Capítulo 6: Falta de compasión
Parte 1
Aún estaba oscuro cuando Candy despertó, la luz del baño estaba encendida, se sentó y vio a Terry salir del baño, ¡estaba desnudo! Le arrojo la almohada que él atrapo en el aire y se tapó la cara con la manta.
- ¿Enserio, Candy? – dijo, con una sonrisa de autosuficiencia – creo que tendré que darte una lección – la rubia se aferró más a su barrera de algodón. Sonriendo como una niña pequeña.
Intentó jalar la cobija con un movimiento rápido, tomándola desprevenida, pero falló, Candy se esperaba aquello, pero él volvió al ataque, jalando más fuerte, ella se aferraba a esa manta. A pesar de haber pasado la noche con él, de permitirle llegar más lejos que lo permitido por la sociedad, su desnudez la avergonzaba, después de todo aún era una chiquilla de 16 años.
Terry no desistió en su intento y ella comenzó a patalear, hasta que le dio en el estómago, tirándolo de la cama, no se levantó de inmediato y Candy pensó que lo había lastimado en serio.
- Terry – se sentó de nuevo y acto seguido él la tomó del brazo y ella terminó en el suelo, a su lado, él rió, con esa risa que adoraba ella, tan musical, tan autentica, sabía que estaba feliz. Ella misma sentía que no cabía de felicidad. Pero el tiempo seguía avanzando, hasta marcar una nueva hora – Tengo que irme – dijo con melancolía.
- Lo sé – la atrajo más a su cuerpo – quisiera que nos quedáramos así.
- Yo también, pero debemos seguir luchando por nuestros sueños. Soy tuya y tú eres mío, siempre será así.
- Te amo, Candy
- Yo también te amo, Terry.
Se vistieron lentamente, eran las 5 de la mañana, llegarían a la mansión en una hora, Candy rogaba al cielo que la tía abuela durmiera hasta las 7 como siempre hacía y que nada perturbara su sueño.
Salieron del hotel con cuidado y tomaron un taxi, en todo el trayecto permanecieron abrazados, con los ojos cerrados, tratando de estirar lo más posible el tiempo en brazos del otro.
Terry besó a Candy como si en ello se le fuera la vida y luego la ayudo a trepar por la reja.
- Adiós, pecas.
- Hasta pronto, Terry – y avanzó, sus manos se soltaban a cada paso que daba hasta que solo sintieron las puntas de sus dedos.
- Candy – la llamó, pero se ocultó porque vio un movimiento en la casa, ella volvió sobre sus pasos y en la reja encontró una cajita en cuyo interior descansaba un solitario con un diamante en color azul con forma de corazón. Aquella joya hacía juego con el collar que él le diera cuando se fue del Hogar de Pony.
- Esto es… - dijo tapándose la boca por la sorpresa y levantó la vista para buscarlo.
- ¡Señorita Candy! – le gritó uno de los trabajadores de la mansión - ¿se encuentra bien, señorita? – el hombre se asustó al verla llorar.
- Sí, no se preocupe señor Gordon, es solo que me desperté temprano.
- Será mejor que entre a la casa, su tía esta por despertar y no creo que le de mucha alegría que usted se paseé vestida así por el jardín.
Candy avanzó a la mansión con el corazón henchido de alegría. Subió sin ser descubierta y entró a su habitación. Al momento en que la puerta se cerró detrás suyo, se colocó el anillo.
- Sí – le dijo a la nada.
/o.O/
La vida de Candy no era la única que había cambiado durante el mes que estuvieron en la cuidad, Archie comenzaría su primer año en la universidad de Harvard el próximo otoño. Lo que había llevado a Annie a inscribirse en colegio Wellesley para estar cerca de su novio y estudiar para ser escritora de cuentos. Neil y Elisa empezaría clases en la universidad de Chicago al mismo tiempo que le menor de los Cornwell. Patricia O'Brian había vuelto de Londres y sus padres decidieron que estudiaría en el colegio Barnard, Stear había anunciado sus intenciones de estudiar en el MIT.
Sus nietos se habían ido a los cursos que ofrecían las universidades, Stear y Archie viajarían a Boston, donde vivían sus padres, lo que evitó que Elroy Andley se mudará a Nueva York para estar cerca de sus nietos. Candy, Neil y Elisa se quedarían para hacerle compañía.
