NdA: ¡Holiiiiiiwiiii! No me quiero pegar el tostón de mi vida porque llevo DOS MESES Y MEDIO SIN ACTUALIZAR. Solo os diré que he adoptado a un pequeñín agapornis verde que se llama Kiwi y me tiene de madre las 24 horas del día y (desde que subí el último capítulo) ya he hecho dos exámenes y cuatro trabajos (para que no penséis que os he olvidado, ese no es el caso, simplemente no he podido dedicarle todo el tiempo que quería). Dentro de una semana y media pero me llevaré el ordenador y espero poder actualizar para el siete de diciembre. Tengan paciencia con el capítulo porque son 51 páginas y van a tener Kageyama e Hinata para rato. Así que disfrútenlo, tómenselo con calma y no se dejan atrás ningún detalle porque a partir de este capítulo la trama se complica.
Para los que no lo sepáis, he comenzado a hacer un Kinktober KageHina como continuación de Chicle de Naranja. Solo llevo 5 pero iré subiéndolos esporádicamente y son todos one-shots, por lo que pueden elegir el que les atraiga más a la vista, se titula 31 días contigo.
(Al final sí que me he enrollado, al meollo)
Hay una cosa que quiero destacar porque será un poquito-muy-mucho importante en este capítulo y es el TOC de Kageyama, en los anteriores capítulos tan sólo lo he dejado vislumbrar pero en este capítulo cobra un papel importante y me gustaría que si tienen alguna duda sobre el tema no duden en consultármelas porque es algo del que puedo hablar por horas (estudio psicología, ante la duda de por qué).
Especial mención a mi beta Merynaii quien se ha dado cuenta en este capítulo que no sé nada de plurales y singulares, además agradecer muchísimo a MoonyStark por soportar todos mis parrafazos y darme su opinión a pesar de que no le gusta el KageHinata (escribe increíblemente bien y tiene unos cuantos IwaOi para morirse).
Además mi beta me ha dicho que en Japón se usa Line y no WhatsApp por lo que tendré que hacer una corrección global en los otros capítulos por si ven que hay cambios será por eso. Y por ende, también ha cambiado la forma de ver los mensajes (recogido de las maravillosas MoonyStark y Janet Cab)
VIII.
Kageyama podría atestiguar muchas cosas sobre lo que pasó después de la borrachera (exactamente, todas menos una, lo que ocurrió mientras estaba borracho).
Primero, que es inmune a la resaca, el alcohol sólo lo deja con un hambre atroz y una sed de camello por lo que no tiene la necesidad de recurrir al uso de drogas más duras que el Ibuprofeno. Segundo, que ahora tiene un gato lamiéndole los dedos de los pies las veinticuatro horas de los siete días de la semana y le parece adorable (él, pensando que algo es adorable y mono y cuqui. Que tiemble la Tierra porque esto es el fin del mundo). Kageyama flipa muy mucho cada vez que se lo encuentra escondido entre sus sábanas por las mañanas haciendo ese sonido que le recuerda al ruido de una moto antes de arrancar, pero más suave, más cálido. Es un felino listo y quejica –se pasa todo el día pidiendo entre maullidos agudos para la comida, gorgoritos para mimos y rugidos para "quiero salir a la terraza a la arena, dame privacidad"– que no tarda en saltar a la encimera desde el instante en el que saca jamón de la nevera. Él no puede evitar darle un poquito si lo mira así, todo hecho pupilas negras, relamiéndose la punta de la nariz rosa, siempre fría y húmeda. Tercero, también podría hablar de esas dos semanas y media de calma antes de la tempestad que le esperan cuando empiecen los exámenes, puede notar la presión estomacal ascender hacia el pecho y la lava abrirse paso en el interior de su pecho como si fuera un volcán antes de entrar en erupción. Y cuarto, que su equipo había ganado el primer partido de temporada con una diferencia de un set, ni más ni menos.
Sin embargo, todos esos acontecimientos pasan de largo igual que en las películas de Charles Chaplin: mudas, en blanco y negro, música de fondo y títulos entre capítulo y capítulo.
Lo que sucede es lo contrario a lo que ha visto en las series de comedia romántica que suele poner su madre los viernes a las nueve de la noche en el canal FujiTV. En las cuales el amor surge de malas hierbas, con sólo un chasquido de dedos, y se va tan rápido como llega, arrancándolas de raíz. No, en el caso de ellos bailan a un ritmo diferente y a Kageyama –quien no tiene ni idea del protocolo que se debe llevar una vez ambos saben que se gustan. Y si espera que Hinata conozca alguna directriz, éste tampoco mueve ficha en el tablero– le gusta cómo avanzan a lo largo de la pista sin pisarse los pies, pero probando pasos nuevos.
Tontean a todas horas, desde el desayuno hasta la cena regando los huecos por incontables mensajes esporádicos –porque sí, al parecer ahora siente la imperiosa necesidad de llevar el móvil encima o sino le pica las palmas de las manos– entre clase y clase. Y, de verdad, que Kageyama quiere parar un poco el ritmo de su corazón, darle al pause y respirar hondo. No rehuir el careto del retrovisor en el coche de Yuu cuando va de copiloto por las mañanas porque Hinata le ha enviado una de sus imágenes plagada de su sonrisa y sus mejillas demasiado redondas y su pelo hecho un nido de pájaros. Prefiere ahorrarse la humillación de verse así, en la luna de Valencia.
Realmente espera que se desinfle el asunto igual de rápido que las colchonetas en las fiestas; que deje de emocionarse más que un crío en medio de un festín de regalos el día de su cumpleaños.
El problema aterriza cuando mira hacia las gradas en el segundo set y aprecia una corona de pelos llameante dividiendo al público en dos: Hinata y el resto del universo.
La reacción que prorrumpe en su organismo es degradante, Arata no tarda en compararlo con una bestia sedada. Alias El Efecto Hinata cuyas secuelas son dejarlo dócil y amaestrado. Para cuando termina el partido el miércoles por la tarde noche, Kageyama permite que lo abrace ante la multitud –prácticamente Hinata salta desde las gradas y manda a tomar por culo las advertencias del árbitro esquivando los bancos y la mesa de bebidas isotónicas y las toallas amontonadas–, deja que lo empuje fuera del saludo colectivo para decirle lo increíble que es, lo bien que ha jugado y que si los ojeadores de La Selección Japonesa no han visto lo que él lleva viendo desde que se conocen no pasa nada porque sigue creyendo que en algún momento todo el mundo abrirá los ojos y observarán lo que se han perdido toda la vida. Consiente que lo guíe de la mano de nuevo hacia su propio equipo mientras se dicen cosas como "pensé que no vendrías" y "te dije que no me perdería ningún partido, es una pena que me vaya tan pronto" y "nos veremos en dos días, memo" y "quiero verte ahora".
Kageyama no tiene la voluntad de decirle que están el uno enfrente del otro en ese preciso momento, puesto que a él también se le enrolla la sensación de insuficiencia entre las costillas cuando Kuroo –abrigado hasta la nariz y cargado de bolsas y quien había tenido que ir a Tokyo para recoger ropa a su casa y había hecho de taxista–, palmea la espalda de Hinata una vez se encuentran resguardados del frío a la salida del pabellón, cinco minutos más tarde de ser asediados por todos sus compañeros y un Yuu muy pesado lanzando flechas llenas de altas dosis de insinuaciones.
Hemos captado las indirectas, capullo. Nos alegra saber que estás de acuerdo con lo que sea que está pasando entre nosotros dos. Cállate. De. Una. Vez. O te la llevas.
Era de esperar que su mejor amigo Don de Gentes se las ingeniara para metérselos en el bolsillo en un tiempo récord.
Incluso, le invitan a venir algún día a un partido amistoso.
Se pelean y se insultan tanto o más que antes, como si fuera una excusa extra para tocarse y hablar a bocajarro y beberse el aliento del otro de cerca. Al final, junto al coche, Kageyama le propina un par de hostias cuando trata de imitar uno de sus saques, no puede evitarlo. Además, sería verdaderamente humillante no hacerlo, suficiente tiene con acuciar su autocontrol, ese que da la impresión de estar de vacaciones viajando más allá de la razón y rozando el cinismo ante pensamientos que desembocaban en abrazarle por los hombros, dejar que el hueco interno de su codo se amolde al cuello de Hinata. Rozarle la nuca y peinar el pelo corto, ese que intuye que pica al estar muy rasurado a la altura de la nuca. Acariciarle la mejilla porque sí, porque quiero y porque puedo. Aunque quizás besarle sería la solución óptima para paliar las ganas irrefrenables que tiene de pegarle cada vez que saca a relucir su personalidad repelente. Callarle la boca de un golpe con la lengua sería gratificante y medicinal.
Para ambos.
Cuando a Hinata le dijeron el verano pasado que tendría que ponerse aparato no se lo creyó, es decir, puede que no fuera el chico con la dentadura más perfecta de Japón, ni siquiera de Miyagi, pero sus dientes estaban medianamente bien. Alineados. Un colmillo algo más grande que el otro, las paletas un poco separadas porque a su madre le había parecido bien que usara chupete hasta los cinco años y, vale, tiene la mandíbula inferior algo más pequeña que la superior y puede que los dientes se le estuviesen juntando un poquito más de lo usual ante el crecimiento esperado de las muelas del juicio –esas que duelen mogollón una semana y a la siguiente no existen–. Pero qué culpa tiene él de que ellas sean las causantes de que en ese preciso instante esté en una clínica dental a punto de reventar parte del saco de los ahorros de sus padres pues "no tienes suficiente espacio en la boca, ya se te han montado dos dientes, es preferible atajar el problema antes de que sea una cordillera".
Podría resoplar más alto pero no con menos hastío. Aparatos. De verdad.
El odontólogo tiene pinta de simpático, de esos médicos con batas que te regalan una piruleta roja y mayúscula después de la revisión despidiéndote "hasta la próxima" con una sonrisa impoluta de oreja a oreja. Es calvo, lleva gafas y Hinata teme sonreírle con la boca abierta por si encuentra algo más que hacerle dentro. Extirparle la lengua, por ejemplo. Así que se limita a contestarle de buenas, tumbarse en una silla rarísima rodeada de aparatos metálicos y una lupa del tamaño de un avión que bien podría ver con ella las neuronas haciendo sinapsis mientras él se entretiene tarareando la canción de un anuncio de pasta dental (la ha reconocido después de que la repitiera tres veces).
Debería considerarse publicidad subliminal. A lo mejor cobra un par de yenes por ello.
