—¿Se puede saber qué te ocurre?

Laxus Eljall giró su rostro hacia Freed, negándose a responder. Espoleó a su caballo y enfiló la calle adoquinada que llevaba hasta el zoco.

—No has respondido a mi pregunta —insistió su hermanastro.

—Porque no sé a qué te refieres. —Tiró de las riendas y acercó su montura a la de Freed.

—Desde que llegamos a Ghat apenas has dormido más de dos horas —comenzó a decir, retirando la parte del turbante que ocultaba su rostro—, estás cansado y demasiado callado. No es propio de ti.

—Eso son solo tonterías —aseveró Laxus de forma tajante, frunciendo al mismo tiempo el ceño—, lo que ocurre es que no me tranquiliza saber que Precht y sus hombres merodean por aquí.

—Tal vez lo que realmente te inquieta es la posibilidad de encontrarte con su hija —opinó su hermanastro con perspicacia.

Laxus lo miró sorprendido. Era demasiado evidente que trataba de evitar a toda costa a Mirajane, a pesar de que era una joven bonita. Lo cierto era que llevaba haciéndolo desde que la muchacha cumplió los dieciocho años, momento en el cual Precht Gaebolg decidió que había llegado la hora de que su adorada hija contrajera matrimonio con un jefe tuareg. Lo que en aquella época Laxus desconocía era que el jefe que Mirajane tenía en mente no era otro que él mismo. De eso hacía ya tres largos años, sin embargo, la muchacha, lejos de darse por vencida, continuaba insistiendo sobre las ventajas que aportaría a los clanes unir ambas tribus.

En cuanto llegaron al lugar donde los tenderetes y las modestas tiendas se apiñaban, dejando apenas el espacio suficiente para que los transeúntes se movieran con libertad, él y Freed detuvieron sus caballos y descendieron de sus monturas.

Nada más poner un pie en tierra, Laxus clavó la mirada en la pata trasera del animal y resopló con fastidio.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Freed.

—Mi caballo. —Se incorporó irguiendo la espalda y le dio un par de palmadas en el lomo—. Ha perdido una herradura —farfulló molesto ante el retraso que podría suponer no herrarlo nuevamente cuanto antes. Luego despojó al animal de las alforjas.

Tras echarse el pesado fardo al hombro, los dos hermanos caminaron hacia la pequeña tienda de Shafîq, un mercader de oro y piedras preciosas que rondaba los cincuenta y mostraba una panza perturbadoramente prominente. En el instante en que el hombre los vio, abandonó lo que tenía entre manos y les brindó una familiar bienvenida, ayudándoles en seguida a deshacerse del molesto peso de sus alforjas.

Shafîq, que ostentada una espesa barba y poseía unos ojos vivamente negros y diminutos, les ofreció un poco de té caliente mientras se dedicaba a estudiar las piezas de plata y oro que ambos hombres habían traído consigo. Sin embargo, Laxus rechazó amablemente el ofrecimiento, antes de disculparse con su hermanastro. Le gustase o no, debía llevar a su caballo al establecimiento de Omar, un herrero natural de Siria, célebre entre las tribus nómadas por sus diestras manos y su excelente habilidad para realizar los trabajos más complejos.

Así pues, no dudó un momento en dejar a Freed a cargo de todo, ya que confiaba plenamente en el buen criterio que su hermano mostraba para los negocios, y sabía que no aceptaría un dinar de menos por la mercancía que poseían.

/—/

Lucy abrió su cartera de piel marrón y extrajo los diez dinares que el hombre le había solicitado por el trabajo. Realmente, aquel sirio era un herrero excepcional. No solo había reparado la hoja de su pequeña herramienta, sino que lo había hecho como el mejor de los profesionales. Por mucho que observara la paleta, tenía la seguridad de que no hallaría diferencia significativa entre el viejo metal y el nuevo. Tal vez era algo más brillante, sin duda, pero no diferente.

Se giró, decidida a dirigirse nuevamente al hotel, y se topó frente a un cuerpo grande y robusto. Lucy clavó la mirada en la impoluta túnica celeste y dio un paso atrás, al tiempo que notaba cómo las manos del recién llegado la retenían con fuerza de los brazos, impidiéndole retroceder. Estupefacta, posó sus grandes ojos verdes en la inquietante mirada azul que la contemplaba con un sorprendente descaro. Trató de tomar aire.

Atrapada por el magnetismo salvajemente animal que emanaba de aquel hombre, intuyó que él no tenía intención alguna de soltarla. Fue un momento extrañamente tenso. Los dos se sumieron en un silencio que ni tan siquiera Omar, el herrero, se atrevió a romper. Tras un eterno instante, decidió ser ella quien lo quebrantara.

