohol corra raudo como un río: No se puede decir "no", ni "si", ni "dos". En ningún idioma, ni tampoco para formular frases coherentes. Y porque les ha parado los pies con eso de no usar la letra "e".

¿Qué esperaban? ¿Qué se tomara la botella de un trago? No ha bebido en su vida y la primera vez no lo iba a hacer a lo kamikaze.

Las primeras rondas son muy sencillas. Jugar al UNO es lo más sencillo del mundo, lo más humillante también. Sobre todo, cuando los tres se ponen contra Kageyama y lanzan dos más dos y el cabrónhijodeputa de Ushiwaka echa un más cuatro y él no tiene una mierda y, aparte de comerse ocho cartas, ha gritado "no" tres veces y debe beberse tres chupitos a pelo.

Lo hace lo más rápido que puede, sintiendo cómo el alcohol le raspa la piel y le incendia un fuego en el pecho que muere en el estómago; sustituye el sabor amargo con un regaliz del tamaño de una casa y, de repente, empieza a preguntarse dónde es que Wakatoshi-te-mataré-en-la-siguiente-ronda-Ushijima ha comprado tantas chuches de diferentes sabores y formas sin dejarse un pastizal en ello. Aunque, ahora que lo piensa, puede que sea un tío con dinero. Nunca le ha importado una mierda eso, pero ahora le parece la cosa más interesante del universo.

Eso, y saber porqué el regaliz negro sabe tan cochinamente mal.

Así que se lo pregunta, después de tirar una carta que cambia el sentido, por lo que vuelve a tocarle a Yuu. Van las rojas.

—Mira, ¿tú tienes dinero? —cuando habla –no es porque esté bebido por tres culitos de vaso sino porque no quiere beber más en un buen rato– lo hace con sumo cuidado.

Ushiwaka-tengo-toda-la-suerte-del-universo lo mira impasible y con dos copazos encima.

—Yo no —se encoge de hombros al escuchar grito de Yuu porque ha dicho "no". Arata le empieza a verter el endemoniado líquido de los cojones— son mis padres los que tienen.

Ya, claro.

—Ya, claro —mira de reojo sus cartas. No están nada mal, podría mandar a la mierda a Yuu en la siguiente— ¿y lo gastas?

—¿Y ese interés en nuestro hombre cuatro puertas? —vacila Arata hincándole un diente a un melón del tamaño de una goma y saltándole el turno al cuatro puertas—. Te toca.

—Ya, lo sé. —tira, aun mirando a Ushijima. Escucha de lejos un "dude, yo te quería, eres un cabronazo" mientras coge dos cartas y pierde turno.

—Soy de gastar más bien poco a n… —mira de reojo al bote aun bastante lleno y por primera vez Kageyama ve algo parecido al pavor en sus ojos—. Gasto más bien poco.

—Cambio a verde —avisa Arata.

—A Ushi le quedan dos —comenta –porque sí– Yuu y él mismo se sirve su ronda lo que a Kageyama le parecen tres chupitos en uno.

—Nah, es que me vino a la cabeza.

Los tres le miran con ojos entrecerrados.

—He dicho "nah", no, "no" —deberían pegarle por ser tan subnormal.

Al final se lleva tres.


No quería ni pensar en el medio vómito, más bilis que comida, que había en su cocina ahora mismo. Le había echado agua. Y él se había bebido un tazón también. Pero aún el olor ácido le perduraba en la nariz, aunque se sentía bien. Estupendo. Con unas energías renovadas que jamás habría podido sentir si no fuera por el vodka.

El vodka es maravilloso. El alcohol, lo es en general.

Enfoca la cara de Ushi (ahora lo llamaba así porque su lengua parecía trabarse un poco cada vez que intentaba decirlo en voz alta) y le enseña el más cuatro que le va a lanzar a Yuu en la siguiente ronda. Éste le asiente, solemne, y Kageyama nunca lo ha visto de esa forma, las mejillas arreboladas y la mirada vidriosa, es hasta agradable.

Arata tiene el móvil en la mano, no sabe por qué y tampoco le importa.

—Qué, colega, ¿cómo te sientes? —dice Yuu.

