—Estás completamente loca, si Laxus nos descubre nos podemos dar los dos por muertos.

—No digas tonterías. A mí no osará tocarme.

Durante un segundo Lucy creyó que aquellos susurros eran ensoñaciones de su imaginación. Lanzó un prolongado suspiro y se desperezó en la cama, estirando su esbelto y flexible cuerpo sobre el colchón.

—Date prisa, la americana está despertando.

—Si despierta le cortas el cuello y asunto zanjado.

Lucy reprimió un grito de espanto al tiempo que notaba cómo el corazón le golpeaba furioso contra el pecho. Se esforzó en permanecer inmóvil, mientras luchaba por aclarar su adormilada mente.

—¡Vamos, Mirajane!

Sus músculos se pusieron tensos al comprender que Macbeth y su hermana estaban en la tienda. Trató de no atragantarse con su propia saliva y lanzó una rápida mirada al lecho vacío de Laxus.

«Por el amor de Dios», pensó, cerrando nuevamente los ojos. ¿Dónde se había metido ese hombre? Sus nervios y su desesperación iban en aumento. No recordaba haber hecho jamás un esfuerzo como aquel. Fingir que estaba dormida en una situación como aquella era lo más difícil que había hecho en toda su vida.

—¡Apúrate Mirajane! —insistió Macbeth en voz baja.

Lucy no pudo evitar mirar para tratar de averiguar qué se proponían. Aunque la espalda del hombre ocultaba gran parte de lo que tenía delante, pudo ver cómo Mirajane extraía de su túnica un frasquito de cristal, derramaba unas gotas en el interior de un cuenco que parecía contener leche y a continuación lo agitaba. Luego, tras ocultar la pócima nuevamente entre los pliegues de su ropa, le susurró a su hermano:

—No pongas esa cara. De todos modos esa zorra no iba a ser tuya.

—Lo sé. Pero, aun así, creo que envenenarla es pasarse un poco de la raya. No quiero ni pensar lo que sucederá si Laxus lo descubre.

—Eres un maldito cobarde, hermano. —Se puso en pie y, tras lanzar una mirada desdeñosa hacia el lugar donde Lucy fingía dormir, giró sobre sus talones y abandonó apresuradamente la tienda.

Durante unos segundos Lucy advirtió cómo Macbeth movía el cuenco. Vacilaba sobre dejarlo allí o deshacerse de él. Mirajane debía de tener algo de razón al llamarlo cobarde, ya que decidió dejarlo donde estaba e ir tras los pasos de su hermana.

Una vez se hubieron marchado, Lucy se incorporó, se sentó en la cama y miró fijamente el cuenco. Ella no era una mujer que aceptara agachar la cabeza y obedecer los consejos de un extraño, pero tenía que reconocer que en aquella ocasión había sido un acierto seguir la recomendación de la joven que había conocido en la tienda de Warrod, antes de ser vendida como esclava. Si no hubiese fingido desconocer el idioma, no habría sabido de las espantosas intenciones de esos dos.

—Buenos días —saludó Laxus, irrumpiendo repentinamente en la tienda—, veo que hoy te has despertado pronto. Me he tomado la libertad de traerte algo de comer. Un poco de leche y unos panecillos te vendrán bien.

—¿Dónde estabas? —Alzó los ojos y lo miró.

Él frunció el ceño y la observó con interés.

—¿A qué viene eso?

—A nada, solo quería…

—Me levanto pronto —respondió Laxus, interrumpiéndola—. Debo comprobar que todo marcha bien en el asentamiento antes de comenzar el día. Es parte de la tarea del amo de todo esto.

—¿En serio es todo tuyo?

—Al menos este oasis y el desierto que lo circunda.

Lucy advirtió cómo Laxus cogía el cuenco y se lo ofrecía. Aterrada, agitó la cabeza a ambos lados, negándose a probarlo.

—Maldita sea. ¿Crees que pretendo envenenarte? —masculló Laxus, llevándose el cuenco a los labios con la intención de demostrarle que el contenido no estaba manipulado.

