¡Hola, soletes! Después de pensar un montón en cómo podría llamaros cuando me dirijo a ustedes en colectivo, creo que soletes es el termino que siento más indicado. Bueno, ha pasado mucho tiempo pero ¿y si dejamos las excusas para el final? El capítulo no es ni el más largo ni el más corto que he escrito, aunque a partir de ahora quiero hacerlos de esta longitud (mil palabras para arriba-mil palabras para abajo). Son 28 páginas, o casi 17.000 palabras a Word. Podría ser más pero mi beta Meriinay me dijo que lo cortara en ese punto para dejaros con las ganas (L).
AVISO: La subida de rating M es totalmente justificada.
Haikyuu no me pertenece, por desgracia, si así fuera las cosas serían bastante distintas. Furudate es un chico/chica/ser del averno con suerte por tener los derechos de autor. Pero bueno, yo tengo mousse de chocolate en la nevera y un examen mañana de Psicofarmacología. Todo hay que mirarlo desde el mejor prisma.
Cosas randoms que quizás no sepáis:
J-Gel Ultra Hard! = Es una gomina japonesa.
Balconear = observar algo sin intervenir.
Espirituosos = referencia al alcohol.
La canción japonesa de Happy Birthday = Yahoo respuesta me ha dicho, y yo me lo he creído porque alguna tiene que tener fe en él, que en Japón se suelen usar dos versiones. A los niños se les enseña la tradicional, mientras que los adultos usan una en inglés. (Porque se creen guays).
Los hombres lobos de Castronegro = es un juego de cartas, Wikipedia te dirá que se necesitan mínimo 8 personas pero es mentira porque yo he jugado entre 5 y la cosa sigue interesante. Está basada en un mundo donde existen los hombres lobos, asesinan a alguien por la noche para alimentarse y luego por el día cuando se descubre el cadáver (porque son así de tontos) la Aldea se reúne y todos los ciudadanos votan para señalar a quien creen que es el licántropo. Éste muere y descubre su carta y siguen así hasta que o ganan los lobos o los aldeanos. Hay otros personajes como Cupido (que empareja dos personas al azar y se vuelve después aldeano), la bruja (que tiene derecho a matar y resucitar/curar), la vidente (que puede mirar las cartas), o la niña (quien abre los ojos a la vez que los lobos, por la noche, y si es lista lo hará sin que la vean porque sino estos la pueden matar).
Aunque el capítulo ha sido beteado siempre puede haber dedazos así que agradecería cualquier comentario al respecto. Agregadme a Facebook, Jane Smith, y juntaos al nuevo movimiento social (contra mí) que se llama MEH, no tiene ningún desperdicio Ü
X.
A Kageyama le pican las palmas de las manos mientras se quita la ropa, la dobla y la mete en una bolsa de plástico que irá luego a su mochila.
Coloca el champú al lado izquierdo del gel de aloe vera y frutos rojos, y abre el chorro de agua para que se caliente poco a poco. En ese piso no tienen termo eléctrico y los que van por bombona siempre tardan una eternidad, así que deja que salga hasta que empieza a salir humo. Habían sido diez, quizás quince besos. (No los cuenta, pero los cuenta). En la puerta y sobre la cama y contra la pared. Muchos e insuficientes. Intenta no pensar en ello. Procura apartarlos de sus pensamientos. Sin embargo saborea el batido de oreos en la boca cuando pone un dedo dentro de la ducha. Se recrea en ellos sin quererlo mientras el champú le vuelve ciego y le sumerge en un mar oscuro de recuerdos; mientras se seca con una toalla marrón chocolate; mientras intenta vestirse con un disfraz que no va a ser capaz de disimular toda la adrenalina que bombea la sangre a través de las venas.
Sigue presente la sensación de sus labios al abrir la puerta. Nota sus dedos en la nuca. Hinata no puede darse cuenta. Jamás. Del poder tan terrorífico que tiene en sus manos cuando lo toca.
Marca el número de su padre con el estómago caliente. Sentado en el suelo, la espalda contra el somier y su almohada de único amortiguador entre la columna y los hierros de la cama. Le tiembla la sonrisa entre los labios y los dedos de los pies bailan dentro de los calcetines. Escucha el pitido hacerse hueco desde el móvil de Kageyama —el suyo continúa cargándose en el salón—. Evita mirar la puerta cerrada. Intenta no imaginarse a Kageyama entrar por ella proponiéndole la brillante idea de ahorrar agua en invierno. Hinata apoyaría fervientemente esa moción. Le importa el medioambiente. Y su inexistente vida sexual.
—Vamos a ver, te parecerá bonito, ¿no? —le recrimina su padre al otro lado del mundo—. Yo tratando de contactar contigo para saber cómo estás y tú no sólo no respondes a mis llamadas. (Que ya me parece fatal). —Suspira, cargado de un drama que no es real—. Si no que, además, me cuelgas. Pienso replantearme tu regalo de Navidad.
—Papi —tienta con voz lastimera. Alargando la palabra todo lo que da de sí—, llevas fuera mucho tiempo, ¿vas a privarme de un mísero regalo sólo porque estaba ocupado?
—Ni se te ocurra ponerme ese tonito, Shōyō, que nos conocemos. —Hinata lo escucha resoplar y sabe que lo tiene en el bolsillo. Su padre es fácil de complacer. De pequeño era capaz de sacarle cien yenes al día sólo con darle un par de besos en las mejillas y regalarle un dibujo. Aunque se le diese fatal—. Te escucho feliz.
—Lo estoy, papá. Aunque me faltas tú por aquí para practicar Go, ya no recuerdo ni la mitad de las reglas.—Atrapa un fino hilo que cuelga de la pretina del pantalón, alrededor de la cintura, y comienza a darle vueltas en su dedo—. Mamá y Natsu también te echan de menos —censura para luego añadir—. No tanto como a mí, claro.
La risa de su padre siempre le ha recordado a los días soleados, incluso cuando suena tan lejana.
—Entonces deberían echarnos de casa por abandonarlas —acepta, risueño. Detrás de sus palabras se escucha gente hablar. En inglés, concretamente—. Pero dentro de nada estaré ahí, dándoos la tabarra y pidiendo que me acompañes a pescar aunque se te dé fatal poner una lombriz en el anzuelo.
—¡No se me da fatal! ¿Cómo puedes decir eso? —Arruga la boca al recordar su último intento. Era rosa y delgada y aunque no gritaba Hinata podía escuchar cómo se quejaba—. ¡Es que no quiero matarlas! ¡Me da toda la pena del mundo ver cómo se retuercen atravesadas por la mitad! —se defiende, chascando la lengua. Da un tirón y se queda con el pequeño ovillo alrededor del dedo—. Mira, me has puesto nervioso y acabo de romper mi pijama por tu culpa, lo que equivale a tres noches comiendo fuera de casa. Quiero costillas a la brasa.
Exagerar nunca está de más en su familia. Es un método de supervivencia.
—Vaya, buena idea como regalo de cumpleaños.
—¡Papá, este año ya me compraste dos!
—¿Entonces de qué te quejas? Te compraré un imán que ponga Hollywood.
Ni la racanería.
Lo peor es que seguramente sea verdad. Llegará a casa con el pelo más largo y más claro de lo normal y la piel morena por el sol de California, cargando souvenirs que no sirven de nada pero que a su madre le encantarán pase lo que pase, y que acabarán siendo parte de la casa a pesar de que no pegan con la decoración tradicional.
—¿Y Kageyama? —pregunta, socarrón—. Me imagino que la ducha funciona, ¿le costó mucho descifrar el funcionamiento?
Escuece. El balazo entre las costillas.
—Soy demasiado inocente por creer que te has creído algo de lo que te dije, ¿verdad? —La vergüenza le pinta las mejillas—. No has llamado en el mejor momento, papá. Deberías desarrollar un sexto sentido para no cortar el rollo, ¿sabes?
—La próxima vez invéntate una excusa mejor, hijo. Una que no insulte la inteligencia del chico que te gusta.
Esta vez el disparo le da cerca del corazón y Hinata sólo quiere que su padre deje de burlarse de él.
—Sólo por cómo te estás comportando deberías comprarme algo así como una entrada para el parque temático de Osaka —pide, levantándose—. Lleva abierto desde hace dos años y yo llevo dos años sin mi varita de mago, lo cual es un sacrilegio en el mundo pottérico. Podría ser auror, el cambio de galeones a yenes está muy bien pagado. —Su intento de ser mordaz muere en la carcajada que brota del Iphone 6 y se resigna a sus sueños de mago para pasar a buscar el traje de Naruto. El camino del ninja es mucho más llevadero. Y económico—. Kags está duchándose, sí. Por si te interesa de verdad su higiene personal y no humillar a tu hijo.
—¿Me vas a decir qué ha pasado o te tengo que preguntar?
—¿No me estás preguntando ya? —Mientras adecenta la cama procura no pensar más de lo sano en por qué están las sábanas arrugadas. O por qué aún siguen tibias al tacto cuando las estira y dobla lo sobrante bajo el colchón—. ¿No tenías prisa?
—Si me cuelgas de nuevo, tú y yo vamos a tener una conversación muy poco agradable, señorito —le advierte. Hinata adivina su expresión con sólo oírlo. Cejas pelirrojas fruncidas y ojos adornados en arrugas de la expresión. Una cara salpicada de pecas y un intento de enfado que siempre desemboca en simpatía—. ¿Ha pasado algo?
—Supongo. —Coloca las almohadas. Una al lado de otra. Ayer durmieron ahí y esa noche volverían hacerlo y está hablando con su padre así que no debería divagar sobre esos temas en ese preciso instante—. No lo sé, acaba de pasar. Está pasando, ¿tenemos que hablar del tema ahora? Porque aunque quiero contártelo no sé exactamente qué decirte así que nada de chivarse a mamá.
—Hijo, qué falta de confianza.
—No sería la primera vez que lo haces.
—¡Oh, claro! Se me olvidaba que decir que tu hijo de trece años se ha cogido una perreta y no quiere bajarse de un árbol porque se ha dado cuenta de que no podrá ir a Nunca Jamás es delatarlo —se mofa, el muy listo—. Más bien, fue un grito de auxilio para que no te abrieras la cabeza contra el suelo al tratar de probar que podías volar.
—Podrías, yo que sé, no ponerme en evidencia.
—Shōyō, no me hacías caso.
—Natsu también quería intentarlo —añade Hinata a la historia, tirando los zapatos en la parte baja del armario. El móvil pinzado entre el hombro y la oreja—. Casi puedo verla enganchada al tronco como un koala.
—No fue nada divertido.
Pero ambos se ríen porque es un recuerdo muy viejo que acabó en lágrimas y tiritas de animales.
A su padre no es que le moleste usar Line para contarle el tipo de arena que tienen las playas de California, o qué tal le va con las piezas de Durango que pasarán a ser parte de un museo tarde o temprano, o para mandarle fotos de las vistas que tiene su habitación. Simplemente no tiene tiempo. Y Hinata lo comprende igual que en su momento entendió que la verdura es sana y tampoco sabe tan mal. Así que vuelve a colocar las camisas que se han ido cayendo sobre el suelo del ropero en perchas y entretanto se cuentan todas esas cosas que han ido dejándose en el tintero. Rutinas. Quereres. Su padre le explica cómo hace su compañera las fajitas y los tacos y Hinata, por su parte, le pone al día sobre los partidos que le quedan y los exámenes que ha ido aprobando y el nuevo trabajo a medio tiempo que ha conseguido para ahorrarle costes a su madre y a él. Tiene que admitir que se le infla un poco el pecho al escucharlo hablar de él con orgullo y casi se olvida de que Kageyama está a menos de diez metros duchándose.
—Por cierto, la semana pasada pude conseguir la firma de May-Treanor. Era la última que quedaba.
—May-Treanor. —El nombre le quiere sonar, pero sus calzoncillos no quieren entrar en el cajón—. No caigo.
—Hijo, eres tú el que me ha dado una lista con todos los nombres de jugadores de voleibol —apunta—. Creo que tiene la misma posición que Kageyama.
El escalofrío de emoción le recorre el cuerpo entero en pequeñas ráfagas. El vello de la nuca de punta. Su ropa interior de Spiderman entra por fin en su sitio.
—¡Misty May-Treanor! —El grito le raspa la garganta y se tiene que tapar la boca para que nadie más lo escuche—. Venga ya, papá. No puede ser. Es que no puede ser, si me habías dicho que era imposible. Misty May-Treanor —repite, atónito—. Es la colocadora favorita de Kags. Lo sabes, ¿no? Es que le va a molar mogollón.
