Capítulo 9: Un niño llamado Edward
Edward soñó que era libre. Que Charles no existía en su mundo y que él no conocía el dolor del maltrato. Solo las caricias suaves de su madre. Se imaginó siendo libre y sonrió en la oscuridad del sótano.
Quiso escapar de la jaula que lo apresaba, pero sus alas, cercenadas por la desgracia, no le permitieron hacerlo y lo amarraron como cadenas al piso, a ese sótano. A esa vida.
Por ello, cerraba sus ojos y soñaba. Con una felicidad inventada, olvidándose de las lágrimas y el dolor de su corazón y de su cuerpo. Imaginando que la felicidad lo espera revoloteando al alcance de su mano, dispuesta a ser descubierta por él.
Porque su mundo, su realidad, por más cruel que fuera, nunca pudo robarle sus sueños. Sueños que algún día haría realidad.
/o.O/
Edward se despertó como todas las mañanas, pero esta vez en lugar de quedarse acostado, esperando el grito de Charles, saltó de su catre, recordando que había sido invitado a cenar. Nunca lo habían invitado a ningún lado y tenía miedo de arruinarlo todo, de no saber qué hacer, qué decir o cómo comportarse. El castaño se recordó que antes de irse, lavaría la ropa que estaba menos remendada para dar una buena primera impresión a los padres de Melany.
Charles abrió el sótano y el niño quitó su expresión de felicidad al momento, no quería que el hombre lo descubriera.
Toda la mañana escuchó las nuevas tareas para ese fin de semana.
- Todo en la cocina esta inventariado, mocoso – Edward fingió un gesto compungido y bajó la cabeza para que el anciano no viera su sonrisa – Volveré el domingo en la tarde – y entonces el hombre se marchó.
Edward hizo todas las tareas de ese día, alimentado con la idea de quedarse en casa de Melany esa noche y la siguiente, en una cama caliente y con comida, por primera vez sabría lo que era que una mamá le preparara la cena, quizá la mamá de su amiga también podría arroparlo, pero él no lo pediría, no quería sentirse una molestia.
Al atardecer, quitó la ropa que había puesto al sol y paso quince minutos arreglándose lo mejor que pudo con lo que tenía a mano. Atravesó el maizal, sin atreverse a creer que era libre. Antes de entrar a la granja vecina se desvió por el sendero donde sabía creían unos girasoles muy bonitos, arrancó dos para Melany y su madre.
Corrió hacía la casa de su amiga y se paró en la puerta delantera. Estaba nervioso y sintió un escalofrío que le recorrió por la espalda. Respiró profundo y golpeó una vez. Tan solo un par de segundos después, oyó lo que le pareció una manada de búfalos corriendo por la casa, solo para casi ser arrojado cuando la puerta se abrió de golpe y Melany saltó a sus brazos.
En el rostro de la pequeña rubia se pintó una enorme sonrisa.
- ¡Mamá! ¡Si vino, está aquí! ¡Ed, está aquí! – Melany había decidido que sí ella era Mel de cariño, Edward sería Ed, la pequeña tomó la mano del niño y lo arrastró hacía el interior de la casa con una velocidad y fuerza inusitada para alguien de su estatura.
Los instintos maternales de Angela se dispararon nada más tener al pequeño frente a ella. Era tímido, era obvio, pero lo que más le sorprendió fue su aspecto físico. Aunque era alto, la delgadez de su cuerpo dejaba huella de las minucias de su vida. Su rostro era afilado y debajo de sus ojos verdes se dibujaban dos sombras. Si no trabajara en el jardín, como Melany ya le había contado, su piel sin duda luciría extremadamente pálida, el cabello castaño lo tenía todo desordenado y desigual. El lastimero cuadro lo aderezo su ropa, una camisa blanca muchas tallas más grande y unos pantalones que seguramente eran de Charles y que Edward había cortado para que no le molestara el largo. Y los zapatos, esos zapatos que otras personas ya hubieran tirado a la basura. El corazón de Angela se encogió de tristeza ante las desventuras de aquel pequeño.
- Buenas tardes – saludó el castaño.
- Buenas tardes, Edward. Faltan unos minutos para la cena, Melany, ¿podrías poner la mesa? – la niña soltó al niño y se dirigió a la alacena, lo que provocó que Edward se quedara en medio de la cocina sosteniendo ambos girasoles - ¿Son para mí? – preguntó la mamá de Mel, revelándolo de una incómoda situación. Él asintió enérgicamente con la cabeza – muchas gracias, querido. Espero que tengas hambre. Melany ha pedido que sirva panqueques con chispas de chocolate, espero que te guste.
