NdA: Siento mucho decir que no es un nuevo capítulo. He decidido partirlo por la mitad porque cincuenta y cinco páginas en un solo capítulo es demasiado incluso para mi y, entre Pascuas y Carnavales no me había dado cuenta de ello. Estoy de exámenes —los cuales estoy aprobando y con buenas notas— hasta el día 26 de este mes y entonces podré ponerme a escribir con toda la tranquilidad del mundo.

Os dejo por aquí las DUDAS EXISTECIALES:

Super Glue: un tipo de pegamento muy fuerte.

3x1000: Son un tipo de tienda que suele tener muchas ofertas o preciosas desmedidamente baratos.

Lacrosse: es un juego rápido entre dos equipos de diez jugadores. Cada uno usa un palo con una red en la parte superior (denominados "palos" o sticks en inglés) para pasar y recibir una pelota de goma con el objetivo de meter goles embocando la pelota en la red (que es mucho más pequeña que en el futbol) del equipo contrario.

Isa (baile): Es un estilo de baile canario caracterizado por tener un ritmo alegre y vistoso.

Popping (baile): conocido por el Funck Styles entre los que destaca el robot.

Muchkin y La Aldea: el primero se resume en el lema del objetivo del juego que es Mata a los monstruos, roba el tesoro, apuñala a tus amigos. El segundo también es conocido por Los hombres lobos de Castronegro, No voy a entrar en detalles porque en este capítulo no tiene importancia.

Teemo: es un personaje del LOL (league of legends) cuya apariencia es tan adorable como la de un peluche pero es capaz de envenenar a sus enemigos con su Trampa Perjudicial.

Rodamundos: las bolas que ruedan en los desiertos.


IX

—Cuando me vendiste Teen Wolf creo recordar que en la etiqueta ponía: acción, muchas peleas épicas a cámara lenta y un sinfín de bichos andantes por un pueblo con el nombre de comida americana —enumera Iñaqui, echándose un buen puñado de palomitas a la boca. Se lame la sal de la yema de los dedos para luego limpiarse en el pantalón de pijama negro los restos de saliva—. No pensaba que estaba comprando una serie donde el prota es medio memo y él único interesante está demasiado enamorado de la chica pelirroja como para darse cuenta de que el jodido Derek Hale se bebe los mocos por él.

No va de eso —aclara Hinata, porque tiene que dejarlo claro—. Que tú sólo te fijes en lo que te interesas no es mi culpa, jopé.

—Hinata, por favor, cada vez que lo ve lo empotra contra lo primero que pilla. —Se estira en su hueco del sofá, los pies colgando del reposabrazo. Iñaqui es de los que una vez tumbado se convierte en estrellita de mar, secándose al sol—. ¿Me vas a decir que me lo estoy imaginando? Luego voy a buscar en internet, porque estoy completamente seguro de que hay fanfics de esto.

Se agacha para remangar la manta y que no toque el suelo. La mete debajo de los pies convirtiéndola en una burbuja de felpa a su alrededor. Calentita y violeta.

—Los hay. Muy buenos además —añade Hinata tomando un poco de agua. La encía deja de palpitar ante la oleada fría y refrescante—. Normalmente Stiles es el más shippeable, pero el fandom, jolín, es lo peor —niega con la cabeza—. Hay peleas tanto por una pareja como por otra. Lo cual me parece muy absurdo, la verdad. Aunque, pensándolo bien, es normal: Stiles es el mejor.

—¿Perdón? ¿En qué mundo ese larguirucho es nada? —Indignado—. Le salva la cara de niño bueno y que podría hacer más gracia que diez payasos saliendo de un coche en miniatura —Se detiene a robarle más palomitas al ver que el cuenco improvisado que ha hecho con su camiseta está vacío—, pero a Derek yo lo mojo en kétchup y me lo como con patatas fritas. Y eso que no me van los tíos.

Iñaqui tiene de gay lo que Voldemort de humano, es decir, sólo una precaria fachada. A veces, le da el punto y hace comentarios sobre el físico de los tíos como si realmente le gustaran los culos prietos y los abdominales marcados corriendo de esquina a esquina en un partido de fútbol. Dice que hay que saber apreciar la belleza por igual y si un tío está bueno se dice y punto. Coño. Que para eso tengo dos ojos, ¿no?

—¿Tú qué opinas?

Iñaqui a Kageyama.

El susodicho, quien mira enfrascado los escenarios que la pantalla destila en pos de alguna pista sobre la trama principal –Jackson se acaba de convertir en Kanima y no en hombre-lobo–, los mira de hito en hito. Boquea un par de veces. Los flashes de luz que desprende la televisión le mojan la cara desde el flequillo largo, uno que se ha ido despegando a lo largo de la tarde de su anterior estado ladino y que ahora le acaricia el entrecejo; el exceso de sombra recrea su mejilla derecha hasta, la dibuja hasta llegar a la comisura del labio levemente manchada de Snickers. Traza su barbilla afeitada. Antes de contestar se le tensa la expresión, toda la solemnidad del universo acumulada en unas cuantas palabras:

—Stiles tiene tanto TDAH como Hinata.

¿Una respuesta lógica? PUEDE SER, porque se tenía que reconocer a su amor propio que ambos eliminaban el estrés a base de extrapolar euforia y comer en exceso. Sobre todo si es comida envasada. No obstante, sacar a colación la inherente probabilidad de que ambos padecen de un trastorno por déficit de atención e hiperactividad como única conclusión plausible para desviar su evidente incomodidad al hablar sobre chicos es caer bajo.

—Ajam, ahí tienes el punto. Insoportables hasta la médula. —Iñaqui comienza a asentir con la cabeza, para luego mirarle a él con el único fin de increpar—: Dios los cría y ellos solitos se juntan. O en tu caso, mequetrefe, quieres juntarte con él.

Lo que me faltaba por oír.

El primer cojín que encuentra le acierta en la cara haciendo un touchdown.

—Pero, ¿yo qué te he hecho ahora para ese insulto tan gratuito? —El segundo lo coge de arma. Kageyama esquiva con tanta habilidad sus ataques que a la cuarta vez comienza a mosquearse—. Y tú, cállate un rato si no quieres dormir esta noche en la calle, Subnoryama —amenaza, pasando del almohadón para pellizcarle—. Si os vais a poner en mi contra idos a tomar por culo.

Kageyama no tiene cosquillas. Desconoce lo que se siente cuando el cuerpo entero se tensa y los pulmones colapsan, así que aprieta donde más duele, en el hueco entre la axila y el codo. Su hermana se lo enseñó –si por enseñar se entiende hacérselo hasta el cansancio, dejándole moretones del tamaño del Pentágono– ese mismo verano. Por lo visto a los niños de hoy en día les gustan los juegos sadomasoquistas.

—Joder, Hinata —gruñe, tratando de atraparle las manos—. ¿Puedes estarte quietecito de una vez o quieres que yo también te lo haga?

—Pues deja de insultarme, Tontoyama —trata de sonar intimidante, acercándole la mano en formación de pinza—. ¿Quieres pelea?

—Shh —les chista Iñaqui. Las palomitas se cuelan entre las ranuras del sillón después de rebotarle sobre sus cabezas—, que Scott por fin ha dejado de hacer el idiota y ha visto el mensaje de Stiles.

Son las siete de la tarde y ellos no tienen nada mejor para hacer que atiborrarse a porquería industrial y ver series. La cocina a reventar de trastos sin lavar y dos bolsas de basura repletas hasta los topes. Después de zamparse una hamburguesa de pollo con doble de pepinillo, mucha salsa y unas patatas en altos suministros de salitre rallado, tenían toda la intención de hacer algo productivos con sus vidas. Adecentar un poco las zonas comunes y enseñarle el barrio como buen guía turístico. La intención es lo que cuenta, dicen las buenas lenguas, porque nada más quitarse los zapatos y subir los pies al sillón se habían apalancado de mala manera a ver lo primero que se les cruzara saltando de canal en canal. Una cosa llevó a la otra y puestos a ello Kuroo trajo pertrechos calóricos e Iñaqui desdobló las mantas que guardaban en un baúl de mimbre que yace cerca de los sofás.

—¿A qué hora pedimos las pizzas? —Esa, señores, es la pregunta más sí-estoy-gordo-y-me-da-igual que Hinata le ha escuchado a Iñaqui jamás. Y eso que se pasa la vida chascando frutos secos—. No me mires así.

—Tendrías más dignidad si hablaras con la boca vacía.

Iñaqui le levanta el dedo índice en señal de espera mientras hace el esfuerzo de tragar. Se bebe el culo de zumo de naranja que reposa al final del vaso.

—Rectificaré, ¿a qué hora llegan los chicos para que podamos pedir las pizzas?

Repara, pero no mejora.

—Olvídate de marcar a La Buena Masa por lo menos hasta las nueve y cuarto, creo que hoy teníamos un partido de prueba.

El sofá es lo suficientemente grande como para abarcarlos a los tres sin ser sardinas enlatadas. Además hay otro de dos plazas situado a las espaldas de la mesa del comedor-cocina, creando un refugio chiquitito entre asientos almidonados y la televisión. Aun teniendo todo el espacio del mundo, Hinata a veces se inclina y busca a Kageyama debajo de la manta. No hacen nada, ni dicen mucho. Se descubren. Susurran cosas como "qué" y "nada" y "tienes algo en el pelo" cuando es una vil mentira para observarse de cerca. Se desenreda un poco, se tumba y se vuelve a enrolla en la manta y aprovecha la postura recta y formal de su mejor amigo para usarlo de almohada. Una vez escucha que el otro se levanta bajo la excusa "báñate o algo, que te apestan los pies", huye y abarca en su complexión el otro sillón, cogiéndole la mano a Kageyama y acompañándola hacia su pelo.

—Anda, hazme cosquillas.

Tendido sobre su muslo izquierdo resulta más grande y magnánimo y podría zurrarle lo suyo y lo de su hermana si quisiera porque sabe lo mucho que duelen esos pellizcones, sin nombrar que Kageyama de autocontrol conoce más bien poco. Lo más triste del asunto es que Hinata se dejaría moldear por sus puños al igual que el mar se deja romper por las olas, llevadas por sus corrientes y sus tracciones. Tampoco tiene a donde huir, ni quiere escurrirse lejos de sus dedos. Sigue vestido de calle, con esos pantalones vaqueros que parecen abrazarle las piernas en vez de simplemente taparlo del frío y con esa camisa que ahora está algo arrugada en el estómago pero que continúa cumpliendo la función de arrancarle un suspiro cada vez que lo mira de reojo. Se pregunta si se pondría algo así en una cita. Con él. Si le daría la oportunidad de llevarlo a un restaurante con sus velas iridiscentes y su mantel granate, en el cual podría arrastrar la mano sobre el tapete hasta cogerle los dedos. Con sus camareros peripuestos anudados al cuello por una pajarita negra, nadando entre las mesas marmoleadas y el riñón en una nevera como tarjeta de crédito. Si le dejaría revelarle un pequeño intersticio de lo que quiere hacer con él aunque, al final, acaben por desistir en medio del postre flambeado y se den cuenta de que prefieren salir al parque y practicar unos pases porque la etiqueta no es lo suyo.

Contra todo pronóstico sobrevive a su petición sin atisbo de represalia.

—Pero si me canso no te pongas pesado —le advierte, hundiendo los dedos hasta acariciarle la coronilla.

Se le estremece el alma.

—Si alguna vez te cansaras prometo no molestarte. Con nada —da su palabra, una que carece del mismo valor de las promesas hechas en una mesa redonda, ni posee la misma validez de los juramentos hechos con sangre. Sin embargo es la única que puede ofrecer y espera sinceramente que le sirva.

Prometo que si esto no funciona no vas a perderme. Prometo que si algo va mal yo voy a ser el mismo de siempre.

—Imbécil —le tira de los rizos—, déjate de bravatas y explícame por qué Stiles es capaz de aguantar durante dos horas a un tío que le dobla en peso pero es un inepto en lacrosse.

Un capítulo y medio después. Iñaqui se levanta para ir al baño debido a que la naranja –porque, por lo visto, las toneladas de palomitas que se ha zampados no tienen nada que ver– le ha producido estragos en el estómago. Entre quejidos se le atisba un "vete pidiendo la pizza".

Hinata se estira en su sitio ronroneando más a gusto que un arbusto. Se remueve entre el calor de la tela aterciopelada hasta quedar boca arriba. Se destapa empujando con los talones la manta para usarla como almohadilla de sus pies y observa una nuez que baila cada vez que traga a pocos centímetros de su nariz. La serie en pause y la casa sumida en una espesa negrura. De vez en cuando unos destellos de luz vuelven a recargar la sala de esquinas y muebles gracias a los faros de los coches.

—Kags —llama, bajito y confidente—, ¿te estás aburriendo? —Ya es la tercera vez que se lo pregunta y la mirada que le da de respuesta es lo suficientemente esclarecedora para que cambie de tema—. Estaba pensando que mañana por la mañana podríamos ir al gimnasio, dudo que te pongan pegas por ir un solo día. Quiero demostraste que aguanto más tiempo que tú corriendo en la elíptica con el endurecimiento al máximo.