En su interior se disiparon toda clase de alarmas. Saltó súbitamente de la cama y golpeó el cuenco, lanzándolo por los aires.

Laxus la miró atónito.

—¿Te has vuelto loca?

—No tanto como tu prometida —contestó con la respiración acelerada.

—¿Se puede saber qué estás diciendo? ¡Ya te he dicho que no tengo prometida!

—Puedes jurar que hubiera sido así si llegas a probar esa leche.

—Sería interesante que me explicaras a qué te refieres. Porque, créeme, no entiendo nada de lo que dices.

—Cuando desperté, Macbeth y su hermana estaban aquí.

—¿Aquí? —Laxus se quedó boquiabierto—. ¿Te refieres aquí, en la tienda?

Ella asintió.

—Tu prometida puso algo en la leche.

—Mirajane no es mi prometida.

—Si no lo es, desde luego espera serlo.

Laxus se dejó caer en su propia cama. Apoyó el mentón en una mano y lanzó un exabrupto.

—¿Estás segura de que se trataba de veneno?

—¡No, posiblemente fueran vitaminas! —respondí con sarcasmo—. ¡Pues claro que se trataba de veneno ¡Despierta, Laxus! ¡No hay que ser una lumbrera para adivinarlo! Por si no lo recuerdas, entiendo perfectamente tu idioma.

—¿Cómo ha podido ocurrírsele? Esto es una locura. Podría acabar provocando un enfrentamiento entre nuestras tribus.

—¿Tan importante es? —preguntó Lucy.

—Macbeth y Mirajane son hijos de Precht, uno de los dirigentes de las tribus que se ubican más al norte.

—¿Y por qué me da la impresión de que ella cree que eres su prometido?

—Porque está decidida a que nuestro compromiso sea una realidad.

De pronto Lucy se sintió enferma. La boca de su estómago parecía haberse cerrado y un sentimiento extraño se alojó en su pecho. Sin poder evitarlo, se movió inquieta sobre la cama y trató de contener la expresión de desagrado que pugnaba por aparecer en su rostro. El simple hecho de imaginar a Laxus y a Mirajane juntos le provocaba una intensa sensación de rechazo. Lo cual, desde luego, era una grandísima tontería. A ella lo único que debía preocuparle era la forma y el momento en que se largaría de allí, no con quién se casaría ese hombre.

—¿Hay alguna forma de evitar un altercado?

—No creo —contestó Laxus arrugando el ceño—. Han entrado en mi tienda sin permiso y han tratado por segunda vez de hacerte daño. No veo cómo evitar una disputa. —Sus ojos azules brillaban inundados de furia.

—Lo mejor será que me dejes ir. Puedo regresar junto a Jerome. El pobre debe de estar tremendamente preocupado y…

—¡No!

La violencia que reflejó su voz la dejó paralizada.

—Ni hablar. Tenemos un trato: no dejaré que te marches, a no ser que te encuentren. —Se incorporó y la miró con destellos de furia en los ojos—. Y te aseguro que no lo harán. Si tengo que patear este desierto de lado a lado para evitarlo, lo haré.

Lucy lo miró sin pestañear, preguntándose qué demonios le ocurría. Tenía la cabeza aturdida y apenas podía respirar, además le temblaban las rodillas.

—Te estás comportando como un bárbaro.

—Te lo advierto, Lucy, no es un buen momento.

—Entonces deja de comportarte así.

—Lucy —dijo su nombre, al tiempo que se aproximaba a ella deliberadamente despacio—, no te imaginas lo bárbaro y peligroso que puedo llegar a ser cuando se trata de ti.

