Todavía somnolienta, Lucy notó como alguien le agitaba el brazo. Abrió los ojos y trató de enfocar la borrosa figura que tenía delante.
—Duermes demasiado, mujer —le dijo Laxus. Luego se incorporó y le arrojó una tela de color celeste.
Ella sostuvo la tela y la miró, tratando de comprender a que venía aquello.
—Te dije que no usaría uno de estos verlos —le dijo, arrojando el tejido a un lado y sujetando mejor la colcha con la que se había tapado la noche anterior.
—Tu misma —respondió él, ajustándose el cinto mientras lanzaba una insolente mirada a la suntuosa curva de los senos, que se vislumbraba sobre el borde de la colcha—, pero deberías saber que ahí fuera te aguardan cuarenta y dos grados de calor y seis horas de camino. Créeme, agradecerás tener algo que cubra tu cabeza.
—¿De camino? —Se incorporó, quedándose sentada—. ¿Nos vamos? ¿Adónde?
—No preguntes y vístete —le ordenó Laxus.
—Necesito una ducha. —Lo miró. Al advertir que él la observaba sin decir nada, añadió malhumorado—: Un baño. ¡Caray! Supongo que sabéis lo que es una bañera, ¿no?
—Claro que sabemos que es una bañera. ¿En qué siglo crees que vivimos, mujer? Aún así, lo siento, encanto. Tendrás que esperar a que lleguemos al asentamiento.
—¿El asentamiento?
Él movió la cabeza afirmativamente.
—Mi tribu se halla en uno de los lagos de Ubari. Un oasis donde podrás darte ese baño, comer y descansar si así lo deseas. —Envainó su telek y lo situó en su cintura—. Aquí estamos todavía demasiado cerca de Ghat.
Lucy abrió súbitamente los ojos.
—¿Quieres decir que estamos cerca de mi hotel?
—Así es.
—Pero ayer… —susurró.
—Ayer caminabas en dirección opuesta. —Laxus curvó los labios y sonrió con gesto burlón—. Tuviste suerte de que te encontrara antes de que lo hiciera un escorpión.
—No me dan miedo los escorpiones —refunfuñó ella entre dientes.
—Te creo, con seguridad pertenecéis a la misma especie. —Volvió a entregarle la tela—. Te recomiendo que te lo pongas.
Ella extendió la mano y lo atrapó, arrancándolo de los dedos de Laxus.
—Si poseyera el aguijón de uno de esos bichos, puedes apostar que te habría sacado los ojos con él.
—Permíteme que lo dude. Mis ojos te gustan demasiado. Lo he notado, no paras de mirarlos.
—Sólo porque parecen los de un chimpancé.
Lucy escuchó como reía entre dientes mientras se daba la vuelta para salir de la tienda. Una vez a solas, deslizó la mirada a su alrededor hasta que sus ojos toparon con la pequeña jofaina tirada al fondo del tenderete. Por lo menos podría asearse un poco antes de que partieran a quien sabía dónde. No pudo evitar que un sentimiento de pánico se apoderase de ella. Si continuaban trasladándose de aquí para allá, tendría suerte si daban pronto con ella. El corazón le dio un vuelco al pensar en su hermano y trató de tranquilizarse. En esos momentos no podía hacer nada más que acatar las órdenes de aquel tuareg y aguardar pacientemente a que Jerome la encontrara.
Lucy sumergió casi por completo el rostro en el agua, esperando que el frío la despejas. Tras lo sucedido la noche anterior, aún le dolía la cabeza. Después de un rato se sintió mucho mejor. Se puso la ropa interior que la noche antes se había visto obligada a lavar y extender en el interior de la propia tienda, los téjanos y la blusa.
—¡Mierda! —exclamó, mirándose los pies descalzos. ¿Cómo iba a caminar así? La arena debía de estar tremendamente caliente. Con poco que se atraviese a poner un pie fuera, se abrasaría la piel de las plantas. Sus Manolo Blahnik no eran lo que podría decirse adecuados para el desierto, pero eran los únicos zapatos con los que contaba, hasta que ese bruto de Laxus se los había quitado.
Caminó enojada hasta la entrada y apartó la cortina a un lado para localizar al tuareg. En cuanto lo vio, carraspeó fuertemente, tratando de llamar su atención, y aguardó a que él reparara en ella. Laxus, que se encontraba en ese momento abonando a Warrod el precio que costaba el alquiler del tenderete, la miró y, tras despedirse del comerciante, se dirigió hacia ella con paso firme.
Apenas hubo entrado en la tienda, la envolvió con sus brazos y bajó la cabeza de golpe, apoderándose súbitamente de sus labios.
Atónita, Lucy trató de apartarlo. Sin embargo, él, lejos de detenerse, hizo su beso más intenso y profundo, Un contacto que parecía tener la virtud de acabar fácilmente con cualquier resistencia que ella osara ejercer. Sumergida en una nube caliginosamente turbadora, apenas notó cómo sus pies retrocedían ante el empuje del poderoso cuerpo del hombre, hasta que finalmente este la condujo al centro de la tienda y la acorraló contra uno de los postes principales. Una vez allí, las manos del imajeghan se deslizaron por su cadera, por su cintura y, una vez más, por debajo de su camisa. Advirtió que sus hábiles dedos soltaban el cierre del sujetador y arqueó, su cuerpo contra él, notando la excitación de Laxus apoyada en su vientre.
¡Por todos los santos! Cómo lo deseaba. Abrió los ojos súbitamente. Ni siquiera se había percatado de haberlos cerrado. Su respiración se aceleró y trató de apartarlo antes de que el juicio volviese a abandonarla. ¿Cómo había llegado tan lejos? ¿Cómo había permitido que sucediese? No podía entregarse a él. No, cuando habían hecho un trato, tan estúpido como peligroso. No estaba dispuesta a dejar que él la arrastrase hasta su cama y le hiciera el amor. No, cuando eso significaría renunciar a su vida.
Sin pensarlo dos veces, atrapó el labio inferior de Laxus y lo mordió.
Cuando él se apartó, Lucy se sorprendió al no hallar el brillo de la furia en sus ojos, sino un indudable destello de diversión.
—¡Vaya! —exclamó Laxus torciendo el labio, se llevó la mano a la boca y después observó la escueta sombra de sangre que manchaba la yema de sus dedos—. Después de todo, no has cambiado de opinión sobre lo del sexo.
—¡Maldito seas! —Lucy lo empujó con ambas manos—. ¿Crees que cualquier mujer que reclama tu atención desea un revolcón contigo?
—En lo que a ti respecta, eso me ha parecido —contestó Laxus dando media vuelta y, antes de abandonar nuevamente la tienda, añadió—: hay unas botas de tu talla junto a la cama. Termina de vestirte.
Ella parpadeó sorprendida. Se dirigió hacia el lecho que él había ocupado la noche anterior. Junto al mueble, semiocultas por las sábanas de algodón, había un par de botas que, a juzgar por su tamaño, debían de ser su talla. De pronto comprendió que Laxus las había ocultado allí a propósito. Probablemente, él sabía que tarde o temprano se vería obligada a requerir su presencia en la tienda. Aquello no había sido más que una mera treta para pillarla desprevenida.