Para poder verle tiene que girar toda la cabeza, como si estuviese en el otro extremo de la habitación y no pudiera mover el cuerpo, sólo el cuello. Siente la sensación vertiginosa de estar sobre una montaña rusa a pesar de nunca haberse montado en una.

—Genial —la sonrisa aparece sola— deberíamos hacer esto más a menudo. Beber es la hostia —¿por qué sus piernas se mueven solas y pega saltitos en la silla? Aun así, eso también es divertido— No sé por qué no lo he probado antes.

—Joder, bro, está fatal —escucha que ríe uno— mañana nos va a matar, ya verás.

—Tú sigue grabando, para la posteridad.

A Kageyama lo único que le importa es que puede ir más rápido que los demás.


—¿Por qué me pesan tanto los brazos? Así no puedo jugar al voleibol.

La cabeza también le pesa un quintal, aunque puede que siempre haya pesado eso y ahora tuviese superpoderes para poder magnificarlo todo. Es una mierda de poder, si uno lo piensa detenidamente, pero es la única posibilidad y respuesta a que él esté tirado en el suelo.

¿Cómo llegó ahí?

¿Por qué el pelo de Arata es tan jodidamente violeta? Porque es muy violeta, no malva, ni azul. Violeta. Rastas violetas. Se las ha tocado a Yuu un par de veces, pero las de Arata parecen más suaves.

Quizás porque son violetas.

—Ahora no vas a jugar, tío —habla su, ahora, incógnita personal—. Ahora te vas a ir a la cama.

—Pero ¿por qué? —Y la "e" se alarga tanto que le duele la garganta— Venga, juguemos un poco, hace buen tiempo fuera.

—Afuera hace cinco grados, dude.

—Pues yo tengo calor.

—No vas a ir a jugar fuera, anda, levántate.

—No me da la gana.

Y la conversación termina ahí. Su piso, sus normas. Y tiene el pelo violeta, a la gente así no se le puede tomar enserio.

—Hinata querría que te fueras a dormir —Advierte, alto y potente. Con una sonrisa gigantesca.

—¿Seguro? —pregunta, mirando de reojo los troncos violetas que le brotan como liatris –son las flores favoritas de su madre y también más raras que un perro verde– y se rasca la barbilla. Acierta en la nuez.

—Segurísimo —parece tan convencido.

—Entonces vale.

Su piso, sus normas. Y su Hinata.


—Deberíamos ir a comprar algo para comer.

—Yo opto por embutido, y pan. Me apetece un bocadillo enorme y así no manchamos mucho.

—Iré yo, tú los cuidas, dude.

—Ushijima está perfectamente. Míralo ahí, ni se inmuta, bro.

—Espera a que se levante de la silla, puede que ni dé medio paso.

Kageyama mira a ¿Watakoshi? O cómo se llame, como se mira al bicho más raro de todo el universo a punto de salir de su crisálida, sin prestar la más mínima atención a los otros dos. Todavía siguen en la mesa, algo húmeda y no entiende qué habrá pasado para que esté mojada pero ya mañana se acordará de limpiarla, hoy tiene que entender qué le pasa a… ¿Ushiwatoshi?

Cuando reposa el brazo, el codo le duele un poco; puede ser porque ha golpeado la mesa en exceso al moverse, pero es que parecía estar tan lejos. Sana-sana, culito de rana, sino sana hoy, sanará mañana. Recarga la barbilla en la palma y siente la carga del mundo sobre su mano.

—¿Tú qué quieres? —puede que haya hablado y puede que no, pero el tío le contesta de todos modos. La primera vez no le entiende— ¿Qué?

—Pechuga.

—¿Cómo que pechuga? —insiste. Porque claro, a lo mejor quiere un filete y no lonchas.

—Pechuga de… ¿cerdo?

Vomita la carcajada nada más escucharlo. Es para partirse.

—¿Qué acabas de decir, Ushiwaka? —esta vez Kageyama sí sabe quién habla. Un tío alto y rubio que identifica normalmente por Yuu.

AH.

Una bombilla termina de encenderse.

Ese era el nombre.

—De… ¿vaca? —todo el rostro se le deforma de angustia. Quizás es que no se entiende ni él.

Kageyama no se entiende tampoco, pero todo es tronchante.

