Capítulo 7: Aceptar lo inevitable

Elroy Andley le sonrió a su diario del lunes. Su sonrisa fue como una telaraña luminosa en su rostro indescifrable. Lo había conseguido, finalmente había separado a Candy de aquel actor que ella consideraba poca cosa para la heredera del consorcio Andley.

Abrió su correspondencia regocijándose por su triunfo, después de semanas de preocupación y búsquedas infructuosas, era un alivio quitarse un peso de encima. Tomó el sobre con los resultados de Candy, los había olvidado por completo. Con calma lo abrió y leyó superficialmente hasta que llego a un párrafo.

Positivo, positivo, positivo se repitió en su cabeza y sintió que crecía en su interior una furia gigantesca, alimentada por una sensación de profunda frustración por todos sus planes rotos.

Pidió que empacaran una maleta y otra para Candy, cuando estuvieron listas fue al conservatorio para avisar que por problemas familiares su nieta tendría que ausentarse durante unos meses.

Cuando vio a Candy salir en compañía de sus amigos y dirigirse a su apartamento la llamó.

- Candy… - la voz era imperturbable.

- Tía abuela – se pintó la sorpresa en el pecoso rostro.

- Sube, por favor, necesito que viajemos a encontrarnos con William.

- ¿El bisabuelo William?

- Sí, ha sufrido un ataque al corazón y pide tu inmediata presencia.

- Pero…

- Le pediré a Neil que le avise a tu compañero de cuarto, esto es más urgente.

- De acuerdo, tía - abordó el vehículo.

El chofer manejo toda la tarde y parte de la noche, la tía abuela no cruzó otra palabra con Candy, como si no quisiera mirarla de nuevo porque le provocaba asco.

La rubia empezó a cabecear sin saber a dónde se dirigían, continuaron viajando otro día más, Candy trataba de descubrir algún atisbo que le indicara hacia dónde se dirigían, pero no lo consiguió.

Estaba anocheciendo cuando llegaron al Hospital Carney.

- Buenas noches, señora Andley, la esperábamos.

- Perdón por la demora, venimos desde Chicago – aclaró.

- Adelante, por favor.

Candy y la señora Elroy pasaron a un pequeño consultorio que más de cuidados intensivos parecía de maternidad.

- Por favor, señorita Andley, quítese la ropa detrás de la cortina y póngase la bata que esta sobre el banco.

- ¿Qué? – Candy no comprendió nada, por qué tenía que quitarse la ropa para ver a su padre adoptivo.

- Es para que revisen al bebé.

- ¿Bebé?

- ¡Es que no estabas enterada muchacha! – gritó exasperada la tía abuela - ¿no irás a decirme que fue cosa del espíritu santo?

- Bebé – repitió Candy, incrédula y sin saber qué más decir. Tocó su vientre, un bebé, en ella estaba creciendo un bebé que quizá se parecería a Terry, con el pelo castaño y los ojos verdeazulados y quizá pecoso como ella, un bebé que gorjeara y reiría, con olor a leche y a talco. Un ser nacido de un amor que ya no existía.

Candy se dejó arrastrar e hizo lo que le habían pedido, cuando volvió vestida solo por la bata de hospital se subió a la camilla, la doctora Montague tocó su vientre con las yema de sus dedos, haciendo un poco de presión.

- Tiene más o menos 13 semanas de gestación. ¿Ha asistido a revisiones prenatales o esta es la primera?

- Es la primera.

- De acuerdo – le revisó la cabeza, los ojos, dentadura – Necesitas consumir hierro. ¿Tienes dolores?

- No.

- Va muy bien tu embarazo, Candice – le sonrió la doctora. La rubia correspondió al gesto – pero por tu edad, convendría que te cuidaras, no quisiera que perdieras al bebé.

En todo ese tiempo Elroy había permanecido impávida ante la escena de una nueva vida creciendo en Candy, apretaba los dientes, tratando de contener las maldiciones que se formaban en su cabeza.

Salieron del consultorio, Candy salió pensativa, no es que no supiera que algo estaba cambiando en su cuerpo, pero ella nunca había tenido un período regular, a veces pasaban hasta 4 meses sin que se presentara. Miró de reojo a su tía y se preguntó qué le diría, estaba consciente de que había faltado gravemente al apellido Andley y que además el padre de su hijo iba a casarse con alguien más.

- Sube – ordenó cuando regresaron al auto.

- Tía…

- No hables, Candy.

