Había tanta sangre, no paraba, salía demasiado rápido del cuerpo que estaba tendido encima de ella, él estaba completamente tenso, la flecha había dado justamente en la espalda de Inuyasha, Kagome estaba agradecida que esta noche fuera luna nueva, pues estaba completamente segura, que si Inuyasha hubiera estado en su forma de Hanyō el poder espiritual de Kikyo ya lo habría purificado felicitó mentalmente por el campo de energía que había logrado crear, por más intentos que hiciera la sacerdotisa de barro no podía entrar, en su mirada se veía la locura y desesperación por destruir ese campo transparente.

-maldita zorra!, ¡Cuánto crees que durara este intento de protección!, ¡Siempre has sido una inútil!, ¡Inuyasha me ama!, ¡el me pertenece!, ¡me lo llevare al infierno y tú no podrás hacer nada!

- ¡lárgate Kikyo!, Tu crees que si Inuyasha te amara no te hubiera pedido desde hace mucho que usaran la perla para hacer una vida a tu lado!, ¡tu tiempo con él ya fue, si tanto proclamas amor hacia el, no tratarías de llevarlo al infierno!

El aura de Kikyo parecía maligno ante los ojos de Kagome, Inuyasha estaba inconsciente y la sangre se hacía cada vez más grande formando un gran charco, tenía que atenderlo lo más rápido posible o moriría desangrado.

Las energías de Kagome le iban abandonando, toda su energía espiritual se concentraba en ese campo de protección, si desaparecía no sabía lo que Kikyo seria capas de hacerles a los dos, su vista se volvió borrosa en el momento que el campo desapareció, lo único que Kagome pudo ver fue la sonría malvada de la ex sacerdotisa y sus ojos tomando el terror antes de quedar inconsciente.

El príncipe Daiyōkai estaba erguido en toda su gloria entre Kagome y Kikyo en una postura claramente de combate, Kikyo sabía que su poder espiritual ya no era nada al de antes y es cierto que con el poco que tenía podría purificar a Inuyasha, mas dudaba que pudiera hacer algo contra el heredero del oeste

-aléjate Sesshomaru, este asunto es entre Inuyasha y yo, el me prometió su vida y pienso cobrármela esta noche.

-crees que dejare, que la poca sangre de mi padre, que corre en él, se desperdicie de tal forma.

Abandono su postura de combate, mientras que sus garras desprendían un veneno letal, de un solo tajo atravesó el corazón de Kikyo, envenenando todo su sistema, los ojos de la muñeca de barro se abrían de par, al sentir el ardor y como su cuerpo, poco, a poco se iba desintegrando. Antes de que tocara el suelo, el cuerpo ya se había convertido en polvo, mientras que las pocas almas que quedaban regresaban a sus respectivas tumbas, unas cuantas más al cuerpo de Kagome.

Observo con esa mirada altaneramente fría, el charco de sangre era considerable, estaba seguro que, si no, se le atendía inmediatamente el Hanyō moriría, pero su mirada cambio a una de confusión y orgullo al posarla sobre el cuerpo femenino empapado en sangre, que no era de ella, lo hiso magnifico defendiendo al inútil, creando ese fuerte campo de energí los dos cuerpos y en un instante se convirtió en una esfera de luz, no tardo más de 10 minutos en llegar a las cercanías de su territorio, hay lo estaba esperando su campamento, con su gran ejercito de Yokais. Ordenó al instante que su mejor curandero, se hiciera cargo de su medio hermano, siempre y cuando se levantara de inmediato una parte del campamento, para que se lo llevaran al calabozo de su catillo y sobre todo que no dejaran morir al Hanyō, prometiendo una tortura peor que la muerte, si su incompetencia, no lograba salvar a su medio hermano.

Nadie se atrevió a cuestionarlo, ni siquiera a preguntar por la humana que cargaba con un solo brazo, como si se tratara de una muñeca de trapo. Se dirigió a su tienda, establecida en el centro del campamento, arrojando a la Miko sobre los cojines amontonados en el centro, la observo inconsciente, esa pequeña hechicera lo había embrujado. Tal vez, si solo complaciera su apetitos sexual con ella, tal vez la olvidaría, pero ante todo él era un lord, que no tomaría a una humana, hembra, lo que fuera por la fuerza, en eso no había honor, bien se lo había enseñado su madre, eh igual nunca hubo necesidad de hacerlo, todas las hembras que se cruzaban por su camino estarían agradecidas por el honor de compartir la cama del Daiyōkai.