—Lo sé, en la lista la has puesto unas cinco veces.
—Misty May-Treanor. Papá, es que no sabes lo maravillosa que es. Bueno y, ¿cómo era? Debe de ser genial. ¿Es muy alta? Porque según la pagina de Wikipedia mide un metro setenta y cinco pero en los partidos parece llegar a todos lados.
Tienta con la palma de la mano hasta encontrar la cama y busca tierra firme en ella. Necesita sentarse y necesita respuestas.
—Si lo llego a saber le pido que también firme en otro lado —medita, con sorna—. Pues, bastante simpática, la verdad. Le pareció sorprendente que en una pelota cupieran tantos nombres.
—Lo que es de Kageyama es mío, por eso no te preocupes —escupe Hinata, sin respiración. Le está empezando a doler el estómago—. Jopé, me encantaría estar ahí y pedirle que juegue conmigo.
—Algún día —le promete, como hacen todos los padres del mundo, llenos de cariño y fe inquebrantable—. Pobre chico, si os llegáis a casar le diré que te pida separación de bienes.
—¡Papá!
—Bueno, vale, no le diré nada. Quizás se le insinúe la mala decisión que ha tomado después del "sí, quiero".
Hinata suelta una carcajada, tirándose a lo ancho del colchón. Los pies le cuelgan del somier sin tocar el suelo. Solo espera que su madre se lo tome tan bien como él.
—Muchas gracias, papá.
—Esta pelota ha viajado más que Gulliver en toda su vida.
—Ya… Espero que le guste.
—Estoy completamente seguro de que le va a encantar.
—Si no le gusta me la puedo quedar.
La idea había surgido después de pasar la tarde viendo reposiciones de antiguos jugadores de voleibol. Algunos ya no estaban vivos. Y otros tantos tenían un pie más cerca de la tumba que dentro de la cancha. Kageyama y él decidieron poner en un papel todos aquellos que les gustaban y que les gustaría conocer aunque viviesen a ocho, diez, o veinte horas en avión. Estaban aburridos y estudiar no era una opción. Fue casi como un juego ya que ambos sabían que las probabilidades de viajar a corto plazo eran limitadas. La hoja se quedó en su libreta de inglés, rayada de nombres, hasta que el verano pasado a Hinata se le ocurrió la (brillante, en su opinión) idea de conseguir todos los autógrafos en una única pelota.
Tener un padre que trabaja en diferentes yacimientos del mundo sólo había sido el medio.
—Paso a dejártela la próxima semana y así me enseñas la zona.
Sólo por las molestias Hinata piensa limpiar el salón.
Un poquito.
—Papá, al final no me has dicho si era alta.
—Por Dios.
—Saturday night, I feel the air is getting hot —canta Bokuto, abriendo la nevera. No deja de tararear ni marcar el ritmo de la canción con el pie. Roba una naranja mandarina del estante superior, junto a tres cajas de cervezas. La pela sin prisas. Con una mano tira las cáscaras en el cubo de la basura y con la otra se echa gajos a la boca. De dos en dos. Las gafas negras casi se le caen de sus mechones grises y negros en un paso de baile sin pareja— …Be my baby.
Su expresión alegre le quita toda la seriedad al traje tizón. Aunque claro, los Hombres de Negro tampoco creaban un ambiente muy formal cuando entraban con aires de grandeza en algún pequeño local de mala muerte.
—¿Conoces la canción?
Nada más poner Kageyama un pie fuera del vaho Hinata había ocupado el baño, hecho un torbellino. Los brazos atestados de lo que supone que eran su disfraz, laca para el pelo y una toalla amarillo canario. Le plantó un beso en la barbilla, confesándole en tono juguetón "estás guapo", y le quitó la oportunidad de responderle al desaparecer tras la puerta sin decir adiós. Así que se había metido en la cocina a hacer tiempo. A echarse algo en el estómago. A esperar que alguien sepa explicarle qué es lo que pasa a continuación, después de que Hinata le haya besado.
—Casi siempre me la pongo en la ducha, antes de salir, y luego se me pega el resto de la noche. —Tiene la sonrisa ancha, igual que los hombros. Embutidos en una chaqueta que (quizá) le va demasiado pequeña y que (seguramente) terminará como un trapo después de un par de bailes—. ¿Te gusta el disfraz? No tiene la misma gracia sin Kuroo, pero Kenma me ha dicho que al parecer tenía que ir a buscar a gente más importante que yo, y se ha ido sin siquiera saludarme. ¿Te lo puedes creer?
Bokuto es otra tormenta que deberían evitar personas como él. No ha empezado la fiesta y ya parece que lleva encima tres rayas de coca.
—Me gustan las películas.
—¿Sí? Yo las vi con Akaashi —explica, soñador. El jugo de fruta le mancha la comisura de los labios—. Era un domingo cualquiera, había venido a ayudarme con mates. No sé si sabes que tengo un año más que él pero es que se me dan bastante mal y Akaashi, en fin, Akaashi es tan bueno en todo. —Cuando Bokuto se estira para arrancar un par de servilletas del rollo, Kageyama se sorprende al comprobar que lo rebasa en altura por más de un par de centímetros—. Y, ya sabes, al final acabó un poco harto de mí porque las matrices son como, algo así, el Everest para un parapléjico, así que nos pusimos—bueno me puse a buscar pelis —continúa narrando. Abre la nevera, guardándose el papel en el bolsito del pantalón, y esta vez ataca un tetrabrik de pera-piña—. ¿Quieres?
—Venga, vale.
A caballo regalado no se le mira el diente y a Kageyama opina que todo es mejor que recrearse en cómo serán las cosas ahora con Hinata.
A lo mejor será incómodo.
—No solemos coincidir mucho, ¿no? —comienza Bokuto, abriendo y cerrando uno de los armarios. Kageyama se traga la desazón como si fuese una pastilla para la tos, amarga y seca. A él también le gustaría saber dónde está cada cosa hasta conocerse de memoria el número de tenedores que hay en el apartamento—. En plan, a ver, sí. Partidos y esas cosas, pero quedar-quedar: nanay, ¿no? El verano pasado estuvimos todos y ni siquiera recuerdo hablar contigo a solas, tío. Es una pena, se te ve simpático.
Lo escanea de arriba abajo.
Nop. Nada puede ser más incómodo que ese momento. Kageyama coge la taza blanca que le tiende, demasiado llena para su gusto, y comienza a preocuparse al notar que Bokuto disminuye la distancia media entre ambos. Debería haber leyes sobre el tema. Su sonrisa rebasa el filo del vaso mientras bebe.
—Supongo que será que nos llevamos un par de años.
—¡Y qué bien me conservo, eh! —exclama, orgulloso—. Ahora que lo pienso, creo recordar que el pequeñajo me dijo algo sobre que estabas con Ushijima. Que tío más grande.
—Pues, la verdad…
A Kageyama le cuelga la respuesta en los labios cuando Bokuto decide que es buena idea interrumpirlo y continuar hablando.
—No para de echarte flores, colega. Hinata, digo, no Ushijima —se apresura a aclarar—. Que si tus saques son mejores que los de Oikawa. Que si no hay nadie que pueda colocar la pelota mejor que tú. Espero que lo hagas bien —le advierte, olvidando el zumo a un lado del muro y señalándole el pecho con el índice—, porque el año pasado jugué contra tu equipo y perdí. Fue impresionante, la verdad. Así que no espero menos esta vez.
—¿Hinata? Es un exagerado —musita, sin creerse demasiado que hable de él como tema recurrente. Se lame la boca tras terminar lo que quedaba en el fondillo de la taza. Si bien le ayuda a despejar las ideas, el calor le sube de todos modos a las mejillas—. Pero, sí. Nos va bastante bien, no me puedo quejar.
Le pica el cuello. Detrás de las orejas. Le falla la parte del cerebro que debería decirle que no entra en sus planes perder contra nadie.
Como si la comida que hay en el salón fuera poca, en la mesa de la cocina descansan unas diez bolsas de patatas más y otras tantas de golosinas que contarlas con los dedos de las manos es un desperdicio.
—Qué va. Qué va. Ese chico es como yo, no sabe mentir —le cuchichea al oído y le pasa el brazo por los hombros. Ambos apoyados en la encimera marmoleada—. Por cierto, casi se me olvida, pero cómo mola tu disfraz de Sasuke, ¿no? —Parece plantearse algo unos segundos para luego añadir—: Pero soy más de One Piece porque Luffy es. Es. No hay palabras que describan lo guay que es. ¿Te has visto la serie?
Un pequeño mechón gris termina de luchar contra la gomina y se desprende del tupé. Se le ve cómodo sobre la frente de Bokuto.
(Y no se daría cuenta de un detalle tan ridículo si no lo tuviese a menos de diez centímetros de su cara)
—Creo que no más de media temporada —admite Kageyama. Se fija en sus zapatillas. Debería haberse traído un par más aparte de las deportivas para entrenar y las Nike, en las fiestas acaba uno hecho un desastre—. Bueno, quizás un poco más. Sí, no estoy seguro. Hinata lo pone de vez en cuando.
—Pues… muy mal. —Lo zarandea como castigo, riéndose con la boca abierta y haciéndole olvidar la posibilidad de terminar sin zapatillas al final de la noche—. Estoy casi seguro de que Ace sería tu preferido. Te pega.
—Ya, sí. Me cuesta ver series.
O perder el tiempo viéndolas.
—Ya me gustaría a mí tener mi propia tripulación. ¿Te lo imaginas? —Kageyama no se lo imagina pero los ojos de Bokuto, casi dorados y tan cegadores como el foco de una linterna directo a las córneas, creen ver lo imposible—. Iría sin camiseta todo el día. Y en bañador, para tirarme en el Grandline siempre que me dé la gana. Akaashi llevaría el timón —admite, con una sonrisilla—, es quien tiene mejor orientación de los dos así que no necesitaría un mapa para llegar a El Dorado.
—Creo que confundes la serie con la película.
—Tienes buenas intenciones, joven padawan, pero en el capítulo doscientos ochenta y cuatro, ciento setenta y cuatro para los mundanos que ven el anime, aparece una ciudad llamada Shandora. Lo que viene a ser la Ciudad de Oro. —Ahí, recargado contra el marco de la puerta, Kuroo abre los brazos de par en par y le guiña un ojo a Bokuto—. ¿Dos semanas sin vernos y pierdes las buenas costumbres, bro?
En un visto y no visto Kageyama pasa de ser el preso de un agente secreto del FBI a ser el espectador de un encuentro demasiado íntimo entre dos tíos que amedrentan extraterrestres.
Para él no es nada nuevo, si bien no frecuentan los mismos sitios ni está del todo dispuesto a empezar a hacerlo (Bokuto y Kuroo hablan mucho, de muchas cosas a la vez y a una velocidad en la que incluso Flash se sentiría incómodo, con una entonación que supera los decibelios recomendados entre seres humanos y con un toqueteo del que él no quiere ser diana), es imposible no sentirse influenciado por las anécdotas que le cuenta Hinata. Con la boca siempre llena de buenas palabras sobre lo genial que se lo pasa practicando recepciones con ellos. O de lo divertido que es jugar a los bolos por fin con alguien que no necesita el modo para niños. (No es su culpa estar poco acostumbrado al peso de esa bola, ¿vale?, siempre acaba con la muñeca machacada al intentar corregir la dirección y tirar alguna línea). O de lo bien que imitan los bailes de NCT —un grupo coreano que Hinata escucha y que Kageyama procura hacer que no oye—, "mola mogollón, Yamayama, espera que te lo enseño". Y, claro, decirle que no es como tirar piedras al mar. Las engulle y las olvida en sus fondos marinos. Así que, al final, acaba con la cancioncita metida en la cabeza una semana entera.
Debería buscarme otras personas con las que juntarme, en realidad. O nadie.
La cocina no es especialmente grande. Es de lo primero que se da cuenta en el momento que Kuroo y Bokuto chocan en el epicentro de la habitación lloriqueando unos cuantos "bro, qué guapo estás" y "bro, te he echado de menos". Llega un momento que la palabra "bro" deja de tener sentido. La cocina no es especialmente grande y ellos no son especialmente pequeños. Kageyama lo nota porque Kuroo casi derriba con la cabeza la lámpara de flores que cuelga del techo cuando Bokuto lo coge en volandas para darle vueltas en el aire. ¿Por qué? Porque pueden. La cocina no es especialmente grande, ellos no son especialmente pequeños y Kageyama sobra especialmente en esa situación. Es lo último que piensa mientras se replantea su existencia, observando cómo se abrazan:
—Madre mía, qué culazo tienes —premia Kuroo, dándole una palmada—. Cómo se nota que le has estado dando a las caderas, ¿eh? A mí no me engañas.
