Capítulo 8: Los rastros de un sueño.
Candy no logró escuchar nada más después de que la doctora le dijera que su hijo había nacido muerto. Aquella simple palabra se extendió por su cerebro hasta llenar todas las grietas de su mente, inundando todos y cada uno de sus pensamientos. Empezó a llorar. Le dijeron que hicieron todo lo posible, pero sucedió de todas formas. Candy durmió los siguientes tres días. Estaba pálida y ojerosa, pese a las horas de sueño. Sintió sus mejillas húmedas y se preguntó cuánto tiempo le tomaría dejar de llorar.
Se dejó llevar por la tía abuela Elroy y por inercia subió al auto. Si Elroy planeaba llevarla a su ejecución ella simplemente no opondría resistencia y dejó que la llevara a donde quisiera. No protestó cuando la llevó a la mansión, ni les contó a sus primos dónde había estado.
Neil y Elisa notaron el estado ausente de Candy.
- Candy, ¿qué pasa? – preguntó Elisa con ternura mientras cepillaba su cabello. Neil le ofreció un chocolate caliente que tomó sin remilgos y la acompañaron cuando cayó dormida en un profundo sueño. En ese sueño un sinnúmero de pesadillas se hicieron presentes en referencia a la pérdida de su bebé. Y cuando la rubia despertó ahí estuvieron los hermanos Leagan, velando su sueño. Les dedicó una sonrisa débil, pero nada más. Durante la siguiente semana, Archie, Annie y Stear la visitaron, Patty le escribió y así fue como se enteró que su primo y ella habían terminado su relación. Neil le contó que Albert había desaparecido y, aunque le dolió, no le importó.
/O.o/
La luna de Londres desde la vista de su balcón parecía tan cerca y tan lejana a la vez, inmensa pero inalcanzable, justo como la mujer que ocupaba los pensamientos de Terry Grandchester, no sólo esa noche sino todas desde que se había marchado de Nueva York. Llevaba casi un año en Londres y aun no podía comprender lo imposible que era alejarla de su mente.
- Terruce, ¿todo está bien? – el castaño siguió mirando a la luna, cerró los ojos un momento mientras se recordaba a sí mismo que estaba en la fiesta de Navidad del castillo Granchester. En otro tiempo, en otro lugar y en otra Navidad, pensó que su vida era plena y ahora… ahora. Negó con la cabeza.
- Estoy cansado – le respondió a su padre. Richard pensó que Terry siempre estaba cansado, asistía a la universidad sin replicar, lo acompañaba a la cámara de lores y respondía a lo que le preguntaban, pero fuera de eso, no pronunciaba más palabras. Como si no recordara lo que era tener una conversación normal.
Después de mucha insistencia, lo único que había obtenido de Terry era que se había encontrado con su compañera del colegio y habían mantenido una fugaz relación que terminó por alguna razón desconocida para el duque, pero que era obvio había destrozado a su hijo.
Pero no se sorprendió, los Grandchester eran así hombres de un solo amor, hombres de un solo y fallido amor. Y esa situación lamentablemente se había venido arrastrando por generaciones. Por tradición y mandato real siempre fue el primogénito el encargado de portar el título de "Duque", y ese título era precisamente la maldición que no les permitía enamorarse libremente.
A él le había pasado con su amada Eleanor; para su familia no había sido buena idea el que Richard se enamorara de una actriz, y peor aún, una actriz americana; pero en el corazón resulta imposible mandar, él se había enamorado de ella desde la primera vez que la había visto, ese amor se le había colado en el alma como si se tratase del mismo aire que respiraba; pero no se había detenido solamente en amarla, como sus antepasados lo habían hecho con sus respectivos amores. Él se había dado el lujo de concebir un hijo con ella, un primogénito que por siempre llevaría el estigma del deshonor y de la ilegalidad, además de llevar también a cuestas la marca del sufrimiento por deber.
Cuando se es joven pueden llegar a cometerse tantos errores, sobre todo cuando el principal involucrado es el corazón. Él lo sabía tan bien. Había vivido en carne propia el amor más grande y después el sufrimiento más terrible por tener que dejar ese amor todo por un título aristócrata. Más le hubiera valido haber dejado de lado el título y haberse entregado totalmente al amor, criando, al lado de su amada, a su hijo, fruto único del amor que se habían tenido. Pero no, había cumplido su compromiso con la sociedad al casarse con una mujer de su misma nacionalidad y clase.