Edward no sabía qué era el chocolate, pero si Melany lo había pedido, estaba seguro de que le gustaría.
- Muchas gracias por invitarme.
- Vamos, Edward, no seas tan formal. Siéntate en el lugar que prefieras. Melany dice que te ha gustado la limonada. Ahora es tarde y no va con los panqueques, pero puedo hacer mañana mientras juegan en el jardín.
- ¿Jugar?
- ¿Acaso no es lo que haces en el tuyo?
- Yo trabajo… me gusta trabajar en el jardín, el señor Ingalls es muy viejo y por eso le ayudo todo lo que puedo – dijo, tratando de justificarse.
- Debe ser muy pesado para ti – comentó Angela.
- Me gusta – respondió enfatizando cada palabra.
- Mamá, ¿ya están los panqueques? – Melany no gustaba de ser ignorada – Ed, siéntate aquí – demandó, dándole una palmada a la silla junto a la suya.
- ¡Melany! – reprendió Angela – papá aún no llega, además, Edward puede sentarse donde él quiera – el castaño, que no quería enfadar a su amiga, se sentó donde ella le indicó y justo en ese momento, Jules entró a la cocina.
- ¡Buenas noches! – saludó el dueño de la casa.
- ¡Papá, mira es Edward! ¡Vino a cenar y a quedarse con nosotros! – gritó Melany parándose sobre la silla.
- Ya lo veo, querida. Es un placer, Edward.
- El placer es mío señor, Perrot, gracias por invitarme.
- Hola, cariño – y Angela besó a Jules. Edward quiso desviar la mirada, de verdad que sí, pero aquella muestra de afecto entre los padres de su amiga provocó que sintiera una piedra en el estómago. ¿Sus padres se habían amado de esa manera? ¿Estarían juntos? En caso, por supuesto, de que aún siguieran con vida.
El olor a panqueques caliente les llegó al momento en que Angela puso una bandeja a rebosar sobre la mesa. Melany la atacó en el acto, sirviéndose tres en su plato con un tenedor. Jules sabía debía controlar el peso de su hija, pero aquel día era especial para ella y lo dejo pasar. Angela se sirvió dos panqueques en su plato y puso la misma cantidad en el de su esposo. Ambos empezaron una animada charla sobre algo, dejando a Edward por su lado. Inseguro de cuántos le eran permitidos, el niño estiró el brazo vacilante y tomó uno. Melany interrumpió la conversación de sus padres al escuchar un nombre que le resulto conocido y la conversación se enfrasco en los sospechosos perros del dueño de la botica. Edward vio que los tres echaban jarabe en sus platos y untaban mantequilla.
Se mordió el labio y dado que ninguno le ofreció mantequilla ni jarabe, procedió a imitar los prolijos cortes de Angela. Ojeó los pedazos antes de tomar un bocado.
¡El sabor era exquisito! Él nunca había comido nada igual. Un gemido de apreciación escapo de sus labios y tres pares de ojos lo miraron. Edward se sonrojó pensando que sus modales en la mesa debían ser pésimos.
- Lo siento.
- ¿Por qué te disculpas? – preguntó Melany untando más mantequilla.
- ¿Nunca habías comido panqueques con chispas?
- Ningún tipo de panque, en realidad, solo un poco de pan blanco… - Edward cerró la boca avergonzado.
- ¿Y por qué solo te has servido uno? – preguntó Jules – Deberías ponerle mantequilla y jarabe, aumenta el sabor.
El niño sonrió y asintió. Untando y vaciando los dos ingredientes en lo que le quedaba de pan. Como había dicho el señor, el sabor era mucho mejor. Tomó la leche que Angela le sirvió y como vio duda en los ojos del pequeño le sirvió dos panqueques más. Después de todo era un niño en crecimiento y uno no sería suficiente. Lo vio engullirlos con deleite y le sonrió. Cuando terminó apoyó sus cubiertos cuidadosamente y agradeció la cena.
Vio que todos habían terminado y se levantó de la mesa empezando a apilar los platos para llevarlos al lavabo.
- ¿Qué haces, Ed? – Melany lo miraba con una ceja levantada.
- Eh, limpiando.
- Qué niño, tan dulce. No es necesario que recojas la mesa, Edward. Tienen una hora antes de tomar un baño e irse a la cama. Será mejor que vayan y jueguen.
- ¡Es hora de jugar!
Durante esa hora, Edward y Melany jugaron dentro de la casa, su madre les hizo un mapa del tesoro con acertijos y Edward hizo lo que Melany quiso y decidió sobre el mapa. Esto, por supuesto, le venía de las mil maravillas a la niña. Y es que secretamente, Melany adoraba ver a su amigo reír, correr, en fin, tener una infancia. Porque aunque Edward no lo aceptara abiertamente, sus padres y ella se dieron cuenta del maltrato al que era sometido nada más verlo, pero preferían fingir para no incordiar a su invitado. Aun así ella estaba dispuesta a hacer más llevadera la vida del pequeño durante el tiempo que siguiera ahí.
