Aún no habían dado las ocho de la mañana cuando el ensordecedor alboroto que había estallado en el campamento la despertó. Arrugó la nariz y hundió la cabeza en la almohada, preguntándose qué estaba sucediendo. Al parecer esa gente sí que sabía celebrar una fiesta. Todavía yacía tumbada en la cama, envuelta en una de las camisas de Laxus, y lo que menos le apetecía tras la noche que había pasado era unirse a ninguna otra celebración.

De pronto, un leve ruido atrajo su atención, abrió los ojos de par en par, y algo en su interior la impulsó a moverse con rapidez. Lucy no lo pensó dos veces, rodó sobre sí misma, al tiempo que percibía el silbido de una hoja cortar el aire y clavarse en el colchón, a escasos centímetros de su nariz. Sus ojos se desorbitaron al ver el resplandeciente brillo del cuchillo. Paralizada por el miedo y con el corazón desbocado, lanzó un grito y saltó de la cama ante la asombrada mirada de Macbeth.

—¡Maldita ramera! —bramó el hombre antes de lanzarse nuevamente a por ella.

Lucy se escabulló a un lado y en esa ocasión la hoja del puñal atravesó una de las paredes de la tienda, causando un amplio desgarrón en la fuerte lona.

—¡Estate quieta, mujer! —la amenazó, señalándola con la punta del arma—. Te prometo que será rápido.

Llevada por el pánico, clavó la mirada en la jofaina de barro que estaba junto a ella y no dudó en arrojársela. Cuando el objeto chocó contra Macbeth, rompiéndola en pedazos, aprovechó la ocasión que aquella breve distracción le brindaba para salir apresuradamente de la tienda. Apenas puso un pie fuera, se detuvo bruscamente para evitar que un caballo la arrollase e inmediatamente después se precipitó a través de un tumulto de hombres, envueltos por el sonido producido por el choque de sus aceros. Notó que le faltaba el aire. Se agachó para esquivar el golpe que un hombre le propinaba a otro con un rifle y lanzó una rápida mirada su espalda, advirtiendo cómo Macbeth ocultaba su rostro con el turbante y se deslizaba entre la muchedumbre tratando de alcanzarla.

Comprendiendo que la revuelta que habían tratado de evitar, había estallado de todas formas, corrió hacia el primer lugar que se le ocurrió. Lucy apenas notó la arena caliente bajo sus pies o la hoja de palmera que golpeó su mejilla, produciéndole un ligero arañazo en el pómulo, cuando se abría paso entre la vegetación. En cuanto llegó a la laguna se zambulló en el agua sin pensarlo dos veces, buceando hasta el lugar donde Laxus días antes, le había comentado que existía una cueva.

Cuando su cabeza emergió del agua, abrió la boca y sus pulmones inhalaron una angustiosa bocanada de aire. Advirtió que se encontraba en el interior de la oscura caverna. Nadó deprisa y salió del agua, acurrucándose al fondo de aquella oscuridad.

El sonido de la catarata se mezcló con el de su respiración, envolvió las rodillas con sus brazos y rezó para que Macbeth no conociera la existencia de aquella gruta.

—¿Dónde se ha metido?

Lucy contuvo el aliento al reconocer la voz de Mirajane.

—No lo sé —respondió Macbeth a su hermana—, tal vez se ha golpeado con una de esas piedras. Nadie aguanta tanto tiempo bajo el agua sin salir a respirar.

—¡Quiero ver su cadáver! —gritó la muchacha.

—No seas idiota, Mirajane —le espetó él—, tenemos que salir de aquí antes de que alguien descubra quién ha atacado el campamento.

Aterrada, oyó un chapoteo. Se acurrucó más contra la fría pared de piedra y contuvo el aliento.

—Sal de ahí Mirajane o tendrás que apañártelas sola.

—No está. ¿Me escuchas? La americana no está.

Lucy volvió a oír nuevamente cómo alguien se agitaba en el agua.

