Lucy echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera, justo antes de atravesar las puertas de Greens Organic, un conocido restaurante especializado en rescatar los ingredientes locales, situado en las mediaciones de la Plaza de Armas, en Cuzco.
En cuanto el joven camarero advirtió su presencia junto al umbral, se apresuró a recibirla y con una agradable sonrisa la acompañó hasta una de las mesas emplazadas en la amplia y formidable terraza: un maravilloso mirador con vistas a la catedral.
—¡Querida señorita Heartfilia! —Richard Buchanan, con una brillante sonrisa en los labios, se puso en pie—. Es un placer volver a verla.
—Señor Buchanan —respondió a modo de saludo, antes de tomar asiento en la silla que el camarero le ofreció. Tras solicitar al joven un poco de vino blanco, miró a Richard y aguardó tranquilamente a oír lo que él pretendía decirle.
—Supongo que debió sorprenderse al recibir mi invitación.
—Sí, admito que un poco. —Se relajó en su silla mientras el camarero llenaba su copa—. No me imagino lo que hace usted aquí, en Cuzco, si me permite la observación.
—Bueno, aparte de que es un lugar extraordinariamente maravilloso, tenía que hablar con usted. —Tomó un sorbo de vino y continuó diciendo—: Supongo que ya sabe que, aparte de la de su hermano, financio una gran parte de las excavaciones y proyectos arqueológicos que existen hoy en día.
—Su afición, supongo… —observó ella con cautela.
—No, querida, no se equivoque. Aunque me apasiona la historia y colecciono piezas procedentes de los más remotos lugares del mundo, sería adulterar la verdad si dijera que lo hago de una manera altruista, ya que me reporta un buen pellizco al año. Usted ya me entiende.
Ella se limitó a asentir.
—En estos momentos poseo una de las colecciones más importantes del mundo: piezas incas y aztecas mayormente, pertenecientes a la etapa del rey Manco Cápac —explicó Richard.
—No me malinterprete, señor Buchanan. —Lucy sonrió débilmente—. Pero aún no entiendo qué tiene eso que ver conmigo.
—A decir verdad, mucho, señorita Heartfilia. —La miró fijamente mientras ella echaba un vistazo a la carta—. Le recomiendo el ceviche de trucha y mango. Es exquisito.
—Gracias. —Sonrió, entregándole la carta al camarero—. Lo probaré.
—Yo también pediré lo mismo —le dijo Richard al joven.
Cuando se quedaron nuevamente a solas, Lucy continuó indagando:
—¿Por qué está usted aquí realmente, señor Buchanan?
—Veo que no le gusta andarse con rodeos.
—Cierto.
Richard carraspeó.
—Bien, entonces no la entretendré demasiado. Muy pronto el Natural History Museum de Londres recibirá esta colección. Son piezas descubiertas hace escasamente seis meses, muy importantes, pero que aún se encuentran sin catalogar. Como entenderá, necesito alguien que lo haga, un especialista en arqueología inca.
—¿Por qué yo? —Lo miró con el ceño fruncido—. Supongo que sabe que hay decenas de arqueólogos especializados en esa etapa histórica en concreto que estarían encantados de poder realizar esa labor.
—Créame, en temas de negocios no me conduzco jamás a la ligera. He preguntado. La mayoría de museos opinan que usted es la mejor. Por lo visto, usted tiene un don para descifrar los jeroglíficos y textos antiguos. —Richard hizo una pausa mientras les servían lo que habían pedido. Tras un instante añadió—: No puedo negar que cuando me dijeron su nombre, me sentí encantado con la idea de que fuese usted y no otro, pero no fue eso lo que me hizo tomar esta decisión, sino su profesionalidad.
—Y dígame —comenzó a decir ella, antes de llevarse un trozo de pescado a la boca—. ¿Cuándo recibiría el Natural History Museum esa colección?
—La semana que viene.
—¿Tan pronto?
—Está previsto que permanezca allí indefinidamente. Era ahora, o aguardar a que Tutankamón y todos sus enseres decidieran migrar a otra sala del museo.