Nuevamente no supo a dónde iban, pero al menos aquel viaje solo había durado media hora.

Por la fachada parecía un convento. Candy sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

- Tía… - y entonces toda la furia contenida causó que Elroy se abalanzara con la rubia, abofeteándola con tanta violencia que le hizo sangrar la boca y nariz. Candy cayó al suelo - ¡Has manchado el honor de mi familia! ¡Hemos hecho muchas cosas por ti! ¿Así es como nos pagas? ¡Embarazándote de un muerto de hambre! – explotó con la vena de la frente punzándole y los puños apretados – Vas a quedarte en este lugar hasta que la criatura nazca, nadie, ni la familia debe saber de tu horrible pecado.

Llamaron a la puerta, una monja atendió la puerta, con el rostro impávido las condujo hasta la dirección. Ahí las atendió otra monja y Candy sintió que volvía a estar frente a la hermana Grey.

- ¿De cuántos meses? – preguntó la religiosa Louis después de las cortesías habituales.

- Tres meses.

- ¿Qué hará con el bebé? ¿Planea adoptarlo un miembro de su familia o lo dejarán aquí? – aquella platica escandalizo a Candy, hablaban de su hijo como si se tratase de mercancía.

- No lo hemos decidido.

- Pero tía…

- ¡Cállate! – gruñeron ambas mujeres mayores – no tienes derecho de expresar tu opinión, suficiente has hecho con resultar embarazada sin estar casada – continuó Louis, Candy la miró con rencor e intentó huir, pero en la puerta dos monjas más la interceptaron – Enciérrenla en su cuarto - No importó cuánto pataleó y gritó, fue sometida sin problemas y llevada a una habitación cuyo mobiliario estaba compuesto por una cama y un pequeño escritorio, al fondo había un baño. Era todo.

- Tía abuela, por favor, por favor, déjeme salir – pidió con lágrimas en los ojos, lamentándose ser tan ingenua, si tan solo ella se hubiera enterado antes, sus amigos la hubiesen ayudado y si no lo hacían, entonces se hubiera ido con Albert a cualquier parte para proteger a su hijo, pero era demasiado tarde. Estaba encerrada.

/o.O/

Habían pasado tres semanas desde que Elroy la había dejado ahí. No podía recordar todo lo que había gritado los primeros días hasta que se le acabo la voz, solo podía recordar lo que aquellas mujeres habían dicho, palabras más, palabras menos, ellas querían quitarle a su hijo. Y estaba segura de que Elroy Andley era capaz de eso y más para proteger el buen nombre de su familia.

No sabía si sus primos habían sospechado algo sobre su misteriosa desaparición, o qué pasaría con Albert, estaba incomunicada. Muy de vez en cuando se abría una gatera en la parte de debajo de la puerta y por el suelo se deslizaba una bandeja con tazones de plástico llenos de comida y un vaso con una o dos pastillas, eran vitaminas. Candy estaba harta de la comida que siempre tenía el mismo sabor. De tiempo en tiempo una voz le dijo que caminara por la habitación para que sus músculos no se atrofiaran y que si se portaba bien, podría salir al patio para tomar el fresco.

Ella obedeció, dos meses más pasaron, no le permitieron salir para celebrar Navidad, ni mucho menos año nuevo.

Su estómago estaba más hinchado y sentía ligeros movimientos en su interior, muy ligeros aún, pero que le causaban la única alegría que podía experimentar en ese lúgubre lugar.

Candy tomó una ducha, en el baño solo había un espejo pequeño, miró su reflejo, ella siempre había pensado que las embarazadas resplandecían, pero ella no lo hacía en absoluto.

Al día siguiente por fin la dejaron salir al patio, Candy vio que no era la única joven encinta, había al menos otras 8, miró con detenimiento el patio, por fuera la fachada parece más grande.

- Hola, ¿eres nueva? – levantó el rostro y frente a ella estaba una pelirroja solo un par de años mayor.

- No sé – miró el desconcierto en la otra chica – llegué hace más de dos meses.

- Ah, bueno, si eres nueva, yo tengo casi 9 meses, mi bebé nace en dos semanas – tomó asiento junto a ella.

- ¿Sabes qué es allá? – preguntó señalando una división en el terreno.

- El orfanato.

- ¿Orfanato?