Lucy tuvo que reconocer que en esa ocasión Laxus casi había conseguido su propósito. Pero, ¿cuánto tiempo más podría mantenerse firme ante el indiscutible magnetismo que ese hombre ejercía sobre ella?
Se sentó en la cama y se puso las botas. ¿En qué maldito lío se había metido? Debería de haber rechazado aquel término del pacto en particular. Sobre todo, después de apreciar que aquel tuareg destilaba peligro por cada uno de sus poros. Ese hombre se las ingeniaría de mil maneras para conseguir su propósito y estaba ya muy claro que no pararía hasta verla metida en su cama.
Lanzó un prolongado suspiro y se puso en pie. Tendría que mantenerse alejada de él, pero ¿cómo? Según parecía, el tuareg pretendía compartir la tienda. Al fin y al cabo, a ojos de todos, continuaba siendo su concubina.
—Piensa Lucy, piensa —se repitió en voz baja.
¡Maldita sea! No se le ocurría nada. Ni una condenada idea que pudiera sacarla del apuro. Respiró profundamente y se dispuso a salir.
Fuera, el calor del desierto golpeó su rostro como una bofetada. El aire era tan caliente que casi no se podía respirar y el ambiente carecía de la mínima humedad. De repente, echó de menos su ropa de trabajo, mucho más cómoda y fresca que la que en esos momentos llevaba puesta.
—¿Lista?
Lucy volvió su mirada. Tras ella, apoyado despreocupadamente en uno de los postes exteriores de la tienda estaba Laxus.
—Más o menos —le dijo, antes de entregarle la vaporosa pieza de tela azul marino—, no tengo ni idea de cómo se pone esto.
Él cogió la tela y la colocó sobre la cabeza de Lucy. Tras liarla alrededor de su cuello, rozó con sus dedos la parte más baja de su mejilla y súbitamente detuvo su mano. Inesperadamente, sus miradas se cruzaron y ella vislumbró en el azul de sus ojos el aleteo de algo desconocido, intenso y presto a ser explorado.
Laxus apartó la mirada y murmuró entre dientes algo relacionado con el desierto, las mujeres y el maldito calor. Al menos eso pudo entender Lucy antes de que Laxus se diera la vuelta y comenzara a caminar hacia el lugar donde su caballo era refrescado por uno de los trabajadores de Warrod.
Durante un segundo, ella sintió sus pies adheridos al suelo. Luego, como una autómata, comenzó a mover las piernas y fue tras él. En su interior sentía una opresión extraña. Algo que nunca antes había experimentado. En cierta manera era una sensación incómoda y terriblemente molesta. Una impresión, sin embargo, de la que su cuerpo parecía no desear desprenderse. Como si el hacerlo fuera a producir algún desarreglo neuronal en su cerebro. Agitó bruscamente la cabeza. ¿Se estaba volviendo loca? A juzgar por el errático comportamiento que mostraba su capacidad de discernimiento, bien podría ser así.
—Vamos. —Laxus, sentado a lomos de su caballo, extendió una mano para ayudarla a subir—. No tenemos todo el día, americana.
—Supongo que no, ¡oh, gran señor del desierto! —respondió Lucy con sarcasmo, puso el pie en el estribo y, tras tomar la mano de Laxus, se encaramó tras él en el caballo.
Laxus rio divertido.
—Puedes llamarme Laxus —le recriminó con tono mordaz.
—Podría, pero no veo el motivo —suspiró, deliberadamente fuerte, y lanzó una mirada a su alrededor antes de añadir—: no entiendo por qué no puedo ir sentada en mi propio caballo.
—Entre otras cosas, porque no posees uno.
—Eres un imajeghan, ¿no es así? Se supone que eres un hombre noble. Podrías comprar uno a ese tipejo del bigote, Warrod o como diablos se llame.
—¿Y darte la oportunidad de huir al galope? —bufó —. No gracias. No tengo ganas ni tiempo de volver a hacer de niñera.
—¡Cretino! —murmuró en voz baja.
Laxus respondió al insulto tirando súbitamente de las riendas y espoleando al caballo con los talones. Cuando ella se vio precipitada hacia atrás, lanzó su cuerpo hacia delante por la inercia y rodeó el poderoso torso de Laxus con ambos brazos, para evitar caer de espaldas.
Él soltó una fuerte carcajada.
—Ya veo que no desaprovechas la oportunidad de tocar mi cuerpo, mujer —se burló—. Deberías aguardar al que lleguemos al campamento. Allí tendremos tiempo para ceder a nuestros instintos.
—No vamos a ceder a nada, señor presuntuoso —respondió ella con el ceño fruncido—. A menos que estés deseando que te rompa la nariz de un puñetazo.
—Cuánta violencia para una mujer tan pequeña —se burló Freed, aproximando su montura a ellos.
Laxus entornó los ojos y atravesó a su medio hermano con la mirada, antes de responder:
—Te debo a ti mi dolor de cabeza, querido hermano —tiró de las riendas y emprendieron la marcha.
Mirara donde mirara, Lucy solo distinguía imperecederas dunas de arena. Algunas escarpadas, otras tan insignificantes que el caballo apenas hacía esfuerzo al remontarlas. Durante las cinco horas que duraba ya su camino, se habían detenido varias veces para refrescarse y descansar. A pesar del agotamiento que sentía, no pudo mitigar la tensión y el nerviosismo que se alojaban en su pecho con cada kilómetro que se alejaban de Ghat para adentrarse en aquel desierto alejado de su urbe. No se imaginaba cómo Jerome conseguiría encontrarla allí. A esas horas, su hermano ya sabría que no había tomado su avión, dado que no lo había llamado como habían acordado. Lucy se preguntó si la estarían buscando y si alguien relacionaría su desaparición con la de Tempester.
Suspiró pensativa y apoyó distraídamente la mejilla contra la espalda de Laxus. Pero al notar cómo los músculos de este se endurecían, se apartó e hizo un esfuerzo por mantenerse despierta.
—¿Estás intentando ponerme nervioso? —preguntó Laxus.
—No digas tonterías.
—Lo digo porque nos encontramos cerca de unas cavernas donde podríamos, ya sabes…
A pesar de que Lucy comprendió que Laxus se estaba burlando de ella, se movió inquieta tras él e irguió todo lo que pudo la espalda.
—Sigue cabalgando… —contestó.
No tardaron mucho en divisar los maravillosos contornos del oasis, sus palmeras prodigiosamente alineadas en infinitas hileras y los destellos que la exigua luz del atardecer arrancaba a las aguas de su laguna. Una fragancia floral envolvió a Lucy cuando entraron en el poblado, lleno de tenderetes y casetas de colores claros. Sonrió cuando un grupo de niños los rodearon, al tiempo que lanzaban gritos de júbilo y se disputaban el honor de ser el primero en tomar las riendas del caballo.
—¡Largaos!
Observó al hombre que se aproximaba a ellos y agitaba sus brazos consiguiendo que los pequeños salieran corriendo entre risas hacia la laguna.
