Hola, cucuruchos. Se que llevo muchísimo tiempo sin actualizar así que no me voy a demorar mucho en soltarlas riendas: he echado de menos publicar Chicle, aunque llevo todo este tiempo escribiéndolo, porque en parte lo que me llena es compartirlo ver lo que opináis y lo que sentís sobre la trama y los personajes.

Personalmente he estado en un momento de cambios en los que necesité mucho tiempo para volver a querer escribir, ha sentirme bien conmigo misma y también a buscar huecos que dedicarle a lo que me gusta por la universidad, pero bueno, ahora estoy mucho mejor y la cosa está yendo en popa.

No os aturullo mucho más: este capítulo es fundamental para Kageyama, vamos a ver mucho sobre él, sobre lo que siente con su vida, el rumbo que quiere seguir y quizás lo que no, también hay sorpresillas guays y otras maravillosas. En fin espero que os guste, nos vemos al final (L).

POR CIERTO: va sin betear, así que si veis alguna locura no dudéis en decírmelo.


Los personajes secundarios también tienen cosas que decir:

—Seguro que piensan que no los hemos visto. —Las últimas notas de la noche se despiden de sus oídos con un beso de buenas noches y por fin pueden suspirar tras tanta juerga—. ¿Te puedes apartar? Ocupas todo el espacio.

Dos ojos, brillantes como las luciérnagas en un bosque sin luna, la miran bizqueando.

Keijiiieh no se queja cuando duerme conmigo —protesta, todo mohín. El sofá tiene migajas de papas y algunas, rotas, se han convertido en pequeñas cuchillas que se le clavan en la espalda—. Y ahora que lo pienso, ¿qué estabas diciendo de ver? Solo bailaban… Te refieres a Kageyama y Hinata, ¿no? —Arruga la cara, entre borracho y confuso. Posiblemente ambas—. Solo bailaban.

—¡Oh, por favor! —bufa Megumi, propinándole un manotazo en el brazo cuando lo ve intentando ponerse de lado—, dormiré sobre tu pecho, señor Musculitos. Tiéndete.

—Eres peor que mi madre.

—Estoy segura de que eso es un cumplido o te lavaré la boca con lejía.

Alguien decente ha apagado las luces pero se ha olvidado de correr las cortinas de la terraza, dejando que la luz de la farola corte la figura de los muebles del salón. No está mal del todo, que tu almohada sea un saco de entrenamiento. Bajo la piel a Bokuto le late el corazón lentamente, casi al ritmo de su respiración. Si pudiera contratar o comprar algo que simulara el vaivén posiblemente su insomnio pasaría a mejor vida.

—¿Qué crees que creen que no hemos visto?

Tenía que hablar.

—Me estaba quedando dormida, tío.

—Responde y te dejo dormir, promis. —Megumi no ve una mierda, le pesan los párpados y está en pleno derecho de continuar dejándolos cerrados, pero puede escuchar una sonrisa pegada al timbre de su voz—. Y mi madre es un sol.

—Eres tú el que la ha nombrado.

—Meg, que yo no he visto nada.

—Se estaban besando en su cabeza.

—¡Venga, ya! No puedes… ¡No puedes! Tramposa. —Le pega suavemente en la cadera—. YO también podría haber dicho eso. Dentro de sus cabezas ya habrán follado.

—Ese lenguaje Bokuto…

—¿Prefieres decir hacer el amor?

—Cursi. —A veces echa de menos tener pareja solo por esta clase de momentos. Abrazada a alguien, medio dormida, diciendo chorradas—. Voy a dormir tres horas por tu culpa.

—¿Procrear?

El suspiro de Megumi se tuvo que escuchar en Orlando.

—¿En serio estamos hablando de si Kageyama y Hinata han estado o no imaginándose teniendo sexo?

—A lo mejor lo están haciendo ahora.

—¿De verdad quieres hablar sobre esto antes de dormir? Porque no quiero tener pesadillas.

—Ni yo —Bokuto secunda mientras se acomoda contra el sillón—. Que duermas bien.

—Igualmente, señor Musculitos.

Le echa un vistazo a su móvil, colocado estratégicamente entre sus cuerpos para que no se caiga al suelo. Tres horas y treinta y cinco minutos es una mierda de descanso, pero es lo suficiente para hacer de niñera de los tres perros de su tía y una casa inmensa con yacusi.

—Me gusta ese mote —aclara, como si fuera importante—, voy a pedirle a Akaashi que me llame así mañana.

—¿Akaashi? —pregunta, por ser educada mientras se masca el mal humor.

Keiji.

—Ah. —El chico que ha estado nombrado toda la noche—. ¿Es tu novio?

—Buenas noches, Meg.


XI.

Han dormido más veces juntos de las que una persona normal podría recordar. (Bueno, hay especies—subgrupos de personas, en el que Tsukishima encajaría perfectamente, capaces de recitar la fecha exacta en la que se rompió el jarrón con flores de su madre. Hacer prácticas cerca de la puerta del jardín nunca es una buena idea, gente. Hinata tiene la teoría de que se apunta todo lo memorable que hace o dice para luego poder echárselo en cara y salirse con la suya). Al principio, como siempre, a Kageyama le costó media vida adaptarse a una presencia extraña en la cama y la otra media para comprender que Hinata siempre acaba aferrado a un foco de calor por mucho que se esfuerce en quedarse en su lado. En ocasiones había suerte y el colchón era grande, por lo que cada uno tenía su espacio, aunque Hinata termine rodando hacia el hueco de Kageyama. Él acabó resignándose. Al final del día tampoco es tan terrible dejarse ganar un par de centímetros.

—¿Cuánto llevas despierto?

—No lo sé.

Han dormido más veces juntos, pero nunca así.

—¿Me has estado observando todo el rato?

—Mmmno.

Medio desnudos. Medio vestidos. Lo suficiente conscientes de lo que pasó unas cuantas horas atrás y lo suficiente cansados como para permitirse postergar la conversación para otro momento.

—¿Sabes? —pregunta Hinata—. Estas cosas quedan la mar de bien en las películas, pero en la vida real dan un poco de yuyu.

La sonrisa de Kageyama le hace cosquillas detrás de la oreja, en el cuello. Se lo imagina con los ojos cerrados, la nariz hundida en el hueco de su hombro.

—Yamayama.

—Mmm.

—¿Sabes que tienes tu mano en mi —Pene. Órgano viril. Polla—... pito?

—Eso es un disfemismo —replica, pegándose a su espalda y recolocando la almohada con el brazo libre. Debe de ser mediodía. La luz atraviesa las persianas como si quisiera obligarlos a salir de la habitación—. Y sólo tengo la mano dentro de tus calzoncillos. He descubierto que son una estufa natural.

—Disfe… ¿Ahora que estás en Derecho dices palabras guais? Quita —Le da un manotazo cuando su dedo le hace cosquillas contra la ingle—. Un movimiento en falso y te encuentras con una sorpresa.

Kageyama le roza la erección, presente por naturaleza todas las mañanas, y empuja la cadera contra la curva de su culo para que sepa que no es el único con un problema. En plan broma. Sin ninguna otra intención disfrazada.

(Ahora se permiten hacer bromas al respecto).

Debería mirar el reloj y volver a ser un humado decente que contribuye a la sociedad gastando electricidad en el salón viendo con suerte algún capítulo de Shin-chan. O, por lo menos, ser un buen amigo y enseñarle a Kageyama algo de los alrededores. (¿Amigo?). No obstante la morriña se acurruca entre músculo y tendón y lo relaja.

—Tengo hambre —Hinata anuncia, sacándole los dedos de sus calzoncillos para poder darse la vuelta. Kageyama suele despertarse con un gato muerto por pelo, las marcas del sueño dibujándole la cara y siendo un desastre, en general, lo que lo hace más divertido porque siempre parece querer tenerlo todo bajo control—, y me prometiste que hoy podría comer.

—¿Soy médico para darte permiso? —Estira de nuevo el brazo y Hinata apoya la cabeza ahí, en la curva del hombro, mientras habla—, ¿no te duele?

La franja de luz apenas le deja percibir su cara. El flequillo laxo sobre sus cejas.

—Más bien es una constante presión en la encía. —Le aparta el pelo y sonríe, repasándose los aparatos con la lengua. Todavía son extraños que monopolizan sus dientes—. ¿Has pensado cortarte el pelo?

—Mi madre quiere cortármelo la próxima vez que vaya a casa.

—No te queda mal así.

—Casi puedo recogérmelo en una coleta y no es algo que tenga pensado dejar que pase.

—Oh —Le encanta esa idea—. Venga, en plan, te quedaría superbien.

Kageyama no se inmuta cuando le estira los mechones hacia atrás. Puede verle más que nunca las cejas, enfadadas con el mundo incluso sin salir de la cama.

—Qué sexy.

Le pellizca el costado y Hinata lo suelta. Su mano se quede encima de las costillas, acariciándole. Tiene callos en las uniones, donde los dedos crecen y la palma termia. El resto es suave y fino.

—¿Te estás riendo de mí?

—Nop. —Y le besa, porque puede y necesita hacerlo así, demasiado dormido como para otra cosa. Le levanta las axilas y le rodea la espalda, mucho más ancha que la suya. Los deja a su alrededor, memorizando la hondonada de la columna y la sensación de otra piel desnuda y diferente y mejor. Hinata nota su pulso temblar contra los labios, cuando le toca el cuello con los labios. Descubre una pequeña marca, redonda y diferente, más delicada, más blanda. Está cerca de su hombro derecho y Kageyama le susurra que no recuerda desde cuándo la tiene o cómo se la hizo, mientras juega con sus rizos—. Oye, antes vino alguien, ¿no?

Le viene a la cabeza vagamente una voz martilleándole la sien. Hablaba sobre algo que le había llamado la atención al principio y que luego perdió su interés al apelotonarse contra Kageyama.

—Iñaqui —confirma—, dijo que iba al Starbucks, por si queríamos algo…

—Dime que le pediste gofres —Si antes tenía un ochenta por ciento de sueño y un veinte por ciento de hambre es porque no conocía esa información—. Dime que le pediste croissant, o una de esas magdalenas que se empeñan en llamar muffins, o una napolitana rellena de chocolate…

—¿Vas a recitar todo el menú? —Kageyama le interrumpe. Se apoya sobre su codo y hace que ambos se muevan aunque Hinata apuesta por caer hacia su dirección—. ¿Dónde está mi móvil?

—¿En serio me preguntas eso en este preciso instante?

Aun así se desenreda y rastrea por el suelo.

—¿Me vas a contestar a todo con preguntas?

—¿Y tú?

—Eres insoportable. —Lo ve meter la mano por su lado de la cama, contra la pared—. ¿Sabes que hay más de tres bolígrafos aquí? Y una chola también. —Saca su móvil de un tirón—. Y algo más que no pienso tocar.

Hinata caza el suyo escondido entre unos calcetines, que se los habrá quitado mientras dormía.

En la pantalla aparecen dos llamadas perdidas de Iñaqui y unos cuantos mensajes en el Line de él riéndose de lo mucho que babea mientras duerme. También encuentra spam del grupo de clase y otras mil fotos de la noche anterior sin descargar. La mayoría seguramente borrosas.

—Sigo teniendo hambre.

—Creo que Yū me puede ir a buscar a la estación, así que cogeré el último tren que salga para Tokyo. —Lo ignora, sin despegar la vista del chat. Como tú ayer te zampaste media vida en pizza—. Desde que tiene coche sólo usa las piernas para entrenar e ir a la cafetería.

Se le había olvidado que Kageyama en algún momento tendría que irse. Y no es que no supiera que mañana es lunes, que hay una presentación a las once y cuarto en el despacho A-3 o que a las siete de la tarde debe estar subido en la plataforma web el trabajo de Elasticidad Motriz. Es como si ya perteneciera a su realidad, donde Kioto saluda con sus mañanas frías y se despide con sus noches húmedas. Abruma. Acostumbrarse a su presencia en menos de tres días. Se siente como si hubiera sufrido una bajada de tensión y el sistema se hubiera reseteado mal.

Pero puede que sea el hambre y no el miedo.

Está muy bien besarse y darse calor y sentirse cómodos por fin el uno junto al otro. Echarle de menos ya es una pérdida de tiempo. Quiere (necesita) tomarse las cosas con calma.

—Yo pienso usarlo sólo para lo mínimo, tampoco quiero gastar mucho en gasolina. Además, no creo que me haga falta para ir de mi piso a la universidad y de la universidad a mi piso.

—Kags —¿Tienes que irte?—, tengo hambre.

Tardan cuarenta minutos más en desenvolverse de las mantas, hablando sobre los entrenamientos para fortalecer piernas que le ha mandado el entrenador a Hinata los últimos días y los balones medicinales que comprará la Todai la semana que viene para los diferentes clubes deportivos. No se cuentan especialmente nada nuevo. Kageyama hace como que no es cosa suya que tengan los dedos entrelazados sobre su estómago y Hinata no se ríe de su sonrojo por muy adorable que le parezca. Sólo existen ellos dos hasta que le empieza a doler la barriga, «de verdad, me muero de hambre». Se visten pescando la ropa del suelo. El pantalón del pijama y la camiseta que ayer debería haber ido a la ropa sucia y unos calcetines grises de globos turquesas que saca del primer cajón. Kageyama se agacha cerca de él para coger su suéter negro y capta un chupetón cerca de la cadera. Espera, sinceramente, que le dure hasta que vuelvan a verse. Se va a mosquear muchísimo cuando lo descubra. No cree que sea esa clase de personas a las que les va dejarse marcar.

A pesar de que la idea principal era ponerse algo de ropa para comer, salen pitando de la habitación al baño para quitarse el sabor a vodka y ron y cualquier cosa que no sea pasta de diente de la boca.

Encuentran el salón hecho una leonera. La esencia a bollería impregna las paredes. Las botellas de refrescos, el confeti, los platos de plástico y las cajas de pizza han pasado a ser parte del decorado. No hay rastro de Megumi, y Bokuto parece de todo menos un ser vivo. Con el móvil en la oreja, los ojos cerrados y el pantalón del traje negro medio desabrochado. La voz le sale rasposa, como si se hubiera tragado una cucharada de canela y todavía le escociera la garganta. Apenas se le escucha, susurrando y tratando de peinarse los mechones tordos.

—¿Qué le pasa? —masculla Hinata después de que Bokuto les levantara la mano en un amago de saludo, bajito, para no molestar.

(Bokuto tratando de no molestar, inaudito)

Kageyama, que tampoco se mueve a su lado, se encoge de hombros.

—Y yo qué voy a saber, memo.

—¿Es necesario que me insultes?

—No. —Le revuelve el pelo—. Es para no perder buenas costumbre, mequetrefe.

—¿Quieres pelea?

Hinata da un paso hacia él, con la barbilla alta y el pecho inflado. Sus intentos de dar miedo mueren antes de florecer.

—Cuánta tensión sexual, por favor, para hacer escenitas como estas no salgáis de la habitación. —Iñaqui saluda desde el pasillo, a sus espalda. Los separa pasando entre ellos mientras añade un "que corra el aire, chicos", guiñándoles el ojo. Se ha puesto unos vaqueros y una sudadera sin cremallera verde lo que es extremadamente sorprenden porque sus domingos suelen ser sinónimo de pijama—. ¡Ah! Te he dejado lo que me dijiste en la mesa con el cambio, Kageyama.

—¿Qué es?

Comida. Debe de ser comida.

Hinata lo espera sinceramente. Dulces. Kilos y kilos de azúcar glas.

—¿No te ha faltado nada?

—Qué va, de todos modos te he dejado el recibo en la mesa.

Se devuelven la pelota y a él lo dejan fuera del equipo.

—Vale. Gracias, Iñaqui.

Ignora qué duele más: ser ignorado o sus tripas.

—Y tú —se dirige a Hinata, socarrón. Le propina un capirotazo en la frente—. Qué, ¿te vinieron bien los condones?

No lo ha dicho. La cara pálida y el cuello caliente, no sabe dónde meterse y si Kageyama se ha visto afectado lo disimula muy bien desviando su atención hacia Bokuto, quien continúa hablando al móvil a susurros.

—Puedes… puedes cortarte un poco, ¿no?

—Solo preguntaba —se disculpa Iñaqui, con las manos levantadas en son de paz. Se acerca al sofá y palmea el pie de Bokuto como despedida—. Megumi me ha dicho que te ve mañana, pequeñajo. Yo me voy a ver a mi novia que me habéis dado envidia.

Necesita algo que pueda tirarle a la cara antes de que cruce lo que resta de casa y se marche dejándolo con la vergüenza enquistada en la piel. Un cojín. Un libro.

Un cuchillo.

Kageyama, alías me-voy-a-por-un-vaso-de-agua-tengo-sed, se mete en la cocina sin cambiar el gesto.

—Vete a tomar por culo.

—Eso te va más ti, ¿no crees? Aunque estoy dispuesto a probar, nunca se sabe. —Se enrolla su bufanda gris ratón, que siempre deja en la entrada, y comprueba que lleva las llaves encima tanteando los bolsillos antes de abrir la puerta. Hinata no ha terminado de dar el primer paso hacia la cocina cuando añade—: No hagáis nada que yo no haría.

—¡Iñaqui!

—Cierto —recuerda, ya con el pomo en la mano y las escaleras asoman desde el pasillo. Le ha crecido un poco el pelo y los rizos marrones saltan sobre su frente—. ¡Kags! ¿A qué hora te vas? Te veo más tarde, ¿no?

El muy listo se asoma para contestar —vaso de agua en mano, por supuesto— y se apoya en la puerta como quien no quiere la cosa. Tan tranquilo. Más chulo que un ocho.

—Sobre las nueve menos algo, creo.

—¡Ah, bueno! Entonces te veo en un par de horas, tío.

Tío.

Se conocen de hace dos días y ahora sois colegas o qué.