Se ha puesto las Nikes verde oliva con la suela blanca y la camiseta negra que tiene el símbolo de Naruto en rojo bermellón. El del sello del kyubi no el de la villa de la Hoja. Son cosas que normalmente le dan suerte, así que había supuesto que trastocarle una parte de su anatomía era tan necesario como para vestir ambos complementos.
Natsu le había llamado veinte minutos antes de entrar para decirle que tiene su primera clase de baloncesto esa misma tarde; con zapatillas altas, equipo a juego, y las uñas cortadas para que no le dolieran al rebotar la pelota contra el pavimento. Le exigió que para navidad estuviese en casa porque iba a tener un partido delante de todo el barrio y no quería sentirse sola. Además, le había amenazado con romperle su figurita de Spiderman, esa que le habían regalado en su noveno cumpleaños. (Cómo ser mona y gremlin, volumen I). A saber de dónde había aprendido a ser tan extorsionista la muy manipuladora. Su madre, por otro parte, quien obviamente escuchaba la conversación de fondo, le pidió una foto para confirmar que no había huido de la escena del crimen nada más entrar y ver la tira de hilos que le iban a encajar en la encía. No es como si le encantara tirar el dinero a la basura, gracias por la confianza.
Me va a doler, pero no pasa nada. No pasa nada. No-pasa-nada. Todo duele menos que un saque del Gran Rey en la cara. O recibir un golpe directo de Japón. Todo va a ir bien.
El dentista lo mira de reojo y se peina lo tres pelos grises que le cruzan la calva. Le informa que va a proceder en breve y tiene que dejar el móvil a un lado. Así que decide usar los últimos momentos de lucidez para contestar los mensajes acumulados. Primero abre el grupo del piso cuyo nombre ha pasado a ser Holly, Jolly después del capítulo 3 de la primera temporada de Stranger Things.
Mierdiñaqui (10:33)
Vamos a pedir pizza esta noche, para que Kageyama no se piense que somos malos anfitriones, ¿tú de qué la quieres? Tengo que darle una buena impresión.
¡Ah! No… que no vas a poder comer.
Qué lástima me das.
:P
Kuroo (10:33)
No seas cruel, quizás prefiera pedir chino.
Quiero ver como intenta morder los rollitos de primavera.
Quizás se le enrolle la col en el aparato.
Kenma =D (10:34)
Shouyou, no les hagas caso, te compraré helado de Nutella después de clases. Me han dicho que viene bien cosas frías para la irritación bucal
:3
No tarda ni tres segundos en mandarle todos los emoticonos de Line que llevan un corazón. A los otros también les dedica uno, el dedo de en medio concretamente. Que se jodan por burlarse de él. Son de la peor calaña que existe cuando están alterados por el café matutino, en ocasiones se encontraba los muebles del salón en un orden distinto y no entendía que tan mal les caía el sillón marrón para estar mareándolo de un lado a otro cada semana.
Dicen que morder con aparato duele.
En ambos sentidos.
Sólo aviso, paso de leeros más.
A ti no, Kenma. A ti te quiero.
/o.o/
Lo más curioso del bullying gratuito es que la noche anterior eran Kuroo e Iñaqui quienes se pusieron a indagar todas las páginas webs que encontraban sobre el uso de ortodoncia en deportes, preocupadísimos de que lo descalificaran. O sea, que no pudiera jugar más allá de partidos locales. Archivaban las noticias de contenido conveniente y verídico y rechazaban los que olían a bulo en una carpeta de "¿Ezto ké eh?" así, con faltas de ortografía incluidas. Por su parte, sólo se ha mentalizado que el usar la nariz para recibir balones ya no sería una opción viable si no quería acabar sin dientes, había visto una imagen bastante grotesca sobre un jugador de baloncesto cuya dentadura colgaba de la boca en carne viva. Joder, qué asco. Aún se le eriz el pelo de los brazos al imaginárselo. Ve una última ventanilla emergente en la que Iñaqui añade "encima que aplazamos la fiesta por ti, así nos lo pagas, blandengue". Pasa tres pepinillos en vinagre de contestarle. Ni que fuera voluntario al infierno. Además de que sólo la habían cambiado del viernes al sábado, pedazo de cabrones.
Cierra el chat y abre el de Kageyama. El médico observa las agujas del reloj con tanta determinación que en algún momento podría romperse.
—Un segundo más y termino, de verdad —promete, recolocándose en la silla.
No escucha la respuesta pero suena algo parecido "vale, pero luego no tendrás premio".
Tontoyama (10:33)
Voy a coger el tren ahora, así que llegaré cerca de la una.
Al final quedamos en la plaza, ¿no? ¿Estás seguro de que no quieres que vaya directamente al piso para que descanses?
A lo mejor sales antes.
Te vendrá mejor descansar. Puedo llegar a tu casa perfectamente solo.
No soy de los que se pierde, mendrugo, normalmente era porque te seguía a ti.
Déjame la dirección, anda, la busco en el GPS.
Gato te manda ánimos [Imagen]
Desde la pantalla le saludan dos gigantescos ojos, el azul añil dividido por sendas rayas profundamente negras; tiene las patas delanteras cruzadas y se lame justo donde se dobla la articulación. El pelo encrespado por su trabajo manual de limpieza se le antoja análogo al terciopelo, parecido a cuando se peina con las yemas de los dedos y cambia por una tonalidad más suave.
Así, completamente negro encima de un puf verde pistacho –del piso de Yuu, la niñera improvisada– postrado a sus anchas, representa a la perfección un marqués encima de su trono. Sólo le falta la corona. Sigue igual de pequeño si lo comparara con la primera vez que lo vio, pero ahora está más gordo (las curvas que se le forman en los costados son la mejor prueba del crimen ante el embutido extra que su dueño le da de premio por existir a su alrededor, prácticamente) y le brilla el pelaje como si hubiese salido de una peluquería. Kageyama se empeña en llamarlo Gato. Tal cual. Ga-to. Porque, según parece, el argumento de "es un gato, atontado, ¿cómo quieres que le llame? No se va a enterar de todos modos" y la falta de originalidad (que resplandece por su ausencia) es la excusa perfecta para no buscarle nombre. No obstante, Hinata lo llama Nesquik. Extraoficialmente, claro. La mayoría de las veces dentro de su cabeza y cuando quiere ver a su mejor amigo de morros —me da igual, Subnoryama, lo voy a llamar como me dé la gana porque lo tuyo no es un nombre en absoluto. No es normal que le digas así al pobre animalito.
Mira de reojo las agujas del reloj. Le suda todo el cuerpo y quizás no es por los guantes de látex que se está poniendo el médico.
Contesta con un nudo en la garganta, tragándose las ganas de manifestar lo maravilloso que le parece que está siendo con todo el tema, por preocuparse de esa manera. De verdad, ¿puede Kageyama dejar de ser tan injustamente mono? Y atento. Y genial. Porque así no se puede. Es consciente de cómo sus neuronas se atrofian por segundos al releer una y otra vez sus mensajes del mismo modo que un alcohólico deslizando la lengua por la boquilla de la botella chupando hasta la última gota de su bebida favorita.
Puede que años atrás Kageyama fuese el perfecto neandertal que pegaba antes de hablar para decir "tienes la bragueta abierta" y que, lo más probable, fuese el primero en empujar e insultar en diez idiomas antes de indicar "hay una señora detrás de ti que quiere pasar". Siempre han estado ahí sus buenas intenciones, esperando el momento adecuado para emerger como hacen las llamas después de recibir litros y litros de gasolina. Ahora en cambio, aunque sigue con las malas lenguas enredadas en la garganta, pregunta y asimila y analiza y trata de hacer las cosas de corazón y no por impulsos nerviosos. Había sido un niño que aprendió primero a correr sin disfrutar del primer paso. Kageyama lo hace todo a quemarropa. No obstante eso no le ha impedido convertirse en el mejor amigo, el compañero indispensable, el hermano postizo de su hermana (Hinata no quiere hablar sobre ello porque de vez en cuando siente el resquemor rozarle el pecho), el tío que hace amigos sin proponérselo, el chico que comparte cervezas con su padre después de una mañana pintando las vallas del jardín. Esas que por las lluvias y la nieve se llenan de humedad al llegar la primavera, que se astillan con el calor veranigo y que siempre hay que mimarlas en otoño.
Prefiere sortear el pensamiento, ese que le arrulla lo bien que le queda el papel de novio en su vida porque aún es demasiado pronto para ponerse motes cariñosos, por muy adecuado que suena ser su pareja y lo natural que sería cogerle de la mano. Y no sólo por el frío.
Para cuando deja el móvil en el bolsillo delantero de la mochila y cierra la cremallera y escucha atentamente al médico aclararle que va a sedarle la boca entera, Hinata sigue cuestionándose muchas cosas. Últimamente es imposible sacárselo de la cabeza, pegado con Super Glue* a las dendritas de sus neuronas. Siempre ha sabido que sus sentimientos eran serios, profusos e inconmovibles. Pero jamás planeó que opacaran de tal forma a todo lo demás, como si anhelarlo le supiera poco y tocarlo significara querer más. Le llena huecos que nadie más ha hurgado nunca, araña nervios que no sabía que tenía. Con cosas sencillas. Conversaciones tardías, por ejemplo.
El día anterior, a Skype, mientras hablan del frío y de la falta de estufa en el piso de Hinata y la cantidad exuberante de abrigos que llevaba puesta. Tenía el poder de mover el núcleo de su mundo.
—Si estuviera ahí —prosigue entrando en el foco de la cámara después de volver del baño. La lengua le humedece los labios y Hinata nunca se había planteado sobre dónde Kageyama aprendió a ser tan atractivo –en qué academia le enseñaron a derretir icebergs con sólo refrescarse la piel–. Más ese día cavila sobre ello. La idea le cala hasta los huesos— no necesitarías tanta ropa encima —Y luego promete, arrebatador—. Mañana puedo enseñarte cómo.
Si los colores se pudieran sentir Hinata los notaría estallar por todo el cuerpo en bolas líquidas y frías. Advertiría cómo la pintura le rasga la piel desde dentro y le pinta las entrañas de un dolor placentero. Le teñiría el pecho de rojo bermellón, más que un corazón que bombea sangre espesa hacia las venas esperando llegar a los pulmones y redimirse, limpiándose por completo.
—Pegarme no cuenta, Tontoyama, mira que te echo de patitas a la calle. Ahora tengo ese poder.
Había sonado normal. La voz de Piolín. Pero uniforme.
—El uso de manos estaba implícito —admite, sin una pizca de rubor en el rostro. Ladeando la cabeza hacia su hombro derecho en un signo de inocencia que Hinata ahora comprueba que no tiene, porque es un cabronazo—, aunque no sabía que te iban esas cosas.
Ah. Ya. No pienso contestarte a eso.