—Sed bienvenidos, Laxus y Freed Eljall.
—Me alegro de verte, Gildarts. ¿Cómo se encuentra mi padre? —preguntó Laxus, bajando del caballo.
—Ya sabes cómo es Makarov. Continúa tan fuerte como un camello cabreado —respondió Gildarts antes de alzar la vista y fijarla en la muchacha—. ¿Así que esta es la americana que arrebataste a Macbeth?
Lucy parpadeó asombrada. Por lo visto en el desierto corrían las noticias tan rápido como en cualquier otro lugar del mundo, pensó, tratando de aparentar no comprender sus palabras. Cuando Laxus alargó sus brazos hacia ella, estuvo tentada de aferrar las riendas y largarse de allí al galope. Una lástima que supiera tanto de caballos como de tuaregs. Se mordió el labio inferior y dejó que Laxus la tomara por la cintura para bajarla del animal.
—No se la arrebaté. —Laxus tiró de ella, animándola a caminar—. Pujé por ella limpiamente, Gildarts.
—Nadie lo diría —murmuró ella en voz baja.
—Disculpa, mujer, ¿has dicho algo? —Laxus la atrajo hacia él y entrecerró los ojos con recelo.
Ella carraspeó, consciente de su inoportuno desliz.
—No.
—¿No? —Apretó más los dedos alrededor de su brazo.
—¿Estás sordo? Ya te he dicho que no. ¡Y deja de estrujarme así, a no ser que quieras tener una concubina con un brazo de menos!
Lucy le mantuvo la mirada mientras trataba de no mostrarse amedrentada. Se esforzó en recuperar el control de su respiración y se ordenó a sí misma no manifestar la más mínima debilidad.
—¡Gildarts! Acompáñala a mi tienda y asegúrate de que no sale de allí. Ordena a Gray que vigile bien la entrada. Debo ir a la tienda de mi padre. Hace más de un mes que no sé nada de ese viejo zorro.
Dicho esto, Laxus dio media vuelta y desapareció entre una multitud de tenderetes.
—¿Qué le pasa a tu hermano? —le preguntó Gildarts a Freed.
—Será mejor que se lo preguntes a él. Por lo visto no está acostumbrado a tratar con las mujeres —contestó Freed.
Gildarts soltó una fuerte carcajada.
—¡Vaya! Puede que por fin algo consiga sacudir el duro pecho de ese hombre.
—Eso, querido amigo, sería un milagro. Será mejor que hagas lo que te ha dicho y lleves a la americana a su tienda —le indicó Freed, antes de emprender el camino tras los pasos de su hermano.
—Vamos, muchacha.
Gildarts la tomó del codo y la obligó a que lo acompañara. Era evidente que tampoco de ese tipo iba a lograr obtener ayuda. Parecía procesar a su captor una lealtad y respeto inquebrantables. Optó por no oponer resistencia. Huir en ese momento se había convertido en una idea ridícula. Una tontería. Se encontraba demasiado lejos de cualquier sitio como para escapar corriendo y esperar que el desierto no se ocupara de ella.
Lucy siempre había creído que el interior de la tienda de un noble tuareg se asemejaría a la de cualquier otro noble: cojines, alfombras y tapices de brillantes colores. Sin embargo, el tenderete de Laxus era impresionante y distaba mucho de parecerse a lo que ella había tenido en mente. Decorado con tonos dorados y purpúreos, el habitáculo era sostenido por seis gruesas y fuertes vigas de madera. En su interior había al menos una docena de baúles que contenían montones de libros, de los más variados temas. Se sorprendió de esa avidez de conocimiento y se preguntó si aquellos libros no serían tan solo fruto de los saqueos. No lograba comprender el extraño modo de vida de aquel tuareg. No parecía interesarle lo que a los demás nómadas, pero su singularidad tampoco lo hacía completamente distinto al resto de su tribu. Decidida a averiguar algo más sobre su enigmático captor, echó un vistazo al fondo de la tienda. El lugar separado en dos mitades por unas sutiles cortinas de color grana, poseía cierto encanto exótico y misterioso. Cuando apartó los visillos se quedó sorprendida al hallar una espectacular cama. Hasta el momento, los camastros que había visto habían sido muy rudimentarios Poco que ver con aquel lecho, de grandes proporciones un altísimo dosel. Lucy no pudo evitar preguntarse cuántas mujeres habrían compartido aquella cama. Aunque aún no había visto a ninguna otra concubina, no era de extrañar que ocupasen otra tienda. De pronto se sintió molesta consigo misma. Lo que aquel tipo hiciera o dejase de hacer no era en absoluto asunto suyo. Si compartía aquella cama con una veintena de mujeres, a ella le daba lo mismo, se dijo, al tiempo que tiraba de las sábanas. Al menos tenía un sitio limpio y cómodo en el que descansar, lo que en esa situación no era poco.
Observó sus ropas y echó un vistazo alrededor hasta localizar una túnica de color blanco. Estimulada por la promesa de descanso que le ofrecía aquel lecho, se deshizo del velo que cubría su cabeza y lo arrojó a un lado, después se quitó el resto de la ropa y se colocó la suave prenda. Cuando el delicado tejido resbaló por su cuerpo, inspiró el perfume a limpio que despedía y después se estiró. Aquel aroma logró revitalizarla, a pesar de no haber podido aún disfrutar de su ansiado baño.
Todavía continuaba con los brazos en alto, cuando se vio reflejada en el espejo situado en un recoveco de aquel inusitado aposento. El improvisado camisón apenas le cubría los muslos y, aunque era increíblemente amplio, se adhería a los sinuosos contornos de su pecho, revelando la minúscula turgencia de sus pezones.
—Él se lo ha buscado —murmuró en voz baja, al tiempo que instalaba media sonrisa en sus labios.
Ambos habían hecho un trato con unos términos que él había prometido respetar. Y lo haría, a pesar de tener una mujer casi desnuda en su tienda y en su cama. Sin duda, pronto empezaría a arrepentirse de no haberla dejado marchar.
Llevó las manos a su nuca, soltó la goma que apresaba su melena y una cascada de cabellos tan negros como brillantes se deslizó por su espalda, hasta rozar sus bien torneadas caderas.
Cuando volvió a mirarse en el espejo, un brillo de aprobación aleteó en el interior de sus ojos. A continuación, se metió en la cama y se dejó llevar a dominios de Morfeo.
Laxus regresó a su tienda pasada la media noche. Se desplomó sobre uno de los lujosos almohadones que decoraban la estancia central y acto seguido deslizó la mirada alrededor. Con el ceño fruncido, se preguntó dónde se habría metido la muchacha. Era improbable que hubiese huido sin que el joven Gray se hubiese percatado de ello.
Se deshizo del turbante y se dirigió al fondo de la tienda. Una vez allí, colgó su telek en el saliente del espejo y encendió la lámpara de aceite con la intención de buscarla. Cuando finalmente advirtió la silueta de Lucy sobre la cama que él pretendía ocupar aquella noche, contuvo la respiración y se quedó inmóvil durante un instante. A juzgar por la tranquilidad de sus facciones la joven se encontraba profundamente dormida. Sus cabellos refulgían bajo la luz del fanal, desparramados cual manta azabache sobre la blancura de la almohada.