—¡Suélteme ahora mismo! —le ordenó tajante.

Él abrió los ojos. Una mezcla de sorpresa y diversión aleteó en ellos.

—Dame un buen motivo —repuso él, en un inglés tan perfecto que la dejó inesperadamente boquiabierta.

En su vida le había sucedido algo así. Sin poder evitarlo, Lucy notó que las rodillas comenzaban a temblarle sin control, mientras el corazón le golpeaba fuertemente contra las costillas. Odió sentirse así, tan indefensa y débil. «¿Qué demonios me ocurre?», se preguntó, reprendiéndose a sí misma por mostrar ante aquel tipo una actitud tan infantil. Ella no era ninguna adolescente inmadura, sino toda una mujer. Se obligó a recordar eso mismo alzando el mentón y trató de mantenerle la mirada, cosa tremendamente difícil, ya que sus feroces ojos y su magnífico aspecto le recordaban demasiado a un peligroso depredador.

Un estremecimiento, veloz como un relámpago, recorrió su columna vertebral, cosquilleó en sus terminaciones nerviosas y el tiempo pareció detenerse. El contacto de aquellos dedos le ardía. Incluso llegó a sentirse mareada al notar el rubor que le quemaba en sus mejillas. «¡Por el amor de Dios!», se recordó una vez más. Ella no había viajado hasta allí para dejarse intimidar por nadie. Mucho menos por un hombre. Aunque este en particular tuviese un aspecto tan perturbadoramente misterioso como el mismísimo Eros, dios del amor.

—Para empezar, ni siquiera nos conocemos —contestó, tratando de aparentar firmeza, a pesar del temblor que secuestró sus cuerdas vocales.

—Y sin embargo, te salvé de aquel tipo la otra noche. ¿No es cierto? —le recordó él con frialdad.

Repentinamente, Lucy notó cómo la boca se le secaba y su pulso se disparaba. Ese hombre la había vuelto a despojar de su control. Si él no hubiera aparecido en aquel corredor la noche anterior, quién sabe lo que podría haber sucedido. No obstante, aquello no era razón suficiente para caer rendida entre los brazos de un desconocido.

—Entiendo. —Lucy lanzó un profundo suspiro, antes de añadir—: Y ahora pretende usted que le dé las gracias.

—No estaría mal, para empezar. —La recorrió de arriba abajo con la mirada.

Aquel gestó provocó en Lucy una incómoda sensación de desnudez, a pesar de llevar puestos sus pantalones color caqui y una sahariana que incitaba más bien poco la imaginación.

¿Qué había tratado de insinuar con eso de para empezar? Trató de cruzar los brazos ante la sinuosa curva de sus senos, pero recordó que él todavía los sujetaba.

—Lo lamento, pero no comprendo a qué se refiere.

—Creo que está la mar de claro —sonrió Laxus con malicia.

—Deja de hacerte ilusiones —gruñó ella en voz baja, provocando que Omar abriera desmesuradamente los ojos por la sorpresa y se apresurara a acercarse a ellos.

—¿Qué lo trae por aquí, respetable señor? —preguntó Omar a Laxus, tratando de romper la tensión que flotaba entre sus dos clientes.

Ella no apartó los ojos del perturbador desconocido. Parpadeó un par de veces e intentó recuperar el control de su respiración. El herrero había hablado indudablemente en tamahaq, un idioma que ella comprendía casi en su totalidad, a pesar de desconocer su complicada escritura, el tifinagh. Había llamado señor a aquel tuareg, no le cabía duda. Un término que había usado con sumo respeto y subordinación.

Lucy comprendió que el hombre que tenía ante sí debía de ser uno de aquellos imajeghan de los que le había hablado Jerome, y a los que tanto su hermano como Richard parecían temer enormemente.

—Mi caballo necesita una herradura nueva —le dijo a Omar, sin apartar la vista de ella. Cuando advirtió que el herrero no daba muestras de querer moverse del sitio, Laxus añadió—: puedes ir tú mismo a buscarlo.

Ella trató de soltarse cuando Omar abandonó la tienda, dejándolos a solas. Sin embargo, tras varios intentos por zafarse de las poderosas manos que aferraban sus brazos, se dio por vencida y lo miró desafiante. Una actitud a la que él parecía no estar acostumbrado.

—Cortaría los dedos a un hombre por mucho menos —la previno él.

—Créeme, antes te habría atizado un buen puñetazo.

