La semana transcurrió sin más contratiempos. Lucy decidió sumergirse de lleno en su trabajo y pasar todas las horas posibles encerrada en el improvisado laboratorio que Laxus había hecho instalar en el ala oeste de Tower-Hill. Allí dedicó sus esfuerzos a catalogar minuciosamente todas las piezas, mientras trataba de alejar de su mente a ese irritante hombre.

Durante todo aquel tiempo apenas habían coincidido un par de veces, ya que ella procuraba almorzar en el laboratorio y cuando llegaba la noche solicitaba que le subieran la cena al dormitorio, arguyendo estar agotada. En ningún momento Laxus hizo acto de presencia en la habitación que supuestamente compartían. Lucy intuía que tal vez él se había trasladado a otra de las muchas alcobas que poseía la mansión. Eso debería de haberle provocado un cierto alivio y no la comezón que le corroía al caer la noche.

El viernes, como todos los días, comenzó la mañana haciendo un poco de ejercicio. Los caminos que atravesaban la propiedad, algunos asfaltados y otros de tierra, le eran sumamente agradables. Eso, sin mencionar que al tratarse de una propiedad privada podía disfrutar de la soledad y calma que necesitaba para estar serena.

Apenas habían dado las siete de la mañana cuando Lucy enfiló por uno de los senderos, vestida con unos pequeños shorts negros, una camiseta de tirantes y las deportivas más cómodas que tenía, unas Nike Air, cuya suela ya estaba un poco desgastada por el uso. Las volutas de niebla, que aún no acababan de disiparse, parecían agitarse con cada una de sus zancadas y notaba el agradable crujir de las hojas secas bajo sus pies.

Cuando finalmente alcanzó el lago, se detuvo junto a la orilla y, apoyando las manos en las rodillas, trató de recuperar el aliento perdido. Miró a su alrededor. Sin duda, aquello era mucho más placentero que correr por la ciudad. Realmente era un lujo el permitirse vivir en un lugar como aquel, libre de polución y rebosante de naturaleza. Aquel sitio era el adecuado para cualquier dios que decidiera abandonar el Olimpo y residir junto a los mortales. Alguno como Ulises, Zeus o Laxus, por ejemplo.

A Lucy no le gustó el modo en que su corazón reaccionó al pensar en aquel hombre.

—Tres peniques por cada uno de tus pensamientos.

La sonrisa que momentos antes dominaba su rostro se desvaneció súbitamente. Se giró y descubrió a Laxus observándola a pocos metros de distancia, apoyado en el tronco de un viejo árbol. A juzgar por su desaliñado aspecto y su atuendo, aquella mañana él también había decidido correr un poco.

—Mis pensamientos te costarán algo más que tres peniques.

—De acuerdo. —Laxus se metió las manos en los bolsillos—. ¿Cuánto?

Lucy enarcó las cejas ante su inesperada respuesta.

—Estás de broma —replicó entre dientes, se incorporó y trató de desentumecer sus músculos, tensos aún tras la carrera.

—Nunca bromeo cuando se trata de negocios.

Lucy se quedó inmóvil y lo miró con recelo.

—¿Quieres decir que puedo pedir cualquier cosa?

—Cualquier cosa sería apuntar muy alto, ¿no crees? Pero siempre y cuando no incluya romper nuestro contrato, me lo pensaré. —Deslizó la mirada por su cuerpo y contempló extasiado los bellos muslos que apenas eran cubiertos por los diminutos shorts.

Ella no pudo evitar que una oleada de calor la recorriese. Le ardían las mejillas y su corazón comenzó a latir indisciplinado. A pesar de estar a dos metros de distancia, era como si él pudiese tocarla con tan solo mirarla. Tratando de relajarse, se detuvo un instante para considerar lo que iba a pedir.

—Quiero salir de aquí cuando me plazca. —Dio un paso hacia él con decisión.

—Eso es ridículo. Eres libre de entrar y salir cuando quieras.

—No me tomes por tonta, sabes perfectamente que no tengo vehículo. Tardaría una mañana en cruzar tu maldito jardín, antes de alcanzar la puerta —soltó Lucy, enojada—, quiero que permitas que tu chófer me acompañe.

—Mi chófer tiene cosas más importantes que hacer que estar a tu disposición las veinticuatro horas del día.

—Dijiste que lo harías.

—Dije que lo pensaría —la corrigió.

—Sábados y domingos. Es mi última oferta.