Esa traición a sus convicciones la había pagado con el tiempo y a gran escala. En primer lugar se había equivocado al arrancar de los brazos de Eleanor a su hijo, no porque los motivos no hubieran sido válidos, porque realmente él amaba a Terry, solo que le recordaba a cada momento que su corazón estaría siempre al lado de otra mujer que no era su esposa, entonces, para protegerse de los recuerdos que lo atormentaban, se había ensañado con el joven, aislándolo por completo de la sociedad y profundizando su soledad. Después el chico había huido de casa para hacer su propia vida, y un ángel blanco le había hecho entender que era lo mejor para todos, que tenía que respetar su decisión.
Le había dolido mucho ser el causante de las penas de su hijo, pero en ese entonces no lo había comprendido como tal; fue hasta la muerte de la mayor parte de su familia en un trágico ataque que comprendió lo que había sucedido, la felicidad no estaba hecha para él, ni para ninguno que se jactara de llevar en sus venas la sangre Granchester.
Durante algunos meses había vivido atormentado y presa del rencor y dolor que llevaba encima y hubiera seguido así de no haber sido por lo inusitado del destino que lo hizo encontrarse con la oportunidad de ser un verdadero padre para Brandon.
Era una verdadera pena que su hijo y ella no hubieran podido gozar de la felicidad plena de estar juntos, también con ellos el destino se había ensañado
Cierto era que Brandon había detenido su carrera autodestructiva pero no así había podido salvaguardarlo de las consecuencias de la mala vida; esa consecuencia era la enfermedad que padecía el día de hoy y que a cada momento le robaba un poco de vida. El doctor Gregory y los médicos en Londres coincidían, los dolores tan terribles e incontrolables en el abdomen que padecía desde hacía poco más de un año eran debido a la excesiva producción de células malignas en el páncreas, su mal era denominado cáncer y estaba a punto de consumirlo.
La enfermedad de Richard Granchester se detectó poco después de la muerte de su esposa, ese fue el primer síntoma de su fin. Dicha enfermedad hubiera podido permanecer muchos años sin avanzar con los cuidados pertinentes, los doctores le habían asegurado que mientras siguiera una específica, tomara sus medicamentos en orden y tuviera una vida tranquila, seguiría con ella durante mucho tiempo. Pero la fortuna ya estaba echada y las circunstancias habían acelerado el proceso de extinción, su muerte ahora estaba más cercana que nunca.
- Tienes que bajar un hora más, después podrás ir a descansar, a menos que quieras que te disculpe con los invitados.
- No – la voz del menor, fría y segura, no impresionó al duque – quiero estar solo, será solo un momento – pidió, Richard colocó su mano en el hombro de su hijo y le dio un ligero apretón. Se dirigió a la puerta y antes de salir giró su cuerpo para observar a su hijo. Durante ese tiempo no había podido descubrir por qué su hijo parecía tan perdido.
A pesar de desear con todas sus fuerzas olvidar a Candy y a su traición, no podía, y todo aquello, aunque comprendiéndolo, no lo hacía menos doloroso. De verdad le había dolido. Mucho.
Se sentó sobre la cama que de inmediato se hundió ante el peso. No pretendía llorar, no sentía dicha necesidad, había llorado todo lo que podía aquel fatídico día. Se preguntó cómo había llegado a depender tanto de Candy que ni la distancia podía borrar lo que él consideraba una debilidad.
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Otro año más pasó y a pesar de su constante lucha, los recuerdos parecían llegar uno tras otro sin que pudiera impedirlo. Había muchas cosas que a Terry le hubiese gustado no recordar, pero para su sorpresa y tristeza, se vio invadido por momentos pequeños y absurdos. Se preguntó cómo la Candy que él recordaba lo había herido de tal manera. Ella tan temperamental que no se detenía a razonar nada. Sencillamente cuando deseaba algo iba y lo tomaba sin importar el costo. Y era esa apasionada forma de vivir lo que desconcertaba a Terry, ¿por qué ella lo había engañado con Neil? Tal vez, quizá, nunca había entendido lo suficiente a Candy.
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Un año más tarde, Terry sufrió la muerte de su padre. Durante la ceremonia recibió muchos pesares. Y si aquellos habían sido ciertos o sinceros, a Terry le dieron exactamente lo mismo pues lo único que anhelaba era que todos se largaran y lo dejaran solo.