Esa mañana el heredero Leagan estaba de visita para tomar el desayuno con la anciana. Candy bajo al comedor sin poder evitar una sonrisa de felicidad.
- ¡Buenos días! – saludó, pero se detuvo en el marco de la puerta al ver al pelirrojo - ¿Neil?
- ¡Buenos días, Candy! – la saludo, galante y se levantó para arrimar la silla en cuanto ella se sentó.
- Gracias – no podía evitar el recelo hacía el joven.
- Candice – la llamó Elroy – hoy tienes el día libre, ayer estuviste magistral en la audición, muchas familias me han llamado para felicitarme por tu entrada al Conservatorio.
- ¿En serio? – se alegró la rubia – muchas gracias, tía abuela. ¿Puedo salir a pasear por la ciudad?
La señora no puedo evitar sonreír ante la pregunta de la chica que había acompañado con unos ojos soñadores, sin poder evitarlo, le estaba tomando cariño a la rubia pecosa.
- Sí, claro. ¿Neil, te importaría acompañarla? – el aludido levantó una ceja, desde que su hermana dejará el juego de molestar a Candy, él no se le había acercado, de hecho ahora ella le parecía indiferente. La rubia lo miro con los ojos entrecerrados, molesta. Aun no confiaba en él y su intención era ir a la estación para despedir a Terry y darle su respuesta.
- Si a ella no le molesta…
- Sí me molesta, puedo ir sola.
- No es correcto que una dama ande sola por la ciudad, irás con Neil y se acabó – Candy sabía que era inútil pelear contra su tía, suspiró llena de resignación, tener el día libre y poder pasear por la ciudad ya no sonaba tan prometedor.
Neil la esperó fuera del garaje, le abrió la puerta.
- Gracias – era notable el ambiente que se sentía entre esos dos.
- ¿A dónde quieres ir? – le preguntó sin un dejo de entusiasmo.
- No conozco la ciudad, a donde sea – masculló.
- Podría llevarte a la estación para que veas a Grandchester y obtengas un autógrafo, aunque dudo que el tipo te recuerde si quiera.
- ¿Por qué harías eso?
- Él te gustaba, ¿no? – preguntó, poniendo un exceso de atención al semáforo cuya luz era roja.
- No es de tu incumbencia – el caballero se encogió de hombros.
- Yo solo decía – la voz de Neil no denotaba burla o algún tipo de tono conspirativo. Candy decidió esperar que fuera sincero su cambio.
- Está bien, vayamos a la estación.
Neil manejaba como un experto.
- ¿Cuándo aprendiste a manejar? – le soltó para romper el silencio que se estaba volviendo incómodo.
- Stear nos enseñó en esos locos autos que solía construir, siempre he creído que si sobrevives a un viaje en ellos, manejar cualquier otro es pan comido – Neil hablaba de forma distante, intentando ser cordial.
- Ya veo, es muy lindo tu auto.
- Si, gracias.
Candy no supo por qué aquello le resultaba desconcertante, el niño que la había recibido en la mansión Leagan, llorón y débil, que la molestaba por su origen humilde no parecía ser el hombre que tenía a lado, calmo e indiferente por lo que sea que ella hiciera.
- Llegamos – le anunció bajando y abriéndole la puerta – Aquí te espero.
Ella echo a correr, el tren partiría en unos minutos.
/o.O/
En la estación Terry miraba en todas direcciones, esperando que ella pudiera ir a despedirlo. "Candy, ojalá puedas venir". Pensaba, mirando el reloj.
Susana subió al tren.
- Terry, ya es la hora – lo urgió.
- Sí, voy en seguida.
"La está esperando" pensó cambiando su sonrisa por una cara seria.
- Con permiso – escuchó a lo lejos y supo que era la voz de Candy.
- ¡Candy!
- ¡Terry! – y se abalanzó a sus brazos.
- Pudiste venir – la tomó por la cintura y la elevo por los aires. Unos ojos celestes veían toda la imagen con una profunda tristeza y una pizca de celos.
- Sí, quería despedirte en la estación y contestarte… - se sonrojó cuando él la puso en el piso – Acepto.
- Oh, Candy, mi Candy… - la besó, muchos miraron a la joven pareja, en especial las admiradoras de Terry que sentía envidia por la joven rubia que estaba en los brazos del actor.
