Lucy echó otro vistazo a la pantalla que informaba de que el avión de Jerome ya había tomado tierra. El cielo estaba despejado y lucía de un azul radiante, por lo que le pareció extraño que todavía no hubiesen desembarcado. De pronto sintió cómo alguien le tapaba los ojos. Ella, lejos de sobresaltarse, sonrió. Podía reconocer el perfume de su hermano entre un millón: Hugo Boss. Era su favorito. Jerome no iba a ningún sitio sin un frasco de aquella masculina fragancia.

—Te he echado de menos —le dijo con afecto.

Jerome apartó las manos y la abrazó con entusiasmo.

—Algún día tienes que decirme cómo lo haces.

—¿Cómo hago, el qué?

—Adivinar siempre quién soy. —Le pasó una mano sobre el hombro y comenzaron a caminar hacia la salida.

—Tengo mis truquillos —bromeó ella. Luego añadió—: ¿Has almorzado ya?

—¿Bromeas? —rio Jerome—. Ni en un millón de años probaría la comida que sirven en el avión. Tengo la firme intención de vivir muchos años.

La sonrisa desapareció del rostro de Lucy en cuanto pusieron un pie fuera de la terminal. Suspiró con resignación y observó cómo la limusina de Laxus se detenía ante ellos.

—¿De quién es? —preguntó un impresionado Jerome.

Por un momento, ella valoró la posibilidad de pasar de largo y coger un taxi. Sin embargo, no había razón para mentir a su hermano. Tarde o temprano se enteraría de que estaba casada con el señor Dreyar. En ese momento, tendría que darle un montón de explicaciones.

—Es la limusina de Dreyar.

—¡Vaya! Ese tipo se maneja con mucha clase. —Lanzó una mirada a su hermana—. ¿No estarás rumiando manutener un idilio con ese calavera?

—No tengo intención de caer rendida entre los brazos de nadie, mucho menos de Dreyar; pero hay cosas que tú no sabes… —Se mordió el labio inferior.

Una vez subieron al vehículo, Lucy se acomodó frente a su hermano.

—¿Qué cosas? —preguntó en el instante en que el coche se ponía en marcha.

—Cosas… —suspiró—. Pero prefiero no hablar de eso en este momento. Dime, ¿cómo va la excavación?

Jerome sonrió ampliamente y comenzó a relatarle todos y cada uno de los sucesos que habían ocurrido desde que ella se había marchado. Lucy tan solo fue capaz de oír la mitad. Estaba demasiado nerviosa como para prestar atención.

Hacía tres días que Laxus había hecho las maletas para marcharse apresuradamente a Ghat y, por lo poco que sabía de boca de William, ni él, ni las personas que prestaban sus servicios en Tower-Hill sabían cuándo regresaría.

Pese a que su mente le dijo que aquello era una buena noticia, su cuerpo parecía obstinarse en no opinar lo mismo. Las noches se habían tomado eternas, a pesar de que no habían compartido ningún tipo de intimidad desde la mañana que los visitó Porlyusica. Sin embargo, no era eso lo que más le preocupaba. Lo que conseguía inquietarla de veras era el angustioso dolor en el pecho que sentía a todas horas y los celos que la ahogaban cuando se imaginaba a Laxus junto a Mirajane.

—¿Te ocurre algo?

La voz de Jerome la rescató de sus sombríos pensamientos.

—No has oído nada de lo que te he dicho, ¿no es cierto?

—Sí lo he oído —protestó Lucy sin demasiada convicción, antes de añadir—: bueno, en parte.

—¿Me lo vas a contar?

Durante un instante Lucy lo observó en silencio. Con dificultad, logró aspirar una bocanada de aire para calmar sus nervios.

—Jerome… —Lucy rebuscó en el interior de su cabeza las palabras adecuadas—. Sé que debería haberte llamado antes, pero lo cierto es que no sé por qué no lo hice.