Iñaqui hace un ademán antes de irse, "bueno, cuídame al niño", a lo que Kageyama responde con un "vale".

No os soporto.

—Estáis vacilándome, ¿no? —se gira en redondo y en cara a Kageyama.

Por un instante se despista porque detrás suya puede ver la nevera, y el hambre está cavándole un hoyo en el estómago. Se imagina abriéndola y sacando el bote de leche desnatada, mezclando el Nesquik en su taza de Harry Potter, caliente después de un minuto y medio al microondas.

—En plan, os habéis pasado la mañana confabulando contra mí mientras yo trataba de dormir más de dos horas seguidas, ¿o qué? —Apoya una mano a la altura de su pecho y lo empuja. Levemente. De advertencia. Los dedos apenas se hunden en el pectoral a través de la fina tela y en otro momento se maravillaría de la sensación pero ahora no piensa darle ese gusto—. Tengo sueño. Tengo hambre. Y molestarme no es el ingrediente que mejorará la combinación.

—Ya lo veo.

Kageyama a veces hace eso con la boca, no llega a ser del todo una sonrisa, pero casi. Se le suaviza la mirada e inclina la cabeza, un poquito, sin querer, la comisura de los labios se le curvan hacia la derecha (siempre hacia la derecha) y de repente hay un hoyuelo, minúsculo, protagonizando su cara.

El corazón le cambia de ritmo.

—¡Es para mí!

A ninguno de los dos les da tiempo de ver cómo Bokuto salta y pasa de largo directo a la entrada, a pesar de que sí que escuchan sus talones trastabillar con las bolsas de basura. Hinata ha visto pocas personas con los ojos tan azules, pero está completamente seguro de que ningunos lo harán sentir igual que los de Kageyama.

—¿Han tocado el timbre?

—Qué va.

Tres segundo después el pitido agudo vibra a través de la casa, y Bokuto abre gritando un "Akasheee" tan largo que podría llegar al sol, dar la vuelta y regresar. Hinata se obliga a girarse, deslizando los dedos por el brazo de Kageyama, descansa la mano al borde de la camiseta, donde puede acariciar el camino de una vena. En el interior del codo.

Un Akaashi con chaqueta de cuero marrón y casco tizón bajo la axila aparece sin demasiado ánimo. Bokuto lo guía de la mano.

—Venga, nos vámonos ya —asevera Akaashi, como si fuera un niño (quien no tarda en hacerle caso)—. Hola, chicos —saluda, al darse cuenta de que están ahí. Les dedica una sonrisa acompañada de una pequeña reverencia, que al final ellos corresponden—. Otro día me quedaría a charlar pero en dos horas vamos a comer con su hermana y Bokuto-san es muy pesado cuando le toca ducharse.

—¡Eh! ¡Qué te estoy escuchando! —pega un grito desde el salón—. Y me parece super fuerte que no le hayáis dicho lo guapo que está con su estilo de bosozuku.

Al pobre se le suben los colores, Kageyama boquea y Hinata intenta arreglarlo con un "Mola un montón el casco, ya me gustaría a mí…"

—No pasa nada, no sabe cuándo callarse —lo excusa—. Bokuto, por favor, vámonos ya. Todavía tienes que mirar qué llevarle a la niña…

—Que sí, que sí. —Surge con una mochila a cuestas, y la chaqueta amarrada en uno de los tirantes. La corbata colgando del cuello como si fuera un collar. Los abraza a los dos antes de irse, su energía inagotable regenerada—. Kuroo va a matarme por no despedirme de él, pero no estoy dispuesto a entrar en la habitación y verle los colgajos, así que decidle que lo quiero y que lo llamaré esta noche, ¿sí? ¿Por fa? No os olvidéis.

Es como un diablo de polvo. Remolinos corrientes que se nutren del tiempo limpio y los días soleados. Gira sobre sí mismo, coge fuerzas, y de la nada hay un túnel vertical con polvareda. Se lleva lo que quiere en sus afluentes, allí por donde pasa, trasladando el desastre. Hinata está seguro de que a Akaashi no le salpica porque se encuentra justo en el medio, resguardado en el ojo del huracán.

Los escucha discutir sobre algo desde el descansillo mientras se alejan.

—¿Puedes conectar el micrófono de los cascos para contarte que tal la noche?

—No le queda batería.

Kageyama lleva la camiseta del revés, observa.

No es que se haya dado cuenta ahora. Lo que ocurre es que antes estaba demasiado sopa como para procesar cualquier detalle. Aunque técnicamente había estado frente él, poniéndose los pantalones del pijama, hacía menos de diez minutos.

—¡Pero si siempre lo dos dejas cargando!

—Se me habrá olvidado, Bokuto-san.

Hinata sube la mano, distraído, sin saber muy bien si pueden sentarse a la mesa a desayunar o si hay alguna regla no escrita que le obliga a ser anfitrión hasta que se marchen. Mete un par de dedos dentro de la manga, rozándole el bíceps. El músculo no tarda en endurecerse bajo su tacto. Listillo. Aprieta un poco con el pulgar y nota cómo se contrae, casi por instinto.

—Pero ¿te molestaron los mensajes de anoche?

—No, Bokuto-san.

Hinata es incapaz de hablar. Por lo menos no hasta que estén solos. Aunque quiere, de verdad que quiere.

—¿Puedo poner las manos en los bolsillos de tu chaqueta?

—Lo vas a hacer aunque te diga que no.

—Es porque la mía es de pega y no quiero ponerme malo.

La puerta se cierra una segunda vez esa mañana y una ráfaga de aire carraspea entre las juntas del ventanal.

El silencio no aguanta mucho entre las paredes.

—Bueno, si pasa algo más, yo no estoy —aclara, tirando de Kageyama para que lo siga a la despensa. Su estómago gruñe de acuerdo con él—. La comida me reclama.


La primera vez que sale del profundo mundo de los sueños las calles de Kioto se materializan desde la ventana, dormidas en un taciturno cuchicheo de brisa y hojas secas.

El regusto del ron todavía anida en su tráquea y el dolor punzante de la resaca no tarda en atravesarle la sien después de varios segundos despierto, observando la rama de un árbol acariciar el cristal. Debería bajar la persiana, si piensan dormir hasta tarde. Tira del cordón y el brillo de la luna pasa a ser una franja de luz que se dilata en el suelo.

El tacto de un brazo encima de su estómago le acelera el pulso.

Una parte de Kageyama, la más difícil de todas —la que siempre estará susurrándole palabras espesas y oscuras detrás de la oreja y le obliga a lavarse las manos dos veces siempre que algo no cuadra— se sorprende de lo bien que se encuentra sin su rutina allí. Le felicita por evadir todos esos estímulos que normalmente lo ahogarían en ansiedad. Pasa por alto el desorden que rige la casa en ese instante. Salta la necesidad de cepillarse los dientes y quitarse la sensación pegajosa que deja el sudor al enfriarse y pasa a ser una película sobre la piel. Ignora a la incertidumbre. El desconocimiento sobre lo que pasará cuando los dos estén despiertos y tengan que hablar de lo que está pasando entre los dos, y simplemente disfruta cómo Hinata abre los labios para respirar por la boca, destrabando frases sueltas, inconexas las unas con las otras.

—No encuentro mi cartera. —Encaja la pierna en su cintura. La mejilla en su hombro—. Madagascar es mucho mejor que Happy feet.

Si alguna vez se ha sentido completo, ha sido con el balón liso y duro entre los dedos. Firmes costuras unen la tela. La sangre bombeando adrenalina a cada célula de su cuerpo y los pulmones insuflados de oxígeno. Es un sentimiento que lleva grabado bajo la dermis, que se repite cada vez que la suela de sus deportivas toca el pavimento de una cancha. Y ahora esa misma sensación llena y profunda se derrama poco a poco del corazón hasta hacerle cosquillas en la punta de los dedos. A un milímetro de estallar en mil pedazos como una pompa de jabón.

La segunda vez lo despiertan unos nudillos en la puerta.

Le cuesta mucho más contestar a Iñaqui que taparlos de un tirón con la manta. Los recuerdos asoman, fugaces y no tan fugaces, cada vez que insinúa algo sobre la noche anterior, pero el sueño hace de lenitivo y es capaz de reírse de sí mismo cuando nota el calor resbalar por su cara.

—Eh —murmura Iñaqui, después de repetir todos los dulces que piensa comprar—. Me gustas. De verdad. —Asiente, solemne, quizá más para sí mismo—. Así que no la cagues con Hinata o sacaré a pasear a Ricky Martin y Enrique Iglesias. —Hondea sus puños en el aire—. Bien, me largo. Descansa un poco más, siento haberte despertado.

La coña se huele en el ambiente, sin embargo Kageyama comprende lo que hay detrás de una simple advertencia.

No quiero estropearlo. El nudo en la tráquea. La tensión trastabillando entre sus tripas. De verdad que no.

La tercera vez que abre los ojos es mucho mejor, porque Hinata le sonríe, con los alambres intrincados en sus dientes blancos y sus mejillas redondas manchadas de pecas y algo vuelve a funcionar dentro de él, como si nunca lo hubiera hecho bien antes.


—Lo que pasó —escupe Kageyama en medio de un carraspeo, antes de que los nervios puedan con él y le hagan cambiar de opinión—, ayer. En tu habitación. —Tú puedes—. Estuvo bien, ¿no?

No es la frase más elocuente que ha dicho en su vida. Probablemente tampoco sea la última. La pregunta desconcierta a Hinata, le mancha la piel de rojo. Abre mucho los ojos y deja el gofre entre los labios un par de segundos, como meditando si es buena idea volver a devolverlo al plato o comérselo.

—Sí —responde, por fin, después de masticar. Una pequeña mueca de felicidad en la cara. Está arrebatadoramente guapo—. Me gustó. Mucho.

A mí me gustas tú. Muchísimo.

Se muerde la lengua antes de que se le escape. No tiene ni idea de cómo seguir. Lo más fácil sería esperar a que avanzaran las cosas por su propia fuerza y disfrutar las últimas horas que le quedan en Kioto sin más taquicardias. O terminarse ese croissant que está increíblemente bueno, relleno de crema. Necesita algo más.

Certeza. Confirmación. Joder, Hinata, siempre hablas por los codos y precisamente hoy que quiero escucharte has decidido que es buena idea hacer voto de silencio.

La cocina parece ser el lugar menos afectado de la casa. Aunque sospecha que Iñaqui ha recogido gran parte del estercolero y ha tirado lo que pudo de basura. A Hinata le es indiferente todo el desastre que reina su piso. Sus pies desnudos le hacen cosquillas bajo la mesa, sentado frente a él, a la altura del tobillo. Como quien no quiere la cosa. La caricia tiene un cariz de intimidad que le calienta el estómago.

Chupa el último suspiro del batido de leche.

—No puedes besarme cada vez que tenga un ataque de ansiedad.

—¿No? —pregunta, falsamente confundido—, yo creo que es una técnica que funciona de maravilla.

Un rizo le cae sobre la ceja, pelirrojo y salpicado de purpurina. Persigue su rastro y encuentra unos pálidos lunares, una nariz respingona y algo roja por el frío que entra de la ventana, y una sonrisa manchada de travesura.

Hinata.

—También puedes besarme tú, si quieres, no voy a impedírtelo.

Un rayo de anticipación se le clava en el estómago.

Más abajo.

Kageyama lo ve cómo fraccionar el gofre con los dedos en pequeños cachos, manchándose las yemas de nata montada. No se ensucia la comisura al echárselos a la boca, y es una pena porque tendría una excusa perfecta para hacer lo que ambos quieren que ocurra. Agarrarlo por la nuca y atraerlo hasta que la distancia entre una nariz y una mejilla se convierta en un concepto inexistente. Quizá se caería el vaso de leche al reclinarse sobre la mesa. Se le estropearía la camiseta del pijama con la mermelada de mango que se escurre del cuchillo, encima del bote. Y notaría cómo cruje la madera bajo su peso al apoyarse en el borde de la mesa, buscando un sitio al que atenerse.

Kageyama no recuerda el momento exacto en el que deja de necesitar una excusa porque de repente el valor ha cogido impulso y lo muerde. Flojito. Escucha la taza temblar mientras maniobra para apartar su plato. Despacio. Si se cae, hay más leche en la nevera. En ese diminuto camino que todo el mundo tiene entre el labio superior y la punta de la nariz. Sin los nervios quemándole la piel, ni el alcohol embotándole la cabeza, ni el ensueño deslizándose bajo las contracturas, sus labios saben incluso mejor.

El primer beso, pequeño y honesto, pide permiso.

—¿Así?

Shh. —Hinata lo calla, acercándolo por el cuello una vez más. La mesa es el elefante en la habitación—. No lo estropees.

El segundo es mucho más hosco. Los dedos hundiéndose en el pelo y la lengua hambrienta, haciendo sonidos húmedos que detrás de la oreja y le pone la carne de gallina. Dura tan poco que no le da tiempo de hacer todo lo que quiere. Cuando menos se lo espera Hinata está recuperando el aliento cerca de su boca, divertido. Se lame los labios. Los aparatos siguen ahí, sentándole igual de bien que ayer y antes de ayer.

—No quiero estropearlo.

Podría acostumbrarse a todo eso. Despertar tarde, desayunos con mucha azúcar y una cama pequeña que compartir los fines de semana—volver a su piso va a ser horrible. Será como quitarle la electricidad a una casa y dejarla sin luz. Sin calefacción. Fría.

—Somos un equipo, Kags —murmura, y deja la mano sobre su mejilla. Persigue la línea de sus cejas, fijándose en los movimientos que hace con los dedos. Nunca lo han tratado así. Como si ser vulnerable fuera la opción correcta—. Tú y yo. —Se relaja. Las yemas sobre la frente. El pómulo. La nariz—. Si algo va mal es solo que nos falta práctica. —Los labios—. Y eso sabemos cómo solucionarlo.

Unas sensación cálida le pellizca los costados, en la costillas y se expande hacia el interior .

Tú y yo.

El pulso le pesa debajo de la piel.

—¿Te parece bien? —añade, bajito, cerciorándose de no haber metido la pata.

Si aparta la vista de sus ojos a lo mejor se marea; el mundo parece ir tan rápido que todo lo que pasa fuera se ve pequeño y dilatado y difuminado. No encuentra la salida por ninguna parte.

—¿Crees que eres elocuente por usar referencias deportivas? —suelta. Tira de la tirita, porque necesita volver a la dinámica de siempre durante el resto del día, donde ambos se insultan y se pegan y todo es más… normal.

Tampoco quiere encontrarla.

(La salida).

Hinata chasquea la lengua, le da un tortazo en la frente y vuelve a su sitio, brillante.

—¿Ser idiota te hace sentir mejor?

Bien, a eso sí tiene respuesta.


A lo largo del medio día y parte de la tarde descubre que —si en algún momento temió que pasara— su relación no cambia de color. Kageyama insiste en limpiar antes de que los bichos firmen un contrato como nuevos inquilinos y Hinata se queja más por molestarle que por pereza. Kozume sale de la habitación una hora antes de que Kuroo resurja como un fénix de sus cenizas, con el pelo enardecido con el mundo y el torso marcado por las sábanas. Comen viendo Aliens. A Hinata sólo le dan miedo las películas de terror si las pone por la noche. Por lo visto, si los parásitos abren en canal a la especie humana mientras las farolas no enciendan sus bombillas no es un gran problema.

La diferencia es invisible.

Incluso discuten.

(Las películas le han remarcado desde la infancia que los primeros días de—de lo que sea que tienen ahora supone un acuerdo ilícito donde el mundo brilla más y huele mejor. No obstante, Hinata decide quemarlo con una cerilla y mucha gasolina).

Discuten por tonterías.

—¿Pero a ti te parece normal? Tienes que descansar un poco.

Kageyama está convencido de que no es para tanto.

Las orejas de Hinata podrían ser tomates. El enfado le tensa los pómulos, le endurece las facciones y de pronto los dieciocho años le hacen mayor.

—Tengo que aprobar —se justifica, doblando el par de camisetas que trajo para meterlas en su mochila. Se va a las nueve, te lo he contado para informarte, se muerde la lengua, y quiero un poco de comprensión por tu parte—. Tengo que entrenar. —Coge aire y deja que sus pulmones se llenen antes de exhalar—. Tengo que sacarme el carnet. Aún no me han llamado de la Selección, Hinata. —Empuja los calcetines contra el pijama con fuerza, antes todo cabía a la perfección y ahora de repente la cremallera no cede. Coño—. Y a ti tampoco. ¿Es que no te preocupa?

—Claro que sí, pero…

—Pero tú has sacado cada parcial y trabajo que te han puesto y estás saltando en una nube de algodón y yo no sé cómo voy a seguir en el equipo si no apruebo el sesenta por ciento de primero. —Cierra hasta el tope la maleta, dejándola a un lado de la cama. Ve a Hinata coleccionar gurruños de ropa mientras niega con la cabeza. Testarudo como una mula—. No puedo creer que estemos así porque te he enseñado mi agenda.

—¿Te sorprende? Perdona por preocuparme por ti —estalla, los ojos terrosos y ásperos—. Es que no entiendo cómo pretendes que me parezca bien que duermas cinco horas cuando quieres entrenar unas diez, rey —bufa—. Sinceramente, prefiero que quites nuestras llamadas por Skype de tu itinerario a ver si así ganas en sueño. —Ondea un calzoncillo en el aire. Ositos marrones coloreados en tela blanca—. No digo que no te esfuerces, pero hay formas más saludables de hacerlo.

Se clava las uñas en la pernera y espera hasta que le duela el muslo para contestarle. Una parte de él reconoce que tiene más razón de la que posiblemente haya tenido nunca sobre algo, pero es que en ese momento le da igual lo que resulte lógico.

Hinata.