- En cuanto obtenga mi primer protagónico, ¿me esperaras?
- Siempre, Terry, te amo.
- Terry, subamos – de nueva cuenta escuchó a Susana.
El tren anunció su partida y comenzó la marca.
- Apúrate, sube, Terry – Susana por un segundo creyó que no abordaría el tren con la compañía. Besó de nuevo a Candy y de un saltó subió al tren, la rubia corrió hasta que la plataforma de la estación se terminó.
- Adiós, Terry – él estaba en el último tren, agitando su mano. Candy se permitió llorar, sintiendo que el tiempo a su lado había sido muy corto, pero confiando en que el lazo que los unía no se rompería jamás. Pero la vida le tenía deparada otra desventura.
La rubia salió de la estación aún con lágrimas en los ojos, Neil estaba recargado en su auto con los ojos cerrados y los brazos cruzados.
- Neil – lo nombró y él levantó la cara – ya podemos irnos – el pelirrojo le tendió un pañuelo.
- ¿Lograste verlo? – por tercera vez en el día le abrió la puerta para que subiera – Bueno, no es que me importe, pero creo que se te olvido la libreta para el autógrafo.
- Sí lo vi y me dio algo mejor que un autógrafo.
- Ah, ¿sí te recuerda? – sonrió un poco sarcástico, pero ella lo ignoró.
- ¿Qué vas a hacer ahora?
- No sé, ¿qué tienes en mente?
- ¿Qué tenías pensado hacer antes de que la tía abuela me endilgara contigo?
- Pasearía por la ciudad e iría a almorzar con Elisa y Michel.
- Oh, ya veo, si puedes dejarme en la mansión para no interrumpir más tus planes.
- ¿No quieres venir? – preguntó, sin saber por qué.
- No quiero abusar de tu amabilidad.
- Mi hermana y yo abusamos de ti muchas veces, un almuerzo y ser tu acompañante están lejos de compensártelo.
- Éramos unos niños - suspiró – ya no tiene importancia.
- ¿Entonces?
Candy lo sopeso, por primera vez salía de la mansión y tenía la oportunidad de hacer algo que no tuviera que ver con la música, sus primos y amigas estaban lejos y los únicos que quedaban eran los Leagan, le gustará o no, pasaría mucho tiempo con ellos.
- De acuerdo.
Elisa brillaba cuando estaba con Michel, él no era un capricho como lo fueron Anthony y Terry, estaba enamorada de ese hombre, su padre aprobaba la relación, aunque su madre aún estaba recelosa, sabía que era de buena familia y tenía una profesión prospera sino fuera porque se enlistó como médico militar y en algún punto lo llamarían para que fuera al frente. Elisa temía eso cada día al despertar, que Michel le avisará que al fin había recibido el telegrama, por ello trataba de pasar todo su tiempo con él, su madre se escandalizo cuando mostró interés en asistir a la universidad, ya que la mayoría de las mujeres que lo hacía eran solteras y no quería que Elisa se quedará a vestir santos. Pero su esposo apoyó en todo a sus hijos, él estaba complacido con los cambios que habían hecho los pelirrojos, pensó que serían personas superficiales y sin expectativas de vida, pero habían demostrado lo contrario.
- Elisa – escuchó a Candy gritar su nombre y llegar hasta ella, Neil venía detrás de la rubia.
- ¡Candy, qué sorpresa! – se alegró – no esperaba verte hasta la fiesta de té que la tía abuela dará en tu honor por lo del conservatorio.
- Me dio el día libre y Neil estaba ahí así que… ya conoces a la tía.
- Lo hizo tu chaperón – y se rieron, era raro, para ambas, aquellas reacciones tan íntimas, pero con el tiempo esa barrera que muchas veces las apartaba, empezaba a quebrarse – Michel esta estacionando en auto.
- Yo lo deje atrás y rodeamos el parque porque es imposible estacionarse aquí.
- Candy, Neil, qué gusto verlos – era el médico, que se acercó y le tendió el brazo a su novia, ella le sonrió ante la galantería – Vayamos a comer, este lugar tiene un pastel de chocolate estupendo. Saldrán chupándose los dedos – bromeó.