Ella abrió los ojos asombrada y retrocedió un paso. Pero él fue más rápido, bajó la cabeza de golpe y se apoderó de sus labios con una fuerza tan brutalmente posesiva, que la dejó sin aliento. En un vano intento de apartarlo, apoyó las manos en su fuerte torso y lo empujó, pero él puso una mano tras su nuca y profundizó aquel intenso contacto hasta que notó que ella dejaba de resistirse. Lentamente, disminuyó la violencia de aquel beso, aunque no su intensidad. Una intensidad que iba acrecentando la temperatura del cuerpo de Lucy, provocándole espasmos de placer en zonas que hasta ese momento creía desprovistas de terminaciones nerviosas.

Lucy apenas era consciente de lo que hacía, hasta que se vio arrastrada por Laxus al fondo de la tienda y notó cómo la depositaba con cuidado sobre la cama. Las sedosas sábanas rozaron su espalda y el peso de él la aplastó contra el mullido colchón.

—Di que me deseas —exigió él, provocando que Lucy abriese los ojos y lo mirase atónita.

—¡Detén esto!

—Demasiado tarde. —Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Laxus.

—Romperás nuestro acuerdo.

—Valdrá la pena —aseveró él, con la mirada de un puma hambriento.

—En cuanto me largue de aquí, te denunciaré a las autoridades.

Él soltó una risotada.

—Pareces no darte cuenta de que aquí yo soy la única autoridad.

—Te detesto.

—Tu boca y tu cuerpo dicen lo contrario. —Laxus clavó los ojos en la piel cremosa de sus senos, que subían y bajaban violentamente con cada respiración.

Lucy podía sentir el calor de su cuerpo sobre ella. La mano de Laxus se movió y rozó la piel de su vientre con las puntas de los dedos, provocándole un sinfín de eléctricas descargas de deseo.

—Basta… —le pidió ella, con un hilo de voz.

—No puedes decir basta, cuando tu cuerpo me pide que continúe.

—Prometiste que no habría otra tregua.

—Olvida ese estúpido trato y quédate conmigo. Si accedes, prometo hacerte olvidar al amante que te aguarda.

—Tú no lo comprendes. No puedo olvidarme de Jerome.

El silencio los envolvió más tiempo del que ella hubiese deseado. El rostro de Laxus reflejaba una cólera infinita, ella dedujo que trataba de contener la furia. Cerró los ojos tratando de contener las lágrimas que amenazaban con escapársele de los ojos y notó que el peso que oprimía su pecho desaparecía.

Tumbada boca arriba, lo miró en silencio.

—Tendrás que cambiante de ropa. —Laxus, de pie, apoyó las manos en sus caderas.

—¿Qué tiene de malo la que llevo? —Se incorporó Para mirarlo, aún con la respiración trastornada.

—No es adecuada.

—Te dije que no iba a vestir velos y no pienso ponérmelos. —Lucy saltó de la cama e intentó pasar por su lado cuando él la apresó inesperadamente de un brazo.

—Hoy vestirás nuestras ropas.

—¿Hoy? —Ella arrugó el ceño y lo miró confusa—. ¿Por qué hoy y no ningún otro día? ¡Haz el favor de soltarme! ¡Me haces daño!

—Puedo hacerte mucho más daño si no me obedeces —la amenazó Laxus fríamente.

—No sigas con esto. —Agitó su brazo, tratando de soltarse.

Laxus la atrajo hacia su torso y comenzó a forcejear con ella, sorteando las numerosas patadas y arañazos de la joven. Cuando finalmente la hizo girar sobre sí misma, apoyando la espalda de ella contra su propio pecho, la rodeó con los brazos.

De pronto Lucy se encontró completamente inmovilizada.

—Deberías entender que no puedes luchar contra mí —le susurró Laxus en el oído, antes de soltarla.

Ella se giró y lo acribilló con la mirada.

—¡Quítate la ropa!

—¿Qué? —Lucy no daba crédito a lo que oía.

—Ya me has oído, he dicho que te quites la ropa.

—Estás completamente loco —se burló con nerviosismo—. Si crees que voy a obedecerte, puedes esperar sentado.

—Está bien… —Laxus se encogió de hombros y se acercó a ella con paso decidido.

Lucy soltó un grito cuando él le quitó la camisa y se dispuso a desabrochar la cinturilla de sus téjanos.

