Capítulo 6: Falta de compasión

Parte 3

Durante la semana que la tía abuela Elroy estuvo fuera de la ciudad, Candy aprovechó para pasar el mayor tiempo posible en compañía de Albert, abandonaba el pequeño departamento muy avanzada la noche. Un día, Connor estaba en la entrada del edificio.

- Candy – dejo su posición recargado sobre el marco de la puerta para mirarla de frente,

- Hola, Connor – saludó la pecosa.

- Te estaba esperando, hay una cosa que quiero decirte.

- ¿A mí? – el chico parecía nervioso y bajó la mirada, tratando de encontrar en el suelo las palabras correctas.

- ¿Sabes? Hay otros miembros del conservatorio viviendo en este edificio y bueno – se encogió de hombros, pensando que decirle lo que tenía que decirle debía ser como un quitarse un curita y no darle tantos rodeos, se pasó la mano por el cabello – se están esparciendo rumores, Candy – ella lo miró sin comprender – sobre tú y tu amigo, está provocando malos entendidos que una señorita salga del departamento de un hombre mayor a tan altas horas de la noche.

Candy medito lo que su amigo le dijo, pensando un poco en eso, había notado que en los pasillos se murmuraban cosas cuando ella pasaba y también sabía que la señalaban, pero estaba a acostumbrada, pues desde que llego al conservatorio todos los niños "ricos" pasaban por la misma situación.

- Gracias por decírmelo, Connor – contrario a lo que esperaba él, Candy le sonrió y no le recriminó que se metiera en sus asuntos – Entiendo la situación, pero él es mi amigo y no me importa lo que digan.

- De acuerdo, Candy, perdona que me haya metido.

- No te preocupes, somos amigos y sé que te ha costado decírmelo, pero no hay nada por lo que inquietarse.

Candy no le mintió a su amigo, después de todo ella no hacía nada malo con Albert, solo platicaban un poco del pasado, mientras intentaba cocinarle algo que al final era dejado de lado o arreglado por el rubio.

Planeaban qué podía hacer Albert para no estar encerrado todo el día en el departamento, incluso les tentaba la idea de que tuviera un compañero, Connor se había negado debido a que la renta de un departamento de dos habitaciones era mucho mayor de lo que su familia podía pagar por el pequeño, Candy quiso decirle que ella se encargaría de la renta, pero Albert, más sabio, le dijo que eso podía tomarlo como ofensa.

Pecas decidió escribirle a Terry lo que pasaba con Albert, después de todo si sus visitas provocaban un malentendido, no quería que fuera mayor si llegaba a sus oídos por terceros.

Sin saber que su tía abuela Elroy había logrado interceptar todas las cartas de Terry y ella, aunque no las había abierto pues no le interesaba en lo más mínimo el amor juvenil de esos dos chiquillos que con el tiempo y seguramente, la distancia, estaba segura de que lo olvidarían. Pero con los recientes acontecimientos referentes a William, no se le cruzó por la cabeza que Candy pudiera escribirle a Terry. La rubia deseo que esta vez, él contestara y puso sus esperanzas en ese pequeño sobre.

/o.O/

- ¡Buenos días, Susana! – saludó la señora Mary, que se encargaba de la limpieza del edificio.

- Hola, buenos días – correspondió el saludo con una ligera inclinación.

- ¿Buscas a Terry, verdad? Llegó muy tarde anoche y aún duerme, lo despertaré – la mujer se dirigió a las escaleras, pero fue desteñida por la más joven.

- No se moleste, yo iré – aquello no le sorprendió, después de todo la rubia tenía un duplicado de las llaves y casi siempre iba a visitar al joven Granchester, a ella le daba la impresión de que eran novios, con toda calma la invitó a seguir, no sin antes pedirle que le entregará una carta.

Cuando Susana leyó el remitente, se detuvo, no era posible que ELLA les escribiera a Terry, después de haber sido testigo de semejante escena de amor en la estación de Chicago, no había tenido más noticias de ella, aunque no era que Terry hablara mucho sobre el tema, en realidad, no hablaba mucho de nada. Pero le hervía la sangre saber que era otra la que despertaba los sentimientos de Terry, mientras ella solo lograba migajas.

Estaba cansado, cuando escuchó que alguien llamaba a su puerta, se revolvió en la cama, dejando atrás el mundo de los sueños.