—Está bien —concluyó él con calma.

Sorprendida, se detuvo en seco justo cuando se preparaba para continuar discutiendo.

—¿Está bien? —repitió incrédula.

—Eso es lo que he dicho. Sábados y domingos, a no ser que debamos acudir a algún evento de la fundación. Y ahora, te toca a ti.

—¿A mí? —Lucy arrugó el ceño sin comprender.

—Tus pensamientos… —Le recordó él.

—Tan solo te imaginaba… —Sintió mucho calor en el rostro. Carraspeó y trató de continuar hablando—: Ya sabes, como un dios del Olimpo, o algo así…

Laxus no pudo evitar que una carcajada brotase de sus labios. Molesta, Lucy entrecerró los ojos y lo atravesó con la mirada.

—¡No te rías! Me pediste que te dijese lo que pensaba y lo he hecho, no es razón para que te mofes de esa forma.

—Lo siento. —Trató de tranquilizarse—. Nunca me habían dicho nada semejante. Además, creo que el Olimpo me queda un poco grande. ¿No te parece?

—¿Estás de broma? —masculló en voz baja, al tiempo que emprendía nuevamente la marcha y se dirigía a la casa, dejándolo solo junto al lago.

Laxus la observó mientras se alejaba. Nunca se había sentido de aquella manera. Su cuerpo se moría por meter a aquella mujer en su cama y, sin embargo, su mente y su pecho parecían pedir algo más. Era como si nada estuviese en su sitio desde que Lucy había llegado a su vida para ponerla patas arriba. A ratos creía estar haciendo lo correcto, y un momento después no. Quizá todo se limitase a la libertad sin reservas, como le había dicho ella unos días antes. No obstante, no podía evitar enloquecer de miedo. Miedo a dejarla marchar, a que decidiese no volver. Por alguna razón aquella idea se le hacía insoportablemente dolorosa.

¿Cómo había llegado a esa situación? Había llegado al extremo de contratar los servicios de una agencia de detectives para dar con ella al otro lado del mundo y tras averiguar que trabajaba para Richard Buchanan, no había perdido un segundo en adquirir una colección de piezas que no le gustaba, ni le interesaba lo más mínimo. ¿Acaso estaba perdiendo el juicio? Lanzó un bufido. De nada servía el darle vueltas. Lucy Heartfilia era su mujer. Nada ni nadie podría separarla de él. Si ella huía, la encontraría, era así de simple, aunque para ello tuviese que atravesar todos los mares y océanos del planeta.

Mientras dejaba que una nube de fragante jabón la envolviese, Lucy se sintió pletórica. Finalmente había conseguido algo de Laxus. Algo que la beneficiaba únicamente a ella.

Sábados y domingos no era mucho, pero era más que nada; un paso que le permitiría alejarse de Tower-Hill y de su perturbador dueño. Estaba tan absorta en sus pensamientos que dio un brinco al oír que llamaban a la puerta. Envolvió su cuerpo rápidamente en una toalla y se apresuró a abandonar el cuarto de baño para averiguar de quién se trataba. Por alguna ilógica razón en su interior deseaba que fuera Laxus. Pensamiento que no le pareció demasiado coherente por su parte, ya que tenía claro que lo que menos le convenía era abrir la puerta a ese hombre, mojada y casi desnuda. Cuando descubrió el rostro redondo y sonrosado de Caty, una de las doncellas, no pudo evitar sentirse un poco decepcionada.

—Disculpe señora —trató de justificase la sirvienta, al advertir que había interrumpido su baño—, el señor me envía para que le haga saber que espera que hoy lo acompañe durante el almuerzo.

«Vaya», pensó Lucy arrugando el ceño, según parecía Laxus no hacía nunca nada sin esperar algo a cambio; Por un momento se preguntó cuánto más le costaría el haber ganado aquella pequeña contienda. Tal vez incluso intentaría convencerla de que se metiera en su cama. Ese hombre era capaz de todo.

Con solo pensarlo se puso tensa y notó cómo un inquietante calor inundaba su cuerpo. Tratando de arrancar la perturbadora imagen que se formó en su mente, se esforzó en esbozar una amable sonrisa.

—Dígale que bajaré en quince minutos —informó a la mujer, esperando que no advirtiese el turbulento abatimiento la dominaba en aquel momento. Por suerte Caty se limitó a asentir y no tardó en marcharse.