Le da igual si va a tener que hacer malabares para que todo vaya correctamente. Pero necesita que alguien le aliente y le diga que lo está haciendo fenomenal y que ese es el buen camino. Necesita que esa comprensión venga de Hinata, porque de entre todas las persona él siempre lo ha comprendido mejor que nadie.

—Al final vas a hacer lo que te dé la gana, ¿verdad? —La ropa ya no está regada por el suelo, ni las sábanas olean las esquinas como si fuera espuma acumulada en la orilla de la playa. El escritorio parece más amplio y de la puerta del armario no sobresalen abrigos mal colgado. Sin embargo, a pesar de que han ordenado la habitación, el caos sigue entre ellos—. Como de costumbre resolverás los problemas tú solo.

Pero existe.

(La diferencia).

Se condensa cuando están cerca. En el salón. La televisión encendida, hombro con hombro y susurros que lamen la sien. Tira de él cuando piensa que van a separarse, como si estuviese al filo de un acantilado y viera el agua corre hasta romperse contra las rocas y la gravedad lo empujara junto a al fondo de la cascada.

—No eres un robot, Kags —musita, todo afecto y cariño, sólo para él. Un pulgar dibuja la forma de sus nudillos. A pocos centímetros, Iñaqui se ha envuelto en una manta, pela cacahuetes uno a uno. El aroma pastoso le impregna la nariz—. Y si no te cuidas no vas a poder hacer todo lo que quieres. —La pantalla baja de brillo cuando Sigourney sale de la nave—. Primero estás tú.

Irradia preocupación.

—Ya lo sé —concede, esperando aliviarlo.

Ya lo sé.


El tomo Anoche Casi Tuvimos Sexo, capítulo Borrachos y Sin Frenos prefieren comentarlo en una ocasión en la que los oídos de Iñaqui y Kuroo no estén pegados a la puerta. Tampoco es que haya mucho de lo que hablar. Les gustó. Mucho. Se va a repetir. Sí. Sin prisas. Ya habrá tiempo. Para saber si Hinata es de los que besa despacio cuando está a punto de correrse. Si aprieta los párpados y abre la boca y deja caer la cabeza hacia atrás, porque nopuedomásKags. Ya habrá tiempo. Para que Hinata mire a Kageyama desde otra perspectiva. Mucho más abajo. Y se beba el pliegue de su ombligo. Más abajo. Note contra la lengua la piel erizada de la cadera y se enorgullezca por hacerlo temblar. Despacio. Entre las piernas. Imposibles ojos azules, líquidos como una noche cerrada. El deseo fundido mojándole la frente.

Ya tendrán tiempo.


La tarta Sacher es uno de esos inventos que pocas personas agradecen apropiadamente. Esponjosa, como un bocado de nube. De chocolate negro, como todas las cosas que están bien hechas en el mundo. Calza en cualquier situación. A los niños les pirra mancharse, y al tener dos capas de bizcocho no se deshace con facilidad por lo que pueden cogerla con las manos; además no deja ese regusto empalagoso a mitad del primer bocado. Cabe la posibilidad de que algunos muggles (no los pobres que nacieron sin magia, sino esos que detestan el cacao) arruguen la cara, a punto de estornudo.

Peor para ellos.

El Mür Café está menos abarrotado de lo que espera. Yui, la encargada del mes, recoge un par de tazas de una mesa, cerca del ventanal, y Marco, el chico que contrataron la semana pasada, sirve café en la barra. Está seguro de que a veces les cambia los nombres pero reconoce todas sus caras y probablemente a ellos les pase lo mismo con Hinata.

Se fija en el escaparate por inercia, a pesar de tener claro lo que quiere pedir. Saluda a las magdalenas hundidas en coberturas de colores pastel, a los esponjosos mochis alineados contra una esquina y a los dulces rebañados en azúcar que normalmente llevan hacia una diabetes segura. Allí, acurrucada junto a una cheescake de arándanos y un barquillo de hojaldre con almendras, la querida Sacher requiere de toda su atención. Convencer a Kageyama es sencillo (siempre lo es). "Está más buena que el pan de leche que tanto compras en el súper" y "tienes que probarla por tu propio bien" y "bueno, si no te gusta te compro yo otra cosa" y "¿es que no te atreves?", eso junto a un surtido amplio de carantoñas y mohines son la guinda del pastel. Piden dos trozos y un batido grande para compartir de fresa, porque todo el mundo sabe que el chocolate y las fresas combinan mejor que el salmón con wasabi y salsa de soja en el sushi. La carta abarca un extenso mundo de posibilidades, pero hay prioridades y prioridades, y en parte espera volver a ir allí con él. Experimentar algo nuevo cada vez que visiten el local, hasta que se convierta en una costumbre y tengan una lista con las cosas que les gusta y las que no.

Se sientan en uno de sus sofás favoritos, junto a la chimenea. Sube los zapatos nada más escoger hueco, así puedo mirarte sin dislocarme el cuello, y Kageyama pone esa expresión de "tienes una cara que te la pisas". El fuego baila cerca de ellos, les calienta la ropa, todavía medio fría de la calle. La leña crepita y por un segundo le resulta surrealista que estén ahí los dos. Ha imaginado llevándole desde que encontró el local, buscando correos, una mañana de septiembre. Y ahora Kags se apoya en el respaldo del chester, tranquilo, con el codo hundido en uno de los largos brazo del sillón, las piernas cruzadas cerca de una mesilla de cristal. El jersey añil con cuello de cisne que se ha puesto convierte sus nervios en railes de cables pelados. La tela es traicionera y cuando él traga un poco de batido su nuez se desliza fuera y dentro del borde. Una chispa y no es más que polvo de estrellas. De vez en cuando Kageyama fija la vista en las llamas, que se tuercen y ajan la madera, luego pasa a los camareros que circulan en círculos alrededor de las mesas con frases memorizadas —esas que siempre caen bien—. Y, de alguna forma, intuye que se sienta un poco fuera de lugar.

Mmm… —Hinata gime, notando la confitura expandirse en el paladar—. Está tan buena que si me muriera en este preciso instante sólo me daría pena no poder seguir comiéndomela. —Si bien Kageyama lleva dos cucharadas de campeonato, de esas que se roban cuando pides un mordisco al bocadillo de alguien y al final le robas medio brazo, todavía no le ha dicho ni mu—. A qué sí.

Frunce las cejas en una inclinación que ambos conocen de memoria, pedante, raspando el hilo de sirope de arándanos antes de cortar otro trozo.

—No está nada mal —acepta, en tono de queja. Hinata va a decir algo cuando—: No te lo creas tanto, has tenido suerte.

La victoria salta sobre la sonrisa de Hinata.

—Tu amor por el chocolate negro es de conocimiento público, sí, pero que los frutos del bosque potenciaran el sabor era una apuesta arriesgada.

Han dejado sendas mochilas en el suelo, en la posición justa para vigilarlas de tanto en cuanto. La de Kageyama pesa de más, ya que Iñaqui le ha dado pasteles típicos "como no ha dado tiempo a que veas nada para que al menos te lleves algo". Un par de anpone de matcha, un bote de konpeito, y una bandeja de otobe.

—Mientras no fuese chocolate blanco lo tenías fácil. —Coge un poco del arrope untando el índice y lo chupa, la lengua casi fuera de los labios—. Aunque eso no debería llamarse chocolate.

—Ya empezamos —siempre con la misma cantinela. A Hinata al principio le resultaba divertido verlo tan cabreado por algo como eso. Al principio—. ¿Estás desviando la conversación para no reconocer mi buen gusto?

—Para nada —niega, jugando con las migajas del queque. Los labios fruncidos en algo parecido a una burla—. Simplemente me molesta que se considere la manteca azucarara un tipo de chocolate, ¿me puedes dejar ya el batido?

Sus rodillas se chocan en medio y Hinata logra esquivar su (inútil) intento por arrebatarle el vaso.

—Nop —sorbe de la pajita hasta que el líquido se mezcla con el aire y las burbujas rompen en débiles sonidos roncos. Los ojos de Kageyama se retuercen entre su boca y el fondillo del batido—, ¿vas a reconocer que te quejas por no darme la razón? Porque queda poco y pienso terminármelo si-

—Vale, sí.

La i atropella su monólogo. Aguda y ligera. No tarda un segundo más en robarle el batido, tomárselo y dejarlo vacío sobre la mesa. Goku tenía menos ansias por comer después de los entrenamientos.

—Pero reconoce que no debería llamarse chocolate.

—Mira, aunque venere al chocolate negro por encima de todos los dulces del planeta, el blanco no lo encuentro tan mal —Le toca el zapato con el empeine—. Tu lucha no es conmigo, Kags, sino con las industrias chocolateras que insisten en llamar chocolate a la mezcla de manteca de cacao y azúcar.

Definitivamente le ha ganado la discusión. No hay vuelta de olla. El azul de sus iris reniega de aceptación cuando de su garganta sale un sonido bronco, cosa que va a tomar como un sí por el bien de ambos.

—Eso no quita que hayas tenido suerte con la tarta.

De verdad.

—No seas memo, lo que te gusta. —Yo—. Las tostadas con mucha mantequilla y poca mermelada. El curry de cerdo con huevo, pero aparte, el ramen con muchas espinacas, el café negro, como tu alma. Muy lentoooo —canta, al esquivar el manotazo a tiempo—. Mmm… ¿qué más? El brócoli, ahora que lo pienso, ¿cómo te puede gustar el brócoli? —El siguiente golpe casi le tira la tarta. ¡Oye!

—Eso te pasa por llamarme lento, ojalá se te hubiera caído.

Será capullo.

—Te vas a enterar.

Hinata pone el plato en uno de los brazos del sillón, a buen recaudo, elimina los centímetros de distancia. Sería benévolo si no fuera su tarta favorita, pero.

Parapara.

Kageyama se retuerce como un pez fuera del agua, ondulándose lejos de él para evitar que lo pellizque aquí y allá. Sofocado.

—Pídeme perdón.

Puede que no tenga cosquillas pero sí zonas más blandas donde molestarlo. Una mano fría en la espalda. Punzadas en los abdominales.

—No te lo crees ni tú.

Son una confusión de manos y piernas. Por un instante ambos se olvidan de por qué están ahí. No necesitan dulcificar la despedida para soportarla. Eso no va con ellos. Hinata resopla, divertido, mientras Kags aparta la tarta en la mesa y se concentra en él, demasiado competitivo para dejarse ganar un perdón fácilmente. Tironea de su grueso abrigo amarillo limón, se lo abre y el ataque de risa le traiciona igual que las lluvias en pleno verano. Los pulmones se le contraen dolorosamente contra el pecho, guardando el poco oxigeno que le queda. Hinata pierde fuerza en los dedos, "por favor", el pulso de colibrí, "se suponía que…", los ojos húmedos y la boca seca, "…eres un tramposo". Está prácticamente encima de Kageyama, una pierna encima de su muslo, el torso inclinado, buscando una postura donde la risa sea más difícil de hallar. Y toda esa situación no debería ponerle cachondo. Porque están en un café rodeado de gente, y se supone que el contacto físico no es un pretexto para dejarse llevar por las hormonas. Pero tiene dieciocho años y muchas ganas agazapadas en el vientre, líquidas y deshechas. Y están tan cerca. Huele a mermelada y a chocolate negro. El jersey es algodonoso al taco, quiere besarle y Kags sonriendo es un tesoro.

Así que lo hace.

Sorpresa. Hinata siempre lo pilla por sorpresa. Le muerde el labio inferior, le abre la boca con la lengua y se convierte en un flan. Blando y esponjoso. Tirita contra él como la hoja de un laurel. Ni siquiera sabía que deseaba tanto ese beso hasta que se encuentra buscándole la mandíbula con el pulgar. Acercándolo y apartándole el flequillo hacia atrás para poder enredarle los dedos entre sus rizos. Más tarde tendrá que poner los puntos sobre las íes porque a él no le gustan las demostraciones afectivas delante de los demás. Por lo menos no tan claras. Dirá que no se ve comiéndole la boca en el cine. O dejándose tocar en el tren, adolescentes y poco inocentes. Que mandarse fotos de zonas poco públicas es muy excitante y peligroso. Sin embargo, en ese momento, iría al espacio y le bajaría la luna si la quisiera.

—Tengo una cosa para ti —susurra Hinata, tímido, los carrillos como el batido de fresa. En la calle sus palabras cobrarían vida, húmedas y blancas—. Pero me tienes que prometer que no cogerás ninguna hasta mañana.

—¿El qué?

—Espera.

Se pasa la lengua por los labios, nervioso, se tantea los bolsillos pero no encuentra nada así que se inclina para alcanzar la mochila y luego abre la cremallera, un poco agobiado.

Kageyama necesita mirar a su alrededor para darse cuenta de que siguen dentro del café. Mucho más concurrido que antes. Un niño los vigila desde una de las sillas contiguas al mostrador, medio cucurucho en la boca, el morro manchado de helado turquesa. El reloj alcanza las ocho y media, y un pedazo de pastel le espera sobre la mesa. Su consciencia le recuerda el camino a la estación, y las tres horas que usará exclusivamente para terminar el trabajo sobre La aplicación del derecho en el estado constitucional. Pasará por el Búho (una tienda que trasnocha hasta entrada la madrugada para aquellos que salen de fiesta) y pillará lo primero que el estómago gruña. Le pedirá a Yū que coja la trasera, y así llegarán cinco minutos antes de lo normal. Gato saldrá enfurruñado del trasportín —se marea con los baches de las carreteras— y buscará un hueco en los cojines del sillón con la única intención de bufarle mientras cena. Lo suficiente cerca para alargar el cuello hacia la comida y comprobar que no se ha ido, y lo suficiente lejos para no mostrar afecto por haberle abandonado tres días.

Su corazón, en cambio, está dispuesto a acampar ahí, en Kioto, hasta que su cuerpo decida volver.

—Toma.

Prácticamente se lo estampa en la cara.

—¿Qué has metido en el sobre, memo? Ha dolido como si fuera una pelota.

El sobre que sostiene en sus manos tiene una textura rugosa. Celeste. Casi gris. Kageyama puede imaginarlo entrando de papelería en papelería, decidido a no coger el típico blanco que dan en correos. No tiene remitente, ni destinatario. Es una carta desnuda, como todas las expresiones que pasan por la cara de Hinata.

—¿Te estás quejando? —increpa, algo decepcionado—, porque puedes devolvérmelo —frunce la boca e infla los mofletes—, aunque me ha llevado bastante tiempo hacerlo y…

—Te estás montando una película tú solo, bobo —Desliza el índice por el punto donde el pegue se ha desconchado un poco. Le tienta la curiosidad—. ¿Y bien?

—Es, bueno, son… —cierra los ojos, toma aire. Hay una pizca de nostalgia mezclada entre el chocolate y el caramelo cuando los vuelve a abrir—. ¿Recuerdas esa semana sin hablar? Claro que lo haces, qué estupidez. En fin —medio le sonríe, descubierto—, era muy extraño no contarte nada. O guardarme los buenos días con una foto. O no despedirme de ti con cualquier bobería. La que sea. —Sus susurros le rozan la mejillas, sólo para él, mientras dibuja las líneas de la oquedad que forma el hueso de la rodilla—. Así que pensé que podía escribirlo.

Hinata hace que parezca sencillo abrirse en canal, enseñando todo lo que guarda dentro, a pesar de que Kageyama conoce de buena tinta que eso no es verdad. Es una de las muchas cosas que admira de él.

—Son notas, por una parte el saludo y por la otra cara las despedidas. Hay más de la cuenta porque luego pensé que sería bonito que tuvieras hasta el día de tu cumpleaños. —La mirada entre pestañas, como si hicieran de escudo a la respuesta—. ¿Te gusta?

Le cuesta atrapar las palabras adecuadas, porque quiere decir tantas que incluso un simple gracias se le atraganta.

—Sí.

Sí, yo también pensaba en ti todos los días y me desquiciaba no saber de tus teorías sobre los enredos amorosos que hay entre tus profesores aunque en realidad solo los escuche para oír tu voz en cinco audios de un minuto.

Antes de darse cuenta, roza el cuello de Hinata con los dedos temblorosos, porque a Kageyama siempre se le han dado mal las oraciones compuestas pero su cuerpo nunca ha sabido callarse media canción. Traza círculos justo detrás de la oreja, en el inicio del pelo. Ya no pincha tanto como la primera vez que le visitó en Tokyo. Y le da un pico que sabe a beso.

—No hay de qué, Kags.


La mañana del miércoles se despierta con la fuerte convicción de que no ha descansado una mierda. El sol se desparrama por las tejas, reflectando una luz que su migraña agradece con inconstantes fogonazos de dolor. Desde la sien hasta la parte posterior del cuello. Mátame ya. Su vista decide tardar un cojón en enfocarse y no atina a darle al lugar concreto de la pantalla para mandar a tomar por culo el despertado. Se quedaría en casa un mes y no saldría de la cama salvo para comer e ir al baño. Darse un respiro. Estar enterrado entre mantas calientes y con un gato acurrucado a sus pies, intentando atrapar sus dedos cada vez que ve movimiento bajo las sábanas; si no fuera porque los profesores cada vez están más pesados con la asistencia, o que dentro de una semana y media le han puesto un examen y necesita resolver dudas, o porque aún no han colgado la lista de la Selección y su única basa se ha convertido en matarse durante los entrenamientos para arrancarse esas espinas que no se extraen ni con operación. No está siendo su mejor semana. Y, definitivamente, no va a ser su mejor día. Desbloquea el móvil, dirige su atención al mail —por si algún profesor ha decidido marcar alguna tarea sin que se diera cuenta o hayan comunicado la cancelación de una clase— y luego abre Line. Más de doscientos mensajes acumulados. Como haya alguna foto-polla de sus compañeros de clase piensa bloquearlos hasta nuevo aviso.

