Capítulo 10: Recuperando el tesoro perdido

Parte 1

Candy había vuelto a tocar en la filarmónica de Nueva York. Era curioso como el tiempo pasaba lenta y dolorosamente cuando lo único que Candy anhelaba era que fuera más rápido. En la soledad, el tiempo siempre se encargaba de golpearle con recuerdos crueles y momentos maravillosos. Se divertía haciéndole comparar lo que tuvo alguna vez con lo que ahora tenía.

―¿Has oído del niño prodigio? ―preguntó Elena, su compañera. Candy había escuchado que la escuela había apoyado la fundación de la Academia de Ballet Americano y que estaban haciendo audiciones para otorgar lugares en su programa que de a poco se estaba volviendo uno de los más cotizados. Ella misma, en un mes más, se presentaría en el concierto de Central Park donde serían las audiciones en un recital conformado por música y baile.

―No.

―Es muy bueno, tiene como 7 años, pero es alto para su edad y está al nivel de jovencitas avanzadas que han bailado desde los 3 años. ¡Y apenas ha bailado hace un año!

―Los genios pueden estar en cualquier parte ―respondió Candy, encogiéndose de hombros.

/o.O/

Era la primera vez que Brandon Grandchester visitaba el nuevo continente. El verano pasado se había graduado del Real Colegio San Pablo y su hermanastro y duque de Grandchester, Terrence, lo había invitado a acompañarlo para cerrar un trato que había empezado desde inicios del año. Brandon cumpliría 21 años en 3 meses más y Terrence le había sugerido que viajará por el mundo, antes de tomar posesión del título nobiliario.

Y mientras el barco lo llevaba a un lugar que pensó no volvería a pisar, Terry no supo qué hacer. Observando desde la baranda, se sintió sometido, sin comprender que la vida estaba por cobrarle todas y cada una de las deudas que había adquirido al haberse ido, creyendo en personas en las que, en principio, nunca debió confiar.

/o.O/

En su primera noche en Nueva York el joven caballero paseo por Broadway, los espectaculares de los eventos por la noche lo emocionaron, una joven estaba entregando panfletos. Eran de la prestigiosa escuela Juilliard que presentaría a la sinfónica con varios solos, uno de ellos de la señorita Candice White Andley, Brandon reconoció ese nombre como uno de los legendarios desertores del Colegio San Pablo, el otro estaba firmando un contrato para un nuevo negocio.

A pesar de la guerra, el colegio San Pablo siguió con sus rigurosas normas entre hombres y mujeres, solo cambió algo, aquellos que no salían el quinto domingo podían disfrutar de la compañía del sexo opuesto en el jardín del colegio e incluso tomar el almuerzo y la merienda juntos. De esa manera, él había entablado amistad con algunas féminas que contaban la historia de la legendaria C.W.A. y aunque todos sabían el significado de esas iniciales, pocos se atrevían a decir el nombre. Incluso cuando él llego al colegio estuvo bajo vigilancia permanente, sabía por qué, pero cuando demostró que las maneras de su antecesor en el instituto no habían sido heredadas, la vigilancia ceso.

Brandon Grandchester no era un hombre guapo, pero compensaba su físico con unos expresivos ojos color miel y una sonrisa sincera, aunada a una inteligencia arriba del promedio y una personalidad chispeante. Era una cabeza más chico que su hermanastro Terrence y a pesar de su cara redonda, despojado de su ropa la forma de su musculatura ponían de manifiesto la seriedad con que se dedicaba a la esgrima y a la equitación.

Esa misma noche, Brandon le había mostrado el volante a su hermano, emocionado por asistir a un evento de esa magnitud. El dinero recaudado en las entradas sería donado a una causa benéfica. Sin pensarlo y mucho menos, consultárselo, había comprado los boletos para el evento del sábado por la noche.

Cuando Terry leyó el panfleto quedo pasmado, pensó que nunca volvería a escuchar ese nombre. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero él sabía que esa era una probabilidad. "Candy" se atrevió a pronunciar, ¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que dijo su nombre? ¿5 o 6 años?

Brandon notó raro a Terrence durante los siguientes días, y sin siquiera esperarlo, el sábado llego. Brandon no pudo evitar reírse mientras lo veía cambiarse por tercera vez el traje.