—Eso no te lo crees ni tú. —El pulgar le delinea la forma de la oreja antes de seguir su curso, rumbo a la sien—. Lo mismo dijiste la última vez.

—Eso fue en verano —recalca, atreviéndose a acariciarle el borde de la camisa—. Hay clases de zumba, nunca he ido pero podríamos medir nuestra resistencia y coordinación mano-pie bailando canciones latinas.

Kageyama y movimientos de salsa. El día sería redondo si accediera a echarse un par de pasos al más puro reggaeton.

Sigue enredando y desenredando los dedos entre los mechones incluso cuando se le cansa la mano. La turna con la zurda si la posición no lo ayuda en su trabajo, encorvando la muñeca, cambiando la dirección del recorrido. Nunca esboza el mismo sendero ni de la misma manera. Cincela con las uñas formas en el cuero cabelludo, enviándole oleadas de agua caliente desde la cabeza hasta la punta de los dedos de los pies.

El desafío hace que los ojos se le vuelvan más azules, de los cielos nocturnos, sin estrellas. Amenazantes. La tormenta acumulando lágrimas en sus fauces.

No hay huevos.

Hay frases y luego está ésta. La que te activa el sistema nervioso autónomo en un abrir y cerrar de ojos prorrumpiendo una subida de adrenalina en sangre. Preparados para luchar. Quien sea quien dijo por primera vez ese desafío no intuía la de guerrillas entre colegas que produciría a través de los años. No. Hay. Huevos. Claro que los hay. Por supuesto que los hay.

—Y más grandes que los tuyos.

Va a sonreír porque está segurísimo de que no caerá lo suficientemente bajo como para rebatirle a esa premisa. Observa con regusto el chorro de jarabe de chocolate deslizarse por la boquilla. Se imagina el sabor en la boca. La explosión de sensaciones en el paladar. La miel en los labios cuando Kageyama le paraliza. Una mano en el pecho, otra en el pelo. Tirante. Se inclina y le busca los ojos entre las sombras y Hinata está a su total merced nada más captar la provocación líquida en sus aguas borrascosas. El estómago se le entumece al escucharlo hablar como seguramente hablan los reyes después de oír una ofensa, bajo y ronco y demandante.

—¿Quieres comprobarlo de verdad? —gruñe en su cara. El aliento a mantequilla le roza los carrillos.

Habla de corroborar un hecho. De testificar sus palabras. Y no para probar quién de los dos salta más alto. O cuál de los dos tiene las agallas de comerse las acelgas de su padre sin un vaso de zumo al lado para atenuar el mal trago. No. Habla de bajarse la cremallera y sacar la regla del cuarto, de eso es de lo que está hablando.

—No es como si no me hubiese fijado antes —admite, mordiéndose los labios.

No tiene ni idea si desvelar su época stalker, observándolo de más después de sudar la gota gorda en los partidos y echándolo de menos una vez se hunde en la cama, haya sido una buena idea. Trata de levantarse al ver que vacila porque necesita huir un poco de su calor, de sus malas pulgas y de su boca. No le deja. Siente la flexión de su mano reafirmarse con fuerza, enredándole los dedos en el pelo.

El aire se atasca al inicio de la garganta.

—Esas cosas hay que verlas mejor de cerca.

La tensión de tres años se le agolpa entre las piernas. Su voz se la inyecta en vena, como el azúcar después de una maratón. Los pulmones inspiran y expiran, buscando oxígeno mientras el tono muscular le falla por completo. Su propio dedo, traicionero, ese que antes sólo probaba a memorizar la rugosidad laxa de una camisa cian ahora lo induce al abismo, comprobando que la piel de Kageyama es más suave de lo que se había imaginado nunca, que es dura y aterciopelada.

Quiero hacerte blando por dentro.

—Pues enséñamelas —lo reta, añadiendo—: Total, ya me tienes inmovilizado y al parecer no tengo escapatoria.

Le hubiera parecido insultante ser el único muerto de la vergüenza cuando –un minuto más tarde– Kenma abre la puerta de la calle arrastrando los pies, "Hola, ¿no está todo muy oscuro?", enciende el interruptor que hay al lado de la entrada y los despoja de cualquier solidez que les otorgaba la noche y sus sombras. Le hubiera parecido terriblemente ofensivo no ver un mísero atisbo de color en su cara sin lunares ni pecas.

—Qué.

Kageyama. Rojo como las fresas. Tan recto que podría ser usado de tabla de planchar.

—Nada.

Una distancia prudencial de dos cojines. Kenma abre la nevera y pregunta si quieren algo.

—Kageyama-kun dice que sí quiere algo frío —recalca las palabras una a una. Las paladea en la boca. Recula hasta toparse con el antebrazo del sofá.

—¿Coca-Cola?

Kenma.

—¿Quieres que te mate?

Kageyama.

—Del Polo Norte si es posible —grita, levantándose del sillón. Se muerde la lengua, aguantándose la risa—. Es que tiene mucho calor.

—¿Calor? —vocifera hecho una furia, falla intentado cazarlo con la zurda— Espera a que te pille, imbécil. Vas a querer estar en el crematorio.

El sofá es testigo de una persecución circular. Chocan con las esquinas y el dedo meñique del pie de Kageyama pasa a mejor vida a la tercera vuelta al intentar saltar un trecho para atraparlo. Hinata se separa del mueble porque el muy cabrón tiene los brazos largos y cuando están en el medio (a lo ancho y no a lo largo) es fácil que lo capture por la sudadera, esa que le robó a su padre y le queda tres tallas más grandes. Uno grita "es que tienes una hostia que flipas" y el otro "¿ahora se le llama así a lo que quieres hacerme?". A la quinta Kuroo aparece por la puerta, las cajas de pizzas tan grandes que podrían alimentar un regimiento.

—¿Se puede saber qué hacen?

Las curvas comienzan a ser demasiado cerradas, el techo de la sala parece hundirse a cada giro y el armario del fondo comienza a ensancharse a cada paso en falso que da. Se ahoga entre la saliva y la risa y el trote sin sentido.

—Kageyama tiene calor —indica Kenma con dos vasos en mano. En uno flotan tres cubitos de hielo.

—No creo que sudar le ayude mucho —opina Kuroo, dejando las cajas en el centro de la mesa—. ¿Me has echado de menos?

Hinata lo escucha contestar "me acabas de dejar en los aparcamientos" y lo ve sentarse en la esquina más distante de la mesa, lejos del peligro y cerca del espectáculo, depositando la Coca-Cola helada junto a la comida en el tapete y abriendo su portátil. Por el rabillo del ojo, ve la mano extendida de Kageyama y luego su flequillo negro ondeando en la frente. Las cejas en una eterna guerra. Los pómulos serios. Decide que es hora de dejarse capturar. Total, en algún momento tenían que parar y esconderse detrás de Iñaqui –quien, seguramente, había avisado a Kuroo para que pillase yayaya las pizzas– no era una opción viable porque sería como juntar el hambre con las ganas de comer.

—¿Me vas a pegar?

Le roza la espalda.

—¿Tú qué crees?

—Que me vas a hacer un batido fantástico antes de comerte la pizza porque me duele la boca.

Vacila entre los sillones y ralentiza sus pisadas. Las risas flotando alrededor. Nota el zarpazo de unos dedos en la espalda y se deja atraer por esa fuerza que a menudo veía surcar las canchas. Sin respiración. Fluye junto al tirón de la ropa sin presentar ningún tipo de resistencia mientras Kageyama le da la vuelta y le jadea en la cara porque hacer el trompo en una rotonda improvisada puede cansar hasta a Usain Bolt. Aunque Hinata intuye que quiere estar enfadado –parecerlo, al menos. Escudriñándole con la mirada y dibujando esa expresión de ogro en su ciénaga– y apretarle el cráneo con la mano entera o propinarle un capón en la nuca que le doliera lo que resta de mes, hay algo que se le retuerce en la mirada como si realmente le creyera en su pequeña triquiñuela.

—¿Te duele?

Supura preocupación.

—¿Te estás haciendo un blando, Yamayama?

Chasquea la lengua y le pega en la nuca. Flojito. Por si acaso el golpe le acentúe el dolor. Una excusa barata para agarrarle del cuello y olerle de cerca.

Hinata.

El ruido de na batalla, voces mecánicas y Kenma gritando "¡Pero tío no me robes el farmeo, joder, que lo tenía a huevo!" a un Kuroo muy perdido, burbujea la habitación hasta que Iñaqui llega caminando en zancadas y rascándose la barriga.

—¡Pizza!


Kageyama entendía que convivir con más de un gato o de un par de personas hechas y derechas (véase, sus padres) incluía cierto nivel de desorden que él era incapaz de tolerar. Es algo que lo superaba con creces y que podría solo asimilar después de unas cuantas décadas de por medio. Cuando (a lo mejor) no se codeara de postadolescentes desordenados. Porque, por lo visto, están capacitados para recoger la mesa, reorganizar los platos sucios, tirar la basura y apilar la loza en el fregadero hasta mañana –Good night. Arrivederci. Bon voyage. Adiós. En el idioma que quieran.– pero no para dejar la cocina higiénica y ahorrarse el marrón de limpiar el día siguiente.

—Puedo hacerlo yo —repite, por enésima vez, Hinata. No lo ve y sin embargo lo escucha deslizar los calcetines de Gryffindor sobre las baldosas y sorber el batido de fresa kilométrico a sus espaldas—. Mañana me toca a mí.

Mañana.

—Tú termínate eso de una jodida vez. ¿No querías ir temprano a entrenar?

Ahoga la respiración en la garganta al frotar uno de los platos, repletos de surcos marrones y tropezones y algo parecido a un trozo de zanahoria. Abre el grifo. El agua congelada resbala fuera las manchas y el lavavajillas verduzco.

—Es que no me gusta —solloza quejica, poniéndose de puntillas para mirarlo por encima del hombro. Apoya la barbilla en el hueco del cuello—, sabe a yogur y odio el yogur con toda mi alma. ¿Se puede saber por qué pone sabor fresa si es sabor yogur con algo de fresa? Espero que los demás sepan mejor.

Coloca los vasos en fila india. Asépticos y relucientes en una estantería situada estratégicamente superpuesta al desagüe para evitar que la loza mojada gotee sobre la encimera.

—Acostúmbrate porque es lo que vas a estar tomando una temporada.

—De verdad, ¿no podríamos hacer esto después de ir al gimnasio?

Hinata.

—Hinata nada, que me gastas más el nombre que mi madre. —Por el rabillo del ojo aprecia que se sienta junto al microondas y muy a su pesar nota el frío acariciarle la espalda al no tenerlo cerca—. Estabas super bien y de pronto, ¡hala!, te conviertes en un robot de la limpieza. Cleanyama 3.000, si lo pides a las doce de la noche te llega en menos de una hora. La tienda en casa. —El retintín a burla se le introduce bajo la piel mientras él dobla un trozo de servilleta con flores amarillas estampadas a lo largo y ancho de las hojas—. Sabes que no te he traído aquí para que hagas de chacha, ¿no?

El gel de cocina huele a limón y la espuma chorrea de la esponja al presionar contra la base de los cuencos. Hay un charco enorme en la oquedad del fregadero y Kageyama se recuerda mirar la cañería antes de irse por si los restos de comida se han acumulado en el fondillo, tupiendo el sumidero.

—Que no vaya por ahí exponiendo mis manías no quiere decir que desaparezcan de la noche a la mañana.

—Dudo mucho que el psicólogo esté de acuerdo contigo en que ponerse a limpiar la cocina a la una de la mañana sea bueno para tus manías.

—No estudias precisamente psicología como para saber lo que me viene bien o mal —responde de mal humor, colocando la tabla de cortar al final de una banda de platos.

—¡Oh, vamos! Sabes perfectamente que esto no es por la limpieza, ¿no crees que hablar del tema también sería otra forma de paliar la ansiedad?

Claro, es tan sencillo decirlo.

A ver cómo se las ingenia para explicarle que fregar la loza es mucho más fácil que poner en palabras sus fracasos.

—No tengo ganas. —Observa al caño de agua diluir el jabón del fragüero y no es hasta que lo cierra que añade—: Es tarde y tampoco es un tema del que quiera hablar ahora mismo, ¿sí?

Más adelante. O nunca. Son dos opciones óptimas.

Iñaqui no tenía la culpa de querer saber cómo le iba en la universidad. Si le gustaba. Si se veía cerrando casos importantes o dándole al sello en una oficina o si creía que era una opción poco viable que terminaría comiéndose parte del tiempo que podría dedicarle a entrenamientos intensivos. No tiene ni idea de lo poco que le importan los parciales en comparación con La Selección, tampoco tenía la culpa por tener curiosidad sobre sus exámenes y sobre. De sólo pensar que la sub-21 puede volver a llamarlo para que haga nuevamente de cebo en los entrenamientos le producen ganas de meterse en un operatorio y zurcirse las vísceras del revés. Es la segunda cosa que más abotarga su cabeza. También dudaba que Kuroo quisiera ponerle a caminar sobre la cuerda floja al preguntarle sobre Oikawa, entre pizza y refresco, y su reciente operación, "Seguramente te harán titular este año, ¿no? Ya que está fuera de combate". El segundón. La bilis le corroe la garganta. Que es bueno pero no lo suficiente como para que lo escojan sobre el Rey de la cancha.