Lucy no pudo evitar reír ante aquella explicación. Apoyó el tenedor en su plato y, tras tomar su copa, la alzó frente a su nariz.
—Entonces, dejemos que Tutankamón se quede donde está.
—Brindo por eso, y porque el rey Manco Cápac ocupe el lugar que le corresponde en la historia —añadió Richard con una sonrisa, y alzó su propia copa.
—¡No puedes hablar en serio! Es una locura largarte ahora.
Natsu se situó frente a ella, interponiéndose en su camino, y cruzó ambos brazos decidido a hacerle cambiar de opinión.
—Natsu, estás poniéndote histérico. —Apoyó una mano en el brazo del hombre y lo echó suavemente a un lado—. Deberías tranquilizarte, solo serán un par de semanas. No creo que la excavación vaya a desaparecer si me voy durante ese tiempo.
—Pero no puedes irte ahora.
Lucy resopló con cansancio.
—¿No? ¿Y por qué no?
—Hemos descubierto otra pieza.
—Natsu, siempre estamos descubriendo piezas en esa excavación, no es nada extraordinario.
—Pero no puedes hacer la maleta e irte así.
—¡Claro que puedo! —Introdujo dos camisetas más y cerró la cremallera del equipaje.
—¿Qué te ocurre? ¿Tan pronto has olvidado lo que ocurrió en Ghat? —bramó él, frunciendo el ceño.
Lucy alzó el mentón y le lanzó una punzante mirada.
—Por si no lo sabes, no tuve la culpa de lo que ocurrió allí. —Se cruzó de brazos y le mantuvo la mirada. Estaba francamente harta de que Natsu le recordase constantemente lo ocurrido allí, sobre todo por lo mucho que le estaba costando a ella olvidarlo.
—No dejaré que vayas sola.
—No eres mi niñera, Natsu, deberías saber que me voy a marchar de todos modos.
—No soy tu niñera, cierto —dijo Natsu, y aferró con una mano la maleta que ella acababa de cerrar—, pero soy tu prometido y no quiero que vayas.
—Que yo sepa, no hemos estado jamás prometidos. —Lucy dio un tirón y le arrancó el equipaje de los dedos—. Además, deberías asumir de una maldita vez que ya no estamos juntos.
—Para ti es fácil, ¿no es cierto? —gritó Natsu, completamente fuera de sí—. Cuando algo no te gusta te largas a darte un revolcón con el primer tío que se cruza en tu camino.
Como si adquiriese vida propia, la mano de Lucy restalló en la mejilla del hombre.
Sus pómulos se encendieron y un atronador silencio los envolvió durante un eterno segundo. Natsu se quedó inmóvil, mirándola con desprecio.
—¿Cómo te atreves? —le gritó ella—. ¡Quiero que te largues de aquí ahora mismo! —le dijo, abriendo la puerta de par en par para que se marchara.
Por un momento, Lucy creyó que Natsu no se movería. La miraba con frialdad, la mandíbula comprimida Y los puños apretados. Aun así, ella se mantuvo todo lo firme que pudo, y no dejó que el temor la amilanara. Si Natsu se atrevía en algún momento a ponerle un dedo encima, gritaría tan fuerte y tan alto, que todo el hotel acudiría a su habitación para averiguar qué ocurría.
Se sintió tremendamente aliviada cuando él se movió y salió por la puerta sin apenas girarse para mirarla.
En cuanto Natsu cruzó el umbral, cerró de un portazo y continuó preparando su equipaje. No podía dejar de pensar que había sido un error volver a Cuzco. Había cientos de expediciones y museos donde podía trabajar, sin tener que cruzarse con su ex.