- Sí, ahí dan en adopción a los bebés cuyas familias no los adoptan. En mi caso, mi hermana mayor va a adoptar a mi bebé, pero hay quienes no quieren tener relación. Aunque solo los dejan hasta los 2 años, que es como la edad en que las familias adineradas quieren a los niños para que se adapten más fácilmente a ellos.

- Así que a eso se dedican aquí – suspiró Candy.

- Supongo, la complicidad, el silencio, la vida y la muerte, todo está ligado al dinero.

Candy se quedó muda ante tal hecho, aunque el Hogar de Pony también era una orfanato, no se compara en nada a lo que hacían ahí.

Candy volvió a su cuarto y se recostó en la cama, acariciando su vientre y platicando con su bebé, narrándole clases de música o contándole alguna obra que sabía a Terry le gustaba, también solo por no dejar, le contaba posibles reencuentros con su padre, aclarando malos entendidos y convirtiéndose en una familia.

Empujada por una fuerza y por aquellas escenas de reencuentro cada vez más frecuentes, decidió escribir a Terry, él tenía el derecho de saber que iba a tener un hijo y además podía ser su única esperanza de salir de ahí. Se las arregló para conseguir pluma y papel, entrando furtivamente al despacho de la directora.

Nuevamente en la soledad de su habitación se debatió entre escribirle a Terry o a Neil, estaba segura de que el pelirrojo la ayudaría, no sabía cómo pero él haría algo para sacarla de ahí. No sabía en qué momento su fe hacía Neil había crecido de esa manera. Por otro lado, Terry era el padre de su hijo, tenía el derecho de saber y quizá, solo por el bebé, iría por ella.

Suspiró y se decidió a escribir, deseando que aquella fuera la mejor elección.

/o.O/

Neil le había dicho que Candy había salido de la ciudad porque su padre adoptivo quería verla, al parecer había sufrido un accidente y quería estar con su hija el mayor tiempo posible antes de que sucediera algo inevitable.

- ¿Y ustedes por qué no van también? – había preguntado.

- Para el caso, solo Archie y Stear podrían ir, ellos son sus sobrinos.

- Ah, comprendo. ¿Crees que vuelva pronto?

- No lo sé, Albert, la tía abuela volvió hace unas semanas pero cayó enferma porque Stear se fue a Nueva York ayer, va a enlistarse para ir a Europa a pelear.

- Eso es grave, me imagino que ha sido un shock muy grande para ella.

Albert se asomó por la ventana, quizá si se apuraba podría viajar junto con Stear, trataría de protegerlo como agradecimiento a Candy, Neil lo visitaba casi a diario como si supiera lo que pensaba hacer, después de todo él se había quedado solo por Candy, se lo había prometido cuando lo encontró en el parque y le dijo que lo conocía.

- Tengo que salir en un viaje escolar, ¿estarás bien solo? – preguntó el heredero Leagan un poco nervioso. Había sentido ausente a Albert y temía que hiciera alguna locura. Él mismo estaba nervioso por la repentina desaparición de Candy que hasta había discutido con la tía abuela Elroy para que le dijera dónde estaba, pero ella no había soltado prenda.

- Sí, descuida, nos veremos a tu regreso.

Neil se fue con un extraño presentimiento, pero tenía que pensar en sus estudios y aquel viaje era importante para el semestre. Le pidió a Dios que guiará los pasos de su amigo para que no lo llevaran a cometer una tontería.

/o.O/

Había cumplido su promesa de quedarse para las fiestas de fin de año. Aprovecho que Elroy y sus padres estarían distraídos con los presupuestos del año para irse. Les dejo una nota y abordó el tren rumbo a Nueva York.

Se había dirigido a los kioscos de la estanción para enrolarse, ahí le dieron una serie de documentos que debía llenar. Tomó asiento y dudó. Pensó en Candy y en Patty, la última le había dicho que si se iba, lo mejor era que terminarán, sabía que ella no podría vivir con la expectativa de si viviría o no. Pobre Patty, se sentía como un desgraciado.

Se pasó la mano por el cabello y acarició el puente de su nariz, levantando un poco las gafas.

¿Estaba seguro de lo que haría? Una vez que llenará los formularios, no había vuelta atrás. Pero… había pensado en eso durante meses, ni un solo minuto había dudado y sin embargo, se daba cuenta de que pensarlo y hacerlo eran cosas extremadamente diferentes.

/o.O/

Elisa lo vio a lo lejos, tenía los documentos en la mano y aún no los llenaba, agradeció a los cielos haber llegado a tiempo.