Bokuto, que no se quiere quedar atrás, le toca el paquete con todas las de la ley. Palpa a gusto del consumidor.
—Mejor no hablemos de quién tiene qué, colega, que me pongo tonto.
Y ahí, es donde Kageyama deja a un lado su taza, dispuesto a dejarla sucia con tal de salir de la cocina sin llamar la atención.
—Bueno, bueno. Estás asustando al niño, Bokuto, controla esa mano.
—¿A Kageyama? Que va, hombre. —Suelta una risotada como respuesta y luego se gira para observarlo, más cerca de la puerta que nunca. Levanta una de sus cejas grises—. ¿Verdad?
Kuroo también se apunta al duelo de miradas con una sonrisa que le ha visto varias veces en medio de los partidos, dibujada con socarronería y hecha a mala sangre. Se lanzan una ojeada de soslayo, se abrazan y se acercan a él en dos zancadas. Como dos siameses.
—¿Entonces?
Bokuto. Más serio que un arbusto.
—¿Tú también quieres?
Kuroo. Sólo le falta la enciclopedia para ser un vendedor a domicilio.
—No nos importa…
—… Compartir el cariño.
Y empiezan a partirse, el uno sobre el otro. Se ahogan tratando de hablar, "es que ha sido buenísimo" y "joder, deberías haber sacado la cámara" y "estas cosas no se planean, tontaina". Se dan de manotazos como si así pudieran apagar las risas. Bokuto lo atrae y se apoya en él, buscando descanso. Hablan entre exhalaciones "tío, es que me lees la mente" y "bro, cuando me muera escribe tú mi epitafio" y "si te mueres, no te preocupes, yo te voy a buscar al infierno. No me mires así, Bokuto, al cielo no puedes ir" y, en el momento que Kageyama cree que se han relajado, vuelven a comenzar la fiesta del humor.
—No. La verdad es quería ver si Hinata ha terminado de ducharse.
—Ya vendrá, ni que estuvierais saliendo —suelta Bokuto.
Aun así da un paso más hacia el salón desoyendo a Kuroo "tío, creo que sí" y a Bokuto "que sí, qué" y nuevamente Kuroo "mira que eres lento, joder, que sí están saliendo" y se queda en la puerta para ver el panorama, porque realmente ir a buscar a Hinata es mitad excusa, mitad verdad.
Por el sillón encuentra un par de personas que no conoce —copa en una mano y patatas en la otra—, a Kozume enseñándole algo en el móvil a Yaku, quien seguramente acaba de llegar con Kuroo, y a Iñaqui, vestido de Jesucristo Superstar, junto a un hada rubia que tampoco registra entre caras conocidas. Podría acercarse y saludar y ser una persona civilizada o esconderse en la habitación de Hinata hasta que se digne a salir del baño o, también, aguantar un poco más y enterarse de por qué la cocina se ha vuelto una batalla en menos de un segundo. Algo sobre frases célebres de Los Hombres de Negros. (Decide lo segundo, por proximidad). No tarda mucho en ponerse al día. Por lo visto, Bokuto se ha olvidado de memorizarlas porque había quedado con Akaashi. Kageyama empieza a sospechar que va a volver a escuchar ese nombre más veces esa noche.
—Vamos, no te enfades —oye que lloriquea Bokuto.
—No, tío, siempre igual. Sois unos pesados —recrimina Kuroo—. ¿Has visto que hice margaritas? Porque yo sí me acuerdo de las cosas que me dices.
Si estar a solas con Hinata es una cuarta parte menos incómodo de lo que es estar a solas con ellos dos o en medio de una fiesta, piensa rezarle a la cosa más estúpida que se encuentre en la nevera. No sé, un apio, por ejemplo.
—Creo —medita, mirándolos por encima del hombro. Están cerca de la nevera, con la puerta abierta, trasteando entre los botellines de cerveza—, que voy a ir a comprobar si Hinata ha terminado.
—Eh, sí. —Bokuto abre los ojos de par en par, sorprendido de que siga por ahí—. Tráeme al pequeñajo para que salude a su senpai.
Asiente un par de veces antes de caminar hacia el pasillo, a pesar de que posiblemente ninguno de los dos le haya prestado atención.
—De senpai tienes lo que yo me sé. —La voz de Kuroo le llega de algún hueco de la cocina. Lo deja atrás junto al rumor de las risas enlatadas en la sala y el carraspeo de una puerta que se abre a sus espaldas.
Lo recorre a paso lento, a la vez que una extraña sensación de irrealidad se apodera de él. Está ahí, en una fiesta de disfraces, a unos minutos de ser ahogado entre un mar de personas y música demasiado alta, y con los labios de su mejor amigo todavía metidos debajo de la piel.
No termina de doblar la esquina cuando se topa con algo blando y pequeño que se queja contra su pecho.
—Ah. —Abre la boca, boqueando como un pez fuera del agua. Emite otro "Oh" antes de sonreír, casi tímido—. Justo te iba a buscar.
La única luz que alumbra procede de alguna habitación que ha debido dejar encendida, así que las sombras los rodean. Sombras entre las que Kageyama puede ver la camiseta de redecillas negra que lleva bajo el chándal naranja; el pelo intencionalmente despeinado; el cristal azulenco que resplandece cerca de sus clavículas; Hinata, que le observa a través de unas pestañas tan espesas y pelirrojas que casi puede notar bajo la palma de las manos el suave pelaje de los tigres. E, inesperadamente, siente como si tuviera a uno delante. Precioso y peligroso.
El baño es pequeño, por lo menos para un piso que comparten cuatro personas en el que a veces coinciden más de dos lavándose los dientes o afeitándose o peinándose las greñas o memeo-memeo-abranpaso-memeo. (Hay otro pequeñito al lado de la habitación de Kenma, pero el retrete y el lavamanos son minúsculos, así que se usa más bien en casos de emergencias). A primera vista destaca la bañera, al fondo y de un rosa brillante —"salmón, Hinata, apréndete de una buena vez la gama cromática", le diría Iñaqui. El lavamanos, hundido en una losa larga, ocupa casi todo el lateral izquierdo de la habitación. Tiene un ropero de dos puertas debajo, donde acostumbran a guardar las toallas y los productos de limpiezas. Si no fuera porque el bajante del desagüe pasa justo por en medio Hinata cabría dentro. Hay una muesca en la puerta. En su momento no le hizo ninguna gracia pero ahora parece ser un chiste que cuentan de cuanto en cuanto. Hinata estaba lavando los platos e Iñaqui acostumbra a ponerse a sus espaldas sin hacer ningún ruido porque, seguramente, en alguna vida anterior fue un ninja; se esconde justo en el ángulo en el que es incapaz de verle y, claro, cuando se da la vuelta lo ve: callado como un muerto y tan gigante que podría robarle la comida a Piecito en el Valle encantado. Hinata gritó, abrió el agua del grifo y lo bañó de arriba abajo. A Iñaqui no se tomó bien mojarse con su camiseta de La Bella y la Bestia y, en un visto y no visto, lo perseguía con una garrafa a medio vaciar.
Se puede decir que la puerta estaba en su salida de escape.
—Soy más alto que tú, ¿cómo te hace sentir que esté por encima de ti?
—No eres más alto, memo.
—No pasa nada por estar a un nivel más bajo que yo, Kags, es bueno cambiar de perspectiva de vez en cuando.
—Los juegos de palabras no son lo tuyo, cara culo.
Le hormiguean los dedos entre sus mechones. Negros y finos y algo húmedos por el spray que acaba de echarle. Huele a coco, aunque debajo identifica al aftershave que siempre se ponía en las duchas y que le recuerda a algo cítrico y salvaje. Si le diesen la opción de pasar de la fiesta junto a hundir la nariz en el hueco de su cuello, Hinata lo haría. Se quedaría ahí, acurrucado, hasta que uno de los dos se quejase por la postura.
—Insultarme y no hablar de tus sentimientos no es sano. Lo dice todo el mundo.
—Claro, voy a tomar ejemplo a partir de mañana. Apúntatelo en la agenda —escupe, con cierto desdén. Hinata lo escucha chasquear la lengua mientras le hace la raya al centro—. Además, si tu concepto de ser alto implica una superficie a la que subirte, deja que me ría un mes —añade Kageyama, inclinando la cara hacia delante para darle mejor acceso a su pelo. Le gusta que se lo toquen (aunque no lo diga). Cierra los ojos y limita las líneas de expresión a la más simple, tan relajado que cualquiera diría que están a punto de encender las velas de una tarta en medio de cuarenta personas—. Tampoco te pases con la gomina, es tóxica.
—Claro que sí, como el lavavajillas. Todo para ti es tóxico.
—¿Has visto la de mierdas que tiene?
—Cállate, Kags —le chista en voz baja. Estira el brazo, haciendo malabares para que ninguno de los dos tenga que moverse demasiado, y se pone otra nuez de la J-Gel en la palma para fijar el remolino que se le forma en la coronilla—, no tienes razón.
Ve por el rabillo del ojo cómo frunce la boca, en un mohín pequeñito. A Hinata le encantaría ser más fuerte para no dejarse deja llevar por la sonrisa que le roza los labios.
No estaba muy seguro de lo que podía esperar después del beso. Los besos. Y está casi seguro de que Kageyama también se había hecho su propio mundo del asunto. Pero teniéndolo cerca, normal y sin la emocionada adrenalina recorriéndole las venas, se sentía más tranquilo. Desinflado. Como si llevara días, meses, o incluso años conteniendo el aliento, y de repente se le permitiera volver a respirar. No hay ningún momento de descubrimiento entre los dos, porque no hay nada que descubrir.
Y, quizá, eso es lo que más le gusta.
Lo había arrastrado al baño porque realmente tenían prisa. La idea era que Kageyama se sentara en la tapa del váter y Hinata hiciera de peluquero de pie. Las ideas son eso, una representación mental de algo, y no tienen por qué convertirse en una realidad (mucho menos si una parte de ella se opone a ensuciarse porque "a saber con qué limpiáis ustedes esto. No es no, aquí y en Pekín"). Al final, Hinata acabó sentado sobre la encimera del lavamanos con el bote de gel de manos clavándosele en el costado, y Kageyama medio agachado entre sus piernas para que pudiese llegar a todos lados. La puerta entreabierta y el ruido de una fiesta tomando forma a lo lejos.
No le vino mal el cambio, después de todo.
Desde su posición tiene la libertad de resbalar la mirada por sus brazos y perseguir las líneas de sus músculos, tensos y flexionados sobre la losa. Puede tatuarse en la piel cómo las venas le serpentean desde el codo hasta las muñecas, y se le inyectan en las manos. Hinata las notas calientes contra los muslos y no puede dejar de pensar en lo guapo que está disfrazado. En lo guapo que es, todos los días.
—¿Puedes volver a enseñarme la imagen?
—Mmm. —Kageyama se lame los labios, abriendo los ojos con pereza y cogiendo aire, como si llevara demasiado tiempo dormido y ahora le costara soltar a Morfeo. Tarda un par de segundos en situarse y otros cuantos más en pillar el móvil del muro—. Siete, uno, dos, tres, ¿no?
—Menos mal que no tengo información confidencial dentro, que si no ya se hubiera enterado medio vecindario.
—Tus selfies no cuentan como algo privado. —Se remueve, cierra la escasa distancia que los separa y estira el brazo. La pantalla cerca de su nariz—. ¿Así o te lo estampo en la frente para que lo memorices?
—Guau. ¿En serio? Kageyama diciendo sel-fie. —Separa las silabas, mofándose. Le hace caso omiso a la anticipación estúpida que le molesta en la ingle—. ¿Es el fin del mundo y no me han avisado?
—Imbécil.
Hinata sonríe, le abraza por la nuca teniendo cuidado para no mancharlo y roza la nariz con la suya. Podría acostumbrarse. A discutir en voz baja, tan cerca de él que si fuera una hoguera se quemaría. Podría acostumbrarse a soportar el dolor de las llamas.
—Pero me adoras, ¿verdad?
—No lo suficiente como para soportarte. —Kageyama aparta la mirada hacia la pantalla desbloqueada, avergonzado y mordiéndose una sonrisa que no debería—. Es para hoy, ¿sabes? Termina de una vez que me está empezando a doler la espalda.
—Qué poco romántico eres, Tontoyama.
—Dice el chico sentado al lado de un lavabo.
Podría acostumbrarse a que lo consumiera.
Se les ha ido un poco de las manos.