Llegaron al Metropolitan Opera House ubicado en el 1144 de Broadway, mejor conocida como la calle 39.

Desde su palco pudieron contemplar la majestuosidad del recinto, el auditorio dorado, el candelero, el proscenio curvado y el telón de damasco dorado que se abrió puntual mientras la orquesta comenzaba a tocar.

Terry pudo apreciar la excelente acústica, mientras esperaba, nervioso, que ella hiciera su solo de violín.

Y de pronto la vio. Candy seguía siendo ella misma, era innegable, pero con un cuerpo más maduro. El delicado secreto de su cuerpo era cubierto por un vestido de corte canesú sin mangas, sus pechos eran poseedores de una armonía estética, su cintura confinaba el centro de su cuerpo a un círculo diminuto que se marcaba gracias a la cinta del vestido. Su torso era corto y sus piernas largas, su piel era blanca como las perlas. Sus cabellos dorados estaban recogidos y dejaba al descubierto su rosto, sus ojos estaban cerrados mientras el violín seguía sonando, deseo ver de cerca los ojos de la rubia, esos ojos que muchas veces le produjeron vértigo.

/o.O/

―¿Qué te ha parecido el concierto, hermano? ―le preguntó Brandon, estaban bajando las escaleras del palco.

―Maravilloso.

―Terry, ¿puedo hacerte una pregunta?

―Desde luego, Brandon.

―Tú y la señorita Andley, ¿se conocían? ―Brandon sabía la respuesta, pero quería comprobarlo con su hermano mayor.

―Fuimos compañeros en el colegio. ―dijo tajante, el otro caballero no preguntó más. Ni siquiera cuando Terry se adelantó para salir del teatro y volver con un ramo de rosas rojas que entregó a uno de los acomodadores, junto con 5 dólares.

/o.O/

Había vuelto, ese era el primer concierto en el que tocaba desde que… desde que lo perdiera todo.

―Te han mandado un ramo de flores ―le dijo una de las asistentes.

―Gracias ―la rubia agradeció esa pequeña distracción a sus pensamientos. Leyó la nota que decía simplemente:

"Del Duque de Grandchester"

En su rostro se dibujó una expresión de desconcierto, hacía más de 8 años que no veía a aquel caballero inglés.

―¿Candice? ―se asomó la asistente que le había dejado las flores ―Un caballero desea saludarte ―y torció la boca porque no sabía si eso estaba permitido, pero el hombre había sido muy insistente.

―Está bien, Katie ―la rubia se imaginó que esas flores tenían un precio, no sabía a qué se debía la sorpresiva visita de Richard Grandchester.

―Buenas noches, Candy ―de pronto sintió que la sangre se le helaba en las venas al escuchar aquella voz.

/o.O/

Si lo pensaba con detenimiento, él no tenía absolutamente nada que hacer ahí. Después de todo, ¿qué es lo que esperaba? Ella había elegido a Neil sin darle una explicación.

Y sabiendo eso, ¿es que no podría mejor evitar ese encuentro?

En realidad, sí, era mejor hacerlo. Largarse y pasar desapercibido. Y, aunque no estuviese del todo seguro de ello, sus planes estaban fríamente diseñados de esa manera; en cuanto tuviese entre sus manos la respuesta que quería, Candice White Andley podría hacer de su vida lo que le viniera en gana, así como Terry también haría lo mismo de la suya. Después de todo, lo que sea que ellos hubiesen tenido alguna vez, pronto se reduciría a mencionar que duró unos cuantos años. Después de todo, ¿qué era ese tiempo si lo ponía directamente en comparación con toda una vida? Pero antes de hacerlo, antes de simplemente darse la vuelta e irse nuevamente, necesitaba algo. Sólo una cosa.

Terry necesitaba el por qué.

Tenía que tener entre sus manos la maldita razón de la decisión de Candy. Y tenía que ser directamente de sus labios, con sus miradas cruzándose. Y si en verdad la razón de todo esto sería la que él ya sabía, entonces simplemente tendría que reafirmársela y esta vez con esa maldita y asquerosa seguridad con la que Candy había abrazado a Neil aquel día.