—Me va la Nutella —Y no sabe si lo ha dicho para reblandecer la conversación y hablar sobre los contenidos calóricos que figura en el reverso de la etiqueta de la crema con cacao y avellanas o porque alguna vez se ha imaginado a si mismo usándola como se aplica la nata en la industria del porno, vaciando el spray hasta que el dispensador carraspea, goteando suspiros líquidos y blancos.
Si el mundo estuviera del revés entendería a la perfección que su mejor amigo le preguntara sobre si le va o no que le den duro en la cama. Y sin embargo ese no es el caso, continúan en el mismo mundo que ayer, en la misma línea temporal de la semana pasada.
Por lo que Kageyama no puede ser consciente a ciencia cierta de lo que provoca dentro de sus tripas. De la avalancha de adrenalina que le recorre la columna vertebral cada vez que recuerda su voz y esas palabras. No tiene ni idea de que la fiebre le brota de la piel como sudor frío y que (aun así) no es capaz de transpirar sus palabras para estar más tranquilo. Recuerda que la ropa le quemaba contra cada extremidad y en cada remanso y si no fuera porque tenía una cámara apuntándole entre ceja y ceja se hubiese desnudado en ese mismo instante.
Tampoco debería saber que se ha acostumbrado a acostarse con la mano entre las piernas y la cara hundida en la almohada, con los pantalones y los calzoncillos enredados en los tobillos y la camiseta arrugada a la altura del pecho. La cadera izquierda hundida en el colchón. Buscando un alivio que llega rápido e insuficiente, en una letanía insoportable.
Esa noche se acuerda de dibujar en su mente que Kageyama le habla sucio, que esconde algo tras el velo de palabras, que le susurra cosas con las pupilas dilatadas.
No necesitarás ropas porque pienso hacerte sudar conmigo. Te calentaré la piel con la mía. Te rozaré tanto que acabarás harto de notarme encima. Si estuviera ahí no necesitarías tanta ropa porque mi boca cubriría la piel de gallina.
Es entonces cuando se le desata el nudo alrededor de las cuerdas vocales y hunde los dientes en la tela almidonada, la corroe para que nadie escuche el nombre que desea gritar pero que quiere que solo le pertenezca a él. Tobio. El flequillo empapado contra la frente. Es mejor contigo, recuerda. La mano moviéndose a través de la carne dura y canicular.
Y suda y se calienta y tiene la piel de gallina.
Desnúdame, murmura mientras se masturba contra la cama. Caliéntame, Kageyama, mientras se corre mordiéndole el apellido, que suena más a una petición, una ovación, un deseo a estrellas lejanas y rutilantes.
El odontólogo le avisa que va a rociarle los dientes de un enjuague bucal muy frío con sabor a menta, sin embargo es el chorro a presión de agua lo que lo despierta de golpe y porrazo.
El reloj marca la una menos diez y el Chupa Chups tiene trazas de una memoria de antaño una vez el dentista procesa el veredicto.
Al final, el punto de encuentro había quedado en una amplia plaza repleta de árboles deshojados por el otoño. En ella caminaban una miríada de personas con diferentes rumbos, todos enfundados en capas y capas de abrigo grueso, bufandas esponjosas y gorros de lana que florecían en pompones. Mas allá, cerca de una fuente de piedra en cuyo centro crecía un pez con la boca abierta, brotaba una avenida de agua cristalina, a su alrededor chapoteaban carpas cuyo tornasol de las escamas era dorado. El lugar se extendía de izquierda a derecha regado de membrillo japonés, camelias y magnolias, todas matizadas en gamas rosáceas.
Francamente, Kageyama no termina de comprender la insistencia de Hinata por quedar a comer fuera con la grupa de compañía. Porque sí, ha recibido un mensaje en el cual relucía en mayúsculas "al final vienen los demás", tan elocuente y certero que quita el hipo. Una indicación más y quizás se encuentre con Papá Noel comprando los regalos por Navidad.
Él podía suponer de quienes habla –obviamente– pero no está del todo seguro de querer averiguar la dinámica que hay entre Hinata y sus compañeros de piso tan pronto. Sin anestesia general o un calmante muscular. A veces se tropieza pensando si quiere ser o no un invitado dentro de la vida diaria de su mejor amigo, si será el que tense tanto las cuerdas del violín que acabe por sonar mal. Hay un mosquito que le pica en el cerebro, en una zona rugosa y débil, como si le estuviera hurgando dentro y le hiciera cosquillas. Incapaz de rascarse.
A Kuroo y a Kenma los conoce. Sabe qué pueden dar (o no) dentro de una cancha y las manías que dejan vislumbrar fuera de ella, en el banquillo; no obstante, ignora si podrán soportarse tres días embutidos en un mismo apartamento sacando a la luz sus idiosincrasias. Y eso le preocupa visiblemente –se ha peinado tres veces, o cuatro. La gomina de cemento para dejar fijado su flequillo hacia la izquierda. También se ha puesto una camisa de botones azul que le regaló su madre el año pasado por su cumpleaños y que acabó arrimada en un cajón nada más desenvolver el papel de Olaf de Frozen–. Siendo él el quinto en disonancia tiene las de perder. Ese piso no es suyo. Ni siquiera es la casa de Hinata, de la cual conoce cada puerta corrediza que vacila si se intenta abrir de un golpe. Sería mucho más sencillo estar en el salón, con Mermaid Melody de fondo tratando de trenzar el pelo naranja de Natsu correctamente. Él es un tío difícil, con muchas taras mentales que desaguan normalmente en manías muy evidentes, así que ha tenido que mentalizarse y reorganizar todas esas herramientas imaginarias de las que siempre habla su psicólogo (al cual va cuando la ansiedad le aprieta la correa al cuello).
Se imagina un pisocon sus vasos de plástico rojo –lo más probable es que hayan hecho de oro a la empresa– siempre rellenos de cerveza espumosa, con sus beerpongs en mesas improvisadas, sus esculturas de hielo donde circula la bebida y el contacto del alcohol provoca que se derrita, y sus bolsas de chuches arrugadas por los sofás de la sala, semejante a una fiesta de American Pie.
La culpa la tiene Hinata, que le ha vendido muy mal la experiencia y su TOC ha comprado toda la información, archivándola en el apartado "sitios donde vive el hollín errante de El viaje de Chihiro".
Por otro lado, está Iñaqui. Iñaqui. Qué tipo de nombre es ese que parece una broma. España. Qué clase de país es ese en el que matan toros por diversión –lo ha buscado en Google la noche anterior para atenuar las ansias de sentirse superior y encontrar fallos sin conocerlo–. Iñaqui. Ni siquiera puede dar por sentado que pronuncia bien en su cabeza el nombre dado que en su vida había escuchado algo parecido a la "eñe". Español. Qué especie de abecedario tienen que ni el inglés acepta esa letra entre sus conjugaciones. Está siendo petulante al respecto, vale. Y le da igual. Okey Makei. A lo mejor le cae bien, o soportable. Como el resto del universo. Sin embargo, cada vez que Hinata llega riéndose a una de sus tantas videollamadas nocturnas, con las mejillas sonrosadas de la risa y los ojos tan brillantes que aparentan estar cubiertos por una débil capa de lágrimas, diciéndole a bocajarro y poco aliento, "perdona, es que Iñaqui es un pesado. Joe, nunca me deja en paz", siente una patada en el estómago, entre costilla y costilla. Y lo único que discurre su sesera son infinitas formas para encontrar el método adecuado de eliminarlo de la faz de la tierra.
Es un sentimiento asqueroso. Los celos. Esos que se acurrucan en el esternón a mala sangre y no se despegan ni con agua y jabón.
Hinataidiota (13:14):
Ya voy llegando
Me he encontrado por el camino a Kenma y me ha comprado batidos proteicos para el fin de semana.
/u.u/
Y también con Kuroo pero él no me ha comprado nada
:O
¿Pizza o hamburguesa? Sáltate la dieta por mi última cena
Almuerzo*
¿Tienes ganas de verme?
Se sienta en el primer banco que ve completamente vacío, justo después de que se levantaran un par de señoras mayores –una con una pamela enorme y verde, la otra vestida totalmente de rosa– cotilleando sobre el concierto que habían hecho el jueves noche sobre, literalmente, unos críos mal vestidos que gritaban mucho y "qué forma tan grotesca es esa de cantar que hasta mi pobre perro Dostoievski estaba llorando".
Quizás es por el nombre que le ha puesto, señora. Impronunciable. Con lo fácil que es llamarlo "perro".
Se lame los labios, planteándose si caer en el juego o si ignorar esa última frase.
(Hace lo segundo)
Me da igual, idiota, si es tu última cena decide tú lo que quieras comer o crees que Jesucristo dio opción a duda, ¿eh?
Hinata idiota.
Lógicamente, no tarda en contestar. Esa manía suya de estar en línea veinticuatro horas de los siete días de la semana. Lo imagina escorando a una multitud sin rostro mientras contesta a un sinfín de contactos; espera que Kenma no esté haciendo lo propio con un videojuego y vigile de vez en cuando que no se vaya de bruces contra un coche al cruzar la calle. Se pasa la mano por la cara para ocultar la sonrisa al ver su respuesta. Aún le cuesta asimilar el subidón de adrenalina que le enfría los músculos cada vez que hablan. Lo deja abotargado, como si le hubiesen dado un bote repleto de somníferos de tamaño industrial y se lo hubiera tomado en el desayuno junto al zumo de naranjas.
Hinataidiota (13:15):
ESTABA TRATANDO DE HACERTE EL GUSTO
IMBÉCIL
Le voy a preguntar a Kenma y tú te quedas sin opinar en el asunto.
AH Y BÚSCATE OTRO INSULTO SEÑOR ORIGINAL.
IMBÉCIL.
Un minuto más tarde llega otro. Rezagado y lleno de malas intenciones.
No me has contestado a la pregunta.
El suspiro le carcome los pulmones. Se le inflan los nervios en la garganta.
Piensa en decírselo, que quiere verlo a todas horas. Aprenderse de memoria cada expresión que puede llegar a formar su cara. Escucharlo reír y ponérselo de melodía para oírlo cada vez que le llamen. Despertarse oyéndola cuando está lejos y lo necesita bajo la piel.
Antes, cuando llevaban una amistad normal –y por normal se dice de hablar sin dobles raseros, sin buscar en la boca del otro una pizca de insinuación que difunda las múltiples posibilidades nocturnas. Una de colegueo, codazo en las costillas y risas colmadas de buenos propósitos– ni siquiera se lo planteaba. Es decir, era consciente de lo que sentía pero no tenía justificación para esa posesividad tan innata que le brota nada más ver su nariz respingona y diminuta, abarrotada de pecas casi invisibles. No, dos meses atrás se mordía la lengua y miraba para otro lado y la idea volaba tan lejos como los globos de los niños que se les escapa entre los dedos cuando una ráfaga de viento los empuja hacia las nubes.