«¿Qué me ocurre?», se preguntó Lucy apoyando la espalda en la puerta cerrada. El solo hecho de imaginarse con Laxus en la cama lograba que le ardiese la piel. Parecía una adolescente, con las hormonas a mil por hora, enrojeciendo a la mínima oportunidad. Se llevó la mano a la frente y la tocó con la yema de sus dedos. Tal vez estuviese cogiendo un resfriado.

Descartando aquella ridícula hipótesis, se acercó al armario y eligió uno de los vestidos que Laxus le había comprado días antes. La prenda era sumamente sencilla. De vaporosa gasa con pequeñas florecillas, llegaba casi a rozarle los tobillos. Tras colocar los tirantes en su sitio, Lucy decidió ponerse unos zapatos, que armonizaban a la perfección con el color hueso del vestido. Recogió sus cabellos con la ayuda de unas horquillas y un instante después decidió que estaba lista para bajar al salón.

Una fragancia floral, procedente del jardín, se filtraba por las ventanas abiertas del corredor, confiriendo al lugar un toque agradable y muy confortable. En cuanto traspasó las puertas del salón, Caty la recibió con una sonrisa y colocó sobre la mesa un juego completo de cubiertos, antes de marcharse de la habitación.

Cuando Lucy reparó en la figura de Laxus, el aliento abandonó repentinamente sus pulmones. Con aquellos vaqueros negros y un aire arrebatadoramente informal, estaba realmente guapo. Parecía tranquilo, sentado a la mesa mientras ojeaba distraídamente el Times. No parecía un hombre que exudara peligro por cada uno de sus poros, sino otro muy distinto. Preguntándose qué se había perdido desde la última vez que se habían visto, reparó en la mujer, alta y delgada, que estaba sentada a su lado.

—Hola —saludó débilmente, logrando atraer la atención de ambos.

—Buenos días, querida. —La mujer, sonriendo ampliamente, se puso en pie y se aproximó a ella, aterrándola con entusiasmo de la mano—. Tú debes de ser Lucy. Laxus me ha hablado tanto de ti, que casi parece que ya nos conozcamos.

Lucy pestañeó, totalmente desconcertada.

—¿Sí? ¡Qué sorpresa!

—Discúlpame, querida —las interrumpió Laxus con un sutil gesto de disgusto—. Te presento a Porlyusica, mi madre. —Dejó el periódico sobre la mesa—. Porlyusica tiene la buena costumbre de sorprendernos de vez en cuando presentándose inesperadamente, ¿no es así, mamá?

—No deberías lamentarte tanto. Ser más amable conmigo puede reportarte algún que otro beneficio, querido.

—Algún día me gustaría saber a qué beneficios te refieres, querida madre —respondió Laxus con una nota de aburrimiento.

—¡No digas estupideces! Si no fuese por mí, esta casa sería un absoluto caos durante tus ausencias, por ejemplo. Es una suerte que yo esté aquí para evitarlo.

—No lo dudo —sonrió Laxus con ironía.

—¡Oh! Déjalo —resopló la dama, dirigiéndose en esa ocasión a Lucy, que la escuchaba completamente asombrada—, a mi hijo le gusta comportarse como un crío. No sé de quién demonios lo habrá aprendido. —Hizo un gesto a la joven para que tomase asiento junto a él—. Siéntate, querida, y cuéntame cómo os conocisteis Laxus y tú.

—¡Vaya! —Lucy observó a la mujer atentamente, tratando de hallar algún parecido con Laxus—. Así que es verdad que se llama Laxus.

La dama puso cara de asombro ante dicha afirmación.

—Querida, no creo que a mi madre le interese esa historia en particular. —Laxus le lanzó una mirada de advertencia.

—¿Por qué no iba a interesarme? —lo amonestó la mujer con ternura—. ¿Qué historia es esa?

Justo en el momento en que Lucy se disponía a abrir la boca, sintió cómo los dedos de él se clavaban en su pierna. Lo miró, tratando de disimular su furia, y entornando la mejor de sus sonrisas movió su pie bajo la mesa y le propinó una fuerte patada en la espinilla.

Al advertir cómo Laxus contenía una exclamación de dolor, dominó las ganas de reír y frunció el entrecejo con simulada preocupación.

—¿Te ocurre algo, querido? Te has puesto pálido.

Laxus entornó los ojos y le obsequió a Lucy una expresión tan edulcorada como la que ella le había dedicado un momento antes.