La sentía, en cualquier momento se despertaría, la respiración de ella se estaba normalizando y sus pestañas se abrieron de golpe, tratando de reconocer el lugar, cuando el choque de emociones y los recuerdos de hace unas horas golpeaban con fuerza su mente, sus grandes ojos azules miraban a todas direcciones aterrada

-El Hanyō esta siendo atendido, si se salva oh no, ya será que tan fuerte es el oh que tan débil

-yo…

Su voz sonaba en un hilo, asustada se llevó una mano a la cien izquierda, todo fue tan rápido, estaba aterrada, de que Inuyasha pudiera estar muerto.

-deja de comportarte como un ratón, el esta siendo atendido, me molesta el olor de miedo y de preocupación que despides Miko.

Oro y mar chocaron, mientras que él se le acercaba peligrosamente a ella.

-te acabo de salvar a ti y al Hanyō de una muerte segura, si no fueras tan inútil, tu misma podrías haber acabado con ese cuerpo de barro.

Esas palabras le dolieron, pero no se dejó amedrentar por el.

-Y por eso te estaré agradecida eternamente, ahora si me permites quiero ver a Inuyasha.

Dijo levantándose orgullosa y andando de una forma inconscientemente seductora

-si sales de esta tienda, ten por seguro que mis soldados jugaran con tu cuerpo, hace más de 3 lunas nuevas no ven a ninguna presencia femenina, aparte de las ancianas, y es epoca de celo, que crees que te podrían hacer.

la observo divertido, dando media vuelta salió de la tienda, y busco a las ancianas

-quiero que limpien a esa Miko, no soporto ese olor a sangre que tiene en su cuerpo.

-amo Sesshomaru, es humana es para las tropas?

pregunto una anciana arpía, su pico y cabeza, casi clava con algunos mechones largos grisáceos, lo observaban con unos ojos color blancos, pareciendo estar ciega pero solo pareciendo, pues ella podía ver los deseos ocultos de cualquier ser con vida, abriendo un poco más los ojos sin mostrar expresión ninguna, pudo observar el deseó que el lord aguardaba, más no dijo nada, ella le era completamente leal a él, no solo le había dado un propósito de servirle, si no protección y un hogar, un lugar más que decente, al vivir en el mismísimo plació.

-No, ella se quedará en mi tienda, que ningún otro macho merodeé, con intenciones de aparearse con ella.

- si mi lord!

Respondieron al unísono las cuatro ancianas. Entraron a la tienda, viendo a la Miko parada, Majime la Yōkai arpía la observo, era una humana hermosa y con un gran poder, esos ojos eran extraños para ser los de un mortal en esa región del mundo, su amo había elegido bien con quien quería aparearse, esa Miko podría menguar la belleza de una Yōkai, suspiro al sentir los deseos ocultos de ella, no iban dirigidos para su lord, pero ella se encargaría de que esa noche la Miko deseara a su amo.

-¡Risa, Ryoko!, báñenla bien, quítenle ese olor a muerte y barro.

Ordeno Majime a las otras dos Yokais conejas, que sin más saltaron rápidamente para desnudar a la chica

.- rápido Miko hay que dejarla lista para el lord, debe de sentirse muy alagada de que el la haya escogido

-es...esperen… escogido, para qué?

La voz de Majime las interrumpió.

- no asusten a la chica solo limiten a bañarla, mientras tu Take, tráeme el kimono rosa con destellos dorados, no sabes que mejor el azul que resaltara los ojos de ella y la poción roja de mi cofre, date prisa.

Dijo en un dialecto desconocido para Kagome, quien ya estaba siendo secada y empolvada con esencias, dulces y frescas. La vistieron en un kimono de seda muy fina, casi transparente, el cabello lo dejaron, suelto dándole un aspecto muy tentador para cualquier macho, Majime estaba segura que su amo, tomaría a esa humana, eso era lo que su coraza quería, pero su orgullo se lo impedía, la chica nada tenía que opinar, que ridiculez, enamorada de un Hanyō, ella debería de sentirse afortunada, al despertar el interés de su amo, se veía completamente encantadora.

-esperen esto no tapa nada.

-tranquila muchacha, nadie del campamento entrara a esta tienda, el amo Sesshomaru lo ordeno, a demás es lo único qué te pudimos conseguir.

Mintió la arpía, mientras le entregaba una copa de vino.

- Bébelo, es para que se te pase el mal susto, tu esenia huela a miedo.

