El aire levantó la arena y formó un escueto remolino que se deslizó tranquilamente sobre los adoquines, calle abajo. Lucy siguió con la mirada aquel curioso huracán en miniatura hasta que se hizo más y más pequeño, acabando por desaparecer.
Le encantaba volver a estar allí, en Ghat. Había transcurrido casi un año desde la última vez que había contemplado sus atardeceres y sus eternas dunas. Los buenos recuerdos parecían arrastrar los malos, como el rompiente de una ola barrería la fina arena de la playa.
—¿Lucy?
Giró su rostro y se topó con la mirada de Laxus. Sentado frente a ella en la terraza del hotel, había estado contemplándola en silencio durante un buen rato.
—Todavía me cuesta creer que estemos aquí —comentó Lucy.
—Podemos regresar a Inglaterra, si es lo que quieres.
Ella negó con la cabeza.
—Me encanta esto, Laxus. Es tan solo que no sé cómo he de comportarme si llego a toparme con Mirajane o su hermano. Después de lo que sucedió en Londres…
—No creo que a esos dos se les pase por la cabeza la idea de coincidir con nosotros. Si se llegara a saber lo que han hecho, el deshonor de la vergüenza golpearía la cara de Precht, y de toda su familia.
Lucy lo miró a los ojos, azules y profundos, y asintió convencida de que Laxus no se equivocaba. Sin embargo, no podía dejar de sentir una incómoda sensación. Algo que le decía que no iba a ser tan sencillo.
En tan solo unas horas, Laxus abdicaría ante su tribu a favor de su hermano. Todo estaba ya preparado. Continuaría siendo un imajeghan, pero no se vería obligado a permanecer todo el tiempo en el desierto. Podría residir en Londres o en Libia indistintamente. De ese modo, ella podría continuar con su trabajo en el museo de historia natural, donde su esposo había donado la valiosa colección una vez catalogada.
Inconscientemente, Lucy deslizó una mano por su vientre. Todavía era pronto para que se notase lo de su embarazo, tan solo habían transcurrido dos meses desde que lo supo, y su constitución más bien delgada no dejaba adivinar el cambio que estaba experimentando su cuerpo.
Por un momento imaginó la cara que pondría Laxus cuando lo supiese. Se iba a quedar de piedra cuando se enterase de que iba a ser padre.
Pero todavía no era un buen momento para decírselo. Él estaba demasiado tenso y nervioso ante la responsabilidad que delegaba en Freed. Cuando todo aquello pasara, se lo contaría.
—Tres peniques por tus pensamientos.
Lucy no pudo evitar reír ante aquellas palabras.
—Te costarán algo más de tres peniques —le respondió ella con picardía.
Laxus sacudió la cabeza antes de ponerse en pie y caminar hasta donde ella estaba.
—Puedo empezar ahora mismo a pagar. —Le guiñó un ojo y lanzó una rápida mirada hacia la cama, que parecía estar aguardándolos en el interior del dormitorio.
—Eres un obseso —rio Lucy—. ¿Solo piensas en el sexo?
Laxus chasqueó la lengua contra el paladar.
—Te equivocas, querida. Pienso todo el rato en hacerte el amor. Es más, creo que es lo único que tengo en la maldita cabeza.
Una oleada de pasión aturdió los sentidos de Lucy cuando él la rodeó con los brazos, obligándola a levantarse. Notó cómo Laxus acoplaba su cuerpo contra el de ella y un fugaz ronroneo escapó de sus labios al sentir su cálido aliento contra su hombro.
Gimió y le rodeó el cuello con los brazos para atraerlo más hacia sí, anhelando saborear aquella promesa de placer.
—Veo que no soy el único que piensa en el sexo.
—Hacer el amor, cariño, hacer el amor… —Un brillo travieso asomó a los ojos de ella.
Lucy se abandonó al suave beso de Laxus. Un contacto que paulatinamente se fue transformando en urgencia y lánguido placer, aumentando su presión y transportándola a un lugar donde las imágenes se tomaban borrosas, mientras que la razón dejaba de existir.
Sus dedos comenzaron a abrir los botones de su camisa mientras la suave y masculina fragancia de su colonia inundaba sus sentidos. Notaba que la piel le ardía con cada caricia de él y cómo su corazón replicaba contra el pecho de manera descontrolada. Le hechizaba tocar a su esposo, pasar los dedos por su poderoso y contundente cuerpo. Nunca había sentido nada como aquella sensación de correspondencia recíproca. Sabía que ese hombre le pertenecía, como ella a él.