—No te preocupes, amor —dijo, recalcando aquella última palabra—, debe de ser el clima. En estos días es endiabladamente molesto, ¿no te parece?

—¡Oh, sí! Sobre todo si afecta a los huesos.

—Bueno —los interrumpió Porlyusica—. ¿Alguien me lo va a contar?

—Papá te envía recuerdos —respondió Laxus a su madre, tratando de cambiar de tema.

—Tal vez vaya a verlo uno de estos días. —La mujer lo miró con recelo.

—¿Cómo se conocieron? —interrumpió Lucy con curiosidad—. Bueno, quiero decir, el padre de Laxus vive en el desierto…

—Nabîl asaltó la caravana en la que yo viajaba —explicó Porlyusica, mientras se servía un poco de zumo de naranja.

—Es una historia aburrida. No creo que Lucy desee escucharla —la interrumpió Laxus.

—No digas tonterías, querido —dijo Lucy, sondándole con sutil perversidad—, estoy deseando oírla.

Lucy le oyó pronunciar un juramento y, reteniendo las ganas de reír, miró a la mujer aguardando a que esta continuase.

—Bien… —Porlyusica suspiró—. Como te decía, el padre de Laxus asaltó la caravana en la que viajaba junto a unos amigos. Nos llevamos todos un buen susto cuando Nabîl decidió trasladarnos a su campamento.

—¿Para venderlos como esclavos?

—¡Oh, no! —rio la mujer, mientras Laxus, con los brazos cruzados y la mandíbula comprimida las miraba en silencio—. Ni Laxus ni su padre son partidarios de esas infames prácticas. Digamos que, más bien, me quedé con él por voluntad propia.

—¡Caray! ¡Qué interesante! —Lucy lanzó una envenenada mirada a Laxus—. Pero usted decidió regresar a Inglaterra, ¿no es así?

—En aquella época los chismes podían destrozar a una familia como la mía. Los Dreyar éramos tremendamente ricos y célebres. —Resopló antes de añadir—: ¡Fugada con un hombre del desierto! Para mis padres era algo impensable. Pagaron a los mejores cazafortunas para que diesen conmigo y me trajesen de vuelta. Solo que por aquel entonces, yo ya estaba embarazada de Laxus.

—Lo siento, pero no lo comprendo. ¿Dejó a su hijo con Nabîl?

—En absoluto —negó la mujer—. Fue Laxus quien decidió vivir con su padre cuando apenas cumplió los dieciséis años.

—¿Ya se conocían? —se sorprendió Lucy.

—Por supuesto que conocía a mi padre —soltó Laxus a regañadientes—, viajábamos todos los años a Libia. —Sé puso en pie y arrojó la servilleta sobre la mesa—. Y ahora, basta de sensiblerías baratas, según creo, tenías prisa mamá.

Tras echar un vistazo a su reloj de muñeca, la mujer se puso rápidamente en pie.

—Tienes razón, querido. —Le dio un ligero beso en la mejilla—. Si no me voy ahora, llegaré tarde. Espero volver a verte pronto, Lucy. Ha sido un verdadero placer conocerte.

La joven se levantó de su asiento y se despidió de ella con una sonrisa.

—No se preocupe. Por el momento no pienso ir a ninguna parte. Al menos hasta que termine de contármelo todo.

Lucy notó que Laxus le lanzaba una fulminante mirada. Cuando Porlyusica abandonó la sala, él la señaló con el dedo y masculló en voz baja:

—No te muevas de aquí.

Antes de que ella pudiera protestar, él se dio la vuelta y salió tras la mujer con la intención de acompañarla hasta la salida.

Durante un momento se quedó muda. ¿Aquello era una orden?, se preguntó Lucy, pensando que más bien había parecido una amenaza. Ni en broma se quedaría allí para averiguarlo. Rodeó la mesa y cruzó rápidamente la habitación. Estaba a punto de salir por la puerta, cuando chocó con el fuerte torso de Laxus.

—¿Adónde crees que vas? —La rodeó por la cintura y comenzó a caminar, exhortándola a retroceder sobre sus pasos.

—¡Déjame! —Las palabras parecían ahogarse en su garganta.

—Pequeña intrigante… —Un brillo extraño refulgió en sus ojos—. Así que este es tu juego.

—¿Mi juego? —Lucy topó con la mesa, que le impidió seguir reculando.

—Pretendes embaucar a mi madre. Liarla y ponerla de tu parte.