—¡Eres un maldito pervertido! —le gritó, dirigiéndose a la cama y arrancando la sábana del colchón para cubrir su desnudez con ella.

—Espera aquí —le ordenó él, dándose la vuelta—, enviaré a un par de mujeres con todo lo necesario.

—¿Que espere aquí? —chilló ella a sus espaldas—. ¿Dónde quieres que vaya así?

—Silencio. Conseguirás que te enjuague esa boca con jabón.

Lucy agarró la almohada y se la arrojó, justo en el momento en que Laxus abandonaba la tienda.

Una hora más tarde, con la cara enfurruñada y de pie en mitad de la tienda, dejaba que una de las mujeres enviadas por Laxus cepillase sus cabellos, mientras otra terminaba de envolverla en una cantidad exagerada de velos y sedas. Ya empezaba a sentirse desesperada ante tanto incoherente cuchicheo. No entender lo que aquellas mujeres estaban diciendo la estaba sacando de quicio. Lucy no albergaba ninguna duda de por qué Laxus había enviado a esas jóvenes en particular, ya que no parecían ser naturales de Libia ni entender una palabra de tamahaq.

Cuando alguien exclamó algo junto a la cortina que ocultaba la entrada, una de las muchachas salió un momento y, tras unos instantes, regresó a la tienda. Le dijo algo a la otra y ambas mujeres comenzaron a reír y a cuchichear nuevamente.

Lucy soltó un profundo suspiro de frustración, se dirigió al espejo y se miró, arrugando inmediatamente el ceño. Por lo poco que sabía, las mujeres tuareg no vestían aquellos tonos grana y dorados. Aquellas ropas la hacían sentir incómoda, como si se hubiese vestido para lanzarse al interior de un volcán encendido o algo por el estilo. Se mordió el labio y se observó con más detenimiento. Aquello no pintaba bien. Llevaba media hora soportando el nudo que se había alojado en su estómago. La incertidumbre de lo que la esperaba era demasiado para ella. No entendía nada de lo que estaba sucediendo, ni por qué la habían vestido de esa manera. Nada tenía sentido.

Se preguntó qué estaría tramando Laxus. Ese hombre era peligrosamente impredecible, demasiado para ella, acostumbrada a manejar su destino y tener controlado todo a su alrededor.

Una de las jóvenes, de cabellos negros y tez muy bronceada, le cogió la muñeca para colocarle toda una serie de pulseras plateadas. Luego tiró de ella y la condujo al exterior.

En cuanto la cortina se hizo a un lado, sus ojos verdes toparon con Freed, que parecía estar aguardándola sentado sobre un fardo de pienso para caballos. El hermano de Laxus tenía unos llamativos ojos de color marrón salpicado con multitud de motas doradas, y una boca estrecha en un rostro que, a diferencia de su hermano, destacaba por la suavidad de sus rasgos.

—Estás muy hermosa —le dijo en tamahaq, revelando que él y Laxus habían estado hablando.

—Estoy ridícula —repuso ella—. ¿Se puede saber a qué viene todo esto?

Freed le ofreció el brazo para que ella se apoyara.

—Será mejor que sea Laxus quien te lo explique.

—¿Adónde vamos?

—A la tienda de Makarov, nuestro padre.

—¿Para qué?

—Mujer, preguntas demasiado.

Cuando llegaron frente a la tienda, Lucy advirtió que una gran cantidad de niños y mujeres aguardaba fuera, mientras algunos hombres tocaban música y otros, de aspecto más solemne, permanecían en silencio, sentados a cabello.

Tal vez se trataba de una especie de fiesta o celebración, especuló completamente desorientada. Todo aquello era muy extraño. Unos permanecían en silencio, mientras otros gritaban tan fuerte, que sin duda se quedarían afónicos en un par de horas. Los niños jugueteaban alrededor de ella, tratando de mirar el insólito color de sus ojos y lanzando comentarios jocosos cuando lo lograban.