—Puede que me haya equivocado y esté oculta en algún lugar. La vegetación de esta laguna es muy densa. Lo mejor será que regresemos antes de que padre se entere de lo que hemos hecho.

—¿Y si cuenta lo que ha pasado? Ella te ha reconocido. ¿No es cierto?

—¿Qué crees que dirá? ¿Que la he atacado? Piénsalo Mirajane, Precht exigirá alguna prueba o testigo que secunde su denuncia. Es la ley. Si regresamos ahora junto a nuestro padre, nadie podrá demostrar nada.

Durante muchos minutos Lucy permaneció inmóvil fondo de la cueva. Hacía un buen rato que las voces habían cesado, pero continuaba en el mismo sitio, sin atreverse a mover un solo dedo. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo había permanecido allí, acurrucada en la oscuridad. Tal vez una hora o dos. Estiró las piernas entumecidas y se preparó para abandonar su escondite. Estaba muerta de miedo. Jamás en su vida habían tratado de matarla y ese hecho la había dejado completamente descentrada.

Se lanzó al agua y buceó bajo la catarata, emergiendo cerca de la roca donde Laxus y ella habían hecho el amor por primera vez. Se agarró con los dedos a la piedra y trató de recuperar el aliento. Le gustase o no, debía regresar al campamento. Entre ella y la civilización había de por medio demasiados kilómetros para atravesarlos y salir de esa aventura con vida. Eso, sin contar con los escorpiones que minaban las arenas en cuanto caía la noche, aprovechando la frescura del suelo.

Aunque no estaba completamente segura de que sus perseguidores se hubiesen marchado, se alejó de las rocas y comenzó a nadar hacia la orilla, sintiendo cómo la mejilla derecha le escocía con cada zambullida.

Aún no entendía cómo había llegado hasta allí sin perderse; esperaba encontrar el camino de regreso con la misma facilidad. Si no era así, estaría bien fastidiada.

Tras la inesperada incursión, Laxus se reunió con sus hombres, comprobando con alivio que no se había producido ninguna baja.

—¿Quiénes eran? —preguntó uno de ellos.

—Tal vez un grupo de nómadas estúpidos, quién sabe —opinó Laxus, todavía montado sobre su caballo—. Probablemente pensaron que el campamento estaba indefenso y que sería fácil saquearlo.

—No sé, hermano. —Freed negó con la cabeza—. Esto no me acaba de gustar, no huele bien. Han salido del poblado tan aprisa como han entrado, sin llevarse nada.

Todos lo miraron con inquietud.

—Puede. Pero no podemos sacar conclusiones precipitadas —dijo él, apretando los puños alrededor de los arreos del animal.

Laxus estaba inquieto. Su propio caballo parecía intuir su desasosiego y golpeaba fuertemente el suelo con los cascos mientras retrocedía nervioso.

Apartó los ojos de sus hombres para fijarlos en el joven que corría hacia ellos, vociferando su nombre.

—¡Señor! —El chico trató de recuperar el aliento cuando llegó junto a él—. ¡Han atacado vuestra tienda!

Las palabras golpearon a Laxus en la cara como una bofetada. Miró hacia el fondo del campamento sin prestar atención a los comentarios de los demás y espoleó enérgicamente a su caballo para que partiese a toda prisa. En cuanto llegó frente a su tienda, saltó del animal y observó el gran desgarrón de una de sus paredes. Laxus apretó los dientes al recordar que había dejado aquella mañana a Lucy durmiendo plácidamente en su interior. Entró rápidamente y deslizó una iracunda mirada a su alrededor. Cuando sus ojos toparon con el profundo corte en el colchón y los trozos de barro esparcidos por el suelo soltó un furioso rugido.

Freed, alertado por el bramido de su hermano, desenvainó su arma y entró rápidamente en la tienda.

—¿Qué sucede?

—¡Se la han llevado!

—No puede ser. —Durante un instante Freed se negó a creer lo que su hermano decía—. Nadie en su sano juicio osaría atentar contra la vida de tu esposa.

—Hice mal en creer que esta boda detendría a Mirajane y a su hermano.