- Melany, es hora de bañarse – gritó la melódica voz de Angela.
- ¿Puedo bañarme con Edward? - el niño de pronto se puso pálido.
- No, hija, ya hablamos de las diferencias entre niños y niñas, cada uno se bañara por su lado – dijo tajante Jules, el niño, por su parte, respiró tranquilo. De ninguna manera podría mostrar su espalda a su amiga, sabía que aquello requeriría muchas explicaciones, explicaciones que nunca daría sino tenía que hacerlo.
Quince minutos después, Edward estaba sumergido en la tina de baño, nunca de los nunca se había permitido una ducha caliente. Charles le daba agua caliente para una ducha que duraba lo que un helado al sol, que le permitía quitarse la mugre y el polvo de sus jornadas, pero jamás sentirse limpio y relajado.
Cuando decidió que era un abuso permanecer más tiempo sumergido en la tina, salió con cuidado de no resbalar. Había dejado una toalla y una pijama que nunca antes había visto. Era blanca con una flor bordada en la parte superior derecha. Seguramente era de Melany, pero no le importó. Usar aquella prenda suave, era mejor que dormir con su ropa gastada. Se miró al espejo que los Perrot tenía en el baño con ojo crítico. Tenía algunos verdugones en los hombros de cuando Ignalls lo sacudía. Las cicatrices de los latigazos, que en realidad, eran marcas de hebilla de cinturón, eran cada vez menos rojas sobre su espalda. Esa paliza había sido tres semanas atrás. Edward había cometido el error de llevar pan a la cocina, el pan que él elaboraba y Charles lo acusó de ladrón, con una mirada de tal indignación se había desabrochado el cinturón y golpeado al desprevenido pequeño por la espalda. Aquella cruel descargar de ira e injusticia había durado cerca de 3 minutos, solo debido a que el brazo del anciano se había cansado, pero lo suficiente para hacerlo sangrar. Charles no era estúpido y nunca le golpeaba la cara, cuando lo vio, con gruesas lágrimas que brotaban libremente de sus ojos lo mando a empujones al sótano y lo encerró todo el día. A pesar de ello, Edward se sintió orgulloso de sí mismo, se había prometido ser valiente y una forma de rebeldía ante aquella golpiza había sido no gritar, se había mordido los labios y el interior de las mejillas hasta casi hacérselas sangrar, pero no gritó. Ni una vez. Porque había descubierto que a Ignalls parecía gustarle escuchar sus gritos de dolor. Y por una vez, o varias, aunque esperaba que aquella paliza no se repitiera, sintió que le había ganado.
Agradeció en silencio la privacidad que le dieron los Perrot, Edward no quería explicar cada una de sus cicatrices que más que dolerle en el cuerpo, le dolían profundamente en su alma inocente. La tarde noche que había pasado en aquella casa había sido la mejor de toda su vida, al menos la que recordaba. Porque había noches en que soñaba con una mujer, una que lo había cuidado, que le había enseñado a caminar, a hablar, a rezar, pero cuyo recuerdo era cada vez más difuso.
Edward se vistió lo más rápido que pudo, sintió la suavidad de la pijama y agradeció que Melany fuera unos centímetros más alta que él. Mientras salía del baño en dirección a la habitación de Melany, empezó a sentirse soñoliento y sonrió al pensar que esa noche podría disfrutar de su sueño en una cama calientita y suave. Cuando tocó y escuchó la invitación a entrar, Edward tuvo que parpadear un par de veces para creer lo que estaba viendo.
Melany y Angela habían construido un fuerte a base de cobijas, lazos amarrados y un palo de escoba cuidadosamente colocado, todo cubría la cama como si fuera un dosel, Melany salió haciendo a un lado una de las mantas y corrió para abrazarlo.
- ¡Es un fuerte, Edward! – gritó la pequeña - ¡Es un fuerte pirata! – el niño se estremeció de pura emoción y sintió un picazón en los ojos, pero contuvo las lágrimas.
- Es increíble – alagó el castaño y la niña sonrió aún más.
- Dormiremos juntos – indicó Melany cuando Edward entro en la tienda.
- ¿Listos? – Angela esperó a que los pequeños se acostaran para arroparlos. Luego le dio un beso a Melany y, aunque dudó, también le dio uno a Edward. El niño se avergonzó. Un beso de buenas noches. Eso bastaría para aferrarse a sus noches frías y solitarias.