- Estoy seguro que Candy sí, recuerdo que robabas pastelillos de la cocina.
- ¡No los robaba! – se defendió muy digna – yo misma los horneaba.
- Por eso la casa olía a pan quemado. Candy debes prácticas, no serás una buena esposa de esa manera – secundó la chica a su hermano.
- Sí bueno – intervino Michel y Elisa lo miró retadora – así como Elisa podrás contratar una cocinara para que no mueran tú y tu esposo, Candy.
- ¡Ey! – y los cuatro rieron.
Candy nunca pensó que una tarde con los hermanos Leagan sería tan divertida, regreso a la mansión después de la cena, alegando que Michel los había invitado a su casa.
Pasaron los días, Candy entraba y salía del Conservatorio con muchos ánimos de aprender, estaba encantada, tomar clases con sus demás compañeros no era tan pesado como cuando lo hacía sola, aunque el señor McCarthy seguía dándole clases los fines de semana. Había hecho algunos amigos, la tía abuela estaba un poco escandalizada porque hombres y mujeres convivían juntos, pero como había muchos estudiantes de familias prosperas no dijo nada.
/o.O/
En Nueva York Terry estaba terminando otra presentación cuando un reportero se le acercó.
- Señor Grandchester, espere un momento – corrió tras él, porque en cuanto el telón bajo, Terry se marchó – soy reportero, quiero una entrevista.
- No soy tan famoso como para una entrevista – dijo sin detenerse.
- No sea tan humilde, se ha hecho de un nombre en muy poco tiempo – Terry no detuvo su paso, pero el cronista no se rindió – Algunos testigos aseguran haberlo visto abrazando y besando a una joven durante su estancia en Chicago, ¿quién es la joven? – el castaño se detuvo para sorpresa de su interlocutor.
- De qué diablos está hablando – gruñó Terry, asustando al otro – es la última vez que me pregunta sobre mi vida privada – su mirada era fría y su tono de voz no daba oportunidad de réplica, el pobre reportero asintió y vio cómo Terry se alejaba.
/o.O/
- Enfermera – llamó Candy – disculpe – pero ninguna se detenía – por favor, alguien – así que se interpuso en el camino de una chica de lentes con coleta – Espere.
- ¿Qué se le ofrece? – preguntó Flammy.
- Hace dos horas trajimos a nuestro amigo Connor, él se cayó de un caballo y no nos han dado ninguna información.
- ¿Son familiares? – miro a la rubia y a su acompañante.
- No, su familia viene en camino y…
- Solo podemos informarle a los familiares lo sucedido – y esquivó el cuerpo de la rubia para seguir su camino. Y de pronto un ejército de enfermeras y doctores se encontró en la recepción del hospital, donde Candy y su amigo Steven esperaban.
Se acercaron para escuchar que decían y luego se fueron al sillón para esperar de nuevo.
- Dicen algo de un espía que viene del frente – dijo Steven.
- ¿Un espía? – Candy se sorprendió, su vida estaba tan alejada de la guerra que cuando hacían mención de ella, no sabía qué responder, si no fuera por sus desayunos dominicales donde platicaba con Michel ella nunca no lo sentiría como una realidad del mundo.
- A un lado – escuchó a los camilleros.
- ¡Es el espía! – escuchó que gritó una enfermera.
Candy se levantó de su asiento y miró por sobre el hombro de una asistente.
- Parece un muerto, tan pálido – dijo al ver al recién llegado, estaba vendado de la cabeza y con los ojos cerrados. De pronto sintió que lo conocía. Y de pronto entró una mofeta, asustando a todos los presentes. Algunas enfermeras trataron de asustarla, pero el animalito hacía todo para defenderse – Puppe – lo nombró y llamó su atención, lanzándose a sus brazos como reconocimiento y volvió a la camilla para no separarse de su amigo – Eso quiere decir que ese hombre es… el hombre que siempre me dio animos, que me alentó, Albert, esa sonrisa cálida y ojos amables, es Albert, cuántos recuerdos gratos, cómo ha sabido reconfortarme como también has estado a lado mío cuando más te he necesitado. Albert ¿Pero por qué estaba en el frente? – Steven la miro sin comprender – Esperen por favor – le gritó a los camilleros y corrió tras ellos – esperen.