—¡Eso es mentira! Yo no voy a embaucar a nadie, ni a liar, como tú dices. ¿Pretendes que crea que Porlyusica no sabe nada de lo que ocurrió en el desierto?

—Sabe que nos conocimos allí. Y si te atreves a decirle otra cosa…

—No me amenaces, maldito orangután —lo interrumpió.

Todo su aplomo se derrumbó al advertir que él aproximaba su boca. Tragó saliva e intentó no derretirse entre los brazos de aquel hombre.

—Nunca amenazo en vano. ¿Así que te parezco un orangután?

«Más bien una pantera mortalmente hambrienta», deseó decir ella. Sin embargo se mantuvo en silencio y se limitó a mantenerle la mirada.

Una espesa bruma envolvió su mente cuando la boca de él se hizo con la suya. Notaba el tibio contacto de su piel y el palpitar de su corazón retumbó sobre sus senos, como si luchara por latir al unísono con el suyo. Un escalofrío recorrió su cuerpo de la raíz del cabello a los pies, impulsándola a levantar los brazos y rodear el cuello de Laxus.

Un leve gemido brotó del pecho de Laxus, que deslizó una mano bajo la falda de su vestido, acariciándole la piel desnuda de sus muslos.

Lucy apoyó la cabeza contra su pecho. Todos los átomos de su cuerpo deseaban fervientemente a ese hombre. Era como si le faltase el aliento, como si se ahogase en un mar de sensaciones asfixiantes y placenteras que la arrastraban hacia un océano más profundo, más recóndito. Con cada ferviente caricia de Laxus, la piel se le incendiaba, mientras notaba que sus respiraciones se fundían en una sola.

Cuando la punta de los dedos de Laxus se introdujo bajo sus delicadas braguitas de seda y encaje, cada uno de sus músculos se estremecieron, presa de un prometedor placer.

De pronto alguien irrumpió en la sala, sorprendiéndolos. Se apartaron rápidamente el uno del otro y se volvieron para mirar a William.

—La señora tiene una llamada —les informó el mayordomo con gesto suficiente.

Ruborizada hasta lo absurdo, Lucy se concentró en poner en su sitio la falda.

—Gracias William —dijo, tratando de que su corazón recuperase el ritmo normal, al tiempo que se preguntaba que podría estar pensando el mayordomo.

—Sí, muchas gracias —masculló Laxus entre dientes, mientras sus ojos lanzaban un dardo envenenado a su sirviente.

Lucy abandonó el salón, enfilando aceleradamente por el corredor hasta que topó con la puerta del despacho de Laxus. Allí descolgó rápidamente el auricular y carraspeó tratando de calmarse.

—¿Sí?

—Maldita sea, hermanita. —El tono enojado de Jerome la devolvió a la realidad—. Se supone que ibas a llamarme. ¿Qué te ocurre? Me has tenido preocupado. ¿Se puede saber qué estás haciendo ahí con ese Dreyar?

—Ya veo que has hablado con Richard —contestó con un suspiro de resignación.

—Por supuesto que he hablado con Richard. Cómo si no iba a saber dónde te habías metido. Cuando en tu hotel me dijeron que estabas en la mansión de Dreyar, casi me da un ataque. ¿Te has vuelto loca? ¿Sabías que ese tipo tiene fama de ser un tremendo donjuán? Deberías andarte con ojo con ese tipo.

—Ya soy mayorcita, Jerome —le dijo, preguntándose qué cara pondría su hermano si llegara a descubrir que en realidad estaba casada con ese hombre—. No deberías preocuparte tanto.

—Lo dices porque no lees las revistas, si lo hicieras entenderías que lo digo por tu bien. Ese Dreyar es un cretino de primera. Juega con las mujeres, Lucy. Según se dice, ahora anda liado con una modelo brasileña. Kina o Kana, no recuerdo cómo diantres se llama. Por lo visto él no deja de ir tras ella como un perrillo faldero.

—Eso son solo especulaciones de prensa rosa —exclamó Lucy.

Lo cierto era que le costaba imaginar a Laxus andando detrás de una mujer, babeando como un perrillo. Él no era de esos. Él tomaba lo que le apetecía cuando quería y, cuando no, lo descartaba. Esa actitud pegaba más con Laxus, no la de un dócil y obediente títere.

—De todas formas, la semana que viene iré a verte —aseveró—, no podré dormir tranquilo hasta que sepa que estás bien.

Lucy se quedó súbitamente sin palabras.