- Uhm – se quejó, girándose – está abierto.

- ¡Buenos días, Terry! - interrumpió en el departamento Susana, con su sonrisa. Él se sentó en la cama y se talló los ojos, el cabello le caía sobre ellos.

- ¿Qué estás haciendo aquí?

- Pensé que podíamos ir juntos al ensayo.

- Susana, por favor, ya no soy una criatura – espetó, incómodo y molesto.

- Terry… - su voz denotaba la desilusión que sintió y bajo la mirada.

- No te molestes en venir a buscarme, puedo ir solo. Lo siento mucho, hasta luego – y como niño pequeño, se escondió debajo de las cobijas, esperando que ella se marchara.

Si fuera ella la que estuviera aquí, no se comportaría así pensó la rubia con envidia y celos, mirando la carta que tenía en las manos y que guardo en su bolsa sin un dejo de remordimiento.

- Te espero en el ensayo – fue lo último que dijo antes de salir por la puerta.

Algunas veces nos encaminamos a una colisión y no lo sabemos. Ya sea por accidente o intencionalmente, no podemos evitarla. Si tan solo Terry hubiera recibido esa carta, solo esa, hubiera podido detener la tempestad que estaba a punto caer sobre él y su amada pecosa. Pero la vida sigue siendo lo que es, una serie de incidentes y vidas que se cruzan fuera del control de cualquiera.*

/o.O/

Candy no le contó a Albert sobre Terry porque no conocía los recuerdos de ellos dos, esperaba que el castaño leyera su carta y mandará saludos, algún detalle que ella pudiera contarle a Albert para estimular un poco su memoria, pero él no respondió. Ya habían pasado más de dos meses desde que se vieran y lo echaba tanto de menos que incluso el rubio notaba que la pecosa a veces se perdía en sus pensamientos.

/o.O/

Robert presentó ante la compañía el afiche de la obra, todos quedaron asombrados, Terry se aproximó para verlo de cerca.

¿Qué dirá Candy cuando me vea de Romeo? Era sus pensamientos, contrapuestos con los de otra rubia Está pensando en ella.

Faltaba poco menos de un mes para el estreno, así que les habían anunciado que los ensayos serían arduos.

Terry subió a la azotea mientras el ensayo empezaba, estaba pensando en Candy, en que el día del estreno no solo cumpliría su sueño de congraciarse como actor, sino que se casaría con ella, sabía que para Candy no eran importantes los detalles insulsos que conllevaban una boda pomposa, irían al registro y después a una iglesia, pensar en ello dibujaba una hermosa sonrisa en su rostro.

Susana nuevamente interrumpió sus pensamientos, diciéndole algo sobre mirarse a la cara en cierta escena, no le importó despacharla para que lo dejara solo nuevamente. Después de ese último desplante de su parte, Susana rompió la carta de Candy, sin ninguna compunción.

/o.O/

Candy salió del conservatorio y se sorprendió al encontrarse con Albert esperándola.

- Oh, Albert – dijo más nerviosa que asombrada, sabiendo que tan solo con acercarse estaba llamando la atención de miradas curiosas.

- Hola, Candy.

- Disimula, disimula – miró a todos lados.

- ¿Por qué? ¿Hice algo malo?

- Nada, nada, es solo que – y Candy salió sin esperarlo, él la siguió de cerca, llegaron a una banca del parque y ahí se sentaron - Albert, me han informado que no ven bien que yo te visite y salga tarde de tu departamento.

- Ah, comprendo, es malo para tu reputación, tal vez deberíamos vernos fuera, Candy, no quiero meterte en problemas.

- No, no es necesario, solo que es imperativo que digamos que somos hermanos, de ahora en adelante te presentarás como Albert White.

- ¿Albert White? – el rubio consideró que sonaba bien, además cuando fuera a pedir empleo tendría que entregar algún tipo de forma con datos personales – Suena bien – sonrió y de pronto sintió una mirada muy intensa – Alguien nos mira.

- ¿Sí? – Candy miró de un lado a otro, buscando hasta que se topó con unos ojos cafés - ¡Neil!