—¡Escúpelo, Lucy! ¿Qué estás tratando de decirme?

—Dreyar es mi esposo.

El rostro de Jerome pareció desencajarse.

—¿Te has vuelto loca? —le preguntó—. Se supone que ya estás casada con ese imajeghan que te secuestró.

—Laxus no me secuestró —susurró Lucy, al tiempo que hacía un gesto con la mano para que bajase la voz.

—Al caso es lo mismo —resopló Jerome con enojo—. Te retuvo contra tu voluntad. Si lograra encontrármelo frente a frente, le rompería la cara.

—Yo de ti no desearía cosas que puedan hacerse realidad.

Confundido por las palabras de su hermana, la miró ceñudo.

—¿A qué te refieres?

—Será mejor que hablemos de esto cuando lleguemos a Tower-Hill. —Se hundió en su asiento—. Yo tampoco he almorzado nada y lo cierto es que necesito tomar algo más que café.

Jerome no podía salir de su asombro. Sentado en la mesa del jardín, parpadeaba sin poder articular palabra.

—Bueno, no me mires así y di algo. ¡Caray! —resopló Lucy—. Me estás poniendo nerviosa.

—Deberías denunciarlo.

—Ya. ¿Y crees que alguien me creería? ¡Por el amor de Dios! ¡Despierta, Jerome! Si me presentase en una comisaría de policía con una historia así, me tomarían por una maldita chiflada. Todos aquí creen que Laxus viaja a Ghat por negocios. Tanto él como Porlyusica han mantenido estupendamente el secreto.

—Tienes que salir de esta casa.

—No es tan fácil. El contrato que firmé con Richard pasó a manos de Laxus en cuanto este adquirió la colección.

—¡Pues rómpelo! —Se encogió de hombros.

—Piensa lo que estás diciendo, Jerome, ya he abandonado dos proyectos. ¡Dos en tan solo un año! Si ahora me marcho, nadie más querrá contratarme. Sabes que no consentiré que eso suceda. Esto es mi vida…

—Siempre puedes pedir ayuda a Richard.

El recuerdo de su primer encuentro con Richard Buchanan afloró en su mente y sintió un escalofrío en el lugar donde él la había acariciado secretamente.

—No. Decididamente, no voy a pedir ayuda a Richard.

—Entonces, ¿qué piensas hacer?

—Tal vez no haga nada. Creo que lo mejor será que concluya mi trabajo y aguarde pacientemente a que el matrimonio se anule. Tarde o temprano me veré libre de todo esto. No creo que sea sensato tratar de acelerar el proceso. Laxus podría descubrirlo.

—No puedo creer que estés diciendo eso. Lucy Heartfilia no se daría por vencida tan fácilmente. Deberías oírte a ti misma. Es como si estuviese hablando con otra persona.

—Te equivocas. No es eso… Es solo que no debería apresurarme con todo esto. Debería…

—¿Te has enamorado de ese hombre?

Lucy sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué?

—Me has entendido perfectamente, Lucy. Me gustaría saber qué es lo que sientes por ese Laxus, Dreyar o como se llame.

—Yo… —las palabras parecían negarse a brotar de su boca. Ofuscada, dio un sorbo de té y carraspeó un par de veces—. No quiero hablar de eso.

—Lucy, no puedes seguir escapando de las situaciones que crees no poder manejar.

—Yo no escapo de nada —protestó ella, cruzando los brazos ante el pecho en actitud defensiva.

—Sí. Sí que lo haces. —Jerome se apoyó en el respaldo de la silla—. Cuando algo no te gusta, agarras un avión y te marchas a la otra punta del mundo. ¡Admítelo!

—La situación con Natsu se había vuelto insostenible —trató de justificar su comportamiento.

—¡Ya! Y cuando papá y mamá murieron te largaste al Tíbet tres meses, si mal no recuerdo. Deberías aprender a afrontar las cosas. Eres una mujer muy optimista y positiva, eso te ayudaría a superar los obstáculos más fácilmente. Sin embargo, optas por ocultar la cabeza como un avestruz y desaparecer.