Demasiados globos por metro cuadrado, demasiada gente arremolinada por todas partes como para respirar sin intoxicarse con el perfume del que pasa a su lado. Cualquiera diría que en ese edificio viven más persona. Y si bien mañana a lo mejor no madrugan, a algunos les gusta dormir sin que le tiemblen las paredes.
(A Kageyama, por ejemplo).
Aunque, bueno, debe admitir que se aleja tanto de su idea de fiesta que hasta le parece soportable —Si la culpa la tiene Hollywood y sus americanadas, realmente. En vez de chicos boca abajo recibiendo litronas de alcohol, hay una mesa que ha pasado a ser el tablero de Beer-Pong. En vez de música top mundial del Spotify, hay endings de animes conocidísimos y bandas sonoras de videojuegos y alguna que otra española que había colado Iñaqui en el reproductor del Ipad mucho antes de que nadie le diese al play. Los muebles continúan en su sitio, en vez de ser lanzados por la ventana; tampoco hay nadie pegándose a piña suelta en el rellano. Solo caretas y disfraces que se quejan del mal tiempo que hizo la semana pasada, del tío que dejó a no sé quién en su aniversario, de esa profesora que pide más que trabajos para subir la nota.
Lo normal, vamos.
Si se recorre un poco el salón puede encontrar un Link con la peluca más barata del mercado zampándose de tres en tres unos Doritos picantes o la zombie menos muerta de la historia del cine echándose unas risas con Chucky. Todos llevan disfraz. ¿Una sábana mal puesta con un par de agujeros y los retazos de una cara dibujada justo en el medio? Aparte de un fantasmita cutre también puede ser el personaje de Bobobo: Destape Man. Bailan y ríen a bocanadas y Kageyama se contagia poco a poco del buen humor que emana el ambiente.
Había perdido a Hinata entre la multitud hacía un buen rato. A posta, porque se empeñó en que saludar a todo ser viviente de la fiesta era una buena idea. No podían dar dos pasos sin que Kageyama dijese su nombre y su apellido y todas esas cosas inútiles que se dicen cuando conoces a alguien nuevo y que, probablemente, no iba a recordar en cuanto se diese la vuelta. En uno de sus intentos por contarle cómo conoció a Totoro —una chica vestida de Totoro— esperando a que abriesen la biblioteca central del campus, se escabulló en busca de alguna cara conocida. Además de pillar un par de onigiris rellenos de queso.
Lo siguiente que recuerda es que Kuroo estaba en la entrada, haciendo de anfitrión.
—Kenma ha sido secuestrado por unos amigos de la universidad —le informa después de darle sendos apretones a un Cheewaka y a un champiñón del Super Mario—. Querían darle el regalo ya, por lo visto. —Lo escucha murmurar algo parecido a "como si no tuvieran toda la noche" antes de sonreírles a un par de vampiros. La corbata le cuelga, floja, alrededor del cuello. No vuelven a hablar hasta que Kuroo les señala a un par de zombis dónde está el baño—. ¿Has visto a Bokuto? Me dijo que me traería una copa y aún sigo esperando.
El sabor del cheddar le explota en la boca, intenso y cremoso. Se le pega en el paladar.
—La última vez que lo vi estaba alrededor de los altavoces cantando Gangnam Style con unos Power Rangers. —Mastica lentamente. Si saltarse la dieta sabe así de bien, es normal que mucha gente se resigne a mitad del camino—. ¿Va a llegar más gente?
—Nunca pasa de moda, ¿eh? —se ríe bajito, mirando de reojo la media bola de arroz que todavía le queda. No está muy seguro si se refiere a la canción o a los héroes con monos de colores—. No creo que vaya a venir nadie más, sino puede explotar el piso —Y añade—. ¿Me das un poco?
El onigiri a medio comer en su mano derecha le susurra que no.
—¿Has visto Friends? —pregunta antes que nada. Kuroo niega con la cabeza, así que Kageyama le extiende el aperitivo. Le roba un cuarto del onigiri y se lo echa a la boca, levantando las cejas en una pregunta silenciosa—. Nada, déjalo. No lo vas a entender.
No entra en sus planes decirle "Joey no comparte la comida" y que lo mire como si le hubiera salido un tercer ojo.
—Es de mal gusto tirar la piedra para luego esconder la mano.
—Ya, bueno, te acabo de dar un trozo —le responde, con tranquilidad, y engulle el último trozo con cierta desazón—, ¿de qué te quejas?
—De nada de nada.
Kuroo se apoya contra la pared que da a las escaleras y Kageyama le imita.
—¿Estás al día con la selección femenina?
—Pues claro, tío.
Tardan poco tiempo en encajar. Enumeran las últimas colocaciones que se vieron en Polonia el año pasado; vaticinando que Brasil podría poner en un compromiso a todos los equipos dentro de unos meses en Las Nacionales. El voleibol siempre es un tema que le resulta fácil. Podría estar toda la vida hablando sobre él, después de todo. Y sin embargo, Kageyama se da cuenta demasiado tarde que lleva hablando media hora de lo aficionado que es su padre a la pesca submarina; de los tipos de anzuelos que se compró en Ichiban Tackle; del atún de tres metros que pilló en una bahía. Estuvieron comiendo pescado dos semanas. Le resulta extraño abrirse a las personas, como si eso supusiera cortarlo por la mitad y examinarle los órganos sin anestesia general, ni postoperatorio. Pero una vez rota esa barrera de incomodidad es como coser y cantar. Le narra sobre la playa en la que estuvieron acampando dos semanas un verano. Su padre se había clavado un erizo de mar por la mitad del pie y en vez de querer ir al hospital más cercano, se lo quitó de cuajo. Hubo mucha sangre y recuerda contener el aire durante tanto tiempo que el estómago le empezó a doler. Kageyama no habría tenido la mente fría de sentarse, echarse alcohol a mansalva, vendarse con lo que tenía en un botiquín de primeros auxilios del año catapún y decirles "Vaya sustito nos hemos dado, ¿eh?". A su madre le faltó fuerza para atizarle en la nuca y gritarle lo bruto que era.
Kageyama no hubiese vuelto a meter un dedo en el mar si no hubiera visto a su padre tirarse de cabeza minutos después. Y Kuroo le confiesa entre carcajadas que nunca le había escuchado hablar tanto.
Iñaqui aparece con su novia, más contento que un almendro en flor.
Su nombre le cuesta pronunciarlo más que la eñe. Effrossyni, rubia, rodeada de flores silvestres y con unas alas semitransparentes colgando de sus hombros. Se habían conocidos a mediados de semestre. Por lo visto a él le gusta más la cafetería que está en la facultad de Física porque el café es denso y amargo, no como la aguachirri de Económicas. Es una combinación curiosa: una chica griega criada desde los diez años en el norte de Tokyo y un chico canario que no habría venido a Japón si no fuera por una beca.
—Y es que. Bueno. —Kuroo coge aire, se pasa la lengua por los labios y continúa hablando con una mano levantada—. Bueno, ¿te has leído el artículo donde cuentan cómo fue exactamente? Se me ponen los pelos de punta. Dios, es que. Joder.
—¡Sí! O sea, por supuesto que sí. Me lo he podido leer unas cien veces y ver otras mil la conferencia que dieron en el LIGO. Como dijo Stuart Saphiro «se podrán observar la fusión de agujeros negros supermasivos, más fusiones de estrellas de neutrones y la unión de enanas blancas» o algo así. Y yo — Effrossyni suspira, mordiéndose la sonrisa. Tiene unas pestañas postizas que terminan en plumas violetas y dejan un rastro de color cada vez que cierra los ojos—, y yo me lo creo, ¿sabes? Tanto que no puedo dormir.
Iñaqui parece enterarse bastante poco, pero asiente y la mira sonriendo de oreja a oreja, con esa tontería que caracterizan a todas las personas demasiado enamoradas, y Kageyama tiene la necesidad de apartar la vista cuando cruzan miradas porque le resulta demasiado íntimo. Se pregunta si alguna vez alguien notó lo que sentía por Hinata. Si él lo hubiera mirado así, cálido y derretido. Si alguien también pensó que no debería ser testigo de algo tan profundo. En un momento entre alucinar por un artículo del SCIENCE ISSN y un documental de Numberphile en Youtube, Iñaqui se aparta del foco educativo, se ladea un poco en su dirección y le susurra "deberíamos huir, ahora que podemos", le pasa el brazo por la cintura a Effrossyni porque en realidad no quiere irse, "podríamos tirar una bomba y no se enterarían". Kageyama se muerde la mejilla interna para no soltar una carcajada y romper su burbuja pedagógica.
—La verdad es que estoy empezando la carrera y ya me da un no-sé-qué de ansiedad todo lo que pasa fuera de mis… —Seguramente Kuroo hubiese continuado con la excitación si no hubiera sido porque una mano le puso cinco patatas en la boca.
Se las traga de dos bocados.
—Cállate de una vez que me tienes harto, y eso que no he estado aquí para soportarte —Bokuto se queja, apoyándose en su hombro. Lleva las gafas colgando de la camisa y por el olor a alcohol que desprende posiblemente lleve un par de copas encima—. Me ha dado tiempo de bailar dos canciones de Katty Perry y volver y aún sigues aquí. ¡Me debes un baile, bro! Por cierto —recuerda y cabecea hacia el resto y extiende los dedos, saludando—, ¿no me presentas?
Effrossyni se adelanta y le estrecha la mano. Le estampa dos besos llenos de carmín lila y le repite su nombre cinco veces hasta que Bokuto es capaz de deletrearlo con claridad. Iñaqui al parecer no necesita presentación porque de oídas cualquiera es amigo dentro de su mente. Y, mientras tanto, Kageyama balconea la escena desde su posición porque, francamente, a veces disfruta más siendo un espectador.
—Oye —Kuroo a Bokuto. Le pone la mano en el cuello de un golpe—, ¿y mi copa?
—Shhh… ¿No te han dicho nunca que calladito estás más guapo?
—Kenma no me dice lo mismo en la cama, bro, si quieres te lo demuestro.
—Por favor, por favor. Coge el neurolizador y borra los últimos cinco segundos de mi cabeza y no vuelvas a insinuarme nada parecido en toda la noche.
Effrossyni les sigue la broma y le dice que quizás como hada puede tener algún que otro hechizo desmemorizante que puede ayudarle.
La punzada que le quema el esternón llega aunque Kageyama intenta ignorarla. Es apenas detectable y se va tan rápido como vino. Nunca ha sido una persona muy sociable. Cuando era pequeño se pasaba demasiado tiempo concentrado en aprender sobre cómo controlar el balón que se perdía al héroe de moda, el capítulo del que todos cuchicheaban en clase, el cumpleaños al que hubiera recibido invitación de estar más atento a las fechas en el calendario. Y aunque ahora es un poco diferente y su abanico de temas es bastante más amplio, sigue sintiéndose un poco pez. Le falta confianza y soltura y tantas cualidades que le abruma estar rodeado de gente capaz de hacer amigos en un pispás.
—Tengo alcohol, si te sirve. —Kuroo le murmura algo más a Bokuto que no alcanza a oír. Casi abrazados, soltando risitas tontas de cuanto en cuanto.
—Cielo, ¿por qué no sacas el ron Arehucas? —le propone Effrossyni a Iñaqui.
A éste se le posa una sonrisa que podría equiparar a la ilusión de un niño acordándose la mañana de Navidad.
—¿Eso qué es? —Kageyama les pregunta, aliviado de poder aportar algo a la conversación.
—Lo mejor que te vas a meter en la boca —Iñaqui contesta distraído, todavía con la idea reciente echando raíces en la cabeza. Sortea las alas de plástico brillante para pasarle el brazo por encima a Efforssyni y le pellizcar un carrillo con ahínco—. ¡Ay, qué lista es mi niña!
Las carcajadas llenan la entrada y si no fuera porque la música está bastante alta, sonarían en cada rincón de las habitaciones.
—Seguro que no.
Kuroo.
—Tú lo sabes bien, tío.
Bokuto.
—Además, Hinata me ha dicho que le gustaba bastante la leche.
Kuroo de nuevo.
—Él sabrá por qué.
Effrossyni e Iñaqui vuelven a compartir miraditas y Kageyama nota cómo la vergüenza muerde sus mejillas.
Qué leche ni que leches. Joder, como te pille, Hinata.