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Seis meses después de la muerte de su padre, su hermanastro cumplió diecisiete años y él veintiuno.
Y tuvieron que pasar casi cinco años para que pudiera comprender toda la furia que sentía. Era una rabia proveniente de algún lugar desconocido dentro de él, pero que lo motivaba a no volver a confiar nunca en nadie más. De haber sido posible, seguramente le habría arrojado algún golpe al pobre incauto que se le acercara con cualquier intención. Y así fue como se abandonó a su enojo contra Candy, por besarle, por hacer que la amara. Se odiaba por hacerse permitido soñar con ella, por dejar que Candy se colocara tan rápido en sus pensamientos.
¿Cómo era que la vida había cambiado tan de repente? Envolviéndolo en un sádico juego de permitirle a ella amarle para después dejarle.
Mira Candy, ese es el color más antiguo del mundo. La sombra del cielo y el agua.
¿Y con qué color describirías la soledad y la tristeza? ¿Del mismo tono que la ira y la rabia?
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No supo en qué momento tragar la saliva le parecía una dolorosa dificultad, aunque no le extraño, dado que últimamente todas las acciones que efectuaba su cuerpo le parecían lo mismo. Era un tanto abrumador y desesperante, pero no podía dejar de hacerlo. Se sentía tan estúpida, dándole ordenes constantemente a su cuerpo para que funcionara correctamente. Porque se había vuelto una serie de interminables y redundantes momentos donde abría los ojos y debía recordarse respirar.
Y entonces hacía justamente eso. Respirar. Programándose para levantarse de la cama y cumplir sus obligaciones diarias. Se había marchado de la mansión de los Andley, dejando todo atrás, un año entero nadie había sabido nada de ella, hasta que después de mucho pensarlo, se puso en contacto con Annie y de ahí fue manteniendo contacto con los demás. Tuvieron que pasar seis meses más para que ella pudiera reunirse con sus primos en Indiana. Los recogió a todos en la estación y los llevo al club donde trabajaba por las tardes. Caminaron los cinco en silencio, Candy podía sentir la tensión en el ambiente, ella misma se sentía extraña, se sentía fuera de lugar, a pesar de estar en la que había sido su ciudad desde que se había marchado, incluso se sintió algo traidora, cuando huyó para alejarse de Elroy, no consideró que también dejaría atrás a sus primos. En ese instante no le interesó, lo cierto era que en ese momento, en el que había decidido que no volvería a dejar que nadie tomara las riendas de su vida, había resuelto todo, no volvería a condenarse a la infelicidad solo para complacer a otros. La deuda que había adquirido con la familia Andley había sido pagada hasta con intereses.
Y es que en su paso por esa familia había perdido, más que abandonado, tantas cosas.
Entraron al Hot Seven. Era un pintoresco y acogedor club de jazz, con una atmosfera muy amigable. Candy aún practicaba con el violín, pero pronto se dio cuenta de que aquel pequeño instrumento no le daba para vivir y pagar las cuentas. El dueño del pequeño local le había dado empleo como mesera. Ese día se lo tomó libre y agradeció que fuera el día en que se podía disfrutar de música de jazz en vivo.
- ¿Y cómo has estado? – preguntó Elisa, poniendo su mano sobre la blanca mano de Candy.
- Bien, ah… hola, Luka – saludó al mesero que los atendería.
- ¿Es verdad que dejaste de tocar? Juilliard aún conserva un lugar para ti… - la rubia se encogió de hombros, no quería escuchar de nueva cuenta el tema sobre la plaza en aquella prestigiosa escuela. Estaba cansada de ello.
- ¿Hay algo que no nos estés diciendo? – preguntó Stear.
- Tú menos que nadie para hablar de secretos – replicó Archie y su hermano le lanzó una mirada resentida.
- Estoy bien, chicos – interrumpió Candy - No quiero volver tan cerca de Elroy, aún no estoy lista.
- ¿Qué fue lo que te hizo la tía abuela Elroy? – preguntó Neil, además de la trampa del compromiso y de las semanas que había desaparecido, y de las cuales no hablaba, no había nada más.
Candy suspiró, era irónico que cuando más se obligaba en dejar atrás a Elroy, sus primos más se empeñaban en recordársela.
- ¿Has sabido de Terry? – preguntó Annie.