El joven Leagan sabía que Candy estaba al pendiente de un viejo amigo suyo y lo único que tenía de referencia sobre él era que había sido el tipo que una vez lo golpeo en el establo, tenía un recuerdo muy borroso de ese hombre, incluso creyó que era mayor, pero junto a Candy estaba un rubio de unos 25 años, muy apuesto y de ojos amables.

- ¡Hola, Candy! – camino hacía ellos, le pareció raro encontrarlos ahí en el parque, él acaba de terminar su trabajo de medio tiempo en el banco de la familia y se dirigía a su casa, ya que estaba preparándole una sorpresa a Candy. Estaba aprendiendo a cocinar. Elisa se había reído de él, pero después tomo enserio el asunto cuando le mencionó que Candy le empezaba a gustar y aunque sabía que ella quería a Grandchester, le bastaba con estar junto a ella y hacer cosas juntos. Ese tiempo que podía tomarse libre se vio mermado debido a los cuidados de Albert, Neil se alegró de por fin conocerlo. – Buenas tardes, tú debes ser Albert.

- Y tú debes ser Neil – ante la mirada de perplejidad el rubio explicó – Candy me ha hablado de ti y de cómo ya nos habíamos visto antes.

- Sí… era un cabezadura en ese entonces – se disculpó Leagan un poco avergonzado, pero contento de que ella hablara de él - ¿Qué hacen aquí? Empieza a hacer frío, no querrás enfermarte, Candy – y le dio su saco para que se cubriera. El otoño había empezado pocos días atrás, pero el clima empezaba a ser frío por las noches.

- Gracias, Neil – Albert vio aquel gesto y se sintió incómodo.

- ¿Ya comieron? – preguntó Neil al ver las bolsas con víveres de Albert, pero no hubo necesidad de responder porque en ese momento el estómago de la rubia comenzó a gruñir.

- Les prepararé la cena – anunció de pronto el castaño.

- ¿Qué? ¿Sabes cocinar? – él asintió - ¡Estás lleno de sorpresas!

Y la rubia y ambos caballeros caminaron en dirección al departamento, que hasta entonces había sido un santuario para Albert. Candy se sintió a gusto en medio de ellos dos, sin imaginar que pronto la tormenta comenzaría.

/o.O/

Elroy Andley regresó totalmente abatida de Lakewood, al igual que George, ninguno había tenido suerte para encontrar una pista sobre el paradero de William. Sabía que la familia no tardaría en percatarse de la ausencia del patriarca y eso la tenía muy alterada. George partiría de inmediato a Londres para averiguar algo y si no tenía noticias, iría a África que había sido el último lugar del que tuvieron algún indicio del paradero de William.

La matriarca Andley parecía haber envejecido diez años en tan solo una semana, confiaría en que la mano derecha de su sobrino pudiera encontrarlo y se concentraría en Candice, era hora de que se decidiera por alguna de las dos propuestas que tenía. Si William no aparecía, necesitaba otra cabeza de familia pronto para que la familia no se hundiera.

Para relajarse abrió el correo que ya se había acumulado en su mesa de noche, nada importante al menos hasta que llego a una carta de la familia Goldblatt y otra de la familia Adams, tenían casi el mismo contenido. Debido al comportamiento inapropiado de la señorita Candice W. Andley ambas familia habían retirado sus ofertas de matrimonio. La señora Andley sintió que aquello era más de lo que podía soportar. Mando llamar a Candy, que en ese momento estaba en el conservatorio.

La rubia llego a la habitación de su tía completamente agitada, había recibido la noticia de que era urgente que se presentará en la casa y la viera y durante todo el trayecto tuvo el corazón en la boca, pensando que algo malo había pasado.

- ¡Tía abuela! – se acercó a ella con la intención de abrazarla al verla detrás de su escritorio, pero la señora la recibió con una bofetada que casi la hizo caer al suelo.

- Candice, se me ha informado que visitas el departamento de un hombre soltero y sales a deshoras de ahí, ¿acaso no te eduque para que te comportaras como una dama? ¿Por qué siempre que me volteó manchas el nombre de los Andley? – estaba furiosa, Candy lo supo por su tono de voz y la mirada desdeñosa que le dirigió.

- Pero tía abuela – trató de defenderse con la mano en la mejilla que ya se tornaba roja – es mi amigo, él perdió la memoria y soy todo lo que le queda.