Los chicos lo arrastran hasta la mesa del comedor. Blue bird da sus últimos suspiros desde el salón mientras se acercan a la puerta de la cocina. Dentro de ella, Kageyama necesita inclinarse para oír a Effrossyni preguntarle si quiere nata por encima o si prefiere a palo seco. Bokuto tararea la siguiente canción nada más escuchar los primeros acordes, como si tuviese almacenado en un disco duro interno cada una de las notas que componen las estrofas, a la par que coloca los vasos frente a cada uno. Arrinconados en un hueco entre sándwiches y botellas de refrescos y miradas inquisitivas. Se ven más pequeños en sus manos y parecen inofensivos, así, totalmente vacíos. No se lo pensó mucho cuando dijo que sí, pero ahora empieza a notar el resquemor rasparle la garganta, sin probar todavía una gota. Iñaqui quita el tapón y se lo tira a Kuroo a la cabeza y a nadie le preocupa que haya terminado debajo de una de las sillas salvo a él. El aroma del ron inflama el cuarto, casi caliente. Dulzón y denso desde la botella.
Se lo traga a quemarropa. Uno. Dos. Tres. Y para dentro. Es menos azucarado de lo que le habían prometido así que su cara de disgusto no tarda en congestionarse, junto al ardor en el esternón.
—No sé si os conté —empieza Bokuto, situado entre Iñaqui y Effrossyni, señalando a los otros dos para que le presten atención—, la vez que cargué a Akaashi durante todo el camino hasta el monte Fuji. —Extiende su vaso y lo agita hacia Kuroo—. Y todo porque no quiso hacerme caso y comer algo antes de subir.
La boca del ron Arehucas se queda a medio camino. Bokuto expectante. Kuroo pasmado.
—Tú lo flipas, fue al revés.
Eso tiene mucho más sentido, la verdad.
—No.
—Sí —asevera, dejando la botella encima de la mesa de un golpe—. Yo estaba allí.
Por unos segundos, Bokuto parece dudar hasta qué punto le vale la pena alargar la mentira. Terminar por llenarse el chupito haciendo un mohín.
—Mi versión era mucho más divertida e impresionante, bro.
Hinata le había dicho hacía dos semanas que si podía comprar el Borderlands por él en el Game de Tokyo. En la página web figuraba que estaban en stock por el momento y él estaba convencido de que a Kozume le iba a encantar. Kageyama escasea de esa intuición para regalar, aunque tampoco tiene a muchas personas cercanas a las que darles algo. Desde hace un par de años los padres de Hinata dejan un paquete debajo del árbol para él por Navidad. Ese par de deportivas que lleva viendo dos meses en el escaparate que hace esquina a dos manzanas de su casa; esa camiseta que pone Hollywood a juego con su visera; ese libro recopilatorio de las mejores jugadas de voleibol de Japón. Y Natsu siempre le trae alguna manualidad de la escuela o le incluye dentro de un dibujo, como si fuese una parte más de la familia. Había sido incómodo, al principio. Recibir cariño sin tener nada más que un trozo del biscocho de limón que hace su madre como postre todos los años. A Hinata, en cambio, sí se le da bien fijarse en los detalles y encontrar esa cosa que quiere incluso antes de ser consciente de que lo necesita en su vida.
Sobre la tarta hay una sola vela, grande y pomposa, en forma de Eevee. Se erige sobre cuatro kilos de azúcar, chocolate y nata montada, centelleando bolitas de luz a su alrededor. Las chispas caen a su alrededor como una pequeña fuente refulgente. Las orejas del pokémon siguen intactas, aunque no tardará en ceder al calor si Kuroo no termina de colocarle a Kozume en la cabeza un gorro rosado con más velas de algodón. Éste se resiste los primeros segundos para luego resignarse con una sonrisa delatadora, por la que se le asoman los dientes. Colorado y encogido en medio de un sillón lleno de personas que quieren entrar en la fotografía. Kageyama no está muy seguro de si se le permite estar dentro de ese recuerdo, aunque Effrossyni le haya hecho señas un trillar de veces desde un brazo del sofá.
—¡Como no lo cantemos ya vamos a comer cera en vez de tarta! —grita alguien a sus espaldas.
Hay tanta gente que no todos caben en ese lado del salón.
—¿Preparados? Uno, dos y…
Happy birthday to you.
A nadie parece importarle cantar bien en las fiestas de cumpleaños. Se apagan las luces, respiran a la vez tratando de crear cierta sintonía entre la letra y las voces y comienzan a seguir un mismo ritmo a la par que dan palmas en el aire. Kageyama prefiere mirar en silencio, se le da lo suficientemente mal como para ahorrarles el mal trago de escucharle. Mientras Kozume ubica entre la multitud un punto al que atenerse para no morirse de la vergüenza, a él le da tiempo a tomarse un par de sorbos del botellín. Antes de que termine la primera estrofa, unos brazos delgados y fuertes le rodean por la espalda; una barbilla le hace presión en el hombro; el roce de un flequillo rizado le hace cosquillas en el mentón; unos labios con olor a fruta le respiran demasiado cerca.
—Llevo buscándote un buen rato —reprocha Hinata en su oído. Reposa la mejilla contra su sien y cierra los ojos casi por instinto.
—No me he movido de tu piso.
—Qué gracioso.
Happy birthday, dear Kenma.
—¿Estás de puntillas?
—Kageyama, no quieres empezar una guerra.
El pecho de Hinata le calienta la espalda, amplio y duro contra la columna, y él deja caer un poco su peso hacia atrás.
—¿No deberías estar ahí?
—¿Y perderme cómo cantas? —se burla, metiendo las manos dentro del fajín violeta de su disfraz. El frío de sus dedos hace que se le ponga la piel de gallina en un coletazo—. Ni de coña.
—No tienes fe.
—¿De que puedo convencerte? Mucha.
From good friends and true,
Kageyama frunce el ceño y se inclina un poco para poder verlo.
—Me he tomado un par de chupitos, así que no contaría como victoria.
El destello de la vela es lo único que le deja apreciar la nebulosa de pecas. Se le extiende desde la punta de la nariz, hasta la sombra de los pómulos.
—También podríamos ganar los dos —sugiere, bajando la mirada hasta sus labios. A Kageyama se le atasca algo en la boca del estómago.
El corazón, probablemente.
May good luck go with you,
And happiness too.
Se encienden las luces y la última frase de la letra todavía le da vueltas en la cabeza cuando el sonido de los altavoces vuelve a retumbarle dentro de los oídos. Debe de parecer un idiota, ahí, en medio de una masa que comienza a moverse y él es incapaz de olvidar la sensación de una boca contra la suya. Se encuentra un par de confeti enganchados a su kimono y se los quita sin saber en qué momento sacaron las serpentinas y reventaron los cañones llenos de papelitos con purpurina. Hinata no parece descontento por no haberlo escuchado entonar una sola nota de la canción, con las mejillas arreboladas y una sonrisa tímida como carta de presentación mientras se acerca a Kozume, le da su regalo rascándose la nuca y lo señala en la distancia.
El reloj de la cocina marca las tres de la mañana, la humedad de Kyoto lleva horas empañando las ventanas que dan a la terraza.
En algún momento entre las doce y la una de la madrugada, la señora Kaena —con sus labios rosa palo, sus pestañas postizas kilométricas y su pijama perfectamente planchado— se presenta en el piso y toca el timbre para quejarse sobre lo alta que está la música. Sería totalmente plausible si no hubiera un par de apartamentos hasta llegar al bajo. No es la primera vez que se viene con el libro de quejas bajo el brazo, las cejas pintadas en guerra y el chasquido en la boca como coletilla. Hay una teoría respecto a esa manía que les tiene. La hipótesis parte de lo siguiente. Sube, más a menudo de lo que se reconoce a sí misma, comprueba qué clase de cosas se cuecen dentro de esas cuatro paredes, se empapa de todo lo que seguramente nunca quiso ni pudo ni hará porque es muy estrecha de miras y vuelve con nuevas historias que contar a su caniche hiperactivo o a las amigas con las que queda en la plaza para tirar migas de pan a las palomas. El pobre Rodolfo le da pena, amarrado a sus bolsos de diseño sin poder divertirse con otros perros. A veces Hinata baja las escaleras cuando sabe que Kaena no está, y le habla a la puerta como si el chucho fuera a agradecerle su compañía. Él en respuesta araña un poco la puerta y olisquea el espacio vacío que forma el resquicio, y si está muy triste: gimotea. En una ocasión le pasó de contrabando una loncha de jamón, a ver si se le levantaba el ánimo.
(El problema es que cada vez que lo ve ahora se pone demasiado contento para su gusto porque técnicamente Hinata nunca ha tocado a su perro).
Su vecina no tarda en irse, después de mirarlos por encima del hombro y reñirles sobre el poco respecto que tienen hoy en día la gente joven a los mayores y la falta de sensatez por beber esa clase de espirituosos. Bajaron el volumen durante tres o cuatro openings de One Piece y al quinto alguien sube los altavoces y les promete que si pasa algo corre de su cuenta. Más de uno se marcha sobre las dos, felicitando nuevamente al cumpleañero y estrechando manos con quienes había compartido un baile u otra cosa. Y los que quedan, siguen sintiendo la fiesta bombear sangre dentro del cuerpo. Canturrean las canciones globales de Spotify y se pasan los vasos de plásticos, salpicando el suelo de refresco.
Mañana, que en realidad es hoy pero hasta que no duerma un mínimo de siete horas no piensa catalogarlo de "mañana", va a tener que limpiar un montón. Lo sabe. Pero no está en sus planes pensar en todo lo que tendrá que hacer el Hinata de dentro de medio día.
Ahora mismo lo que le interesa es saber qué va a pasar con Megumi muerta.
—Me cago en diez, os odio —les abuchea, una vez Effrossyni relata que llega el Día y pueden abrir los ojos. Va vestida de hincha americana, concretamente de los Mets, y su manopla los señala con tanta dureza que cualquiera diría que está hecho de goma espuma—. Que en la partida pasada ganase no os da el puñetero derecho a matarme la primera, pedazo de cabrones. —Se levanta del círculo que han formado en el suelo, rodeados por los sillones, y se tira sobre el que está más cerca de la mesa—. Como hayas sido tú, Hinata, olvídate de mí un mes. Vas a hacer los trabajos tú solo mientras yo me rio a ver cómo te las ingenias.
—Pero ¿yo qué he hecho ahora?
—Existir —añade Iñaqui con una sonrisa de oreja a oreja, frente a él. La corona de espigas ha terminado en algún recodo de la casa, o como parte de otro disfraz, dejando su pelo oscuro y rizado hecho un nido de águilas.
—Megumi —empieza con un mohín en la boca. Le hace un corte de mangas a Iñaqui, que sigue su campaña contra él diciéndole que es un embustero—, cómo va a ser mi culpa si soy un aldeano. Además, eres mi amiga, yo no te mataría.
Kuroo y Bokuto cuchichean encendiendo la cachimba, con las cartas del juego boca abajo delante de sus piernas. Sólo le falta que nada más empezar la ronda lo tachasen de lobo y decidieran matarlo. No ha ganado ninguna de las tres anteriores (en las cuales, dos de ellas ha terminado muerto porque les parecía gracioso echarle) y su orgullo empieza a sentirse resentido.
—Eso dices tú, con la carita de cordero degollado que llevas a mí no me engañas. —Megumi se estira y coge un buen puñado de Cheetos. Se los echa uno a uno a la boca, lamiendo el colorante de los dedos. Joder, él también quiere comer algo—. Os va a matar a todos y al final yo habré ganado cuando pueda decirles que "os lo dije".
—Guau, tienes muy mal perder, ¿eh? Necesitas relajarte, ¿quieres un poquito? —ofrece Bokuto, apuntando a la pipa. Le guiña un ojo y Megumi se lo devuelve de mejor humor. Todavía no la han encendido pero el sobre de piedras (que Hinata supone que será lo que da sabor) desprenden cierto olor meloso que le insufla los pulmones—. Esta marca es bastante buena.
—Esta marca es bastante buena —Kuroo repite con retintín—, lo dices como si la hubieras comprado tú. No, quita. —Le da un manotazo y coge los discos negruzcos—. Lo estás haciendo mal. Déjame, ya lo hago yo. La última vez quemaste todo el carbón por no colocarlo bien. —Agachado y distraído, les echa una miradita—: ¿Pasamos a las votaciones? Porque yo tengo claro que Yaku es uno de los tres lobos. Mira la cara de zorro que tiene. —Señala a su derecha con las pinzas de metal en la mano—. Siempre que tratas de ocultarme las magdalenas de tu madre la pones igual.
—¿Yo? Tío. —El pobre se pone tan rojo como un tomate, coge el cojín que tiene bajo las rodillas y se lo tira a la cara—. ¿Qué clase de mejor amigo eres?
—Es lo que hay, te huelo las malas pulgas desde aquí —le dice Kuroo e inclina la cabeza, aleteando las fosas nasales.
