Sus pies descalzos se hundían en la arena. Estaba agotada. Llevaba cerca de una hora caminando sin rumbo y no había logrado atisbar el menor indicio de vida humana. Una especie de víbora, algo parecido a un animal con cuatro patas y un halcón que no tenía ni idea de dónde diantres había salido, eran los únicos seres vivos con los que se había topado. Suponía que los halcones eran aves diurnas, aunque tampoco se atrevía a jurarlo, ella estaba doctorada en Arqueología e Historia antigua, no en Ornitología.
Tomó otra pieza de fruta del interior de la alforja y la mordió. Le había sido imposible conseguir un objeto que le permitiese transportar agua, sin embargo aquellas manzanas y peras contenían el suficiente líquido para sostenerla en pie hasta que lograse encontrar ayuda. Miró al cielo y observó cómo el halcón sobrevolaba una vez más por encima de su cabeza.
Si una semana antes alguien le hubiera dicho que acabaría caminando en el desierto, descalza y sin dirección, lo habría tomado por un loco.
—Para ser americana, eres la mujer más inconsciente que he conocido en mi vida.
El corazón de Lucy dio un súbito respingo. Se dio la vuelta y se encontró frente a frente con el imajeghan. Tomó aire para gritar pero, comprendiendo lo inútil que era pedir ayuda en medio del desierto, lo soltó con frustración.
—¿Cómo diantres me has encontrado? —preguntó incrédula.
—¿Estás de broma? Dejas un rastro tan visible como el de un camello herido —le dijo antes de bajar de su caballo.
—¿Qué es lo que quieres?
—Eres una estúpida si aún necesitas preguntarlo.
—¡Maldita sea! ¿Por qué haces esto? Tú no eres un hombre que necesite secuestrar a una mujer para meterla en tu cama. Podrías tener a la que te diese la gana. No entiendo por qué razón no dejas que me marche.
Él se limitó a deslizar la mirada por su cuerpo antes de decir:
—Tal vez no desee a otra mujer en mi cama. —Dio un paso hacia ella—. Además, que yo sepa no he secuestrado a nadie.
—¿No? ¿Y cómo llamas tú a esto?
—Transacción comercial —contestó Laxus encogiéndose de hombros y entornando una media sonrisa.
—¡Vaya! ¿Es así como lo llaman ahora? —gritó, retrocedió un paso.
—Quédate donde estás —le ordenó Laxus.
—Estás acostumbrado a que todos te obedezcan, ¿no es cierto? —Se enfrentó a él—. Pues yo no estoy dispuesta a hacerlo. ¡Así que tú verás!
—Eres una gata salvaje…
—Llámalo como quieras. —Lucy retrocedió otro paso—. Pero yo de ti dejaría que me marchara. A no ser, claro está, que desees que todos tus hombres vean que no eres capaz de someter a una simple concubina.
—Dudo mucho que la palabra «simple» sirva para describirte. —Endureció la mandíbula antes de añadir—: ¡He dicho que no te muevas!
—No te muevas, come, deja de maldecir… —rezongó Lucy—. ¿Te das cuenta de que de tu boca no salen más que órdenes? —resopló.
Laxus se puso furioso. Se desprendió del turbante, lo arrojó sobre la arena y se dirigió con paso firme hacia ella.
Apenas giró los pies para comenzar a correr, Lucy sintió cómo el brazo de él se deslizaba alrededor de su cintura y acto seguido tiraba de ella. Presa del pánico, peleó con todas sus fuerzas, agitando los brazos, pataleando y tratando de atinar un certero golpe.
—¡Suéltame! —le gritó, al verse suspendida en el aire.
—¡Maldita sea, mujer! Te dije que estuvieras quieta —bramó él.
Un segundo después, Lucy se vio precipitada sobre la arena. Notó cómo el aire abandonaba sus pulmones cuando él se tumbó sobre ella, aplastándola con su peso.
—¡No me toques! ¡Maldito degenerado!
—¡Vaya! Tú sí que sabes cómo alagar a un hombre —se burló Laxus.
Los ojos de ella se abrieron de par en par cuando él colocó una pierna entre sus muslos, al tiempo que le atrapaba las muñecas con una mano y las situaba sobre su cabeza.
—Me han llamado muchas cosas, mujer, pero jamás degenerado —susurró contra su boca.
La mente de Lucy comenzó a girar como un torbellino. Mantuvo el aliento e hizo lo imposible por recordar que aquel imajeghan era tan solo un hombre. Sin embargo, la incómoda reacción de su cuerpo se obstinaba en hacerle saber que aquel no era un hombre cualquiera. Aquel era un individuo peligroso. Un depredador, tan oscuro como una pantera hambrienta.
—¡Apártate de mí! —Su corazón comenzó a palpitar salvajemente.