Antes Hinata era ese globo lejano y lleno de helio.
—Eres Kageyama, ¿no? Vaya, tío, ¿Cuánto llevas esperando? Espero que no sea mucho, que hace un frío que pela hasta las mandarinas. Te he reconocido por Facebook, Hinata no para de enseñarme esos movimientos tan alucinantes que hacen juntos. Sois unos máquinas.
Así, a contraluz, no puede apreciarlo con claridad. Alto, pelo oscuro y rizos disparatados, sonrisa amable y campechana. Voz grave y acento raro.
—Soy Iñaqui, hemos quedado un poco más adelante, seguro que Hinata te ha dado mal la ubicación, siempre hace lo mismo. Es un desastre, ¿eh?
Kageyama comienza a entender por qué se lleven tan bien: habla por los codos, parece demasiado feliz con el mundo, no tiene problemas en socializar con las piedras.
—Eh. Sí. Kageyama —dice, pillado por sorpresa, y hace un amago de reverencia con la cabeza, aún demasiado sentado como para forzar el ángulo que recitan las normas de un japonés correcto—. Un día va a perder la cabeza.
Iñaqui le extiende una mano amplia poblada de dedos que se dilatan a lo largo y ancho igual que los de un pianista.
Se la coge, la aprieta. Guarda el móvil en el bolsillo delantero de su vaquero. Iñaqui lo ayuda a levantarse del banco en el cual lleva menos de cinco minutos pero al que estaba cogiendo especial cariño y le arrebata su mochila en un bandazo, sin oportunidad a replicar.
—O hará que todos la perdamos por él.
Yo la perdí hace mucho tiempo.
—Puedo llevar mi-
—Nah —desentiende Iñaqui, encogiéndose de hombros. Agita la mano y la cabeza con parsimonia—. Seguro que tienes el hombro machacado de todo el viaje, déjamelo a mí, suficiente vas a tener que soportar todo el finde. Y Hinata, bueno —enarca unas cejas que son más oscuras que el chocolate en invierno y luego procede—, intuyo que va a estar un poco quejica con eso de no poder comer, pero oye tengo Valium para épocas de sequía, así que siempre podemos inmovilizarlo, hacer que se lo trague y duerma la mona. Yo te enseño la zona.
Delante de ellos marcha un ejército de niños ataviados en uniformes verde lima, con sus sombreros de pesca que se asemeja al caparazón de una tortuga y sus sendas mochilas gris ratón pegadas a la espalda, patrullados por una profesora que podría igualar a McGonagall en templanza. Iñaqui les hace muecas impulsado por ese gen de simpatía que se le activa normalmente a todo el mundo en presencia de animales y bebés. Saca la lengua. Guiña un ojo. Frunce la boca. En resumen: los entretiene del discurso aburrido que está contando la pobre mujer sobre el casco antiguo de la ciudad.
—Y no te cortes, ¿vale, tío? Tú como en casa —le palmea el hombro cuando rodean la fuente. Deja ahí la mano, de reposabrazos— que en nuestro piso no hay ley ni orden. Se tira una moneda al aire y lo que caiga.
Se había mentalizado para retraerse en su caza de brujas contra el compañero de Hinata antes o después. Creía que sería paulatino y supondría más de diez pasos en una misma dirección. Lo más probable es que comenzaran con "¿te gustan los Vengadores?" y entonces "Claro, ¿a quién no le gustan?" y ya si dijera "Soy TeamIronMan, por supuesto" sería el Edén porque sabía de antemano que él de voleibol entendía poco o nada. No obstante, es evidente que no hay quien le pueda caer mal un tío que sonríe a las palomas con todos los malos propósitos del mundo para luego pisar el suelo cerca de sus andares errático y provocar que vuelen, riéndose como hacen los críos en parvularios después de alguna fechoría al verlas aletear lejos.
Hinata 2.0. pero alto y español.
El brazo que lo rodea le detiene al no obtener más vestigios de respuesta que un simple asentimiento por su parte.
—Mira, aquí nadie es muy normal, ¿sabes? A Kuroo le van esos programas de televisión en los que meten a una jauría de la peor lacra social en una misma casa para hacer el paripé y después se gasta los duros mandando mensajes para que echen al que le ha cogido tirria esa semana —testifica, sin intimidarse. Los hoyuelos saturados de barba se le marcan oscuros en las mejillas—, a Kenma se le suele ir la pinza muy fuertemente cuando pierde de vista alguno de sus videojuegos. Y bueno, Hinata, es Hinata. Ya lo conoces. Tiene problemas graves de concentración por no decir una adicción insana al Nesquik —deshace la postura, colocándose la mochila—. Yo soy perfecto, claro está, pero no pasa nada. Tengo una hermana que disfruta haciéndome sufrir, puedes estar tranquilo que el que, de repente, te vea abriendo y cerrando puertas para robarme un par de zumos no me va a suponer un problema.
—Luego no te retractes si te quedas sin suministros hasta el lunes.
La risotada no llega a superponerse sobre el claxon de los coches, ni tampoco le gana al barullo que reparte un grupito de adolescentes a su derecha, pero sí que se eleva hasta anclársele en el tímpano. Le contagia el buen humor y le disipa parte de los nervios.
En ocasiones Kageyama se plantea si se está engañando a si mismo al intentar ser más serio de lo que quiere ser realmente. Quizás se rehúsa a reconocerlo solo por si a los demás les parezca insólito escucharle hacer bromas. Quién sabe, quizás se esté refugiando bajo una capa de aparente comodidad en la cual la excusa perfecta es un trastorno obsesivo para no salir de la zona de confort y romper el cascarón, necesitando siempre a alguien a su lado para que evite caerse al vacío cuando simplemente tiene miedo al cambio.
—Quién te ha visto y quién te ve, pero si sabes soltarte la melena y todo —bromea, codeándole en las costillas. Otea algo a la lejanía, entrecierra los ojos, enseña los dientes y levanta la mano. Todo en una secuencia de breves segundos— mira, están ahí.
Fuera del bosquejo de macetas que rodea el suelo adoquinado, en una de las múltiples entradas sin puerta ni vayas que decoran la plaza, se admira un punto naranja irradiando todo lo demás. Estridente para cualquier hombre a pie, incontrastable para él.
Los polvos que le ha comprado Kenma para hacer batidos hipercalóricos en el gimnasio –ese que frecuentan los fines de semana– pintan bien. Sabores a elegir: plátano, fresa, coco y un tarro pequeño de oreos (que por lo visto es nuevo y sabe a ángeles vomitando gloria. No obstante, teniendo en cuenta que es comida para gente sana a lo mejor sólo les gusta a los habituados a la comida sin azúcar de palma). Su entrenador, ese hombre cuyo método de comunicación es gritar a diestro y siniestro, además de fomentar la motivación personal reflejando su cariño a base de amenazas, abusos y lagunas legales ("¿Cuántos dedos ves aquí?", "cuatro", "di dos", "dos", "estás perfecto para jugar"), le había dado una única y evidente solución para no perder peso los primeros días.
—Te quiero el lunes aquí, ¿me has oído? No soporto perder el ritmo de los entrenamientos —dictamina el jueves por la noche con las cejas negras enarcadas, el dedo índice apuntando en su dirección.
—¿Eso quiere decir que soy bueno, entrenador? —Hinata lo intenta, sonar confiado. Sonríe con unos dientes que a partir de mañana estarán manchados de alambres y elásticos. Posa los dedos en su hombro—¿me echaría de menos si no apareciera?
—¿Te crees un listillo, Hin… —se interrumpe en medio de su cuasi riña para dirigirse al grupo en zancadas. Comienza a agitar los brazos cual pingüino intentando volar— ¡Qué hacen vagueando, muevan el culo, coño! ¡Más rápido!
—Pero si ya hemos terminado, entrenador —replica un valiente, secándose la frente empapada de sudor con el borde de la camiseta. El logo de Adidas le cruza el pecho, amarillo canario reflectante sobre el blanco mojado de la tela—. Yo también quiero irme temprano, que he quedado con mi novia.
Antes de que el equipo al completo suelte una exclamación de burla –que a ver, por muy alto y corpulento que sea ese hombre, si cada vez que tienen un partido importante piensa recitar el discurso de Independence Day, no hay forma de que se lo tomen realmente en serio–, el tío ya está huyendo de sus propias palabras cuando el bueno de Bobby lo escrudiña de mal humor.
—¿Me ves cara de que me interese vuestra vida? Por si lo dudabais, no. Me. Da. Exactamente. Igual. Limpien, recojan o hagan algo, no quiero veros cotillear como cotorras en el parque, ¿es que tengo que decíroslo todo? —se pasa la mano por la frente— El lunes Hinata, me da igual si te sangran las encías, pero te quiero ver trotando junto a los demás o estarás en el banquillo el siguiente partido.
—Sí, entrenador.
—Y te voy a pesar así que cómprate lo que te he dicho. Batidos. Dos al día por lo menos. Me vale que tritures un bistec en la batidora.
Si es sincero consigo mismo, le preocupa lo de no poder comer nada.
Es algo que no le entra en la cabeza. Que los dientes le duelan más que una patada en la ingle. Meterse un bocadillo entre pecho y espalda si se está muriendo de hambre. Arroz con pollo o ensalada de atún y macarrones fríos. Encima él es de esas personas que pierde peso por minuto. Aparentemente se fuma las grasas por combustión espontánea, teniendo que seguir a rajatabla una copiosa dieta de carbohidratos y proteínas. Se le llama metabolismo mesomorfo, a principio del mes pasado lo dio en Fisiología Humana; normalmente se caracteriza por el crecimiento rápido del músculo seguido por un desperdicio exagerado de lípidos en poco tiempo, además de un deseo constante por estar en movimiento. El problema es que el cuerpo pide más nutrientes de lo que una persona normal necesitaría para correr, o siquiera terminar una rutina, por lo que verse desprovisto de dientes dos o tres días puede suponer bajar unos cuantos kilos.
—¿Debería haber comprado más? —inquiere Kenma una vez cruzan el paso de peatón.
El dibujo del Star Bank, un sol pintado en degradados bergamota y superpuesto a un fondo azul marino se vislumbra a la vuelta de la esquina. Cinco minutos. Dos calles. El corazón rugiéndole en el tímpano.