(Solo se encuentra con respuestas incoherentes, imágenes desenfocadas y emoticonos sueltos. Todo eso a las tres de la mañana. No han usado el grupo ni una sola vez para algo serio).

Gato busca hueco bajo la colcha y le mete la nariz en el cuello cuando sale a la superficie. La nariz fría de lamérsela.

—Hola a ti también.

Si alguien hubiera estado ahí, habría sido testigo de un Kageyama que puede sonreír por las mañanas. Incluso en las malas.

Yū (6:53):

Colega, ¿paso a por ti a las y media?

Me he levantado con ganas de huevos benedict a pesar de que no tengo ni puta idea de a qué saben.

Me acosté megatarde viendo videos de comida en Instagram, sí.

Lo ve saltar sobre el muro del baño haciendo margullos de insatisfacción mientras se afeita el débil rastrojo de barba que le empezó a cubrirla las mejillas y parte del mentón a la primavera pasada. Capta en el espejo el fantasma de un chupetón sobre su cadera, ha comenzado a desaparecer poco a poco, y por un momento se imagina a Hinata ahí, quejándose porque a horas intempestivas no debería sonar ni el silencio, para luego arrebatarle la máquina y tratar de quitarse su inexistente vello. El ruido cesa de golpe, y Gato se lame las almohadillas inocentemente, echándole lánguidas miradas mientras su cola golpea el cable desenchufado. No es mi culpa que tú hayas colocado esta cosa en medio, casi lo puede escuchar en su cabeza, la próxima vez ten en cuenta que este es mi sitio. Como toda la casa. Se enreda entre sus pies, aplastando el lomo contra los tobillos, segundos después de que Kageyama se coloraca una tira de kinesio en el hombro izquierdo. Fucsia fosforito.

Sí, en diez minutos estoy.

No creo que la de la cafetería te haga algo más que unos huevos revueltos.

No te tiene tanto aprecio.

La idea de comer muere antes de que tenga forma, pero de todos modos se lava los dientes hasta que la encía huele a profundo bosque. Llena el cuenco con la medida exacta de pienso que recomendaban en el foro de Cosas de gatos, porque el muy animal come más que un león famélico y necesita que alguien le pare el carro antes de que se vuelva una bola. Nunca lo reconocería pero el tirón de ternura se le expande hacia el pecho al escuchar el ronroneo feliz que emite al ver el pienso. "Tenías hambre, glotón" arrulla, rascándole detrás de las orejas. Todavía se sorprende cada vez que responde a sus caricias, ofreciéndose por completo a otro mimo, pidiendo un poco más de cariño, casi dándole las gracias por la mitad proporcional de su comida diaria.

Yū (7:19):

Se llama Magda, como no puedes saberlo, bro? Llevamos tres meses pidiendole los mismos bocadillos, tio.

APRENDETE EL PUÑETERO NOMBRE

Has desayunado, no? Porque ayer estabas echo mierda a las doce y hoy tenemos teoria de derecho.

Que asco.

Salgo ya para alla.

Baja las escaleras de dos en dos. Necesita espabilarse. La noche anterior llegó a las nueve del entrenamiento, se dio una ducha, se sentó en el sofá para terminar el tema tres de Régimen Jurídico de Administraciones Públicas, inclinándose de vez en cuando a por un bocado de una ensalada compuesta solo por una bolsa de lechugas y canónigos que había pillado en el super dos semanas atrás —que probablemente no estaba en el mejor estado—, y no se metió en la cama hasta que las páginas se volvieron una sopa de letras. Hinata le había hecho compañía, mandando stickers graciosos o audios sobre la nueva serie que ha sacado Netflix que va de un grupo de amigos adolescentes que intentan resolver un caso homicida o algo así. No es justo. No le parece razonable que pierda horas de sueño solo porque él es incapaz de organizarse mejor y se ahogue en un vaso lleno de agua. Hinata también se levanta temprano y termina sus prácticas tarde, y (para más inri) el próximo sábado va a comenzar a trabajar como entrenador. Necesitan poner límites. Límites y horarios para que sus compañeros no le vean con el teléfono pegado a la oreja, ladeado contra una ventana en el pasillo de su clase, intentando que no trasluzca la avalancha emocional que crepita en su pecho cada vez que lee un mensaje suyo.

O escucha su voz.

Llega a la entrada y abre el casillero que se enfila en un lateral, pidió por correo dos nendos de Goku y Vegeta como regalo de navidad para Hinata y se supone que si no está en casa los de correos le dejarían una nota para poder ir a buscarlo. Nada. Solo encuentra una revista del Ito Yokado, promocionando bebidas que están al cincuenta por ciento de descuento. Se la guarda en la mochila porque a Arata le gusta coleccionar algunos embaces. En su habitación hay una repisa decorada por una hilera de Monster y cervezas del mundo, así que a lo mejor le interese algo de lo que ofrecen en las ofertas.

Desbloquea el móvil una segunda vez evitando intencionalmente el mensaje que Hinata le deja cada mañana, se lo guarda como los niños dejan para el final las partes que más le gusta del plato. Es una tontería. Antes le contestaba durante el almuerzo por falta de tiempo pero ahora no lo hace porque teme distraerse durante las clases. La pulsión está ahí (presionándolo), caliente y espesa, queriendo salir para coger el volante de su cuerpo. No es que tengan tanto de lo que hablar, normalmente son chorradas o memes o (ahora que se acercan las fiestas) listas de posibles regalos para sus familias. Las notas las lee más levantarse, y es una muy mala idea. Malísima. La lee y se lo imagina encorvado en su escritorio, ese que está seguro de que ha ordenado tres o cuatro veces en lo que llevan de curso, mordiendo la parte trasera del bolígrafo. sin embargo se pasa los momentos en blanco recordando sus ojos medio cerrados al levantarse, acostado contra él. Siente su piel caliente y su sonrisa en medio de un beso, como si fuera lo más normal del mundo y lo llevaran haciendo toda la vida. El fin de semana se le ha metido entre las capas de carne y hueso y Kageyama es incapaz de dar un paso para atrás en esto.

Podrían sacarme sangre de las venas y solo encontrarían glucosa.

Cuando abre la puerta, la calle es la fotografía de un pueblo fantasma. El abrigo le protege del frío pero la acera está congelada y los zapatos empiezan a ceder un grado por segundo. En el telediario dijeron que nevaría pronto. El susto se lo traga cuando se da cuenta de que hay un señor, tan encorvado como las ramas de un sauce llorón, que camina con la bolsa de la compra justo frente a él. A lo mejor no necesita ayuda pero a Kageyama le nace el impulso de llevarle acuestas hasta su casa. Arroparlo y dejarle todo hecho.

—Hola, hijo —Las arrugas forman gruesas grietas desde los pómulos hasta los labios, no le cabe ninguna más. Apenas encuentra dientes en su sonrisa—, se ha despertado bueno, ¿no?

—Pues… ¿sí? —corresponde, más una pregunta que una respuesta. De playa si no fuera porque debe adelantar tres temas de Régimen jurídico de las administraciones públicas y conseguir memorizar al menos una cuarta parte de la Lección 8: Los delitos acción(II))y soportar la jaqueca que está dispuesta acompañarle a clase por tercera vez esta semana—. ¿Necesita-?

—¿Te vas a subir al coche o te tengo que meter yo?

Un Mazda Soul Red Metallic (porque el tontolaba le había hecho repetir su color hasta aprendérselo como la tabla del uno) y Yū destrozan la tranquilidad de la avenida. Le cuesta entender cómo no lo ha oído llegar al son de Born to be wild, tan alto que podría romper las ultimas cristaleras de un rascacielos. Para cuando vuelve a mirar, el señor está —inexplicablemente— girando la esquina de la manzana.

—Tío, que vamos a llegar tarde —insiste, sacando el brazo por la ventana y dando golpes como si fuera un caballo de carreras.

Pedazo de imbécil.

El dolor de cabeza persiste, causado por muchas vertientes pero una tiene nombre y apellido. Y la única pastilla cercana que va a encontrar será la hostia que le dará como siga por ahí.

—¿Y Arata?

Se abrocha el cinturón y saca de la maleta un bote de spray que había metido en la cremallera interna.

—¿Cómo que y Arata? ¿No has leído los mensajes en el grupo de anoche?

—No.

—Y te parecerá bonito.

¿Cuándo tendría que haberlo hecho? ¿Mientras buscaba información sobre las garantías y defensa de la constitución para el trabajo del viernes o cuando estaba analizando dos los últimos partidos del Chidoya?

Se echa un poco y el olor desinfectado le ralentiza la corriente sanguínea. Se le abren los poros y es capaz de captar una tranquilidad que no sabía que necesitaba antes de Procesal. Talla con el pulgar la forma los nudillos agrietados del frío y prieta el dedo sobre la palma de la mano, la sensación envía débiles corrientes refrescante a la curva hacia la muñeca y casi nota como se le inyecta en las venas. Las huellas dejan caminos blancos que vuelven a ser rosados cuando deja de hacer presión.

—No he tenido tiempo, lo abrí solo para no se me bloqueara el móvil con tanto mensaje —y porque tenía tanto sueño que no pensé que fuera importante—. ¿Por qué? ¿A pasado algo?

Yū lo escudriña a ojos cegarrita.

—¿Te has vuelto a echar esa cosa?

—Es gel aséptico.

Lo guarda en la maleta, para más tarde.

Esa cosa —rebate, cabezón.

Circulan por la calle y ninguno de los dos rompe el silencio y Kageyama necesita clavarse los nervios en las palmas para no explotar.

La mecha de su paciencia se ha reducido a cinco centímetros durante los últimos días. Cualquier tontería es capaz de hacerla prender. Lo único de lo que está seguro de que irá bien es el examen del carnet de conducir que tiene en ocho días. Y es lo que menos le importa. Ha intenta autoengañarse de que solo es una mala época, porque es más factible que el segundo semestre será mucho más accesible a pensar que ha metido la pata hasta el fondo. Pero ese no es el problema, Tobio. El puñetero problema es que no quieres estudiar una carrera, ni mantener un porcentaje de aprobado para estar en un equipo universitario. Quieres dedicarte al voleibol todo el día y volver a casa para encender la televisión y poner DAZN. Llamar a Hinata por Skype y que te cuente que tal le ha ido su día.

—Vaya, hoy tenemos hueco delante de la puerta.

Yū cambia de marchas y se meten en el aparcamiento de la universidad, tres o cuatro coches esparcidos a su alrededor.

Kageyama no conoce lo que es llegar con tiempo desde que Yū lo lleva. Arata es el culpable, por su imperiosa necesidad de pasar cada mañana por la misma dulcería para pillarse una bolsa de golosina. Es un estanco que se encuentra a cinco minutos de la estación de metro, por lo que suele llenarse a primera hora.

—¿Me vas a decir qué ha pasado con Arata? —replica mientras se quita el cinturón. Deja la ventanilla bajada.

—Te veo impaciente para haber pasado de nuestro culo dejándonos en visto.

Le tira la pulla a su suerte y esa mañana no las lleva consigo.

Capullo victimista.

Kageyama ha hecho una lista de año nuevo. En uno de los puntos ha escrito ser menos violento con sus amigos. Se ha dado cuenta de que es un gasto de energía innecesario.

Pero para eso aún quedan unos cuantos días de diciembre.

—Coño —se queja Yū, acariciándose la nuca, y se pega a la puerta del piloto por si a Kageyama se le ocurre proporcionarle otro zape—. Tío, en serio, ¿qué te pasa?

Las rastas le han crecido una barbaridad en los últimos meses. Ahora se las puede recoger en una coleta alta y gruesa, que se esparce por su coronilla como si fuera una corona. O un bote de salchichas. Con el pelo para atrás y la cara despejada sus rasgos extranjeros se realzan, casi podría confesar que le parece guapo si no lo sacara de quicio constantemente.

—¿Estás nervioso o algo?

No.

—Si me dijeras qué le ha ocurrido a Arata y dejaras este misticismo para las chicas con las que intentas ligar (y con las cuales nunca consigues nada) puede que mis niveles de estrés decaigan a un nivel normal.

—Guau —su boca hace una "o" perfecta—, ¿podrías a repetir la frase sin qu-?

Le pinza el muslo y la rodilla hasta que se retuerce "vale. Joder, dude, para ya que duele un cojón eso", ejerce más fuerza "coño, que tuvo que llevar a su abuela al hospital". Le suelta de inmediato en cuanto escucha abuela y hospital en una misma frase.

El alma se le cae a los pies.

No esperaba nada tan serio.

—Voy a tener un moratón del tamaño del pentágono. —Yū pone morros y se masajea la zona con más teatro que Romeo y Julieta juntos antes del suicidio—. Y pienso decirle a la entrenadora que fuiste tú.

—¿Cómo está?

Desconoce por quién de los dos pregunta primero.

Por Arata, para quien su abuela es su única familia cercana.

Por ella, que les envió un bizcocho de limón y pone velas cada vez que hay partido.

Por ambos.

En su cabeza rondan mil preguntas más coherentes pero de repente la ansiedad que lleva persiguiéndole desde que empezó la carrera y que había cogido forma con la bienvenida de los exámenes crece dentro de su pecho, presionándole esternón. Se ensancha dentro de su cuerpo y nota cómo los órganos se oprimen contra el esqueleto. Yū cuenta "está bien, ha sido un colapso" doblándose en su asiento para ponerse frente a él "una bajada de tensión, nada grave", de su boca salen sonidos que parecen palabras "Arata quiso quedarse para llevarla a casa luego", mientras Kageyama enumera todo lo que hizo ayer y lo que le queda por hacer y se ahoga dentro de su cabeza. Debería haber prestado atención a los mensajes, no cuesta más que diez segundos leerlos. Quiere salir de ella o abrírsela por la mitad para que entre oxígeno y salga todo lo demás. Hubieran sido dos minutos al teléfono y sabría qué pasó.

Ey —un apretón en el hombro hace que enfoque la vista—. En serio, Kageyama, ¿qué ocurre?

—Nada —miente, porque a sí mismo ya no puede—, entonces ¿todo bien?

Dime que no tengo que preocuparme por nada más, creo que no podría soportarlo.

Fuera, los coches enfrían motores.

Dentro, al cristal de las ventana han sido cubiertas por una capa húmeda y blancuzca.

Yū busca en su cara algo, como si fuera un acertijo y pudiera resolverlo con sólo observar la superficie.

—Es la tercera vez que te pones esa mierda, te vas a quemar la piel.

El bote de gel da vueltas entre sus dedos a medio vaciar.

Sin darse cuenta lo había vuelto a sacar de la mochila.


Al final, su padre aterriza en Kioto sobre las doce del mediodía del viernes. Problemas técnicos. A Hinata le faltó baño para todos los nervios que le deshicieron el estómago al escuchar su audio el miércoles. Nunca se había planteado antes la posibilidad de que los aviones pudieran tener fallas, ¿no se supone que son el medio de transporte más seguro? Menos mal que el fallo técnico no era grave: al parecer habían calculado las medidas de combustible para un viaje con escalas y tuvieron que parar en Rusia durante día y medio. Total, que su padre se pasó el jueves probando tulski prianiki y pastilá y Hinata aprovechó el tiempo libre para ir al dentista porque se le había saltado un alambre.

—¿Y mi bote de Nesquik? —inquiere Hinata, una vez se encaminan hacia la cola—. Papá, no metas otra caja más de arroz.

—Haz me caso, nunca sobra —y lo enchufa junto a los embutidos—. El Nesquik lo pusiste por ahí —señala a alguna zona indeterminada cerca de los bastoncillos para los oídos y las toallitas—, antes de que cogiéramos las servilletas… Además ¿qué clase de japoneses no comen arroz todos los días? Es para que no se os acabe.

—Eso es un poco racista, papá.

—Tonterías, Shō. Sé lo que me digo.

Como están a mediados de mes no hay mucha gente haciendo fila. Se colocan detrás de dos señores mayores, cuya única compra consiste en dos botellas de vino tinto y una bandeja de solomillo. Del caro. Ese que compraron sus abuelos las navidades que fueron a visitarlos a Hokkaido después de dos años sin verlos.

—A mí no me mires, soy español —apunta Iñaqui, a sus espaldas—. Llevo viviendo aquí menos de dos años y salvo lo que como por fuera, ya me has visto cocinar: atún y pasta, algún pescado a la plancha, tortilla…

Se ha empeñado en pagar sus golosinas y, para no estar luego separando, va cargado como una mula. Ha pillado tres bolsas de cacahuetes, una sin pelar para hacer crema en la batidora, seis paquetes de palomitas y uno grande de pipas.

—Cuando estuve en España pude probar la paela —("paella", corrige Iñaqui olisqueando la estantería de chocolatinas)—, un día te la hago, Shō, seguro que te encantará.

No les presta verdadera atención porque lleva un buen rato contemplando a la pareja mayor, que ahora discute brevemente sobre quién paga. Uno viste como si se hubiera quedado atrapado en Grease, la chaqueta de cuero abierta y el pelo cenizo repeinado hacia atrás. El otro tiene una expresión tan dulce en el rostro cuando cruza miradas con su acompañante que Hinata no puede evitar sonreír.

Le parece bonito, aunque sea una escena robada a la que nadie le ha invitado.

Al final paga Danny Zuko, guardándole a su pareja (porque tienen que serlo, la gente no se mira de esa forma sin quererse) el dinero en su bolsillo trasero izquierdo mientras le pasa la tarjeta de crédito a la cajera.

—¿Qué lleva? —Hinata pregunta, por participar en la conversación una vez que los señores se van. La mitad del carrito vacío—, ya sabes que algunos bichitos del mar no me gustan.

Su padre alinea las salchichas envasadas de pavo sobre la cinta mecánica.