—Nadie me da órdenes —le susurró él junto al oído. La sujetó con más fuerza y comenzó a morder con deliberada lentitud el lóbulo de su oreja.
Un calor comenzó a consumirla por dentro y su cuerpo empezó a relajarse en algunas zonas, mientras que en otras se endurecía y tensaba bajo las expertas caricias de él. Minúsculas gotas de sudor comenzaron a brillar en su frente, mientras que su respiración se hacía más y más dificultosa.
—Eres tan solo un hombre —inconscientemente sus labios se abrieron y dejaron salir sus pensamientos.
—¡Claro que soy un hombre! —Laxus arrugó el ceño—. Por todos los espíritus del desierto, ¿qué iba a ser si no?
—Quítate de encima o te juro que… —lo amenazó ella.
—¿O qué? —Lanzó una vibrante carcajada y ella sintió que en su vientre palpitaba la más que evidente prueba de su erección—. No creo que estés en la situación más favorable para amenazar a nadie, ¿no te parece?
—¿Y qué vas a hacer? —Lo miró a los ojos con una nota de desafío—. ¿Violarme? ¡Maldito animal!
—Es una posibilidad… —Mordisqueó su labio inferior—. Aunque no creo que tenga que llegar a ese extremo. ¿Me equivoco?
Laxus introdujo la mano bajo su camisa y acarició la delicada curva de sus senos. Como si se hallara bajo el influjo de algún narcótico, la espalda de Lucy se arqueó contra el torso de él y de pronto un gemido escapó de sus labios.
—Me has obligado a salir a buscarte. —Él apartó su mano—. No vuelvas a hacerlo.
—Entonces —comenzó a decir ella, tratando de recuperar el aliento, desconcertada ante la respuesta de su propio cuerpo—, déjame ir, porque no desaprovecharé cualquier oportunidad que se me presente para huir.
—Una lástima. —Laxus comenzó a desabrocharle los botones de la blusa con los dedos, deliberadamente despacio—. Tendré que mantenerte atada a la pata de mi cama.
—¿Qué estás haciendo? —Se agitó bajo él, notando cómo el corazón se le desbocaba.
—Comprobar la mercancía —susurró, al tiempo que instalaba una sonrisa en sus labios.
—¡Detente! —Trató nuevamente de forcejear con él, sin ningún éxito.
—¿Que me detenga? No. Creo que no lo haré.
—¡Maldita sea! ¿Qué es lo que tratas de demostrar? —le gritó ella.
—Si estás tan dispuesta a huir en cualquier momento, puede que no tenga otra oportunidad.
—Otra oportunidad… —repitió ella con un hilo de voz.
—Silencio. —Puso uno de sus bronceados dedos sobre los labios de Lucy.
—No… —balbuceó—. Espera. Yo…
—¿Si? —ronroneó él, entornando los ojos y mirándola de una manera que no dejaba lugar a dudas del peligro al que se enfrentaba.
—¿Y si te prometo no huir? Al menos, por el momento.
Él lanzó una carcajada.
—¡Por todas las dunas del desierto! No puedo decir que carezcas de astucia, mujer. Lástima que no poseas un ápice de sensatez en el cuerpo. ¿Qué demonios te hace suponer que soy tan estúpido como para tragarme semejante mentira? ¿Crees de verdad que voy a confiar en ti con tanta facilidad? ¿Que voy a creer que no escaparás en cuanto yo me despiste?
—¡Eres un maldito bastardo! No puedes opinar nada de mí. ¡Ni siquiera me conoces, maldita sea! Aunque si un embustero como tú le cueste creerlo, yo cumplo lo que prometo.
—Nadie ha dicho jamás que yo carezca de palabra. —Se apartó de ella y se levantó—. Aunque intuyo que tendrás condiciones, ¿me equivoco?
Un rayo de luna iluminó las atractivas facciones del imajeghan. Lucy tuvo que parpadear para tratar de deshacerse de la turbación que sentía.
—Por supuesto que las tengo. —Se levantó, sacudió la arena de sus pantalones y comenzó a abotonarse rápidamente la camisa, que él había abierto casi en su totalidad.
—¿Y bien?
—¡No me tocarás! —dijo tajante—. Ya entiendes a qué me refiero. Nada de sexo.
—A no ser que tú lo desees —dijo él cruzando los brazos ante su poderoso torso.
—No lo desearé. —Se aproximó a él y lo miró cara a cara.
—Lo tomas o continuamos donde lo hemos dejado. —Laxus señaló el lugar que acababan de abandonar.
—Está bien. No a menos que yo lo desee —aceptó, completamente convencida de que tal cosa no iba a suceder—. No usaré uno de esos velos que cubren la cabeza. Respeto que las mujeres del desierto deseen utilizarlo, pero no pienso ponerme uno. ¿Lo has comprendido? —continuó diciendo.