—¿Es una fiesta? —le preguntó a Freed cuando este sujetó la cortina para que ella pasara al interior.

—Más o menos. —Le sonrió con picardía.

Cuando entraron en la lujosa e inmensa tienda, Lucy se sorprendió de lo bien iluminada que se encontraba. El lugar contaba con infinidad de tapices, a cual más exquisito; muebles elegantes y una relajante fuente se erguía en su mitad. Su decoración, sin embargo, era tan cargada y aglutinada como la que poseía la tienda de Laxus.

En cuanto lo vio, su corazón dio un vuelco y la piel le ardió como si él la hubiera tocado. Llevaba puesta una túnica totalmente blanca, que recalcaba y ensalzaba cada músculo y tendón de su gloriosa anatomía.

Lucy tragó saliva, tratando de humedecer su boca antes de dirigirse hacia él. Entre tanto nerviosismo y desconcierto, Laxus era su único punto de referencia. O, más bien, su clavo ardiendo, se dijo Lucy cuando llegó a su lado y pudo contemplar su rostro de marcadas y perfectas líneas.

—Acercaos —les pidió un hombre entrado en años, que no había visto nunca antes. Notó cómo Laxus la sujetaba firmemente del codo y la exhortaba a caminar hacia él.

—Así que esta es la joven americana.

Laxus respondió:

—Sí, padre.

El hombre, con una gran sonrisa, habló dirigiéndose a todos los asistentes, que los observaban en silencio.

—No me extraña que mi hijo desee casarse tan rápido.

Lucy se quedó boquiabierta, mientras todos en el interior de la tienda prorrumpían en jocosas risas. Los oídos comenzaron a pitarle, la cabeza a darle vueltas y no tuvo más remedio que agarrarse al brazo de Laxus para evitar que las rodillas le fallasen. Pasara lo que pasara, ya era demasiado tarde para darse la vuelta y marcharse por donde había venido.

—A tu madre le complacerá. —Atrapó la mano de Lucy y la puso sobre la de Laxus—. Se parece mucho a ella.

—Me alegra oír eso, padre.

—Yo, no, no puedo… —comenzó a balbucear Lucy, como si se hallara inmersa en un sueño del que le costase despertar.

—Lo harás —le advirtió Laxus en inglés—. Es la única manera de evitar un altercado.

—Pero, debe de haber algún otro modo… —Notó que un nudo se alojaba en su garganta, impidiéndole respirar.

—No lo hay —replicó Laxus con voz profunda—. Cuando Mirajane sepa de nuestro enlace, dejará de molestar y se buscará otro imajeghan. Ni ella ni su hermano se atreverán a acercarse al oasis para atentar nuevamente contra tu vida. Una esposa tuareg es intocable.

—Pero, tú no puedes desear casarte conmigo. Apenas me conoces.

—Haría cualquier cosa por mi pueblo. —Lanzó una rápida mirada a su alrededor—. Incluso casarme si es necesario.

Aquellas palabras fueron como una puñalada para Lucy. Sabía, por la conversación que había escuchado de labios de Freed y Gildarts, que Laxus no era un hombre que se comprometiese fácilmente. No obstante, si aún tenía alguna duda de que eso fuera cierto, la bomba que acababa de soltar no había hecho más que confirmárselo.

—Yo no puedo hacerlo, puedes dejarme marchar y…

—No voy a dejarte marchar, Lucy. —Una nota de desafío aleteó en sus ojos—. Te casarás hoy conmigo, o tu amante será quien lo lamente.

Lucy se quedó pálida como la cera al oír aquella respuesta. Bajó la mirada y la clavó en el suelo, sintiendo sus entrañas invadidas por una sensación agridulce, mientras el corazón comenzaba a golpearle el pecho con furia.

Diez minutos más tarde, sin saber muy bien cómo o cuándo había ocurrido, un fino velo de color azul entrelazaba su muñeca con la de Laxus. Todo pasó con tanta rapidez que tan solo le dio tiempo a preguntarse cómo había llegado tan lejos con aquel hombre.