Gran Rey.

Incluso Hinata aún lo llama así. Después de tres años continúa clasificándolo como el rey de los reyes.

La cocina es casi del mismo tamaño que la de su piso, algo más pequeña y acogedora por los azulejos malvas que cimientan las paredes. Mucho más vieja y repleta de un sinfín de armarios empotrados de madera que guardan una cantidad ingente de comida, golosinas, paquetes de pipas y tetrabrik de pera-piña. Coloca el batido rosa en la estantería superior de la nevera y pasa una bayeta mojada con lejía a la superficie empedrada, dejando un rastro pulcro a su paso. No es hasta que enjuaga el paño debajo del chorro y lo escurre que Hinata se atreve a hablar. Un avión blandengue atraviesa el aire en su mano derecha.

—Mira, no te voy a dar mucho la tabarra, te lo prometo, pero tienes que dejar de automachacarte —dice y se relame los labios siguiendo con la mirada la punta de la avioneta. Las piernas le cuelgan desde la encimera— porque no te sirve absolutamente de nada. Y sé de buena mano que por mucho que yo te repita hasta la saciedad lo increíble y genial y maravilloso que juegas vas a continuar sin hacerme ningún caso.

Una sombra corpórea se asoma desde la entrada y si fuera más temprano, estuviese en sus cinco sentidos y la conversación tratara de la falta de conciencia sobre el medioambiente, se hubiese pegado el susto de su vida.

—Mañana a las nueve, ¿no? —indica Iñaqui, todo legañas y pasta de dientes. Se frota la lengua con el cepillo, añadiendo— No me dejen solo en la clase de zumba.

—Que no, pesado. —Hinata tira el avión. Vuela medio metro y se estrella contra el suelo—. Vete de una vez a dormir.

—Ya no me quieren en esta casa. —Niega con la cabeza, blandiendo el mango de la brocha para luchar contra el marco de la puerta—. Ya me echarás de menos por Navidad.

Le señala con el dedo corazón, se despide "Que descanses Kageyama, puedes huir a mi habitación si el mequetrefe no te deja dormir" y se sumerge en la oscuridad del apartamento.

—Vámonos a dormir, anda.

Recoge el aeroplano –que tiene más de plano que de aéreo– del suelo y lo deja encima de una mesa que decora el núcleo de la habitación.

Nonono. Hasta que yo no termine, tú no te vas a dormir.

El problema que tiene Hinata es que necesita saberlo todo, con sus explicaciones longitudinales y sus razones plausibles bien entendidas. Igual que le reconcome no soltar por la boca todo lo que se le pasa por la cabeza hasta darse a entender con total claridad. Así que Kageyama se resigna, comprendiendo que es una batalla perdida resistirse a su discurso.

—Vale, venga, pero suéltalo de camino a la cama.

Parpadea un par de veces, cejas pelirrojas y hundidas. Ojos de caramelo que gritan no creerse ni un pelo de esa absurda petición.

Acaba aceptando después de bostezar tres veces seguidas.

La gente se piensa que su relación es un poco injusta porque usa la fuerza bruta para charlar en vez de poner en palabras la rabia que le revienta las entrañas cada vez que deja caer chorradas tras chorradas. Ciertamente, sí, quizás tiene la mano un poco suelta y se atiborre a darle capones cada dos por tres pero es que –es que– si analizaran con total determinación las idas y venidas de su amistad podrían apreciar que el doblegado, amarrado y dominado es él. Hinata pide papas con queso y él se conoce al dedillo cada área del supermercado para ir a tiro hecho y coger su preferido. A Hinata le apetece ver Shingeki no Kyojin pero no desea repetir el capítulo anterior porque el señorito opina que es demasiado aburrido aunque Kageyama no entienda ni un pepinillo de lo que va. Pues da igual, lo ven y punto. Llevan así desde que se conocen, desde "quiero abrir los ojos y me da igual si eso te produce una embolia mental". Y yo soy el puto rey de los cojones, venga ya.

—Quieres nadar en mares cada vez más grandes y hondos y me parece bien¡Ay! —se queja en medio de su discurso al pasar entre los aparatos un pequeño cepillo dental.

Se las apañan para caber delante del espejo, lavarse los dientes sin gotear pasta de menta y eucalipto y usar el lavamanos a la vez. Kageyama observa el reflejo de Hinata. Tiene el pelo enmarañado y los párpados caídos de sueño.

—Ten cuidado, zopenco —riñe una vez extiende el brazo sobre su hombro y moja las cerdas manchadas de dentífrico. Remueve el dedo pulgar hasta despojarlo de los restos mientras Hinata se revuelve contra su pecho y escupe el enjuague bucal.

Se echa otro vaso colmado de un líquido rojo que huele a jarabe en la boca.

—Yo voy a estar ahí para apoyarte y bajarte los humos si te subes a la nube —prosigue, haciendo gárgaras. Hincha los mofletes. El derecho, el izquierdo. Los morros como sello de la cara—. Pero ya deberías tener en cuenta que compararte con los demás no te hará mejor jugador. —Deja que el agua limpie la pista blanca que decora el lavamanos—. Está bien tener ídolos y tomarlos de referencia pero no me gustaría que empezaras a peinarte el pelo hacia atrás como Oikawa, creo que te quedaría fatal.

La voz de Hinata es un susurro cariñoso que recorre la noche como la luna creciente ilumina las calles de Kyoto.

—No estoy pensando en comprarme tres kilos de gomina de momento, gracias por tu preocupación —sonríe, pasándole la toalla de mano color mostaza. La sola idea de pegarse cinco horas acicalándose las greñas le parece totalmente paradójico.

Apagan la luz del baño y caminan en silencio entre las cuatro puertas que engalanan el pasillo –regularmente blanco pero que ahora sin ningún foco artificial cobra cierto tono cárdeno–. Hinata abre la puerta de su habitación con cuidado de no hacer ruido y enciende rápidamente una lámpara flexo negra situada junto a su portátil, en esa mesa que suele ver de manera parcial en sus videollamadas. Quizás más tarde le eche la culpa al cansancio o a las ganas de verle o que echarle de menos le almidona los músculos pero cuando su mejor amigo hace un hueco en la única cama –individual, pequeña y acurrucada cerca de la ventana– no lucha contra su propio cerebro ni contra el trabalenguas de su boca para preguntarle sobre ese segundo colchón de muelles que le había prometido por teléfono.

—Si no te han dicho nada es porque aún no han avisado a nadie, Kags —musita más dormido que despierto. Arremolinado entre la pared y el edredón nórdico y su propio cuerpo—. No ha salido la lista de los seleccionados, y sólo llevamos un par de partidos de temporada. Dales tiempo para que asimilen que hemos conseguido llevar al Karasuno tres años consecutivos a las Nacionales y que las hemos ganado todas, ¿crees realmente que pasarían por alto eso? —chasquea la lengua y se ríe. Débil y de ensueño. Nota que se mueve a su lado y se obliga a no tocarle la espalda, más pequeña que la de él pero más grande de lo que muchos piensan—. Además, si lo que te preocupa es que llamarían al Gran Rey si estuviese en plenas condiciones, ¿por qué no les demuestras cuando te llamen –porque te llamarán– lo que se han perdido todos estos años?

La cama se hunde a su lado, se rellena de calidez. Hinata reposa la cabeza en su almohada y apoya la mejilla en su hombro.

—Estoy seguro de que quieren lo mejor de lo mejor y en ocasiones eso lleva su tiempo encontrarlo —respira profundamente como dejando que las ganas de dormir se lo lleven lejos—. Pero tú lo eres, siempre lo has sido.

No quiere gastarle el nombre. Le ha pedido que no lo haga. Mas esa noche se duerme con sus palabras tatuadas en la piel, el corazón demasiado grande en el pecho y su nombre como mantra.

Ay, Hinata.


Ese sábado por la mañana, después de engullir el desayuno con el tictac del reloj resonando contra las neuronas, se meriendan las calles de Kyoto con el golpe de los talones en el cogote. Se les habían pegado las sábanas. A Kageyama e Iñaqui. A Hinata le había despertado un dolor de muelas importante. De muelas, de encía y de dientes en general, por lo que el batido de yogur de fresa entró en su sistema como el agua se filtra entre los dedos bajo la alcachofa de la ducha. Frío de la nevera. Helado por esos dos cubitos de hielo en forma de palmera que le había robado a Kuroo del congelador.

Salieron escopeteados del piso, con tanta prisa que ninguno de los tres se dignó a cuchichear media palabra durante todo el trayecto. Casi corriendo entre las angostas callejuelas. A veces Iñaqui indicaba "por aquí", jadeante y rojo, alargando el brazo y señalando la siguiente curva, "en ese sentido". No tendrían tanta prisa si la noche anterior se hubiesen mordido la lengua. Uno de los tres, al menos. A ver quién era el graciosillo ahora de desinflar el pecho y recoger la piedra, después de tirarla lejos y esconder la mano en el bolsillo del culo. Una apuesta. Lógico, si solo se tratara de Hinata y Kageyama siendo ellos mismos, no obstante cuando Iñaqui se cuadró de hombro y levantó la barbilla –trozo de pizza en la boca– aseverando "pues yo se bailar una isa, estoy segurísimo de que puedo espachurrarlos moviendo un solo dedo" se abrió un agujero en la tierra mostrando las fauces del averno.

El envite no tenía premio ni castigo, salvo la dicha de fanfarronear eternamente. Y eso, claro está, es un aliciente más que loable para propiciar la tercera guerra mundial. Y (quizás) dar el cante en la fiesta bailando en el corillo de los invitados.

—Dais asco, tíos. ¿Se puede saber cómo están tan enteros tras el trote que nos acabamos de pegar? Me voy a comprar una barrita energética —indica Iñaqui media hora después en la entrada del gimnasio, inhalando tanto oxígeno que se atraganta al hablar. Mira el reloj una vez más antes de encaminarse hacia una máquina expendedoras de golosinas, que de golosinas tiene más bien poco— ¿Quieren algo, chicos? Al final hemos llegado con tiempo de sobra, quedan quince minutos.

Niegan a la vez. Notando los latidos frenéticos contra la yugular.

—He ganado yo —se adelanta a decir Kageyama, con una sonrisa de orgullo pintándole los mofletes.

Nada más perder de vista a su compañero de piso, se agacha en la moqueta verde para amarrarse correctamente las deportivas estampadas en un degradado de azules. Desde el más claro turquesa al más oscuro índigo. Tres lazos de conejo perfectamente anudados.

Claro, para ellos la competencia empezó en el vientre de sus madres.

Debe admitirlo por su entereza mental, si bien no suele tener ningún sentido de la moda, cuando se trata de vestir ropa deportiva parece acertar marcándose un pleno. Por supuesto, sin pizca de variación en la gama cromática. Le mordería las medias negras, tupidas y térmicas que se ha puesto debajo del pantalón corto (obviamente negro) hasta roerlas con los dientes y lamerle la piel pálida que calientan.

—Si ese señor no te hubiese dejado pasar a ti primero en el paso de peatón hubiera ganado yo.

—Te recuerdo que vamos a deshacer el camino de vuelta a casa —advierte—, si quieres podemos medirnos de nuevo. A ver si te crees que porque me hayan dejado adelantarte tres segundos no te voy a ganar corriendo en una carrera normal.

La prueba viviente de que Kageyama puede ser adorable –a casa, de solo pensarlo le recorre un escalofrío por la espalda. Porque no es su casa, no hay cosas que la conformen como hogar pero hay algo que lo impulsa a quitar el "tu" de la frasee imbécil al mismo tiempo.

Emprenden el camino hacia el mostrador, alargado y blanco, postrado a la izquierda de una salita de espera. Ésta se encuentra abarrotada de vitrinas con merchandising del gimnasio (Tora), además de unos cuantos butacones amarillos individuales que encierran una mesilla de cristal repleta de revistas. La dependienta los atiende –el otro juguetea con el móvil– con una sonrisa de anuncio, coleta rubia de caballo y uñas rojo pasión. Por lo visto la primera vez es gratis (aunque Hinata perjura haberse releído unas mil veces el itinerario de actividades en el cual también pone un listado con sus precios, entre los que rezaba 800 yenes por día), así que Kageyama solo debía rellenar un formulario con sus datos.

—Si vas a escribir con esa lentitud, la tortuga llegará a la meta antes de que nosotros podamos entrar en la clase de zumba, Pesadoyama.

—¿te puedes… callar? —pide, subrayando un par de términos—. Y es la liebre la que no termina la carrera, ignorante.