—En Canarias se le suele poner de todo, aunque la valenciana es de conejo y pollo, y a veces caracoles —añade a disgusto—, a lo mejor esa te gusta más —concreta Iñaqui, descargando su parte a un lado—. Vamos a ir colocando primero la comida y luego lo de limpiar, que no me gusta que se mezcle.

El camino a casa se hace corto. Conduce Iñaqui y su padre se las ingenia para contar datos interesantes de la ciudad a pesar de que son ellos los que viven allí. Apretado por bolsas de compra y la puerta lateral derecha, Hinata se estira en su asiento y tantea su vaquero hasta pillar el móvil.

Ya tengo tu regalooooo 3

Te va a FLIPAR

Supone que Kageyama no lo verá hasta dentro de una hora, al llegar de entrenar, y posiblemente no debería haberle dicho nada pero es que se muere de ganas por enseñárselo. Está al noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de que le va a encantar. Noventa y nueve coma nueve, nueve, nueve... Y, si bien por norma general es bueno con los detalles, quiere que este sea el regalo de los regalos.

—Oye, ¿por qué no te quedas esta noche, Yoshiro? —Un día juntos y ya se llaman por su nombre de pila—. Me comentabas que te gusta Expediente-X, nosotros podríamos retomarlo. ¿No, enano? —El coche entra en una rotonda y coge la segunda salida—. Lo hemos dejado apalancado desde que empezamos Teen Wolf.

—No, no. Tengo muchas ganas de ver a las niñas, en otra ocasión me apuntaré —sonríe su padre, mirándole a través del retrovisor. Desliza la mano hasta su rodilla por el hueco que dejan los sillones delanteros y se la aprieta—. Les daré muchos besos de tu parte, hijito.

—¡Oh! Dile a mamá que me guarde anpan, sé que lo hará el finde antes de Navidad así que no hay excusa que valga. Llego para el veintitrés si no me equivoco. —Cierra el Line y abre el calendario y lo comprueba—. Sí… aunque no sé a qué hora, porque Kageyama y yo salimos de Tokyo, que se supone que es menos tiempo, ¿no? Pero a saber, si necesitamos comprar algo para Navidad. La idea es ir al mercadillo central ese enorme que siempre salen en los documentales. —Vuelve al Line y hace un barrido rápido por las conversaciones que se han ido acumulando a lo largo del día. Desde su ventana la plaza está iluminada por farolas y apenas es capaz de darse cuenta de que el perro de la esquina es Dostoievski—. ¿Te puedes creer que él no ha ido? Es un vago para algunas cosas…

Yū mola mil [19:37]:

Oye, peque, creo q debo contarte una cosa

No quiero alarmarte but Kags esta raro

Se que me habias comentado que estuviera a la pesca con lo de la agenda pero esto me parece demasiado

Q tampoco es como si pudieras hacer mas desde alli, solo quiero informarte. Eres su mejor amigo y su "lago"

"algo"*

Queria que sonara bonito y mis dedos me fallan, shit, eliminare lo de ser poeta de mi lista

Vale, eso, q lo veo muy ansioso en los entrenamientos y si no está con eso se pone a estudiar. Come delante de mi pq no le queda de otra pero no te puedo asegurar lo que hace en casa

Tiene toda la pinta que está durmiendo poco y no deja de ponerse ese gel chungo en las manos

No creo que el problema sea el equipo, pq siempre ha sido un obsesivo con el voleibol pero derecho le esta sobrecargando.

—¿Pasa algo?

Iñaqui gira la cabeza en su dirección.

Te llamo esta noche sobre las once y media, Yū, gracias por contarmelo

—No, qué va y mira para delante, locoplaya —apaga la pantalla, serpentea en su sitio y se lo mete de nuevo en el bolsillo—. He abierto el Facebook y me he quedado en blanco.

—Shōyō, es de mala educación estar pendiente de eso cuando hablas con alguien. Solo me das motivos para regalarte carbón.

A Hinata la carcajada le sabe agria en el paladar.

—¿Qué amenaza usarás a partir de enero?


La primera clase que Hinata imparte a un complejo grupo de niños y niñas de rozando la pubertad hace que redescubra el voleibol. Creía que sería sencillo. ¿Un puñado de personas compartiendo el mismo objetivo? Pan comido.

Bueno, soñar es gratis.

Solo los primeros veintitrés minutos los pierde colocándolos en orden de lista, cerciorándose de que están todos. De que no se movieran. De que se mantuviesen en silencio para explicarles unas normas básicas.

Es difícil. Porque ellos solo quieren jugar y hacer volar la pelota encima de la red. Disfrutad. Totalmente comprensible. Hinata también desea ir a la parte práctica del asunto. A fin de cuentas, nunca le gustó la teoría. Aun así, los hace sentarse en el suelo. Escucharle. Sobre las posiciones y la importancia de cada uno. (Fue precioso ver cómo abrían los ojos de par en par y se les iluminaba el rostro, como diciendo "eso quiero hacerlo yo", o "ese es mi lugar").

Después, cuando todos se han presentado al resto, añadiendo una breve razón de estar allí, queriendo probar ese deporte, los divide en equipos de tres para que practiquen saques y recepciones, y algún que otro pase.

Alguno se lleva un balonazo aguado en lágrimas. Otros derrapan de barriga por el suelo. Un desgraciado se enreda en la red. Sin embargos, todos se divierten. En cuestión de una hora empiezan a flexionar mejor los pies, intuyendo dónde caerá la pelota; intentan, sin miedo, saltar unos centímetros más; buscan la forma de despistar a sus compañeros.

Y solo es una toma de contacto.

En ningún momento Hinata juega, o hace algo más que corregir una postura o modelar un movimiento y todavía sin estar dentro de un partido eso es voleibol.

Enseñando.

Y le encanta.


Contradictoriamente a lo que muchos podrían pensar sobre él, a Yū le gustan los días lluviosos. Hace un contraste interesante con su rollo surfero. Todavía no ha meditado con determinación cómo va a complementarlo siendo abogado, pero piensa llevárselo hasta la tumba.

Entonces irá como Dios le trajo al mundo.

En pelotas.

—Oye, Kags, ¿sabías que en el Código de Regulación Federal, la de Estados Unidos —sintetiza, leyendo una pestaña que se despliega desde Twitter—, hay una parte que prohíbe contactar con extraterrestres? O sea, si el gobierno americano aseguro que no tiene conocimiento sobre extraterrestres, ¿por qué han puesto algo así?

—Mmm.

El muy pesado lleva hora y media así, encorvado sobre la mesa tatuándose a fuego la ley 30/1992, Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común. A ver quién se come un jueves noche en la biblioteca sin dos cubatas. Hay más estudiantes que sillas. Es lo que tienen los finales. Todos apelotonados en las mesas tratando de garrapiñar el último aliento de los apuntes. Algunos incluso se despatarran entre los pasillos de los anaqueles. Uno le había echado una ojeada (tras pedirle que le dejara pasar al baño) que posiblemente tenga que bañarse con agua bendita y sal para quitarse el mal de ojo. Fuerte imbécil.

—Al parecer, la pusieron en la sección 1211 el dieciséis de julio de 1969 —insiste, apoyando la espalda en el costado de Kageyama—. Sesenta y nueve, ¿lo pillas?

La chica que se sienta junto a él bufa al escucharlo.

—Mm-sí.

Por supuesto que no. Kageyama no es de mente rápida. Se le da fatal comprender bromas de doble sentido, y si son sexuales menos.

Las páginas sisean y alguien tose y Yū se muere del aburrimiento.

—Por lo visto —continúa, tras repasar la lista de curiosidades—, según esta página cuya información es totalmente constatable. —Gira la cabeza momentáneamente para comprobar que continúa sin mover un solo músculo—. Cada vez que alguien estornuda el corazón se para un milisegundo, ¿te lo puedes creer?

No responde.

El plop del gel (bueno, del bote) le araña el tímpano. Le está empezando a coger tirria. Yū resiste la tentación de abrir las notas del móvil donde ha ido apuntado las maneras que se le ocurren de deshacerse de él. Posiblemente metérselo por el culo a Donald Trump haya sido la más asquerosa y original hasta el momento.

—Kags —empieza, con un tono a reprimenda que inusualmente le recuerda a su madre. No, Dios, a su madre no—. ¿Vamos a comer algo? —Mírate las manos, joder, tienes los nudillos quemados—. Y de paso respiramos aire que no huela a humanidad mezclada con putrefacción. —Ni caso, a lo mejor está hablándole a una pared—. Podríamos ir a por un kebab de esos, Arata me mandó un mensaje hace unos minutos diciéndome que le apetece. —Percibe el encogimiento de hombros, como un erizo de mar que contrae su cuerpo cuando lo pinchan. Bingo—. ¿Eso es un sí?

No formula ni media palabra, cierra el libro y procede a colocar por orden cromático (azul antecede al violeta y este al amarillo) los subrayadores en el estuche. Yū tarda un segundo en lanzar el tema tres de Historia General a la maleta, las esquinas de las hojas un poco estriadas. Dejan libre la mitad de una mesa para seis y, mientras se escapan de esa masa inconsistente de sudor, susurros y libros, reza por que la botella de Nestea no se abra y provoque inundación. Le ha costado un riñón fotocopiar los apuntes y, a ver, no le importa que se le arruguen porque eso le añade cierta dificultad a unos estudios que le entran como las pipas en el parque pero como se le mojen puede estallar la tercera guerra mundial.

En el ascensor que comunica las cinco plantas de la biblioteca cabe un equipo de voleibol y tres personas más. Cinco botones y uno extra sellado. De vez en cuando le da por pulsarlo, consciente de que no logrará nada por mucho que le dé sin colocar la llave adecuada. Pero ¿y si hay suerte y terminan en una Sección Prohibida?

Todavía no han salido al exterior aunque Kageyama ya ha sacado el paraguas de su mochila, cuidadosamente plegado. Lo empuña como si fuera una espada.

—¿Lo comportes conmigo? —pide Yū.

—Prefiero que te mojes.

Los números de la pantalla se detienen en el 3. Tras el metal aparece un carrito repleto de libros y un chico que por la jeta que trae debe ser un becario con demasiadas horas de trabajo.

—Venga ya, Kags. Buenas —saluda en su dirección, pegándose al espejo en el que, al acercarse, se pueden apreciar siluetas de yemas dactilares—. Venga, que se me ha olvidado.

—A ti siempre se te olvida to-do.

—Eso no es verdad, me visto todos los días.

A Kageyama los músculos de la cara se le estiran y dejan paso a una sonrisa de capullo integral y Yū escucha su burla antes de que la canturree.

—Menos mal, no sabría explicar en urgencias por qué me sangran los ojos.

El ascensor vuelve a frenar en la planta 2, tres chicas los miran con caras de circunstancias y —gracias a Chuck Norris— deciden no subirse.

—Antes me querías más y mejor —llora, pasándole el brazo a Kageyama por los hombros en medio de un puchero e ignora completamente al par de ojos ajenos que se abren como si le acabara de comer la… —, ¿qué nos ha pasado?

—He aprendido a apreciar lo que vales, Yū.

La pulla rebota en su cabeza.

Se está cebando el muy mamón.

El cubículo suspira cuando emergen a la recepción. En la puerta, Ravi, el segurita, les despide con un "hasta pronto" henchido de dientes blancos. Yū pretende que no le da todo el mal rollo, porque seguro que es el típico tío de los que saca la cartera y les da para un bocata a los drogadictos de la esquina sin pedirles el recibo. Sin embargo, hay algo en esa alegría por encima de la media que le eriza la nuca. Nunca cambia la expresión sonriente. Robótica.

—Para, se pueden escuchar tus pensamientos —protesta Kageyama abriendo el paraguas—. Un día se va a dar cuenta, lo llevas escrito en la cara.

—Es que… hay algo que me perturba en él —Yū se lo arrebata y echa a andar sin esperarlo—. ¿Crees que podría ser un alienígena? —pregunta—. Ya sabes, como los de Men in black que vacían el interior y usan los cuerpos como un disfraz de silicona.

—No sigas por ahí.

Las gotas rebotan en su hombro derecho, enfundado en una sudadera cian.

—¡O uno de esos bichos de Parasyte!

—No —zanja el tema.

Tratan de pegarse lo máximo posible a las paredes de los edificios para coger refugio bajo los doseles y las terrazas.

—¿No vas a mandarle un mensaje diciéndole que al final si vamos?

A Yū no le pasa desapercibido el timbre frenético de su voz.

—Ya lo hice. Llegaremos a la par.

Mmm.

Ha estado dándole vueltas sin encontrar la forma adecuada de sacarle tema. ¿Qué te pasa? Suena tan directo que Yū teme espantarlo o enfadarlo. Más enfadarlo que espantarlo, la verdad, porque al niño le falta menos que un chisporroteo de cerilla para prenderse. Además de que cualquiera lo suficientemente cercano a Kageyama puede intuir qué le ocurre. Oye, sé que el curso no está saliendo tan bien como esperabas y que te tiene preocupado no estar entre los seleccionados pero se te está yendo de las manos.

—Tío, quería decirte esto desde hace un tiempo. Porque, ya sabes, te veo muy tenso. Pero… —Yū esquiva un charco de un salto—. Sabes que Arata no está mal contigo por lo del otro día, ¿no?

—Ya lo sé.

—¿Ah, sí? Porque sería una gilipollez que alguien se enfadara por pasar del móvil, estás en tu derecho. —Ojea los nubarrones, oscuros del agua que cargan—. Lo sabes, ¿no? Arata está bien contigo y todos comprendemos que has estado en mil cosas.

—Que sí.

—Pues no lo parece —resopla, cerrando el paraguas una vez empieza a escamparse—. Parece que te estás comiendo la pelota de mala manera todo el puto rato.

Por todo.

Si las cejas de Kageyama fueran el Golden Gate Bridge, a Yū le preocuparía estar encima de él en este preciso instante. Una fruncida, la otra levantada.

—No sé de qué me hablas —le farfulla, medio empujándolo para torcer hacia la calle principal—. Todo está bien.

Y mi culo peludo no ha pisado un váter en su vida.

—¿Entonces por qué pones esa cara de demogorgon cada vez que estamos con Arata?

El Tokyo Doner Kebab que frecuentan está medio escondido entre una lavandería veinticuatro horas y un complejo de pisos hecho de picón. Dentro no hay más de cuatro mesas empotradas contra la pared de la derecha. El único y angosto pasillo desemboca en un baño y, junto a él, hay una puerta cerrada en la que cuelga "PRIVADO" de un gancho. El mostrador se extiende a la izquierda, donde se cobra y se eligen los complementos, y justo detrás está las máquinas con los rollos gigantescos de ternera y pollo.

El olor a carne quemada le llega a la nariz y le abre el estómago.

—Es la que tengo —masculla, alargando el cuello en busca de algo a sus espaldas—. ¿Entramos o esperamos aquí?

Is li qui tingui.

—Tiene que estar al llegar. —Yū le devuelve el paraguas, después de sacudirlo, para meter la mano en el bolsillo de la sudadera. Por unos breves segundos sus dedos se relajan dentro de la lana, coge el móvil y deja que la huella dactilar desactive el bloqueo—. Hace un minuto ha mandado un mensaje sobre las espaldas tan preciosas que tenemos…

Va a darse la vuelta cuando un brazo le envuelve el cuello y lo deja callado.

—En realidad quería poner algo sobre vuestros alucinantes traseros —saluda un sonriente Arata.

Kageyama, que hasta entonces estaba frente a él, acaba hombro con hombros a Yū, también enganchado en un abrazo que Arata termina tras enfriarle las mejillas con un beso.

—¿Comemos?

Posa la vista alternativamente. Primero Kageyama. Luego Yū. La luz cerúlea que proyecta el restaurante se entreteje entre sus rastas y convierte su turquesa en un color casi plateado.


—Hay algo que me resulta un poco agrio en la comida —con la cara arrugada, Yū se queja tras la segunda dentellada—. ¿Lo has probado ya, Kags? ¿Estará pasada la salsa de yogurt? Porque nadie quiere verme malo, soy MUY quejica.

Arata alza una ceja y suspira, conociéndose el cuento. Su kebab todavía está cuidadosamente cerrado en papel de aluminio mientras la guarnición de patatas con kétchup desaparece en el agujero negro que tiene por boca.

—¿Siempre que venimos sientes la imperiosa necesidad de poner el grito en el cielo? —medio susurra inclinándose para verificar que el propietario, Shirin, todavía no ha vuelto de la trastienda—. Lo haces de vicio, si no te gusta ¿por qué insistes en comer aquí?

Sin duda Kageyama ha notado la manera insidiosa con la que últimamente intenta empezar o acabar sus quedadas en el Tokyo Doner Kebab.

—No es que no me guste —aclara sin parar de masticar porque nadie le ha enseñado a comer como una persona normal. Yū coge su vaso de 7up y sorbe de la pajita amarilla hasta que el ruido llena el local de burburjas—. Considero que podrían hacerlo mejor. O perfecto —puntualiza, tomándose su tiempo entre acotación y comistraje. Kageyama necesita de toda su paciencia para no gruñirle lo petardo que está siendo—. Quiero darles las cinco estrellas en Tripadvisor pero —se detiene, por enésima vez. La guasa brillando en el fondo de sus pupilas—… siempre hay algo que mejorar, ¿sabes?

El nuevo crítico gastronómico. Un descubrimiento. A sus 21 años decide dejar la carrera para puntuar mierdas en internet.

Kageyama ahoga cualquier comentario chascando de su durum.

—¿Lo de las notas en las servilletas junto a la propina funciona? —recuerda Arata.

—Seguro que si me levanto para ir al baño encontraré dos rollo de papel en vez de uno. Shirin es bastante complaciente y aunque Kala pasa bastante mí.

—Porque eres un baboso con ella —asiente Arata.

—Bueno, el caso es que como pasa bastante de mí —repite, mosqueado—, no esperaba que enseguida cambiara la lechuga cuando le comenté que me parecía un poco quemada.

