Capítulo 6: Falta de compasión

Parte 5

Terrence Granchester, el hombre frío que no se dejaba intimidar por nada, se había involucrado en un gran problema, no sabía lo que Susana haría después de su negativa. Los líos de faldas nunca habían sido su fuerte y sabía que lo único que aquello podía significar eran problemas. Salió del ensayo sintiéndose peor de cómo había entrado.

Camino lentamente hacía su departamento, del cielo empezaba a caer una ventisca de nieve, se detuvo y miró al cielo. Tenía que ser fuerte y sobre todo, no permitirse caer en el juego de Susana y su madre.

Una persona chocó con él, sacándolo de sus pensamientos, iba a gritarle un improperio por ni siquiera pedirle una disculpa, pero la joven desapareció en un taxi, la vio irse sintiéndose extrañamente vulnerable.

Entró al edificio con los diarios de días pasados bajo su chaqueta, le gustaba leer las noticias cuando se cansaba de estudiar libretos de obras, lo que casi nunca pasaba, había veces que la señora Mary lo retaba por conservarlos hasta por dos semanas sin siquiera haberlos leído.

- Buenas noches – saludó una mujer de edad avanzada, se extrañó de no ver a Mary, pero no dijo nada.

- Buenas noches – devolvió el saludo y siguió caminando, señal de que no deseaba iniciar una conversación.

Entró a su pequeño y acogedor departamento y dejo los diarios sobre la mesa sin fijarse en nada más y se dirigió al baño, abrió el grifo del lavamanos y se mojó el rostro con agua fría, se miró al espejo pensando en su situación. La sola idea de tener que pasar el resto de su vida a lado de Susana le inquietaba horriblemente. Debía comprender que obligarlo a estar junto a ella por deber no los haría felices, porque aunque él aceptará semejante tontería, ambos serían conscientes de que el corazón de él siempre estaría en otra parte, provocándoles una vida llena de infelicidad.

Salió del baño dispuesto a tomar algo caliente y leer lo que pasaba con el país, se recostó un momento y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.

/o.O/

Candy apenas y alcanzó el último tren de la noche. Compró un boleto de primera clase, sabía que el de tercera iba a rebosar y en ese momento lo que menos necesitaba era estar rodeada de gente. Las lágrimas, que había contenido después de mucho tiempo, volvieron a inundar sus ojos. Trataba de detener el caudal, pero no podía, únicamente lograba calmar los sobresaltos estrujando la falda de su vestido.

Nadie sabía que eran novios, nadie sabía que había sido suya, para qué divulgarlo, lo suyo siempre fue un secreto entre ellos dos, un acuerdo silencioso, un secreto de pertenencia.

El tren comenzó su marcha y Candy no pudo evitar recordar el camino de ida, había pensado en qué le diría cuando lo viera, cómo reaccionaría, tal vez recibiría una mirada de reproche y le explicaría lo del compromiso con Neil, estaba segura de que ambos se reirían hasta que el estómago les doliera, y no porque ella no apreciara al heredero Leagan, sino por lo absurdo de la situación.

Pensó en Terry y en cómo nunca más volvería a verlo, sintió frío no solo por la humedad de su ropa, sino de la soledad, si la muerte de Anthony la había destrozado, la traición de Terry la llevo a descender al mismísimo infierno. El regreso a Chicago no sería nada fácil, cómo enfrentaría los cuestionamientos de Neil y de Albert, cómo tendría la fuerza para tocar su violín, cómo podría seguir viviendo si su alma se había quedado en Nueva York.

¿Cuánto más tendría que llorar?

El peso de la angustia y la desesperación hicieron mella en ella y sin darse cuenta se quedó dormida, soltando uno que otro quejido en el trayecto.

Despertó a pocas millas de su destino y salió del camarote a la ventosa de nieve que caía sin piedad, ella dejó caer más lágrimas mientras pensaba el nombre del hombre que amaba, que amaría toda su vida.

- Terry… - clamó en la soledad de la noche, ahogándose con su llanto.

/o.O/

Despertó con un horrible dolor de cabeza y con la extraña sensación de que alguien lo había llamado, de la misma forma en que creyó escuchar a Candy mientras dejaba el muelle de Southamton.

- Candy, ¿cómo estás, pecosa? – deseó con todas sus fuerzas verla, ella no había respondido su invitación.