- ¡Stear! – lo llamó - ¿por qué haces esto? – tenía lágrimas en los ojos.

- Ya lo he decidido – explicó, harto de la misma pregunta, y que él mismo se hacía en ese momento.

- ¿Sabes lo que es realmente una guerra? – preguntó.

- Leo los diarios.

- ¿Sabes cuántos jóvenes han muerto a causa de la guerra? – estaba alterada y su voz subió dos decibeles, la gente la miró con curiosidad.

- Las bajas de guerra entre nosotros aumenta, si no hacemos algo pronto la pacifica América será un campo de batalla. Para que eso no ocurra debo enrollarme en Europa – aquella declaración fue el acabose para Elisa quien se paró frente al de lentes y lo abofeteo con todas sus fuerzas, pese al dolor él continuó – no puedo quedarme aquí inventando estupideces sin que me preocupe nada de lo que ocurre en el mundo. No le tengo miedo a la muerte, Elisa.

- Es por eso que no eres el indicado, Stear, debes temer a la muerte y saber que lo que vivirás allá no se compara con nada que hayas visto. Dime, tú que nunca te has peleado con nadie, serás capaz de matar a alguien, serás capaz de dispararle a otro joven con los mismos ideales que los tuyos.

- Trataré en la medida de lo posible de no matar a nadie.

- Michel no iba a matar a nadie, él iba a salvar vidas y sabes qué le paso, está muerto. Dices que lees los diarios, pero no sabes que las noticias están minimizando los horrores de la guerra para no generar más histeria, si leyeras lo que Michel me escribió lo entenderías, incluso hay mítines por las precarias condiciones que tienen que sortear los soldados, ¿sabes que tuvieron una tregua para Navidad? Los soldados que combaten solo sirven para los intereses de personas que no comparten los ideales de esos jóvenes, Stear. ¿Morirás por ellos? Serás capaz de causarle este dolor a tus padres, Archie, Candy y Paty. ¿Qué sentiste cuando Anthony murió? Recuerda ese dolor. Stear, la guerra ya me quito a mi prometido, ¿crees que quiero ver como tú también mueres?

- Voy a la guerra para proteger a los que amo, para que la paz perdure en Estados Unidos

- No se muere por amor, Stear, se vive por él, inventa otra excusa, o mejor inventa algo para que esta terrible masacre no se repita de nuevo.

- Tengo que irme, Elisa – se dio la vuelta, pero ella se aferró a su brazo.

- Ven conmigo, si después de ver lo que quiero mostrarte aún quieres ir, te dejaré marchar con la bendición de todos nosotros.

- Elisa…

- Por favor.

La pelirroja lo llevó a un pabellón de un hospital, sabía que estaba cerca, después de todo a algunos soldados los dejaban ahí para su recuperación. Le autorizaron el pase como visita y porque prometió una donación para los heridos de la guerra.

En el pabellón se respiraba la desolación, la mayoría de los pacientes eran jóvenes mutilados, Stear sintió que se le revolvía el estómago.

Se acercaron a un hombre de unos treinta años, Elisa le dijo algo que Stear no escuchó y luego le hizo una seña para que se sentará a su lado. Él obedeció en silencio.

- Me ha dicho esta jovencita que planeas enlistarte.

- Así es – dijo con una madurez que estaba lejos de sentir.

- ¿Sabes lo que eso significa? – él no respondió – En cuanto vas al asalto, el miedo va cediendo al terror. No miras, sino que ves. No oyes, sino que escuchas. La nariz se llena de humo y muerte. Lo sientes en el paladar. La primera vez que maté a un cabo fue cuestión de suerte, fui más rápido que él por casi nada. Empujé su rifle a hacía un lado y le clave mi bayoneta en el pecho. Tuve ganas de vomitar. Me temblaron las rodillas y francamente quedé muy avergonzado de mí mismo – agregó - ¡Cómo quisiera haberle estrechado la mano y hacernos buenos amigos! ¿Qué es por lo que los soldados nos apuñalábamos unos a otros? ¿Sabes lo desalentador que es combatir hasta la muerte con alguien con quien no tienes nada en contra, al menos, no personalmente?

- Pero…

- Me vas a decir que peleamos por la paz, eso es una gran ironía y la estupidez más grande que he escuchado. Mira a tu alrededor muchacho, cada uno de ellos fue con la convicción de pelear por la paz y regreso sin vida o con menos miembros y una buena dotación de pesadillas de por vida. Puedes convencerte todo lo que quiera, muchacho, pero tú solo irás a morir y a causar dolor a conocidos y extraños.