- No – respondió Candy, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
- Parece que volvió a Londres – Candy desvió la mirada hacia su amigo Luka que dejo sobre la mesa la comida que le habían pedido, no sabiendo qué responder.
Comieron mientras sus primos le hablaban del último año, pero Archie no le contó cómo Elroy estaba volcando en él la responsabilidad de Clan debido a problemas de salud del tío abuelo William, ni Stear hablo de Patty, o Neil de la enfermera con la que estaba saliendo. Sintieron que familia y amor, no eran temas que Candy quisiera escuchar.
Y a pesar de todo, Candy se sorprendió de la armonía que sintió junto a sus primos. Ciertamente, había algo increíblemente cómodo en su presencia. Una armoniosa nostalgia que le recordaba aquellos días pasados. Cuando era feliz.
/o.O/
Los días pasaron uno tras otro, dos años sin pena ni gloria. Candy tampoco hacía nada para evitarlo. Siempre había escuchado que si no tienes objetivos, la vida se convierte en una sucesión de acontecimientos en los que eres un mero espectador. Era consciente de que eso era exactamente lo que era. Ella sólo veía cómo el sol amanecía cada día, para dar paso a la noche.
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Cuatro años, su hijo cumpliría 5 años ese día, al menos lo haría si hubiese vivido. Candy suspiró, después de mucho pensarlo y la poca capacidad de alejarse de la música, terminó estudiando en Juilliard, no quiso depender de su familia y siguió trabajando tocando en las calles para ganar algo más de dinero del que ganaba sirviendo mesas en la cafetería.
Levantó la mirada al cielo, había nubes grises y amenazantes que se extendían por todo el cielo de Nueva York. Y aunque parecía un deseo imposible ante tal espectáculo, espero que no lloviera esa tarde. La última tormenta había dejado tras de sí demasiados problemas. Iniciando con la visita de la señora Elroy recriminándole por enésima vez ser tan malagradecida. Ella había suspirado y le había dado la espalda a la anciana, ella menos que nadie para acusarla de algo como eso.
Suspiró y guardo el violín en el estuche. Su último alumno había salido pocos minutos antes. Candy ya no era una quinceañera que huía, tampoco era una adulta desesperanzada. Ella simplemente era una mujer que un buen día había despertado y lo había perdido todo.
La oscuridad de la casa la recibió, la sensación de soledad creció mientras subía las escaleras y se desvestía para tomar una ducha. Una vez limpia y algo despejada, se dejó caer en la cama, cerró los ojos y trató de dormir, pero no pudo, después de dar varias vueltas en la cama se convenció de que definitivamente no podría dormirse rápidamente. Se levantó y abrió la ventana, dejando que el aire de la madrugada llenara la habitación, observó el cielo por un largo tiempo, su mente vagando en recuerdos y anhelos. Tratando de entender y comprender, pero nunca lograba su cometido.
/o.O/
Edward despertó aquella mañana y, como siempre desde que tenía memoria, deseó no tener que hacerlo, porque en cuanto abría sus ojos a la oscuridad de aquel sótano, una cosa aplastante y angustiante parecía metérsele por el pecho, provocándole que se le hiciera difícil respirar. Tenía que luchar contra eso, concentrarse en inhalar y no en llorar.
Cada día despertaba a la misma hora, apenas amaneciendo, sin importar si ahí en el sótano estaba casi en total penumbra. Era mejor despertar antes de la hora en que se levantaba el anciano, en vez de ser despertado a golpes por Charles Ingalls, su tutor de acogida. Edward se quedaba acostado en su catre durante unos pocos minutos con el corazón expectante a la espera de los gruñidos y reclamos sobre las tareas que había dejado incompletas el día anterior. Deseando poder ser mayor y, ahora sí, poder completarlas y ganarse la cena.
Sin embargo, no funcionaba. Tenía casi seis años y por más voluntad que Edward tuviera, nunca, nunca podía terminar de recoger el maíz o arar la tierra para el nuevo sembradío, ya ni decir de las demás tareas.
- Levántate mocoso – eran siempre las primeras palabras que le dirigía Charles, el pobre corazón del niño de cabello castaño daba un vuelco por la expectativa de nuevos pellizcos o coscorrones de parte del anciano. Y más le valía al niño no llorar, no mojar la cama, no pedir doble ración, ni mucho menos, que dios no lo permitiera, decirle a nadie lo mal que era tratado porque si no los latigazos eran descargados sobre su indefenso y frágil cuerpecito con más furia.