- Eso no importa, Candice, para eso hay hospitales o albergues, ¿sabes el daño que le has causado a la familia? – obviamente no lo sabía pues nunca le hablo de las propuestas de matrimonio – Pensé que cambiarías, que pensarías mejor las cosas antes de actuar, pero veo que sigues siendo esa chiquilla de establo – lo dijo de forma gélida, al igual que su mirada.

- Si me dejará explicarle – suplicó la rubia, tratando de acercarse.

- Candice… - detuvo la cercanía de la rubia con una mano y pronunció su nombre con reprobación – no quiero verte más.

Aquellas palabras pudieron interpretarse desde muchos puntos de vista, Candy pensó que la estaba echando de la casa y salió sin mirar atrás con lágrimas en los ojos. Tan solo una semana atrás que sintió que al fin tenía una familia y de nuevo era la sirvienta a la que el viejo tío William había adoptada por caridad y para complacer a sus sobrinos.

Sin embargo, Elroy simplemente quiso que se fuera de su vista, cuando supo que dejo la mansión, no la busco, era demasiado orgullosa para hacerlo.

Neil la visitaba para el brunch dominical, había pasado semana y media desde que Candy se fuera de casa.

- Neil – lo llamó amablemente.

- Dime, tía – el joven se limpió la boca y dejo su bocado en el plato.

- ¿Sabes algo de Candy? – sabía que le había costado trabajo hacerle esa pregunta, incluso había urgencia en su voz, decidió contestarle con la verdad.

- Sí, ella vive con su amigo, el que perdió la memoria – la palidez de la anciana se hizo presente al escuchar la noticia – con sus amigos da pequeños conciertos en el parque para cubrir sus gastos – Neil trago saliva, ¿hacía lo correcto? – pero descuida, tía, incluso el conservatorio ha aprobado esos conciertos dándoles espacios.

- ¿Cómo vive con ese vagabundo?

- En un departamento cerca del centro, es pequeño, pero tiene dos habitaciones. Él trabaja lavando platos en un pequeño restaurante. Yo recojo a Candy cada miércoles y la acompaño a hacer las compras, vamos al departamento y me quedo con ellos hasta tarde, tía, no debes preocuparte, ellos viven como hermanos, no hay nada de inmoral en lo que hace Candy. ¿Por qué no vas a conocerlo?

Neil no obtuvo respuesta de la matriarca, quien solo se levantó de la mesa y se fue a su habitación. Su familia y su nombre estaban en la cuerda floja desde que esa chiquilla que, odiaba admitirlo, se había ganado el corazón de todos, hasta el de ella, entrara en su casa. Dos gruesas lágrimas cayeron por sus ojos, nunca había sido sentimental y era claro que no podía serlo ahora que William estaba desaparecido y era imperioso llenar el vacío en la cabeza de la familia.

/o.O/

Candy disfrutaba de una rica cena preparada por Albert, gracias a Elisa que robo algo de su ropa mientras la tía abuela salía de paseo con Neil, podía gastar el dinero de los conciertos callejeros en alimentos. Por suerte, tenía una beca en el conservatorio, así que de momento no tenía preocupaciones monetarias, podía ocupar su cabeza en el próximo concierto y en la recuperación de Albert, quien se veía menos pesimista desde que ella vivía con él. Neil los visitaba todos los miércoles y preparaba un delicioso postre, Candy aún no podía entender cómo había aprendido a cocinar, cada semana preparaba una nueva receta que dejaba a Candy chupándose los dedos.

Lo que los rubios no sabían, era que desde el lunes Neil practicaba la receta que les haría con la cocinera de la casa, su mamá se iba a jugar canasta y así él podía bajar sin problema, en un principio la señora Joan se había extrañado por su petición, pero poco a poco las clases fueron más agradables.

Albert aún pensaba en su pasado, pero trataba de disimular por Candy, si no fuera por ella para ese momento él estaría en el frente. Sin embargo, la promesa hecha a la rubia lo retenía ahí. Deseaba tanto poder tener un indicio de quién era.

/o.O/

Pesé a las objeciones de su madre, Elisa decidió estudiar medicina en la universidad, el vicedirector del Hospital Santa Juana era uno de sus profesores de primer año, pero ese día lo vio terriblemente decaído, sin poder evitarlo se acercó a él para preguntarle si estaba bien.