Lucy pasó las dos horas siguientes como en una nube. Se comportaba como un muñeco y movía la cabeza cuando alguna mujer le daba la enhorabuena, como si lo que acababa de suceder la convirtiese en la mujer más afortunada del planeta. Hubo música, las mujeres cantaron y los hombres, que hasta entonces habían permanecido sentados en sus monturas, dispararon sin tregua sus fusiles. Estaba tan confundida, que no sabía si se sentía más desconcertada que furiosa. Pero lo cierto era que no podía decir una palabra. Mientras ella permanecía sentada, Laxus parecía haberse unido a la celebración sin reservas, recibiendo con satisfacción las palmadas que sus hombres le propinaban en la espalda a modo de felicitación.

De pronto, su mirada topó con la de Laxus y advirtió que en su boca se dibujaba un principio de sonrisa mientras la contemplaba intensamente.

Lucy se levantó y se dirigió a la tienda que ambos compartían. Ya había tenido suficientes celebraciones, fiestas y risas, después de lo sucedido estaba agotada, le dolía la cabeza y, a decir verdad, no le apetecía demasiado continuar con toda aquella estúpida pantomima. ¿Cómo se había atrevido él a hacerle aquello, sin preguntarle siquiera? Ofuscada por la irritación que la invadía, lanzó un gruñido. No solo había roto el trato que ambos tenían, sino que también había actuado de la manera más mezquina posible. Nunca antes había tenido tantos deseos de matar a nadie. Apretó los puños y se dejó caer sobre su cama. Nada de aquello podía ser real. Ningún gobierno daría aquella boda por válida. La habían secuestrado, eso era una razón de peso para que fuese ilegal.

—Oh, Jerome. ¿Dónde te has metido?

—Deberías dejar de pensar en tu amante —gruñó Laxus desde la puerta—. Ahora eres una mujer casada.

El corazón de Lucy dio un brinco y se apresuró a ponerse de pie.

—Dudo mucho que alguien dé esta boda por buena.

—Esta boda es tan real como cualquier boda occidental.

—No digas tonterías —replicó con brusquedad.

—Deberías tener más respeto hacia tu esposo. —Laxus le dedicó una falsa mirada lastimosa.

—Gracias por el consejo. Se lo diré en cuanto lo conozca —respondió ella con un suspiro.

—Déjate de ironías. —Laxus apoyó la espalda contra el poste principal y la miró de arriba abajo—. Te guste o no, estamos casados.

—Pues entonces, sal ahí fuera y celébralo por los dos —dijo, frunciendo los labios y haciendo un curioso mohín con la boca.

—¿Sabes que tienes una boca muy provocativa? —le dijo él con lentitud.

Ella alzó una ceja, sorprendida por el comentario.

—Me lo dicen constantemente —lo retó.

Lucy se puso a la defensiva cuando advirtió que él se acercaba con deliberada lentitud. De pronto Laxus le recordó a un tigre de Bengala, con sus furiosos ojos felinos acechándola. Sin embargo, se negó a moverse. No retrocedería un solo paso ante él, por muy intimidante que le resultara.

—Deberías usar esa boca para algo más productivo que hablar.

Lucy casi se quedó sin respiración al notar cómo él le acariciaba la mejilla con dulzura. El simple roce de aquellos dedos le provocó un extraño cosquilleo en el estómago.

—Estoy agotada —se obligó a decir—, lo mejor es que me vaya a la cama.

—Es pronto. —La sujetó del brazo.

—Por si no te has dado cuenta, hoy ha sido un día un poco intenso.

—Lo hice para salvar tu vida.

—¡Vaya! —exclamó ella con ironía—. Pues entiende que no te dé las gracias.

Él se había acercado tanto, que Lucy sintió su aliento acariciar la piel de sus pómulos cuando volvió a hablar.

—¡Bésame! —le ordenó, sujetándola fuertemente por los brazos y tirando de ella hacia su torso.