Echó la cabeza hacia atrás y dejó que él inundase su cuello de suaves besos, al tiempo que de su boca surgían palabras llenas de cariño y devoción. Jamás hubiese creído que bajo la dura apariencia de aquel tuareg estuviera oculta tanta ternura y pasión. La tensión abandonaba sus músculos, inundando su cuerpo de necesidad.
Laxus sintió la excitación recorrer cada una de sus terminaciones nerviosas. Conocía aquel cuerpo, cada centímetro de piel y cada recodo. Sin embargo aquel conocimiento no había logrado menguar un solo ápice su deseo. Un apetito que crecía con cada día que pasaba y se hacía insoportable cuando llegaba el ocaso. Lucy lo tenía completamente embrujado, y lo más extraño era que a él no le importaba lo más mínimo. Solo deseaba amarla, estar junto a ella y mirar al futuro sin temor a nada.
Gruñó al sentir los dedos de ella recorriendo sus potentes pectorales.
—Me estás volviendo loco —murmuró con voz aterciopelada.
Lucy sintió cómo una oleada de deseo se apoderaba de ella, deslizándose por su vientre hasta situarse en la cara interna de sus muslos. Laxus era para ella como un extraño narcótico, la mareaba, desorientándola como el vino, y la incitaba a comportarse de un modo extraño, sin tapujos o reservas. Su espalda se arqueó contra él y entrelazó los dedos en sus cabellos, atrayéndolo más cerca.
Pronto la última barrera que aislaba sus cuerpos desapareció, esparcida por el suelo del dormitorio. Estaba completamente desnuda y Laxus la observaba, devorándola con los ojos. Estaba absorta contemplando aquella perfecta y masculina anatomía. Con la punta de los dedos rozó sus hombros, antes de desplazar la mano por su duro torso y detenerla a escasos centímetros de la prueba de su erección.
Él, con el cuerpo pleno de necesidades, la alzó en brazos y la condujo hasta la cama, depositándola sobre el colchón con infinito cuidado. Cuando se tumbó sobre ella, buscando ávidamente la protuberancia de sus pezones con su tibia boca, Lucy soltó un gemido, luchando por mantener el control. La sangre ardía en el interior de sus venas con cada latido de su desbocado corazón. Sus pechos reaccionaron al roce inmediatamente, como si hubiesen estado anhelando aquel contacto desde siempre. Notaba la boca de Laxus devorando cada milímetro de su piel, y su aliento dulce le acariciaba zonas ocultas. Se arqueó nuevamente hacia él y clavó las uñas en sus hombros cuando la penetró.
El placer inundó todo su ser. Cerró los ojos y se abandonó a aquella tormenta de eróticas sensaciones. Laxus se movía lentamente dentro de ella, para luego acelerar el ritmo de sus caderas. Lucy deslizó las manos sobre el colchón y enredó los dedos en la sábana, arrancándola de las esquinas. Por un momento creyó morir de placer, iba a perder la cabeza. Su cuerpo reaccionaba con cada embestida de su pelvis, flexionándose y moviéndose al compás que él decretaba. El calor crecía en su interior, se hacía más intenso, más penetrante y acelerado. Justo cuando creía que no podía haber nada mejor mi más sublime, ambos estallaron en un violento frenesí. El calor en el dormitorio pareció elevarse un par de grados, sus cuerpos estaban entregados completamente al placer y el clímax no se hizo esperar.
Cuando el ciclón de frenéticas convulsiones cesó, ambos permanecieron inmóviles, el uno frente al otro, contemplándose en silencio. Transcurrido un momento Laxus habló, sorprendiéndola infinitamente:
—Cásate conmigo.
—¿Estás loco? Por si no lo recuerdas, ya estamos casados.
—Mucho me temo que no —aseveró Laxus—, los papeles del divorcio están sobre la mesa de mi despacho, aunque, por lo visto, a ti se te había olvidado comentarme ese pequeño detalle.
Lucy se ruborizó. Incluso bajo la tenue luz que bañaba el dormitorio, tenía la convicción de que Laxus podía notar lo colorada que se había puesto.
—¡Mierda! —soltó en voz alta, mientras hundía la cabeza en la almohada—. Lo había olvidado por completo. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace bastante —confesó Laxus.
Ella lo miró con el ceño fruncido.
—¿No estás enfadado?
—¿Por qué debería estarlo? Esa pequeña eventualidad me dará la oportunidad de poder enmendar mi error.
—¿Tu error? —Pestañeó desconcertada.
—Tendré la ocasión de hacer las cosas bien.