—Keiji ya lo sabría de haber estado aquí. —Bokuto se tapa la boca y los mira a todos con los ojos como platos. A punto de entrar en pánico—. No-no le digáis que lo llamo por su nombre cuando no está.
—Ya, bueno. Colaría si no le hubieses mandado un audio hace menos de quince minutos diciéndole que tienen que comprar detergente Nori porque te gusta más como huele. Bla-bla-bla. Keiji.
—¡Hostias! Es verdad. Jo, bro, ¿tú crees que se ha enfadado?
—Vive contigo desde hace un año, bro —indica, limpiándose el carbón en la pernera del pantalón—. Le das motivos todos los días para que se enfade y todavía paga su parte del alquiler.
—¿Cómo puedes estar pedo y seguir siendo un capullo? —Bokuto se deja caer sobre un Kuroo que le dice "el alcohol solo acentúa la verdad", abrazándolo por el cuello. Casi se rompe la base de cristal de la shisha de una patada—. Además, es que no es mi culpa que tenga un nombre tan bonito.
Mientras Iñaqui se distrae enredando los dedos en el tupido pelo rubio de Effrossyni, Yaku quiere convencerles de que no le salen garras ni hocico por la noche. Que seguramente uno de los lobos sea Kuroo y por eso trata de endosarle el muerto a él. Por su parte, Kenma mantiene la misma táctica de las veces anteriores: poner cara de póker inquebrantable, revisar el móvil, lanzar alguna vaga conjetura y ver el mundo arder desde su nueva carcasa del Monster Hunter. Le sienta bien estar relajado y feliz y rodeado de personas, todo al mismo tiempo. Aprovecha la poca concentración grupal para enroscar los dedos alrededor de la rodilla de Kageyama, quien se sienta a su lado nada más llegar del baño. El peinado ha perdido su forma porque no aguantaba tener tanto potingue en el pelo, así que después de soportar un par de horas se lo mojó y se lo echó para atrás. Le queda tan increíblemente bien y es tan condenadamente guapo que podría pasarse días admirándolo. Arreglándose las uñas en su salón, con la tele puesta de fondo; fregando los platos con esos guantes rosas de látex que sólo en él pueden ser sexys; haciendo los test interminables que le ponen de mal humor.
—¿Es para mí? —señala hacia el trozo de pizza, esperanzado. De aceitunas negras y cebolla roja y carente de toda gracia porque no lleva ni una pizca de carne o pescado pero ya es más de lo que se ha comido en veinticuatro horas. O casi.
—No, idiota. Toma. —El muy capullo le pasa un vaso con una mano, y con la otra se lleva un buen cacho de harina, salsa de tomate y orégano a la boca. Por lo menos le ha puesto una pajita—. Es de plátano.
—Encima el que menos me gusta —murmura de morros. Lo huele, arruga la nariz y frunce los labios dispuesto a darle el visto bueno—. ¿Le has echado algo?
Porque podría estar mucho peor, la verdad.
—Nesquik, ¿te estás quejando? Todavía puedo quitártelo y tirarlo a la basura —Hinata niega de hombro a hombro y se bebe el batido en largos sorbidos—. Eres como un niño, bebe más despacio.
—Y tú eres súper adorable por querer alimentarme.
—Una hora más escuchándote llorar porque tienes hambre y te tiro por la venta.
—Ya, claro. Será por eso.
A Hinata se le escapa una risilla que le raspa el pecho y le hace cosquillas en las mejillas, y Kageyama carraspea con el puño delante de la boca y el sonrojo arañándole la piel hasta las orejas.
Esto de flirtear sin miedo a lo que puede pensar el otro es nuevo, pero está deseando probarlo más seguido.
—Idiota. —Lo ve coger aire y mirar lo que queda de pizza en su mano izquierda, como si allí fuera a encontrar una respuesta mucho más elocuente entre el aro de cebolla y la media aceituna negra que queda—. Tenemos que echar a alguien para que no nos descubran.
—¿Tú en quién has pensado? —pregunta Hinata, ansioso. Hace tiempo que no compiten en un mismo bando y, aunque esto no es un partido, vuelve a notar cómo le vibra la sangre bajo su expresión cómplice—. Tengo mis sospechas de quién es Cupido, pero al ponernos como pareja dentro del juego pasará a ser un aldeano más así que… —chasquea la lengua, de mal humor y también para quitarse el regusto meloso del paladar—, en plan, descartemos a Iñaqui, de momento. Jolín.
Se calla al escuchar que Effrossyni empieza a narrar la reunión en la aldea. La cachimba se calienta a los pies de Bokuto. Megumi los mira, atenta, como si fueran un par de cachorritos recién nacidos tratando de caminar por primera vez.
—¿Qué ibas a decir? —le pregunta Kageyama en un susurro, reclinado sobre él. Hinata deja su vaso cerca para que nadie lo tire o lo pise al pasar—. ¿Puedes dejar de mirar a la pizza?
—¿Por qué? No dejas que me la coma. No me dejas disfrutar de ver como te la comes tú —enumera, triste, y le arranca a Kageyama una media sonrisa—. Lo próximo será que no pueda olerla.
—Eres insoportable —se ríe, terminándose el borde de la masa. Tostada y cubierta por trazos de queso.
—Quiero comer, Kageyama, pero comida de verdad. —Hinata se acerca un poco más para que no los escuchen, encontrando el lunar de su mandíbula en el trayecto. Se pierde más de lo debido pensando en morderle justo ahí, cerca de la oreja—. No me duelen los dientes y otro litro más de leche con polvos mágicos no me van a quitar el hambre.
—Mañana, para desayunar.
La mirada de Kageyama descansa sobre sus labios unos segundos, es casi como si el roce fuera real y pudiera sentir el aliento resbalándole cerca de la nariz. Algo le cae sobre la cabeza (en la sien, si es concreto) pero Hinata está demasiado absorto contando las probabilidades que tiene de sobrevivir si le planta un beso rodeado de personas como para esquivarlo.
—Por si lo necesitáis, tortolitos —les informa Iñaqui con una sonrisa a la que le sobran kilos de socarronería—, no quiero descuidos bajo mi techo.
Un condón. Durex, eso sí. Por lo menos es uno decente y ultrasensible al tacto y...
—… ¿placer prolongado? —No me lo puedo creer. El plástico que lo cubre es resbaladizo, de un azul metálico. Es que no me lo puedo creer—. ¿Placer prologando?
Hinata nota el calor florecer bajo sus mejillas, pellizcarle la piel en un hormigueo incómodo. Seguramente estar más rojo que una fresa en febrero es el mejor chiste que ha escuchado Bokuto jamás, porque se parte el pecho contra el suelo a carcajada limpia.
—Claro. Ya sabes, por si alguno es de los que mete el acelerador antes de tiempo —aclara Kuroo, como si fuera obvio—. A veces pasa.
A veces pasa.
Yo es que me los cargo.
Effrossyni describe las noches en la villa de Castronegro como lluviosas y frías y se detiene dibujando las bajas que han hecho los lobos. Cómo desgarran la carne y se manchan el pelaje de sangre y cómo se limpian en el río para luego despertar en su forma humana, junto al resto del pueblo. Es buena cuentacuentos. Tiene la voz ligera, asertiva para personas como Bokuto o como Hinata que necesitan imágenes mentales sencillas. Se divierte viéndolos despellejarse en los debates y los para una vez que no llegan a ningún puerto.
Y mientras los aldeanos duermen y los lobos matan, fuman.
Como los rumores, la pipa circula de boca en boca. Huele empalagosamente bien. Melaza de piña, melón y algo más que no logra identificar, quizá sandía. La camisa de Bokuto se le pega al pecho cada vez que inhala, a punto de estallar. Qué envidia, nunca va a conseguir unos pectorales tan marcados por mucho que se mate en el gimnasio. Probó una época con un entrenador personal y ciertamente aumentó de volumen, pero requería mucho más trabajo y tiempo del que tenía, preparándose selectividad y entrenando para las Nacionales. Bokuto suelta el humo entre risas, casi tosiendo, casi sin querer. Las nubes blancas se le enredan en el pelo y siguen rumbo al techo. Kuroo, en cambio, comparte una destreza impecable junto a Iñaqui. Compiten haciendo círculos vacíos, "te apuesto lo que quieras que puedo hacer cuatro seguidas" y "no llegas ni a dos, pedazo de payaso". Kenma fuma a cuenta gotas y muy de vez en cuando, y se engrifa igual que un gato cada vez que el regusto del carbón se hace más intenso.
Hinata quiere probar a atrapar el humo en su boca y, ya puestos, quiere que Kageyama lo haga con él porque pueden surgir dos opciones y no sabe cuál de las dos le resulta más interesante. Se lo imagina plegando los labios alrededor de la boquilla, inhalando tanto por la nariz como por la boca. A lo mejor cerraría los ojos, frunciendo el ceño al notar cómo una sustancia vaporosa le inunda la garganta; dejaría que ésta saliese poco a poco por su boca entreabierta —y entonces va a tener el mayor problema de su vida haciéndose evidente dentro de sus pantalones. O a lo mejor se atraganta y se puede reír un mes de él.
Quién sabe, ambas son totalmente plausibles.
—No —es lo que le atina a decir cuando lo pilla mirándole, después de que terminen la partida que llevaba alargándose media hora—, es malo en tantísimos niveles que no pienso explicarlo ahora.
Megumi le tira un Cheeto, que rebota en su cabeza y rueda hasta la zapatilla de Kenma. Es incomprensible que siga habiendo algo en ese bol.
—No me seas pijo, Kags, que ese no lleva tabaco. Si tienes miedo de hacer el ridículo invéntate una excusa mejor.
Kageyama bufa. Bufa. Estira las piernas, reclinándose en su sitio, y le pide la shisha a Bokuto, quien llevaba un buen rato contándoles sobre un restaurante con temática carcelaria al que fue con Akaashi el viernes pasado.
Si en algún momento se le pasó por la cabeza que habría alguna incomodidad entre ellos, por evidentes razones que Hinata no piensa recordar en una buena época, todas se han ido disipando a lo largo de la noche. Ambos son competitivos hasta decir basta, y eso que él no es quien para sacarse del saco. Parecen tirar de una cuerda invisible a ver cuál de los dos tiene la razón, o está más capacitado para hacer el pino durante cinco minutos, o se pueden comer diez sándwiches del tirón. Se lo pasan bien chinchándose. Megumi soltando palabrotas y Kageyama con su personalidad tosca. Funcionan.
Y Hinata se alegra de poder quitarse un lastre más que llevaba colgado a la espalda.
—Toma. —El pitorro de madera baila delante de él. Cerca de su nariz—. ¿No querías probar?
Kageyama.
—Eso, eso. Tú primero.
Megumi.
A no ser que vayan contra él.
No tiene ni la más mínima idea de lo que debe de hacer. Lleva un buen rato recabando información de los que fuman a su alrededor para no parecer un panoli cuando tuviese la voluntad de probar. El caso es que aún no tiene suficiente. Ni información, ni voluntad. Conoce la teoría. Se supone que debe de aspirar para que surta efecto el relajante (si se le puede llamar así). Dejar que pase la garganta y llegue a los pulmones. O sea, tragárselo. No tiene porqué ser muy difícil, es como beber agua. Seguramente. Además, los ojos de Kageyama son de un azul tan brillante y oscuro que no le importa que se divierta a su costa, la verdad.
—¿Vais a mirar todos? —Porque sentirse objeto de admiración no lo hace más cómodo—. Iñaqui, ¿estás grabando?
El tío se cree muy sutil, colocándose el móvil cerca del pecho. Recto, con la cámara apuntando hacia él.
—Qué va —niega con una sonrisa. Mira a Kuroo, que está a su lado haciéndole cosquillas a Kenma en el cuello. El último sentado entre sus piernas—. ¿A qué no?
—No, no —secunda Kuroo, partícipe de la confabulación. Kenma le lleva la mano a la nuca y le pide "por aquí, por favor"—. Venga, hazlo ya. Que se va a apagar el carbón.
Tampoco es tan terrible si le sale mal a la primera. Vamos, eso sería lo normal. Effrossyni le aconseja que coja poco aire, porque quizá vaya a resultarle un poco fuerte al principio y él procura hacerle caso. Lo intenta, al menos. El humo es algo más espeso. Se asemeja al vapor que desprende la comida cuando se está haciendo en la sartén, pero con un aroma mucho más intenso. Bueno, lo tiene dentro de la boca y ahora qué. Se lo traga, porque es lo que se supone que se hace en estos casos. Se escucha así mismo hacer el esfuerzo de engullir el humo y todo lo siguiente que sabe es que la calada le sale por la nariz y los que están a su alrededor se ríen de él.