- No se acerque señorita, tenga cuidado este hombre es muy violento. Tuvimos que darle un calmante – lo único que obtuvo Candy fue a Puppe y escuchó que lo llevarían al cuarto 0.
- Disculpe, enfermera – le preguntó a una chica regordeta - ¿me puede indicar cuál es la oficina del director del hospital?
- ¿Para qué asunto? - la interrogo, desconcertada por la vehemencia de la chica.
- El paciente que acaba de llegar, yo lo conozco. Es amigo mío.
- ¿Lo conoce?
- Sí, es amigo mío.
- ¿Sabe su apellido, domicilio? – Candy la miró como si le estuviera hablando en otro idioma y no supo qué responder - ¿qué ocurre? – la interrogó de nuevo, al ver que se había quedado muda – Señorita…
- Es un viejo amigo, pero solo conozco su primer nombre.
- Ya veo, será mejor que se retire, ese hombre perdió la memoria.
- ¡Amnesia! – Candy.
- No sabemos nada de él, ni siquiera si podrá pagar la cuenta. Tendrá que ir al cuarto 0 hasta que alguien que lo conozca o pague aparezca.
Candy salió corriendo, con Puppe en los brazos con la sensación de que todo era una terrible pesadilla.
- Candy, Candy – le gritó Steven.
- Steven, ¿qué sabes de Connor?
- Ya llegó su madre, está con él, solo se lastimo el brazo.
- Me alegro, ¿podrías llevarme a mi casa?
- Candy, ¿qué ocurre?
- Necesito hablar con mi tía.
- De acuerdo.
Candy no sabía si la señora Elroy aceptaría darle dinero, después de tdo ella nunca había tenido más de un dólar en su mano. Como una vez lo comentara con Anthony en su paseo por el pueblo, ser rico no necesariamente significaba poder gastar a su antojo.
- Gracias, Connor – la rubia saltó del alto sin esperar que el joven le abriera la puerta.
- Candy…
En la entrada se llevó a Neil, quien aterrizo en el suelo.
- ¡Ey, fíjate!
- Perdona Neil, necesito ver a la tía abuela – lo ayudó a levantarse.
- No está, salió hace un par de horas a una junta. Al parecer con George.
- Neil… tú… ¿me harías un favor? – con el pelirrojo la convivencia era cada vez más estrecha, él iba a desayunar cada que podía con ambas mujeres y bromeaban con la tía abuela.
- Depende que me pidas.
- Necesito dinero, ¿sabes un amigo mío esta en el hospital, pero no puede pagar la cuenta? ¿Podrías prestarme dinero?
- ¿Dinero? – eso puso en apuros al caballero que no supo cómo responder, cuando iba de compras con su hermana, únicamente necesitaban la firma de su mamá, jamás llevaban dinero encima – pues verás, no tengo ni un quinto.
- ¿Cómo es eso?
- Elisa y yo compramos lo que queremos pero solo con la firma de mamá y también en la tienda donde nos conocen. Es como un pagaré lo que firmamos.
- ¿Crees que en el hospital pueda aplicar?
- No lo sé, Candy, nunca hemos intentado.
- ¿Qué voy a hacer?
- Por qué no esperas a que venga George, puedes pedirle una mesada.
- ¿Mesada?
- Sí, Stear y Archie tiene ese convenio ya que sus padres no están en la ciudad, ¿cómo crees que Stear compra todos esos cachivaches para sus inventos?
- Pero no sé dónde encontrar a George y es urgente.
- Candy.
- Steve, perdóname por dejarte abandonado.
- Escuche tu dilema y puedo proponerte algo, pero… - miró a Niel y el pelirrojo se encogió de hombros.
- Descuida, puedes hablar.
- De acuerdo, ¿recuerdas cómo conseguimos dinero para apostar en el rodeo de Connor?
- Sí, claro, tocaron en el parque.
- ¿No quieres intentarlo? Es dinero rápido.
Candy lo pensó, ella no había querido cooperar con aquella idea tan descabellada porque sabía que si llegaba a oídos de su tía, ella la retaría, pero era una cuestión de vida o muerte.
- Puedo pedirle a Luisa y a Kyle que nos apoyen con ese pequeño concierto.
- Pero ¿y la tía abuela? Ella está en la ciudad y si te ve…
- ¿Podrías ir por ella y distraerla? Que no pase por el parque, por favor – le imploró a Neil, él vio la desesperación en sus ojos.