Así, con la lengua rozándole la comisura de la boca y trazando letras con sumo cuidado, le entran ganas de protegerlo del mundo entero y refugiarlo en su cuarto lejos de las miradas insidiosas que la dependienta les echa cada dos por tres. ¿Es que no tiene nada más que hacer que peinarse el pelo y comérselo con la mirada? Es demasiado obvia. Sus pensamientos lo son. Puede oírla preguntarse qué llevará debajo de la ropa. Cuestionarse qué ejercicio hará para tener los brazos tan fuertes. No se toca. Aun no tiene etiqueta, pero dame tiempo. Seguramente fantasea con quitárselo todo y verlo luchar contra alguna máquina que lo haga sudar para tener una excusa de secarle con sus manos. No lo mires. Sé que es guapo pero lo único que le vas a dar es un pase hacia el interior del gimnasio, gracias.

—Si alguno de los tres condujera hubiéramos llegado en un periquete —lamenta Hinata, recostándose en el mostrador y alargando la mano para coger el folleto de un spa. Lo rompe por las esquinas.

Quizás ha sido una mala idea ponerse el pantalón de chándal beige. Siempre le produce un efecto invernadero alrededor de las piernas.

—Quizás dentro de un mes.

—¿Cómo que dentro de un mes? —repite Hinata, pasmado. Tira una bolita de papel.

Oye que recita en voz baja un párrafo. Para los exámenes prefiere pasarse por el forro las diapositivas con grandes textos pero ahora se lee la letra pequeña con una lupa imaginaria. Ay que joderse.

—Espero tener coche para finales de año.

QUÉ.

No lo pillo.

—Tontoyama. —Se le pega al hombro y le arrea un par de palmaditas en la espalda. Casi ha colado la broma, han faltado burros volando, pero casi le compra la idea—. Sabes que para conducir tienes que pasar una serie de exámenes, ¿no? Y que te den un papelito como Apto.

—Ya. Lo sé —es lo que dice, mordiendo el bolígrafo de flores—. ¿Tú recuerdas cuando me dio la alergia rara? Esa con un montón de sarpullidos por el pecho.

Pero A VER.

—En Julio de 2015, creo, o Junio ¿se puede saber por qué tienes que poner eso? —Le arrebata la hoja—. Kageyama, tú eres tonto de remate, en observaciones tienes que poner alergias no brotes extraños producidos por vete a saber qué mierda comiste.

—Fue alergia.

Hinata suspira, notando cómo la conversación deriva a aguas turbias que le interesan más bien nada.

—No. No fue alergia. Tú lo sabes. Yo lo sé. Y el médico te explicó que tu cuerpo reaccionó así ante algo en mal estado, escora un poquito la hipocondría que no tenemos tiempo y quiero saber eso de que vas a tener coche antes de bailar Rabiosa de Shakira. —Le devuelve el papel de mala gana—. No voy a poder darlo todo y al final sabrás que he perdido sólo porque no me quieres contar nada.

Pucheros. Carita de cordero degollado. Pestañeo que induce a la diabetes. Si de algo está orgulloso es de saber cómo metérselo en el bolsillo en menos de un minuto. Al final termina por dejar que las preguntas las haga Hinata directamente. No antes, claro está, de hacerle un breve resumen sobre la vida paralela que vegeta a sus espaldas.

—Escribe y habla —le ordena señalando la hoja de registros y volviendo a desmigajar el folleto entre sus dedos—, ¿cómo es eso de que te apuntaste la semana pasada en la autoescuela? ¿En qué momento pensabas decírmelo? ¿En qué mundo vives para no sacarlo a colación en alguna de nuestras tantas conversaciones por Skype?

Indignado. Histérico. Porque –vale, muy bien– puede ser que su amistad últimamente pendiera de un fino hilo y ciertamente el orden de prioridades hubiese dado un giro asombrosamente dramático desde el-día-que-no-debe-ser-nombrado pero enterarse de que se estaba sacando la licencia de conducir así le sentaba peor que meterse un bombón de chocolate en la boca, morderlo y comprobar que tiene licor de frambuesas por dentro.

—No es para tanto, idiota —es lo que se digna a responder el muy gañán. Kageyama garabatea su nombre y acepta cosas que nadie lee con detenimiento—, todo el mundo se lo saca alguna vez en su vida y mi madre está de pesada con que se necesita otro conductor en la familia… Para que le haga de taxista, seguramente.

Quiere preguntarle muchas cosas. Si le ha parecido difícil sacarse la parte teórica, o si se ha dejado un pastizal en la prueba médica para el examen teórico del próximo jueves. Si va a coger el Nissan Micra que lleva aparcado medio año en el garaje desde que su madre decidió que sólo usaría el Mazda Cosmo, "ya está viejo y hay que darle uso, además me pone demasiado nerviosa la gente que se salta las señalizaciones en la autopista y me daría una pena terrible que destrozaran el coche nuevo". O si ha pensado en algún plan para los dos cuando pueda recorrer autopistas. Sin embargo la lengua le quema dentro de la boca por recrearse en otras preguntas.

—¿Por qué no me lo dijiste? —Un grupo de gente estira cerca de ellos, al lado de la puerta corrediza de cristal que se abre ante el más simple movimiento. Hay dos chicas que parecen nuevas y no terminan de encajar con el resto (pintadas de calle pero con leggins Nike). Hablan entre ellas, sonrojadas y soltando risillas nerviosas cada vez que el entrenador les comenta algo—. No es que quiera que me lo cuentes todo. Es decir, si quieres sí, pero estas cosas se supone que debemos contárnoslas, ¿no? Si un día me compro un unicornio pienso pedirte que me acompañes a buscarlo.

Parece mentira que le esté dando una charlita de confianza a estas alturas del partido. A lo mejor se besan y se entera de que tiene un hijo con el espíritu santo o que le abdujeron los extraterrestres mientras dormía y ahora puede hacer levitar objetos como Eleven en Stranger Things. Vete tú a saber. El caso es que a Hinata le repatea en las tripas sentirse tan desconectado de su día a día cuando daba por hecho que se contaban más allá del tazón de leche que se ponen por las mañanas viendo Shin-chan de desayuno.

—Pongo la mano en el fuego porque me llevarías sólo para que limpiase su caca.

Entrega el formulario tratando de sonreír. Es una sonrisa fingida, que ha practicado múltiples ocasiones delante del espejo para no aterrorizar al populacho al mostrar los dientes –incluso en alguna ocasiones, con el paso de los años, se la mostraba a Hinata parecido a lo que hace un crío cuando llega de clases y quiere enseñarles un dibujo a sus padres–, no obstante es más que suficiente para que la chica de recepción se le corte la respiración y se incline en una reverencia que se vuelve un método infalible para mostrar el escote.

—Los unicornios cagan arcoíris, eso no se limpia.

Estampa la tarjeta del gimnasio en la pantalla del detector y aguarda a que pite la máquina, dándoles acceso libre. Ruedan la portezuela giratoria al entrar.

La sala está regada de máquinas y personas. Les inunda un olor agrio y espeso, el plástico caliente y el sonido de la música transitan hacia ellos mientras recorren el suelo enmoquetado. Iñaqui espera junto a una puerta metalizada, al fondo del pabellón, charlando con un par de señoras que seguramente les darán una paliza en cuanto resuene la primera canción.

Para llegar a los vestuarios tienen que sondear una cantidad ingente de pseudodeportistas sudorosos y una amplia gama de elípticas. Cuando traspasan el marco de los baños, la temperatura aumenta unos grados de golpe. Las saunas del fondo despliegan calor en un lengüetazo de humo caliente.

—Te has dado cuenta, ¿no? —inquiere Hinata, encajando la maleta en el casillero.

La vuelve a sacar al darse cuenta de que aún tienen que comprar agua y la cartera está en el bolsillo interno.

—¿De qué? —pregunta Kageyama sentado en uno bancos sin respaldos. Se ha puesto una traba gris en el pelo para evitar que el flequillo haga de cortina y se le pegue en la frente.

—Pues que te estaba tirando los tratos. —Y al ver que entorna los ojos como si estuviese hablándole de Pitágoras, concreta—. La recepcionista, Kags, que eres muy lento.

Ajá, claro. Ahora se preocupa porque liguen con él. Tócate los huevos. No es que vaya a quejarse. En realidad, le encanta saber que no es el único al que los celos le arañan el pecho. Pero le parece totalmente irrisorio que le incrimine sobre la curiosidad que levanta cuando normalmente es él quien atrae los ojos de los demás como un imán pegado a la nevera. Hinata Shouyou, alías Don de Gentes, cuestionándole sobre un simple flirteo infundado en unas cuantas sonrisas.

—Vale, pues no me he dado cuenta —Kageyama zanja el tema, anudándose correctamente los cordones.

Otra vez.

—Qué rompecorazones estás hecho, Yamayama —silba, haciendo crujir la madera al sentarse. Nota su presencia por todas partes cuando se inclina e invade su espacio personal. Le habla cerca de la mejilla—. No conocía esa faceta de ti, seguro que alguna chica te ha mandado cartas perfumadas y tú las has usado para hacer fogatas en la playa.

Es que, hay que joderse.

—¿Acostumbras a ser indiferente con las chicas o con todos en general? Creo que debería saberlo.

Y sigue, el segundo nudo de la derecha lo cruza del revés así que tiene que volver a empezar. Al final le va a dar una hostia y estará fuera de la competencia antes de tiempo. Se pensará que está siendo sutil, el muy memo. ¿Te gustan las chicas? ¿Has tenido algo con ellas? ¿te ha gustado alguna? Le entran unas ganas voraces de cuestionarle si alguna vez lo ha visto con una como para –de repente– sentir esas inseguridades.

Crees que deberías saberlo. Para qué, pedazo de mindundi, si giro a tu alrededor como un trompo las veinticuatro horas del día.

—No he recibido cartas en mi vida de nadie, Hinata, y si una chica me hubiese escrito algo no lo hubiese aceptado por muy bien que oliera.

La humedad de los baños se le pega a la piel y resbala en forma de sudor frío. Los ojos empañados de vapor. Mirarle a través del vaho es como observarlo por las mañanas, dentro de un sueño del que tiene que despertar.

—¿Por qué?

Kageyama inhala, exhala, vuelve a inhalar hasta que los pulmones se le petan de oxígeno y suelta el bufido de su vida porque debe controlarse y no zurrarle delante de tanta gente.

—Pues, porque no me van las tías —susurra entre dientes. Le chirría la mandíbula.

Y ahora mismo tampoco ningún otro tío que no seas tú, lo cual en este preciso momento no comprendo, la verdad.

—Eres gay.

Qué descubrimiento, gracias. Era totalmente necesario que se enterara medio vestuario.

Siente que la vergüenza le estrangula el gaznate cuando intenta hablar.

—Y tú bisexual —espeta, removiéndose en el sitio. El pulso le late contra las zonas finas. En la muñeca, en el cuello, en la cara interna de los codos. Descarnadas y pulsantes.

La afirmación choca en las puertas de las duchas. Rebota contra Hinata, que se aclara la garganta. Kageyama se ha quitado la sudadera y la visera azul y puede contemplar –con todo lujo de detalles– cómo los huecos de la camiseta sin mangas dejan entrever lonjas de los costados. Debe haber algún reglamento en contra de esa clase de indumentaria. Que prohíba enseñar parte del pecho de la misma forma que censuran a las mujeres cuando llevan la falda demasiado corta. También le valdría un cura en cada esquina del pabellón que les sentenciase con el infierno cada instante que alguien se creyera suficiente como para repasarlo con la mirada. Porque lo miran, de arriba abajo. No llevan ni media hora en ese recinto y siente que todos los ojos se posan sobre él.

—No me gustan todas las chicas… ni todos los chicos. —Vomita la frase lo más rápido que le dejan las entrañas. La sangre convertida en gasolina, el oxígeno en fuego. Podría entrar en combustión si se tocan.

Piel con piel. En un baño húmedo.

Me gustas tú.

—De verdad, mira que te gusta comerte la cabeza —le acusa Kageyama—. A mí me pasa lo mismo, sólo que sin contar a la población femenina.

Hinata hace de tripas corazón, tragándose la declaración como algo bueno. Se autoconvence de que está bien poner en palabras lo que ambos suponen, que es coherente hablar de estos temas que siempre se han dejado en el tintero y ahora comienzan a tomar vida. Que le ayuda a reblandecer esa masa densa y pesada de dudas que lleva un tiempo haciendo nido en su estómago. Volviéndola más táctil y maleable.

—Te voy a escribir una. Le pondré mi desodorante como perfume —decide Hinata, apoyando los dedos en su rodilla. La tela de las medias es algodonosa y suave. Talla las hondonadas que forman el hueso de la rótula con la yema—, pero tienes que contestarme o sino pensaré que has muerto en la guerra.

—Añadiré una foto en color sepia entre bomba y bala, si te parece —bromea, pellizcándole los nudillos de la mano.