—Para el fin de semana fijo que tiene —Kuroo se peina el pelo azabache hacia la nuca, caminando a sus espaldas con presteza. Acaba de salir de un examen de Técnicas Experimentales después de una semana entera estudiando sin descanso, café en vena de provisión constante para mantenerse espabilado en los entrenamientos tardíos. Medias lunas violáceas bajo sus ojos—. Me han puesto una bureta de 30 ml en vez de una de 50 de prueba previa al examen, ¿es que se piensan que somos tontos? Lo peor es que un par en clase han picado en el anzuelo como peces de agua dulce en el mar.
—Te ha salido bien —insiste Kenma con la voz cansada porque su amigo de la infancia siempre tiene la misma cantinela y no puede parar hasta ver el sobresaliente brillando en su expediente—. Eres el primero en quejarte pero al final apruebas, pesado.
Le echan un vistazo a un escaparate repleto de electrodomésticos y películas cuyo copyright tuvo que haber prescrito después del 2000.
—Eso no es verdad —se defiende, le pasa un brazo por los hombros. Si de por sí es pequeño, así rodeado por una capa oscura y humana, a Hinata se le antoja más diminuto que un libro de mano—. Deberías comprender mi excesiva preocupación por no sacar un diez en todo, a veces se me olvida que tú con un cinco enciendes los cohetes de navidad.
A lo mejor, desde fuera, Hinata sería un chihuahua hiperactivo llevado del cuello por un dóberman. Ancho y delgado y fuerte, preparado para la guerra en cualquier momento, como Kageyama.
—Yo no es que me conforme con un cinco. Por lo menos no ahora en la carrera, pero —se intenta meter en la conversación y, así, eliminar la ansiedad que le ha estado golpeando la sesera toda la semana—, en ocasiones se agradece no tener que pensar más en ese temario. Mejor eso que suspender.
La realidad, esa pequeña y aburrida amiga de la vida, lo ha estado acosando en cada hueco libre del día. Cuando come y los Simpsons están en el descanso. Cuando está en la cola del supermercado y el cajero no sabe sumar dos más dos. Cuando las sábanas tienen los residuos del frío entremezclado en la tela y necesita levantarse de la cama para vestirse los dedos de algodón, embutiendo los pies con calcetines de todas las casas de Hogwarts. A cualquier hora, en cualquier lugar.
¿Y si ahora no le gusto con aparatos?
Siempre ha pensado que Kageyama es atractivo. No hay más que echarle un vistazo dos veces. Tiene los ojos demasiado azules para ser japonés. Su pelo es el más lacio del universo y peinarlo debería ser un derecho constitucional o por lo menos una de esas reglas que se inculcan de niño: "lávate las manos antes de comer", "límpiate los dientes cuando vayas a dormir", "cómete toda la verdura", "di gracias si te dan algo" pues también "quítale los nudos del pelo a Kageyama". Hinata lo haría a todas horas y no se olvidaría jamás.
Posiblemente la mayoría no se frena a valorarle. Detenidamente, con frugalidad. Ya que eso supondría sobrepasar una serie de muros infranqueables que el propio Kageyama ha creado de defensa personal, pero es que es guapo. Guapo a rabiar. Guapo que duele mirarlo más de una vez. Hasta el punto de que luego ve reflejos todos sus fallos en el espejo. Y es que no sólo le sobran rasgos finos y bien puestos y una mandíbula comestible y una piel maravillosa. No. Es que tiene buen cuerpo, el cabrón. Uno hecho para besar y mimar. Para idolatrar hasta el cansancio –algo que Hinata haría, sin lugar a duda–, hasta que no sienta la piel de las manos de tanto tocarle. Está. Bueno. Y punto.
Yo he tenido que aguantarme las ganas entre los vestuarios tres años y tú quizás ni siquiera te has fijado que tengo una marca de nacimiento detrás de la rodilla.
Son dudas tontas, lo sabe, es de idiotas que le preocupe lo que pensaría el resto del universo si empezaran a salir. Pero, también le molesta esa posibilidad. Escucharles rumiar cosas, "pobrecito, ha tenido que conformarse" o "si no pegan ni con cola" y "se merecía más". (Todo esto descartando el hecho de la evidente homosexualidad de todo el asunto). Seguramente dirían que no van a durar ni un asalto, que algo no calza entre ellos dos. Se preguntarían el porqué, el cómo, el cuándo. Todas esas cosas que aún están por verse. Kageyama es el poste, Hinata la bombilla que da luz, y, en algún momento, las bombillas se apagan, se rompen, dejan de funcionar, así que terminan por comprar una nueva. Una que dure más tiempo, que tintinee menos, que de menos problemas y más soluciones, como si las personas se quemaran las unas a las otras al no llevar el mismo ritmo de vida.
—Pillamos la comida y vamos al piso, ¿no? No me apetece estar por ahí —pregunta Kenma, enseñándole un post sobre Lie in April que se titula "El anime que me hizo llorar y no sabía por qué".
—Eres supercruel por recordármelo —le increpa quitándole el móvil. Hace que lo lee. Ignorantes de que en su cabeza las neuronas se encuentran en guerra y contar el remanso de adoquines bajos sus pies es lo único que le calma.
¿Dios y si te parezco feo? Ni siquiera nos hemos besado todavía ¿Y si tener ortodoncia lo hace todo más difícil? ¿Y si por eso no quieres dar el paso?
Kageyama no tiene ningún sentido de la moda. Es el típico que se compra la ropa del mismo color para no tener que pensárselo dos veces. De los que si fueran daltónicos ordenarían los cajones por tonalidades básicas. Siempre va por la vida pisando fuerte con sus deportivas. O tapándose de la lluvia con sus chaquetas de capucha holgada. Jamás le han importado las apariencias de los demás, así que está siendo más dramático que Chandler pidiéndole matrimonio a Mónica en Friends. Se está convirtiendo en la típica chica de película que ahoga el suspiro cada vez que un mensaje le salta en la pantalla del móvil para luego descuartizarlo a "eso significa qué me quiere", o de esas crías que meditan entre clase y sándwich sobre lo bien que le queda el uniforme de la universidad. Pero es que señor, le sienta como un guante que sea azul y blanco, casi hecho a medida para realzar sus ojos; lo que daría por perder la razón en los baños, a puerta cerrada, metiéndole mano debajo de la ropa sudada.
Con todo su equipo cambiándose fuera. A menos de dos metros de distancia.
Lo arrastraría entre risas antes de que los demás abriesen las duchas, empujándolo por la espalda y cerrando el pestillo lo más rápido posible para que no recapacite sobre lo que están haciendo. Kageyama protestaría bajo y ronco. Casi puede verlo. Contra su boca y quitándole el abrigo grueso que lo acompaña todos los inviernos. Seguramente acabaría dándose cuenta de que le gusta hacer esas cosas casi públicas a su lado, con la adrenalina recorriéndole la piel cada vez que alguien grita "dónde está nuestro colocador" y otro responda "desapareció hace rato, seguro que fue a por uno de sus zumos raros". Posiblemente le insultaría porque es de los que prefieren llevar el mando y esta vez se le ha adelantado al mostrarle una posibilidad tan atractiva. Ser descubiertos dándose el lote. Quiero que todos lo sepan. Hinata le metería las palmas calientes de los guantes debajo de la camiseta oscura, diciéndole lo bien que le queda hasta cansarle los labios, que es un jugador increíble. Que es el mejor a secas. Haría de ciego por todo su cuerpo, mirándole con las yemas de los dedos y "Kageyama, baja la voz, ¿o quieres que nos escuchen?" porque quizás no es de los callados. Todo saliva y lengua y destemplanza. Se mostraría débil, se abriría en canal hasta quedarse sin órganos porque confía en él como confía que la Tierra gira de oeste a este.
Qué más da, no va a pasar nada. A él le da igual. Está todo en tu cabeza.
Lo van a hacer bien, por muy diferentes que sean, serán capaces de cortar las malas hierbas. Juntos. Lo han hecho hasta ahora, es un hábito adquirido entre los dos: fluctuar el uno al lado del otro, chocarse y ganarse batallas y sonreír derrotados con la mejilla pegada al suelo.
—Alguien se ha encontrado un perro perdido.
Quien se siente desnortado es él, a pesar de verse guiado por sus amigos hacia el corazón de la plaza y no necesitar un mapa que le indique el camino no sabe dónde se encuentra, ni a donde va, ni lo que realmente requiere para volver a su cuerpo antes de un encuentro inminente.
Los separan diez metros y cada poro de su piel se abre de esa forma tan innata que tienen los pétalos de las flores cada mañana al recibir los rayos del sol.
Ahora llevas camisa, y pantalón vaquero. Y yo tengo la boca llena de metal.
—¡Hombreee! Hinata, sonríe un poco que te he traído un regalo.
Dios. Mío. Por qué estás tan arrebatador. Yo llevo una camiseta de los años de la pera. Y tú te has peinado cuando nunca te peinas.
Y está ahí. Saludando a Kenma y a Kuroo de la mano, apretón y tres sonrisas de abrazo. Desprovisto de cualquier maleta porque al parecer es suficiente colega de Iñaqui como para dejarle llevar sus cosas y usarlo como burro de carga.
—Oye, la próxima vez mándame con exactitud el punto de encuentro. Hinata idiota.
Trata de sonar enfadado, revolviéndole el pelo con tan poca fuerza que podría ser más una caricia que un golpe. Hinata lo intenta, pellizcarle los costados y reírse en el proceso sin que los nervios trasluzcan al respirar demasiado fuerte. Se da cuenta de que se conocen demasiado, que los nervios no deberían estar ahí. Pero lo están, y eso lo hace más emocionante que volar dentro de un túnel de viento.
—Pensaba llegar temprano.
—Tú nunca llegas pronto a ningún sitio.
Le propina un empellón en la frente con el dedo. Lo desequilibra por completo como si necesitara despertar de un sueño.
—Ya.
—¿Te duele? —inquiere Kageyama, poniéndole la mano en el cuello. El pulgar le acaricia la mandíbula.
Pregunta por los dientes, lo tiene más claro que el agua mineral sin gas, esa embotellada que se venden en los restaurantes y cuesta un ojo de la cara pero que acaba pidiendo cuando hay una imitación barata en vez de Coca Cola de verdad. Kageyama no sabe que lo que a él le duelen son las inseguridades chocándose entre ellas. No puede saberlo. Así que Hinata reprime el escalofrío mientras le tiembla la sonrisa desplazando de su mente la tímida posibilidad de una insinuación oculta como sombra de esa preocupación innata y palpable. Le brota la sonrisa, una línea que asciende hasta las mejillas en luna creciente. Sin colmillos. Sin destellos. Sólo labios.
Le da igual. Le da igual. Son cosas tuyas.
—Claro que no, Kageyama. Me voy a comer la hamburguesa más grande que hayas visto jamás.