Deberían darles un premio solo por soportarte, capullo.

—Y tú qué —increpa Arata, blandiendo una patata frita en su dirección. Ser el foco de atención le pilla por sorpresa y el trozo de cebolla que estaba a punto de tragar se le cuela por la vía equivocada—. No has dicho ni mu desde que te he saludado en la entrada, no te creas que no me he dado cuenta. Y claramente estás aguantándote un sinfín de acotaciones sobre las majaderías de este pelma. Levanta los brazos, por Dios, ¿qué eres? ¿Un crío? Anda toma —añade y le acerca su botella de agua—. ¿Mejor?

—Buehno. —Su intento de articular naufraga antes de terminar, así que carraspea y se encoge de hombros.

—Decía —resuella Arata, resquebrando poco a poco el papel de aluminio. La masa de harina aún conserva cierto calor y exhala diminutos y sinuosos caños blancuzcos—… ¿Qué decía, dude?

De la puerta trasera Shirin aparece con una caja pequeña de tomates, la punta de su bigote les sonríe desde la repisa.

—¿Cómo vais?

Yū pretende vocalizar más de un "bien" hasta que vislumbra la expresión de Kageyama y se calla.

—Todo correcto, jefe —asevera Arata, con el donner entre los dedos cerca del primer bocado—. ¡Ah, sí!, me interrumpiste con tu intento de ahogamiento. Mira. —Suelta el kebab en la servilleta, Yū se tensa a su lado y susurrar un grave "ahí vamos" —. Llevo queriendo hablar contigo desde hace un tiempo y por X o por Y has logrado escaquearte de mí —le acusa, señalándose el pecho— que soy un ser de luz y lo único que busco en el planeta es la paz y una tienda de donuts de colores. En fin, que me voy por las ramas, Yū y yo hemos querido decirte esto desde hace un tiempo y, vale, esto parece un poco una intervención de esas que se ven en los programas estadounidenses pero aquí tenemos a uno que es medio de neoyorquino así que…

—Te estás yendo —advierte Yū. Se ha recostado en la mesa, apoyando la barbilla sobre su mano derecha—. Si quieres se lo digo yo, tampoco es para estar dando tantas vueltas.

Vale.

Bien.

No hay razón alguna para alarmarse. ¿No?

Sin embargo suena serio.

—¿Qué ocurre? —les suelta, vacilante.

Se endereza en su sitio y los observa de hito en hito. La incertidumbre le amarga la boca y, como un caramelo de eucalipto, la sensación le quema el esófago.

Sea lo que sea, quieren contarle algo importante. Kageyama abre su servilleta, algo arrugada en su mano derecha. Sin contar un cabreo (justificado) de Arata con el tipo que trabaja en fotocopias y una discusión telefónica que escucho en inglés de Yū con su madre, nunca los ha visto tan serios. No tiene porqué ser sobre ti. Se limpia la boca y la dobla el dorso sin machas. A lo mejor el problema es con el equipo.

Y ambas opciones son terroríficas.

—A mí se me da mejor hablar, bro.

Arata.

—Se te da mejor contar historias, que no viene a ser lo mismo que decir UNA cosa.

Yū.

Hay cicatrices invisibles al ojo humano que jamás terminan de curarse. Pican de repente, para que no te olvides de que todavía continúan en el mismo lugar. Como cuando entró al Karasuno, o cuando lo llamaron para practicar en la sub-21. El miedo es el agua salada que revive las heridas: despeja la suciedad, quita todo lo que no es necesario, y centra el foco de atención en el problema.

Acentúa el (pánico) dolor.

¿Y si se han dado cuenta de que no sirvo?

Como amigo.

Como compañero.

—Puede que me entretenga un poco decorando los detalles, tío, pero si te dejo a ti el trabajo sucio luego no se entiende la mitad del panorama.

Están discutiendo. Relájate. Si se permiten debatir tan a la ligera es porque él no tiene nada que ver con El Problema. ¿No?El corazón se le pega al esternón, tratando de huir. ¿De verdad es necesario pasar por esto? Kageyama se talla los huesos de las manos, la dermis seca y algo escamada por el frío, y cuenta hasta diez. Veinte. Cuarenta y tres. Suéltenlo y ya está. Recuerda brevemente las pautas que le dio su psicóloga en la última cita. En septiembre. ¿Qué te decía Jane en las sesiones? La tiroxina inunda cada hueco de sus venas. No recuerda ni una. El pulso le rodea la nuez, errático.

Yū endereza la espalda y se cruza de brazos consciente de que no va a ganar la batalla.

—Venga, pues díselo tú, anda.

No tienen pinta de estar enfadados. Ni tristes. Respira. Hay una sombra de preocupación alrededor de sus ojos pero eso quizás se deba a que no quieran que estalle como un globo cuya piel es tan fina que puede romperse de un mal roce.

—¿Me lo vais a contar de una vez? —explota ante el repentino silencio. Se le hace difícil aguantarles la mirada así que se entretiene rascando la pegatina de su botella—. Si queréis les ahorro el mal trago y me voy porque la verdad estoy incómodo. —Y me duele el estómago y por primera vez comprendo que Hinata siempre tenga que ir al baño antes de jugar—. Total, sé que he estado en la inopia desde que empezaron los exámenes y tampoco fui de mucha ayuda cuando ocurrió lo de tu abuela, Arata. Lo siento.

—No tienes que… —dice Arata, a voz en cuello.

—Calla —le chista Yū.

Kageyama continúa, la etiqueta de su bebida a medio despegar.

—La verdad es que últimamente noto que no tengo tiempo para nada y la falta de control en mi vida me está derrumbado. —Vomita las frases sin mucho cuidado, ásperas en su lengua—. Los ratos que le dedico al estudio hacen que me sienta culpable de no dárselos a otros aspectos de mi vida que sí me importan, pero los tres sabemos que si no apruebo un porcentaje de las asignaturas me echarán del equipo. —Casi se le escapa un risotada al verlo tan tiesos en sus sitios. Taciturnos. Coge aire y vuelve, más liviano—. No sé si esto es lo que quiero durante los siguientes cuatro años. No tengo ni idea de lo que queréis hablar y puede que esté teniendo algo así como un pequeño ataque de ansiedad pensando que quizás queréis dejar el equipo o no estáis a gusto con él porque el capitán es un poco estricto o, bueno, dejar de ser mis amigos. A lo mejor esto último es lo más obvio porque somos muy diferente y a veces me cuesta encajar…

—Guau. Guau. VALE, stop vaquero. Enfunda la pistola. —Yū le propina un capón con los ojos entornados—. ¿Qué mierda es esa de encajar? ¿Qué tienes? ¿Tres años? No somos puzles, bro.

—A ver… —intenta enmendarlo.

—No —zanja Yū—, tú ya me has soltado el discurso del siglo y me parece genial que por fin nos cuentes algo que no flote en tu superficie aunque me da mucha pena que lo hayas tenido que hacer porque tuvieras miedo —añade, bajando la voz. Han entrado una pareja y parecen más interesados en ellos que en los ingredientes de su kebab—. Que es bonito, tío, nosotros también te queremos y todo el tema, pero qué es eso de pensar que por la cara te íbamos a decir "oye, vete a freír espárragos, no nos gusta tu rollo".

Arata coge su donner, por fin, y pega un mordisco antes de añadir:

—Lo que Yū quiere decir es que entre nosotros tres no hay ningún problema y que lo que queríamos comentarte no tiene nada que ver con esto.

¿No?

—Eso mismo acabo de decir, Arata. No me copies.

—Yo lo he resumido mejor.

—Chicos —los interrumpe, aún con la tensión en el cuello—. Entonces, ¿qué es?

Ambos cruzan mirada. Yū cabecea hacia algún punto que Kageyama es incapaz de identificar y Arata afirma. Deja la comida y se limpia la grasa de los dedos en la pernera de su pantalones de franela caqui para luego descolgar su mochila, ponérsela en el regazo y meter la mano en ella.

—Mira, no somos tontos —Yū le llama, mientas Arata registra en sus cosas—. Todos estamos al corriente de lo que te está ocurriendo algo.

—¿A qué te refieres con todos?

—Pues todos, tío —Arata encuentra lo que buscaba pero se queda muy quieto, con el brazo todavía metido en la maleta, esperando a que terminen—. Hinata, nosotros, Ushiwaka. Algunos del equipo te han notado muy cansado y ya no te piden que practiques con ellos, ¿no te has dado cuenta? Además, se te nota en la cara, capullo, si vas a tratar de engañarnos por lo menos cómprate antiojeras, así se la colaba yo a mi madre cuando salía una semana de fiesta —se ríe, mojando una papa en kepchup—. Bueno, la verdad es que igualmente me echaba la bronca…

Kageyama pega un respingón cuando algo frío le moja la mano. Crema. Blanca y poco espesa.

—Qué —musita, frunciendo el ceño hacia el bote que agita Arata a escasos centímetros de su cara—. Por qué.

Se la frota en los nudillos intentando dispersarla, siguiendo la ruta de sus huesos, hasta que el frío le calma las zonas irritadas y duras de los callos. Huele a menta poleo.

—Cada vez que rumias algo te echas el gel ese del demonio que te está jodiendo las manos. Entendemos que es una manía, y la vamos a respetar a medias, porque no mola que lo estés dando todo para y por tu carrera deportiva y luego te despreocupe lo esencial, que eres tú —le recrimina Arata, colocando el recipiente en su lado de la mesa—. Solo te proponemos que lo sustituyas por esto, que como mucho te dejará la piel como el culo de un bebé.

—Por proponer quiere decir que si te vemos con lo otro de nuevo repartiremos ensalada de puñetazos para el almuerzo.

Kageyama se muerde el labio, sin conocer muy bien lo que debería contestar. Sin la ansiedad pisando el acelerador le fallan las fuerzas. Así que asiente, trémulo. Siento mucho no haberos dicho lo que me estaba ocurriendo desde un principio, no quiero prometeros el oro y el moro pero voy a intentar ser más sincero. Pestañea un par de veces, tratando inútilmente de quitarse la picazón de los ojos, y coge la crema para leer las instrucciones teñidas de azul sobre un fondo blanco.

—Bueno, bien… Neutrógena es una marca guay y no cuesta mucho, nos la recomendó Ushi —carraspea Yū, algo emocionado—. ¡Ah! Por cierto, también vamos a intentar reducir un poco ese cronograma tan feo que escondes en tu agenda.

—Más que nada para que no parezcas un muerto viviente en los entrenamientos y apruebes al menos la mitad sin cortarte la cabeza —secunda Arata con la boca llena—. O que nos la cortes a nosotros, Reina Roja.

Jamás le ha sentado bien ninguno de los términos que colinda con la corona. Le recuerda a un momento de su vida en el que estuvo rodeado por personas que no lo entendían y que no comprendía. Era sinónimo de egoísmo. Singularidad. Y ahora se ha convertido en un chiste, que cuentan en medio de un charla sobre su salud mental y física porque se preocupan por él.

—Jefe —grazna Yū hacia el mostrado, donde el dueño del local se ha puesto a ver un anime a falta de quehaceres—, llame a la ambulancia, que mi amigo le está pasando algo raro. Le sale agua por los ojos y no creo que sea normal.

Arata sonríe plañidero, encogiéndose de hombros.

—Deberíamos grabarle, ¿cuándo has visto tú a Kageyama reírse llorando?

Al final de la noche Yū pasa siete fotos y un vídeo de un minuto y cincuenta y seis segundos al grupo que comparten los tres. Es la primera vez que no repasa la lista de objetivos desde que se la impuso a principio de mes. Se tira en el sofá, con Gato hecho una espiral encima de su cadera, y enciende la tele, pasando de canal sin un claro destino. No es hasta que se ha zampado dos horas del Señor de los Anillos: Las dos torres, entre las doce y la una, que el cansancio se le arremolina bajo los párpados, obligándole a levantarse antes de que sembrara la maravillosa idea de darse la vuelta contra el respaldo y dormir en el sofá. Lo que le faltaba. Un pinzamiento lumbar o una contractura leve. Se va a tomar las cosas con más calma pero no tanto.

Tras lavarse los dientes extrae de la cartera una de las notas de Hinata, que ayer había leído sin prestarle la debida atención. Desesperado por llegar puntual a su segunda clase tras haberse escapado media hora para correr alrededor de la cancha.

Necesita cambiar.

A no dejar de lado lo que le hace sentir bien.

A encontrar un equilibrio que funcione.

Mientras la despliega se quita los pantalones, tironeando con los pies. Se descalza los calcetines enganchando los dedos en algodón.

—Qué desastre —inconscientemente suelta una carcajada.

Las letras de la carta parecen granos de arroz. Pequeñas y delgadas. Apiñadas las unas con las otras para que todo el mensaje cupiera en un rectángulo que difícilmente llega a los diez centímetros. A diferencia de las demás cartas, salpicadas de chistes y frases coquetas (que a pesar de ser evidentemente horribles y torpes a Kageyama lo dejan atontado y nervioso), esta cobra un tinte más serio. Sin contar con la caricatura que ha dibujado en el reverso de él, junto a un balón de voleibol atravesado por una flecha, claro.

[Puedo ver tu ceño fruncido desde aquí, Tontoyama, como si estuviera a tu lado y pudiera alisar con el índice las arrugas que se forman encima de tu nariz. Sé que estás en un momento complicado y no me vas a hacer ni caso, pero cuenta conmigo. Siempre voy a estar ahí para ti. También con los demás. Hay muchísima gente que te apoya y a veces prefieres no verlo, porque es más fácil resolver las cosas solo que pedir ayuda. Además, puede que seas injustamente guapo cuando te dan esos aires grunge, "soy guay y me creo todo poderoso" pero creo que eres irresistible cuando eres feliz]

Es un idiota al que se le da demasiado bien ganárselo. Honesto hasta la médula. Un par de oraciones escritas en retahíla y Kageyama está dispuesto a escarbar un túnel al centro de la Tierra para que no noten el efecto que le produce Hinata sin siquiera estar presente en la misma habitación. En la misma ciudad.

O en el mismo distrito.

Patético.

Se deja caer sobre las sábanas de franela como un peso muerto, perfectas para el frío, y se pasa la mano por la cara, más caliente de lo que le gustaría.

Soy muy patético.


A diferencia del resto de los lunes, ese catorce de diciembre no suena el despertador.

—Venga, vamos a intentarlo una última vez.

Por favor, mátenme. Ahora es un buen momento.

El olor ocre del café se retuerce por la cocina como si quisiera dejar una huella en cada esquina, espeso y tostado.

Hinata se moja los labios en lo que viene a ser su quinta taza, un poco fría y terriblemente edulcorada. Natural, le ha puesto seis cucharas (grandes) abarrotadas de azúcar y un chorro (muy, muy largo) de leche condensada, Willy Wonka podría vivir allí dentro una temporada que no echaría en falta su fábrica. No hay forma de que se lo tome al natural, lo ha intentado. Repetidas veces. Y como las bebidas energéticas le surten el mismo efecto que una pequeña dosis de heroína no le queda otro remedio que soportar el ardor de estómago para aguantar despierto sin perder el hilo de lo que estudia.

También para no clavarse el bolígrafo en la frente por quedarse dormido mientras hace el examen.

—Pequeñajo, nos queda media hora, todavía podemos darle un último repaso a esto.

Hinata gime, destruido, se hunde en una de las cuatro sillas marmoleadas que rodean la mesa y entierra la cabeza entre los brazos. Dame un respiro. Es como si dentro tuviera un enjambre de abejas, zumbando y aguijoneando cada recoveco de su cerebro cuyo único fin es socavar las fuerzas que lo mantienen equilibrado. Las cueles llevan bajo mínimos desde las cinco de la mañana, por cierto. Cómo le encantaría hibernar hasta el próximo curso y olvidar que el asta posterior de la médula espinal contiene elementos sensibles formados por la segunda neurona de la vía nociceptiva.

—¿Nociceptiva? —masculla, entrando en pánico. Se endereza y busca a Iñaqui como si fuera la respuesta a todas sus preguntas—. ¿Recuerdas qué más ponía esa página?

Aparte de unas cuantas líneas lasas bajo la sombra de sus ojos avellana se le ve estupendo. Fresco como una lechuga. Incomprensible. ¿Cómo puede sostenerse con tanta facilidad? A Hinata le duele cada fibra del cuerpo. Podría derrumbarse en la cama y entrar en coma.

—No hace falta que te lo diga —asevera con seguridad. Y si se lo dice es porque es verdad, porque han estado las últimas doce horas de su existencia recitando el temario y confía en él, ¿no?—. ¿Preparo más café?

Niega con la cabeza, verdaderamente frustrado. Desde su posición puede advertir la pila de apuntes que ha estado haciendo los últimos meses de Anatomía I, amontonado encima del microondas. A eso de la una de la mañana, cuando ya le habían dado la primera vuelta a todo el contenido, impusieron la norma de que solo Iñaqui podría echarles un vistazo. Por el bien de su cordura y sus resultados. Y no es que ahora se esté arrepintiendo, para nada, pero sería taaan fácil buscar el apartado dos del tema diez y salir de dudas.

—Quiero recordar¡Oh! Vale. Vale. Nociceptivo es del dolor: ¿verdad? —se centra en un punto indefinido, entre el tazón marrón que se lleva Iñaqui a los labios y su camiseta que reza The Beatles—. Mierda, es que lo tengo en la punta de la lengua y me da mucha rabia cuando pasa eso.

Quizás caminando las ideas le discurren mejor, así que se levanta.

—¿Y una tostada? —escucha preguntar.

—Con mantequilla y mermelada, porfis.