Hinata se ríe. Apoya la frente en su hombro y deja salir una carcajada. Dos. Varias. A trompicones. Hasta que siente que le duelen las mejillas y se le insuflan los pulmones, porque Kageyama nunca sale bien en las fotos y mucho menos sabe cómo poner filtros en Photoshop así que enviarle una al más puro estilo de los años cuarenta le parece impensable. Le queman los dientes y la encía y van a llegar tres minutos tarde, y, aun así, se quedaría una eternidad más allí sentado, escuchando a Kageyama tratar de sonar divertido. Que lo es. Tobio Kageyama no es el payaso del grupo, ni quien te cuenta chistes hasta reventarte la caja de la felicidad. Le costó pillarle el truco al principio (sobre todo si está más tieso que el palo de una escoba la mayoría del tiempo) pero un día aparecieron de la nada, esos comentarios con dobles raseros y continentes de su propia gracia. De ese tipo de humor que se gesta dentro de una cotidianidad constante y a base de muchas horas juntos y quizás del que más dosis compraría en la farmacia de la esquina en sus días tristes.

Voy a darte todas las cosas que nadie más te ha dado, por muy absurdas que parezcan.

Te lo prometo.


Para cuando llega la tarde Hinata todavía se está riendo.

—Bfff… —se tapa la boca y esquiva el manotazo, procurando contener la risotada— ¡Kageyama!

Y, para colmo, suena ofendido.

—¡Deja de reírte de una puñetera vez! —gruñe, persiguiéndole con pies de plomo. —Te voy a pillar y vas a desear mi muerte el resto de tu vida, porque te voy a dejar calvo.

Cuando me quite este jodido disfraz.

Al poster de Linkin Park le acompañan otras dos nuevas adquisiciones que él había ignorado en sus anteriores videollamadas. Una imagen multicolor de El viaje de Chihiro que abarca parte del cabezal de la cama y una más pequeña con la frase "Eres más valiente de lo que crees, más fuerte de lo que pareces y más inteligente de los que piensas" que descansa al lado de la primera. El cuarto, muy a diferencia del suyo, está regado de cachivaches. En cada esquina, en cada armario, detrás de ese espejo de pie blanco y metálico que vigila la ventana, puede descubrir que cuelga un calcetín de Harry Potter, o que una figurita de Naruto les observa atentamente. Unos apuntes tomados a manose esparcen sobre el escritorio; botellas de agua vacías amontonadas al pie de la cama; una pelota desinflada encima de la estantería y otra detrás de la puerta junto a la cesta de la ropa. Hay espacio para moverse pero no falta nada que lo haga hogar y es curioso, porque se siente más cómodo en esa pequeña habitación que en todo su piso al completo.

¡Es que! —se desternilla el muy cabrón, cubierto por el edredón nórdico. Sólo se le ve un matojo de pelo zanahoria, parte de la frente, y dos grandes ojos bañados en las lágrimas— ¡Es que tenías que verte bailando, Roboyama! La humanidad debería estar tranquila, porque si no fuese por Don Campbell tú habrías puesto de moda el popping.

Se fuma las distancias en dos zancadas, estriba ambas rodillas al colchón y le advierte que se está pasando y va a recibir el capón de su vida como continúe por ese camino. Francamente, se creía muy guay por reírse de él y su intento de llevar acabo esos movimientos de salsa, tango y lo-que-sea que la profesora pretendía enseñar encima de ese mini escenario cuando tenía la elasticidad de una roca y, en cambio, Hinata se doblaba más que un chicle al sol. No era su puta culpa tener dos pies izquierdos.

Lo ve engullirse entre las sábanas como un caracol dentro de su caracola, soltando risillas de duende.

—Para, ¡Jopé, Kageyama! —Súplicas de auxilios y más pellizcones—. Para, para, PARA. Me voy a morir.

Hinata tiene la facultad de sacar a relucir su personalidad histriónica cuando quiere hacerse la víctima.

—Eres un neandertal —gime, frotándose los brazos con las manos. Debajo de la manga corta de la camiseta negra comienza a formarse un rastro de moretones—. Encima que te compro el traje de Sasuke Uchiha para ir a juego conmigo.

No piensa doblegarse a esos ojos grandes y expresivos, ni a su débil intento por parecer inocente inflando los mofletes como un globo. Ni a esas marcas de lágrimas que son la única prueba de su maldad, por burlarse de él durante horas.

—Uno que me queda pequeño. —Rueda sobre el plumón, apoyándose en la pared blanca—. Y te costó unos yenes en el mercadillo, no me vengas de buen samaritano.

—No te queda pequeño —insiste Hinata, tratando de colocarle las solapas del kimono celeste lo más cerca posible del abdomen. Falla estrepitosamente. Se abre la chaqueta y despeja la visión mostrándole todo el recorrido del pecho—, solo un poco descocado.

Menos mal que no es friolero de los dos y que la fiesta va a ser dentro de un edificio y no a la invernal intemperie de Kyoto.

—No me lo voy a poner esta noche.

—Kageyama.

—Pero… ¿tú me has visto?

—Y te queda perfecto —acepta, con todo el convencimiento del universo llameándole en los ojos—. Vamos —lo coge del fajín añil—, anda, anda, anda.

Dios, dame paciencia, porque si me das fuerza le rompo la cara.

—En realidad, te queda bien.

La sorpresa estalla en forma de susto a través de sus nervios. ¿En qué jodido momento Kozume se había deslizado hasta la puerta? Debía tener almohadillas de gato por pinreles. Joder.

—A que sí —exclama Hinata. Coge la cesta repleta de ropa que trae entre los brazos—. Gracias por recogérmela, Kenma.

Hay cosas que a Kageyama le incomodan. Como que le doblen los calzoncillos. Que entren en su habitación sin pedir permiso. Que opinen sobre su integridad física sin preguntar. Y Kozume había hecho cada una de ella como si fuese lo más normal del mundo. Ciertamente puede que Hinata lo hiciera también (constantemente) pero es Hinata, a fin de cuentas: un amasijo de energía que hace y dice todo lo que quiere y cuando quiere. Y, además, no tiene ninguna confianza con Kozume, es con el que menos ha entablado conversación a lo largo del fin de semana. Por extraño que parezca, ya que debería ser todo lo contrario. No obstante, ninguno de los dos ponía mucho de su parte –eso tenía que concedérselo–. Estaban en la misma sala, compartían un par de frases y, en fin, era lo más equivalente a un par de cactus coexistiendo en una misma maceta.

—No pasa nada, voy a pasarle un par de archivos HTML a los de mi grupo dado que Kuroo quiere empezar a organizar los muebles —se queja con cierto desánimo—. ¿Por qué siempre le gusta encargarse de todo él?

Hinata le dirige una mirada cargada de entendimiento, casi diciéndole que se quede callado porque no es un buen momento para decir barbaridades.

—De verdad, Shouyou —suspira Kozume, con hastío—. ¿Tanta ilusión le hace?

Shouyou.

—Es por tu cumpleaños. —señala Hinata, tranquilo. Despacito como si temiera asustar a un gato callejero y que éste huyera antes de ponerle un tarro de leche para que coma—. Siempre le va a emocionar darte lo mejor. Además, habrá regalos, pizza y cantidubi de juegos temáticos de rol que a ti te gustan.

—Solo es una fecha más, no el día internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición.

Kageyama intenta ser empático con la situación pues a fin de cuentas él es el primero al que le disgustan las fiestas aglomeradas con alcohol y risas estridentes bañando el suelo, pero entre que aún nota la desazón desgarrarle las entrañas pensado en que ha invadido la habitación de Hinata como si fuese lo más natural del mundo y que se queja sin ningún motivo aparente, tiene que recurrir al uso de toda su paciencia –poca, inexistente, volátil– para no soltar un bufido del tamaño de Europa.

—Vamos, no seas así. Sé que estás estresado por los exámenes, Kenma, pero pagarlo con los esfuerzos de Kuroo no te va a hacer sentir mejor, ¿sabes? Procura divertirte un rato, no todos los días el piso estará tan lleno de vida.

—Es que, tú no lo has visto —murmura, desenroscando un coletero negro de la muñeca para recogerse el pelo. Se le despejan las facciones y por alguna razón a Kageyama le resulta más humano sin esa peluca bicolor tapándole la cara. Unos mechones se escapan del moño y le rozan las mejillas, más rubias que negras—. Me ha repetido el cronograma unas diez veces desde el almuerzo. La semana pasada compró el Muchkin y La Aldea y ha encargado una tarta de merengue porque sabe que no me gusta la nata y quiere preparar cócteles con zumo porque no bebo refresco. —Supura ansiedad dentro de su estado permanente de sosiego—. Y yo lo único que pienso es que se está gastando demasiado dinero en mí y que tengo que entregar dentro de dos semanas un proyecto y no me apetece ver borrachos a media población universitaria que no conozco para mañana pasarme el día recogiendo vasos del suelo.

Vale, por aquí no paso.

—Eso da igual, ¿no? —le interrumpe Kageyama, ronco y nervioso. Ignorando las múltiples señales de escape que le hace Hinata con la cara mientras se endereza en el colchón—. Ha hecho todas esas cosas por ti, porque te quiere. ¿Me equivoco? Yo tengo que ir hecho una piltrafa porque este idiota de ahí me ha comprado un disfraz dos tallas más pequeñas y aunque me haga de rogar sabe a la perfección que al final voy a ponérmelo.

Porque le quiero. Dice entrelíneas. Me soporta los insultos a voces, las rachas de violencia y las incesantes ganas de que todo salga perfecto, ponerme un puñetero disfraz no es comparable.

—A ti no te cuesta nada hacerle el gusto, ¿cuántas veces es él quien te sigue el ritmo a ti?

Kageyama se encuentra en primera fila del anfiteatro cuando a Kozume le llega el entendimiento y se estrella como se precipitan los asteroides, convirtiendo mares en desiertos. Le eclosiona algo en las pupilas, detrás del iris, más allá del globo ocular. Su sorpresa no es tanto porque haya sido él quien se sincere, para eso ya está Hinata boqueando igual que los peces fuera del mar. Sino, más bien, porque ha comprendido que están en un mismo barco y la única forma para sobrevivir a las tormentas es agarrarse al timón y procurar no perder el rumbo.

No espera que Hinata capte el color que tiñen sus palabras, aún es demasiado pronto para que sus sentimientos se trasluzcan con tanta facilidad. Sin embargo, cinco minutos después, en cuanto Kozume se ha ido y le ha dado las gracias con una sonrisa que parece verdaderamente franca, el muy avispado le aprieta el brazo y le sonríe de una forma que pocas veces puede ver. Todo quietud y cariño. Y le reta:

—Veamos quién marca el ritmo de quién.


Dos horas después empieza a meterse en la piel de Kozume al ser testigo del panorama.

Lo de la fiesta suena a que van a acabar limpiando mugre un mes. Invitar a todo el edificio y abrir las puertas sin que la policía les llame la atención puede ser todo un desafío suponiendo que éstos pongan de su parte y se apuntasen a la jarana personal. Kageyama observa lagunas por todas partes, desde la falta de tiempo para organizarse y comprar todo lo necesario hasta avisar a quien sea que quieran avisar; no obstante, ahí están, Kuroo e Iñaqui no paran de mover el esqueleto como si los hubiese despertado la mismísima muerta dándoles una segunda oportunidad para vivir. Uno sacando cuentas del dinero que hay sobre la mesa con el portátil refulgiendo sobre su nariz con tres pestañas abiertas de las páginas de varios supermercados diferentes para comparar precios de las bebidas más baratas. El otro carga el móvil en la mano y si Flash lo viese mover los dedos a esa velocidad notaría cómo la envidia le carcome poco a poco por dentro. Le haría plantearse si debe jactarse (o no) de ser el hombre más rápido del planeta. De Kozume no puede opinar porque parece muy abstraído en su juego de la Nintendo Switch, menos interesado en el evento que están organizando en su honor que Winnie The Pooh comiendo verdura.

A Hinata, en cambio, le salen chiribitas de los ojos y su sonrisa de acero le quema a Kageyama en la piel. No ha comido mucho en todo el día pero tampoco se ha quejado de nada y no sabe si eso es un buen síntoma o si se está guardando el dolor para no molestar a los demás.

—¿No te parece alucinante?

—El qué.

—Esto—señala a la sala de estar como si fuera el descubrimiento del año para luego aclarar con la obviedad pintada en la cara—. La universidad, Tontoyama.

(Y por universidad se refiere a su pisito céntrico, sus compañeros de piso y sus noches de tertulia sobre el último capítulo de Stranger Things)

—Creo que la universidad se define por exámenes y un diploma pero oye que si a ti te hace ilusión pensar que es sinónimo de fiestas, tú a lo tuyo. Aunque esto yo le llamo liarla parda —puntúa en un giro de muñeca la lista que había pasado de "Coca Cola y bebidas varias" a "Vodka y lo que surja" en el portátil de Kuroo. El Word petado de innumerables bebidas alcohólicas.

Las tripas le rugen en el estómago al recordar la última vez. Se va a hacer un Twitter solo para difundir lo abstemio que se ha vuelto.

#Noalebriedad.