- Ed – lo llamó Melany cuando ya se estaba quedando dormido.
- ¿Sí?
- Es estupendo tenerte aquí, desearía que pudieras quedarte siempre.
- Yo también, Mel.
- Ed – la niña vaciló, lo cual le pareció raro al castaño - ¿qué es de ti el señor Ignalls? – Edward suspiró tratando de acallar la burlona carcajada que Charles le había dedicado cuando él le había preguntado lo mismo.
- No lo sé, Mel – respondió, sincero – desde que tengo memoria he vivido con él. Extraño tener padres, aunque no sé lo qué es, lo añoro, Mel, pero aquí – se señaló el corazón – siento que debo encontrarlos, que si bailo podrán encontrarme.
- ¿Bailar?
- Te dije que sentía que la música y la actuación como una conexión, algo que me ayudara a encontrarlos.
- Si eso es verdad, te ayudaré, le pediré a papá que te de clases. Podremos practicar juntos.
- ¿En serio? ¿Harías eso por mí?
- ¿Por ti, Ed? Por ti haría lo que fuera – la sonrisa y el brillo en los ojos de Melany fueron prueba suficiente para que Edward le creyera.
- Te quiero, Mel, yo también haría todo por ti.
- Te quiero, Ed – la rubia se giró enredándose en las mantas y dándole la espalda.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
/o.O/
Charles Ignalls era pobre. Y mucho más que pobre, era desdichado. Estaba recostado contra la pared del mugriento callejón y se dejó resbalar hasta el suelo húmedo. Sus ropas, antes de buena calidad, ahora eran una burla de lo que fueron en sus mejores días.
- ¡Malditos, todos son unos malditos! – gritó con odio al aire y buscó entre sus ropas la pequeña botellita de ron barato que había comprado. Era la última de muchas que había conseguido por esos días. Era absurdo que él se quedará sin licor o sin dinero. ¡Había tenido de ambos a manos llenas! ¿Cómo fue su padre capaz de dejarlo en la ruina? Fue un error, un simple error. Pero él no se refería al desfalco de fondos en la empresa de su padre como el error, sino más bien a que lo hubieran descubierto. Lo había desheredado y su madre solo le había podido dejar como herencia la granja donde ella alguna vez había vivido. Todo era tan injusto.
Gracias a quien fuera había acogido al mocoso que vivía con él desde hacía tres años o hubiese tenido que seguir trabajando en algo en que ni siquiera era bueno.
Dio un largo trago al ron y sintió cómo le quemaba la garganta, sus ojos se dilataron, no había nada mejor que el licor por las mañanas, por las tardes y por las noches. A toda hora si fuera posible.
- ¡Ese maldito mocoso! – gritó, últimamente le gustaba maldecirlo, le reconfortaba pensar que alguien más era miserable en aquella cabaña, le había odiado desde siempre, pero esa última mirada desafiante y la contención de los gritos ante la paliza de algunas semanas atrás le habían descolocado. A Charles siempre le había gustado infundir miedo en los demás - ¡Ya me las pagaras cuando vuelva! – bramó poniéndose de pie a duras penas, le dio un nuevo trago a su botella y se dio cuenta de que no quedaba mucha.
- Quizá no puedas volver – le interrumpió, el paso y los pensamientos, un hombre más o menos de su edad, usaba ropa gastada, pero su rostro y cabello estaban limpios y sus ojos tenían un brillo vengativo. Enfocó mejor y se dio cuenta de que estaba rodeado por otros dos hombres que se sumaron al primero. No le hizo falta preguntar quiénes eran, aun así parpadeó confundido.
- ¿Cómo… cómo me encontraron?
- Nos costó un poco – admitió uno de ellos – pero te hemos seguido la pista y estamos aquí para vengarnos.
Charles pudo enderezarse y trató de correr, pero sus intenciones fueron interceptadas por los tres hombres y dos de ellos lo tomaron por los brazos.
- Vamos a disfrutar esto – empezó a decir el que no lo tenía sujeto mientras sacaba un cuchillo de sus ropas y recorría el rostro de Ignalls sin cortarlo – Eres patético – continuó, Charles sintió sus lágrimas invadirle el rostro y el miedo recorriéndole las venas – eras un hijo mimado, acaudalado, tenías todo para tener al mundo a tus pies y lo perdiste por avaro y nos llevaste entre las patas a nosotros, que ni sabíamos que estábamos lavando dinero para tus fraudes. Perdimos nuestro trabajo, pero a diferencia tuya no acabamos como tú, miserables, alcohólicos y solos – continuó apretando más el cuchillo contra su mejilla – ese maldito mocoso del que hablas seguramente ni llorara tu muerte, no le importara y por fin podrá librarse de una lapa como tú. No eres nada – Y entonces clavó el cuchillo 5 veces, en diferentes partes del cuerpo. Su piel ardió en contacto con el metal y sintió la sangre resbalar por su cuerpo. Charles los miró fijamente con el miedo sembrado en los ojos mientas los brazos que lo sostenían se apartaron y él cayó y golpeó el piso frío. Todo estaba frío y se iba desvaneciendo.