Tres bolsas repletas de comida basura, varias carreteras surcadas de callejuelas y un monólogo de Iñaqui sobre la importancia de las pescaderías y las fruterías ecológicas después, llegan a un bloque de viviendas. La fachada se erige en cinco plantas como un enano rodeados de gigantes. El edificio, bañado de cantos blancuzcos, posee ventanales anchos de madera. Desde la orilla se puede observar enredaderas pegadas al cristal, pegatinas de muñecos de nieve sonrientes que bien podrían llevar ahí desde la pasada navidad y cortinas gruesas que tapan de la ciudad lo que ocurre dentro de las casas. La puerta marrón los saluda dejándoles entrever un pequeño resquicio de suelo pálido.
—La puerta de abajo siempre está abierta —informa Kuroo, rodándola hasta que choca con la pared—. No tranca por mucho que lo intentemos y el casero pasa de nosotros porque, yo que sé, dice que eso va a coste de la comunidad y él la paga todos los meses. Al caso, que si la ves abierta no te preocupes.
Dentro del descansillo sube la temperatura y a él le entran ganas de quitarse la chaqueta de polipiel negra que le había prestado Arata minutos antes pues por lo visto una sudadera gris no pega ni con cola con una camisa de vestir.
—¿Alguno tiene la llave del buzón encima? —Iñaqui echa un vistazo al manojo que tintinea en su mano derecha, una a una. Algunas refulgen metalizadas de colores chillones, otras necesitan una limpieza a base de agua, limón y sal por el óxido. De llavero le cuelga un pingüino de peluche más pequeño que una pelota de pingpong, algo decolorado y manido— La he vuelto a sacar y no sé dónde la he metido. Siempre igual, Iñaqui —se riñe a sí mismo—.Se supone que el miércoles me debería haber llegado el paquete de Montse.
Kuroo rebusca dentro de la maleta de Kozume tras tantearse las cartucheras comprobando que estaban vacías.
—Que va, si quieres subo y las bajo—señala, negando con la cabeza—. Es que sabía que vendría con ustedes pero, oye, no te estreses que los de correos siempre son igual de lentos, tío.
El chico se rasca la nuez cubierta por una débil capa de barba incipiente cuando el otro también le dice que no. Iñaqui se hincha y se rompe como las galletas en la leche caliente.
—Mi hermana es una pesada. Suele desconfiar mucho con estas cosas y de paso, me acaba volviendo loco a mí. Hoy ya me ha hablado tres veces para saber si ha llegado el cartero —les informa quejándose con guasa. Desde su posición puede distinguir la retahíla de mensajes en Line surcada de cursivas y negritas y frases tachadas justo por la mitad de las letras. — ¿Me ha visto pulgas acaso? No soy un perro esperando todo el día para morderle el cuello, sé que es urgente, pero... Joder, dame un respiro, chica.
Se pisan las conversaciones, anclados en la entrada.
—Las dejaste en la mesita de noche, ¿no? En la mía. Ya que estás sácame la DS y guárdame esto —ordena Kozume, tendiéndole la bufanda negra que antes se le enrollaba al cuello en una espiral mullida—, llevo casi seis horas sin echarle un vistazo a mi personaje del Animal Crossing.
Kuroo silba aguantándose la risa. Hace hueco como puede al trozo de tela entre (por lo que Kageyama puede distinguir) tres libros del grosor de su Código Penal.
—Vaya, eso sí que es un reto. ¿Clases o es que me estás poniendo los cuernos?
—La opción que te parezca más realista, Kuro —por toda respuesta le arrebata la consola, la enciende, sube el brillo de la pantalla hasta sentir que sus pupilas no pueden contraerse más y se dirige hacia las escaleras perezosamente. La mochila a medio cerrar— yo voy subiendo que quiero cambiarme.
—Venga, Ken, no seas así —replica Kuroo, siguiéndoles los pasos. A Kageyama le recuerda a esos tíos que usualmente intimidan bastante con su desenvoltura y labia pero que a la mínima de oposición se amedrentan, encogiéndose en su lugar—. ¿Saco un par de cervezas de las que trajiste ayer? —pregunta levantando la barbilla hacia Iñaqui— No estaban mal.
—Eso ni se pregunta, hombre —recalca, más feliz que Cristóbal Colón después de descubrir América—. Dos, hoy estoy de buen humor.
Entre las pisadas, las barandillas y las ventanas que se ondulan hacia el techo se escucha "tú siempre estás de humor, borracho de mierda". Rastrea hasta encontrar a Hinata con la mirada en busca de un poco de apoyo o entendimiento o algo. La expresión "más raro que un perro verde" le cruza el estómago al verlo así, tan retraído que le recuerda a los niños en su primer día de clase midiendo las palabras que deben decir para caer bien al resto de alumnos; cosa que sería totalmente entendible sino estuviera hablando de Hinata, ese idiota que consiguió practicar durante tres años al voleibol con un equipo femenino entero para no perder el ritmo.
—¿Tú la tienes?
Un abanico de pestañas pelirrojas se agita en su dirección, ausente. Rozando la luna de Valencia con la yema de los dedos.
—¿Qué? —se sobresalta él—. Mmm… Sí, puede que la tenga.
Se aguanta las ganas de chasquearle los dedos delante de la nariz.
Qué cojones te pasa.
—Iñaqui las necesita —sus ojos siguen ahí, afianzados a los suyos y a Kageyama le recuerda al marrón que tiene el ron recién exprimido del zumo de caña. Dulce y duro, de esas bebidas que te dejan con la garganta seca de sed—. Hinata, ¿estás bien?
Las manos hechas puños contra los costados y la boca fruncida en una fina estría. Se infla igual que un gato erizado a punto de atacar. La cola enhiesta mirando al cielo.
—No me pasa nada, Tontoyama —es lo que responde—. Vayan subiendo que yo cojo lo que encuentre dentro.
Que suba dice. Solo. A una casa que desconoce. Con gente cuya comodidad no es más que una palabra fútil en el diccionario. Va a ser que no.
—Estás en Babia, mequetrefe —pica Iñaqui, con un pie en el primer escalón. Se vuelve para mirarlos—. Te dejaré la mochila en la habitación de Hinata —para luego preguntar— ¿Quieres que te saque el zumo de melón?
No da señales de entender la pregunta, como si el melón fuese un raro elemento de la tabla periódica y estuviese buscándolo entre los actínidos, esos pobres rechazados y olvidados en las clases de química.
—No, no. No hace falta. Beberé lo que tomen los demás. Gracias.
Iñaqui lo mira por el rabillo del ojo, y quizás no entienda español y el inglés se le dé de pena, pero el ademán que hace con la cabeza antes de perderse escalera arriba está escrito en el idioma universal de la calle. Casi puede leer el mensaje "inténtalo tú porque yo lo acabo de insultar y no se ha inmutado, así que esto va para largo". Espera a oír el último paso y a desoír el zumbido de la mosca para mover ficha. Deja que el golpe de la puerta haga eco contra las escalinatas.
El muy idiota lo ignora, demostrando la cátedra que posee en La Ley del Hielo. La única que va a tener en su corta vida como siga por ese camino.
Busca con parquedad entre los bolsillos de su mochila. De la hebilla –esa que rueda arriba y abajo– cuelga el mini Harry Potter que le compró por 300 yenes en un puestecito de souvenirs el verano que salieron al cine a ver Monstruos University. Había sido la primera vez que quedaban para hacer algo juntos sin implicación directa del voleibol y, sorprendentemente, había ido bien. Bastante bien, en realidad. No es que él le hiciera especial ilusión ver cómo un par de monstruos se entrenaban con el fin de generar energía a través de los gritos de unos chavales en el séptimo sueño pero debía admitir que sentía cierta simpatía por el personaje de Sulley, normalmente tranquilo y responsable hasta que una bola verde llena de emoción decidía rondarlo con su gigantesco ojo verde y su sonrisa kilométrica asediándolo a nuevas e innovadoras ideas que podían salir genial o desastrosamente mal.
—¿Vas a decirme por qué estás cerrado en banda a hablar o piensas seguir así lo que resta de fin de semana?
—No es que no hable —indica Hinata. La boca de piñón y la mano cerca de una de las cinco taquillas color bronce que se encuentran empotradas a la derecha. Mete la llave en la número 3.
Ahora se cree el rey de las ambigüedades. Venga. Ya.
—¿Es que has rebasado las frases cortas de tus mensajes a la vida real? —interroga porque la paciencia se le está agotando, se le reduce al mínimo a una velocidad vertiginosa y él no quiere verlo en números rojos. Comprime la distancia que los separa a dos pasos cuando se apoya en un tablón de madera situado unos centímetros más abajo de las portezuelas metálicas. Nota cómo se le clavan en la espalda las cerraduras. Todas selladas e impolutas— Pues qué bien, seguro que lo próximo será lenguaje de signos.
Está tenso. Kageyama lo notaría incluso si lo viese a través de una lupa comprada en un 3x1000* de dudosa utilidad y Hinata tuviese el tamaño de una hormiga.
—Sería un modo estupendo de no abrir la boca —reconoce, guardando la llave en el fondillo interno de su abrigo después de cerrar el casillero y meterse el sobre debajo del brazo.
Las burbujas le hacen cosquillas en la nuca una vez se encuentran frente a frente porque lo tiene cerca y quiere tocarlo –es en lo único que piensa, lo único que puede ver cuando cierra los ojos– y debería ser motivo de celebración aquí y en Pekín, sin embargo, al parecer el señorito ha decidido que es un buen día para que se le crucen los cables de mala manera, como si hubiese metido sus auriculares en el bolsillo y mágicamente hubieran aparecidos enredados entre sí.
—Se puede saber qué te pasa. —Se muerde la carne interna y húmeda de la mejilla, maquillando la preocupación bajo una capa de mal humor—. ¿Es porque te duele?
Hinata opta por no moverse, tan reticente a subir las escaleras como él. Se dedica a trazar las líneas que separan los azulejos floreados del suelo unos de los otros, con la punta de unas All Star que una vez fueron blancas y ahora son grises.
—Que va —desmiente y se desternilla. Qué te hace tanta gracia, capullo. La risotada no aflora. Se hunde en el interior del esternón, guarda la risa dentro del cuerpo de la misma forma que el mar esconde secretos en las profundidades—. Te estás montando una película en la cabeza, Kags.