—Claro que sí, está perfectamente, Yuu.

—Bueno, vendré rápido.

—Y me dejas con estos dos que no saben ni hablar.

Es entonces cuando se levanta por primera vez. Craso error.


De pronto siente algo contra su mano, es blando pero está cubierto por una tela dura y pedregosa. Levanta la vista del suelo y aunque lo ve todo un poco brillante y borroso por los lados, logra distinguir el pantalón vaquero de alguien. Lo que toca es especialmente almidonado, no como una pierna que es dura, más si son deportistas como ellos, así que aprieta un poco.

—¡No me toques la polla, Kageyama!

Ah, pues no está nada mal.

Se mira la mano como si fuera ajena a su cuerpo entero.

—No me puedo creer que Ushiwaka haya caído rendido en el sofá.

—Ni lo muevas, dormirá la mona y se irá a casa cuando se despierte.

Mira a Yuu, desde el suelo, y dice algo parecido a "perdón", no lo tiene muy claro porque posiblemente haya dicho "prdon" o "cacahuete". Qué más da, ni que estuviera en un examen.

Por lo menos ha sido con un amigo. Su primer pene.


Se despierta de golpe y porrazo, como si un yunque le hubiese reventado la cabeza en forma de canción. Quién lo mandaba a poner You give love a bad name de Bon Jovi como sonido de llamada. Y quién lo mandaba a no poner el móvil en silencio después de llegar medio muerto de un partido. Y quién, en su sano juicio, era capaz de llamarlo tan temprano si todavía el sol estaba durmiendo. Él también debería estar durmiendo. Él quiere estar durmiendo. Y la persona que está martilleándole la cabeza también debería estar durmiendo, o quererlo, o por lo menos alguien debería tener la decencia de propinarle un golpe hasta dejarlo K.O. y, a su vez, enseñarle a ordenar sus prioridades, como, no sé: morirse.

Abre un ojo y luego otro. Se restriega la mejilla contra la almohada, acariciando las sábanas frías fuera de su iglú de mantas en busca del móvil. Las pestañas aún le impiden ver en su totalidad, así que cuando nota la pantalla congelada de estar horas absorbiendo el frío de la habitación y lo abraza con su mano tiene que darle tres veces para poder descolgar.

—¿Sí?

Hinata

Se le enciende una bombilla. La sangre se convierte en helado derretido y la nota caminar espesa por los pulmones. El día anterior –hace unas horas, más bien– se le había cortado cada recoveco de su cuerpo, abriéndole heridas sin cicatrizar, nada más escuchar su voz. Barítona, que te lleva hasta el océano más profundo y te habla de la Atlántida y te lo crees, porque es jodidamente imposible no creerlo por mucho que trates de apelar al sentido común. Te lo crees porque con solo escucharle terminas de perder la razón por completo.

Y empiezan de nuevo.

Hinata dice: Buenos días.

Kageyama dice: Buenos días.

Hinata le responde: Hola.

Kageyama le responde: Hola.

Tiene que reírse y taparse media cara con el brazo también. Porque están siendo estúpidos y le encanta y siente que su corazón va a estallar en burbujas calientes de un momento a otro y las mejillas le queman y, no sé, es Kageyama llamándole tan temprano que ni el sol quiere saludar. Pero él al parecer si, más de dos veces, en realidad.

—Kageyama, ¿pasa algo? Son las… —se aparta el móvil de su oreja que ya ha empezado a entibiarse con el calor que su piel ha ido recogiendo minuto a minuto entre sus sueños, y mira los números digitales. La taquicardia ha terminado de despertarlo por completo— Son las cinco, capullo.

—Me está siguiendo —confiesa, más bajo que alto. Dentro de su tono hay un timbre de incomodidad que le está pareciendo la mar de gracioso para sólo haber estado espabilado cinco minutos. O menos.

Que le están siguiendo. Pues, vale.

—¿El alcohol te ha sentado mal? ¿Han puesto algún alucinógeno?

Tiene que burlarse un poquito, lo ha despertado innecesariamente pronto –Hinata tiene claro que nadie en su sano juicio querría tratar siquiera de llevarse un muy enfadado Kageyama bajo el sobaco–, aunque no se está quejando de hablar con él tan temprano porque Dios, voy a soñar con tu voz desde que cuelgues. Y estaré despierto.