Dejaron el cuchillo a su lado y se marcharon. Luego de lo que le pareció una eternidad, cerró los ojos y se dejó llevar hasta que ya no sintió nada. Nada.
/o.O/
El resto del fin de semana ocurrió pacíficamente. Edward disfrutó tremendamente la visita a casa de Melany y por ello se sintió abatido cuando llegó la hora de volver a la granja Ignalls. Después del almuerzo empezó a despedirse y a agradecer las atenciones. Recibió un firme apretón de manos de parte del señor Perrot y un afectuoso abrazo por parte de Angela.
Melany acompañó a su amigo hasta la línea de división de ambas granjas. Edward sintió un nudo en la garganta, no había pensado en lo difícil que sería dejar aquella cálida casa. El señor Perrot le había dicho que con gusto le enseñaría a bailar y Angela le dijo que era bienvenido para la comida todas las veces que quisiera, pero no sería lo mismo.
Edward sintió una inesperada tristeza. Había disfrutado verdaderamente su estancia en la casa de su amiga y deseó con todas sus fuerzas algún día tener algo así para él.
- ¿Te divertiste? – Edward asintió enérgicamente con la cabeza y le sonrió a su amiga, quien se conmovió por la expresión del castaño, se lanzó a sus brazos y besó su mejilla – Todo estará bien, te lo prometo – afortunadamente Melany no había presionado a Edward para que hablara sobre su vida con Charles, pero sabía que tarde o temprano, ella tocaría el tema y él tendría que dar algunas respuestas.
- Gracias por todo, Mel.
- Eres mi amigo, Ed, no tienes nada que agradecer.
- Tú eres mi única amiga – dijo el niño, tratando de controlar sus ganas de llorar. La niña volvió a abrazarlo y Edward echó a correr rumbo a su casa.
Esperó a Charles con una sensación agridulce. La casa era una fría tumba comparada con la calidez del hogar Perrot. Edward soltó un suspiró de impaciencia cuando miró el reloj cucu de la sala. Las siete, Ignalls llevaba cuatro horas de retraso y el estómago de Edward gruño, mal acostumbrado a comer a sus horas durante los días anteriores.
Se atrevió, no sin cierto miedo, a tomar un poco de queso y leche para saciar su apetito. Otra hora. Edward se fue a dormir pasada la media noche y por la mañana la casa seguía igual de vacía.
Edward salió de casa y empezó sus deberes. Tres días siguiendo la misma rutina hasta que la despensa quedo totalmente vacía. Podía ir al pueblo a vender la mantequilla, el queso y la leche, pero estaba totalmente seguro de que si Ignalls se enteraba de ello, la paliza sería legendaria. No le había dicho nada a Melany cuando le preguntó por qué ya no le gritaban tan seguido.
Edward pensó que si lograba que le compraran las cosas, llenaría la despensa y solo tomaría la porción que siempre le daba el anciano.
Subió a la calesita y en veinte minutos estuvo en la plaza del pueblo. Entró con seguridad a la cremería, al dueño no le resultaría raro que fuera el niño quien vendiera las cosas, después de todo, Ignalls pasaba la mayor parte del tiempo borracho y era desagradable para los negocios.
- En total son 19 dólares – le dijo el dependiente. Edward pensó que aquello le duraría al menos dos semanas si lo administraba bien.
- Gracias – el señor Mulder era honesto y no le había robado al niño, lo cierto era que le compraba más que nada por no tener que soportar a Charles Ignalls en su local molestando todo el tiempo.
- Por nada.
Edward compró huevos, aceite, un poco de tocino y jamón, así como algo de carne y pollo.
Fue hasta casi dos semanas después que comprendió que Ignalls no volvería. Quizá también lo había abandonado como sus padres. ¿Y por qué no debía estar triste? Dudaba mucho que el anciano hubiese llegado a sentir alguna emoción por él, aparte de odio y recelo, pero Edward estaba seguro de que podría haberlo querido como a un padre, pese a los maltratos, si solo Ignalls lo hubiese dejado.
/o.O/
Las clases con Melany y su padre eran un remanso de paz a su situación, había acordado con el señor Harris, el molinero, trabajar unas horas para conseguir no solo pan, sino algunas monedas que echaba a una lata para poder costearse algún día un boleto a Nueva York para empezar la búsqueda de sus padres.