- Gracias por su preocupación, señorita Leagan. Estoy triste, hoy he recibido la noticia de que una enfermera del hospital que fue al frente ha muerto.

- ¿Muerto? – Elisa sintió un frío recorrerle la espalda e instintivamente toco su anillo de compromiso.

- Sí, una bala perdida, es devastador, cuántos jóvenes más tendrán que morir en esta guerra sin sentido.

- Tiene razón, doctor Lenard.

- Es difícil la vida como médico, uno piensa que estarán seguros, pero al final dan su vida para salvar a amigos y enemigos. Es admirable el trabajo de esos buenos hombres y buenas mujeres.

- Lo es – la pelirroja dejo caer algunas lágrimas – la guerra es cada vez más dura, no puedo entender por qué existen esas cosas. Michel, cuídate mucho, tienes que volver.

Desafortunadamente para Elisa, estaba a pocas semanas de la fecha que marcaría su destino.

/o.O/

Era tarde, el teatro estaba casi vacío. Todos los actores habían quedado extenuados por las largas horas de ensayos, salvo uno, que deseaba que su actuación fuera excelsa.

Su interpretación fue interrumpida, de nueva cuenta, por una rubia de ojos azules que aplaudió vehementemente.

- ¿Qué quieres? – preguntó, cansado de toparse con ella.

- Tu voz iba muy bien, Terry.

- Por favor, no me molestes cuando estoy ensayando – el tono de su voz no denotaba nada más que indiferencia.

- Terry, quizá no debería decirlo, pero no estás actuando para el público, actuas únicamente para esa chica de Chicago – y se giró para que no viera los celos y la envidia en sus ojos, tomado la cortina del telón.

- ¿Qué es lo que quieres decir con eso?

- Sé que le reservaste el mejor asiento para el estreno – su voz se vio afectada, pero continuó, él notó que temblaba – Sí, para Candy.

- Fuera de aquí, vete – si bien ella no le inspiraba lo mismo que sentía cuando estaba frente a Elisa Leagan, tampoco era simpatía lo que sentía por Susana.

- Terry, no la hagas venir a Broadway.

- ¡Qué tontería! – ella empezó a llorar.

- Por favor, no la hagas venir.

- Pero dime, ¿qué derecho tienes para hablar de esa manera?

- Terry, me gustas, te amo – declaró y logró sorprender al castaño – no puedo cederte a nadie.

Y entonces le contó cómo fue que empezó a nacer ese sentimiento en ella y lo que sintió al verlo con Candy.

- Terry, ¿tú qué sientes por mí? – preguntó, cuando su relato terminó.

- Susana, desde hace tiempo yo…

- ¡No, no lo digas! – interrumpió, cubriéndose la cara con las manos - ¡Te amo, nunca renunciaré a ti, ni por Candy ni por nadie! – salió corriendo, sin escuchar lo que él tenía para decir.

Susana me gustas, pero dentro de mí, desde la primera vez que la vi en el barco creo que supe que la quería. Pase lo que pase, no cambiará nada en mí.

/o.O/

La señora Elroy pensó que nada más podría llegar a perturbar su vida, que la desaparición de William y los escándalos de Candy eran suficiente penitencia por cualquier pecado que hubiese cometido en el pasado, pero entonces Allistear le comunicó que su deseo de enrolarse, Archie, Annie y Patty habían intentado disuadirlo, pero no lo habían conseguido. Y por Neil sabía que ni siquiera Candy había podido persuadirlo. Anunció que se iría pasando la Navidad, por respeto a Elroy y como una promesa que ella le exigió, no llenaría la forma hasta que la fecha se acercará, después de eso, no habría vuelta atrás. Tantas malas noticias afectaron la salud de la matriarca Andley.

/o.O/

Faltaban dos semanas para el concierto y tres para el estreno de Romeo y Julieta, Neil había hecho un viaje con su clase a Nueva York y volvió el miércoles muy tarde, no pudo hacer la cena, pero a cambio de eso, le dio a Candy el afiche de la obra, ella no lo había dicho, pero él sabía que ella aún lo quería y estaba conforme con ello, después de todo Candy merecía ser feliz aunque a él se le rompiera el corazón.