Después de media hora de escuchar más relatos, la voluntad de Stear tembló y fue al baño para vomitar, le dio la espalda al inodoro y recargo su cuerpo ahí, soltando varios suspiros para recuperarse un poco.

- Elisa… - la encontró esperándolo afuera, la abrazó y lloró – tienes razón, no tengo lo que se necesita para ir – ella no supo si su llanto era de derrota o alivio, pero no le importó, lo abrazó lo más fuerte que pudo y dejo que se desahogara.

- Tranquilo, Stear, puedes usar tu ingenio para inventar algo para no volver a vivir una masacre como esta.

Sin saber cómo o por qué en brazos de Elisa, dejo de pensar, solo existían ellos dos, aunque sabía que tarde o temprano tendrían que soltarse.

/o.O/

Un rayo de luz acarició el rostro de Terry, estaba durmiendo en aquel cuarto que no se comparaba en nada con su mini departamento en Nueva York, pero el salario que ganaba en el teatro ambulante apenas y cubría sus gastos como para permitirse algo mejor. Se había ido a la cama refugiándose en sabanas y una pesada colcha vieja que tenía más parches que cualquier cosa que hubiera usado antes, pero aun así la luz que se filtró le recordó que la noche había llegado a su finy que debía empezar una nueva jornada para enfrentarse a la vida, aunque no tuviera ninguna motivación para ello.

Se dio la vuelta, sin destaparse el rostro. No tenía nada más que hacer, las funciones eran en la noche y nadie requería de su existencia hasta la apertura del telón.

Cuando estaba quedándose dormido de nueva cuenta, alguien llamó a la puerta.

- ¡Maldición! – gruñó - ¡Es que uno no puede descansar! – dudó en levantarse, pero al final cubriéndose con la cobija, abrió la puerta. En cuanto vio quién era, no pudo evitar primero sorpresa y luego enojo - ¡lárgate! – y azoto la puerta con todas sus fuerzas, seguro de que la había separado de las bisagras.

- Terrence – lo llamó su padre, pero él no abrió, se recargó en la puerta y se dejó caer al piso, de entre todas las personas, era él quien lo había buscado y quien lo veía en la peor de las inmundicias.

Volvió a la cama, al final, su padre en algún momento se cansaría de esperarlo ahí, le costó un poco, pero volvió a dormirse, después del alcohol, dormir era la mejor forma de evadir la realidad, todo era más gratificante que estar sobrio y despierto.

Había huido de Nueva York y acabado en aquella ciudad, intentó trabajar en algo que no tuviera relación con la actuación, pero atraído por esa profesión, encontró un lugar en un espectáculo callejero, la mayoría de los asistentes eran ebrios que no sabían apreciar las obras de Shakespeare, pero de algo tenía que vivir.

El gruñido de su estómago le recordó que debía comer algo, abrió su puerta y se asomó, ni rastro del duque Richard, salió a un bar que estaba frente a su edificio, pidió algo para comer y una botella de whisly, que sin duda era lo peor que hubiera consumido, pero para embrutecerse estaba bien.

La expectativa de la función de esa noche no le hacía ninguna ilusión, pero trabajo era trabajo. A pesar de querer olvidarse de todo, no podía evadir el hecho de que tenía que sobrevivir de alguna manera.

Entró de nuevo a su departamento, tambaleándose y se dirigió a la ducha.

Como otras noches, estaba tonteando en el escenario, era cansado tener que fingir interés cuando su público apenas y le ponía atención, nadie lo conocía no tenía que fingir que su vida era perfecta, porque ésta al igual que su alma, estaban completamente rotas.

Y entonces entre el gentío, un rostro conocido se alzó frente a él. Nunca pensó que el hecho de que su padre lo viera en ese estado, lo avergonzara de esa manera.

/o.O/

Candy suspiró, y leyó la carta que enviaría.

Querido Terry:

No pensaba escribir esta carta después de tu traición. ¿Sabes lo que es vivir enamorada de alguien que no te ama? ¿Podrías comprender el dolor que sentí al comprender que mientras yo te amaba tú estabas con otra, que me muero de amor por ti, mientras que tu amor nunca me perteneció?

Y sin embargo llevo en mi vientre la materialización del amor que te tengo y creí correcto decírtelo.