Laxus decidió deleitarse con aquella imagen de reanimadora belleza. Como si se hallara en medio de un trance, sus ojos descendieron, hechizados por las sinuosas formas del cuerpo de ella, deteniéndose en sus largas fantásticas piernas. Después se posaron en la curva perfecta de su trasero, apenas oculto por la túnica. Pronto notó que su cuerpo reaccionaba ante aquella provocadora visión y un urgente pálpito se acomodó en su entrepierna.
Mascullando un juramento, se despojó de sus ropas y se introdujo junto a ella en la cama. La observó en silencio durante un buen rato y finalmente se atrevió a tocarla. Era como acariciar la seda, pensó, conteniendo el impulso de besarla hasta hacerle perder la cabeza.
Deslizó la punta de sus dedos bajo la barbilla de ella y luego descendió suavemente su mano hasta que la dejó apoyada en su cadera. Aquella mujer poseía una piel perfecta, tan cálida y suave como el mismo terciopelo.
Los labios de Lucy se abrieron, ronroneó y cambió de postura, girando su cuerpo hacia él. Gruñó cuando Laxus le acarició el lóbulo de la oreja con los labios. Se negaba a despertar. Era el sueño más erótico que jamás había tenido. Sus labios se curvaron en una sonrisa de placer al sentir el tibio aliento de Laxus acariciar su cuerpo, rozando cada centímetro de su piel con una sorprendente maestría. No deseaba moverse, solo quería continuar sintiendo el suave roce de sus dedos, de su lengua… Suspiró y se dejó llevar por sensaciones a las que no estaba acostumbrada. Ante ella surgió la figura de un hombre que le era familiar. Un tuareg que la contemplaba con una mirada profundamente azul e insondable. Comenzó a sentir calor y notó el peso de un fuerte y vigoroso cuerpo que la aplastaba contra el colchón. No pudo evitar que un gemido escapara de su pecho cuando los labios del hombre atraparon los suyos, persuadiéndola de que los abriera. Lucy cedió ante aquella incursión y se dejó llevar por el placer que le proporcionaba aquella ardiente lengua. Al fin y al cabo, no era más que un sueño. ¿Qué daño podría hacerle disfrutar plenamente de aquella onírica experiencia?
—¡Por todos los cielos! —susurró Laxus, apartando un instante su boca de la de ella—. Eres deliciosa.
Lucy abrió súbitamente los ojos y lo miró horrorizada.
—¿Estás loco? —Notó que le costaba respirar—. ¡Quítate de encima ahora mismo! Me estás ahogando, pedazo de bruto.
Él se puso a horcajadas sobre ella, apresándole los muslos con la poderosa musculatura de sus piernas.
—No he hecho nada que no desearas —se burló Laxus.
—¡Apártate!
—Hace un momento no parecías desear que me alejara; más bien parecías anhelar lo contrario.
—Porque estaba dormida. —Forcejeó con él—. ¡He dicho que te apartes!
Laxus enderezó la espalda, exponiendo ante los atónitos ojos de Lucy la magnificencia de su desnudez y la prueba erecta e irrefutable de su deseo.
Ella se quedó sin habla, notando la boca repentinamente seca. Aquel hombre poseía una anatomía envidiable: un torso marcadamente fuerte, unas piernas musculosas y una cintura estrecha. Eso sin mencionar que estaba mejor dotado que la mayoría de los hombres que ella había visto. Se esforzó en apartar la mirada y desviarla a sus ojos azules. Era una pena que tantas virtudes pertenecieran a un hombre tan peligroso como aquel.
—¡Ya está bien! —Lo fulminó con la mirada—. Creo que ya te has divertido suficiente, ¿no te parece?
—Tienes una idea muy pobre de lo que significa diversión —respondió, mirándola de arriba abajo—, aunque estoy dispuesto a enseñártelo.
—Antes me tiro de cabeza a un pozo —sonrió con ironía.
—Entonces no entiendo por qué motivo te has metido en mi cama.
—¿Tu cama? —resopló—. Por lo que yo sé, en esta maldita tienda solo hay una cama.
Él se levantó, dio dos pasos y apartó la cortina que ocultaba un lecho de menor tamaño.
—¿Cómo llamarías a esto?
Lucy sintió cómo sus mejillas enrojecían, alzó la mirada y lo observó sin decir nada.
—En fin —suspiró Laxus fuertemente—, más vale que te vistas.
—Ni hablar. No voy a dormir con la ropa puesta.
—¿Quién ha dicho que vayamos a dormir?
Lucy se puso tensa, alargó una mano y trató de cubrir su cuerpo con la colcha.
—¡Por todos los demonios! —Laxus soltó una provocadora risa—. Deja de comportarte como una virgen. Si no recuerdo mal, esta mañana me dijiste que necesitabas un baño.
—¿A esta hora? —Parpadeó asombrada.
—Es el mejor momento para nadar. Todos se hallan ya dormidos y los pocos que no lo hacen vigilan el poblado.
Lucy se levantó y agarró los pantalones. Tras echarles un rápido vistazo, hizo un mohín con los labios.
—Debería lavar mi ropa.
—Entonces será mejor que te pongas esto. —Abrió uno de los baúles y le arrojó una camisa.
Lucy miró la elegante prenda.
—¿Es tuya? —le preguntó sorprendida.
—¿De quién esperas que sea? ¿Del tipo que se hospedaba contigo en el hotel? —matizó con sarcasmo, mientras volvía a vestirse.
Lucy ni tan siquiera se molestó en aclarar que Jerome era su hermano. Estaba demasiado entusiasmada con la idea de poder darse un baño que arrancase de su piel el polvo y el sudor, como para pensar en nada más. Se apresuró a ponerse la camisa y la abotonó rápidamente.
—Creo que estoy lista.
Los ojos de él la recorrieron de arriba abajo.
—Será mejor que te pongas las botas.
—Es de noche. —Se aproximó a Laxus y entrecerró los ojos con arrogancia—. No creo que mis pies corran el menor riesgo de chamuscarse.
—Está bien, tú misma. —Se echó a un lado para dejarla pasar.
El resplandor de la luna iluminaba el campamento, completamente quieto y tranquilo a esas horas. Lucy agradeció la brisa nocturna que refrescó la piel de su rostro cuando enfilaron hacia un lugar de la laguna que según le comentó Laxus, se encontraba tan oculto que habitualmente estaba desierto.
Llevaban diez minutos caminando. Lucy disfrutaba de sentir la arena entre los dedos de sus pies, mientras en su cabeza se apiñaban mil y una preguntas relacionadas con aquel misterioso hombre. La prenda que él le había prestado era una de ellas. Aquella indumentaria distaba mucho de parecerse a la que vestiría un tuareg. Era claramente occidental, además de enormemente costosa. Al menos eso era lo que indicaba la pequeña insignia bordada en uno de los puños. Pero eso no era todo, su inglés era tan perfecto que podría haber pasada perfectamente por natural de aquel país.