—Buah, tío —gimotea Bokuto, dándose palmadas en el muslo—. Es que, ¿qué cojones has hecho?
—Fumar mal —responde Megumi por él—. Dime que al final lo has grabado.
Iñaqui asiente, mirando el móvil. Repasando el vídeo. No tarda en soltar carcajadas largas y sin aire mientras se inclina a enseñárselo a Effrossyni, que hace un esfuerzo sobre humano para no unirse, mordiéndose la sonrisa. Hasta Kenma, quien llevaba un buen rato absorto en el mundo de los sueños porque las cosquillas suelen calmarlo, lo mira divertido y le masculla un "lo siento" tan bajito que es como si no existiera. La lengua le sabe a cortón de azúcar. A ver, total, ya ha hecho el ridículo, no hay vuelta atrás, y los tres cubatas que lleva hace que todo sea mucho menos importante y ver cómo Kageyama tiene que taparse la boca para ocultar su risa vale mucho más la pena. Hinata se habría burlado bastante de él hasta gastar el chiste. No podría conformarse con un "¿puedes ser más torpe?" y quitarle la cachimba de las manos.
Lo que ocurre a continuación le mitiga todo vestigio de vergüenza y le sube la bilirrubina de los pies a la cabeza. Así, de golpe y porrazo. Se supone que Kageyama no sabe fumar. Se supone que como mucho sabría inhalar adecuadamente sin toser. Se supone. Pero no. Kageyama coge entre las yemas el mango de la shisha con un cuidado que todos querrían sentir alguna vez sobre su cuerpo y se lo lleva a la boca, que se queda abierta después de pasar la lengua para humedecerse los labios. Él frunce las cejas y levanta los ojos unos segundos, hasta que se encuentra con los de Hinata. Le dedica una sonrisa que termina besando la boquilla. Inspira llenándose el pecho, tensa la mandíbula y entrecierra los ojos sin dejar de mirarlo. Y Hinata aprieta los dedos contra el suelo como si quisiera plegar un papel para romper la tensión que se le ha formado en la boca del estómago. Nunca ha estado tan cerca de desear convertirse en un ser inanimado.
—Joder, yo creo que me he quedado embarazado —musita Iñaqui unos segundos después de que Kageyama deje libre la bola de humo blanca y densa—, y eso que no estamos en un mpreg.
—Venga, anda. —Kageyama se fija en su pelo revuelto, que parece haber formado un enjambre de rizos como tupé— ¡Vamos!
—No sé bailar.
Hinata le dedica un mohín, inflando tanto los mofletes que podría pasar perfectamente por una ardilla comiendo bellotas.
—¿Te crees que yo sí?
—Tú nunca has tenido sentido del ridículo.
—Dice el chico embutido en un disfraz dos tallas más pequeñas que la suya.
—Que no —repite, cansado, y aparta una mano cuya única intención era pellizcarle el brazo. El ron de Iñaqui lo tiene medio atontado pero no lo suficiente—. En serio, no me gusta bailar.
—Eso es porque nunca lo has hecho conmigo.
O a lo mejor si lo está.
Ni siquiera le asombra su incapacidad para resistirse a sus encantos, si se le puede llamar así a un guiño y una sonrisa. Deja la cerveza que llevaba media hora en su mano vacía. Para qué oponerse. No le sirve de (absolutamente) nada martirizarse por cosas a las que tampoco piensa poner solución. En el fondo le gusta. Muy en el fondo. Que Hinata le obligue y descubrir por el camino si ha valido la pena o no. Luchar contra el enemigo o unirse a él. Y en su caso, las vistas son muchos más entretenidas donde la oscuridad ofrece galletitas de chocolates, junto al padrazo de Dark Vader.
Se hacen hueco entre los globos, la mesa y la puerta de la cocina. El papel de regalo le cosquillea en los tobillos mientras caminan. Nota crujir una patata bajo la suela de su deportiva derecha. Mañana tendrán que limpiar. (Mañana). La música bombea dentro de los oídos, cerca de los altavoces, y se esparce por su cuerpo en ondas expansivas como una segunda capa de piel viva.
—De verdad, Hinata, cómo voy a ba-
Le tapa la boca y le obliga a callarse.
—¿Sabías colocar un balón antes de empezar a jugar? No hace falta que me contestes porque es una pregunta retórica. —La tentación de lamerle las líneas de la palma se cristaliza entre los pensamientos—. Por si lo dudabas: no. No tenías ni idea. Y no trates de negármelo porque tu padre puede contar muchas historias al respecto —añade, divertido—. Pero, mírate, hecho uno de los mejores armadores de tu generación. —Lo libera del silencio, justo cuando su piel comenzaba a entibiarse—. Deja de dudar tanto. Prueba nuevas cosas, a lo mejor descubres por el camino que te gustan.
Quedan unos pocos amigos de Kuroo, los compañeros de Kenma se habían ido dándole más besos en las mejillas de lo que el cumpleañero querría en cien décadas, e Iñaqui había ido a llevar a Effrossyni a su casa hace ya media hora. Bokuto dormita en unos de los sofás junto a Megumi. Medio abrazados, medio dándose de patadas por no compartir su hueco en el sillón. Le pone las manos en las caderas, dejándose arrastrar por la mirada brillante y cálida que le devuelve cuando comienzan a moverse. Hinata pasa los brazos por su cuello, abrazándolo y hundiendo los dedos en el pelo, y le canta al oído palabras que Kageyama es incapaz de descifrar.
Toda la noche besando.
—¿Desde cuándo sabes español? —En realidad estaba bastante seguro de que Iñaqui le había enseñado más de una palabrota, y de que a Hinata se le había hinchado el orgullo esperando un momento como ese para pavonearse. Pero ahora le da igual, porque sólo lo ve a él. Su lengua humedeciendo la canción entre los labios. Sus párpados caídos, como si el sueño venciera esa pequeña parte que lucha por mantenerlo despierto. El foco de la lampara se entremezcla por las esquinas del salón desde la cocina, caminando por sus rizos. La forma de sus hoyuelos que esconde de todo, menos las buenas noches.
Toda la noche en la casa de Inés.
Hinata se niega a contestar moviendo la cabeza. Zarandeándolo. Riéndose con el cuerpo entero.
Le acaricia la oreja con la letra. Con la boca. Con los dientes.
Oye, hazme lo que quieras, hazme enloquecer.
Tira, juega, hace que gire sobre sus pies y sigue derritiéndolo en un idioma por el que se muere saber un poquito en ese preciso instante. El borrón de disfraces a su alrededor y sus manos entrelazadas como único punto de apoyo.
—Al final no vas a ser mal bailarín.
Si tuviera más fuerza de voluntad apartaría la mirada de sus lunares, unos negros y otros castaños y algunos casi rosados. No metería los dedos entre su abrigo naranja ni le rozaría la piel para sentirlo más cerca. Tersa, cálida y blanda bajo la presión de las yemas. Kageyama imita sus pasos hasta que no piensa si debe ir a la derecha o a la izquierda o si alguien le va a juzgar por moverse como un pato mareado. Dan vueltas entre un hombre lobo al que le falta una oreja y dos calaveras mexicanas desmaquilladas. Quiere besarle y si no estuviera en ese punto mágico de una borrachera, guardaría esa idea para cuando estuviesen tranquilos en la privacidad de una habitación, pero ahora le parece demasiado agradable como para rechazarla.
Me levanté esta mañana, hacía frío y tenía calor.
—¿De qué habla la canción? —pregunta, desviando la atención del desastre que se le arremolina entre la entrepierna.
—De sexo. —Vale, eso no es lo que necesita oír—. Hazme lo que quieras —traduce, esta vez para que lo entienda—, y yo se lo tuve que hacer.
Le ruge el pulso a través de las venas, fuerte y rápido, dispuesto a recordarle de por vida esa letra. La melodía se apaga e Iñaqui, que acaba de llegar medio sobado y con un chubasquero de abrigo, anuncia que esa era la última "venga, chicos, por hoy se cierra el bar. Cuidadito al volver a casa". Desde la cocina el reloj da las cinco de la mañana.
—¿Podrás soportar no limpiar hasta, no sé —Hinata titubea, arrugando los labios—, por la tarde?
—¿Por qué? —Se oye hablar, lejano y destemplado. Hazme lo que quieras, y yo se lo tuve que hacer. Todavía con la voz de Hinata abriéndose paso debajo del pecho. Él ladea la cabeza, mueve sus manos entrelazadas, mirándole entre las pestañas. Sonrojado. Tímido. A punto de decir algo.
—Porque… En fin, llevo queriendo besarte toda la noche y no sé hasta… Ya sabes, quizás sea más como sin público. Bueno. Eso —respira hondo, cabeceando hacia sus compañeros de piso. Al otro lado del salón, Kenma se pierde por el pasillo, y Kuroo e Iñaqui se estremecen después de lo que parece ser el último chupito de ron. Apenas sobra una pequeña culata en la botella—. Así que, no sé, en mi habitación…
—Vale.
Kageyama muerde la sonrisa al ver que pone los ojos como platos.
—¿Me lo pones tan fácil?
—A lo mejor soy un chico fácil.
Hinata se ríe y le empuja flojito, tira de ellos despidiéndose de los demás en un inexistente "buenas noches". No les prestan ninguna atención, soltando carcajadas sobre algo que habrá pasado a lo largo de la noche, y que probablemente mañana —o dentro de unas cuantas horas— se volvería a escuchar en esa misma sala de estar.
—Me gustas borracho —le informa Hinata. La gran mayoría del tiempo tiene los dedos fríos, Kageyama está acostumbrado a su tacto calloso y áspero de rozárselas pasándose el balón. De un choque fortuito tras un set ganado. De algún ataque de cosquilla que suele acabar en pelea. O al revés.
Los imagina en otras partes, con otras finalidades.
—Es bueno saberlo.
—También me gustas sin estarlo.
Dejan el baño atrás, como quien pierde una señal de stop pisando el acelerador porque tiene prisas por llegar a casa. Entre las sombras se dibuja la puerta. Y no entiende cómo Hinata está tan entero si a él se la ha olvidado respirar. La adrenalina hace acto de presencia y le cristalizan los músculos. El corazón bombea helado, espeso y dulce y le encoge el estómago de escalofríos al pasar por el marco. Su único alivio es que Hinata no parece esperar ninguna respuesta de su parte. De momento, al menos. Confesarle qué siente por él sería abrirse en canal, uno que se encuentra en otra sintonía en ese preciso instante. La luz de la farola cae sobre la cama desde la ventana. Sobre el suelo se puede percibir que la ropa de Hinata se arremolina en pequeños montículos; su perfil, todo pestañas largas y nariz respingona y un rizo en el que choca el brillo de la farola, se gira para susurrarle "cierra la puerta", dejando una mano en la nuca para morderle en silencio.
La puerta cruje a sus espaldas pero el golpe se queda hueco cuando Hinata suelta un pequeño suspiro contra su boca.
—Cama —es lo que informa Hinata riéndose y desliza una mano por su pecho. Kageyama lo ignora un segundo, jugando con el piercing de su oreja. Frío contra su piel—. Kags, cama.
—Mandón.
Se caen sobre el colchón, quitándose los zapatos con los pies el uno al otro, entre besos húmedos que nunca caen en el mismo sitio.
—¿Alguna vez has contado todas las pecas que tienes? —A Kageyama se le escapa tras descubrir un rastro que se asoma desde el cuello—. Olvídalo.
Hinata lo mira. Todo cálido y caramelo fundido y una pizca de algo más que le calienta las mejillas.
—Dejaré que eso lo hagas tú.
Se parte en dos la promesa de una noche tranquila cuando el dedo de Hinata tira de la pretina de su calzoncillo, debajo de su fajín azul, y le roza la cadera. Ambos de rodillas sobre una colcha que empieza a calentarse. Le muerde la barbilla y mete la mano debajo del disfraz mientras la otra trata de quitarle la chaqueta blanca, abriéndole las solapas. Termina lejos de los dos. Cerca de la esquina, al lado la mesilla de noche. A Kageyama se le forma un nudo en la garganta pensando en lo mucho que le gustan sus dedos tensos agarrándole del culo. Se derrite un poco más cuando le acaricia alrededor del ombligo y nota trepar sus dedos por los costados.
Hinata es como una bola de nieve. Rueda. Crece. Derriba todo a su paso. Y nadie puede pararlo.
—¿Vamos muy rápido?