Se mueve tan rápido que Kageyama no ve venir el golpe. El abrazo. Así, por las buenas, se pone de puntillas y le roza la nariz con la suya y le acaricia con las manos en el límite entre el pelo y la piel de gallina. Al parecer, la distancia mínima es un concepto risible para ambos –no puede importarle menos que esa noche le den para beber Daiquiris de fresa o Cocteles Molotov o si el traje de Sasuke Uchiha hace que enseñe más carne de lo debería– porque una vez lo tiene cerca y su aliento huele a batido de oreos, en su cabeza sólo resuenan pájaros de cuco.

—¿No quieres liarla conmigo? —insinúa bajito, confidente. Se chupa los labios acartonados del frío, enredando sus dedos helados a lo largo de algunos mechones de la nuca. Lo que dice suena a "¿quieres liarte conmigo? En la fiesta disfrazados de otras personas. Aquí, rodeados de amigos. En mi habitación que está a siete latidos de distancia".

Me da igual pero necesito tocarte.

Kageyama nota cómo le baja la tensión hasta dejarlo bajo cero. La boca seca de palabras y saliva. No ha cumplido aún los dieciocho años pero intuye que el corazón le envejecerá con un soplo dentro de los ventrículos si trata de seguirle el juego sin descanso. No está preparado para esos trotes. Congestionado de azúcar y adrenalina que alimentan unas agujetas preparadas para hacer daño al día siguiente, cuando tenga que volver a su piso solo.

—Si van a besarse háganlo ya pero como llegue Bokuto y no encuentre Margaritas en la nevera va a montar el drama del siglo —advierte Kuroo, levantándose de la silla sin alzar la vista del portátil. La cara pegada a la pantalla—, así que tenemos que empezar a mover el chiringuito. Iñaqui, tú ponías el Ron Arehucas, ¿no?

—El mejor de todo el mundo —inquiere distraído. Los dedos le crujen al estirar las manos.

—Bien, pues… —titubea Kuroo, buscando algo entre los cajones de una mesilla junto a la puerta de la entrada—¿nos vamos? Ya sé más o menos a qué sitios tenemos que ir a comprar lo que falta.

Hinata encoge los hombros, le guiña un ojo y pone un paso de viaje entre los dos, dirigiéndose al perchero en busca de un abrigo largo. Un rayo fugaz lo golpea de consciencia, ahí, en medio de una pre-fiesta. Le sepulta los pies al suelo y le entierra los dedos. Lo vuelve sensato. Es que hay que ser idiota para no darse cuenta. No termina de decidir si le gusta o no la idea, no obstante le resulta tremendamente fácil interiorizar el hecho de que Hinata ha hablado a los demás sobre él. De lo que tienen, sea lo que sea. A lo mejor les ha contado sobre su pelea, al igual que Yuu le sonsacó a la fuerza toda la información en medio de una cafetería abarrotada de compañeros de clase. Puede ser incluso que conozcan más detalles de los que él puede imaginar sobre sus sentimientos y sin embargo lo aceptan. Lo transforman en algo normal. Algo que no hay que esconder.

Espera que las cosas sean así de fáciles de ahora en adelante.


—El baño está libre —grita Kuroo, dejando salir el hálito concentrado al salir. Su voz golpea las paredes como la mejor de las sentencias, caminando en calzoncillos hacia la mesa donde Kenma seguía mordiéndose las uñas. Este segundo llevaba vestido con su lanudo disfraz de Teemo media hora y por lo visto no encontraba la salida adecuada en el Outlas, desde que había bajado a los acueductos del manicomio. Las gafas rosas steampunk del gorro verde se le movían cada vez que golpeaba la mesa con el puño—. Os veo con el culo muy echado, chicos, saben que queda una hora, ¿no?

A la sala lo recorría una correa de banderines azul, rojo, amarillo y verde. Los tapetes negros cubrían a los sillones para evitar que las manchas de las inminentes salpicaduras de los vasos se vislumbraran a lo largo de la noche. El suelo estaba regado en globos transparentes rellenos de purpurina, en los cuales se podían leer "un año más de aventuras por vivir", "eres el mejor" y "felices 20" cuando la realidad era que cumplía 19. Obviamente habían sido tachados con permanente y rectificado para evitar incongruencias una vez sacaran la kilométrica tarta de la nevera –tuvieron que hacer Tetrix con todas las frutas y verduras y un par de botes de leche para poder encajarlo todo en las baldas inferiores– con sus respectivas diecinueve velas. Encima de la mesa y las estanterías podían hallar shushi de gominola, platos de plásticos repletos de Pelotazos y Cheetos, y botellas de plástico con sus respectivas bebidas preparadas.

Hinata y Kageyama se miran hipertensos porque han estado un buen rato discutiendo en broma quién sería el primero en ducharse pero, francamente, ninguno daba el brazo a torcer para ceder el puesto. Sin mover un centímetro de su postura, semirecostados en el sofá, como si eso fuese motivo de amenaza para empezar una ofensiva.

—Soy el invitado —le recuerda Kageyama. Baja un pie embutido en un calcetín de Mickey Mouse—. Debería tener prioridad.

Hinata se humedece los labios antes de desenredar el cuerpo de su manta violeta, calentita y suave y llena de pelo de peluche.

—Estoy malito, Yamayama —prueba, ojos de caramelo que destilan almíbar a cada parpadeo. No puede ser más evidente. Kageyama huele la mentira desde que ha comenzado a hablar con ese jodido tono de niño bueno que no le pega ni en pintura. Niño bueno los cojones. Después se atreve a quejarse de que su hermana sabe cómo metérselos a todos en el bolsillo cuando él es el maestro de la manipulación en persona—. Vamos, porfaplis, déjame ir primero.

Así no se puede, Hinata conoce de donde cojea y no siente ninguna pena de picarle en los sitios adecuados para evitar que camine.

Será cabrón.

—No cuela —se relame ante su expresión rota. Observa cómo las facciones dulcificadas se quiebran y pasan a ser una máscara pintada con desafío—. No —advierte, cuando ve que se pone las pantuflas—. Ni se te ocurra.

De fondo escucha el clanc de la tostadora. Iñaqui y sus ocho comidas al día, al parecer.

—¿Ahora no puedo calzarme?

—Hinata, te pido que me dejes ir primero —gruñe, entre dientes.

Quizás no lo entienda, pero lo necesita.

Su boca hace una "O" gigantesca e inmediatamente sonríe. Se le ha ocurrido algo y eso le daría mala espina hasta a Dolores Umbridge. Tan pronto como respira, tiene una manta sobre la cabeza obstaculizándole la visión y agudizándole el oído. Oye la suela de sus zapatos de goma resonar contra las baldosas blancas del piso. Oye a Kozume advertir, "te vas a caer" y, por ende, el tío responderle a carcajada abierta.

—Ahí va el otro, ¿siempre son así?

Iñaqui, pan de molde casi carbonizado suspendido de la mano derecha. La casa huele a mantequilla.

—Cuando tenían quince años eran peor.

Kuroo, echándole un vistazo al móvil.

El apartamento no es demasiado grande. Tampoco es precisamente pequeño. Consta de una amplia sala en la que podrían organizar un vals o construir una piscina para diez personas; una cocina que conecta con un pequeño tendedero, un baño principal que –si se analiza desde una visión espacial– podría considerarse el núcleo de la casa. Es un poco laberíntico, eso sí, porque de la sala brota un pasillo hacia las habitaciones y del patio emerge otro desembocando en el mismo sitio. Aunándose en la zona de los cuartos. En resumidas cuentas, todo está perfectamente hilvanado para que den vueltas en círculos si se presta la ocasión.

(Ésta no es una, ya que –al parecer– Hinata va directamente hacia su cuarto)

Pisa en falso al coger las curvas y casi choca contra una repisa empotrada en la esquina. Hinata está de broma. Debe estarlo. Conoce de buena mano cómo le afecta no ser puntual, por no contar sobre lo mucho que le va a costar –medio año– meterse en una bañera que no es la suya. Que no ha limpiado él. Que acaba de usar alguien más. En la cual no están el gel a la derecha y el champú a la izquierda y junto al váter no yace una cajonera con las toallas. Ni siquiera ha hecho un planing o mapa sobre dónde poner las cosas y ese simple hecho le produce picores por todas partes.

—A que no me pillas —canta y su voz repica dentro de la piel.

Se repite tantas veces en su cabeza que Hinata lo conoce que al final sus propias palabras toman un sabor a falso. No tiene por qué. Le murmura el estrés. No es como si se lo haya dicho alguna vez. Continúa. Y lo que podría haber sido un simple juego de policías y ladrones se convierte en Dónde están mis ansiolíticos. Kageyama lo odia, ser tan vulnerable ante sus manías. Detesta ser incapaz de regular la ansiedad hasta el mínimo. Reducirlas.

Le asolan un sinfín de pensamientos cuando cruza la puerta de la habitación de Hinata y lo ve rebuscar en su armario. En la parte baja. Quizás donde guarda la ropa interior.

Le arde el pecho al coger aire.

No quiero molestar a nadie.

—Te he ga-na-do —corea. La cabeza metida en la oscuridad del mueble.

¿Cómo se le dice a otra persona que está sufriendo un ataque de ansiedad sólo porque necesita estar listo a una hora determinada?

Quiero que me comprendas.

A lo mejor le asusta ver la realidad. El saber que a veces el TOC se vuelve algo mucho peor. A lo mejor huye de él.

—Déjame bañarme primero —suelta, inspirando. Las manos en un puño. Los nudillos blancos—. Trataré de ser lo más rápido que pueda, pero déjame ser el primero.

Por favor. Es lo que le falta para suplicar. Mírame.

Y tal vez fue su tono de voz o que jamás suele pedirle las cosas de forma tan complaciente pero Hinata lo observa como si estuviese viendo un fantasma. Presente y viviente. A lo mejor es que ya no respira por la boca sino por el cuerpo entero y traspira por las células, expandiendo y retorciendo los músculos para seguir absorbiendo el aire. No-soy-normalnosoynormalnosoynormal. Quizás la ansiedad haya tomado las riendas de sus expresiones y ha hecho que transluzcan lo que normalmente entierra dentro de las entrañas. Lo siento. Pero Hinata lo ve y suelta una bolsa cuyo contenido seguirá siendo un misterio sin importancia.

Da un paso en su dirección y a él le tiembla el suelo.

—Kageyama, no pasa nada —empieza, una sonrisa le baña los carillos—. Tranquilo.

Recorre otro medio metro.

—Estoy bien —prácticamente escupe y quiere huir porque quizás si se acerca un poco más podrá olerle las inseguridades como los perros huelen la tristeza humana. No está preparado para revelarle todos sus miedos—. Sólo necesito ducharme, ¿no tenías que ayudar a Iñaqui a preparar la zona para juegos?

Por primera vez en su vida se siente diminuto bajo la mirada de alguien.

—¿Estas…?

No preguntes cómo me encuentro, creo que podría gritarlo si me lo preguntas.

El techo de la habitación cede, se encoge el cuarto entero. Le asfixia la ventana cerrada, querría que el frío de la lluvia le empapase y le despertara.

—¿… seguro?

No quedan metros por recorrer y sus alientos revolotean como las hojas bailan en otoño, hasta deshojar las ramas y pintar el suelo. Hinata se ha comido los centímetros y a Kageyama le falta tierra de por medio para poder gritar.

—No conoces mis hábitos, no sabes si necesito cincuenta minutos en la ducha o si prefiero lavarme los dientes antes y después de comer y esta no es mi casa —empieza, una nube de humo negra le abraza el esternón. Gesticula y aunque no grita sus susurros se vuelven ensordecedores—. No tienes ni idea de muchas cosas, Hinata…

—Pues explícamelas.

Correrías en dirección contraria.

—Hinata, por favor, no seas idiota. Sólo te estoy pidiendo que me dejes bañarme primero —pide, caminando hacia atrás. Se topa contra la pared. La lengua de cartón—. ¿Qué te cuesta hacerme el favor?

—Me cuesta.

Acepta, a secas. No añade ni justifica absolutamente nada, lo que produce que la rabia que ha estado agazapaba entre los intestinos, dormida y débil, se despierte.

—Te cuesta, ¿qué te cuesta? —Kageyama desgarra la frase. La hace añicos entre los dientes como si Hinata tuviera la culpa. No la tienes—. Me importa una mierda qué es lo que te cuesta cuando no paro de pensar que no voy a poder respirar en mi puñetera vida con normalidad y tú no estás ayudando en nada y...

No quiero que te asustes de mí.

Iba a continuar profiriéndole toda la bilis habida y por haber que sus vísceras eran capaces de producir. Podría haberle recordado que esa misma mañana fue él quien gano la carrera y dejarse de dramas. Guardarse los monstruos para las pesadillas y no infectar a Hinata con todos sus males. El único, el que quizás siempre lo persiga como una sombra que por el día es pequeña pero a medida que mengua el sol crece y le abraza.