Lucy estaba tan absorta en sus razonamientos, que cuando advirtió que algo se movía cerca de sus pies, soltó un grito y saltó hacia atrás, chocando con el duro torso de Laxus.
—Te dije que te pusieras las botas —le recriminó él, cogiéndola en brazos.
—¡Bájame!
—Si es lo que deseas… —Sus labios se torcieron en una astuta sonrisa—. Puedo dejarte nuevamente con tu amigo el escorpión.
—¿Un escorpión? —le tembló la voz y clavó la mirada en la sirena.
—La próxima vez procura obedecerme, te recuerdo que es parte de nuestro trato —le dijo Laxus, al tiempo que apartaba unas hojas de palmera para pasar a través de ellas.
De pronto una oleada de aire fresco golpeó su rostro, alborotando sus cabellos. Se pasó una mano por el pelo y lo apartó rápidamente de sus ojos para poder ver la escena que se abría ante ellos.
El rumor que producía la pequeña cascada al golpear contra las rocas inundó sus oídos. Aquellos peñascos romos y pulidos provocaban que un manto blanco y burbujeante se abriera paso lentamente, para fallecer en mitad de la laguna.
A lo largo de su vida había visto cosas fantásticas: saltos de agua infinitos, amaneceres sorprendentemente épicos y colinas tan solo visibles a ojos del explorador dispuesto a aventurase por sus peligrosos desfiladeros. Pero jamás antes había visto una maravilla como la que en aquellos momentos tenía delante. Lucy no podía apartar los ojos. Estaba tan sorprendida que apenas advirtió el momento en que Laxus volvió a depositarla en el suelo. Como una autómata anduvo dos pasos y se detuvo en la orilla.
—¿Te gusta? —le preguntó Laxus, inquieto ante su silencio.
—¿Bromeas? —silbó—. Es lo más increíble que he visto.
Laxus se sintió complacido.
—Deberías bañarte.
Ella giró sobre los talones y lo miró.
—Entonces, date la vuelta.
Ante la mirada asombrada de Lucy, él prorrumpió en carcajadas. Luego se sentó en la arena y añadió tranquilamente:
—¿Y perderme el espectáculo? Creo que no.
—Teníamos un trato —masculló ella.
—Y continuamos teniéndolo. —Un furtivo destello de victoria aleteó en los ojos de Laxus—. Pero, que yo sepa, nada me prohíbe disfrutar de este momento.
—Está bien… —contestó. Se dio la vuelta y comenzó a desabrochar los botones de su camisa mientras susurraba—: Te lo has buscado tú mismo.
Cuando la prenda se deslizó hasta el suelo y reveló la desnudez del cuerpo femenino en todo su esplendor, Laxus clavó inconscientemente los dedos en la arena y puso todos los músculos en tensión.
«Por todos los santos», se dijo, consciente como nunca lo había estado de la respuesta de su propia anatomía. La americana era la mujer más exquisita que había visto. Retuvo el aliento en sus pulmones y sintió que no podía pensar con claridad. Ansiaba devorarla, poseerla hasta que el fuego que bullía en su interior se consumiera. Lanzó un juramento en voz alta y se mantuvo inmóvil mientras la seguía con la mirada.
Lucy entendió perfectamente lo que Laxus dijo a su espalda. Sin embargo, hizo caso omiso y continuó adentrándose cada vez más en las transparentes aguas de la laguna, hipnotizada por la belleza que la rodeaba. Se preguntó cómo sería vivir en aquel apartado lugar del mundo. Echó un vistazo a su alrededor, a las altas palmeras que circundaban la orilla y a la exultante vegetación que ocultaba aquel edén en miniatura. Cuando sus ojos se detuvieron en la camisa que momentos antes se había quitado, frunció el ceño.
¿Dónde se había metido el imajeghan? Dio un par de vueltas sobre sí misma y trató de localizarlo con la mirada. Se negaba a creer que la hubiese dejado allí sola, en un lugar desconocido y un desierto lleno de escorpiones. Se sumergió y buceó hasta un peñasco cercano a la catarata. Apoyó las manos sobre su suave superficie y se impulsó hacia arriba para tratar de obtener una visión más amplia de lo que la rodeaba. En ese momento sintió unas manos que la atrapaban por la cintura y tiraban de ella, sumergiéndola nuevamente bajo las aguas.
Repentinamente, los labios de Laxus atraparon los suyos. Golpeó su pecho con los puños, intentando zafarse y abrió los labios para aspirar la bocanada de aire que él retenía en sus pulmones. Cuando ambos emergieron, ella se apartó. Apoyó su espalda contra la roca y trató de recuperar el aliento.
—¿Te has vuelto loco? —El corazón le retumbaba contra el pecho.
Laxus se aproximó a ella con una mirada felina y apoyó ambas manos en la roca, apresándola en el círculo de su poderosa musculatura.
—¿Te han dicho alguna vez que posees un carácter endiablado?
—Solo cuando tratan de besarme sin mi consentimiento.
Él entornó los parpados y un brillo feroz destelló en el interior de sus ojos.
—¿Y eso sucede muy a menudo? —Su voz se había tomado fría y cortante.
—¿A ti qué te importa? —Trató de escabullirse bajo uno de los brazos que la retenían, pero él fue más rápido que ella. Se movió y la agarró por la cintura, inmovilizándola contra la superficie pulida de la piedra.
—No has respondido a mi pregunta.
—No creí necesario contarte mi vida —respondió con un deje de sarcasmo.
—Pues sí lo es.
—¿Es una nueva norma? —un brillo de desafío aleteó: en sus ojos.
—Mi desierto, mis normas.
Ella se quedó boquiabierta.
—¿Pretendes que crea que todo esto es tuyo?
—Cree lo que quieras —contestó Laxus, arrugando el ceño.
—Está bien —comenzó a decir Lucy, notando cómo el pecho de él aplastaba sus senos—, imaginemos que me lo creo. Si todo esto es tuyo, no veo por qué te cuesta tanto encontrar una mujer dispuesta a meterse en tu cama.
—No creo haber dicho que tenga problemas al respecto.
Lucy se mordió la lengua. No albergaba ninguna duda de que fuera así. Respiró con fuerza y entrecerró los parpados, tratando de encontrar una respuesta que rebatiese sus palabras. Sin embargo, no se le ocurría nada. Él estaba demasiado cerca para poder pensar con claridad. Sus labios casi se rozaban cuando Laxus volvió a hablar:
—Además, ya te dije que tal vez no desee a otra mujer en mi cama.
Por primera vez en su vida, Lucy se moría por el deseo de dejarse llevar. Por descabellado que fuese, anhelaba acariciar aquella piel bronceada y perderse en el calor de su masculino cuerpo. Inspiró una bocanada de aire y respiró su tibio aliento.
—Suéltame. —Pedir aquello fue un verdadero esfuerzo para ella.
—Me deseas tanto como yo a ti. Puedo notarlo… —Él acarició sus caderas con la punta de los dedos.
—No soy ninguna idiota. No voy a quedarme aquí, en el fin del mundo, por un estúpido revolcón.