Con la firme intención de hacer algo al respecto se cambió la ropa y fue a la estación de trenes, compró un boleto para el siguiente martes, él hubiese deseado irse de inmediato, pero la función privada para la prensa sería el lunes y no podían perderlo a él también. Karen era buena actriz, pero debía admitir que no como Susana.

Después de dejar la estación, entró a una cafetería y pidió algo ligero. No podía quitarse la opresión en el pecho, no estaba seguro a qué se debía, sacudió su cabeza y se convenció de que era por la situación con Susana, si algo le hubiese pasado a Candy, ya se hubiera enterado. O eso creía.

/o.O/

En la estación, dos hombres con uniforme corrieron apartando a las personas con sumo cuidado, se les había notificado que había una joven desmayada entre los andenes.

Eran los vagones de primera clase, por ello se hizo todo un escándalo.

- Señorita, señorita – uno de ellos la tomó en brazos y toco su frente – tiene mucha fiebre anunció a su compañero, quién comenzó a buscar en la pequeña maleta algún indicio sobre la identidad de la rubia.

- ¡Es una Andley! – exclamó entre sorprendido y preocupado el más delgado de los uniformados al ver escudo de los Andley, Candy nunca viajaba sin sus tesoros más valiosos para que le inspiraran fuerza.

- Hay que avisarles.

/o.O/

A duras penas, Candy consiguió abrir los ojos, la estaban llamando, era la voz preocupada de Elisa.

- Candy, Candy, vamos, despierta.

- ¡Elisa! – la llamó con sorpresa la rubia

- Ya reaccionaste – se acercó para tocarle las manos, Elisa parecía tan triste como ella, pero genuinamente preocupada por su amiga.

- ¿Dónde estoy?

- En la casa de los Andley – le respondió casi al punto del llanto – te desmayaste en el tren.

- ¿Cómo llegue aquí, Elisa?

- Tenías en tu maleta el broche con la insignia de la familia.

El broche del príncipe de la colina pensó Candy, mirando a techo de la que había sido su habitación.

- Avisaron en la estación y Neil fue por ti – le ofreció un vaso de agua – Stear, Patty, Annie y Archie han telefoneado para saber de ti – y de mí - les he dicho que la fiebre ha cedido, pero debes cuidarte o recaerás, mañana es el concierto y debes dar lo mejor de ti – le recordó la castaña rojiza, Candy estaba tan turbada que no se percató de los ojos acuosos de su amiga. Neil llamó a la puerta - el doctor Leonard estuvo aquí, te saco sangre para unos estudios de rutina y dijo que solo tenías fiebre, pero que casi pudo convertirse en neumonía. Candy, ¿cómo pudiste ser tan descuidada? – la reto la chica Leagan, ante tal hecho, Candy solo atinó a bajar la cabeza, avergonzada.

- ¡Candy! – entró emocionado, cuando le avisaron que una Andley estaba desmayada en la estación y le indicaron la descripción de la chica, dejo descolgado el teléfono y salió como rayo rumbo a la estación, estaban en la mansión de la tía abuela por casualidad, tratando de consolar a Elisa, Neil miró a su hermana quien negó con la cabeza, él comprendió y fue a su lado.

- ¡Neil!

- ¿Cómo estás?

- Estoy bien, me puse en ridículo – trato de sonreír, pero el caballero no se convenció ante su fingida expresión.

- Can…

- ¡Candy! – lo interrumpió Elisa cuyá determinación se derrumbó en ese instante y corrió a los brazos de su amiga, dejando salir sus lágrimas.

Flash Back

Elisa llegó a su casa de una de la universidad, cargaba una gran cantidad de libros de medicina, pensó que le sería imposible abrir la puerta con sus llaves o incluso tocar el timbre para que el ama de llaves le abriera.

Por suerte, Neil apareció en ese momento, bajando de su auto.

- Nunca pensé que te vería de eso modo – se mofó su hermano y abrió la puerta de la mansión Leagan, e inmediatamente la ayudo con la mitad de su material. Apenas estaban cerrando la puerta cuando escucharon una voz.

- ¡Elisa! – la aludida reconoció esa voz, era la prima de Michel.

- ¡Rouse! – la chica venía muy agitada – vaya sorpresa, ¿qué te trae por aquí? – el tono de Elisa fue amable, aunque sintió un escalofrío recorrerle la espalda, solo había vuelto a ver a la prima de Michel cuando se habían comprometido. La chica de rostro agradable y con una sonrisa siempre en él, ahora estaba seria, su rostro parecía esculpido en piedra – Rouse… ¿pasa algo malo?