Jules Perrot había vivido toda su infancia entre bailarines, sabía distinguir a los que tenían futuro de los que no. Su hija Melany tenía la técnica y los pies que le pronosticaban una gran y larga carrera en las tablas. Y fue que cuando Edward se unió a ellos que vio el potencial de ambos niños.
La dedicación del pequeño hacía la danza era total, al grado de que mientras trabajaba o hacía sus demás actividades, él seguía bailando. Edward hacía un gran esfuerzo, no solo para corresponder las molestias de Jules de enseñarle lo básico y retrasando un poco a Melany, sino porque encontró en la danza una pasión que empezó como el lazo para encontrar a sus padres y se convirtió en el aire que respiraba.
Jules incluso le regalo varios pares de sus pointes de la suerte, que había conservado como un recuerdo de tiempos donde pensó que bailar sería su destino. Es innegable que Edward llevaba la pasión por danza en las venas, música e interpretación, dos disciplinas combinadas, las únicas dos cosas que sentía como suyas, que le decían que era una parte importante de los seres que le dieron la vida. Sus padres.
No le importaba cómo saldría de aquel estado para ir a Nueva York, ni tampoco que Melany se iría en dos semanas y se quedaría solo. Mientras bailaba solo pensaba en el movimiento de su cuerpo. Jules accionó la música y las notas de The Fountain of Bakhchisaray de Boris Asafiev comenzaron a sonar y Edward se dejó llevar por la música.Quería olvidar todo el peso que llevaba cargando en sus hombros desde hacía meses, pero no pudo hacerlo, su mente y su corazón seguían atados a un solo pensamiento, sus padres. Y por primera vez, dentro de su corazón, descubrió un deseo que nunca se hubiese imaginado tener. La imagen de Angela arropándolo para dormir, sirviéndole en su plato suficiente comida para saciar su hambre, su beso de buenas noches, su voz seria al regañarlo por alguna imprudencia que lo pusiera en riesgo, su voz conciliadora mientras curaba una herida. Y Edward pensó en su madre, la mujer que le dio la vida, quiso creer que ella había dejado todo para traerlo al mundo, que había vivido sola su embarazo, sin poder compartirlo con su padre, quiso creer que ellos lo amaban. Mamá, papá. Mientras seguía moviéndose al ritmo de la música y con los pasos correctos, pensaba en lo que hubiera sido tener una familia, una infancia normal y sintió la angustia por todo subiendo desde su corazón hasta su garganta, por primera vez quiso gritar, pero sintió que se ahogaba, la tristeza y la desesperación llegaron hasta inundar sus ojos, dejó que sus lágrimas corrieran libres por sus mejillas y afloró sofocados sollozos.
Fue consciente de que Melany había dejado de bailar y que lo observaba junto a su padre, ambos le permitieron dejar fluir su dolor. Porque él no solo lloraba por sus padres, lloraba por la vida que no tuvo, por la amiga que pronto perdería, lloraba por él, por el miedo y la confusión, porque no sabía si algún día podría llamar a alguien mamá. Pero en ningún momento paró de bailar y pensar, y de pronto su cuerpo se sintió débil y de no haber sido por los brazos de Mealny hubiera caído al suelo.
La pequeña rubia lo miraba en silencio, todo él derrochaba melancolía, una que no le había visto jamás, estaba llorando y no dejaba de bailar sobre las puntas de sus pies. Se había perdido viendo a su amigo hasta que lo vio caer y reaccionó para rodearlo con sus brazos.
El silencio cayó sobre Edward como una piedra. Sabía que Melany lo miraba expectante, sabía que debía disculparse, pero descubrió que su voz se quedaba atorada en su garganta. No sabía si tendría la fuerza para seguir adelante. Después de todo solo tenía 6 años, su vida era demasiado difícil para un niño de esa edad. Pero sabía que si deseaba encontrar a sus padres, tendría que arrojarse al abismo y esperar por un milagro que lo mantuviese a flote.
Melany se le quedó viendo y Edward sintió el temblor de su labio.
- Ignalls, él no es nada mío, él no me quería, nunca lo hizo… ¡Dios! Las cosas que me hizo… él… él me trataba peor que a un esclavo… y ahora… él… - pero Edward no pudo continuar. Eso era todo, el punto sin retorno. Una palabra más y se zambulliría en las profundidades de la oscuridad que había encerrado en lo más profundo de su memoria. El dolor que había experimentado seguía todavía muy fresco y dolía. Demasiado.