- De acuerdo.
- Gracias, vamos Connor.
- Sí.
Candy y sus amigos del conservatorio se reunieron en un abrir y cerrar de ojos para ayudar a su amiga con su apuro.
La gente se detuvo para admirar un cuarteto de cuerdas en el parque Lincoln, Connor se acomodó en una banca para tocar el contrabajo, Luisa también tomó asiento y acomodó su violonchello, Kyle con la viola y Candy con su violín permanecieron de pie. Y el cuarteto de cuerdas comenzó con el no. 1 de Zoltan Kodály, aprendido por uno de los profesores del conservatorio durante su estadía en la Franz Liszt en Budapest.
Los cuatro chicos parecían conocer bien la pieza que tocaban, pese a que la habían aprendido poco tiempo atrás.
/o.O/
Neil esperaba a la tía abuela Elroy fuera del edificio central del consorcio Andley, al otro lado del parque donde Candy y sus amigos estaban tocando y que dejaba una melodía en el aire difícil de ignorar, deseo que terminaran antes de que la matriarca saliera del inmueble, pero su genio no estuvo dispuesto a ayudarle con aquel anhelo.
- Tía abuela – la llamó, acercándose a ella, nervioso.
- ¡Neil, qué sorpresa!
- Eso pretendía, tía abuela, supe que estaba en la cuidad y pase por usted para llevarla a su casa.
- ¡Qué galante! – se congració la anciana mujer y él, siguiendo con la cortesía, le tendió su brazo - ¡Es una noche hermosa! ¿Oyes eso…? – Neil se mordió los labios.
- Sí, debe venir del conservatorio.
- ¿Qué dices, el conservatorio está al otro extremo de la cuidad?
- Ah, sí, bueno, quizá es un músico callejero.
- Pues tocan muy bien, deberíamos ir a escucharlo.
- No lo creo apropiado, tía, es una vergüenza.
- Sí, tienes razón, pero… hay mucha gente, no perdemos nada con ver un poco – sujeta aún del brazo de Neil, la tía abuela avanzo en dirección a la música, casi arrastrando al caballero que se maldijo por lo bajo.
Cuando llegaron la música terminó y un estridente aplauso se escuchó de la multitud que se había a conglomerado alrededor de los cuatro jóvenes. Algunos dejaron monedas o billetes en el estuche de violín que estaba frente a los músicos, otros simplemente decidieron irse, conforme se disipo el gentío la tía abuela logró ver a una de las exégetas.
- ¡Candice White Andley! – gritó de puro coraje y vergüenza, asustando a la joven rubia - ¿cómo puedes avergonzar así el nombre de nuestra familia? – espetó, dándole una bofetada que le volteó la cara a la chica.
- Tía abuela – se tocó la mejilla, sintiendo la pulsación que la mano de la matriarca le había dejado.
- Iremos a casa de inmediato – Neil, claramente agraviado por fallar en su misión, se acercó a Candy.
- Perdóname.
- Descuida – le respondió, vio el estuche de su violín y calculo que habían juntado al menos 100 dólares, quizá sería suficiente para que trasladaran a Albert del cuarto 0 a uno mejor acondicionado, pero no sabía cuánto más estaría en el hospital y cuántos de esos conciertos tendrían que dar para pagar el hospital - ¿podrías tomar el estuche y esconder el dinero? – le pidió. Se despidió de sus amigos rápidamente, no sin antes agradecerles el esfuerzo.
Neil y ella echaron a correr en dirección al auto de la señora Elroy, el pelirrojo se ofreció para llevar a Candy, pero su tía se negó, sin más remedio la joven rubia enfrento la furia en la mirada de su tía abuela y el incómodo silencio del viaje de regreso a la mansión.
En cuanto piso la casa, la severa mirada de su tía la guió al estudio.
- ¿Cómo te fue en ese concierto callejero? – Candy sintió que volvía a tener 12 años y que Anthony estaba a su lado, recibiendo la reprimenda de la anciana por escaparse al pueblo.
- Tía abuela…
- ¡Silencio! – ordenó la mujer mayor – eres la heredera de la familia Andley, Candice, deberías avergonzarte.