- Elisa… Michel… - comenzó la pelinegra, pero su voz se cortó y se ahogó en llanto.

- No, no… - la heredera Leagan comenzó a temer lo peor.

- Michel… él – el tono de voz de la prima de su prometido confirmó todos sus temores, sintió una filosísima daga atravesar su corazón. Neil puso sus manos sobre los hombros de su hermana, tratando de darle un apoyo. Y Elisa supo que su pesadilla había comenzado de pronto.

- No, no puede ser… él no… cómo es posible… si él iba salvar vidas… - comenzó a hilar ideas sin sentido, mientras gruesas lágrimas salían de sus gatunos ojos, incapaz de seguir sosteniéndose con sus piernas, Elisa cayó al suelo con su hermano a su lado, él la abrazó mientras ella lloraba desconsoladamente. Pesé a la complicidad que siempre había unido a los hermanos Leagan, jamás hubo entre ellos una muestra de cariño, y sin embargo, en ese momento tan desolado, Neil acarició los cabellos de su hermana y la abrazó lo más fuerte que pudo, tratando de que aquello fuera una mínima parte del consuelo que necesitaría para atravesar la muerte de Michel.

Pero Elisa supo que aquellas muestras de afecto lejos de confortarla, solo confirmaban que su mundo se había desmoronado sin darle tiempo para reaccionar.

Ninguno de los dos hermanos sintió el tiempo, ella acurrucada en los brazos de su hermano sintiendo vació el corazón, él sosteniéndola con todas sus fuerzas, derramando lágrimas.

- ¿Cómo fue? – preguntó a Rouse que había esperado compartiendo el dolor de la perdida.

Tras la batalla de Marne en septiembre de ese año, los aliados y los alemanes buscaron cómo poder penetrar en el territorio enemigo y de esa manera se comenzó "la carrera hacia el mar"

Ypres fue el lugar elegido donde se produjo en choque de diferentes ejércitos debido a que era un lugar factible para iniciar una gran ofensiva y capturar los puertos más importantes del Canal de la Mancha.

Los ejércitos británicos apoyados por los franceses no pudieron evitar la desestabilización de las líneas aliadas contra los alemanes.

El 29 de octubre, los alemanes lanzaron otro ataque que casi hizo retirarse a los aliados de la ciudad de Ypres.

La movilización de personal médico logro una alta tasa de recuperación de los soldados debido a las intervenciones médicas con las que contaban los hospitales móviles así como unidades de rayos x en el frente de batalla. A los heridos los recogían al anochecer cuando el fuego cedía, los médicos y enfermeras salían de las trincheras para hacer un reconocimiento. En esos procesos, los altos mandos pidieron entrenar al médico o enfermera para que se vistiera de soldado y portara una franja con la cruz roja que, en teoría, lo salvaría del fuego enemigo. ¡Cuán equivocados habían estado! A pesar de que la línea aliada aguantó, la mayor parte de las zonas altas quedaron en manos alemanas, por lo que la ciudad corría peligro de ser bombardeada, mientras Michel cumplía su deber para con los miles de soldados caídos de ese día, un grupo de soldados alemanas emergió de las sombras y le disparo, no vieron, o no quisieron ver su insignia que lo calificaba como un médico auxiliar, tres disparos, uno en la pierna, uno en el costado y uno entre los ojos, el último terminó con su vida en un segundo.

Ante esa situación y la pérdida de un profesional de la salud y muchos antes que él, los encargados voltearon la mirada al soldado común y corriente. Al fin y al cabo éste estaba entrenado para correr en medio del fuego enemigo y únicamente debían entrenarlo para frenar una hemorragia y sacar como fuera al herido para su tratamiento. Pero esa medida llego muy tarde para Michel Flament cuyo último pensamiento fue para su querida Elisa.

Elisa sabía que no podría verlo, que lo enterrarían en algún punto de Ypres y su familia celebraría un funeral con un ataúd vacío. Ella sintió que su descenso al infierno apenas estaba comenzando. No supo más de ella. Despertó cuando el cielo estaba totalmente oscurecido.

- ¿Fue una pesadilla? – logró decir, pero los ojos de Neil le confirmaron que todo era real, él también había derramado una que otra lágrima. Le llevó agua y se sentó en la cama, a su lado, mientras ella bebió el líquido, él le acarició el cabello - ¿cuánto tiempo estuve inconsciente?