Estoy encerrada en un convento al que me trajo la tía abuela Elroy, y lo único que te pido es que me saques de aquí, sueño con que leas esta carta y que si alguna vez sentiste y guardaste en tu corazón algo de mí, seas capaz de dejar todo y vengas por nosotros. Y no te preocupes, sé que nunca podremos estar juntos, tú no me perteneces, sé que tú corazón se lo has entregado a alguien más y acepto que lo nuestro es un imposible que nunca se volverá posible de nuevo.

Pero me permito soñar por nuestro hijo, porque al menos pueda gozar de sus padres verdaderos y no sea como nosotros, que nunca pudimos experimentar lo que es estar en una familia que nos ame.

Por favor, Terry, has aunque sea uno de mis sueños realidad, ven por nosotros, te estaremos esperando…

Siempre tuya, Candice White.

Era una carta de amor y despedida, lo sabía, pero él era la única esperanza que tenían de salir juntos de aquel lugar, su hijo y ella, si al final, Terry no quería cargar con una paternidad no deseada, ella trabajaría para sacar adelante a su familia.

La tía abuela Elroy creía conocerla, creía que ella sería capaz de renunciar a su hijo y seguir su vida como una heredera, lo que no sabía es que Candy jamás haría algo como lo que sus padres le hicieron a ella, prefería el hambre y trabajar como esclava antes de caer así de bajo. Ella iba a enfrentarse a todo si era necesario para salir de ahí con su hijo.

Su familia la había traicionado, porque si el bisabuelo William había ordenado que se casara con Neil, qué le impedía hacer lo mismo ahora para deshacerse de su bebé. Pero qué podía esperar realmente de ese hombre, al que no conocía de nada y sin embargo, manejaba su vida a su antojo.

Dos semanas más, que cada vez le parecían un verdadero infierno, pasaron y la pelirroja Ashly dio a luz a una hermosa niña de ojos cafes y cabello rojizo claro. Cuando se despidió de ella, Candy la miró suplicante.

- Ashly, ¿podrías enviar esta carta? ¡Es de vida o muerte! – la chica de cabello rojo la miró y le sonrió con pesar.

- Sí – le dijo, y no le mintió, pero cuántas de ellas habían escrito al padre de su hijo para que fuera por ella y nadie se había presentado. Quizá ella era la excepción.

/o.O/

Dos meses su padre siguió buscándolo, pero él se negaba a cruzar palabra con ese hombre. Vivía prácticamente encerrado y solo salía para comer algo e ir al teatro, estaba cansado del asedió del duque.

- Terrence, sigues comportándote como un inmaduro, ¿para esto querías venir a Nueva York? ¡Esto me pasa por creerle a esa chiquilla! – gruño, tomándolo del brazo, harto de su juego.

- No hables de ella – siseó Terry, indignado y forcejeando con su padre.

- ¡Estás borracho! Como todos los días.

- ¿Y qué? – Richard le dio una bofetada a Terry que lo hizo caer al suelo, el hombre mayor entró al cuarto de Terry y lo miró, con sorpresa e indiganción. La habitación era un caos, con basura regada, paredes sucias y la cama ni siquiera estaba tendida.

- ¿Así vives? – el tono de su voz sonó incrédulo.

- Bienvenido a mi humilde morada – se mofó, alzando los brazos.

- ¡Eres un inmaduro, Terrence!

- Sí soy una vergüenza para usted no sé para qué me está buscando.

- Porque estoy muriendo – su seriedad en la voz y en su rostro, paralizaron a Terry.

- ¿Mu… muriendo?

- Tengo cáncer, hijo y te necesito.

- ¿Para qué?

- Tu madrastra…

- ¡No la llame así! – gritó, indignado.

- De acuerdo. La duquesa, Charlotte y Edmund fallecieron en un ataque, estaban en Londres y un zepelín dejo caer bombas, ellos iban a Cambridge para dejar a Edmund, Brandon estaba enfermo y yo tenía junta en la cámara de lores. Te pido que heredes el título, al menos hasta que Brandon cumpla con la mayoría de edad. Pensé que para este momento serías uno de los mejores actores de Broadway, aquella jovencita te tenía mucha fe y…

- Sí, sé que hablo usted.

- ¿Volvieron a verse?

- Sí, pero no quiero hablar de eso.

- ¿Vendrás conmigo? Nunca pensé que volvería a interferir en tu vida, pero no tengo alternativa, te pido que me ayudes.