La señora Leagan notó aquel cambio en su hijo y supo que se trataba de Candy, pensar en ella hacía que un cúmulo de odio la invadiera. Jamás había tolerado que alguien sin padres, venida de un hogar cualquiera lograra algo en la vida. La chiquilla de establo era una de las mejores alumnas del conservatorio, cuando su madre adoptiva le dijo que se había ido de la mansión, se alegró, aunque eso le duro poco porque no la habían repudiado pese a su estilo indecoroso de vida. Ella siempre había envidiado a la rubia porque era una Andley, nada más ni nada menos que la hija del tío abuelo William, mientras que ella nunca podría contarse como miembro del clan y eso le daba un status social menor al de aquella chiquilla que tanto despreciaba. La noche que le avisaron que la tía abuela había tenido una baja en la presión corrió a su lado, mientras acompañaba a la anciana una idea cruzó su mente. Si ella no podía aspirar a ser un miembro de la familia, uno de sus hijos sí lo sería.

Estaba lloviendo esa mañana, Sarah sirvió el té y lo llevo a la habitación de la matriarca.

- Quería hablar con usted de algo – empezó la más joven de las mujeres – Me contó que se retiraron las propuestas de matrimonio que tenía para Candy y me preocupa sobremanera que ella conviva en el conservatorio con chicos de todas las clases sociales y al final termine eligiendo a un don nadie y que la fortuna Andley sea encabezada por un cualquiera.

- ¿A dónde quieres llegar, Sarah? – preguntó sin mucho interés Elroy, bebiendo su té.

- Quiero pedir su autorización para que Neil se case con Candy, por favor, considere que así protegerá a la familia Andley.

Elroy había considerado esa idea, pero sabía que Sarah sería un obstáculo porque ni siquiera se molestaba en disimular su aprensión por Candy. Sonrió satisfecha, quizá ese anuncio terminaría con otro obstáculo que se seguía atravesando en su camino.

- Está bien, hagamos una cena de compromiso en una semana, será excelente que coincida con el concierto. Lo haremos el miércoles.

- Lo organizaré todo para esa fecha, muchas gracias.

Y se retiró.

/o.O/

Susana había vuelto a su casa llorando nuevamente, Janet Marlow esperó pacientemente a que su hija se abriera con ella y le contará la razón de su tristeza pese a que pronto sería conocida por interpretar a la mejor Julieta que hubiera existido.

Aquel día por fin su hija le contó lo que sentía por Terry y cada uno de los desaires por parte del inglés.

En los brazos de su madre, Susana pensó que era inútil luchar contra la corriente, al fin y al cabo ella no era la mujer que él amaba y nunca podía serlo.

Mientras acariciaba la rubia cabellera de su hija, Janet pensó en cuanto amaba a su hija. Ella había sufrido mucho en su vida, cuando nació Susana juró que haría todo lo que estuviera en sus manos para velar por la felicidad de su hija, nada le impediría cumplir ese juramento… absolutamente nada.

/o.O/

El día del compromiso llegó en un abrir y cerrar de ojos, Sarah no le dijo nada a sus hijos porque no estaba segura de cuál sería su reacción.

Le pidió a Neil que llevará a Candy a la mansión para que visitara a la señora Elroy, quien estaba delicada de salud y quería tener una cena tranquila con ellos. Neil y Elisa recogieron a Candy, Albert los despidió desde la ventana.

- No sienten algo raro – dijo Neil más como afirmación que como pregunta – tengo un presentimiento que no me deja tranquilo.

- Sí, es raro que mamá nos pidiera pasar por Candy.

- Y que la tía abuela me mandará llamar después de cómo me trato – los tres estaban seguros de que todo era muy extraño, pero lo sintieron más real cuando llegaron a la mansión y vieron que estaba dispuesta para celebrar una fiesta.

- ¿Será acaso que el bisabuelo William se presentará esta noche?

- Podría ser, la tía abuela ha estado muy rara desde hace unas semanas.

- ¿El bisabuelo William, por fin podré conocerlo? – se ilusionó Candy.

- Pero… - siguió Neil – ¿por qué nos lo ocultarían?

Entraron a la mansión y pronto se vieron envueltos por miradas curiosas, la señora Leagan se aproximó a ellos.