—Eres muy valiente para ser una mujer tan pequeña —se burló el tuareg.

—Puede que aún decida atizarte ese porrazo —contestó Lucy, encogiéndose de hombros.

Ante la desconcertada mirada de Lucy, él soltó una fuerte y vibrante carcajada, que resonó en sus oídos e inundó el interior del espacio amplio y sombrío que los rodeaba. Aquel palpitante sonido le provocó una extraña sensación en la boca del estómago, un incómodo nudo.

Intentando mantener la calma, Lucy tragó saliva y se dispuso a abrir la boca para exigirle nuevamente que la soltara, cuando él inclinó la cabeza, cubriendo de golpe su carnosa boca con sus fuertes y firmes labios sin apenas darle tiempo para tomar aire.

Aquello la pilló por sorpresa. Trató de soltarse y se agitó con fiereza cuando notó que él tiraba de ella para acercarla aún más a su cuerpo. Jamás había experimentado nada semejante, aquel hombre movía sus veteranos labios con una destreza y habilidad perturbadoras.

Respiró su fragancia, una mezcla de jabón y almizcle. Un aroma tan primitivamente masculino como embriagador, que inundó sus sentidos. Sin poder hacer nada para evitarlo, su mente comenzó a sentirse en una nube. Un ofuscamiento que la mareaba y casi le provocaba miedo. Nunca antes había sentido aquel torbellino de sensaciones con un simple beso. Lo cierto era que no las había sentido con ninguna otra cosa. Si ese hombre provocaba semejante reacción en ella con tan solo aquel contacto, no quería imaginarse lo que sería hacer el amor con él. Incomprensiblemente, terminó especulando sobre eso mismo. Se sintió turbada y fuera de lugar, al tiempo que un espeso y húmedo calor comenzaba a instalarse en cierta zona de su cuerpo en la que no pensaba mucho últimamente.

Cuando Omar entró nuevamente en la tienda, portando consigo el caballo, Laxus se apartó de ella y finalmente la soltó.

Lucy fue incapaz de moverse del sitio. Pensó que, de hacerlo, sus rodillas acabarían por fallarle y caería al suelo sin remedio.

—Ha sido un placer —susurró él contra sus labios. Sus ojos brillaban en la oscuridad, llenos de diversión.

Ella apretó los puños, incapaz de responder nada. Nunca se había sentido tan vulnerable y pequeña como en aquel momento. En el instante en que él daba un paso nuevamente hacia ella, una voz tremendamente familiar los interrumpió:

—¡Por fin! —Jerome suspiró con alivio—. ¡Estás aquí! Me tenías preocupado.

Laxus entornó los párpados y fijó su mirada en Jerome. Lucy notó cómo la expresión del imajeghan se tomaba severamente fría con la llegada de Jerome. De hecho, aquel súbito cambio fue realmente inquietante. Miró a su hermano, que se había quedado completamente atónito y, sin darle la ocasión de especular nada sobre lo que estaba ocurriendo en el interior de aquella tienda, atrapó su mano y tiró de él con fuerza hacia el exterior. Una vez en la calle, él la sujetó de la muñeca con nerviosismo.

—¿Qué demonios ha pasado ahí dentro? —preguntó con la respiración agitada—. ¿Ese tipo era un imajeghan?

—Eso creo —respondió Lucy, mientras comenzaba a caminar hacia el hotel.

—¿Qué te estaba diciendo? —la interrogó.

—Que era un placer conocerme —confesó con ironía.

—¡Menudo…! —Apretó fuertemente los puños.

—No ha pasado nada, ¿de acuerdo? —le dijo sin detenerse en ningún momento.

—¿Seguro? —resopló Jerome, colocándose a su altura—. Porque a mí me ha parecido que pretendía asesinarme con la mirada.

—No seas crío. —Lucy forzó una despreocupada risa e hizo un gesto con la cabeza a modo de negación, al tiempo que enfilaba por una de las callejuelas más angostas del zoco.

—¿Se puede saber a dónde vas? —le preguntó Jerome, arrugando el ceño.

—¿Quieres dejar de gimotear? —dijo ella con un suspiro. Entrelazó su brazo con el de su hermano y lo tranquilizó—: Por aquí es mucho más rápido.

A veces Lucy deseaba que Jerome fuera un poco menos quejica. A diferencia de ella, su hermano era todo negatividad, desconfiaba de todo: del éxito de la excavación, de los tuareg y, como había descubierto hacía poco, también recelaba de los imajeghan. A pesar de eso, ella reconocía que era un hermano fabuloso. Siempre estaba allí cuando lo necesitaba y era el complemento perfecto a su carácter excesivamente positivo. Iba a echarlo tremendamente de menos cuando regresara a su propia excavación.