Así era como Edward de ojos verdes le daba la bienvenida al nuevo día cada día, desde que era capaz de recordar. Aunque no era como si pudiera recordar tiempos pasados, ni muchos menos, mejores. De hechos, sus mejores recuerdos ni siquiera tenían que ver con él, sino con una de sus vecinas. Porque cuando podía parar o tomar un receso en sus tareas, algo que no ocurría muy a menudo, Edward podía escabullirse y asomar la cabeza a la granja vecina donde veía a una niña un par de años mayor colmada de buenos tratos, jugando con muñecas sobre una manta mientras su madre le llevaba galletas y limonada. Imaginando lo que se sentiría ser tocado sin tener que brincar como primera reacción en espera del dolor. Preguntándose por qué él no. ¿Porque él era malo, feo, pequeño y torpe? Por eso. Porque él no era su hijo, sino el hijo de otros. A él lo llamaban mocoso. Y él lo que quería era gritar, gritar que su nombre era Edward, aunque no podía recordar quién o por qué lo había nombrado de esa manera. Estaba casi seguro de que ésa era una de las causas por la que Charles no lo quería. Quizá no tener padres era malo. Quizá él tenía la culpa de que lo hubieran abandonado.
A veces, mientras veía a la niña jugando y a su mamá mimándola, había tenido ganas de ir y preguntarle si podía acariciarle el cabello como lo hacía con su hija y por fin sentir lo que era un toque materno, pero aquello le daba miedo. Por más que lo deseara.
Edward no había sido adoptado por Charles, simplemente lo tenía de acogida y era más que obvio que al hombre no podía importarle menos el niño, lo hacía regresar caminando cuando no le daban suficiente dinero por la mantequilla que el niño hacía y lo castigaba así. Edward corría detrás de la calesita, invadido por el temor de quedarse muy atrás y no encontrar el camino de regreso a la granja o peor ser robado por esa gente mala de la que le hablaba el anciano que secuestraba niños. Y a veces se preguntaba si esos serían iguales o más malvados que Ingalls. Lo menor era no pensar en ello. Así que corría con todas las fuerzas de sus pequeñas piernas y daba enormes saltos en los charcos para no mojarse los desgastados zapatos y, por ende, los pies se le pusieran fríos.
Y en lugar de comprarle comida y otras cosas básicas, Charles gastaba el dinero de la leche, la mantequilla y el maíz en licor, ahogándose por días, hasta que tenía que volver al pueblo para vender más y retomar el círculo vicioso, Edward había aprendido a hacer pan y queso a escondidas del anciano, debía caminar mucho hacía el molino, pero el dueño le daba el maíz molido con la condición de que el pequeño trabajara un poco limpiando los pisos, Edward pensaba que trabajar para el señor Harris era mil veces mejor que hacerlo para Charles.
Tal vez la siguiente vez, reflexionaba el castaño, podría pedirle al señor Harris que lo adoptara. Tal vez, cuando fuera un poco más grande y valiente, podría atreverse a hacerle esa pregunta.
Edward se había perdido viendo a la pequeña de trenzas amarillas y a su madre, que la tarde ya había caído y sus tareas estaban muy lejos de ser completadas.
- Muchacho inútil y mantenido – grito al anciano y lo dejo sin cena, de nueva cuenta. El castaño aceptó su culpa y no lloró ni se quejó cuando Charles lo llevo a empellones hacía su sótano, aunque no pudo evitar morirse de hambre durante toda la noche.
La única vez que Edward le preguntó a Charles Ingalls si él era su padre, recibió a cambio una carcajada y un insulto.
- Tú no tienes padres. Te dejaron en mi puerta hace dos años – Edward tenía 5 cuando Ingalls le había dicho eso.
El niño fruncía los labios al recordarlo, tragándose las lágrimas, harto de llorar, preguntándose por qué sus padres lo había abandonado en la casa de aquel hombre. ¿Qué tenía que hacer para que volvieran por él? ¿Lo habían dejado porque era malo? ¿Por qué no terminaba las tareas que le asignaba Charles a tiempo? ¿Por qué no lo amaban?
/o.O/
Melany Perrot era una niña curiosa. Alarmantemente curiosa, incluso para la edad de siete años. Siempre estaba trepando árboles, cavando agujeros buscando tesoros, persiguiendo animalitos y, de haberlos tenido más cerca, seguramente hubiera espiado a sus vecinos. Era una niña vivaz cuyo entorno llamaba su atención. Estaba jugando con su muñeca cuando lo vio.