Kagome se tomó a copa de un solo trago, sabía muy dulce con una combinación picante. La arpía la observo, en media hora ella ardería en deseó, gracias a esa pócima ancestral que se usaba para las novias muy jóvenes, casada con hombres demasiado viejos para ser sus abuelos, ella sabia que el amo Sesshomaru no soportaría la idea deverla, sentía su deseó, y ella no soportaría, se ofrecería tratando de que ese fuego que la invadiera se apagara, ese era su regalo para con su amo, ella le conseguiría todo lo que le deseara, la sirvienta más fiel, ni siquiera ese inútil de Jaken era tan competente de entregarle todo lo que su amo deseara.

A estas alturas de la noche la Miko debería de estar dormida, el solo entraría a escoger unos planos de construcción para su castillo y el dique que llevaría agua hasta su propia habitación, Al entrar su olfato lo alerto, esa mujer estaba completamente excitada, su tienda ardía en deseó.Y la vio parada al bordé de ese futón lleno de cojines y sedas, se veía completamente apetecible, esa tela azul contrastaba con sus ojos cargados de deseó y su piel lechosa, sus mejillas sonrojadas y lo noto esa tela mostraba sus pezones rosas, erguidos invitándolo.

-Sesshomaru...

Fue un solo susurro, no audible para el ser humano, pero si para el Yōkai. Se acercó a ella lentamente, al diablo el auto control, la Miko se le abalanzo él lo único que pudo hacer fue sostenerla, mientras que ella restregaba su cuerpo, en el cuerpo masculino, y en un impulso que lo tomo desapercibido, lo beso, por un instante se paralizo y al siguiente el demandaba esos labios rosas, fue un beso salvaje, abriéndose paso con su lengua en la pequeña boca de la Miko.

Sus lenguas danzaron por obtener el dominio, sin embargo, el de la experiencia era el Daiyōkai, la domino por completo, tomándola la levanto tan fácil, ella enroscó sus piernas en la cintura atraiéndolo más hacia ella, forcejeando por quitarle la parte de arriba de la yakuta masculina.

Sesshomaru la arrojo hacia los cojines, mientras que con sus garras se arrancaba las finas ropas, para poder estar en su gloriosa desnudes, se recostó encima de ella, mientras que con sus colmillos rosaba por encima de la fina seda los pequeños pezones de Kagome

.-p…por favor, mas… mas

Esa humana ardía en deseó como el mismo, su miembro ya estaba completamente erguido exigiendo atención, con sus garras iba destrozando esa delgada prenda azul que cubría a esa mujer, dejando jirones de tela y algún surco de sangre en la delicada piel de ella.

Llego hasta el centro de sus piernas, mirándola a los ojos se llevó dos garras a la boca y de un solo movimiento se las arranco, para introducir sus dedos en la estrecha cavidad de ella, con un lento vaivén enterraba los dedos en ella, mientras gemidos femeninos se escuchaban en todo el campamento, los soldados, estaban abrumados por el olor a deseó que provenía de la tienda de su señor, esa mujer humana no solo lo estaba disfrutando, si no que estaba haciendo que su lord perdiera el decoro que siempre lo caracterizaba, el nunca gemía de esa forma, siempre cuidaba que nadie se entrara si se había apareado oh entrada de ella estaba más que húmeda, y sin esperarlo al retirar la mano, se introdujo en ella de una sola estocada, el olor a sangre indicaba que su virginidad había desaparecido, pero el deseó que inundaba el cuerpo femenino era tan abrumador, como el de él, que no hubo ninguna queja de dolor por parte de la pequeña humana.

Las piernas de ella estaban ampliamente separadas por los muslos de él, una y otra vez la penetró, salió, regresó rápidamente para sepultarse de nuevo en ella, quería todo de ella esos gemidos esas manos recorriendo su espalda, sus uñas clavándose en él, de un movimiento rápido la acomodo en cuatro sin salir de su interior, comenzó a montarla. Sus dedos estaban marcados ya en las caderas de ella, el seguía penetrándola de un momento a otro la obligo a arrodillarse, todavía dándole la espalda a él y sin pensarlo clavo sus colmillos profundamente en el blanco y suave hombro de la sacerdotisa, dejando su marca, indicando que ella era suya, haciendo el pacto, ella envejecería al par de él, y con su poder espiritual tan fuerte sus cachorros serian Yokais puros, solo al pensar que el vientre de ella se hincharía con su heredero no pudo más y se derramo en ella, en el momento que ella gritaba el nombre de su medio hermano.

Sus ojos se enrojecieron y no tuvo piedad, la volvió a montar, encolerizado, quería destrozarla, pero ella ya era su hembra, le esperaría un castigo, por decir el nombre de otro mientras él estaba con ella.