—Un gato, lleva siguiéndome desde que he salido de una tienda —insiste. Y la realidad lo tumba en un mar de risas.

Hay que ser gilipollas.

—Aja —acepta, distraído. Sale de la madriguera un segundo para recoger las persianas y abrir un poco la ventana. Kageyama ha vivido toda la vida con la depresión –o trauma, según se mire– de que los animales lo rehúyen como Europa a la peste negra en el siglo XIV. Los niños también. Cosa que no entiende porque a su ver es un oso de peluche en el cuerpo de un robot, Natsu lo adoraba hasta la última estrella a la derecha—, y, ¿qué pasa?

—Hinata, ¿ves normal que me siga un gato? —eleva la voz al otro lado de la línea. Se escucha las ruedas de un coche pasar— Sabes que me odian, se engrifan nada más verme y este me está rondando. A lo mejor quiere matarme, me miran con ojos de querer hacerlo. Redondos y enormes, las pupilas dilatadas…. ¡Fú!

—¿Ese es tu mejor método para espantarlo? —carraspea Hinata, aguantándose las ganas de reírse alto y fuerte— ¿No es un poco temprano para que estés en la calle corriendo aventuras, Tontoyama?

—Me he levantado con muchas ganas de comer chocolate y no tenía nada en el piso. He tenido que caminar… ¡No, no, no!

Ni se preocupa en preguntar.

La sala de estar está patas arriba, ayer cuando llegaron deberían haber dejado las cosas en sus respectivos cuartos pero estaban tan cansado que se tumbaron un rato en los sofás hasta encontrar fuerzas para bañarse. Encima de la mesa hay palomitas secas y un par de vasos con un líquido naranja del cual Hinata suponía que sería zumo, Iñaqui era adicto. Mas allá, en la cocina, una montaña de platos y utensilios clamaban por una ayuda que él, ahora mismo, no pensaba dar a nadie.

Solo quería un poquito de leche con Nesquik, en su taza de siempre, calentita. Colmarse el estómago y lamer el fondo hasta dejarlo seco de chocolate y volverse a dormir hasta dentro de un mes.

—Lo he cogido, Hinata —dice Kageyama y Hinata no lo ve pero lo cree brillante y niño y sonrojado. Suena tan emocionado que no puede evitar sonreír e imaginárselo con los ojos muy abiertos. Esos ojos que tanto le gustan, demasiado azules, demasiado expresivos, demasiado de todo. Seguramente tendría los pómulos rociados de un leve color rosa igual que la nariz por el frío del rocío; y sus labios serían otro cantar diferente, entreabiertos por el asombro, sendos hoyuelos por la alegría de un nuevo descubrimiento. De repente dice, chiquitito—. Creo que está ronroneando. Me está ronroneando, y suena tan bien.

Pone en el microondas la leche, un minuto y medio. Se sienta en la encimera congelada.

—¿Cómo es?

—Pequeño, negro, ojos saltones. Yo qué sé, un gato.

—Ya, bueno, ¿tiene calcetines?

—¿Cómo va a tener calcetines un gato, idiota?

—¡Claro que tienen calcetines! Muchos los tienen, por favor, eres tan tonto como una caja de piedras.

Discuten hasta que Kageyama le pregunta por sus clases y Hinata le comenta con voz vidriosa que la prueba fue especialmente complicada, al parecer teme sacar baja nota porque su beca deportiva peligra y exige mantener una media, la necesita sí o sí para seguir estudiando. Le cuenta sobre una profesora homofóbica, racista y machista que insulta a diestro y siniestro en sus clases, aunque Hinata nunca ha ido a ninguna de ellas y todo le parece muy de película; sobre todo cuando se enteró que le habían roto las ruedas del coche después de uno de sus exámenes. Ni que esto fuera el Bronx.

—No está bien que hagan esas cosas y punto. Me fastidia que hayan tomado la justicia por su mano —afirma de mal humor, endulzándose el alma mientras hunde los labios en el batido caliente. El vapor le roza la piel.

—Ya, sí, tienes razón.