- ¿Cómo me ayudó cuando recurrí a usted? – la intensa mirada de su hijo lo hizo sentir incómodo.

- Sé que cometí muchos errores, no tengo derecho a aparecerme así como así y pedirte que vuelvas, pero al menos quisiera resarcir un poco el daño que te cause, ¿me permitirías pasar los últimos meses de mi vida junto a los dos hijos que me quedan?

- ¿Y a cambio conseguirse un heredero de respaldo?

- De acuerdo, entiendo si no quieres ir y seguir viviendo de esta manera. Perdóname si te he incordiado.

- Espere.

Terry había querido salir de ahí desde que vio a Candy con Neil, pero no se podía permitir un pasaje de ida. La cabeza le iba a mil por hora, sabía que irse era como huir, pero ¿acaso no era eso lo que estaba haciendo?

Las dos cosas que más amaba estaba ahí y a ambas las había perdido, aquel sentimiento de pérdida le causaba dolor y rabia en la misma medida. Quizá una cambio de ambiente era lo que necesitaba para salir adelante. Para ese momento, al menos en sus sueños, Candy viviría con él, después del éxito de él como Romeo, su carrera despuntaría y la tendría a ella a su lado, en cuento Candy cumpliera la mayoría de edad, la haría su esposa. Aunque las funciones y giras fueran agotadoras, él llegaría a su casa, donde ella y compartirían risas y situaciones cotidianas, pero nada de eso era real, todos esos sueños se disipaban como el humo de un cigarro, evaporándose en cuanto abría los ojos.

Candy se había ido y no volvería, debía aceptar que su corazón se había rotó en millones de pedacitos y que nunca se podría recuperar de eso. El día en que vio la vio con Neil, dando por tierra su relación, él había muerto, ¿acaso era hora de revivir? ¿Podría hacerlo si se iba a Londres?

/o.O/

Entregó los documentos para enlistarse, se había marchado antes, pero Neil lo tenía vigilado, aun cuando había estado de viaje, Connor y los demás amigos de Candy, le hacían una visita regular, él estaba harto de tanta vigilancia, debían aceptar que Candy no volvería, que no quería estar más en contacto, que él era una carga para ella y que su familia había ganado en alejarla de él.

Aquel día salió a media noche, con su morral de viaje y Pupe sobre su hombro, dejo una nota para quien fuera el primero en buscarlo y se marchó, creyendo que en el frente alguien podría decirle quién era.

Se registró como Albert White y abordó el barco que lo llevaría a encontrar su destino.

- Adiós, Candy – fue lo único que dijo antes de que el barco dejara el puerto.

/o.O/

En ese mismo barco, pero en primera clase, un joven con el corazón destrozado subió junto a su padre y se instaló en su camarote y esperando a que zarparan.

/o.O/

Candy sintió una breve punzada en su vientre. Pero hizo caso omiso, aún faltaba un mes para que naciera su hijo. Esa tarde había visto a la tía abuela Elroy después de tanto tiempo. Los últimos 5 meses se había sometido a un intenso estrés que había hecho mella en ella, había intentado fugarse dos meses atrás, pero en el proceso había caído y la habían mantenido recostaba por temor a que perdiera el bebé. Se preguntó por qué las religiosas se preocupaban tanto, ¿acaso no era más fácil para ellas que lo perdiera? Pero después de todo, una nace y muere siendo católica.

Un nuevo pinchazo hizo que se preocupara durante unos segundos, pero también decidió ignorar eso. Solo media hora después comenzó a inquietarse ante las extrañas sensaciones que parecían los espasmos menstruales e incluso la sensación de la sangre entre las piernas. Se dirigió al baño y notó que estaba manchada de sangre.

- ¡Dios mío! – salió del baño – Disculpe – intentó que su voz sonara tranquila.

- ¿Qué ocurre? - le preguntaron con mala cara.

- Estoy sangrando.

- ¿Cómo son las pérdidas?

- Como las del período – pero el dolor se intensificó obligándola a sentarse en el suelo.

- Espera, voy por la doctora – a los pocos minutos, entra la doctora de planta del convento, cruzó unas pocas palabras con Candy y la condujeron a la sala de partos que tenían adecuada.

- Me duele – se quejó Candy - ¡Ayyyy! Duele muchísimo – una enfermera mayor entró y comprobó el cuello del útero.

- Has dilatado antes de tiempo, seis centímetros.