- Dime, Ed, dímelo – pidió Melany, Angela y Jules los miraban en silencio, con el corazón encogido. Y Edward se quitó la camisa, dejando ver su espalda lastimada. Cada cicatriz estaba seca, pero marcaba en su pequeña espalda, sus manos lastimadas y sus pies heridos. Pero lo que más le dolía era el alma. Se volvió para enfrentarse de nuevo a los ojos azules de Melany. Pero en ellos no notó pista de ira ni lastima como había imaginado, porque todo lo que vio fue amor, brillando sin restricciones y envolviéndolo con calidez. Y Edward supo que no había nada qué temer y abrió la boca para empezar su historia, trayendo a la superficie toda la oscuridad de su vida con Ignalls, sabiendo que si se perdía en el dolor y la desesperanza, la luz de Melany lo llevaría de vuelta.
/o.O/
Seis años y seis meses años, habían pasado. Y él había cumplido cabalmente su promesa. Brandon cumpliría veintiuno en 8 meses y él sería libre de hacer lo que quisiera. Sabía que no podría volver a actuar, no esperaba que nadie le diera una nueva oportunidad para ello. Pero decidió invertir en el negocio del entretenimiento.
Por supuesto, y si alguien supiera de ello, seguramente lo acusaría de masoquismo, mas Terry sabía que no tenía nada que ver con eso. Se trataba simplemente de un laberinto de comodidad.
¿Cuántos días habían pasado desde entonces? Y casi podía sentir la decepción tallada a fuerza en su espalda cuando comprendió que había arruinado su única oportunidad.
/o.O/
Candy le echaba de menos, habían pasado casi siete años y todavía lo extrañaba y ese sentimiento le causaba dolor y rabia en la misma medida. Eran en días como ese, cuando pasaban por su cabeza situaciones completamente irreales. Empezando porque ambos serían felices en compañía de su hijo, compartiendo risas y situaciones cotidianas de sus vidas y que cuando mirara a esos ojos verdiazulados , habría visto amor, pero nada de eso era real todo era como el vapor de la tetera, que se evaporara y se iba rápidamente con el viento, como lo hizo él, un día muchos años atrás, el momento en que su corazón se rompió en millones de pedacitos y aún hoy a sus veintitrés años, no había conseguido recuperar.
/o.O/
Fue una decisión difícil para la familia Perrot enfrentar la situación de Edward, sabían que habían hecho algo ilegal, que si algún día Ignalls aparecía los podría meter presos, pero el niño, no podían dejarlo solo. No enfrentándose a quién sabe qué peligros. Con los sellos de Charles, falsificaron documentos para ser los nuevos tutores de acogida de Edward, no serían sus padres y ellos sabían que no podrían adoptarlo por todo el proceso legal que eso conllevaba, pero al menos estarían a cargo del niño. Melany saltó de alegría cuando le dijo a Edward que iría con ellos a Nueva York, que ambos se presentarían a las audiciones y si los aceptaban, estarían 6 meses practicando con un grupo para un recital donde le darían una beca a uno de ellos.
El viaje en tren estuvo lleno de expectativas por parte de Edward, no sabía qué encontraría, ni tampoco si debía tener esperanza, pero por primera vez, supo lo que era probar la felicidad.
/o.O/
La mañana que partieron la estación estaba llena de gente, como era usual en aquella ciudad, vida ajetreada, personas de un lado para otro, prisas, problemas, mucho por hacer y resolver.
Edward miró a su alrededor, recorrió con la mirada la estación, admiró el camarote en el que se quedarían, le había dado casi todos sus ahorros a los Perrot, quienes lo habían rechazado, pero ante la insistencia del pequeño, aceptaron. No eran ricos, pero podían permitirse ciertos lujos y ambos adultos acordaron poner el dinero de Edward en una pequeña cuenta para sus gastos personales.
Cuando los Perrot se durmieron, Melany y él exploraron el tren. Melany se asomó por cada camarote buscando gente interesante entre la multitud de pasajeros. Compraron algo de comer en el vagón comedor y siguieron su camino hasta el último carro del tren donde vieron a un hombre agazapado.
- ¿Estará dormido? – preguntó Edward, Melany se acercó y agacho la cabeza, el hombre abrió los ojos y ambos niños dieron un salto hacia atrás.
- Hola – la voz del hombre sonaba oxidaba, como si hubiese pasado mucho tiempo sin usarla.
- Ho… hola – saludó Edward.
- ¿Qué hacen aquí? – no era el tono que usaba Jules para reprenderlos por traviesos, era más bien curiosidad.
- Explorando. ¿Eres un pirata? – Melany se sentó a su lado.
- No.
- ¿Y por qué usas un parche en el ojo?