- Necesitaba dinero… yo… - en ese momento, George llamó a la puerta y la señora Elroy le permitió la entrada, con el ajetreo olvido que la mano derecha de William le iba dar unos documentos para firmar.
- ¿Para qué necesitas dinero, Candice? – siguió la señora, sin importarle que George estuviera presente.
- Es que…
- ¿Acaso no te doy todo lo que pides? – gruño, indignada. Y era cierto, si Candy pedía algo, lo obtenía. La señora Elroy había cambiado su trato hacía ella, ya no la retaba por cualquier nimiedad como antes. Incluso días atrás le había enseñado cómo hacer su famosa tarta y habían pasado unas horas alegres en la cocina.
- Tía abuela, por favor, perdóname, necesitaba dinero para un amigo.
- ¿Un amigo? – levantó una ceja, extrañada.
- Sí… mi amigo Connor, se cayó de un caballo y… - la mirada de la matriarca se nubló y Candy supo que estaba pensado en Anthony – fue un accidente y él – se encogió de hombros – su familia, queríamos ayudarlos a pagar la cuenta del hospital – no era una mentira en su totalidad, Connor era el hijo del señor que vendía salchichas en el pueblo por esa razón su madre demoró en llegar, sabía que no tenían problemas de dinero, pero no quiso decirle sobre Albert, para ella aquel hombre que la rubia consideraba su amigo, era un simple vagabundo. En cambio Connor aunque no fuera miembro de una familia adinerada era parte del Conservatorio como ella.
- Sí, pero como te lo dijera una vez, la gente siempre está pendiente de nosotros, tenemos que cuidar el honor familia. Has avergonzado a los Andley. Piensalo, Candice – la reprendió, duramente.
- Lo haré, tía abuela.
- Disculpe, señora Elroy – interrumpió George y la mirada de ambas mujeres se posó en el caballero inglés - ¿la señorita Candy no está recibiendo la mesada que le autorizó el señor William? – la rubia vio a su tía de reojo y ésta se quedó impávida.
- No, como dije Candy me pide lo que necesite y yo hago que se lo consigan.
- Comprendo, señora Elroy, pero desde que cumpliese 16 años, Candy tiene derecho a una mesada mensual para sus gastos.
- Eso es absurdo – manoteó la señora - ¿para qué querría Candy tener dinero?
- Los jóvenes Cornwell reciben esa mesada, señora Elroy, la señorita Candy debería recibirla también.
Los ojos de la señora se encontraron de nuevo con los del administrador de la familia, lo miró con profundo desprecio y asintió, segura de que no olvidaría tal afrenta.
- No es necesario, George, solo fue una emergencia, yo no necesito dinero, como lo dijo la tía abuela, ella me da lo que necesito – Candy trato de ponerse del lado de su tía, no quería que aquello llegará más lejos de lo que pretendía.
- Señorita Candy, no se preocupe, mañana abriré una cuenta a su nombre y usted podrá disponer del dinero cuando guste.
- Pero… - la señora Eroy abandonó la habitación y Candy supo que estaría indignada por algunos días – de acuerdo – dijo por fin, sabiendo que discutir con George era igual que hacerlo con una piedra, ambos eran inflexibles.
Al día siguiente, Candy fue a sus clases al salir de ellas, se reunió con sus amigos quienes le dijeron que por la noche, aprovechando para visitar a Connor habían pagado la cuenta del paciente de la habitación 0 y con eso detuvieron las habladurías. George paso por ella para llevarla al banco y que firmará algunas formas para abrirle su cuenta y después, por órdenes de la señora Elroy, la llevaría a la mansión sin demora.
- George… - él aludido la miro de reojo.
- Dígame, señorita Candy.
- Quisiera pedirle un favor, ¿podríamos pasar al hospital, le prometo que serás solo un segundo? – el inglés vio la desesperación en los verdes ojos de la jovencita y accedió. - Le diremos a su tía que nos demoramos en el banco.
George le dijo que esperaría en el auto y Candy subió al segundo nivel del hospital, en recepción le habían indicado el número de la habitación de Albert y cómo llegar. Entró sin llamar, pensando que estaría dormido, pero para su sorpresa y alegría, el rubio miraba por la ventana.
- ¡Albert! – sonrió, mientras el caballero se volteó, serio y confundido.