—De acuerdo. —Encogió sus anchos hombros—. Por mí, puedes utilizar la indumentaria que más te plazca.
—Bien. —La voz de Lucy denotó asombro—. Una cosa más…
—Creo que empiezas a ser demasiado fastidiosa —le advirtió Laxus con actitud cansada.
—Si alguien me encuentra, no dudarás en dejarme ir.
—Eso no es una opción —dijo, emitiendo un fuerte silbido—. Te recuerdo que me has costado diez mil dinares.
Ella frunció la frente y miró alrededor, preguntándose si estarían solos o si por el contrario él habría salido a buscarla en compañía de sus hombres.
—El dinero no es problema. Cuando conozcan mi situación, no dudo que te abonarán hasta el último dinar que te he costado.
—En fin. —Laxus comprimió su sensual boca—. Parece un trato justo. Aunque creo que yo también debería imponer alguna norma, ¿no te parece?
—Te escucho.
Lucy cruzó los brazos bajo la sensual curva de sus senos y lo miró. El pulso se le aceleró cuando reparó en cómo él fijaba los ojos en su escote. Rápidamente, deslizó los brazos y los colocó a los lados de su cuerpo.
Como si intuyera su azoramiento, los labios de Laxus se curvaron en una mordaz sonrisa.
—Me obedecerás en todo momento. No pondrás objeciones y no osarás dejarme en evidencia ante mis hombres. Nadie sabrá de este trato. —Hizo una pausa—. Por supuesto, si decides en algún momento meterte en mi cama…
—Eso no va a suceder —lo interrumpió tajante.
Como si no la hubiese oído, él continuó diciendo:
—Si en algún momento decides meterte en mi cama, no te marcharás. Incluso si llegaran a encontrarte, cosa que dudo, permanecerás junto a mí. Donde yo vaya, iras tú.
Laxus notó que Lucy vacilaba.
—Dado que estás tan convencida de que no llegaremos a compartir una tórrida noche de pasión, aceptar esto último no debería suponer ningún problema para ti. —La miró con una nota de desafío reflejada en sus ojos.
—Completamente convencida.
—¡Perfecto!
Laxus deslizó de su cinto una gruesa banda de cuero, rodeó con ella su brazo y lo elevó al cielo. Lucy se quedó boquiabierta cuando advirtió la oscura figura de un halcón lanzarse en picado hacia ellos y posarse en el brazo de Laxus.
—¡No puedo creerlo! —soltó ella, completamente atónita—. ¿Es tuyo este pajarraco?
—¿Cómo crees que te encontré? —le dijo. Extrajo un pequeño trozo de carne seca del saquito que colgaba en su cintura y se lo dio al animal.
—¡Esto es el colmo! —exclamó ella y, dándose media vuelta, comenzó a caminar hacia el caballo—. Por lo visto no dejo el rastro de un camello moribundo.
Enojada, puso el pie en el estribo e intentó encaramarse sobre el caballo, una, dos y tres veces. Cuando comprendió que no lo lograría sin la ayuda de él, lanzó un gruñido y se apartó del animal, llena de frustración. Lanzó un feo juramento en español y aguardó con los labios comprimidos a que él montase primero.
—Te advierto, mujer, que no siempre he permanecido en este desierto. He viajado mucho, incluyendo España —le dijo, extendiendo un brazo hacia ella.
—Estupendo. Entonces no tendré que explicarte lo que significa.
Laxus lanzó una masculina y vibrante carcajada y, tras colocar a Lucy delante de él, le dijo:
—¿Estás completamente segura de que no habrá sexo? —la rodeó con un brazo y dejó que el halcón emprendiese nuevamente el vuelo.
—Eres un presuntuoso —se limitó a decir ella, sintiendo la boca seca.
—Ok. Nada de sexo —le susurró cerca del oído.
«Demasiado cerca», pensó Lucy, luchando contra el escalofrío que se alojó en su vientre. Se puso tensa e inhaló profundamente para relajarse y olvidar el cálido contacto del brazo que la rodeaba.
Aquello era una locura. Un espejismo fruto del sol y el calor del desierto. Era imposible que aquel hombre, poco más que un desconocido, le provocase cosas que jamás había experimentado con nadie, ni tan siquiera con Natsu. Con su ex, todo era demasiado previsible, cómodo y carente de entusiasmo. Sin embargo, con el hombre que tenía a su espalda, la cosa era completamente distinta. Eso, a pesar de que ni tan siquiera eran una maldita pareja, amantes, o como quiera que se le llamara en aquellos lares.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó inesperadamente Laxus—. Te noto tensa.
—¿Me lees el pensamiento? —respondió desdeñosa, logrando que él soltase una sospechosa risa.