Él rodeó su cuello con una de sus fuertes memos y, sujetándole la nuca, la atrajo hacia sí.
—Llamarlo revolcón no le haría justicia —repuso con voz ronca.
—Llámalo como quieras… —le dio tiempo a decir, antes de que él atrapara nuevamente sus labios.
En esa ocasión Lucy no opuso resistencia. Dejó que él la besara a su antojo, que jugueteara con sus labios y con su lengua. La sangre comenzó a hervirle en las venas, hasta el punto de que creyó que ella misma se evaporaría en aquella confusa nube de deseo. Sin saber cómo había sucedido, se escuchó a sí misma gemir. Un intenso calambre se emplazó en su vientre y, envuelta en un desconcertante manto de pasión, alzó los brazos para rodear el cuello de Laxus. Jamás había deseado a un hombre de aquella forma salvaje y feroz. Notó que la respiración de él se entrecortaba y su erección, imposible ya de ocultar; rozó la piel de sus caderas. Como si algo la impulsara a hacerlo, enredó los dedos en los húmedos cabellos del poderoso hombre y tiró de ellos.
Laxus separó su boca de la de ella y lanzó un gemido de placer. Llevó la mano a su nuca, para sujetar los dedos de ella y después los situó tras su espalda, inmovilizándola contra la roca.
Sumida en una cegadora bruma de calor, Lucy notó como él le acariciaba el vientre con la mano libre, deslizándola a continuación hasta el mismo centro de su feminidad y logrando arrancar un gemido de su garganta.
—Renuncia a todo y deja que te haga el amor —susurró él junto a su oído. Introdujo su pierna entre los muslos de ella y los separó sin esfuerzo.
Lucy abrió repentinamente los ojos como platos, recuperando algo de la cordura perdida.
—¡No! —se agitó, tratando de zafarse de él.
Él la soltó y la miró con el ceño fruncido.
—¿No? —repitió incrédulo—. ¿Se puede saber a qué estás jugando? Hace un momento estabas preparada para mí. ¿Qué te ocurre?
—¿Que qué me ocurre? —le gritó ella—. No pienso quedarme aquí contigo, ya te lo he dicho. No vamos a liarnos, por mucho que lo desee.
Ambos se quedaron en silencio, Laxus alzó el mentón y se aproximó a ella como un lince a su presa.
—Así que me deseas…
—No digas tonterías, yo no he dicho eso —repentinamente, sintió la boca seca.
—Mentirosa.
—No miento…
—Y un cuerno, no mientes —alegó él, al tiempo que apretaba su cuerpo contra el de ella—. Me deseas.
—Si eso es lo que crees, continúa soñando. —Se movió y trató de marcharse.
—¿Adónde crees que vas, americana? —La agarró por la muñeca.
—¡Maldita sea! Tengo un nombre, ¿sabes? —Agitó la mano, deshaciéndose de los fuertes dedos de él.
—Aún no hemos terminado —dijo Laxus, ignorando su enojo. Alargó el brazo, tomó un objeto situado sobre la piedra y se lo arrojó.
Lucy atrapó la pastilla de jabón perfumado. Cuando volvió a mirar a Laxus, este mostraba una sonrisa deslumbrante y la observaba con un deje malvado en sus ojos.
—Bonitos pechos.
Rápidamente, ella rodeó su torso con los brazos.
—Pervertido… —masculló entre dientes.
—Vamos —le ordenó Laxus, sujetándola del brazo y conduciéndola hasta la cascada.
—¡Basta ya! Sé caminar sola —soltó ella—. Y también soy completamente capaz de bañarme sin tu ayuda. No soy una niña, ¿sabes?
—Desde luego que no. —La recorrió con la mirada.
Dándole la espalda, comenzó a enjabonarse el pelo.
—¡Maldita sea! —exclamó Lucy al cabo de pocos segundos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Laxus.
—La pastilla de jabón. —Ocultó la parte superior de su torso con las manos y se giró para mirarlo—. Se me ha escurrido de los dedos.
—Creí que eras completamente capaz de apañarte sin mi ayuda.
—No seas ridículo, el jabón es resbaladizo y esto no es que digamos una bañera —respondió entrecerrando los ojos.
Laxus nadó hasta desaparecer tras la catarata. Cuando a los pocos segundos volvió a aparecer, llevaba en sus manos otra pastilla.
—Date la vuelta —le ordenó él
—¿Qué? —Lucy arrugó el suave ceño.
Sin molestarse en responder, la sujetó de los hombros y la obligó a girar sobre sí misma.
—¿Qué estás haciendo? —Trató de mirarlo.
—No creerás que estoy dispuesto a permitir que pierdas otra pastilla de jabón. —Puso ambas manos sobre sus hombros y, tras inmovilizarla, comenzó a enjabonarle los cabellos—. No te imaginas lo que escasean estos artículos por aquí.
—¿Y de dónde los sacas tú? —indagó ella.
—Como todo el mundo, los compro.
—¡Vaya! Creí que eran fruto de los saqueos.
—Deberías sujetar tu lengua, americana.
—Lucy —le dijo ella despreocupadamente.
—Está bien, yo te llamaré Lucy si tú me llamas Laxus.
—No sé… —Hizo una pausa—. Me gusta lo de «gran señor del desierto». Impone más que Laxus.
—Silencio —siseó él, al tiempo que deslizaba la pastilla de jabón por su espalda—, hablas demasiado, Lucy.
—¿Qué estás haciendo? —la voz le tembló al sentir las manos de él desplazarse hacia sus senos, masajeándolos y envolviéndolos con una fina capa de espuma.
Laxus aproximó su boca al oído de ella y le susurró de una manera increíblemente erótica:
—Te propongo una tregua. —Su aliento rozó la mejilla de Lucy—. Olvidemos nuestro acuerdo solo por una noche.
Lucy cerró los ojos y sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas. Se estremeció, incapaz de controlar la extraña necesidad de su cuerpo. Cerró los parpados y luchó por oponerse a aquella petición. Pero de sus labios no brotó una negativa. Su boca permaneció cerrada y los músculos de su espalda tan contraídos como los de sus muslos. «Por todos los santos…», se dijo, soltando el aire de sus pulmones. Nunca antes había sentido una urgencia como aquella. Deseaba que Laxus la tocase, la llevase donde él quisiera y le hiciera el amor. Tal vez así aquel fuego que le abrasaba las entrañas se extinguiría por fin.
Cuando él deslizó la pastilla de jabón hacia abajo y comenzó a frotar la zona oculta entre sus muslos, una chocante nube de aturdimiento se hizo con sus sentidos, estremecerla de la nuca a las yemas de los dedos. De pronto, el cuerpo de Laxus se puso tenso, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un profundo gruñido.
El silencio flotó en el aire, roto tan solo por el monótono rumor de la catarata. Sus cuerpos se habían relajado y sus respiraciones comenzaron a apaciguarse gradualmente.
Ambos se miraron durante un eterno momento, coma si no acabaran de creer lo que habían hecho.
—Hemos vuelto a perder el jabón —se limitó a decir ella, sacando a Laxus del trance en el que estaba sumergido.