- Unas cuatro horas, mamá pidió al médico que te inyectara un calmante.

- Ni siquiera es capaz de permitirme quedarme con mi dolor, es lo único que me queda de él. – se quedaron en silencio un largo rato - ¿Y Rouse?

- Tuvo que regresar con su familia, el funeral será mañana.

- Todo es tan rápido…

- Puede que sí – se encogió de hombros incapaz de decir nada más.

- ¿Qué sigue? ¿Qué voy a hacer ahora?

- Elisa, tranquila, no tienes que pensar en eso ahora, llora al amor de tu vida, mañana será otro día y podrás pensar con claridad.

- Tú amas a Candy – le dijo, afirmándolo, él le sonrió a medias - ¡vaya que somos afortunados en el amor, hermanito! – su tono sardónico preocupo al caballero – Ninguno de los dos puede estar con los seres que amamos – ella suspiró - ¿qué haces con ese vació?

- Elisa, trata de descansar, no te hace nada bien pensar en eso.

- Quiero hacerlo, Neil, necesito hacerlo o siento que me voy a hundir en un abismo.

Hermano y hermana hablaron toda la noche. Ella más que él, le contó sus sueños, sus temores, algunas cosas relevantes, otras muy cursis, pero él no se inmuto, sabía que su hermana lo necesitaba para sostenerse, aún si solo la estaba escuchando mientras se desahogaba.

Los eventos del día siguiente los tenía borrosos en su cabeza, llovió y todos iban de negro, ella usó un vestido muy sencillo. Neil, su madre y su padre, estuvieron con ella, flanqueándola. La ceremonia fue sencilla, los Flament estaban refugiándose en la casa de los padres de Rouse por petición de Michel, quien sabía la situación que regía Francia, no estaba muy convencidos de poner esa tumba en Chicago, pero les confortaba, de alguna manera, saber que los restos de su hijo estaba en Europa, pero les pesó sobremanera el hecho de que lo único a lo que podía aspirar allá era a una fosa común, entre los miles de soldados que cayeron junto con él.

Fin Flash Back

Candy escuchó a su amiga con infinita paciencia, ella tenía el corazón destrozado, aun así en él siempre había lugar para consolar a las personas, la rubia simplemente no podía resistir ver a nadie sufrir de esa manera, sin importarle el dolor su alma.

- Tengo que ser fuerte, no los puedo hacer sentir mal por ponerme sentimental – pensó Candy, tratando de mitigar su propio dolor mientas acariciaba el cabello de Elisa.

La puerta se abrió en ese momento y la tía abuela, con su inefable rostro la miró.

- ¡Vaya escandalo el que armaste en la estación! – exclamó, acusadora – Poniendo en ridículo a la familia frente a la sociedad.

- ¡Tía abuela! – trató de defenderla Neil.

- Candice, te quedarás esta noche en la mansión, mañana es el concierto y deber ir al ensayo general.

- Pero tía… - empezó la chica.

- ¡Cállate! Permitiré que vivas con el vagabundo un mes más, pero después iremos a Nueva York, te han mandado una invitación de Juilliard.

- No puedo dejar solo a…

- ¡Te dije que te callaras! El querer hacer tu voluntad se acabó, si estarás bajo el seno de mi familia, harás lo que se te mande.

Candy le miró retadora, pero la anciana no se dejó intimidar, le había aguantado suficientes desplantes a esa chiquilla, nuevamente sentía un profundo odio ante la decisión de William por adoptarla, lo único que había traído a la familia habían sido desgracias, pero no más, ella se encargaría de ponerla en su lugar y recordarle lo que su familia había hecho por ella. La rubia podía abandonar el apellido, pero su padre adoptivo no había renegado de ella, así que Candy debía comprender que pese a sus desplantes, se debía a su familia y en sus decisiones debía considerar las implicaciones en contra del apellido Andley.

Salió dando un portazo.

- Lo siento, Candy, ha estado de mal humor desde hace tiempo.

Candy no respondió, miró a Neil.

- ¿Podrías decirle a Albert que me quedaré esta noche aquí?

- Lo haré ahora mismo – se despidió de ambas jóvenes con un gestó y salió por la puerta.