Desde hacía un par de semanas, Mel, como cariñosamente le decía su madre, había escuchado ruidos provenientes de la cerca, pero el campo de maíz del vecino, le impedía tener una visión clara de qué o quién era el que se paraba ahí algunos minutos al día observándola. Curiosa como era, la pequeña rubia se propuso descubrir a la criatura, que ella decía era un feroz lobo.
- Aquí no hay lobos, cariño – había dicho su madre, tranquilizadora, pero la niña, no estaba dispuesta a rendirse.
Así que aquella tarde, fingió entrar a su casa, pero la rodeo, intentando que sus pisadas sonaran amortiguadas en el pasto mientras se acercaba al lugar de donde sentía era observada. Y entonces lo vio.
¡Era un niño! Lo miró de perfil, sus pies estaban calzados por unos desgastados botines y su ropa estaba remendada donde antes ya había sido remendada. Era pequeño, pero no tanto. Usaba una camisa demasiado grande para él y estaba deshilachada del cuello y las mangas. Su cabello era castaño y caía sobre su cabeza salvajemente, como si nunca se lo hubieran cortado al parejo, sino solo donde parecía le estorbaba. Era pálido y delgado, mucho. Pero algo en él llamó poderosamente su atención, suficiente para descubrir su escondite y decir hola, pero entonces, escuchó un grito y el niño salto asustando y salió corriendo por el maizal.
Melany, pese a toda la curiosidad que la invadía, tuvo miedo de seguir al niño y decir hola. Quizá tendría otra oportunidad para ello.
- ¿Qué haces ahí, Melany? – su padre la miró curioso.
- Pensé haber visto un monstruo, papá.
- Ya te he dicho que el vecino puede ser gruñón, pero no es ningún monstruo.
- Mi investigación sugiere lo contrario – sonrió la pequeña y luego hizo un mohín, que su padre la buscara solo tenía un propósito - ¿es hora de practicar?
- Sí, pequeña, en tres meses podremos ir a Nueva York y que presentes la prueba.
Su abuelo, Jules Perrot en sus mejores épocas, fue uno de los bailarines rusos del siglo 19, en 1850 y gracias a su abuelo y a otros muchos maestros el ballet ruso tuvo su importancia a lo largo del continente europeo.
JJ, por Jules junior, es decir, su padre, había intentado una carrera en esa misma disciplina, sin embargo, pese a que amaba la danza y hacía su mejor esfuerzo por destacar en la compañía, tenía un pequeño gran problema, no tenía los pies de bailarín y aquello había frustrado sus sueños. Poco tiempo después, durante la guerra conoció a su esposa, una joven americana que se refugiaba con varias familias rusas, entre ellas, los señores Perrot. Se habían casado un año después de que estallara el conflicto bélico y su hija había nacido nueve meses después. Melany había heredado las facciones suaves y los ojos azules de su madre, y de él el cabello rubio y rizado, no así sus pies, dignos de provocar la envidia de Geneviève Gosselin, Marie Taglioni y Fanny Elssler.
Pero Melany no era tan devota al ballet, lo hacía principalmente para no enfadar a su padre. Lo que amaba la joven rubia era aprender y enseñar, soñaba con ser maestra algún día.
Suspiró con resignación y fue al granero que su padre había dispuesto como un salón de ballet, con algunas barras y espejos.
Cuando la clase de dos horas terminó, Melany corrió hacía su madre.
- Mamá, ¿sabes si el señor Ingalls tiene un hijo?
- No, no tiene, pero me parece que hay un chico viviendo con él. Ya sabes que no habla con nadie.
- Cuando vas al pueblo, ¿lo has visto con alguien?
- No que yo recuerde.
- Yo sí – las distrajo el señor Perrot – no estaba seguro de que el niño fuera acompañante de Ingalls, lo vi hace un par de meses cuando, estaba saliendo del bar y el niño estaba observando a los niños de la plaza. Pase junto a él y volvió la cabeza hacía mí. Era un niño pequeño, bastante guapo, diría, pero tenía unos ojos extraños, no sé cómo decirlo… unos ojos tristes.
- ¿Tristes? – interrumpió la pequeña.