—Tengo más tras la cascada. —Al ver que ella arrugaba el ceño, se apresuró a añadir—: Tras el agua hay oculta una pequeña caverna.
—Ah…
—Deberíamos regresar al campamento.
Lucy pestañeó. Estaban desnudos el uno frente al otro y se comportaban como si no hubiese sucedido nada. Aquello le molestó sin saber muy bien por qué. Olvida lo que acababa de ocurrir era lo mejor, no entendía por qué le fastidiaba tanto.
—Sí, deberíamos regresar —le respondió, al tiempo que se daba la vuelta y se sumergía en el agua para nadar hasta la orilla.
Con cada brazada sentía su cuerpo lánguidamente dolorido y entumecido, como si hubiese corrido una maratón. En cuanto salió del agua se agachó para recoger la camisa y no perdió un segundo en ponérsela. Se dio la vuelta y chocó con el torso desnudo de él.
—¡Vaya! —silbó ella—, qué rápido.
—Nadas muy despacio —respondió a su asombro.
—Es lo que tiene ser un camello herido —refunfuñó entre dientes.
—Créeme, no te pareces en nada a ese animal. —Extendió una mano y le acarició el mentón con la punta de sus dedos. Ella cerró los ojos, ocultando su confusión, y él añadió—: No puedo dejar de tocarte.
—Te recuerdo que tenemos un trato —le recordó Lucy, con un hilo de voz.
Él entrecerró los ojos y se apartó bruscamente de ella, mirándola como si hubiese cometido un delito infame.
—¿Cómo puedes decir eso después de lo que ha pasado? —rugió—. ¿Cómo puedes continuar pensando en marcharte? ¿Es por el tipo del hotel? Maldita sea. ¡Estás deseando regresar con él! ¿Me equivoco?
Lucy abrió los ojos desmesuradamente y lo miró, sin dar crédito a sus furiosas palabras. Sintió un escalofrío. No estaba preparada para aquella reacción. Sus músculos se pusieron en tensión y su cuerpo tembló de arriba abajo, como una hoja de papel.
—Sí, tienes razón —le gritó ella—, estoy deseando volver con Jerome. No sé por qué te sorprende tanto, deberías dejar de interesarte por lo que yo quiero y centrarte un poco más en ti y en esa novia tuya, esa Mina, Mirajane o como diantres se llame.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, sujetándola fuertemente por los brazos—. ¿Cómo puedes saber tú eso? ¡Te exijo que me lo digas ahora mismo!
Lucy tragó saliva.
—¡Así que es cierto! —Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el campamento—. ¡Eres un maldito degenerado! ¿Lo sabías?
—Lo que no sé es cómo puedes saber lo de Mirajane.
—Me lo habrá dicho alguien… —resopló, sin detenerse a mirarlo—. Tus hombres hablan, ¿sabes?
—No en inglés.
—Para tu información, entiendo perfectamente el tamahaq.
—Lo sé, no soy ningún mentecato.
—¿Lo sabías? —Lucy se detuvo y lo miró boquiabierta—. ¿Desde cuándo?
—No deberías menospreciar mi inteligencia. —Cruzó los brazos ante su pecho—. Ahora me dirás cómo te has enterado de lo de Mirajane.
—Lo habré oído por ahí.
—¿Me estás diciendo que lo oíste de los labios del hombre que vigilaba mi tienda?
—No lo sé, puede que sí.
—Eso es lo más estúpido que he oído nunca.
—Si tú lo dices —le respondió ella, encogiéndose lie hombros.
—Gray es mudo de nacimiento. —Sus ojos centellearon como los de una cascabel a punto de atacar—. Y tú una embustera de primera.
—Yo no soy quien va coleccionando mujeres por ahí. —Lucy estiró su cuerpo en toda su longitud y lo miró desafiante.
—Entonces, admites que me perteneces.
—Admito que hace un segundo me lo he pasado bien, eso es todo. —Lucy sintió que se le encogía el estómago y un nudo de ansiedad se alojaba en su garganta al pronunciar esas palabras.
—Eres tan retorcida como una víbora.
—Supongo que eso es mejor que ser un camello muerto de hambre.
—Mirajane no es mi mujer, tú sí.
—Tu concubina. —Arrugó el ceño y levantó el dedo índice ante la nariz de él—. Y hasta que no suceda nuevamente lo que tú y yo sabemos, ni siquiera eso.
—Vendrás a mí —aseveró con tranquilidad.
—Lo dudo. Lo que acaba de ocurrir no sucederá de nuevo.
—Lo harás. —Su tono se tomó amenazante, se inclinó y la tomó entre sus brazos—. Y te prometo que no habrá otra tregua.
—Piensa lo que te dé la gana —dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos.
—Es difícil creer tus palabras cuando te cuesta tan poco abrazarte a mí.
Ella entornó los ojos.
—Los escorpiones, ¿recuerdas? —Agitó su dedo índice, señalando al mismo tiempo la arena.
—¡Qué decepción! —le respondió él, con un fingido suspiro—. Pensé que no podías dejar de tocarme.
—¿Por qué creo que eso me suena?
Cuando Lucy alzó el rostro y lo miró, se arrepintió automáticamente de haber dicho aquello. Las facciones de Laxus, semiocultas en las sombras, eran peligrosamente siniestras y el brillo de sus ojos parecía poseer el poder de traspasarle el alma. Desvió la mirada al frente, ambicionando deshacerse del halo de poder que emanaba de aquel hombre, y decidió que lo más prudente era morderse la lengua el resto del camino.
¿Cómo demonios conseguiría mantener su promesa de no huir, cuando Laxus parecía estar siempre al borde del enfado?
—¿Ocurre algo? —inquirió repentinamente Laxus.
Lucy lo miró fascinada, preguntándose si realmente podía leerle el pensamiento.
—Nada —se limitó a responder.
Él la miró pensativo y frunció el ceño. No dijo nada más. Caminó en silencio hasta que alcanzaron el campamento y la dejó en el suelo de su tienda.
—Deberíamos comer algo —comentó, señalando el guiso que descansaba sobre la mesa baja y redonda situada en un rincón.
El estómago de Lucy rugió cuando notó el delicioso olor a estofado. Durante los últimos dos días apenas había comido algo más que un par de frutas y un poco de carne seca. Aquello, en esos momentos, era sin duda una exquisitez. Pese a todo, Lucy apartó la mirada de aquella comida, dispuesta a no exponer la más mínima debilidad.
—No tengo hambre.
—Mentir se te da fatal —la acusó con una sonrisa que reveló toda una serie de perfectos y blancos dientes. Luego, le acercó un plato.
Lucy no lo rechazó. Trataba de mostrarse fuerte, no de parecer estúpida. Se sentó en uno de los almohadones y apoyó el plato en sus rodillas.
—¿Tú no comes? —preguntó curiosa.
—Cuando tú lo hagas.
—¿Eso es una norma?
—No. Pero prefiero no incomodarte. —Se encogió de hombros, deshaciéndose del cinturón y de la túnica.