Porque ella lo había dejado por Neil Leaga, ni más ni menos.

Terry esbozó una sonrisa amarga cuando finalmente accedió al trasfondo del teatro, siguiendo esa estúpida rutina de decir a quién iba a visitar y porqué motivos estaba ahí, mientras un muchacho de aspecto aburrido le pedía que esperara para preguntar si la señorita White podía recibirlo. Aquella medida de seguridad, Terry la encontró de lo más irritante e innecesaria que nunca, pese a que cuando él estaba del otro lado del telón, le parecía la mejor solución para mantener a las fans a raya. Ironías de la vida.

Una joven de cabello castaño lo saludó y le indicó que esperara unos minutos mientras le preguntaba a Candy si podía recibirlo. Regresó al poco rato y le dio acceso al camerino de la rubia.

Terry caminó hacía la puerta y se detuvo ante ella, preguntándose si aquello era realmente lo correcto. Su boca se llenó de un sabor amargo, reconociendo que aquello que estaba por hacer bien podría calificarse como masoquismo. Pero también, por muy cruel que fuera todo eso, tenía que hacerlo, debía saber por qué.

Aun dudando, Terry giró el picaporte para abrir la puerta y acceder a la habitación. Se sorprendió de que la primera impresión que tuvo del camerino fue que estaba resplandeciente. Todas las luces estaban encendidas.

―Buenas noches, Candy ―saludó, entrando y cerrando la puerta. Pese a haberse anunciado como el duque de Granchester y, seguro de que ella no accedería a verlo, notó que Candy estaba anonadada, vio los hombros de Candy subir y bajar como si estuviese controlándose a sí misma.

Y es que, era algo verdaderamente curioso.

Terry había evitado a Candy los últimos años y, era obvio que la violinista no tuvo en mente la idea de buscarlo. Lo había comprendido desde el día que en que su carrera se desmoronó y toda la prensa nacional hablo de ello. Y, sin embargo, ahora, siete años después, sin nada más que ellos dos de frente, a tan poca distancia, se volvían a ver. Respirando el mismo aire que de pronto se le antojo poco.

/o.O/

Lo vio a través del espejo, estaba más alto y corpulento, aún lucía el cabello largo, sus labios formaban una perfecta M y sus ojos seguían siendo los mismos, enmarcados por unas tupidas pestañas. Era demasiado guapo. Llevaba un traje gris de tres piezas y sobre los hombros lucía un abrigo negro, por uno de los bolsillos del mismo se asomaban un par de guantes de piel.

Sintió que el tiempo se detenía, con un esfuerzo desvió la mirada del caballero inglés. Había estado enamorada de ese hombre. Su primer pensamiento había sido abofetearlo, reclamarle a quemarropa su abandono, su traición. Sentía que él le había destruido la vida, pero no iba a caer en ese juego, no permitiría que él supiera cuánto dolor le había causado. Ya no tenía importancia, si él no la había amado no era problema de Terry, sino de ella que se dejó envolver por una ilusión que ella misma creo.

Que él estuviera frente a ella no cambiaba nada, ya no le permitiría herirla de nuevo.

―¿Ahora usas el nombre de tu padre para incordiar? ―preguntó una voz dura y fría, que se suponía era la de Candy. La misma voz que él sabía, ella solo empleaba cuando necesitaba defenderse de lo que fuera la estuviera atacando.

―No he usado nada que no me pertenezca ―declaró el castaño, asombrado de lo claro y fácil que había pronunciado esas palabras, porque, aunque por poco tiempo, él ostentaba el título de duque en ese momento.

―¿Richard…? ―preguntó con verdadera turbación.

―Falleció hace unos años. ―Respondió sin más.

―Lo desconocía. Lo siento mucho. ―Candy no había despegado los ojos de su reflejo, mirándolo desde el espejo.

―Candy, mírame a los ojos.

―¿Con qué fin, Terry?

―Quiero una explicación. ―Exigió con rabia, una que tenía la habilidad para hacer que todo fuese menos complicado, pero también más doloroso.