- Sí, los más tristes que he visto nunca. Debió aprovechar el tiempo para curiosear, ya sabes, atraído por las voces de los demás niños en la plaza. Ya me estaba alejando cuando escuché a Ingalls acercarse al niño hecho una furia. Grito el nombre del niño y… - se rasco la nuca con un gesto de incredulidad, había olvidado ese momento – no sé – se encogió de hombros – me dio la impresión de que cuando le llamo "Edward" lo hizo con la voz con que uno grita "Fuego" a un pelotón de fusilamiento. El niño se volvió hacía el anciano y se puso a temblar de terror.
- Creo que lo vi asomándose a nuestra cerca.
- Seguramente le llamas la atención – sugirió su mamá – podrías acercarte y decirle hola.
- Todavía no. Teno que investigar un poco más – la sonrisa de su madre flaqueó un poco.
- Estoy segura de que es un niño simpático, tal vez necesita una amiga.
/o.O/
Melany estaba decepcionada, había pasado una semana sin ver a su pequeño espía. Se acercó al maizal y miró hacia atrás, su padre había ido a cortar leña en la parte de atrás y su madre estaba tendiendo la ropa. Cruzo la cerca y camino recto. Entonces lo vio, el pequeño castaño estaba peleando con la batidora de madera. El anciano con el que vivía salió de la vieja casa de madera y le gruño algo que la rubia no pudo escuchar. Vio a Edward asentir y siguió con su tarea. Su padre tenía razón, sus ojos parecían siempre tristes y furtivos mientras seguía batiendo.
La pequeña lo esperó una semana más, ella le había visto acercarse a la cerca que dividía ambas propiedades y otras tantas ella había cruzado hacía el terreno para espiarlo en sus tareas. Melany había decidido que aquel pequeño niño era la cosa más linda que jamás había visto en su vida. Además de ser pequeño, al menos en edad, tenía el más dulce rubor de timidez, sus ojos tan verdes como la selva, brillaban cuando sonreía, aunque solo lo hacía cuando iba a espiarla a ella. Melany había decidido ser la amiga de Edward y haría lo que fuera para lograrlo.
Sonrió al verlo tararear una canción mientras trabajaba, parecía que cuando imaginaba la música, su rostro se trasformaba a uno de completa paz. Y, aunque con movimientos torpes, intentaba traducir las notas musicales en pasos de baile.
Mientras lo observaba a escondida, una mariposa se posó en el dorso de la mano del castaño, Melany le vio mover los labios, como si le hablara a la mariposa y en un acto de impulsividad, que nunca antes le había visto, Edward se puso de pie y persiguió a la mariposa, riendo suavemente mientas lo hacía. La persiguió por un rato, quedando fuera de la vista de la rubia. Intentando visualizarlo de nuevo, Melany piso una de las ramas secas y el ruido atrajo la atención del castaño.
Los niños se miraron mutuamente por un largo tiempo. Edward fue el primero en desviar la vista, mirando a la casona y mordiéndose el labio antes de volverse de nuevo hacía la niña.
- Hola – saludó con la mano y una pequeña sonrisa que no podía si quiera clasificarse como tal. Melany miró la mano y vaciló – ah, disculpa – el castaño llevó su mano hacía su ropa para limpiarla lo mejor que pudo.
- Hola – interrumpió la pequeña su labor - ¿cuál es tu nombre? – aunque ella ya lo sabía, creyó adecuado preguntarlo.
- Eh, me llamo Edward, ¿y tú?
- Melany Perrot – el castaño nuevamente se giró para ver la casa. La niña dio un paso adelante y el niño retrocedió dos. A Melany le pareció que estaba asustado. No le importó. Ella era valiente. Sería valiente por ambos.
Melany no se rindió y de nueva cuenta dio un paso hacia adelante. Edward le temía un poco a la niña, si bien había pasado sus ratos libres espiándola, nunca se imaginó tenerla así de cerca. ¿Y si iba a pegarle por observarla? La niña estiró el brazo para tocarlo y éste tropezó en su intento por rechazarla, estaba seguro de que iba a pellizcarlo o a golpearlo como hacía Charles. Melany retiró la mano, parecía bastante compungida.
- Todo está bien. No estoy aquí para lastimarte – la niña pensó que aquello era lo que creía Edward. Después de todo, ella era un poco más alta y a Edward siempre le habían atemorizado las personas más grandes y fuertes que él.