—¿Qué estás diciendo?

—Lo que oyes —respondió con voz tensa—, no es la primera vez que esos dos tratan de hacerle daño. Ayer se colaron en la tienda y la hija de Precht vertió veneno en la comida. Fue una suerte que Lucy comprendiese nuestro idioma. De no haber sido así, a estas horas yo estaría muerto

Siguiendo un irrefrenable impulso, Laxus salió de la tienda y subió de un salto a su caballo.

—¿Adónde vas?

—A buscarla.


Espoleó al animal y salió al galope, dirigiéndose a la laguna: el primer lugar que le pasó por la cabeza.

Estaba segura de que se perdería. Debió quedarse donde estaba y aguardar a que alguien la encontrase. Al menos ahora tendría agua potable que beber y una sombra donde resguardarse de aquel maldito calor. Se preguntó cómo podía vivir alguien en semejantes condiciones, y a su mente acudió la añorada imagen de un aparato de aire acondicionado.

—¡Estupendo, Lucy! —se dijo en voz alta.

Su mente empezaba a desvariar, mientras el sol del mediodía comenzaba a cegarla. Cuatro horas bajo aquel endiablado calor eran más que suficientes para perder la cabeza.

—¡Hombres! —resopló fuertemente antes de soltar un gruñido.

Era por culpa de Laxus que se encontraba en esa maldita situación. Si él la hubiese dejado marchar y no se hubiera empecinado en retenerla a su lado, nada de aquello habría sucedido. En aquel preciso momento podría estar en la piscina del hotel con una deliciosa caipiriña en las manos. Su cerebro no dejaba de evocar situaciones donde no faltaban el agua y las bebidas. Lanzó una exhalación y clavó los ojos en la desolada línea del horizonte.

Entrecerró los ojos, extrañada. En la lejanía se apreciaba perfectamente la nube de polvo gris que indicaba que alguien se aproximaba. Sin pensarlo dos veces agitó los brazos sobre su cabeza con la esperanza de que repararan en ella. A medida que la nube se acercaba y se hacía más grande, Lucy comenzó a sentir que el nerviosismo se alojaba en su estómago.

Sumida en su feliz agitación, no se había parado a pensar que podría ser cualquiera, incluso el perverso de Macbeth, quien se estaba aproximando. Estaba lejos del oasis, allí no tenía sitio alguno donde ocultarse. Tan solo había arena y más arena. Era una presa fácil.

—¡Maldita sea! —murmuró.

Comenzó a correr hacia ninguna parte, sin saber bien qué estaba haciendo y adónde se dirigía. Por mucho que corriese iban a terminar alcanzándola, de modo que se detuvo súbitamente y, tratando de recobrar el aliento, apoyó ambas manos en las rodillas, respirando con dificultad.

Una sombra se recortó en la arena, Lucy alzó la mirada y contempló el halcón que sobrevolaba su cabeza. Por un instante, la imagen de Laxus acudió a su mente. Confundida por las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos, apenas oyó la voz que la llamaba.

Se giró, esperando hallar a Laxus; y se quedó sin aliento al toparse con el sonriente rostro de su hermano, que asomaba por la ventanilla de un jeep.

—¿Jerome? —exclamó, preguntándose si no se trataría de un espejismo.

—¡Dios mío, Lucy! —Jerome abrió la puerta del copiloto y saltó del vehículo—. ¿Eres tú? ¡Por todos los santos! Pensé que no te encontraría nunca.

Lucy se lanzó a los brazos de su hermano.

—Jerome… —sollozó contra su pecho en el instante que otro vehículo se detenía junto a ellos.

—¡No puedo creer que la hayamos encontrado! —exclamó Richard Buchanan, desde el cuatro por cuatro.

—Regresemos a Ghat —le dijo Jerome, y envolvió a su hermana entre los brazos para ayudarla a subir al coche—. Parece que está exhausta y algo deshidratada

Antes de que Jerome cerrase la puerta del jeep, Lucy advirtió nuevamente la silueta del halcón sobre la arena.