—Es porque te duele y quieres comerte la hamburguesa, ¿verdad? —arriesga Kageyama con su última carta, dado que el muy zopenco no piensa decir ni mu sobre el tema. Si estuvieran jugando al póker él lo tendría todo perdido. Y, encima, lo ha llamado así –con mala sangre, por supuesto, la que nutre sus células– a sabiendas de que puede dejarlo K.O. en un solo golpe y la única forma de esclarecer sus pensamientos sin dejarse llevar por la onda expansiva (esa que se le propaga comenzando desde el pecho) era dibujándolos a voz en cuello— Mira que eres burro, volverás a comer en unos cuantos días. Como mucho una semana, no te creas las boberías que te ha dicho Tanaka por el grupo sobre estar un mes sin probar bocado. Sabes lo mucho que le gusta molestarte. Si quieres...
—No me he creído nada de nada. Sé que la semana que viene podré volver a comer cosas sólidas. No me pasa nada.
—…podemos hacer la dieta de batidos juntos, me da igual. Alguno habrá que me guste. Menos el de plátano, los odio.
Hacen lo que saben hacer: pelear por cuál de los dos suena más alto, más claro y tiene más razón, esperando que sus palabras se escuchen por encima de las del otro hasta plegarse como los papeles en el origami. Siguen igual de cerca, el paquete arrugado (esta vez) entre las manos, y sin embargo ahora hay algo feroz y espeso nadando entre ambos que los separa en diferentes direcciones a cada segundo que pasa.
Hinata dice "ah, vale" indicando "querías decir eso", Kageyama se rasca la nariz.
—No hace falta que hagas nada, Kags. Suficiente es que uno de los dos tenga que mantenerse a base de polvos.
El hormigueo le invade la cara cuando analiza la frase al completo, siente el calor invadirle la piel y quemarle las mejillas, principalmente porque no parece tener ninguna sugerencia oculta, ningún "a base de polvos que podrías darme tú", así que trata de paliar la zozobra tocando la cerradura metálica del buzón. Está fría y él necesita meterse dentro del bloque de hielo que rompió el Titanic por la mitad. Y congelarse junto a Jack.
—Kozume ha dicho que…
El carraspeo de la puerta al abrirse los interrumpe dejando pasar tres caras desconocidas. Dos suben saludando de pasada, una se queda y la incomodidad se le amasa en el estómago. No es momento de socializar con nadie, no es momento para cualquier otra cosa que no sean ellos dos.
—Hola Hinata.
La chica se les acerca desabrochándose el abrigo vaquero. Rebasa el metro setenta y Kageyama no termina de calcular todas las cosas que le molestan sobre ella.
No puede empeorar más la cosa. Primero (pensándolo bien) porque ha llegado por las buenas saludándolo a él, todo simpatías y sonrisa llena de glosh rojo –de esos que podrían cimentar las pirámides de Egipto– y eso tendría que agradarle y no picarle por todo el cuerpo y crear cierta simpatía hacia ella pero no es así en absoluto porque está celoso de esa chica, la que está –por lo visto– autorizada a tocarle en público –le aprieta la mano a modo de bienvenida, por el dorso y no la palma–, cuando él no puede ni sonsacarle media frase, y segundo porque Hinata le sigue el rollo como si fuera el pan de cada día, olvidándose de la conversación que se juegan encima del tablero.
—¿Qué tal, Sachiko? ¿Todo bien por la dulcería?
—Pues mira, sí. Justito quería hablarte sobre eso, me ha llegado a la tienda unos suspiros de Moya importados desde Gran Canaria. Seguro que a Iñaqui le encantan. Él es de allí, ¿no? Siempre se me olvida de que isla es —lo mira un instante— Por cierto, soy la vecina del quinto, y aquellas dos que han subido como almas que las lleva el diablo son Tomoe y Himawari, les ha dado cosa porque son muy tímidas y no te conocen, pero a mí no hay quien me calle ni debajo del agua, ¿sabes? —informa con desparpajo, los pendientes de caracol morado se le enredan en las ondulaciones de un cabello marrón chocolate repleto de mechas claras. Se ahueca la falda beige del uniforme decorado por un pequeño delantal violeta zurcido de ñandutí justo en el borde antes de reanudar el monólogo—, en realidad tengo prisa, pero bueno, seguro que como eres amigo de Hinata me gustarás y serás el alma de la fiesta como él, ¿no?
El cabrón que está su lado hace un intento de estrangular su risa, resoplando para luego desconojarse tapándose la boca con ambas manos. Se dobla hasta las rodillas. Patalea como los chiquillos pidiendo atención. A Kageyama le debería doler un poco en el amor propio que se esté partiendo el culo de él delante de sus narices sin cortarse un pelo, especialmente en las barbas de compañía foránea con la cual no puede aliviar el picor de sus manos zurrándole hasta quedarse a gusto. Sin embargo lo cierto es que verlo desinflarse hasta volver a su piel original le parece mucho más coherente que relamerse en su dudosa vida de juerguista.
—No, vamos a ver —se trata de defender, mordiéndose la lengua—. De qué te ríes, memo.
Le sientan bien esas lágrimas con sabor a buen humor que siempre se le escapan cuando algo es exorbitantemente gracioso. Le sienta bien reírse sin cadenas, en realidad. Hinata, con esa nariz respingona, y el pelo demasiado naranja y esas mejillas redonda de crío de tres años y esa risa histérica y aguda que encharca la sala de miel es lo más bonito, lo más increíble que ha visto Kageyama en su vida.
—Que tú de fiestero tienes lo que yo de alto —exhala, atragantándose con sus propias palabras y por primera vez en lo que llevan de día lo toca, es un codazo flojísimo a la altura de las costillas flotantes, pero suficiente aliciente para avivar el inicio de unas brazas—, es decir, poco.
—Por lo menos reconoces que no has crecido ni tres palmos desde que naciste.
—Créeme he crecido muy bien por todas partes —Le pica el ojo con todas las peores intenciones del planeta Tierra.
No acaba de decir eso. No acaba de soltar esa barbaridad delante de alguien que no conoce. No acaba de hablar de su polla.
Yo es que te mato.
—Sólo te falta decir —comienza mientras se muerde el labio— que eres un tío duro para completar el plan de gilipollas.
—Soy un tipo duro. —Echa el pecho hacia delante como si llevara la insignia de Superman en el esternón y se lo estuviese enseñando. Le levanta la barbilla—. Y el único imbécil aquí eres tú, Tontoyama.
—Claro que sí. —Intenta revolverle los rizos pero éste lo esquiva, enardecido dentro de su orgullo—. Eres tan duro como Will Smith en el Príncipe de Bel-Air soltando caca en vez de mierda.
Esta vez sí lo atrapa. Le tiembla el cuerpo cuando Hinata deja salir el jolgorio, agachado entre sus brazos y sin oponer demasiada resistencia.
—¿Te recuerdo quién de los dos dice pompis?
—Ay, chicos, sois supermonos —les interrumpe ella, atusándose la melena detrás de las orejas. La sonrisa hace que le brillen los ojos negros— En fin, que me tengo que ir porque el turno empieza en una hora y media y este cuerpo no se alimenta de azúcar glas. Además de que os veo muy entretenidos y no quiero hacer de mal tercio.
—Le diré a Iñaqui sobre esos suspiros raros que me has dicho —corresponde Hina, asintiendo.
Kageyama agradece que no insista en que se quede con ellos a tomar el té de las cinco. Hinata es de esas personas incapaces de reprimir su lado social, de los que pueden hablar durante horas con un viejo que necesita ayuda para cruzar el paso de peatón y memorizarse su árbol genealógico. Pero esta vez no lo hace. Esta vez lo mira de reojo, desligado e incandescente.
Le trepidan los labios luchando contras las ganas de sonreír mientras se acarician los nudillos y los huecos entre los dedos se llenan de una piel más clara y tan ajada por el esfuerzo como la de él.
El taconeo rebota cuatro veces.
El primer par es secuencia de un beso en la frente a Hinata, quien lo recibe sin atisbo de asombro. El segundo lo hace en un giro cerrado poniéndose de puntillas, estampándole a él también el pintalabios en la mejilla.
—Es que soy muy cariñosa. —Se disculpa en un guiño cómplice—. Pásense por casa cuando esté y así les invito a un café. Se me da de perlas poner la cafetera al fuego.
Cuando los zapatos altos dejan de sisear a través de las paredes y el oxígeno toma sitio entre los pulmones el ambiente vuelve a enrarecerse. Las inquietudes recuperan vitalidad y se condensan a su alrededor. Se aventura y lo coge de la nuca porque necesita que entienda que está ahí y no pasa absolutamente nada y que si tuviese que auto-hechizarse como hizo Ron por Hermione al escuchar el "sangre sucia" con tal de defenderla, se pasaría horas escupiendo babosas.
—Hinata —le gruñe, del mismo modo que se le castiga a un perro después de hacer algo mal— ¿se puede saber por qué estás así? Pasas de cero a cien en cuestión de segundos.
—Ya te he dicho…
—¿Sabes? —interrumpe Kageyama— Siempre has sido el primero en irte corriendo a los baños porque te duele el estómago sin importarte lo más mínimo que el resto del equipo se esté deshaciendo de los nervios o el que suelta a bocajarro lo que se te cruza por tu cabeza de chorlito, sin pensar dos veces que quizás nos podamos meter en un lío y jamás me ha importado lo más mínimo. Así que no me vengas con estas chorradas de héroe-aguanto-penas porque no soporto un segundo más sin que me lo digas.
A Kageyama le gustaría tener el poder de leer las mentes, sería todo más fácil. Aunque con la suerte que calza quizás le pase como a Edward Cullen en Crepúsculo y se tope contra un tabique infranqueable. Necesita descifrar el caos que se le ondula en la mirada.
—No me gusta llevar aparato. —Suspira y al aire le cuesta entrar, se le atasca en la tráquea, siente debajo de los dedos cómo se le calienta a Hinata la piel—. Rectifico, no me gusta que tú me veas llevar aparato.
Frunce el ceño, estático. Inmóvil en su sitio. Su estómago se niega a ingerir la estupidez que acaba de vomitar por la boca.
—¿Y eso es motivo para no hablar? —añade. Despacio.
—Salivo un montón. Tengo miedo de abrir la boca y que salga a borbotones.
—He leído en internet que es normal, tus encías están tratando de refrescarse.
—Y son naranjas. Igual que mi pelo. Voy a juego con mi ortodoncia.
—Vale, ¿eso es todo?
—Y, bueno. —Observa que los aparatos le rozan la piel fina del labio superior cuando se los muerde. Es la primera vez que se los puede ver—. A lo mejor no te gusta cómo me quedan y sé que no debería importarme tanto pero lo hace.
Ah.
El corazón le estalla en el tímpano. Escucha el chisporroteo abrirse paso hasta la garganta.
Ah.
La sangre se le escarcha en las venas. Y se muere por gritar con el cuerpo entero.
—Ah.
