Jerome contemplaba en silencio a su hermana mientras ella, tratando de no olvidarse de nada, metía en la maleta las últimas prendas que aún permanecían colgadas en el armario.

—¿Estás completamente segura de que no quieres que te acompañe al aeropuerto?

—Jerome, ya te lo he dicho —resopló Lucy, al tiempo que terminaba de cerrar la hebilla dorada que aseguraba el zapato de tacón a su tobillo—, estaré bien. Además, son más de dos horas de camino y tú tienes mucho trabajo que hacer en la excavación. Deberías dejar de preocuparte, mi taxi no tardará en llegar. Es cuestión de minutos.

—Soy tu hermano mayor —le dijo, como si tuviese la necesidad de recordárselo—. Mi trabajo es preocuparme, cielo.

Ella no pudo evitar sonreír.

—Ya, y el mío es ponerte las cosas tan difíciles como pueda —bromeó ella.

—¡Oh! ¡Vaya! ¡Muchas gracias!

—De nada —respondió, sin hacer caso del tono sarcástico que había usado Jerome—. ¿Para qué si no están los hermanos?

—Eres incorregible.

—Lo sé —aceptó con una sonrisa, se acercó a él y, tras propinarle un sonoro beso en la mejilla, continuó empaquetando el equipaje.

—Sabes que voy a echarte de menos, ¿verdad? —le dijo Jerome con franqueza.

Lucy desvió los ojos un instante hacia la vista que ofrecía la pequeña terraza. Lo cierto era que había muchas cosas allí que ella añoraría. Aunque inexplicablemente le costaba saber qué cosas eran exactamente, se sintió tensa ante la perspectiva de tener que abandonar definitivamente aquel lugar.

—Yo también —musitó en voz baja. Apartó la mirada y ojeó su Lotus de muñeca—. ¿A qué estás esperando? Llegarás tarde.

Él dejó caer los hombros y lanzó un bufido antes de aproximarse a ella.

—Siempre olvido que odias las despedidas. —Sonrió, al tiempo que le daba un fuerte abrazo.

—No seas ridículo —rio Lucy—, no las odio, lo que ocurre es que no me gusta que nos separemos con tanta frecuencia. Estamos demasiado tiempo lejos el uno del otro.

—En cuanto concluya esta excavación, prometo montar en un avión y salir volando hacia Cuzco.

—Cuando la excavación termine, con seguridad tendrás ya otro proyecto en mente. —Los grandes y risueños ojos verdes de Lucy se clavaron en su hermano.

—Puede —admitió él—, pero eso no me disuadirá de ir a verte.

—¡Te tomo la palabra! —Lo besó en la mejilla, antes de acompañarlo hasta la puerta.

—Cuídate mucho. —Jerome se puso repentinamente serio.

—¡Hey! —exclamó Lucy con una radiante sonrisa—, no soy yo quien se queda en un desierto lleno de escorpiones venenosos y guerreros tuareg.

—Aun así, espero que me telefonees en cuanto tu avión tome tierra.

—¿Algo más, mamá? —bromeó ella, apoyando su hombro en el umbral de la puerta abierta.

Jerome se pasó los dedos por el brillante y espeso cabello negro. Luego sonrió de forma lacónica.

—En cuanto tomes tierra —le recordó una vez más, antes de girar sobre sus talones y encaminarse hacia el ascensor. Después de despedirse de ella, alzando una de sus manos, desapareció tras las puertas metálicas.

Lucy permaneció inmóvil unos segundos, con los ojos clavados en la pequeña luz encarnada del ascensor. En cuanto esta se apagó, regresó a su dormitorio. Lamentaba enormemente que el trabajo de ambos los obligara a mantenerse tanto tiempo alejados. Jerome era la única familia que le quedaba, exceptuando al hermano de su madre, un tal tío Archer, que ni ella ni Jerome habían llegado nunca a conocer.

No obstante, no le quedaba más remedio que regresar a Cuzco, allí estaban su trabajo y su apartamento de alquiler. Lo malo, recapacitó Lucy, era que en aquella remota región del mundo también se encontraba Natsu, el maravilloso y atento Natsu, con su enfermiza inclinación a imponerle un matrimonio que no deseaba y su inquietante sentido de la moralidad.

Lo cierto era que apenas podía imaginarse el resto de su vida junto a él. No era que Natsu fuese un mal tipo, lo que ocurría era que su ex novio tenía una idea muy pobre de lo que realmente una mujer necesitaba. Aunque acostumbraba a ser un hombre educado y respetuoso, de lo que además alardeaba todo el tiempo, lo era en exceso. Eso sin mencionar los celos. A Lucy se le ponían los pelos de punta con solo recordarlo. Durante el último mes que habían estado juntos, en más de una ocasión había llegado a sentirse anulada como persona. Temía incluso sonreír o hablar con cualquier hombre, ya que sabía que él reaccionaría ante cualquier cosa que supusiera una invasión de su territorio. Porque claro, según Natsu, ella era eso mismo: su territorio.

Aún le parecía increíble lo mucho que había durado junto a él. Lucy suponía que gran parte de la culpa era suya. Se había acomodado en una relación carente de entusiasmo y pasión, a sabiendas de que aquello no la llevaría a ningún sitio. De hecho, Natsu tuvo que ponerle ante las narices un anillo de compromiso para que se diera cuenta de que no deseaba continuar junto a él. Eso, después de dos años, era todo un logro.

En fin, Natsu había pasado a formar parte de su pasado. Carpetazo al asunto, como se solía decir. Trabajaría con él lo mejor que supiera y eso era todo, se dijo, al tiempo que se acercaba al espejo y echaba un último vistazo a su aspecto. Pasó las manos sobre la tela de sus ajustados téjanos e instaló los finos tirantes de su blusa nuevamente sobre los hombros, antes de coger la maleta preparada sobre la cama.

Estaba a punto de cruzar la puerta del dormitorio, cuando reparó en que le faltaba su pulsera. Con un suspiro de alivio recordó que la noche anterior se la había quitado antes de introducirse en la bañera. Dejó un momento el equipaje junto a la puerta y se dirigió al cuarto de baño. En cuanto sus ojos dieron con el preciado objeto, Lucy lo aseguró en su muñeca. Hubiese odiado perderlo. Aquel era un regalo que Jerome le había hecho por su decimoctavo cumpleaños y al que tenía mucho aprecio.

Se dio la vuelta y su corazón dio un vuelco al chocar con un inesperado torso humano. Lucy trató de gritar, sin embargo una mano grande y fuerte le cubrió la boca, empujándola a continuación sin miramientos al interior del cuarto de baño.

Como si el instinto la instigara a hacerlo, forcejeó salvajemente con su agresor, un hombre corpulento y alto, del que solo podía distinguir sus ojos oscuros, ya que a pesar de vestir téjanos y camisa a la última moda, portaba un turbante negro que le cubría casi todo el rostro. De repente, notó que el hombre apartaba la mano un instante y cogió aire antes de que él volviera a cubrir su nariz y boca con un tejido áspero que despedía un fuerte olor. Paralizada por el pánico, reconoció la naturaleza de aquel olor: cloroformo.

Lucy aún continuaba agitándose cuando su vista comenzó a nublarse con vaporosas luces de colores violetas y oscuros. Necesitaba respirar, pues no hacerlo surtiría el mismo efecto que aspirar la sustancia del pañuelo. Su boca se abrió e inhaló una angustiosa bocanada de aire, luego, alguien apagó la luz.