Las lágrimas acudían a sus ojos, pestañeó un par de veces para impedir que acabasen brotando y miró a su hermano. De repente se sentía como un animalillo desvalido.

—No sé lo que siento por ese hombre, Jerome —confesó por primera vez en voz alta—, me aterra pensar en ello. Es como si todo a mi alrededor se derrumbase. Cuando estoy cerca de él, nada tiene sentido. Pienso que lo que he construido, por lo que me esforzado durante tantos años, se desvanecerá sin más. Pero cuando estoy lejos de él es aún peor. Es como si… —hizo una pausa tratando de hallar la manera de explicarlo—, me faltase algo. No algo material, sino alguna parte de mí, como un brazo o una pierna.

El silencio flotó entre ambos durante un instante. Lucy notó la mirada de su hermano y pudo ver la sorpresa reflejada en sus rasgados ojos verdes.

—Deja que te dé un consejo, hermanita —le dijo Jerome, interrumpiendo aquella silenciosa pausa—, no huyas de esto. Si lo haces, no te lo perdonarás nunca.

Frunciendo el ceño ante aquel insólito consejo, Lucy no supo qué responder.

—Señora —los interrumpió la doncella—. Un mensajero ha traído una carta para usted.

—¿Una carta? ¿Tienes algo tú que ver con esto? —preguntó dirigiéndose a Jerome.

Él se limitó a alzar las manos y negar con la cabeza.

—No sé de quién podrá ser, tal vez del hotel en el que me hospedaba…

—No le des más vueltas y ábrelo.

Lucy se apresuró a obedecer a su hermano. Cuando finalmente desplegó el trozo de papel y comenzó a leer, se quedó sin aliento.

—¿De qué se trata? —preguntó Jerome con gesto de preocupación—. ¿Hay algún problema?

—La verdad es que no estoy muy segura. —Lo miró—. La carta es de Mirajane, la mujer de la que te hablé.

—¿La que trató de envenenarte? Pero ¿cómo demonios ha podido saber dónde estabas?

—No lo sé… —Lucy vaciló un momento—. La carta está escrita en inglés. Tal vez alguien la ha escrito en su nombre. No creo que Mirajane sepa una palabra del idioma.

—¡Maldita! ¿Qué quiere esa arpía?

—Pretende pedirme disculpas. Dice estar arrepentida y desea que hablemos y arreglemos cualquier malentendido. Según parece, está dispuesta a hacerlo por el bien de las tribus.

—No sé, Lucy —receló Jerome—, esa mujer no me gusta un pelo.

—A mí tampoco, pero no creo que pretenda atentar contra mi vida aquí en Londres. Piénsalo, sería demasiado arriesgado.

—¿Cuándo quiere que os veáis?

—Esta tarde, en el museo de historia natural. —Plegó la carta y la depositó con cuidado sobre la mesa—. Como ves, no corro ningún peligro. Por ese museo pasan cientos de personas diariamente.

—Aun así, no pienso dejar que vayas sola.

—¡No! —La alarma se reflejó en el rostro de Lucy—. Esto es algo que debo hacer yo sola.

—¡No puedo creer lo que estoy escuchando! ¿Acaso no te parece extraño que esa mujer haya venido hasta aquí? ¡Piénsalo bien! Hubiese bastado que enviase una carta. Incluso podría haberte telefoneado el tipo que por lo visto ha escrito en su nombre. —Enarcó una ceja antes de añadir—: Te lo repito una vez más, no pienso dejar que te metas en la boca del lobo.

Lucy forzó una risa.