- ¡Escuincle! – ambos saltaron sin querer ante aquel horrible grito. Edward echó a correr y antes de entrar, arriesgó una rápida mirada hacía Melany, sonrió tímidamente y se despidió con la mano.
Melany regresó a su casa y le contó su pequeña aventura a su madre, aunque la había retado por meterse en una casa ajena, la alentó a ser amiga del niño, que por lo que escuchó, de verdad, necesitaba una amiga.
- He decidido que seamos amigos – anunció la rubia con expresión altanera, mientras se acercaba a Edward que estaba en la cerca.
- ¿De verdad?
- Sí.
Melany pasaba mucho tiempo con Edward, le invitaba de su limonada y de sus dulces cuando el niño estaba en su jardín y cuando debía volver, lo seguía mientras el castaño trabajaba. La pequeña, le pareció al niño, no paraba de hablar y hablar. Y por extraño que eso pareciera, ambos disfrutaban aquello. Ella encantada de encontrar a alguien tan interesado en sus historias y él encantado de escuchar algo más que no eran insultos.
- De acuerdo, amigos.
- Mamá quiere que te invite a cenar, ¿crees que si viene a hablar con el señor Ingalls te deje ir?
Edward suspiró negando con la cabeza. Y luego su rostro se iluminó. Estaba a dos días de quedarse solo por un día entero. Cada fin de mes, Charles se largaba a solo él sabía dónde, porque Edward dudaba que Dios siguiera a personas como él, y lo dejaba solo y aunque aquello sonaba prometedor, en realidad, casi siempre lo dejaba encerrado si no terminaba sus tareas.
- Tendría que terminar mis tareas y podría ir el próximo sábado. Charles se irá.
- ¿Te vas a quedar solo? – se escandalizó la niña.
- Sí.
- No, no, si logras que te deje ir, mejor será que te quedes con nosotros. Le diré a mis padres.
- De acuerdo – Edward no quería aprovecharse de su nueva amiga, por tanto, no le pidió que le ayudara con sus deberes, sin embargo, no se negó cuando ella se ofreció.
/o.O/
En el sótano, Edward pasó la noche en vela, digiriendo todo lo que había escuchado de su nueva amiga. En tres semanas, desde que se encontraran de frente, Melany no había tenido inconvenientes en enseñarle todo lo que él desconocía. Y por primera vez en mucho tiempo, deseo soñar, soñar con una dulce melodía y con la interpretación de la misma. Y de pronto, en algún punto de esa noche, todo fue bueno. Se aferró a las únicas dos cosas que pensó eran de sus padres porque estaba seguro de que con ellas los encontraría, algún día.
La música y la actuación. Y según Melody, la única cosa que mezclaba ambas era el ballet.
Y él lo aprendería. Costase lo que costase.
Continuará…
Espacio para charlar
¡Estoy viva!
Lo siento, sé que soy una ingrata por demorarme tanto en este capítulo, pero me costó un poco manejar el maltrato sin llegar a ser cruda. Aunque cualquier clase de maltrato infantil me parece repugnante, traté de hacerlo ligero y precisamente eso, me impedía terminar el capítulo. No sé, supongo que cuando tienes un hijo no imaginas que alguien pueda tratar de esa manera a un niño inocente.
Les dije que faltaban dos capítulos más para el final, pero quizá sean más, puesto que en la idea original no me planteaba mucho narrar los años de Edward lejos de Candy y Terry, pero me han dicho que de alguna manera esa es la parte crucial de la película en la que estoy basándome, así que he decidido agregar un par de capítulos.
Como saben tengo varias historias en proceso y suelo volverme un poco loca a la hora de decidir cuál actualizar, pero les prometo que terminaré todas las que ya están iniciadas, no puedo darles una fecha de publicación porque últimamente se me complica más sentarme a escribir, solo les pido me tengan paciencia.
Espero que les haya gustado este capítulo y me perdonen un poco por el maltrato, de verdad, que lo creo necesario para el desarrollo de lo demás.
Gracias a las que siguen esta historia y a las que comentan…
Guest, Kamance, CinthyaF, Miriam7, Alondra, Guest, Ster star, Marina W, Sayuri1707, Lore Campos, Yoliki, Iris Adriana, PatyGrachester, CandiceWhite, Jennitanime, Aurora, Guest, Sony77, Hakuouki, Luisa, Suina.
Por cierto, ¡Feliz Año 2018!
03 – ene – 2018
Ceshire…