―¿Una explicación? ―Candy volteó como Terry le había pedido y, de inmediato, el castaño se arrepintió de haberle pedido que hiciera eso. Aún con todas las luces, cegándolo, pudo distinguir el brillo de sus ojos verdes. Esos que había visto mirarlo con tanta pasión, devoción y, por supuesto, amor. Abrió los labios ligeramente para tomar aire. Tantos años sin ver a Candy, acostumbrándose a su ausencia. Quería, anhelada exigirle la verdad, pero más deseaba besarla como antes.

Pero no hizo nada.

―No creo deberte ninguna explicación, Terry. Ni antes, ni ahora, ni nunca. ¡No tienes ningún derecho!

―¡Pero por supuesto que me la debes! ―apuntó, cruzándose de brazos ―Solo necesito saber por qué.

Terry sabía cuán patético se veía haciendo eso y, aun así, después de 7 años se encontraba frente a ella exigiendo algo que, desde cualquier punto de vista, no tenía por qué recibir. Sin embargo, ¿desde cuándo a Terry le importaba la opinión de los demás?

Candy pareció titubear. ¿Explicación de ella? Cerró los ojos durante varios segundos. ¡Él es quien se iba a casar con otra mujer! ¡Quien se fue a una fiesta de compromiso! ¡Quien nunca respondió su carta cuando le pidió que fuera por ella y por el hijo de ambos!

―¿Saber qué? Tienes el maldito descaro de preguntarme por qué lo hice. ―gritó aventando las rosas que él le regalara ―¿Y tú qué? ¿Acaso no hay una explicación que quieras darme a mí?

Terry, sorprendido, retrocedió un paso.

―¿Sabes acaso lo que yo viví? ¿Sabes todo por lo que he pasado? ¿Lo que perdí? ―la voz de Candy sonaba como si las palabras estuviesen siendo arrancadas la fuerza de su pecho.

Pero Terry se mantuvo donde estuvo, mirándola, deseando entender todo porque simplemente su mente no parecía concebir adecuadamente la idea de que Candy se estuviera haciendo la ofendida.

―Vete, Terry. No tenemos nada más que decirnos.

Y Terry, pese a los años, conocía a Candy, por ello supo de inmediato que si seguía presionándola esa charla pronto se convertiría en una violenta discusión. Pero una rabia que no sabía de dónde había surgido le impedía irse y dejar las cosas así.

―¿Lo que perdiste? ―escupió, irónico ―¡Lo que perdiste! ¡Por favor, Candy! ¿Tú qué podrías saber de perdida y dolor?

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Los minutos, las horas, los años desde que se habían separado y todas esas palabras que no se había dicho se acumularon en esa conversación. La rabia, el dolor, la furia, el abandono y, sobre todo, la incomprensión. Toda esa mezcla se había convertido en solo una sensación durante aquellos largos años de ausencia, era odio. Odiaban todo.

―Candy, ¿puedo pasar? ―oyeron ambos la voz detrás de la puerta, reconociéndola de inmediato.

―Adelante. ―Dio la orden la rubia, desviando la mirada de los ojos de Terry. Tomó sus cosas y paso junto a él. ―Buenas noches, su Excelencia ―siseó, indiferente.

Esas palabras y, sobre todo, ver como Candy se iba del brazo de Neil Leagan, golpearon a Terry mucho más que cualquier otra cosa.

Terry se quedó pasmado, en el camerino, cansado y confundido. Furioso, golpeó la pared sin importarle que su mano se lastimara en el proceso.

/o.O/

―¿Todo bien? ―preguntó Neil, decir que se había sorprendido de ver a Terruce Grandcheste en el camerino de Candy, era poco.

Al voltear a verlo, Candy se estremeció, todo había sido real, Terry se había presentado al teatro. Neil la miraba detenidamente, percatándose de cada expresión que esa silenciosa Candy había estado realizando sin si quiera notarlo.

―Sí. No. No sé ―dijo en una secuencia casi cómica.

―Tuviste una visita inesperada ―tanteó él, hastiado ante la expresión de desencanto que se pintaba en el pecoso rostro.

―Nunca espere verle de nuevo.

―Aún te duele, ¿verdad? ―Candy no respondió, algo sorprendida de que Neil pudiera leer sus expresiones, aunque si era sincera consigo misma, no debía sorprenderse, después de todo Neil siempre había demostrado interés en ella.