Además, le medio empieza a plantear la fiesta y los disfraces y "quédate a dormir que hay espacio de sobra, limpiaré mi cuarto entero incluso las repisas que nunca toco", Kageyama le contesta con la perorata de que tendrá que comenzar a ahorrar para un traje hipoalergénico.

—Me gustaría ir.

Deberías —exige Hinata, tocando la textura plástica y lisa de las cortinas del baño. Azul celeste con peces amarillos y verdes nadando en el borde, incluso algunos soltaban burbujas por la boca.

Le basta con saber que quizás podría verle más pronto que tarde.

—¿Tú quieres que vaya?

—Te estoy invitando, ¿no? —se muerde las ganas de decirle que sí.

—Me has dicho que fue Kuroo.

Bueno, sí —admite tras lavarse los dientes. Escupe el enjuague bucal—. No seas pesado, la próxima iré yo. Estará Kenma, también vendrá Bokuto, y yo. Claro.

—Como que es tu casa, burro.

—Era para darte un incentivo más convincente.

Hinata está falto de sueño y con contracturas por todos lados y le duele el tobillo a morir. Tendrá que ir el lunes a revisión y quizás sentarse en el banquillo a mirar sus entrenamientos un par de días, pero nadie le va a quitar el gusto de molestar a Kageyama con sus cuasi intentos de ligue.

Quiere escucharlo nervioso.

—No sé para qué, si sabes de sobra que iré por ti, pedazo de memo.

O que lo ponga nervioso a él, como ahora, que el corazón le va a mil en un tren bala camino a su boca y fuera de la estratosfera. Trayecto: Marte. Es como ser cazado por un león que no tiene ningún cuidado en enterrar los dientes o desgarrar la carne y no tiene ni idea del daño que hace.

Y desear que lo devore vivo de todos modos.

Se lo ha preguntado a menudo, si Kageyama sería de los que les gusta morder hasta que la piel se quede morada después de saborearla cacho a cacho, lamiéndole con toda la lengua. Si le gustará su sabor, o si a Hinata le gustará su perfume cuando lo bese por todos lados marcando con sus labios las esquinas que la ropa deja al aire. Comerse la tensión de su espalda cuando lleva parches y rodearle las rodillas con las manos, pasearle la yema de los dedos hasta el empeine y embeberse de lo que claman todos sus calambres. De su voz. Que le diga lo que piensa mientras se lo hace. Espera que sea de los buscan el pelo y enreda los dedos hasta que duele.

—Mmm —procura decir al escuchar su nombre de fondo, vuelta a la cama y al arrullo de las mantas. Demasiado temprano para pensar en esas cosas, demasiado temprano para que la erección le esté rozando el pantalón de algodón.

—Se ha quedado dormido.

—Y yo también —suspira con los labios separados a duras penas, como si un chicle pegajoso le hubiese vuelto mudo y el estómago lleno de hilos invisibles y tirantes—. Creo que ya está loquito por ti.

Y yo también.

—Es tan pequeño —Kageyama a su maravilloso rollo.

—Todo es pequeño en comparación contigo, procura no pisarlo mucho cuando se esconda detrás de los muebles para jugar y tú no lo sepas.

—Creo que acabarás haciéndome bullying respecto al tema.

—Pienso ser su cómplice de fechorías—se las apaña para no sujetar el móvil, recostado de lado y con la pantalla colocada estratégicamente para no tener que moverse—. Quédate con él.

—Deja ver cómo avanza el día.

Escucha un maullido liviano desde el otro lado cuando unas llaves tintinean. Se abre una puerta. Se cierra. Hinata tiene los dedos de los pies calientes y el pecho geiser de lava.

—Quiero fotos. En todas las posiciones que haga.

—¿Incluso cuando esté haciendo caca?

Sobre todo si está haciendo caca. Seguro que sus zurullos son preciosos.