Iba a decirle muchas cosas, incluso (quizás) morderlo como los perros que tienen la rabia y necesitan desquitarse con todo lo que encuentran a su paso. Sin embargo antes de que pueda acabar la frase siente que le agarran por el cuello de la camiseta. Lo empujan y lo besan. Un choque fortuito. Como los cometas que colisionan contra los planetas y revientan la tierra, las capas tectónicas. Devastan el manto y hacen que brote el núcleo y se propague el veneno hasta sedar los restos. Reduce el universo a esa pequeña habitación en una ciudad repleta de historias antiguas. Lo convierte en ese suelo frío que se acaba calentando por la temperatura corporal; en la pared que lo mantiene en pie.

Y en sus labios. Sobre todo en sus labios.

Cuando se trata de ser sincero Hinata sabe que a Kageyama le falta valor.

—Llevo fijándome en ti mucho tiempo —confiesa, las manos enredadas en la nuca—. Me cuesta porque no quiero verte así.

Destrozado por quimeras contra las que no puedo luchar.

En cambio, a Hinata no le importa que lo abran en canal y miren la procesión que acarrea por dentro. Podrían amenazarle con una katana, pedirle que se hiciera un harakiri y aun así preferiría deshonrar a toda su familia que dejar de besarlo.

Ignora si es su voz la que suena estrangulada pero Kageyama se derrite contra sus labios, se funde y le hace sentir que vuelan a ras del suelo. Colgados de unos globos de helio. Tira de su pelo y lo arrastra hasta su boca para tenerlo más cerca. Que no sobre espacio. Que no falte contacto. Mío. La palabra se le inyecta en el corazón junto al torrente sanguíneo, se lo parte en dos y le roba cachos a cada beso.

Te lo daría entero si me fuese posible vivir sin él.

Necesita un masaje cardiovascular para sobrellevar la arritmia. Reanimación urgente. Que le estampen el desfibrilador en el pecho y le saquen el alma por completo para subsistir. Un tatuaje de su primer beso. Déjame marcas en la piel de por vida. Son suaves y blandos –sus labios– y comestibles y los lame con tanta premura que teme gastarlos, que no quede nada para luego, de postre. De desayuno. De merienda. De cena.

Kageyama quiere describirle en cuantos sueños a visualizado caricias de algodón de azúcar; rizos enredados entre los dedos; lunares desnudos unidos a pluma y tinta; y explicarle lo lejano que parecen esas ideas mientras se sepulta junto a él en tierras movedizas porque esto. ¿Esto? Esto es cielo e infierno. Es que lo quemen vivo y le echen agua balsámica y le pidan perdón a caricias con denuedo. Kageyama indultaría cualquier crimen con tal de que Hinata siga ahí, tan cerca que percibe el calor de su cara contra la suya, besándolo como hacen los lobos. Brutal y hambriento y descontrolado.

Es mucho mejor, mucho más brillante de lo que se había imaginado porque Hinata lo abraza por la cintura –Me estás besando– y la fricción lo saca de quicio. Agoniza en él. Entrelaza sus piernas alrededor de la espalda y no recuerda si acaba de maldecir contra su lengua o es que está tan infectado de su saliva que es incapaz discernir la realidad. Contagiado de una enfermedad incurable. Acaricia la tela aterciopelada del pantalón; deja que la mano reconozca sus pliegues; se miente pensando que sólo va a meter un dedo dentro del dobladillo del pijama. Nota los músculos de sus costados tensarse contra las palmas. Te estoy besando. Y jamás pensó que lo tendría de esa forma, tragándose palabras que lamen el aire. Tóxico y volátil. A ojos cerrados y boca abierta. Es mucho peor, mucho más adictivo, mucho más absorbente que el voleibol.

Le va a doler el golpe contra la realidad. Se le va a irritar la carne cuando se separen como si le arrancaran la piel a tiras y esperasen que pudiera continuar caminando.

Va a necesitar rehabilitación toda su vida.

Hinata descubre una pequeña cicatriz, no se la ha visto nunca pero está ahí. Es lisa y fina y se ondula cuando Kageyama le exige la boca para morderle el labio inferior. Es de vete tú a saber cuándo, sin embargo le busca las tres patas al gato, chupa la herida e interroga su procedencia hasta saberse de memoria su recorrido en esa zona que es más débil y donde capta un tinte más agrio. Lo quiere así, todos los días del año, jadeándole dentro del paladar. Quiere eso. Las yemas en las lumbares, su flequillo rozándole la frente y el oxígeno tan venenoso que necesite su aliento para sobrevivir.

No has sido el primero pero quiero que seas el último.

A lo mejor pone en práctica éste nuevo método de sugestión. Chocarse y frotarse y sucumbir a ese vicio malo que parece ser su boca.

—Conozco tus hábitos. —Lo agarra con fuerza. Tiene labios exigentes—. Pienso en ti siempre así que no me digas que no sé nada. —Mete la lengua y desgarra sus entrañas en un encuentro devastador porque –joder, Hinata– a los lobos es imposible domarlos y le hace aullar con él a la luna—. Así que piensa tú en mí.

No continúa porque lo calla. Hablar. Para qué. Lo escucha de todos modos resonar dentro de las tensiones.

No dejes de pensar en mí.

Como si pudiera.

Como si quisiera.

El sabor metálico de sus aparatos se acentúa cuando desliza la lengua sobre la suya y roza los alambres. Caricias húmedas. Demasiada saliva. Demasiado deprisa. Tan intenso que marea. Hay desesperación por todas partes y el único beso que se ha dado con alguien durante sus dieciocho primaveras. Un chico. Con el que se ha peleado hasta sacarse las muelas y a quien confiaría la caída en una prueba de amistad. El tío que le quitó la corona, le dio un compañero y ahora hace que note todas los nervios como una carretera de cables pelados a punto de producir una explosión mientras tantea las fronteras de las baldosas cuadradas de su habitación con unos calcetines prestados.

Harry Potter liberó a Dobby (y no vamos a entrar en puntualidades) con un calcetín de su amo. Hinata le había dado dos, de Mickie Mouse, y lo había hecho suyo.

Cuando decide que los labios no son las únicas tierras que quiere descubrir Hinata pronuncia algo parecido a "peso", y él le caracolea en el oído con la lengua, "Kageyama", muerde las pecas de los pómulos, "pesodemaado", entierra los dientes donde la piel es más débil y el pulso bombea contra la yugular. Sus palabras le hormiguean entre las piernas. Principalmente su nombre que se queda a medio camino de ser una advertencia y se convierte en suspiro quebradizo capaz de seducir ejércitos y derruir civilizaciones.

—Eres un peso pluma, idiota —ronco. A contra reloj. Se cobra tres besos por cada palabra que murmura. Un bocado por el insulto.

Desenrosca las piernas de su espalda y busca tierra firme al que atenerse mientras mezcla los dedos en un abrazo. Al bajar lo nota –Dios si lo nota–, algo caliente y duro y rígido y si bien no van a pasar de los preliminares advierte que él mismo late sordo por dentro. Kageyama se deja arrastras hasta la cama con el pelo hecho jirones, la camiseta de Iron Man estirada y los labios irritados, y aunque es un camino especialmente estrecho le roba besos que él no tarda en regalarle.

Caen sobre un amasijo de almohadas y sábanas y mantas nórdicas, todas aglutinadas en el centro del colchón. (Ni si quiera las apartan porque hay prisas y ganas acumuladas y es él y son ellos y no se lo puede creer). Hinata debajo. Kageyama encima. Los tirabuzones naranjas, esos que han crecido a lo alto y se esparcen sobre la sien, parecen más vivos que el fuego de las hogueras facilitando calor en medio de las tormentas. El sonido vespertino de las gotas contra el cristal de la ventana –rociado de una finísima capa de vapor– tapa el chirrido quebradizo del somier. Él lo escucha, de todos modos, y suena mil veces mejor que al otro lado de una línea telefónica. Fuera de la burbuja capta más ruido, pasos y voces y risas que se filtran por el resquicio de la puerta.

A Kageyama le tiemblan los codos, enterrados a ambos lados de su cabeza. Se hace de mantequilla. Y aunque está encima es Hinata el que lo atrae y lo acuesta sobre la manta. Suave, como nunca ha hecho las cosas. Todo en ellos se torna tranquilo, se desinfla; suelen hacer las cosas a quemarropa, a colmillos y garras, pero esta vez es como si quisieran hacerlo bien y tomárselo con calma.

—¿En qué momento te has lavado los dientes?

Puede sentir su respiración condensada patinando en la barbilla, y los dedos de los pies de Hinata flexionándose y estirándose contra el empeine. Está rojo y sus ojos se han diluido en caramelo.

La pregunta le pilla por sorpresa.

—Cuando has ido a buscar el disco duro a la habitación.

La respuesta se la bebe en su boca y sabe a menta poleo, a días fríos con chaquetas de algodón, a esa maceta que su madre riega en el patio trasero junto al aloe vera y el tomillo en rama. Kagayama le recorre la escápula derecha a través de una camiseta vieja, picada por el tiempo y el mal uso de la secadora. La columna. Los hoyuelos que se forman en la espalda. No sabe quién de los dos tiene la iniciativa pero de repente sube la rodilla a su cadera y lo abraza. Le besa con el pelo enredado en sus dedos y hacen del ocho otro número nuevo entre las almohadas. Más juntos que nunca. Y él, en fin, él se pierde más allá de la espalda y aprieta hasta que lloran por la fricción.

Debería recordar que sus compañeros de pisos están al otro lado de la puerta, a unos metros de distancias, que las paredes de la casa son de papel en vez de hormigón. Debería recordar que van a celebrar el cumpleaños de uno de sus mejores amigos. Pero, cómo quiere que recuerde nada, si le mete las manos debajo del pijama, debajo de los calzoncillos y le encuentra la piel descarnada esperando un poco de contacto. Es Kageyama tomando la iniciativa –por favor que no acabe nunca–, es Kageyama tocándole el culo –por favor no pares de hacerlo–, como para acordarse de algo.

—A lo mejor no viene nadie —quiere creer Hinata—. Llueve fuera, seguro que no viene nadie.

Son un lío de piernas y brazos y no hay sitio que se dejen atrás en medio de un baile sin coordinación. La cara interna del codo que parece demasiado sensible al tacto. La línea que se marca en su mandíbula si le muerde el hombro, justo ahí, donde termina el cuello de la camisa. El final de la oreja. La nariz respingona. Y es casi un hechizo porque jamás se había planteado hasta ahora que una piel podría tomar una tonalidad bonita y bebible y adictiva. Debe ser eso, sino Kageyama no estaría rememorando todos los adjetivos ñoños y cursis que recoge un diccionario para redefinir a Hinata.

—Hagamos la fiesta aquí dentro —continúa hablando.

Te traeré un payaso si quieres.

La palabra persuasión tiene nombre y apellido y se llama Hinata Shouyou. Ha hecho que se olvide de la ansiedad, del tiempo, de las ganas acérrimas por ser puntual. Y sin embargo no está preparado para sentir cómo le rodea la lengua entorno a su nuez. Punzante, abrasivo, se muerde el labio intentando aguantar las ganas de gritarle que sí. A todo. Sísísí, lo que tú quieras. Firmaría todos los contratos del mundo y vendería su alma al diablo con tal de que siguiese creándole vestigios en la piel porque son ellos ocurriendo y es maravilloso y no piensa retroceder ni un solo paso cuando tengan que poner un par de kilómetros entre sus cuerpos.

Hinata le muerde en las contracturas, contra el pulso y debería sentirse un poco avergonzado de su propia voz –casi un quejido que nace desde el estómago y se filtra entre los huesos y llega a la garganta. Como si el dolor y el placer se fundieran en algún punto donde se encuentran los labios y se pierde la lengua–. Se queja dentro de su boca cuando se arquea contra sus piernas y Kageyama tiene que apretar los dedos, tensos y calientes, entre la tela del pantalón y la carne blanda de su piel.

Es primario y desigual y se ahoga queriendo gritar su nombre. Eclosiona y se difunde en los músculos y le eriza cada vello de la nuca.

De cerca puede ver sus ojos azules, las cejas fruncidas, los párpados lánguidos y parece que pide el universo en un beso. Hostia que guapo eres. Se deja abrir la boca y Kageyama hace lo que quiere con él. Le acaricia los aparatos. Le araña el pelo con la mano derecha, tira de él y elimina una distancia inexistente. Le besa con tanta rabia como juega al voleibol. Preciso, duro y a dolor. Que duela. Haz que me duela todo, Kageyama y cúrame luego.

—Me sorprende que sepas besar tan bien, ¿has practicado con la almohada?

La capacidad que tiene para irritarle incluso en una ocasión como esa le parece terriblemente extraordinaria.

—Hinata.

—Qué.

Callate.