Cada segundo que transcurría más convencida estaba Lucy de que había tomado una buena decisión. Aquel viaje le vendría bien, le ayudaría a alejarse de Natsu durante una buena temporada y le daría tiempo, a pensar qué iba a hacer con su vida. Estaba claro que juntos no podían trabajar. Había sido increíblemente ingenua al pensar que eso sería posible. Su ex parecía negarse a comprender que lo suyo con él había terminado y, desde que había regresado de Ghat, hacía ya más de tres meses, su carácter se había vuelto cada vez más violento; se enfadaba por la más mínima tontería e incluso su trabajo empezaba a resentirse. El tenerlo revoloteando alrededor, con aquellos constantes cambios de humor, le estaba haciendo perder la concentración. Una concentración que en su trabajo era fundamental.
Inconscientemente, recogió todos los botes, perfumes y objetos para el aseo personal y los metió en su neceser. Algo en su interior le decía que tal vez no regresaría. Probablemente se quedaría en Londres, buscaría un apartamento bonito, un gato persa que le hiciera compañía y no volvería a Perú. Al menos, en una larga temporada. Un año o dos era suficiente tiempo para que Natsu olvidara su antagonismo con ella.
Se dirigió al dormitorio y se aseguró de que no olvidaba nada.
En cierta manera le apenaba dejar la excavación. Había trabajado mucho en ella y había conocido a muchas personas interesantes en aquel remoto lugar del mundo. Pero no veía otra opción mejor que la de marcharse.
Lucy reparó en que, sin apenas darse cuenta, había decidido ya lo que haría con su vida. Tal vez en el Natural History Museum precisaran alguien con su experiencia y formación. No era la primera vez que una fundación arqueológica o un museo de historia natural le ofrecía un puesto como encargada de catalogación o documentación. Posiblemente, le convenía alejarse una temporada del arduo trabajo de campo y dedicarse algo más al estudio de vestigios y fragmentos. Algo que con seguridad le ayudaría también a extirpar de su pensamiento a cierto hombre de ojos enigmáticamente azules.
Cuando entró en el ascensor, apoyó la nuca contra una de sus paredes. Después de tres meses no había sido capaz de olvidarse de Laxus. Lo peor era que continuaba casada con él. Al menos eso le habían dicho al acudir a la embajada americana en Libia. Por lo visto la boda había sido muy, pero que muy real. Aunque, afortunadamente, dadas las circunstancias en las que se produjo, de no suceder algo que lo impidiese se anularía al cabo de un año.
Lucy se preguntó si Laxus permanecería en su mente todo ese tiempo. Enderezó la espalda, bajó la mirada subió uno de los tirantes de su camiseta. Cuando sus ojos se posaron en la sinuosa curva de sus pechos lanzó un profundo suspiro. Todavía recordaba la boca de Laxus en aquella zona, besando y acariciando cada uno de sus pezones, incluso podía sentir el tacto de sus labios sobre ellos.
Con solo pensarlo, notó que aquellos sonrosados botones se endurecían. Sin embargo, era aún peor por las noches. En cuanto apagaba la luz y se metía bajo las sábanas, su cuerpo comenzaba a añorar el de él. Era como si estuviese todavía sujeta a ese hombre como si lo deseara, a pesar de que se encontraban a miles de kilómetros de distancia y un vasto océano los separara.
Subida en el taxi, de camino al aeropuerto, su mente rememoró los días de su cautiverio. Por alguna razón todo parecía confuso. Todo menos Laxus.
Soltó un soplido y se hundió en la tapicería de su asiento. Estaba perdiendo la cabeza. Seguramente debería haber acudido al loquero en cuanto puso un pie en Cuzco. Cerró los ojos. Tal vez lo que necesitaba era conocer a alguien, un hombre que le hiciera olvidar a Laxus. Lo que había sentido con aquel tuareg, podría sentirlo de nuevo. ¿O no?
¡Qué bobada! La gente se casaba y se divorciaba todos los días, era una estupidez pensar que no iba a sentir lo mismo en brazos de otro hombre.
De pronto se dio cuenta de que estaba comenzando a ruborizarse. Era increíble las reacciones que provocaba en su cuerpo el mero hecho de pensar en él.
Suspiró profundamente. Esperaba olvidar a ese hombre más tarde o más temprano, si no, estaba bien fastidiada.