El Hinata del momento no lo piensa ni cuando se despiden tímidos y bobos y "que descanses" acompañado de "hablamos después", pero el Hinata de un par de horas después sí que divaga un poco en la idea intrínseca que supone hablar con Kageyama tan temprano. De que sea su primera persona y también la última. Es curioso, porque –sin contar a su familia– desde que se conocen y se llevan medianamente bien, siempre ha sido su primer "buenos días" y su último "buenas noches". Empieza a sentir la cabeza repleta de una neblina densa y blanca ante la idea de empezar el día de verdad con él, de una forma más cercana, de desearle dulces sueños con un beso. De despertarlo con la boca y dormirlo con las manos. De escribirle más que un saludo al tomarse el desayuno y mandarle iconos que a todos les parecerían ñoños y tontos pero que a él hace que se le derrita algo debajo de la piel de sólo pensarlo. Lo piensa incluso más cuando escucha por quinta vez en la tarde del sábado ese mensaje que le mandó un muy borracho Kageyama y tiene el corazón repleto de explosiones dulces.

Sé que estás durmiendo, pero quería decirte que me encantaría que estuvieras aquí. Conmigo. Porque también es mejor cuando tú estás.


Sí, ha habido reconciliación, sí ha habido reconciliación con casi-declaración por ambas partes. Sólo han faltado dos palabras, pero es que por teléfono no iba a ser.

Bien, gente bonita y guapa y que me lee. Les vengo a decir que corran, vuelen o naden, hacia mi perfil de Facebook Jane Smith con un chibi bonito que pone TeamIwaOiIwa por si quieren ver. PONGO NEGRITAS PARA LLAMAR SU ATENCIÓN. Por si quieren echarle un vistazo a un fanart precioso del gato y Kageyama de TodoYamas quien me ha dado el permiso para usar sus imágenes para el fic (es un sol, dibuja increíble y deberían asediarla a besos).


Apartado para las REVIEWS:

Guest 1: ¡Ayyyy! ¡Hola sol!, he vuelto con la historia y me alegro un montón de que te esté pareciendo hermosa, a mí encanta que tú la leas.

Guest 2: Hello cocodrilo. Kags ha sufrido su primer corazón roto: mi niñito. Tanala y Noya lo ven todo tranquilo y divertido, porque ¿Hinata saliendo con gente? Además, ¿quién le pide ayuda a esos dos? Sólo Hinata. Esa escena no sé de donde salió, sinceramente, no tenía pensado hacerla pero mientras escribía simplemente la dejé ahí, y me gustó. Porque la vi necesaria, para lo que va a venir, y espero que te guste porque tengo unas ganas locas loquísimas de escribir sobre ello. Solo diré: fiesta, exámenes, disfraces, alcohol. No me gusta el angst, es más, mi idea es que sea lo menos angst del mundo pero, PERO, algo tiene que haber, ¿no? Muchísisismas gracias por comentar que siempre me dan gustirrinín porque eres muy divertida hablando. ¡Igualmente en todo a ti!

Pos no sé: Pos no sé (fan acérrima de tu nick) Curiosamente he encontrado opiniones bastantes dispares al tema. Por ejemplo, que Kageyama no tiene ni voz ni voto sobre lo que haga Hinata en su vida. Yo, en cambio, sólo diré que Yuu y Arata serán uno personajes decisivos para que la cosa se calme, aunque sea un poquito, y que (a mi ver) ambos tienen la culpa por no ser más claros. ¡Muchas gracias por leer y comentar!

Adriana Kaili: Aish -suspiro suspirante- me ha emocionado mucho ver que cada día había un mensajito en mi bandeja tuyo diciéndome que te está gustando, que vas a seguir leyendo. Que creas que no los saco de sus personalidades cuando es hiperdificil, sobre todo porque ya son más adultos y menos infantiles. Me parece una coincidencia preciosa que te lo hayas encontrado de casualidad, que así incluso sabe más llevarte la sorpresa, ¿no? Ay, el beso deseado, el querer tocar al otro. Pasará, lo prometo, pero poco a poco. Eres un amor por haberme comentado en todos los capítulos, de verdad, te llevo en mi corazoncito y espero verte pronto dándome tu reporte de si está o no a la altura el capítulo 3 No comento nada del capítulo, porque bueno, si lees esto es porque ya lo has visto. Saludos con un abrazo enorme.


¿Una review por el gatito?

Pasaros por Facebook si queréis decir "holi", por eso lares me llamo Jane Smith y reparto abrazos gratis (L)