- Bienvenidos hijos – abrazo a cada uno y le lanzó una mirada crítica a la rubia para inspeccionar su atuendo – bienvenida Candice – y en contra de todas sus creencias, la abrazó. De pronto el desdén que había dirigido a Candy en el pasado, parecía contrarrestarse con la avaricia de poseer su parte de la herencia y la posibilidad de que su hijo encabezara una de las familias más distinguidas de América. La rubia no supo dónde poner sus manos o qué hacer ante la acción de Sarah, así que no hizo nada – Neil, guía a Candy al salón, Elisa, tú quédate conmigo para recibir a los invitados.

En cuanto la joven pareja puso un pie en la estancia una lluvia de luces cegaron a Candy, quien sólo atino a bajar la cabeza, Neil, la protegió ante el asedio de reporteros que ya se abalanzaban contra ellos con tantas preguntas que ninguno entendió alguna.

Se acercaron a la tía abuela Elroy.

- Buenas noches, tía abuela – saludo la joven como le habían enseñado.

- Buenas noches, Candice, Neil.

- Es un placer verte tan recuperada, tía – correspondió el castaño.

- Si, claro.

Estando los tres el ambiente se sintió tensó, Candy no podía quitarse el mal presentimiento que la había invadido desde que le avisarán que la tía abuela quería verla, no se explicaba por qué había una fiesta dado el delicado estado de la matriarca. Los reporteros continuaron tomando fotografías, Elroy les pidió a los dos jóvenes que posaran. Pronto la situación se tomo verdaderamente incómoda.

Nadie notó el nerviosismo de Candy, incluso la tía abuela creyó que todo estaría bien y con los ánimos renovados, se preparó para dar su discurso, le pidió a Neil que la escoltara y permaneciera a su lado.

- Antes que nada, agradezco su presencia pese a la premura de la invitación – empezó con tono solemne – sé que ha habido rumores sobre el señor William Andley, pero quiero aclarar, aprovechando la ocasión, que él se encuentra en Londres y la guerra le ha impedido volver y estar al frente de los negocios – ni una sombra de duda o remordimiento por mentir se dibujaron en su rosto, pese a no ser actriz, siempre había tenido que interpretar un papel y esa noche no sería la excepción – pero en cuanto le sea posible volver hará su presentación pública, mientras eso pasa, me ha pedido que externe su deseo de ver a su hija adoptiva, la señorita Candice – y le hizo una seña a la rubia para que se acercara – casada con el joven Neil Leagan – el joven solo atino a levantar el rostro con la incredulidad pintada en su rostro, la señora, aprovechando la confusión, tomó las manos de ambos y las junto, solo los flashes de las cámaras y los plausos de los asistentes los regresaron a la realidad.

- Eso no lo acepto – Candy lo pensó, pero fue Neil quien lo dijo, el rostro de la matriarca se descompuso.

- Hablemos en privado – ordenó, los invitados que lo habían escuchado se sintieron curiosos e incomodos, Elroy paso entre todos ellos con la cabeza en alto y con Neil, Candy, Sarha y Elisa siguiéndola - ¿Cómo te atreviste a contradecirme, Neil? – le reprendió, con las manos cerradas y ligeramente temblorosas.

- Perdóneme, tía abuela, pero yo no quiero casarme con Candy.

- Yo tampoco tengo ninguna intención de casarme con Neil – secundo la rubia, esperando que sus palabras no sonaran muy duras contra su amigo.

- No estoy interesada en sus intenciones, esto es una orden de William, ¿han entendido?

- ¿Eh? ¿Es cierto eso? – su voz tembló, no podía ser, el bisabuelo William no podía, miró a Elisa y a Neil quienes parecían tan confundidos como ella – Bisabuela – la anciana levantó la mano para callarla y salió del estudio, seguida de Sarah Leagan que se detuvo en la puerta y se giró hacía los jóvenes.

- Candice, sabes perfectamente que le debes mucho, yo también estoy en contra de ese matrimonio, pero si es la orden del bisabuelo, no podemos contrariarlo, espero que lo comprendan ambos. Nadie puede reusar su órdenes – y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Los tres permanecieron sin saber qué decir o hacer, Neil salió primero del estudio sin decir palabra.

La tía abuela, no permitió que Candy ni Elisa abandonaran la mansión, pero era notorio para los invitados la cara de frustración de ambas jovencitas.