—¿Te has vuelto loco? ¿Qué crees que estás haciendo? —Más enfadada que asustada, lo miró a los ojos con aplomo.

—Lo que debí haber hecho el día que te compré. —Laxus entrelazó los dedos en los mechones de pelo de su nuca y la atrajo hacia sí.

Lucy no se resistió. Por primera vez desde que si conocían se abandonó a un beso henchido de deseo urgencia. Cuando oyó cómo él soltaba un gemido, se sintió portadora de un poder que hasta aquel momento ignoraba que tuviera. Un poder que la estimuló y la animó a entrelazar los brazos alrededor de su cuello, a ser ella quien jugueteara en esa ocasión con la lengua de él.

Saberla dispuesta y abierta a él, no hizo sino excitarlo aún más. La tomó en brazos y la condujo hasta la cama, donde la depositó con suavidad. Laxus comenzó a deshacerse de sus ropas, tratando de no perder el control. El calor del deseo lo consumía más a cada instante, nublándole el juicio y transformándolo en un animal salvaje, presto a saciar sus instintos más primitivos. Su mente no podía hacer otra cosa que pensar en ella y sus ojos no podían sino mirarla extasiados. Su respiración se aceleraba y los músculos de su espalda estaban tan endurecidos, que creyó que se trataba de un calambre.

A Lucy le resultó increíble lo fácilmente que él le despojó de aquellas incontables capas de seda. Aunque no era la primera vez que hacían el amor, se sintió tan desnuda como el primer día. Trató de ocultar su cuerpo con la sábana, pero con un movimiento rápido de su muñeca, él se lo impidió.

—No te avergüences —susurró Laxus contra su mejilla—, eres tan hermosa, que no podría dejar de mirarte.

Lucy notó cómo se movía sobre ella. Sentía tal deseo y calor en sus entrañas, que creía que iba a explotar de un momento a otro. Como si algo la incitara a hacerlo, giró sobre sí misma y colocó su cuerpo sobre el de él. Sus labios se curvaron y dibujaron una mueca de victoria al reparar en la expresión asombrada de Laxus. Se inclinó sobre su cuerpo y comenzó a llenar su cuello de pequeños y suaves besos.

Se sentía poderosa y flexible como una pantera. Se deslizó sobre él, sintiendo su erección, y sonrió al oírlo suspirar con una nota de desesperación.

La punta de su lengua rodeó su pezón, lo lamió y notó cómo se endurecía bajo la sutil caricia de sus labios. Era como si acabase de comprender que tenía el poderoso cuerpo de él a su merced, presto a sucumbir a sus deseos. Mientras besaba y lamía su torso, circundó con sus dedos la poderosa evidencia de su masculinidad y lo acarició con suavidad, provocándole un intenso espasmo de placer.

—¡Diablos! —exclamó Laxus, al tiempo que la sujetaba de la cintura y la situaba sobre su atormentada erección—. ¿Qué me estás haciendo?

—El amor, Laxus —susurró ella notando el miembro erecto de él abriéndose paso en su interior, llenándola por completo—, sin obligaciones y sin reservas.

Aquellas palabras, dichas en voz baja, provocaron que el placer que sentía Laxus alcanzara cotas insospechadas. Emitió un ronco gruñido y comenzó a moverse dentro de ella con desesperación. La deseaba. Quería devorarla. Ella era suya y como tal se entregaba a él. Su perfume lo embriagaba y su sabor era exquisito. Mejor que cualquier otra cosa que él hubiese probado nunca antes. Una oleada de pasión barrió el escaso autocontrol que aún le quedaba y sintió cómo su cuerpo se fundía con el de ella como uno solo, estallando en un potente y poderoso éxtasis.

Lucy no se movió cuando él la situó a su lado y apoyó la fuerte musculatura de su torso contra su espalda.

—Laxus… —murmuró ella.

—Duerme —le rogó él con dulzura—, si lo deseas, mañana continuaremos peleando. Esta noche deseo creer que todo va bien.