—¡No digas tonterías, Jerome! No voy a meterme en la boca de ningún animal salvaje. Te recuerdo que Mirajane es tan solo una mujer, no un demonio de dientes afilados. El que tú me acompañes no va a ayudarme en nada, créeme, tan solo logrará que piense que necesito que me protejan. Además, deberías dejar de preocuparte y disfrutar del tiempo que vas a alojarte aquí. Esa era la idea. ¿Recuerdas? Venir a verme y aprovechar estos cinco días para tomarte un pequeño descanso.

—Y a propósito de eso, supongo que Dreyar ya sabe que me alojaré con vosotros…

—Bueno… —titubeó ella—. Más o menos…

—¿Más o menos? ¿Qué diantres quiere decir eso? —Al ver que las mejillas de su hermana enrojecían, Jerome sospechó lo peor—. Ni siquiera se lo has mencionado, ¿no es cierto?

—¡Venga ya! No seas tan quisquilloso. De todas formas no parece que Dreyar tenga la intención de regresar tan pronto. Seguramente tiene un sinfín de negocios que atender.

Una nota de resentimiento impregnó su voz al comentar esto último.

Jerome resopló con cansancio antes de retomar el tema de Mirajane.

—De todas formas, ándate con ojo. Una mujer despechada puede ser muy peligrosa, y Mirajane ya ha demostrado hasta dónde está dispuesta a llegar. La verdad, pensarlo me da escalofríos.

—¿Hablas por experiencia? —Lucy rió.

—Eres incorregible —resopló Jerome—, nunca te tomas nada en serio…

—Al menos no me paso la vida recelando de todo. —Le guiñó un ojo—. Cálmate y disfruta del almuerzo. De lo de Mirajane me encargo yo.


Las campanadas del reloj de pie, firmado por H. Ayre, y que según decía la pequeña inscripción que lo acompañaba databa de 1823, resonaron inundando con su profundo eco los corredores del museo e informando a Lucy de que quedaban escasamente un par de minutos para cerrar sus puertas al público. Los visitantes comenzaron a caminar hacia la salida, mientras el flash de la cámara de algún rezagado turista la deslumbraba momentáneamente. Aun así, continuó de pie en el mismo sitio hasta que el murmullo de las voces desapareció.

Tendría que haber esperado algo así de Mirajane. Con seguridad, no había tenido nunca la intención de presentarse allí. Tan solo se había tratado de la estúpida treta de una mujer indignada que no era capaz de tragarse su orgullo y admitir una derrota a la que había sucumbido incluso antes de que ella y Laxus se conocieran. Se sintió como una tonta cuando el tipo de seguridad la invitó amablemente a abandonar el edificio y a regresar al día siguiente para concluir la visita.

Se dio cuenta del silencio que la rodeaba. La puerta tras ella se cerró y el chasquido del cerrojo de seguridad le produjo un desagradable escalofrío, a pesar de la cálida temperatura que reinaba aquella noche.

Tratando de relajarse, abrió el bolso de piel marrón y rebuscó en su interior las llaves del coche. En cuanto las encontró, descendió las escaleras y comenzó a caminar. Su automóvil estaba aparcado a tan solo dos manzanas, pero aquella distancia le pareció una enormidad. Apresuró el paso y alcanzó el lugar en pocos minutos.

Sus dedos temblaron un instante cuando introdujo la llave. Suspiró aliviada y sonrió, diciéndose a sí misma que se estaba comportando como una niña.

De pronto advirtió el reflejo de una silueta que se movía a su espalda y el pánico se apoderó de ella cuando una mano le amordazó la boca con fuerza. Las aletas de su nariz se ensancharon y el olor ya familiar del cloroformo inundó sus sentidos. Luchó con todas sus fuerzas, trató de patear a su asaltante, pero nada parecía funcionar. Aquel tipo era grande y fuerte como una roca.

Nubes de matices borrosos comenzaron a bailotear a su alrededor. Sintió que las rodillas perdían la facultad de sujetarla y, abandonada a un sinfín de torbellinos cada vez más oscuros, se sumergió en la negra penumbra de la inconsciencia.