—No lo creo —admite Hinata, bajito. La respuesta cuesta dos besos y la bonificación de sus dientes pellizcándole el hombro—, ¿tú qué piensas?
Se separa para quitarse la sudadera.
—¿Te ayudo? —La camiseta de redecillas —esa por la que se entrevén los pezones y que parecen pedirle exclusiva atención— no termina de ceder y lo deja hecho un lío. Con sus mejillas de fresa y un mohín en los labios—. Ven aquí, anda.
Para toda respuesta, se pega a él y le besa con la sudadera de bufanda, antes de dejar que lo termine de desvestir.
(Después le vuelve a pedir más en un ronroneo suave y bajo y con el que Kageyama va a soñar cuando vuelva a casa).
Le gustaría decirle que va demasiado rápido. Para el carro. Le gustaría advertirle que a esa velocidad pueden chocarse con un árbol y no recuerda ver la salida del airbag por ninguna parte, pero no. ¿Para qué? Tu a tu puñetero rollo. En cambio, Hinata lo coge de la coronilla, lo atrae para que no corra el aire entre ellos y espanta los miedos en un abrazo.
Sonríe en medio de besos suaves que a veces saben a metal por los aparatos, y a Kageyama le da un poco de rabia porque acentúa el gesto cuando lo busca y sólo se encuentra su comisura o el hueco que separa sus labios de la nariz o simplemente se aparta para jugar contra su paciencia. Tontea y lo tortura, mordiéndole la punta de la nariz, el pómulo, "me encanta este lunar, Kags" junto al mentón, y él se hace adicto a esa clase de dolor. Líquido, intermitente y que le hormiguea debajo del ombligo.
Las sábanas son un completo desastre y el colchón cede, perezoso, mientras trastabillan y se enredan.
—No es que no quiera, pero hemos bebido —recuerda Kageyama, acariciándole la curva de la nuca. Ahí el corte está más rasurado y le hace cosquilla contra la piel. Se fija en el pendiente y por un momento se entretiene pensando en morderlo a él y a las pecas que no sabe dónde empiezan ni dónde acaban pero que espera aprenderse de memoria pronto—, y-
La frase se estampa contra los labios de Hinata antes de que tome forma.
—Estás tan guapo preocupado —Le pone una mano encima del pecho, le empuja sobre las almohadas, tan suave que de haber puesto resistencia no lo hubiera movido, y se inclina sobre él—. Monísimo —dice en un murmullo. Si busca distraerlo sentándose sobre sus caderas lo ha logrado de pleno—. ¿Te he dicho alguna vez lo bueno que estás? —Deja un rastro húmedo de lengua y dientes desde el centro del pecho hasta el inicio de su estómago, sin apartar la mirada—. Probablemente no.
—Hinata.
—Probablemente no lo suficiente.
Arrastra las yemas por cada línea muscular que encuentra, en las partes que la luz redondea y en los huecos que se llenan de sombra, y él necesita unos segundos para serenarse cuando roza su erección en un movimiento rápido. Doliente y moliente contra el muslo. El techo es particularmente blanco, y pulcro y —joder— ya han estado desnudos delante el uno del otro un millón de veces, así que es una gilipollez sentirse tan nervioso. Se supone que el alcohol ayuda en estos casos.
Kageyama quiere hacer más que perseguir sus caricias. Quiere más y mejor, pero nunca ha hecho nada por el estilo.
—Tienes un montón de confeti en el pelo —atina en un murmullo, estirando el brazo con la intención de quitárselo—. Nunca te peinas, ¿no?
—¿Para qué?
Se siente morir un poquito dentro de sus ojos, chocolate al punto y una pizca de algo más que le revuelve el cuerpo entero.
Para que no me entren ganas de peinártelo a mí.
Hinata le ablanda partes del cerebro que llevan mucho tiempo petrificadas. Recorriéndole los brazos. Las venas, haciendo presión con el pulgar y el índice. Le muestra unos hoyuelos que conoce de memoria cuando le pellizca un pezón y se lleva un apretón en el muslo porque todavía no estoy preparado, relájate, idiota. Hinata le hace sentir importante y a Kageyama se le funde el corazón cerca de su boca, pidiéndole más besos.
—No tengo ni idea de lo que debo hacer.
—Vas muy bien —Hinata lo aplasta por completo, como si fuera la cama y sus pollas no acabaran de encontrarse.
—Lo digo en serio.
—Y yo —asegura, robándole el labio inferior antes de añadir—: Qué sorpresa, a Kageyama Tobio se le da bien todo.
Comienza a creérselo minutos después, cuando tiene su lóbulo en la boca y lo rodea con la lengua y Hinata le regala un suspiro hondo que le reverbera hasta la punta de los dedos. Embistiéndole con la cadera casi por accidente.
Joder.
Su intención era sólo besarle. Un poquito. Durante el tiempo suficiente para terminar de asimilar lo bien que le sienta tener los ojos vidriosos del vodka y del ron, el pelo negro hacia atrás, y la insinuación de unos abdominales debajo del disfraz. Sólo quería robarle un par de minutos a las agujas del reloj antes de irse a dormir, y hacer que Kageyama lo necesite cerca incluso cuando mañana esté en otra ciudad, dentro de otra cama en la que no tiene que pegarse a la pared porque es pequeña.
Y, bueno, ahora el freno de mano se ha roto.
Kageyama sisea al rozarle con un dedo. Luego dos. Luego la mano entera. Y después está mojado contra el algodón que envuelve la punta, contra su palma, en su habitación. Le atrae por la nuca para morderle los labios, castigándolo por haberle bajado los calzoncillos y lo que queda del disfraz de un tirón. "No. Tú. Siempre. Joder—Hinata" gruñe, también arrastrándole fuera el pantalón en un gesto manchado de cabreo que no debería calentarle el estómago. Quiere consumirlo como una bomba atómica, tenerlo más cerca, sentirlo más. Cubre con la mano su erección, pesada y gorda, mientras el rastro de Kageyama alrededor de los muslos le marea y sólo quedan ellos dos y su lengua cerca de la oreja. Su pulgar acariciándole la ingle.
Tócame.
—¿Aquí? —Es una pregunta de cortesía. En un instante está abriendo la boca y segundos después tiene sus yemas haciéndole cosquillas cerca de la base, donde el vello se le ondula y es de un pelirrojo más intenso.
Ni siquiera recuerda haberlo pedido en voz alta pero piensa más abajo y Kageyama obedece, mordiéndose los labios porque le retira la piel de la cabeza y le acaricia ahí, mucho más húmedo que en cualquier otro lado. Hinata necesita que también pierda un poco el juicio y derrumbe esas cuatro paredes que siempre lo rodean y que se le escape lo que quiere.
—He pensado muchas veces en ti. —Escucha, cerca del oído—. En esta cama.
Kageyama pierde el Norte por un instante. Los ojos cerrados, siguiendo una vena que se hincha debajo de su pulgar y que le cruza la erección. Hinata siempre dice y hace demasiado, y está seguro de que tiene un manual por alguna parte que le chiva cómo tocarle donde los nervios duelen y los músculos se tensan, porque no es normal que se le dé tan bien sacarlo de quicio y llevarlo al límite, todo junto. Todo a la vez. Su piel sabe a sal y a sudor y al bote de crema que descansa en la repisa del baño. Es tan suave que podría estar mil años memorizando el rumor de su columna o los recodos de sus clavículas o esa cicatriz que acaba de descubrir debajo del codo derecho que hace que sea diferente el tacto en esa franja de piel.
Clava los dedos en el culo y se incorpora para besarle, sucio y salvaje, gimiendo sobre su boca y presionándose contra él con movimientos largos y redondos. Hinata le muerde la tensión del hombro mientras le bombea con una mano. El deseo aleteando en el pecho, como una burbuja a punto de estallar que le roza la carne desde dentro, tirando de su fina capa para no romperse en mil pedazos todavía y abrasarlo hasta convertirlo en cenizas.
—No dejes de moverte —ronronea Hinata, los ojos entrecerrados y las pestañas onduladas casi refulgen naranjas de luz que asoma por la ventana. A veces los músculos se le marcan bajo la piel, tensándose en los brazos, en los muslos, en el camino hacia la ingle—. Dios, qué guapo eres. Lo haces tan bien, Kags.
Kageyama niega, muy cerca de su límite al oírle decir Así y le suelta un Calla, idiota que se queda hueco sobre su beso húmedo. Aparta el borde carnoso de su polla con el pulgar para mover más rápido la mano sin hacerle daño, mientras la otra se desliza por su columna, por esos hoyuelos que algunos tienen al final de la espalda, entre las nalgas. El orgasmo le tensa el estómago y le impide respirar y Hinata no quiere correrse tan pronto pero Kageyama gruñe Hinata. No. Mierda y distingue un Conmigo que lo termina por dejar sin aire, moviéndose erráticamente contra él hasta el último suspiro.
Llegan rápido y hambrientos. Probándose los labios con los dedos manchados del semen del otro. Hinata se desploma sobre su pecho, tiembla y se ríe de él cuando sus fuerzas fallan y Kageyama tira de ellos para caer sobre las almohadas.
Francamente, dudé muchísimo si dejar fluir esta última escena (que no estaba en el guion y que se ha comido otras tres que meteré en el siguiente capítulo) por si a ustedes os parecía precipitado. PERO, mi razonamiento aplasta cualquier temor infundado. Son adolescentes, algo piripis por el buen alcohol, que llevan queriéndose un tiempo y que llevan aguantándose las ganas otro buen tiempo.
Además, son tan monos juntos. ^w^
Breve, pero intenso: no sé cuando volveré a actualizar. Tengo exámenes hasta mediados de julio y ahora mismo mi vida gira entorno a aprobar porque necesito sacar una serie de asignaturas para poder continuar y que me den una beca. No es la única excusa que tengo para no haber escrito o no haber publicado. Tengo una vida normal y, como todos, tengo altibajos conmigo misma y con el entorno, que influyen a mis estados de ánimo. Esta historia y la gente que la lee (ustedes) me importáis más que suficiente como para decidir qué contenido daros. Y, sinceramente, quiero daros lo mejor que pueda salir de mí. (Que no quiere decir que sea lo mejor del mundo, la verdad). Así que, muchas gracias para los que sigáis aquí apoyando este fic y también a esta chica que desaparece sin usar la elegante capa de invisibilidad de Harry Potter.
REVIEWS:
Guest (el primero en orden cronológico): no sé si al final volviste a leer el capítulo tras llegar del trabajo, pero los gritos en la oficina a lo mejor surten el efecto de alarma y evacúan la zona. Un día menos de trabajo. (No lo hagas, son bromis, pero me alegro muchísimo de que te haya gustado tanto).
CumbresBorrasc: Vengo a reírme de mi misma para decirte que fue la "mejor actualización del año" y la última. Espero que esta haya sido al nivel de la anterior. Yyyyy, ¿qué tal te va con psicología?
Trinity5: ¿qué tal te fueron los exámenes? Espero que super bien, como deben salir todas las cosas. Mi forma de escribir ha cambiado un poquito en estos meses y, la verdad, no sé si os gustará tanto como el anterior pero creo que el uso de comparaciones, metáforas o recursos literarios hace que el texto sea más rico para el lector y es algo que yo estoy empezando a aprender y apreciar. Tengo varios betas, una que lo hace cuando puede, otra que sólo me da opiniones cuando se las pido y, finalmente, una que me lo revisa siempre 3 Pero, no, ninguna está en Japón, allá está Iñaqui (o mi primo, quien basó a Iñaqui).
Drunika: siento mucho haberte dejado esperando el siete. Vaya cabeza la mía, eso sí que se me había olvidado por completo. Los primeros besos suelen ser especiales, no por cómo sea el beso en sí, sino por lo que representa y entre ellos dos es como la rotura del cascarón después de mucho tiempo esperando por salir. Ya todo lo demás es aprender a caminar, a correr, a moverse sin caerse.
AdrianaKali: señorita, debo confesarte que sigo tu página de Facebook porque recomiendas los mejores mangas yaoi del mundo. No sé, siempre que quiero leer alguno voy a tu página principal, así que gracias (L). En cuanto al capítulo anterior, ¡muchas gracias! Me traba mucho que a veces me salga como que tienes cuenta y otras que no, quizás sea porque estas en diferentes dispositivos, pero a lo mejor estoy hablando con dos personas diferentes y, en fin, cagarla está en mi ADN. Las reviews siempre son bienvenidas como la primavera después de un largo invierno (L)
Guest (que no eres un guest, porque todos sabemos que eres Janet, guapa): Meh tú Ü
Por cada review que dejéis, Kuroo e Iñaqui se presentan en vuestra casa para daros condones.