Elisa, estaba tumbada de rodillas, Candy seguía acariciando su cabello, qué podía decirle a su amiga. Ella sabía que no volvería a ver a Michel, así como Candy no volvería a ver a Terry.

/o.O/

Neil llegó al departamento de Magnolia pasada la media noche, tocó tres veces la puerta y Albert lo recibió.

- Albert, buenas noches… quizá días – el moreno vio un objeto recargado en la puerta - ¿saldrás de viaje? – El rubio no esperaba recibir a nadie, pero guardo la calma ante la pregunta de Neil.

- No, no, estaba limpiando un poco y saque mi bolso de viaje, tratando de reconocer algo, no lo digo frente a Candy porque ella se esfuerza mucho, pero a veces estoy desesperado por recordar.

- Entiendo, Albert – guardo silencio un momento – y hablando de Candy, ella está en la mansión de nuestra tía, se quedará ahí hasta el concierto.

- ¿Regreso con bien?

- No lo sé, tuvo fiebre y se desmayó en los vagones por eso fui por ella, aún no hablamos, ¿sabes mi hermana perdió a su prometido?

- ¿El doctor Michel?

- Sí – Neil bajo la mirada – falleció hace unos días en el frente.

- Lo siento mucho, dale mi más sentido pésame.

- Gracias – ambos caballeros sintieron que el ambiente podía cortarse con un cuchillo – Albert – lo llamó Neil antes de salir del departamento – si tuvieras alguna inquietud, si Candy no pudiera permanecer aquí… contigo… recuerda que en mí tienes un amigo. No tomes medidas precipitadas – abrió la puerta y salió por ella sin esperar respuesta.

Albert se quedó ahí parado, sabía que cada día que pasaba le traía problemas a Candy, y aún más con el estreno de Romeo y Julieta, él sabía que su querida amiga no volvería a Chicago, Juilliard estaba en Nueva York y lo más importante, el hombre que ella amaba también.

La idea de volver al frente se colaba constantemente en su cabeza.

/o.O/

Elisa se quedó a dormir junto a Candy, la rubia se debatió toda la noche entre decirle a sus amigos o no lo que había pasado con Terry, pero decidió que lo suyo no era tan grave como lo de Elisa y calló, al menos hasta después del concierto.

El domingo por la mañana la tía abuela Elroy pidió que le subieran el desayuno a Candy, Neil y Elisa subieron justo cuando ella llevaba el tenedor a su boca con el último trozo de manzana.

- ¿Cómo te sientes, Candy?

- Bien – aunque trato de sonreír los Leagan la miraron extrañados, pero antes de decir nada, se escuchó a alguien llamando a la puerta – Adelante. ¡Connor! – se alegró la rubia.

- Candy, tú tía aviso en el conservatorio que estabas enferma, ¿cómo sigues?

- Estoy bien, solo fue un poco de fiebre.

- ¿Irás al ensayo general? – preguntó, esperanzado, la dirección les había comunicado que de no asistir la señorita Andley el cuarteto de cuerdas sería cancelado, él sabía que sus padres habían hecho un esfuerzo sobrehumando para poder asistir ese día para verlo.

- Claro, ya tengo fuerzas – y les enseño su brazo mientras tocaba su apenas notable musculo. Todos rieron, ella lo hizo, pero por dentro sabía que eran sonrisas vacías.

A medio día Connor la llevo al ensayo general, sus compañeros se arremolinaron a su alrededor para preguntarle por su salud.

¿Cómo puedo sentirme tan sola estando entre tanta gente? Pensó Candy, el ensayo terminó a las 4 y los enviaron a sus casas para que regresaran a las ocho.

La tía abuela Elroy esperaba a Candy con un sequito de ayudantes para arreglar a la joven heredera en lo que serían una presentación digna de mención en toda la elite de Chicago.

Antes que otra cosa, a Candy se le dio un tratamiento facial para mejorar la calidad de su piel. Estaba muy mal visto gastar dinero en maquillaje, pero con un poco de brillo labial y vaselina pudieron darle un brillo rosáceo a sus parpados, la peinaron con un moño dejando algunos caireles pequeños para darle un marco a su rostro.

La matriarca Andley había pedido un vestido Chanel para que Candy lo usara esa noche, era color rosa pálido con un cuello en V que bajaba muy profundo por su pecho, pero para contrarrestar el escote tenía un bordado dorado de chaquira atravesado que adornaba su cuello en un redondeado que llegaba al hueso del hombro. El vestido enmarcaba su pecho y de ahí caía libre hasta sus tobillos, causando un estupor en la octogenaria, quien creía que mostrar las piernas, por muy mínimo que fuera provocaba lujuria en los hombres, pero demasiado tarde se dio cuenta de su error al elegir la vestimenta de Candy y suspiró con resignación y molestia.