La pista musical de una canción comienza a brotar a borbotones desde alguna esquina del cuarto, en algún recodo lejos de la cama. La trompeta los acompaña en medio de un sinfín de besos cortos y más largos. Dentro y fuera en un compás de clarinetes y trombones. Los timbales repiquetean mientras Hinata toma el timón, se pone encima cogiéndole de la coronilla para no hacerle daño con el cabezal al darles la vuelta. Hinata le lame el mentón desde la barbilla y Kageyama jura entre dientes a dioses lejanos. Las doce voces corean a la vez una letra mundialmente conocida. No se da cuenta de que es él quien se ríe hasta que Hinata entierra la nariz en el hueco de su cuello, hecho un desastre y rojo y tan cerca que quema, para acompañarle soltando carcajadas entrecortadas.

Spiderman, Spiderman. Does whatever a spider can.

—No lo puedo creer —se desternilla Hinata, orgulloso porque es su superhéroe favorito. Apoya el codo al lado de su mejilla. Contra la almohada. Le acaricia con el calcetín la canilla derecha—, has caído ante el encanto de Spiderman.

Spins a web, any size.

—Deja de ameritarte ningún premio, memo. —Le pasa el brazo por la cintura y nota cómo se le clavan sus costillas en el cuerpo. Catches thieves, just like flies. Nota la carne de gallina bajo sus dedos—. Sé apreciar buenos clásicos.

Look out! Here comes the Spider-man!

Hinata contesta "Ajam", sonriendo. Le lame la comisura de la boca, añadiendo "deberías cogerlo". Resbala entre su nariz y el labio superior "a lo mejor es importante", continúa. Y, honestamente, espera que sea una broma lo de contestar el móvil en ese preciso instante porque su boca sabe a batido de chocolate y quiere alimentarse de su saliva hasta quedarse lleno. Dos tonos después y casi una camisa menos Hinata le insiste "no en serio, seguro que es urgente".

—Podemos seguir más tarde, Kags —consigue desenlazar la lengua para trazar el único nombre que quiere decir.

Estás hecho un mandón.

Más tarde suena demasiado lejos.

Kageyama se levanta de la cama. Logra hacerlo porque entre antes salga de las sábanas antes podrá volver a meterse en ellas. Cuesta tres aleteos de labios y un Spiderman, Spiderman que lo eche a las pirañas. Sondea el cuarto y trastabilla. Esquiva los zapatos, el bolso deportivo y un par de libros de anatomía humana. Encuentra su mochila al lado del armario, cerca de la puerta y prácticamente se precipita hacia ella antes de que se repita una cuarta vez esa dichosa música. Va a acabar cogiéndole manía. Abre la cremallera y escora los pantalones vaqueros, un par de camisetas y el desodorante para encontrar el jodido aparato saltando al fondo.

—Buenos días. —Fulmina a Hinata con la mirada cuando su carcajada rebota contra los tabiques—. Perdón, buenas tardes.

Son las ocho y el sol acaricia los edificios de Kyoto pero, al parecer, para él todavía hace calor.

—Hijo, ¡Qué alegría escucharte! ¿Cómo estás? —la persona al otro lado tiene la voz nasal con tintes de una juventud rezagada—. Llevo un buen rato llamando a mi querido (y abandonador) hijito pero al parecer ha decidido borrarme de su agenda porque no me lo coge.

—Señor Hinata —recalca, abriendo los ojos como platos. Hinata se vuelve pálido y pierde años de vida porque se acaba de dar cuenta de un terrible y diario hábito que tiene—, está aquí. Seguramente se ha quedado sin batería, como de costumbre —añade con saña—. Estoy bien, ¿usted ya llegó de la expedición?

Ve por el rabillo del ojo que deletrea "mantelo ocupado" para luego levantarse a rebuscar entre las cajoneras rayanas al somier. Después va a tener que buscar el móvil y él no piensa decirle que se lo ha dejado en el salón, ésto le pasa por ser tan desordenado.

—Ya te he dicho múltiples veces que me llames Yoshiro —y aunque no lo castiga con voz cansada sí que parece un poco preocupado porque aún lo trate de usted—. Pues mira, no, llego en una semana y me quedo hasta fin de año. Que por cierto espero verte por ahí, sabes que nos gusta darte un regalito por tu cumpleaños, suficiente haces con cuidarnos a nuestro querido niño. —Se escucha de fondo un par de pitas romper el sonido.

—No hace falta, de verdad —se muerde el cachete interno. Hijito. Y luego se burlará del mote que le puso su hermana—. Tendrá que enseñarme las fotos a la vuelta.

—Claro, hombre, voy a enseñaros una amplia gama de dunas y piedras increíbles. Espero que estés comiendo bien, si quieres ser profesional no puedes permitirte el lujo de pasarte mucho de la raya, ¿eh? Y nada de novias, suficiente tienes con el voleibol y la carrera, no queremos que te eches a perder —Kageyama asiente, sacando de la maleta una muda de ropa. Siempre le ha conmovido lo cercanos que son los padres de Hinata con cualquiera—. Mejor me callo que todo eso ya te lo habrán dichos tus padres.

—No, no. Gracias —sonríe a la nada, pero sonríe—. Sabe que siempre tomo en cuenta todo lo que dice.

En una de sus muchas aventuras por encontrar el cargador, Hinata se rasca la tripa deslizando la camiseta hacia arriba y dejando que el pantalón del pijama caiga unos centímetros –de lo que debería ser moralmente adecuado– revelando un raíl de pelos pelirrojos que nace en el ombligo y se esconde dentro de los calzoncillos.

Por favor Hinata, dame un respiro, de verdad.

—Así me gusta, hijo, es apasionante ver lo mucho que cambias en medio de un partido —suelta una carcajada— con lo tranquilo y educado que eres. A ver si puedo ir a veros jugar, aunque sea por separado.

—Eso lo he escuchado, ¡y no es verdad! —grita Hinata al otro lado de la habitación. Pone inmediatamente el altavoz—. ¡Contigo se porta bien, pero conmigo es un tirano!

Sí y los cerdos vuelan.

—Veo que la ortodoncia no le ha quitado ni una pizca de energía.

—Como mucho lo ha vuelto más irritante.

La almohada vuela hacia el armario.

¡Oye, que os estoy escuchando!

Y cuela la cabeza debajo del somier porque por lo visto cabe la posibilidad de que el cargador haya cogido chaqueta y manta y se fugase a la oscuridad clandestina de los monstruos infantiles.

—Precisamente por eso lo decimos, tontaina.

—Hijo… —empieza.

—Papá, no lo hagas. Acabas de escuchar cómo me insulta.

Hinata ve venir el golpe.

—Padre, te desheredo —amenaza, escudriñando el móvil en una de las tantas ocasiones que abre las portezuelas de los muebles.

—Hijo, con que busques en internet lo que es "heredar" me conformo.

Después de abrir todos los cajones del cuarto, apartar la mayoría de las cosas del suelo y buscar debajo del colchón, hace un gesto de gloria al hallarlo tras la funda del portátil. Kageyama se guarda para sí mismo el dedo corazón que le enseña Hinata al teléfono. Quita el manos-libres una vez abre la puerta y deja que el calor concentrado salga hacia el resto de la casa.

—Pero este niño, ¿adónde se ha ido? —pregunta Yoshiro, tras una exhaustiva interrogación sobre las asignaturas cuatrimestrales—. Se piensa que tengo todo el día. Me quedan quince minutos para llegar al trabajo y luego no podré hablar, el tráfico ha empezado a diluirse.

No ha empezado a articular palabras cuando entra por la puerta y la cierra a sus espaldas.

—Lo he dejado cargando fuera porque el de aquí a veces falla y me da toda la pereza ir a buscar una regleta, así que te voy a robar el móvil mientras tú te preparas —y añade, caminando en su encuentro. Le brilla la mirada y los hoyuelos encajan verdaderamente bien con sus aparatos—. No te preocupes, al parecer nos va a dar tiempo y de sobra para bañarnos y peinarte el pelo con las toneladas de laca que te ha comprado Iñaqui, aunque Kuroo está más nervioso que Yachi rodeada de chicos.

Debería sentirse un poquito mal porque le haga gracia ese símil. Y se siente mal, pero también lo encuentra desternillante. Se le estrangula el gaznate entre las cuerdas vocales al tenerlo tan cerca de nuevo, se había acostumbrado a su calor y es sorprendente lo fácil que era sentirlo a su alrededor de esa forma. Le roba el móvil con una sonrisa de crío haciendo maldades.

—Papi, ¿cómo que nada de papi? —espera una respuesta, cogiéndolo de la mano. Juega con sus dedos a la altura de su cara—. ¿Tú me dices hijito pero yo no puedo usar diminutivos porque te hace sentir menos varonil? —rueda los ojos y le dice "¿te lo puedes creer?" aún con las palmas unidas—. Venga ya, papá, ¿y mi hombría? —se las lleva a la boca y deposita un minúsculo beso en el dorso, casi invisible e insonoro pero capaz de arrasarle el sistema nervioso por completo. Le pesa el corazón dentro del pecho. Vuelve a respirar dióxido de carbono—. Mira, tengo que enseñarle el funcionamiento de la ducha del piso porque tiene de esos chorros que hacen masajes y quizás le vengan bien para quitarle las malas vibras —miente como un bellaco y una risa se filtra por los altavoces, comentando algo más—. Papá, por favor, cómo se llame. Me da igual, te quiero. En serio, que sí, hasta el infinito y más allá.

Y vuelven a estar de pie en el mismo suelo que ha sido testigo de muchas cosas.

—¿Siempre que se despiden parafrasean a Buzz Lighyear?

Quiere tocarle pero la lluvia ya no hace eco contra la ventana, se ha ido junto con las nubes y su coraje, despejando un cielo casi negro y repleto de estrellas.

—A veces toca La vida es bella, pero normalmente mi padre acaba llorando y mi madre termina comprando rollos de papeles en cajas industriales por su culpa. Y Natsu prefiere no hablar del tema porque aún no hemos querido ponérsela.

—Sabes que tu padre tiene sólo unos minutos, ¿no?

Y que nosotros tenemos todo el tiempo del mundo.

La puerta se queja contra su espalda cuando Hinata le estampa la boca como un sello en las cartas de amor, con premura y demasiadas cosas por contar y poca tinta para hablar. Se la abre y le mete la lengua entre los dientes. Entierra las uñas cortadas entre los mechones negros y sus besos deben estar bañados en vino porque se siente borracho con los labios mojados.

Le besa tan suave, tan húmedo, tan despacio que Kageyama se ahoga, muere y revive.

—Lo sé —es lo que suspira, rozándole la nariz. En un duelo sin pistolas ni balas ni tierras por las que ruedan los rodamundos—. Solo quería decirte que hay una esterilla para el suelo de la bañera, es de peces y la compré desde que dijiste que vendrías —le muerde el hueco que hay entre el labio inferior y la barbilla—, porque pensé que así se te haría más fácil.

Kageyama lo coge por la nuca antes de abrir la puerta y le devuelve todos los besos que no se han dado todavía.

Queriéndole como a nadie.


El beso no significa el punto y final a esta historia, sólo el cierre de una de sus primeras veces. Aún nos queda mucho camino que recorrer para que termine y espero tenerlos a ustedes al lado para disfrutarlo juntos. Ü

Me han hechos dos fanarts preciosos que he posteado en Facebook (Jane Smith, con un avatar que pone TeamIwaOiIwa) sobre estos chicos besándose, espero que se pasen, me agreguen digan holiwi y comenten lo que quieran.

REVIEWS:

Cumbres borrasc: He de suponer que FF te ha cortado las alas con el nombre, pero pillo la referencia a Emily Brontë (L) Espero que en este capítulo te hayas sentido realizada porque se han comido la boca a diestra y siniestra.

A. Pol: ¡Hola caracola! Hinata con el cabello corto es sexy, además me lo imagino tratando de peinarse el flequillo por las mañanas para que los rizos no salgan disparatados y me muero de la risa. ¡Desayuna y aliméntate para que me leas y comentes! Me parece todo un honor que hayas dejado el desayuno sólo por leerme, gracias solecito. Nos leemos prontoooo.

Rin-kun: Y otra vez he vuelto a resurgir, me estoy convirtiendo en el fénix de Harry Potter. :3

Drunika: A mi me duele el corazón de pensar que a ti te explota el tuyo, muchas gracias por darme tantos ánimos en tu comentario. Ten un gran día caracola espero que lo pases genial hoy.

Guest: Holi! Creo que siempre lo pasamos mal viendo ver a gente discutir y estar mal entre ella, sobre todo si les cogemos cariño. Con respecto a Megumi, yo creo que cada uno tiene una idea diferente del sexo y todas son óptimas. Verlo de forma romántica, como Hinata, o como algo más cotidiano, como ella, todo es correcto, es una forma más de ver, pero a ver no es que ella lo tenga con cualquiera. Quería hacerlo con Hinata porque le gustaba y le tenía confianza y eso era más que suficiente como para tener algo. Espero que este capítulo te haya gustado incluso más que el anterior. (L) Que tengas un buen día y que nos leamos más pronto que tarde.

No sé si habrá sido lo que esperaban de su primer beso, pero he hecho todo lo que estaba en mi mano para que tuviesen un poquito de ambos.


¿Una review por esos besos con sabor a te quiero?