—¡Vaya! —resopló ella. Flexionó el codo y apoyó la cabeza sobre una mano, mientras en su rostro afloraba una sonrisa socarrona—. Desde mi punto de vista, lo haces muy, pero que muy bien.
Él esgrimió una mueca de asombro, desplazó la mano por su cadera y le otorgó un ligero pellizco en la nalga.
Ella se quedó muda y fingió un leve ronroneo de fastidio.
—¿Sabes que puedes llegar a ser muy desvergonzada?
Lucy ronroneó y asintió en silencio.
—Tal vez deberíamos proseguir con lo del divorcio.
—Estoy hablando en serio, mi pequeña bruja.
Los dedos de Laxus le rozaban la mejilla con dulzura.
—Lucy Heartfilia —comenzó a decir él, en un tono tan solemne que ella dejó automáticamente de remolonear y lo miró con los ojos muy abiertos. Cuando Laxus entendió que finalmente había conseguido atraer su atención, introdujo la mano bajo la almohada y extrajo una pequeña cajita de terciopelo—: Dado que ahora eres una mujer completamente libre y soltera para decidir qué es lo que más te conviene… ¿Me harías el honor de casarte conmigo?
Se quedó paralizada unos instantes, con los ojos clavados en el anillo de oro y diamantes que él sostenía. Suspiró profundamente y, tras humedecerse la boca, que se le había quedado tan seca como el desierto que se divisaba desde el balcón, pestañeó un par de veces y respiró, tratando de contener su felicidad.
—No sé. —Frunció los labios y puso gesto de sopesar la propuesta—. Ahora que estoy soltera, podría tener ese gato persa que no soportas.
—Por ti, querida, estoy dispuesto a aguantar a todos los bichos peludos que traigas a casa.
Los ojos de Laxus se encontraron con los de ella.
—Ya tengo un bicho peludo en casa. —Se acurrucó contra él y le dirigió una mirada perspicaz acariciando el suave vello que cubría su torso.
—Serás… —Laxus cernió su cuerpo sobre el de ella y lo aplastó sobre el colchón antes de añadir—: ¿Y bien? ¿Qué me respondes?
—Por supuesto que quiero. —En sus labios apareció una radiante sonrisa—. No me casaría con ningún otro.
—Por tu bien, eso espero. —Laxus le devolvió la sonrisa, mientras ponía el anillo en su dedo—. Si no, no creo que te bastase un desierto para esconderte de mí.
—Celos, celos, celos. ¿Es que los hombres no aprendéis?
—Con mujeres como tú, nunca —susurró contra su boca, antes de atraparla e invadir su interior con su ávida lengua.
De pronto Laxus se detuvo y tras besarle en la frente se apartó de ella.
—Será mejor que me vista o llegaré tarde.
Lucy se incorporó. Rodeó sus rodillas con los brazos y lo contempló mientras se ponía la túnica y las calzas.
—¿De veras no quieres que te acompañe? Tal vez me necesites…
Él se aproximó a ella y le dio un ligero beso en los labios.
—Estaré bien. —Le rozó el mentón con sus fuertes y bronceados dedos—. Será mejor que te quedes y descanses. Si todo va bien, mañana nos espera un día muy duro.
—¿No encontrarán raro que nos presentemos ante tu padre una segunda vez?
Laxus se encogió de hombros.
—No es frecuente, pero podemos insinuar que renovamos nuestros votos.
—Interesante —murmuró. Envolvió su cuerpo con la colcha y le regaló una fugaz sonrisa—. Creo que dentro de poco lograremos estar inscritos en el Libro Guinness de los Récords, como la pareja que más veces se ha casado y divorciado.
—Ah, ah —negó—. Creo que Liz Taylor y Richard Burton nos llevan un poco de ventaja.
—¡Bah! Es solo cuestión de tiempo.
Laxus no pudo evitar reír. Se pasó la mano por el pelo y la miró fijamente.
—Eres la mujer más increíble que he conocido.
—Eso es porque aún no habías conocido ninguna que no hiciera todo lo que te apetece.
—No sea usted mala, señorita Heartfilia —se burló él, con picardía.
—Señorita por poco tiempo, señor Dreyar. —Lucy atrapó los labios de Laxus para besarlo.
—Tengo que irme —le dijo él con voz ronca, mordisqueándole el labio inferior—, si continúas besándome así, me importará un comino lo tarde que llegue a mi cita. Y no queremos eso, ¿verdad?
—Verdad —asintió ella con su gesto más inocente.
—Compórtate —se despidió con una sonrisa.
Lucy resopló y se dejó caer de espaldas sobre el colchón:
—¡Qué remedio!