El gran concierto sería en Chicago Symphony Center, Candy pensó que el chofer había demorado más tiempo en sacar en el vehículo que en llegar al lugar, definitivamente Downtown era más cerca que su departamento en el 999 de la calle Kinzie*

La familia Andlye se presentó haciéndose paso entre una marea ruidosa de personas de todas las clases, aunque, por supuesto se podían distinguir a la familias adineradas de las que no lo eran por la vestimenta. Después del concierto, algunas familias fueron invitadas a una cena.

Algunos periodistas se encontraban cubriendo el evento, era en la sección de espectáculos, pero debido a que el Conservatorio albergaba músicos de todo tipo de nivel social, no perderían la oportunidad de toparse con algún escándalo de las familias prestigiosas.

Las cosas buenas les llegan a los que saben esperar, André Tilson, sonrió al ver aparecer a la joven heredera del consorcio Andley del brazo de su prometido Neil Leagan, pidió al fotógrafo que lo acompañaba no perder ningún detalle de la entrada de dicha familia al recinto.

Candy se despidió de ellos para prepararse y tomar su lugar en la filarmónica, Elisa, Neil y la tía Elroy se dirigieron a los asientos que tenía asignados cerca del escenario. Las sillas estaban dispuestas sobre el entarimado y a las 8:00 pm las luces se atenuaron, salvo en el escenario y la sinfónica de jóvenes hizo su aparición.

Candy tomó asiento, estaba nerviosa, tenía muchos sentimientos, el escenario no era como el Hogar de Pony y sin embargo, ahí sentada se sintió segura, como en un hogar. Tenía muchas cosas en qué pensar, pero por el ajetreo del concierto no tuvo oportunidad de hacerlo. Aspiró largamente, el olor del Symphony Center le inundó los pulmones con su olor a madera.

Pocas veces en su vida se preguntó quiénes eran y a qué se dedicaban sus padres, al pasar el tiempo Candy empezó a olvidarlos como si nunca hubieran existido, pero en ese preciso momento supo que no era un prodigio de la música, que por sus venas fluía la pasión y el talento de aquellos que le dieron la vida.

El director de orquesta subió al escenario, la rubia fue consciente de que era el momento y sintió como la sangre le fluyo rápidamente a sus manos, tras apoyar el instrumento debajo del mentón, empezó a tocar, conocía la pieza tan bien como conocía su nombre, cerró los ojos dejándose llevar por la música.

Por fin llegó el momento denominado como cadenza, mientras todos los demás instrumentos interrumpieron su toque, el violín de Candy interpreto los temas simultáneamente, mezclándose y dejado que la música fluyera libremente, era una pieza cargada de nostalgia y quién mejor que ella para convertir ese sentimiento, que la embargaba, empapando la melodía con él, dando todo de sí. Todas las miradas estaban en ella, era la figura sobre el escenario que movía sus manos al son de la música, cautivando al público y ella lo único que anhelaba era que esa sinfonía llegará a Nueva York.

El público quedo hipnotizado, la ovación estalló un segundo después de que se escuchará la última nota, con algunos de pie y sonrisas en los rostros de los espectadores, la filarmónica hizo una vaina y salieron por donde habían llegado. Algunos asistentes retiraron varias sillas y dejaron 4, el cuarteto de Candy y sus amigos sería el primero de la noche. De nuevo, tomaron posiciones. Candy tocó perdiéndose en la música, arrancando exclamaciones de admiración de las personas que la escuchaban. Para ella el mundo se desvaneció, las notas ascendían y descendía de las cuerdas de aquellos instrumentos. ¡Con qué perfección tocaba ese grupo! Sin apenas moverse asumían las distintas partes orquestales y las enlazaban a las de sus compañeros. Terminaron de tocar y el silencio sobrevino, las notas permanecieron un momento suspendidas en el aire hasta que se extinguieron en la última fila de asientos del auditorio. Candy sintió un dolor en su pecho y antes de poder levantarse el mundo se desvaneció y lo último que escuchó fue su nombre con un tono de preocupación y supo que se había desmayado.

Continuará...