- Pero falta un mes – lloró Candy, temiendo por la salud de su hijo.

- Son cosas que pasan, tienes que estar tranquila – en ese momento entró la tía abuela Elroy y Candy hizo una mueca de dolor, agarrando su vientre y doblándose en dos, quejándose con mayor intensidad. La enfermera y la tía la sujetaron. Candy boqueo para coger un poco de aire y luego empieza a gritar.

- Me duele, no lo resisto.

- No creo que eso le hayas dicho a ese desgraciado que te dejo así – la regañó la mujer mayor. Candy la miró con desprecio.

- Tranquila, niña, tranquila, respira – entró la matrona Newt y la enfermera le dio algunas indicaciones que para Candy no tenían ningún sentido y empezó a llorar. Newt la examinó y frunció el ceño.

- ¿Qué pasa?

- Los latidos de tu bebé son muy lentos, algo va mal, será mejor que actuemos de inmediato si no queremos perderlo.

Colocaron a Candy en posición.

- Puja – gritó la matrona, ignorando los sollozos de la rubia.

- Me duele.

- Puja, puja – Candy no había dilatado más de siete centímetros para ese momento, pujar en ese estado era un grave riesgo para ella y el bebé, pero Newt sabía por su vasta experiencia que eso se arreglaba en el momento de empezar a pujar. Candy sintió el dolor intensificarse, pero obdeció, mientras gruesas lágrimas caían por sus mejillas.

- Ah, ya asoma la cabecita – Candy empujó más y sintiendo cómo una bola sale de ella. En un acto de osadía, la rubia bajó su mano para tocarlo, dándose fuerzas para seguir empujando. En un solo esfuerzo, su bebé salió despedido hacía las manos de Newt.

Candy estaba exhausta, se sintió vacía pero no escuchó ningún ruido, se suponía que los bebés deben llorar, ¿no? Le cortaron algo y todo se quedó en silencio.

- ¿Qué pasa? – preguntó aterrorizada, vio como la enfermera se fue con su bebé a otro cuarto, el cansancio empezó a hacer mella en ella y aunque luchó contra él, no pudo evitar desmayarse.

/o.O/

En la otra habitación, el bebé empezó a gritar. Elroy Andley lo tomó en sus brazos y lo contempló, no cabe duda de la genética de ambos padres, su cara esta sonrosada y arrugada, pero es hermoso, el pelo era negro y sus ojos, casi entrecerrados, azules, de un azul tan intenso como el océano.

- ¿Va a adoptarlo o lo llevamos con los demás niños?

- Dígale que murió – indicó, devolviendo al bebé.

- Pero…

- Si sabe que está vivo, lo buscará. Hare una donación si le dicen que murió y lo mandan a otro lugar.

La directora estaba presente, la enfermera la miro asintiendo. No cabe duda, el dinero es capaz de comprar hasta la muerte, pensó la enfermera antes de marcharse con el pequeño en brazos.

El nacimiento de su hijo estuvo conectado a su partida, sin siquiera saberlo.

Continuará…

Espacio para charlar

Lo sé, lo sé, me tarde mucho, no pensaba cumplir eso del mes, pero la verdad se me fue el tiempo entre mis otras historias y deje esta hasta el final porque el capítulo no me gustó, pobre Candy, encerrada y sin nadie a quién acudir.

La verdad no tengo idea de cómo se hacían las revisiones a mujeres embarazadas en esos años porque en teoría los ultrasonidos aún no existían, al menos no a nivel médico (recordemos que este capítulo se desarrolla a finales 1915), así que no he hondado mucho en el tema.

Faltan 2 capítulos más para terminar la trama, uno ya lo tengo escrito desde hace mucho, pero bueno, aún me falta decidir qué le haré a Elroy, jaja, debemos recordar que a veces la vida no es justa y los malos se van sin castigo, no sé si este será el caso, pero bueno, veré qué me acomoda.

Muchas gracias por seguir leyendo, por dejar un comentario, por agregar a sus favoritos, de verdad, que me hace muy feliz que les guste esta historia.

PHAMBE, SAYURI1707, ELISA LUCIA V 2016, JENNITANIME, MARINA W, BECKY7024, FABIOLA R, HAKUOUKI, CANDYTERRI, PATYGRANCHESTER, LORE CAMPOS, STER STAR Y A TODOS LOS LECTORES ANÓNIMOS.

Nos vemos en el siguiente.

10 – sept – 2017

Ceshire…