- ¿Quién es Albert?
Perdió la memoria, no me reconoce. Albert…
Continuará…
Espacio para charlar
Uff, este capítulo contiene diálogos de los episodios "Una familia hecha de odio y amor" y "El hombre que perdió su pasado"
De verdad, espero que no les moleste que incluya algunos pasajes del anime, pero como dije algunas cosas pasarán tal cual las vimos. Y sí, respondiendo sus dudas, Susana tendrá el accidente.
Pensé que sería un fic más pequeño, pero tengo lo que sigue del siguiente capítulo y preferí partirlo en dos partes, aunque ya llevo 25 páginas de Word solo de este y aún no llego al nacimiento del bebé.
En el próximo veremos qué ha hecho Terry en todo este tiempo, no desesperen, no lo he olvidado.
Por cierto, los 3 nombres que pasan a la final son:
Liam
Edward
Adam
Alexis
De estos cuatro, cuál prefieren más?
Ahora vamos a lo más importante, porque qué sería de este fic sin ustedes que lo leen.
G.R.A.C.I.A.S
Betina C – gracias por el voto para el nombre.
Anieram – Me gustan ambos nombres.
Alondra – pero casi siempre triunfa el amor, aunque los separen J
Phambe – me gustan todos los nombres, pero quiero el ideal, quiero imaginarlo y decir, le queda ese nombre. A mi tampoco me gusta Liam porque de inmediato pienso en ese mismo actor, jajaja, pero ya que lo sometí a votación pues el público decidirá.
Pues según recuerdo en un punto Terry se confiesa a sí mismo que le gusta Susana, pero que Candy se ganó su corazón. Por eso lo de fidelidad.
Yoliki – va a pasar mucho más.
Lydia Grandchester – Qué bueno que te gusto este capítulo y que lo esperaras. Pues quise darle una oportunidad a Elisa y a Neil, aunque también puede que esa amistad le haga daño a la pecosa. No quise que Candy fuera a Nueva York porque tengo otros planes, necesito que se separen y voy a tratar de que sea precisamente porque Candy va a Nueva York y Terry ve el compromiso de Candy con… alguien más. No tengo un día específico para actualizar, lo hago conforme puedo sentarme a revisar mis pendientes y releer el capítulo, con un hijo de 2 años es difícil y en las noches a veces me concentro en otras cosas, este capítulo lo empecé desde que publique el anterior.
Ah, jajaja, buena deducción, así es, Terry dejará la actuación, pero esperemos que no sea para siempre.
Hay dos ideas rondando mi cabeza para la vocación del hijo de ambos, canto y baile, me parece que mezcla ambos talentos, qué te gustaría a ti, aunque claro que me he inclinado más por una y ya he escrito varias escenas de eso, pero siempre es bueno conocer la opinión de quién lee.
Candy White - Te prometo que será un final feliz, la separación puede ser un poco larga pero es para fines de conservar la esencia central de la historia. Y Susana, pues sí tendrá su accidente y algo de eso hará que Candy se sienta traicionada, pero les prometo que no lo casaré con ella, vamos que ni un beso le dará.
Lizethr – Me alegro que te gustara la escena, hice ligerito el capítulo para que después ir subiendo la intensidad. Gracias por el voto para el nombre.
Dianley – Pues aún pienso qué haré con la señora Elroy, me gusta crear una historia un poco menos de cuento de hadas y a veces los malos no siempre obtienen el castigo que merecen, lo sé, es injusto, pero ya veré cómo le hago pagar aunque sea un poco el sufrimiento de nuestra pareja favorita.
Miriam7 – Espero que no sufras mucho, al menos todavía falta para eso, jajaja, pues no se va a aprovechar, pero si gustas te adelanto que no lo consigue, aunque su madre es punto y aparte.
Rubi – Qué bueno que te gusto el capítulo anterior, gracias por tu comentario para un día a la vez, veremos cómo resulta este fic y quizá, solo quizá termine ese y el de prohibido quererme, pero estoy probando qué tanto puedo escribir y recordar las historias que tenía planeadas.
Lila Venezuela – Gracias ti.
Flor – Un capítulo que quise dedicarles a ellos nada más, me alegra que te gustará.
Lectores anónimos, muchas gracias también por estar ahí.
19 – jun – 2017
Ceshire…