Durante los siguientes minutos Iñaqui abre la nevera, pescando la margarina y la mermelada de albaricoque casera que les trajo Kuroo la semana pasada, pasa a su lado, casi sin rozarlo porque no quiere molestarle, y coge de la tercera gaveta el pan de semilla, al que solo le quedan apenas tres rodajas. Enchufa la tostadora y mete dos rebanadas, apoyándose en la encimera para observarlo.

—¿Tacto…? —le ayuda.

—¡No! —se para en seco—. Joder, es verdad. Tacto grueso y sensibilidad profunda inconsciente —nota cómo la presión en su pecho va desinflándose—. Iñaqui, no hagas eso, si me das pistas es trampa.

Ni siquiera se queja en serio.

Le debe la vida y parte de otra. Gracias a sus esfuerzos ha logrado fortificar las dos semanas de estudios en medio día. Y, bueno, quizás fuese uno de los tres elementos clave para que no entrase en shock al darse cuenta de que se había dejado un tema entero.

Un. Tema. Entero.

Estaba a Skype con Natsu, quien narraba una de sus clases de inglés, mientras revisaba la lista de los capítulos en el aula virtual de la asignatura (solo por si habían quitado alguna parte y no se había enterado), cuando su estómago se convirtió en el tambor de la lavadora. A punto de centrifugar. La culpa la tiene Hinata, por pedirle peras al olmo y esperar que el mundo no confabule en su contra por una vez. Total, que en pocos segundos todo el piso se presentó en su cuarto, asustados del maullido que pegó al leer Módulo 3: Embriología. Jamás dos letras y un número habían dado tanto pavor. Toda el tiempo de repaso a la mierda. Toda su tranquilidad a la mierda. Examinaba una y otra vez la página, por si era un error, pero cada vez que la refrescaba se sentía más estúpido y deprimido. Y puede que se le escaparan algunas lágrimas porque realmente esperaba sacar la matrícula.

Entonces Kuroo lo apartó de su silla, distrayéndolo con uno de esos concejos que son útiles pero que pocas veces prestas atención cuando estás inmerso en tu propio desastre, del tipo "respira hondo. No pasa nada. Vamos, Hinata"; e Iñaqui despidió a Natsu con una sonrisa de oreja a oreja, asegurándole de que a su hermano solo se lo había caído un tercer tornillo e iban a colocárselo enseguida. Kenma, por su parte, le trajo un vaso de agua y un regaliz rojo, porque sabe que le ponen de buen humor.

Después recuerda estar en el salón, bajo el cobijo de sus compañeros de piso, cada uno ocupándose de resumir una parte de las cincuenta páginas que componía el tema. Cerca de las diez y media Kenma se despidió con la cara mustia, disculpándose por tener que terminar al menos una tercera parte de su proyecto, y sobre las doce se fue Kuroo para practicar la presentación de Detección e identificación de iones. Iñaqui, en cambio, había insistido en quedarse.

—La primera parte del examen es tipo test, vas a tener miles de palabras que te ayudaran a conectar lo que no recuerdas. —El pan salta, crujiente—. Y la parte práctica te la conoces al dedillo así que deja de machacarte.

Una sonrisa tilda la cara de Hinata. Estirando los brazos por encima de la cabeza para destensar los hombros.

—Al final voy a sacar buena nota y todo.

Iñaqui resuella una carcajada, suave porque a sus otros dos compañeros de piso aún les quedan un par de horas para entrar en clase, y le pega en la frente.

—Voy a prepararte el desayuno, y tú vas a ir a coger el estuche y los zapatos. No me he olvidado de que me tienes que repetir las áreas de Brodman.

De camino a su cuarto murmura los músculos de la espalda. Dorsal ancho. Cuadrado lumbar. Elevador de la escápula. Romboides mayor. Se detiene con el manillar en la mano, tratando de evocar los huesos del pie. Escafoides. Las tres cuña. Cuboides. Astrágalo. Calcáneo. Dentro, pilla el único bolígrafo que usa en los exámenes, uno morado de Harry Potter que lleva impreso el logotipo del andén nueve y tres cuarto por ambos lados, y se calza unas añejas Vans blancas con la espumosa impresión de saberse el temario recorriéndole la punta de los dedos. En secundaria era diferente. Apuraba hasta el último momento para empollarse las cosas. Solo quería jugar al voleibol y practicar y conocer nuevas formas de mejorar. Supervivencia pura y dura. Bueno, tampoco te confíes que todavía puedes pifiarlo a lo grande. Captura la cartera de la mesilla de noche y se asegura de tener el carnet de identidad junto al universitario y se da el gusto de revisar el móvil después de tenerlo aparcado toda la noche.

El Line tintinea con más de trescientos mensajes acumulados. Pulsa y la aplicación se despliega en la última conversación que había abierto.

Tontoyama [1:53]

Hey, ¿cómo lo llevas?

Espero que estés durmiendo.

Hinata se repasa los aparatos con la lengua, azorado. Mira quién viene a hablar.

Tontoyama [4:35]

¿Lo llevas bien?

No me juzgues, intuyo tu expresión de memo desde aquí. Solo me levanté para ir al baño.

Ya, claro.

Tontoyama [6:45]

Buena suerte, idiotilla.

Es una tontería. Emocionarse por cinco mensajes. Ni siquiera tienen un trasfondo romántico. Ni los ha decorado con emoticonos que viniendo de Kageyama sonarían indudablemente cursis. Tampoco hace falta. Sus mensajes son directos y rápidos como las balas de una pistola. Me preocupo por ti, no sé demostrártelo de otra forma, pero estoy aquí. Chocan, ajenas a si han dado en el clavo o no, y siempre dejan marca. Desarmándolo.

Vamos a hacer una apuesta: si saco más de un ocho me llevas a una cita cuando te vaya a visitar a Tokio. Si saco menos hacemos lo mismo pero la organizo yo. :P


Durante los siguientes siete días Kageyama, después de La Charla, pone en práctica todos los consejos (las intimidaciones) que le habían dado sus amigos. Sus manos comienzan a alisarse en las zonas pedregosas que el gel se había encargado de secar, y abandona las asignaturas Hacienda Pública e Introducción a la economía y guardarlas en una carpeta del ordenador como elemento decorativo de su primer semestre. Y, de algún modo, el medidor de ansiedad se reduce hasta un nivel que es casi cómodo.

—¿Qué te ha dicho Jane de todo esto?

Jane es su psicóloga. A la que ha sorteado desde la tercera semana de septiembre.

La conoció durante su último curso de secundaria. Le quedaban cinco meses para decidir la universidad, el equipo al que quería entrar, el dinero que estaba dispuesto a aceptar que sus padres se gastaran en él, y no llevaba bien ninguna de las tres cosas. Un día su padre lo pilló poniéndose una tirita justo detrás de la oreja, cerca del inicio del pelo, donde se había hecho una pequeña herida al rascarse compulsivamente entre repaso y apuntes, y le pidió que considerara la posibilidad de visitar a un psicoterapeuta porque estaba preocupado por él.

Solo por probar.

—Nada —admite, colocando el móvil estratégicamente entre su oído y el hombro para coger el tupper de ensalada de la nevera que hizo antes de ir a su primera clase—. No he tenido consulta. Todavía.

—O sea —Tsukkishima es experto en sacarlo de quicio con solo pronuncia dos palabras—, que llevas sin tener una cita con ella ¿desde…?

Kageyama chasquea la lengua, no debería haber dicho nada.

Básicamente porque no quiere malgastar su descanso en escuchar algo que todos ya se han encargado de repetirle hasta la saciedad. De múltiples formas. Ya no me comentas nada de tus sesiones, le recriminaba su madre, dos semanas atrás. Se me ha gastado el Nesquik esta mañana y he tenido que tomarme un ColaCao en la cafetería. Por cierto, ¿al final harás llamada por Skype con Jane el martes?, Hinata, ayer. Yū había sido mucho más directo y aversivo, ocupando con mensajes cada uno de los huecos en blancos de su agenda: Psicóloga. PSICÓLOGA. ¿Te llamo yo a la psicóloga? Creo que hoy deberías pedir cita en la psicóloga.

—Desde que no es necesario reunirme religiosamente con ella para comentarle nimiedades —gruñe, un poco desesperado. El metro sale en veinte minutos y todavía tiene que poner el cuenco de comida a Gato y repasar la casa por si se deja algo—. Incluso llegamos a prever que mi TOC empeoraría en estas épocas. No es un cuento nuevo. Además, quedamos en que si yo no me sentía cómodo no tenía que seguir con las sesiones.

—Claro, pero eso es si no te sientes cómodo con ella o si la comunicación es mala. Y estoy seguro de que ese no es el caso. Lo que ocurre es que no estás preparado para escuchar lo que te contará. —Al fondo de la llamada se escucha el ajetreo de la calle, una bocina aguda, y la voz de Tsukkishima ondulándose a través de una sonrisa que lo pone de muy muy mal humor—. Tengo razón, ¿verdad?

Sí.

—Eres un capullo, ¿lo sabías?

—Nada nuevo bajo el sol, majestad —bufa—. Intuyo que no me has llamado precisamente para saber cómo me van las cosas por aquí, y que lo del cumpleaños de Suwamura no es más que una parte más de la excusa. —Algunos granos del pienso se desparraman por el suelo formando una vaga aureola alrededor del plato. Gato se lanza del sillón desde que cae el primero, rápido cuando la ocasión lo merece, y suelta un par de gorgoritos de agradecimientos mientras arrastra el costado contra su pierna derecha antes de atacar la comida—. Me has llamado porque soy de esas personas que tratan los temas aunque pueden ser complicados de digerir y, quizá, sería capaz de convencerte.

Pellizca la mejilla interna entre los dientes hasta que mueren las ganas de decir que no es cierto solo por contradecirlo. Ese retintín de sabiondo es insufrible pero Kageyama está cansado de engañarse a sí mismo.

—Te he llamado por varias razones —admite—. Por una parte, me gustaría concretar el dinero que vamos a poner todos para la tapicería del coche de Daichi —se las arregla para reconectar con al menos una idea, cerrando la ventana de su habitación antes de echarle un últimos vistazo al reloj que descansa al lado de la Xbox de Yū, que se dejó el finde pasado—. No sé si cada uno reunirá lo que pueda o será proporcional, pero Hinata y yo lo hablamos anoche y él está un poco nervioso por el presupuesto porque sabes que su familia no esté muy boyante. Espera un momento.

—Vale.

Al contrario de su sicofante naturaleza, Tsukkishima no rechista, y lo deja inspeccionar el apartamento por última vez. La zona donde vive por norma general es tranquila. Sin embargo, el lunes se encontró un panfleto de la comunidad advirtiendo sobre los robos que han ocurrido en los alrededores, así que prefiere garantizar de que todo está en orden antes de llevarse una sorpresa.

Ventanas cerradas. Agua en el bebedero de Gato. Batería portátil guardada. Comida, libros y cambio de ropa en la mochila.

Todo listo.

—¿Sigues ahí? —le reclama, una vez que pasa dos veces la llave por la aldabilla.

—En un sentido figurado, sí.

—Recuérdame la razón por la que estamos hablando por teléfono, se me ha olvidado por culpa de tu gilipollez.

—Creo que querías que resolviera tus dudas existenciales.

—Perdona, no sabía que tenía línea directa con Dios.

—Eres un tío con suerte, y eso que no vas a la iglesia a rezarme.

Como el ascensor está ocupado, Kageyama decide ir por las escaleras. Total, tampoco le cuesta nada. Las baja de tres en tres, fijándose en la recortada luz que entra por el patio y forma alongados cuadros en las baldosas. Huele a producto de limpieza. Algo cítrico combinado con un matiz químico.

—Dejando de lado tu gigantesco ego, otro de los puntos por los que te llamaba era para saber si se había resuelto lo tuyo. —Su vecino del quinto rebusca con celeridad algo en el buzón, detecta una presencia, mira a Kageyama y vuelve la cabeza de nuevo hacia las cajas de latón. Es un poco raro. Jamás lo ha visto salir del edificio y siempre lleva la misma bata de lana gris, a la que parece que le han pasado un rastrillo por encima. Totalmente despeluzada—. Ya sabes, lo que me contaste de Yamaguchi y Hitoka. Y tú, claro.

—Por supuesto, tampoco era algo de lo que preocuparse —resuelve, restándole importancia—. Quería que lo supieras porque somos amigos y tarde o temprano ibas a enterarte.

—Pero —Kageyama no logra entenderlo del todo—. A ver, ¿en qué quedó la cosa? Porque Yamaguchi y Hitoka empezaron a salir poco después del Festival de la Luna.

—Sí.

En la calle, su boca despide sinuosas volutas de aliento condensado y el frío atraviesa sus deportivas, pellizcándole la planta de los pies. Al otoño le ha dolido hacer las maletas este año y no ha querido marcharse hasta el último soplo de noviembre, y lo que se dice casi la mitad de diciembre, no obstante el finde pasado anunciaron en las noticias que las temperaturas caerían en picado a partir del jueves y Kageyama nunca había sido testigo de que un meteorólogo acertara con tanta diligencia hasta ahora.

—Y en el audio que me mandaste decías que Yamaguchi y tú se besaron.

—Sí.

—¿Y dices que no tengo de qué preocuparme?

—Exactamente, no sé a dónde quieres llegar con esta fiesta de obviedades, majestad.

—Lo que quiero decir —resopla Kageyama, desconcertado y algo mosca—. La verdad es que no sé lo que quiero decir. ¿Ella lo sabe?

—Por supuesto que sí, ¿por quién nos tomas? Esto no es Crepúsculo.

—Sabía que en algún momento ibas a meter esa película en alguna conversación…

—Fuiste tú quien quiso verla.

—No iba el internet y mi padre la tenía descargada; no es mi culpa que le hubiera dado por comerse todos los clásicos adolescente. Además, ¿eso qué tiene que ver? ¿Por qué todo lo contestas con evasivas?

—Porque me gusta escuchar el agobio en tu voz, lo echo de menos.

Kageyama ha empezado a replantearse lo de ser más paciente como propósito de año nuevo porque como le toquen tanto los huevos así prefiere practicar su puntería y comprar una pistola en el mercado negro.

—Mira, paso. Voy a colgar. —Avista la boca del metro frente a él, a unos diez metros, y esquiva a una señora que empuja un carrito de la compra, alcanzando justo a tiempo el paso de peatón en verde—. No estoy de humor para tonterías ahora mismo, me esperan dos horas de Régimen Jurídico y lo último que quiero es llegar con la cabeza caliente por tu culpa.

—Vaaale —suspira Tsukki—. Voy a intentar no tomarte el pelo. Los próximos diez minutos.

—¿Cómo que inten…?

—Nueve con cincuenta y nueve segundos.

—Hinata tenía razón, hubieras sido seleccionado en Slytherin.

—Nueve con cuarenta segundos. Si te piensas que eso es un insulto la llevas clara, hufflepuff.

Dentro de la estación el ambiente se aprieta, aumenta un par de grados y el típico olor húmedo y pestilente del meado hace que contraiga la nariz.

—¿Realmente estás contando?

Se hace hueco entre un grupo escolar y una tía con skate y deja su bono mensual sobre el sensor hasta que la portilla le da vía libre. Debería haber llegado a la línea 14 hace dos minutos.

—En realidad no, pero es que me aburre y me sorprende lo inocente que puedes llegar a ser.

—Tsukishima, adiós.

—¿No quieres saber lo que ha ocurrido con Yamaguchi y Hitoka?

Se muerde el labio, sintiéndose tentado de aguantarse el enfado solo por escuchar el desenlace.

—Pero dímelo de una vez —claudica, sin humor.

Mientras el embudo de pasajeros se va disgregando, Tsukishima le explica que, en realidad, nada ha cambiado entre ellos.

Entre ninguno de los tres.

Un beso puede significar mucho. O nada.

Era tarde y tomaban cerveza en el sofá de su piso, después de algunas noches sin coincidir si quiera para cenar por culpa de los horarios y los grupos de estudio y el cansancio. Se relajaron tanto que el hilo de los recuerdos los llevó a una época construida a base de legos y dinosaurios en miniatura, en las que cada tarde merendaban batidos de plátano y chocolate. Se lo estaban pasando bien y a Tsukkishima le pareció oportuno confesarle a Yamaguchi que era la única persona que le había llamado la atención, sin comprometerse en definir el sentimiento porque ni siquiera él sabía realmente lo que representaba. Lo que quiere que represente. Una vez en el interior del metro, Kageyama se agarra a un poste metálico tratando de no acabar encima de nadie y lo escucha decir "relación abierta".

—Lo besé yo, Yamaguchi estaba demasiado cortado y aturdido por el alcohol como para articular media palabra —se ríe, para luego aclarar—: Lo hice porque sé que no son exclusivos. Hitoka quiere a Yamaguchi, antes de que me lo preguntes, pero ha descubierto que no es sexualmente monógama y él siente algo similar.

No es la primera vez que llega a sus oídos ese concepto. Relación abierta. Aunque nunca había conocido a nadie que estuviera metida en una.

—¿Similar por quién? —pregunta, porque todavía no tiene muy claro si le correspondió o si también quiere acostarse con otras personas o qué.

—Supongo que por ambos.

Ah.

—Ah. —De repente piensa en Hinata—. ¿Entonces?

Piensa en lo que le dijo desayunando en su cocina, con las marcas sonrojadas del sueño todavía en la cara: "Somos un equipo. Tú y yo" y lo bien que sonó. Lo sorprendente que lo recuerda. Y comprende que en ese momento Hinata le estaba pidiendo algo sin que se diera cuenta.

—Entonces… nada. Ahora mismo estamos bien así, primero quiero saber qué es lo que siento antes de confirmarle cualquier bobería. Aunque sé que tengo la opción de, ya sabes. Si quiero.

—Eso… suena bien. Si estáis bien así.

—Claro.