Para Candy no habían pasado desapercibidos los sentimientos del moreno, pero él jamás le había insinuado nada. Ni una palabra. Quizá porque él sabía que ella lo agradecía así. No es que no tuviera sentimientos de cariño por el heredero Leagan, pero el amor era algo que sentía incapaz de dar nuevamente.

Por supuesto, se alegró por su amigo cuando una tarde, dos meses atrás, llegó sonriendo a su lado, diciéndole que se había enamorado.

/o.O/

Elisa Leagan se había graduado como doctora, la familia no podía estar más orgullosa. El día de su graduación había formalizado su relación con Stear Cornwell ante la sorpresa de ambas familias. No era ningún secreto que Stear había terminado finalmente con Patty y esta había vuelto a Florida con su familia y para reparar su corazón de aquella decepción amorosa. Stear no había inventado nada para terminar con la guerra, sin embargo, había especializado su ciencia e inventos ayudando al avance de prótesis que permitieran a cada soldado con amputación una extremidad moderna.

Durante los últimos años, los ortopedistas, ingenieros y científicos inventaron nuevas clases de brazos, piernas y demás prótesis. Las piernas artificiales que se empezaron a fabricar después de la primera guerra mundial, eran relativamente rudimentarias y a menudo recreaban de alguna forma la articulación de la rodilla, lo que permitía que aquellas personas a las que se les había amputado una pierna se pusiera de pie y caminara sin ayuda.

Los ojos de vidrio y varias prótesis faciales permitieron presentarse en público a quienes sufrieron heridas deformantes.

Sin embargo, era más complicado reemplazar un brazo o una mano. Stear, junto a un grupo de médicos e ingenieros, diseñó un brazo mecánico cuyo uso se generalizo rápidamente. El aparato no era óptimo para el trabajo mecánico, pero imitaba a la extremidad natural y era relativamente fácil de producir en masa a un bajo costo.

Pero Stear estaba seguro de que con algo más de investigación, podría hacer que las prótesis fueran más eficientes para recuperar poco a poco la calidad de vida de los soldados con amputaciones.

Elisa no podía estar más orgullosa de su actual novio. Y, sabía, era mutuo aquel sentimiento.

Durante sus primeras prácticas, Elisa había sido contratada en el Hospital Santa Juana, justo el día en que un grupo de enfermeras llegaron para realizar sus estudios en procesos quiricos. De inmediato conecto con la eficiencia de una de ellas, Flammy. Quizá fuera la seriedad con que tomaba su trabajo, su profesionalismo, o alguna otra razón, pero pronto Elisa encontró una amiga en la enfermera de lentes. Con el paso del tiempo y la convivencia, Elisa presentó a su nueva amiga con la familia y fue cuando Neil quedó intrigado por aquella enigmática mujer de ojos fríos. Poco a poco, se fue acercando a ella, derribo muchos obstáculos para que Flammy confiará en él y en sus sentimientos, pero finalmente, la joven había aceptado una cita con el heredero. Una desastrosa cita que terminó con ellos comiendo un sándwich en una parada de autobús y que los había unido más. Poco tiempo después, Neil le pidió a Flammy que le diera una oportunidad para demostrarle que la quería. Ella acepto, no sin algunas inseguridades que, el trato del moreno, disipo con el pasar de las semanas.

Por supuesto, que la matriarca Leagan no apoyaba esa relación, pero Neil hacía mucho tiempo que había dejado de ser el niño mimado y manipulable que había sido en su infancia y había enfrentado estoicamente a su familia, diciendo que renunciaría a su herencia si era necesario, pero no renunciaría a su relación con la enfermera. Su hermana, lo apoyo totalmente y la señora Leagan, tuvo que aceptar a regañadientes. Pero con todo, sabían que miraba con mala cara a Flammy cada que se encontraban de frente.

Fllamy y Candy se llevaban bien, tan bien como dos mujeres que no tienen nada en común pueden llevarse, pero comprendiendo el papel de cada una en la vida de Neil.

/o.O/

―Es solo que… ―musitó Candy, desviando su mirada.