Debería impugnar esos sentimientos de alivio que se le expanden dejándole los dedos de los pies, arrugados y pequeñitos, al comprender que sólo está siendo imbécil –que lo es todos los días del año pero hoy es la orden del día– y jodidamente adorable. Tendría que talar el "encantador" que le brota cada vez que lo observa fruncir la boca en un mohín infantil pues todo el asunto parece ser un problema muy grave en el interior de su cabeza desbordada de cabellera pelirroja cuando, en realidad, resulta más que evidente que la duda no lo va a llevar a ninguna parte. Como si hubiese una posibilidad remota a la que temer en algún universo lejano en el que no le gustasen todas sus facetas, incluso las más terribles. Hinata no comprende, no capta lo integrado que se ha enraizado en su sistema. No vislumbra hasta qué punto su ADN ha perdido forma y ha vuelto a restructurarse creando uno nuevo sólo para él, que lo complemente, que reaccione de resorte en su presencia por si lo quiere ahí, rondándole como los perros persiguen a sus dueños, por instinto y fidelidad. Sería como pedirle a Hachiko (el perro) que se olvidara de aquel profesor, que no muriese por él, que no le esperara hasta su último aliento. Es absurdo que no le guste. Impensable. Le podrían arrancar la piel a tiras mostrándole fotos de su cara hasta condicionarlo al dolor y aun así se penaría maltrecho pensando que le quiere. Y quizás la culpa la tenga él porque jamás le ha demostrado hasta qué punto se le inyecta su presencia en la médula ósea como a los enfermos de leucemia se les suministra líquido cefalorraquídeo entre los huesos a modo de última esperanza.
Pero es que no le ha dado tiempo de decírselo. Que le quiere hasta el punto de ahogarse. Y tampoco está seguro de querer que lo sepa, por lo menos no hasta el punto de descubrir las heridas que le recorren huecos por donde al aire produce sonidos dentro de su cuerpo.
—… es una chorrada Kageyama, lo sé, tú lo has dicho.
—Eres tonto de remate —se da el gusto de propinarle un golpe en la frente con los dedos extendidos.
Le acongoja pensar que puede dejar de gustarle. Pedazo de gilipollez.
—Oye.
—No, escúchate a ti mismo, ¿no te resulta un poco ilógico pensar todo eso cuando no he huido después de verte quemar tu propia casa tratando de encender fuegos artificiales en el jardín?
Tienes la manía de sacarte los mocos haciendo sonar el papel contra la nariz de esa forma tan original que despertarías al mismísimo Snorlax en la fase REM.
Habitúas a echar bilis a mis pies porque no puedes con los partidos de temporada.
Te haces el listillo delante de gente que te saca cinco cabezas. Y solemos perdernos en medio de un bosque por tu culpa cuando hacemos caminatas porque dices que no hace falta mapa y yo me lo creo y luego no tienes ni puta idea de dónde está el norte.
Creo que llevar aparatos o ser una fuente andante son problemas menores, así que déjate de necedades.
—Tienes razón —medita Hinata. Abre la boca. La cierra. Se le expanden las pupilas hasta el infinito, es como si el sol eclosionara detrás de las córneas y le iluminaran los ojos. Hinata lo cree por completo de la misma forma en que se cree a los sordos cuando gesticulan con las manos explicando que no oyen y por eso no pueden hablar, porque nunca han escuchado el eco de las voces—. No lo había pensado así.
—Claro que no, lo tuyo no es pensar en absoluto.
—Te lo voy dejar a ti a partir de ahora.
Y de repente se vuelve consciente de la proximidad irrisoria que los separa, de que a Hinata le queda demasiado bien llevar ortodoncia del color de su pelo y lo más probable es que sea su perdición a partir de ahora, porque se ha dado cuenta y el dentista tiene que ser un genio del arte para haber clavado el tono naranja a la perfección entre el metal. Comprende que su mano lleva mucho tiempo aprendiéndose de memoria la forma de su nuca, una que encaja a la perfección entre sus articulaciones. Le gusta que le acaricien en la oreja, con el pulgar, en la forma caracoleada. Se inclina como hacen los gatos retorciéndose contra las esquinas de los muebles en busca de cariño y contacto en zonas más blandas y sensibles. Nota la pelusilla invisible del lóbulo bajo la yema, la ausencia de piel donde brilla el pendiente negro y redondo.
—Debería romperte los dientes.
Hay un lunar pequeñito, sospechoso y chocolate en la sombra que se le crea a todo el mundo debajo del labio inferior, cerca de la barbilla, y quiere comérselo.
Dios, me muero por besarte.
Podría lamerlo. Con parsimonia. Comprobar si de verdad sabe a cacao o se le ha impregnado del jabón que usa por las mañanas para lavarse la cara. Podría pasarle el brazo entre su cintura y la mochila hasta abrazarle por completo. Se pregunta si será de los que hacen ruido cuando les abren la boca y se la embisten con la lengua. Si a Hinata le gustará con lengua. Si no le importaría que cualquiera los viera dándose el lote en el pasillo de la entrada de su edificio dejando un vestigio invisible pero suyo a fin de cuentas.
—¿Con el puño?
Hinata se la mira, la boca, un lapsus de tiempo tan corto que no es más que una remembranza fantasma y aun así a Kageyama le arde la piel por falta de atención. Se lo está pidiendo. Pégame con la boca. Bésame hasta que no sepa dónde estoy y haz que me duela por todas partes porque las cosas que duelen son las que te devuelven a la vida.
—Acabaría sin nudillos si intentara quitarte la ortodoncia a golpes.
—Estupendo porque quiero besarte y el dolor de muelas cortaría el rollo, ¿sabes? —ronco. De puntillas. Huele a menta y a desodorante. Hay algo más bajo esa capa de césped recién cortado que toma un cariz a calor y tierras desérticas, con sus maravillosas vistas nocturnas donde las estrellas son el único cuadro y señera luz, con sus dunas eternas y altas y tormentas voraces que cubren caminos de huellas, con su sed de agua y piedad.
Te pediría clemencia eternamente y tú no sabrías el porqué, de la misma forma en que no te das cuenta de cómo has cambiado la perspectiva de mi universo entero.
La ingravidez le tira del estómago y se da cuenta de que le gusta la idea. Que le encanta escucharlo hablar sobre ellos enrollándose –en las escalares, en el sillón, entre las gradas, antes de un partido o comiéndose una tostada–, que le gustaría oír si tiene pensado algo en concreto. Para los dos. O si lo de ellos ha sido un simple cruce de neuronas. Si deshacerse en su lengua es una posibilidad a pesar de estar en terreno de nadie. Que, tal vez, acaben de pasar (si se puede llamar así) su primer bache como algo pero a Kageyama le puede en todos los sentidos que tenga los santos huevos de pedirle que le coma la boca como si fuera lo más natural del universo. Háblame así más seguido Hinata, dime qué quieres que te haga. Me subiré a las nubes para buscarte todo lo que necesites.
Él nunca ha probado el sabor de los besos. Probablemente no sepan a nada. A lo mejor sólo sea contacto entre dos cuerpos pero –Dios– si está así con sólo imaginárselo es imposible que sea menos de un estallido nuclear.
Y empieza la cuenta atrás.
Cinco.
Hinata se moja los labios con la lengua, rosa y brillante.
Cuatro.
Le pone ambas manos en el pecho y hace que tiemble entre las piernas. Kageyama le apoya contra los buzones. Hinata se desmenuza sobre sus dedos. A punto de caramelo.
Tres.
Abre la boca unos centímetros mientras le mira la suya, luego a los ojos. La nariz. Se pregunta si será de los que sonríen mientras besan. Si muerde. Si jadea. Si chupa. Podría correrme sólo con verte.
Dos.
Está ahí, su nariz con pecas y a Kageyama se le inflama el cuerpo por dentro como si quisiera salir de una burbuja, romperla, escaparse y volar lejos.
Uno.
—Pero aquí no.
Aquí no. Aquí no qué. Aquí no por qué. Qué tiene de malo el portal de su casa.
Te encanta marear la puñetera perdiz.
Y le relame la mejilla con la lengua llena de saliva, de arriba abajo, justo donde minutos atrás su vecina había implantado maquillaje de despedida. El aire enfría los costados, vuelve a haber espacio entre ambos para bailar y silbar.
Un. Puto. Lametazo. Necesita ir al baño y no precisamente para paliar la catástrofe que se le acumula en la ingle.
—Tú estás loco o qué te pasa—espeta Kageyama, tratando de limpiarse con la manga de la cazadora la zona afectada—. Te voy a echar pasta de dientes en la hamburguesa. ¿Sabes la de ácaros que tiene la saliva?
Hinata se coloca la mochila y regulan las correas hasta que se le asoma por el cuello la pretina superior. Se encoge de hombros, más fresco que una lechuga.
—Lo que pretendíamos hacer no requería saliva, no.
Ironía. La huele. La capta. Capullo.
—No es lo mismo.
—Es que viene la del bajo.
Está a tres respiraciones de preguntarle cómo sabe que otra de sus vecinas va a joderles el momento –o prepararse mentalmente para comerle la boca como Dios estipula dentro de los diez mandamientos, porque está ahí, sonriente y enmarcado en unos hoyuelos repletos de maldades– cuando la respuesta llega por si sola embutida en terciopelo rosa, traspasando la entrada con la misma dignidad que envuelven a las emperatrices en sus reinos de marfil. Está casi seguro de que es la de la plaza. La mujer quincuagenaria les levanta la nariz, se pega el bolso rojo con detalles oropel al cuerpo. Los escudriña como si supiera lo que habían estado haciendo en su antesala y eso fuese uno de los peores insultos que al mundo entero se le pudo ocurrir escupir por la boca. Se queda en la puerta del fondo, cerca de las escalinatas. Aparentemente buscando las llaves. De vez en cuando los observa con el ojo avizor delineado en azul turquesa y frunce la boca pintada de carmín rosa tirando a salmón, esos pintalabios que todas las señoras mayores se esfuerzan en comprar demasiado claros para dar el cante.
—Si no te funciona lo del voleibol podrías ser adivino.
—Tenía pensado comprar un turbante en el chino que hay cerca de mi facultad —bromea, dándole un apretón en el hombro—, ¿nos vamos?
Se miran.
Se ríen entre dientes, rojos como tomates porque aún es demasiado reciente y sienten las burbujas hacerles cosquillas en el estómago.
—El último en llegar es un huevo podrido.
La amenaza parece ser suficiente aliciente para que Kageyama se olvide de la tormenta que tiene en el interior de los pantalones y de la necesidad imperiosas por desinfectarse la cara entera.
Nos vemos en el siguiente capítulo :D