Por megafonía avisan las paradas y Kageyama prácticamente estampa a una señora que tiene la mala suerte de cruzarse en su camino. Lleva cuatro meses viviendo en Tokio y todavía le agobian las aglomeraciones. Ese es uno de los motivos por el que quiere sacarse el carnet. Ya.

—Ahora que te has puesto al día con mi vida amorosa, o la escasez de ella, ¿podemos retomar el tema principal?

—¿Que era…?

—Vete a la psicóloga, Kageyama.

—¿Porque...?

—Porque no vas a perder nada yendo —señala Tsukki—. Esto es como ir a un examen sin que corra convocatoria, te presentas para tantear el terreno, para que tengas en cuenta qué tan mal estás, y no te arriesgas a que aparezca el suspenso en el boletín de actas.

Y ahí está.

La piedra angular de sus problemas. Expuesta como si fuera otra del montón.


—¿Te sale algo?

—No, ¿estás seguro de que era hoy?

—Por supuesto que sí, ¿acaso dudas de mí?

—Bueno…

¡Kageyama!

Habían organizado esa videollamada tres días atrás, cuando Noya puso por el grupo en letras negras, mayúsculas, cursivas y exclamadas la fecha y la hora a la que publicarían la lista definitiva de la Selección. ¿Quién en su sano juicio pone algo tan importante a las doce del mediodía de un viernes? Son postadolescentes. Estudiantes con horarios más apretados que el cinturón de sus padres en épocas de vacas flacas. De verdad, ¿consideran que esta infinita espera, recargando una y otra y otra… Y OTRA VEZ la página, es saludable para los futuros integrantes de su equipo? ¿Es que no tienen en cuenta que han debido faltar a clase para hacer el paripé?

Por otra parte, aunque cree fehacientemente que su nombre y su apellido, al igual que los de Kageyama, merecen estar ahí el miedo lleva rato trepándole las vértebras, una a una como si disfrutara de su sudor frío, y está a punto de generarle el peor episodio emético de la historia.

—¿No estará mal la hora?

—Por todos los dioses, Kageyama, que no. Se habrán retasado o algo.

—Vuelve a darle, a ver.

F5.

F5.

Cierra los ojos, por si acaso.

F5.

El símbolo de la página oficial de la federación da vueltas en la pestaña, trabado, al lado de la cara de Kageyama, quien como siga a ritmo de pájaro carpintero va a perforar el teclado. La web tarda en cargarse, empujando su ansiedad un poco más cerca del límite. Doce y trece. Doce. Trece. ¿No se supone que son una organización seria?

—¿Qué haces?

Hinata pega un brinco y parpadea en su dirección, inmensamente incómodo, mordiéndose la mejilla interior.

—Nada.

—¿Quieres ir al baño?

¿Cómo puede saberlo?

—Estoy bien —miente.

—Pareces un pez —hace un gesto con la cabeza, señalándolo. Las medias lunas que le sombreaban bajo los ojos cuatro días atrás han empezado a clarear, lo que es un buen síntoma. Significa que al menos duerme más que antes—. Un pez fuera del agua que aletea buscando la manera de volver al mar.

—Eso es… una metáfora bastante explícita.

—Pero sigues moviéndote como si te fueras a morir.

Del uno al diez en la escala Cosas Que Decirle Al Tío Con El Que Medio Sales Sin Matar El Romanticismo ¿dónde estaría si le responde que sí? Que su estómago está a punto de explotar en su boca como una bolsa de confeti.

—La verdad es que...

—Corre.

—Pero la lista-

—No le daré hasta que vuelvas. Juntos, ¿recuerdas?

—Vale, pero que sepas que no es para nada tierno que sepas la razón por la que tengo que ir al baño.

—¿Desde cuándo nos va ser tiernos?

Hinata se levanta de su silla y se ríe como crío, tapándose la boca, ataviado únicamente por una holgada camiseta negra que en algún momento ponía Queen en dorado y unos calzoncillos estampados de pikachus. La carcajada se extiende por toda la casa mientras desaparece del plano de la webcam. Es como si no hubiera muebles, desnudo, y el sonido lo abarcara de nuevo con un profundo eco.

Echa de menos escucharla en persona, estridente y alta como las nubes en verano.

Llega a Tokio el martes, porque el sábado entrena al equipo infantil hasta las siete y el tren directo sale una hora antes. Han quedado en la estación sobre las doce del mediodía y, tras dejar su maleta en casa y cuarenta minutos de trayecto en metro, comerán en una pizzería cercana a Tsukiji, que les recomendó Kuroo. El muy pesado se ha empeñado en que deberían ir al mercado al menos una vez, alegando "hacen subastas de comida, Kags. Subasta de COMIDA. ¿Entiendes? Tenemos que ver eso".

Saca la agenda de la maleta para evitar la tentación de refrescar la página web a escondidas, abriéndola por la penúltima semana del año. Después de hablar con los chicos se propuso hacer al menos tres cosas al día que lo ayudaran a distraerse. A relajarse. Leer un capítulo de Sherlock Holmes, ahora mismo va por El carbunclo azul. Disfrutar el café sin prisas. Esconderle a Gato su juguete bajo la manta.

Cosas sencillas.

También ha comenzado a pegar cada una de las notas de Hinata en lo recuadros del mes.

Como un ritual constante al que atenerse.

Un amuleto de la buena suerte.

Pasa las páginas hasta el final, en el interior de la contraportada hay una pequeña solapa donde guarda papeles sueltos: facturas que podrían ir a la renta de sus padres, tickets de películas memorables, una fotografía del Karasuno (el primer equipo) y, doblado como si no quisiera ser encontrado, hay un post-it lima. En él se lee un número de teléfono junto al nombre de su psicóloga.

Lo desdobla.

Ha decidido llamarla, y el (aplastante) razonamiento de Tsukkishima no tiene nada que ver con ello.

Alisa distraídamente una esquina arrugada, probablemente lo haga de Noche Vieja. De momento ha pasado decentemente dos parciales, y el equipo no tiene partido hasta el seis de enero, y estando en casa solo deberá preocuparse por mantenerse activo y descansar. El último cabo suelto que le queda es la sub-21 y hoy, para bien o para mal, podrá tacharlo de la lista. Es una bobería . La gente tradicionalmente pide ayuda cuando lo necesita y no cuando el chaparrón ha caído por sí solo y, mucho menos, cuando las cosas comienzan a circulas con normalidad. Pero Kageyama considera que será más eficiente si tiene la mente fresca. De todos modos, por si se deja algo en el tintero, ha escrito varias puntos que debe nombrar sí o sí. Islas que se han desmoronado poco a poco desde que entró en la universidad e intuye que nunca podrá reconstruir por mucha dedicación que le eche.

—Ey.

Cierra de golpe la agenda.

—Bueno —carraspea y tira la agenda a un lateral del escritorio—, ¿vamos?

—Hazlo tú.

Antes de responderle estudia su expresión, meditando si es una de esas ocasiones en las que simplemente está muy ansioso y el estómago ha podido con su talante o realmente los nervios le han hecho un lio del que no es imposible salir sin ayuda.

—Pero…

—Prefiero escucharlo de ti.

Hinata es capaz de llenar cualquier habitación en la que entra, gesticulando con los brazos arriba y abajo, exagerando la expresión hasta la última línea. Incluso cuando duerme habla por los codos, se mueve y tiene vida. Así que es normal que a Kageyama se le enrosque la tensión alrededor del estómago al darse cuenta de lo quieto que está. Desmenuzado. Los pies subidos a la silla, rodeándose las piernas con los brazos. La barbilla apoyada en la hondonada de las rodillas. Parece tan pequeño que quiere cogerlo por los hombros y agitarlo hasta quitarle la bobería porque no quiere verlo así.

No tiene por qué estar así.

—Vale —accede, porque a Kageyama le encantaría sermonearle y convencerle del increíble jugador en el que se ha convertido, lo comprometido y apasionado que es con el voleibol y que jamás ha dudado que le darían esta oportunidad a él, pero también es el primero que lleva mil demonios dentro y está aprendiendo a leer señales que antes no sabía identificar—. Voy.

Mueve el ratón y le da a recargar, arranca la tirita lo más rápido posible.

A un lado, Hinata frunce las cejas, las misma que tiene su hermana y su padre, y el conjunto de pecas se le arrugan alrededor de la nariz. Endereza la espalda y se cuadra de hombros, como si se preparar para recibir un golpe que no puede evitar. Sus ojos muy abiertos y cálidosincluso rodeados de humedad. Capas y capas de chocolate líquido.

La página es una realmierda y el estómago se le hace trizas a medida que el listado comienza a vislumbrarse.

Wakatoshi Ushijima

Tsukishima Kei

Takanobu Aone

Reon Ohira

Por el rabillo del ojo Hinata se muerde el labio, escuchando cada palabra que recita en alto, sin parpadear.

Nishinoya Yū

Kiyoomi Sakusa

Kageyama Tobio.

Desconocía que había estado aguantando la respiración hasta que el aire sale de sus pulmones con un escopetazo.

—Kags… —musita.

La expresión brillante, las mejillas húmedas y feliz de una manera tan pura que lo desarma por completo.

Hinata Shōyō —le interrumpe, antes de que lo agasaje. Hay una sonrisa apelotonada en su voz y todavía quedan dos personas más que son igual de importante pero suena tan melodioso que lo repite— Hinata. Shōyō.

Los dos lloran. Un poco. Y es patético porque solo se miran sin decirse nada sabiendo cuánto le gustaría al otro tenerlo al lado, pasarle el brazo por los hombros o rodearle la cintura y sentir que es igual de real que esa lista.

El martes. Estará aquí el martes.

Después de un buen rato, algo más recompuestos, Hinata abre la página por sí mismo para comprobar los dos integrantes que faltaban:

Bokuto Kōtarō y Atsumu Miya


Han dejado las maleta en la entrada porque el parqué es un chivato de mochilas con ruedas y luego han colocado un par de bolsas en la cocina, descalzos y con la escasa iluminación que brinda la linterna de sus móviles.

—Bueno, yo ya me voy —El cuchicheo apenas es audible—. He cumplido mi misión como buen escudero.

—Mándame un mensaje cuando llegues a casa, ¿vale? Y… gracias.

La farola que esquina la calle riega el salón de un pálido albor que acompaña al invierno y a la nieve que ha comenzado a cuajarse en los bordillos de las aceras.

—Venga, ni que hubiera sido para tanto —Yū le da una palmada en el brazo y sonríe—. Solo me has hecho estar toda una semana buscando un hueco en el que el cafre de Kageyama estuviese lo suficientemente ocupado para robarle las llaves de su piso, hacerle una fotocopia e ir a buscarte a Kioto porque pensabas que en el tren la tarta se te iba a desmontar. Me debes la mitad de los aranceles.

—No seas capullo.

—Sabes que no ha sido nada, pequeñajo, es su cumple —sentencia, encogiéndose de hombros. Animado incluso para ser las tres y media de la madrugada—, todo sea para que vuelva a levar anclas.

—Sí.

Hinata capta un rastro de inquietud en sus ojos que siente como propia. Es inevitable. Ambos quiere verlo bien.

—En fin, me largo, pimpollo. —Se despide con una mano, medio cuerpo fuera del piso—. Mañana me mandas un mensaje cuando estéis presentables.

Cierra la puerta en un golpe seco, flojito, y toda la sangre huye de su cara ante la perspectiva de lo que significa presentables. El frío le muerde la espalda, pero hay algo cálido y dulce y espeso que sube desde el estómago. La última vez que estuvo allí —también la primera— las circunstancias habían sido moderadamente diferentes. (Muy diferentes. Como que, por ejemplo, todavía no se habían besado. Un factor a tener en cuenta). Cuando ya ha metido la tarta en la nevera, deja el regalo a la orilla de la mesa y vuelve a la sala.

Se abre la cremallera de la chaqueta con mucho cuidado porque todo hace ruido, como si hubiera altavoces en cada esquina y sus movimientos fueran el foco de atención. Todavía Nesquik no ha salido de su guarida para ficharlo pero intuye que su oído es muy sensible y si maúlla sí que va a despertar a Kageyama.

La deja en la silla y sin darle muchas vueltas se quita la camiseta y el pantalón vaquero. Ya han pasado por esto antes. No tendría por qué ser raro, ¿no?

Además no es que fuese a pasar nada. Salvo dormir juntos en la cama de Kageyama. En la que podría caber toda la familia Weasley, por lo que quizás ni siquiera se tocan. Se humedece los labios y se mentaliza de que la falta de nitidez puede ser su amiga. Y que Kageyama va a estar tan sobado que ni lo notará.

Camina lento. Deslizando los dedos por la pared, algo arrepentido de haber dejado el móvil en el bolsillo del abrigo.

La última vez no entró en la habitación de Kageyama salvo para echarle un leve vistazo. Dormitaron en el salón, enganchadísimos a Juego de Tronos. Quizás hora lo tenga menos aséptico y vacío. Han ocurrido tantas cosas desde entonces que parece otra época. Otro año. El pasillo se acaba antes de lo que su corazón espera. Errático en su garganta, se muerde la mejilla interna y coge el pomo con cuidado. Lo gira. Dios como no le guste la sorpresa va a ser una faena. Mete un pie, acostumbrándose al nuevo espacio y en contra de su pudor la franja de luz que entra por la ventana agudiza su visión en medio de toda esa negrura.

Lo primero que vislumbra es una bola de pelo lamiéndose una pata, peinándose los pelos con la lengua, despatarrado en la esquina de la cama como un marajá.

—Shhh —chista, a la puerta que a pesar de sus infructuosos deseos por ser silencioso y hacer cada movimiento con exceso cuidado hace un clic sonoro al cerrarse—. Joder.

Se da la vuelta sobre sus pies, todavía enfundados en calcetines gryffindor, cerciorándose de que Kageyama continúa sopa.

Efectivamente, dormido y sin ropa que tape su tronco superior, al parecer. Persigue la línea de la columna desde la colcha marfil hasta que se hunde en la tensión de sus hombros creando un sombra a la altura de la nuca, donde el pelo se le enreda y es más besable.

Toda la habitación huele a él, como el café engrano y la tierra húmeda, y es tan intenso que lo intoxica.

—Hola, Nesquik —masculla, agachándose. Dentro de dos minutos se ocupará del pánico que está sintiendo, prometido. Alarga el brazo sin esperar que se deje tocar, solo para que lo conozca.

Sorprendentemente el gato se endereza, estirando los huesos y los músculos debajo de una piel de terciopelo y deja caer todo el peso de su cabeza contra la palma.

—Sabía que te gustaría más ese nombre —arrulla.

Tiene la nariz húmeda y es tan doméstico que podría jugar con él toda la vida. Desvía la vista con timidez, y se detiene en la expresión serena de Kageyama, los párpados pesados y los labios entreabiertos, preguntándose si será de los que les gusta comprar pepinos verdes para asustar a su mascota o si prefiere provisionarlo de golosinas aunque eso suponga que tengan un poco de sobrepeso.

Probablemente ambas.

Después de un rato, muy a su pesar, el cansancio y la impaciencia lo empujan lejos del ronroneo de Nesquik y le hacen comprender que estar nervioso delante de un Kageyama descamisado es totalmente razonable.

—Ey. —lo llama, bajito. Extiende la mano hasta su frente y le aparta el flequillo—. Hola.

Mmm.

—Feliz cumpleaños.

Kageyama flexiona un brazo, poniéndose de costado, y se estira como antes lo había hecho Nesquik mientras le rascaba el pecho. La musculatura se le tensa y las sábanas, traicioneras, se deslizan lo suficiente para que atisbe el raíl oscuro que empieza en su ombligo y termina mucho más abajo.

De verdad, necesita alcohol para sobrevivir a este hombre.

—¿Hinata? —ronquea, como si no pudiera asimilarlo. Se endereza, tallándose los ojos— ¿Qué…?

La voz tomada por el sueño.

—El hada de los cumpleaños me ha traído como regalo —ofrece, señalándose—, lo malo es que no se aceptan devoluciones ni recambios.

Hinata se alegra de que nadie más esté ahí para ver la sonrisa que le devuelve Kageyama, bonita y suave.

—Qué se le va a hacer, tendré que buscarte un hueco.

Se alegra de que a Kageyama le guste tenerlo ahí sin plantearse una razón coherente.

Siguiendo su palabra coge el dobladillo de las colchas para que Hinata se meta. Está tan zombie que ni siquiera lo somete a interrogatorio, así que no duda en aprovecharse y se cuela, refugiándose del invierno.

Te quiero.

Es un pensamiento fugaz que le cruza todo el cuerpo. Mientras se hunde en el colchón y Nesquik se hace ovillo a sus pies y Kageyama lo atrae con un brazo hasta que cada punto de su cuerpo encaja con el suyo. Dos palabras. Ligeras y antiguas.

—No estoy dormido, ¿no? —comprueba Kags, deteniendo el recorrido de las yemas sobre su cadera.

—No, Kags, estoy aquí —susurra antes de besarle.


Reviews:

Trinity5: Jajajjajja lo de puerco me ha pillado y pensé que lo decías en serio, muchas gracias por tu comentario. Gracias por leer siempre. Un beso enorme.

Drunika: Aunque fue hace un montón de tiempo, me alegro de que ese día la actualización te hiciera feliz el smut te gustara. En el próximo habrá bastante más. Promise.

CumbresBorrasc: Siempre habrá esperanza de que actualice porque estoy muy enamorada de esta historia, aunque me tome siglos lo haré. Muchas gracias por seguir aquí.

Guest1: hoy es 1 de noviembre del 2019, quizás no sea un día especial pero espero que te guste.

Arivel m: Te has puesto las pilas super rápido. Muchas gracias por tus ánimos y muchos besos y abrazos por este comentario tan precioso u.u (L)


Por si queréis conocerme un poco más mi Facebook es Jane Smith y tengo una bonita portada de Kageyama y Hinata besándose.


¿Un review por la vuelta del Hiatus?