Como si Jerome le estuviese leyendo el pensamiento, le dijo:

—Creo que lo mejor será que regreses a Cuzco.

—¡Caramba! —exclamó ella con el ceño fruncido—. ¿Tan pronto deseas deshacerte de mí?

—No seas boba —se quejó él, con una sonrisa en los labios—, lo único que trato de decirte es que esto comienza a ponerse peligroso. Si llegara a sucederte algo malo, nunca podría perdonármelo. Sabes bien que eres la única familia que tengo.

Ella sonrió con afecto a su hermano y a punto estuvo de chocar con el hombro de otro tipo que se cruzó repentinamente en su camino, vestido con la característica indumentaria del lugar y un turbante que alcanzaba a ocultarle casi todo el rostro. Durante un instante Lucy se sintió incómoda ante la intensidad de su dorada mirada, se hizo a un lado y lo esquivó, apresurando después el paso.

—Te recuerdo que no eres el único al que no le quedan parientes —le recordó a Jerome en el momento en que atravesaban las puertas del hotel. Introdujo las manos en los bolsillos y añadió—: De todas formas, no pensaba permanecer mucho más tiempo aquí. En mi excavación tengo aún mucho trabajo que hacer. No creo que deba postergar por más tiempo mi regreso.

—¿Y qué hay de Natsu? —preguntó su hermano con desinterés, mientras lanzaba una rápida ojeada a su reloj de muñeca—. Todavía es pronto. ¿Te apetece una taza de té o café?

—Por qué no —respondió, encogiéndose de hombros.

El delicioso olor a café recién hecho cosquilleó su nariz cuando traspasaron las puertas de la cafetería. Se dejó caer en uno de los asientos de acero tapizados en cuero gris y suspiró aliviada al comprobar que su hermano no tenía intención de insistir con el tema de Natsu.

A pesar de no haber hablado con él desde hacía semanas, sabía que tarde o temprano debería afrontar el hecho de que continuarían trabajando juntos. Era una realidad, no podía chasquear los dedos y lograr que su ex desapareciera por completo de su vida. No era tan fácil. Sobre todo cuando no cabía duda de que continuaría formando parte de ella. Al menos, laboralmente hablando.

De pronto Jerome arrugó el ceño.

—¿Qué sucede? —le preguntó Lucy con curiosidad.

—Esta mañana oí cómo un par de empleados comentaban que el joven conserje, Tempester, había desaparecido. —Se encogió de hombros—. Al parecer el tipo sustrajo parte del dinero de la caja fuerte y después se largó en mitad de la noche sin dar una explicación. Descubrieron que ya hacía tiempo que venía robando pequeñas cantidades sin que nadie lo advirtiera.

Al recordar lo ocurrido la noche antes, Lucy notó que el estómago se le encogía. Carraspeó un par de veces, tratando de aparentar una serenidad que en absoluto sentía, y tomó la taza de té que el joven camarero había depositado sobre la mesa antes de responder:

—No puedo decir que me sorprenda. Ya te dije que ese hombre me provocaba escalofríos.

Él asintió y sonrió débilmente.

—Lamento no haberte creído antes.

—Lo que ocurre —hizo una breve pausa para añadir un par de terrones de azúcar a su bebida—, es que eres demasiado desconfiado. ¡Y terco además!

—Bueno, por fortuna parece que no volveremos a ver a Tempester por aquí.

—De todas formas, no creo que eso importe ya demasiado —consideró ella.

—¿A qué te refieres?

—Pienso regresar a Cuzco en un par de días. —Sonrió cariñosamente a su hermano—. Seamos realistas, Jerome, aquí no me necesitas y, aunque agradezco tu oportuna invitación, no deseo aplazar por más tiempo mi regreso. Me marcharé este mismo miércoles.

—¡El miércoles! —se sorprendió Jerome—. Pero si estamos a lunes.

—Creí que te parecía oportuno que regresara. —Lo miró con expresión de asombro.

—Sí —comenzó a decir—, pero suponía que te quedarías hasta que Richard se marchara.

Lucy alzó una de sus elegantes y oscuras cejas.

—Te las apañarás muy bien sin mí —juzgó con picardía.

Jerome inspiró y soltó el aire en silencio.

—Entonces —añadió, alzando su copa de coñac—, espero que te vaya bien.

Ella sonrió.

—No lo dudes, hermanito.