Candy salió muy temprano para ir al conservatorio, pero no pudo concentrarse, estaba devastada, desesperada. En cuanto el ensayo terminó corrió a su casa y le contó todo a Albert, él se convirtió en su paño de lágrimas, dado que el rubio no supo qué más hacer. Un insistente toquido en la puerta los separo, Albert atendió y ante la rubia estaba Neil.

- Candy, - se aproximó a ella - ¿Tú y Grandchester siguen saliendo? – ella asintió y a ambos caballeros les mostro el solitario que él le dejara en la reja – De acuerdo, prepara una maleta, Candy, irás a Nueva York.

- ¿A Nueva York? Neil, no puedo ir, hay mil kilómetros entre Chicago y Nueva York, es un viaje de tres días por lo menos y el concierto es el domingo.

- Esa no es razón, Candy, hoy salió en los periódicos locales el anuncio del compromiso, mañana será a nivel nacional, tienes que ir y explicarle que es falsa la noticia, ¿sabes el impacto que eso tendrá para él, Candy?

- Pero…

- Pero nada, Candy, ya he comprado los boletos y ten – le dio cincuenta dólares – sé que no es mucho, pero podrás pagar transporte al teatro y pagar un hotel sencillo, vamos Candy, ambos sabemos que te mueres de ganas por verlo.

- Neil… - si Candy pensó que el verlo cocinar para ella la había conmovido, estaba equivocada, quien jamás pensó que la ayudaría la estaba invitando a ir a Nueva York y encontrarse con Terry. Lo abrazo y entró a su habitación para preparar su maleta.

- ¿La amas? – escuchó Neil a su espalda.

- Mucho – confesó, con voz afectada – y por eso quiero verla feliz, su sonrisa es suficiente para mí – Albert lo entendió, ella le gustaba, pero para Candy siempre sería solo su querido hermano, ella le había dicho eso cuando lo encontró en el parque. ¡Qué afortunado era aquel chico! Pensó con cierta envidia el rubio.

La rubia se despidió de Albert y le prometió volver muy pronto. Neil la ayudó con su maleta y la dejo en la entrada del tren.

- Cuídate mucho, Candy – ella lo abrazó y él disfruto cada segundo teniéndola en sus brazos, aspirando su aroma, sintiendo la calidez de su cuerpo.

- Gracias, Neil, gracias por todo.

Candy subió al vagón y el tren comenzó su marcha.

El camino se le hizo eterno, durante todo el trayecto deseo que todo saliera bien. Quería ver su cara de sorpresa, escuchar su nombre saliendo de sus labios, que la rodeara con sus brazos. Y después explicarle el asunto del compromiso, sabía que ambos encontrarían una solución.

Nadie puede esconderse ni huir de su destino, no importa cuánto lo intentes, tardo o temprano te alcanzara y te verás forzado a confrontar lo que está destinado a ser. Candy estaba a punto de descubrirlo.

Continuará…

Espacio para charlar

* Esa frase fue tomada de la película "El curioso caso de Benjamin Button"

Y como en otros capítulos, use diálogos de "Un pequeño castillo" "Dos amantes corazones" "Un cupido con arrugas" y "El día que Candy ve al bisabuelo"

Y no, la respuesta es no, Albert no está enamorado de Candy, pero ella le gusta. En mi opinión muy personal, Albert no estaba ni estuvo enamorado de Candy hasta su accidente y la convivencia diaria que tuvieron mientras vivieron juntos, pero es natural, me parece que le paso lo que ahora le pasa a las parejas que son amigos con derechos, inevitablemente uno termina sintiendo más por el otro debido a que se conocen más profundamente. Pero como dije, esa es mi opinión.

Este capítulo parece no tener fin, lo releí varias veces intentando quitar algunas partes, pero fue mínimo lo que borre, esperaba poder escribir por fin el nacimiento de Edward, pero creo que será para el siguiente capítulo. Espero que me tengan paciencia como hasta ahora.

Estoy algo agotada, me tarde mucho escribiendo este capítulo, por ello les pido disculpas por no responder reviews, en esta ocasión sólo agradeceré que me sigan leyendo.

G.R.A.C.I.A.S.

Guest, Dianley, otra chica Guest, Yoliki, Phambe, Marina W, Alondra, otra chica Guest, Miriam7, Iris Adriana (espero que hayas podido recoger la firma), Flor y todos los lectores anónimos.

8 – jul – 2017

Ceshire…