―No tienes que hablarme de eso si no lo deseas, Candy, solo quiero que sepas que estoy aquí para ti.

―Lo sé. Gracias.

―Cambiando de tema, ¿estás lista para volver a Chicago? ―ella no respondió de inmediato. Cuando lo miró de nuevo sonrió sin alegría.

―El tío abuelo William por fin se mostrará, tengo que verlo.

―¿Tienes qué?

―Tengo casi 24 años, Neil, sigo ostentando el apellido muy a mi pesar porque no he podido emanciparme de la familia Andley. Le daré las gracias pese a todo, pero no quiero pertenecer más a su familia.

―Candy, ¿por qué nunca has querido decirme qué paso aquellos meses que desapareciste? ¿Qué te hicieron el tío y la tía abuela que fue tan terrible?

―Ya no importa.

Neil no pudo rebatir eso, sabía que ese "ya no importa" sería todo lo que obtendría de ella. Entonces, cuando Candy desvió la mirada hacía el camino, el hombre aprovechó para tomar la mano de la rubia. Ella lo observó de nuevo y él se vio reflejado en la verde mirada de su amiga, casi pudo presentir las palabras que venían a continuación.

―Llevar este apellido ha sido una verdadera desgracia para mí. Si no fuera por ti, Elisa, Archie y Stear hace mucho que hubiera renegado de él.

―Quisiera entender. Antes, tú y la tía abuela tenían una buena relación, pero de pronto desapareciste y cuando volviste, parecías muerta en vida, te mudaste de la mansión y no supimos de ti sino hasta mucho tiempo después, Candy, ninguno de nosotros logra entender lo que paso contigo.

―No vale la pena hablar de eso ahora, Neil ―no había querido que sonara así, pero la voz de Candy fue extremadamente firme y tajante.

Candy resopló, claramente irritada por la conversación y volvió a desviar la mirada.

―Estoy cansada de que la gente crea que por pertenecer a esta familia todo ha sido miel sobre hojuelas. Estoy agradecida por lo que hicieron por mí, pero también cansada de que la familia Andley se crea con derecho de seguir rigiendo mi vida. ¡Quiero ser libre para vivir mi vida como mejor me convenga a mí! ¡Estoy harta de todo lo que tiene que ver con la familia Andley! De acudir cuando me lo piden, de hacer lo correcto en nombre del apellido. ¡No más!

Las últimas palabras, que fueron casi gritos, no alteraron en absoluto a Neil, quien solo se limitó a mirarla de reojo mientras seguía conduciendo, pocas veces había visto a la rubia perder los estribos, quizá en parte por el pronto encuentro con su benefactor y toda esa historia oculta y por otra parte el encuentro que había tenido con su exnovio del que nunca pensó volver a saber.

Candy cerró los ojos, respirando con fuerza. Parecía que otra vez su mundo parecía agitarse con aquellos dos reencuentros. Ya era suficiente pensar en qué le diría al tío abuelo William cuando lo tuviera enfrente como para encima tener que haber visto nuevamente a Terry. Y lo último que necesitaba en ese momento era recordar que él ya no estaba y su hijo tampoco. Y que nunca más estaría ninguno de los dos en su vida.

Continuará…

Espacio para charlar

No puede ser que el último capítulo que publique de esta historia fue en febrero de 2018, pero más vale tarde que nunca, ¿no?

Aquí es cuando la linchan, jajaja. Chicas una enorme disculpa, ustedes saben que la vida a veces se complica demasiado y estos último años he vivido muchos cambios, pero estoy tratando de retomar este hobby que adoro y lo hice con Lo que no debió ser, pero eso solo motivo mis ganas de darle final a este fic que tiene un cariño especial para mí.

Este capítulo es corto, lo sé, pero es que lo dividí porque aún me falta mucho por contar y aunque sé que gustan de capítulos largos de un jalón, lo he preferido así.

Espero que les haya gustado, ya vamos a llegar a la parte donde Candy descubrirá que su hijo no esta muerto y veremos qué más pasa.

Gracias por seguir leyendo, por esperar una actualización durante todos estos años.

Nos leemos en el siguiente capítulo.

Ceshire…

21 – oct – 2021