—Por el amor de Dios… —bajó la voz y mordió un trozo de cordero—, hace tan solo un rato estábamos los dos desnudos. No creo que vaya a molestarme que te sientes a comer conmigo.
Laxus se esforzó por ahogar una risa, cogió su propio plato y se situó frente a ella.
Los minutos siguientes comieron sumidos en un extraño e incómodo silencio. Extraño, pues Lucy esperaba que él dijese algo sobre lo sucedido entre ambos media hora antes. Sin embargo no fue así y, por algún motivo que se escapaba a su comprensión, aquello la tranquilizaba y enojaba al mismo tiempo. Nunca antes había hecho nada semejante. No era una mujer que se lanzara a los brazos de un hombre a las primeras de cambio. No entendía todavía cómo había sucedido. Todo había ocurrido tan deprisa, su mente había permanecido obnubilada mientras su cuerpo era transportado a un lugar que nunca creyó que existiera. Cierto que había oído cosas respecto al sexo que no había alcanzado a experimentar, pero desde luego nunca imaginó que sucederían en un lejano desierto y con un hombre que apenas conocía. Ni hablar, jamás se le habría pasado por la cabeza el hacer una cosa como aquella.
Lucy oyó a Laxus suspirar. Alzó la vista y encontró la mirada del hombre posada en ella.
—¿Estás casada? —le preguntó inesperadamente.
—Un poco tarde para esa pregunta, ¿no te parece?
—Puede, pero no has respondido.
—No —exhaló un suspiro—, no estoy casada.
—Bien.
—No sé qué tiene de bueno, de todos modos espero regresar pronto a casa.
La mirada de Laxus se hizo gélida, dejó su plato sobre la mesita y la miró.
—Después de lo ocurrido esta noche, dudo mucho que tu amante te reciba con los brazos abiertos.
Lucy abrió la boca y dejó caer la mandíbula. ¿Quién se había creído para opinar sobre su vida? Ella era una mujer soltera y adulta, podía irse a la cama con quien le diese la gana sin tener que soportar un sermón de nadie, mucho menos de él.
Por un momento estuvo tentada a revelar la identidad de Jerome. Sin embargo, una vez más, decidió no hacerlo. Ella no pertenecía a nadie, por tanto tampoco le debía una explicación.
—No creo que eso sea algo que deba interesarte —respondió, apretando los labios mientras abandonaba su plato a un lado.
—Pues yo opino que sí, dado que aún nadie ha pagado los diez mil dinares que me costaste.
—Te recuerdo que tenemos un trato —respondió Lucy con cautela.
—A juzgar por cómo respondes a mis caricias, no será por mucho tiempo.
—¿Tú crees? —sonrió solo con los labios.
Laxus se limitó a devolverle la mejor de sus sonrisas, estiró las piernas y se quedó en silencio mientras la contemplaba con un brillo de diversión en sus ojos azules.
Lucy suspiró profundamente. Aquel hombre parecía poseer el don de exasperarla sin tener siquiera que abrir la boca.
—Creo que será mejor que me vaya a dormir. —Se levantó y se dio media vuelta.
—De acuerdo. Pero esta vez trata de no equivocarte de cama —comentó él divertido.
—¡Qué presuntuoso! —masculló Lucy entre dientes, sin tomarse la molestia de girarse para mirarlo—. No tocaría esa cama aunque me fuese la vida en ello.
Lucy cambió de postura por enésima vez. Se puso de lado y apoyó la mejilla sobre la almohada, al tiempo que entornaba los parpados para ojear a través de los finos visillos. Allí estaba él, tumbado sobre la cama y completamente desnudo. Jamás habría creído que ver a un hombre en esas circunstancias le arrebataría de esa manera el sueño. Pero por lo visto estaba equivocada. Hacía más de media hora que se había dado por vencida. Una vocecita en su interior le decía que esa noche no dormiría, a menos que Laxus cogiera sus trastos y se largara de la tienda. Cosa que no iba a suceder. Irritada consigo misma, se agitó sobre el colchón y se tumbó hacia arriba.
Un suave ronroneo escapó de los labios del hombre. Ella se giró nuevamente, dándole la espalda, y golpeó un par de veces la almohada tratando de ablandarla. «¡Maldita sea!», frunció los labios y envolvió la cabeza en el almohadón. Estaba segura de que Laxus lo hacía a propósito. Era como si supiese cuánto le afectaba tenerlo cerca.
Nunca se había tenido por una mujer impulsiva, mucho menos que pudiera dejarse llevar por los instintos. Durante el tiempo que había estado saliendo con Natsu, ni una sola vez lo había hecho. Siempre era coherente y cabal. Nunca había perdido la cabeza y jamás había sentido nada como lo que había experimentado en el lago junto a Laxus. Era como si ese hombre fuese portador de algún extraño y excitante afrodisíaco.
De pronto, en los labios de Lucy se dibujó una mordaz sonrisa. Tal vez en cuanto regresara a Cuzco iría a ver a un psicólogo. Uno bueno que consiguiera arrancar de su cabeza aquellos pensamientos obscenos. Sí, eso era una buena idea. Ya que por lo visto tanto calor comenzaba a derretirle el seso.
Cuando volvió a oírlo ronronear, apartó el visillo que ocultaba su lecho y le arrojó la almohada.
—¿Se puede saber qué te ocurre? —preguntó Laxus con el ceño fruncido.
—Lo sabes de sobra. —Cruzó los brazos y volvió a darle la espalda.
—¿Qué te sucede? —La voz de Laxus se tomó excesivamente edulcorada—. ¿No puedes dormir?
—Dormía perfectamente hasta que tú y tus ruiditos me habéis despertado —refunfuñó ella.
—Yo podría solucionar eso.
—¿No me digas…? —Lucy cerró los ojos e inmediatamente los abrió deduciendo a qué se refería—. ¡Ni se te ocurra!
Él soltó una profunda carcajada que, por algún motivo, le provocó un placentero cosquilleo en el estómago.
—Eres increíblemente graciosa, ¿lo sabías?
—Estuve sopesando la idea de ser payaso —dijo con sarcasmo—, pero decidí hacerme arqueóloga. Así es la vida. Ya ves…
—Una arqueóloga muy sexy, si me permites el comentario.
—¿Tengo otra opción?
—No creo.
—Entonces, te lo permito. —Cambió de postura y añadió—: Y ahora cállate, me muero de sueño.
—Tu trabajo debe de ser fascinante.
—¿De verdad quieres hablar de eso ahora? —dijo con cansancio. Giró su cuerpo y lo miró, conteniendo la respiración al toparse con la imagen de su poderoso cuerpo completamente desnudo y excitado.
—¿Por qué no? Es tan buen momento como cualquier otro.
—Ah, no. Creo que te equivocas —rio con sarcasmo—, no suelo hablar con tíos desnudos y… —Señaló la evidente reacción de su anatomía—. En esas condiciones.
—Siempre podemos hacer algo para que estas condiciones cambien.
—De acuerdo. —Se giró y le dio nuevamente la espalda—. Que disfrutes de la ducha fría.
La vibrante risa de Laxus resonó en sus oídos.