- Estuve en el frente y me hirieron – respondió y su estómago gruñó – lo siento, no he probado bocado desde hace dos días.
- ¿Por qué no?
- No tenía suficiente dinero para comida y para el boleto – los niños compartieron una mirada y le entregaron al hombre sus dos sándwiches. El hombre los miró con sorpresa y aceptó la comida.
- Muchas gracias – con calma comió, mientras los niños le contaban algunas de sus más grandes aventuras, un par de horas después, los pequeños volvieron a su camarote para descansar, por la mañana el tren arribaría a Chicago.
Edward y Melany despertaron justo a tiempo para despedir al hombre del último vagón.
- Aquí nos despedimos, pequeños, gracias por los sándwiches.
- ¿A dónde va?
- No lo sé, pero alguna vez viví aquí junto con una amiga.
- ¿La buscará?
- Lo intentaré.
- Buena suerte, señor…
- Albert – la locomotora lanzó un pitido anunciando su próxima salida.
- Yo soy Melany Perrot.
- Y yo soy Edward… - el tren comenzó a avanzar y Albert se quedó ahí, plantado hasta que el tren fue solo un punto negro en el horizonte que llenaba de humo y de confusión su avance. Y después lo sintió, un dolor punzante en su cabeza. Esos ojos. Los ojos de Edward. Un remolino se empezó a formar en su memoria. Flechazos de una vida pasada de la que no había tenido ningún indicio lo inundaron y lo último que pensó antes de desmayarse fue en Edward. En sus ojos. Y que el niño había dicho que se apellidaba White.
Continuará…
Espacio para charlar
Como dije en el capítulo anterior, no quería ahondar mucho en la vida de Edward, pero como tenía parte del capítulo donde se da una reunión entre él y Terry y una decisión que pone en conflicto a Edward sobre presentarse o no en el recital, decidí poner sus vivencias con la familia de Melany. Yo sé que es un capítulo difícil, de verdad, que el abandono y el maltrato infantil son dos temas fuertes y he tratado de no ser tan cruda, pero no puede ser todo felicidad. Yo misma en la edición me sentí triste por la situación de Edward y el solo hecho de que en muchas partes eso es una realidad. De hecho eso fue lo que me obligó a modificar este capítulo, pues en la idea original, Melany y su familia se iban y Edward los alcanzaba 3 meses más tarde, ahí encontraba a Albert que no tenía dinero para el boleto y le decía que si le compraba uno a él, pagaba el suyo (porque me imagino que no le vendían boletos a menores), cuando Albert bajaba, le preguntaba su nombre y Edwar le decía y el otro recuperaba la memoria. Edward llegaba a Nueva York y al no conocer a nadie ni ningún sitio cae enfermo y estaba a punto de morir en la nieve, pero una anciana muy amable lo encontraba y lo ayudaba a recuperarse. La señora trabajaba en el American Ballet Theatre haciendo limpieza, pero sufría de un dolor intenso en las rodillas que apenas le permitía caminar y Edward le ayudaba en las noches cuando nadie se daba cuenta y así podía practicar hasta que lo descubrían y lo invitaban a unirse al taller y ahí se reencontraba con Melany. Como ven eran ya muchas molestias emocionales para ese pequeño.
Y en otras noticias, Albert ha recuperado la memoria, ¿será que él le dice a Candy algo sobre su hijo?
El siguiente capítulo se llama Cuando el destino nos encuentre y el final llevará por título Recuperando el tesoro perdido y aunque solo son dos capítulos puede que alguno lo divida o quite algunas cosas, aún no lo sé.
También le daremos un vistazo a lo que ha sido de Annie, Archie, Stear, Elisa y Neil.
Chicas, gracias, gracias, por seguir leyendo por dejar un comentario, por esperar, no sé qué sería de este fic sin ustedes.
Vialsi, Hakuouki, Mako Beauty, Guest, Kamance, Sayuri1707, Blanca G, Aurora, Marjorie, Jennitanime, Marina W, Miriam7, Amybombona, Darling eveling, Alondra, Guest, Dianley, Pattyquintana3011, PattyGranchester, Yoliki, Lesodette, Sony77, Becky7024, Guest, otra Guest, otra, otra Guest, Monchi, Stear star.
Por cierto, por ahí me llegó un rumor de por qué algunas chicas, dejaron de leerme, no puedo comprobar si es cierto, pero bueno, ni modo, no se extraña a quien no quiere estar, ¿qué no?
Bueno, chicas, ya me explaye, espero poder escribir más rápido y no demorar tanto. Créanme que hago mi mejor esfuerzo.
Linda noche o mañana o tarde y nos vemos en el siguiente capítulo.
20 – feb – 2018
Ceshire…