—No, no importa —contestó con el pulso acelerado—. Estoy perfectamente. No te preocupes.

—No digas tonterías, Lucy —replicó Jerome—, te pasa algo, te lo noto.

—Me pasa que tengo demasiado trabajo —mintió—. Si vienes, tan solo lograrás retrasarme, Jerome.

—¿Me estás diciendo que no quieres que vaya a verte?

—¡Oh, vamos! Sabes que no es eso lo que quiero decir —protestó ella.

—Entonces, no hay más que hablar: te veo el viernes en el aeropuerto. A las diez. No tardes.

Antes de que Lucy pudiese protestar, el zumbido intermitente del auricular rebotó en el interior de sus oídos, comunicándole que su hermano ya no se hallaba al otro lado de la línea. Preguntándose cómo iba a evitar que Jerome descubriese la verdad sobre Laxus, colgó el auricular y se quedó pensativa, mirando la bella pintura al óleo que tenía ante sus ojos.

—Veo que no pierdes el tiempo.

Lucy dio un respingo y se giró para mirar a Laxus, que la observaba con una expresión peligrosamente sombría.

—¿Qué? —balbuceó ella.

—¿Vas a decirme que no hablabas con tu amante? —Comenzó a caminar lentamente hacia ella—. Porque si tratas de engañarme, Lucy, prometo que no seré tan benevolente como lo he sido hasta ahora.

Ella percibió claramente la nota de advertencia que flotaba en sus ojos.

—¿Benevolente? —preguntó sorprendida—. ¿Me gustaría saber a qué demonios llamas tú benevolencia? Porque, créeme, yo no he visto un ápice hasta el momento.

Lucy trató de retroceder, pero lo único que logró fue que su espalda chocara fuertemente contra la pared. Antes de que tuviese tiempo de reaccionar, él apoyó sus manos a cada lado de su cuerpo, apresándola en el fuerte círculo de su musculatura y provocando que Lucy estuviese a punto de dejar caer con su hombro el cuadro que momentos antes había contemplado.

—¿Y bien? —Laxus exigió una respuesta.

—Ya te lo he dicho, Jerome no es mi amante. ¡Cabeza de chorlito! —lo miró con los ojos verdes llenos de rabia.

—Eres una retorcida arpía —continuó diciendo Laxus, mirándola con ojos hirientes—. Tratas de vengarte, ¿no es eso? De causarme el mayor dolor posible: el de la traición.

—No sé de qué estás hablando… —Lucy sintió que las palabras se le atragantaban—. Ya te he dicho que…

—¡No! No quiero tus mentiras…

—Pero… —comenzó a decir ella.

—He dicho que te calles —la interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios—. Eres mi esposa, maldita sea. Te guste o no, harás lo que yo diga.

—¿Te has vuelto loco? ¡Jerome es mi hermano!

—Ya. ¿No se te ocurre nada mejor?

Confundida, lo miró.

—¿No has escuchado lo que te he dicho?

—No me tomes por tonto, Lucy. Te aseguro que no lo soy. Si pretendes que me crea esa patraña es que aún no me conoces. Lo sé todo sobre ti, incluso lo de tu hermano.

—¿Qué estás diciendo?

—Sé perfectamente que tus padres y tu hermano fallecieron hace años en un desgraciado accidente. Contraté a un buen detective que me puso al tanto de todo, incluido tu paradero.

Lucy se negó a creer lo que él acababa de confesarle. Lo miró a los ojos con gesto de incredulidad y notó una oleada de furiosa indignación crecer cada vez más en su interior, hasta el punto de hacerla estallar.

—¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido hurgar en mi vida? ¡No tenías ningún derecho!

Laxus se limitó a observar la expresión furiosa de Lucy. Por primera vez en su vida se dio cuenta de que no sabía qué decir. Trató de acercarse y estrecharla entre sus brazos, pero ella lo apartó de un empujón.

—Entérate bien, será mejor que ese detective de tres al cuarto que contrataste te devuelva tu dinero, porque Jerome Heartfilia es mi hermano. Solo mis padres murieron en ese maldito accidente. Jerome viajaba en el asiento trasero. Salió despedido del auto antes de que se incendiara.

—Yo… —Laxus la sujetó del brazo tratando de detenerla.

—Por mí puedes creer lo que te dé la gana.

Con un fuerte tirón se deshizo de sus dedos y se dirigió apresuradamente a su dormitorio. El sonido del portazo resonó en los oídos de Laxus.